GUERRA DE RELIGIÓN. La persecución de los católicos en la II República, y 2

Ya vimos el otro día la primera parte de esta entrada: https://algodehistoria.home.blog/2025/05/09/guerra-de-religion-en-espana-la-persecucion-de-los-catolicos-en-la-ii-republica-1/

Veamos ahora la segunda.

Todo el anticlericalismo existente a la llegada de la Republica no hubiera podido provocar la dureza de la persecución que se produjo cinco años después, sobre todo, en los territorios que , tras el alzamiento, quedaron en zona republicana. Si no se hubieran polarizado y encendido los ánimos por culpa de las acciones y normas de los primeros años de la República, no se hubiera predispuesto a las masas a ejercer una violencia desmedida y convertir el anticlericalismo existente en un auténtico genocidio.

El clima de tensión político-social en el país había crecido sensiblemente ya antes de las elecciones de 1933. Desde el verano de 1932, es decir, desde el fracaso de la famosa “sanjurjada”, la coalición presidida por Azaña se deterioró no sólo por la oposición que le venía de fuera, sino también por la descomposición interna. A la represión que siguió al intento de golpe de estado de Sanjurjo, se añadió la matanza de Casas Viejas a principios de 1933 —personas inocentes fueron asesinabas por guardias de asalto republicanos—. Este suceso se convirtió en una auténtica tragedia nacional. No fue más que la gota que colmó el vaso de la paciencia del pueblo ante los atropellos de la izquierda, que determinaron la reacción ciudadana que dio la victoria a las derechas en las elecciones de 1933. Durante el bienio moderado (de noviembre de 1933 a febrero de 1936), la oposición socialista intentó una auténtica revolución en el mes de octubre. Programada para toda España, tuvo éxito solamente en Asturias, porque en Cataluña se sofocó antes de que pudiera triunfar del todo. El presidente de la Generalitat, Companys, proclamó en Barcelona el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. El Gobierno de Madrid impidió esta sublevación; 500 soldados republicanos dominaron la situación en pocas horas, con un total de 46 muertos y 11 heridos. Lo de Asturias fue mucho más grave. Centrándonos en el tema de esta entrada: 58 iglesias fueron destruidas y 34 sacerdotes asesinados (algunas fuentes elevan la cifra a 40)[1]. La persecución a los religiosos fue realmente salvaje.

Algunos sacerdotes y religiosos fueron asesinados a culatazos, otros fueron ahorcados y sus cuerpos expuestos en público durante días. En Mieres, se incendió la residencia de los Padres Pasionistas y fueron asesinados y arrojados al río los novicios pasionistas. En Valdecuna, se asesinó al ecónomo párroco y se quemó la iglesia, el retablo, imágenes y archivos parroquiales. En Oviedo los revolucionarios queman el convento de las benedictinas de San Pelayo, el convento de Santo Domingo (en la calle se fusila a los seminaristas que habían conseguido huir del convento) y el Palacio Arzobispal de Oviedo. Todos quedaron destruidos. El 9 de octubre, son fusilados en Turón 9 sacerdotes de La Salle (Mártires de Turón. Canonizados en 1999). El 11 de octubre los revolucionarios socialistas colocan una bomba en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo. En este atentado se destruyen numerosas obras de arte y reliquias del cristianismo, también sufre daños la catedral. Pocos días después, también en Oviedo, los revolucionarios incendian el colegio religioso de las Recoletas de Oviedo.

El analfabetismo de aquellos exaltados no se limitó a destruir las obras religiosas,  el 13 de octubre, dinamitan el edificio de la antigua Universidad de Oviedo perdiéndose importantes obras de gran valor y quemándose toda su biblioteca, inaugurada en el año 1765 y cuyos orígenes se remontaban a 1608. Esta biblioteca de la universidad se había convertido en uno de los primeros centros bibliográficos universitarios de España. También fue destruida la pinacoteca de la universidad.

Marañón afirmó que “la sublevación de Asturias en octubre de 1934 fue un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España[2] .

El movimiento revolucionario procede de todos los grupos izquierdistas que no fueron capaces de aceptar el resultado adverso de las elecciones del 19 de noviembre de 1933. Desde entonces se dedicaron a conspirar contra la más alta magistratura de la Nación y el Parlamento ( lo llevaban haciendo desde el fin del turnismo, siendo especialmente virulento desde la segunda década del S.XX. En el republicanismo encontraron un nicho de encuentro las aspiraciones anarquistas, las socialistas, las de los nacionalistas catalanes y vascos. Pero un republicanismo que concebían destructor, revolucionario). Lerroux intentó consolidar una República que estuviese abierta a todos los españoles. La revolución de octubre sirvió para unir a una parte de las derechas, ya que el Partido Radical de Lerroux y la CEDA eran las dos únicas fuerzas que quedaban con aspiraciones de respeto a la constitución y la República. Lerroux tuvo que colaborar con los católicos de derechas y Gil Robles con los radicales para estabilizar la situación. La extrema violencia vivida consiguió lo contrario de lo que querían los revolucionarios: que los católicos tuvieran responsabilidades de gobierno. Destacados políticos de la CEDA ocuparon carteras ministeriales desde octubre de 1934 hasta fines de 1935. Evidentemente, esto, lejos de calmar a los violentos los envalentonó.

Con su tenaz voluntad subversiva las izquierdas consiguieron acabar con las pocas posibilidades que existían de que prosperara una república democrática en España. El Gobierno pudo controlar la situación con las fuerzas armadas, pero no tuvo la entereza de modificar la política del primer bienio, ni de sofocar de verdad a los revolucionarios. Las condenas fueron poco enérgicas, aunque llevaron a las cárceles, por poco tiempo, a un nutrido grupo de revolucionarios, convirtiendo las celdas en nidos de propaganda de una sublevación que se manifestó a su excarcelación. Tampoco el gobierno supo realizar una política social que contrarrestara la demagogia de sus enemigos.

La victoria de la izquierda en febrero 1936, en un claro fraude electoral por la manipulación de las actas ( ya lo vimos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2023/06/30/el-fraude-electoral-de-1936/ ), provocó otra exaltación anticlerical que, en dos meses, supuso la quema de 142 iglesias. En algunos casos con asaltos a los colegios católicos, apuntando con pistolas o cuchillos a los sacerdotes delante de los niños, como ocurrió en el colegio de los marianistas, San Felipe Neri, de Cádiz.

El futuro Cardenal Tarancón, que por entonces era un joven sacerdote relató que:

En aquella época [antes del alzamiento de julio] era peligroso ir con sotana —o con hábito religioso— por las calles de Madrid. Sobre todo, en las horas del atardecer, cuando casi todos los días desfilaban manifestaciones de distinto signo por las mismas. Se inventaban calumnias absurdas para atacar brutalmente a religiosas indefensas, como aquella de los «caramelos envenenados» que movilizó a un grupo numeroso de personas en Puente Vallecas que atacó a unas religiosas al salir de su convento. Se insultaba fácilmente a los sacerdotes, sobre todo cuando desfilaban grupos de manifestantes y encontraban una sotana en su camino. […] las izquierdas habían hecho imposible la convivencia en paz. Y con su persecución religiosa habían herido en lo más vivo la conciencia de la inmensa mayoría de los españoles que reaccionaban todavía en cristiano.[3]

Pero tras el alzamiento del 18 de julio de 1936, los católicos que estaba en la zona republicana fueron declarados enemigos del régimen, por ejemplo, Andrés Nin, dirigente del partido revolucionario POUM, proclamaba en un mitin llevado a cabo el 8 de agosto de 1936 que habían resuelto la cuestión religiosa:

Nosotros lo hemos resuelto totalmente yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”.[4]

El culto católico debió suspenderse y los ciudadanos católicos hubieron de pasar a la clandestinidad, pues eran buscados para ser detenidos y llevados a tribunales arbitrarios, en los que en miles de ocasiones se decretaba la pena de muerte con la única acusación de ser católico. La posesión de un Rosario, o la denuncia de alguien de que un ciudadano solía ir a Misa o participaba en reuniones de Acción Católica, era suficiente para ser llevado a un pelotón de fusilamiento. Las ejecuciones eran muchas veces inmediatas, e iban precedidas de torturas salvajes. La situación más precaria era la de los religiosos hombres o mujeres.

Stanley G. Payne señala que la ferocidad republicana contra la Iglesia en España fue mucho mayor que la del periodo jacobino francés, pero con la “especialidad” española de ser particularmente cruenta contra los sacerdotes, clérigos y monjas. Según Payne “fue la masacre más importante y la más concentrada de sacerdotes y religiosos católicos de la que se tenga constancia histórica[5]

La persecución no fue homogénea ni en el tiempo ni en el espacio en la retaguardia republicana. La mayoría de los martirios se produjeron en 1936 y primeros meses de 1937. Especialmente trágico fue el verano de 1936. Según Gabriel Jackson, “los primeros tres meses de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Las pasiones republicanas estaban en su cenit. Los sacerdotes fueron las principales víctimas del gangsterismo puro1[6].

No sólo se mataba, también se mofaban de la fe de los católicos con profanaciones sacrílegas, actos civiles o conciertos en cementerios católicos en domingo, procesiones carnavalescas con ornamentos sagrados, farsas irreverentes sobre la misa, mujerzuelas llevadas en andas con los atributos de la Virgen…

Como recuerda Payne, basándose en la obra de Antonio Montero Moreno: “ la Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939”, el número de víctimas mortales de la persecución religiosa durante la república fue:

Sacerdotes seculares 4.022; Religiosos 2.376; Religiosas 282; Seminaristas 95; Obispos 12; Administrador apostólico 1.

Con todo, gracias a la ayuda de algunas de las legaciones diplomáticas en España fueron salvados 394 miembros del clero. Algunos de sus funcionarios ayudaron, con riesgo de perder su vida, al mantenimiento del culto católico clandestino y a su conexión con la Iglesia en la zona. Fueron las embajadas las que transmitieron al mundo el horror vivido por los católicos en España.

También el gobierno catalán ayudó a salvar al Cardenal Vidal y enviarlo a Roma.

Desde principios de 1937 disminuyó el número de muertes, aunque hubo un repunte durante la retirada del ejército republicano tras la caída del frente de Cataluña.

En cuanto a la distribución territorial, en el País Vasco la Iglesia Católica pudo desarrollar su actividad casi con total normalidad, mientras que la persecución se cebó en Madrid, Valencia, Aragón y Cataluña. La diócesis más castigada fue la de Barbastro, en la que fueron asesinados el 90 por ciento de los sacerdotes, incluido el obispo: tenía entre 110 y 120 sacerdotes a finales de 1935; al acabar la guerra, solo quedaba vivos 12 sacerdotes.

Se dieron episodios de gran crueldad y de verdadero sadismo; así, hubo casos en que las víctimas fueron quemadas vivas, enterradas vivas, terriblemente mutiladas antes de morir o sometidos a verdaderas torturas psicológicas. También hubo quienes fueron arrastrados por coches. Hubo casos en que se entregó el cuerpo de una persona asesinada a los animales para que lo comieran. En muchas ocasiones se mantenía a las víctimas desnudas mientras eran insultadas, golpeadas, pinchadas y mutiladas hasta morir. Las religiosas fueron violadas antes de asesinarlas, con especial crueldad contra las novicias. Se realizaban rituales colectivos humillando a las víctimas, deshumanizándolas, para así, tratadas como animales, quitar el cargo de conciencia que pudiera existir entre sus verdugos.

Numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y seglares sufrieron torturas evidentes de martirio, reconocidos por testigos e incluso por los mismos asesinos arrepentidos, porque en ellos se dieron todas las circunstancias del martirio cristiano, es decir, que murieron por su condición de sacerdotes, religiosos o cristianos, que fueron ejecutados “in odium fidei” e “in odium Ecclesiae”, que aceptaron las torturas y la muerte por amor a Dios y fidelidad a Cristo, que manifestaron la virtud teologal de la caridad perdonando explícitamente a sus verdugos y asesinos y oraron por ellos, a imitación de Cristo en la Cruz. Esta situación sólo puede ser reconocida mediante el proceso canónico. San Juan pablo II activó el estudio de muchos casos que fueron paralizados por la Iglesia durante el Régimen de Franco. Otros muchos siguen en proceso de análisis y averiguación de sus circunstancias.

A la barbarie descrita hay que sumar los bienes artísticos y edificios- muchos con valor histórico- que fueron destruidos o robados, de un valor incalculable. De esto también hablamos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2020/07/17/el-expolio-del-patrimonio-espanol-durante-la-republica-y-la-guerra-el-arte-y-la-cultura/

En este contexto no cabe reprochar al Obispo de Pamplona que en 1937 señalase que la guerra era una cruzada, o que salvo cinco obispos ( todos de El País Vasco o Cataluña) firmaran también el 1937, la carta colectiva en favor del bando nacional. El papa Pio XI no vio con buenos ojos esta carta y hubiera preferido una posición más neutral, pero cuando a uno le quieren matar la neutralidad no sé si es una posición demasiado elevada.

Salvador de Madariaga Rojo, diputado por la Federación Republicana Gallega, escribe en su libro, “España”, “Muchos diputados eran hombres de espíritu doctrinario y dogmático, esta circunstancia fue un verdadero infortunio para la República, pues llevó a las Cortes a poner en pie una Constitución que no era viable; siendo sus tres defectos capitales, la flojedad del ejecutivo, la falta de Senado y la separación de la Iglesia y el Estado”.

Para Madariaga si la segunda República Española hubiera continuado con el vigente Concordato de 1851, hubiera arreglado la cuestión religiosa y asegurado su vida política; “pero el apasionamiento anticlerical de sus prohombres no se lo permitió, y los llevó a un ataque frontal contra la Iglesia”, que propiciará el fracaso de la segunda República Española y la guerra civil de 1936.[7]

BIBLIOGRAFÍA

CÁRCEL ORTÍ, Vicente.- “La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939)”. Ediciones RIALP, S. A. 1990.

GARRALDA, A – “La persecución religiosa del clero en Asturias (1934 y 1936-1937)”. Ed. SND. 2009.

GUIJARRO, José Francisco.- “Persecución religiosa y guerra civil. La Iglesia en Madrid, 1936-1939”. Ed. La Esfera de los Libros. 2006.

IRUJO, Manuel.-  “Memorándum del 9 de enero de 1937 de Manuel de Irujo sobre la persecución religiosahttps://www.hispanidad.info/irujo1937.htm

JACKSON, Gabriel.- “La República española y la guerra civil, 1931 1919”. Ed. Critica. 1976.

MAURA, Miguel .- “Así cayó Alfonso XIII”. Ed. Ariel. 1995.

PALACIO ATARD, Vicente.-  “Cinco historias de la República y de la Guerra”. Ed Nacional, 1973.

PAYNE, Stanley G.- “¿Por qué la República Perdió la Guerra?” Ed. Espasa. 201

[1] Manuel Irujo. Diputado del PNV y ministro en los Gobiernos de Largo caballero y Negrín. Escribió al respecto el  “Memorándum del 9 de enero de 1937 de Manuel de Irujo sobre la persecución religiosa” y en su obra “La Guerra Civil en Euskadi”.

[2] A. Garralda.- La persecución religiosa del clero en Asturias (1934 y 1936-1937).

