JAIME I EL CONQUISTADOR (y el reino de Valencia).

Esta entrada se la dedico a mis amigos Julio FG y Julián GC, ambos con gran querencia por la Comunidad Valenciana.

 

Jaime​ I de Aragón, el Conquistador, nació en Montpellier el 2 de febrero de 1208 y falleció en Alcira, el 27 de julio de 1276. Fue Rey de Aragón (1213-1276), de Valencia (1238-1276) y de Mallorca (1229-1276), Conde de Barcelona (1213-1276), Conde de Urgel, señor de Montpellier (1219-1276) y de otros feudos en Occitania.

Era hijo de Pedro II de Aragón y de María de Montpellier, y fue engendrado de forma casual, según la leyenda, debido a las malas relaciones habidas entre sus padres. Como Pedro II no quiso hacerse cargo de su hijo, nació y pasó la primera infancia en casa de su madre en Montpellier .

Por tradición debería haberse llamado Alfonso, pero la madre alejada las tradiciones aragonesas y de su marido, ordenó encender doce cirios con los nombres de los apóstoles, manifestando que el que durara más daría el nombre de su hijo, lo que sucedió con Santiago Apóstol, san Jaime.

Jaime se casó dos veces, la primera a los 13 años. De ese matrimonio nació Alfonso , que falleció en vida de su padre. De su segundo matrimonio nacieron 4 hijos y cinco hijas. Una de ellas, Violante, se casó con Alfonso X, el sabio. El mayor de los hijos de este segundo matrimonio, Pedro, sucedió a su padre en el trono del reino de Aragón como Pedro III.

Jaime, en sus aspectos personales fue conocido por su elevada estatura- casi 2 metros- rubio y con gran afición a las mujeres. Tuvo multitud de amantes y unos cuantos hijos más que constituyeron el origen de algunas de las más importantes casas nobiliarias de Aragón y Valencia. Entre sus cualidades morales, destacan su valentía, orgullo, fidelidad a la palabra dada y su gran fe. Huérfano desde muy temprana edad y bajo la protección del Papa Inocencio III, se crio entre los templarios, lo que conformó su espíritu cristiano al servicio armado de la cristiandad. Fue un gran creyente y gran pecador, todo muy al gusto medieval.

Durante su infancia los diferentes regentes manipularon el reino como tuvieron a bien, con todo, Jaime no sólo era grande en estatura, también lo era en inteligencia y supo, gracias a la Reconquista, hacerse con el poder suficiente como para ir conformando un gobierno personal y sólido alejado de los intereses de las diferentes camarillas.

Su actuación conquistadora se integra en un movimiento general en toda la Península contra el invasor musulmán. Sobre todo, a partir de 1212 y a raíz de la batalla de las Navas de Tolosa tras la que se produjo el hundimiento y la fragmentación del poder almohade, que facilitó en las décadas siguientes el avance de las fronteras de los reinos cristianos hacia el sur. https://algodehistoria.home.blog/2020/09/11/las-navas-de-tolosa-y-sus-consecuencias/

Aunque cronológicamente corren paralelas, hablaremos primero de la conquista de Mallorca porque propicia la de Valencia.

Jaime I fue el primer gran protagonista de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón. Ante las agresiones de los piratas mallorquines musulmanes a los mercaderes de Barcelona, Tarragona y Tortosa, éstos pidieron ayuda al monarca, al que se unieron con todas sus naves (esperaban por otro lado que esta ayuda les proporcionase un suculento botín). Mallorca se tomó en 1235. La conquista supuso acabar con la piratería islámica en las Baleares. Las islas se , constituyeron en puente para el comercio entre Cataluña y el norte de África.

La conquista de Valencia, auténtica obsesión para Jaime I durante casi 20 años, se preparó minuciosamente dada su trascendencia, una vez ocupada Mallorca y alejado el peligro musulmán del Mediterráneo, centró todas sus fuerzas en el sur, que se culmina con la conquista del castillo y villa de Biar (1245), dando por finalizada la conquista de las tierras valencianas.

La conquista de Valencia se inicia bastante antes. En las Cortes de Tortosa de 1225 se proclamó la necesidad de emprender la reconquista contra el islam. Los enfrentamientos entre los diversos clanes y caballeros del reino de Aragón impidieron un avance más rápido y exitoso. Realmente se trataba de un enfrentamiento civil interno que se solventó con la fidelidad y ayuda del noble Blasco de Alagón. Aquella fidelidad fue compensada por Jaime I en 1226 con la concesión de todos los lugares y castillos que pudiera conquistar en territorio musulmán valenciano. Tras ello, en 1227, la intervención papal a través del arzobispo de Tortosa permitió firmar la concordia de Alcalá, que procuraba una paz entre el Rey y sus aliados, por un lado, y las facciones de los barones, por otro, lo que dejó la puerta abierta a las grandes empresas conquistadoras de Jaime I. En 1233, tomó Morella, Burriana y Peñíscola. En 1237 la victoria en la batalla de El Puig, le permite entrar en la ciudad de Valencia de manera definitiva en 1238.

Poco a poco y durante algunos años más fue logrando en diversas etapas la toma de todo el antiguo reino musulmán: primero, marcando la frontera en el Júcar, y luego en Játiva.  Los límites del Reino de Valencia quedaron fijados a través del Tratado de Almizrra, firmado en 1244 por Jaime I y Fernando III de Castilla. Así, se estableció una frontera entre la población de Biar, en el interior de Alicante, y Busot, en la costa.

