(La falta de) fanatismo religioso en Felipe II

Este hilo se lo dedico a la listísima hija de mi listísima amiga Cristina, una admiradora incondicional de Felipe II.

El otro día en un programa de televisión y hablando de la actualidad, el corresponsal de un periódico británico en España puso de ejemplo, aunque no venía mucho a cuento, el fanatismo religioso de Felipe II. No hay nada como ser importante para que alrededor surjan las envidias y las malas lenguas. Así se podría describir en términos muy coloquiales lo que fue el origen de la leyenda negra que alcanzó a España y también a nuestro rey Felipe II. Porque lo de su fanatismo religioso forma parte de la leyenda negra.

Cuando Carlos V abdicó del trono en 1556, dos años antes de su muerte, dividió su imperio en dos Partes: a su hijo Felipe le entregó España, América, Italia y Flandes y a su hermano, Fernando, le otorgó el sacro imperio.

Felipe, rey trabajador e inteligente, se ocupó personalmente de los asuntos de Estado, reformó las instituciones heredadas de los Reyes Católicos dotándolas de mayor solidez, lo que le permitió, además, con gran sabiduría, hacer frente a no pocas conspiraciones internas y a engrandecer más aún el Imperio Español; siendo destacado el desarrollo de la presencia española en el continente americano y en el Pacífico, muy especialmente, en  Filipinas, no en vano el archipiélago lleva ese nombre en honor de nuestro gran rey Felipe II. Fueron sus enemigos externos ayudados por algunos internos como, por ejemplo, Antonio Pérez, o la difusión anglo-holandesa de las barbaridades dichas por Fray Bartolomé de las Casas, los que hicieron recaer una injusta leyenda negra que aún se arrastra. De ambos traidores hemos hablado aquí:

https://algodehistoria.home.blog/2020/10/30/un-traidor-antonio-perez/

https://algodehistoria.home.blog/2020/04/24/traidor-fray-bartolome-de-las-casas/

Imprenta y propaganda fueron los medios de una leyenda nacida de los deseos de independencia, de hacerse con las rutas comerciales españolas o engrandecer sus posiciones en Europa de, respectivamente, Holanda, Inglaterra y Francia. Entre las críticas recaídas sobre nuestro rey y convertida en leyenda está la acusación de fanatismo religioso, conservadurismo extremo, arrogancia y crueldad. Todo ello muy ajeno a la realidad.

Cuando murió Felipe II el Imperio Español era el más extenso del mundo, con territorios europeos, posesiones americanes, africanas y asiáticas, los ingleses empezaban a prosperar, pero aún debían esperar muchos años para poder alcanzar un dominio del mundo que pudiera conllevar la denominación de imperio. Se habla mucho de la derrota de la Armada Invencible, pero poco de la derrota de la Contra armada británica a manos de los españoles poco después. https://algodehistoria.home.blog/2020/10/23/la-contra-armada-inglesa/

El único imperio que hacía sombra a la visión imperial española durante algunos años era el de Portugal, y en 1580 Felipe II se anexiona Portugal, en la Unión Ibérica, lo que hace confluir los dos grandes imperios ultramarinos de la Península en uno sólo, bajo el mando de Felipe II. Como para no cogerle tirria si eras inglés o francés

Durante el reinado de Felipe II, los conflictos con Francia continuaron hasta que se produjo la victoria de los tercios españoles en San Quintín (1557), y la firma de la Paz de Cateau-Cambresis (1559) iniciándose un periodo de tranquilidad militar.

Pero el desgarro interno europeo provenía del protestantismo. La reforma protestante contra la que tanto batalló su padre, seguía dando que hacer.

Que mejor cosa en ese ambiente que calificar a Felipe II de fanático religioso.

Lutero fijó sus 95 tesis, enfrentándose al papado, negando los dogmas católicos y los sacramentos, el culto a la Virgen María y a los santos. Sus escritos se difundieron rápidamente, gracias a la imprenta de Gutenberg y a que los príncipes alemanes vieron una oportunidad política en esta ruptura con Roma para conseguir más poder oponiéndose al Papa y a Carlos V, emperador de Alemania, Rey de España y Nápoles. Lo que continúa con su hijo Felipe. A esa oportunidad se unen los holandeses buscando también su independencia.

No fue el único movimiento anti papado. En Francia, Calvino, más intransigente y radical que Lutero, si cabe, encabezó otro movimiento reformista y rupturista, extendiéndose rápidamente a otros países. Pero el protestantismo en Francia acarreó años de enfrentamientos civiles en las guerras de religión. Felipe II apoyó a los católicos frente a los hugonotes (protestantes seguidores de Calvino), especialmente ante las pretensiones al trono de Enrique de Borbón, que era hugonote. En 1593, Enrique se convirtió al catolicismo, subió al trono como Enrique IV- “París bien vale una misa”- y España y Francia firmaron la Paz de Vervins en 1598.

Para completar el mapa religioso europeo del S XVI, hay que mencionar que en Inglaterra aparece el anglicanismo al negar el Papa el divorcio del rey Enrique VIII de su legítima esposa Catalina de Aragón y, con ello, legitimar el matrimonio con Ana Bolena. El monarca rompe con Roma y se autoafirma cabeza de la iglesia.

Que la corrupción se extendía por la Iglesia romana, era evidente desde hacía tiempo. Por ello, en España, el Cardenal Cisneros con el apoyo explícito de la Reina Católica realizó una profunda reforma de la vida eclesiástica, buscando un modelo moral más acorde con el mensaje evangélico. De hecho, si Lutero no hubiera sido un intransigente y sin el apoyo político alemán nunca se hubiera desarrollado su herejía, pues los problemas se podrían haber arreglado internamente. Intentos hubo, el más importante el Concilio de Trento, iniciado bajo el gobierno en España de Carlos V y terminado bajo el de Felipe II. El concilio no logró reunir a sus hijos cristianos, pero sí fortaleció a la contrarreforma, al papado y puso los basamentos para ejecutar una genuina reforma interna de la Iglesia.

En España, los acuerdos de Trento se declaran de obligado cumplimiento en una pragmática de 1564. Asimismo, se promulgaron leyes para vetar la importación de libros y se limitó el derecho cursar estudios en el extranjero. Para asegurar su cumplimiento, la Inquisición publicaba un índice de libros prohibidos y registraba bibliotecas. Además, numerosas órdenes religiosas contribuyen a la educación y la enseñanza. La Compañía de Jesús, entre otras, ayudó a difundir la doctrina católica por Europa y América mediante una amplia labor educativa, fundando escuelas y universidades. Precisamente la labor evangelizadora española está presente desde los tiempos de la llegada de Colón a La Española y en todas las expediciones promovidas por la monarquía hispana hay un grupo de frailes cuya misión es evangelizar, como ya vimos en Filipinas y China. https://algodehistoria.home.blog/2022/03/25/andres-de-urdaneta-y-el-tornaviaje/

España se pone al frente de la cristiandad en apoyo del papado, pero no es menos cierto que en el Siglo XVI nadie concebía una unidad nacional, estatal, sin la misma unidad religiosa. Felipe II no era más fanático que los demás monarcas coetáneos. En ningún momento o lugar en aquella época era concebible la libertad de pensamiento o de culto.

Es más, gracias a la actuación de Felipe, que no quería para España unos enfrentamientos como los de otros lugares, la vida religiosa en nuestro país fue mucho más tranquila que en otros lugares. Como señala Kamen[1] la herejía protestante había causado poco impacto en España y así siguió y no porque la Inquisición española fuera más cruel que otras – ya vimos un interesantísimo reportaje de la BBC ( https://algodehistoria.home.blog/2020/07/10/el-mito-de-la-inquisicion-en-espana/ ), difundiendo lo que es una verdad histórica comprobada, que nuestra Inquisición fue mucho más justa y liviana que la holandesa o la de otros países-, es más, fue el Rey quien se ocupó de que el Santo Oficio se condujera por caminos de mayor justicia. Felipe había visto los efectos de las guerras de religión en Europa y no quería nada igual para España. Se sabe, por ejemplo, que en 1559 los ingleses, bajo el mandato de la Reina María, habían ejecutado a casi tres veces más herejes que en España. En Francia, bajo Enrique II, se habían ejecutado al doble de personas que en nuestro país y en los Países Bajos eran diez veces más los sacrificados en nombre de la fe.

Fue la presencia de los turcos de Solimán el Magnífico y su amenaza al papado y a todos los católicos lo que hizo que Felipe II avanzara aún más en su condición de Príncipe de la cristiandad. No era un problema de fanatismo religioso, como ya vimos en la entrada sobre Lepanto: https://algodehistoria.home.blog/2021/06/18/lepanto/

Se trataba simplemente de que eran ellos o nosotros. El mundo occidental tal y como lo conocemos se lo debemos a aquella victoria de la Santa Liga. Victoria que debemos al Papa, a los estados italianos, especialmente a Venecia, y, sobre todo, a Felipe II, porque ni alemanes, ni franceses ni ingleses colaboraron en sofocar aquel peligro. Al contrario, consideraban más importante la merma de poder de España que la defensa de su propia integridad y de los valores greco-romanos y judeo-cristianos que habían conformado nuestra civilización europea. Habría que meditar dónde residía el fanatismo.