[3] VICENTE CÁRCEL ORTÍ.- La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939) Ediciones RIALP, S. A. 1990

[4] Vicente Palacio Atard.-  “Cinco historias de la República y de la Guerra”, Ed Nacional, 1973.

[5] Stanley G. Payne.- “ ¿Por qué la República Perdió la Guerra? Ed Espasa. 2010

[6] G Jackson, La República española y la guerra civil, 1931 1919 .Ed Critica 1976

[7]José Francisco Guijarro.- “Persecución religiosa y guerra civil. La Iglesia en Madrid, 1936-1939”. Ed. La Esfera de los Libros. 2006.

 

Instituto Nacional de la Vivienda

Aprovechando este año franquista que ha decretado el Gobierno, en el que, tras cincuenta años de la muerte del dictador, vamos a recordar algunas de sus políticas y, dado que, es de plena actualidad el problema de la vivienda y que se acaba de institucionalizar un organismo público, tan semejante, tanto, al Instituto Nacional de la Vivienda, merece la pena que recordemos la actuación de aquella entidad franquista desarbolada por el gobierno socialista de Felipe González y añorada por el actual.

Tan pronto como acabó la guerra, el gobierno de la dictadura se propuso abordar el grave problema de la vivienda. No sólo por la escasez de casas, tras la ruina y destrucción provocada por la guerra, sino también por el importante el éxodo rural que impedía a las personas que llegaban a Barcelona, a Madrid, a Bilbao… tener un lugar digno en el que vivir. Apareció el chabolismo. Sólo en Madrid había 20.000 chabolas y 120.000 personas vivían en ellas.

Ya en el final de la guerra, el bando nacional había creado la Dirección General de Regiones Devastadas y la Fiscalía Nacional de la Vivienda, con el objetivo de velar por la higiene y salubridad de los hogares familiares. Poco después se procedió a la creación, encuadrado, en un primer momento, en el Ministerio de Trabajo, del Instituto Nacional de la Vivienda ( creado en 1939 en el seno del Ministerio de Acción y Organización Sindical, y bajo la dirección de Federico Mayo) que posteriormente se convirtió en Ministerio, integrándose en él la citada Dirección General de Regiones Devastadas y la Fiscalía General de la Vivienda, la Dirección General de Arquitectura y otros Organismos similares. Destaca entre ellos la creación del Instituto Nacional de Urbanización (INUR) dedicado a la formación de polígonos tanto de viviendas como industriales y a la urbanización de terrenos y solares, un instrumento imprescindible para la disposición de suelo a precios que resultaran asequibles, evitando la especulación.

La primera ley de viviendas protegidas del régimen, auspiciada por el Instituto Nacional de la Vivienda y la Obra Sindical del Hogar, llegó en 1939, posteriormente se dictaron otras como la Ley de Viviendas de Renta Limitada de 1954, que puso límites a los precios de las casas e impulsó la creación de viviendas de protección oficial. Permitió la construcción de bloques en altura, que la Obra Sindical del Hogar había tachado años antes de «calabozos» y «colmenas» que alienaban a los obreros, y siempre agrupadas en conjuntos de al menos 25 casas que no tuvieran un formato rígidos en su manera de adaptarse al lugar. La norma preveía calcular 12 metros cuadrados por habitante.

Había tres categorías de viviendas: mínimas, reducidas y de tipo social. Se diferenciaban, sobre todo, por su coste de construcción: 800 pesetas por metro cuadrado, 1.000 pesetas por metros cuadrado y 25.000 pesetas totales como máximo (unos 10.000 euros, considerando la inflación desde 1954). Había tipos previstos de hasta 100 metros cuadrados, pero casi toda la producción estuvo entre los 58 y los 35 metros cuadrados.

Los comienzos fueron duros, en ocasiones por la carencia de materiales al finalizar la guerra, otras por los enfrentamientos soterrados entre las distintas instituciones dedicadas a la política de vivienda, la mayoría, sobre todo en la década de los 40, porque nuestra economía era paupérrima incapaz de crecer a más del 1,2% anual de su PIB pese a que todo estaba por reconstruir. El catedrático de arquitectura Carlos Sambricio ha documentado que España sólo construyó 1.200 viviendas al año en la década de 1940. No había materiales, ni financiación, ni empresas.

El modelo definitivo, el que nace a partir de 1954, permite la construcción de casas de 49 metros cuadrados, muy sencillas, hechas con dos crujías y muros de carga. La prioridad era no gastar un centímetro de espacio en pasillos. La cocina estaba semiintegrada en el salón. Como todo estaba tan medido, el arquitecto De la Hoz diseñó hasta los muebles para que cupiesen.

Aquel esfuerzo tuvo bastante de heroico hasta 1957. España no producía hormigón, ni hierro, ni cemento suficientes y la financiación escaseaba. Lo que sí que había era mano de obra. Después, la economía despegó relativamente deprisa, y la situación mejoró.

A partir de aquel año, las actuaciones llevadas a cabo se caracterizaron por constituir un conjunto de normas de financiación cualificada a los promotores, en forma de préstamos de las entidades de crédito públicas y privadas, a interés más reducido que el del mercado y préstamos del Estado sin interés, así como subvenciones o primas estatales. Asimismo, se otorgaron importantes exenciones y bonificaciones tributarias y algunas expropiaciones forzosas para la adquisición de suelo.

Esta política conjugó la cooperación de sector público y el privado, así como la cooperación de todas las instituciones, muy especialmente, los ayuntamientos. Las Corporaciones Locales, en muchos casos sin intervención del sector privado, promovieron gran número de viviendas, en régimen excepcional, para grupos de población de recursos escasos, con carácter subsidiario de la actuación de promotores privados. Fue a partir de 1957 con la liberalización del suelo, cuando el boom de la vivienda apareció en España. Importancia especial tuvo la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1964, cuyo preámbulo decía:

El movimiento liberalizador de la propiedad urbana ha de atemperarse, no sólo al ritmo determinado por las circunstancias económicas del país, sino también a las exigencias ineludibles de la justicia social, que constituyen la médula y razón de ser de nuestro régimen político. A estos principios capitales responde la presente reforma de la Ley de Arrendamientos Urbanos, reforma que, naturalmente, no puede consistir en la simple e inmediata vuelta al sistema jurídico propio del Derecho común, mientras éste no sea modificado para adaptarlo a los imperativos de nuestra época, puesto que aún no hemos alcanzado la madurez económica indispensable ni se ha logrado satisfacer la necesidad de vivienda por importantes sectores de la sociedad española, pese al considerable esfuerzo realizado y al manifiesto incremento obtenido durante esta última década”.

Este conjunto de leyes tuvieron como consecuencia la bajada de los precios, que disparó la compra de pisos. Además, aquella ley de arrendamientos no era nada atractiva para el dueño del piso a arrendar, pues impuso la congelación de las llamadas rentas antiguas que congelaba los alquileres y obligaba a la prórroga indefinida de los contratos. Medida que se terminó con el llamado decreto Boyer  (2/1985 de 30 de abril, durante el Gobierno Socialista de Felipe González) sobre medidas de política económica que supuso la liberalización del mercado de alquileres poniendo fin a la dictadura franquista en materia de rentas de viviendas.

Pero aquella ley de arrendamientos de 1964, tan sumamente tuitiva para el arrendatario, obligó a muchos propietarios a poner sus pisos a la venta, lo que abarató aun más los precios. Además, las políticas de protección se ampliaron a otros sectores: funcionarios, militares, colegios profesionales para sus colegiados…

Según las estadísticas publicadas por del Instituto Nacional de Estadística (INE) entre los años 1961 y 1973, se construyeron en España 3.347.768 viviendas, que se ampliaron con 358.460 en 1974 y con 374.391 en 1975; en total, en estos catorce años, se levantaron 4.080.619 viviendas, lo que quiere decir que, al menos en los últimos, se superó la cifra de mil viviendas terminadas y entregadas por día.

De aquellas viviendas, las acogidas a protección oficial suponen un porcentaje del 52,48% y las libres (aunque con exenciones tributarias, algunas con expropiación y otros beneficios) ascienden al 47,52%.

En el año 1970, es decir, 30 años más tarde, el número de viviendas ascendía a 10.658.882 lo que significa un incremento de 4.855.521 = 83,6 %, correspondiendo a cada vivienda 2,99 habitantes. En tanto, el censo de población había aumentado, de 1940 a 1970, en 8.162.000 = 31,5 %, el incremento de las viviendas fue del 83,6 % , con la particularidad de que una gran proporción de las casas construidas en este periodo y a partir del año 1970 se habían acogido a distintos regímenes de protección del que se beneficiaron, desde el año 1943 a 1974, 3.190.960 viviendas, cuya proporción, en las poblaciones y áreas de inmigración, respecto al total de viviendas que había en el año 1970, fue muy considerable: Alava 50,3 %; Madrid 46 %; Vizcaya 64,4 %; Barcelona 34,3 %; Guipúzcoa 43,3; Valladolid 50,7, etc, etc. La proporción global de viviendas protegidas construidas de 1943 a 1974 respecto a las edificadas en el período 1940-1970, fue del 65,70 %.[1]

La política franquista de vivienda bajó tanto los precios que el ahorro en España se invirtió en ladrillo. Así en 1970, el 77,8 % de los españoles eran propietarios de su casa.

Hoy en día existe una Red de Oficinas de Apoyo a la Rehabilitación de los Colegios de Arquitectos de España que ofrece ideas y vías de financiación para salvar esas comunidades de viviendas. Desde el Colegio de Barcelona opinan que: “España no ha sido un país que tuviese cultura del mantenimiento. Las averías se han solucionado cuando han llegado, como se ha podido y eso, en conjunto, ha sido un derroche de energía y de dinero. Ahora, entre los fondos Next Generation y el Pacto Verde Europeo tenemos la oportunidad de corregir errores”.

“Cualquier edificio, a partir de los 40 años, tiene materiales que se desgastan y acaban su vida. Pero eso tiene solución y, de hecho, mucha de la arquitectura de los años 50 está en buenas condiciones estructurales, sólo necesita actualizaciones. El problema verdadero es saber si se pueden adaptar a lo que la gente busca de una vivienda en 2024. Un piso de 45 metros cuadrados y tres habitaciones no entra bien en el mercado. Hay que ser imaginativos, promover rehabilitaciones integrales, unir pisos, crearles galerías exteriores”.

Si en los próximos 10 años esos edificios desaparecen del mapa, sólo quedará la literatura para recordar su historia.

Igual aquellas casas del franquismo son una solución a algunos problemas de vivienda actuales.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

BETRÁN ABADÍA, Ramón.- “ De aquellos barros, estos lodos. La política de vivienda de la España franquista y postfranquista”. Dianlet

file:///C:/Users/Administrador/Downloads/Dialnet-DeAquellosBarrosEstosLodos-301625%20(2).pdf

SAMBRICIO, Carlos. “Un siglo de vivienda social. 1903-2003”. Ed Ayuntamiento de Madrid.2003.

 

 

[1] SAMBRICIO, Carlos. “Un siglo de vivienda social. 1903-2003”. Ed Ayuntamiento de Madrid.2003

 

El Eurocomunismo

Sabemos que el comunismo desde Marx ha sufrido diversas transformaciones, casi siempre unidas a ciertos fracasos. Una de esas transformaciones fue el llamado eurocomunismo.

Se conoce como “ eurocomunismo” a la ideología que se inserta en los partidos comunistas de Europa occidental, sobre todo, a partir de la invasión de Checoslovaquia por parte de las fuerzas del Pacto de Varsovia en 1968, poniendo fin a lo que se llamó “comunismo de rostro humano” o “ Primavera de Praga”, originada por la teoría de Brézhnev de la “soberanía limitada” ( aunque la teoría es realmente originaria de Suslov). La doctrina Brézhnev o “doctrina de la soberanía limitada” marcó la política exterior de la Unión Soviética en un intento de evitar la democratización o independencia en países socialistas, mediante la intervención militar.  Tal doctrina consideraba el bloque del Este como un todo en el que los países de la Europa oriental no eran independientes. «La URSS no puede ser, ni será jamás, indiferente al destino de la edificación del socialismo en otros países hermanos; tampoco lo será con relación a la causa del socialismo mundial». Trataba así de justificar una intervención del Pacto de Varsovia en cualquier país del bloque oriental que se alejara de los dictados de ”Moscú» y se acercara al capitalismo de Estados Unidos (Seguro que más de un lector se ha acordado de Putin y la intervención en Ucrania).

Esa acción de invasión de Checoslovaquia fue condenada en el oeste europeo, lo que fuerza, de algún modo, a los partidos comunistas del mundo occidental a pronunciarse ante sus respectivas sociedades, sobre la condena o no del sometimiento de los derechos ciudadanos checoslovacos, pisoteados por los tanques soviéticos. Esa situación obliga a los partidos comunistas más importantes de occidente, italiano y francés, a condenar la invasión; explícitamente, los primeros y, con ciertos matices, los segundos.

Son, por lo tanto, los secretarios generales de los partidos comunistas de Francia e Italia, Marchais y Berlinguer, quienes dan consistencia política al eurocomunismo; añadiéndoseles inmediatamente, Santiago Carrillo. Hay que estimar, por lo dicho, que el Eurocomunismo estará siempre unido a esas tres figuras:  Marchais, Berlinguer y Carrillo. Más en los dos segundos que en el primero, que siempre fue más renuente a condenar el comunismo ortodoxo soviético.

Es obvio, sin embargo, que, si bien el concepto eurocomunismo irá ligado a las personas citadas, incluso una de ellas, Santiago Carrillo, escribió un libro bajo ese título- Eurocomunismo-. Éste no es nada más que un proceso ideológico evolutivo, que, partiendo del marxismo, pretende llegar al poder, prescindiendo del Leninismo. Fue una búsqueda de encontrar un camino que compaginara la vía marxista con las democracias occidentales durante el último cuarto del S. XX.  Un camino que diese luz a la crisis de los principios que habían sido básicos en los marxistas clásicos, fundamentado en que la transformación de la sociedad capitalista, debía revisar los tres pilares clásicos: revolución a escala mundial, vanguardia de los países desarrollados y extensión rápida del proceso revolucionario una vez iniciado.

Esta línea de pensamiento no nace de las cabezas de aquellos hombres que tenían responsabilidades representativas en los partidos comunistas occidentales, sino en las cabezas de los intelectuales marxistas/comunistas que, viviendo en el mundo occidental, se dan cuenta de que hay que casar la libertad del mundo en el que viven con la dictadura del proletariado, y que esa libertad en el mundo occidental comporta dos elementos esenciales: “pluralismo” y “elecciones”. Son los grandes teóricos del marxismo occidental: Gramsci,  Althusser, Aragón…, quienes poniendo al día sus ideas marxistas, determinaron, en primer lugar, la separación del leninismo al comprobar que su expansión por occidente no se producía, como habrían creído con anterioridad, y que la resistencia en los países del Éste, era evidente. Con lo que, en segundo término, sentenciaron que la sociedad no se volvería comunista por la vía revolucionaria sino por un medio estrictamente electoral, respetando, en principio, el pluralismo de sus respectivas sociedades. Lo que veían aquellos teóricos era que para Marx la sociedad comunista alcanzaría sus últimos estadios en la conjunción de los logros de sus etapas previas: idea materialista de la Historia, lucha de clases, dictadura del proletariado, sociedad comunista en la que el Estado desaparece. Lenin, por su parte, admite las tres primeras etapas, pero no se pronuncia respecto de la cuarta, pues la considera tan lejana, y a la sociedad tan falta de condiciones para vivir sin Estado, que la ignora. La tercera, la dictadura del proletariado, la entiende como una acción revolucionaria, en la que el proletariado ejerce su acción no como una clase, sino a través de una vanguardia, la formada por el “partido comunista” stricto sensu, que implantado en el Estado (en Rusia), será el faro universal para el desarrollo de la revolución mundial. Es esa vanguardia quien garantiza que no habrá traición a la revolución, es la que asegura la prepotencia del Estado sobre sus enemigos posteriores. Es quien preservará la ortodoxia del propio marxismo, frente a quien pretende alterarlo.

