EL TRATADO DE ALCAZOBAS

Alcazobas, en castellano, a veces escrito como Alcazovas y en portugués como Alcáçovas, es una ciudad portuguesa de la zona del Alentejo. Allí se firmó el 4 de septiembre de 1479, el tratado que pone fin a la llamada guerra de sucesión castellana- nombre que genera no pocos conflictos en relación a otras guerras de sucesión y por ello muchos historiadores se limitan a formular como “Guerra de 1474 a 1479”-.

Aquel enfrentamiento tuvo un doble carácter, por un lado, es una guerra civil y, por otro, una guerra internacional y cuyas repercusiones decidirán el futuro del Mundo.

Los conflictos castellanos se remontaban desde antiguo y enlazaban a diversos reinos y condados de la península ibérica. Ahora nos situamos en la caótica corte de Enrique IV donde los enfrentamientos entre diversos bandos nobiliarios eran constantes. El carácter y las peculiaridades del propio monarca no ayudaban mucho. Casado con Blanca de Navarra, no obtuvo descendencia y buscó la fórmula para anular el matrimonio y casarse con Juana de Portugal. De ese segundo matrimonio nació Juana que sería nombrada heredera. Sin embargo, la nobleza castellana era más partidaria de considerar herederos a los medio hermanos- hermanos de padre- de Enrique: Alfonso e Isabel.

Las presiones de la nobleza obligan al rey a cambiar el testamento y nombrar a su hermano Alfonso como heredero al trono de Castilla. Entre las razones que se aducen para tal cambio está el rumor de que Enrique es impotente y que Juana no es su hija sino hija de su favorito, Beltrán de la Cueva, de ahí que a Juana la motejen como “la Beltraneja”.

La verdad es que sobre las peculiaridades físicas y tendencias sexuales de Enrique se ha escrito mucho, quizá lo más interesante se lo debamos a Gregorio Marañón que realiza su “Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo” (Madrid 1930) y en el que llega a la conclusión de que el rey sufría diversas deformidades físicas y psicológicas, concluyendo, entre otras cosas, que posiblemente era impotente, aunque no afirma tajantemente que fuera homosexual. De ambas cosas se le acusaba en las crónicas de su tiempo.

Fuera como fuese, el descontento reinaba en Castilla y, por ello, en 1465, los nobles, reunidos en Ávila, acuerdan destronar a Enrique y nombran rey a Alfonso (de 12 años entonces) en la denominada “farsa de Ávila”. Estalla así una guerra que no terminará hasta 1468, con la muerte de Alfonso.

Para los que no aceptaban a Juana como heredera, la sucesión debía pasar entonces a Isabel. El rey Enrique se avino a negociar. En 1468, Enrique e Isabel firmaron un acuerdo, el “Tratado de los Toros de Guisando”, por el que Enrique declaraba heredera a Isabel, reservándose el derecho de acordar su matrimonio, y las distintas facciones de la nobleza renovaban su lealtad al rey. Enrique trató de casar a Isabel con Alfonso V de Portugal. Pero Isabel, en 1469, se casa en secreto en Valladolid con Fernando de Aragón. Enterado el rey Enrique, consideró violado el Tratado de los Toros de Guisando y proclamó a su hija Juana como heredera; además, la casa con Alfonso V de Portugal.

En 1474 muere Enrique IV y cada una de las dos candidatas al trono son proclamadas reina de Castilla por sus respectivos partidarios.

Los nobles y las ciudades castellanas se dividen en sus apoyos. Así Ávila, Valladolid, Tordesillas, Toledo…, reconocen a Isabel como reina; otras, como Burgos, Zamora y las ciudades andaluzas, prefieren esperar a que se aclare la situación. Igual vacilación se nota en el alto clero y la nobleza. El cardenal don Pedro González de Mendoza, el arzobispo de Toledo —don Alfonso Carrillo—, el conde de Benavente, el marqués de Santillana, el duque de Alba, el Almirante, el Condestable, el duque de Alburquerque —don Beltrán de la Cueva— juran a doña Isabel como reina legítima de Castilla. Pero el duque de Arévalo y don Diego López Pacheco, marqués de Villena, se niegan a rendirle homenaje. En resumen, la nobleza andaluza, extremeña y manchega se posicionó al lado de Juana, el resto de la nobleza y las principales ciudades estuvieron con Isabel.

Habíamos señalado que, además de un enfrentamiento civil, aquella guerra tuvo carácter internacional.

La boda entre Isabel, heredera de Castilla, y de Fernando, futuro rey de Aragón, había suscitado inquietudes en Francia y Portugal; aquellas naciones veían con disgusto que se constituyese un bloque que fortaleciera a Castilla que era el reino hegemónico en la economía y la política peninsular. Portugal pretendía que aquella fuerza se inclinase a su lado formando un reino entre Castilla y Portugal, guiado por el rey portugués y que redoblara sus pretensiones en la costa atlántica. Por su parte, Francia no veía con buenos ojos aquella empresa castellano-aragonesa porque eso robustecía a Aragón, vigorizando su presencia en Italia, en la que el rey de Francia Luis IX tenía grandes aspiraciones. Por tanto, Portugal participó del apoyo de Francia en contra de Isabel y a favor de Juana. Castilla y Aragón contaron con el favor de Inglaterra y Borgoña a las que la potencia de Castilla importaba bastante menos que la de Francia.

Las hostilidades empiezan en mayo de 1475, cuando tropas portuguesas pasan la frontera castellana y los nobles castellanos hostiles a Isabel entran en rebeldía.

Las tropas de Isabel ocuparon Toledo y fortificaron Ciudad Real y Badajoz. Por su parte, las fuerzas de Juana se situaron en torno al valle del Duero y tomaron Toro para facilitar la entrada del ejército portugués. Castilla recupera Burgos y emprende la reconquista de Toro. La batalla de Toro está considerada por la historiografía como la más importante del conflicto, aunque estudios recientes consideran que no lo fue tanto y ponen el foco en la toma de Segovia por los Castellanos. La importancia de Toro no estuvo en el resultado de la batalla en sí, que una parte de las fuentes consideran ganada por los portugueses gracias al príncipe Juan (futuro Juan de II de Portugal) y otras dejan un resultado incierto. Pero lo trascendente de la misma estuvo en la forma de afrontar el resultado mientras el Rey de Portugal se dedicaba a reorganizar sus tropas, su hijo se dedicaba a la propaganda, lo mismo que Fernando, el cual envió correos a todas las ciudades de Castilla y a varios reinos extranjeros, dándoles la noticia de una gran victoria, en la que las tropas portuguesas habían sido aplastadas. “Los dos quisieron beneficiarse de la propaganda de la victoria [Sin embargo, mientras que la opinión pública castellana era decisiva para el desenlace de la guerra civil, la portuguesa no lo era][1].

Ante aquellas noticias los nobles castellanos partidarios de Juana empezaron a desertar y su partido en Castilla prácticamente desapareció. Es verdad, como cuenta parte de la historiografía, que, desde la toma de Burgos por parte de Isabel, los partidarios de Juana habían empezado a disminuir, y con la decisiva toma de Segovia y el tesoro castellano, Isabel pudo pagar generosamente a sus partidarios que se incrementaron ampliamente.

Tras la batalla de Toro las tropas portuguesas aún tuvieron fuerzas suficientes para plantar cara a las castellanas durante al menos tres meses en territorio de Castilla. Otro factor acompañó a las tropas castellano- aragonesas y fue la neutralización que la reina de Navarra logró de las tropas francesas y la victoria de Castilla en Fuenterrabía frente a los galos. Estos hechos lograron que se firmara una tregua entre Aragón y Francia que, Alfonso V de Portugal, tras la batalla de Toro, intentó en vano que no se renovase.

La última batalla de la guerra de sucesión fue la batalla de la Albuera, en Mérida, el 24 de febrero de 1479, que se saldó con la victoria de las tropas isabelinas, pero el rey Alfonso logró alcanzar y proteger para sus intereses Mérida y Medellín que siguieron en manos portuguesas hasta el Tratado de Alcazobas, que es el que pone fin a la guerra. El tratado se firmó en primera instancia el 4 de septiembre de 1479 entre los representantes de los Reyes católicos y el príncipe Juan en representación del rey de Portugal. El tratado fue ratificado por Alfonso V de Portugal el 8 de septiembre de 1479 y por los Reyes Católicos en Toledo el 6 de marzo de 1480, por lo que también se le conoce como Tratado de Alcáçovas-Toledo.

Se dice que en este acuerdo Castilla gana en tierra y Portugal en el mar.

Sus acuerdos principales fueron:

  • Además de poner fin a la guerra, Alfonso V renuncia al trono de Castilla y los Reyes Católicos renuncian al trono portugués.
  • Reparte los territorios del Atlántico entre los dos países. Portugal mantiene el control sobre sus posesiones de Guinea, la Mina de Oro, Madeira, las Azores, Flores y Cabo Verde. A Castilla se le reconoce la soberanía sobre las islas de Canarias.
  • Reconoció que el impuesto denominado el quinto real fuese percibido por Portugal en los puertos castellanos, incluyendo a los barcos que hubiesen zarpado hacia la Mina de Oro antes de la firma del mismo. El quito real era un impuesto percibido por la corona sobre las mercancías traídas por barco a la Península desde los territorios del Atlántico denominados “Guinea” y “Mina de Oro”.
  • Reconoce a Portugal la exclusividad de la conquista del Reino de Fez.
  • Concede el perdón a los castellanos juanistas

En paralelo al tratado de Alcáçovas se negociaron las llamadas “Tercerías de Moura”, que resolvían la cuestión dinástica castellana imponiendo a Juana de Castilla, rival de Isabel, la renuncia a todos sus títulos castellanos y su reclusión en un convento. También acordaban la boda de la infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos, con el nieto del rey portugués, único hijo del príncipe Juan, también llamado Alfonso. La enorme dote pagada por los padres de la novia representa la indemnización de guerra obtenida por Portugal.

Como consecuencias del tratado se producen los siguientes hechos:

  • Castilla reconoce y acepta la expansión portuguesa en África.
  • El reparto de la costa atlántica se hizo en virtud de los paralelos de la tierra, aunque la historiografía discute este punto, el hecho cierto es que por este reparto la legitimidad española sobre el descubrimiento de América por Colón fue puesta en entredicho por Portugal que consideraba que el nuevo mundo le correspondía como propiedad a Portugal. Esto llevó a intensas negociaciones y a la búsqueda de los Reyes Católicos del apoyo papal que obtuvieron en 1493 por una serie de bulas papales llamadas “bulas alejandrinas”, que les otorgaban las tierras descubiertas por Colón y venían a establecer un nuevo reparto del Atlántico. Aunque el rey de Portugal protestó, acabó aceptando el nuevo reparto con ligeras modificaciones en relación a las bulas alejandrinas, en el Tratado de Tordesillas firmado el 7 de junio de 1494. Entonces no se conocía aún la dimensión de lo descubierto por Colón y a Portugal lo que le interesaba a mantener abierta la ruta hacia la India, la ruta de las especias, tan lucrativa en aquellos tiempos y limitada en la ruta por el Mediterráneo por el bloqueo turco.
  • En la práctica, este acuerdo garantizaba al reino portugués que los españoles no interfirieran en su ruta del Cabo de Buena Esperanza y que Portugal no interferiría en las nuevas tierras descubiertas por los españoles en América.
  • El acuerdo también tuvo otra serie de clausulas sobre los límites de zonas pesqueras en áfrica y los límites del reino de Fez.
  • El tratado de Alcazobas tuvo también otra importante consecuencia andando el tiempo. La boda entre la hija de los Reyes Católicos, Isabel, y el nieto del rey de Portugal, Alfonso, se celebró en 1490. Al morir Alfonso a los pocos meses, Isabel contrajo matrimonio en 1497 con el nuevo heredero al trono portugués, Manuel I de Portugal- primo de Juan II-. Tuvieron un hijo que murió a los dos años de edad. Poco después moría Isabel. Su hermana, María de Aragón, contraería nupcias con Manuel I. María y Manuel I tuvieron una hija, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y madre de Felipe II. Por este ascendiente, Felipe II pudo reclamar la corona de Portugal tras la muerte de Sebastián I. Felipe II fue coronado rey de Portugal el 16 de abril de 1581 en las Cortes de Tomar, logrando así “la unión ibérica”.

BIBLIOGRAFIA

CARRASCO MANCHADO, Ana Isabel. “Isabel I de castilla y la sombra de la ilegitimidad, propaganda y representación en el conflicto sucesorio”. Sílex ediciones. 2006.

AGUADO BLEYE, Pedro. “Manual de Historia de España”. Espasa.1963

UBIETO, REGLA, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983.

[1] Carrasco Manchado. “Isabel I de castilla y la sombra de la ilegitimidad, propaganda y representación en el conflicto sucesorio. Pag. 195

LA UNIÓN DE NAVARRA

Tras la toma de Granada, la unión de Navarra a las coronas de Castilla y Aragón, constituía una prioridad que permitiría completar la unidad peninsular y formar en torno a los Pirineos una frontera de difícil acceso para los franceses que pretendían adentrarse en el territorio al sur de la cordillera pirenaica.

El matrimonio entre Blanca de Navarra y Juan de Aragón en 1420 había decidido la suerte de Navarra durante todo el siglo XV. Abandonando la esfera de influencia francesa, predominante en los siglos XIII y XIV, el reino había retornado al ámbito español, presidido por la rivalidad entre Castilla y Aragón, pero también proclive a su unión gracias a la presencia de la dinastía de Trastámara en las tres monarquías. Las guerras civiles, auspiciadas por bandos nobiliarios ávidos de controlar el poder regio, fueron una nota característica del siglo XV en España y el resto de Europa occidental. Sin embargo, a partir de 1480, las monarquías fueron venciendo a las ligas y bandos nobiliarios y avanzaron hacia la configuración de Estados modernos de amplia base territorial[1].  Aunque este no fue el caso de Navarra donde la debilidad monárquica y la guerra civil se convirtieron en un mal endémico.

Fernando el católico era hijo de Juan II de Aragón y de su segunda esposa, Juana Enríquez. Desde siempre Fernando aspiró a ser rey de Navarra, trono al que se creía con derecho por herencia paterna. Sus intentos de conseguir la corona se manifestaron ya en solitario, ya en unión de su esposa Isabel, buscando alianzas matrimoniales de sus hijos con los herederos navarros, pero tales bodas no fructificaron. Al último intento de casar al primogénito de los Reyes Católicos, Juan, con la Reina Catalina de Navarra, se opuso la reina madre de Navarra que era hija de Luis XI de Francia. Catalina se casó con el francés Juan de Albret. La familia de Catalina siempre fue proclive a emparentar con los reyes franceses, su tío, Juan- señor de Narbona-, se desposó con María, hermana de Luis XII de Francia, de este matrimonio nacieron Gascón que fue general del ejército francés de su tío Luis XII y Germana, segunda esposa de Fernando el Católico.

Pues bien, Juan de Foix, señor de Narbona (Juan I de Narbona) pretendió el trono de Navarra entre 1483 a 1492. Quería arrebatárselo a su sobrina Catalina porque consideraba que las mujeres no podían ser reinas. Pero en Navarra, al igual que en Castilla, no existía la ley sálica. Catalina solicitó ayuda a los Reyes Católicos que la apoyaron frente a Juan y a Luis XII de Francia, posicionado junto a su sobrino.

El joven matrimonio real navarro tuvo que sortear durante toda su vida las presiones de las dos grandes monarquías del momento, la francesa y la española, en lo que José María Lacarra llamó “política de balancín”. Pero esta neutralidad se adivinaba cada día más complicada de mantener. La posición navarra de supuesta neutralidad se originó entre otras cosas porque el rey francés amenazó a los reyes con desposeerles de las tierras que ambos monarcas tenían en Francia, que eran muchas y, sobre todo, muy ricas, si se mostraban favorables a las políticas castellano-aragonesas. Pero la neutralidad se tornó en un imposible tras el enfrentamiento de Luis XII con el papado.

Este episodio merece un comentario en medio de la Historia de Navarra, porque sin él no se pueden entender los pasos posteriores.

A finales del siglo XV la península itálica era un conglomerado de repúblicas enfrentadas entre sí y dónde los intereses de las potencias dominantes eran evidentes. Ya vimos algo de ello en la entrada sobre El Gran Capitán. https://algodehistoria.home.blog/2021/11/19/gonzalo-fernandez-de-cordoba-el-gran-capitan/

Entre los estados enfrentados en la península itálica no jugaba un papel menor el papado.

Si bien la autoridad ejercida por los papas no era propiamente la de un soberano en el concepto moderno del término hasta los pontificados de Alejandro VI y Julio II, como vimos también en la entrada sobre los estados pontificios. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/

El Papa Julio II al acceder al trono de San Pedro puso en marcha una estrategia de recuperación de la solera perdida por los Estados Pontificios en la que como mínimo aspiraba a reconquistar los territorios de los Borgia. Para lograr sus objetivos se enfrentó a algunas de las repúblicas menores de la Península Itálica, pero no tenía fuerzas militares suficientes para luchar contra Venecia. Para batallar contra los venecianos organizó la Liga de Cambrai en la que colaboraron Luis XII de Francia, Fernando el Católico y el emperador del Sacro Imperio, Maximiliano. Venecia fue derrotada. El siguiente paso concebido por el Papa en la búsqueda de la grandeza perdida fue enfrentarse a Francia que había ocupado el Ducado de Milán y la República de Génova. Para ello formó otra Liga Santa integrada por los Estados Pontificios, la Inglaterra de Enrique VIII, Venecia y España. A los que se unirían más tarde el emperador Maximiliano y Suiza.

