CUANDO GRAN BRETAÑA SALVÓ AL MUNDO

Dedicado a mi amiga Cristina T. Gran lectora de este blog, y tan partidaria de los británicos como yo.

Hoy no vamos a contar toda la participación británica en la Segunda Guerra Mundial ( IIGM) pero sí vamos a contar los inicios de aquella guerra en la que la resistencia de los británicos salvó a Europa, y al mundo, de caer en manos de Hitler. Es verdad que la versión británica de estos hechos es de exaltación nacional algo exagerada; no podemos olvidar, en este sentido, que uno de los alicientes de la propaganda alemana durante aquel periodo de algo más de año y medio desde la caída de Francia a la entrada en la guerra de los norteamericanos, era afirmar que los ingleses eran grandes expertos en evacuaciones, es decir, en retiradas, desde Dunquerque, con la operación Dinamo; a Grecia, Creta, Dakar, o Tobruk… Pero no es menos cierto que con la rápida caída de Francia- el 16 de junio de 1940-, cuando ni siquiera los alemanes esperaban su débil resistencia, y el posicionamiento de la Francia de Vichy (supuestamente neutral y realmente colaboracionista con Alemania), media Europa se convirtió en una posesión alemana a finales de junio de 1940: Dinamarca, Noruega, los Países Bajos, Bélgica y Francia habían sido sometidas, sin olvidar la situación previa en Checoslovaquia y Polonia.

En esta situación nos encontramos con dos perspectivas: Primero, la alemana, que consideraba que la guerra ya estaba ganada y que Gran Bretaña se avendría rápidamente a un acuerdo ante la imposibilidad de aguantar, por su propio aislamiento y debilidad, ante lo que los alemanes consideraban un ejército muy superior, el alemán. Motivo por el cual Hitler decidió en un primer momento no atacar a Inglaterra, esperando la llegada de ese acuerdo. Y, por otro lado, la perspectiva británica y, sobre todo, la de Churchill, que estribaba en no rendirse jamás.

Si los británicos tienen alguna virtud esa es su sentido práctico y el amor patriótico hacia su país. Esa confianza en sí mismos como nación soberana y libre ha forjado lo que son, sin ningún complejo- ya podríamos aprender-, y fraguó aquella defensa. Defensa que no cabe menospreciar porque gracias a su resistencia, las democracias occidentales sobrevivieron.

Es verdad que algunos acontecimientos les ayudaron, por ejemplo: que Franco no permitiera a los alemanes instalarse en Canarias, tras la famosa entrevista de Hendaya ( el 23 de octubre de 1940) impidió, también, que Hitler se hiciera con la costa atlántica del Magreb. Si los alemanes hubieran dominado el mediterráneo occidental las bases británicas en Gibraltar y Malta hubieran estado en serio peligro y su derrota hubiera sido mucho más probable. Es verdad que, en comparación con otros países, Gran Bretaña tenía una poderosa industria, tan fuerte como la alemana, y tenía un imperio detrás que le apoyaba. No es menos cierto que contaban con el espíritu intrépido, valeroso y la visión patriótica e irreductible de su primer ministro,   Winston Churchill, quien, en contraste con la calamidad de Chamberlain,  supo dar brío, valor e insuflar ánimos a su país, y la inteligencia de explotar el ingenio científico y de gestión de algunos de sus mejores profesores y políticos al servicio de la defensa del Reino Unido. Tenía el apoyo indirecto, primero, de los Estados Unidos; tenía la sangre fría y aguante de la población británica, y tenía un sentido de la libertad y de la realidad que permitió la supervivencia británica hasta que los errores alemanes (invasión de Rusia) y la entrada de los americanos en la guerra vinieron a su rescate.

En esta entrada nos centraremos en la defensa de las islas.

Suele ser emblemático, para expresar esa defensa ceñirse a la llamada Batalla de Inglaterra, pero nosotros nos extenderemos un poco más.

Oficialmente, la batalla de Inglaterra transcurrió entre el 10 de julio y el 31 de octubre de 1940, entendiendo ese carácter oficial desde el punto de vista británico, ya que para los alemanes no hubo tal “batalla de Inglaterra”, solo una continuación y una intensificación de la guerra aérea que se libraba contra las islas británicas desde los primeros ataques en octubre de 1939. El término nació durante el verano de 1940, tras la caída de Francia, cuando Winston Churchill afirmó que “la batalla de Francia ha terminado, considero que la batalla de Inglaterra está a punto de comenzar”. En 1941, el Ministerio del Aire publicó un folleto informativo para el público titulado La batalla de Inglaterra, en el que se explicaba que esta había empezado el 8 de agosto y terminado el 31 de octubre de 1940, pero en realidad se trataba de fechas muy arbitrarias.[1]

Churchill, convencido de que la invasión sería una realidad no muy lejana, tenía en mente cuatro aspectos esenciales para evitarla: 1) Potenciar todos los avances técnico-científicos que permitieran a los ingleses tener armas más modernas y eficaces que los alemanes. 2) Incrementar la producción aeronáutica y formar a nuevos pilotos, 3) Establecer nuevas y más poderosas defensas en las islas. 4) El último, pero no el menos importante, implicar a los americanos en la guerra.

La inicial preocupación de Churchill ante la caída de Francia (aunque el primer ministro británico intentó por todos los medios convencer a su colega francés de que aguantase, éste decidió rendirse casi sin oponer resistencia) era qué pasaría con la flota francesa: si engrosaría la armada alemana o no. Churchill sabía que la capacidad de la Royal Navy era superior a la de la armada alemana, pero no podría hacer frente a la defensa de las islas si se unían los barcos alemanes con los franceses.

Su primera acción fue intentar convencer a los franceses para que cedieran su armada a los británicos. Pero como esto no acababa de decidirse, Churchill tomó la determinación de bombardear y hundir la armada francesa situada en el norte de áfrica, en Mazalquivir.

Hitler, por su parte y como ya indicamos, pretendía llegar a un acuerdo con los ingleses. No entendía que se pudieran resistir ante un ofrecimiento que él considerable muy favorable para una nación- la británica- que estaba en clara desventaja frente a los alemanes y que sería fácilmente derrotada. Durante mucho tiempo entendió que la resistencia inglesa era un farol, hasta que llegó a la conclusión de que con Churchill al frente del país, Gran Bretaña no se rendiría.

Churchill ya lo había evidenciado en sus tres discursos más famosos durante la batalla de Francia: 1) El producido el 13 de mayo de 1940, famoso por esta frase: “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. 2) El conocido como “Lucharemos en las playas” pronunciado en la Cámara de los comunes el 4 de junio de 1940. 3)  En el que manifestó: “Por lo tanto, preparémonos para cumplir con nuestros deberes, y comportémonos de tal manera que, si el Imperio Británico y su Commonwealth duran mil años, los hombres aún dirán: “Esta fue su hora más gloriosa””, del 18 de junio.

Como la rendición británica no llegaba, el 16 de julio de 1940, Hitler ordenó iniciar los preparativos para invadir Inglaterra en lo que se bautizó como Operación León Marino. Hitler estipuló que la expedición estaría lista a mediados de agosto. Sin embargo, el ejército alemán no estaba preparado para tal empresa. El Estado Mayor no lo había contemplado, las tropas no habían recibido entrenamiento para las operaciones de desembarco y no se había hecho nada para construir lanchas de desembarco para ese propósito. Todo lo que se pudo intentar fue un esfuerzo apresurado para recoger barcos, traer barcazas de Alemania y los Países Bajos y dar a las tropas algo de práctica en el embarque y desembarque. Los generales alemanes estaban muy preocupados por los riesgos que correrían sus fuerzas al cruzar el mar, y los almirantes alemanes estaban aún más asustados por lo que sucedería cuando la Royal Navy apareciera en escena. Por lo que sugirieron un plan alternativo en el que la Luftwaffe corriera con un desgaste de las islas y, sobre todo, acabara con la Royal Air Force ( RAF) -Fuerza Aérea británica-.

El mariscal del aire Hermann Göring expresó su absoluta confianza en que sus aviones alemanes podrían controlar la interferencia naval británica y también expulsar a la RAF del cielo. Así pues, se acordó que Göring intentara una ofensiva aérea preliminar, que no comprometía al resto de servicios en nada definitivo. La idea dominante era que la Luftwaffe era muy superior en número y pericia a la RAF.

Los primeros ataques alemanes se lanzaron el 10 de julio contra los convoyes y puertos británicos- a estos ataques se les denominó Blitz ( relámpago en alemán)-.  Aunque la gran ofensiva se produjo el 13 de agosto —llamada Adlerangriff (“Ataque del Águila”)—, contra bases aéreas, pero también contra fábricas de aviones y contra estaciones de radar en el sureste de Inglaterra. Aunque los objetivos y las tácticas se cambiaron en diferentes fases, el objetivo subyacente siempre fue conminar a la rendición de la nación. De hecho, Hitler dio orden de no bombardear Londres en aquel momento, quería la rendición inglesa, pero llegando a un acuerdo entre ambos países. De lo contrario, la reacción británica también desgastaría a Alemania y Hitler, lo que quería y estaba convencido de lograr era rápida victoria.

Los ingleses además de reforzar su defensa nacional con las tradicionales baterías antiaéreas ( Mary, la hija de Churchill dirigió una de ellas, la sita en Hyde Park), y globos aerostáticos que dificultaran la visibilidad a los bombarderos alemanes, creó lo que se llamó en inglés Fighter Command (“Mando de Cazas”). Hasta 1940 existió la predilección cultural de la (RAF) por el ataque antes que por la defensa. Pero, en aquella guerra se demostró que la defensa aérea podía ser un elemento inapelable y esencial. El Fighter Command se dividió en cuatro grupos, que se repartían la defensa del país. Los más presionados durante la Batalla de Inglaterra fueron el Grupo Número 11, que defendía el sureste de Inglaterra y Londres; y el Grupo Número 12, que defiende Midlands y Gales.

El ataque alemán se organizó con una disposición en forma de arco que rodeaba las islas británicas desde Noruega hasta la península de Cherburgo en la costa norte de Francia.

Los ingleses encontraron en dos grupos de personas, de la máxima confianza de Churchill y de gran prestigio, el apoyo fundamental para que su defensa tuviera éxito: de un lado, el sector científico, representado por los profesores Lindemann y Jones- este último especialista en inteligencia de la aviación y que dio un vuelco a la guerra al modernizar las comunicaciones por radio. Descubrió que los alemanes se orientaban por unos haces de radio que les permitían atacar por las noches, y con el tiempo logró inutilizarlos. Lindemmann consiguió crear diversos ingenios que mejoraron los aviones de la RAF, así como las bombas utilizadas por los británicos. Fue el único que consideró que la RAF no estaba en una inferioridad de 4-1 frente a los alemanes sino en una proporción mucho más cercana a la igualdad de fuerzas, y tenía razón. Sin embargo, en aquellos momentos, la propaganda alemana fue más creíble, lo que, a la larga, perjudicó de los propios alemanes. Si la RAF no se hubiera creído en inferioridad es posible que no hubiera luchado con tanta precisión, apremio e instinto de superación.

Para ello también fue muy importante el segundo grupo, realmente unipersonal, el formado por William Maxwell Aitken, primer barón de Beaverbrook , generalmente conocido como Lord Beaverbrook , fue un editor de periódicos, nacido en Canadá. Director del Daily Express y dueño de medios y diversos negocios, se hizo millonario a los 30 años. Cuando sus negocios necesitaban expansión se trasladó a la metrópoli, a Londres. Íntimo amigo de Churchill y dotado de una gran capacidad de organización fue nombrado ministro de Producción Aeronáutica. Desempeñó un papel importante en la movilización de recursos industriales para lograr la mayor producción de aviones del momento. Con un sistema de trabajo cuasi despótico, fue muy criticado, especialmente por el ministro de Defensa con el que tuvo múltiples desacuerdos. Sin embargo, el Mariscal en Jefe del Aire, Sir Hugh Dowding,  Jefe del Comando de Combate durante la Batalla de Inglaterra, escribió que «Teníamos la organización, teníamos los hombres, teníamos el espíritu que podía traernos la victoria en el aire, pero no teníamos el suministro de máquinas necesarias para resistir el drenaje de la batalla continua. Lord Beaverbrook nos dio esas máquinas, y no creo que exagere cuando digo que ningún otro hombre en Inglaterra podría haberlo hecho «. 

Entre todos ellos y sus equipos de trabajo y el sistema de espías británico que alcanzaron a descifrar los códigos alemanes, lograron, de un lado, aumentar y mantener la flota aérea británica, para asombro de los ases de la aviación alemana, como Adolf Galland. De otro lado, modernizar los aviones con nuevos e importantes ingenios.

Güering desesperado comprobaba día a día que su táctica no rendía a los ingleses. Por eso, Hitler decidió que, además de bombardear sitios estratégicos, bombardearan las ciudades, a la población civil.

Los bombardeos empezaron por un ataque, digamos que accidental, a Londres, que encontró la respuesta de la RAF contra Berlín y determinó el primer bombardeo importante sobre objetivos civiles en Londres el 7 de septiembre de 1940.

Entre el 7 de septiembre de 1940 y el 21 de mayo de 1941, dieciséis ciudades británicas fueron agredidas con más de 100 toneladas de explosivos- Londres fue bombardeada en 71 ocasiones- y , entre ellos, destaca el significativamente dañino bombardeo a Coventry, en la noche del 14 al 15 de noviembre de 1940. Allí, aproximadamente quinientos bombarderos alemanes atacaron la ciudad industrial, una de las que más surtía a la RAF. Los bombarderos descargaron ciento cincuenta mil bombas incendiarias y más de quinientas toneladas de explosivos. El ataque aéreo destruyó gran parte del centro de la ciudad, incluyendo doce fábricas de armamentos y la histórica catedral de San Miguel. Murieron más de 550 personas y varios miles resultaron heridos . El bombardeo de Coventry vino a simbolizar, para Gran Bretaña, la crueldad de la guerra aérea moderna. Aunque quizá el bombardeo más cruel lo sufrió Londres la noche del 10 de mayo de 1941. En el conjunto de los bombardeos sobre Londres murieron 29.000 personas y 28.556 resultaron heridas. En todo el Reino Unido,  murieron, por los ataques aéreos alemanes, 44.652 civiles y 52.370 personas resultaron heridas.

El discurrir de esos ataques sigue un patrón relativamente estandarizado.

La RAF consiguió mantener a raya a la Luftwaffe en los ataques durante el día.

El sistema británico de alerta temprana por radar, llamado Chain Home, era el sistema más avanzado y adaptado operativamente del mundo. Incluso mientras sufría los frecuentes ataques de la Luftwaffe, impidió en gran medida que las formaciones de bombarderos alemanes atacaran por sorpresa.

Los británicos se encontraron luchando con la ventaja inesperada de un equipo superior. Los bombarderos alemanes (en su mayoría aviones bimotor con armas ligeras) carecían de la capacidad de carga de bombas para asestar golpes permanentemente devastadores, y también demostraron, a la luz del día, ser fácilmente vulnerables a los combatientes británicos. El bombardero en picado Junkers Ju 87 «Stuka» era aún más vulnerable a ser derribado, y su principal caza, el Messerschmitt Bf 109, solo podía proporcionar una breve cobertura de largo alcance para los bombarderos, ya que estaba operando al límite de su rango de vuelo. Esta limitación en la capacidad de almacenaje y de combustible fue uno de los grandes problemas con que se encontró la Luftwaffe. A fines de agosto, los alemanes habían perdido más de 600 aviones y la RAF solo 260. Sin embargo, algunos sectores del Fighter Command, especialmente el número 11, estaba perdiendo muchos cazas que tanto necesitaban y pilotos experimentados a un ritmo demasiado alto para sostenerse.

Dado que no conseguían grandes éxitos por el día, los alemanes decidieron atacar durante las noches, especialmente las de luna llena, pero no necesariamente. Sus haces de radio los orientaban en la oscuridad ante la desesperación británica. Su forma de ataque consistía en lanzar bombas incendiarias que, por el fuego desatado, iluminaban las ciudades y acto seguido bombardeaban la ciudad. En las noches cerradas, la RAF no tenía la capacidad necesaria para responder y contraatacar.

Con el tiempo, los ingleses lograron desviar esos haces de radio hacia sitios mucho más inofensivos, confundiendo a los alemanes. Además de la tecnología inglesa, lo que permitió a Gran Bretaña tomar cierto alivio fue el hecho de luchar contra un enemigo que no tenía un plan de acción sistemático o consistente.

De hecho, la fecha prevista por los alemanes para la invasión, se modificó varias veces durante el verano; el 12 de octubre, Hitler anunció que la operación se suspendía durante el invierno, y mucho antes de la llegada de la primavera decidió girar hacia el Este contra Rusia. Se descartaron definitivamente los planes de invasión; la campaña contra Gran Bretaña se convirtió en adelante en un simple bloqueo de sus accesos marítimos, realizado principalmente por submarinos y solo complementado por la Luftwaffe.

De hecho, después de estos acontecimientos se redujeron notablemente los ataques aéreos sobre Gran bretaña. Así en mayo de 1941, los ataques alemanes mataron a 5.612 civiles. En junio, fueron 410 muertos, en agosto, 162 y en diciembre, 37.

La presión que los bombardeos alemanes habían ejercido sobre la defensa de la RAF, que era la defensa de Gran Bretaña, llevó a Churchill a declarar  ante el Parlamento el 20 de agosto: “Nunca, en el campo de los conflictos humanos, tantos le debieron tanto a tan pocos”.