Aunque los mudéjares protagonizaron algunas revueltas, las sofocó todas, repoblando la zona con cristianos y expulsando a los musulmanes.

Posteriormente, en 1296 Jaime II de Aragón tomó lo que hoy son los territorios más al sur hasta Murcia a los castellanos, a través de la Sentencia Arbitral de Torrellas de 1304.

Con pocas variaciones, esas fronteras se han mantenido a lo largo de los siglos, y son casi las mismas que las de la actual Comunidad Valenciana, aunque ahora es algo más extensa, ya que se unieron posteriormente los pueblos y tierras al norte del Río Segura, y algún otro territorio de lo que fue el reino de Murcia.

Pero lo trascendente de la conquista valenciana se debe a Jaime I pues transformó de manera definitiva lo que era una taifa musulmana en un reino cristiano. En una muestra más del espíritu de cruzada que impregnó el carácter de Jaime.

Además, Jaime I, en esta conquista, obtuvo un gran triunfo sobre la nobleza, que consideraba las tierras conquistadas en Valencia como una prolongación de sus señoríos, al convertirlo en un reino privativo de la Corona (1239), unida dinásticamente a la Corona de Aragón. En su pugna con la nobleza, Jaime I encontró el soporte de la doctrina de la escuela de Bolonia, que afirmaba la supremacía del príncipe. A su vez, en un acto más destinado a imponerse a la insumisa nobleza, el Rey favoreció a los municipios y a la burguesía. También se modificaron las relaciones con los reinos hispánicos.

Aquel espíritu fortalecedor de la corona tuvo un revés en la herencia de sus reinos al repartir sus tierras entre sus hijos,  sin pensar en la unidad de la Corona. Si bien en el reparto último, realizado en 1262, tras la muerte del infante Alfonso, a su hijo Pedro le legó Aragón, Cataluña y Valencia, y a su hijo menor Jaime las Islas Baleares. Pero quizá el hecho más trascendente para la debilidad de la corona fue que durante su reinado tuvo lugar la consolidación de las Cortes privativas de cada reino, que actuaron como elemento esencial en la creación de una conciencia diferenciadora de cada territorio.

Las críticas entre los historiadores españoles contra estas actuaciones del monarca aragonés son duras y solventes. Sin embargo, para los historiadores nacionalistas la visión del monarca es la de gran rey,  un mito, el punto de partida de los futuros reinos de Mallorca, Cataluña y de Valencia, el creador de sus señas de identidad hasta nuestros días: territorio, fueros, moneda, instituciones, etc.

Con relación al resto de España, además del tratado de Almizra, que delimitó las zonas de expansión de ambos reinos, Jaime ayudó a su yerno Alfonso X el Sabio a la conquista y pacificación de Murcia en 1266. También ayudó al rey de Castilla en su enfrentamiento contra Marruecos y el reino de Granada.

Otro aspecto destacado de su política fue la renuncia a la política tradicional sobre el Francia, desviando su atención hacia el Mediterráneo.

Para resolver sus diferencias con Francia, en 1258, Jaime I firmó con Luis IX (san Luis), el tratado de Corbeil, en virtud del cual Luis IX renunció a los derechos “teóricos”, que desde tiempos de Carlomagno pretendía tener sobre el Rosellón, Conflent y Cerdaña, y a los condados catalanes (Barcelona, Urgel, Besalú, Ampurias, Gerona y Vic), y Jaime I a los derechos —más evidentes— que le asistían sobre diversos lugares del mediodía francés, por herencia de su madre.

Para afianzar este pacto, Jaime casó a su hija menor, Isabel, con Felipe, Delfín de Francia. También Jaime I cedió a la reina de Francia, Margarita, sus derechos a los condados de Provenza y Folcalquier, lo que tenía en el marquesado de Provenza y el señorío de las ciudades de Arles, Marsella y Aviñón, que fueron del conde Ramón Berenguer. Esto molestó sobre todo a la nobleza catalana.[1]

En el norte de África, sometió a los sultanatos de la zona y los convirtió poco menos que en colonias mercantiles para los comerciantes del Reino de Aragón, sobre todo catalanes y mallorquines.

El espíritu de cruzada de Jaime I le llevó a emprender una expedición a Tierra Santa, como resultado de la embajada tártara que recibió mientras estaba en Toledo en la Navidad de 1268, para asistir a la primera misa de su hijo el infante Sancho, arzobispo de la ciudad.[2]

Fue un monarca longevo, falleció a los setenta y un años, tras sesenta y tres de reinado, que coincidió con la época del apogeo medieval. Hasta el momento, en toda la historia de la humanidad, ocupa el puesto duodécimo en cuanto a la duración de su mandato.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, Pedro. “ Historia de España”. Ed Espasa-Calpe. 1956.

 HINOJOSA MONTALVO, José.- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003. https://www.cervantesvirtual.com/obra/jaime-i-el-conquistador-1208-1276/

VILLACAÑAS BERLANGA, José Luis.-“Jaume I el Conquistador” Ed.  Espasa Calpe, 2003

[1] Hinojosa Montalvo. Jaime I el conquistador

[2] Hinojosa Montalvo. Op. Cit.

María de Molina

María de Molina está considerada una de las reinas más relevantes y determinantes en la historia medieval española. 