Esas ideas leninistas, aumentadas y elevadas por Stalin, condujeron a una de las mayores dictaduras del Mundo, al imperialismo soviético, y a la añoranza del mismo que ahora sufrimos.

Las posiciones eurocomunistas, primero ideológicas, para pasar a fundamentos de realidad política, consideraron que el momento propicio para lograr su triunfo sería en los años 70 del siglo XX. El eurocomunismo no se presenta como una táctica tras la cual esconder una sustancia inmutable y una inalterada relación con la Unión Soviética; tampoco fue simplemente un proceso de social-democratización de los partidos comunistas de Francia, España e Italia. El eurocomunismo surgió en medio de una crisis general, primero, como hemos señalado por la resistencia de los ciudadanos del Éste a las políticas soviéticas y, después, en occidente con la crisis económica de los años 70, el relentizamiento económico, la crisis energética y la creciente inflación que rompió el equilibrio económico y político creado por Bretton Woods. Los eurocomunistas creían llegado el momento de alcanzar un régimen marxista a través de una revolución democrática, proponiendo una trasformación de la sociedad basada en la “modificación cualitativa de las relaciones entre el consentimiento y la coacción”, como señaló Gramsci. Se trataba de dar una alternativa a las exigencias de las clases trabajadoras sin tener que agotar la vía parlamentaria democrática, utilizando el descontento por la crisis general de las sociedades para lograr un Estado equitativo en el que cada uno tuviera “según sus capacidades y reciba según sus necesidades”

Que esas aspiraciones estuvieran animadas por los partidos comunistas italiano, español y, en menor medida, francés, es lógico si se piensa en las circunstancias históricas de sus respectivos países. Así, en Italia, el llamado “compromiso histórico”, es decir, la convergencia del Partido Comunista italiano y la Democracia Cristiana para una acción de gobierno común estuvo a punto de producirse en plenitud. Se intentaba conseguir el máximo consenso posible en torno a las instituciones democráticas y a través de una política reformista, evitando tentaciones de autoritarismo.

Este compromiso histórico se realizó parcialmente mediante el apoyo externo del PCI al gobierno democristiano de Giulio Andreotti en 1978 y acabó (1980) con el asesinato de Aldo Moro, uno de sus mayores defensores.

Realmente, durante los años 70, el avance electoral del Partido Comunista había sido espectacular, tanto que logró acercarse, por primera vez en su historia, a la mayoría relativa de los votos, pudiendo, por fin, aspirar a gobernar el país en torno a los comicios de 1975 y 1976.

El PCI apostaba por una política de trasformación de la sociedad, por una renegociación de las bases sociales y una nueva orientación socialmente equitativa. El PCI se ponía en la primera línea como alternativa política, lo que casi los lleva al poder si no llega a ser por la formación del “Pentapartito”, compuesto por los democristianos de Giulio Andreotti y el Partido Socialista Italiano (PSI), el Partido Socialista Democrático, el Partido Liberal y el Partido Republicano. En el fondo la sombra del viejo comunismo era alargada.

Contemporáneamente en Francia, la situación era parecida: el movimiento de mayo de 1968 contribuyó a la decadencia del golismo, que aceleró irrevocablemente la muerte del propio General De Gaulle. La elección de Valery Giscard d’Estaing como presidente y el nombramiento de Jacques Chirac como jefe del Gobierno no fueron suficientes para detener la crisis: el nuevo ejecutivo, caracterizado por el nacionalismo populista-golista, se enfrentaba a una grave crisis y a un avance significativo de los partidos de izquierda. Las huelgas generales y la organización de varias movilizaciones demostraban la existencia de un malestar generalizado y un fuerte deseo ciudadano de cambio. Mientras tanto, el Partido Socialista elegía a su nuevo líder, François Mitterrand, buscando una posible alianza entre las fuerzas de izquierda; la idea parecía ser secundada por el secretario del PCF, Georges Marcháis. El consentimiento alrededor de este acercamiento lo certificó el buen resultado electoral que las izquierdas alcanzaron en 1974, tanto que Mitterrand estuvo a punto de vencer en las elecciones presidenciales: la convergencia entre socialistas y comunistas se presentaba como una posibilidad concreta que contaba con el apoyo de ambas militancias. Si bien, la embajada soviética en París, se mostró encantada de la derrota final de Mitterrand por cuanto el francés criticaba abiertamente al comunismo y resultaba un enemigo muy hábil en su estrategia de reequilibrio de la izquierda.

En esta actitud de colaboración con los socialistas, el PCF abandonó el concepto de dictadura del proletariado y una parte del partido se acerco a los postulados del partido Comunista italiano. Pero esto era más aparente que real, pues el PCF internacionalmente se mantuvo fiel a Moscú y, en 1979, Georges Marchais apoyó la invasión de Afganistán.

En las elecciones de 1981, Marchais criticó el «giro a la derecha» del PS. Pero Mitterrand obtuvo 25% de los votos y sólo el 15% fue para Marchais. Para la segunda vuelta, el PCF exhortó a sus partidarios a votar por Mitterrand, que fue elegido presidente. En aquel primer gobierno de Mitterrand los comunistas tuvieron asiento en el Consejo de ministros.

En España, la situación se presentaba más complicada, la muerte de Francisco Franco, el 20 de noviembre de 1975, hizo precipitar el proceso de liquidación del franquismo y la creación de nuevas condiciones políticas, económicas y sociales. Las fuerzas de izquierda, independientemente de su capacidad política, querían asumir un nuevo papel en un estado renovado, favoreciendo la alternativa democrática, potenciada hacia el socialismo. La despenalización del PCE hizo volver a Carrillo y concederle un papel esencial en la vida pública.

Este breve análisis de las condiciones socio-políticas de estos tres países de la Europa meridional, muestra cómo estaban en marcha procesos de crisis y deseos de cambio que, pese a su natural diferencia, revelaban algunos elementos en común: en primer lugar, en los tres países no se aspiraba a un simple cambio de gobierno o a una política reformada: al contrario, se trataba de un deseo concreto de cambio, de una exigencia de ampliación y profundización de la democracia, tanto en las esferas políticas como de la producción. En segundo lugar, las fuerzas políticas, sindicales y culturales que luchaban por la realización del socialismo contaban con el apoyo no sólo de la mayoría de los trabajadores, sino también de otros núcleos sociales. Esta realidad, que parecía más evidente en Italia y Francia, iba preparándose también en España. La presencia de un amplio sector de izquierda deseoso de cambios en general, hacía posible que en estos tres países se plantease concretamente la alternativa democrática-socialista. En tercer lugar, el eje político comunista-socialista constituía en los tres países la columna vertebral del bloque político y social de la izquierda. Sin embargo, el equilibro interno entre comunistas y socialistas era diferente en cada país: en Italia, el eje se inclinaba netamente del lado comunista en todos los aspectos, tanto que el PCI eclipsaba al partido socialista. En Francia la situación se mostraba más complicada en cuanto que, si era efectiva la preeminencia del lado socialista en el plano electoral, el partido comunista se distinguía desde el punto de vista de la organización e implementación en la clase obrera. En España, la situación aún no se presentaba clara, aunque parecía poder asemejarse más bien al caso francés. La coincidencia temporal, la simultaneidad en la exigencia de cambio y la contigüidad geográfica hicieron que las influencias entre ellos fueran apreciables y el deseo de operar conjuntamente también.

Sin embargo, este producto comunista se puede considerar fracasado porque electoralmente nunca alcanzó las cuotas deseadas. La creciente dificultad para compaginar la filosofía de la historia que constituye el hilo conductor del marxismo clásico con los acontecimientos de la lucha de clases del S.XX, hacía caer en tremendas contradicciones a los eurocomunistas; la evidencia que el llamado socialismo real no era más que otra forma de totalitarismo, restaba apoyos. Así, en el caso de España, el PCE fue barrido por el PSOE en todas las elecciones a las que se presentó. En las elecciones del 15 de junio de 1977, el PCE descubrió tener una notable extensión, pero un corto porcentaje de votos. Llenaba plazas de toros, estadios, polideportivos abarrotados por multitudes, pero no llenaba las urnas. Para el Partico Comunista, los resultados de 1977, que dieron la victoria a UCD (con 34,7% de los votos) fueron muy decepcionantes, ya que el partido obtuvo un 9,24%, muy por debajo de sus expectativas y del PSOE (29,2% de los votos).

A esas causas internas se unieron otras externas, sobre todo, de la propia URSS, la invasión de Afganistán, las guerras en Indochina- tras la derrota del imperialismo norteamericano- que llevó a regímenes tan horrorosos como los de Camboya, Vietnam del Norte, Corea del Norte; las crisis de los países del Éste; el mantenimiento de las posiciones leninistas en el movimiento obrero manifestadas en la OIT, y la situación francesa e italiana que tampoco alcanzaron el éxito, colocó a estos partidos en una posición de fragilidad y debilidad, contribuyendo a su declive.

De aquella época y aquellos miedos, procede la retirada del término “marxista” de los partidos socialistas” y del término “ leninista” de los partidos comunistas.

La caída del muro de Berlín y la descomposición de la URSS dejó ver las costuras del comunismo que, carente de ideología práctica ha buscado otras formas de acercarse a la sociedad- muchas de ellas pagadas por Rusia y China (poderosas dictaduras comunistas)- basadas en el ecologismo, el populismo, el wokismo,  nacionalismo y todo tipo de conceptos que en muchos casos son completamente disparatados, con la única finalidad de arrancar las raíces de Occidente y provocar una crisis, no ya económica sino de identidad de la sociedad, que permita, en ese mundo inestable, alcanzar el poder a los nuevos comunistas disfrazados de seda, y, por supuesto, no perderlo nunca más.

BIBLIOGRAFÍA

CARRILLO. S. –“Eurocomunismo, socialismo en libertad escritos sobre eurocomunismo” Ed. Forma. 1977.

DONOFRIO, A.- “ El final del Eurocomunismo y el Partido comunista de España (PCE)”. Universidad de Salamanca. 2013.

DONOFRIO, A .- “El Eurocomunismo, ¿Producto de la crisis económica y política de los setenta?” Revista de Estudios Políticos. 2014.

GRAMSCI. A .-Gramsci y el P.C.I.: entrevista con Norberto Bobbio, en el libro AA. VV.: Gramsci y el Eurocomunismo. Editorial Materiales. 1978.

PARAMIO, L.- “El Eurocomunismo en la Historia del Movimiento Obrero”.- En el libro “Ideologías y movimientos políticos contemporáneos”. Ed ministerio de Educación y Ciencia. Secretaría de Estado de Universidades e Investigación. 1981.

P.S. Felices vacaciones. Hasta septembre.

ESPAÑOLES EN LA GUERRA DE VIETNAM

Los acontecimientos que vamos a narrar suceden durante la guerra de Vietnam. Por eso haremos, en primer lugar, una sucinta referencia a esa guerra.

Hasta 1939, la región de Indochina era una colonia francesa. En 1940, el territorio se dividió, parte quedó bajo el dominio japonés y parte bajo la Francia de Vichy. En 1941, los comunistas y nacionalistas liderados por Ho Chi Minh, comenzaron una revuelta contra la ocupación. No fue el único caso, en otras zonas de Indochina se levantaron guerrillas nacionalistas. La oposición de Francia provoca el inicio de la guerra de indochina (1946-1954).

La derrota de los franceses en la batalla de Dien Bien Phu, en 1954, determinó la reunión de la Conferencia de paz de Ginebra, que estableció la retirada francesa del territorio de Indochina, la independencia de Laos y Camboya, la división de Vietnam en dos Estados separados por el paralelo 17: Vietnam del Sur, con capital en Saigón, presidida por el emperador Bao Dai y prooccidental; y Vietnam del Norte, con capital en Hanoi, liderada por Ho Chi Minh y comunista. Además, acordaron celebrar, en 1958, un referéndum en los dos Vietnam para decidir la reunificación del país o la separación definitiva de los dos Estados. Este referéndum nunca se llevó a cabo por oposición de Vietnam del sur. 

El Frente Nacional de Liberación de Vietnam, también conocido como Vietcong, que actuaba como fuerza guerrillera apoyada por el gobierno del Vietnam del norte se propuso destituir al gobierno del Sur y lograr la unificación de ambos países. Esto alteraba los planes de EE.UU ( Doctrina Truman, sobre la contención de la expansión mundial del comunismo). Así que, recordando al Maine en Cuba, los americanos utilizaron el incidente del golfo de Tonkin, en 1964, cuando lanchas patrulleras de Vietnam del Norte se enfrentaron a un destructor estadounidense que se había internado en aguas que los comunistas reclamaban como propias, para intervenir en la guerra a favor del sur. Vietnam del Norte, por su parte, fue apoyada por China, Cuba y la Unión Soviética, que enviaron armas y asesores militares.

Se inicia así uno de los conflictos más destacados de la Guerra Fría: la guerra de Vietnam (1964 a 1976). Si bien, USA se retira del conflicto en 1973.

En ese contexto, en 1965, el presidente de los EE.UU, Lyndon B. Johnson, solicita ayuda a sus aliados. En lo que se llamó por parte americana, «una política de unión de Banderas”, de manera que la lucha pareciera la de un bloque compacto contra el comunismo. Una de las peticiones la realiza a España. El gobierno de nuestro País luchaba por ser reconocido en el ámbito internacional. USA ya nos había dado un fuerte espaldarazo con los acuerdos para instalar bases militares tras la visita de Eisenhower. Por ello Johnson suponía que esto y la lucha contra el comunismo era suficiente para que Franco enviara tropas a Vietnam.

Franco, que ya tenía experiencia en dar largas cambadas y marear a los pedigüeños- lo había hecho con Hitler en el encuentro de Hendaya-,no se amedrentó ante la petición americana. Envía al presidente Johnson una carta de respuesta a la que previamente le remitió el americano solicitando ayuda que es todo un ejemplo de premonición política y militar.

Dejo el enlace en el que se puede leer completa la carta, cosa que recomiendo por su interés. https://www.abc.es/historia/abci-consejo-franco-lyndon-johnson-obvio-para-saliera-vietnam-y-costo-guerra-201810220116_noticia.html

En resumen, Franco le anunciaba que aquella guerra la iba a perder EE.UU, porque la guerra de guerrillas en aquella selva iba a dar una gran ventaja a los vietnamitas que con pocos hombres bloquearían la acción del ejército americano; que estaba infravalorando a Ho Chi Minh y al valor del patriotismo. Además, le significaba que en caso de pobreza el comunismo era más atractivo a ojos del pobre que el capitalismo, aunque en la práctica no fuera un buen sistema, y, por tanto, si América quería preservar Vietnam del Sur y el sudeste asiático debía ir por los derroteros del convencimiento y no de las armas.