El gran error de Hitler fue la invasión de la URSS. Churchill había sido el mayor enemigo de los comunistas, pero en ese momento estableció con ellos una alianza contra natura, aunque probablemente inevitable, arriesgándose a que Europa terminase cayendo en manos soviéticas. Riesgo lejano por el momento,  pues las victorias iniciales de la Wehrmacht ( fuerzas armadas nazis) hicieron creer a Londres que la URSS no duraría mucho más que Francia. Pero los soviéticos resistieron, y allí encontró la Alemania nacionalsocialista su destino final.

Desde el primer día de guerra Churchill comprendió que el futuro de Gran Bretaña estaría ligado a la entrada en la guerra de los norteamericanos. Por eso, todo lo explicado hasta aquí quedaría cojo si no entendiéramos la desenfrenada y desesperada actividad de Churchill para lograr la presencia norteamericana en la guerra. En todo momento buscó acercar a Roosevelt a su terreno: sufrió cuando creía que había alguna posibilidad de que Roosevelt perdiera la reelección frente a un pacifista Willkie; celebró la victoria del norteamericano para un nuevo mandato como si hubiera ganado él; abrazó con entusiasmo el envío que los americanos hicieron de una serie de viejos destructores, que los ingleses utilizaron para apoyo de su flota; logró que los americanos mandaran a representantes directos del presidente, además de sus embajadores, a conocer la situación real de Gran Bretaña, siendo estos: Harry Hopkins y Averell Harriman, con los que Churchill entablo amistad ( el último, incluso, pasados los años, acabó casándose con la exnuera de Churchill- divorciada de Randolph, el calamitoso hijo del Primer Ministro-). Con Los informes de estos enviados se logró el apoyo más sustancial de los norteamericanos: la aprobación de la Ley de Préstamo y Arriendo. Hasta ese momento, la ley vigente en Estados Unidos obligaba a los británicos a pagar en efectivo cualquier compra de efectos bélicos («cash and carry»). Las apremiantes demandas de Churchill llevaron a que el Congreso norteamericano, a instancias del presidente Roosevelt, aprobara la Ley de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease Act) en marzo de 1941 – la aprobación tardó por la oposición de algunos congresistas, para suplicio de los ingleses-. Esta ley dio al presidente autoridad para ayudar a cualquier nación cuya defensa considerara vital para Estados Unidos, y aceptar a cambio cualquier tipo de pago que considerara satisfactorio. Esta ley permitió la ayuda en armamentos, munición, camiones, alimentos etc. a Gran Bretaña y los países del imperio británico casi de manera gratuita- posteriormente se extendió a todos los aliados, lo que fundamentó la victoria en la guerra-. Fue una de las grandes alegrías de Churchill durante el conflicto.

Sólo superada por la noticia de la entrada en el Guerra de los norteamericanos. El bombardeo de Pearl Harbor- la mañana del 7 de diciembre de 1941- obligó al Congreso, el 8 de diciembre de 1941, a declarar la guerra a Japón, lo que era igual a la entrada en la IIGM. Más justificada aun cuando el 11 de diciembre Hitler declaró la guerra a los americanos.

Hitler había subestimado la capacidad industrial y militar estadounidense, y pensaba que la guerra con Japón aliviaría su situación frente al Reino Unido y la Unión Soviética. Esto justificó la entrada de los Estados Unidos en el escenario europeo apoyando al Reino Unido. Acciones que retardaron por un tiempo una respuesta completa de los estadounidenses en el Pacífico, pero que supuso, sobre todo a partir de finales 1942, vislumbrar el triunfo aliado.

BIBLIOGRAFÍA

 

BUNGAY, Stephen.- La batalla de Inglaterra. Ed Ariel 2008 .

LARSON, Erik. Esplendor y Vileza. Ed Ariel. 2021.

SAUNDERS, Andy.- La Batalla de Inglaterra. Desperta ferro. Nº 35

 

[1] Andy Saunders. La Batalla de Inglaterra. Desperta ferro. Nº 35

 

El fraude electoral de 1936

Vamos a hacer un sucinto recordatorio de las elecciones celebradas en España el 16 de febrero de 1936. Su convocatoria, organización y supervisión estuvo en manos del gobierno republicano centrista presidido desde mediados de diciembre de 1935 por Manuel Portela Valladares.

Sin entrar en grandes detalles pues nos llevaría una extensión impropia de un blog,  intentaremos repasar cada aspecto destacado de las elecciones, centrándonos en el recuento de las papeletas, el auténtico problema del resultado final.

  • PARTIDOS POLÍTICOS

Por la izquierda: formación del Frente Popular.

En las elecciones de 1933, los republicanos de izquierda sufrieron una fuerte derrota al concurrir por separado, lo que les dejó sumergidos entre la coalición de derechas y los socialistas. Por eso, intentaron formar una coalición republicana de izquierdas pensando en los siguientes comicios. El partido de Azaña se fusiona con el Parido Radical Socialista independiente de Marcelino Domingo y el ORGA de Casares Quiroga. Así nace Izquierda Republicana ( el 2 de abril de 1934). Por otro lado, Martínez barrio, abandona el Partido Radical y se une al Partido Radical-Socialista de Gordón-Ordás para crear Unión Republicana, que junto con el nuevo partido de Azaña firman el pacto del Frente Popular.  A ellos se unirá un grupo de personalidades prestigiosas encabezado por Sánchez Román al frente del Partido Nacionalista Republicano. Estos tres partidos acordaron un programa mínimo de gobierno.

Camino separado llevaba el Partido Socialista. Azaña no quería unirse a los socialistas por considerar que tras ellos se movía una masa social entre la tiranía y la anarquía que no podría controlar salvo que el Partido Socialista estuviera dirigido por su ala más organizada. De ahí que Azaña buscara acercarse a Fernando de los Ríos o a Prieto. Además, el ala más radical socialista, la de Largo Caballero, tampoco quería tratos con los republicanos. A medida que se acercan las elecciones, la coalición con los socialistas se manifiesta como la única adecuada para encauzar a las masas, ganar las elecciones y conseguir una vía pacífica de actuación con el sufragio como procedimiento. Por otro lado, Azaña no quería un pacto con los comunistas, que generaban un alto rechazo social lo que ponía en peligro el supuesto triunfo electoral. Prieto era de la misma opinión, no así Largo Caballero que rechaza la propuesta de Azaña.

A raíz de la Internacional comunista del verano de 1935 y el acercamiento propuesto desde ella entre todas las fuerzas de izquierda, se produce en España un doble acuerdo: de Prieto con Azaña y de Largo Caballero con los comunistas.

Se inician las presiones de todo orden para lograr la unidad de toda la izquierda. A modo de muestra estas palabras del periódico El Socialista el 19 de diciembre de 1935: “Nuestra fuerza se reputa insuficiente y se busca mediante la unión con todas las que tienen un signo favorable a las aspiraciones populares, colocar al proletariado en situación de poder arrostrar la contienda con seguras posibilidades de éxito”.

Se firmó el pacto, si bien dos de las fuerzas firmantes, a pesar de signar el acuerdo, se mostraron durante todo 1935 contrarias al mismo: el POUM ( fusión, en septiembre de 1935, de Izquierda Comunista de Andrés Nin con el Bloque Obrero y Campesino de Maurín) y las Juventudes Socialistas.

En enero de 1936, el bloque de izquierda estaba formado , aunque el partido de Sánchez Román saldrá del acuerdo al entrar los comunistas en él; sin embargo, para no entorpecer el triunfo de la izquierda, el Partido Nacional Republicano no presentó candidatos a las elecciones.

Al Frente Popular se unieron los partidos nacionalistas – menos el PNV y Lliga -. Por su parte los anarquistas, aunque no formaba parte del Frente Popular, no se mostraron beligerantes con él.

Por la derecha: La CEDA y otros.

En la Derecha se establecen dos polos de atracción de los votantes, de un lado, los monárquicos y, de otro, los republicanos de derechas. El partido más representativo era la CEDA que contaba con una base social y una masa popular en número superior incluso a la de los socialistas, pero nada propicia al desorden, estaba formada mayoritariamente por los católicos. Su líder era Gil Robles.

Tras la maniobra de Alcalá-Zamora, después de las elecciones del 33, para evitar que Gil-Robles (cabeza de la CEDA- partido ganador de aquellos comicios-) se hiciera con la presidencia del gobierno, hizo pensar a amplios sectores de la derecha que era necesario formar un amplio frente contrarrevolucionario. Pero las diferencias entre Gil-Robles y Calvo-Sotelo (líder monárquico) impidieron esa unidad, por más que toda la prensa de derechas clamara por ella. Sí se produjeron pactos entre la CEDA y los republicanos de Miguel Maura, así como con los partidos regionales, incluso la Lliga, y los liberales. Los liberales tenían mucha fuerza en Asturias y su aportación al resultado final era importante en número y por lo significativa que era la región tras la revolución de octubre del 34. En el País Vasco, la CEDA no se presentó para dejar el voto de derechas en manos del PNV.

Pero si difíciles fueron las relaciones de Gil- Robles con los monárquicos, peores se manifestaron con los agrarios. Estas relaciones se habían enfriado por el apoyo de los agrarios al gobierno de Portela Valladares.

Los mayores obstáculos a la unidad vinieron del gobierno de Portela, su partido, centrista con visión de bisagra que pretendía gobernar con izquierdas y derechas según los momentos, había sido creado de marera artificial desde la presidencia de la república ( Alcalá – Zamora), tras la crisis del Partido Radical de Alejandro Lerroux para evitar dar el gobierno a Gil- Robles después de las elecciones del 33. Portela no quería la coalición de derechas y se manifestaba como neutral, lo que generó gran malestar entre los votantes de la derecha.

El periódico El Debate el 31 de diciembre de 1935 lo expresaba así: “El problema de España es de revolución o contrarrevolución. O se está con el orden o con la anarquía. En esta disyuntiva no cabe la neutralidad ni es admisible en ninguna lógica política, patriótica y ciudadana. Mucho más cuando algunos de los hombres que se llaman neutros son meros disfraces de signos que se perciben de manera diáfana y su neutralidad es triangular y conocida”.

El 1 de febrero de 1936, afirmaba el mismo diario: “Derechas e izquierdas rechazan con indignación las maniobras de caciquismo encaminadas a sacar triunfante a ese conglomerado de advenedizos que se llama partido centrista”.

No es el único diario que se manifiesta en contra, ABC o Ya se muestran igualmente indignados. Ya dice: “Se anuncia el único procedimiento arbitrario que quedaba por ensayar”, refiriéndose a las propuestas del Portela.

Al final no hubo “frente nacional” ( CEDA, monárquicos, tradicionalistas y agrarios) en toda España, sino que las candidaturas de las derechas se presentaron aquí unidas, allá separadas: en 31 circunscripciones se formó un bloque de unidad de ese frente nacional y el centro- partido de Portela-. En dos, Ávila y Burgos, los monárquicos concurrieron separados de la CEDA y los demás. En el resto de las 27 circunscripciones, el “frente nacional” se presentó separado del partido de Portela. En Valencia a esa separación hay que unir a los autonomistas valencianos que también se presentaron por su cuenta.

Falta hacer una mención a Falange. El partido nace en 1933 en el discurso de José Antonio en el teatro de la Comedia. Allí ya se muestra contrario a los partidos políticos, por eso surge como movimiento. Se presentó a las elecciones del 33 sin éxito. Sin embargo, tanto la presencia en las anteriores elecciones como en las del 36 le crean un problema ideológico puesto que Falange era contraria al sistema electoral y al Parlamento. Con todo, intentan ir en la coalición de las derechas. José Antonio tenía buena amistad con Gil- Robles, pero discrepaban, entre otras cosas, por el número de puestos de salida que le proporcionaba la CEDA (en torno a 6 y Falange quería 20). Se presentaron solos. José Antonio era cabeza de lista en 11 circunscripciones (permitido en aquel sistema electoral ). No logró el acta en ninguna de ellas.

Con la victoria del Frente Popular y la violencia desencadenada en las calles. Falange fue declarada ilegal. Como recuerda periódico El Sol el 15 de marzo de 1936: “[Ayer] Falange Española de las JONS fue declarada fuera de la ley. Todos los miembros de la Junta política que pudieron ser localizados en Madrid fueron detenidos y encarcelados en la cárcel modelo”.

José Antonio muró en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936.

  • Temas tratados en campaña.

Con la revolución de octubre de 1934 todavía fresca, la campaña se presentaba como un enfrentamiento entre revolucionarios -izquierda- y contrarrevolucionarios -derecha-. La izquierda prometía amnistía a los condenados por la violencia del 34, con lo que buscaban hacerse con los votos de los anarquistas. En la derecha recordaban incansables la violencia del 34 y los sucesos de Casas Viejas y Figols ( sucesos provocados por levantamientos muy violentos de anarquistas y comunistas). La prensa de izquierdas juega con el miedo al fascismo, a pesar de que el único partido fascista, Falange Española, se queda completamente fuera de la coalición de centro-derecha. Además, todos ellos, izquierdas y derechas, – como ya ocurrió en la campaña del 33- hacen constantes llamadas a las mujeres para atraer su voto. Igualmente, la defensa o persecución de la Iglesia recoge otro de los asuntos esenciales durante toda la República.

Pero si hubo una constante en campaña fue la tensión y violencia con que se vivió, la cual se acrecentó a la hora del escrutinio. Los partidos extremistas entre los que cabe incluir la facción socialista de Largo Caballero ya habían anunciado que no acatarán el resultado electoral si no les era favorable. Así en un mitin en Toledo, recogido en el diario El Sol, el 8 de febrero del 36,dice: “No puedo prometer cuál será la conducta del proletariado después del día 16”

 Enrique Castro- del partido comunista-, declara en el periódico El Socialista el 9 de febrero de 1936: “Las masas obreras no pueden limitarse a una acción parlamentaria, sino que deben completarse con la organización revolucionaria… Los intereses de las masas populares no se pueden solucionar en el Parlamento”.

Por último, señalar que el lenguaje utilizado en la campaña fue hartamente violento, el llamamiento a una posible Guerra Civil era constante.

El 29 de enero del 36, en el diario El Debate se recogen las siguientes palabras de Largo Caballero: “Si ganan las derechas al día siguiente tendremos que ir a la guerra civil declarada”.

 El Socialista, el 12 de febrero del 36, dice en su editorial: “Ni siquiera dejarles discutir. Hay que aplastarlos. Digo que eso es una declaración de guerra civil, porque nosotros no cejaremos un momento hasta que salgamos vencedores”.

La violencia de la campaña se cerró con cientos de mítines reventados (sobre todo de la CEDA), con 41 muertos y 80 heridos de gravedad. Dicen, Álvarez y Villa, que los comicios adquirieron un carácter plebiscitario en un ambiente viciado, radicalizado, polarizado y caníbal.

  • El sistema electoral

En esas elecciones legislativas tenían derecho de voto todos los españoles, hombres y mujeres, que hubieran cumplido los veintitrés años antes del mes de enero de 1936 (un total de 13.578.056 personas, según el censo). Se elegía un Congreso unicameral de 473 escaños distribuidos en sesenta circunscripciones (grandes capitales y provincias) mediante un sistema de listas nominales abiertas (el elector podía votar los nombres de los candidatos de su gusto sin atender a su adscripción a una u otra candidatura en la lista única de la circunscripción).

El peculiar sistema electoral vigente desde 1931 imponía el voto restringido (el elector sólo podía votar a un número menor de escaños que elegibles por su circunscripción), era un sistema mayoritario, pero completamente desproporcionado (primaba al vencedor de forma notoria: le otorgaba hasta el 80% de escaños en juego, el llamado “cupo de mayorías”) y favorecía claramente la representación de los ámbitos urbanos y más poblados. De tal forma que un mínimo cambio en el voto popular cambiaba radicalmente la distribución de escaños. El sistema se realizaba a doble vuelta.

La participación en aquellas elecciones alcanzó el 71,3% del censo. Proporción muy notablemente superior al alcanzado en anteriores comicios.

  • El resultado electoral

El estudio del resultado electoral abrió las dudas sobre el oficialmente aceptado hace muchos años y fue el historiador Javier Tusell el que ya puso en tela de juicio el resultado obtenido por unos y otros.

Ha sido el reciente trabajo conjunto, que podemos calificar de arduo, pesado y de filigrana, de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, (1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente popular. Espasa, 2017), el que ha dado los datos definitivos. En opinión de Stanley G. Payne, el libro supone «el fin del último de los grandes mitos políticos del siglo XX».