Fue reina consorte, pero decidiendo al mismo nivel que el rey Sancho IV, su marido. Posteriormente, fue la reina regente en la minoría de edad de su hijo, futuro Fernando IV, y también durante la minoría de edad de su nieto, el futuro rey Alfonso IX. De ahí que se diga de ella que fue tres veces reina.

Aunque no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo nació, la mayor parte de los autores datan su nacimiento en torno a 1258 – lo que supone que tenía una edad muy similar a la de Sancho IV- y, debido a que había la costumbre de nacer en el hogar materno, se considera que debió hacerlo en Tierra de Campos.

Era hija del infante Alfonso de Molina y nieta de Alfonso IX de León, por lo tanto, prima de Sancho.

Antes de continuar debemos realizar dos aclaraciones.

  1. Sancho antes de casarse con María estaba prometido en matrimonio, desde 1270 (por voluntad de su padre, Alfonso X el Sabio, y en contra de la opinión del propio Sancho), con Guillerma de Moncada, descrita por los cronistas de la época como “rica, fea y brava”. Era hija del vizconde de Bearne, importante prohombre de la corte, rico, con muchos contactos políticos, que se hallaba emparentado con los señores de Vizcaya. El hecho de la promesa matrimonial conllevaba efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema de notable envergadura, cuando, en junio de 1282, se llevase a cabo el matrimonio en Toledo entre María y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y el Rey, su padre, Alfonso X.
  2. Los problemas de Sancho con su padre habían nacido, esencialmente, tras el fallecimiento del hijo mayor del rey Sabio y hermano de Sancho, Fernando de la Cerda. A su muerte, el príncipe Fernando dejó dos hijos varones menores de edad: Alfonso y Fernando de la Cerda.

Alfonso X el Sabio, en Las Siete Partidas, había determinado la forma de sucesión al trono: pasaría de padres a hijos varones primogénitos o a los descendientes varones primogénitos de aquellos hijos llamados a heredar y premuertos.

En aplicación de Las Siete Partidas, el heredero a la corona de Castilla, a la muerte del príncipe Fernando, debería haber sido su hijo, Alfonso de la Cerda, y así lo estableció Alfonso X en su testamento.

En ese contexto, contrajeron matrimonio María y Sancho, sin la preceptiva dispensa canónica al ser primos los contrayentes.

La reacción del Papa al conocer la noticia de las nupcias fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el compromiso de matrimonio previo de Sancho como por la relación de parentesco de los nuevos esposos. El Papa calificó el matrimonio como incestuoso y de infamia pública.

Al problema con el Papa se sumó el enfrentamiento con el padre de su antigua prometida, Gastón de Bèarm, decidido a tomarse la venganza por la afrenta recibida.

A ello hay que unir que, el 4 de abril de 1284, muere Alfonso X sin haberse reconciliado con su hijo Sancho. Sancho se proclama rey, y junto con María fueron coronados en Toledo. Esta coronación provocó el inicio de un enfrentamiento civil entre Sancho y los partidarios de su sobrino Alfonso de la Cerda, el cual contaba con la ayuda no sólo de sus partidarios castellanos sino también del rey de Aragón.

A partir del mismo momento de la boda, María quedó incorporada al grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey, Sancho IV. El matrimonio tuvo siete hijos que tuvieron que esperar hasta la muerte de su padre para lograr la legitimidad.

María ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado dotando a la postre de estabilidad a la Castilla desnortada en la que reinó. Este papel esencial se produce entre otras razones por la gran diferencia de carácter con su esposo. María era una mujer formada, con conocimientos políticos, inteligente, hábil, diplomática, conciliadora y de carácter pacífico. Por su parte Sancho IV, que había recibido una formación parecida y fue un buen promotor de la cultura (escribe libros- “Castigos y documentos del rey don Sancho”-, promueve las traducciones y en algunas de ellas escribe el prólogo, elaboró una versión propia de la “Historia de España” de su padre… En 1293 promulgó los Estudios Generales de Alcalá de Henares – dónde había trasladado la Corte- en un claro antecedente de la Universidad de Alcalá). Físicamente era una persona de gran estatura y fortaleza, gran aficionado a las armas, a las que tuvo que dedicarse, por otro lado, para defender su reino. Fue un gran guerrero, y muy perseverante y ardiente defensor en sus posiciones, lo que le valió el sobrenombre de “el Bravo”.

Su reinado se inicia en un completo caos, lo que obliga a los monarcas a dos tareas esenciales: una, lograr la dispensa papal sobre su matrimonio y, segunda, acercarse al rey francés, Felipe III el Atrevido, para poder tener un aliado que los respaldase. Facilitó esta segunda labor que el rey de Aragón estuviera enfrentado al francés y tampoco tuviera muy buenas relaciones con el Papa.

A su vez, en pos de la pacificación de Castilla, buscaron ganarse a la parte de la nobleza que era partidaria de los infantes de la Cerda y de su padre Alfonso X. Para ello, en ocasiones, Sancho IV utilizaba cargos de gobierno a fin de asegurarse la fidelidad de los nombrados, asimismo premiaba a los que le habían seguido en la carrera militar. Pero, esa tarea no fue suficiente y debió enfrentarse duramente contra los rebeldes.

El 6 de diciembre de 1285, la reina dio a luz a su segundo hijo, primer varón. Recibió el nombre de Fernando. En 1288, fallecieron el papa, el rey de Aragón y el rey de Francia, lo que facilitó la estabilidad del reino. 