A esta Liga invitó Fernando el católico a los reyes de Navarra, que se negaron a participar por no ir en contra del rey de Francia.

La batalla más cruenta de aquellos enfrentamientos fue la batalla de Rávena (1512) en la que murió Gascón de Foix, lo que dejaba a Germana de Foix como heredera de los bienes de la casa de Foix y única pretendiente de esa rama dinástica al trono de Navarra – no olvidemos que Isabel la Católica había muerto en 1504 y que, en octubre de 1505, Fernando el Católico se había desposado con Germana-.

Rávena fue una gran victoria para Francia, aunque murieron en la batalla muchos más franceses que españoles, pero a partir de entonces todos los enfrentamientos con la Santa Liga terminaron en derrotas francesas. Luis XII tuvo que renunciar a Milán, Bolonia, Parma, Reggio, Piacenza…,y soportar que los ingleses los acosaran en Dijon y el Sacro imperio los presionara en la frontera.

Rodeada y sin aliados, Francia se rindió a finales de 1512.

Durante el periodo en el que las fuerzas europeas de enfrentaban en Italia, en Navarra la situación distaba de ser tranquila. Se prolongaron las luchas entre dos de los bandos dinásticos de las antiguas familias nobiliarias navarras: beaumonteses y agramonteses. Estos últimos apoyaban y se apoyaban en los reyes navarros. En 1507, los reyes Juan y Catalina consiguieron doblegar y expulsar del reino a los beaumonteses, pero sus partidarios siguieron buscando la forma de hacerse con la corona.

A esos enfrentamientos internos hubo de añadirse, tras la derrota francesa en Italia y, sobre todo, tras la muerte de Gascón de Foix, el incremento del interés y legitimidad de Fernando el católico sobre la corona navarra. Esta era una amenaza que ni el rey de Francia ni los reyes navarros iban a tolerar.  Esta circunstancia sirvió para que el monarca francés se atrajera definitivamente a Juan y Catalina. Como manifestación de aquella alianza de intereses, el 18 de julio de 1512, ambas partes firmaban el tratado de Blois: Luis XII se comprometía a devolver a los navarros las posesiones de la casa de Foix y les reconocía su soberanía en el Bearn; a cambio los navarros se comprometían a no dejar pasar por sus tierras a aquellos ejércitos que pretendieran atacar al rey de Francia, lo que venía a romper la neutralidad a la que hasta entonces habían aspirado.

Al tiempo que se firmaban aquella alianza, el Papa Julio II que se sentía en deuda con sus colaboradores y muy especialmente con Fernando de Aragón. Hizo un movimiento esencial para el futuro de Navarra.

Era lugar común en aquel momento que el rey francés era partidario de la doctrina herética albigense – una rama del movimiento cátaro-. Según se decía, los reyes de Navarra fomentaban esta herejía. Motivo por el cual el Papa dictó una bula, la “Pastor Ille Caelestis”, 1512, en la que se excomulgaba al Rey francés y a sus los aliados. En aquellos tiempos esto era motivo suficiente para desposeer a un rey.

Fernando que se sentía legítimo aspirante al reino de Navarra, que la posición pro francesa de los navarros le era hostil y que no estaba en condiciones de hacer concesiones al rey de Francia, solicitó a las Cortes  de Aragón que le dieran su apoyo para la toma de Navarra. Era el mes de julio de 1512 y, aunque las Costes aragonesas no habían dictado acuerdo, a finales de julio, Fernando se presentaba en la frontera navarra con un ejército dirigido por el Duque de Alba.

El 21 de julio, las tropas aragonesas cruzaron la frontera del Reino de Navarra, y avanzaron por el valle de Araquil hasta llegar a Huarte. Ese mismo día, Catalina de Foix huyó hacia el Béarn con sus hijos.

El 24 de julio, llegaron las tropas del duque de Alba a Pamplona y, tras una serie de negociaciones y capitulaciones que terminaron con la rendición de Pamplona, entraron en la ciudad al día siguiente. En agosto, Fernando el Católico se autoproclama soberano de Navarra y Pamplona presta su juramento al rey el 28 de agosto.

En septiembre, las Cortes de Aragón, ante los hechos consumados, dan su conformidad a la conquista.

Al año siguiente, en 1513, Julio II dictó una segunda bula, “Exigit Contumacium”, en la que desposeía a los reyes de Navarra del título y dignidad reales y confiscaba sus posesiones, para que pasasen a ser legítima propiedad de quienes «en la más justa y más santa» las hubiesen adquirido, legitimando, por tanto, la conquista que un año había hecho Fernando.

Esta conquista se ratificó en una reunión de las Cortes de Navarra el 13 de marzo de 1513, nombrando Rey de Navarra a Fernando el Católico. Fernando juró respetar los fueros, usos y costumbres del Reino. En un primer momento, la adscripción de la conquista fue al reino de Aragón, aunque el apoyo militar mayoritario lo recibió Fernando de Castilla; quizá esa fue la razón por la que acabó adscribiendo el nuevo reino a la corona de Castilla en una ceremonia que se hizo en las Costes reunidas en Burgos en 1515 y en las que el Duque de Alba llevó la representación real.

La guerra con Francia por la conquista de Navarra duró con menor entidad algunos años más. Normalmente se data su final en 1529. Si bien siguieron algunas escaramuzas que se extendieron por el norte del antiguo reino de Navarra, en zonas que hoy forman parte de la CC. AA vasca, pero que en su origen eran navarras. Estas refriegas, sin tener una importancia extraordinaria en lo histórico si han dado mucho de sí para la historiografía nacionalista empeñada en tergiversar la historia y la legitimidad de Fernando, analizando con ojos actuales acontecimientos de otra época; haciendo un uso torticero y anacrónico de las fuentes. Estas tergiversaciones se han convertido en el principal motor ideológico de lo que podíamos denominar “navarrismo nacionalista vasco”. Pero ya se sabe que vivimos tiempos convulsos en los que la Historia no es materia de estudio sino de manoseo político. Con todo, las fuentes están ahí y su uso higiénico no lleva a concebir una Navarra euzkaldunizada. Si eso ocurre será por manipulación política no por certeza histórica.

BIBLIOGRAFÍA

  • José María Lacarra. “Historia Política del Reino de Navarra”. Editorial Aranzadi. 1972.
  • FORTÚN, Luis Javier. ““Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53.
  • AGUADO BLEYE, Pedro. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

[1]Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Luis Javier Fortún. Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53

Gonzalo Fernández de Córdoba: el Gran Capitán

Hoy traemos un  gran héroe de nuestra Historia de España

Dice Pedro Insua en su obra”1492. España ante sus fantasmas” que en aquel año se iniciaron los caminos para convertir a España en una gran nación, y para ser objeto de la envidia, lo que en el fondo demuestra admiración, del resto de los pueblos de occidente. En aquel año se produce la toma de Granada y por tanto el inicio de España como Estado-Nación con intención de unidad y de universalidad que se completa con la expulsión de los judíos; y el descubrimiento de América que marca el inicio de la universalidad, afianzado por la internacionalidad que nace de la presencia de tropas españolas en Italia (donde Fernando rey de Aragón, reclamaba sus derechos dinásticos).

Pero nunca los gobernantes ni siquiera los más brillantes, como los Reyes Católicos, han conseguido nada solos. Fueron enormes los esfuerzos colectivos, los de grandes personajes y los de pequeños héroes anónimos para alcanzar todas aquellas gestas. En el caso que nos ocupa queremos destacar la figura de un héroe alabado como tal ya en su tiempo, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, sin el cual la conquista de Italia hubiera sido imposible.

Gonzalo Fernández de Córdoba nació en Montilla (Córdoba), el 1 de septiembre de 1453, en el seno de una familia de la pequeña nobleza de aquella ciudad. Gonzalo era el segundo de sus hermanos. Como era tradición, el primogénito heredaba el patrimonio familiar y al segundo le estaba destinado un futuro como militar. Su padre murió cuando Gonzalo aún era muy joven y fue enviado a la ciudad de Córdoba para que se educara bajo el cuidado de Diego de Cárcamo, pariente lejano de la familia, aunque sus estudios los pagó su hermano. Educado en las armas quiso probar fortuna en la corte de Castilla en el bando de los partidarios de la princesa Isabel. No hay que olvidar que en aquel momento aquella corte vivía en plena inestabilidad por las luchas intestinas dinásticas debido a las pretensiones de Juana, la Beltraneja. Superados estos asuntos, Isabel, apoyada por su marido, Fernando de Aragón, centró sus atenciones militares en Andalucía a fin de reducir al invasor musulmán.

Gonzalo formaba parte de las topas castellanas en la conquista de Granada. Destacó por su valentía e inteligencia militar en el cerco a la ciudad y ese valor ganó la admiración del rey que le encargó la negociación con el rey nazarí Boabdil para establecer los términos del tratado de rendición. Por todo ello, le distinguió con la orden de Santiago.

Tras el final de la Reconquista y cuando parecía que muchos soldados iban a quedarse sin empleo, las guerras en la península itálica ampliaron la actividad de todos ellos. Ya no se trataba sólo de tropas aragonesas, también había castellanos en esta empresa, así como gallegos, catalanes o vizcaínos… Se empezaba a asomar la grandeza de España, la unidad y el orgullo nacional de sus ciudadanos. La corona de Aragón siempre había tenido intereses en el mediterráneo, Fernando, con el tiempo, llegó a ser además de rey de Aragón, rey de Sicilia, de Nápoles y de Cerdeña. De hecho, los acontecimientos que contamos en esta entrada le conceden la corona de Nápoles, como veremos.

Ahora el enemigo no era principalmente musulmán sino francés. Carlos VIII de Francia decidió invadir Italia, lo que amenazaba el reino de Nápoles y las demás posesiones de interés aragonés en la zona. En 1494, Fernando se convertía en el defensor de los territorios italianos frente a los franceses. Para ello formó una Liga organizada en Venecia en la que estaban el papado, Venecia, el milanesado y España. Las tropas formadas por unos dos mil hombres se pusieron bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba. Las fuerzas aliadas no empezaron la conquista con buen pie, fueron derrotadas en Seminara. Fernández de Córdoba, sin embargo, logró rehacerse, salir dignamente de aquella derrota para acto seguido apoderarse de las dos Calabrias. Fueron las batallas de Atella, primero, y de Ostia, después, las determinantes de esta primera guerra de Italia y la expulsión de los franceses salvo de Gaeta y Tarento. Estamos en 1496, y el asedio de Atella se tornó como un gran desastre para los franceses. El éxito de la liga se debió a una acción conjunta de las tropas terrestres de Fernández de Córdoba y las navales bajo el mando de Galcerán de Requeséns, comandante de las galeras sicilianas. Ya en las guerras de Granada, Gonzalo había expresado su genio militar, ahora en Italia se desvela como un miliar brillantísimo que manejó conjuntamente la infantería, la caballería y la artillería, aprovechando el apoyo naval. Esta combinación se realizó por primera vez y fue el genio militar de Fernández de Córdoba en que la ideó y gestionó con éxito.

En relación con la segunda de las batallas mencionadas, Ostia, fue el Papa Alejandro VI quien solicita ayuda del cordobés. El corsario vasco Manaldo Guerri se había hecho fuerte en el puerto dirigiendo tropas francesas e impedía el abastecimiento de Roma. Fernández de Córdoba tomó el puerto e hizo prisionero al pirata. Con ello liberó los Estados Pontificios.

Pero siguiendo con la toma de Nápoles y situados en el siglo XVI, Fernández de Córdoba se dispone a expulsar a los franceses definitivamente de Nápoles, en lo que se ha llamado la segunda guerra de Nápoles entre Francia y España. Ahora el Rey francés es Luis XII, pero sus aspiraciones son las mismas que las de su predecesor Carlos VIII. Los comienzos no fueron muy alentadores para las tropas españolas. En 1502, el general francés D’Aubigny derrotó a los castellanos en Terranova de Calabria. Fue una derrota significativa para el Gran Capitán, que prefería los asedios defensivos a las batallas a campo abierto. Pero comprendió que el arte de la guerra requiere de todos los recursos, por ello, aprendió a luchar en campo abierto y en 1503 se produce la victoria española en Cerignola (o Ceriñola), pequeña villa sobre un cerro y protegida por un foso y un terraplén levantado por las tropas españolas allí acantonadas. Esta batalla fue importante por la estrategia empleada por Gonzalo Fernández de Córdoba fundamentada en un terraplén que dificultaba el ascenso al monte en el que se enclavaba la ciudad, finalizado en una trinchera desde la que los españoles hacían llover fuego de arcabuz. Se dice que esta fue la primera vez que las armas de fuego fueron determinantes en una batalla en Europa occidental. Cabe señalar que la introducción de artillería de asedio en las guerras fue obra de los ingenieros italianos, pero González de Córdoba, que ya las había utilizado con éxito en Granada, fue el que les dio un uso decisivo como táctica en algunos combates.

Cerignola marca el inicio de la hegemonía que España en los Campos de batalla europeos, que se mantendrá durante siglo y medio.

El 14 de mayo de 1503, las tropas de el Gran Capitán entraban victoriosas en Nápoles entre las aclamaciones del pueblo, mientras Federico I, rey de Nápoles, otorgaba a Fernández de Córdoba los ducados de Terranova y Sant’Angelo, junto con todas sus tierras, ciudades, villas y fortalezas.

Pero los franceses no se arredraban y enviaron una fuerza desde Milán. La batalla definitiva fue la ocurrida a orillas del rio Garigliano cerca de la villa de Gaeta.

En un noviembre atroz de frío y lluvia, Fernández de córdoba consiguió impedir que los franceses se movieran por la ribera del río como pretendía y acabaron atrincherados en Gaeta. En aquel asedio, tuvieron que rendirse y retirarse. El día de Año Nuevo de 1504, las tropas españolas y napolitanas entraron en la ciudad, último baluarte importante de los franceses en tierras napolitanas. En marzo de 1504, los franceses reconocieron la soberanía del Fernando el Católico sobre el territorio napolitano.

Cabe señalar que Nápoles se convirtió en una posesión dinástica de Fernando no de España. Lo sucedido en Italia, con todo, contribuyó a la reputación militar de España, como lo reconoció y alabó Maquiavelo en su obra “El arte de la Guerra”. Nápoles fue el inicio de la presencia de más de 200 años de los españoles en la península itálica. Pero España no estuvo allí como dominadora sino como salvadora de la invasión francesa.

Giovio, historiador italiano de aquella época, promovió con gran interés la figura de Fernández de Córdoba ensalzando su buen hacer como militar, su nobleza como persona y su heroísmo. Para él y otros historiadores del S.XVI, italianos y españoles (estos ensalzaban, además, su piedad, cortesía y generosidad), Fernández de Córdoba contribuyó a la defensa de Italia no a su sometimiento ante el extranjero como hubiera ocurrido de ganar los franceses. Fueron estas crónicas, más los hechos irrefutables de su buen hacer militar, las que lograron que al cordobés se le conociera como El Gran Capitán.

Fue aclamado como amigo y se le dieron, como vimos ricas tierras y fue nombrado Virrey de Nápoles, lo que motivó posiblemente la envidia del rey Fernando que le pidió las famosas cuentas, contestadas supuestamente con la famosa: “entre picos, palas y azadones, 100 millones” continuada por: “y con 100 más, di un reino a su majestad”. Lo que sí es cierto es que Fernando nombró a Fernández de Córdoba duque de Sessa pero a condición de que dejara de ser virrey.

El Gran Capitán fue obligado a regresar a España, estableciéndose en Loja, lejos de la corte. Murió el 2 de diciembre de 1515.

El Gran Capitán fue un genio militar, no sólo por lo ya señalado a lo largo de este texto sino porque se le considera el creador del ejército profesional español e impulsor de la infantería como base del mismo. Revolucionó esta arma mediante el uso de coronelías, precedente directo de los Tercios. Se trataba de un tipo de formación gobernada por un coronel que permitía una mejor movilidad y flexibilidad operativa. Potenció a los arcabuceros, dotó de armas cortas a los soldados para que se movieran por debajo de los piqueteros. Cambió el papel de la caballería dedicándola a la persecución del enemigo previamente dañado por la infantería. Puso en marcha una estructura de la batalla en tres líneas sucesivas de ataque, para tener una de reserva y una posibilidad suplementaria de maniobra. Fraccionó los batallones en compañías lo que agilizaba la formación de combarte encontrando desprevenido al enemigo.

Además, implantó una disciplina férrea en sus soldados y una moral excepcional basada en el orgullo de cuerpo militar, en el sentido del honor nacional y en un profundo espíritu religioso.

Los franceses decían de aquel ejército español que “no habían luchado contra hombres sino contra diablos”.

Querido por sus soldados, admirado por todos los que le conocieron, el Gran Capitán tuvo en su popularidad la causa de la envidia de quien podía ser su peor enemigo, el rey.

BIBLIOGRAFIA

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando.” Grandes estrategas de la Historia”. Ed Mundo Revistas. 1974.

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando y SÁNCHEZ DE TOCA, José maría. “El Gran Capitán”. Ed. EDAF. 2021

KAMEN, Henry. “Poder y Gloria: los héroes de la España Imperial”. Austral. 2012

INSUA, Pedro. “1492. España ante sus fantasmas”. Ariel. 2018.

 

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Núñez de Balboa y el Pacífico

Tras la llegada de Colón a América, como ya vimos en su momento, muchos españoles se instalaron en las primeras provincias transatlánticas del imperio. https://algodehistoria.home.blog/2019/06/28/la-espana-de-carlos-i-de-1519-15225/

La primera isla de asentamiento, de la que partieron las expediciones que conquistaron y evangelizaron el resto de América, fue La Española. Allí la Corona estableció las condiciones para que, con el reparto de tierras y animales de granja, muchos españoles se pudieran establecer como encomenderos y desarrollar una vida próspera de carácter agrícola y ganadero.