Ambos profesores de la Universidad Rey Juan Carlos llegan a sus conclusiones tras el estudio de fuentes documentales primarias: memorias, periódicos de la época y, sobre todo, el fondo electoral custodiado en el archivo del Congreso de los Diputados, documentos digitalizados que en algunos casos no se conocían, y los datos obtenidos del archivo de la Fundación Pablo Iglesias y del Archivo de Salamanca. En este sentido, han utilizado fuentes que Javier Tusell, que hasta ahora estaba considerado como uno de los historiadores que mejor había estudiado estas elecciones, no utilizó. Los autores de esta obra han analizado acta a acta, estudiaron que había debajo de cada tachadura, de cada rectificación a lápiz, de cada dígito cambiado, contaron el número de votos en relación a la población,– en el recuento oficial de Jaén , por ejemplo, hubo más votos que electores-, han destapado las cifras reales de aquellas elecciones. El propio Alcalá- Zamora dejó escrito, tal y como señaló Tusell: “España se ha vuelto Coruña», para referir cómo se generalizó lo ocurrido en La Coruña, ciudad con la que el ex presidente de la República ejemplificaba «esas póstumas y vergonzosas rectificaciones» acontecidas con las actas electorales. Los recuentos oficiales antes del día 19 fueron interrumpidos por la turba, aparecieron papeletas a última hora, y a veces en sobres abiertos…El propio Azaña se refiere a los resultados de La Coruña y Cáceres como la “resurrección de candidatos”- de los de izquierda que habían perdido las elecciones en esos lugares-. De hecho, en 2008, se publica el dietario de Alcalá-Zamora, escondido hasta entonces por su familia y robado en tres ocasiones, y que los profesores Álvarez y Villa han podido consultar, frente a los historiadores anteriores, y dónde ya se encuentran datos y opiniones que hablan abiertamente del fraude.

Para analizar cómo se sucedieron los acontecimientos, debemos señalar que a las 20:00 del día 16 de febrero- día de las elecciones- fue anunciada la victoria de la derecha por parte del ministro de Gobernación, haciendo uso de unos datos muy provisionales porque el recuento, con los medios de la época, duró varios días. No obstante, horas después, el presidente del gobierno, Valladares,  anunció que aún era posible una victoria de la izquierda en Cataluña, uno de los centros más importantes de voto.

Fue con el recuento y ante la incertidumbre del resultado, cuando se desató el caos con grupos anarquistas y comunistas protagonizando actos de violencia por toda España. Ante esta situación de tensión nacional, Valladares dimitió, casi se puede decir que huyó, el día 19 de febrero, junto con todo su gobierno.

En ese momento, tres días después de la celebración de las elecciones, con el recuento sin finalizar, Alcalá- Zamora como presidente de la República, pide a Azaña que forme gobierno. Por tanto, Alcalá-Zamora dio el gobierno al Frente Popular antes de haber concluido el escrutinio oficial y sin que se hubiera producido la segunda vuelta electoral en cinco circunscripciones donde ninguna candidatura había superado el 40% de sufragios totales. Es decir, el Frente Popular asaltó el gobierno antes de tener los resultados. Este asalto significó, además, el cambio a la fuerza, por presión de las masas de izquierdas de muchos alcaldes, concejales y gobernadores, esenciales en el recuento. No estábamos ante unas elecciones locales, pero la usurpación del poder se hizo sin oposición ante el miedo que despertaba la turba. La masa asaltó las sedes electorales y los camiones que trasportaban las urnas. Los dirigentes locales del Frente Popular, asentados en los Gobiernos Civiles y diputaciones, se hicieron con la documentación electoral y “terminaron” el escrutinio a puerta cerrada, sin testigos. Ahí empezó el fraude.

La alteración de las actas ocurre en provincias, las Juntas Provinciales informaban del recuento a la Central, que lo trasladaba al Congreso. El cómputo final debía aparecer en los anuarios estadísticos del año siguiente. No fue así. Esas actas las valida la mayoría del Frente Popular con la anuencia del gobierno. La Comisión de Validez de Actas que debía realizar el recuento, se vio inundada de papeletas ilegales. Tusell recoge la siguiente cita de Madariaga: “Conquistada la mayoría fue fácil hacerla aplastante. El Frente Popular eligió la Comisión de Validez de las Actas parlamentarias, la que procedió de manera arbitraria”. Tan fue así que Gil-Robles en sus memorias recuerda que se dio “la extraña circunstancia” de la proclamación del triunfo de las izquierdas en provincias como Álava, Castellón o Soria donde el voto de las derechas había obtenido una ventaja indiscutible. El propio Gil-Robles en Salamanca o Calvo-Sotelo en Orense sacaron a duras penas su acta de diputado cuando ambos habían obtenido una mayoría perfectamente clara. Hay que recordar en este punto que Alcalá-Zamora le dijo a Azaña y está recogido en las memorias del primero “Si usted no hace nada por impedir que invaliden los escaños de los líderes de la oposición, habrá suprimido usted el régimen parlamentario”. En consecuencia, ambos, don Niceto y Azaña eran conscientes de la manipulación de las actas.

Ante las protestas de los partidos de derechas, hubo modificaciones, sobre el fraude, en al menos 8 circunscripciones.

El nuevo gobierno ilegítimo aumentó de manera fraudulenta su resultado en unos 50 escaños. A mayor burla, el Frente Popular en el Congreso sólo se cuestionan las actas conservadoras en las provincias de Cuenca y Granada, que son las que se anulan.

El fraude no se materializa con un asalto masivo sino diseccionado en aquellas provincias con capacidad evidente de producir un vuelco electoral. El resultado estaba muy apretado y el sistema mayoritario, ya explicado, provocó un cambio radical de resultados en los sitios determinantes (provincias gallegas, las de Castilla la vieja,  Málaga y Santa Cruz de Tenerife, Jaén, Almería, Valencia, Albacete…), además de las mencionadas anulaciones. Esa manipulación hace que el Frente Popular consiga en una primera vuelta una mayoría absoluta que deja por intrascendente el resto de las elecciones (segunda vuelta), y declara la victoria en unas elecciones las hubiera podido ganar la derecha.

Según los datos de Roberto Villa García y Manuel Álvarez Tardío, el Frente Popular en la primera vuelta [obtuvo] 4.432.381 votos populares (el 46,3% de los sufragios). Sus adversarios de las candidaturas derechistas coaligadas recibieron 4.402.811 votos (el 46% de sufragios). El resto de los votos (738.557: un 7,7% de los sufragios) fue para otras candidaturas de centro-derecha (Partido Nacionalista Vasco; candidaturas ministeriales auspiciadas por Portela Valladares) y otros partidos (Falange Española, que reportaron sólo dos escaños).[1]

Esos mismos autores llegaron a la conclusión de que, sin amaños, en las elecciones de 1936 el Frente Popular hubiese obtenido, contabilizando ambas vueltas, entre 226 y 230 escaños, y las derechas entre 223 y 227, de un total de 473 sillones que había en el Congreso de los Diputados. El resto serían de otros grupos. Es decir, por sí mismo el frente Popular no hubiera gobernado.

Los sectores más radicales del Frente Popular lograron alterar los resultados de una forma decisiva en aquellas circunscripciones más disputadas. Tras la “revisión” en el Congreso y todos los amaños habidos,  el gobierno del Frente Popular sitúa su victoria en la obtención de 240 escaños (237 era la mayoría absoluta). Los nuevos estudios indican que, al menos, el 10% del total de los escaños repartidos (lo que supone más de 50) fueron fruto de la manipulación. De hecho, antes del cambio de Gobierno, en los dos primeros días de recuento, los datos de Alcalá-Zamora, Azaña y el embajador británico coincidían: entre 216 y 217 diputados para el Frente Popular.

Las elecciones de 1936 fueron un suceso trágico, violento y nada democrático.

Vistos esos antecedentes, se comprende que el periódico Ahora, el 20 de febrero de 1936, señalase: “De la revolución es posible que salgan gobernantes. Servir desde el gobierno las pasiones que han movido la revolución es un error fatal. El peor mal de todos sería gobernar al dictado de unas masas que en la calle gritan sus odios y que se hace la ilusión de que los hombres que tienen el poder en sus manos son meros instrumentos de una apasionada y despótica voluntad de desquite”.

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ TARDÍO, Manuel y VILLA GARCÍA, Roberto. “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente popular” Ed. Espasa. 2017

GIL-ROBLES, J.M. “No fue posible la paz”. Ariel, 1968

MORADIELLOS, Enrique. “Las elecciones generales de febrero de 1936: una reconsideración historiográfica”. 2017.

PAYNE, Stanley G. “Falange. Historia del fascismo español”. Ed Sarpe.1985.

TUÑÓN DE LARA, Manuel. “La II república”. Ed Siglo XXI. 1976

TUSELL, Javier.- “ Las Elecciones del frente Popular” Ed. Cuadernos para el dialogo. 1971.

TRABAJO FIN DE CARRERA de la AUTORA DE ESTE BLOG, para el cual se consultó además de muchos libros, los periódicos de la época, de él salen todas las citas periodísticas de esta entrada y otros datos.

[1] Enrique Moradiellos. Las elecciones generales de febrero de 1936: una reconsideración historiográfica. 2017

Maquiavelo y El Principe.

La historia está repleta de acontecimientos que han cambiado el mundo, pero en ocasiones esos acontecimientos no son un hecho sino una forma de pensar. Una transformación intelectual. La publicación de “El Príncipe” de Maquiavelo supuso un cambio radical en la concepción de la política.

No voy a hacer ni un análisis literario, ni político, ni filosófico del libro, que todo eso cabe, sino una exposición de aquellos aspectos más destacados y la repercusión histórica del libro.

Niccolò Macchiavelli (conocido en español simplemente como Maquiavelo) nació en Florencia el 3 de mayo de 1469, el mismo año en que Lorenzo de Medici se convertía en señor de facto de la ciudad hasta su fallecimiento en 1492. Era el tercer hijo de una familia de cierto renombre, su padre era un destacado jurista, con recursos modestos pero suficientes para proporcionarle una buena educación. Además de sus maestros, tenía a su disposición la biblioteca personal de su padre, llena de los grandes clásicos. Leyendo las obras de Cicerón, Tucídides, Tito Livio, Polibio, Plutarco… aprendió que el ejercicio del poder a menudo se apartaba de razones morales como la lealtad o la ética.

En 1494, es nombrado funcionario de la república de Florencia. Gobernaba Florencia Girolamo Savonarola, con quien Maquiavelo era muy crítico, lo que entorpeció la carrera pública de Maquiavelo. Cuando Savonarola fue declarado hereje y quemado públicamente en 1498, Maquiavelo fue nombrado segundo canciller, encargándose de la política exterior y de los asuntos militares. Viajó muchísimo y entabló conversaciones con mandatarios de toda Europa. En 1501 contrajo matrimonio y en 1502 conoció a uno de los personajes que más le influyó: César Borgia. César Borgia era uno de los hijos del Papa Borgia, Alejandro VI, y en su forma de dirigir demostró tener tan pocos escrúpulos morales como su padre; aplicándose durante su mandato a incrementar su poder territorial a costa de estados del centro de la península itálica. César impresionó a Maquiavelo por la manera relativamente original y, a la vez, profundamente práctica y amoral de solventar los problemas. De esta época es su obra “Descripción de la manera en que César Borgia dio muerte a Vitelli, Oliverotto da Fermo, al señor Paolo y al duque de Gravina Orsini”. Desde 1503 hasta 1512 no deja de realizar nuevas misiones diplomáticas a Francia, ante el Vaticano del nuevo Papa, Julio II, o ante el emperador del Sacro-Imperio Romano Germánico, Maximiliano I. No logró muchos éxitos en este puesto por culpa de la propia naturaleza fragmentaria de la península itálica, llena de reinos, condados y repúblicas enfrentadas a todas horas entre sí.

En 1512, los Medici regresaron al poder, y Maquiavelo fue despedido y torturado. Se refugió su pequeña propiedad en San Casciano in Val di Pesa, a unos quince kilómetros de Florencia. Aquí malvive ejerciendo diversos oficios manuales, si bien, por las noches sigue leyendo a los clásicos y escribiendo. De esta época es su obra “Discursos de la primera década de Tito Livio”, donde muestra su visión política, describiendo, entre otras cosas, como mejor forma de gobierno una república y no una monarquía absoluta. El contenido de esta obra para algunos autores entrará en contradicción con El Príncipe. En cambio, otros consideran que El Príncipe es una parte más de los Discursos, una parte desgajada que se completa con los Discursos donde las diferencias entre las formas de gobierno que describe y admira en cada caso no caen en una contradicción, porque lo que busca es describir el Poder. Poco a poco consiguió, a veces con auténticos golpes de fortuna, recuperar ligeramente su posición. Sobre todo, a raíz de que el Papa Clemente VII, otro Medici, le encargue una obra sobre la historia de Florencia por 120 florines. Por ello, Maquiavelo fue considerado por algunos como partidario de los Medici, cuando realmente la presencia cercana de los Medici sólo le trajo disgustos. Nicolás Maquiavelo murió en su ciudad natal el 21 de junio de 1527, por causa de una peritonitis. El mismo año en el que los Medici perdieron el poder para volver a recuperarlo en 1530.

Curiosamente El Príncipe está dedicado a Lorenzo de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico, en un intento de hacerse perdonar por la familia gobernante, sin embargo, la obra no se publicó hasta la muerte de Maquiavelo.

Maquiavelo es un analista, un observador de la realidad política cuyo impulso no es otro que buscar la unificación de Italia debido a que la fragmentación territorial de la “bota” sólo conducía al caos.  Con esa finalidad de fondo constata que el mundo ha cambiado lo que le lleva a plantear los siguientes elementos novedosos respecto a las edades históricas previas:

  • La realidad social de la Edad Media se fundamentaba siempre el origen divino del Poder, y eso no es algo que se pueda sostener en el siglo XVI. Maquiavelo desvela que el mundo en la tensión entre el ideal y lo práctico ha optado por esto último.

Observó que el gobierno humano se alejaba de la moral cristiana, que frente a las enseñanzas de Jesús que proscriben toda clase de violencia, la violencia se daba e incluso era defendida y practicada por los papas para el mantenimiento de su poder terrenal. No era un asunto de defensa espiritual de lo justo en la Tierra, no era una posición espiritual de defensa de la Fe, como en la guerra santa contra el islam, por ejemplo, en las Cruzadas. No. Se trataba de criticar aquellas guerras y opresiones que los papas realizaban para defender el propio poder político y territorial.

Por eso, plantea la separación entre Iglesia y Estado, dando lugar a la creación del Estado moderno.  Maquiavelo, al fundar la ciencia política moderna, estableció con ello la autonomía de la política. Fue Benedetto Croce quien le atribuyó por primera vez a Maquiavelo paternidad ideológica de la separación de la política de la moral —entendida como emancipación de la política respecto a la moral y la religión—, con lo que situaba la política en un plano diferente al del bien y mal morales . Podían coincidir, pero no tenían por qué hacerlo. Cuando Maquiavelo estudia la creación de los nuevos principados comprendió que el Poder, el verdadero y efectivo Poder político, no tiene nada de divino, como señalaban los medievales.

Para Maquiavelo, no es la Providencia sino los hombres, libres y voluntarios colaboradores de esa Providencia, quienes hacen la historia y  crean su propio destino como hombres (individual) y como sociedad. Es nuestro libre albedrío el que decide. Lo cual no quiere decir que no reconozca muchas veces, como creyente que era, la providencial intervención de Dios en el acontecer humano.

Nuestra religión —dice Maquiavelo— en vez de héroes canoniza solamente a los mansos y los humildes”, mientras que los paganos “divinizaban tan sólo a los hombres llenos de gloria mundanal, como grandes comandantes e ilustres jefes de comunidades”. Para Maquiavelo, en Roma, la religión pudo llegar a ser la fuente principal de la grandeza del Estado, y no una fuente de debilidad. Los romanos se aprovecharon siempre de la religión para reformar el Estado, para promover sus guerras y para apaciguar tumultos.

Por consiguiente, la religión era y debía ser un simple instrumento en manos de los dirigentes políticos. Desde la óptica del Estado, la religión  era un arma poderosa en toda lucha política. Una religión meramente pasiva, que se aleja del mundo en vez de implicarse en él para organizarlo, ha demostrado, en la visión de Maquiavelo, ser la ruina de muchos reinos y Estados. En el ámbito del Estado y desde la óptica del Estado para Maquiavelo se debe usar una especie de “paganización de la religión” de manera que sólo es buena si conduce al orden y con el buen orden social se logra la buena fortuna y el éxito, en cualquier empresa. El proceso de secularización ha llegado a su término, con Maquiavelo, pues el Estado secular existe ya de jure y no sólo de facto: ha encontrado su definida legitimación teórica.

Esta parte de su obra le valió la condena del papado. El Príncipe Fue incluido en el Índice de libros prohibidos por disposición del Papa Pablo IV, en 1559, lo que constituyó una poderosa traba para la difusión de esa obra en muchos países. La prohibición quedó confirmada por Pío IV en el Índice tridentino, de 1564, y más tarde, en el de 1583 y eso a pesar de que Maquiavelo señaló que los mejores principados eran los eclesiásticos, porque se basaban en leyes canónicas ( Capítulo IX).

Con todo, las obras de Maquiavelo demuestran que el autor de El Príncipe, de los Discursos y de la Historia de Florencia continuaron interesado siempre a los intelectuales, aunque entre ellos fueran más lo que lo condenaban que los que lo aprobaban.

  • Además, en su intento buscar la estabilidad política y la unidad de la que carecía la península itálica analizó los diferentes modelos de adquirir el poder y conservarlo:

“El príncipe natural tiene menos causas y necesidad de ofender por lo que sus súbditos lo estiman más… y es natural que lo amen”.

Situación muy distinta es la de los príncipes nuevos, y especialmente los mixtos- es decir, aquellos que amplían su territorio con el de los países próximos- en esos casos no debe fiarse de sus súbditos, debe acudir a la astucia para actuar conforme se comporta la naturaleza humana: “deberá extinguir la línea de sucesión de la anterior estirpe”. Es importante mantener bases en el nuevo territorio para sofocar cualquier motín. En casos de revuelta, la respuesta debe ser muy dura para evitar que otros se levanten en armas. “Los hombres se vengan de las ofensas leves, pero no de las graves” por eso, ante cualquier ofensa, hay que procurar que los autores se sometan por las buenas o deben ser aniquilados.