Suele señalarse que, Felipe II fracasó en extirpar el protestantismo, pero quizá sería más adecuado, como hace Pío Moa[2], decir que los “protestantes fracasaron en su afán de extirpar el catolicismo, pues de ellos había partido la agresión a una religión ya establecida siglos atrás.  Felipe, en definitiva, mantuvo católica la mitad sur de Europa, y aunque no derrotó por completo a sus enemigos sí marcó los límites a su expansionismo, del mismo modo que lo hizo con el Imperio otomano. Libró a España de guerras internas como las de Francia, que   causaron unos cuatro millones de muertos y devastaron regiones enteras, y que se habrían propagado a nuestro país de haber permitido la victoria de los calvinistas franceses.  Teniendo en cuenta el poder y empeño, por así decir fanático, de sus enemigos, no fue un pequeño logro.”

Felipe II fue un gran rey católico, con auténtica fe, aunque algunos historiadores como Joseph Pérez afirmen que Felipe II utilizó la religión para justificar su imperialismo. Muchos otros consideran que el imperialismo le venía de cuna, si bien obvian que la fe ha de mantenerse por uno mismo. Una de las manifestaciones de esa fe católica de Felipe II y muy alejada de la frialdad y fanatismo que nos han querido contar está en el hecho de que fue un gran amante de las artes, un gran mecenas y uno de nuestros reyes más cultos. En su imperio territorial se fraguó un imperio cultural como fue el siglo de oro en el que la religión tuvo una presencia destacada. No sólo en la literatura se manifiesta la fe católica, lo hace en el mecenazgo de pintores que transmitan valores religiosos en sus obras o en la Arquitectura. La España cabeza de la cristiandad está en el ambiente. Recordemos en este sentido y a modo de ejemplo, la obra de Tiziano: “La Religión socorrida por España”. La pintura conmemora la actuación de la monarquía hispana en la batalla de Lepanto. En la obra España acude en ayuda de la Religión, defensora de la Fe Católica contra todos sus enemigos y no sólo contra el turco, pues las serpientes simbolizan la herejía protestante.

En la pintura España aparece armada con coraza, lanza y escudo y toma de la mano a una mujer que porta una espada (la Justicia). Al fondo, en el mar, figura un carro conducido por Poseidón con un amenazador turbante turco.

En otro orden artístico: arquitectura, destaca el Monasterio de El Escorial. En el Monasterio se muestra la fe profunda del rey. Cada cuadro, cada obra, la propia planta del edificio y los jardines responden a los intereses de la contrarreforma católica. Edificio del que Fray José de Sigüenza (asesor de Felipe II, miembro de la Orden jerónima y bibliotecario real en El escorial. Realizó el sermón que inauguró el Monasterio, entre otras muchas cosas), dijo: “Obra tan santa, tan pía, tan llena de cristiandad y de tantos provechos para todo… Donde se conserva tanta hermosura de pinturas e imágenes”. No es casualidad que sus obras empezaran en 1563, año de la clausura del Concilio de Trento. Tampoco fue casualidad que la orden religiosa a la que el rey encomendó la custodia del monasterio fuera la Orden jerónima. Precisamente San Jerónimo representa la verdadera fe, siendo además el traductor de la vulgata, único texto autorizado de la Biblia en el Concilio de Trento.

Llamar fanático a Felipe II es no comprender su posición: fue testigo de los desastres de las devastadoras guerras de religión en Francia, Alemania y Flandes, y de la sangrienta persecución a los católicos en Inglaterra e Irlanda. Amén del peligro del turco y el posible fin de la Cristiandad si no se les paraba.

De hecho, en los últimos años, la historiografía, incluso la anglosajona, (Pierson, Maltby, Parker, Thompson y Kamen) ha revisado sus posiciones y puesto en cuestión los tópicos negativos sobre Felipe II. Se destaca una imagen más exacta y ecuánime en la figura del gran monarca español en todos los órdenes: hombre, rey y mito.

Hay que explicárselo a algunos gacetilleros.

BIBLIOGRAFIA

KAMEN, Henry. “Felipe de España”. Ed. SXXI. 1997.

PÉREZ, Joseph. “La España de Felipe II”. Ed Crítica. 2000.

MOA, Pio “Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI”. La esfera de los libros. 2010

[1] Henry Kamen. “Felipe de España”. Ed. SXXI.

[2] Pio Moa “Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI”.

CUANDO LOS TERCIOS ESPAÑOLES DERROTARON A LOS SAMURÁIS

Vamos a hablar hoy de un acontecimiento muy poco conocido, digno de una película- si fuéramos americanos de estos hechos ya habíamos rodado tres películas y dos series-. Con todo, no nos podemos quejar porque, en 2016, el guionista Ángel Miranda y el dibujante Juan Aguilera publicaron el cómic Espadas del fin del mundo, que narra las batallas contra los piratas japoneses partiendo de la crónica del protagonista español: Juan Pablo de Carrión.

Situemos los hechos. Filipinas, río Cagayán al norte de las islas, año 1582. Quien dirigía la flotilla española era Juan Pablo Carrión, nacido en la localidad palentina de Carrión de los Condes 70 años antes. Toda la vida se la pasó buscando la gloria, pero caminó de decepción en decepción, primero en España, posteriormente en el virreinato de Nueva España, hasta que se le ofreció la ocasión de ir a Filipinas.

En aquel año de 1582, Filipinas era una base codiciada por todos, pero la gran potencia del momento era España. Sin embargo, no era del agrado de nuestro monarca Felipe II tropezar con los navíos portugueses en nuestro ir y venir a América por el Pacífico, de manera que se buscaban rutas desde posiciones más al norte para regresar sin conflictos con los portugueses. Pero aquellos mares estaban infestados de piratas. Muchos chinos, pero, sobre todo, japoneses. En china a los habitantes del sur de Japón se les conocía desde antiguo como los wa kuo, o wo kou, waegu o simplemente wa.

Japón en aquella época había sido arrasado por sucesivas guerras civiles. No olvidemos que entonces Japón ni ningún país asiático tenía una concepción nacional como la que se estaba formando en Europa. Japón era el conjunto de poderes de varios señores feudales. De aquel territorio se extendía una leyenda por todo Asia oriental sobre su poderoso ejército: los samuráis.

La fama de los temidos samuráis está envuelta por un halo de leyenda y fortaleza que hacía pensar que sólo un samurái era capaz de derrotar a otro samurái. Los samuráis, con todo, no pasaban de ser un poderoso ejército feudal. La escasez de fuentes sobre sus enfrentamientos con otras fuerzas asiáticas, así como la literatura y el cine, han contribuido a mitificar la figura de estos guerreros cuyo código de honor e indiscutible bravura se han hecho proverbiales. Pero tras las guerras civiles, muchos señores feudales habían muerto o perdido la opción de tener ejército propio, dando lugar a que deambularan por todo el país samuráis sin dueño ni empresa, abocados al pillaje y a la piratería. Se les conocían como “ronin”. Los “ronin” eran contratados como mercenarios para realizar cualquier tipo de encargo con una sorprendente rapidez y eficacia. El cineasta japonés Akira Kurosawa es tal vez quien mejor ha retratado a estos singulares bandoleros en sus películas.

Pero los piratas y mercenarios samuráis no siempre actuaban sin dueño. Por supuesto la infantería samurái dependía de un señor, pero muchas de las flotas piratas en las que se enrolaban “ronin” estaban también financiadas por los señores feudales. El pillaje que se producía en aquellos mares creó problemas al propio comercio japonés. Se les cerraba el acceso a las codiciadas sedas y cerámicas chinas, y durante más de un siglo el único modo de hacerse con estas mercancías pasaba, precisamente, por la piratería. Sobre todo, asaltando los puertos chinos o los filipinos, hasta que los europeos les cortaron el paso.

Es decir, bien por ser “ronin”, bien por depender de un señor feudal dedicado a la piratería muchos de aquellos piratas habían formado parte de los samuráis, tenían su formación y su equipamiento. Evidentemente no todos los piratas estaban en esta situación, muchos procedían de China, Taiwán o eran isleños de otras zonas de alrededor, a los que se les equipaba y formaba como se podía, pero no con la gran formación samurái.

El ejército samurái en el siglo XVI parece ser que concebía sus batallas en formaciones cerradas, con piqueteros y arcabuceros. Algo semejante a lo que hacían los Tercios. Aparentemente tenían una capacidad y disciplina muy superior a la de otros países asiáticos.

Dentro de sus tácticas, los arcabuceros supuestamente tienen su origen en la copia de armas portuguesas. Se suele decir que el enfrentamiento con los españoles en Cagayán fue el primero entre los terribles samuráis y los europeos. Esto tampoco está muy claro. Es verdad que ha sido el primer enfrentamiento documentado. Las dudas surgen precisamente por el uso que hacen los japoneses de arcabuces de origen portugués que bien pudieron proveerse en algún enfrentamiento previo contra los lusos o por la simple compra. Fuera como fuese, el señor feudal japonés, Tanegashima Tokitaka, ordenó a un armero que copiase el cañón y el mecanismo de disparo portugués y en pocos años el arcabuz se extendió por todo Japón; logrando los nipones con sus adaptaciones un arma más liviana y precisa que, incluso, al cubrir la mecha con tapas lacadas, permitía disparar durante los días de lluvia.

