HOLODOMOR

La muerte de Lenin cuando aún no se había cerrado por completo la institucionalización de la nueva rusia (URSS) provocó una serie de tensiones de cara a su sucesión. Será Stalin el que se consolide en el poder abriendo uno de los momentos de mayor terror en la dictadura soviética. El gobierno de Stalin abarcó desde 1922 hasta 1953, año de su muerte.

Fue una etapa de contrastes, entre la industrialización y el crecimiento económico- tampoco era difícil dado el nivel previo de postración económica- y el terror, que se manifestó en diversas purgas contra todos aquellos que se opusieran a su voluntad: opositores o población general.

Si ya Lenin había acabado con todo aquel que se opuso a su Revolución del 17, Stalin dio la puntilla a cualquier atisbo de contestación. No hubo sector de la sociedad que no sufriera persecución. Primero fue contra los campesinos y, posteriormente, contra los políticos que no gozaban de su confianza o le hacían sombra.

Hoy vamos a hablar de los primeros- los campesinos- pero dejaré un breve esbozo de la persecución política, para comprender la opresión a la que fueron sometidos los rusos durante aquella era del terror.

En el ámbito político, en 1934 empieza la represión conocida como “gran purga”. Este sanguinario periodo se inicia con el asesinato de Kirov, amigo de Stalin y miembro del politburó. Con amigos como Stalin, no hacía falta enemigos.

Durante este periodo, cientos de miles de miembros del partido Comunista soviético, socialistas, anarquistas y opositores a Stalin- reales o imaginarios- fueron perseguidos. Se realizaron juicios públicos (en 1936, “el proceso de los 16” y el año siguiente, conocido como año negro, “el proceso de los 17”, dirigido a perseguir fundamentalmente a Trotski y sus seguidores. En 1938, se produce el “proceso de los 21”, contra los que consideraban derechistas, entre los que seguían incluyendo a Trotski y también a traidores de todo orden: purgas entre los políticos, el ejército, el politburó, el Komitern e incluso entre los refugiados (antes de la firma del pacto Ribbentrop- Mólotov, la URSS ya colaboraba con la Gestapo para entregarles a comunistas alemanes, austriacos, o judíos de esas nacionalidades, refugiados en la URSS​). Se envió a cientos de miles de personas a campos de concentración (Gulag) y muchos fueron ejecutados.

Aclaremos que los gulags eran campos de concentración con trabajos forzados que contribuyeron a mejorar la economía del estado soviético a costa de los derechos humanos de los presos.

https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/

La gran mayoría de estas detenciones fueron llevadas a cabo por el Comisariado del Pueblo para asuntos internos, también conocido como NKVD, dirigido sucesivamente por Iagoda, Ejov, y Beria. Más de 6 millones de personas sufrieron las persecuciones.

Pero antes que las purgas políticas, se produjeron los acontecimientos que dan título a esta entrada, la represión hacia los campesinos, o quizá fuera mejor hablar del genocidio cometido contra los campesinos de Ucrania, Kazajistán, el norte del Cáucaso, la región del Volga y Siberia occidental. De entre ellos, los ucranianos fueron perseguidos con gran saña, y todo por negarse al proceso de colectivización y a perder sus propiedades.

Realmente, las hambrunas campesinas se habían iniciado con Lenin en el poder. La sequía, las requisas y las subidas de impuestos habían creado una situación insostenible de hambre y miseria en el campo soviético que se extendió a las ciudades. Consecuencia de ello fue el aumento indiscriminado de suicidios entre los campesinos sobre todo ucranianos como solución a su penuria. Cuanta más hambre pasaban, menos se quejaban por falta de fuerzas, lo que fue constatado por Lenin que decidió no tomar ninguna solución. Al contrario, consideraba que el hambre era la forma más eficaz de acabar con la idea de Dios- el opio del pueblo- y que la Iglesia se derrumbaría igualmente. Sin embargo, Gorki y algunos otros, como Tijón y Trotski, lograron crear “ el comité social de lucha contra el hambre” en el que con ayuda precisamente de la Iglesia, de la Cruz Roja y de otras instituciones extranjeras intentaron paliar los efectos de las hambrunas. Se cree que salvaron a 25 millones de personas, pero la venganza de Lenin no se hizo esperar, disolvió el Comité y desterró a sus organizadores. Asimismo, saqueó todos los bienes de la Iglesia.

Los problemas productivos en la URSS no terminaron con la llegada de Stalin- aunque fue capaz, con el tiempo, de mejorar mucho la situación productiva y la industria-, pero la gran tragedia iba incorporada a su método de progreso.

Tras el primer plan quinquenal, Stalin y su gobierno habían proyectado los procesos de colectivización de la producción agrícola. Las zonas en las que la agricultura era esencial, con pequeños o medianos propietarios, entre otros, Georgia, Kazajistan o Ucrania. Resultando estas dos últimas especialmente afectadas.

Ha sido Ucrania, hoy sometida a una terrible guerra por la ambición de Putin, la que más ha demandado aquellos hechos como gran tragedia nacional. Como un auténtico genocidio. De ahí que se suela conocer aquellos hechos como “holodomor” (literalmente, en ucraniano, “muerte por hambruna”) que tuvo lugar entre 1932 y 1933 y que causó millones de muertos.

Aunque la historiografía ha dado cifras diversas sobre el número de fallecidos, actualmente tras el estudio llevado a cabo por Anne Applebaum y publicado en 2021 en su libro “Hambruna roja: la Guerra de Stalin contra Ucrania” , es mayoritariamente aceptado el dato de que fallecieron de hambre algo más de 4 millones de personas en Ucrania a lo que hay que unir dos millones más de muertos en Kazajistán, el norte del Cáucaso, la región del Volga y Siberia occidental. En Kazajistán se sometió a los pastores nómadas, para que abandonaran la ganadería extensiva tradicional y se sedentarizaran, creando granjas ganaderas intensivas. Le costó la vida a un millón de personas (proporcionalmente muchas más víctimas que en Ucrania u otros lugares, dada la escasa población de Kazajstán).

Como la misma Applebaum señala en la introducción de su libro: “La desastrosa decisión de la Unión Soviética de forzar a los campesinos a renunciar a sus tierras y a unirse a las granjas colectivas; el desahucio de los ‘kulaks’, los campesinos ricos, de sus hogares; el caos que siguió; todas estas políticas, en última instancia responsabilidad de Josef Stalin, secretario general del Partido Comunista Soviético, habían conducido al país al límite del hambre”.

Evidentemente, no es el primer estudio historiográfico que se ocupa del tema, pero mientras sobrevivió la URSS, los historiadores que investigaron en Occidente sobre las hambrunas fueron desacreditados. Durante muchos años la izquierda europea quería apoyar el proyecto soviético, lo necesitaba e incluso la URSS les pagaba o engañaba para que contaran la versión soviética. A modo de ejemplo, el antiguo primer ministro de Francia y líder del Partido Radical, Édouard Herriot, viajó a Ucrania en 1933 para conocer de primera mano la situación, pero lógicamente las autoridades soviéticas le hicieron visitar granjas donde había comida en abundancia. Sorprendido por el resultado de la visita, sus palabras fueron: «¡Pues bien, afirmo que he visto al país como un jardín a pleno rendimiento!». Gran Bretaña, Estados Unidos y la Sociedad de Naciones adoptaron la misma postura que Francia. Necesitaban a la URSS en el bando aliado. Tan sólo unos periodistas italianos y curiosamente alguno soviético hicieron lo posible por denunciar los hechos. Los italianos tuvieron que esperar a la muerte de Mussolini, pues el pacto entre Hitler y Rusia, también le hacía sentir al dictador italiano favorable a Stalin. El soviético, Vasili Grossman, tenía ascendencia judía y fue corresponsal de guerra del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Pero incapaz de justificar las barbaridades las denunció en cuanto le fue posible hacerlo. En su libro “Todo fluye”, Grossman se pregunta: “¿Quién firmó aquel asesinato en masa? Una orden así no la había firmado nunca el zar, ni los tártaros, ni los ocupantes alemanes. Una orden que decía: matar de hambre a los campesinos de Ucrania, del Don, de Kuban, matarlos a ellos y a sus hijos”.

Como hemos dicho, todo empezó tras el primer plan quinquenal, el cual tenía como objetivo levantar la industria pesada soviética a costa de la venta de la cosecha de trigo y de una importante reforma agraria. Para esto se forzó a las zonas agrícolas a realizar los cambios establecidos desde Moscú, especialmente la colectivización de las propiedades de las granjas, que pasaban de los campesinos al Estado.

Este proceso generó un fuerte conflicto entre los kulaks y el sistema soviético. “Kulak” es una palabra rusa cuya primera acepción es “puño”, pero que se usaba para designar a los campesinos acomodados. No a los terratenientes aristócratas, propietarios absentistas, sino al campesino arraigado en una aldea al que su capacidad y afán de trabajo le habían permitido tener algo más de tierras que la media, contratar algún bracero, poseer mejores aperos, etc. Los comunistas nunca los habían visto con simpatía y desde 1929 se lanzaron a una feroz campaña para liquidarlos. Pero no fueron los únicos con problemas, otros granjeros de menor entidad también considerados como “enemigos de clase”. Ilia Ehrenburg, historiador pro soviético, ha escrito que “ninguno de ellos era culpable de nada, pero pertenecía a una clase que era culpable de todo». Una siniestra lógica de la lucha de clases se usó para justificar que dos millones de “kulaks” fueran deportados a Siberia y Asia Central a partir de 1930.

Curiosamente, 1931 fue un año de una excelente cosecha, pero la requisa que se hizo del grano empezó a provocar hambre en las zonas agrícolas, afianzada en los años siguientes. El control estatal de las cosechas lo único que consiguió fue la disminución de la producción al acabar con los campesinos más emprendedores.

En apenas unos meses, a comienzos de la primavera de 1932, los campesinos comenzaron a morir de hambre. Algunos documentos encontrados por Applebaum (hay que recordar que Ucrania, antes de la actual guerra, ya había abierto sus archivos oficiales para que se pudieran estudiar estos acontecimientos) pone ejemplos espeluznantes, sobre familias comiendo hierba, cortezas de árboles, casos de canibalismo (ahora que las películas sobre accidentes aéreos nos traen ejemplos de lo mismo, deberían los cineastas acordarse de los campesinos en la URSS), migraciones masivas para encontrar algo que echarse a la boca y de cadáveres a la intemperie en las calles de Odessa porque nadie tenía fuerzas para enterrarlos.

Los propios campesinos ucranianos en la primavera de 1932 se dirigieron por carta al “ padrecito Stalin” en estos términos:

«Honorable camarada Stalin, ¿hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre? ¿Porque nosotros, los trabajadores de las granjas colectivas, no hemos tenido una rebanada de pan en nuestra granja desde el 1 de enero? ¿Cómo vamos a construir la economía del pueblo socialista si estamos condenados a morir de hambre? ¿Para qué caímos en el frente de batalla? ¿Para pasar hambre? ¿Para ver a nuestros hijos sufrir y morir de inanición?».

Lejos de socorrer a los hambrientos campesinos, Stalin aprobó, el 7 de agosto de 1932, la conocida como “Ley de las tres espigas”, que imponía penas durísimas en el gulag para aquellos que robasen cualquier propiedad estatal, lo que en la práctica incluía a aquellos que reservaban un poco de comida para el consumo personal. Tomó la decisión de endurecer las condiciones en Ucrania, bloqueando las fronteras de la región, para que la gente no pudiera salir y creando unas brigadas, formadas por el ejército y miembros del NKVD, que iban de casa en casa confiscando la comida de los campesinos.

A pesar de aquellas medidas, los robos fruto de la desesperación fueron tan elevados que las autoridades crearon tribunales para dictar penas de muerte a los saqueadores. Se ejecutó a 5.400, campesinos y fueron trasladados, después de someterlos a horribles torturas – como si el hambre no fuera bastante-, a los gulags de Siberia unos 125.000.

Esta obsesión de Stalin con los campesinos ucranianos se debía al miedo que tenía a la contrarrevolución. No se le había olvidado el papel esencial que los campesinos ucranianos habían tenido en la guerra civil de 1918-1921. Temía al nacionalismo ucraniano y que eso desestabilizara a la frágil unidad de las repúblicas soviéticas. De ahí que su programa colectivizador tuviera una doble finalidad: por una parte, pretendía eliminar físicamente a los campesinos que se resistían a las colectivizaciones forzosas de sus tierras, y, por otra, reprimir cualquier síntoma de rebrote del nacionalismo ucraniano que se definía como proeuropeo y anti moscovita (es decir, anti soviético).

Se conserva una carta de Stalin en la que decía “hoy en día, la principal cuestión es Ucrania, ya que el Partido, el Estado y los órganos de la policía política de la república están infestados de agentes nacionalistas y espías polacos, por lo que corremos el riesgo de perder Ucrania, una Ucrania que es necesario transformar en una fortaleza bolchevique”. Así pues, las decisiones estalinistas estaban encaminadas a eliminar a esos enemigos “nacionalistas y burgueses” que acechaban en cada rincón.

La situación se hizo tan clamorosamente injusta, que, aunque se intentó ocultar, el conocimiento del genocidio se extendía por la URSS. La segunda mujer de Stalin, pidió conocer la situación de primera mano. Los ucranianos le contaron como el hambre les ardía en las entrañas, como el hambre, en un primer momento, les hacía salir a buscar comida, pero la ausencia de alimento, les obligaba a regresar a casa. Sin fuerzas y sin esperanza, se tumbaban en la cama, y ya no se podían mover hasta que morían. También le contaron las detenciones, las torturas y los fusilamientos arbitrarios ordenados por el ejército. Tras ver la espeluznante situación pidió a su marido que reconsiderase su política en Ucrania.

Aquella visión, unida a los rumores continuos de infidelidad de Stalin, la llevaron al suicidio.

A inicios de 1934, el “holodomor” finalizó en toda Ucrania, Kazajastán y el norte del Cáucaso. El resultado fue que alrededor 7 millones de personas murieron de inanición en las zonas perseguidas, y hasta un total de 40 millones de seres humanos en toda la Unión Soviética se vieron afectadas por la hambruna. Para muchos historiadores, el “holodomor” que tuvo lugar entre 1932 y 1934, fue el mayor crimen cometido en época de Stalin y de toda la historia de la Unión Soviética, constituyendo una de las mayores tragedias humanitarias del siglo XX.