Algunas ideas aprendidas de nuestra Historia, debía tener Franco en mente cuando escribió la carta, aunque nada diga en ella, puesto que España ya había peleado en aquel territorio vietnamita. Así en 1858, cuando aquello era conocido como la Conchinchina, se mandó una expedición de castigo contra el emperador Tuc-Duc como consecuencia de la matanza de religiosos católicos que estaba teniendo lugar en el Imperio de Annam. Era Francia la primera que se erige en defensora de los católicos, pero solicitó ayuda a España, que se mostró aliada suya como nación católica y defensora de la cristiandad desde sus orígenes y, sobre todo, porque en el Pacífico, en los últimos coletazos de nuestro Imperio, aún poseíamos las Filipinas y las Carolinas.

https://algodehistoria.home.blog/2021/05/14/la-perdida-de-filipinas-los-ultimos-de-filipinas/

https://algodehistoria.home.blog/2021/03/05/el-incidente-de-las-carolinas/

En la Conchinchina lucharon 1.500 españoles y como agradecimiento, Francia cedió un terreno de 4.000 metros cuadrados en plena ciudad de Saigón: el parque Bach Tung Diep, en la actual ciudad de Ho Chi Minh (Saigón), que fue de soberanía española hasta 1922.[1]

La segunda ocasión que se nos presenta de luchar en Vietnam es esta que traemos hoy a colación. En Vietnam una de carencias occidentales eran los servicios sanitarios, por ello, la Oficina de Asistencia Militar del Mundo Libre, evidentemente, bajo auspicio americano, realizó una petición de ayuda médica. Así que Franco vio la opción de enviar a un equipo de médicos militares para esquivar la petición americana de aportar tropas. Se trató de la primera acción humanitaria del ejercito español. De las que hemos tenido muchas posteriormente.

Aquel primer destacamento lo compusieron 12 hombres (cuatro médicos, siete enfermeros y un intendente logístico) y a lo largo de su estancia en Vietnam entre 1966 y 1971 involucró a 50 militares españoles.

Aquel primer destacamento fue conocido como los “doce de la fama”- en recuerdo de la conquista de Pizarro y sus trece de la fama-, que demostraron un comportamiento heroico y humanitario atendiendo tanto a americanos como a la población local. Esta actuación en favor de los nativos vietnamitas no se había realizado con anterioridad, lo que llamó la atención y fue especialmente valorado por el vietcong.

Se establecieron en el delta del Mekong, en la comarca de Go Cong, y allí bregaron durante cinco años para reflotar y gestionar un deteriorado e insuficiente hospital civil, que servía ahora de hospital militar de los occidentales. En aquella tarea, proporcionaron cuidados médicos a la población civil de la región, habitada por unas 20.000 personas entre las que había campesinos y refugiados, pero, también, guerrilleros del Vietcong, y, por supuesto, soldados americanos.

Se enfrentaron a condiciones tan penosas como peligrosas, y en las que al principio eran mirados con recelo por las dos partes, para terminar siendo admirados por todos, americanos, guerrilleros vietnamitas y población civil.

A su llegada, los mandos americanos les pronosticaron que perderían la vida la mitad de ellos, en función de las estadísticas que tenían, dado que los médicos eran especialmente perseguidos por los vietnamitas. De hecho, en la misma zona, se asentó un destacamento de médicos alemanes que fueron todos muertos.

Cuando llegaron se encontraron con que en el hospital más de 400 pacientes se hacinaban en las 150 camas existentes. La labor que les esperaba era ingente existían problemas por el calor y la humedad, les llegaban continuamente en helicóptero americanos heridos en el frente. La población civil sufría un porcentaje elevadísimo de tuberculosis crónicas, casos que no parecían merecer la pena desde el punto de vista americano, pero que los españoles atendieron, curaron o mejoraron. Fueron innumerables los enfermos de paludismo, disentería y hepatitis que fueron atendidos, civiles heridos por las minas. Las medicinas no llegaban, en muchas ocasiones robadas por el vietcong, aunque sus guerrilleros también fueron tratados en el hospital español.

Los propios españoles sufrieron innumerables ataques, tanto en el hospital como en los desplazamientos a los muchos poblados que rodeaban la ciudad, debido a la cercanía del cuartel general del Estado Mayor Sudvietnamita. A pesar de que resultaron heridos en diferentes momentos, ninguno abandonó la misión.

Se cuentan hechos heroicos como el realizado por uno de nuestros doctores que, ante la falta de material que tenían, logró operar a un vietnamita mientras le hacía la transfusión de su propia sangre.

En el bando local, era tal la admiración despertada que, en un cruce de caminos una patrilla de guerrilla del Vietcong paró a un destacamento occidental, les apuntaron con sus armas, les iban a obligar a bajar del coche para fusilarlos, cuando uno de los guerrilleros reconoció a uno de los médicos y gritó “người Tây Ban Nha”, es decir, “español”. Los vietnamitas se apartaron y les permitieron pasar con todo tipo de reverencias. En otra ocasión, tras la Ofensiva del Tet y haber sido bombardeados por el Vietcong, los vietnamitas pidieron perdón a nuestros militares – médicos por el bombardeo pues, según dijeron, la labor que estaban realizando merecía todo el respeto y admiración.

La misión española se prolongó hasta 1971. Hay que señalar que, en contra de la premonición americana, todos los integrantes del destacamento español regresaron sanos y salvos a casa.

Los militares españoles fueron condecorados por el ejercito norteamericano y los vietnamitas dieron nombre a un puente en su honor:  el puente Tây Ban Nha. Esto es: el puente “España”. Donde no han recibido el reconocimiento debido, ha sido en nuestro País. No sé cuando vamos a reconocer la tarea de nuestros héroes y en esto da igual el Gobierno de 1971 que cualquiera de los actuales. Como le dijo el entonces teniente Antonio Velázquez, general retirado y fallecido hace poco, al periodista de El Liberal, Javier Santamarta: “España nos dijo que fuéramos, y fuimos. Hicimos nuestro trabajo. Y cuando España nos dijo de volver, volvimos. Ya está”.  Eso es sentido del honor y del deber.

¿Para cuándo una película o una serie? No será por falta de películas sobre Vietnam, pero ninguna hecha por los españoles y sobre los españoles en aquella guerra. El cine español tan aficionado a contarnos eternamente la misma guerra bien podría ocuparse, al menos una vez, de esta.

Sí se han escrito novelas y libros de historia al respecto. Quizá una de las más reconocidas sea la novela de Emilio González Romero El puente de Go Cong, que obtuvo el Premio de Narrativa Ciudad de Alcalá de Henares. O el testimonio de Ramón Gutiérrez de Terán fue el militar que más tiempo permaneció en aquel conflicto y cuya historia sirve de base al libro de López-Covarrubias

BIBLIOGRAFÍA

LÓPEZ-COVARRUBIAS, Andrés. –Good Morning Go Cong. Una historia de españoles en la guerra de Vietnam”. Ed Rialp. 2022

Crónica de Javier SANTAMARTA: https://www.elliberal.com/autor/javier-santamarta/

[1] Javier Santamarta.- El Liberal.

LA PACIFICACIÓN DE MARRUECOS. EL DESEMBARCO DE ALHUCEMAS

Como consecuencia de la conferencia de Berlín 1884-1885, Europa se repartió África, pero, evidentemente aquel reparto no tuvo la misma repercusión en unas naciones europeas que en otras. Además, la potencia emergente del momento era Estados Unidos, que ya se encargó, poco después, de acabar con lo poco que quedaba del imperio español.

Uno de los puntos conflictivos del reparto estaba en el norte de África.  Desde 1904 los franceses y británicos tenían una entente cordial que partía de los acuerdos alcanzados aquel año para que Egipto quedara bajo la influencia británica y Marruecos bajo la francesa. En ese reparto, los británicos propusieron que a España le quedara reservada una zona en la costa mediterránea de Marruecos, donde ya poseíamos diversas plazas, entre las que destacaban Melilla y Ceuta, ciudades que eran españolas desde los siglos XV y XVI respectivamente, mucho antes de que Marruecos soñara con existir. Los franceses no deseaban que Inglaterra, que ya ocupaba Gibraltar, se hiciera con el control de las dos orillas del Estrecho, y los ingleses preferían no tener a Francia asentada frente al Peñón, siendo preferible para ambos la opción de España, cuya debilidad proporcionaba suficiente garantía de que no se vería amenazado el control británico sobre la entrada al Mediterráneo ni el de Francia en sus posesiones marroquíes. España aceptó el acuerdo.

Se delimitaron las zonas de influencia española y francesa en Marruecos. Teóricamente se reconocía el principio de integridad e independencia de Marruecos, que continuó siendo formalmente un Imperio bajo la autoridad del sultán Abd al-Aziz IV.

En este punto, Alemania intentó intervenir en Marruecos azuzando las ideas independentistas de los marroquíes con la finalidad de enfrentar a Francia e Inglaterra, pues aquella unión no le era favorable.  Fue Alemania la que no reconoció el reparto realizado entre franceses y británico e instó a valorarlo en una reunión internacional. De ahí nació la Conferencia de Algeciras en 1906, donde se vieron las caras Alemania, España, Francia, el Reino Unido, Bélgica, Austria-Hungría, Italia, Holanda, Portugal, Rusia, Suecia, los Estados Unidos y una delegación marroquí. Mientras Alemania con el único apoyo de Austria-Hungría defendía la plena soberanía marroquí, pero con una política de puertas abiertas para que cualquier potencia pudiera comerciar allí. El resto se oponía. El Acta final reconocía la soberanía del sultán, la independencia e integridad territorial de Marruecos y el principio de libertad económica y en el acceso a los recursos del país. Sin embargo, las restantes estipulaciones del Acta favorecían los intereses franceses, al otorgar a Francia una posición de preponderancia, compartida, en parte, con España.

En la Conferencia de Algeciras se había evitado el estallido de un conflicto bélico entre las potencias europeas, pero los motivos de fricción relacionados con Marruecos no quedaron resueltos de manera definitiva. Francia, Gran bretaña y España firmaron acuerdos de cooperación mutua y fortalecieron los lazos entre las tres naciones para el dominio del estrecho y el mediterráneo sur. Alemania siguió instigando a los marroquíes para que se enfrentaran a los europeos, incluso en 1911 con el envío de la cañonera Panther frente a las costas de Agadir para hacer valer los intereses y negocios alemanes en Marruecos frente a las extralimitaciones francesas. La desactivación de esta crisis, mediante la cesión a Alemania de parte del Congo francés, permitió que en marzo de 1912 se estableciera el protectorado francés y en noviembre del mismo año el español.

Para España aquel territorio trajo muchos más enfrentamientos y sufrimientos que ventajas, como veremos.

Pero si la situación en el norte de África era complicada, la situación peninsular no estaba mucho mejor. La guerra de cuba, su crisis, la depresión psicológica nacional por perder hasta la última de las provincias de ultramar, la sublevación catalana que tenía un gran componente anarquista como se demostró en la semana trágica de Barcelona [ https://algodehistoria.home.blog/2019/10/25/la-semana-tragica-de-barcelona/ ], las posiciones nacionalistas que ya afloraban. El pistolerismo, la corrupción social, la implantación de partidos republicanos y obreristas apoyados y apoyándose en las organizaciones sindicales eran un calvario para los gobiernos. En ese ambiente, los intentos regeneracionistas “desde arriba” de Silvela y Maura no lograron cuajar, como tampoco el programa liberal de Canalejas. Así, los partidos tradicionales de la Restauración fueron debilitándose en un País que no levantaba cabeza ni en los aspectos sociales ( la revolución soviética fue un referente para el movimiento obrero español revolucionario, anarquista y antiburgués), ni políticos ( el turnismo hacía aguas y el nacionalismo florecía. Donde el pistolerismo y el terrorismo político estaban a la orden del día provocando, entre otros asaltos, los magnicidios de Canalejas y Dato. https://algodehistoria.home.blog/2020/03/13/el-asesinato-de-eduardo-dato/) ni económicos (la I Guerra Mundial trajo un periodo de pujanza económica gracias al auge de exportaciones a los países combatientes, pero supuso también el desabastecimiento interno y un alza de precios, además de no traer las inversiones que eran necesarias, por lo que las condiciones económicas de buena parte de la población no mejoraron).

Las décadas de 1910 y 1920 fueron desastrosas para España. En ese ambiente, el ejército también estaba disgustado con los sistemas de ascensos que se habían planteado desde el Gobierno. Esto llevó a una división interna en su seno que terminó con la creación de las Juntas de Defensa, que ejercieron como grupo de presión militar sobre el poder civil. Al tiempo, el ejército era llamado cada vez con más frecuencia a terminar con los problemas nacionales. Los problemas internos obligaban a declarar el estado de excepción cada poco, sobre todo por los conflictos que los nacionalistas creaban en Cataluña, unidos a los que provenían de los anarquistas y demás movimientos obreros. Así, el ejército fue determinante en el fracaso de la huelga general de 1917 y en otros conflictos. El culmen de toda aquella situación se daría con la guerra de Marruecos.

 En 1921 el líder rifeño Abd-el-Krim derrotó al ejército español en Annual en lo que fue una auténtica tragedia para España y un duro revés para el dominio español en el protectorado. Además, la situación del ejército en la guerra fue calamitosa. Faltaron condiciones adecuadas que debían haberse previsto y provisto desde la Península lo que determinó el inicio de una investigación que culminó en el llamado informe Picasso, que no era más que una búsqueda de responsabilidades políticas para el desastre.

Todo aquel conjunto de desgracias, caos y desordenes internos y externos llevaron al Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, a dar un golpe de Estado, con apoyo tácito del rey, el 13 de septiembre de 1923.

En relación a Marruecos, la postura inicial de Primo de Rivera era de abandono paulatino. De hecho, su orden primera fue que las tropas españolas se replegaran en la zona costera. Pero un sector del ejército “africano” se opuso a tal abandono. Entre los africanistas se encontraba de manera destacada Francisco Franco destinado desde hacía tiempo en los regulares de Melilla. En 1923, Franco ascendió a Teniente-Coronel y ocupaba la jefatura de la Legión. En tres años pasó a Coronel y de Coronel a General, cuando sólo tenía 33 años.

En 1924, Abd el-Krim, el líder de la autoproclamada República del Rif, lanzó una ofensiva, que derrotó a los españoles y provocó mayor número de heridos, aunque menos muertos, que el desastre de Annual. A consecuencia de aquella ofensiva el rifeño se apoderó de una parte considerable del Protectorado español. Envalentonado por su hazaña, Abd el-Krim decidió atacar posiciones francesas. Un grave error de cálculo.

Los franceses y españoles entablaron negociaciones para realizar un asalto conjunto y acabar con el conflicto de una vez. Las negociaciones hispanofrancesas comienzan en Madrid el 28 de junio de 1925. Primo de Rivera y Pétain se reúnen en Tetuán el 28 de julio y en Algeciras el 21 de agosto. Allí se pacta el sistema de ataque y la concesión del mando supremo del ejército conjunto para Primo de Rivera.

Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo, Primo de Rivera tomó una decisión arriesgada: atacar el corazón de la revuelta a través del mar con un desembarco masivo de tropas franco-españolas. El desembarco de Alhucemas estaba en marcha (ubicada en el norte de Marruecos a un centenar de kilómetros de Melilla). No era una idea novedosa, a medida que el conflicto se encendía por el sur de nuestro protectorado, el ejército sopesaba un ataque anfibio por el norte. Era complejo y necesitaba organización exacta, buena sincronía y respaldo. Ya en 1909 nuestros militares venían rumiando la idea y los detalles que requería el proceso. Elegir Alhucemas no era casualidad, sino que allí se escondía el rifeño de Beni Urriaguel y bajo su mando la “Cabila”[1] que dirigía (a ella pertenecía Abd el-Krim) lideraba la rebelión.

Tras una larga planificación, se determinó que la operación se llevaría a cabo a principio de septiembre de 1925 y que contaría con el apoyo de la marina y la fuerza aérea. Con todo, el peso de la maniobra recaería sobre dos columnas de infantería que partirían desde Ceuta y Melilla. De esta forma, el de Alhucemas se convertiría en el primer desembarco aeronaval de la Historia, siendo un antecedente importantísimo para los mandos aliados de la II Guerra Mundial a la hora de planificar el desembarco aliado del famoso día D en las playas de Normandía.

En total, entre España y Francia lograron reunir un contingente de 13.000 soldados y más de una veintena de piezas de artillería. A su vez, y por primera vez en la Historia militar, varios carros de combate serían desembarcados a través de barcazas para apoyar el asalto de la infantería. Primo de Rivera sostenía que la sorpresa en tiempo y espacio, y la rapidez de ejecución eran indispensables para lograr el éxito. Había estudiado con detenimiento el fracaso de los aliados en Gallípoli durante la I guerra Mundial y estaba seguro de no cometer los mismos errores.

Abd El Krim había logrado ubicar en las proximidades 9.000 rifeños a los que se unieron mercenarios de todo el mundo, expertos en el uso de las diferentes armas de mano y artillería. Además de las armas de mano contaban con 14 cañones de campaña robados en anteriores operaciones a los españoles, incontables fortificaciones, decenas de nidos de ametralladoras e, incluso, centenares de minas que habían sido enterradas a lo largo de una de las playas donde se realizaría el desembarco.

La operación prevista para el 5 de septiembre se retrasó al 8 por las inclemencias meteorológicas.

Al amanecer, las primeras columnas en embarcar en las lanchas fueron las comandadas por Francisco Franco y el coronel Martín –con 4.500 y 2.800 hombres respectivamente-. No sin grandes dificultares lograron llegar a tierra. Las primeras en desembarcar fueron las tropas del Coronel Franco. El “Diario de Barcelona” en la crónica del desembarco contó:

“Cuando varan en el fondo de arena o piedras, la Legión que manda Franco (…) se tira al agua y ante ellos los guardacostas, tienden una barrera de fuego que impide se acerque el enemigo. Ya están en tierra, ya se ven como puntitos movedizos, columnas de hombres en guerrilla que, sobre blanco con oscuro, se nos figuran aquellas líneas de puntos notas en un pentagrama que escriben una página musical, épica y gloriosa, que aleja al influjo de sus notas el fantasma del indómito rifeño. Ojo, están en tierra: ya tabletean las ametralladoras, ya los hombres invaden todo”.

La realidad fue épica, pero menos musical, la defensa rifeña era muy dura y costó enormemente llegar a dominar alguna de las primeras playas en la Cala del Quemado y en la Playa de la Cebadilla.

Los rifeños se replegaron en las fortificaciones, pero habían dejado las playas sembradas de minas que dificultaron el avance hispano-francés.  Además, los rifeños buscaban devolver al mar a las tropas españolas a base de ataques suicidas. Las tropas hispanas en la zona lograron resistir hasta la extenuación hasta la llegada de la columna de Ceuta.

Sin embargo, el asalto más sangriento se vivió el día 11 y su protagonista fue la columna Goded, a la cual, durante ese día, se le asignó la responsabilidad de defender las posiciones de vanguardia más cercanas al enemigo. La sangre no paró de correr en aquella línea de defensa durante toda la noche y parte de la madrugada, pues los hombres de Abd El Krim no cejaron en su empeño de expulsar a sus enemigos con ataques suicidas. Con la llegada del alba, la mayoría de militares españoles habían agotado su munición y, en algunos casos, habían repelido al enemigo con piedras.

La noche del 19, se produce el último gran contraataque rifeño. El 23, las tropas españolas toman la segunda línea defensiva y, el 2 de octubre, llegan a Axdir, el objetivo final. Los rifeños se repliegan y Abd el-Krim escapa. El mal tiempo del otoño y el invierno le concede una última tregua.

Semanas después todo el territorio sería español, pacificado gracias a una serie de operaciones controladas férreamente por Primo de Rivera y ejecutadas por los coroneles Goded, Sanjurjo y Franco. Durante la primavera de 1926, consumaron la derrota de Abd el-Krim y la ocupación total del Protectorado.

Lo que no sabían entonces las tropas españolas llegadas por mar era que en su repliegue los rifeños se enfrentaron con las tropas de apoyo y la población española existente en el territorio contra la que cometieron todo tipo de atrocidades: cuerpos de españoles despojados de los más elementales atributos de dignidad. Los restos de los militares del Regimiento Alcántara estaban dispersos en una vasta extensión. De este regimiento, que acudió en socorro de los fugitivos que en su momento buscaban refugio en Melilla, no quedó más que un 10% testimonial de sus jinetes, centenares de monturas habían muerto exhaustas en combate. Emasculaciones, aperturas en canal, vaciado de las cuencas de los ojos, despojo total de sus pequeñas propiedades íntimas o familiares, actos de canibalismo, parrilladas humanas… Esa fue la herencia que muchos españoles recibieron de los rifeños.

El 26 de mayo de 1926, el sangriento Abd el-Krim se rindió a los franceses en la pequeña aldea de Taza. El día anterior había ejecutado a centenar y medio de prisioneros españoles. Tuvo suerte de que la mano del ejército español no le alcanzara.

En un discurso grandilocuente, Primo de Rivera, comparó el desembarco de Alhucemas con Trafalgar y la toma de Túnez en 1535. Grandilocuente o no, aquel éxito militar, logró pacificar Marruecos y le dio al gobierno de Primo el triunfo más espectacular de su mandato. Asimismo, sentó las bases de la política exterior de la Dictadura en el futuro. La voluntad de permanencia en el poder del general Primo de Rivera a partir del año 1925, a pesar de que él mismo había indicado la provisionalidad de su régimen, provino de haber solucionado un problema que había sido la pesadilla de todos los gobernantes españoles desde 1898.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

FONTELA BALLESTA, Salvador. “La Guerra De Marruecos. 1907 – 1927: Historia completa de una guerra olvidada”. Ed. La esfera de los libros.  2017.

CARRACO GARCÍA, Antonio. “Alhucemas 1925. las imágenes del desembarco”. Ed. Almena. 2000.

FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi. “España: 1808-1996. El desafío de la Modernidad”. Ed Espasa. 1998.

[1] Cabila es un término de origen bereber utilizado para designar tanto a las tribus bereberes como al territorio donde se asientan.

Sobre la Transición

Ya hace tiempo hablamos del espíritu de la Transición apoyándonos en la escena final de la película “Solos en la madrugada” de José Luis Garci. https://wordpress.com/post/algodehistoria.home.blog/122

No es el único momento en el que hemos hablado de la Transición, pero sí el más directo. Hoy me referiré con más detalle a aquellos años.

Stanley Paine señala que “la Transición democrática tras la muerte de Franco es el gran éxito político español de la historia contemporánea. Destacó no solamente por su éxito, sino también por su cronología, siendo a la vez la primera ocasión en la historia de Europa en que un régimen autoritario firmemente establecido abrió paso a un sistema genuinamente democrático sin intervención o derrota militar, y también el primer ejemplo de lo que se llamaría “la tercera ola” internacional de la democratización del siglo XX”[1]. Presentó una especie de “modelo español” que sirvió de ejemplo a otros países sobre todo en la Europa del este y en Iberoamérica.

Añade Paine: “Todo tan diferente del “cainismo político” español ampliamente demostrado en su historia reciente”.

La Transición está en la memoria colectiva de los españoles que la vivieron, en la prensa, incluyendo las revistas del corazón, en la narrativa, en el cine, en la música…

Hay dos canciones que destacan sobre las demás “Libertad sin ira” de Jarcha y “Habla, pueblo habla “de Vino Tinto. La primera, convertida en un auténtico himno y cuya letra nos va a servir de guía a esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=LxzLr8RO8AU

  • Dicen los viejos que en este país hubo una guerra/y hay dos Españas que guardan aún, /el rencor de viejas deudas/Dicen los viejos que este país necesita/palo largo y mano dura/para evitar lo peor

La guerra como algo recordado por las personas mayores pero olvidado o sin ganas de rememorar por las generaciones más jóvenes. Tal cosa no ocurrió de la noche a la mañana, el punto de inflexión se suele situar en la España de los tecnócratas, el Plan de estabilización de 1959, la recuperación económica, la creación de una clase media y la prosperidad y nuevas ideas que llegaron a España de la apertura económica, del turismo… La década de los 60 con su desarrollismo fue crucial para entender lo que se produce en la segunda mitad de los 70.

Lo que fue aquella década ya lo explicamos también aquí https://algodehistoria.home.blog/2020/06/19/que-decada-la-de-aquel-regimen/

Todo aquello hizo olvidar el pasado para mirar al futuro. El futuro de un país próspero que no podía consentir, porque su sociedad no lo aceptaba, el inmovilismo. La demanda de apertura, curiosamente para el régimen, no llegó tanto desde la izquierda- salvo la muy honrosa excepción de Comisiones Obreras y algunos grupos en  el exilio- como de los sectores más próximos al régimen, los liberales y los democristianos con espíritu europeísta cuya manifestación más internacional fue el contubernio de Múnich, creando así un desasosiego en un gobierno que apenas empezaba a ser aceptado en determinadas instituciones internacionales y que pretendía ser admitido en la Comunidad económica europea. https://algodehistoria.home.blog/2021/01/22/el-contubernio-de-munich/. La propia Iglesia católica, tras el Concilio Vaticano II, se movía reclamando más libertad. Algunos sectores del régimen comprendieron que era necesaria una apertura que calmara los ánimos y que, sobre todo, estableciera las bases para preparar el futuro cuando Franco, por ley de vida, ya no estuviera.

Con los tecnócratas, además, se produce un esfuerzo enorme en orden a conseguir grandes realizaciones técnicas encaminadas a logar un soporte institucional más sólido por su eficacia. Estas medidas técnicas llevaban aparejadas una disminución de la carga ideológica del régimen y tuvieron un correlato normativo que se plasmó en la Ley Orgánica del Estado de 1966 y la ley sucesoria de 1969. La primera pretendía una ampliación del sistema representativo; reconocimiento de la libertad religiosa, una reorganización del sistema sindical y una separación de la jefatura del Estado y de la jefatura del gobierno, además de una canalización de las tendencias “políticas” mediante una mejora y apertura del asociacionismo político. De aquí nacieron la ley de libertad religiosa; una apertura de la sindicación que, pretendiendo encauzar el sindicalismo vertical, logró, muy a su pesar, la entrada de miembros de CC.OO infiltrados entre aquellos cuadro; la ley de libertad de prensa que, aunque fue atajada poco después por la Ley de secretos oficiales, permitió la salida a escena de periódicos y diversas revistas que cambiaron el panorama informativo español (https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ ). Sin embargo, la ley de asociaciones no logró el cambio esperado, si bien los “aperturistas” dentro del régimen quisieron dar entrada a algo semejante a los partidos políticos, los “inmovilistas”- también conocidos como “el bunker”- se encargaron de aplacar sus esfuerzos, como quedó reflejado en las contrarreformas que cada ley de apertura acababa sufriendo en su tramitación en las Cortes. Los aperturistas se dieron cuenta de que con Franco en el poder nada se podría hacer. Menos aún al mantener el Generalísimo la jefatura del estado y del gobierno bajo su persona hasta 1973, aunque promoviendo en una vicepresidencia al Almirante Carrero Blanco, fiel seguidor de los principios del régimen.

De ahí que, la esperanza de todos los aperturistas estuviera en la figura del “sucesor a título de Rey” del jefe del Estado, es decir, de Don Juan Carlos de Borbón. En un primer momento, su figura levantaba más suspicacias que seguridades. Pero en Don Juan Carlos se daba la convicción de la misión histórica de la dinastía y de la necesidad de superar la guerra civil mediante una reconciliación efectiva entre los bandos contendientes. Realmente, la reconciliación ya se había dado en la sociedad española, donde familias procedentes de bandos diferentes se habían casado, formado familias que convivían en paz, sin revivir el pasado. No habían olvidado a sus muertos, de un lado y de otro, sino que hicieron un esfuerzo generoso por lograr el perdón mutuo.

  • ” Pero yo sólo he visto gente/que sufre y calla/Dolor y miedo/Gente que sólo desea su pan, /su hembra y la fiesta en paz”

Si en algo se esforzó el rey Juan Carlos fue en estimular la reforma política para establecer en España una democracia liberal de corte europeo y hacerlo respetando su juramento a las leyes fundamentales. Esta es la gran hazaña de Don Juan Carlos en lo que Julián Marías llamó “la devolución de España a los españoles”. Volveremos sobre ello.

En 1973, se producen dos acontecimientos que cambian el rumbo de la situación: la subida de los precios del petróleo que determina una crisis económica mundial y, en segundo término, el asesinato a manos de ETA de Carrero Blanco.

Arias Navarro asume la presidencia del Gobierno y, con la intención de estimular la apertura, se dirige a las Cortes con un discurso que se conoce por la fecha en que se pronunció: “el espíritu del 12 de febrero” de 1974. Realmente se sabe que el redactor del mismo fue Gabriel Cisneros, uno de los futuros padres de la Constitución de 1978. Manifestó Arias su intención de crear un estatuto de asociaciones, una ley de Administración local que permitiera “liberalizar y democratizar” la gestión provincial, se buscaba una reforma progresiva de las instituciones y una política tolerante en materia de información.

Pero la situación no era propicia para Arias. Nadie confiaba en su capacidad para convencer a los más conservadores ni para estimular a los más liberales. Pero, si su personalidad y pasado no le hacían la persona más indicada para la transformación que necesitaba España, la situación y algunos sectores lo hicieron imposible. La Iglesia y el nacionalismo incipiente- que se aunaron en la figura del obispo de Bilbao- Añoveros- detenido tras una desafortunada homilía en la que agitaba el avispero vasco fueron fuentes de tensión. Añoveros logró incrementar la tirantez en las ya nada fáciles relaciones entre el Vaticano y el régimen, que venían muy deterioradas por las posiciones transformadoras del Vaticano II y porque la Iglesia española en su fuero interno contenía algunas posiciones moderadas y muchas extremistas, de un lado y otro. Sectores muy tradicionales que no veían con buenos ojos ninguna de las reformas de Roma y radicales de izquierda que, a la luz de esas reformas, quisieron situar sus postulados lejos de la ortodoxia, llegando incluso a crear y proteger en su seno a los terroristas de ETA.