El enfrentamiento con los españoles se produjo al norte de la isla de Luzón, hasta allí habían llegado los nativos del país de wa para establecerse en el lugar. El capitán pirata era conocido como Tay Fusa (posiblemente la transcripción del sonido de su nombre que presenta distintas formas). Según las fuentes que se disponen era un valiente japonés que, después de asolar las costas de China, Corea y Vietnam, llegó a Filipinas.

Las narraciones de los españoles destinados en Filipinas señalan que los japoneses llegaban cada año a sus tres zonas en Luzón (Cagayán, Lingayen y Manila) para intercambiar plata por oro. La situación se deterioró rápidamente y ante la hartura que expresó el Gobernador de Filipinas, Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, Felipe II aprobó que una flota se enfrentara a los piratas nipones.

La flota, a la que podemos calificar de exigua, se conformó por siete barcos (el navío San Jusepe, una galera llamada Capitana y cinco embarcaciones menores) y 40 hombres (aunque las cifras varían un poco de unas fuentes a otras) a cuyo frente se situó a Juan Pablo de Carrión.

La flota zarpó de Manila y fue bordeando la isla de Luzón en dirección a la desembocadura del río Cagayán. En total, la expedición de Carrión tuvo tres choques armados contra los japoneses; el primero, al amanecer, al doblar el cabo Bojeador y toparse con uno de los navíos piratas. Al que derrotaron con facilidad por la superioridad de los cañones de los barcos españoles. El segundo combate surge al darse de bruces con 18 champanes (el champán es un tipo de buque propio de los países asiáticos del pacífico, utilizado para la pesca y la navegación por los ríos), que estaban saqueando una pequeña población y causando una matanza entre gentes indefensas. Los españoles no dejaron de hacer fuego hasta causar numerosos muertos al enemigo. El tercero y definitivo se produce en el río grande de Cagayán, también llamado por los españoles río Tajo.

Cerca de la desembocadura del río, Carrión manda a un barco a que explore lo que se encuentra tras el recodo del río. El adelantado descubre a 11 barcos japoneses con cerca de 1.000 hombres con poderosa artillería personal, algunos con las máscaras y corazas propias de los samuráis.

Ante esta situación y con la nave capitana muy dañada desde el primer combate, Carrión decide dar la batalla en tierra. Embarranca la nave capitana, derriba su mástil de modo que sirva de parapeto. En tierra dispone a sus hombres a la manera de los Tercios, en formación cerrada, a semejanza de las legiones macedonias y con piqueros en primera línea, seguidos de los rodeleros y, protegidos por los portadores de arcabuces. Además, utiliza un recodo en el que se encuentra una pequeña playa donde ordena disponer los cañones y fortificarse en lo que sea posible, lo que consiguen haciendo uso de las embarcaciones. Además, untan de grasa las picas a fin de que los enemigos se resbalen cuando las agarren.

Los japoneses tratan de negociar: se retirarán a cambio de que los españoles les entreguen una indemnización en oro por las ganancias que dejarán de obtener. Ante la negativa hispana, los piratas-samuráis capitaneados por Tay Fusa se disponen a la pelea confiando en la superioridad numérica de sus fuerzas y en que los españoles no sepan luchar en tierra como sí habían demostrado en el mar.

Poco después del alba, una horda de 600 wa kuo se abalanza contra el parapeto del pequeño reducto que los españoles han formado en la playa. El fuego de cañones y arcabuces españoles causan enormes bajas entre los japoneses. Será en la segunda andanada japonesa cuando el choque con los piqueteros españoles sea inevitable, así ocurre en una tercera y una cuarta ocasión. Las bajas enemigas son numerosísimas, pero no se dan por vencidos y vuelven al ataque. Casi no les queda munición a los Tercios y el enfrentamiento cuerpo a cuerpo es inmediato. Allí se decidió la batalla donde el exoesqueleto de las armaduras españolas y las espadas de acero toledanos fueron muy superiores a las catanas japonesas y armaduras samuráis y sus cascos (kabuto)- eso entre los que los tenían, pues como hemos señalado entre los piratas no todos eran samuráis, también había ashigaru (soldados rasos) y piratas de distintas nacionalidades-.

Quizá fuera por los exoesqueletos, quizá fuera por su impecable forma de luchar tanto en el mar como en tierra, quizá fuera la impresión que debió causar entre los asiáticos las naves negras españolas (untadas de brea) el caso es que en japón se cuenta este encuentro a través de un relato que narra cómo temibles demonios mitad peces mitad lagartos derrotaron a guerreros con fama de invencibles. De esta narración los japoneses han realizado una serie de ficción.

Tras la batalla, derrotado, Tay Fusa optó por plegar velas y marchar. No se supo más de él en ningún relato histórico. Por su parte, Carrión fundó una ciudad en el lugar del choque con la intención de organizar la defensa de la zona para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse. La llamó Nueva Segovia.

Aquellos combates no terminaron con la piratería en la zona, pero los piratas empezaron a respetar las costas filipinas y, sobre todo, a temer a los barcos negros y a sus navegantes mitad peces mitad lagartos.

No me negará el lector que, como señalaba al principio, esta historia merece una película. Si España tuvo un gran imperio se debió a heroicas gestas como las que contamos. En Filipinas terminamos con la gesta de Baler, pero empezamos por la valiente llegada de Legazpi y la mantuvimos por hechos como el que Cagayán. No es de recibo que estas cosas no se encuentren en los libros escolares. Por aquello fuimos un imperio y por esto estamos como estamos.

 

BIBLIOGRAFIA

BORAO, José Eugenio.  “La colonia de japoneses en Manila en el marco de las relaciones de Filipinas y Japón en los siglos XVI y XVII”. Dialnet.

CANALES, Carlos y DEL REY, Miguel. “En Tierra Extraña; Expediciones Militares Españolas”. Ed. EDAF. 2012

PUERTO RICO, LA CONSUMACIÓN DEL DESASTRE

En Puerto Rico, al igual que en Cuba, los movimientos independentistas de otras provincias españolas en América no habían hecho mella, de manera que se mantuvieron ajenas a los mismos durante mucho tiempo. En cambio, los problemas internos en la península, en constante inestabilidad, sí determinaron muchos más problemas de los esperados; al fin y al cabo, España entre 1833 y 1892 tuvo setenta y cinco gobiernos, de los cuales sesenta y ocho estuvieron en el poder menos de dos años; el más prolongando duró cuatro años y siete meses. A lo que hay que unir varias guerras internas y numerosos levantamientos. El contexto ya lo vimos en la entrada sobre las Guerras de independencia de Cuba.

https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/

https://algodehistoria.home.blog/2021/04/09/la-tercera-guerra-de-independencia-cubana-y-sus-consecuencias/

Pero el devenir de Puerto Rico y Cuba fue diferente y se fue distanciando más a medida que avanzaba la centuria. Las situaciones económicas, sociales y políticas de ambas islas marcaron las distancias y su final. Mientras Cuba logro su independencia de España a costa de pelear tres destacadas guerras; Puerto Rico, después de un fugaz ensayo de gobierno autonómico que parecía colmar las aspiraciones criollas, pasó como botín de guerra a los Estados Unidos de América.

El Interés americano también fue distinto. Por Puerto Rico apenas habían mostrado atracción hasta 1867, año en el que intentaron infructuosamente comprar los islotes de Culebra y Culebrita. Se trataba de un interés logístico naval para tener estaciones carboneras en su intento de dominar el Caribe, pero no volvieron sobre ello.

Por su parte, la sociedad portorriqueña era esencialmente agraria, con una burguesía de hacendados cultivadores de azúcar y café y una población abundante de trabajadores ajenos a toda civilización y cultura (el 80 % de la población era analfabeta en 1881). Su comercio, se basaba en el consumo interno que poco a poco evolucionó hasta tener un intercambio más o menos destacado con los Estados Unidos.

Tampoco España se ocupaba mucho de lo que pasaba en la isla, ni atendía como debía la instrucción y cuidado de la población ni los funcionarios españoles destacados en la isla brillaban por su honradez.

Los criollos que querían y tenían posibilidades de estudiar iban a EE.UU, Francia o España y así surgió en ellos el ideal del autonomismo. Pero ese movimiento autonomista criollo de Puerto Rico no cristaliza, hasta la década de los 80 del Siglo XIX.  Si bien antes ya tuvieron entrada algunos partidos políticos tras el movimiento de la “Boicotizadora” (sociedad secreta surgida en 1886 cuyo objetivo era boicotear los productos y a los comerciantes españoles para favorecer a los portorriqueños. Su idea originaria nace a imitación de un movimiento semejante irlandés que pretendía devolver la posesión de las tierras a los irlandeses frente a los británicos). En 1887, se asentaron las bases del Partido autonomista, que surge de la evolución del partido liberal reformista (el primero en fundarse). Fue en la Asamblea de Ponce donde marca sus orígenes de este partido y del movimiento que lleva a la consecución de la autonomía isleña. El 7 de marzo (1887), en el Teatro de la Perla en Ponce, que se constituye la asamblea general. Los días 8 y 9 de marzo (1887), se crean las bases del Plan de Ponce y posteriormente se constituye la delegación provisional. El resultado de todo lo mencionado se va a manifestar con una campaña de divulgación y promoción del ideal autonomista, con miras a retar en las urnas el control de los incondicionales (partidarios de seguir unidos a España).  Como ya pasaba en Cuba, unos a favor de establecer un autogobierno y otros a favor de la metrópoli. Varios días después de terminar la asamblea, el 23 de marzo de ese mismo año arriba a San Juan el nuevo Gobernador y Capitán General, el Teniente General Romualdo Palacios, el cual inicia una persecución de los autonomistas, lo que lleva a la cárcel a Baldority, Cepeda, Ramón Marín y cientos de simpatizantes. El revuelo fue tal, que el Gobierno en Madrid, destituye al capitán General en el mismo año que lo nombró, 1887.  Tras estos hechos, el Partido Autonomista se fracturó en diferentes facciones y divisiones internas que lo debilitaron. Una de esas facciones la dirigió Luis Muñoz Rivera, que consideraba que la autonomía de la isla se lograría con la unión o afiliación del partido con uno de la metrópoli. Por eso inició contactos con Sagasta y el Partido Liberal Español. En 1896 logró la autonomía para Puerto Rico.