Para obtener nuevos partidarios, el príncipe debe buscar la forma de que se sumen a él, pero no todos, sino una mayoría, para eso conviene levantar barreras entre los súbditos, enfrentarlos entre sí; fomentar la envidia entre ellos es una muy buena opción para lograrlo, según Maquiavelo. Es esos casos, el príncipe debe buscar que los súbditos que le sean afines no tengan tampoco demasiada fuerza o unión entre sí. ( Capítulo VII)

Cabe la posibilidad de que un territorio nuevo adquirido tuviera previamente leyes propias, que vivieran sus ciudadanos en libertad. Esos estados también pueden ser sometidos por los siguientes métodos: a) arruinarlos; b) unirse a ellos en su forma de vida; c) dejarlos vivir con sus propias leyes, pero incrementando los tributos y estableciendo un gobierno oligárquico que conserve la amistad hacia el príncipe.

En todas esas opciones , conviene al príncipe no olvidar nunca el uso de la violencia– Maquiavelo rememora aquí a los Sforza y a los Borgia- bien directamente sobre los súbditos o bien de manera indirecta mediante la introducción del desorden en el territorio que se quiere anexionar, y si hace falta cometer un crimen, se comete… Dice así:

“Quién usurpa un Estado debe realizar de una vez todos los actos de crueldad que considere necesarios para lograr sus objetivos. De esa manera no se verá obligado a repetirlos y vivirá seguro atrayendo a sus súbditos con beneficios… Es mejor hacer de una vez el mal que deba hacerse, porque las ofensas hieren menos si se repiten menos, por el contrario, es bueno que los beneficios se concedan poco a poco porque así se saborean mejor ” ( capítulo VIII)

También considera que existe la posibilidad de llegar al poder aupado por el pueblo. En general- dice- los poderosos apoyan a alguien del pueblo cuando temen que se alzará contra ellos y lo que persigue el poderoso es seguir medrando a costa del pueblo. El Príncipe nunca puede estar seguro del pueblo, que es multitud, y sí puede estarlo de los poderosos que son pocos.

Maquiavelo era hijo de su tiempo, de un humanismo que despertaba, de unos pensadores y esplendor literario de la Florencia en la que vivió y aunque no fue acogido bajo el brazo protector de los Medici, sí participó del ambiente y los resultados. Fue el primer pensador que se percató del nacimiento de una nueva estructura política. Conoció sus orígenes y previó sus efectos. Anticipó, en su pensamiento, el curso entero de la futura vida de Europa. Cuando se dio cuenta de ello, perseveró en el estudio de la forma política de los nuevos principados, de la actuación minuciosa de los nuevos dirigentes, del detalle de ese nuevo ejercicio del Poder. Sabía perfectamente que su estudio, al ser comparado con las teorías políticas anteriores, sería considerado como una  anomalía, e intentó hacerse perdonar por la orientación insólita de su pensamiento.

A pesar de que se le ha presentado como un amoral y un fomentador de la crueldad, Maquiavelo no lo interpretaba desde esa posición sino como la descripción del mundo moderno en el que el Estado ha conquistado su plena autonomía. En Maquiavelo el Estado es completamente independiente, pero al mismo tiempo está completamente aislado y, por ello, se defiende.

Con anterioridad en el tiempo,  el Estado estaba atado a la totalidad orgánica de la existencia humana. En el Renacimiento, el mundo político ha perdido su conexión no sólo de la religión o la metafísica, sino también con todas las demás formas de la vida ética y cultural del hombre. Así presentada, Maquiavelo sólo describe el quehacer político, fascinado por él y, al tiempo, lo muestra como procedimiento para encontrar la estabilidad política en una península itálica sumida en el caos de la desintegración tras la caída del imperio Romano.

  • Tras esa exposición describe las virtudes que ha de poseer el príncipe, como brazo gestor de ese estado. Las virtudes del príncipe caracterizado por la utilidad política, que debe traducirse en estabilidad.

Para Maquiavelo los dirigentes- el príncipe-, destaca no por sus virtudes humanas ( los hay avaros, generosos, dadivosos, rapaces, crueles, piadosos, humanos, soberbios…) sino por su capacidad para mantenerse en el poder y evitar la mala fe. Para el príncipe lo importante no es la virtud, sino el éxito. Por eso no discute ni se plantea qué es mejor para el príncipe si ser amado o temido, lo que nunca puede ser es odiado.

Para mantener esa estabilidad puede mentir o utilizar otras habilidades, pero siempre con la finalidad no sólo de conservar lo que tiene o de reprimir cualquier oposición, sino de alcanzar la estima de sus súbditos.

En este sentido siempre se ha dicho que El Príncipe estaba inspirado en la figura de Fernando el Católico:

“Nada hace que se estime tanto al príncipe como sus grandes empresas y sus ejemplos excepcionales. Un ejemplo en nuestros días es Fernando de Aragón, rey de España…, se ha convertido de rey de un estado pequeño en primer soberano de la cristiandad. Si examináis sus acciones, las encontrareis todas inmensas y algunas extraordinarias” ( Capítulo XXI).

Entre esas empresas debe contarse el favorecer a los que tienen méritos, estimular el trabajo y el comercio, saber mantener el equilibrio fiscal y divertir a las masas. Debía encontrarse el equilibrio entre la meritocracia y la práctica de cierto grado de demagogia…Un buen príncipe debe contar con buenos consejeros y evitar a los aduladores.

  • Con eso, entramos de lleno en el mito del Maquiavelo diabólico y mendaz y del maquiavelismo como adjetivo adecuado para las conductas más perversas, mito que resulta bastante chocante aplicado a este florentino de fino humor y costumbres amistosas, probo funcionario, padre de familia ejemplar, que en sus obras se manifiesta como un dechado de buen sentido, bastante pesimista, es cierto, pero siempre animoso.

Esta visión retorcida y malvada, que se desprende del análisis de su obra, no era la pretendida por el autor, ni la que encuentran muchos de los admiradores y estudiosos de la originalidad de su obra. Curiosamente, el tema dominante en El Príncipe es el de la regeneración de un organismo político corrupto o, por adoptar el término que aparece en el capítulo XXVI, de su “redención” mediante la introducción de “órdenes nuevos” por obra de un “príncipe nuevo” ( idea inspirada por Savonarola).

  • La influencia de El Príncipe en la política fue esencial a partir del S XVIII por los estudios de brillantes eruditos: Hegel, Fichte entre otros. Pero, sobre todo, influyó enormemente en diversos dirigentes como Federico II el Grande- de Prusia- o en Napoleón Bonaparte.

Ellos vieron que no todo era negativo o amoral en Maquiavelo. En realidad, Maquiavelo como hemos señalado reiteradamente, buscaba la estabilidad, pues la ausencia de ella es terrible; él mismo sufrió las consecuencias de esa inestabilidad. Por eso busca soluciones prácticas. La ética se había quebrado en los Estados de su tiempo y buscaba encontrar otro elemento de estabilidad que encontró en el ”interés de Estado”. Pero ese interés de Estado exige el uso del Poder del Estado en favor de esa estabilidad y bienestar común. Otra cosa es que algunos políticos identificaron o siguen identificando el Interés de Estado con su propio interés y no el de su Nación.  España ya vivió la gran visión de Estado de Fernando el Católico, o de su nieto y bisnieto, pero también ha visto la decepción contraria que nos llevó a perder nuestro Imperio. Esperemos aprender de ello, porque como decía Napoleón en los comentarios que escribió al Príncipe de Maquiavelo: “ hay que aprender de la Historia para no volver a cometer los mismos errores”.

BIBLIOGRAFÍA

CONDE, Francisco Javier.- “ El saber político de Maquiavelo”. Ed Ministerio de Justicia. 1948. https://core.ac.uk/download/pdf/71821666.pdf

MAQUIAVELO, Nicolas.- “El Príncipe” (comentado por Napoleón Bonaparte). Ed. Espasa-Calpe. 1976

PRIETO, Fernando. “ Historia de las ideas y de las formas políticas”. Unión Editorial. 1985.

RENAUDET, Augustin.- “ Maquiavelo”. Ed Tecnos. 1965.

ZAMITIZ GAMBOA, H.- «Para entender la originalidad de Maquiavelo en el V centenario de El Príncipe». Estudios políticos. México. 2014.

Tenerife y las tres victorias frente a los ingleses

El escudo de la provincia y la ciudad de Santa Cruz de Tenerife incluye tres cabezas de León, una de ellas atravesada por la cruz de Santiago que está en el centro del emblema. La heráldica no puede ser más representativa. Las tres cabezas representan los tres asaltos que sufrió esa ciudad por los almirantes ingleses Blake, Jennings y Nelson.

https://www.google.com/search?q=escudo+de+Santa+cruz+de+tenerife&rlz=1C1GCEA_enES932ES932&oq=escudo+de+Santa+cruz+de+tenerife&aqs=chrome..69i57j0i22i30l2j69i60.9208j0j7&sourceid=chrome&ie=UTF-8#imgrc=D5yezz2uvNsRJM

Casi siempre se cuenta la última de estas batallas, determinante para la historia de las Islas y la de España, pero no debemos olvidar las otras dos.

1.- Las décadas de 1640 y 1650 no fueron brillantes ni para España ni para Inglaterra.

En España reinaba Felipe IV y su valido era el Conde – Duque de olivares y posteriormente D. Luis de Haro. Hubo alzamientos en Cataluña, Andalucía, Sicilia, Nápoles, Aragón, la independencia de Portugal y, en la guerra de Flandes, habíamos perdido la provincia de Holanda. En Europa, España se debatía en los estertores de la guerra de los 30 años y la guerra contra Francia. Tuvimos bancarrotas, epidemias y ataques de los corsarios ingleses a nuestra flota en el caribe- lo que a las finanzas españolas y a nuestro imperio le resultaba más dañino que una plaga-.

Los británicos tampoco tenían un buen momento. Habían pasado por la guerra de los tres reinos https://algodehistoria.home.blog/2022/10/07/la-guerra-de-las-tres-coronas-o-de-los-tres-reinos/ La instauración de la república, la invasión y ocupación de Irlanda, la dictadura de Cromwell, la guerra contra Holanda y los sucesivos encontronazos contra Francia y España.

En ese contexto, en el año 1657,  la flota de Indias llegaba a las Islas canarias, tras eludir a los piratas ingleses en aguas del caribe. El asalto de los corsarios ingleses a nuestras embarcaciones era una constante desde que consideraron que el Imperio español era una fuente de riquezas a las que los británicos querían acceder, además de apropiarse de las rutas marítimas y, así,  iniciar su imperio a costa del nuestro. El recorrido de nuestras naves era Caribe- Isla de La Palma- Isla de Tenerife- Cádiz.

Pero cuando navegaban cerca de la isla de Gran Canaria los barcos españoles fueron advertidos de que una flota con 23 barcos de guerra ingleses les acechaba en las costas de Andalucía. Nuestros barcos regresaron a Tenerife y desembarcaron el tesoro traído de América.  Santa Cruz era una pequeña población de 1.125 habitantes, dotada de un castillo y un fuerte.

Una parte de la flota de indias- dos galeones- y multitud de barcos de todo tipo se amarraron en la bocana del puerto de Santa Cruz, a modo de muralla defensiva. Defensa organizada por el general Diego de Egües, y allí llegaron los ingleses bajo el mando de Blake. El 30 de abril empezó un intenso intercambio de artillería. Los barcos españoles anclados en el puerto fueron abordados o quemados por los británicos. Pero los ingleses sufrieron enormemente en sus barcos los cañonazos propinados desde tierra por los españoles, que les impidieron desembarcar. Llegados a ese punto, los ingleses tocaron retirada y salieron del puerto favorecidos por el viento.

Por la parte inglesa hubo 50 muertos y 120 heridos. En el bando español, cerca de 300 muertos y 11 naves destrozadas. Sin embargo, se consiguió mantener a salvo el grueso de la flota de Indias. La carga que transportaba se almacenó en Santa Cruz, como era habitual, sólo una parte de la carga era para la corona, siendo el resto propiedad de particulares, muchas de ellas eran mercancías de contrabando. Estas fueron requisadas obteniendo con ello el Estado una cantidad superior a la perdida en la batalla.

La verdad es que ambos bandos celebraron la batalla como un triunfo. Cromwell homenajeó y condecoró a Blake, lo mismo que Felipe IV a Egües, y   las islas de Gran Canaria y Tenerife fueron agraciados con diversos favores reales, tanto en el comercio con América como en exenciones fiscales.

2.- Durante la Guerra de Sucesión, en noviembre de 1706, los ingleses llegaron hasta Santa Cruz de Tenerife con una flota formada por doce navíos y otras embarcaciones de apoyo, sumando entre todas ellas, 800 cañones,  al mando estaba el contraalmirante John Jennings, con la pretensión de tomar la isla.

En la tarde del 5 de noviembre, vigías situados en las cumbres de la isla divisaron navíos de bandera desconocida llegando a las costas de Santa Cruz. La ciudad presentaba una defensa artillera de gran importancia formada por varias baterías, reductos y baluartes, así como una línea de defensa costera compuesta por los castillos de Paso Alto, San Cristóbal y San Juan, todo ello unido mediante una muralla litoral que enlazaba todas estas fortificaciones.

La magnifica defensa de la isla evitó, durante todo el día 6, el desembarco y toma de la villa por parte de los británicos. A las tres de la tarde, Jennings mandó desembarcar a un mensajero para ofrecer al archipiélago tomar como rey al Archiduque Carlos. José de Ayala y Rojas, cabeza visible de la defensa isleña le contestó que seguirían defendiendo la Corona de Felipe V.

Antes del anochecer Jennings ordenó a sus navíos desplegar velas poniendo rumbo a Europa y dejando atrás las aguas canarias.

3.- La tercera ocasión en que los británicos quisieron hacerse con Tenerife, fue la más importante y trascendente de todas.

Mientras la flota española estaba bloqueada en el puerto de Cádiz (después ser vencida el 14 de febrero frente al cabo de San Vicente), en la noche del 21 de julio de 1797, la flota inglesa del contraalmirante Horacio Nelson se acercó sigilosamente a Tenerife; estaba compuesta por cuatro navíos de línea, cuatro fragatas, una nave de apoyo y mil soldados.  Su intención era apoderarse de Tenerife, primero y de todo el archipiélago canario, después.

La defensa canaria contaba con unos 1.600 hombres, al mando se encontraba el comandante general de Canarias, Antonio Gutiérrez. A ellos se unió el pueblo de Tenerife, que luchó con auténtico heroísmo.

La flota inglesa fue avistada el día 22. Los ingleses lograron desembarcar en la playa de Valleseco, pero fracasaron en el asalto al castillo de Paso Alto debiendo de reembarcar en la noche del 23 al 24 de julio. La madrugada del día 25 aconteció el combate más importante. Se produjo en el muelle del puerto de Santa Cruz de Tenerife. El buque La Fox fue hundido por la artillería española. Los ingleses volvieron a los barcos, el propio Nelson tuvo que reembarcar al perder de un cañonazo su brazo derecho. Los ingleses que habían logrado desembarcar se abrieron paso hasta el Convento de Santo Domingo, donde se hicieron fuertes. La lucha se extendió por las calles, los tinerfeños lucharon a brazo partido y con pocas armas contra los invasores, hasta lograr que los intentos de nuevos desembarcos británicos fracasaran. El comandante de la infantería británica solicitó condiciones para su rendición.

Las pérdidas inglesas ascendieron a 233 muertos y 110 heridos. Por parte española, las bajas fueron de 24 muertos y 35 heridos. Los fallecidos estaban equilibrados en su origen, tanto militar como ciudadano,  lo que demuestra a las claras la interacción del pueblo y el ejército en esta acción.

Este acontecimiento es conocido como la Gesta del 25 de julio de 1797, es una de las efemérides más importantes de la historia de Canarias y no es para menos. La defensa, con los pocos medios que se tenían y la propia situación estratégica del Puerto de Santa Cruz, era una muy difícil de llevar a cabo y, sin embargo, fue todo un éxito militar de Antonio Gutiérrez y de sus hombres. Pero, sobre todo, del pueblo tinerfeño que, con pocos medios, alejados de la Península, demostró una vez más su gran amor a España.

Además, aquella derrota, la última derrota que sufrió Nelson, supuso el fin de la doble estrategia que subyacía en aquel ataque. Las Islas eran una parada obligada para los navíos de la época, pues el Canal de Suez no estaba aún abierto y tenían que pasar por ellas todos los barcos procedentes de Europa hacia América, África o Extremo Oriente.

Por lo que la primera finalidad del plan es la de privar a España del inmenso apoyo de las Islas en la ruta hacia el continente americano.

A finales del siglo XVIII, Gran Bretaña se encuentra en un momento de máxima expansión, pero la independencia de los Estados Unidos y la imposibilidad de arrebatar a España sus posesiones americanas les obliga a dirigirse hacia África y Asia, sobre todo, hacia la India . Y para mantener la ruta a la India son necesarias bases en el Atlántico y el Índico.

La segunda finalidad del ataque era obtener un punto de apoyo en la ruta atlántica.

Hasta tal punto esta conquista era importante para los ingleses que William Pitt, primer ministro británico, hablaba sobre la conveniencia de cambiar una de las Islas Canarias por su “amada e importante posesión de Gibraltar”.