Es innegable que los fantasmas soviéticos siguen presentes en la rusia actual, sea contra Ucrania, sea contra los opositores políticos.

 

BIBLIOGRAFÍA

APPLEBAUM, Anne, “Hambruna Roja: La Guerra de Stalin Contra Ucrania”. Ed Debate. 2021.

GROSSMAN, Vasili.- “Todo fluye”. Galaxia Gutenberg. (reeditado en 2023).

 

 

 

 

 

María de Molina

María de Molina está considerada una de las reinas más relevantes y determinantes en la historia medieval española. 

Fue reina consorte, pero decidiendo al mismo nivel que el rey Sancho IV, su marido. Posteriormente, fue la reina regente en la minoría de edad de su hijo, futuro Fernando IV, y también durante la minoría de edad de su nieto, el futuro rey Alfonso IX. De ahí que se diga de ella que fue tres veces reina.

Aunque no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo nació, la mayor parte de los autores datan su nacimiento en torno a 1258 – lo que supone que tenía una edad muy similar a la de Sancho IV- y, debido a que había la costumbre de nacer en el hogar materno, se considera que debió hacerlo en Tierra de Campos.

Era hija del infante Alfonso de Molina y nieta de Alfonso IX de León, por lo tanto, prima de Sancho.

Antes de continuar debemos realizar dos aclaraciones.

  1. Sancho antes de casarse con María estaba prometido en matrimonio, desde 1270 (por voluntad de su padre, Alfonso X el Sabio, y en contra de la opinión del propio Sancho), con Guillerma de Moncada, descrita por los cronistas de la época como “rica, fea y brava”. Era hija del vizconde de Bearne, importante prohombre de la corte, rico, con muchos contactos políticos, que se hallaba emparentado con los señores de Vizcaya. El hecho de la promesa matrimonial conllevaba efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema de notable envergadura, cuando, en junio de 1282, se llevase a cabo el matrimonio en Toledo entre María y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y el Rey, su padre, Alfonso X.
  2. Los problemas de Sancho con su padre habían nacido, esencialmente, tras el fallecimiento del hijo mayor del rey Sabio y hermano de Sancho, Fernando de la Cerda. A su muerte, el príncipe Fernando dejó dos hijos varones menores de edad: Alfonso y Fernando de la Cerda.

Alfonso X el Sabio, en Las Siete Partidas, había determinado la forma de sucesión al trono: pasaría de padres a hijos varones primogénitos o a los descendientes varones primogénitos de aquellos hijos llamados a heredar y premuertos.

En aplicación de Las Siete Partidas, el heredero a la corona de Castilla, a la muerte del príncipe Fernando, debería haber sido su hijo, Alfonso de la Cerda, y así lo estableció Alfonso X en su testamento.

En ese contexto, contrajeron matrimonio María y Sancho, sin la preceptiva dispensa canónica al ser primos los contrayentes.

La reacción del Papa al conocer la noticia de las nupcias fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el compromiso de matrimonio previo de Sancho como por la relación de parentesco de los nuevos esposos. El Papa calificó el matrimonio como incestuoso y de infamia pública.

Al problema con el Papa se sumó el enfrentamiento con el padre de su antigua prometida, Gastón de Bèarm, decidido a tomarse la venganza por la afrenta recibida.

A ello hay que unir que, el 4 de abril de 1284, muere Alfonso X sin haberse reconciliado con su hijo Sancho. Sancho se proclama rey, y junto con María fueron coronados en Toledo. Esta coronación provocó el inicio de un enfrentamiento civil entre Sancho y los partidarios de su sobrino Alfonso de la Cerda, el cual contaba con la ayuda no sólo de sus partidarios castellanos sino también del rey de Aragón.

A partir del mismo momento de la boda, María quedó incorporada al grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey, Sancho IV. El matrimonio tuvo siete hijos que tuvieron que esperar hasta la muerte de su padre para lograr la legitimidad.

María ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado dotando a la postre de estabilidad a la Castilla desnortada en la que reinó. Este papel esencial se produce entre otras razones por la gran diferencia de carácter con su esposo. María era una mujer formada, con conocimientos políticos, inteligente, hábil, diplomática, conciliadora y de carácter pacífico. Por su parte Sancho IV, que había recibido una formación parecida y fue un buen promotor de la cultura (escribe libros- “Castigos y documentos del rey don Sancho”-, promueve las traducciones y en algunas de ellas escribe el prólogo, elaboró una versión propia de la “Historia de España” de su padre… En 1293 promulgó los Estudios Generales de Alcalá de Henares – dónde había trasladado la Corte- en un claro antecedente de la Universidad de Alcalá). Físicamente era una persona de gran estatura y fortaleza, gran aficionado a las armas, a las que tuvo que dedicarse, por otro lado, para defender su reino. Fue un gran guerrero, y muy perseverante y ardiente defensor en sus posiciones, lo que le valió el sobrenombre de “el Bravo”.

Su reinado se inicia en un completo caos, lo que obliga a los monarcas a dos tareas esenciales: una, lograr la dispensa papal sobre su matrimonio y, segunda, acercarse al rey francés, Felipe III el Atrevido, para poder tener un aliado que los respaldase. Facilitó esta segunda labor que el rey de Aragón estuviera enfrentado al francés y tampoco tuviera muy buenas relaciones con el Papa.

A su vez, en pos de la pacificación de Castilla, buscaron ganarse a la parte de la nobleza que era partidaria de los infantes de la Cerda y de su padre Alfonso X. Para ello, en ocasiones, Sancho IV utilizaba cargos de gobierno a fin de asegurarse la fidelidad de los nombrados, asimismo premiaba a los que le habían seguido en la carrera militar. Pero, esa tarea no fue suficiente y debió enfrentarse duramente contra los rebeldes.

El 6 de diciembre de 1285, la reina dio a luz a su segundo hijo, primer varón. Recibió el nombre de Fernando. En 1288, fallecieron el papa, el rey de Aragón y el rey de Francia, lo que facilitó la estabilidad del reino. 

Ocupó la cátedra de San Pedro, el Papa, de procedencia franciscana, Nicolás IV, que consolidó una buena relación con Sancho y María, y se abrió a revisar la causa de su matrimonio, pero tropezó con tantas dificultades, que no se decidió a dar la dispensa. Este seguía siendo el aspecto más débil de su matrimonio, de la herencia de sus hijos y del futuro del trono de Castilla.

Desde 1291, la participación directa de la Reina en los asuntos políticos de la Corte se hizo especialmente intensa. Así intervino personalmente en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. En septiembre de aquel año se tomó la plaza.

Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío.

En 1294, la salud del rey se deterioró rápidamente. Durante los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte aumentó. Así, en ausencia del rey, proyectó la campaña que, mediante la toma de Algeciras, asegurase plenamente la reciente conquista de Tarifa y garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos.

Sancho muere en Toledo, no sin antes dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey.

La situación a la que había de hacer frente María tras la muerte de su marido no podía ser más delicada. Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto que parecía de lo más propicio para que los partidarios de los De la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana. Mientras tanto, la falta de legalización del enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando.

María, para reforzarse, tomó la decisión de apoyarse en los concejos y hermandades como bastión frente a la nobleza. Para ello confirmó sus fueros y privilegios concejiles y redujo o suprimió algunos impuestos, a la vez que tomaba la iniciativa de convocar Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid. A estas acciones unió su capacidad negociadora con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza.

Ante esta delicada situación, sus enemigos declararon la guerra a Castilla: Portugal, Aragón y Francia. Hasta que tuvo lugar el reconocimiento de la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una continua confrontación bélica con todos los partidarios de impedir la llegada de su hijo al trono.

No se amilanaba ante la posibilidad de una guerra ( por ejemplo, la que tuvo contra Aragón en territorio murciano, perteneciente a Castilla desde Alfonso X), pero su habilidad se demuestra, en su capacidad negociadora, estableciendo alianzas entre sus hijos y los hijos de los reyes de Portugal y Aragón para pacificar, en lo posible, la situación. Ejemplo de ello fue el Tratado de Alcañices en 1297 en el que quedaron fijadas, entre otros puntos, las fronteras entre Castilla y León y Portugal, que recibió una serie de plazas fuertes y villas a cambio de romper sus acuerdos con Jaime II de Aragón y demás partidarios de Alfonso de la Cerda. Al mismo tiempo, en el tratado de Alcañices fue confirmado el enlace entre Fernando IV de Castilla y la infanta Constanza de Portugal. También llegó a acuerdos eclesiásticos como el que se produjo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.

Aquellas alianzas eclesiásticas y el fuerte apoyo de la Iglesia castellana a su reina, dieron su más destacado fruto en 1301, logrando la bula pontificia de Bonifacio VIII que legitimó el matrimonio entre María y Sancho y, por ende, la descendencia habida de aquel matrimonio. Además, el Papa manifestó su voluntad de mediar en la reconciliación entre el primogénito de María, Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. Todo ello llegaba justo a tiempo, cuando la terminación de la tutoría era inminente ante el reconocimiento de la mayoría de edad del Rey el 6 de diciembre de 1301.

El reinado de su hijo no fue fácil para María, los nobles se posicionaron en favor del nuevo rey, pero con la intención de sepáralo de su madre a la que obligaron a entregar las joyas recibidas del rey Sancho. El hijo, débil de carácter y desagradecido, no defendió a su madre, la cual, dando muestras de su extraordinaria abnegación y generosidad, buscó una postura conciliadora entre los nuevos partidarios de su hijo y los propios de ella, convocando Costes en Medina del Campo y mostrándose proclive a apartarse del poder. Sin embargo, en 1304, su presencia se hizo de nuevo necesaria para mediar entre Castilla, Aragón y Portugal, en aras de evitar otro conflicto.

En 1312, fallece el rey Fernando IV a los veintisiete años; dejaba un reino fraccionado y comprometido, y como heredero a un niño de un año de edad. En 1313 muere también su mujer, la reina Constanza. La orfandad del menor determinó que se nombraron tutores del rey niño, futuro Alfonso XI. Entre ellos fue elegida María de Molina. Su tarea fue de nuevo intentar pacificar y resolver los conflictos surgidos entre los propios regentes, entre los partidarios de unos y otros, y preservar el trono para su nieto. Tras el convenio de Palazuelos en 1314, María quedó como principal regente y tutora; afianzada en 1319 por la muerte de alguno de los otros tutores. Pero la buena reina falleció en 1321.

A su muerte, Castilla se dividió entre los nuevos regentes hasta que, en 1325, Alfonso XI, con 14 años de edad, asumió el trono. El nuevo rey logró reunificar y fortalecer su reino,  y recuperar las plazas que sus últimos tutores habían perdido en manos de los musulmanes. Dirigió con prudencia, astucia, inteligencia, capacidad diplomática, suavidad en las formas y mano de hierro en el fondo. Fue el fiel reflejo del legado de su abuela, mujer de moral inquebrantable, fidelidad a la corona, valentía, carácter conciliador y pacificador.

Esta última accidentada regencia de María de Molina es el tema de una de las obras maestras de Tirso de Molina, “La prudencia en la mujer”. El personaje literario de María de Molina, según el director teatral González Vergel «el más emblemático e importante personaje femenino de todo nuestro Siglo de Oro», en cuyo transcurso averigua, desbarata y castiga tres conjuras contra su nieto, el futuro Alfonso XI de Castilla. ​

Además de su labor política, María de Molina llevó a cabo una interesante labor de patronazgo religioso protegiendo y dotando diversas instituciones conventuales. Entre las que destaca la fundación del monasterio de Santa María de las Huelgas en Valladolid, donde está enterrada.

 

BIBLIOGRAFÍA

ARTEAGA Y DEL ALCÁZAR, A. “María de Molina. Tres coronas medievales”. Ed. Martínez Roca, 2004.

CARMONA RUÍZ, M.A. “María de Molina”. Plaza y Janés. 2005.

FUENTE, M. J.“¿Reina la reina? Mujeres en la cúspide del poder en los reinos hispánicos de la edad media (siglos VI-XIII)”. UNED. 2003.

ARIAS GUILLÉN, Fernando; REGLERO DE LA FUENTE, Carlos Manuel (coordinadores). “María de Molina: gobernar en tiempos de crisis (1264-1321)”. Dykinson, 2022.

¿Cuándo y por qué España se convirtió al cristianismo?

En más de una entrada de este blog hemos señalado que el primer estado español que se establece es el de los visigodos, y como, a partir de él y a pesar de su caída en el 711, pervivieron algunos elementos esenciales: la monarquía, el catolicismo y la propia idea de España como Ente diferenciado y diferenciador. Los visigodos no consiguieron esa unidad estatal ni institucional plena hasta que no abandonaron el arrianismo para convertirse al catolicismo.

Leovigildo había formado una idea estatal asumiendo el derecho romano y sintiéndose continuador de la idea imperial romana. Los visigodos no pretendían ser godos sino romanos, y lograron su propósito a través de la tarea legislativa, institucional, territorial, jurídica… de Leovigildo. Leovigildo reinó entre el año 568 ó 569 y el 586, y en todos esos años sólo tuvo uno de paz.

Aquel enfrentamiento permanente tuvo muchas causas, pero una y no menor, nace del empreño del rey en extender su religión, la herejía cristiana del arrianismo por todo el territorio español. Pero los hispanos eran en un número mayoritario y abundante cristianos tradicionales (a los que llamaremos católicos para facilitar la comprensión) y no estaban dispuestos a someterse al arrianismo.

Esa fuerte tradición católica se había formado poco a poco y desde hacía tiempo. Los españoles habían dado muestras de no ser fácilmente doblegables desde el inicio de la conquista romana.