En el verano de 1974, Franco aquejado de una grave tromboflebitis dejó temporalmente la jefatura del Estado al Príncipe Juan Carlos. Algunos pretendían que en esos momentos el futuro rey estableciera acciones aperturistas, pero no era el momento. En septiembre, volvió Franco al poder y a las actitudes reaccionarias que se manifestaron en el cese del ministro Cabanillas, máximo exponente en el Consejo de ministros del aperturismo. Con él diversas personalidades de todos los ámbitos de la Administración dimitieron o fueron destituidos: Gabriel Cisneros, Ricardo de la Cierva, Marcelino oreja, Fernández Ordoñez… Fue la crisis del 29 de octubre que acabó con el espíritu del 12 de febrero.

En el verano de 1975, se inician diversos movimientos en favor de las reformas, internamente muy destacada la acción de Fraga Iribarne, embajador en Londres en aquel momento, que planteó la necesidad de una auténtica reforma política, y, desde las fuerzas situadas fuera del régimen, por la creación de un frente rupturista.

A ellos hubo que unir la crisis económica y un repunte aterrorizador del terrorismo de ETA y también de otros grupos como el Grapo o el FRAP. La durísima represión a los mismos, llevaron al régimen a un completo aislamiento internacional y, en ese momento, Franco ve complicada de nuevo su salud, esta vez de manera definitiva. El príncipe Juan Carlos asume la jefatura del estado por segunda vez. Esta interinidad es aprovechada por el rey Hassan de Marruecos para desencadenar la famosa Marcha verde y la anexión del territorio saharaui unos días antes de la muerte de Franco, que aconteció el 20 de noviembre de 1975.

Hay quien cifra, con acierto, el inicio de la Transición democrática aquel 20 de noviembre, pero no es menos cierto que sin la creación de unas clases medias en los años 60 y el convencimiento general de la sociedad de que la dictadura no podía seguir manteniéndose cómo régimen político, nada hubiera pasado como pasó.

Dos días después de la muerte de Franco, Don Juan Carlos fue proclamado Rey de España, con el nombre de Juan Carlos I. El 14 de mayo de 1977, además, se convirtió en heredero legítimo de los derechos dinásticos de Alfonso XIII, por la renuncia de su padre Don Juan. Este reconocimiento está constatado en la Constitución, al reconocer a Juan Carlos I como depositario de la “dinastía histórica”

El cambio político no sólo vino de la mano del rey, sino que entre las propias fuerzas franquistas existían discrepancias notables, mientras Arias Navarro hablaba de evolución dentro de los principios fundamentales y del legado franquista; Fraga, Areilza y Garrigues, los más dinámicos, señalaban abiertamente a una reforma. En los primeros meses de 1976 Arias seguía al frente del gobierno, pero sus pasos hacia la apertura fueron tan timoratos que sólo logró decepcionar a todo el mundo. Con todo, reconoció la existencia de partidos políticos, pero con el veto a aquellos que estuvieran sometidos a un mandato internacional, es decir, el partido comunista. Socialmente, fue una época de estallidos callejeros, de huelgas, de violencia, de devaluación de la peseta, de inflación… Toda esta inestabilidad peligrosísima para el futuro de España fue atajada con la consabida oscilación de Arias en sus decisiones: unas veces permisivo, otras, represor con toda rigurosidad. Así, el 3 de marzo, se produjeron violentos enfrentamientos en Vitoria entre policía y huelguistas. La durísima represión de la que fue partícipe Manuel Fraga fue el fin del reformismo vacilante y ambiguo del gobierno Arias y, además, se comprometió de manera decisiva la imagen liberal de Fraga. La oposición señaló la ruptura de todo acercamiento al gobierno. El rey se sentía decepcionado. El 1 de julio forzó la dimisión de Arias. Parecía que sin Arias sólo quedaba la ruptura, sin opción a la reforma. Pero no fue así.

  • Libertad, libertad sin ira libertad/guárdate tu miedo y tu ira
    porque hay libertad, sin ira libertad/y si no la hay sin duda la habrá.

Cuando todo el mundo pensaba en Areilza para suceder a Arias, incluso en Fraga, ni uno ni otro entraron en la terna preceptiva que el presidente de las Cortes, Fernández Miranda, según la legislación del momento, presentó al Rey. Los elegidos fueron: Silva Muñoz, López Bravo y Adolfo Suárez.

El 7 de julio, el rey designó a Suárez. La designación de Suárez fue recibida con sorpresa y decepción. Se le veía como un continuador procedente del Movimiento sin ser la persona adecuada para logar el cambio que se requería y demandaba la sociedad. Se habló incluso del “error Suárez” en consonancia con el “error Berenguer” en palabras de Ortega y Gasset para definir al presidente del Gobierno elegido tras la dictadura de Primo de Rivera.

Sin embargo, los agoreros se equivocaron. Visto a posteriori los resultados de la política de Suárez fueron extraordinarios. No fue una obra suya en exclusiva, sino que, en un símil, podríamos decir que el arquitecto jefe fue el rey Juan Carlos, el diseñador del entramado Torcuato Fernández Miranda y el ejecutor de la obra, Adolfo Suárez.

Es de destacar la figura de Fernández Miranda, profesor de derecho político del Rey, presidente de las Cortes lo que conllevaba la presidencia del Consejo del Reino. Fernández Miranda es el redactor de la Ley para la reforma política. Con su enorme conocimiento jurídico posibilitó el transcurrir desde la dictadura a la democracia sin saltarse la ley- “de la Ley a la Ley”- lo que es una de las más admirables obras de aquella Transición. La ley consta sólo de cinco artículos y tres disposiciones transitorias y, con tanta brevedad y sencillez, se logró algo extraordinariamente importante. Su redacción suponía una notable alteración del ordenamiento vigente: reconocía los derechos fundamentales de la persona como inviolables (artículo 1), confería la potestad legislativa en exclusiva a la representación popular (artículo 2) y preveía un sistema electoral inspirado en principios democráticos y de representación proporcional- posteriormente, en 1977, por Real se reguló el procedimiento para la elección de las Cortes, estableciendo el sistema D’Hondt y la financiación estatal de los partidos políticos.

Fernández Miranda logra con gran habilidad que las Cortes franquistas se hagan el “hara-kiri” aprobando la Ley para la reforma política. Simplificó el procedimiento de tramitación parlamentaria de modo que fueran las Cortes reunidas en Pleno las que decidieran aprobar la norma o rechazarla; enfrentándose, en el segundo caso, a un caos político-institucional indescriptible. Se eligió a Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange, para defender la ley en la tribuna de oradores, buscando reducir las reticencias de los diputados más próximos al franquismo. Los diputados conocían de sobra la voluntad del pueblo, la del Rey, la de la oposición e incluso la de la Iglesia y la tesitura comprometida del Gobierno. Se sabían observados por todo el orbe y no quisieron cargar con la responsabilidad de abrir una crisis constitucional de enorme envergadura. Sin Fernández Miranda no se hubiera logrado la Transición tal y como la conocemos, y su persona, como la de tantos otros insignes personajes de la Transición, se merece un reconocimiento que España aún no le ha dado.

El 15 de diciembre de 1976, la reforma política era aprobada por abrumadora mayoría del pueblo español sometido a referéndum.

Precisamente como parte de la campaña del mismo se hizo popular la canción de Vino Tinto: “Habla, pueblo habla” que es toda una incitación a ejercer los principios democráticos y el voto. https://www.youtube.com/watch?v=3ydVeaQbaqw

Con anterioridad, el 30 de julio, el Gobierno, con el apoyo de la mayor parte de la oposición, desde luego del PSOE y del PC, porque fue Alianza Popular la que votó en contra, había concedido una amnistía que permitió la liberación de todos los que se consideraban presos políticos, ampliada posteriormente (1977) hasta incluir a los presos terroristas. Aquella ley de amnistía es una de las mayores demostraciones de perdón y concordia que nos dimos los españoles, cualquier paso en contra de la misma es un desafuero. Poco después suprimió el Tribunal de Orden Público. En septiembre se autorizó la celebración de la diada catalana. En enero de 1977, se legalizó la bandera vasca. En febrero se modificó la Ley se Asociación Política, para permitir los partidos políticos y el 9 de abril llevar a cabo la legalización del PC. Al tiempo se deshacía la Secretaría General del Movimiento y Sindicatos (verticales). En marzo se aprobó la ley de Asociación sindical que restablecía la libertad sindical y legalización de los sindicatos.

Suárez era consciente de que nada se lograría sin el consenso y la aportación de todos. Por eso se reunió con toda la oposición logrando dividirla entre sí y unirla a su proyecto. Se reunió con Felipe González para revisar y lograr acuerdos institucionales que paralizaran las protestas que los socialistas apoyaban en la calle. Felipe declaró que la reforma de Suárez “podría suponer la liquidación del autoritarismo “. Se reunió con Tierno Galván. Con Santiago Carrillo, cuando aún no se había legalizado el PC para logar esa legalización. Eso era lo que más le importaba al líder comunista, pues sabía que su legalización había sido vetada por los sectores más tradicionales, de ahí que moderara sus manifestaciones y se inclinara hacia la defensa del eurocomunismo, como hacían los partidos comunistas de Francia e Italia, alejándose de la ortodoxia de obediencia a las internacionales y a la URSS, se abrazara a la bandera nacional y se sintiera muy cómodo con la monarquía de D. Juan Carlos. Sabía que, si no era legalizado, no podría participar en las primeras elecciones y dejaría toda la izquierda en manos del PSOE, cosa que, de todos modos, casi ocurrió. Suárez se reunió con Tarradellas, presidente de la Generalidad catalana en el exilio, del que consiguió, por la habilidad política de éste, el encauzamiento de los nacionalistas catalanes en el marco de la reforma emprendida. Se reunió con los democristianos, con la Iglesia, y, sobre todo, con el Ejército. El 8 de septiembre de 1976 transmitió a los altos jefes militares del país la esencia de la reforma política y les solicitó su apoyo por razones patrióticas. No todos eran favorables, por ejemplo, el general Díaz de Mendívil, vicepresidente del Gobierno, que dimitió por no estar de acuerdo con la legalización de los comunistas. Fue sustituido por Gutiérrez Mellado, liberal y reformista, su presencia en el gobierno fue una garantía para el Ejército y un considerable refuerzo a la reforma democrática.

De este modo, liberales, demócratas-cristianos, socialdemócratas, socialistas y comunistas aceptaron participar en las siguientes elecciones. Adolfo Suárez, formó su propio partido – Unión de Centro democrático (UCD)-. Las elecciones se celebraron el 15 de junio de 1977. El despliegue de propaganda fue fabuloso. Los partidos políticos no dejaron rincón ni medio por el que pedir el voto- Recuérdese a este respecto la magnífica obra de Miguel Delibes “el disputado voto del Sr. Cayo”-. Votó el 79,24% del electorado. Las elecciones fueron el triunfo de la moderación. Suárez ganó aquellas primeras elecciones democráticas con el 34,44% de los votos y 165 diputados, y formó gobierno.

Dos problemas aparecían frente al gobierno. De un lado el problema económico para lograr reducir la inflación, el desempleo y el déficit comercial. El encargado de llevar a cabo aquella importantísima y dificilísima tarea fue el vicepresidente para Asuntos Económicos Fuentes Quintana. Además, contó con el apoyo del ministro de Hacienda Fernández Ordoñez al que se le encargó realizar una importante reforma fiscal. Pero todos sabían que ningún fruto se obtendría sin un drástico plan de austeridad y esto fue lo que se negoció en los llamados Pactos de la Moncloa, de los que ya hablamos en su día: https://wordpress.com/post/algodehistoria.home.blog/308

En segundo lugar, el Gobierno necesitaba dar una respuesta a las autonomías que se reclamaban desde los sectores nacionalistas y desde una buena parte de la izquierda. Consiguió gracias a la habilidad de Tarradellas reconocer la existencia de la Generalidad catalana, adelantándose a las pretensiones de Pujol, al que Tarradellas no tenía en gran simpatía. No tuvo un interlocutor igual en el País Vasco. Pero al problema nacionalista se le intentó dar solución mediante su encaje constitucional, si bien, visto con la perspectiva actual y recordando al presidente Calvo-Sotelo, los nacionalistas siempre quieren más y no hay forma de contentarlos.

Las cortes nacidas de las elecciones de 1977 tuvieron desde el principio carácter constituyente

La Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas del Congreso de los Diputados nombró una ponencia que elaboró el proyecto de Constitución. Sus ponentes, conocidos como “padres de la Constitución” fueron: -por UCD- Gabriel Cisneros, José pedro Pérez-Llorca y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón; – por el grupo catalán- Miguel Roca i Junyent; -por Alianza Popular- Manuel Fraga; por el PSOE- Gregorio Peces-Barba; y- por el PSUC- Jordi Solé Tura. La base fundamental del texto se fundamentaba en la tradición española, en buena parte reflejada en la Constitución de 1812, y en el constitucionalismo continental europeo, esencialmente en la Ley fundamental de Bonn.

A ellos hay que unir como redactores del preámbulo a Enrique Tierno Galván apoyado por Donato Fuejo Lago, Raúl Modoro, Enrique Linde y Pablo Lucas Verdú

El anteproyecto se discutió en la Comisión y fue posteriormente debatido y aprobado por el Congreso de los Diputados de donde pasó al Senado. Las discrepancias entre ambas en una Comisión Mixta Congreso-Senado, que elaboró un texto definitivo. Este fue votado y aprobado en el Congreso por 325 votos a favor, 14 abstenciones y 6 en contra. Hubo 5 diputados ausentes. También obtuvo amplísima mayoría a favor en el Senado. El Proyecto de Constitución fue sometido a referéndum el 6 de diciembre de 1978, refrendado por el 87,78% de los votantes. La Constitución fue sancionada el 27 de diciembre por el rey y publicada en el B.O.E el 29 de diciembre.

Se aprobaba así un texto que se constituía en la norma suprema del ordenamiento español, que sigue vigente tras 44 años de existencia habiendo dado algunos de los mejores, más próspero y pacíficos años de convivencia en España.

Con su entrada en vigor se considera culminado el proceso de la Transición. Pero lo decisivo es que gracias a aquel proceso se alcanzó la democracia y la libertad. Es la primera vez, como señala Julián Marías[2], que se ofrece a los españoles un “estado como piel”, no un “estado como aparato ortopédico”- siguiendo a Ortega y Gasset-. Pero Marías teme la prepotencia, el abuso del poder y la visión única que nos devuelva al aparato ortopédico. La democracia se tiene, pero hay que defenderla con valentía. Hace falta coraje, imaginación y voluntad de defender lo que somos, lo que hemos sido y lo que debemos seguir siendo, sin complejos.

BIBLIOGRAFIA

MARÍAS, Julián. “España inteligible. Razón histórica de las Españas”. Alianza Editorial. 2019.

CARR, Raymond y FUSI, Juan Pablo. “España de la dictadura a la democracia”. Ed. Planeta. 1979

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983

DOMINGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed Marcial Pons. 2020.

MOA, Pio, “La transición de Cristal “. Libros libres. 2010. Con prólogo de Stanley G. Payne.