La insurrección cubana había tenido mucho que ver en estos acontecimientos y también los exiliados portorriqueños en EE.UU los cuales se inclinaban, bien por la independencia total de España, bien por la anexión a EE.UU, bien en crear una entente antillana uniéndose a Cuba.  El llamado Club Borinquén, fundado en Nueva York, entró en contacto con el Partido Revolucionario cubano en 1892 y prácticamente se convirtió en una sección de éste. Pero su relación no era fácil; los cubanos pretendían someter al partido portorriqueño a su dirección; de manera subordinada. Por eso la idea posterior fue crear un partido Revolucionario portorriqueño, pero acabaron aceptando la subordinación al Partido Revolucionario Cubano.

La situación interna no fue más allá por cuanto al estallar la guerra hispano-norteamericana en 1898 hubo en Puerto Rico grandes manifestaciones de fidelidad a España. El Capitán General, Macías, recibió todo tipo de apoyo por parte de la población que no ignoraba el apetito de los EE.UU sobre Puerto Rico.

La decisión norteamericana de conquistar y retener la isla surgió tras pactar la independencia de Cuba en su guerra con España, como ya vimos.

Si Cuba no estaba bajo su dominio para lograr su estrategia de defensa de sus costas, ese papel bien podía hacerlo Puerto Rico. Así se preparó una expedición desde Florida, capitaneada por el General Miles para la toma de Puerto Rico. Se desató una euforia patriótica en los primeros momentos en Puerto Rico, pero la clara inferioridad de la Marina española transformó la euforia en una ola de pesimismo y depresión.

El 25 de julio, el navío Gloucester desembarca las primeras tropas norteamericanas en Guánica, cerca de Ponce. No hubo defensa posible. Ponce fue ocupado el 28 de julio. En una campaña de diecinueve días los norteamericanos se apoderaron de la isla. El 12 de agosto se firmaba el armisticio en el que se reconocía la ocupación militar de Puerto Rico, por lo que la capital, San Juan, se entregó pacíficamente.

La aceptación española de la situación se hizo internacionalmente patente con la firma del tratado de París- 10 de diciembre de 1898-. Con él se inició el trauma colectivo provocado por el desastre del 98.

Sin embargo, la pérdida de las perlas antillanas, Cuba y Puerto Rico, dio lugar a una bonita tradición. Se cuenta que mientras Cervera perdía en la batalla de Santiago de Cuba, un barco mercante español se encaminaba al bloqueado puerto de San Juan con la orden expresa de perder, si era necesario, el barco, pero salvar el cargamento consistente en armas y otros pertrechos. El barco fue bombardeado por los norteamericanos, pero su capitán consiguió embarrancarlo en la costa y poco a poco ir sacando la mercancía. Hasta que un cañonazo certero de los norteamericanos, pocos días después, destruyó por completo el navío. Un marinero del mismo, aun mal herido, logró nadar hasta la orilla y poco antes de morir entregar la bandera española a un portorriqueño con la solicitud de que no la “agarraran” los estadounidenses. El portorriqueño cumplió su misión y llevó la enseña a las monjas españolas de la orden de las Siervas de María, instaladas en la isla desde 1897, que atendían un hospital junto al puerto. Desde entonces, cuando entraba o salía un barco español del puerto de San Juan, las monjas hacían ondear desde la galería del hospital la bandera española. Esta costumbre sigue en pie, más de cien años después.

BIBLIOGRAFIA

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del Siglo XIX”. Ed Espasa. 1978.

FONER, Philip S.” La guerra Hispano- cubana”. Ed Akal. 1995.

MOSCOSO, Francisco y CABRERA SALCEDO, Lizette. “Historia de Puerto Rico”. Ediciones Santillana, 2008.

LA PÉRDIDA DE FILIPINAS. LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS.

Los primeros asentamientos españoles en Cebú (en la zona central de la actual Filipinas) proceden de las expediciones realizadas por Miguel López de Legazpi, que se hizo acompañar de varios monjes agustinos y de un número no muy amplio de soldados. Su nieto, Juan de Salcedo conquistó la isla de Luzón (al norte de Filipinas, es la Isla más grande, la más poblada y en la que se sitúa Manila y Baler) y aseguró la sumisión de aquellos pueblos al dominio español. Fue López de Villalobos quien renombró aquel conjunto de islas (más de 7.000) con el nombre de Filipinas en honor del Infante español Felipe, futuro Felipe II. Cuando esto ocurrió (siglo XVI), la monarquía española se hallaba en la cumbre de su poder y sus dominios se extendían por los cuatro continentes. Tres siglos después, Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran los últimos retazos de ese añejo imperio ultramarino que una España sumida en constantes luchas internas pugnaba por preservar.

Ya hemos hablado de los problemas de Cuba y de la situación de las Carolinas. El contexto ya ha sido expuesto en aquellas entradas, sobre todo, en la tercera guerra de independencia cubana por ser tanto la pérdida de Cuba como la de Puerto Rico y la de Filipinas una consecuencia de la guerra hispano-norteamericana de finales del S XIX.

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Realmente la parte armada de aquel enfrentamiento tuvo su inicio el 1 de mayo de 1898 en lo que sería a la postre la pérdida de Cavite. Pero antes de llegar a ese punto miremos qué ocurría en EE. UU para buscar estos enfrentamientos. Pues si Cuba podía ser un lugar estratégico para la defensa de las costas norteamericanas, Filipinas no tenía esa condición.

Los Estados Unidos en eran una potencia económica, habían completado su expansión territorial dentro de lo que hoy conocemos como territorio continental norteamericano y su economía quería otros mercados. A eso se unía un sector belicista muy volcado en considerar a EE. UU como una potencia que expandiera sus valores y dominara el mundo, dando salida con ello a una industria y actividad económica en plena ebullición; y a unas manifestaciones sociales, literarias y políticas que contribuirían, mediante el logro de posesiones ultramarinas, a acceder a una posición privilegiada en el contexto internacional.  

Como señalamos en otra entrada, la Conferencia de Berlín había supuesto el disparo de salida de una carrera imperialista que dominaba aquel país que tuviera más posesiones. EE. UU aspiraba a gran potencia, cuando las potencias de entonces eran europeas: Gran Bretaña, Francia y Alemania. A ello se unía su situación geográfica, sabían que controlar el Atlántico para enfrentarse a Europa no era tarea fácil; sin embargo, dominando el paso por Panamá conseguirían imperar en buena parte del Atlántico y del Pacífico. Ya en 1855, se había construido un paso ferroviario desde la costa atlántica a la de Pacífico en Panamá. Se construyó con capital norteamericano y era cuasi de propiedad norteamericana, debido a acuerdos en los que imponía su dominio. A ello se unía la proyección del canal de Panamá, también por los norteamericanos. El objetivo de dominar y expandirse por los territorios que el Pacífico les ofreciera se unía a la idea de alcanzar las costas asiáticas. La cuestión de extremo oriente adquirió mayor interés mundial desde la guerra chino-japonesa de 1894. Pero China era codiciada por franceses, rusos, japoneses y, por supuesto británicos. Estos llevaban comerciando con China o a costa de China- tras el cierre de fronteras a extranjeros en 1839- desde principios de siglo; demostrando con todo ello la debilidad del Imperio chino. Estados Unidos no pretendía inmiscuirse en el conflicto de intereses que se desarrollaban en esa parte del mundo desde hacía más de 50 años. Lo que buscaba era su propio territorio de expansión y dominio en un amplio territorio donde la debilidad de los imperios tradicionales le favorecía.  En ese contexto, Filipinas adquiría gran importancia. Era el culmen de una carrera por el Pacífico que había llevado a ocupar Hawái, French Frigate, Johnston, Palmira, Samoa Occidental, Midway, Wake, Guam y que supondría su influencia en el reparto de otras zonas, como vimos en el incidente de las Carolinas.

Mientras Estados Unidos florecía, España vivía en la inestabilidad más absoluta, sumida en una crisis política, sin recursos económicos para mantener una armada en condiciones adecuadas para defender sus provincias de ultramar. España se hallaba a merced del ansia colonizadora de las potencias europeas y de EE.UU. A ello había que unir el hecho de que, tras los movimientos independentistas de Hispanoamérica, el ansia soberanista interna se adueñó de todos los territorios de ultramar españoles. En este sentido, en Filipinas, desde 1896 se extendía la insurrección de los tagalos (sociedad secreta filipina de Katipunan). El Capitán General al mando, Fernando Primo de Rivera, aplicará una doble política basada en la actuación militar y la negociación que llevará al pacto de Bial-Na-Bató (23 de diciembre de 1897), por el que el líder tagalo Aguinaldo se expatriaba junto a otros cabecillas de la insurrección. Creyendo que la paz sería duradera, Sagasta nombro a Basilio Augustín en 1898 como Capitán General de Filipinas en sustitución de Primo de Rivera. Sin embargo, el optimismo español que consideraba que la situación cubana se podría solventar en poco tiempo, como creía haber solventado el problema filipino se vio superada por los acontecimientos y con un General al frente de las islas del Pacifico poco apropiado.