Ocupó la cátedra de San Pedro, el Papa, de procedencia franciscana, Nicolás IV, que consolidó una buena relación con Sancho y María, y se abrió a revisar la causa de su matrimonio, pero tropezó con tantas dificultades, que no se decidió a dar la dispensa. Este seguía siendo el aspecto más débil de su matrimonio, de la herencia de sus hijos y del futuro del trono de Castilla.

Desde 1291, la participación directa de la Reina en los asuntos políticos de la Corte se hizo especialmente intensa. Así intervino personalmente en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. En septiembre de aquel año se tomó la plaza.

Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío.

En 1294, la salud del rey se deterioró rápidamente. Durante los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte aumentó. Así, en ausencia del rey, proyectó la campaña que, mediante la toma de Algeciras, asegurase plenamente la reciente conquista de Tarifa y garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos.

Sancho muere en Toledo, no sin antes dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey.

La situación a la que había de hacer frente María tras la muerte de su marido no podía ser más delicada. Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto que parecía de lo más propicio para que los partidarios de los De la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana. Mientras tanto, la falta de legalización del enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando.

María, para reforzarse, tomó la decisión de apoyarse en los concejos y hermandades como bastión frente a la nobleza. Para ello confirmó sus fueros y privilegios concejiles y redujo o suprimió algunos impuestos, a la vez que tomaba la iniciativa de convocar Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid. A estas acciones unió su capacidad negociadora con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza.

Ante esta delicada situación, sus enemigos declararon la guerra a Castilla: Portugal, Aragón y Francia. Hasta que tuvo lugar el reconocimiento de la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una continua confrontación bélica con todos los partidarios de impedir la llegada de su hijo al trono.

No se amilanaba ante la posibilidad de una guerra ( por ejemplo, la que tuvo contra Aragón en territorio murciano, perteneciente a Castilla desde Alfonso X), pero su habilidad se demuestra, en su capacidad negociadora, estableciendo alianzas entre sus hijos y los hijos de los reyes de Portugal y Aragón para pacificar, en lo posible, la situación. Ejemplo de ello fue el Tratado de Alcañices en 1297 en el que quedaron fijadas, entre otros puntos, las fronteras entre Castilla y León y Portugal, que recibió una serie de plazas fuertes y villas a cambio de romper sus acuerdos con Jaime II de Aragón y demás partidarios de Alfonso de la Cerda. Al mismo tiempo, en el tratado de Alcañices fue confirmado el enlace entre Fernando IV de Castilla y la infanta Constanza de Portugal. También llegó a acuerdos eclesiásticos como el que se produjo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.

Aquellas alianzas eclesiásticas y el fuerte apoyo de la Iglesia castellana a su reina, dieron su más destacado fruto en 1301, logrando la bula pontificia de Bonifacio VIII que legitimó el matrimonio entre María y Sancho y, por ende, la descendencia habida de aquel matrimonio. Además, el Papa manifestó su voluntad de mediar en la reconciliación entre el primogénito de María, Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. Todo ello llegaba justo a tiempo, cuando la terminación de la tutoría era inminente ante el reconocimiento de la mayoría de edad del Rey el 6 de diciembre de 1301.

El reinado de su hijo no fue fácil para María, los nobles se posicionaron en favor del nuevo rey, pero con la intención de sepáralo de su madre a la que obligaron a entregar las joyas recibidas del rey Sancho. El hijo, débil de carácter y desagradecido, no defendió a su madre, la cual, dando muestras de su extraordinaria abnegación y generosidad, buscó una postura conciliadora entre los nuevos partidarios de su hijo y los propios de ella, convocando Costes en Medina del Campo y mostrándose proclive a apartarse del poder. Sin embargo, en 1304, su presencia se hizo de nuevo necesaria para mediar entre Castilla, Aragón y Portugal, en aras de evitar otro conflicto.

En 1312, fallece el rey Fernando IV a los veintisiete años; dejaba un reino fraccionado y comprometido, y como heredero a un niño de un año de edad. En 1313 muere también su mujer, la reina Constanza. La orfandad del menor determinó que se nombraron tutores del rey niño, futuro Alfonso XI. Entre ellos fue elegida María de Molina. Su tarea fue de nuevo intentar pacificar y resolver los conflictos surgidos entre los propios regentes, entre los partidarios de unos y otros, y preservar el trono para su nieto. Tras el convenio de Palazuelos en 1314, María quedó como principal regente y tutora; afianzada en 1319 por la muerte de alguno de los otros tutores. Pero la buena reina falleció en 1321.

A su muerte, Castilla se dividió entre los nuevos regentes hasta que, en 1325, Alfonso XI, con 14 años de edad, asumió el trono. El nuevo rey logró reunificar y fortalecer su reino,  y recuperar las plazas que sus últimos tutores habían perdido en manos de los musulmanes. Dirigió con prudencia, astucia, inteligencia, capacidad diplomática, suavidad en las formas y mano de hierro en el fondo. Fue el fiel reflejo del legado de su abuela, mujer de moral inquebrantable, fidelidad a la corona, valentía, carácter conciliador y pacificador.