Afortunadamente, al verse obligados en virtud de las capitulaciones que les impuso el general Gutiérrez, a no volver a atacar las Islas Canarias, los ingleses no tienen más remedio que olvidar la ruta atlántica y volverse hacia el Mediterráneo y Egipto, donde al año siguiente seguirán combatiendo, pero esa vez contra la flota francesa.

Si hoy las Islas Canarias son españolas, es por la férrea voluntad de sus habitantes en la defensa frente a los ingleses. Si Nelson hubiera ganado, con una España en franca decadencia; con la flota bloqueada en Cádiz y poco después derrotada en Trafalgar; con España a punto de iniciar la guerra de independencia; con Gibraltar en manos inglesas, es muy probable que nunca las hubiéramos recuperado.

Así que, los tinerfeños pueden llevar con gran orgullo los tres leones en su escudo. Ganados con sangre, esfuerzo, sudor, lágrimas y gran lealtad y amor a España.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, P.-“ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1954.

ALCALÁ-ZAMORA Y QUEIPO DE LLANO: “La historia oceánica de los siglos modernos y el tesoro submarino español” . Google Books. 2008.

Rumeu de Armas: Antonio. “Piratería y ataques navales contra las islas Canarias”. Google Books. 1947.

CURIOSIDADES DE LA HISTORIA 3: Poder y esoterismo

Hacía mucho que no indagaba por las curiosidades de la Historia, siempre tan divertidas.

Recordamos las dos anteriores:

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/20/curiosidades-de-la-historia/

https://algodehistoria.home.blog/2020/05/08/curiosidades-de-la-historia-2-entre-cuentos-y-leyendas/

La idea para esta entrada de hoy proviene de mi amiga Carmen. Carmen oyó el mensaje de Pedro Sánchez tras la considerable derrota en las elecciones municipales y autonómicas del pasado 28 de mayo, cuando dijo:” [el resultado electoral desvela] un mensaje que va más allá”. Ante ese más allá, me sugirió hablar de los dirigentes que creen en la astronomía, pero he preferido retorcer un poco el argumento y llevar el tema por la brujería, la nigromancia, la magia o el esoterismo. Me acordé de la opinión del gran antropólogo vasco Julio Caro Baroja: «Se pueden encontrar grandes semejanzas entre la bruja antigua y el político moderno, sea cual sea su filiación y el origen de su poder. Al uno como a la otra se le atribuyen facultades muy superiores a las que realmente tienen, son igualmente buscados en momentos de ilusión, defraudan en modo paralelo y en última instancia los males de la sociedad se les atribuye en bloque… Cuando son derrotados sufren procesos sensacionales en que magistrados austeros y testigos inocentes ponen de manifiesto todas sus culpas. Si hoy existiera pena de hoguera, los políticos serían los más sujetos»

Hoy no vamos a quemar a nadie, pero sí reírnos un poco de sus cuitas y la forma de solventarlas.

Estrabón habló de la nigromancia como la forma principal de adivinación entre los pueblos de Persia y se cree que estuvo también muy extendida entre los caldeos, en Etruria y en Babilonia.

Fue en Egipto, con su sistema religioso complejo y bastante místico, donde surgió uno de los primeros libros sobre nigromancia. Se llamaba “El Libro de los Muertos del Antiguo Egipto.

En las artes adivinatorias, famosos eran los arúspices, sacerdotes que en la Roma de los césares abrían las entrañas a los animales para leer en ellas sus presagios. No había batalla en la época clásica que no contara previamente con un vaticinio y si la iniciaba Roma, el vaticinio debía ser favorable. Sin embargo, en el imperio ya empezaba a percibirse a los arúspices como charlatanes y en la época republicana tardía, Catón decía que “dos arúspices no podían mirarse sin reírse”.

En la Edad Media, se produce una simbiosis entre ciencia y magia. En la primera incluiremos a los astrónomos. La astronomía en sus comienzos aspiraba a explicar el proceder del mundo, pero siempre tuvo más de ciencia que de magia. Es famoso el amor al estudio de las estrellas de Alfonso X el sabio, y también que muchos sabios en su afán de saber y conocer trascendían la ciencia para caer en la magia. Numerosas fuentes asignan a la antigua ciudad de Toledo un papel muy importante en el estudio y desarrollo de las artes mágicas. La presencia de “las tres culturas” impregnó a la ciudad de un espíritu científico único, junto con él se desarrollaron otros aspectos mucho más heterodoxos. La magia y la pretensión de contactar con el más allá a través de la magia era muy habitual entre los judíos.

Superada la Edad Media, ese afán de estudio y saber siguió dando lugar a formulaciones mágicas, que fueron la atracción de los poderosos del momento. Famoso, en este sentido, es el inglés John Dee, que fue consejero de las reinas María Tudor e Isabel I y que posteriormente recaló en la corte de Rodolfo II de Habsburgo. Matemático, astrólogo, ocultista… El polifacético John Dee se hizo famoso como sabio en la sociedad inglesa del siglo XVI y, sobre todo, en la corte de la reina Isabel I. Dee era un apasionado de las ciencias ocultas y su enorme afán por adquirir conocimientos lo convirtió en el orgulloso propietario de una de las bibliotecas más extensas y bien surtidas de Inglaterra, que fue visitada por estudiosos de todo el mundo. Cayó en desgracia en la Corte de María Tudor y fue acusado de brujería. Pero resultó absuelto. Volvió al favor real cuando Isabel I alcanzó la Corona inglesa en 1558. Dee se convirtió entonces en asesor astrológico real y la soberana le consultaba previamente a cualquier decisión importante, por ejemplo, le encomendó escoger la fecha más adecuada para llevar a cabo su coronación.  Según se cuenta, debido a sus indudables conocimientos meteorológicos, fue capaz de informar a la armada inglesa de cuál era el mejor momento para atacar a la armada española en 1588, debido a la tormenta que se avecinaba con la que derrotaron a la Armada Invencible. También fue espía. Durante sus misiones de espionaje, Dee creó una firma específica para dirigirse a la monarca:007. Los dos círculos simbolizaban los ojos de la soberana (solo para sus ojos) y el 7 era el número cabalístico de la suerte de John Dee (quinientos años más tarde, la firma secreta de Dee sería adoptada por el escritor británico Ian Fleming para crear el nombre en clave del más famoso agente secreto de todos los tiempos: James Bond). 

Dee escribió Monas Hieroglyphica, una de las obras más importantes de la corriente mágico-hermética europea del siglo XVI. 

Este gusto por el ocultismo era, como decimos, una corriente del siglo XVI, aunque, quizá también entre cuñados andaba el juego, y así, nuestro Felipe II al igual que Isabel I de Inglaterra, tenía afición por el oscurantismo. Nuestro gran monarca se formó en filosofía, arquitectura y bellas artes. Pero también sentía una profunda atracción por saberes más herméticos como la mitología, la alquimia y el ocultismo. Entre 1563 y 1584 mandó construir el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un palacio cargado de simbología esotérica inspirado en el bíblico Templo de Salomón. La elección del lugar no fue casual, pues se erigió precisamente en este enclave de la Sierra de Guadarrama para sellar una mina que en aquella época se consideraba una “boca del infierno” y evitar así que los demonios salieran. Uno de los mayores atractivos de El Escorial es sin duda su extraordinaria biblioteca, entre cuyos volúmenes podemos encontrar numerosos tratados e incunables sobre magia, astrología, nigromancia y alquimia. Esta última era el arma secreta del, en otras cosas, racional y prudente rey Felipe. En una de las torres del monasterio ocultó un laboratorio y contrató a los mejores alquimistas del Renacimiento para tratar de fabricar la Piedra filosofal, una sustancia fantástica que podría convertir cualquier metal no preciso en oro. Desgraciadamente para España y sus fianzas no lo logró.

Pero el ocultismo tiene otras manifestaciones, así las sociedades secretas han jugado un importante papel en la Historia política del Mundo. Ya a finales del Siglo XVI – ¡qué siglo aquel para el esoterismo!- nace en Escocia la masonería con claros símbolos míticos inspirados en el oscurantismo oriental. En 1717 se fundó la Gran Logia de Inglaterra aduciendo un largo linaje de iniciados en una fraternidad que se expandió por todo el mundo occidental y especialmente en Francia donde se adaptó a las ideas enciclopedistas y de la Ilustración, haciendo conexión con la Revolución Francesa. No todos los líderes de la Revolución Francesa fueron francmasones, de hecho, en las filas jacobinas eran los menos, pero sí lo fueron Marat, La Fayette, Danton, Mirabeau. El espíritu anticatólico, la fuerte jerarquía, las normas propias, unas logias elitistas formadas por influyentes hombres del momento, hicieron de sus normas de funcionamiento un sistema de influencia social y política que se trasladó a América. La influencia masónica en la independencia de los Estados Unidos de América está contrastada.

Dentro de las sociedades secretas debemos recordar que Adolf Hitler y el nazismo son una mezcla extravagante de magia y tecnología. Se cree que en la Alemania de principios de siglo XX un grupo que reivindicó la superioridad de la raza aria, reunido en torno a la Sociedad de Thule, inspiró la ideología del régimen nazi, siendo uno de sus miembros dilectos el propio Hitler. El nombre de esta sociedad tiene su origen en la mítica isla de Thule mencionada en algunos textos antiguos y que los ariosofistas identificaban con Hiperbórea, el lugar primigenio de la raza aria. 

Pero nuestra entrada no tenía intención de adentrarse en el proceloso mundo de las sociedades secretas sino más bien en las actividades privadas e individuales de dirigentes mundiales tendentes a conocer el “más allá” desde formas muy de “acá”

En ese sentido y con cierto sentido cronológico debemos recordar algunos casos curiosos. Por ejemplo, Simon F. Case, coronel y mano derecha del presidente Lincoln, escribió en su libro “Proclama de la Emancipación” que el presidente era habitual de las sesiones espiritistas y, en una de ellas, recibió un mensaje trasmitido por un “ser sobrenatural” que lo convenció de la necesidad de abolir la esclavitud. Este hecho tuvo lugar una tarde de 1861. El médium que dirigía la sesión entró en trance y le transmitió el siguiente mensaje del más allá: “Usted ha sido llamado a la posición que ahora ocupa para una gran tarea. El mundo está bajo una esclavitud universal; y debe dejársele libre físicamente, para que pueda alcanzar espiritualmente su estado”. Después de escuchar este mensaje, Lincoln se empeñó en decretar la proclama que, a partir de 1863, permitiría la emancipación de más de cuatro millones de esclavos afroamericanos.

Conocidísimo es el caso de Rasputín, en los coletazos finales del imperio zarista. Logró aliviar al heredero de los sufrimientos causados por la hemofilia, lo que le dio un poder extraordinario sobre la madre del pequeño, Alejandra, y sobre el zar Nicolás II.

Aquel hecho, puramente casual, unido al misticismo y la magia que manejaba el monje, así con su personalidad, fue lo que le valió para la gran influencia que tenía con la familia Romanov y con la nobleza rusa.

Durante la Primera Guerra Mundial fue acusado de ser un espía alemán y de influir políticamente en la zarina, que era de ascendencia alemana. Esta influencia le valió ganarse el odio de varios nobles, y su asesinato.

Mariano José de Larra, el ilustre político y periodista español, y un supersticioso reconocido, preguntado en una ocasión por qué, una persona tan inteligente y culta como él, era tan supersticioso dijo: “Porque los que no creemos en Dios, en algo debemos de creer”. Con esas actitudes se empieza en la superstición y se acaba en la brujería y el tarot.

Se sabe que Ronald Reagan era muy aficionado a la astrología y que consultaba las cartas astrales con gran frecuencia. Su afición provenía de sus tiempos de actor. Se dice que una astrologa le señaló la fecha más adecuada para su matrimonio, para la toma de posesión a la presidencia o incluso que un médium le vaticinó que sería presidente.

Mucho años después, Hillary Clinton manifestó que durante los años que vivió en la Casa Blanca pudo percibir la presencia de espíritus en diversas estancias del edificio presidencial. Tampoco ha ocultado su cercanía y amistad con la parapsicóloga Jan Houston a la cual consultaba cada paso importante a dar en su actividad profesional. No sabemos si le anunció su derrota contra Trump.

En Hispanoamérica, la santería, el vudú, la astrología y la magia están a la orden del día. Conocidísimo es el caso de Duvalier, Papa Doc entre las masas haitianas, presidente de Haití que enarboló el vudú no sólo como una religión oficial sino como una política de Estado, consiguiendo dominar de manera dictatorial a la población ignorante con el miedo a sus prácticas de vudú. Pero tanto se convenció a sí mismo de su poderío mágico que se jactaba de haber matado a Kennedy con brujería vudú.

En Venezuela, Hugo Chávez tenía una bruja de cabecera que le adelantó su ascenso a presidente de Venezuela, tras pasar por la cárcel , así como su temprana muerte- hay que ver cuantas brujas vaticinan el éxito y casi ninguna el fracaso-.

Las cartas marcaron así su inexorable destino y con ellas llegó una obsesión que le arrastraría a realizar todo tipo de prácticas relacionadas con el ocultismo. Un largo currículo de contactos con el “más allá” que abarca los amuletos, la ‘ouija’, las apariciones de su bisabuelo ‘Maisanta’ (un general que luchó contra la dictadura de Juan Vicente Gómez), las charlas con el espíritu del libertador Simón Bolívar, la masonería (intentó ingresar en una logia), las visiones de las ánimas de la sabana y la santería cubana. Reconozcamos que no le faltaba “de’ná”.

El periodista David Placer recogió todas estas aficiones de Chavez en su libro “ Los brujos de Chávez”

En México, Políticos de todo tipo recurren a la magia, a los brujos o a chamanes, para lograr poder político. El periodista José Gil Olmos ha escrito dos libros sobre “Los brujos del poder». Entre los mencionados en esas obras se encuentran Marta Sahagún, esposa del ex presidente Vicente Fox. Sobre Carlos Salinas de Gortari, que fue presidente de México entre el 1 de diciembre de 1988 y noviembre de 1994, cuenta que mientras gobernaba José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari contrató a unos brujos vudú para que cuando tomara el poder Miguel de la Madrid, él fuera elegido (mediante el conocido Dedazo) como el candidato a la Presidencia de la República por el PRI.

Otro personaje que se mueve entre brujos y magas es Enrique Peña Nieto, presidente de México desde el 1 de diciembre de 2012 hasta el 30 de noviembre de 2018.

Podría nombrar a muchos más, pero por terminar diremos que medios estatales rusos han asegurado que el ejército ucraniano está usando magia negra para ganar la guerra. Quizá para compensar a los hechizos ucranianos, las brujas rusas reunidas en la asociación “Grandes Brujas de Rusia”, organizan, de cuando en cuando, su aquelarre para apoyar a Vladímir Putin. Van cubiertas con capuchas decoradas con aves doradas y forman círculos para entrar en una conexión espiritual con el propio Putin y darle fuerza y posibilidades de victoria.

De Sánchez no conocemos que consulte con brujas, sabemos que se fía de Tezanos, y no podemos afirmar cuál de las dos cosas es peor.

BIBLIOGRAFIA

GIL OLMOS, José.- “Los brujos del poder”. Ed Bolsillo. (en PDF, aquí: https://www.academia.edu/42972179/Vdocuments_mx_jose_gil_olmos_los_brujos_del_poder_el_ocultismo_en_la_politica_mexicanapdf).

LACHMAN, Gary.- “El ocultismo en la política. Historia secreta de la búsqueda del poder”. Ed Luciérnaga. 2017.

PLACER, David. – “Los brujos de Chavez”. ed CreateSpace Independent Publishing Platform. 2016

 

 

 

 

La Gloriosa

El 30 de septiembre de 1868, Isabel II salía de España para no volver. La culpable de su exilio: la llamada Revolución Gloriosa

El republicanismo revolucionario europeo al estilo de Mazzini culminó en las revoluciones de 1848. Se trataba de un proceso revolucionario romántico, que creía posible alcanzar todos los ideales. Vista la experiencia general en Europa, el romanticismo procuró ser apartado por la mayoría para acceder a posiciones más prácticas y realistas.

Pero aquel movimiento romántico tuvo una coda en España. Nuestros revolucionarios del S. XIX creían posible un movimiento radical que de golpe acabara con todas las instituciones del Estado, corruptas e inútiles, a su entender, y que de él emergiera un nuevo orden ideal. A esto se le conoce como el “mesianismo del caos”. España lo padeció en el S.XIX, en el XX y no sé si algunos no seguirán en él.

Aquella revolución sumaba un posicionamiento fuertemente ideológico con una materialización militar al estar apoyada en hombres fuertes del ejército como Prim o Serrano

Prim denuncia en el manifiesto del 18 de septiembre de 1868: “el ahínco de la inmoralidad… convirtiendo la Administración en granjería”. En el famoso “España con honra” del día 19, Serrano y los demás firmantes recriminan que “ la Administración y la Hacienda son [pasto] de la inmoralidad y del agio”. Se trata pues de una revolución purificadora de España. Purificadora de los hombres y de la mujer ( reina Isabel II) que la gobiernan.