Roma tenía su propia religión y sus propios dioses, pero no hacían oposición a las religiones de los pueblos que iban conquistando, así el cristianismo imperante en sectores de judea se extendió por todo el Imperio romano. Sin embargo, a medida que se incrementaba el número de creyentes, las persecuciones se dieron con más frecuencia. Uno de los momentos más duros contra los cristianos se produjo durante el gobierno de Diocleciano (emperador de Roma en solitario entre noviembre de 284 y abril de 286, y entre el abril de 286 a mayo de 305 como emperador de Oriente y Maximiano como emperador de Occidente). Esas persecuciones continuaron durante el gobierno de su sucesor, Galerio.  Diocleciano acabó con cierta tolerancia en todos los órdenes. Es verdad que el Imperio había atravesado una época de anarquía y caos y, dispuesto como estaba a que Roma recuperase el orden y esplendor perdido, Diocleciano inició una serie de reformas. Las reformas afectaron a los campos administrativo, económico, social o militar, todas ellas complementadas entre sí. Su fin era sanear los ingresos estatales, el mantenimiento de la integridad territorial del Imperio y la continuidad de la propia civilización romana, incluidos extremos religiosos, lo que dio lugar a persecuciones contra los cristianos. La idea de un Dios todopoderoso que se oponía al poder temporal del emperador hizo nacer resquemores en Roma (no era la primera vez, acordémonos de Nerón, entre otros), pero en este momento Diocleciano se encontró con una fuerte resistencia en una Hispania ya en buena parte cristianizada.

Aunque, historiográficamente, el inicio del cristianismo en nuestro territorio presenta numerosas lagunas, se suele datar en torno a finales del siglo II e inicios del siglo III. A la historiografía se unen numerosas leyendas sobre la evangelización en España; la mayoría sobre la visita de los apóstoles Pedro y Pablo y posteriormente la llegada desde Jerusalén de Santiago el Mayor hasta Santiago de Compostela.

Aquella comunidad incipientemente cristianizada se fortaleció por un cambio esencial en la sociedad española provocado por las dificultades de comunicación que se dieron durante la anarquía previa a Diocleciano: el crecimiento de las relaciones internas con mínimas influencias del exterior desarrolló una élite cultural propia, con características locales, y eso en Hispania en aquel momento ya significaba raíces cristianas. Con el transcurrir del tiempo, la importancia de los clanes hispanos en el imperio se había manifestado de manera poderosa, a veces por la influencia de intelectuales como el poeta Marcial o el filósofo Séneca, a veces desde posiciones políticas que les permitieron ser determinantes en el nombramiento y desarrollo de los gobiernos de los hispanos Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio. Los tres primeros emperadores señalados protagonizaron el Siglo de Oro del Imperio. La dinastía de Teodosio el Grande fue la última en gobernar unido todo el Imperio romano. Pero mientras Marcial, Seneca o Lucano eran escritores romanos nacidos en Hispania, a partir de finales del siglo II tendremos a hispanos defendiendo su idiosincrasia y a sus naturales, incluso, para ocupar puestos en Roma ( en terminología moderna diríamos que hacían Lobby).

A diferencia de otras religiones, el cristianismo no era una fe exclusivamente propia de las élites, o de determinados grupos. La nueva fe no hacía excepciones, era la fe de todos y para todos. Pregonaba la venida histórica de Dios en la figura de Jesús. Señalaba la universalidad de su mensaje de amor e igualdad. Practicaba el socorro a los pobres y desvalidos. Incluso se empezaron a fundar hospitales e instituciones de caridad. Se pregonaba en público, pero también en las casas particulares en las que se daba hospedaje a los viajeros. Posiblemente, la extensión del cristianismo en la península proviniera del ejemplo de la Legión VII Gemina, destacada en el norte de África, donde el cristianismo había prendido con fuerza. Tuvieron sus propios mártires como San Marcelo, centurión de la mencionada legión y originario de Tánger. La influencia de la región africana, tan romanizada como España, es innegable por los fuertes lazos comerciales y de intercambio cultural entre las dos orillas del Mediterráneo. El cristianismo se extendió desde la región romana de la Mauritania Tingitana por el Sur y el Levante peninsular, y desde allí hasta el Norte, al igual que ocurrió con la romanización.

También se considera que otro de los notables difusores del cristianismo en la Península fuera la predicación de San Cipriano. Cipriano fue obispo de Cartago y mártir de la iglesia, nacido en el año 200 d.C. Su obra más conocida son sus “Cartas”. San Cipriano vivió en un momento convulso y prueba de ellos es que habla de la situación de las comunidades de León-Astorga y Mérida que acudieron a la iglesia africana (Cartago) por los problemas internos de la Iglesia en aquellas regiones.

Este origen sureño permite no extrañarse de que frente al paganismo romano los cristianos hispanos opusieron su visión de la Fe en el Concilio de Elvira (cerca de Granada), primer concilio celebrado en Hispania por la iglesia para restaurar el orden interno, siendo el preludio del Edicto de Milán en la Península y ejemplo de una comunidad religiosamente muy activa.

El concilio de Elvira tiene una datación incierta, unos lo sitúan entre el 300 y el 324, es decir, anterior a la persecución de Diocleciano, en el caso de la primera fecha, y, en el caso de la segunda, posterior al Edicto de Milán de Constantino (por la que se decreta la libertad religiosa en el Imperio Romano). Sin embargo, mayoritariamente, y no sólo por la historiografía española sino también por la francesa, se suele situar el Concilio entre en 300 y el 303, antes de la persecución de Diocleciano y antes, también, del concilio de Arlés (314- primer concilio de la Iglesia Francesa-) y antes del concilio de Nicea ( primer concilio de la Iglesia Universal en el 325).

Entre los cristianos de Hispania destacaban: Gregorio, Obispo de Elvira, autor de diversos libros, especialmente importantes los dedicados a la exégesis y la predicación; Egeria, rica gallega, cercana al emperador Teodosio, que viajó a Tierra Santa y redactó una especie de guía o de diario, denominado “Itinerarios”, en el que cuenta de manera sencilla los lugares por los que pasó y lo que visitó en cada uno de ellos; Juvenco, un poeta que resaltó en tono épico la vida de Jesús a partir de los Evangelios; Prudencio, nacido en Calahorra, autor de unos himnos a los mártires cristianos perseguidos por Diocleciano y por el gobernador de la Lusitania, Daciano: como Lorenzo (San Lorenzo) en Huesca, o Engracia (Santa Engracia) y sus dieciocho compañeros muertos en Zaragoza. También el arresto y martirio de San Vicente, datos historiográficos certifican la pasión sobre su muerte.

El personaje de Daciano quedó como prototipo de cruel perseguidor y así aparece relacionado con las muertes de famosos mártires cristianos como: San Cucufate, Eulalia y Severo en Barcelona; o los niños Justo y Pastor en Alcalá de Henares; Santa Leocadia en Toledo; Santas Sabina y Cristeta en Ávila; o Santa Eulalia de Mérida. San Bonoso y San Maximiano en Arjona, además de los zaragozanos nombrados en el párrafo anterior.

En aquellos tiempos, pregonar el Evangelio era jugarse la vida y la fe debía de ser muy fuerte para arriesgarse a tanto. Esa fuerte fe no se pierde fácilmente. También hubo casos de apostasía, pero fueron los menos.

Además, la alternancia de emperadores hizo que las persecuciones fueran mayores o menores, según los momentos.

Posteriormente,  el Emperador Teodosio (nacido en Hispania) restableció la fe cristiana en Roma, por el Edicto de Tesalónica. Estableció el credo niceno ( el propio concilio de Nicea fue presidido por Osio, un sacerdote español) como la ortodoxia del cristianismo. Entre el 389 y el 391 quedaron prohibidas las prácticas paganas. Pero, Hispana se había adelantado y podemos datar en el 383 la cristianización casi total de nuestro territorio. No sin problemas, ni interpretaciones diferentes o posiciones más o menos ascéticas, más espirituales o menos prácticas, como la presidida por Prisciliano y otros. Pero esto no fue obstáculo para que los españoles que habían abrazado el cristianismo unieran de manera esencial a su religión con una nueva entidad política y cultural.

Cuando los visigodos llegan a España en el 415, la antigua unidad cultural y administrativa romana se había visto destruida por las oleadas bárbaras de principios de aquel siglo: suevos, alanos… y por el enfrentamiento entre los diferentes pueblos bárbaros entre sí, que sólo habían traído hambrunas, enfermedades, anarquía…

Los visigodos , desde su jefe Ulfilas ( 310-388), que también era obispo y había mandado traducir la biblia, eran cristianos, pero en su versión herética arriana.

Su llegada a España primero con las incursiones de Alarico, pero, sobre todo, con Ataúlfo que instala la capital en Barcelona, permite que se asiente un ideal de unidad especial, geográfica, institucional, heredera de Roma, concibiendo con primera visión de unidad estatal- de ahí que a Ataúlfo se le haya considerado durante mucho tiempo el primer Rey de España-. Pero esa idea de unidad tropezaba con los bizantinos instalados en la costa levantina, los suevos en Galicia o los alanos en la antigua provincia romana de la Lusitania. A ello se unían las sublevaciones católicas de Sevilla y Córdoba por no querer someterse al arrianismo.

El primer rey que logra una unificación estatal homologable fue Leovigildo, sometió al resto de pueblos bárbaros, pero se le resistía la unidad religiosa. En aquellos tiempos no se entendía la unidad institucional sin unidad en la fe.

Leovigildo fue un gran rey, pero fracasó como padre. Leovigildo tenía dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. En el año 581 se enfrentó a una revuelta familiar en lo que San Isidoro de Sevilla calificó como una guerra “más que civil”. Leovigildo asoció al trono a sus dos vástagos, rompiendo así con la costumbre visigoda de una monarquía electiva y no hereditaria. Hermenegildo fue enviado por su padre al Sur y allí su mujer y Leandro, obispo de Sevilla, le convencieron para que se convirtiera al catolicismo. Por si fuera poco, se asoció con las fuerzas de la sociedad andaluza y la jerarquía de la iglesia para hacer frente a su padre. Leovigildo envió a su segundo hijo, Recaredo, a sofocar la revuelta provocada por su hermano. En córdoba Hermenegildo se rindió. Acudió a Toledo y logró el perdón de su padre. Leovigildo, incluso habiéndole perdonado, lo desterró a Tarragona, donde poco después fue muerto por un sicario.

En los relatos visigodos, censurados por Recaredo la figura de Hermenegildo está desdibujada. Fue Felipe II quién mando abrir su causa a fin de lograr su canonización. San Hermenegildo es considerado un mártir que antepuso la Fe y la defensa de los intereses de España al trono. Junto con San Fernando son los santos patrones de la Monarquía española.

Tras la muerte de Hermenegildo el problema religioso persistía. Se calcula que a finales del reinado de Leovigildo había en torno a tres millones de españoles católicos frente a doscientos mil arrianos. El problema no era sólo despejar la herejía arriana, cosa de la que ya se había ocupado el Concilio de Nicea. Ahora el problema espiritual lo era también material, temporal e institucional. A la caída del Imperio romano, sólo la Iglesia se mantuvo fuerte, su poder en la sociedad del siglo V era tal que no podía pensarse en constituir una legalidad política sin tener el respaldo eclesiástico. La Iglesia necesitaba a los visogodos para restablecer el orden civil, pero los visigodos necesitaban tanto o más a la Iglesia para ser respetados.

Los obispos habían tenido en la figura de Hermenegildo al que consideraban la solución de estos problemas. Pero fue Recaredo el que lo cambió todo. Inició una política religiosa diferente a la de su padre, con la misma finalidad de lograr el refuerzo y respaldo social a su entramado institucional, legislativo y territorial. Para ello convocó un concilio- III Concilio de Toledo (589)- en el que invitó a los obispos arrianos y solicitó su conversión al catolicismo igual que él se había convertido, además les pidió que lograran la conversión de la población arriana. El conductor del concilio fue el obispo Leandro- el que había logrado la conversión de Hermenegildo-. En el Concilio, no sólo se trató de la conversión a la Fe sino de la escenificación del pacto entre la Monarquía y la Iglesia y la filiación divina de la Corona, anunciando Recaredo que, a partir de ahí, su reino sería, como él, católico.

Algunos arrianos se sublevaron, pero de poco les valió.

Tras la vinculación con la Iglesia, el resto de las unificaciones previstas por Leovigildo y seguidas por Recaredo, se sucedieron de manera fácil.

Sin embargo, aquel proceso de unidad total, provoco que otras comunidades religiosas, sobre todo la judía, que hasta entonces no habían tenido ningún problema, empezaran a tener una vida un poco más complicada. Mucho más por los poderes reales que por los eclesiásticos; los obispos católicos fueron más comprensivos con ellos que el rey.  Lo mismo ocurrió con los paganos del Norte de España a los que se comenzó a cristianizar.

En el ámbito de la Iglesia los grandes artífices de la conversión de arrianos y paganos y de la extensión de la evangelización por toda la Península fueron el obispo Leandro (San Leandro ) y su hermano Isidoro ( San Isidoro de Sevilla). Ambos eruditos, ambos Padres de la Iglesia. Leandro tenía mayor visión política y su empeño fue salvar la tradición católica de España y la formación del clero. Isidoro siguió la obra de su hermano, pero alejado de la política, más volcado a la transmisión intelectual de sus conocimientos y la protección del legado clásico, pero sin abandonar la actividad práctica. A ellos se unirá otro intelectual, el obispo de Zaragoza, Braulio, San Braulio. Encargado de poner orden y salvaguarda en la gran obra de Isidoro. Sin olvidar la tarea evangelizadora de San Millán o la de los arzobispos de Toledo Ildefonso y Julián ( San Ildefonso y San Julián).

Por tanto, San Isidoro no fue una figura intelectual aislada, sino que hubo un ambiente propenso a la cultura, el estudio y la transmisión del conocimiento; con ellos se supo dar forma a un sentimiento de pertenencia a España. Una síntesis exitosa entre la política que nace de los godos y el territorio peninsular, más la cultura, la historia y la religión católica. Aquella España que, recogiendo el legado clásico romano, ya no está subordinada a otros, sino que se eleva como una entidad propia.