Esta última accidentada regencia de María de Molina es el tema de una de las obras maestras de Tirso de Molina, “La prudencia en la mujer”. El personaje literario de María de Molina, según el director teatral González Vergel «el más emblemático e importante personaje femenino de todo nuestro Siglo de Oro», en cuyo transcurso averigua, desbarata y castiga tres conjuras contra su nieto, el futuro Alfonso XI de Castilla. ​

Además de su labor política, María de Molina llevó a cabo una interesante labor de patronazgo religioso protegiendo y dotando diversas instituciones conventuales. Entre las que destaca la fundación del monasterio de Santa María de las Huelgas en Valladolid, donde está enterrada.

 

BIBLIOGRAFÍA

ARTEAGA Y DEL ALCÁZAR, A. “María de Molina. Tres coronas medievales”. Ed. Martínez Roca, 2004.

CARMONA RUÍZ, M.A. “María de Molina”. Plaza y Janés. 2005.

FUENTE, M. J.“¿Reina la reina? Mujeres en la cúspide del poder en los reinos hispánicos de la edad media (siglos VI-XIII)”. UNED. 2003.

ARIAS GUILLÉN, Fernando; REGLERO DE LA FUENTE, Carlos Manuel (coordinadores). “María de Molina: gobernar en tiempos de crisis (1264-1321)”. Dykinson, 2022.

La Mesta

La reconquista contribuyó a asegurar en Castilla una economía pastoril. En una tierra árida, siempre cercana a la frontera con los moriscos y llena de algaradas y enfrentamientos por ese motivo, la ganadería era una actividad segura – se podía trasladar el ganado hacia zonas que no eran atacadas y volver cuando crecían los pastos- y bien remunerada.

La prosperidad pastoril y los intereses comunes de los ganaderos dieron lugar a su asociación. No está claro si la iniciativa fue puramente profesional, es decir, entre los propios pastores o tiene origen real. Con carácter mayoritario se entiende que su origen estaría en las pequeñas mestas locales que existían ya en la Alta Edad Media entre los pastores de las majadas leonesas y castellanas, como producto de su asociación ante problemas derivados de su profesión, para reforzar sus fueros y hacerse cargo de las reses desmandadas dándoles dueño (mostrencos). De este modo, la monarquía sólo tuvo que dotarla de legalidad. En un primer momento, la agrupación sólo perseguía ordenar el complicado sistema de trashumancia, de acuerdo con el cual los rebaños eran conducidos a través de España desde los pastos de verano en el norte a los pastos invernales del sur. Posteriormente, pretendió hacerse con el control de todos los rebaños de la cabaña lanar castellana aprovechando para abaratar el mismo y hacerlo más seguro pues se trasladaba acompañado de una guardia armada, llamada esculca o rafala. Aquella cabaña lanar era mucho más próspera a medida que la reconquista avanzaba hacia el sur, pues a la oveja tradicional castellana- Churra- se le unió, probablemente en el último tercio del S XIII, una raza de oveja nueva procedente del norte de África- la oveja Merina-. Esta nueva raza daba una lana de excelente calidad que se convirtió en el primer producto en exportaciones del reino; era una parte sustancial de la economía. La oveja churra, era más importante para consumo humano.

A medida que se prosperaba y se incrementaba el terrero sobre el que extender los rebaños surgieron complicaciones en las tareas de aquellas asociaciones de ganaderos. Estas complicaciones en las tareas a realizar y los derechos a defender dio lugar al nacimiento de una asociación más organizada e institucionalizada: el Concejo de la Mesta.

El origen de la complicación social se debió, como hemos señalado, al avance de la reconquista. Al llegar Fernando III, el santo, a Andalucía el territorio se estabilizó, de modo que lo que habían sido siempre zonas ganaderas- zonas fronterizas cercanas a los territorios musulmanes, fueron acogiendo a más colonos cuya actividad principal era la agricultura. Los agricultores no querían que el ganado trashumante se comiera sus cosechas, surgiendo así enfrentamientos entre ganaderos y agricultores.

La solución la dio el rey Alfonso X, el sabio, hijo de Fernando. Pactó con las asociaciones de ganaderos unos caminos por los que transitar y no molestar a los agricultores. El rey dio así el impulso definitivo al Concejo de la Mesta en 1273, que más tarde se llamó Honrado Concejo de la Mesta, tras la reglamentación que le dio Alfonso IX en 1347.

Para que el ganado no dañara los cultivos, se idearon unos itinerarios especiales que, dependiendo del tamaño de la vía, recibían diferentes nombres. De menor a mayor se denominaron coladas, veredas, cordeles o cuerdas, y cañadas. Las cañadas más importantes eran conocidas como cañadas reales.

Los ganaderos que pertenecían a la Mesta obtuvieron privilegios reales, como la exención del servicio militar y de testificar en los juicios y ventajas como derechos de paso y pastoreo. Con el tiempo obtuvo nuevos privilegios reales y ventajas fiscales.

La Mesta celebraba dos asambleas al año, una en el sur de la península y otra en el norte. Principalmente se debatían los cargos internos (presidente) y cómo se iban a organizar los itinerarios.

La Mesta alcanzó gran poder y contribuyó, junto con la pacificación de las zonas ya reconquistadas, al desarrollo de una destacada actividad textil que se localizaba en ciudades de la cuenca del Duero, como Zamora, Palencia, Soria o Segovia, pero también en ciudades ganadas al islam, tales como Toledo, Cuenca Córdoba o Murcia. La producción textil de Castilla y León era modesta, al menos si la comparamos con la excepcional producción de lana de los reinos. Pero a medida que se desarrollaron centros industriales, sobre todo, en el País vasco, la producción creció.