Isabel había sido proclamada reina a los 3 años, aunque no reinaría con pleno derecho hasta los 13. Estuvo siempre en manos de sus cortesanos -primero los de su madre, luego los de su marido y finalmente los suyos propios-, que intentaron moldearla a su conveniencia. En una entrevista que le hizo Benito Pérez Galdós para el diario El Liberal, cuando la reina estaba en el exilio, confesó haber hecho muchas cosas mal, pero no ser la única culpable del mal gobierno. La reina depuesta se lamentaba de que nadie quiso enseñarle nunca a gobernar si no era en su propio provecho. A Isabel II un diputado la definió como “la reina de los tristes destinos”; Galdós,   impresionado favorablemente por la ex reina en aquella entrevista, retomó aquel epíteto y lo inmortalizó, al tiempo que volvió de París con una opinión mucho más benevolente hacia la pobre Isabel, que la que había tenido hasta entonces.

Los errores de aquellos gobiernos quisieron ser lavados por una revolución en principio con un objetivo pacífico y un alcance inicial impreciso.

La táctica seguida se basó en:

  1. La conspiración previa, formado por un frente subversivo de amplio espectro político

Ya en 1866, varios políticos liberales y progresistas, incitados por el general Prim, descontentos con la situación nacional, se reunieron en la ciudad belga de Ostende para trazar un plan que derrocara al gobierno y permitiera tomar medidas urgentes ante la grave crisis que se avecinaba. Se firmó un acuerdo, el 16 de agosto de 1866, entre miembros del partido progresista y miembros del Partido demócrata, cuya finalidad era derribar la monarquía de Isabel II.  Este pacto, al que, a principios de 1868, se sumó la Unión Liberal (tras el fallecimiento de O’Donnell que rechazaba el movimiento subversivo)  fue el germen de “ La Gloriosa”.  Precisamente la incorporación de la Unión Liberal, que aportaba el mayor número de militares, fue decisiva para el triunfo de la revolución.

Conscientes de la necesidad de reunir el máximo apoyo posible, el acuerdo fue escueto y ambiguo. Hablaba de “destruir lo existente en las altas esferas del poder” y de nombrar “una asamblea constituyente, bajo la dirección de un Gobierno provisorio, la cual decidiría la suerte del país.

Prueba de la amalgama de grupos que se reunió contra Isabel II y la poca cohesión interna que existía entre ellos, fue el hecho de que los republicanos, molestos por lo que consideraban su exigua representación en Ostende, organizan otro centro revolucionario en París. La confrontación se cerró con la ratificación de las clausulas de Ostende en el pacto de Bruselas de 30 de junio de 1867.

       2. El pronunciamiento militar complementado por una revuelta popular.

Ambas acciones [conspiración y ayuda militar] ya habían actuado al unísono en diversas revueltas callejeras desde 1854, o en los intentos de sublevación capitaneados o apoyados en la sombra por Prim, como el de Villarejo de Salvanés el 3 de enero de 1866 o el del Cuartel de San Gil el 22 de junio de 1866 , y en el citado acuerdo de Ostende de agosto de 1866.

Pero la auténtica sublevación militar se produjo en 1868 en la que por primera vez el ejército fue secundado por la marina.

La historiografía se divide al intentar calcular la importancia de la participación popular en la revolución. Tuñón de Lara la magnifica y pone como ejemplo el reparto de armas en Cádiz, o en Sevilla, Córdoba, Huelva, Alcoy y Béjar; pero otros autores, como Hennessy señalan que  “ solamente después que triunfó la revolución se convirtieron las masas en algo digno de consideración”.

A partir del triunfo de la Revolución, se inicia lo que será conocido como el Sexenio Democrático (1868-1874) que intentará crear en España un nuevo sistema de gobierno.

Aquella revolución se concentra en el derrocamiento de Isabel II y en el establecimiento del sufragio universal (masculino) y la exaltación de los principios del liberalismo radical, pero no tenían un programa social concreto. Aunque durante el sexenio revolucionario se tomaron algunas medidas sociales precursoras de la legislación social: Informaciones parlamentarias sobre la situación de la clase obrera; exenciones tributarias a las cooperativas obreras, o la Ley de 24 de julio de 1873 sobre protección del trabajo infantil, no se atiende realmente a los problemas de la población. Esta desatención social en el ideario de la Revolución llevó a conflictos posteriores donde las masas obreras alentaron contra la revolución política en busca de una revolución social.

De hecho, la extracción social de los revolucionarios se situaba en las clases medias ilustradas, profesionales liberales, movidos por el idealismo y no por la realidad cotidiana. Las clases populares sin instrucción fueron protagonistas en un número poco importante.

En todo caso, la diversidad era la nota común de los revolucionarios (incluso hubo un intento de incorporar a los carlistas que cortó el general Cabrera, pues no estaban de acuerdo con el sufragio universal) de ahí la poca cohesión interior con la que actúan. Pero tenían dos principios básicos comunes: la soberanía popular expresada en el sufragio universal; y los derechos individuales que eran imprescriptibles y por ello ilegislables e irrenunciables.

Además de los partidos oficiales y legales, existían organizaciones clandestinas de matices republicanos y socialistas, sociedades secretas más proclives a la violencia que a un acuerdo auténticamente democrático.

A todo este conglomerado se unió el duque de Montpensier, cuñado de la reina, para aportar a la causa a modo de financiación 3 millones de reales y así derrocar a su cuñada, con la pretensión de hacerse él con la Corona. No fue el único que aportó dinero. También lo hicieron las juntas revolucionarias y la burguesía catalana, los industriales resentidos con el favoritismo de la Corte. Aunque será esta misma burguesía catalana la que, años después, en vista de que una de las consecuencias de la revolución fue el cantonalismo y el caos, hicieron lo posible por financiar la Restauración monárquica.

Antes de llegar a aquel final, debemos atender a lo que fueron los detonantes inmediatos de la Revolución. Aunque la historiografía tampoco se pone de acuerdo. Vicens habla de una importante crisis económica, pues se había estimulado la ampliación de la red ferroviaria de España. Los grandes empresarios del país y las sociedades de crédito, así como muchos políticos y militares, invirtieron en las compañías de ferrocarriles con la expectativa de obtener grandes beneficios. Pero lejos de ello, aquellas inversiones llevaron a la ruina a muchos inversores. Lo que generó un efecto dominó: las principales industrias del país quedaron paralizadas por la falta de liquidez, lo que dejó sin trabajo a decenas de miles de personas.

A ello se sumó una crisis alimentaria: las cosechas habían sido malas, con todo, buena parte se destinó a la exportación para intentar reducir el déficit del Estado: esto provocó un rápido aumento de los precios de los alimentos y el inicio de revueltas populares. Esta situación hizo tomar medidas radicales al gobierno del general Narváez, bloqueando la actividad de las Cortes. Precisamente otro sector de la historiografía centra los orígenes de la Revolución en estas razones políticas, cuasi dictatoriales. Normalmente, todo influye.

La revolución se inicia en Cádiz el 19 de septiembre y se resuelve en pocos días en Madrid. La reina, que estaba de vacaciones, se instala en San Sebastián. El propio día 19 el gobierno de González Bravo, que había sucedido a Narváez tras la muerte de éste el 23 de abril de 1868, dimite. El día 28 se libra la llamada Batalla de Alcolea, que como el propio general Martínez Campos define fue “un encuentro no una batalla; como un trueno sin tormenta; como un chispazo sin corriente”. Pero tuvo la suficiente entidad como para que en una reunión de generales en el Ministerio de la Guerra se optara por deponer la lucha. No hubo oposición y, aunque Isabel II quiso volver a Madrid, sus consejeros la disuadieron. Cruzó la frontera francesa el día 30 de septiembre.

La Revolución había triunfado, pero quedaba organizar el triunfo.

A medida que la revolución se extendía por cada provincia se constituyeron las Juntas revolucionarias. creándose también en Madrid la Junta Suprema de Gobierno. Cuya presidencia recayó en el general Serrano. Sin embargo, las juntas revolucionarias provinciales no se disolvieron y por ello se puede decir que la Revolución vivió en una permanente crisis revolucionaria. Los demócratas que habían quedado fuera de la Junta Suprema, mantenían así en las provinciales unos núcleos de poder paralelos. En esas juntas provinciales se instalaron también los milicianos llamados “voluntarios de la libertad”. Eran el brazo armado de la revolución.

Esta dualidad llevó a que en cada Junta se aprobaran leyes diferentes, sólo a modo de ejemplo, la Junta de Zaragoza aprobó el matrimonio civil o la libertad de trabajo que en el resto de España no se daban. Y en Sevilla y Málaga, la clara separación de Iglesia y Estado, y en la de Madrid se estableció la extinción de las comunidades religiosas. El gobierno declara la expulsión de los jesuitas, por cuarta vez en la historia de España.

El tema eclesiástico y religioso iba a plantearse en términos pasionales, sobre todo en el sur de España, con la consiguiente quema de templos y persecución de creyentes. El obispo de Jaén se quejó: “ hablan de libertad de cultos, y es libertad de agresión”. De esas agresiones sabían mucho los Voluntarios de la Libertad. Se genera así, además de un problema de poder, un problema de orden público.

Prim en un decreto de 17 de octubre disolvió la organización de los voluntarios y posteriormente exigió también la disolución de las Juntas. Para lograrlo, trasvasó a miembros de las Juntas a puestos de la Administración provincial, local y nacional. De este modo y sin más dificultades, las Juntas fueron desapareciendo. Prim fue así emergiendo como hombre fuerte del momento.

Pero había otro problema que dilucidar, la cuestión del Régimen. Monarquía o República. Unionistas y progresistas era monárquicos y los demócratas vivían en una dualidad de criterios.

Se sucedieron en Madrid los días 15 y 22 de noviembre manifestaciones- celebradas con recorrido inverso- desde la Plaza de Oriente al Obelisco del Dos de mayo, la de los monárquicos, y desde el Obelisco a la Plaza de Oriente la de los republicanos, pero nada se dilucidó.

El Gobierno en el preámbulo del decreto de convocatoria de las Cortes Constituyentes había señalado que prefería la monarquía. El 6 de diciembre de 1868, se convocaron elecciones a las Cortes Constituyentes por sufragio universal masculino de los mayores de 25 años, con un censo cercano a los 4 millones de electores. Las nuevas Cortes se constituyeron el 11 de febrero de 1869.

Se inicia así la discusión de la nueva Constitución cuyos puntos de importante debate fueron la cuestión religiosa y el tipo de régimen.

En el primer asunto se declara al Estado como confesional; se obliga a mantener el culto y a los ministros de la religión católica, y a garantizar el ejercicio público y privado de cualquier culto.

En el art 33, se aborda el segundo aspecto espinoso la cuestión del régimen. La redacción final decía: “La forma de gobierno de la Nación española es la Monarquía”. Hasta llegar a este punto los monárquicos tuvieron que discutir con los republicanos que se presentaron divididos en dos: los federalistas de Pi y Margall y de Castelar y los Unionistas de García Ruiz y de Sánchez Ruano. El artículo 33 fue aprobado por 214 votos a favor y 71 en contra.

EL Rey se concebía como un “ poder constituido, moderador e inspector de los demás poderes y titular del ejecutivo que ejercen sus ministros”. También compartía el poder legislativo con las Cortes, a las cuales tenía la facultad de suspender sólo una vez en cada legislatura.

En los artículos 77 y 78 se decía que la Monarquía tendrá “carácter hereditario en la dinastía que sea llamada a la posesión de la Corona”.

 Y ahí surgió otro de los problemas. Se quería una dinastía democrática y cómo señaló el general Serrano, que ocupó el cargo de regente en ausencia de un monarca: “¡Encontrar a un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo!” Finalmente, a instancias de Prim, las Cortes decidieron en 1870 ofrecer la corona a la dinastía de Saboya, a Amadeo, el segundogénito del rey italiano Víctor Manuel II.

Asesinado su valedor, Prim,  la situación de Amadeo en España se puso muy cuesta arriba. Tampoco es que él ayudara mucho. Llegó con un perfil liberal que parecía satisfacer un punto medio entre los deseos de las diversas facciones que habían instigado la revuelta. Sin embargo, resultó ser todo lo contrario: logró unirlas, pero sólo contra él y, harto de la imposibilidad de reinar en un país dividido en constantes luchas de poder, abdicó al cabo de dos años. Dando paso a la desbarajustada I República.

Realmente aquella revolución tuvo de Gloriosa el nombre, llegó por el “mesianismo del caos” y acabó enfangando a España en un caos mayor. Pero esa ya es otra parte de la Historia

BIBLIOGRAFÍA

HENNESSY, C.A.M.-“ La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal 1868-1874”. Ed. Los libros de la Catarata. 2010.

PALACIO ATARD, V.-“La España del siglo XIX. 1808-1898”. Ed. Espasa- Calpe. 1981.

TUÑÓN DE LARA, M.- “El problema del poder en el sexenio 1868-1974”. Ed. Siglo XXI. 1976.

VICENS VIVES, J.- “ Historia social y económica de España y América”. Ed. Teide 1959.

LAS HAMBRUNAS EN IRLANDA

Irlanda tras la caída del Imperio Romano fue una mezcla de estados gobernados por tribus locales de carácter cristiano- Celtas cristianos-, con abadías que enseñaban latín y producían literatura tan memorable como el “Libro de kells” (el libro –considerado la pieza principal del cristianismo celta y del arte hiberno-sajón- por las miniaturas con las que está decorado. Y a pesar de estar inconcluso, uno de los más suntuosos manuscritos ilustrados que han llegado a nuestros días desde la Edad Media). Aquellos reinos- tribales, evidentemente- se vieron invadidos por los vikingos. Los escandinavos consiguieron asentarse no sin luchar en algunas zonas costeras y allí mezclarse con la población local. Esos asentamientos convivieron no sin tensiones con los habitantes nativos de la Irlanda celta. Tras numerosos enfrentamientos, los nativos lograron el dominio del País y convertir la isla en un mosaico de clanes y tribus organizadas en torno a cuatro provincias históricas que competían continuamente por el dominio del territorio y los recursos: Leinster; Connacht; Munster, y Úlster.

Poco después se produce la invasión normanda, lo mismo que había ocurrido en Inglaterra, sólo que en Inglaterra ya estaban asimilados y temían que los nuevos normandos crearan un grupo rival que les invadiera desde Irlanda. En consecuencia, Enrique II de Inglaterra decidió invadir Irlanda. Así nacieron ocho siglos de dominación inglesa de la isla de Irlanda. La isla esmeralda gozó de cierta autonomía hasta que Enrique VIII, en 1536, decidió someter a Irlanda para que su subordinación a la Corona inglesa fuera no sólo teórica sino real. Es decir, tanto de iure como de facto. Los ingleses tardaron más de un siglo en lograr ese sometimiento jurídico e institucional y, sin embargo, los irlandeses nunca estuvieron del todo conformes. Las hostilidades fueron continuas y más cuando los ingleses, escoceses y galeses se sometieron al protestantismo mientras Irlanda siguió fiel a la Iglesia romana. Esta diferencia religiosa marcó los 400 años siguientes de relación y sometimiento. Los irlandeses asociaron la religión a una forma de rebeldía frente al opresor inglés. Oliver Cromwell, en el siglo XVII, ordenó la confiscación de tierras y otros bienes de los irlandeses que pasaron a manos de colonos ingleses. Aquella situación dio lugar a una política conocida como de «plantaciones», que consistía en despojar a los católicos irlandeses de grandes extensiones de tierras para entregárselas a los colonos ingleses y también a presbiterianos escoceses. Esa política iba acompañada de una despótica imposición del idioma y las costumbres inglesas. Esta política continuó durante los siglos siguientes.

Fue en 1800, cuando el Parlamento irlandés firmó el Acta de la Unión que creó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.

Esta política determinó lo que en la historia de Gran Bretaña se conoce como la “cuestión de Irlanda”. Este problema presentaba diversas vertientes: histórica, que se remonta a las revoluciones del S. XVII; religiosa, por el manifiesto deseo de los católicos irlandeses de emanciparse de la Iglesia anglicana; social, pues la situación de los renteros y su dependencia de los propietarios ingleses era insostenible e inhumana; política, por la exigencia de conseguir la derogación del Acta de la Unión de 1800, que permita otorgar a Irlanda un Parlamento en Dublín y, sobre todo, la reclamación del Home Rule ( estatuto de autonomía para Irlanda).

Desde el siglo XVIII, la mayoría de los habitantes de Irlanda eran campesinos católicos, y, por esta condición, pobres y sin capacidad política, pues esta sólo estaba admitida para los protestantes. De hecho, muchos irlandeses se convirtieron al protestantismo para evitar las sanciones económicas y políticas. Sin embargo, hubo un creciente despertar católico, que se vio favorecido por el hecho de que el sector protestante estaba dividido entre los presbiterianos del Úlster y los anglicanos que dominaban la política de Dublín, dueños de la mayor parte de las tierras de cultivo.

En un pequeño inciso diré que uno de los múltiples periodos de “cambio climático” que ha sufrido de manera natural la historia de la Tierra, sin que se hiciera política de ellos, coincide con la época que estamos narrando. Así, se sabe que del siglo X al XIV se vivió un periodo de subida extraordinaria de temperaturas dando lugar a una era altamente calurosa que fue seguida de un larguísimo periodo- del   siglo XV al XIX- de enfriamiento, con periodos de descenso aún mayor de las temperaturas que se manifestaron, por ejemplo, de 1650 a 1715, de 1740 a 1770,  de 1814 a 1850. A estos periodos de más baja temperatura se los denominó con carácter genérico Pequeña Edad de Hielo, aunque algunos de ellos tuvieran un nombre propio.