Isidoro ideó también la unción de los reyes godos. Una consagración mística de la Corona a cargo del poder eclesiástico, lo que además hacía vincular, el ilustre Santo, con el respeto a la Ley. Este tipo de unciones tuvieron más éxito fuera de España, especialmente entre los francos, que en España donde decayeron pronto, quizá por el propio declinar de la monarquía visigoda que, tras el hijo de Recaredo, volvió a sus antiguos enfrentamientos. Pero el caos godo que, en última instancia, fue lo que permitió la llegada de los musulmanes en el 711, no pudo borrar la Fe que la población tenía arraigada y una idea de unidad bajo la misma monarquía que a la postre fueron el basamento político-espiritual que inundó la Reconquista, y, por ende, toda la Historia de España.

BIBLIOGRAFÍA

FERNÁNDEZ UBIÑA, José: “Los orígenes del cristianismo hispano. Algunas claves sociológicas”, Hispania Sacra. 2007

LORENTE MUÑOZ, Mario.- “El cristianismo en la Hispania romana: origen, sociedad e institucionalización”. Ed Fundación ARTHIS. 2019

MARCO, José María.- “ Una Historia Patriótica de España”. Ed Planeta. 2011.

SOTOMAYOR, Manuel: “Cristianismo primitivo y paganismo romano en Hispania”. Memorias de Historia Antigua. Ed Univ de Granada, 1981.

LA MASACRE DE APALACHE

Para todos aquellos que hablan del genocidio español en América, desconociendo las leyes de Indias, la doctrina de los Justos Títulos, la evangelización y toda la historia de nuestra presencia en América, traemos hoy a colación un episodio acontecido en uno de los momentos más deprimentes de nuestra Historia, durante la Guerra de Sucesión, en concreto en 1704.

Mientras nosotros decidíamos quién sería nuestro rey – con el apoyo francés a los borbones, como señalaba el testamento de Carlos II, frente a los países que apoyaban al archiduque Carlos-, en América del Norte, estallaba lo que los ingleses conocen como la “Guerra de la reina Ana” que fue la segunda de una serie de guerras entre los franceses, los indios nativos y los ingleses.

La denominación británica a cada una de este conjunto de guerras por el control del continente americano fue:

1.- Guerra del rey Guillermo 1688-1697.

2.- La Guerra de la reina Ana 1702-1713.

3.- La Guerra del rey Jorge.  1744-1748 ( También conocida como la Guerra de la oreja de Jenkins). https://algodehistoria.home.blog/2020/11/27/cartagena-de-indias-1741/

4.- Cuarta Guerra intercolonial o Sexta Guerra India o Guerra de Conquista (en Quebec) 1754-1763. Realmente, fue un pasaje dentro de la Guerra de los 7 años.

La Guerra de la reina Ana se libró entre los ejércitos leales a los Borbones de España y Francia contra Inglaterra (más las fuerzas coloniales inglesas). En la guerra también participaron numerosas tribus indias americanas.

La guerra estalló en el sur de los actuales Estados Unidos entre las colonias francesas y británicas en 1701, tras la muerte del rey Carlos II de España. Al principio la guerra se limitó a unas escaramuzas entre colonias, pero su rigor se amplió en mayo de 1702 cuando Inglaterra declaró abiertamente la guerra a España y Francia. Las hostilidades en América se vieron alentadas aún más por las fricciones existentes a lo largo de las zonas fronterizas que separaban los territorios dominados por esas potencias. Esta falta de armonía tuvo más intensidad a lo largo de las fronteras norte y suroeste de las 13 colonias inglesas.

Los centros de población de estas colonias se concentraban a lo largo de la costa, con pequeños asentamientos tierra adentro, que a veces llegaban hasta los Montes Apalaches. La mayoría de los colonos europeos no se adentraban hacía el interior: al oeste de los Apalaches y al sur de los Grandes Lagos. Esta zona estaba dominada por tribus indias, aunque un pequeño número de comerciantes franceses e ingleses habían penetrado en la zona.

La propuesta de asentamientos españoles era diferente a la británica, pues se basaba en misiones a lo largo de la frontera sur de lo que hoy es EEUU, incluyendo Florida,  estableciendo una red que no sólo buscaban la evangelización de la población sino la enseñanza y la mejora de las condiciones de vida de los nativos.

https://algodehistoria.home.blog/2020/07/03/la-presencia-espanola-en-ee-uu/

La población española en la zona de la Florida era relativamente pequeña (alrededor de 1.500 personas), y se estima que la población india que dependía de los españoles ascendía a 20.000. Esta población india se encontraba especialmente a gusto en las misiones españolas después de que la Ley de Títulos asegurara tierras, libertad – no eran esclavos- y becas coloniales a cualquier nativo evangelizado.

En la zona del Misisipi, también existía cierta presencia colonial francesa en Fort Maurepas (cerca de la actual Maurepas, Illinois). Desde allí comenzaron a establecer rutas comerciales hacia el interior, manteniendo relaciones amistosas con los Choctaw, una gran tribu entre cuyos enemigos se encontraban los Chickasaw, aliados de los británicos. Durante la guerra, aquellas colonias francesas recibieron el apoyo militar español que llegó principalmente en forma de apoyo naval desde los puertos españoles en el Caribe y América Central, y penetrando en lo que hoy son los EE.UU, a través de las posiciones francesas entremezcladas a lo largo de la costa británica.

Las fuerzas franco-españolas, así como los británicos, sabían que el Misisipi era esencial para sus actividades comerciales y, por lo tanto, ambos bandos emplearon muchos recursos para hacerse con el control del río.

Los esfuerzos de España por generar un ejército local a partir de la población nativa residente en sus territorios contribuyeron significativamente a crear un sentimiento pro español y deparó importantes éxitos durante aquella contienda. Más comprensible ese sentimiento si, a las ventajas que ofrecía España, se suman las tropelías británicas contra los indios.

La situación en Carolina era la de un establecimiento comercial británico en expansión, aprovechando el Misisipi. La intención de los “carolinos” era bajar hacia La Florida- que no se corresponde con el territorio actual de ese Estado americano. Más bien se sitúa en la actual Georgia- para hacerse dominantes en esta zona, sin tener el más mínimo respeto a la presencia española. Tanto el gobernador de Carolina, Joseph Blake, como su sucesor, James Moore, planificaron su expansión hacia el Sur y el Oeste a expensas de los intereses franceses y españoles.

En 1702, el coronel James Moore lanzó un ataque por tierra y mar contra la misión de San Agustín con el propósito de extirpar el centro del poder español en el sureste americano. Su fuerza estaba formada por 600 voluntarios ingleses y 600 aliados nativos. A medida que la fuerza terrestre avanzó hacia el Sur, destruyó las misiones franciscanas costeras en Timucua.

En San Agustín, incapaz de reducir la fortaleza de los españoles (el Castillo de San Marcos), Moore descargó su frustración incendiando toda la ciudad, excepto el hospital. El castillo español de San Marcos resistió el asedio, y este hecho ha sido considerado por todos como el inicio de la derrota de los ingleses.

Cuando los invasores ingleses y sus aliados nativos se retiraron, un corresponsal de guerra neoyorquino lamentó la barbaridad que se había cometido al quemar la biblioteca del monasterio con importantes textos religiosos y la destrucción de los registros de la misión de Florida: mapas, dibujos, estudios, correspondencia, todo irremediablemente desaparecido.

Moore regresó a Carolina deshonrado. No había logrado la rendición de San Agustín; había contraído una deuda para Gran Bretaña considerable; y había hundido su flota marítima. Decidió hacer algo para restaurar su reputación. Planificó el asalto a las misiones franciscanas en Apalache, la provincia nativa que se encontraba entre los ríos Ocklockonee y Aucilla, con su sede central, San Luis, en la actual Tallahassee. Esperaba recuperar los gastos consiguiendo un gran botín material y muchos esclavos.

Esta vez, con 300 anglosajones y 1.500 indios de la tribu Creek, Moore cayó sobre las 12 misiones franciscanas activas, comenzando con Concepción de Ayubale, el 25 de enero de 1704. Para su sorpresa, los españoles en Ayubale opusieron una firme defensa bajo el liderazgo de uno de sus frailes, Ángel de Miranda. En dos ocasiones, los españoles a base de disparos de mosquetes y flechas rechazaron los ataques de Moore contra el recinto de la misión. Sin embargo, después de nueve horas, una vez agotadas las municiones, los españoles y los apalaches se rindieron.

Moore dejó vivir a fray Ángel, pero no tuvo piedad de los nativos. La mayoría fueron asesinados a cuchilladas; otros murieron quemados; otros fueron empalados en estacas… Así fue por toda la provincia. Mientras que, durante casi medio siglo, los frailes y los nativos habían vivido pacíficamente cultivando las tierras, educándolos y evangelizándolos en la misión, los británicos masacraron y exterminaron a los indios apalaches de la misión de Ayubale. Destrozaron las iglesias y complejos.

En total, las tropas de Moore mataron a mil apalaches (y dos frailes),  2.000 nativos tuvieron que ir al exilio y otros mil más fueron vendidos como esclavos en Carolina. Se considera que esta fue la esclavización más importante realizada de una sola vez en el Sur de los EE.UU.

Entre los que se exiliaron, se encontraban los indios convertidos al catolicismo de la misión San Luis, quienes, adelantándose a los ingleses, quemaron sus edificios y se refugiaron entre los católicos franceses en Mobile. Otros terminaron cerca de San Agustín o Pensacola. Descendientes de una de esas familias de exiliados fueron encontrados en 1996, en Luisiana y aún eran católicos practicantes.

No fueron los únicos, muchos otros nativos, debido a las leyes protectoras y a la política de entrega de tierras realizada por España se asentaron en territorios dominados por las misiones españolas y se negaron a colaborar de forma armada con los ingleses; se unieron a la defensa de la frontera de Luisiana con los aliados españoles de los choctaw, timucua y apalache.

Los españoles respondieron a los ataques fomentando las incursiones corsarias contra las plantaciones situadas en los litorales de Carolina. En los años siguientes, los colonos ingleses siguieron atacando los intereses españoles y franceses en la Florida y en las costas del golfo de México, pero nunca fueron capaces de capturar San Agustín, Pensacola o Mobile, los principales asentamientos españoles y franceses. Pensacola fue sitiada dos veces por las fuerzas Creek en 1707, al parecer con el apoyo de los colonos ingleses.  Precisamente, nuestro héroe Gálvez tuvo una presencia decisiva en la defensa de la Luisiana , del Misisipi y Pensacola, durante la guerra de los 7 años. Como ya vimos en:

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/

En 1712, se declaró un armisticio. Por el Tratado de Utrecht, los británicos obtuvieron Terranova, la región de la Bahía de Hudson, y la isla Caribeña de San Cristóbal. La paz duró hasta la siguiente guerra, la Guerra del rey Jorge de 1744.

Al final de la Guerra de Sucesión española en Europa, las armadas española y francesa se hicieron más fuertes en el Nuevo Mundo, lo que dio lugar a un antagonismo mayor contra los británicos y lograron limitar el expansionismo anglosajón al oeste del río Ohio.

Los españoles mantuvieron San Agustín y Pensacola hasta principios del siglo XIX, pero su sistema de misiones al norte de Florida (actual Georgia) fue destruido por las incursiones inglesas.

 

BIBLIOGRAFIA

HERNÁNDEZ SÁNCHEZ- BARBA, Mario y HERNÁNDEZ RUIGÓMEZ, Manuel. – “Historia de Inglaterra: una aproximación española”. Ed Francisco de Vitoria. 2023.

ESPARZA, José Javier.- “ Te voy a contar tu historia. La gran Epopeya de España”. Ed. La esfera de los libros. 2023.

Enciclopedia británica.

CONSTITUCIÓN Y DEMOCRACIA

La historia de la humanidad es la de la lucha por la libertad, la del ciudadano frente al tirano. La forma despótica de ejercer el poder ha pasado de la física (esclavismo) a otras más sibilinas de manipulación y control, que invade los entresijos del sujeto. No ya sólo por la vía de la conformación ideológica, sino por medio de controles difusos, desde los medios de comunicación o el control ecológico de los elementos físico-químicos y ambientales que condicionan materialmente el ejercicio de la libertad o desde el control telemático en su armonización del ordenador, el teléfono y la TV, o desde el control de la ingeniería genética y la consiguiente industria genética, o desde el poder de la psicotecnología del cerebro y la psicofarmacología, o el control que pueda ejercer la inteligencia artificial etc. Es decir, desde elementos que controlan el ejercicio de la libertad, con un poder incisivo, sistemático, y en el que muchas veces las ideologías utilizan por falta de criterio, o cuando entienden que las ideologías clásicas o parte de ellas se han visto desbordadas e inservibles, cuando se ha comprobado que su aplicación sólo puede realizarse con el sometimiento absoluto de la población, cuando la falta de libertad es necesaria para el ejercicio de ese poder.

Las relaciones de poder, es decir relaciones de mando y obediencia, no se limitan al campo político, en el trabajo hay relaciones de poder, en un club de fútbol hay relaciones de poder, en la Iglesia hay relaciones de poder… En todo grupo social organizado hay relaciones de poder. El problema del poder no es su existencia, sino su limitación. El poder tiende a ser expansivo hasta que se le ponen límites. Por eso el hombre ideó controles a ese poder.

Normalmente, cuando hablamos de relaciones de poder, siempre pensamos en la relación de poder dentro del Estado. El tema del poder tradicionalmente ha sido estudiado desde la antigüedad a nuestros días, con aportaciones originales de autores como Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Proudhon, Marx, Bakunin, Nietsche, Weber, Kelsen…  Sin embargo, en el plano jurídico-político, en el plano social y práctico, la solución no llega hasta el siglo XX. La clave está en el Derecho y más concretamente por limitarnos a un ámbito destacado, que permite la regulación de los excesos de todo orden, en el ámbito constitucional. El Derecho Constitucional supone el encuadramiento de los fenómenos de poder en un sistema jurídico; es decir, la configuración del poder como relación jurídica; lo que significa que los sujetos de relación jurídica poseen medios eficaces de acción jurídica para hacer valer sus respectivos derechos; supone la existencia de un verdadero control del poder.

El Derecho Constitucional cobra sentido en esa pretensión, si bien su plena existencia como Derecho depende de que lo logre de modo eficaz en un ámbito histórico concreto. La mera existencia de una constitución no garantiza la presencia de un estado democrático, lo que determina la realidad democrática es un sistema eficaz de controles.