Por lo que se refiere al comercio en el siglo XIII, es un dato significativo el hecho de que se crearan nuevas ferias, sobre todo en ciudades de la meseta sur y de Andalucía; así, en Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres, Badajoz o Sevilla.

En las cortes de Toledo de 1480 se decreta dejar libre el paso de rebaños entre Aragón y Castilla, siendo el reflejo del destacado concepto en el que los Reyes Católicos tuvieron a la Mesta. Aquella libertad de tránsito pretendía proteger la actividad e ​ incrementar los ingresos de la corona mediante el arrendamiento y la venta de derechos de pastos. A partir de entonces, el presidente de la Mesta sería el miembro más antiguo del Consejo Real.

La Mesta alcanzó su máximo esplendor en 1492, año en que los campesinos consideraron excesivos los privilegios concedidos a la Mesta.

Fue una organización muy poderosa debido a los privilegios que los reyes le concedían, ya que la lana era un importante producto entre los que exportaba Castilla a Europa, por lo que se debía fomentar la producción de lana, a veces en detrimento de la agricultura. En ocasiones se acusa a la Mesta de la desforestación de la península ya que la gran cantidad de ganado necesitaba mucho pasto para alimentarse.

Sin embargo, la Mesta llegó a su decadencia. Principalmente por la perdida del monopolio mundial. Tal ruptura se debió a que varios corderos merinos fueron regalados por Felipe V a su abuelo el rey de Francia, Luis XIV. Los franceses aprovecharon su crianza para extender esta ganadería por todo su país y ejercer de exportadores a centro Europa en detrimento de España. En nada favoreció a nuestro país las guerras napoleónicas que destrozaron infraestructuras y cañadas dificultado la actividad trashumante. A ello se unió, que la industria española no era lo suficientemente competitiva frente a los talleres europeos, lo que incrementaba el precio de la lana española frente a la europea.

Además, los continuos enfrentamientos internos entre campesinos y agricultores y las necesidades económicas de la corona, laminaron muchos privilegios de la Mesta. Las grandes fortunas nobiliarias y también los conventos y eclesiásticos van poco a poco abandonando esta actividad y refugiándose en otras más prosperas.

Todos esos motivos fueron esenciales para la desaparición del Concejo de la Mesta en 1836.

BIBLIOGRAFÍA

ANES, Gonzalo y GARCÍA SANZ, Ángel (coord.) “Mesta, trashumancia y vida pastoril”. Ed. Investigación y Progreso. 1994.

KLEIN, Julius. “La Mesta: estudio de la historia económica española, 1273-1836.” Alianza editorial. 1979.

REVOLUCIONES CONTRA LOS IMPUESTOS EN ESPAÑA: LEVANTAMIENTOS EN EL BIENIO PROGRESISTA (1854-56)

En nuestra historia hemos tenido muchas revueltas sociales por la carestía de la vida, muchas de ellas causadas por la subida de impuestos, así, a modo de ejemplo, podemos nombrar el Motín de Esquilache, del que ya hablamos aquí, https://algodehistoria.home.blog/2020/01/24/el-motin-de-esquilache/ cuyo inicio fue la subida del precio del pan y de la cera de las velas por razones, entre otras, impositivas. O, en otro curiosísimo ejemplo, el levantamiento encabezado de María Castaña o Castiñeira en la provincia de Lugo en el S XIV (1386), contra los impuestos que quería cobrar el obispo de Lugo. Esta María Castaña es la que ha dado lugar a la expresión popular de “en tiempos de Maricastaña”.

Pero una de las revueltas fiscales más importantes de nuestra historia, aunque un tanto incomprensible en cuanto a sus orígenes se produjo en España a lo largo del Bienio Progresista (1854-56). https://algodehistoria.home.blog/2022/01/28/la-guerra-de-crimea/

Coincidiendo con la guerra de Crimea, se produjo un doble movimiento, por un lado, el aumento de la venta de grano y trigo castellano, al dejar de producir Rusia, y de otro una escasez de trigo en España por las exportaciones, a lo que se unió una subida de precios por culpa de la imposición, el avance del cólera importado desde el norte de Europa y la pérdida de gran parte de la cosecha a causa del pedrisco. La región que más sufrió la prosperidad primera y la crisis posterior fue Castilla. Pero, al tiempo, acontecía un hecho trascendente, el conflicto obrero que se dio en la pequeña industria, de manera significativa, aunque no única, en Cataluña, sobre todo, en las fábricas de Barcelona donde proliferaron las primeras asociaciones obreras y donde se produjo el levantamiento por la aparición de máquinas que realizaban el hilado frente al hilado a mano (conflicto de las selfactinas. Nombre que proviene del término inglés “self-acting”). Fue una manifestación contra el mecanicismo y la primera huelga general que se produjo en España- 1855-.

Salvo contadas excepciones, no se trataba de conflictos de subsistencia al antiguo modo sino una conflictividad social exacerbada en un momento, en el que, por otra parte, existió cierta prosperidad, por lo menos en amplios sectores. Fue un enfrentamiento entre antiguos y nuevos usos de producción, por una mala planificación económica del gobierno que dejó escasez en los mercados nacionales y una muestra de disconformidad social por un sistema impositivo desmesurado, sobre todo, más que por el incremento de los tributos directos, por la recaudación indirecta del odiado impuesto de Consumos y los Derechos de Puertas. Todo esto provocó una oleada de conflictividad social con más de 200 motines, sin que el Gobierno de Espartero pudiera atajarlo y donde los modos de levantamientos urbanos se trasladaron a las protestas campesinas: algaradas callejeras y asonadas en los que perdieron la vida varias decenas de personas con una violencia desmedida en los revolucionarios y en los “apaciguadores”.