Aguinaldo, desde Hong Kong, tomará contacto con los estadounidenses por medio de su Cónsul en Singapur, quien le instigará -al igual que ocurrió en Cuba- al reinicio de la sublevación. No tuvo tiempo a retomar la lucha cuando ya Estados Unidos había declarado la guerra a España. La escuadra americana estaba formada por seis buques de guerra, modernos y bien equipados, cuyas andanadas tenían una superioridad de 30 a 15 en cañones de grueso y medio calibre frente a las españolas. Al mando de la flota americana estaba el Almirante Dewey, que salió de Hong Kong rumbo a las Filipinas. Con el fin de repeler esta agresión, el Almirante español Montojo situó sus barcos bajo la protección de la artillería de la fortaleza de Cavite. El 30 de abril entraba en la bahía la flota de Dewey. La lucha se produjo a distancias cada vez más cortas lo que supuso el incendio de las naves españolas que, mucho más viejas que las norteamericanas, carecían de coraza. De nada sirvió el valiente ataque de las naos Reina Cristina y Don Juan de Austria, saliendo de la zona más protegida y enfrentándose a la poderosa artillería enemiga. El 1 de mayo, tras pocas horas de combate, la plaza cayó en manos de los norteamericanos. El cierre del canal de Suez por parte británica a la flota del almirante Cámara supuso el eslabón que faltaba a la definitiva derrota española.

Esta contienda reanimó a los rebeldes filipinos. El Capitán General, Basilio Augustín, durante el ataque norteamericano a Cavite, y ante la amenaza norteamericana de bombardear Manila, concentró sus fuerzas en Manila alterando la defensa naval de Cavite y contribuyendo así un poco más a su derrota. Además, resultó imposible reunir a todos los destacamentos dispersos por la isla de Luzón. Algunos, trataron infructuosamente de abrirse camino entre la selva y los nativos; otros, demasiado pequeños para siquiera pensar en abandonar sus puestos, fueron capturados por los rebeldes. Entre otras cosas, porque Augustín organizó una milicia filipina dirigida por nativos leales, que, tras ser armados, desertaron y se pusieron al lado de Aguinaldo. El colmo llegó cuando, ante el desastre de sus actuaciones, decidió rendirse a los rebeldes filipinos. El Gobierno de España le destituyó de inmediato y nombró en su lugar a Fermín Jáudenes. El 13 de agosto de 1898, se produjo el envite estadounidense contra Manila, en aquel momento el objetivo último de ambos antagonistas era evitar que los rebeldes de Aguinaldo entraran en la ciudad, para lo cual los norteamericanos maniobraron, militarmente, para cerrarles el paso, y políticamente, permitiendo que buena parte de las defensas siguieran en manos españolas, cuyos soldados repelieron los desesperados intentos de los rebeldes por participar de la victoria. Manila se rindió el 14 de agosto, poniendo fin a más de 330 años de estancia española en el archipiélago.

Cuando la bandera estadounidense se alzó en Manila, se había sufrido una derrota contundente en Cavite y otra pactada en Manila, solo quedaba eso tan español de la heroicidad y de la victoria moral, la cual vendría de un grupo de soldados españoles y tres religiosos. Aquel grupo de hombres iba a soportar estoicamente el hambre, el tedio, el beriberi, los ataques de los filipinos y la carencia casi total de noticias del exterior, hasta convertir su sacrificio en una de las más honorables gestas de la historia de España. 

Al tiempo que se defendía Manila, en otro enclave de la isla de Luzón en la pequeña ciudad de Baler, de apenas 1.700 habitantes, un destacamento español quedó sitiado, aislado del resto de las tropas españolas, sin posibilidad de comunicación con el mando, y su respuesta fue una gesta de heroicidad real y cierta, que se ha llegado al gran público por la famosa película “Los últimos de Filipinas”.

Ya a finales de 1897, la zona había sido escenario de un enfrentamiento hispano-filipino. Ganada la posición y vuelta la calma, se enviaba desde Manila un nuevo destacamento de 50 soldados.

A finales de abril de 1898, en pleno enfrentamiento con los americanos, Baler quedó incomunicada por tierra, por lo que no llegó la noticia de la destrucción de la flota española en Cavite ni del cerco de Manila. La guarnición temía que en cualquier momento los rebeldes lanzaran un ataque a gran escala, por eso a finales de junio, los españoles se apresuraron a convertir la iglesia en su fortín.

Los defensores de Baler no eran unos locos, actuaron por el cumplimiento de su deber, el amor a España y el compañerismo. Sabían lo mal que trataban los insurrectos a los españoles, así que la mejor solución era resistir. El agua no fue un problema pues los zapadores de la guarnición lograron hacer un pozo y el agua no escaseó. Tuvieron la inmensa suerte de que en la Iglesia los franciscanos habían recibido unos 4.500 kilos de arroz sin pelar días antes del comienzo de las hostilidades, destinados a su acción misionera que no pudieron distribuir, lo que valió para sustento del grupo.   Asimismo, los españoles contaron con la ventaja de tener un armamento adecuado y municiones en abundancia.

En su acción de defensa, los nuestros reforzaron los muros, ya potentes de la iglesia – tenían metro y medio de grosos-, con paneles de madera, sacos de arena, mantas. También fueron reforzadas de igual manera las puertas y cegadas las ventanas, sólo quedaba al descubierto el espacio para el fusil y un pequeño tragaluz. Las dos alturas de la torre se afianzaron con tablones y sacos terreros protegiendo las dos posiciones de vigilancia. Los sacos salían de los víveres y la arena de la excavación del pozo y del suelo porque en aquel sitio todo era de utilidad; así, con las losas del suelo de la iglesia se construyó un horno que permitió cocer pan y varios hornillos para calentar el rancho cuando era necesario. En el exterior de la iglesia había dos trincheras, una que comunicaba entre sí las puertas de la iglesia y otra en el lado oeste que defendía las paredes de madera de la sacristía. La combinación de la fortificación interior y el sistema de trincheras en el perímetro exterior convirtió la iglesia en una fortaleza inexpugnable. El enemigo, consciente de ello, intentó incendiar la iglesia, dinamitarla, pero nunca asaltarla e intentar penetrar pues hubieran muerto y sus cuerpos hubieran servido de parapeto para los siguientes osados. De hecho, en todo el asedio sólo murieron dos españoles por arma de fuego y dos desertores que fueron fusilados. De tal modo, aguantaron un año 54 militares, pues al destacamento de Baler (“Batallón de cazadores Expedicionario nº2”) se unieron algunos militares más y tres franciscanos. Sobrevivieron 33 militares y 2 religiosos.

La mayoría de las bajas españolas se debieron enfermedades, provocadas por la mala alimentación y el hacinamiento continuado en un recinto reducido y oscuro. Estas condiciones insalubres favorecieron la propagación de la disentería y, sobre todo, del beriberi, una enfermedad originada por la carencia de vitaminas de los alimentos frescos, que puede ocasionar la muerte. Hasta el final del asedio murieron 15 defensores por estas enfermedades, entre ellos los oficiales De las Morenas y Alonso Zayas, por lo que tomó el mando del destacamento el Teniente Saturnino Martín Cerezo. El Teniente ordenó una salida nocturna para conseguir fruta fresca y airear el recinto, lo que conllevó la mejoría de los enfermos. A ello hay que unir 6 deserciones. Entre los rebeldes filipinos sitiadores se contabilizaron 700 bajas.

A finales de julio, llegaron a Baler varias columnas insurgentes que solicitaron de nuevo la rendición, a lo que el Capitán De las Morenas, que ejercía el mando, respondió: «La muerte es preferible a la deshonra».

En la supervivencia, contaron los españoles con algunos elementos a su favor. En primer lugar, los oficiales actuaron casi como padres de los soldados que en algunos casos a penas superan los 17 años. Fueron su sustento psicológico al que se unieron los tres franciscanos, los padres Gómez-Carreño, López y Minaya (el padre Félix Minaya, fue utilizado por los insurrectos filipinos como emisario para convencer al Capitán de las Morenas que entregase la plaza. La rendición no se produjo; y Minaya se negaría a salir de la iglesia tras concluir su embajada, compartiendo la suerte de los soldados españoles), sirvieron de apoyo espiritual a los sitiados además de asistir al cuidado de los enfermos y en la preparación para la partida a los agónicos.  A ello, se unió, que aquel destacamento contaba, algo excepcional en aquel momento de la historia, con médico y servicio sanitario militar.

Dado que las armas no provocaban su efecto, los filipinos emplearon otros sistemas para desestabilizar a los españoles, por ejemplo, ruidos nocturnos para impedirles dormir, paseos por delante de la iglesia de mujeres desnudas para recordarles otra de las carencias que tenían en su encierro.