Son los miembros de la ilustración y el constitucionalismo anglosajón los que dan origen a un sistema constitucional realmente democrático, y esa plenitud no llega a la Europa continental y, en parte, sólo en una pequeña parte, a centro y Sudamérica, hasta el siglo XX.

La propia evolución de la sociedad determinó un desarrollo de limitaciones al poder real. Esa evolución liberadora se había venido dando desde la Edad Media, sobre todo con la existencia de las ciudades- de ahí la palabra ciudadano-, de los burgos, del comercio, de la actividad de defensa ejercida por la población y, por las Cortes, como potenciadoras del control, aunque en ocasiones sólo fuera presupuestario, de la Corona. La situación del Reino de Aragón en España es muy clarificadora por la potencia que tenían las cortes de los diversos condados frente al monarca; mucho más que las Cortes castellanas, sobre todo, tras la guerra civil que gana Isabel frente a la Beltraneja- sin olvidar que fueron las Corte de León las primeras del mundo en reunirse-. Así que, desde las primeras Cortes, ya nos encontramos con un intento de control del poder, también por las leyes de Dios, por las normas naturales (la Escuela de Salamanca es un ejemplo preclaro por el respeto a la persona- Leyes de indias- o al resto de los Estados- Derecho de gentes-…). Es decir, la norma, la ley, el derecho es la primera de las limitaciones al poder. Ahora bien, esas leyes deben ser respetadas, y tener elementos que permitan maniatar al que pretenda violarlas.

Ese respeto a la ley, ese evitar la arbitrariedad del poder es un primer paso que no permite aun hablar de Constitución. Tampoco hay que confundir Constitución con autolimitación del poder por parte de quien lo ejerce (teoría de Rousseau), ni creer que hay constitucionalismo por la existencia de un aparente control, sino que lo destacado para conocer si estamos ante una auténtica Constitución o no es analizando el modo en el que se produce ese control.

En los ejemplos históricos, resalta la limitación del poder que supone la Carta Magna británica y el parlamentarismo inglés,  que muy pocas veces desde 1215 ( Carta magna otorgada por Juan I- Juan sin tierra- a los ingleses el 15 de junio de 1215) retrocedió en esos derechos- podemos recordar a Cromwell y algún otro suceso,  poco más-. Pero, sobre todo, lo que permite cualificar al constitucionalismo británico no es sólo la limitación del poder, sino el modo en que se articulará esa limitación,  a través esencialmente de dos vertientes interconectadas: la concepción de la ley como regla general, que obliga a todos y que no puede ser vulnerada en los actos de su aplicación, y la concepción plural del poder.

En todo el mundo, hasta el siglo XVII, la distinción entre el ámbito de poder no sometido a limitación y el ámbito del poder sometido a la ley estaba plenamente admitida, aunque se quebrantase en multitud de ocasiones. La diferencia que marcaba el ideario constitucionalista británico frente al francés (Fortescue así lo explica ya en el Siglo XV), estribaba en que, en el francés, el rey puede gobernar con plenitud de poderes, y, en el inglés, el rey no puede gobernar a su pueblo más que por las leyes a las que éste ha asentido.

En el estudio de esa situación, la ilustración traza un sistema de equilibrio de poderes, que se controlan mutuamente. No era algo imaginado por Montesquieu, sino plasmado por este con más exactitud. La teoría del equilibrio implicaba que la fiscalización y el control son parte de la división de poderes y no excepción a la misma. El control aparece, pues, como el instrumento indispensable para que el equilibrio (y con él la libertad) pueda ser realidad. En el ámbito inglés esa separación- que tampoco en Francia es radical, sino que existe interconexión de poderes para controlarse entre sí- es concebida de manera mucho más rica, de modo que cuando cada órgano del Estado entra en funcionamiento, afecte a la totalidad, y su procedimiento sea examinado y fiscalizado por los otros órganos. En este sentido el sistema británico era más complejo que el continental.

La teoría de la supremacía del common law, del juez Coke, a principios del siglo XVII , evidencian una tradición teórica del imperium de la ley y de la concepción plural del poder mismo. Teoría que, además, no estaba desligada de la práctica. Ahora bien, mientras que el rule of law ( Estado de derecho), cada vez más fortalecido, llega casi invariable hasta nuestros días,  la concepción plural del poder en Gran Bretaña, sí ha sufrido notables modificaciones: del poder ejercido de forma mixta- Rey y Parlamento- al modo medieval al poder de una nación de ciudadanos, a una democracia moderna basada en un sistema de Constitución bien equilibrada, del “balance of Powers”.  Destacados teóricos de ello serán, entre otros, Locke y Bolingbroke.

A la confluencia de ambos conceptos ( británico y francés) se une la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, permite hablar de un concepto de Constitución, como una ordenación del Estado que debe necesariamente basarse en la división de poderes y en la garantía de los derechos fundamentales, unido a un concepto de ley entendida como expresión de la voluntad general. De estos postulados se derivarían notables consecuencias, el Estado constitucional aparecerá, así, como una forma específica de Estado que responde a los principios de legitimación democrática del poder (soberanía nacional), de legitimación democrática de las decisiones generales del poder (ley como expresión de la voluntad general) y de limitación material (derechos fundamentales), funcional (división de poderes) y temporal (elecciones periódicas).

Todos esos principios se aplicaban de manera temprana en Gran Bretaña, en Francia tendrán un componente más teórico que real. Es la influencia británica la que determinó que la universalización del estado constitucional se manifieste mediante el constitucionalismo norteamericano que incluye el sistema de cheks and balances británico, pero reforzándolo. A los norteamericanos les debemos que por primera vez se plasmara en un texto constitucional la separación de poderes. Fue en la Constitución de Massachusetts, de 1780 al decir en su artículo 30: “En el gobierno de esta comunidad el sector legislativo nunca ejercerá los poderes ejecutivo y judicial, o cualquiera de ellos; el ejecutivo nunca ejercerá los poderes legislativo y judicial, o cualquiera de ellos; el judicial nunca ejercerá los poderes legislativo y ejecutivo, o cualquiera de ellos: con el fin de que pueda ser un gobierno de leyes y no de hombres”.

La Constitución federal será fiel a la idea de frenos y contrapesos, al gobierno de equilibrios, poniendo en marcha una serie efectiva de controles, reforzados, desde la famosa sentencia de Marshall de 1803, con el propio control judicial de la constitucionalidad de las leyes (Marbury versus Madison. Caso resuelto por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos en 1803, con ponencia del juez Marshall, del que arranca la doctrina sobre la posibilidad de invalidar las leyes que sean contrarias a la Constitución).

Los teóricos norteamericanos proclamarán que la división de poderes no es más que la garantía de la libertad; la base sustentadora del Estado es el “equilibrio constitucional del sistema de gobierno” y la seguridad de que existan controles de los distintos poderes entre sí. “El régimen norteamericano no sirve sólo para salvaguardar a la sociedad de la eventual tiranía de su gobierno, sino también para garantizar a una parte de la misma contra los eventuales abusos de la otra parte”[1].

Este modelo de constitucionalismo no se establece en Europa durante el Siglo XIX. No existirá un sistema efectivo de control del poder. De hecho, si analizamos las constituciones europeas del Siglo XIX, veremos la debilidad de sus instrumentos de control.  Jellinek confesará, que, si bien la teoría constitucional había penetrado en la organización del Estado algunos de los contrapesos que determinan la limitación del poder, se instaurarán de manera muy parcial. España es un buen ejemplo, pues durante todo el siglo XIX y parte del XX, el constitucionalismo se establecerá de nombre no de facto. La turnicidad de constituciones desde la Carta otorgada de 1808 a la única constitución que mereció tal nombre, la de 1812, y el posterior bandazo ( línea quebrada que decía Aja) de constituciones progresistas y moderadas, ninguna digna de ser incluida en un constitucionalismo democrático, han marcado nuestra historia. Lo mismo se puede decir de Alemania o Francia, ambas se articulan de modo diferente, son producto de construcciones doctrinales distintas, pero llegan a resultados sustancialmente próximos: un amplio margen de inmunidad en la actuación del Estado. En ellas el poder tiene su expresión más vigorosa en el Estado. En ellas se reconoce teóricamente una cierta capacidad de acción política a los ciudadanos, pero no suficiente. Evidentemente, se han superado las formas tradicionales de la antigüedad en la que los gobernantes sólo son los únicos con capacidad política, pero con la idea “lampedusiana” de que todo cambie para que todo siga igual. Mera apariencia de control del poder.

Pero también es cierto que, de una u otra forma, las semillas de la renovación constitucional europea en orden a potenciar la limitación y el control como elementos primordiales del Estado constitucional ya circulaban en el ambiente, aunque no hubieran germinado. A esas semillas había que unir la defensa del pluralismo y de la soberanía nacional, no la soberanía estatal o su versión rousseauniana y más tarde comunista o totalitaria de todo orden, de soberanía popular.

Aunque el cambio doctrinal se detecta ya perfectamente en el primer tercio del siglo XX, especialmente, con el establecimiento de los tribunales constitucionales austríaco y checo en 1920 y español en la II República, será a partir de 1945, tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial, cuando se producirá en Europa la recuperación plena de la idea de Constitución equilibrada, es decir, de la Constitución como una norma suprema. Norma que establece restricciones reguladas y efectivas al poder.

El profesor germano-estadounidense Friedrich dijo que “el constitucionalismo es probablemente el mayor resultado conseguido por la civilización moderna y poco o nada del resto de esa civilización es concebible sin aquél. Bajo él, por primera vez en la historia humana, se ha conseguido para el hombre corriente un cierto grado de libertad y bienestar”.[2]

Estos principios los recogió la Constitución federal alemana y todas las occidentales, incluía la española de 1978, y, por supuesto la jurisprudencia y la doctrina.

Ese sistema constitucional con restricciones efectivas al poder que se potencia a partir de 1945 se organizará bajo la denominación de Estado de Derecho democrático y social.

La creación de Tribunales constitucionales, independientes, no elegidos por el poder político, la aplicación de la Constitución por los jueces y el control de constitucionalidad de las leyes, de los reglamentos y de otros actos del poder público e incluso del poder social o de los particulares o  la resolución jurisdiccional de los conflictos de atribuciones o de competencias, la ampliación y eficacia de los controles se manifiesta en la completa sumisión de la Administración a la ley, con la desaparición de ámbitos exentos, en el establecimiento de nuevas instituciones de fiscalización (Defensor del Pueblo), la extensión del control parlamentario a actividades o entidades de carácter administrativo, en la multiplicación, por vías formales, de otros medios de control del poder a cargo de asociaciones, sindicatos o grupos de interés e incluso en la creación (para determinados ámbitos: Consejo de Europa, Comunidades Europeas) de instrumentos supranacionales, políticos y jurídicos, de control son entramados existentes en todo el mundo democrático a fin de garantizar el ejercicio del poder sin abuso de poder. A ellos habría que unir el llamado cuarto poder, la prensa y su conformación de la opinión pública ( siempre que sean independientes).[3]

Llegados a este punto debemos aclarar que el concepto de Constitución no debe confundirse con el de interpretación constitucional, pues, aunque muy relacionadas, sus términos no coinciden con exactitud. De ahí que el Tribunal Constitucional deba ser un órgano neutral y no político. No sometido a la decisión de la Presidencia de la república como en Argentina o Venezuela. Esa interpretación constitucional debe basarse en los principios y valores que marca la Carta Magna. No olvidemos que los calificativos democrático y social están tan manidos que los vemos unidos a (ambos términos o cada uno por separado) regímenes tan dispares como los de la Francia revolucionaria de 1848, con Napoleón III; en 1850 referido a la Monarquía social alemana; en la constitución propugnada por Bismarck en 1881; en las constituciones comunistas de 1917 o en la alemana del nacionalsocialismo o  italiana de Benito Mussolini y ese mismo espíritu social, de modo radicalmente diferente acabó manifestándose en la Inglaterra de 1936 o en el Estado de Bienestar norteamericano.  Desde esa variedad de uso y abuso de los términos democrático y social, la verdadera interpretación constitucional debe basarse en los principios y valores que marcan la norma suprema. En el caso español recogidos en el artículo 1.

“España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.”

No hay constitución democrática sin que en ella se exprese y garantice ese sistema de valores sustanciales, materiales y formales. Y esos valores que informan todo el ordenamiento jurídico, son garantes de esa libertad individual en todos los ámbitos, también frente a las manipulaciones genéticas o telemáticas que veíamos al principio. Si esos valores no se coordinan y defienden y permiten la interpretación adecuada de las normas que se vayan dando, no habrá libertad, Y ello, como señala Manuel Aragón, porque la afirmación de la libertad como valor exclusivamente “material” puede conducir a una libertad sin democracia, de la misma manera que la afirmación de la libertad como valor exclusivamente “formal” o “procesal” puede conducir a una democracia sin libertad, y lo mismo cabe pregonar de la igualdad, la justicia o el pluralismo político.

Sin esa separación de poderes que se relacionan en un equilibrio de controles mutuos, puede existir algo llamado constitución, pero que no será una constitución propia de un régimen democrático. Y, sólo el régimen democrático —a pesar de todas sus desviaciones y limitaciones— está en condiciones de servir a la vez a los valores políticos, económicos y funcionales de una sociedad desarrollada y sólo sobre el régimen democrático puede construirse un verdadero y eficaz Estado social. Lo demás no pasa de ser un regreso al despotismo más o menos ilustrado acomodado a las exigencias del tiempo presente.

Por tanto y como ya sabían los teóricos desde el siglo XVII, no hay circunstancias históricas, ni políticas que justifiquen un desequilibrio entre los poderes invadiendo unos a otros. Aunque el Derecho constitucional nazca en una determinada época histórica, su vigencia es actual y universal pues se concreta en la pretensión histórica de integrar la realidad política en un sistema de relaciones jurídicas. Si estas no se respetan no habrá constitución, ni libertad, ni igualdad, ni democracia.

BIBLIOGRAFÍA

ARAGÓN, Manuel. “Constitución, Estado Constitucional, Partidos y Elecciones y Fuentes del Derecho: Temas Básicos de Derecho Constitucional”. Ed Cívitas. 2011.