Veamos los sucesos con mayor detenimiento.

El nuevo sistema fiscal provenía de la reforma de la Hacienda Pública llevada a cabo por Mon y Santillán de 1845. Esta reforma contempló una nueva tipología de impuestos, algunos directos y dos indirectos sobre el comercio interior, el de Consumos y los Derechos de Puertas. Ambos eran herederos de viejas figuras tributarias, las alcabalas que fue el impuesto más importante del Antiguo Régimen español, que grababa el comercio, y “millones y cientos que era un impuesto sobre el vino, vinagre, aceite, carne, jabón y velas de sebo que instituyó Felipe II en 1590.

En el Siglo XIX, se generalizó la contribución sobre consumos, (Contribución General de Consumos) que gravaba una veintena de productos básicos, de “comer, beber y arder”. A cada Ayuntamiento se le asignaba una cantidad anual que debía remitir a la Hacienda pública. De esta manera, esta contribución se convirtió en la principal fuente de ingresos, tanto de la Hacienda nacional, como de las locales. Los consumos generaron muchos problemas, la polémica principal tenía que ver con el hecho de que gravaba productos de primera necesidad, afectando a las clases populares. Los consumos encarecían el precio final de los productos, pero, además, su recaudación generaba una clara desigualdad, ya que los grandes propietarios y comerciantes podían zafarse del pago de los consumos gracias al fraude. Por si fuera poco, el sistema recaudatorio no lo ejercían directamente los municipios, sino que empleaban como intermediarios a las llamadas “empresas de puertas”, que llevaban a cabo la recaudación en nombre de las haciendas locales, con un trato humillante al ciudadano y originando, además, un proceso inflacionista.

Por si fuera poco, el Ministerio de Hacienda, en su intento de mejorar la situación de las Haciendas locales en estado agónico desde hacía décadas, autorizaron a los Ayuntamientos a fijar nuevos derechos sobre la entrada y consumo de mercancías en sus localidades hasta igualar lo recaudado por la Hacienda y a financiar el déficit hacendístico mediante arbitrios sobre artículos cuyo consumo no gravaba la Administración central con la única condición de que no fuesen de consumo imprescindible, retórico requisito que rara vez fue respetado[1].

Sin embargo, los problemas surgieron por las desigualdades en que incurrió la Hacienda en el reparto territorial de la carga tributaria provocando encendidas protestas locales sobre todo en Castilla, a las que el Gobierno no hizo caso en un primer momento. Fueron los jornaleros castellanos y leoneses los que, debido a los cálculos realizados por la Hacienda a tenor de las ventas de cereal de años anteriores, pagaron en 1855 y 1856 en torno a un 20% más que el resto de España, lo que en el caso de Palencia se elevó por encima del 70%, cuando, ya en 1856, los ingresos habían disminuido en más de un 17%.[2]

Además, el descontento por la subida de impuestos y su consiguiente subida de precios venía de antiguo. Las obras públicas que emprendió Bravo Murillo desde 1851 y que a la larga supusieron una gran mejora en las comunicaciones y servicios de transporte de mercancías y ciudadanos y, con ello, un gran avance integrador de España, tuvieron un elevado coste que obligó a un incremento de la presión fiscal, lo que originó un enorme malestar social, que Bravo Murillo intentó paliar con concesiones fiscales a los menesterosos y con un endurecimiento de la política de orden público. Los mayores incidentes de aquellos primeros años cincuenta se dieron en Andalucía y Valencia.

Los sucesivos gobiernos y ministros de Hacienda y de Gobernación de la época no acertaron en su intención de enderezar la situación del Erario. Unos prometían acabar con los impuestos indirectos, otros como Sartorius, Conde de San Luis, a fomentarlos y a incrementar el gasto en obras públicas que no se ejecutaron, pero sí proyectaron y “curiosamente” tuvieron gastos que sólo beneficiaron a determinados miembros del Gobierno.

Es más, el afán recaudador de la Hacienda del Estado llevó a crear el cuerpo de Agentes de la Administración provincial de Hacienda en 1853 cuya finalidad era acabar con el fraude fiscal en el sector industrial, y aunque su tarea no iba dirigida a las harineras ni al campo si afectó a la vida rural y a los pequeños propietarios. La población rural tenía que hacer frente al pago de unos tributos abusivos y a la consiguiente subida de los precios, lo que creó problemas de subsistencia en el noreste español. En castilla, se complicó la situación por el enfado de los pequeños industriales, ganaderos y pequeños jornaleros.

Pero ni toda la presión fiscal era suficiente para atender las necesidades de un gobierno manirroto y corrupto. Las arcas del estado estaban vacías. No se podía ni pagar el sueldo de los funcionarios. El Banco de España se negó a seguir monetarizando la deuda. La situación era desesperada, cuando las tropas inglesas y francesas entraron en guerra en Crimea, en septiembre de 1854, el incremento de las exportaciones alivió las arcas de la Hacienda y logró calmar los ánimos en Castilla, no sin ciertos levantamientos en Burgos, Segovia y en otras poblaciones, especialmente en la frontera portuguesa,  por la política de exportación de grano castellano que  dio lugar a que se arrancaran viñedos para plantar trigo, que era el producto que generaba más ingresos, originando un aumento del paro en los jornaleros vitivinícola. Pero no sólo en Castilla hubo altercados, en otras zonas de España también existieron sublevaciones, conocidas fueron las de Zaragoza.