Fue precisamente en uno de los periodos de bajada de temperaturas, especialmente importante en el hemisferio norte y, sobre todo, en el norte de hemisferio cuando se produjo un periodo de malas cosechas en Irlanda, dando lugar a las hambrunas de 1740 y 1741, en las que murieron cerca de medio millón de personas y más de 150.000 irlandeses emigraron a las 13 Colonias americanas, que cerca andaban de la independencia. Además, las trabas al comercio irlandés, incluso para exportar a la isla de Gran Bretaña aumentaron el descontento de tal manera que la clase política anglo-irlandesa empezó a identificarse más con Irlanda que con Inglaterra. Andando el siglo y por la discriminación que sufrían,  los irlandeses se vieron identificados con los ideales de la Revolución Francesa.

En torno a 1829, los irlandeses obtuvieron el reconocimiento de algunos derechos políticos dentro de Irlanda, pero los problemas económicos continuaban por las trabas inglesas y por los problemas acontecidos durante las guerras napoleónicas.

No se habían recuperado de sus efectos cuando, en 1845, un moho conocido como Phytophthora infestans (o P. infestans) provocó una plaga destructiva de las plantas que se propagó rápidamente por toda Irlanda. La plaga arruinó hasta la mitad de la cosecha de patatas aquel año y alrededor de las tres cuartas partes de la cosecha durante los siguientes siete años.

Antes de la llegada de los ingleses, y antes de que fueran forzados a mantener una dieta exclusivamente a base de patatas, la alimentación tradicional irlandesa se basaba en cereales, carne, lácteos, verdura y frutas, pero después tanto los cereales como el ganado salían diariamente de los puertos irlandeses hacia Inglaterra en grandes cantidades. De esa forma, Inglaterra se hizo con decenas de millones de cabezas de ganado de los productores irlandeses, y toneladas ingentes de harina, grano, carne, aves y productos lácteos, mientras, los campesinos irlandeses se abastecían única y exclusivamente de patatas y de leche. 

Cuando el frío y las bacterias terminaron con el único alimento que se podían permitir los irlandeses, las autoridades inglesas en Irlanda siguieron exportando grandes cantidades de alimentos, principalmente a Gran Bretaña. En casos como el ganado y la mantequilla, la historiografía sugiere que las exportaciones desde Irlanda aumentaron durante la hambruna de la patata, favoreciendo a los terratenientes ingleses. Cuando las cosechas comenzaron a fallar, los líderes irlandeses en Dublín solicitaron a la Reina Victoria y al Parlamento que actuaran e, inicialmente, lo hicieron, derogando las llamadas «Leyes del Maíz» y sus aranceles sobre el grano, causantes de la subida de los precios del  maíz y del trigo hasta hacerlos prohibitivos para los campesinos irlandeses. Además, la reina Victoria envió a la isla una ayuda de 2.000 libras, pero en cambio no permitió que el sultán otomano enviara 10.000 libras de ayuda a Irlanda, y tampoco aceptó que atracara el barco Sorciére remitido por los Estados Unidos y cargado con toneladas de alimentos. Aquella situación tan dramática se convirtió en tragedia cuando al hambre se añadió el frío y los desahucios de miles de familias que no podían pagar los alquileres a los arrendatarios ingleses. Se impuso un toque de queda para evitar una sublevación. Cualquier conato de protesta callejera era castigado con penas de hasta tres años de cárcel o quince de destierro. De esa manera, miles de personas que quedaron a la intemperie, fueron encarceladas o desterradas. Los ingleses enviaron 200.000 soldados para mantener la situación bajo control y evitar el levantamiento de la población.

No hay que olvidar que el Subsecretario de Tesoro y encargado de socorrer la hambruna, como radical evangelista que era, consideraba que “el juicio de Dios envió la calamidad para dar una lección a los irlandeses”.

La crisis y la mala gestión inglesa tuvieron un impacto catastrófico en Irlanda y en su población, provocando la muerte de aproximadamente un millón de irlandeses por inanición o enfermedades asociadas a la falta de alimento, y al menos otro millón se vio obligado a abandonar su tierra natal como emigrantes o refugiados, casi todos se dirigieron a EE.UU., Gran Bretaña o Australia.

Con una población significativamente reducida de 2 a 3 millones y un aumento de las importaciones de alimentos después de 1850, la hambruna irlandesa de la patata finalmente terminó alrededor de 1852. Pero para aquellos que se quedaron atrás en una Irlanda diezmada, se encendió un aprecio renovado por la independencia irlandesa del dominio británico. De hecho, estos acontecimientos condicionaron la política británica y sus elecciones en los años posteriores. La cuestión de Irlanda dio lugar a la puesta en marcha de diversas políticas que calmaran los ánimos primero de los liberales de Gladstone y luego de los conservadores de Disraeli. Todas fracasaron.  Gladstone, de nuevo en el poder, no vio más solución que otorgar la autonomía a Irlanda en 1886, aumentada en 1892. La Crisis pasa al S. XX sin haberse solventado. Entre 1918 y 1923 se produjo la guerra de independencia de Irlanda.

El papel exacto del gobierno británico en la hambruna y sus secuelas está a debate todavía hoy. Si ignoró la difícil situación de los pobres de Irlanda por malicia o si su inacción colectiva y su respuesta inadecuada se pueden atribuir a la incompetencia es algo que sigue en cuestión. De todos modos, no conviene olvidar la idiosincrasia de la época, sus creencias y sus costumbres a la hora de analizar los acontecimientos.

En 1997, Tony Blair, siendo primer ministro británico, emitió una declaración ofreciendo una disculpa formal a Irlanda por el manejo de la crisis por parte del gobierno del Reino Unido a mediados del S.XIX, en un acto revisionista, tan en boga en estos días.

En los últimos años, se han erigido monumentos a las víctimas de la hambruna en aquellas ciudades a las que los irlandeses emigraron como ocurre en Boston, Nueva York, Filadelfia y Phoenix en los Estados Unidos, y Montreal y Toronto en Canadá, al igual que varias ciudades de Irlanda, Australia y Gran Bretaña.

Además, el equipo de fútbol del Glasgow Celtic, que fue fundado por inmigrantes irlandeses, llegados a la ciudad escocesa como resultado de los efectos de la hambruna de la patata, incluyeron, en 2017, un parche conmemorativo en su uniforme, para honrar a las víctimas de la “Gran Hambre”.

Tengo que decir, que a mí las disculpas que se hacen un siglo más tarde, cuando los condicionantes históricos son otros, en el caso de Blair, además, posiblemente obligado por los problemas de Irlanda del Norte, que también tienen su origen de aquella “invasión protestante” de los territorios del Úlster como forma de sometimiento (https://algodehistoria.home.blog/2021/04/16/ulster-23-anos-de-los-acuerdos-de-viernes-santo/ ), me parecen una forma de anacronismo, de presentismo, nada loable.

Los hechos históricos son los que son, tiene las consecuencias que tienen y, un siglo después, no tienen arreglo para los que los sufrieron; si se hubieran pedido disculpas poco después de acontecidos, tendrían razón de ser y lógica. Los condicionantes humanos, políticos y culturales determinan la posición de las naciones en sus actuaciones internas e internacionales.  Un siglo más tarde no se impide el millón de inmigrantes, ni el millón de muertos. Un prolongado tiempo después no se ganan las guerras que se perdieron, ni se disculpa lo que pasó. Entre otras cosas porque cabría plantearse si aquella forma de actuar no era la manifestación de un sustrato interno que sigue vigente. ¿Acaso los anglicanos no siguen vendo con malos ojos a los católicos en Gran Bretaña? ¿Acaso los británicos no se sienten superiores a los irlandeses- y posiblemente al resto del mundo-? No hace falta pedir perdón. Sólo hay que poder contestar no a esas preguntas.

Ahora, simplemente, cabe arreglar las consecuencias de lo hecho con la dignidad de no caer en el anacronismo histórico, o, como decía Napoleón aprender de la historia para no volver a cometer los mismos errores. En ese sentido, los monumentos, si valen para recordar la Historia e incitar a su estudio, sean bienvenidos. Pero siempre como conocimiento y reconocimiento, no como revisionismo histórico.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

MACAULAY TREVELYAN, George. “Historia social de Inglaterra”. Ed. Fondo de Cultura Económica. 1946

 O’BEIRNE RANELAGH, John. “Historia de Irlanda”. Ed. Akal. 2014

ROGER DE LAURIA O ROGER DE LLÚRIA

Hoy vamos a hablar de uno de nuestros más grandes marinos, y digo nuestro, aunque nació en Italia (en Scalea ( Calabria) en 1245), porque defendió la posición de la Corona de Aragón con sobresaliente factura.

Era hijo de Riccardo di Lauria y de una dama de la Corte de Constanza de Sicilia llamada Bella d’Amici. Cuando Constanza se casó con Pedro de Aragón, infante y heredero de la Corona de Aragón, en 1262, Roger se traslada junto a su familia en el séquito que acompañó a la futura reina a Aragón (en una pequeña digresión diré,  como curiosidad, que Constanza de Sicilia o Constanza de Suabia, fue reina de Aragón de 1276 a 1302, fecha de su fallecimiento en Barcelona, y fue reina de Sicilia de 1282 a 1302. Es venerada como beata por la Iglesia Católica, y su fiesta se celebra el 17 de julio)​.

Roger de Llúria se educó en la Corte aragonesa, donde fue armado caballero en 1273. Acompañó al todavía infante Pedro en sus viajes de armas a Toledo o contra la sublevación de los moros en Valencia entre 1275 y 1277. Allí, durante un breve periodo, fue procurador del reino de Valencia. También acompañó a Pedro en sus expediciones a Túnez, para someter al sublevado rey Abu-Ishaq, y a Sicilia en 1282. En esta travesía demostró su destreza en la navegación por lo que a su vuelta a Aragón fue nombrado almirante de la flota. Destinado a la defensa del reino de Sicilia, que, en 1282, tras el episodio conocido como Vísperas Sicilianas, había sido incorporado a la Corona aragonesa en virtud de los derechos de la reina Constanza y en contra de las pretensiones del angevino Carlos I, rey de Nápoles.  En el mismo año de su nombramiento, Roger de Llúria derrotó en el puerto de Malta a una escuadra angevina formada por galeras provenzales, lo que supuso el dominio sobre las islas mediterráneas de Gozzo y Malta, permitió penetrar en el puerto de Nápoles y la conquista de las islas de Capri e Ischia; y algunas zonas de Calabria, tras la victoria en 1284, sobre la flota  del futuro rey de Nápoles Carlos II, a quién hizo prisionero. Aprovechando la victoria, provocó sublevaciones populares a favor de Pedro III en la región napolitana de Basilicata y dirigió sus naves hacia las costas tunecinas, donde a mediados de septiembre de aquel 1284 conquistó la isla de Gelves. También se apoderó de la isla de Jerba y al año siguiente de las Kerkenah, dependientes entonces de Túnez y de las que volveremos a hablar.

Mientras tanto el Papa Martín IV (1281-1285), perjudicado por la expansión aragonesa en el ámbito mediterráneo, había excomulgado a Pedro III de Aragón y predicado la cruzada contra él (1283).Tal era el enfado papal que puso bajo concesión y protección del Delfín de Francia los reinos pontificios. Por esa alianza franco-vaticana, un ejército, muy superior en número al que podía reunir el rey de Aragón, consiguió franquear los collados pirenaicos y llegar hasta Gerona, que fue asediada, mientras que una poderosa flota ocupaba el litoral hasta Blanes y aseguraba el abastecimiento del ejército francés desde las costas catalanas. La flota española se encontraba en Sicilia y Pedro el Grande sólo disponía de diez galeras, con todo, logró una importante victoria en las islas Formigues ( en la costa gerundense enfrente de Rosas), que permitió elevar los ánimos hispanos hasta que en agosto llegó desde Sicilia a las costas catalanas Roger de Llúria con el grueso de su flota. Al Papa le apoyaba también Jaime II de Mallorca, hermano de Pedro III que en 1279 había sido desposeído por éste del gobierno de la isla balear. Franceses y mallorquines habían concebido un ataque total por tierra y por mar. En septiembre de 1285, Roger de Llúria derrotó a la armada francesa en la costa gerundense y, un mes después, al ejército de tierra conjunto en la batalla del Coll de Panissars (entre La Junquera, Gerona, y Le Perthus, Francia), lo que supuso la derrota definitiva del rey Felipe el Atrevido, de Francia. Por su actuación, Roger de Llúria recibió el señorío de Gelves.

Poco después, Roger de Lauria participó junto al infante Alfonso en la expedición contra Mallorca, destinada a castigar la traición del rey de Mallorca en el momento del ataque francés.

A la muerte de Pedro III (1285), los territorios de la Corona de Aragón se repartieron entre sus hijos, Alfonso y Jaime; sobre el primero (Alfonso III de Aragón, 1285-1291, también conocido como Alfonso el liberal) recayeron los reinos peninsulares, mientras que al segundo (Jaime I de Sicilia, 1286-1296, y futuro Jaime II de Aragón el Justo, 1291-1327) le correspondió el de Sicilia. El nuevo Papa Honorio IV (1285-1287) y Carlos II el Cojo, de Nápoles, lanzaron una ofensiva conjunta sobre los dominios de Jaime I y de la reina Constanza, pero Alfonso III reaccionó enviando a Roger de Llúria para repeler el ataque: el ejército angevino-pontificio fue derrotado por el almirante aragonés frente a Nápoles (1287). A partir de ahí, Roger de Lauria se dedicó, con su sobrino Juan, a efectuar razias contra la costa de Berbería y de Túnez, en las que conseguía gran número de cautivos que vendía después en Sicilia, e intervino en las luchas internas de Túnez apoyando a uno de los pretendientes al trono.

Mientras tanto, se desarrollaban las negociaciones para llegar a la paz entre la Corona aragonesa y Sicilia, por una parte, y los Anjou, Francia y la Santa Sede, por la otra, bajo la mediación del rey de Inglaterra. Como parte de las condiciones para conseguir la paz, el rey Alfonso liberó en 1288 al príncipe de Salerno, Carlos de Anjou, quien inmediatamente se coronó rey de Sicilia. Con ese pretexto, algunas localidades de Calabria se rebelaron y el rey Jaime de Sicilia, junto con Roger, intentaron recuperarlas. En 1289, mientras Roger asediaba Gaeta, se firmó una tregua entre Carlos II de Nápoles y Jaime de Sicilia, que había de durar dos años. Por ello, Roger de Lauria volvió a Aragón con parte de la flota y parece que se instaló en sus tierras del reino de Valencia. En agradecimiento a sus buenos servicios, en 1289, el rey Alfonso III concedió a Roger el señorío de las ya mencionadas islas de Jerba y Kerkenah que se constituyeron en una especie de principado independiente. Estas islas, desde 1295, se convirtieron en feudo de la Santa Sede, a la que Roger de Lauria había de pagar una renta anual de 50 onzas de oro. Esa solución impedía que el rey de Sicilia pudiese exigir la entrega de esas islas, que Lauria había conquistado personalmente y que eran una excelente base naval desde donde se podía controlar el reino de Túnez y también el comercio con el oriente mediterráneo.

No tardó, sin embargo, en volver a Sicilia con el fin de acompañar de vuelta a Aragón al rey Jaime de Sicilia, que se había convertido en rey de Aragón, por fallecimiento sin descendencia de su hermano Alfonso, en 1291. Poco después, en 1292, volvía a Sicilia, por mandato de Jaime II, para contribuir a la defensa de la isla, a las órdenes de la reina Constanza y de su hermano pequeño, Federico ( al morir sin descendencia Alfonso III, legó los reinos peninsulares a Jaime con la condición de que renunciara al trono siciliano en favor del tercero de los hermanos, Federico, pero Jaime intentó reunir en su persona la herencia de su padre Pedro III y se limitó a nombrar a Federico lugarteniente general del reino de Sicilia, a cuyo servicio quedó Roger de Llúria). Pero por presiones internacionales y por ser difícil de mantener su posesión, poco después, en 1295, y por la Paz de Anagni, Jaime II cedió Sicilia al papado y a los Anjou napolitanos. Esto creó grave malestar en la isla, en su hermano Federico, en su madre e incluso en Roger de Llúria que se negaron a aceptar el tratado. Esta situación era muy incomoda para Roger, así cuando Jaime ofreció a Federico una entrevista para solventar sus problemas, el segundo se negó, lo que molestó al almirante que se retiró a sus posesiones. En 1297, Jaime solicita a Federico que deje salir haca Roma a su madre, a su hermana Violante, que se iba a casar en Roma y a Roger que acompañó a ámbas. Federico aceptó darles un salvoconducto de ida, lo que significaba la expulsión de todos ellos. En Roma, el Papa les levantó la excomunión. Tras ese episodio Roger y la reina volvieron a Aragón. De nuevo al mando de la flota, pero ahora como aliado del papado y los napolitanos atacó a Federico III de Sicilia por su negativa a acatar lo decidido en la Paz de Anagni. Después de ocupar diversas localidades en la costa de Patti, el ejército aliado fue derrotado y el sobrino de Roger, Juan de Lauria, hecho prisionero, junto con muchos otros. Esos reveses y la llegada del invierno aconsejaron la retirada. Jaime II pidió a su hermano la devolución de los prisioneros aragoneses, prometiendo no atacarle de nuevo, pero Federico no sólo se negó, sino que decapitó a Juan de Lauria. Esa decisión enojó tanto al Rey como al almirante, que atacaron Sicilia con su armada en 1299 y derrotaron completamente la flota siciliana en Capo d’Orlando. Sin embargo, Jaime II no quiso encarnizarse con su hermano y se retiró, alegando que sus aliados podían continuar solos la campaña contra su hermano. Roger de Lauria continuó la campaña junto con los angevinos y consiguió grandes éxitos, como por ejemplo la gran victoria naval en la isla de Ponza en el 1300. Cabe señalar que todas estas victorias navales se produjeron por la maestría del Almirante Llúria y por dotaciones marinas y galeras que eran cualitativamente superiores a la de sus rivales, pero sin olvidar que no menos formidables eran los especialistas embarcados para las misiones de combate: los ballesteros navales catalanes y los almogávares.