ARAGÓN, Manuel. “El control como elemento inseparable del concepto de constitución”. Revista de española de derecho Constitucional ( enero abril) 1987.

FERNANDEZ-MIRANDA, Torcuato. “ Estado y Constitución”. Ed Espasa- Calpe.1975.

FRIEDRICH, Carl Joachim. – “Constitutional Government and Democracy”. 1941. Google Books.

GARRORENA MORALES, Ángel. – “El Estado Español como Estado Social y Democrático de Derecho”. Ed Tecnos. 1987.

KURLAND. – “Magna Carta and Constitutionalism in the United States.” 1965. Consultado on-line en la biblioteca de la Universidad de Chicago.

[1] KURLAND “Magna Carta and Constitutionalism in the United States”. 1965.

[2] Carl Joachim Friedrich.- Constitutional Government and Democracy. 1941

[3] Manuel Aragón. CONSTITUCION, ESTADO CONSTITUCIONAL, PARTIDOS Y ELECCIONES Y FUENTES DEL DERECHO: TEMAS BASICOS DE DERECHO CONSTITUCIONAL. Ed Civitas. 2011

EL LEGADO DE JOHN F. KENNEDY A LOS 60 AÑOS DE SU ASESINATO.

John F. Kennedy fue el 35º presidente de los Estados Unidos (20 de enero de 1961-al 22 de noviembre de 1963), el hombre más joven elegido para el cargo ( 43 años). El 22 de noviembre de 1963, cuando apenas habían pasado sus primeros mil días en el cargo, JFK fue asesinado en Dallas, Texas, convirtiéndose también en el presidente más joven en morir. El miércoles pasado se cumplieron 60 años de su asesinato.

A pesar de su corta presidencia, en encuestas recientes, los norteamericanos le consideran uno de los mejores presidentes de la Historia de Estados Unidos. Así una encuesta de Gallup lo califican mejor que a cualquiera de los otros presidentes desde Eisenhower. Y en 2011, la misma empresa demoscópica encontró que Kennedy ocupaba el cuarto lugar en el imaginario de los norteamericanos cuando se les pidió que nombraran al mejor presidente de todos los tiempos, detrás de Ronald Reagan, Abraham Lincoln y Bill Clinton, pero por delante de George Washington, Franklin Roosevelt y Thomas Jefferson.

Sin embargo, un análisis pormenorizado de su presidencia no hace evaluar al primer presidente católico de los Estados Unidos con tanta benevolencia. Al contrario, entre la corta duración de su mandato y numerosos errores cometidos, no se puede decir que fuera una presidencia extraordinaria, y, sin embargo, ese buen recuerdo en las memorias de sus coetáneos no puede ser casualidad.

De modo muy resumido, vamos a reseñar lo que la mayoría de los historiadores consideran errores y algunos de sus triunfos, para preguntarnos después, por qué Kennedy mantiene ese excelente recuerdo en el imaginario de sus compatriotas.

Antes de ganar la presidencia, Kennedy había vivido rodeado de privilegios y comodidades, y su relativamente corta carrera en el Congreso no había tenido nada especial. Muchos votantes anhelaban el dinamismo que implicaban la juventud y la política de Kennedy, pero a otros les preocupaba que su inexperiencia lo convirtiera en una mala elección para liderar la nación durante una época tan difícil.

Los primeros errores de juicio, especialmente en el fiasco de Bahía de Cochinos, aparentemente confirmaron estos temores. En el verano de 1962, un clima de Guerra Fría particularmente difícil en el extranjero, un Congreso antagónico en casa, grupos de activistas cada vez más arriscados que se agitaban por cambios radicales en la política americana y una perspectiva económica desalentadora contribuyeron a una visión cada vez más negativa de la Casa Blanca de Kennedy.

Esa impresión comenzó a cambiar en el otoño de 1962. Una gran destreza en el arte de gobernar –y algo de suerte– condujeron a un éxito notable en el enfrentamiento sobre Cuba. La crisis de los misiles, que sí fue resuelta con gran habilidad y, aunque no se suela explicar, con la marcha atrás de ambas partes, dio lugar al nacimiento, haciendo de la necesidad de apaciguar a los rusos virtud, de una política de limitación del uso de armas nucleares, tras un tratado de prohibición parcial de los ensayos nucleares.

Iniciaba así Kennedy una política exterior diferente a la existente antes de su mandato. Buscando impulsar las políticas demócratas en todo el mundo ( lo que le llevó a incrementar el número de «asesores» estadounidenses en Vietnam- posiblemente una de sus peores decisiones, incrementara por sus sucesores-). Sabía que debía buscar el equilibró entre mantener fuerte a Estados Unidos y al mismo tiempo evitar acciones que pudieran llevar al mundo a la guerra. Creó el “Cuerpo de Paz” definido por él en su campaña electoral como “esfuerzo genuino del pueblo de Estados Unidos, particularmente de los jóvenes, para desempeñar su papel en el trabajo por la paz y mejorar las vidas de toda la humanidad”, y con la misma intención y mejorar la defensa USA creó los “Navy Seals”, es decir, los equipos de Tierra, Mar y Aire de la Armada de los Estados Unidos, que son la fuerza de elite de toda la estructura militar de USA. Esto transformó la idea previa a su mandato que tenían muchos estadounidenses de que su nación estaba perdiendo la carrera armamentista nuclear, y temían que el comunismo se extendiera por el mundo y en su territorio. Logró convencer al partido Demócrata de que la política exterior debía de ser dura en la defensa de los intereses norteamericanos.

«Nuestros problemas son creados por el hombre; por lo tanto, el hombre puede resolverlos». –Discurso de graduación en la American University, 10 de junio de 1963-.

En 1961, los soviéticos construyeron el Muro de Berlín que dividía físicamente a Alemania Occidental y Oriental. El muro sirvió como recordatorio simbólico de la creciente división entre la democracia en Occidente y el comunismo en el Este. Como bien lo manifestó Kennedy en su discurso ante el muro “yo soy berlinés”… “ el que quiera saber la diferencia entre el mundo libre y el comunismo, que venga a Berlín”. https://www.youtube.com/watch?v=zVg_bGfk_O4

Logró que la situación económica mejorara. Y el trabajo de los activistas de derechos civiles y la intervención del gobierno federal en favor de los afroamericanos, fueron desgastando lenta pero constantemente el poder de los segregacionistas del Sur. Ningún presidente desde Lincoln había dado el paso audaz de colocar toda la autoridad legal y moral de la presidencia detrás de la causa de los derechos civiles. Ahora Kennedy lo había hecho, y el país y el mundo nunca volverían a ser los mismos. Aunque la injusticia racial siguió siendo rampante, puso los cimientos para que Jonhson pudiera realizar las leyes más decisivas. Sin aquellos principios kennedianos, las cosas no hubieran ido igual.

Otras políticas sociales destacadas de su mandato se hicieron en favor de los derechos de la mujer. Encargó un estudio sobre la situación femenina que concluyó con recomendaciones para mejorar las políticas de empleo, las leyes fiscales y laborales, e incluso proporcionó los servicios familiares necesarios. El presidente Kennedy también firmó la Ley de Igualdad Salarial en 1963. Fue la primera legislación promulgada que intentó crear igualdad entre trabajo, remuneración y género.

Asimismo, tuvo políticas favorables para los discapacitados.

En otro orden de cosas, una de sus políticas más exitosas fue la de la carrera espacial.

En abril de 1961, la Unión Soviética fue la primera en lanzar un hombre al espacio. Este suceso alarmó a los estadounidenses y el presidente Kennedy instó al Congreso a aumentar la financiación para la exploración espacial. Entre una variedad de proyectos que imaginó, afirmó que “esta nación debería comprometerse a lograr el objetivo, antes de que termine la década, de llevar un hombre a la Luna y devolverlo sano y salvo a la Tierra”.

La petición de Kennedy fue a la vez visionaria y osada. La Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) primero tuvo que descubrir si era posible realizar vuelos espaciales a largo plazo. Después de varios años de desarrollo experimental, de estudios y ensayos de astrofísica y miles de millones de dólares, el sueño de Kennedy se hizo realidad en 1969 y Estados Unidos llevó a los primeros humanos a la Luna.

Todos estos acontecimientos en apenas 1.000 días de mandato, pueden hacer pensar a algunos que esa es la razón de su representación en la mente de los americanos como un gran presidente; otros afirmarán que se debe al dolor colectivo por el asesinato público de Kennedy: el trauma nacional americano por excelencia. Ha sido consagrado como un mártir, particularmente en los hogares demócratas. Pero, esas no pueden ser las únicas razones, William McKinley fue otro presidente popular y enérgico asesinado a balazos, y desapareció de la mente popular de una manera que JFK no lo hizo.

Muchos lo recuerdan por haber contribuido de manera decisiva en la creciente importancia de la imagen en la política estadounidense y mundial. Kennedy tuvo éxito en gran parte por su aspecto y su voz. Desde los famosos debates televisados entre Nixon y Kennedy en 1960, la política estadounidense se ha preocupado cada vez más por la apariencia y el estilo. Kennedy ciertamente será recordado como uno de los presidentes que elevó la importancia de este aspecto, se recordará aquel debate televisivo frente a Nixon. Su capacidad para la propaganda y un excelente equipo crearon un sistema sofisticadísimo de comunicación que, por ejemplo, fomentó una apariencia juvenil y saludable, cuando en realidad tenía achaques crónicos de muy variado signo. En este sentido, la trayectoria de JFK representa una combinación de talento junto a una cuidadosa premeditación, como un montaje mediático permanente. Con todo, no partían de la nada. Su imagen era natural, aunque cultivada; original, de nacimiento; no era un simple impostor del retoque estético y publicidad de espejo, para resultar luego un patán. No, su prestancia era de cuna e incrementada con un buen hacer comunicativo.

Con todo, estos fueron aspectos tangenciales, Kennedy tenía algo más.

Era un líder convincente, culto, simpático, carismático con buena planta en un periodo que se puede calificar de inmenso desafío. Sabía transmitir ilusión, la Nueva Frontera, y muy especialmente: implicar a toda la nación del partido que fuera a hacer frente a ese desafío. No levantaba muros, los derribaba y todos se sentían poderosos bajo su liderazgo. Los ciudadanos sabían que se esperaba algo positivo de ellos, que todos juntos podrían logarlo.

«Hoy nuestra preocupación debe ser ese futuro. Porque el mundo está cambiando. La vieja Era está terminando. Las viejas costumbres no sirven«. (Discurso en Los Ángeles en la aceptación de la nominación a la Presidencia de los EE.UU por parte del Partido Demócrata- 15 de junio de 1960).

“No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino más bien lo que tú puedes hacer por tu país”. Discurso de su juramento al cargo de 35º presidente de los EE.UU.

«Elegimos ir a la luna en esta década y hacer las otras cosas, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles, porque ese objetivo servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese desafío es uno que estamos dispuestos a aceptar, uno que no estamos dispuestos a posponer y uno que pretendemos ganar, y los demás también«. Discurso en la Universidad Rice sobre el esfuerzo espacial de la nación, 12 de septiembre de 1962

John F. Kennedy representa una era en la historia estadounidense en la que los políticos todavía confiaban en su gobierno y en su nación, y por eso su nación confiaba en él:

Todo esto no se terminará en los primeros cien días. Tampoco estará terminado en los primeros mil días, ni en la vida de esta Administración, ni siquiera quizás durante nuestra vida en este planeta. Pero comencemos”.—Discurso inaugural de su presidencia, 20 de enero de 1961.

Sabía que nada podría hacer con la mitad de la nación en contra, e implicó a todos:

No busquemos la respuesta republicana o la respuesta demócrata, sino la respuesta correcta. No tratemos de arreglar la culpa del pasado. Aceptemos nuestra propia responsabilidad para el futuro”.(Como Senador, en el “Loyola College”, el 18 de febrero de 1958)

Kennedy era un patriota- héroe de guerra, herido en combate- que transmitía patriotismo e ilusión a sus conciudadanos. Y lo hacía porque confiaba en el Ser humano. No se creía en posesión de la verdad o que sólo él era capaz de alcanzar la verdad, de ahí que contara con todos sus ciudadanos para triunfar.

Nuestro progreso como nación no puede ser más rápido que nuestro progreso en educación. La mente humana es nuestro recurso fundamental”. Discurso en el Congreso de los Estados Unidos el 20 de febrero de 1961.

“El hombre sigue siendo el ordenador más extraordinario del mundo”.

Esa mente poderosa debía ser encauzada para el bien. El mal uso, lleva a cosas terribles:

El mundo es muy diferente ahora. Porque el hombre tiene en sus manos mortales el poder de abolir todas las formas de pobreza humana y todas las formas de vida humana”.

Para muchos estadounidenses y buena parte de la prensa, John Kennedy y su equipo se identificaban y así lo escribían con aquel Camelot del Rey Arturo de caballeros valientes, poderosos e invencibles, en marcado contraste con el recuerdo de la corrupción y el escándalo que ha rodeado a tantos presidentes desde 1963. Sus problemas de faldas no tuvieron repercusión en su liderazgo. En el periodo posterior al Watergate, ningún político ha podido recuperar el tipo de confianza y entusiasmo que tantos ciudadanos sentían hacia Kennedy. No en vano, la corrupción tiene muchas maneras de manifestarse y Kennedy las explicitó de diferentes modos:

“El gran enemigo de la verdad a menudo no es la mentira, deliberada, artificial y deshonesta, sino el mito, persistente, persuasivo y poco realista”. Universidad de Yale , 11 de junio de 1962.

Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas”. Universidad de Washington, 10 de junio de 1963.

“La tolerancia no implica falta de compromiso con las propias creencias. Más bien condena la opresión o la persecución de los demás”.

“La ignorancia de un votante en una democracia perjudica la seguridad de todos”.  90º aniversario de la Universidad de Vanderbilt, 18 de mayo de 1963.

“Al expresar nuestra gratitud, nunca debemos olvidar que el mayor aprecio no es pronunciar palabras, sino vivir de acuerdo con ellas” (proclamación del Día de Acción de Gracias en 1963- 21 de noviembre de aquel año-. Un día antes de su asesinato.)