La tensión se contuvo durante unos pocos meses, pero, al poco tiempo, se recrudeció a lo largo y ancho de toda España. Tras varios ministros e intentos de arreglar la situación con muy poco éxito, los levantamientos se sucedieron durante 1855, con huelga general convocada en Barcelona, levantamientos en Zaragoza, Calatayud, Santiago de Compostela… sólo Castilla estaba aparentemente tranquila, pero más por la epidemia de cólera que se extendía por la región que por falta de descontento. Los artesanos urbanos protestaban también por su mísera condición. De ahí que fuera Burgos la primera ciudad castellana en sublevarse, dando lugar a decretar el Estado de Sitio en la Capitanía General de Burgos y someter al resto de las provincias castellanas a similares cautelas, pero los Universitarios vallisoletanos desafiaron a la epidemia y a la Guardia Civil, al igual que los ciudadanos de Palencia y Zamora.

Los progresistas, que habían llegado al poder aupados por la ciudadanía, se veían ahora abocados a perder el poder en manos de los propios ciudadanos hartos de su manirroto proceder.

Con estos altercados se llega a 1856 y al fin de la guerra de Crimea, lo que hace disminuir el precio del pan en España. Por poco tiempo, puesto que la propia dinámica de la postguerra impide que las cosechas rusas tengan la producción deseada, con lo que se vuelve a las exportaciones castellanas, a la escasez de pan y a la subida de precios. La primera ciudad en la que carestía hizo saltar las revueltas fue Valencia. A ella se unieron otras, con gran crudeza las castellanas. Los ciudadanos para demostrar su hartazgo por los impuestos y la escasez, quemaron talleres y campos. Las revueltas fueron sofocadas con gran dureza; en Castilla el Capitán General y sus tropas detuvieron durante las jornadas de los días 23 y 24 de junio de 1856 en Valladolid, Medina de Rioseco y Palencia a algo más de medio millar de personas, acusadas de sedición, que fueron juzgadas a las pocas horas de su arresto por tribunales militares, con arreglo a la Ley de abril de 1821 y sin ninguna garantía procesal. El día 25 de junio comenzaron las ejecuciones.

La revuelta se extendió con extraordinaria rapidez al resto del país a finales de junio. El Gobierno recibió partes de levantamientos en Torrelavega, Comillas, Albacete, Gijón, Palma de Mallorca, Granada, Pontevedra, Toledo, Badajoz, Alcoy, Riotinto, Cuenca, Tortosa, Vigo, Murcia, Manises, Bilbao, Sigüenza, Guadalajara, Barcelona y hasta un centenar de localidades más, en la mayor parte de los casos, coincidiendo con la celebración de la festividad de San Pedro (29 de junio). Fábricas de harinas y de hilados, plazas de toros y fielatos en los cuatro puntos cardinales ardieron en protesta por la carestía y en homenaje a los héroes de Castilla, como rezaban los pasquines repartidos por todo el país.

Para O’Donnell aquella situación era insostenible y consideró llegada la hora de deshacerse de Espartero y cortar aquella marejada activada desde enero de 1856 por la llegada de Escosura al ministerio de Gobernación. Se produce un choque frontal en el Consejo de Ministros entre O’Donnell y Espartero, ambos presentan la dimisión, pero la Reina no acepta la de O’Donnell. Era el mes de julio de 1856. Pero el bienio progresista también era obra de O’Donnell y su presencia al frente del gobierno creaba poca confianza en las Cortes y en la población, así, en octubre de 1856, cayó también su gobierno. El bienio progresista había acabado.

La paz fue llegando poco a poco, en unos movimientos sociales más de protesta por la actuación del Gobierno y el caos de precios que por crisis de subsistencia. En términos generales fue una época de prosperidad, aunque con sectores muy maltratados. Fue una prosperidad mal repartida; se podría haber llegado a una mayor comodidad social si la eficacia del gobierno hubiera sido mayor y, sobre todo, la corrupción, menor. De este modo, se perdió una oportunidad de modernización y mejora de España, que podría haber tenido unos cauces más adecuados. Siendo una época de prosperidad, un mal gobierno determinó carencias y enfrentamientos que generaron en un auténtico caos.

BIBLIOGRAFÍA

COMÍN COMÍN, Francisco. “Historia de la Hacienda Pública II. España (1808-1995)”. Ed. Critica. 1997.

PAN-MONTOJO, J. «Lógica legal y lógica social de la Contribución de Consumos y los Derechos de Puertas». Servicio de publicaciones del Ministerio de Hacienda. 1994.

PALACIO ATARD, Vicente. “Historia del Siglo XIX. 1808-1898”. Ed.  Espasa-Calpe. 1981.

[1] COMÍN COMÍN, Francisco. “Historia de la Hacienda Pública. España (1808-1995). Pag 193-213

[2] PAN-MONTOJO, J. «Lógica legal y lógica social de la Contribución de Consumos y los Derechos de Puertas»