[1] Stanley G. Payne. Prólogo a “La Transición de Cristal” de Pío Moa. Ed libros libres. 2010

[2] Julián Marías. “España inteligible. Razón histórica de las Españas”. Alianza Editorial. 2019

La División Azul

Dentro del estudio de la II Guerra Mundial, muy poco se ha escrito sobre la División Azul. Lo que contrasta con los miles de líneas redactadas sobre las brigadas internacionales, por señalar un ejemplo con el que tiene muchas similitudes.

Si de las brigadas internacionales se ha escrito muchísimo (aquí tuvimos una entrada al respecto https://algodehistoria.home.blog/2020/12/10/la-brigadas-internacionales-mito-o-verdad/ ), casi siempre hagiografías sobre el valor de sus miembros, algunas bastante exageradas, otras más ponderadas; sobre la División Azul hasta hace relativamente pocos años se había escrito poco. Cuando si de valor hablamos, no fue menor el de los divisionistas y si nos referimos a su eficacia en el combate nos sorprende un dato, según Castells, habrían muerto 10.000 brigadistas, frente a 5.000 divisionarios, proporción increíble, y sorprendente por cuanto la permanencia de los divisionarios en el frente parece haber sido más constante que la de los brigadistas, y el frente ruso, desde luego, mucho más duro.

Sobre la División Azul todo el mundo cree saber y, sin embargo, lo que algunos saben procede de la propaganda de ambos bandos. En los últimos años han aparecido algunos libros interesantes que nombraremos aquí y que permiten una visión más objetiva de aquellos soldados. Recomendamos, con toda modestia, que los lean los que supuestamente les rinden homenaje y, después, los comentaristas contrarios a esos homenajes.

Empecemos por el principio, el contexto en el que se produce su formación.

Con la Guerra Civil recién terminada, el 1 de abril de 1939, tras la victoria Nacional, los alemanes empiezan a presionar a Franco para que se implique en la II Guerra Mundial (en adelante IIGM). No lo hace sólo con España; Italia, que ya le era favorable, entra en guerra al lado de los alemanes el 10 de junio de 1940, aún no se había firmado el pacto tripartito que formaría el eje, pero faltaban pocos meses para ello- 27 de septiembre de 1940-. Ante las presiones, España intenta evadir su presencia en la II GM con una maniobra que podíamos llamar de distracción, pasó de país neutral a país no beligerante el 12 de junio de 1940. No conformes con esto, se produce la reunión de Franco con Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Es conocido que Hitler acabó harto de Franco, al que no sacó nada. Ni una base en Gibraltar ni en Canarias como quería el alemán.

 El 22 de junio de 1941, como ya vimos en la entrada sobre el pacto Ribbentrop- Molotov ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/ ) se inicia la operación Barbarroja, por la cual el ejército alemán invade Rusia.

De cara a esa invasión, los alemanes crearon tres cuerpos de ejercito: norte, centro y sur, compuestos por alemanes y por nacionales de países favorables a Alemania o bien por aquellos recién invadidos. Serrano Suñer convence a Franco de mandar un ejército de voluntarios que formara parte del cuerpo sur del ejercito hitleriano, pero el gallego pone la condición de que quedara claro que luchaban contra el comunismo, no contra ningún país. Pretendía con ello salvaguardar la no beligerancia española y saldar la deuda con Hitler por la ayuda prestada durante la Guerra Civil. El consejo de ministros de 26 de junio de 1940, aprueba mandar una división (unos 14.000 soldados) al frente, y así se lo hacen saber al embajador alemán en España. Su estancia en el frente se extiende hasta que Franco da la orden de repatriación 12 de octubre de 1943. En esos años y con los relevos sucesivos lucharon en el bando alemán contra el comunismo 50.000 voluntarios de los cuales 5.000 perdieron la vida.

Aquella división se denominaría en España » división española de voluntarios”; los alemanes la denominaban «250 división de infantería de Wehrmacht». Fue José Luis Arrese (falangista y uno de los grandes teóricos del franquismo en sus primeros tiempos) el que la bautizó como «División Azul», según señala José Luis Rodríguez Jiménez.

Los voluntarios salieron sobre todo de las filas del maltrecho ejército vencedor y de la Falange. En este punto encontramos cierta controversia en la historiografía.  Algunos autores indican que junto con los voluntarios se marcharon republicanos reclutados a la fuerza. Los cuales, a su vez, tenían intención de pasarse al bando soviético en cuanto llegaran a Rusia. Carlos Caballero Jurado, uno de los mejores estudiosos de la División Azul, sostiene que esta presunción es absurda: «Esta afirmación desafía el sentido común. Es bochornoso que se siga planteando. La División Azul no hubiera sido una fuerza combatiente si reclutas a comunistas para llevártelos a Rusia a luchar contra otros comunistas«. En su libro sobre la División Azul, en diversas conferencias y entrevistas sostiene que esta teoría de traslados forzosos “la pusieron en marcha los ingleses y su propaganda, la BBC. Cuando acaba la guerra, Samuel Hoare, el embajador británico en España, publica un libro donde asegura que todas las afirmaciones de que los divisionarios eran carcelarios eran falsas«. La tergiversación británica, también la ha puesto de manifiesto Xavier Moreno Juliá en su libro sobre la División Azul.

También desmiente que muchos de los integrantes de la División Azul se marchasen a la URSS porque la hambruna que padecía España era insostenible: «Estamos hablando del frente del Este, donde hacía un frío enorme y se morían de frío de manera tan numerosa, que causaba escándalo. El cuartel más horroroso de España era mejor que cualquier trinchera en Rusia«.

Los soldados de infantería españoles salieron de España hacia Alemania en tren, bajo las órdenes del General Muñoz Grandes. Aunque en Alemania se separaron por un lado la infantería, por otro la aviación y un tercer grupo formado por un número poco significativo de marinos españoles integrados en las tripulaciones de los U-Boot de la marina alemana.

Sobre el motivo que los llevó a alistarse, Caballero Jurado señala su ferviente anticomunismo. Que se exacerbó tras el mitin de Serrano Suñer en Madrid y su ¡Rusia es culpable! Culpable de la Guerra Civil española, culpable de la persecución a los católicos durante la II República y la Guerra.

Evidentemente, nadie puede negar que compartieron trincheras con los nazis, pero no es menos cierto que “en una guerra como la IIGM se libran muchos conflictos simultáneamente«, afirma Carlos Caballero Jurado. «En las filas del Eje, Finlandia no combatía por lo mismo que Alemania. Los divisionarios van a Rusia por un motivo muy concreto, que es su anticomunismo. Claro que lucharon en un bando en el que se cometieron crímenes espantosos ¿Pero eso les hace responsables?  A cada uno hay que analizarlo en función a sus objetivos«. Y añade Caballero: «No lucharon por Hitler, porque también lo podían haber hecho en la campaña de Francia, en Polonia, en África o en los Balcanes. Solo se ofrecen voluntarios contra Stalin«. No obstante, unos mil españoles quedaron encuadrados en unidades clandestinas del ejército nazi tras la retirada de la División Azul. Algunos de ellos, en torno a dos centenares, sí resistieron por convicciones ideológicas, el resto, por circunstancias bélicas, según Caballero Jurado.

Los españoles se distinguieron por su valentía en la guerra y fueron condecorados muchos de ellos por los alemanes, sin embargo, también tuvieron encontronazos con las fuerzas hitlerianas por un motivo esencialmente: por confraternizar y ayudar a la población rusa lo que incluía a los judíos.

Hay reportajes del momento, en el que se aprecia como los españoles ayudaban a limpiar las iglesias que los rusos estalinistas habían convertido en establos y las devolvías, con alegría de la población, al culto. Sólo esa lucha contra el comunismo y en favor de la fe mancillada en España fue el motivo de aquella empresa. Una “cruzada contra el comunismo”.

De aquella presencia española caben destacar algunos actos de la aviación, de la infantería y la situación de aquellos que fueron hechos prisioneros.

España contaba con importantes figuras de la aviación que demostraron su destreza durante la Guerra Civil en ambos bandos.

Algunos de aquellos combatientes del bando nacional fueron a luchar contra los rusos bajo la bandera del ejercito hitleriano. “Así nacieron las Escuadrillas Azules: un total de cinco grupos que combatieron, de forma escalonada, desde junio de 1941 hasta marzo de 1944 en el frente del Este junto a la Luftwaffe. Lo que se suele obviar es que el contingente reclutado no contó solo con pilotos, sino también con personal de tierra como conductores de vehículos, mecánicos o armeros. Todos ellos, necesarios para que los aparatos pudiesen operar en condiciones óptimas en una Rusia en la que el frío extremo era lo habitual.

El signo de distinción de las Escuadrillas fue lo ideologizados que estaban sus miembros. El Ejército del Aire había estado muy politizado ya antes de la Guerra Civil. Los comunistas tuvieron gran importancia en él. Cuando terminó la contienda, en el Bando Nacional fueron los falangistas los que ocuparon la mayoría de los puestos. Ángel Salas creó todo el “establishment” de las Escuadrillas Azules. Eligió personalmente a los voluntarios y uno de los requisitos principales era ser camisa azul y, a ser posible, camisa vieja”, explica el historiador José Antonio Alcaide[1]

La 1ª Escuadrilla Azul, al mando del mito español de la Aviación Nacional Ángel Salas Larrazábal, llegó al frente del Este en junio de 1941. Fueron asignados a acabar con objetivos terrestres y, en principio, en situación poco destacada, lo que podría determinar que no fueran muy importantes en la lucha. Sin embargo, lograron objetivos importantes y alguno de los nuestros, el propio Salas y otros como Gonzalo Hevia Álvarez-Quiñones llegaron a ser condecorados por su valentía y acierto en el combate, siempre contra objetivos comunistas.

Pero, donde más se ha renombrado la presencia española fue en el avance terrestre en el frente del Este, en medio del frío, del hielo y del barro del deshielo.  Su valiente actuación ha sido puesta de manifiesto por Xavier Moreno. La División Azul constituía, por sus dimensiones, sólo una parte mínima de los ejércitos desplegados en el terrible frente ruso y, a pesar de ello, tuvo un comportamiento militar más que notable, brillante. En reconocimiento a su acción colectiva, su primer general, Muñoz Grandes, recibió la Cruz de Hierro con hojas de roble, condecoración que al parecer sólo fue concedida a otro general no alemán.

Tanto Hitler como Model consideraron a la DA una de las unidades mejores de la Wehrmacht, apreciación significativa no sólo por las pretensiones de superioridad de los «arios», sino porque los especialistas suelen considerar al ejército alemán de la II GM como uno de los mejores de la historia.

Evidentemente, los rusos no piensan igual y declararon a Muñoz Grandes, criminal de Guerra.

De entre las batallas en las que se batieron los españoles destaca la acontecida en la región de Krasny Bor (al sur de San Petersburgo) cuando el ejército soviético inició la Operación Estrella Polar; el avance masivo para romper el asedio al que la Wehrmacht sometía Leningrado. El 10 de febrero de 1943 se inicia el combate. Los rusos apoyados por unos ochenta tanques, unas 150 baterías y un número indeterminado de lanzadoras de proyectiles. Frente a ellos apenas había 5.900 españoles cuya misión era frenar a los carros de combate y evitar que atravesaran la línea que conducía hasta donde estaba el grueso del ejército alemán. Las tripulaciones de los blindados soviéticos se negaron a lanzarse contra las posiciones enemigas sin que la infantería avanzara delante de ellos, lo que permitió a los hispanos formar una línea defensiva que, cuando los rusos entendieron que era imposible de romper, se retiraron a lugar seguro. “En este contexto, los españoles fueron capaces de anular la ventaja que, para sus enemigos, suponían los tanques” a decir de Caballero.

Todos los españoles lucharon con bravura, pero entre ellos Xavier Moreno destaca dos figuras, la del Cabo Ponte que arriesgando su vida logró colocar varias granadas debajo de los carros soviéticos, y la del capitán Manuel Ruiz de Huidobro y Alzurena el cual animó a sus tropas a mantener las posiciones en momentos dificilísimos. Al grito de “¡Que somos españoles!, ¡Que esto no es nada!, ¡Que por aquí no pasan!”, logró una resistencia inenarrable hasta que cayó muerto por una bala enemiga. Sus tropas mantuvieron la disciplina y el aplomo con una resistencia heroica hasta agotar la munición.

Ambos recibieron la laureada de San Fernando a título póstumo.

No menos heroica fue la acción de rescate emprendida por los españoles en el lago Ilmen. Con los alemanes derrotados y el único apoyo de un grupo reducido de letones, los esquiadores de la división azul, atravesaron el lago helado y resistieron ante unos rusos mucho mejor equipados. Apenas quedaron 12 españoles indemnes, los demás sufrieron amputaciones en extremidades o cayeron congelados. El día 25 de enero, la conversación mantenida por radio entre el general Muñoz Grandes y el capitán Ordás pone de manifiesto, nuevamente, la dureza de la batalla:

General: Dime, ¿Cuántos valientes quedan?

Capitán: Señor quedamos 12 combatientes. ¡Viva España!” 

Los actos de valor no miran el color político de sus protagonistas ya sean los de los republicanos que se enfrentaron a los Panzaer de Rommer en el norte de áfrica combatiendo con los aliados, o los aquí presentados.

Después de aquellas épicas acciones  españolas,  los rusos capturaron a una buena parte de los voluntarios españoles que defendían aquellos lugares y los deportaron a sus campos de concentración. Los miembros de la División Azul vivieron una auténtica pesadilla a cargo de sus captores. Trabajos forzados, hambre, frío… Así, hasta que fueron repatriados tras la muerte de Iósif Stalin.

Xavier Moreno Juliá afirma que el paso de los miembros de esta unidad por los campos de concentración soviéticos puede dividirse en tres etapas. La primera, llamada “los años del hambre”, abarca desde 1941 a 1945 y se corresponde con la más dura. En esta fase, la falta de comida y las enfermedades fueron la tónica habitual. En la segunda (1946-1948) las cosas mejoraron, quizá por las negociaciones entre ambos gobiernos para favorecer la liberación de los presos. La última, aquella que se desarrolló entre 1949 y 1956, fue conocida como “los años de resistencia” antes del regreso a la patria.

Gustavo Morales, coautor de “División Azul: las fotografías de la Historia” junto a Luis Eugenio Togores, señala que, en aquellos campos, especialmente en los de Kazajistán también convivieron los divisionarios con algunos ex republicanos que habían ido a luchar en las filas rusas y que, en vez de ser aceptados, acabaron encerrados con sus mujeres e hijos, muertos de hambre. Tal era la situación que muchos divisionarios renunciaron a sus míseras comidas para dárselas a aquellos niños españoles maltratados por los rusos. También recíprocamente los republicanos ampararon humanitariamente a los divisionistas. En ambos bandos hubo excepciones a esta actuación, sin embargo, por lo general, la nacionalidad supero a la ideología.

Muerto Stalin, los divisionistas vuelven a España; el dos de abril de 1954 desembarcaron en Barcelona. El Gobierno de Franco, ya vuelto hacia los aliados, prefirió olvidarse de ellos.

Había terminado un cautiverio de doce años, a treinta bajo cero en invierno, con una comida escasa y un trabajo en régimen de esclavitud y bajo la brutalidad de los guardianes de los campos de concentración comunistas, como señala Morales. Volvían a casa bajo la indiferencia del Gobierno y, en algunos casos, con la incomprensión de los suyos.