Sabía transmitir confianza, con un discurso inteligente, culto. Propio del alumno brillante de Harvard que fue. No era monótono, ni pesado, sino fulgurante, resplandeciente y por muy buenos asesores que tuviera, era capaz por sí mismo de moldear el discurso a su manera y con su propio genio. No copiaba.

“Si hubiera más políticos que supieran poesía y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él”. Discurso en la Universidad de Harvard el 14 de junio de 1956.

“La historia es un maestro implacable” (Discurso pronunciado en Carolina del Norte el 17 de septiembre de 1960). Sabía de la importancia de conocerla y de que de nada vale falsearla.

Kennedy realizó toda su política en un periodo de fuerte liberalismo en Estados Unidos, y aunque no legisló mucho internamente, puso las bases para la visión liberal de la sociedad en el interior y en el exterior.

Por todo lo que antecede, en la memoria popular, Kennedy todavía genera fascinación como un líder convincente y carismático durante un período de inmenso desafío al que supo hacer frente uniendo a toda la nación. Inspiró a una generación a aceptar la responsabilidad de gobierno luchando para garantizar la igualdad de derechos y oportunidades para todos los estadounidenses. Animó a los estadounidenses a ayudar a los menos afortunados que ellos, tanto en casa como en el extranjero. Retó a la nación a alcanzar lo imposible y llevar un hombre a la luna antes de que finalizara la década. Estableció nuevas direcciones para la diplomacia internacional, buscando mejores relaciones con América Latina y las naciones recién independizadas. Redujo la amenaza de una guerra nuclear abriendo las líneas de comunicación con Moscú y ofreciendo ayudar a “hacer que el mundo sea seguro para la diversidad”.

El legado de John F. Kennedy es una visión de acción política y servicio público basada en la unidad nacional, la valentía, el servicio a la nación, la inclusión y la innovación.

BIBLIOGRAFÍA

Burner, David. “John F. Kennedy and a New Generation”. Ed. Pearson 2004.

O’Brien, Michael. “John F. Kennedy: A Biography.” Ed. Goldbooks 2005.

Kennedy, John Fitzgerald. El deber y la gloria: Testamento político de John F. Kennedy. Bruguera.1970

Rorabauch, W.J. “Kennedy y el sueño de los sesenta”. Ediciones Paidos Ibérica S.A.(2005)

Mentiras arriesgadas.

Mis lectores habituales saben ya que este año había distanciado las entradas por periodos de 15 días, pero la ocasión merece hacer una excepción.

 

Hoy traigo un artículo prestado: el manifiesto hecho público por los historiadores catalanes contra las mentiras vertidas en el acuerdo para la investidura entre JUNS y el PSOE. Qué dice así:

Comunicado de prensa Desde la asociación Historiadors de Catalunya queremos denunciar el uso presentista, manipulado y falso de la historia, en el acuerdo firmado por Junts per Catalunya y el PSOE que busca en la historia en general y en 1714 en particular el origen de un supuesto conflicto entre España y Cataluña y la pérdida de unas ficticias libertades por la fuerza de las armas. Ante tales afirmaciones que sostiene el acuerdo firmado apuntamos:

– Que la guerra de Sucesión española fue un conflicto civil y dinástico.

– Que el rey Felipe V juró y respetó las instituciones y leyes catalanas en 1702.

– Que el pacto firmado por el rey Felipe V y las Cortes Catalanas fue roto unilateralmente por los últimos y con las armas en 1706.

 – Que tras ser derrotada la rebelión en 1714 y según la ley, el monarca tenía el derecho a gobernar la provincia rebelde como dispusiese.

– Que los Decretos de la Nueva Planta no abolieron el catalán.

– Que las leyes sustituidas por el Decreto de la Nueva Planta de 1716 eran feudales, oligárquicas e incluso racistas como se recoge en el Capítulo XVI de las Constituciones de 1706 donde se ordena la expulsión de los gitanos de Cataluña con penas de diez años de galeras para los varones adultos y de cien latigazos para mujeres y niños.

– Que la administración borbónica y su nueva legislación establecieron las bases para el crecimiento económico y demográfico en Cataluña tras dos siglos de decadencia.

– La nueva dinastía borbónica mejoró la economía en general y el comercio con América en particular, beneficiando las manufacturas textiles y el puerto de Barcelona

 – Que en los acuerdos firmados con ERC y PNV también se hace uso de una historia tergiversada para justificar el pacto de investidura.

 – Que la manipulación, tergiversación, falseamiento y ocultación de la historia son los cimientos donde se ha construido y se construye el relato independentista catalán. Por tanto, el documento firmado por PSOE y Junts por Catalunya busca justificar en el pasado un supuesto conflicto de España contra Cataluña perpetuado en el tiempo.

Barcelona, 11/11/2023

Associació d’historiadors de Catalunya Antoni de Capmany.

 

En este enlace se puede ver el texto original:

https://theobjective.com/espana/politica/2023-11-11/historiadores-catalanes-relato-independentista-psoe-junts/

 

MANUEL CURROS ENRÍQUEZ.

Hoy, como cada 11 de noviembre, un recuerdo a Galicia y a mi familia; a los que están y, sobre todo, a los que ya no están. En este caso, con un significado personal más especial, aún si cabe, puesto que yo estudié en Orense en un colegio nacional que se llamaba, y espero que se siga llamando, como el gran poeta de Celanova: Curros Enríquez. Vivía Franco, y en la clase de lengua, nos explicaban también literatura gallega y en gallego. Lo que me permitió apreciar y querer esa lengua sin necesidad de que me la impusieran. Siempre se llega mejor a las cosas desde la libertad.

Manuel Curros Enríquez, poeta y periodista, nació como he dicho en Celanova, Orense. Nunca tuvo una buena relación con su padre, lo que le llevó a marcharse de la casa familiar con tan solo 15 años e instalarse en Madrid junto a su hermano. En la capital estudió el bachillerato e inició estudios de Derecho que nunca culminó. Sí puso mayor interés en la vida política ingresando en ambientes liberales, participando en la Revolución de 1868, la gloriosa.

https://algodehistoria.home.blog/2023/06/02/la-gloriosa/

Trabajó durante toda su vida como periodista (aunque también ejerció otras profesiones). Como periodista obtuvo un gran prestigio merced a la búsqueda siempre de una sólida argumentación (se coincidiera con su punto de vista, o no) y al dominio de la lengua, aunque deberíamos decir de las lenguas, pues en prensa escribió mayoritariamente en castellano y, en algún momento, en gallego. Pero, sobre todo,  destaca como poeta especialmente en gallego.

Entre sus primeros años como periodista colaboró en El Imparcial de Madrid y otros diarios republicanos. En 1870, publicó un artículo crítico con el duque de Montpensier, lo que le valió pasar varios meses exiliado en Londres.

Regresa a España a finales de 1870, y en 1873, su vida cambia radicalmente. Primero, porque se casa con Modesta Vázquez, con quien tuvo cinco hijos. Las relaciones familiares no fueron muy armoniosas, lo que influyó, según alguno de sus biógrafos, en su decisión de irse a Cuba en 1894. Desde luego muy bien no debió llevarse con su mujer e hijos,  cuando al volver a España en 1904, no aprovechó el paso por Madrid para visitar a su familia. En segundo lugar, se muestra entusiasmado con la proclamación de la Primera República (11 de febrero de 1873), y, en tercer término, en marzo de 1873, ingresa como redactor en La Gaceta de Madrid, en donde trabajará hasta que el General Pavía acaba con la Primera República el 3 de enero de 1874.

Debido a sus crónicas de la Guerra Civil- referidas a la Tercera Guerra Carlista (1872-1876)-, publicadas en El Imparcial, consigue destacar en el mundo periodístico y que El Imparcial le incluya en plantilla.

En 1875, con otros intelectuales gallegos, funda en Madrid la sociedad Galicia Literaria, de corta duración, pues se disuelve en 1876.

Uno de los cambios que se producen en su vida se da, en ese mismo año de 1876, cuando el Heraldo Gallego publica una carta del orensano Modesto Fernández González, que ofrece un premio de 2.000 reales al poeta que, en gallego, retrate con mayor exactitud y colorido las costumbres, tradiciones y tipos de Galicia. Lo gana Curros, con los poemas “A Virxe do Cristal”, “O gueiteiro” y “Unha voda en Einibó”.[1]

De “O gueiteiro”:

Despois do tempo pasado,

pasado pra non volver,

como on profeta ispirado,

inda mo parece ver

na festa do San Trocado.

Calza curto, alta monteira,

verde faixa, albo chaleque

i o pano na faltriqueira,

sempre na gaita parleira

levaba dourado fleque.

 

Después del tiempo pasado,

pasado para no volver,

como un profeta inspirado,

Todavía me parece ver

en la fiesta de San Trocado.

Pantalones cortos, montera alta,

faja verde, chaleco blanco

y el paño en la faltriquera,

siempre en la gaita

llevaba flecos dorados.

 

En 1877, regresa a Galicia, a Orense, donde Modesto Fernández González le había conseguido un puesto en las oficinas provinciales del Ministerio de Hacienda.

Su obra inmediata será su única novela: Paniagua y compañía (1878), sobre un corresponsal de guerra, en la que se aprecia su desprecio por el carlismo y el mundo clerical. En 1888, publica una obra de teatro, El Padre Feijoo, que, junto con Cartas del Norte e Hijos ilustres de Galicia, constituirán su obra más destacada en castellano, amén de sus artículos periodísticos, y otras obras de menor renombre. Al mismo tiempo,  siguió componiendo poesía.

Su estilo poético se refina aún más; lleno de musicalidad, colorido, dulzura y sabor local que lo sitúan para muchos,  junto a Rosalía de Castro, como uno de los mejores poetas en lengua gallega.

Su primer poemario, Aires da miña terra (1880), se hizo muy popular a raíz de ser acusado de blasfemo por el Obispo de Orense;  fue condenado a más de dos años de prisión. Pero tras muchas vueltas, pago de alguna multa y un recurso equivalente al de revisión penal, logró ser absuelto. Todo este lío le valió una publicidad preciosa y su obra se vendió con fruición. Más allá del escándalo, se reveló su sensibilidad lírica y su capacidad para crear imágenes de notable delicadeza a partir de la musicalidad de sus versos.

Fala de miña nai,fala armoñosa,

En que o rogo dos tristes rube ó Ceo

I en que dende a prácida esperanza

Os afogados e doridos peitos;

Fala de meus obós, fala en que os parias,

De treboa e polvo e de sudor cubertos,

Pidan á terra o gran da cor da sangre

Que ha cebar á bestas do laudemio…

 

Habla de mi madre, habla armoniosa,

en la que el ruego de los tristes sube al Cielo

 y en la que desciende la plácida esperanza

 a los ahogados y doloridos pechos;

habla de mis abuelos, habla en la que los parias,

de tinieblas y polvo y sudor cubiertos,

piden a la tierra el grano del color de la sangre

que ha de cebar a la bestia del laudemio…

En 1888, dio a conocer “O divino sainete. Poema en ocho cantos”, poema en tercetos en el que, parodiando la Divina Comedia de Dante, satiriza la peregrinación española a Roma con ocasión del jubileo de León XIII y ataca lo que él, un profundo anticlerical, entendía como corrupción religiosa. Esta era la obra poética de la que Curros se mostraba más orgulloso. La consideraba su mejor obra.

É un viaxe de recreo.

¿Quén folga de vir conmigo

de León XIII ó xubiieo?

Es un viaje de placer.

¿Quién quiere venir conmigo

de León XIII al jubileo?

Sin embargo, su vida Orense se le hace difícil por el ambiente hostil a su anticlericalismo, por eso, con la ayuda de Fernández González, regresa a Madrid y logra un puesto en el Ayuntamiento. Retoma el periodismo en la Capital colaborando sucesivamente en El Porvenir, El Progreso y El País, todos ellos de tendencia republicana.

En la noche del 27 de marzo de 1893, con motivo de la inauguración del Centro Gallego de Madrid, el ex ministro Manuel Becerra le impone una corona de laurel de plata, lo que viene a demostrar el reconocimiento que, en estos años, Curros adquiere en determinados círculos gallegos.

Aunque se desconoce la causa, en 1894 parte para Cuba y allí funda la revista La Tierra Gallega. También colabora en otros diarios en los que publica sobre todo poemas. La revista apenas dura dos años, hasta noviembre de 1896, cuando es clausurada a raíz del artículo “Responsabilidad ministerial”, en el que censura al ministro de Marina por elegir para determinados contratos de la flota militar a los astilleros de Cádiz frente a los de Ferrol. Este cierre, más su postura intransigente con la libertad de expresión siempre desde una óptica localista, le lleva a pasar algunas dificultades económicas que se solventan al ingresar como corrector de pruebas en el principal diario cubano, El Diario de la Marina, del que consigue poco después ser redactor.

Con todo, su posición patriótica, española, nunca se puso en duda, así al coincidir su estancia en Cuba con la segunda insurrección para lograr la independencia de Cuba, Curros siempre se mostró contrario al levantamiento y, es más, acabó rompiendo con el Centro gallego en La Habana por ofrecer éstos una cena a favor de alguno de los militares insurrectos.

En 1904, reingresa en el Centro Gallego tras exigir que el presidente fuera gallego, los cuadros y los libros fueran de gallegos, en lengua gallega o, marginalmente, castellana.

Ese mismo año viaja a España, siendo acogido con honores en Galicia.

Vuelve definitivamente a Cuba y en 1907 lee su poema “A Alborada de Veiga”, en un acto celebrado en el Teatro Nacional de La Habana, en el que se homenajeaba al músico Pascual Veiga. En ese acto se cantó por primera vez el himno gallego, cuya música estaba compuesta por Veiga.

O celta, que didiante dos astros se axoella,

deixounos nese canto de multiforme son

o matinal sol o luz do sol vermella,

feito de estrondo de himno e rogos de oración.

El celta, que se arrodilla ante las estrellas,

nos dejó en esa canción de sonido multiforme

el sol de la mañana, la luz roja del sol,

hecho del rugido de himnos y ruegos como oración.