Los ruidos fueron correspondidos en la Navidad de 1898 por un concierto de villancicos realizado por los españoles con instrumentos construidos por latas y otros utensilios. No sabían que apenas quince días antes se había firmado el tratado de París por el que España cedía a USA sus posesiones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, entre otros territorios. Sin embargo, aquel concierto sirvió para aumentar la moral de los sitiados. En febrero de 1899, los filipinos se rebelaron contra la ocupación norteamericana y necesitaban acabar con el sitio de Baler para concentrar sus fuerzas en otros lugares, por lo que intentaron demostrar a los españoles que habían perdido la guerra, pero los sitiados entendieron que lo que ocurría en verdad es que llegaban refuerzos, alimentando de nuevo la defensa del lugar. Prueba de que la moral se mantenía entre los sitiados es que se fabricó una nueva bandera, tras la destrucción de la existente que ondeaba en lo alto de la torre, confeccionada con las cortinas burdeos que cubrían las imágenes de los santos y un mosquitero de color pajizo. Eso ocurrió en mayo de 1899, cuando la situación era desesperada. En ese mismo mes y año, los filipinos intentaron sin éxito cegar el pozo para matarlos de sed.

Poco después llegó desde Manila un alto mando español con la misión de instar a los defensores a abandonar la resistencia. Para demostrarles que la guerra había terminado les dejó unos periódicos madrileños con noticias al respecto. Pero los defensores consideraron que se trataba de falsificaciones.

Dada la situación de escasez de alimentos, el Teniente preparó una salida nocturna que permitiera salir de Baler y encontrarse con los refuerzos españoles. Pero no fue posible, lo que le llevó a hojear los periódicos que le habían llevado y así, por otras noticias colaterales, comprendió que, efectivamente, España había perdido Filipinas. Comunicó a su tropa la situación y propuso parlamentar con los filipinos para acordar una capitulación. El 2 de junio de 1899, se arrió en Baler la bandera española. Los 35 supervivientes depusieron las armas y fueron conducidos a Manila. Desde allí los 33 militares viajaron en barco hasta Barcelona, donde se les recibió como a héroes.

Pero, extrañamente, el acta de capitulación firmada por Martín Cerezo (últimos estudios lo delatan como muy anticlerical), sólo se preocupa de especificar que la “fuerza sitiada” no quedaría como “prisionera de guerra” y que sería conducida hasta lugar seguro. En cambio, los dos franciscanos supervivientes que habían compartido las penalidades del sitio, fueron apresados por los insurrectos y sufrieron todavía muchos padecimientos por parte de los cabecillas de la revuelta, hasta que los americanos los liberaron.

Si esto lo sabemos hoy es por haberse encontrado el testimonio de fray Félix Minaya, gran hombre de fe, enorme patriota y un auténtico misionero que, cuando pudo, no aceptó volver a España, para seguir en Filipinas con su acción misionera. Murió allí.

También el Teniente Cerezo ha dejado testimonio escrito de aquel suceso.

BIBLIOGRAFIA

CHAVES PALACIOS, Julián. “La pérdida de Filipinas”. Editoa regional de Extremadura. 1998.

MINAYA, Fray Félix. “La Defensa de Baler. Los últimos de Filipinas”. Ed. Espuela de plata. 2016.

MARTÍN CEREZO, Saturnino. “El Sitio de Baler: (notas y recuerdos)”. Crítica. 2012

 

 

EL INCIDENTE DE LAS CAROLINAS

Hoy vamos a centrarnos en un incidente diplomático en la España de la Restauración que fue la manifestación previa del desastre del 98. Gracias a la inteligencia política de Cánovas se resolvió de manera pacífica. Hablamos del incidente con Alemania por el dominio de las islas Carolinas.

Nos debemos situar en 1885 cuando la Alemania de Bismark empezaba a despuntar en el orden mundial, aunque la posición del Canciller era moderar su presencia exterior pensando primero en construir el país internamente. Poco tiempo después, se enfrentaba al Kaiser Guillermo II, que buscaba la expansión internacional. Esta discrepancia a la postre costó el puesto al Canciller de hierro. Pero en 1885, Bismarck estaba en el zenit de su poder; en aquel año se produciría la Conferencia de Berlín sobre el reparto de África, circunstancia que también entró en el juego de nuestros problemas. La Conferencia de Berlín supuso la legitimación internacional del imperialismo. Para ello se estableció una premisa: la soberanía sobre un territorio se aceptaba con la ocupación y control militar o administrativo del mismo. No se daba validez a las razones históricas. Aunque la Conferencia se refirió al reparto de África, las potencias del momento pretendieron extenderlos a otras zonas del orbe.

No olvidemos que estamos en el Siglo XIX en aquellos años las potencias mundiales eran Gran Bretaña y Francia (aunque en aquel momento un tanto disminuida por su derrota en 1870) y la muy floreciente Alemania del II Imperio. España, por el contrario, era una potencia menor, debilitada por su propia historia, especialmente por los dos monarcas precedentes, Fernando VII e Isabel II, y por los desbarajustes de la 1ª república; con unos dirigentes que no fueron capaces de encontrar una fórmula de enderezar los problemas del fin de un imperio que aún tenía una importante presencia territorial en el mundo.

Pero si Cánovas no logró esto, menos aún Sagasta (la alternativa de gobierno) cuya política exterior estaba fundamentada en la improvisación más que en un posición pensada y bien trabada.

En 1885, Cánovas del Castillo presidía por cuarta vez el Gobierno durante la Restauración, se vio sorprendido por un problema internacional que suscitó el gobierno alemán. No era esperable aquel incidente por cuanto el mundo se gobernaba por el reparto tácito acordado entre Gran Bretaña y Alemania de que la segunda dominara el territorio continental europeo y la primera dominara los mares y el comercio internacional con su potente armada. Cánovas sabía perfectamente que España no estaba en condiciones de jugar a gran potencia, ni tenía recursos ni fuerzas para ello. Se conformaba con defender la soberanía española en aquellos territorios que le pertenecían desde hacía siglos, procurando no perder lo que tenía, que bastante era. Cánovas era un político realista, práctico y cabal. Desde luego, nada dado a la fantochería ni a lo que hoy llamaríamos populismo, por lo que muchas veces sus mesurados comportamientos no fueron bien comprendidos. En ocasiones, lo que él planteaba tras profundas meditaciones se lo desbarataban otros con posiciones improvisadas o propias de un patrioterismo poco adecuado. En este extremismo no sólo estaban algunos de sus rivales políticos, también la prensa y el pueblo al que se exacerbaba en sus pasiones en vez de explicar la inteligencia de los actos. Quizá, en no tener un carácter didáctico, erró Cánovas.

En una Europa en expansión, Cánovas consideraba que sólo dos posturas eran las correctas, una, la neutralidad ante las potencias rivales entre sí y, otra, un recogimiento hacia la política interna, dedicándose a la tarea de reconstrucción nacional en torno a la nueva figura real, Alfonso XII, y no mezclándose con las potencias exteriores; sin que eso significara abandono de la política exterior, pues bien supo utilizar la diplomacia cuando fue preciso.

La falta de madurez de la opinión pública se manifestó durante la crisis de las Carolinas y a punto estuvo de dar al traste con la negociación.

El 6 de agosto de 1885, el embajador alemán en España, el Conde de Solms, anunciaba que, ante la falta de un dueño cierto, Alemania tomaría posesión del archipiélago compuesto de las islas Carolinas y Palaos.  El sólo hecho de comunicarlo a España demuestra la mala fe alemana. Si España no fuera su dueño, ¡para qué notificárnoslo! Este anuncio verbal se confirmó por nota diplomática el día 11: «salvo los derechos bien fundados de tercero, que el Gobierno Imperial, como ya lo ha verificado en todas las adquisiciones análogas de territorios sin dueño, examinará y respetará».

No era la primera vez que Alemania había puesto en duda la soberanía española sobre las islas. Lo hizo en 1875 con apoyo británico al considerar que el Cónsul español en Hong-Kong no era autoridad suficiente para considerar las Islas Carolinas bajo su control. Esta reivindicación se solapó con la realizada por los ingleses sobre la isla Joló. En ambos casos, el origen del conflicto se debió a la pretensión de las autoridades españolas de regular el comercio en la zona. La situación se saldó con la suscripción del gobierno español de la Nota Diplomática de 15 de abril de 1876 y el Protocolo de 11 de mayo de 1877, en virtud de los cuales reconocía el derecho de británicos y alemanes de comerciar libremente en Joló y Borneo, así como, a que los súbditos de ambas naciones tuvieran plantaciones en esas islas.

España consideraba a todos estos territorios como una vieja e indisputada posesión que procedía de los tiempos de Felipe II y que suponía la prolongación de la soberanía que tenía sobre las Filipinas. A los archipiélagos había mandado misioneros y algún destacamento militar, aunque no tuviera puestos permanentes. De hecho, las razones geográficas e históricas que avalaban a España eran conocidas por todos. Los problemas se suscitaban por las peleas entre comerciantes de diversas nacionalidades que intentaban mercadear en las islas. En una de esas disputas, en 1884, entre irlandeses, ingleses y norteamericanos, estos últimos acudieron al Gobernador General de Filipinas para que pusiera orden, en nombre del Rey de España. Es decir, reconociendo la soberanía española sobre los archipiélagos.

El Gobernador General dispuso una expedición exploratoria y envió un barco, el Velasco, hasta que Madrid tomara una decisión.

El capitán del Velasco logró en poco tiempo pacificar la zona entre comerciantes y reyezuelos nativos y asegurar el respeto de todos al Rey de España como cabeza del Estado Soberano de las islas.