Uno de aquellos encomenderos fue Vasco Núñez de Balboa natural de Jerez de los Caballeros, Badajoz. De familia hidalga, acabó arruinado en La Española y perseguido por sus acreedores. Valiente, pero pendenciero; más hábil con la espada que con el azadón, para huir de su ruina, embarca como polizón en un barco que se dirigía de vuelta a España. Conocedor de que Pizarro iba en otro carguero lleno de oro, convence a la tripulación para virar el rumbo y dirigirse hacia Darién, a orillas del mar Caribeen la actual Colombia, con la finalidad de enriquecerse. Una vez allí, deciden levantar un asentamiento y de ese modo fundan una nueva ciudad Santa María de la Antigua.

El capitán de aquel barco, Enciso, intenta organizar en Santa María una población de hacendados y, como Alcalde Mayor de ella, administrarla en nombre de la Corona a la espera de que desde España envíe un gobernador. Pero el carisma de Núñez de Balboa es muy superior al de Enciso y, de facto, consigue ostentar todo el poder de la ciudad. Tanto es así que cuando la Corona manda un nuevo gobernador – con fama de tirano-, Núñez de Balboa lo expulsa. Por este motivo, Enciso vuelve a España a expresar su queja al Rey. Vasco reconoce que aquella acción le puede llevar a una condena a muerte: había impuesto su voluntad a la del Rey y se había proclamado Gobernador de la región de Veraguas. Además, como hombre de acción que es, la situación de dirigir una comunidad no va con su carácter. Sabe que sólo una gran conquista o algún hecho heroico en favor de España puede salvarle. Para lograrlo necesita que alguien le apoye. Encuentra en el cacique Careta a un aliado poderoso. Se casa con su hija, ayuda a su suegro a someter a todos los indios de la zona, sobre todo, al cacique Comagre. El cual, para librarse de aquella presión, viendo las ganas de encontrar oro de los españoles, les señala el camino hacia un amplio mar, al otro lado de las montañas, en el cual- dice- desembocan ríos cargados de oro.

Mientras, llegan noticias de que en España se ha abierto causa contra Vasco Núñez. El pacense ve llegado el momento de lograr que aquel mar y aquel oro fabulado por Comagre lo rediman ante los ojos de la Corona, y por peligroso que sea el camino, más vale morir luchando que a manos de la Justicia española. Envía mensajeros a España anunciado la existencia de aquella fortuna y, el 1 de septiembre de 1513, Núñez de Balboa inicia la marcha hacia la inmortalidad.

La expedición se comienza con la inteligente decisión de apoyarse en los nativos que conocían bien la selva, sabían dónde aprovisionarse de agua o dónde hacer fuego.  Así logró lo que otros no habían alcanzado. A Núñez le acompañan 190 soldados españoles armados hasta los dientes con la ayuda de los nativos de Careta y Comagre. El 6 de septiembre, se encamina por el Istmo, primero atravesando llanuras, luego zonas pantanosas que enfermaron a los aventureros hasta diezmar a la expedición (recuérdese el número de fallecidos en la, muy posterior en el tiempo, construcción del canal de Panamá en condiciones sanitarias más avanzadas y piénsese en la situación que debió reinar en la expedición de Núñez de Balboa), posteriormente encuentran la selva, dónde, machete en mano, aquellos hombres curtidos en mil batallas pelean contra ramas, lianas, espesura, bichos… Superada la selva, los claros dejan pasar la luz y el calor del Ecuador. Lo que no hicieron los pantanos ni la selva lo culminó el tórrido sol que como rayo de fuego caía sobre los expedicionarios españoles. A aquellos valientes, cansados y enfermos ya sólo les quedan unos cuantos peñascos, unas sierras que deben escalar hasta pasar al otro lado de la cordillera, vislumbrar el nuevo mar y alcanzar el hito que perseguían. Pero faltaba el obstáculo final: los nativos del otro lado de las montañas, indígenas que con mejor conocimiento del terreno salieron a su encuentro. Mientras unos atacaban, otros, en inferioridad numérica, se defendían con mejores armas y perros hambrientos. No era una lucha igual por el fuego de los arcabuces españoles, pero se equilibraba por el agotamiento y la inferioridad de brazos. Los enfrentamientos fueron durísimos; extenuaron a los aventureros y mermaron sus ya escasos efectivos. Pero el fuego de las armas logró la victoria y el sometimiento de la población nativa.

Balboa sabe por los indígenas que está a un paso de lograr su misión. Deja a los enfermos, heridos o desfallecidos al cuidado de la nueva tribu sometida y asciende con 77 hombres (algunas fuentes lo limitan a 67) y un número indeterminado de indios, por las cordilleras de la región del río Chucunaque, desde allí, la última cumbre se rinde a sus pies al tiempo que sus colinas se inclinan sobre un golfo sito entre dos penínsulas de la actual sierra de Peña Hueca. Llegado el momento, decide dar el último paso solo. Es un momento destacado, histórico, y, allí, encaramado al último peñasco, Vasco Núñez de Balboa, con toda la emoción en los ojos, se convierte en el primer occidental en ver el nuevo mar, una inmensa laguna azul y verdosa, como las colinas de alrededor, que no tiene fin y al que llama, aquel 25 de septiembre de 1513, Mar del Sur. Un nuevo territorio se suma a la Corona española. Allí suben los 77 elegidos, allí el sacerdote Andrés de Varas inicia un Te Deum en acción de gracias, allí un grupo de soldados forman una cruz con las ramas de un árbol, colocando los brazos de la misma uno orientado al nuevo mar otro hacia España y allí el escribano, Andrés de Valderrábano, registra el solemne acto en el que Vasco Núñez de Balboa en nombre de “Su majestad” fue “el primero que vio ese mar y se lo mostró a los siguientes”.

Balboa divide a sus hombres en grupos para que bajen a la costa, cada uno por un camino. El grupo capitaneado por Alonso Martín es el primero en alcanzar la playa, en mojarse con aquellas aguas. De lo cual también deja constancia el escribano, recordando que tal ocurrió el día de San Miguel (29 de septiembre)- de ahí que el golfo por el que los españoles vieron el Pacífico por primera vez se llame golfo de San Miguel-. Cuando Núñez de Balboa llega a la orilla, levanta la espada y en una nueva ceremonia llena de solemnidad toma posesión del mar en nombre de la Corona española.

Los nativos del lugar conocedores de las poderosas armas de aquellos extraños que han maltrecho a las tribus hermanas, deciden agasajarlos para tenerlos como amigos. Les ofrecen no oro sino perlas procedentes de las islas cercanas, que fueron bautizadas por los españoles como archipiélago de las perlas- se sigue llamando así-, entre las perlas obtenidas estaba la famosa Peregrina que fue descrita por Cervantes, por Lope y formó parte de las joyas de la Corona española hasta 1808, malhadado año en el que José Bonaparte la robó como tantas otras obras de arte… y que acabó subastada, siglos después, y comprada por el actor Richard Burton que se la regaló a Elizabeth Taylor ( la historia de esta perla merece un capítulo entero).  Núñez y sus hombres también encuentran oro y la noticia de que hay un territorio, aguas abajo, lleno de minas de oro y plata, cuyo nombre nativo acaba teniendo su plasmación fonética en castellano como Perú.

Con aquel cargamento, deben volver a Darién. Eligen un camino diferente y tras numerosas fatigas (incluso el propio Balboa tuvo que volver en una hamaca que portaban los indios por padecer de fiebres), el 19 de enero de 1514, alcanzan la ciudad de Santa María de la Antigua. Hace ricos a todos sus hombres y a sus familias. Su fama se extiende y nadie osa disputarle el poder.

Sin embargo, en España, aún no han llegado las noticias de sus hazañas, aunque sí las de su deseo de iniciar una expedición para conocer un nuevo mar.  El Rey envía una flota bajo el mando de Pedro Arias Dávila, más conocido como Pedrarias, para que dirigiera la expedición real camino de lo que debía ser la conquista más importante desde la llegada de Colón a América, y así era, con la peculiaridad de que cuando Pedrarias llega a América, la conquista ya se ha producido y no bajo su mando sino bajo el de Balboa. Además, el precavido rey Fernando, prevenido de que no siempre las historias que llegaban a España eran del todo ciertas, había extendido un documento nombrando Adelantado de Darién a Núñez de Balboa. Por tanto, Pedrarias traía en su mano una orden de conquista que ya estaba cumplida por un militar que ahora era su segundo y que gozaba en la zona de más prestigio y predicamento que él. Nunca un Gobernador llegó a un lugar tan lejano para un asunto que ya estaba resuelto.  Su envidia e inquina contra Núñez de Balboa alcanzó tintes negros, reputando a Pedro Arias de ser uno de los mayores miserables que ha dado nuestra conquista. La relación entre ambos personajes era aparentemente cordial, incluso Arias llegó a casar por poderes a una de sus hijas con Núñez – no dando validez a la boda con la hija del cacique local-, pero, sin reparo en su relación familiar, siguió intrigado contra Vasco Núñez de Balboa.

Balboa, que no se estaba quieto, y ante la tensa situación vivida en la región, decidió iniciar una expedición hasta aquel Perú del que le habían hablado, con la intención de mantener el poder lejos del nuevo gobernador.  Pedrarias no le dio los medios para realizarla, por lo que Balboa marchó acompañado de un grupo de voluntarios, españoles e indios, a los que hizo cargar con madera para construir una flota. Esta construcción fue, en uno y otro intento, un fracaso. En medio de la desesperación de Balboa, Pedrarias le manda volver. Núñez se ilusiona al pensar que el gobernador accede a darle el ejército que previamente le había negado. Pero no fue así. En mitad del camino de vuelta, Vasco Núñez se encontró con un grupo de hombres al mando de Francisco Pizarro que lo detuvieron por orden del gobernador. Balboa fue acusado de traidor por intentar usurpar el poder para usarlo contra Pedrarias y de tratar de crear un gobierno aparte en el Mar del Sur. Así, entre intrigas, injurias, odio, envidia y pruebas de dudosa validez, aquel hombre, que dio una enorme conquista a España, fue llevado al cadalso. Valiente como era, fue dignamente a su sacrificio. Su mezquino suegro (escondido tras unas tablas) disfrutó de ver la muerte de un valiente, mientras él, tan miserable, fue incapaz de un solo acto de heroicidad durante su gobierno. Balboa defendió su inocencia y lealtad al Rey hasta el final. En mangas de camisa no movió un músculo para librarse de la presencia del verdugo, ejecutor de una injusta condena; agachado sobre un madero, aguantó valientemente la visión de la sombra del hacha elevada por el verdugo, el descenso del afilado acero y el roce del mismo sobre su cuello hasta que ya no sintió nada más. Allí murió, no a manos de la justicia sino de la envidia, Vasco Núñez de Balboa, un bravo y uno de nuestros más intrépidos conquistadores.

Francisco Pizarro, tras participar en la captura de Núñez de Balboa, consiguió el apoyo de Pedrarias para organizar la expedición que lo llevaría a la conquista del Perú.

En 1520, Magallanes, después de surcar por las peligrosas aguas de lo que con el tiempo se llamó Tierra del Fuego, desembocó en un mar mucho más tranquilo, por lo que lo bautizó como mar Pacífico. Dando así el nombre definitivo a la más extensa masa de agua salada del mundo, al mayor de los océanos, a aquel mar del Sur que descubrió Vasco Núñez de Balboa.

BIBLIOGRAFÍA

Asenjo García, Frutos. “Vasco Núñez de Balboa: El descubrimiento del Mar del Sur”. Sílex Ediciones, 1991.

Garrison, Omar V. “Balboa el conquistador: La odisea de Vasco Núñez, descubridor del Pacífico”. Editorial Grijalbo, 1977. 

ZWEIG, Stefan. “Momentos estelares de la humanidad”. Ed. Acantilado, 2002.

CUANDO LOS TERCIOS ESPAÑOLES DERROTARON A LOS SAMURÁIS

Vamos a hablar hoy de un acontecimiento muy poco conocido, digno de una película- si fuéramos americanos de estos hechos ya habíamos rodado tres películas y dos series-. Con todo, no nos podemos quejar porque, en 2016, el guionista Ángel Miranda y el dibujante Juan Aguilera publicaron el cómic Espadas del fin del mundo, que narra las batallas contra los piratas japoneses partiendo de la crónica del protagonista español: Juan Pablo de Carrión.

Situemos los hechos. Filipinas, río Cagayán al norte de las islas, año 1582. Quien dirigía la flotilla española era Juan Pablo Carrión, nacido en la localidad palentina de Carrión de los Condes 70 años antes. Toda la vida se la pasó buscando la gloria, pero caminó de decepción en decepción, primero en España, posteriormente en el virreinato de Nueva España, hasta que se le ofreció la ocasión de ir a Filipinas.

En aquel año de 1582, Filipinas era una base codiciada por todos, pero la gran potencia del momento era España. Sin embargo, no era del agrado de nuestro monarca Felipe II tropezar con los navíos portugueses en nuestro ir y venir a América por el Pacífico, de manera que se buscaban rutas desde posiciones más al norte para regresar sin conflictos con los portugueses. Pero aquellos mares estaban infestados de piratas. Muchos chinos, pero, sobre todo, japoneses. En china a los habitantes del sur de Japón se les conocía desde antiguo como los wa kuo, o wo kou, waegu o simplemente wa.

Japón en aquella época había sido arrasado por sucesivas guerras civiles. No olvidemos que entonces Japón ni ningún país asiático tenía una concepción nacional como la que se estaba formando en Europa. Japón era el conjunto de poderes de varios señores feudales. De aquel territorio se extendía una leyenda por todo Asia oriental sobre su poderoso ejército: los samuráis.

La fama de los temidos samuráis está envuelta por un halo de leyenda y fortaleza que hacía pensar que sólo un samurái era capaz de derrotar a otro samurái. Los samuráis, con todo, no pasaban de ser un poderoso ejército feudal. La escasez de fuentes sobre sus enfrentamientos con otras fuerzas asiáticas, así como la literatura y el cine, han contribuido a mitificar la figura de estos guerreros cuyo código de honor e indiscutible bravura se han hecho proverbiales. Pero tras las guerras civiles, muchos señores feudales habían muerto o perdido la opción de tener ejército propio, dando lugar a que deambularan por todo el país samuráis sin dueño ni empresa, abocados al pillaje y a la piratería. Se les conocían como “ronin”. Los “ronin” eran contratados como mercenarios para realizar cualquier tipo de encargo con una sorprendente rapidez y eficacia. El cineasta japonés Akira Kurosawa es tal vez quien mejor ha retratado a estos singulares bandoleros en sus películas.

Pero los piratas y mercenarios samuráis no siempre actuaban sin dueño. Por supuesto la infantería samurái dependía de un señor, pero muchas de las flotas piratas en las que se enrolaban “ronin” estaban también financiadas por los señores feudales. El pillaje que se producía en aquellos mares creó problemas al propio comercio japonés. Se les cerraba el acceso a las codiciadas sedas y cerámicas chinas, y durante más de un siglo el único modo de hacerse con estas mercancías pasaba, precisamente, por la piratería. Sobre todo, asaltando los puertos chinos o los filipinos, hasta que los europeos les cortaron el paso.

Es decir, bien por ser “ronin”, bien por depender de un señor feudal dedicado a la piratería muchos de aquellos piratas habían formado parte de los samuráis, tenían su formación y su equipamiento. Evidentemente no todos los piratas estaban en esta situación, muchos procedían de China, Taiwán o eran isleños de otras zonas de alrededor, a los que se les equipaba y formaba como se podía, pero no con la gran formación samurái.

El ejército samurái en el siglo XVI parece ser que concebía sus batallas en formaciones cerradas, con piqueteros y arcabuceros. Algo semejante a lo que hacían los Tercios. Aparentemente tenían una capacidad y disciplina muy superior a la de otros países asiáticos.

Dentro de sus tácticas, los arcabuceros supuestamente tienen su origen en la copia de armas portuguesas. Se suele decir que el enfrentamiento con los españoles en Cagayán fue el primero entre los terribles samuráis y los europeos. Esto tampoco está muy claro. Es verdad que ha sido el primer enfrentamiento documentado. Las dudas surgen precisamente por el uso que hacen los japoneses de arcabuces de origen portugués que bien pudieron proveerse en algún enfrentamiento previo contra los lusos o por la simple compra. Fuera como fuese, el señor feudal japonés, Tanegashima Tokitaka, ordenó a un armero que copiase el cañón y el mecanismo de disparo portugués y en pocos años el arcabuz se extendió por todo Japón; logrando los nipones con sus adaptaciones un arma más liviana y precisa que, incluso, al cubrir la mecha con tapas lacadas, permitía disparar durante los días de lluvia.

El enfrentamiento con los españoles se produjo al norte de la isla de Luzón, hasta allí habían llegado los nativos del país de wa para establecerse en el lugar. El capitán pirata era conocido como Tay Fusa (posiblemente la transcripción del sonido de su nombre que presenta distintas formas). Según las fuentes que se disponen era un valiente japonés que, después de asolar las costas de China, Corea y Vietnam, llegó a Filipinas.

Las narraciones de los españoles destinados en Filipinas señalan que los japoneses llegaban cada año a sus tres zonas en Luzón (Cagayán, Lingayen y Manila) para intercambiar plata por oro. La situación se deterioró rápidamente y ante la hartura que expresó el Gobernador de Filipinas, Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, Felipe II aprobó que una flota se enfrentara a los piratas nipones.