La guerra concluyó con la firma de la paz de Caltabellotta (1302), por la que Federico II era reconocido como monarca vitalicio de la isla (adoptando el título de rey de Trinacria), pero con la condición de que a su muerte Sicilia revertiría al reino angevino de Nápoles. Roger de Lauria participó en las negociaciones y consiguió introducir un capítulo que preveía la devolución de los bienes confiscados durante la guerra, lo que le permitió recuperar los suyos en Sicilia. Tras esto, se retiró a sus posesiones valencianas, pensando en que sus días de guerra habían terminado. Pero no fue así, las razias musulmanas en la Península le llevaron de nuevo a la acción, en este caso por la invasión del Reino de Granada a la ciudad de Alcoy; Roger participó en su defensa, y los nazaríes fueron expulsados.

Murió poco después, en 1305, y fue enterrado, como él mismo había dispuesto, en el Monasterio de Santa María de Santes Creus, en el suelo, a los pies de la tumba del rey Pedro III, el Grande.

De su vida privada se sabe que se casó dos veces y tuvo 7 hijos. Fue compensado por los diversos reyes a los que sirvió con distintas posesiones que le reportaron unas rentas importantes. Fue uno de los hombres más influyentes de su momento en la Corona de Aragón . No es para menos si comprendemos que sus batallas y victorias fueron decisivas para la defensa de Sicilia y para evitar la invasión francesa de Cataluña. Además, esas victorias fueron el punto de partida de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón en el siglo XIII.

BIBLIOGRAFÍA

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Fondos del Museo naval de Madrid.

EL ANARQUISMO EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Para situar el contexto del anarquismo durante la Guerra Civil española primero analizaremos los antecedentes tanto ideológicos como históricos de manera muy sucinta.

El anarquismo es una filosofía política y social que llama a oponerse a todo elemento estatal, busca la abolición del Estado entendido como gobierno y, por extensión, de toda autoridad, jerarquía o control social que se imponga al individuo, por considerarlas indeseables, innecesarias y nocivas. También se oponen a la propiedad privada

Su activismo político se suscita a partir de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o Primera Internacional fundada en Londres en 1864 que agrupó inicialmente a los sindicalistas ingleses, anarquistas y socialistas franceses y a los republicanos italianos. Nace como un foro para abordar temas comunes, en el que colaboran Marx, Engels y Bakunin. Allí se pone de manifiesto la diferencia de criterio entre Marx, los partidarios del socialismo y del comunismo y Bakunin, partidario del anarquismo colectivista. Los primeros propugnaban la lucha de los partidos obreros por las conquistas sociales y laborales proponían la revolución social a través de la conquista del poder del Estado. Los anarquistas por su parte postulaban un modelo revolucionario basado en la organización asociativa-cooperativa que pregona el poder de decisión por medio del consenso. Si bien es cierto que el anarquismo, lógicamente por su propia concepción, no tuvo una línea de actuación única.

En 1872, el Consejo General de la AIT se traslada desde Londres, donde está situado desde sus inicios, a Nueva York, disolviéndose oficialmente el 1876. En 1922, aparece la Asociación Internacional de los Trabajadores, organización anarcosindicalista que pretende recoger el testigo del ala libertaria de la Internacional y que llega hasta la actualidad.

La Primera Internacional fue considerada como uno de los factores que condujeron a la creación de la Comuna de París en 1871. Si bien comunistas y anarquistas se disputaban la mayor o menor influencia en este movimiento.

Desde finales del siglo XIX las ideas de la I internacional fueron llegando a España. A partir de ese momento será cuando se comience a gestar una serie de grupos, diferenciados, como internacionalmente lo estaba el anarquismo y cuya distancia se fundamentaba en la mayor o menor violencia y radicalidad en la búsqueda de lograr sus objetivos.

Consecuencia de aquellas ideas de la I internacional fue la creación de la CNT (sindicato anarquista) y la UGT (sindicato socialista) ya entrados en el siglo XX .

El anarquismo evolucionó en España de manera oscura debido a su desorganización unida a una violencia extrema que llevó a ataques de corte terrorista y numerosos asesinatos, como el de Cánovas del Castillo el 8 de agosto de 1897 o los atentados contra Alfonso XII que tuvieron lugar en octubre de 1878, el primero, y en diciembre de 1879, el segundo.

En 1917, la CNT y la UGT confluyeron en sus esfuerzos para convocar la huelga de aquel año. Inmediatamente después separaron sus caminos siendo la CNT perseguida por todos los gobiernos por su alto nivel de intransigencia y de violencia (vuelven a cometer numerosos asesinatos de políticos y de miembros de la Iglesia).

Pero en 1931 empieza su etapa más importante. Los sindicatos anarquistas tanto la CNT como la Federación Anarquista Ibérica (FAI) tenían una amplia membresía y desempeñaban un papel destacado en las luchas obreras. En general, su participación fue muy activa en la vida política. Aunque dejaron la clandestinidad y el aislamiento, no perdieron un ápice de su violencia, a pesar de ello en 1936 fueron integrados en el gobierno de España, siendo los nombres más sobresalientes, Juan López, Federica Montseny y Peiró, los cuales estarían en el gabinete de Largo Caballero.

El anarquismo desempeñó un papel significativo en la Guerra Civil española.

Su fuerza fue especialmente importante en Cataluña donde lograron que el 20 de julio de 1936, las ciudades más populosas, menos Gerona, estuvieran bajo el control del comité de las milicias antifascistas, de corte anarquista. Especialmente destacado fue el enfrentamiento calle a calle entre el ejercito Nacional y los anarquistas en Barcelona. Los republicanos se hicieron con el control de la ciudad.

También, cabe destacar su presencia en los alrededores de Madrid. En la capital convocaron una huelga revolucionaria el 18 de julio, asaltaron los cuarteles de la Guardia Civil y repartieron las armas entre los milicianos. Esta forma de actuar también la llevaron a cabo en Valencia. En Madrid, lograron hacerse con el Cuartel de la Montaña, y el 21 de julio caía en sus manos Alcalá de Henares. En Valencia, lograron que, en zonas de menor implantación como Alicante, la huelga general convocada para el 20 de julio tuviera un seguimiento destacado.

Sin duda el sistema anarquista quería instaurar una serie de gobiernos independientes para conformar una nueva realidad en el País.

Tres son los hechos destacados de su presencia allí donde dominaban: primero, la creación de las milicias que se dedicaron desde un primer momento a vigilar a las personas ajenas a sus pensamientos llegando incluso a arrestarlas y ajusticiarlas. Tal fue el miedo desplegado en las zonas dominadas por los anarquistas, que los católicos de Cataluña y alrededores de Madrid se refugiaron en las iglesias, abandonando sus casas, creyendo que ahí estarían más seguros. No fue así, ni respetaron las iglesias ni a los sacerdotes ni a los feligreses. Segundo, su énfasis en la colectivización y la autogestión. En las zonas controladas por los anarquistas, muchas de ellas en Cataluña, Aragón y Valencia, se llevaron a cabo procesos de colectivización de la tierra y la industria. Las tierras y las fábricas fueron tomadas por los trabajadores y gestionadas de forma colectiva, eliminando la propiedad privada y estableciendo principios de autogobierno.

Su colectivización partía del hecho de que las personas que no quisieron adherirse a ellos se les obligaba a no contratar a terceras personas para labrar la tierra; debía hacerlo con ayuda de su familia y si las tierras no eran cultivadas, les eran arrebatadas y adheridas a la comunidad. De entre las comunidades anarquistas más conocidas destacan las de Alcorisa, Alcañiz, Calanda, Fraga o Valderrobes, todas ellas en Aragón.

Esto del “exprópiese” tan en boga en nuestros días no nace de hoy. Los anarquistas también expropiaron, aunque quizá fuera más correcto decir incautaron muchas viviendas que no fueron a parar a los más necesitados sino a los dirigentes de la CNT al igual que las riquezas que obtenían mediante robos, muy frecuentes en las zonas gestionadas por los anarquistas. En esta actividad colectivizadora se inventaron un sistema de vales para sustituir el dinero, lo que hacía que en la práctica los dirigentes anarquistas se quedaran con el dinero, la moneda de curso legal,  quitada a la población. Las tierras y las viviendas fueron devueltas a sus dueños tras la guerra, no sin grandes problemas porque el registro de la propiedad no era de gran fiabilidad, no hay que olvidar que el Registro de la Propiedad como lo conocemos se crea en 1934 y muchas propiedades anteriores no figuraban en él al estallar la guerra.

La consecuencia económica de la colectivización y las huelgas fue la paralización de la producción. En la colectivización nadie se sentía responsable último, todo era de todos y nada era de nadie. En resumen, la economía cayó en el más absoluto caos y el desplome económico fue general en las zonas republicanas. Además, el orden jurídico republicano desapareció allí donde dominaban los anarquistas.

El tercer elemento de la gestión anarquista fue la creación de una serie de Escuelas de Militantes Libertarios, que era donde se formaban los “cuerpos de defensa”. Pero a su sombra también se enseñó a leer y escribir a mucha gente.

A medida que avanzaba la guerra otro factor se introdujo en la zona republicana, una especie de guerra civil en la guerra civil por el enfrentamiento entre los anarquistas y los comunistas, y en ocasiones de todos contra todos en el bando republicano.

Estas trifulcas, en un primer momento, eran vistas desde la distancia por los socialistas, divididos en dos facciones históricas, la de Largo Caballero y la de Indalecio Prieto, que aguardaban para acabar de situarse en el bando ganador de la izquierda.

Los tres bandos-porque realmente eso eran-, socialistas, comunistas y anarquistas, querían ostentar el poder para introducir sus cambios respectivos sin ceder prácticamente ninguno de ellos a las exigencias del otro. Especialmente significativos fueron los acontecimientos del 3 al 8 de mayo de 1937 en Barcelona, iniciado por el control del edificio de telefónica. Hasta aquel momento en manos anarquistas que utilizaban la interceptación de conversaciones para “dar el paseíllo” a los ciudadanos que se manifestaban contra el gobierno o el bando republicano. Las tropas del gobierno, apoyadas por los comunistas, querían el edificio para interceptar las conversaciones del bando nacional, para una especie de “inteligencia” republicana que les permitiera adelantarse en el frente. Tras aquellos días, los anarquistas fueron desalojados de todo tipo de comunicaciones, de hecho, no obtuvieron el control ni de una imprenta, imprescindibles para el adoctrinamiento de la población. A partir de ese momento comunistas, por un lado, y anarquistas, por otro, se repartieron Barcelona y empezaron una guerra que causó más de mil muertos y en torno a 1.500 heridos. La situación era tan complicada que la 26 División Anarquista, anteriormente conocida como la Columna Durruti, se acuarteló en Barbastro para trasladarse a Barcelona a apoyar a sus correligionarios contra los comunistas. Finalmente, el día 7 de mayo, dos columnas de guardias de asalto formadas por 5.000 hombres llegan desde Madrid y Valencia a Barcelona. Sus órdenes son claras: desarmar a los anarquistas para restablecer el orden.

En su enfrentamiento, los comunistas organizaron a dieciocho mil comerciantes, artesanos y pequeños fabricantes en la Federación Catalana de Gremios y Entidades de Pequeños Comerciantes e Industriales (conocida como GEPCI) algunos de cuyos miembros eran, según frase de Solidaridad Obrera, órgano de la CNT «… patronos intransigentes, feroces antiobreristas…». Esencialmente, al igual que en el campo valenciano, en donde también se afiliaron millares de campesinos al PCE para evitar la colectivización, los comunistas aprovecharon el caos anarquista para situarse al frente de la gran masa, que había quedado huérfana de representación por parte de la izquierda republicana moderada.

La pérdida de poder de los anarquistas no fue sólo fruto de una mayor presencia de socialistas y comunistas sino de la mejor – o menos mala- organización de esos sectores. Los anarquistas dividían sus fuerzas en grupúsculos “anarquistas”, es decir,  sin un orden claro. Así es muy difícil ganar nada. Cuando los enfrentamientos pasaron de ser verbales a empuñar las armas entre ellos, el descontrol fue mayor. Pero las consecuencias fueron trascendentes para todo el bando republicano

Aquellos días de Barcelona fueron tan infernales que el propio Azaña consiguió salir in extremis de Barcelona, en donde quedó atrapado por aquella batalla campal entre anarquistas y comunistas, escoltado hasta el puerto por una compañía de guardias de asalto que habían llegado a tal efecto desde Valencia.

Aquel intercambio de tiros entre socialistas, comunistas y anarquistas, evidenciaba, las dificultades del proyecto de una coalición, la del Frente Popular,  encaminada al desastre. Realmente se ponía de manifiesto una revolución latente y desde siempre desleal con la propia República. Si en 1934, fue Largo Caballero al frente de la UGT y con la aquiescencia del PSOE, quien había intentado la revolución obrera rompiendo la legalidad de la II República; en julio del 36 el Frente Popular no había descabezado al ejército por temor a una insurrección armada de los anarquistas, y para mayo del 37, los anarquistas ya en el gobierno y dominando amplias regiones del país,  gestionaron sus territorios con la gran deslealtad a la República que todos habían previsto-  y con el apoyo de los nacionalistas catalanes, siempre dispuestos a la disolución del Estado español en Cataluña-. Esta revolución anarquista pasó por encima del mismo Largo Caballero, y sus consecuencias serían aún más profundas. Aquella confrontación política acabó, una semana después, con la dimisión forzada, -la sustitución- del presidente Francisco Largo Caballero, como fruto de una maniobra de los comunistas, que se aseguraron a partir de entonces el poder, aunque la cabeza visible del gobierno fuera el socialista Negrín.

No fue esta la única razón de la caída de Largo Caballero. Otro de los enfrentamientos con los comunistas se había producido poco antes de los enfrentamientos de mayo en Barcelona, pero esos acontecimientos se dieron esta vez en Madrid. Largo había planeado una operación estratégica en la zona centro que tenía que servir para romper en dos el territorio de los nacionales separando sur y norte a la altura de Extremadura, más una insurrección en el protectorado de Marruecos, controlado también por los nacionales desde el inicio de la guerra, en este segundo caso con el objeto de aislar Andalucía y al general Queipo de Llano. La operación fue diseñada por el coronel de Estado Mayor Segismundo Casado, que protagonizaría precisamente la última trifulca entre anarquistas y comunistas en marzo de 1939 justo antes de rendir Madrid al general Francisco Franco ( el 5 de marzo de 1939, un grupo de anarquistas y socialistas, con el coronel Casado al frente, se rebeló contra el Gobierno de Negrín, apoyado por los comunistas. Se creó un Consejo Nacional de Defensa, con la finalidad de negociar con los nacionales la inminente derrota republicana).

Largo Caballero se quejaba constantemente de que el general José Miaja se negaba a tomar las medidas necesarias para la preparación de la ofensiva, lo cual era cierto porque ya el deterioro del gobierno era patente y las conspiraciones de los comunistas y los socialistas de Prieto para socavarle estaban avanzadas. Miaja se había hecho comunista poco antes de la ofensiva nacional y había quedado como el héroe de Madrid, lo que aislaba aún más a Largo Caballero en sus pretensiones por sustituirlo al frente de los Ejércitos del Centro. Según la historiografía más común, los comunistas no querían ejecutar la ofensiva -que habría sido un golpe duro para los nacionales que comenzaban la campaña del norte- sencillamente porque habría resultado una gran victoria de Largo Caballero y un impedimento para poder quitárselo de encima. La política por encima de la guerra.

En resumen, podemos señalar, al igual que la mayor parte de la historiografía, que, en medio del caos, apareció una «solución» comunista: la contrarrevolución de un partido que en las elecciones de febrero de 1936 apenas había tenido representación y que se iba a convertir en el brazo fuerte de la resistencia republicana con un socialista al frente, Juan Negrín, en una forma de enmascarar sus verdaderas intenciones comunistas de hacerse con todo el poder. Aunque fue una solución que no logró su finalidad.

Los enfrentamientos y las purgas entre los componentes del bando republicano continuaron, sobre todo en Cataluña y Valencia, durante toda la Guerra Civil, prácticamente hasta el final de la contienda. Así no hacen falta enemigos para perder una guerra. Pero, además, el enemigo, es decir, el bando nacional se caracterizó por su correcta organización.

BIBLIOGRAFÍA

BOLLOTEN, Burnett.- “La Guerra Civil Española: Revolución y Contrarrevolución”. Alianza ed. 2015.

GUILLAMÓN, Agustín.- “Barricadas en Barcelona. La CNT de la victoria de julio de 1936 a la necesaria derrota de mayo de 1937”.Ediciones Espartaco Internacional, 2007.

JIMENEZ LOSANTOS, Federico.- “Historia del Comunismo. De Lenin a Podemos”. Ed. La esfera de los Libros. 2018.