El 3 de marzo de 1885, se dicta la Orden española que mandaba establecer un gobierno regular político – militar en las Carolinas y Palaos. Se encomendaba a un gobernador militar establecer una guarnición con una compañía de infantería, personal sanitario y misioneros. Para dar cumplimiento a esta orden, salió de Manila una nueva expedición con material de construcción, ganado y semillas en agosto de 1885. Como se ve por las fechas, la notificación alemana a Madrid coincidía con el inicio de la expedición española.

Cánovas envía a Francisco Merry y Colom, Conde de Benomar a negociar con los alemanes, al tiempo que España buscaba también si no el apoyo británico, al menos su neutralidad. El Conde de Benomar estaba convencido de la posibilidad de encontrar una salida diplomática al conflicto, pero temía que las manifestaciones y algaradas callejeras despertadas en España contra Alemania y azuzadas desde la prensa, con un patrioterismo poco coherente con las opciones reales de España de defenderse en una guerra, enturbiaran tanto la situación que hicieran imposible un arreglo amistoso.

Algunos compatriotas ofrecieron sus apoyos económicos para construir barcos de guerra para luchar contra los alemanes. Pues consideraban que la guerra era inevitable, tanto más cuanto algunos periódicos clamaban por dar un ultimátum a Alemania. Y así, en Sevilla, un grupo de industriales, propuso construir un crucero que llevara por nombre Andalucía; en Valencia la Sociedad “lo Rat Penat” pone fondos para otro barco de nombre Valencia, en Valladolid el Centro Mercantil e Industrial sufragaría un barco de nombre Castilla, en Santander quieren dar salida a un torpedero que proponen llamar El Montañés. Podríamos seguir así con toda España. En vez de aunar esfuerzos, cada uno, con la mejor voluntad, sin duda, tira para su lado. No hemos cambiado tanto, desgraciadamente.

El Gobierno de Cánovas proponía a los alemanes un acuerdo semejante al de Joló (libertad de comercio, establecimiento de haciendas) más una estación naval y un depósito de carbón en alguna de aquellas islas.

Alemania no cedió y siguió considerando las islas Carolinas y Palaos como res nullius.

El Conde de Benomar, viendo la situación, intentó, el 27 de agosto, adelantar un memorándum para establecer un procedimiento y calendario en la negociación. Se reducía a tres puntos: 1. El embajador de España comunicaría en nota oficial las ofertas señaladas de libre comercio y estación naval, a cambio Alemania desistiría de solicitar el protectorado de las islas Carolinas y Palaos. 2. Alemania aceptaría la proposición española. 3. Posteriormente se negociarían lo detalles del acuerdo. El embajador Hatzfeld visitó con urgencia Varzin, donde se hallaba Bismarck. El canciller, conocedor de las manifestaciones en España, de las posiciones de la prensa, de la tendencia del partido de la oposición y del posicionamiento de los periódicos ingleses, franceses y belgas, no quiso dar marcha atrás, que no pareciera que se rendía y por tanto se reafirmó en su idea de protectorado en las Carolinas que había sido puesta de manifiesto en la Conferencia de Berlín. Además, señalaba Bismarck, España ni ante lo manifestado en la Conferencia de Berlín ni en el incidente con el embajador de Hong-Kong ni en ningún otro momento había expresado su autoridad sobre las islas. Si bien, en su respuesta, el alemán redactó una línea que abría las puertas a la esperanza: Alemania aceptaba analizar las pretensiones españolas y hacerlas objeto de negociaciones amistosas y, llegado el caso, estaba dispuesto a someterse al arbitraje de una potencia amiga de las dos naciones litigantes, pues, continuaba Bismarck, la situación de las islas no debía ser ocasión para empeorar las relaciones de dos potencias tradicionalmente amigas.

Mientas esto se producía, la expedición de Manila llegó a las Carolinas y construyó la base española que contaría con un Caparán General para las islas. Eso culminó el 24 de agosto y, el 25, fondeó en sus costas un cañonero alemán. El capitán del barco alemán, puso pie a tierra y colocó la bandera alemana e instó a los barcos españoles llegados desde Manila a que abandonasen la isla. Menos mal que la inteligencia de las autoridades locales españolas logró una respuesta mesurada a la espera de ver el resultado de las negociaciones de ambos gobiernos.

En septiembre, España presentó un memorándum sobre sus legítimas pretensiones, con datos históricos y documentos que avalaban su posición, siguiendo así lo demandado por Bismarck a finales de agosto.

Se basó en su presencia en Filipinas, sucesivas navegaciones efectuadas durante los siglos XVI y XVII (Álvaro de Saavedra, Ruy López de Villalobos, López de Legazpi, Fernández Quirós, durante el siglo XVI, y Francisco de Lezcano, en 1686).

Además, se presentaron los acuerdos pactados con Portugal en el Tratado de Zaragoza en 1529; en el tratado de Límites (Madrid 1750) y en el tratado de San Ildefonso de octubre de 1777, en virtud de los cuales las Carolinas y las Palaos quedaban bajo poder español.

Además, España replicaba a Alemania que cuando señaló la falta de soberanía sobre aquellas islas en la conferencia de Berlín afirmó que Alemania no quería colonias y que sólo deseaba comerciar, reconociendo en aquel momento que la apertura de aquellas islas al comercio correspondía a España por ser la potencia soberana. Asimismo, afirmaba nuestro país que la falta de una presencia estable no era síntoma de falta de soberanía pues siempre había misioneros españoles ejerciendo la evangelización en nombre de España y la cristiandad. Por otro lado, multitud de libros de geografía habían inscrito como españolas aquellas islas. Negaba Madrid que pudiera hacerse extensible el Acta General de la Conferencia de Berlín, que había tratado del reparto de África, a nuevas adquisiciones fuera de aquel continente.

El 21 de septiembre, Bismarck renovó la propuesta de arbitraje y sugirió que lo ejerciera su Santidad el Papa León XIII. La propuesta fue aceptada por España.

El 22 de octubre de 1885, se fecha el laudo pontificio. El papa reconoce los valores históricos de España; el beneficio que reportó a aquellos nativos como ninguna otra nación lo había hecho; entiende que la posición alemana responde al criterio de que la soberanía nace de la ocupación efectiva y ésta nunca se había producido por parte de España, sin embargo, el Santo Padre no acepta esta posición alemana y reconoce la soberanía española, como lo demuestran otros tantos tratados internacionales anteriores y el propio acuerdo de Joló. Con todo, acepta la posibilidad de que las islas se abran al comercio internacional y que Alemania tenga una base naval y una carbonería; así como que, los súbditos alemanes puedan tener haciendas y cultivar las mismas.

El Papa sabía del éxito del laudo pues satisfacía a ambas partes en sus pretensiones y era la forma de acogerse a lo propuesto por España en su idea de acuerdo previo. El laudo tuvo el respaldo de la firma en el Protocolo de Roma el 17 de diciembre de 1885.

Cuando se firmó el Protocolo ya no vivía Alfonso XII, ni Cánovas estaba en el Gobierno. Sagasta firmó el acuerdo a pesar de que en los momentos de mayor tensión era partidario de la guerra.

Bismarck había querido el arbitraje papal pues le interesaba más un acercamiento al Vaticano que las islas Carolinas.

El tercero en discordia, que resultó beneficiado de aquel acuerdo, fue Inglaterra; por el protocolo de Madrid de 1886 lograba lo mismo que Alemania en las Carolinas y Palaos, aunque sin estación naval ni carbonera.

La alegría española duró poco. La posterior guerra hispano-estadounidense por Cuba culminó con el tratado de París de 10 de diciembre de 1989 que además de la pérdida de Cuba, supuso la entrega de Filipinas a los norteamericanos por 20 millones de dólares, más Guam y Puerto Rico. Aquella guerra puso de manifiesto que los archipiélagos del Pacífico se volvían indefendibles para España. España perdió dos escuadras enteras en la batalla de Cavite en 1898. Esto llevó al Gobierno de Silvela, refrendado por la regente Mª Cristina, en 1899, a vender las Carolinas y las Marianas (incluyendo Palos y excluyendo Guam- que, como hemos señalado, ya era norteamericana) a Alemania. El precio fue de 25 millones de pesetas.

Sin embargo, Alemania apenas pudo establecer sus codiciadas bases navales, pues Japón ocuparía las islas en 1914, que, posteriormente, fueron conquistadas por las tropas americanas en la II Guerra Mundial. Posiblemente el traspaso de los archipiélagos del Pacífico evitó la entrada de España en las dos guerras mundiales del siglo XX. Quizá, de haber retenido aquellos dominios codiciados por británicos, alemanes, japoneses y americanos, las consecuencias políticas hubieran resultado trágicas para un país malherido en su orgullo patrio tras casi cuatro siglos de hegemonía mundial.

BIBLIOGRAFIA

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. 1981.

JOVER, ZAMORA, José María. “Características de la política exterior de España en el siglo XIX”. Marcial Pons. 1962

AGUADO BLEYE, Pedro. “Historia de España” Espasa Calpe. 1956.