La flota, a la que podemos calificar de exigua, se conformó por siete barcos (el navío San Jusepe, una galera llamada Capitana y cinco embarcaciones menores) y 40 hombres (aunque las cifras varían un poco de unas fuentes a otras) a cuyo frente se situó a Juan Pablo de Carrión.

La flota zarpó de Manila y fue bordeando la isla de Luzón en dirección a la desembocadura del río Cagayán. En total, la expedición de Carrión tuvo tres choques armados contra los japoneses; el primero, al amanecer, al doblar el cabo Bojeador y toparse con uno de los navíos piratas. Al que derrotaron con facilidad por la superioridad de los cañones de los barcos españoles. El segundo combate surge al darse de bruces con 18 champanes (el champán es un tipo de buque propio de los países asiáticos del pacífico, utilizado para la pesca y la navegación por los ríos), que estaban saqueando una pequeña población y causando una matanza entre gentes indefensas. Los españoles no dejaron de hacer fuego hasta causar numerosos muertos al enemigo. El tercero y definitivo se produce en el río grande de Cagayán, también llamado por los españoles río Tajo.

Cerca de la desembocadura del río, Carrión manda a un barco a que explore lo que se encuentra tras el recodo del río. El adelantado descubre a 11 barcos japoneses con cerca de 1.000 hombres con poderosa artillería personal, algunos con las máscaras y corazas propias de los samuráis.

Ante esta situación y con la nave capitana muy dañada desde el primer combate, Carrión decide dar la batalla en tierra. Embarranca la nave capitana, derriba su mástil de modo que sirva de parapeto. En tierra dispone a sus hombres a la manera de los Tercios, en formación cerrada, a semejanza de las legiones macedonias y con piqueros en primera línea, seguidos de los rodeleros y, protegidos por los portadores de arcabuces. Además, utiliza un recodo en el que se encuentra una pequeña playa donde ordena disponer los cañones y fortificarse en lo que sea posible, lo que consiguen haciendo uso de las embarcaciones. Además, untan de grasa las picas a fin de que los enemigos se resbalen cuando las agarren.

Los japoneses tratan de negociar: se retirarán a cambio de que los españoles les entreguen una indemnización en oro por las ganancias que dejarán de obtener. Ante la negativa hispana, los piratas-samuráis capitaneados por Tay Fusa se disponen a la pelea confiando en la superioridad numérica de sus fuerzas y en que los españoles no sepan luchar en tierra como sí habían demostrado en el mar.

Poco después del alba, una horda de 600 wa kuo se abalanza contra el parapeto del pequeño reducto que los españoles han formado en la playa. El fuego de cañones y arcabuces españoles causan enormes bajas entre los japoneses. Será en la segunda andanada japonesa cuando el choque con los piqueteros españoles sea inevitable, así ocurre en una tercera y una cuarta ocasión. Las bajas enemigas son numerosísimas, pero no se dan por vencidos y vuelven al ataque. Casi no les queda munición a los Tercios y el enfrentamiento cuerpo a cuerpo es inmediato. Allí se decidió la batalla donde el exoesqueleto de las armaduras españolas y las espadas de acero toledanos fueron muy superiores a las catanas japonesas y armaduras samuráis y sus cascos (kabuto)- eso entre los que los tenían, pues como hemos señalado entre los piratas no todos eran samuráis, también había ashigaru (soldados rasos) y piratas de distintas nacionalidades-.

Quizá fuera por los exoesqueletos, quizá fuera por su impecable forma de luchar tanto en el mar como en tierra, quizá fuera la impresión que debió causar entre los asiáticos las naves negras españolas (untadas de brea) el caso es que en japón se cuenta este encuentro a través de un relato que narra cómo temibles demonios mitad peces mitad lagartos derrotaron a guerreros con fama de invencibles. De esta narración los japoneses han realizado una serie de ficción.

Tras la batalla, derrotado, Tay Fusa optó por plegar velas y marchar. No se supo más de él en ningún relato histórico. Por su parte, Carrión fundó una ciudad en el lugar del choque con la intención de organizar la defensa de la zona para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse. La llamó Nueva Segovia.

Aquellos combates no terminaron con la piratería en la zona, pero los piratas empezaron a respetar las costas filipinas y, sobre todo, a temer a los barcos negros y a sus navegantes mitad peces mitad lagartos.

No me negará el lector que, como señalaba al principio, esta historia merece una película. Si España tuvo un gran imperio se debió a heroicas gestas como las que contamos. En Filipinas terminamos con la gesta de Baler, pero empezamos por la valiente llegada de Legazpi y la mantuvimos por hechos como el que Cagayán. No es de recibo que estas cosas no se encuentren en los libros escolares. Por aquello fuimos un imperio y por esto estamos como estamos.

 

BIBLIOGRAFIA

BORAO, José Eugenio.  “La colonia de japoneses en Manila en el marco de las relaciones de Filipinas y Japón en los siglos XVI y XVII”. Dialnet.

CANALES, Carlos y DEL REY, Miguel. “En Tierra Extraña; Expediciones Militares Españolas”. Ed. EDAF. 2012

Lepanto

Este año se cumplen 450 años de la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), considerada la mayor batalla naval de la Historia, y de una trascendencia enorme en la Historia de la humanidad. Si el mundo lo conocemos como es, en gran parte, se lo debemos a Lepanto. Goethe llamaba a la Historia “Misterioso taller de Dios” y en ese taller los momentos realmente trascendentes no son tantos. Hoy estamos ante uno de ellos.

En España, esta batalla se recuerda más por Cervantes, que participó y fue herido en la misma (el manco de Lepanto), que por la batalla en sí. Cervantes perdió la movilidad del brazo, que no el brazo, y a pesar de ello, orgulloso como estaba de aquella lucha, comprendiendo lo importantísimo de aquella victoria, definió la batalla como “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

En los antecedentes históricos debemos destacar algunos personajes destacados y algunos acontecimientos que condujeron a la batalla definitiva.

Europa estaba dominada por los Habsburgo tanto en el Imperio español de Felipe II como en el Sacro Impero Romano-germánico. Era la época de la contrarreforma frente a los protestantes que ya vimos en parte cuando hablamos de Carlos I en este blog: https://algodehistoria.home.blog/2019/06/21/carlos-i-de-1517-a-1522-4/

Por tanto, Europa estaba dividida entre católicos y protestantes. A esos enfrentamientos se unía el peligro que representaban los musulmanes y, más en concreto, los turcos. Durante el siglo XVI los otomanos habían conquistado los territorios que formaron en el pasado parte del Imperio Bizantino y su pretensión se centraba en alcanzar el control total del mar Mediterráneo y los territorios aledaños. En aquel momento de formación de los Estados Nación, la idea de enfrentarse al Imperio español y al dominio español de Europa y del mundo era más importante para las naciones protestantes que la defensa de la cristiandad. Por eso Gran Bretaña y, muy especialmente, Francia consideraban al turco un buen aliado que podía debilitar a España y a Felipe II. Tan es así que los turcos pretendían expansionarse gracias a la base que los franceses de Francisco I les habían dejado en Tolón. Con estos apoyos atacaron en diversas ocasiones las posesiones españolas en el norte de África, Sicilia y sur peninsular de Italia. A eso hay que unir, los levantamientos moriscos dentro de la península ibérica a lo largo del Siglo XVI, como el de las Alpujarras en 1501, Valencia en 1525 o la más destacada y cercana a los acontecimientos que narramos, de nuevo en Granada y de nuevo en las Alpujarras en 1568.

Felipe II comprendió que militarmente no podía aceptar esa presencia turca pues le creaba problemas dentro y fuera de sus fronteras. Por tanto, se imponía el dominio del mar Mediterráneo, atestado de piratas turcos, que no sólo perjudicaban a sus dominios, sino que limitaban el comercio. Ya en los siglos XV-XVI, el Mediterráneo se erige en distribuidor del flujo humano y comercial entre el occidente dominado por los europeos (emporio renacentista, textil lanero y metalúrgico), el extremo oriental controlado por los turcos (que canalizaba la Ruta de la Seda oriental y el tráfico suntuario de porcelana), el África del Norte (donde confluía el oro subsahariano con las caravanas de esclavos negros), y el Océano Índico conectado a través del Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz, disputado por árabes y portugueses (clave para el tráfico de especias y también de textiles, sobre todo, alfombras y tapices persas).

El mayor afectado por el pirateo del comercio marítimo en el Mare Nostrum era Venecia. El Dux, no estaba por la labor de enfrentarse al turco, más bien era partidario de sobornar a sus piratas para que le dejaran comerciar. A pesar de ello y con gran visión, pagaba a los turcos con una mano y con la otra se preparaba para la guerra.

Pero quien realmente se daba cuenta de la importancia de acabar con los turcos era el Papa. Pio V, San Pío V sabía que lo que se jugaba en aquella partida no era sólo el dominio del mar sino la idea misma de la cristiandad y la concepción del mundo occidental tal y como se conocía. Por ello, impulsa la bula de cruzada para formar una Liga Santa y hacer frente a los protestantes y a los musulmanes. Como vimos en la construcción de los estados pontificios, los papas tenían una fuerza militar menor y en aquellos tiempos eran las tropas de los países católicos, las de España esencialmente, las que defendían al papado y la cristiandad. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/

Al principio nadie parecía tener mucho interés en participar en esta Liga Santa. La excusa llegó de la mano de la invasión de Chipre por parte de los turcos. Unos años antes de Lepanto, los otomanos asediaron la entonces veneciana Malta (1564), pero en 1570 conquistan Chipre, también posesión veneciana. La fortificación poderosa de la isla y de su capital resistió todo lo humanamente posible, pero finalmente cayó ante los otomanos, el sultán Selim II escribía: “He derrotado a esos infieles que no me rendían pleitesía. Iremos a Venecia, y de allí a Roma”. Al peligro para la integridad de los territorios y el comercio se unió, y fue otro factor decisivo para la batalla, las horribles torturas a las que los turcos sometieron a sus dignos rivales. El horror se extendió por toda Europa.

Venecianos y pontificios sabían que sin España no tendrían ninguna oportunidad de ganar a la todopoderosa armada turca. España accede a participar y, el 25 de mayo de 1571, se firman en Roma las capitulaciones de la Liga Santa que unió al Imperio Español, el Papado, Venecia, Toscana, Génova, Saboya y la Orden de Malta. Su objetivo era enviar una flota de guerra a aguas del Mediterráneo Oriental cada año y detener la ofensiva naval turco-berberisca. Francia no participó por estar envuelta en guerras de religión internas entre católicos y hugonotes y por no venir mal a sus intereses el poder turco, en una muy corta visión de la realidad. El Sacro Imperio no participó directamente pues sus tropas estaban dedicadas a la dura tarea de contener a los turcos en los Balcanes.

Entre los acuerdos de la Liga estaban que España pagaría la mitad del gasto, Venecia un tercio y el Papado el resto. Asimismo, se recogía la capitanía de cada flota y el mando supremo a cargo de Don Juan de Austria. Como plasmación de aquel acuerdo, la flota conjunta de la Liga Santa, en su organización interna, estaba comandada por Marco Antonio Colonna por el Papado; la flota veneciana, por Sebastián Veniero y la del Imperio español por Don Juan de Austria, quien, dirigiendo la Nave Real, haría efectivo el mando militar supremo de la Liga Santa. Don Juan de Austria que contaba con 24 años en aquel momento y una amplia experiencia militar, tenía como consejeros y hombres de confianza, entre otros, a Luis de Recasens y a Álvaro de Bazán. A ambos les debemos buena parte de la victoria.

El gran organizador, excelente marino y enorme estratega en la batalla fue Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, Capitán General de las Galeras de Nápoles, una de las más grandes figuras de la vida militar española al que España no le ha rendido el homenaje y, sobre todo, el recuerdo adecuado. Aquella victoria se la debemos en gran parte al genio de Don Álvaro, tan gran marino que jamás fue vencido.

El 20 de julio de 1571, tras haber entrado en Barcelona un mes antes bajo el manto de los vítores de la población, Don Juan de Austria sale con 47 galeras de la flota imperial camino de Mesina donde se ha de reunir la flota conjunta. A mitad de camino, el 5 de septiembre, se suma a la flota imperial Don Álvaro de Bazán con 30 naves. En Mesina se fraguó una flota con 6 galeazas, 207 galeras, 76 fragatas y aproximadamente unos 98.000 hombres.

El 15 de septiembre de 1571, salían de Mesina las primeras naves en dirección al golfo de Tarento, lugar donde se encontrarían de nuevo todas las naves aliadas para ultimar los preparativos e ir avanzando poco a poco hasta encontrarse con las tropas musulmanas.

En el otro bando, los espías del Imperio Otomano,  que se apostaban a lo largo de toda la costa mediterránea, habían informado de la grandeza de la formación naval cristiana, lo que  movilizó las tropas turcas para hacer frente a los cristianos cerca de Grecia. Así, bajo el mando de los almirantes, Alí Bajá, Uluj Alí y Mehmed Siroco, se comandarían 87 galeotes y 210 galeras, además de unos 120.000 hombres.

Aunque en apariencia las fuerzas estaban equilibradas, la realidad haría visible otros aspectos que inclinaron la batalla al lado cristiano. En esa inclinación de la balanza las dotes de mando de Don Juan, para calmar las disensiones que empezaban a surgir entre los aliados, con los sabios consejos de Luis de Recasens, la genial estrategia de Don Álvaro y el genio constructor veneciano, fueron definitivos.

Las galeazas eran un invento veneciano que, tras algunos ensayos previos, había encargado el Dux a Francesco Duodo, uno de los más modernos constructores de armas y barcos. Las galeazas, naos mucho más versátiles que los galeotes y galeras tradicionales, con cañones en todos los lados del barco (llegaron a tener hasta 60 cañones por barco), algunos, alternando con los remos, la mayoría en proa y popa. Eran muy elevadas en altura, lo que impedía el abordaje. Además, aquellos cañones denominados “»sforzato» (tenso), tenían una longitud de lanzamiento mucho mayor que los tradicionales. Aunque recientes estudios quitan importancia a estas naves en la batalla por su inmenso peso y poca maniobrabilidad y sobre todo porque sus cañones, en el fragor de la batalla con tantos barcos podían acabar tanto con los turcos como los cristiano, sin embargo, veremos que lograron algún éxito destacado.

Don Álvaro de Bazán fue el primero en usar las galeazas venecianas de las que se nutría, por su petición, la armada española. Galeazas y galeras constituían una flota temible. Las características de estos últimos eran su gran altura y enorme fondo donde se situaban los remeros y la capacidad para llevar tropas: la infantería de marina, de la que también fue creador Bazán. La infantería en aquella batalla la compusieron Tercios Viejos españoles e italianos, reforzados con mercenarios italianos, alemanes y suizos, curtidos en mil batallas. Además, el arma secreta estaba bajo cubierta: a los efectivos cristianos habría que sumar otros 34.000 marineros y galeotes (muchos de ellos penados a remar sin sueldo) que fueron armados al entrar en combate con la promesa del indulto.

El armamento también era desigual: los cristianos disparaban arcabuces, mientras que los turcos preferían las flechas envenenadas. Además, los soldados turcos eran jóvenes e inexpertos, sus galeotes eran en su mayoría cristianos e incluso llevaban como remeros a mujeres.

Durante la navegación desde Mesina hasta Lepanto, Álvaro de Bazán tiene como misión dirigir el cuerpo de retaguardia de la Armada, recogiendo a las galeras que se quedasen atrás para que no se perdiese ninguna.

Una de las razones de la victoria estuvo también en las divergencias en el mando turco. Mientras los lugartenientes de la flota con más experiencia y avisados por sus espías de la fortaleza de la escuadra aliada, querían quedarse resguardados en el golfo de Lepanto.  Ali Pachá (el general en jefe de los turcos) da órdenes a finales de septiembre de combatir a los cristianos allí donde les encuentren. Se dice que Alí Pachá era tan joven y tan inexperto como ególatra, la mezcla ideal para salir descabezado, que fue lo que ocurrió.

Los turcos salieron a alta mar, cerca de Oxia, en el golfo de Patras frente a la ciudad de Lepanto. El combate tuvo lugar el día 7 de octubre de 1571. Día en el que los católicos conmemoramos a la Virgen del Rosario, a cuya advocación se encomendó la armada aliada, celebrando una misa antes del combate. El papa Pio V también oró en Roma frene a una imagen de la Virgen del Rosario.

No vamos a detallar toda la estrategia de la batalla, pero sí un breve resumen de los acontecimientos más destacados. La lucha se puede explicar en tres zonas divididas en el flanco derecho, centro y flanco izquierdo. En el ala izquierda turca, flanco derecho cristiano, las naves genovesas comandadas por Andrea Doria se distinguieron por no obedecer las órdenes de Don Juan de Austria en algunos momentos, creando un grave problema por aquel flanco al alejarse del grueso de la armada cristiana persiguiendo a algunos barcos turcos, lo que dejó espacio para que los otomanos viraran y atacaran a los barcos de la Orden de Malta, destrozándolos y capturando al Prior. Esto obligó a Álvaro de Bazán a socorrer el ala derecha. Fue el uso de las galeazas lo que puso orden en aquel sector de la batalla. Con 4 de las 6 galeazas se destrozó a una buena parte de la flota enemiga, eso permitió a Don Álvaro acudir en ayuda de Don Juan de Austria en la zona central de la lucha.