Bibliografía:

Rodríguez Jiménez, José Luis. “Ni División Azul, ni División española de voluntarios: el personal forzado en el cuerpo expedicionario enviado por Franco a la URSS”. Nº 31 Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea. (2009).

Caballero Jurado, Carlos. “La División Azul: Historia completa de los voluntarios españoles de Hitler. De 1941 a la actualidad” (Historia del siglo XX). La esfera de los libros. 2019.

Moreno Juliá, Xavier.  “La División Azul. Sangre española en Rusia, 1941-1945.” Ed. Crítica, 2004.

Gustavo Morales y Luis Eugenio Togores. “División Azul: las fotografías de la Historia”. Ed La esfera de los libros. 2008.

https://www.abc.es/historia/abci-division-azul-unidad-voluntarios-franco-mando-guerra-mundial-para-combatir-comunismo-201811041414_video.html

https://www.rtve.es/alacarta/videos/archivo-historico/division-azul-espanola/2917954/

[1] José Antonio Alcaide.” Alas de España, Escuadrillas expedicionarias españolas en Rusia”. Ed. La espada y la Pluma. 2008.  y entrevista al autor en la revista “Tiempos modernos”

EL CONTUBERNIO DE MÚNICH

Tras el final de la II Guerra Mundial, muchos políticos europeos consideraron que había que realizar un movimiento paneuropeísta a fin de dirimir amistosamente las diferencias que surgieran entre los países europeos, en vez de recurrir a enfrentamientos armados que tantos disgustos habían dado. Aquel movimiento, del que Churchill fue uno de sus primeros impulsores, defendía los principios de la democracia liberal. Ya lo vimos en las entradas sobre la creación de una conciencia europea https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/

Pero Churchill no fue el único, en toda Europa existían otra serie de movimientos con la misma finalidad europeísta: el liberal, el socialista, el federalista y el demócrata-cristiano. En la confluencia de esas ideas se van construyendo las instituciones europeas. Así, en 1949, se crea el Consejo de Europa. En 1951, ve la luz la CECA; su tratado constitutivo fue firmado por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos. En 1957, se firman, en Roma, el tratado que crea el Mercado Común y el que da lugar al EURATOM.

Mientras tanto, en España, se intenta salir del aislamiento al que estábamos sometidos tras el final de la II Guerra Mundial con tres acuerdos, todos ellos de 1953: en enero, España se incorpora a la UNESCO; en agosto, se firmó el concordato con la Santa Sede, y, en septiembre, se firma el Tratado de Amistad y Cooperación con los EE. UU (que realmente eran tres tratados, entre los que se permitía la presencia de bases americanas). A cambio, España, empezaba a ser considerada parte del mundo occidental.  Al mismo tiempo, surgen en España los primeros grupos europeístas a la luz de lo que se estaba produciendo en Europa. Aquellos movimientos que, evidentemente, buscaban una apertura del régimen, estando muy mal vistos por el franquismo como era lógico, aunque no fueron perseguidos de manera inmediata entre otras razones porque su grupo más activo estaba vinculado a la Iglesia Católica y a la Asociación Católica de Propagandistas. Hubo un segundo grupo, más en la clandestinidad, que también tuvo cierta fuerza en aquel movimiento europeísta. Se formó en la Universidad de Salamanca y entre sus miembros destacaba el profesor Enrique Tierno Galván.

Pero son los primeros, en torno a la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), los que de verdad movilizan a un numeroso grupo de personas. Tuvieron la astucia de nacer como asociación cultural, aparentemente sin vinculación política, lo que les permitía una mayor desenvoltura.

El gobierno no quería ni oír hablar del movimiento europeísta ni del Mercado Común; de hecho, el mismo Franco, en el discurso de Navidad de 1956, manifestó que la idea de una unión europea estaba llamada al fracaso. Sin embargo, en mayo de 1957, crea una comisión con forma de oficina de información que ha de estudiar cómo afectan los acuerdos europeos el régimen. Poco después, en 1959, el plan de estabilización de los tecnócratas requería un cambio de rumbo económico lo que obligaba a una cierta apertura al exterior. Con esa perspectiva, España logra entrar en lo que hoy son el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.

Igual que el régimen evoluciona, las asociaciones europeístas también lo hacen pasando de meras asociaciones culturales a grupos políticos. Especial cambio sufre la AECE de los propagandistas cuando es nombrado presidente de la misma José María Gil Robles y se unen a ella no sólo los democristianos sino también ciertos sectores liberales y algunos socialistas. Esta asociación se pone en contacto con los españoles en el exilio, pero excluyendo a los comunistas. Ni los Comunistas estaban bien vistos en Europa ni ellos veían con buenos ojos la comunidad europea que se fraguaba. Además, los socialistas no querían que se les asociara con ellos. Este grupo de europeístas españoles, del interior y del exterior, habían previsto un primer encuentro en Mallorca, que poco tiempo antes de que se produjera fue suspendido por orden gubernativa. Todos los actores de aquel tiempo coinciden en que fue la ceguera del Ministro de Gobernación lo que hizo fracasar aquella reunión y dio lugar a la convocatoria de una reunión de los movimientos europeístas españoles en el marco del propio Movimiento Europeo, que había de celebrar su IV Congreso en el mes de junio de 1962 (del 5 al 8 de junio), en la ciudad de Múnich.

En una de las aparentes contradicciones del régimen, el 9 de febrero de 1962, España solicita la apertura de negociaciones para entrar en la CEE. Realmente, aquello no era más que una concesión formalista de Franco a los empresarios españoles que clamaban por una mayor apertura al exterior, pero el Caudillo no tenía ningún interés en entrar en el Mercado Común, ni los miembros del tratado de Roma de que España entrara, por eso rechazaron la solicitud española.

Mientras tanto, seguía en marcha la organización de la participación española en el congreso de Múnich. Salvador de Madariaga que representaba a los liberales españoles exiliados y llevaba la dirección de la participación española en Múnich se encargó de lograr el apoyo de los organizadores, especialmente de Robert Van Schendel, Secretario General del Movimiento Europeo desde 1955, que trabajó al lado de los eminentes y míticos padres de la Europa Unida, como Robert Schuman, Walter Hallestein, Jean Rey, Maurice Faure y que conocía perfectamente toda la problemática del europeísmo español. En el interior, fue José María Gil-Robles quien asumió la responsabilidad de coordinar la asistencia y los trabajos para el congreso, en unas condiciones nada fáciles. Ambos contaron con varios colaboradores en la organización: Gorkin, antiguo miembro del PROUM, como conseguidor de fondos- fue la CIA la que estaba interesada en aquel congreso y la que aportó los fondos para los viajes y las estancias en Múnich-. Fue Enrique Adroher, conocido como Gironella, el dirigente socialista que negoció con Gil Robles la estructura de la representación. Querían que fuera numerosa- más de 100 personas- que hubiera más representantes del interior que del exterior y que del interior abundaran los representantes de la derecha y, por supuesto, la ya mencionada inasistencia de comunistas. Fue José Vidal Beneyto el encargado de coordinar y enlazar el interior y el exterior. El reclutamiento interior vino de la mano de Beneyto y de Fernando Álvarez de Miranda, entre otros. Se buscaron representantes de la Iglesia, de la banca, del ejército. Asistieron miembros de la Asociación Católica de Propagandistas, de Acción Católica, de la banca, hasta falangistas como Dionisio Ridruejo. Pero no aceptaron ir los representantes del Opus Dei. Al final la delegación española contó con 118 representantes, 80 de los cuales fueron del interior y el resto del exterior. Aquí se puede consultar el listado de participantes (si bien en este listado realizado en el aniversario del congreso se omite por error 4 nombres): http://www.movimientoeuropeo.org/contubernio-de-munich/

Los representantes españoles parten para Múnich cuando había estallado una huelga en la minería asturiana secundada por obreros de otros lugares, destacando los conflictos en el País Vasco, lo que provocó la declaración del estado de excepción en ambas regiones.

Evidentemente, el régimen, conocedor del congreso, no se estuvo quieto y presionó a los organizadores y al gobierno alemán para que la delegación española no tuviera participación activa en el congreso. Incluso enviaron a espías franquistas a Múnich con el fin de tener información de primera mano de lo que allí ocurriera. Se dice que una de las cosas que más inquietó y enfadó al tiempo a Franco fue la presencia de Dionisio Ridruejo, uno de los falangistas de la primera hora y responsable de la propaganda del bando franquista en la Guerra Civil, en aquel cónclave europeísta.

Al llegar a Múnich los congresistas hispanos se dividieron en dos grupos de trabajo, uno del interior y otro con los del exterior. Esto desconcertó a los participantes pues creían que iban a estar en una reunión conjunta. Se hizo así para mitigar una posible tensión al reunir a personas que unos años antes habían estado combatiendo en bandos enfrentados. Sin embargo, los intercambios entre congresistas fueron constantes y tras los primeros acuerdos entre cada sector se produjo la ansiada reunión conjunta. De ella salió un texto común que, en resumen, defendía el compromiso de luchar por la instauración en España de instituciones representativas y democráticas; la efectiva garantía de los derechos humanos; el respeto a las libertades individuales con especial mención a la de expresión, reunión, asociación, sindicales, la posibilidad de organizar corrientes de opinión y partidos políticos.

Aquel texto tropezó en un primer momento con un punto de fricción al insistir los socialistas en que figurara la república como forma política de Estado. Los monárquicos no podían aceptar esta propuesta. Joaquín Satrústegui, miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona -también Gil Robles lo era- consiguió convencer a los socialistas de que aceptaran como forma de Estado la monarquía democrática y parlamentaria al haber sido un poder neutral durante la guerra. El Rey se había marchado y su hijo y heredero, don Juan, no era partidario del franquismo. La república y los republicanos habían sido uno de los bandos de la guerra y establecer la república como forma de Estado era querer imponer una victoria después de haber sido derrotados y eso no podían aceptarlo los representantes del interior. Al final, Rodolfo Llopis – representante del PSOE en el exilio solicitó a Joaquín Satrústegui que transmitiera al Conde de Barcelona lo siguiente:

“El PSOE tiene un compromiso con la República que mantendrá hasta el final. Ahora bien, si la Corona logra establecer pacíficamente una verdadera democracia, a partir de ese momento el PSOE respaldará lealmente a la Monarquía.”

Gil Robles y Rodolfo Llopis sellaron el acuerdo con un emocionante abrazo de reconciliación. El manifiesto se leyó en la reunión del congreso acompañado de dos discursos uno de Gil Robles y otro de Salvador de Madariaga. Ambos brillantes, ambos emocionantes, ambos lograron poner de pie al auditorio.

Estos discursos fueron aireados por la prensa mundial. En España, el ministro de información, Arias Salgado, en otro error sin precedentes, desencadenó una campaña innecesariamente brutal contra los asistentes. Utilizó al periódico afín al régimen “Arriba” para sus fines. Éste empleó la descalificación de “contubernio” -alianza para fines censurables o la cohabitación ilegal de dos personas-, para definir la reunión de los miembros de un congreso europeísta; lo que era volver al lenguaje rebuscadamente agresivo de otros tiempos. Aquella excitación de algunos sectores del franquismo llevó a la aprobación de un Decreto-ley  el 8 de junio por el que el general Franco suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles, es decir, terminaba con la libertad de residencia, una de las pocas reconocidas en España. Se trataba del paso previo a la represión que siguió a los participantes. A pesar de que el gobierno alemán reclamó a Franco que no encarcelase ni reprimiese a los participantes y éste manifestó que la idea alemana de España como país represor era anticuada y nada realista, al regreso a España, los congresistas hispanos de Múnich fueron detenidos y enviados al destierro a las islas Canarias. Un numeroso grupo, Satrústegui, Jaime Miralles y Álvarez de Miranda entre ellos, fueron deportados a la isla de Fuerteventura y otros, a la de Hierro. Iñigo Cavero, contaba en sus clases en la facultad, cuáles eran condiciones de vida en Hierro en aquellos años, las de Fuerteventura no eran mejores: alejados de su familia, sin saber cuándo volverían a verlos y sin las comodidades que hoy existen en las Islas Canarias. Entonces no había agua corriente ni la electricidad funcionaba adecuadamente. No pensemos en el paraíso canario actual, sino en islas pequeñas, sin infraestructuras adecuadas y aisladas.

Aquella reclusión duró aproximadamente unos 11 meses. Si bien, marcó la vida de los participantes a su vuelta a la vida civil en aquellos años. Si la situación no fue peor, se debió a la promesa realizada a Alemania y, sobre todo, porque Franco se percató de que necesitaba abrir las fronteras para mejorar la economía. Ahora, la idea de ingresar en el Mercado Común se iba haciendo más aceptable. Se dio cuenta del error de Arias Salgado, el cual fue destituido. Su lugar lo ocupó Manuel Fraga. Curiosamente, Fraga, con gran visión, empezó una tarea aperturista que se inició con su ley de prensa de la que ya tratamos en este blog ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ )y que permitió poco a poco, abrir España al exterior y a cierta flexibilidad. Se puede decir que Fraga fue uno de los triunfadores del contubernio de Múnich, sin haber participado en él.

Otras de las consecuencias de aquel congreso fueron las siguientes:

1.- En Múnich se harían presentes los partidos y las ideologías que años después alcanzarían presencia mayoritaria en las elecciones nacionales.

2.- El consenso que hizo posible la Constitución de 1978 tiene en la idea de Europa una de sus principales causas.

3.- La izquierda se forjó en torno al PSOE. Curiosamente, la oposición al franquismo la habían llevado a cabo en España el PCE y CC.OO. Como dijo sarcástica y gráficamente Santiago Carrillo, el PSOE había estado “cuarenta años de vacaciones”. Pero a raíz de Múnich los europeos vieron en el PSOE la fuerza de izquierda adecuada para España y así en su 27º congreso (Madrid, diciembre de 1976) Felipe González apareció apoyado por Willy Brandt, François Mitterrand, Olof Palme, Pietro Nenni, Michael Foot, Simon Peres… Carrillo tuvo que conformarse con dos o tres representantes menores del llamado eurocomunismo en alguno de sus mítines. Jorge Semprún (1923-2011), intelectual y antiguo miembro del PCE, lo contó en su libro, “Autobiografía de Federico Sánchez”, en el que afirmaba que el PCE aparecía como partido ambiguo ante los valores democráticos y cosmopolitas europeos. El resultado fue una amplísima diferencia de votos en favor del PSOE frente al PCE en las elecciones de 1977.

4.- El Congreso de Múnich también supuso la confirmación de la monarquía como forma política del Estado, pero no en la figura de Don Juan, pues fue muy crítico con el congreso de Múnich, lo que le hizo perder la confianza de los republicanos. Así emerge la figura de su hijo, Juan Carlos I, como único posible Rey, aceptado por izquierda y derecha, que pudiese encarnar el futuro democrático de España.

BIBLIOGRAFÍA

Joaquín Satrústegui. Ensayo titulado “La política de Don Juan en el exilio”. 1990

Paul Preston. “Franco: Caudillo de España”. Barcelona. Círculo de lectores. 1994

Fernando ÁLVAREZ DE MIRANDA. “Del «contubernio» de Múnich al consenso”. Barcelona, Ed. Planeta,1985

Jordi Amat. “La primavera de Múnich”. TUSQUETS. 2016