EXPEDICIÓN BALMIS

Algunos lectores me habían pedido que hablara de la expedición Balmis para llevar la vacuna de la viruela a América y Asia, a la que se considera la primera expedición humanitaria del mundo y una auténtica heroicidad de esas que casi sólo somos capaces los españoles. Me había resistido porque últimamente se ha hablado y escrito mucho sobre este asunto, no sólo ahora por la pandemia , sino por dos novelas y una película que hicieron llegar al gran público esta aventura extraordinaria. Almudena de Arteaga no fue la primera en recrear desde la ficción esta expedición, pero sí la primera española y lo hizo en 2010 con su novela “Ángeles custodios”. Su extensión al cine llegó, en 2016, por la película “22 ángeles”.  Quizá la más leída ha sido la esplendida novela de Javier Moro, publicada en 2015 y premio planeta, “A flor de piel”. Novelistas, periodistas y otros escritores han escrito sobre esta materia con profusión.

Nada original puedo aportar a la historia de la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, pero puedo ayudar a difundir tan heroico acontecimiento.

En el siglo XVIII, la viruela se había convertido en la pandemia más mortífera que azotaba a la humanidad; solo en Europa, durante esa centuria, acabó con la vida de 60 millones de personas y, en el mundo, se llevó la vida de 300 millones de seres humanos, siendo especialmente conocida su virulencia en América. Los contagiados que lograban sobrevivir a la enfermedad quedaban marcados por el resto de su vida con cicatrices sobre todo en brazos y cara. Pero, eso sí, no volvían a enfermar en las sucesivas oleadas.  Un médico inglés, Edward Jenner, había comprobado que los vaqueros habían desarrollado inmunidad al contagiarse de viruela bovina, mucho más benigna y que no dejaba marcas, lo que dio a Jenner la idea de inocular a los humanos la enfermedad bovina(variolización) con el resultado inmunitario que todos conocemos. De hecho, la palabra vacuna proviene del término latino variolae vaccinae que designa la viruela bovina. Sin embargo, el colegio de médicos británico se negó a aceptar este remedio con el curioso argumento de que a la larga todos nos volveríamos ganado.

Fue primero Napoleón y algunas damas de la aristocracia británica los que dieron el impulso definitivo a esta solución médica en Europa. Pero, el trabajo heroico de extender la vacuna por el mundo, se la debemos a un médico español, al alicantino Francisco Javier Balmis Berenguer que creyó entusiásticamente en el remedio inglés y decidió trasladarlo a América y a Asia, realidad que se llevó a cabo entre 1803 y 1806.

Francisco Javier de Balmis Berenguer inició sus estudios de Medicina en el Real Hospital Militar de Alicante en 1770, con el fin de convertirse en cirujano militar. Como médico militar participó en la Expedición de Argel contra los bereberes y en 1779 pasó a formar parte del Cuerpo de Sanidad Militar del Ejército Español, sirviendo en el Regimiento de Zamora, heredero de uno de los Tercios más célebres de España al haber participado en el milagro de Empel , como ya vimos en su momento en este blog (  https://algodehistoria.home.blog/2019/12/06/la-batalla-de-empel-o-el-milagro-de-la-virgen-inmaculada/ ).También luchó en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Por los méritos que mostró, en 1781, fue ascendido al rango de Cirujano del Ejército, siendo destinado a América y sirviendo en Cuba y México. En 1795, fue nombrado cirujano de cámara honorario del rey Carlos IV de España. Ya destinado en la corte, tuvo conocimiento de la vacuna de Jenner y se convirtió en un gran defensor de la misma. De hecho, la vacuna había llegado a España en 1800 y al año siguiente se llevaron a cabo las primeras vacunaciones exitosas en Madrid. Balmis tuvo en el Rey al mejor defensor de la vacuna en España y de cara a su extensión por América y Asia; este apoyo real provenía de que una de las hijas del monarca había fallecido de viruela.

Así se gestó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Cuya meta era extender la vacuna por los territorios de la Corona española, pero inoculándola fundamentalmente a los niños.

En la organización del viaje, que debía durar meses, pero que abarcó tres años, el mayor problema era cómo trasladar el suero de la vacuna que había de ser inoculado en América, primera parte del viaje.

En aquel momento, la mejor manera de conservar y utilizar el suero del fluido vacuno era a través de la pústula de un recién vacunado que se podía inyectar en otra persona, que quedaba vacunada con ello y servía a su vez de portador vivo de la muestra. Por ello, Balmis decidió elegir a 22 niños huérfanos del hospicio de La Coruña a los que iría inoculando el virus paulatinamente.  De tal modo que en la práctica fue inocular la vacuna a dos niños cada semana (por si había complicaciones fatales en alguno) con las pústulas de los vacunados la semana anterior.

La Gaceta de Madrid explicaba cómo se llevaría a cabo el proceso: «siendo sucesivamente inoculados brazo a brazo en el curso de la navegación, conservarán el fluido vacuno fresco y sin alteración» hasta América.

Para poder atender a los 22 niños, Balmis logró que le acompañara a América la rectora del hospicio de La Coruña, Isabel Zendal Gómez, y una decena de médicos y enfermeros. Todos ellos, partieron el 30 de noviembre de 1803 del puerto de La Coruña con rumbo al Nuevo Mundo a bordo de la corbeta María Pita.  El plan era temerario y éticamente más que dudoso. Se eligió a niños porque, a falta de unos análisis que entonces no existían, podía establecerse con seguridad que no habían padecido la viruela. En cuanto a Isabel Zendal, había empezado a trabajar como enfermera en el hospital de la Caridad de La Coruña, fundado por Teresa Herrera. Su vida no había sido fácil, había perdido a su madre cuando ella contaba 13 años, precisamente a causa de la Viruela. Posteriormente, tuvo un hijo de soltera con lo que eso suponía en aquellos tiempos. La expedición para ella y para su hijo era una oportunidad de una vida mejor, de hecho, Balmis valoraba tanto su aportación que le pagaba un sueldo igual que el de los hombres. Al final del viaje, se instaló y se quedó a vivir en el Virreinato de Nueva España dónde siguió ejerciendo de enfermera con gran reconocimiento personal por su valía . El propio Balmis se encargó de destacar el papel fundamental de los niños y de su tutora. En una carta al ministro Caballero, el médico explicó como Zendal «con excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible madre» asistiendo a los niños «enteramente en sus continuadas enfermedades”. La OMS la ha considerado la primera enfermera de la historia que participó en una misión internacional. Siempre estuvo atenta al devenir de aquellos niños que trasladó al nuevo mundo, los cuales,  fueron educados de manera esmerada, quedándose allí con un próspero porvenir.

Pero no adelantemos el final.

La expedición que salió de Galicia hizo su primera escala en Tenerife, donde comenzó su campaña de vacunación. Allí se inoculó la vacuna a los hijos de 10 distinguidas familias y desde ellos, las autoridades sanitarias canarias, extendieron la vacuna a todas las islas.

En febrero de 1804, la expedición llegó a Puerto Rico y, al mes siguiente, al territorio de la actual Venezuela, donde halló muy buena disposición de las autoridades locales, lo que permitió difundir la vacuna por toda la región. En mayo, el convoy se dividió en dos grupos: uno que se dirigió al norte mandado por Balmis y otro con destino al sur del continente, mandado por el cirujano militar catalán José Salvany Lleopart. Ésta segunda rama llegó a la Patagonia tras superar numerosas penalidades.

El  grupo comandado por el propio Balmis, llevaba como objetivo extender la vacuna por el Caribe, Centroamérica y el norte del continente, en muchos casos sin la colaboración de las autoridades locales. Para superar las reticencias y facilitar la consecución del objetivo, Balmis creó lasJuntas de Vacuna” en cada territorio al que llegaba. Estas juntas tenían la obligación de encontrar niños a los que vacunar y de mantener vivo el suero. Las juntas funcionaban de manera autónoma, siguiendo las directrices del médico español. Así se logró la vacunación del virreinato de Nueva España y la extensión de la vacunación por Texas, Arizona, Nuevo México o California. La expedición vacunó directamente a unas 250 000 personas.

Organizada la vacunación en América, Balmis decidió embarcarse hacia Filipinas y realizar similar acción allí. Esta vez no contó con la colaboración de Isabel Zendal. La misión llegó al archipiélago en abril de 1805. De nuevo los más altos cargos políticos y eclesiásticos no colaboraron, pero gracias a su perseverancia y a las autoridades de menor rango, a principios de agosto, ya se habían vacunado nueve mil personas. Balmis comisionó a varios de sus subordinados para extender la vacuna al resto de islas. Desde Filipinas se trasladó a Macao, logrando la difusión de la vacuna por todo el territorio chino.

Este fue el último viaje de Balmis antes de regresar a España, para lo que tuvo que pedir un préstamo con el que sufragar un pasaje hasta Lisboa, pues había empleado todo el dinero en la extensión de la vacuna. Llegó a la capital lusa en febrero de 1806, no sin antes haber dejado alguna vacuna en una escala en la isla de Santa Helena (territorio británico de ultramar). Pisó el suelo de Madrid el 7 de septiembre de 1806. Carlos IV le colmó de honores y felicitaciones. Había terminado el que el naturalista Alexander von Humboldt calificó como el viaje «más memorable en los anales de la historia».

Quizá por ello, en 2020, las Fuerzas Armadas han denominado “Operación Balmis” a su despliegue en varios puntos de España para reforzar las tareas de confinamiento en estado de alarma por el coronavirus y la Comunidad de Madrid llamará Isabel Zendal al nuevo hospital de emergencias de Valdebebas