En el centro, la nave Sultana fue atacada por la Nave Real con Don Juan de Austria peleando como uno más de sus hombres, con el apoyo inestimable de Marco Antonio Colonna y el de Álvaro de Bazán. Allí los Tercios se destacaron en su lucha contra los jenízaros- temibles soldados turcos-. Luchaban como bravos a brazo partido, con la eficacia de sus espadas y los arcabuces españoles, que, aunque tenían un disparo de corto alcance era de una eficacia letal. Era tan fáciles de manejar que pronto desplazaron a la ballesta, arma que aún empleaban los turcos. De la eficacia del arcabuz habla Cervantes en el Quijote, capítulo XXXVIII: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería. A cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos

Mientras, el lado izquierdo de la armada cristiana era atacado por Siroco, el Almirante turco más agresivo en la batalla, que logra rodear a los barcos del veneciano Barbarigo, el cual tampoco había obedecido exactamente las órdenes del mando. Cayó muerto de un flechazo en el ojo y la flota italiana batalló bajo las órdenes del segundo de abordo, Federico Nani, que resultó ser un muy valiente y eficaz guerrero, que consiguió poner orden en aquel sector, donde acaba pereciendo también Siroco.

Con cierto orden en los flancos, por el centro se lucha sin descanso ante la avalancha turca contra la Nave Real; allí acuden los refuerzos del barcelonés D. Luis de Recasens, mentor de don Juan de Austria y auxilio fundamental para mantener viva la resistencia cristiana. Por orden expresa de Felipe II, Recasens ejercía de segundo jefe de la Armada y tutor del Príncipe. Otro de los mejores marinos españoles, otro de los héroes de Lepanto, siempre al servicio de su patria con una eficacia y humildad extraordinarias, y al que tampoco se la ha hecho justicia histórica.

Álvaro de Bazán envía diez galeras y un grupo de fragatas y bergantines para intentar hacerse con la nave capitana otomana. Como resultado de este refuerzo, el centro otomano queda totalmente deshecho y Ali Bajá herido de muerte. La leyenda dice que un soldado le corta la cabeza y la exhibe encima de una pica para acabar con la moral turca. No está comprobado que tal cosa ocurriera. Pero sí que, desde la muerte del Almirante turco, la batalla está decidida para el bando cristiano. Aún los turcos intentan revolverse, aún se cuentan por heroicidades las actuaciones cristianas: la de Álvaro de Bazán persiguiendo a los turcos a fin de recuperar la galera de Malta, salvar al Prior y a la bandera robada a la cristiandad. Logra salvar al Prior, pero no así la bandera; o el de los Tercios de Sicilia, que acaban por derrotar a los otomanos envalentonados hacia el flanco derecho cristiano. Eran 500 los de los Tercios y acaban vivos 50, pero derrotaron la última carga musulmana. A ellos se une en su vuelta Andrea Doria, que conquistó y rindió varias galeras.

El resultado militar final fue de 8.000 soldados cristianos muertos y de los musulmanes, 30.000 y 8.000 prisioneros y una de las más importantes victorias que vieron los siglos.

Como consecuencia de Lepanto caben destacar que los musulmanes retrocedieron en sus andanzas y dominio del Mediterráneo, aunque fuera momentáneamente y, en todo caso, nunca más con el poder anterior. El pacto realizado tiempo después entre Felipe II y el propio Selim II, propiciaría que hubiera una tregua en el Mediterráneo, hecho que aprovecharon ambos monarcas para enfrentarse a otros problemas internos de sus respectivos imperios.

El mundo occidental se desarrolló como lo conocemos, desde la tradición judeo-cristiana y greco-latina. No fueron sustituidos sus fundamentos por los musulmanes como hubiera ocurrido en caso de derrota. Tras la muerte del papa Pio V, en mayo de 1572, no se continuó con la acción de la Liga Santa. Sin embargo, las diferentes naciones europeas, crearon escuadras más potentes para ir atacando a los posibles piratas.

Desde el punto de vista religioso el sucesor del Papa Pío, Gregorio VIII, asoció la conmemoración de Lepanto a la devoción de la Virgen del Rosario.

Se lograron beneficios económicos y especialmente para el comercio, y España siguió siendo el Imperio que conocemos algún tiempo más.

Se ha escrito largo y tendido sobre la batalla, se han estudiado miles de archivos y se tienen testimonios históricos y literarios de gran valor sobre la misma y, sin embargo, no se conservan grandes recuerdos materiales de la batalla: banderas, barcos, armas y demás. Aún se buscan en el fondo del mediterráneo las naos cristianas, se han encontrado algunas turcas, pero está por descubrir qué fue de las que no regresaron, de las banderas perdidas…

Luis de Recasens, con gran sentido de la cultura y la Historia intentó recuperar todo lo que pudo, primero para acumular los pertrechos utilices para futuras luchas. En segundo lugar, para dotar a las naciones participantes, a los templos católicos o a algunos de los participantes de recuerdos de aquella victoria de la cristiandad. El hecho es que los elementos materiales se dispersaron. Así se dice que fue muy importante, casi totalmente decisiva, la intervención de Luis de Recasens para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto y varias de las banderas de aquel memorable encuentro fueran llevadas a Barcelona. El estandarte de la nao capitana cristiana está en la catedral de Toledo; fanales y cañones de las galeras enemigas quedaron en poder del marqués de Santa Cruz (don Álvaro de Bazán). Muchos de ellos, hoy, residentes en Museos navales. En el Museo naval de Barcelona se conserva una de las galeras. En el magnífico Museo Naval de Madrid, aparecen medallas conmemorativas, una legendaria bandera abandonada entre la oscuridad, maquetas de barcos, espléndidos cuadros… El lugarteniente en la galera capitana, Miguel de Moncada (en cuyo tercio sirvió Cervantes) entregó al convento de Nuestra Señora del Remedio (Valencia) la aljuba de tela de oro de Alí Bajá y un estandarte de seda de una galera. Fernando Carrillo de Mendoza, Consejero de don Juan de Austria y que fue quien dio la noticia de la victoria a Pio V recibió una bula de jubileo para la Capilla del Rosario de la parroquia de Priego (Cuenca), donde también funda el convento de San Miguel de la Victoria en 1572.

Así podríamos recorrer el monasterio de San Lorenzo de el Escorial, la Real Armería de Madrid, las catedrales de Toledo y Santiago. Monasterios como el de Santa María de las Huelgas, el de Monserrat o Montesión. Pequeñas iglesias como la de Medina del Campo. Museos y palacios no sólo españoles sino, por ejemplo, italianos: la comuna de Forno di Zoldo, la iglesia de Santo Stefano de Pisa, el castillo de Rivalta, la iglesia de San Domenico de Turín, en Génova, por supuesto en la Santa sede (donde se conserva, por ejemplo, el estandarte de la nave capitana otomana) e incluso en Viterbo… o en Turquía como en el estupendo museo Dieniz Musezi de Estambul. Podríamos continuar para demostrar lo atomizado del recuerdo, pero quiero terminar con uno especial: Don Luis de Recasens mandó construir un monasterio y una Iglesia en Villarejo de Salvanés, provincia de Madrid. El Papa Pio V en agradecimiento a su labor en la batalla, le regaló la imagen de la Virgen del Rosario a cuyos pies rezaba el Santo Padre. Esa virgen, conocida y venerada hoy como Virgen de la Victoria sigue en la Iglesia del pueblo madrileño y este año conmemora su año jubilar.

Aquella gran victoria se logró por la unidad de los católicos, pero en sus comienzos estaba la brecha que la Reforma y las guerras de religión abrieron en Europa; brecha en la que los musulmanes creyeron ver un camino de entrada para sus principios que eran, al tiempo, el fin de nuestra civilización. Han pasado varios siglos y la situación geopolítica universal nos parece traer ecos de aquel pasado. A ver si aprendemos de las virtudes que nos enseña la Historia y de los errores que nos marca, en recuerdo de Goethe, ese “misterioso taller”.

BIBLIOGRAFIA

. BARBERO Alessandro: “Lepanto: La batalla de los tres imperios”. Pasado y Presente Editorial, 2011.

. Manuel RIVERO RODRIGUEZ, Manuel. “La Batalla de Lepanto: Cruzada, Guerra Santa e Identidad Confesional”. ED. Sílex. 2012.

. David y Enrique GARCÍA HERNÁN, David y Enrique. “Lepanto: el día después”. ED Actas, 1999.

. BRAUDEL, Fernand. ” El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II”. Fondo de Cultura Económica. 1953.

Rampjaar (el año del desastre): 1672.

Hoy voy a hablar de un acontecimiento poco conocido, pero no por ello menos importante, se trata del fin del imperio holandés, del que los Países Bajos, nunca se recuperaron.

Lo que hoy son los Países Bajos, formaron parte de la corona española por la herencia borgoñona de Carlos I de España. Aquella zona nunca fue pacífica. Desde sus orígenes con los Vikingos a, posteriormente, bajo el poder del sacro imperio Romano, siempre habían sido provincias levantiscas contra el Imperio y al tiempo enfrentadas entre sí. Un auténtico avispero que logró algo de identidad común y relevancia económica durante el dominio borgoñón. Económicamente, su actividad se centró fundamentalmente en el comercio y por ello siempre tuvieron una buena flota y destacados medios de transporte. Ya en el siglo XV- a modo de ejemplo del floreciente poder comercial holandés- Ámsterdam se convirtió en el principal puerto comercial europeo para el grano procedente de la región báltica; esta posición comercial destacada era compartida en las provincias del sur por Amberes. Además, desde el siglo XI, los frisones desarrollaron un sistema de drenaje que hacía bajar el nivel del agua y dejaba la tierra apta para pasturas y otros cultivos agrícolas. En los siglos XII y XIII, esta técnica se aplicó para convertir en útil una vasta zona pantanosa de Holanda y Utrecht. Sus ingenieros se especializaron en obras hidráulicas para ganar poco a poco terreno al mar y unir las islas costeras mediante esclusas.

La primera vez y casi la última que todos los Países Bajos (que se conformaban aproximadamente por Holanda- actualmente Países Bajos-, y Flandes o Países Bajos Españoles, actualmente Bélgica y Luxemburgo) estuvieron unidos fue bajo el poder de los Habsburgo, con Carlos V y su hijo Felipe II. Ya estas provincias dieron que hacer a Carlos V- como vimos en las primeras entradas de este blog- el cual queriendo contentarles, cosa que no consiguió, en 1549, con la “Pragmática Sanción”, las dotó de una autonomía significativa. La situación en los Países Bajos se volvió más tensa con Felipe II por sus intentos de reforzar la persecución religiosa de los protestantes y sus esfuerzos por centralizar el gobierno, la justicia y los impuestos; las revueltas se sucedieron, sobre todo, en las provincias del norte, dando lugar, al luchar por su independencia de España, a la llamada Guerra de los Ochenta años (1568-1648). Las siete provincias rebeldes se unieron en la Unión de Utrecht en 1579 y formaron la república de los Siete Países Bajos Unidos o simplemente “Provincias unidas” (quizá la más importante de ellas fue Holanda de ahí que se conozca a esas provincias unidas por este nombre, en una especie de sinécdoque histórica). Se trataba de las provincias del norte, frente a las del sur (Flandes) que seguían en poder español. Fue Guillermo de Orange el que lideró a los holandeses frente a España.

En su organización interna, las provincias unidas era nominalmente una república, aunque realmente eran una monarquía. No es fácil de explicar. Cada ciudad y provincia tenían una amplia autonomía frente al resto de las siete provincias unidas. La soberanía residía en los Estados Provinciales y estos se unían en los Estados Generales. A la cabeza de cada provincia estaba un “Estatúder” puesto que siempre estaba ocupado por un descendiente de la casa de Orange que rendía obediencia al jefe de la casa de Orange, en aquel momento, Guillermo de Orange.

La mejor fórmula que encontraron los Orange para unir a sus provincias fue acudir a ese principio tan característico de todos los nacionalismos: encontrar un enemigo exterior común a todos ellos. Ese enemigo fue España y su imperio. No sólo aspiraban a independizarse de nuestro país, sino que querían tener un imperio propio, para lo cual, la existencia del imperio español tampoco les venía bien.  La mejor forma de combatir contra España, ya que no podían contra los Tercios, fue la creación de ese amargo sentimiento nacional que nace del uso sin escrúpulos de la propaganda contra el enemigo, siendo, por ello, los holandeses, uno de los grandes propagadores de la leyenda negra junto con ingleses y franceses, otros que también aspiraban al dominio de los mares y de América a costa de España.

Pero no sólo les unió la propaganda, sino que en el siglo XVII las Provincias Unidas se aliaron con Inglaterra y Francia para lograr su independencia. Lo que a la larga fue su perdición.

Durante la Guerra de los 80 años, las Provincias Unidas alcanzaron su periodo de mayor esplendor. En su pugna contra España desarrollaron una importante flota que emplearon en comerciar por todos los mares del mundo, descubriendo nuevas tierras y abriendo nuevas rutas comerciales. Fueron buenos ingenieros, pero, además, descubrieron antes que otros pueblos las ventajas de la propiedad privada, lo que espoleó sus deseos de sacar más productividad a sus tierras, a sus barcos y al trabajo en su conjunto. Los años triunfales de la historia de ese pequeño territorio van desde 1621- año en el que se fundó la Compañía de las Indias Occidentales, cuyos mayores beneficios provenían del comercio de esclavos (las Provincias Unidas hegemonizaron el comercio de esclavos en el Siglo XVII) y la piratería (sobre todo, asaltando barcos españoles)- hasta 1672. En esas décadas se extienden sus colonias por Asia (Célebes, Borneo, Malaca, Sumatra y Java, en Insulindia; Ceilán y Quilón, en la India), África (Ciudad del Cabo) y América (Curaçao y Guayana holandesa), aunque también sufren algunas derrotas, como las que les obligan a retirarse de Pernambuco (Brasil), la costa de Guinea o la desembocadura del río Hudson (Nueva Ámsterdam se convierte en Nueva York en 1664 y pasa a ser inglesa). De ellos, en 1700 quedaban los puestos comerciales de Curaçao, San Eustaquio (St. Eustatius) y San Martín (St. Maarten), las plantaciones en la Guayana holandesa y Elmina como puerto de esclavos. Aún tuvo un postrer momento de esplendor, encarnado en Guillermo de Orange III, proclamado Estatúder (jefe del poder ejecutivo y capitán general) de Holanda y Zelanda con ocasión del ataque de los franceses de 1672.

Con el esplendor económico vino el cultural, el clima de tolerancia- menos con los católicos- que se vivió en la época atrajo a grandes pensadores: Spinoza, Descartes o Locke se asentaron en Holanda. En Ámsterdam llegó a haber 250 impresores, siendo uno de los centros de publicación de libros, legales e ilegales, más importantes del Mundo. También adquirió importancia la publicación de prensa diaria. Esto unido al conocimiento de los mares facilitado por las imprentas que permitieron la aparición de atlas y libros geográficos. Las universidades holandesas destacaron por los estudios técnicos y también se construían aparatos de medida como microscopios, telescopios; todo relacionado con las ciencias que allí se enseñaban.

Al mismo tiempo, el enriquecimiento de la burguesía hizo prosperar a arquitectos y decoradores, así como pintores. Un rasgo distintivo de la época, comparada con la pintura europea precedente, fue la escasez de pintura religiosa y el predominio de retratos, bodegones y escenas costumbristas. Vermeer, Frans Hals o Rembrandt fueron algunos de los pintores del momento.

Pero aquel mismo enriquecimiento degeneró en una corrupción de la burguesía que pasó de la austeridad calvinista previa a la apetencia de lucro desaforado y la especulación… no sólo comercial o social, sino también política.

En 1648, con la Paz de Westfalia se produce la independencia de las Provincias Unidas de España. España mantuvo el control del sur de los Países Bajos. Pero en 1650, el hacedor de la independencia Guillermo Orange murió repentinamente; su hijo, el último estatúder y futuro rey de Inglaterra, Guillermo III, nació 8 días después, por tanto, dejó a la nación sin un sucesor. Desde el inicio de la organización política de las Provincias Unidas había existido tensión entre los miembros Orange y los regentes, clase dirigente inferior y compuesta por la burguesía. Ahora éstos toman el poder, siendo su cabeza visible, especie de Primer Ministro, Johan de Witt que dirige el país hasta 1672. Fue la primera era sin Estatúder o primera república holandesa de facto. El segundo periodo sin estatúder se da entre 1702 y 1748.

Aquella república esplendorosa en lo comercial había despertado las envidias de sus antiguos aliados: Francia e Inglaterra. Witt intentó una alianza con la Francia de Luis XIV para así enfrentarse con más fuerza a Inglaterra que quería limitar el comercio holandés. Pero aquella república se antojaba débil en lo político a los ojos de Luis XIV que ambicionaba quedarse con los países bajos españoles. Así, entre alianzas triangulares de los holandeses unas veces con Francia frente a Inglaterra y otras con Inglaterra frente a Francia a las que incluso se unió Suecia (Triple Alianza de 1668), se llegó al tratado de Dover de 1670, es decir, a la alianza anglo-francesa contra los holandeses. Esta alianza tenía acuerdos secretos que implicaban a Suecia, al Obispado de Müster y al elector de Colonia, lo que permitió a Francia sortear los Países Bajos españoles para atacar a Holanda desde Colonia por el obispado de Lieja y conseguir que Suecia invadiese zonas de Pomerania para bloquear mejor las posibles ayudas que pudieran obtener los holandeses.

Witt y Holanda tuvieron que hacer frente a cuatro guerras sucesivas, con el agravante de que los Estados Generales habían ejercido su esfuerzo principal en la marina, en la que se basa el comercio y la verdadera grandeza de la república, dando como resultado que, las Provincias Unidas habían conservado su superioridad marítima y habían perdido todo el espíritu militar. Así estaban las provincias unidas en 1672, el año del desastre (Rampjaar en neerlandés): de guerra en guerra, lo que complicaba su actividad comercial. Consiguientemente, la ruina se asentó en aquellas tierras antes prósperas, el desconcierto rodeaba a la población.  La población menguó por la disminución de la riqueza y los diques se deterioraron; había poco dinero para repararlos y las inundaciones devastaron el país. La Edad de Oro había terminado.

Witt, gran matemático, era un mal organizador militar. Después de haber tomado todas las precauciones para evitar la guerra, había querido formar un ejército considerable, adelantarse al enemigo en lugar de esperarlo, destruir sus almacenes en el Rin y colocaron guarniciones, con la esperanza de que estos lugares, la mayoría de las cuales habían soportado asedios muy largos, frenaran los primeros esfuerzos de Luis XIV por invadir Holanda, suspendieran su marcha y entorpecieran las acciones enemigas a fin de ganar tiempo para lograr el apoyo de otras potencias europeas. Curiosamente sus ayudas acabaron llegando de dos países nada amigos hasta entonces: España y el Sacro imperio y, en tercer lugar, de la los Orange, es decir, de la monarquía.

En su desastre, la defensa terrestre holandesa era un coladero, no habían preparado municiones suficientes, la pólvora no llegó a la mitad del país. Cuando Guillermo de Orange, recientemente nombrado capitán general de la República, se colocó detrás de las líneas del Yssel, por donde se suponía que Luis XIV intentaría entrar en Holanda, quiso llevar a cabo el sabio consejo de abandonar los lugares más débiles para concentrarse en aquellos que su posición y fuerza hacían más necesario mantener y más fácil de defender, pero De Witt se negó. El burgués quería defender todo el territorio pensando que eso retrasaría más tiempo el avance de Luis XIV.

La confusión aumentó cuando en cuatro días, del 3 al 7 de junio, los lugares de Orsoy, Rhynberg, Burick de la línea del río Wesel habían caído en manos francesas. Las rendiciones se producían por doquier. El culmen de las desgracias se produjo cuando Luis XIV cruzó el río Rin; lo que se consideraba un proceso complicado acabó resultando más fácil de lo previsto.  Al tiempo, los ingleses preparaban un desembarco marítimo por la costa. Los holandeses estaban a punto de sucumbir a manos de sus enemigos y de ser absorbidos por ingleses y franceses. Como señaló De witt, la República estaba perdida.

Dos hechos la salvaron en el último instante; por un lado, Orange logró retroceder con las tropas holandesas detrás de la “línea de agua”, es decir, de la inundación de las tierras por la apertura de las compuertas y, de otro, el auténtico héroe holandés del momento, el Almirante de Ruyter, logró hacer retrocede a los británicos con las victorias en las batallas navales de Schooneveld y Texel. Pero la República permanecía en situación peligrosa. De Witt, trató de salvar la situación por medio de negociaciones con los atacantes.

Mientras las conversaciones se producían, el odio popular había estallado en contra Johan de Witt y su hermano Cornelius. Primero malhirieron a Johan, luego detuvieron a Cornelius y cuando el primero se acercó a ver al segundo, los asesinaron. Sus cuerpos fueron linchados, salvajemente mutilados, su piel despellejada, sus vísceras comidas por los tolerantes holandeses. Se dice que esta maniobra fue un acto pagado por Guillermo de Orange. Sea como fuese Spinoza lo calificó como “el colmo de la barbarie”.

El linchamiento de los hermanos De Witt fue descrito en los primeros capítulos de “El tulipán Negro” de Alejandro Dumas. El libro de Dumas ayudó a que esta tragedia fuese conocida entre los lectores franceses y del mundo entero porque el oscurantismo holandés sobre esta materia fue enorme. Existe un cuadro atribuido a Jan de Baen y expuesto en el Rijksmuseum de Ámsterdam, que también expresa la crudeza de la tortura.

El Rampjaar fue un año de vergüenza nacional para los holandeses, que procuran no airearlo mucho, si bien está en el imaginario popular con un dicho en forma de acertijo: HET VOLK REDELOOS, REGERING RADELOOS IN HET LAND REDDELOOS. Traducido: “La fórmula para el desastre: un pueblo irracional, un gobierno desesperado y un país más allá del rescate”.

Aquel enfrentamiento con Inglaterra y Francia terminó con Guillermo de Orange en el poder y con la estabilización de la posición holandesa gracias a la ayuda del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Leopoldo I; Brandeburgo-Prusia y de España; esto se formalizó en el Tratado de La Haya de agosto de 1673 al que Dinamarca se unió en enero de 1674. La paz definitiva de la tercera guerra Anglo-holandesa se firmó por Tratado de Westminster (19 de febrero de 1674).

Pero, aunque la pesadilla acabó, Holanda nunca volvió a ser la misma ni volvió a la prosperidad alcanzada en la edad de oro. Visto el resultado, casi, casi podrían haber dicho que contra España vivían mejor.

Rocroi, 1643

No todo han sido victorias en la Historia de España. Si no contáramos también las derrotas, nadie entendería cómo pudimos pasar de las glorias imperiales a la situación que vivimos hoy en España. Traigo al blog una de nuestras más heroicas derrotas. Heroicas por el comportamiento de nuestros soldados, sobre todo, de los Tercios. Voy a hablar de la Batalla de Rocroi en 1643.

En un inciso previo a describir aquella batalla cabe señalar que Rocroi es una localidad del departamento de las Árdenas, en el N.O de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. La zona y la ciudad han sido escenarios de enfrentamientos destacados en la Historia moderna y contemporánea. Por ejemplo, la ciudad sufrió un sitio en la guerra franco-prusiana de 1870 a 1871 y la región, fue escenario de la famosa batalla de las Árdenas, la desesperada ofensiva alemana al final de la II Guerra Mundial (del 16 de diciembre de 1944 al 25 de enero de 1945) y en la que la propia naturaleza del lugar jugó un importante papel.

En 1643, España, aunque seguía siendo la fuerza hegemónica del mundo, se veía amenazada por la pugna entre Inglaterra y Francia para ocupar ese lugar. Por eso se vio abocada a participar en la guerra de los 30 años, de la que nada bueno obtuvo.

La batalla de Rocroi (19 de mayo de 1643) se encuadra dentro de esa guerra de los 30 años (entre 1618 y 1648) que ha sido el conflicto más devastador que ha vivido Europa hasta la I Guerra Mundial. Se suele señalar que la Guerra de los 30 años fue un enfrenamiento religioso entre protestantes contra católicos, lo cual no es del todo cierto. Quizá tuvo un atisbo inicial en esa dirección, pero en el fondo tenía mucho más de búsqueda del control político-militar de Europa, que de defensa de un credo religioso. Por eso, el enfrentamiento sería esencialmente contra los Habsburgo, que reinaban en España y en el Sacro Imperio Romano Germánico y dominaban Europa desde Carlos I de España, siendo sus enemigos Francia y Suecia. Las etiquetas de “católicos” y “protestantes” se introdujeron en el siglo XIX para simplificar los hechos. Fueron las razones geoestratégicas las que determinaron el comportamiento de las grandes potencias. Este tipo de motivos explica que Francia, un país católico, luchara contra dos potencias de su misma fe, España y el Sacro Imperio Germánico. 

El cardenal Richelieu, favorito de Luis XIII, fue quien concibió que el futuro glorioso de Francia germinaría de imponerse a estas dos Coronas de los Habsburgo. Los franceses sabían que para lograr su expansión no podían verse estrangulados por vecinos demasiado poderosos. Tras la victoria de las tropas imperiales (Sacro Imperio y españolas) sobre los suecos en Nördlingen, Richelieu ve el momento propicio para enfrentarse abiertamente a los Habsburgo. Al principio, con poca fortuna, hasta que el Infante Fernando se aproximó peligrosamente a París. Tal vez  el Habsburgo hubiera ocupado la capital del Sena de contar con los recursos adecuados. Pero España no estaba en condiciones de apoyarle convenientemente. De hecho, la situación interna de despoblación, de escasez de hombres, recursos y con más necesidades de las que podían atender generaba suficiente inestabilidad expresada en formas de revueltas, que para colmo, fueron alentadas por nuestros enemigos, especialmente en Cataluña y Portugal. Así se desencadenaron las rebeliones de los segadores en Cataluña y la guerra de la Restauración en Portugal (finalizada con el tratado de Lisboa en 1668, por el cual se reconoció la independencia de Portugal). En 1643, los españoles, para disminuir la gran presión que los franceses imprimían en Cataluña y en la zona del Franco Condado (que era español por entonces y lo siguió siendo hasta 1678), en una maniobra de distracción, atacaron la parte norte de Francia, sitiando Rocroi. Una fortaleza defendida por 500 hombres, por lo que la creyeron fácilmente conquistable.

El ataque lo realizaron las tropas imperiales bajo el mando de Francisco Melo de Portugal y Castro miembro de la dinastía Braganza. Hombre de confianza de Felipe IV y por entonces capitán general de los Tercios españoles de Flandes. Algunos lectores se acordarán de él por la película Alatriste (la película termina en Rocroi. Supuestamente, una de las dos novelas que Pérez- Reverte ha prometido a sus lectores para terminar el ciclo de Alatriste, pero aún no editadas, se situará en Rocroi).

Francisco de Melo no tuvo una exitosa carrera militar y en nada la mejoró en esta ocasión. Cuando decidió atacar la ciudad no tuvo la precaución de proteger su retaguardia o cerrar el acceso por si los franceses mandaban refuerzos, que fue exactamente lo que hicieron.  A mediados de mayo de 1643, los franceses enviaron un ejército de apoyo a la ciudad de Rocroi. Gracias a este ejército de socorro, la fuerza defensiva francesa era muy parecida a la atacante española. Los franceses contaban con más infantería, peor y más escasa artillería, pero en el conjunto, ambos contendientes estaban en igualdad de condiciones.

Lo que desequilibró la situación fue la estrategia y la capacidad de los mandos. Melo, como no tenía mucha experiencia, cedió el despliegue táctico al veterano conde de Fontaine, de 67 años y enfermo de gota, el cual requería silla de mano para ser trasladado. Los franceses, por su parte, estaban dirigidos por el joven Luis II de Borbón-Condé, duque d’Enghien, de solo 22 años, impetuoso, soberbio y tenaz, valiente en su osadía y poco presto a la rendición. Si bien, su prudencia o miedo final, como veremos, casi convirtió el combate en un empate.

Los problemas de los nuestros se manifestaron desde el primer momento al considerar que los franceses iban a defender la plaza y no a presentar batalla en campo abierto. Pero se equivocaron. En esas circunstancias, el lugar elegido no podía ser más inoportuno para nuestra tropa: con una zona boscosa, otra pantanosa y la propia ciudad fortificada de Rocroi a su espalda. Además, no contaban con los pertrechos adecuados. Melo se olvidó cargar con las palas y zapas para abrir trincheras que hubieran ayudado durante el combate a proteger el flanco izquierdo en el que estaba la caballería del bravo duque de Alburquerque, al que no pudo socorrer debido a su imprevisión.

Como creían que las posiciones francesas serían defensivas y no irían al ataque desde el principio, la distribución de las tropas fue muy semejante a la que hizo d’Enghien: dos líneas de infantería en el centro, sendas escuadras de caballería a cada flanco y una línea de artillería en el frente. En el caso español, los Tercios se pusieron en vanguardia, privilegio que tenían las tropas de élite. La caballería española en el ala derecha formada por caballeros loreneses bajo la dirección del conde de Isenburg y el ala izquierda por los jinetes flamencos al mando del duque de Alburquerque. En la retaguardia los soldados valones, alemanes, borgoñones e italianos.

La batalla comenzó el 19 de mayo de 1643 a las 3 de la madrugada. Los franceses iniciaron el ataque por el ala izquierda española. Los arcabuceros españoles situados entre la caballería y el bosque resistieron el envite e hicieron retroceder a los franceses, a ello se unió la carga de los de Alburquerque que logró infligir un grave daño al enemigo. Tampoco los franceses, en su ataque por el ala derecha, tuvieron mejor suerte. Además, las tropas españolas lograron hacerse con varias piezas de la artillería enemiga. Si en ese momento Melo hubiera lanzado a la infantería, seguramente la batalla se hubiera ganado. Pero no lo hizo, creyendo que los franceses se replegarían y que la victoria caería del lado español. Otra vez, como vimos con Vernon en Cartagena de Indias, un general se da por victorioso antes de tiempo. Melo no contó con la valentía y el buen hacer del Duque d’Enghien, que se paseaba a caballo analizando las zonas más débiles del enemigo y, así, en un alarde de osadía reunió los restos de su caballería y los volvió contra el ala izquierda, la de Alburquerque, que luchó con valentía, pero no pudo con la caballería croata bajo el mando francés. Nuestros caballeros se retiraron de forma desordenada.

Con la artillería de nuevo en manos francesas y la caballería bajo su control, Luis II fue a desbaratar la infantería. Los primeros en ser atacados y en huir fueron los italianos, adelantándose a aquel principio de los desertores italianos en la II guerra mundial: soldado que huye vale para otra guerra. A ellos se había unido, poco antes, Melo, con la aseveración de “aquí quiero morir, con los señores italianos”. El que murió fue Fontaine y algunos buenos mandos españoles. Acto seguido, el francés atacó a los valones y alemanes, que resistieron con la mayoría de sus oficiales heridos o muertos.

La resistencia final recayó sobre los veteranos españoles. Sobre los Tercios, es decir, la infantería, invencibles hasta ese momento y temidos en toda Europa. Su modo de guerrear se basaba en la mezcla de armas blancas (la pica) con armas de fuego (arcabuz y mosquetón), lo cual fue  una novedad en su tiempo. Una de sus habilidades más exitosas era su capacidad para atacar unidos o de dividirse en unidades más pequeñas, con un alto nivel de movilidad, que iban despegándose según las necesidades de la batalla hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual, para lo cual habían sido entrenados especialmente, haciendo recaer su fortaleza de ánimo y capacidad combativa como un elemento más de la fuerza empleada contra el enemigo. Ese grado de movilidad era un elemento novedoso en su desarrollo, pero en su concepción partía de una adaptación de las legiones romanas y macedonias. Al igual que estos eran capaces de unirse como un solo cuerpo, atacando al unísono sin dejar huecos a la injerencia enemiga. Algo semejante a la formación en tortuga que hizo famosas a las legiones romanas, pero con un elemento más propio de las legiones macedonias: las picas. En los Tercios, los piqueros, que también portaban espada de doble filo y no mayor de un metro, para un más ligero transporte y uso, se situaban en el centro de la formación dejando a su derredor a los arcabuceros y a los mosqueteros (introducidos por el Duque de Alba y de gran éxito en la historia de los Tercios). 

Con ese panorama, con esa formación unida con las picas, arcabuces y mosquetes en perfecta formación, los españoles aguantaron los ataques franceses por ambos costados durante horas (seis horas duró la batalla). Supervivientes del resto del ejército, especialmente los de Alburquerque se unieron a ellos y combatieron hasta el final.

Los franceses intentaron una negociación ofreciendo respetar la vida y libertad de los todavía supervivientes, dejarles ondear sus banderas y portar sus armas. Así lo hicieron los Tercios de Garcíez y Villalba. Pero, quedaron los de Alburquerque y otros veteranos luchando hasta quedarse sin munición, sin fuerzas pero nunca sin ganas ni honor, hasta la extenuación. Lograron, en esas condiciones una rendición pactada, con las mismas condiciones ofrecidas, ciertamente generosas, tanto que algunos historiadores hablan de empate en la batalla. Posiblemente, la razón por la que el francés fue tan dadivoso se debió al miedo a que llegasen los refuerzos que Melo había solicitado. El barón de Beck, al frente de 4.000 hombres, incluido el Tercio de Ávila, habían iniciado su rumbo a Rocroi, sin embargo, conocedor de la situación de la batalla, Beck había ordenado esperar antes de meter a sus hombres en un avispero. Con todo, D’Enghien sabía que si no paraba pronto aquello, los refuerzos españoles llegarían y no estaba en condiciones de continuar la lucha contra aquella “masa de carne” como las crónicas de la batalla calificaron al bloque formado por los Tercios, imposible de penetrar.

Las bajas fueron numerosas, se dice que, entre muertos y heridos, 5.000 españoles cayeron en Rocroi, aunque, el número de muertos y heridos franceses fue mayor que el de españoles, con numerosos oficiales fallecidos o maltrechos. Los españoles lucharon infatigablemente contra una infantería mayor en número y lograron mantenerse en pie y salir con honra.

La batalla de Rocroi se ha identificado como el símbolo del principio del fin de los Tercios de Flandes. La historiografía más reciente, no tiene esa consideración. Se entiende que Rocroi fue una batalla perdida, la primera de nuestros Tercios, pero fue una batalla más. Mayoritariamente se considera que la batalla que marca el fin de nuestra hegemonía en Europa fue la batalla de las Dunas (1658). En 1643, nuestro ejército seguía siendo poderoso y de hecho derrotó a los franceses pocos meses después en la batalla de Tuttlingen. 

En lo que perdimos, como casi siempre, fue en la propaganda. Peter H. Wilson, reconoce que “Rocroi debe su lugar en la historia militar a la propaganda francesa”.

Voltaire dejó escrito lo siguiente: “Jamás hubo victoria mas gloriosa ni mas importante para Francia y se debió a la conducta e inteligencia del duque D’Enghien por una acción pronta que percibía a un tiempo el peligro y que a la cabeza de la caballería atacó por tres veces y rompió en fin esta infantería española invencible hasta entonces; desvaneció el miedo que le tenía (a esta infantería española) y las armas francesas después de muchas épocas fatales a su crédito comenzaron a ser respetadas y sobre todo la caballería, adquiriendo en esta jornada la gloria de ser la mejor de Europa”

Como casi siempre, este relato favorable a los franceses se paseó por Europa sin que los españoles, en una situación que a veces parece cercana a la abulia, hicieran nada por contrarrestarla.

La verdad es que el duque D’Enghien fue un militar de mayor enjundia que Melo, pero muchos, incluso algunos historiadores franceses, le recuerdan como impetuoso, dado a las operaciones prontas y destructoras con pérdidas enormes. Se le acusaba de buscar el brillo de sus acciones sin reparar el derramamiento de sangre. En su vida, el conde maniobró  en la Corte en contra de Mazarino, la situación le llevó a la paradoja de que durante las revueltas de la Fronda, Condé fue encarcelado y acabó huyendo a Flandes uniéndose a las tropas españolas, con las que participó en la victoria de Valenciennes contra los franceses y en la derrota española de las Dunas.  El Tratado de los pirineos en 1659, le concedió el perdón real y su vuelta a Francia con todos los honores.

BIBLIOGRAFIA

Peter H. Wilson  “La guerra de los Treinta Años”. Desperta Ferro.

Pablo Martín Gómez  “El Ejército español en la Guerra de los Treinta años”. Almena.

Cartagena de Indias, 1741

La batalla o sitio de Cartagena de Indias, del 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, es uno de los conflictos armados más trascendentes ocurridos durante el siglo XVIII. Se encuadra dentro de la “Guerra de asiento” que duró de 1739 a 1748.

Antecedentes

  • El mundo había cambiado. Desde los siglos XVI y XVII, en los que España y Portugal se repartieron el mundo a base de heroicidad y descubrimientos, las posiciones de dominio se transformaron, nuevos protagonistas pretendían hacerse con el dominio de los mares (británicos) y con el de Europa (franceses, austríacos, holandeses…). Incluso el sistema de ganancias se había modificado, ya no primaba la explotación de las minas de oro y plata de América, bastante esquilmadas a estas alturas, sino el fomento del comercio gracias a las materias primas existentes en cada territorio. Realmente, esto no era una auténtica novedad, la vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano había permitido un próspero comercio de especias. Ese sistema mercantil afianzaba ahora sus posiciones, sobre todo, porque los ingleses no estaban dispuestos a crear un imperio como el de los demás, sino a controlar una serie de territorios costeros con fines comerciales que sirvieran a su enriquecimiento.
  • Por otro lado, España había cambiado de dinastía tras la guerra de sucesión. Precisamente el tratado final de ésta (Tratado de Utrecht, 1713) resultó relevante para los acontecimientos que vamos a narrar hoy. Por aquel tratado España perdió Nápoles y Flandes; Menorca y Gibraltar y tuvo que conceder a Inglaterra dos cosas esenciales para su comercio: el “asiento de negros” que era el monopolio del tráfico de esclavos africanos con América, y el “comercio triangular” este último consistía en que los productos británicos los vendían en la costa africana, así lograban esclavos que eran cambiados en América por productos coloniales, los cuales se mandaban a Gran Bretaña y vuelta a empezar. Este comercio se acrecentó con otra de las concesiones del tratado de Utrech: el “navío de permiso” que consentía a los ingleses enviar un barco comercial al año al puerto de Portobelo (actual Panamá).  Quien negoció en nombre de España fue Luis XIV de Francia, que lo hizo en representación de su nieto, Felipe V de España. Luis antes que abuelo era francés y, por tanto, no debe sorprendernos que traicionara a España. Toda la negociación puso en tela de juicio los intereses españoles, por ejemplo, la concesión del asiento y el navío de permiso debía haberse hecho por 10 años, pero Luis les concedió 30. Si a esto unimos que los ingleses siempre han sido expertos en hacer fracasar acuerdos, en atropellar tratados, el conflicto estaba asegurado. Aunque, en esta ocasión, las consecuencias fueran nefastas para los británicos
  • Una de las características del comercio inglés era su organización a través de compañías comerciales. La llegada de los Borbones a España supuso un cambio en el sistema mercantil con América copiando, en parte, los sistemas de compañías monopolísticas británicas; naciendo la “Compañía de Honduras”, la “Real Compañía Guipuzcoana de Caracas”, la “Compañía de Filipinas”, “Compañía de Galicia”…, pero al contrario que las británicas,  nunca tuvieron ejércitos y flotas propias. En el caso que nos ocupa, Gran Bretaña concedió el monopolio del comercio con Portobelo  a la “South Sea Company”. El centro de operaciones de la misma se situaba en Jamaica.
  • La compañía inglesa no lograba el rendimiento deseado en el sistema triangular establecido de un barco al año así que pronto consideró más lucrativo practicar el contrabando a gran escala.
  • Esta situación molestaba a España. En general nuestro monarca Felipe V no estaba muy feliz con la situación internacional. A la vista de que las potencias europeas se negaban a revisar las condiciones del tratado de Utrech, tomó dos decisiones, una, centrar su presencia en Italia, lo que le llevó a intervenir en el norte de África – Oran- (de lo que hablaremos en otra entrada de este blog en algún momento) y, la otra, reforzar su presencia en América.
  • Los enfrentamientos en América con los británicos no eran una novedad, se venían sucediendo desde la guerra de sucesión española, momento aprovechado por los ingleses para atacar nuestras colonias en territorio norteamericano. Famosos fueron los choques en la Florida y Georgia  donde nuestra presencia quedó reducida al fuerte de  San Agustín o Pensacola, que tanta importancia tuvo posteriormente en la participación española en la independencia americana como ya vimos al hablar de nuestro héroe Bernardo de Gálvez (https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/). Destacado fue el enfrentamiento en fuerte Mosé, el primer asentamiento de negros libres de todo el continente americano. Donde los británicos fueron derrotados y cuya mera existencia era todo un insulto a los esclavistas anglosajones.
  • En 1738, nos encontramos con otro  enfrentamiento en las costas de Florida motivado por el contrabando inglés. El incidente, se produjo cuando un guardacostas español, ”La Isabela” al mando del Capitán Fandiño, apresó a un capitán contrabandista británico, Robert Jenkins, y supuestamente en castigo le cortó una oreja al tiempo que le decía: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, no está clara la exactitud de estos hechos, pero la historia así contada, sirvió de excusa al Parlamento inglés para declarar al guerra a España. En la historiografía británica la “guerra de Asiento” es conocida como la “Guerra de la oreja de Jenkins”.
  • El comercio español en el Caribe tenía como bases los puertos de Veracruz (actual Méjico) en Nueva España; Cartagena de Indias (actual Colombia) y Portobelo (actual Panamá) en Nueva Granada y el más importante La Habana en Cuba donde convergían las rutas desde los demás puertos en el camino de la flota de Indias a España. El objetivo británico en esta campaña sería controlar y mantener esos cuatro puertos, con lo que cortaría el comercio español y podría utilizarlos de base para su expansión hacia el interior de los territorios. El objetivo era así comenzar la conquista de la América española para Inglaterra.
  • En 1727, dentro de las guerras británico- españolas de 1727-1729 se produjo el primer bloqueo británico a Portobelo, que resultó, a la postre, un rotundo fracaso.
  • El 22 de noviembre de 1739, una flota británica al mando del almirante Edward Vernon capturó Portobelo, disparando la euforia en Gran Bretaña. En realidad el puerto estaba vacío y no tenía mas defensas que tres fortines, el tesoro había sido puesto en lugar seguro por el gobernador y a penas tuvieron nada que saquear, pero para la prensa británica el desastre de 1727 había sido vengado. Se celebraron banquetes en honor del almirante Vernon, y se compuso para la ocasión el himno “Rule Britannia” que hoy en día se sigue cantando en Gran Bretaña. Asimismo, en Londres y Dublín se bautizaron calles con el nombre de Portobelo que perviven.

Protagonistas

Por parte británica, el Almirante inglés Edward Vernon, que  tenía bajo su mando la mayor flota construida en la historia, superior a la compuesta en la contra armada, como vimos en este blog (https://algodehistoria.home.blog/2020/10/23/la-contra-armada-inglesa/). Vernon tenía una gran trayectoria como marino no sólo en América sino en otras rutas inglesas. Tras Portobelo, intentó el asalto a  La Habana, pero lo consideró demasiado complicado y abandonó la idea, para centrarse en Cartagena de Indias.

Por parte española, nos encontramos en el Virreinato de Nueva Granada con el Virrey recientemente fallecido y el puesto vacante. En 1740, el  puesto fue ocupado de manera interina por el héroe de guerra español, el Almirante Blas de Lezo, hasta la llegada del nuevo Virrey. El 24 de abril de 1740, fue nombrado Virrey  el Teniente General Sebastián de Eslava y Lazaga

Ambos, Lezo y Eslava eran militares de gran experiencia. Blas de Lezo era un veterano marino originario de Pasajes, en Guipúzcoa. Ingresó en la armada con 12 años, se formó como oficial en la escuela naval de Cádiz. Su heroicidad era proverbial, su valentía le llevó a la lucha sin cuartel en cada combate a pesar de que en ellos fue herido de tal gravedad que cuando arribó a Cartagena de Indias en 1739  ya estaba tuerto, cojo y manco. Los británicos le llamaban “medio hombre”. Sin embargo, lo épico de su leyenda y las derrotas que había infligido a los ingleses durante la guerra de sucesión española le hacían temido como a nadie en aquellos tiempos. Está considerado como uno de los mejores estrategas de la  historia de la Armada española.

Sebastián de Eslava y Lazaga, caballero de la orden de Santiago y comendador de la orden de Calatrava, de 56 años de edad, tenía una amplia experiencia tanto militar como administrativa. Prácticamente había participado en todos los combates importantes de los últimos cuarenta años, con una brillantísima carrera.

Podemos señalar, como cuarto protagonista, a la propia ciudad de Cartagena de Indias. Cabe plantearse por qué Vernon eligió Cartagena de Indias, una vez desistió de La Habana. La respuesta nace de la posición geográfica de Cartagena. Una vez apoderados de Portobelo, si los ingleses tomaban Cartagena separarían las rutas que unían Nueva España con Nueva Granada, destrozando así las comunicaciones españolas y las rutas de nuestro comercio de América a España. Cartagena era el punto de llegada en el que confluían todas las riquezas del sur del continente para su transporte a La Habana y de ahí a España.  Por eso, el plan británico consistía en dividir  las posesiones españoles e interceptar el comercio marítimo español en el Caribe.

Además, Cartagena era la ciudad más grande del momento y una de las más prósperas. Se construyó en una zona naturalmente defendida situada entre dos bahías (bocagrande y bocachica) con las mejores murallas del Caribe español.  Desde el punto de vista náutico y militar, las condiciones geográficas de la bahía proporcionaban un entorno favorable para convertir a Cartagena de Indias en un puerto seguro, con numerosas islas bordeadas de arrecifes de coral separadas por estrechos canales y cubiertas de manglares. Igualmente ocurría con la zona donde se estableció la ciudad, situada sobre una isla cuyo frente marítimo está bordeado de arrecifes rocosos sumergidos que la convertían en impracticable desde el mar, rodeada de otras islas semejantes con una extensa red de canales y ciénagas.[1]

Sitio de Cartagena de Indias

Los dos primeros ataques ingleses se produjeron en 1740, cuando aún el Virrey no había llegado fueron rechazados por Lezo. Su leyenda se agrandaba. Pero la auténtica pesadilla se inició el 13 de marzo de 1741 llegó a Cartagena de Indias una potente flota británica que multiplicaba por 30 los efectivos españoles, ya fueran barcos u hombres.

Antes de desembarcar los ingleses inhabilitaron la red de fortalezas que defendían la ciudad. El Virrey se trasladó al navío Galicia, buque insignia de Blas de Lezo para coordinar las operaciones. Mandó cerrar con barcos y cadenas las bahías de bocagrande y bocachica. El ataque que se preveía como definitivo, se dio por la bahía de Bocachica. Allí los ingleses bombardearon durante 19 días antes de iniciar la entrada a pie al fuerte de Manzanillo. Consiguieron el repliegue de los españoles. Vernon estaba tan seguro de su victoria que  envió a Jamaica un barco con la noticia de que había vencido a don Blas de Lezo y que la ciudad no tardaría en caer. La algarabía habitó entre los británicos. Cuando las noticias llegaron a Londres se mandaron fundir monedas conmemorativas en las que Blas de Lezo aparecía de rodillas en señal de rendición.

Pero en la vida no conviene dar por cazada la presa antes de cogerla. Los escarceos continuaron y el 16 de abril los británicos se hallaban a las puertas del Castillo de San Felipe de Barajas. Ultimo fuerte en permanecer en manos españolas; desembarcaron tropas y pertrechos. Su camino no era recto sino que debían dar una vuelta de 3 km. hasta alcanzar la entrada de la fortaleza. Mientras, los españoles se recluyeron en el castillo tras ordenar Blas de Lezo construir varias trincheras por el camino que permitiera parapetarse a los españoles, ralentizar la marcha a los ingleses y retrocedes en caso de que los britanos avanzaran. Además, levantó una empalizada de tierra delante del castillo que les permitiese arcabucear a los ingleses si llegaban allí. La entrada al castillo, no era tan fácil como parecía y no sólo por los obstáculos creados por los españoles, de manera natural era una selva. Las tropas en tierra debieron enfrentarse a la jungla y la malaria, que causaron cientos de bajas entre los ingleses. La defensa española la formaban unos 300 hombres, la bravura española logró que los ingleses no avanzaran y perdieran en el asalto 1.500 hombres.

Entre el 19 y el 20 de abril, los ingleses prepararon por la noche una gran ofensiva con escalas, que servirían para entrar en la ciudad y acabar con los soldados españoles, pero Blas de Lezo, consciente de eso, mandó cavar un foso alrededor de la muralla para evitar que las escalas llegasen a lo alto. De esa forma, con escalas demasiado cortas y sin saber qué hacer, los ingleses fueron masacrados desde lo alto de la muralla. A la mañana siguiente, Blas de Lezo ordenó una salida y cargando con la bayoneta sobre los enemigos les obligó a huir hacia el mar, abandonando toda la impedimenta.  Para completar la situación, el navío Galicia que había sido apresado por los ingleses se incendió, pero el viento lo movió sin rumbo y fue a dar con parte de la flota inglesa que también se carbonizó.

Aunque desde los barcos se siguió bombardeando la ciudad durante 30 días más sin resultado, a Vernon no le quedó más remedio que retirarse el 20 de mayo de 1741.

Cuando el Rey Jorge II tuvo noticias del desastre, prohibió a sus historiadores escribir sobre una derrota tan vergonzosa. Las monedas conmemorativas se conservan aun hoy en día.

Aquella derrota ha sido la peor derrota británica de la historia y uno de los episodios más heroicos de la historia del ejército español.

Consecuencias de la batalla.

Inmediatas:

  • Jorge II de Inglaterra tuvo que retirar la garantía de intervención armada en apoyo de María Teresa de Austria con importantes consecuencias para el futuro de Austria y Prusia.
  • Vernon, aunque intentó relanzar su tropa contra el caribe español, acabó siendo relevado de su cargo en la Royal Navy aunque a su muerte fue enterrado con todos los honores en la abadía de Westminter como un gran héroe británico. Pero el ex primer ministro Lord Horace Walpole escribió en 1744: “Hemos perdido alrededor de siete millones de libras y 30.000 hombres en la guerra de España”.
  • En 1748 se llego a la paz de Aquisgrán, donde, gracias a las victorias de Cartagena de Indias y Madonna del Olmo en Italia, la Corona española pudo presentar una posición de fuerza en las negociaciones y en Europa.

A largo plazo

  • España fortaleció el control de su Imperio en América durante 70 años más. Para el Reino Unido las consecuencias a largo plazo fueron mucho más graves ya que, gracias a esta victoria, España pudo mantener unos territorios y una red de instalaciones militares en el Caribe y el Golfo de México que jugaron un papel determinante en la independencia de las colonias británicas de Norteamérica, durante la Guerra de Independencia Estadounidense, en 1776. y logró prolongar la supremacía militar española en el continente americano hasta el siglo XIX y retrasó la caída del imperio colonial español.

Sobre la suerte de nuestros héroes cabe señalar que  el virrey don Sebastián de Eslava terminó su periodo de mandato en Nueva Granada y volvió a España, donde el rey le nombró Capitán General de Andalucía y Director General de la Infantería. Llegó a ser Secretario del Despacho Universal de la Guerra (lo que hoy sería Ministro de Defensa).

Peor suerte corrió  el Teniente General de la armada don Blas de Lezo, pues falleció el 7 de septiembre de 1741 victima de la epidemia que se desata en la ciudad de Cartagena de Indias. No se sabe dónde se encuentra su tumba.

Tanto a él como al Virrey, el rey de España, Fernando VI, les concedió un título nobiliario póstumo que aún conservan sus descendientes.

La Armada española no ha olvidado a Blas de Lezo  y mantiene la tradición de tener un barco en activo con su nombre. También hay una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando de Cádiz y varias calles dedicadas a su persona en distintas ciudades españolas.

Sin embargo, parece que los españoles se han olvidado un poco de él, no así los ingleses, como se deduce de la anécdota ocurrida en 2005. Se celebró en Gran Bretaña, entre el puerto de Porstmouth y la Isla de Wight, el bicentenario de la victoria británica de Trafalgar con una parada naval ante la reina Isabel II y el primer Lord del Almirantazgo en la que participó una numerosa representación de la flota británica y estuvieron representados otros países, entre ellos España. España envió a la parada militar al portaviones “Príncipe de Asturias” y a la fragata “Blas de Lezo”. La presencia de este último barco llamó la atención de la prensa británica, que llegó a considerar su presencia como una provocación española al llevar el nombre del protagonista de la mayor derrota de la Royal Navy en su historia.

BIBLIOGRAFÍA

JORGE CERDÁ CRESPO. “Conflictos coloniales: la Guerra de los Nueve Años 1739-1748” . Publicaciones de la Universidad de Alicante (2010).

RUBÉN SÁEZ ABAD – “La Guerra del Asiento o de la “Oreja de Jenkins” 1739-1748”. Edit. Almena (2010).

Web: http://todoababor.es/articulos/defens_cartag.htm

[1] http://todoababor.es/articulos/defens_cartag.htm

UN TRAIDOR: ANTONIO PÉREZ

Hoy volvemos a adentrarnos en el hilo de los traidores. La Historia está llena de ellos y en el caso español, hemos tenido unos cuantos, ni los más poderosos se libran. En este caso, el más poderoso era el gran Felipe II y el traidor su influyente secretario: Antonio Pérez; quien ha sido considerado por Julián Marías como uno de los impulsores de la Leyenda Negra española junto con fray Bartolomé de las Casas. Si en fray Bartolomé la soberbia y la exageración hicieron un gran trabajo en esta línea; en Pérez fue su propia desvergüenza y vicio los que sirvieron de guía a los autores de la leyenda negra. Digamos que nuestros enemigos se basaron en sus acciones para incrementar esa leyenda, aunque, ningún país serio hubiera dejado envenenar su historia con tantas mentiras y, lo que es peor, en ninguna ley de memoria histórica parece que vayamos a encontrar un impulso al estudio y difusión de la verdad histórica de nuestro imperio y nación.

Antonio Pérez nace en la localidad de Valdeconcha, Guadalajara, en 1541, falleciendo en París, en 1611. Estos dos datos, fechas de su nacimiento y muerte, son los más claros de su biografía, sobre todo, lo que se relaciona con su origen.  No está claro quién fue su padre, si a) Don Gonzalo Pérez, consumado humanista, propietario de una de las mejores bibliotecas de la época, traductor de “La Odisea” al castellano,  que fue secretario del emperador Carlos I y después del propio Felipe II y el que, al fin y al cabo, le dio su apellido o b) el aristócrata portugués, Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli. Se sabe que su madre fue doña Juana de Escobar de la que se desconoce si era soltera o estaba casada con otro hombre. Fuera como fuese, Juana nunca se casó ni con Gonzalo ni mucho menos con el cabeza de la casa de Éboli. Todo apunta a que era sotera pues, no tiene sentido que Gonzalo Pérez diera su apellido al niño si la madre estaba casada. Pero, lo probable, según los rumores que corrían por la corte, es que Pérez sirviera para tapar al hijo ilegítimo de una de las dos casas más influyentes en la corte española del momento, la otra era la casa de Alba. Esta última posibilidad se refuerza con el hecho de que Ruy Gómez de Silva apadrinó a Antonio Pérez, le cobijó bajo su techo durante los primeros 12 años de su vida y lo protegió siempre. Sea de una forma u otra, el joven fue educado en las más prestigiosas universidades españolas e italianas de su tiempo, bajo la ayuda de la familia castellana de los Mendoza, que estaba emparentada con el Príncipe de Éboli a través de su matrimonio con Ana de Mendoza de la Cerda (Princesa de Éboli), la cual, para completar esta visión del “ Hola” del siglo XVI, no se sabía a ciencia cierta qué relación tenía con Felipe II, aunque las lenguas de triple filo de la época sí decían saber lo íntima que era aquella relación; de verdad, parece que las habladurías sólo eran eso. Lo que sí es cierto es que la Princesa mantuvo una enorme influencia política en la Corte incluso después de la muerte de su esposo el Príncipe de Éboli, para ello se alió con Antonio Pérez, sin que se pueda afirmar si su relación se basó sólo en intereses financieros y de poder o también amorosos. Nunca lo sabremos, aunque los que dudan de las inclinaciones sexuales de Antonio Pérez, afirman que sólo formaron un convenio por intereses.

En todo caso, Antonio, tuvo una carrera meteórica, basada en sus influencias en la corte, su buena formación intelectual, su carácter ambicioso, prudente y muy dado a las intrigas.

Al fallecer Gonzalo Pérez en 1566 queda vacante la Secretaría de Estado, y su supuesto hijo es propuesto para suplir su vacío, cosa que sucedió en 1567 y oficialmente ratificado por el rey en 1568. Que alguien de tal juventud alcanzara un puesto tan influyente era un caso excepcional en las cortes europeas. Precisamente desde 1553, año en el que se le encargaron los asuntos exteriores de la corte española, su presencia en esas cortes y, también en la política nacional, fue considerable.

Para llegar a aquel puesto tuvo que sortear un problema, no menor, para aquellos tiempos: había tenido un hijo extramatrimonial y no quería casarse con la madre (Juana de Coello)- se ve que había costumbre en la familia-. Fue, otro cortesano, Juan de Escobedo, el que terció para lograr su matrimonio con Juana y, gracias a ese hecho, pudo lograr el puesto de secretario de Felipe II. La fortuna de Antonio era holgada, y en los primeros años, y tras ganarse el favor de Felipe II, amasó grandes sumas de dinero. De él se dice que gastaba en caballerías, en ropajes, juego y otros vicios. Como es lógico, ese tren de vida no era fácil de sobrellevar, ni siquiera para un personaje como Antonio Pérez.

En aquel momento, como dijimos, dos eran las casas influyentes en España: Éboli y Alba. Ambas representaban posiciones diferentes en la política a seguir en los Países bajos. Los primeros eran partidarios del diálogo con los Orange para acabar con la guerra y la destrucción; los segundos apoyaban posiciones más duras; estos últimos representaban la causa de la mayoría de la nobleza castellana y la posición de Don Juan de Austria, hermanastro del Rey, héroe de Lepanto y gran militar.

Como secretario del hermanastro del Rey, Pérez nombra a Juan de Escobedo, con el encargo de que espíe a Don Juan y le comunique sus pasos. Pero Juan de Escobedo fue leal a Don Juan de Austria, lo que no gustó mucho a Pérez. Realmente, aquella lealtad obstaculizaba el prospero negocio organizado por Pérez y la Princesa de Éboli. Su posición frente a la sublevación de los Orange, en un primer momento, fue de auténtico interés negociador, pero, una vez comprobaron que tal solución no tenía futuro, decidieron vender secretos de Estado al enemigo.“Resulta evidente es que éstos abusaron de su privilegiada posición, como señala Marañón, para vender secretos de Estado, y acaso también por ambiciones familiares de la Princesa en la cuestión de Portugal. De lo cual Escobedo debió sospechar algo, alguna noticia amenazando con delatarles”, dice M. F. Álvarez en su libro “Felipe II y su tiempo[1] Ese hecho fue descubierto por Escobedo, por lo que éste pasó a convertirse en enemigo mortal de Antonio Pérez.

Antonio, previendo que aquello podía acabar con su cabeza, decide actuar con rapidez fabulando toda una serie de calumnias sobre Escobar y sobre Don Juan de Austria, para lograr que el Rey se enemistase con ellos. Según parece, le informa al Rey que el ambicioso Escobedo era quien trataba de convertir a Juan de Austria en monarca, que el éxito del hermanastro del Rey tras la épica victoria de la batalla de Lepanto, le hacía acreedor de la corona de Escocia o de Inglaterra por matrimonio con alguna de sus reinas. De hecho, los persistentes rumores provenientes de Escocia de aceptar a don Juan de Austria como rey si éste se casaba con María Tudor, fueron suficientes para que Felipe II creyera en la traición de su hermanastro. Además, los problemas arreciaban en el Imperio y Felipe II envió a su hermano lejos de las intrigas de la corte, aún a sabiendas de lo dificultoso de su misión, de ahí que le encomendara la defensa de las provincias holandesas donde vino a sustituir en el cargo al Gran Duque de Alba. “Era como si (Felipe II) quisiera hacer frente a los problemas de Flandes con el prestigio del nombre de su hermano; o acaso también para hundir en el fracaso inevitable a quien tanta gloria había logrado en el Mediterráneo. Porque lo cierto es que el Rey, contra el parecer de algunos miembros del Consejo de Estado –y concretamente del que más experiencia tenía en los asuntos de Flandes, el duque de Alba- siguió el consejo de Antonio Pérez”, nos dice M. Fernández Álvarez.

El 31 de enero de 1578, los tercios viejos derrotaron a los Estados Generales en la batalla de Gembloux, consiguiendo así que gran parte de los Países Bajos del Sur volvieran a la obediencia al Rey, entre ellos la provincia de Brabante. Esto hizo revolverse a las fuerzas enemigas, atacando las posiciones españolas en dos frentes: uno francés desde el Sur –al mando del duque de Anjou– y otro desde el Este –al mando de Juan Casimiro y financiado por la Reina Isabel de Inglaterra. El vencedor de Lepanto iba a necesitar más recursos para frenar ambos ataques, de no ser así, perdería inevitablemente las posiciones tan duramente logradas. Por ello, instó a su secretario, Juan de Escobedo, para que lograra del rey más dinero.

Sin embargo, Felipe II lejos de ayudar a aquella empresa como debía, no lo hizo, y siendo conocedor de las intrigas que se cernían sobre Escobedo, las permitió. Escobedo fue asesinado el 31 de marzo de 1578. Tal noticia llenó de dolor a don Juan de Austria, el cual debido al tifus y a una negligencia médica en una desastrosa operación quirúrgica, murió también a finales de septiembre en su campamento mientras sitiaba la ciudad de Namur. Viendo cerca su muerte, Don Juan nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio y escribió a su hermano pidiéndole que respetase este nombramiento y le permitiese ser enterrado junto a su padre. Estos deseos fueron cumplidos por Felipe II, arrepentido de la desconfianza mostrada hacia su hermano, pues al morir don Juan de Austria, el Rey recibió toda la correspondencia y documentación que éste poseía en los Países Bajos, y “vinieron a demostrar al Rey cuán lejos estaba su hermano de traicionarle y alzarse contra él. Por lo tanto, Antonio Pérez le había engañado, de forma que lo que podía tomarse como una dura, pero necesaria medida adoptada por razón de Estado, se convertía en un siniestro asesinato”. Esa complicidad fue la perdición de Antonio, pues Felipe temía que se hiciera pública alguna documentación comprometedora que podía inculparle.

Felipe II mandó encarcelar a la princesa y a Antonio Pérez. Este se escapó y la primera consecuencia de su huida fue el levantamiento del Reino de Aragón.  Los problemas de la monarquía con Aragón venían de antiguo. Existían ciertas disensiones entre la corte y los nobles aragoneses, se trataba de un viejo enfrentamiento entre las posiciones de influencia de los nobles castellanos y los aragoneses. Pérez, que mantenía buenas amistades entre la nobleza aragonesa, consiguió convencerlos de que Felipe II planeaba enviar un ejército a Aragón con la intención de abolir sus fueros. Se produjo una revuelta y, ahora sí y por ella, Felipe II envió al ejército a sofocar la misma. Al calor de las revueltas, Antonio Pérez consiguió escapar de Aragón y refugiarse en Francia.

La segunda consecuencia de la traición de Pérez viene de su vida en Francia. Una vez en el país vecino acude a la ayuda y protección de Enrique “Príncipe de Bearn” y futuro Rey Enrique IV de Francia, el famoso Enrique, protestante (calvinista), que por alcanzar la corona pronunció la famosa frase de “París bien vale una misa”, lo que dice mucho de su altura moral. Enemigo acérrimo de Felipe II, que al igual que su padre, Carlos I, era el brazo ejecutor del Vaticano en Europa y el defensor a ultranza de las posiciones católicas. Si los Orange en Holanda se habían sublevado contra el poder papal para independizarse del real, Enrique, más taimado, aceptó aparentemente el catolicismo, pero juró odio eterno a Felipe II, el cual, además, tenía la pretensión de que una hija suya acabara reinando en Francia. Este personaje acoge a Antonio Pérez y le mantiene con tal de que intrigue contra España y le venda sus consejos y documentos. En afán contra España, Antonio Pérez logra convencer a Enrique de que es fácil lograr la sublevación de Aragón contra el monarca español. Si los franceses entran con un contingente que defienda la independencia de Aragón, los moriscos aragoneses más los valencianos se sublevarán. Enrique acepta.

El fracaso de la expedición fue total. “Los soldados bearneses eran, en su mayor parte, hugonotes, y quemaron las iglesias de los primeros pueblos conquistados, con lo que los aragoneses se olvidaron de sus fueros y, enardecidos por las ofensas a su catolicismo, atacaron a los herejes furiosamente, obligándoles a repasar la frontera. Los moriscos tampoco respondieron con las armas, probablemente porque entre los capitanes de Antonio Pérez había algunos enemigos antiguos de su raza. El fracaso, en resumen, fue completo” nos narra Gregorio Marañón en su obra. Lejos de amilanarse, en 1593, el traidor español y el rey francés vuelven a intentar una nueva sublevación en la zona, esta vez, centrándose en valencia y apoyándose en los muchos franceses que allí vivían, se calcula que unos 11.000. Pero tampoco acabó bien.

Así que Pérez viaja a Inglaterra como enviado del Rey de Francia, buscando vender al mejor precio sus confidencias y sus intrigas y, sobre todo, con gran sed de venganza, hacer el mayor daño posible a la nación que lo vio nacer. Recién llegado a Inglaterra, le acoge en su casa uno de los grandes validos de la reina: Roberto Deveraux, “segundo conde de Essex”, que además era el favorito de la reina. Pérez consigue convencer a Essex de que debía invadir España, cosa que intentó el inglés en 1596 al viajar con una escuadra a Cádiz, saqueando la ciudad, incendiando varios buques y obteniendo un triunfo muy alabado entre el ejercito ingles y el pueblo de las islas, pero de un hondo fracaso en los resultados. La empresa había supuesto un alto coste económico para las arcas inglesas y el botín conseguido, exiguo. Además, esta victoria,  elevó la ya alta arrogancia de Essex lo que le acabaría quitando el favor de la Reina y le llevarían al cadalso en 1601, siendo decapitado en la Torre de Londres.

El objetivo que Antonio Pérez perseguía para con España era la sublevación de los moriscos andaluces y éstos no sólo no lo hicieron, sino que se defendieron y lucharon por evitar la caída de la ciudad en manos inglesas. Aunque al final la tacita de Plata fue saqueada por la armada anglo-holandesa al mando del Almirante Howard.

No para aquí el desafío de Pérez, facilitó datos sobre las costas valencianas y mallorquinas a los piratas berberiscos en el convencimiento de que se levantarían en contra de Felipe II. Otro error y otro fracaso en las pretensiones del ex secretario real, aunque los resultados para la población de esas zonas fueron catastróficos. Las razzias y las incursiones berberiscas ocasionaron pérdidas económicas y humanas considerables, hasta que se pudo poner fin a las mismas, sobre todo, a raíz la victoria en Lepanto.

El tercer elemento que debemos considerar para tener a Antonio Pérez como traidor fue su relato de España.

Estando en Inglaterra, escribió sus famosas “Relaciones” (1594), primero las publicó bajo pseudónimo como Rafael y Azarías Peregrino y, al poco tiempo, ya aparece en las ediciones francesas con su propio nombre. Pero ya con la edición inglesa, puso gran empeño en enviarla a cuantas personas influyentes creyó conveniente que lo leyeran y no sólo de la corte inglesa, sino venecianas, españolas y amigos principales de otras cortes europeas y logró un gran éxito, cuya base se fundamentaba en una de las estratagemas más antiguas del libelo, la excusa del testigo presencial. Las “Relaciones” eran un ataque personal a Felipe II. Se basan como modelo en la “ Apología” de Orange y confirma la acusación de que Felipe II había matado a su hijo, Carlos, que era una de las acusaciones favoritas de los Orange. La prueba de su poder difamador es que, a pesar de ser una historia completamente falsa,  se ha mantenido en el tiempo, sostenida, entre otras razones, gracias a la literatura y la música. La obra “Don Carlos” es un drama escrito por Friedrich Schille que sirve de libreto a Verdi para componer la ópera del mismo nombre y que cuenta la patraña del filicilio con gran arte.

Desprestigiar la figura de Felipe II no era algo que les sirviera a los ingleses, sí a los Orange en su búsqueda de la independencia, pero para los intereses ingleses, los galeones españoles y las rutas de las Indias eran más interesantes que el rey de España. Además, a una reina como Isabel I que tanto le había costado afianzarse en el poder, la presencia de un traidor, le resultaba molesta. De hecho, la falta de simpatías de Pérez en Inglaterra se manifiesta en la caricatura que de él realiza Shakespeare mediante el personaje del “fantasioso español don Adriano de Armando en su comedia “Trabajos de amor perdidos”. Se le presenta como pomposo, amante del lujo, afectado en sus maneras y en su vestir e indigno de confianza.

El daño propagandístico que estas publicaciones tuvieron sobre España fue nefasto y máxime, si se une a ellas la acción de Bartolomé de las casas, como ya vimos en otra entrada de este blog. España, en las postrimerías del siglo XVI, era el más poderoso imperio económico de occidente y su implicación en Europa era tan grande como grande era la molestia y envidia que generaba en otros, no es de extrañar que nos quisieran mal.

Tras Inglaterra, Antonio Pérez volvió a Francia, pero su presencia, salvado un primer momento, ya no tuvo la misma relevancia. Antonio Pérez murió en Francia, olvidado y pobre.

BIBLIOGRAFIA

  1. F. Álvarez “Felipe II y su tiempo” Espasa Calpe.

Luis Gómez López: Un traidor en el Imperio Español: Antonio Pérez.

Elvira Roca. Imperiofobia y Leyenda Negra.

[1] Ed Espasa- Calpe. 1998