Poco después, el estado de salud de Manuel Curros Enríquez se quebranta. Ingresa en el centro de salud del Centro Asturiano de La Habana, donde fallece el 7 de marzo de 1908. Su cuerpo será velado en los salones de El Diario de la Marina y, posteriormente, en los del Centro Gallego.

Reclamado por la Academia Gallega, su cuerpo embarca el 20 de marzo rumbo a La Coruña, adonde llega el 31. Su cadáver fue expuesto durante tres días en el Ayuntamiento. Casi cuarenta mil personas asistieron a su sepelio, celebrado el 2 de abril.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

“Aires d’a miña terra: coleucion de poesías gallegas” ed. crít. de C. Casares, Galaxia, 1975.

“Obras escogidas. Poesía. Teatro. Prosa”, recop. por A. Curros Vázquez, Ed. Aguilar, 1956.

GONZÁLEZ-BESADA, A. y MELEDO ABAD, F.- “Manuel Curros Enríquez: Biografía”. Artes Gráficas Minerva, 1952.

MARTÍNEZ- RISCO DAVIÑA, Luis.- “Manuel Curros Enríquez. O home o seu contexto”. Ed Duen de Bux. 2001.

[1] Las traducciones son mías. Espero no haberme desviado mucho de la intención del autor.

BERENGUELA I DE CASTILLA 

 

La reina Berenguela I de Castilla (1180-1246) es una gran desconocida en la Historia de España y, sin embargo, fue la primera mujer que reinó en Castilla y una de las reinas más influyentes en el devenir de nuestra Historia.

Berenguela era la hija de Alfonso VIII, y de Leonor de Inglaterra (Leonor Plantagenet), descendiente a su vez del rey Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania.

Berenguela fue heredera de la corona de Castilla mientras sus padres no tuvieron un heredero varón, motivo por el cual fue prometida en matrimonio a Conrado, tercer hijo de Federico I Barbarroja. Sin embargo, el nacimiento de su hermano Fernando eliminó esa posibilidad primera de reinar y Conrado, visto que sus aspiraciones a ser rey se desvanecían, rompió el compromiso.

Sus padres concertaron, entonces, su matrimonio con Alfonso IX de León, lo que le otorgó el título de reina consorte del Reino de León. Con este matrimonio se pretendía poner fin a la guerra que venía enfrentando a ambos reinos cristianos: Castilla y León. El enlace fue favorecido por la reina Leonor, tropezando con las reticencias de Alfonso VIII, que preveía ya las dificultades venideras por razón del parentesco entre ambos contrayentes: Alfonso VIII y Alfonso IX eran primos carnales, nietos los dos de Alfonso VII de León, Emperador de España y Rey de Castilla y León. La boda de Berenguela y Alfonso se celebró en Valladolid en 1197. El matrimonio no tuvo muy buenas perspectivas desde el principio, puesto que Papa Celestino III, aunque no autorizó el enlace, no se opuso al mismo (hay que recordar que ya había anulado el primer matrimonio de Alfonso con Teresa de Portugal por consanguinidad. De aquel matrimonio habían nacido dos hijas). Sin embargo, fallecido Celestino en 1198,  su sucesor, Inocencio III , muy opuesto a los matrimonios entre consanguíneos, no paró hasta lograr la separación del matrimonio.  No contaba Inocencio conque los reyes de León se enamoraran; el amor y la dote de Berenguela que dejaba a Alfonso IX en una situación muy desfavorable en caso de disolución del matrimonio, hicieron que se opusieran con todas sus fuerzas a su separación. Aquella oposición duró siete años y cinco hijos. Sólo el ataque directo del Papa a Alfonso VIII y la alteración que estas amenazas podía producir en Castilla, lograron que Alfonso VIII llegara a un acuerdo con el Papa para que el matrimonio no se disolviera de iure pero se separaba de facto.

De este modo, Berenguela dejó León y se instaló con sus hijos en Castilla en 1204. Sus hijos fueron: Leonor que murió de niña en 1201; Constanza que profesaría como religiosa cisterciense en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos, donde murió en 1242; Fernando, futuro Fernando III el santo; Alfonso, futuro Alfonso de Molina  (concordia de Zafra); la quinta, llamada como su madre, Berenguela, será la futura Reina de Jerusalén, por su matrimonio, celebrado en Toledo en 1224, con Juan de Brienne, Rey de Jerusalén.

Cuando llegó Berenguela a Castilla en aquel 1204, acababa de nacer su segundo hermano varón, Enrique, lo que la relegaba a la tercera posición en la sucesión al trono castellano.

En 1211 moría su hermano mayor Fernando y en 1214 sus padres. En esta situación, Enrique es proclamado Rey de Castilla a la edad de once años, nombrando a Berenguela como tutora y regente. Su actuación como regente fue siempre prudente y adecuada, hasta que las intrigas palaciegas, sobre todo de los hijos del conde Nuño Pérez de Lara, obligan a Berenguela a nombrar ayo, para el cuidado y educación de su hermano, a Álvaro Pérez de Lara. Aquellas intrigas también lograron que Álvaro se hiciese con la regencia, aunque con algunas limitaciones. El enfrentamiento entre Álvaro y los nobles y también entre Álvaro y Berenguela obligó a ésta a refugiarse en el castillo de Autillo ( Palencia) y a que enviara a su hijo Fernando al recaudo de su padre, el Rey de León.

Evidentemente aquella división en dos bandos llevaba sin remedio a un enfrentamiento armado que se produjo en abril de 1217. Mientras Álvaro rodeaba el castillo de Autillo en el que estaban refugiados Berenguela y sus partidarios, dejó al niño rey en el palacio arzobispal, con tan mala fortuna que, jugando en el patio del palacio, le cayó una teja encima y le mató.

Berenguela mandó comunicación a su hijo Fernando para que se reuniera con ella. Berenguela había logrado escapar y llegar hasta Valladolid desde dónde dirigió las negociaciones para que la nobleza y los concejos castellanos la nombraran a ella, como legítima heredera, Reina de Castilla, con la intención, señalada en aquellos acuerdos, de entregar su reino a su hijo Fernando. Esta proclamación de Berenguela y de su hijo Fernando como Reina y Rey de Castilla tuvo lugar en la plaza del mercado de Valladolid el 2 o el 3 de julio de 1217. La relación de madre e hijo fue siempre armoniosa y cordial.

“Casi treinta años duró esta entente admirable entre madre e hijo; Fernando I será el rey propietario del reino castellano y como tal gobernará con plenos poderes, pero el consejo prudente y desinteresado de su madre estará presente en todas las decisiones de Fernando III; los diplomas se expiden siempre a nombre de Fernando, pero éste consignará en todos ellos que lo hace “con el asenso y beneplácito de la reina doña Berenguela”. Nunca, que se sepa, hubo una disensión entre madre e hijo, por eso resulta prácticamente imposible distinguir qué decisiones corresponden al hijo y cuáles a la madre. Cuando Fernando inicia el año 1224, sus expediciones de conquista por Andalucía, prácticamente anuales, es su madre la que queda en Castilla, casi siempre en Burgos, gobernando el reino con su sagacidad y prudencia y apoyando con toda clase de pertrechos las campañas del hijo”.[1]

La prudencia y el tino de Berenguela fueron determinantes para guiar los pasos de Fernando III y que éste lograra la sucesión pacífica de su padre en el reino de León. En este camino es muy destacable la llamada Concordia de Benavente de 1230, que fue el acuerdo alcanzado por Berenguela con Teresa de Portugal tras la muerte de Alfonso IX de León mediante el cual, su primera mujer, Teresa de Portugal, renunciaba a los derechos que sus hijas, Sancha y Dulce de León, tenían al trono de León en favor de su hermanastro el Rey de Castilla, e hijo del segundo matrimonio de Alfonso IX con Berenguela, Fernando.

Aquella resultó ser la unión definitiva de los reinos de Castilla y León, que recordamos incluían Galicia, toda la cornisa cantábrica, parte de La Rioja actual y se encaminaban a la conquista de Andalucía de la que ya en parte era castellana.

“Especialmente emotivo resulta el último encuentro entre madre e hijo, que tuvo lugar en Pozuelo de don Gil, la actual Ciudad Real, en la primavera de 1245; fue la reina la que se trasladó de Burgos a Toledo, desde donde envió aviso a su hijo, que se encontraba en Córdoba, manifestando sus deseos de encontrarse con él, para tratar asuntos del heredero, Alfonso. Fue la última vez que se vieron madre e hijo, pues Berenguela murió el 8 de noviembre de 1246, dejando tras de sí una bien merecida fama de mujer y de gobernante siempre prudente y discreta; sus restos mortales fueron depositados en las Huelgas de Burgos junto a sus padres”.[2]

BIBLIOGRAFÍA

Cruz, Fray Valentín de la. Berenguela la grande: Enrique I el Chico (1179-1246). Ediciones Trea, S.L. 2006.

 

Martínez Díez., Gonzalo SJ. “Fernando III. 1217-1252”. Ed La Olmeda.1993.

[1] Gonzalo Martínez Díez. SJ. “Fernando III. 1217-1252”. Ed La Olmeda.199

[2] Op. Cit.

 

EL ORIGEN DE ESPAÑA COMO ORGANIZACIÓN ESTATAL Y NACIONAL.

Cuando hablamos de España hacemos referencia a muchas cosas al mismo tiempo: nación, país, estado…Términos que en ocasiones se confunden entre sí. Normalmente, tales conceptos están íntimamente unidos, pero no significan los mismo. El país hace referencia a un término geográfico, unas fronteras, incluso un gobierno. El estado se origina por las instituciones político-jurídicas que determinan la organización interna y el orden normativo de la sociedad que, por compartir determinados rasgos culturales e históricos, conforma una nación, soberanamente separada de otras comunidades que representan o se organizan de manera diferente.

A esta definición se puede oponer muchos matices de todo orden, jurídicos, políticos o filosóficos, pero no nos corresponde esa discusión político-jurídico-filosófica, sino que lo que pretendemos en hacer notar aquellos hitos que marcan el “nacimiento” de España como Ser histórico y jurídico-soberano. Estos elementos no tienen por qué darse de manera sucesiva, al contrario, a veces se entremezclan e incluso, en muchos casos no es la nación la que crea el Estado, sino que de una cierta unidad estatal nace la conciencia de nación. España es un ejemplo de ello.

En esa visión histórica nos encontramos con varios momentos esenciales que la historiografía identifica con ese nacimiento de España, dentro de cierta disparidad de criterios:

  • Los que parten de la Hispania romana, pero sobre todo del Estado visigodo, cuya reconquista permite concretar el nacimiento de España. Claudio Sánchez Albornoz estaría en este grupo.
  • Aquellos que identifican el nacimiento de España con Alfonso X el Sabio, al asentar y unificar el Rey sabio la organización jurídica de España. Por ello, sitúan, en el Siglo XIII ese nacimiento. Pedro de Insua , entre otros. Para estos autores la formación estatal de los Reyes Católicos sería una continuación de la expresada por el rey Sabio.
  • Los que fechan el nacimiento de España, precisamente en la unidad creada por los Reyes Católicos, en el Siglo XV, poco antes que el resto de los Estado-Nación europeos.
  • Por último, existe un grupo que no conceden ese nacimiento hasta la manifestación de la soberanía popular en el alzamiento contra el francés en 1808, remarcado por la Constitución de Cádiz de 1812.

Veamos las razones expuestas por cada uno:

  • Desde los visigodos.

Aunque los romanos fueron los primeros que utilizaron el término fenicio “i-spn-ya” traducido como Hispania para referirse a todo el territorio de la península ibérica, para los romanos aquella referencia geográfica, ni tenía una unidad étnica, ni religiosa, ni una organización significativa más allá de la marcada por ser una provincia romana.

La generalización del término Hispania o España referida exclusivamente a la Península Ibérica se lo debemos a los visigodos. Y con ellos, el nombre pasó de ser una mera expresión lingüística,  a convertirse en una formulación política consecuencia de la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana, a la que los godos, inicialmente, quedaron incorporados, y cuya confluencia con una creencia religiosa cristiana como elemento de unidad y distinción, dispuso el nacimiento estatal de España.  El Rey Leovigildo, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del S. VI, se titula rey de Gallaecia, Hispania y Narbonensis. San Isidoro narra la búsqueda de la unidad peninsular, finalmente culminada en el reinado de Suintila en la primera mitad del S. VII y se habla de la madre España. En su obra Historia Gothorum, Suintila aparece como el primer rey de “Totius Spaniae”. El texto de San Isidoro de Sevilla se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la Península y esa idea de una única entidad “hispana” pervivió en el imaginario de los escasos núcleos donde la invasión árabe no consiguió penetrar. Después de la batalla de Guadalete, en el 711, el Reino Visigodo desaparece, pero sus leyes y elementos básicos perviven en pequeños reductos liderados por nobles norteños. Aquellos núcleos cristianos mantenían su organización en torno a la figura del rey y de la fe de sus mayores. Es verdad que, ese sistema estructural e identitario se conserva de una manera muy deslavazada al principio con Pelayo, siendo elevada a categoría por los sucesivos reyes astures. Especialmente por Alfonso I al que las crónicas posteriores denominan el católico y Alfonso II, el casto, que aparece como primer Rey de España. Aquellos reyes fueron expandiendo su territorio por toda la cornisa Cantábrica, desde Galicia hasta los Pirineos (con Ramiro I y Ordoño I). Alfonso III, el magno, uno de los más brillantes reyes de la Historia de España, extiende su reino hasta Zamora. En esa expansión implantó también la Ley común a todo el reino que no era otra que la legislación romana-visigoda, la Lex Visogothorum, futuro, Fuero Juzgo, que Alfonso II había hecho aplicar, reconociendo así su relación inmediata con aquel Estado visigodo.

No fue el único rasgo de enlace con los visigodos, la idea imperial no se olvida. Aquella posición del imperio romano asumida como herencia por los visigodos, se manifiesta ya en Alfonso III (último rey asturiano con capital en Oviedo) al que debemos una más recia idea de España, la idea imperial y la mejor crónica histórica de aquella época que permitió forjar, entender y desarrollar España.

Cuando cae el estado visigodo, otros en Europa intentan levantar la idea imperial, especialmente Carlomagno y tras él diversas familias dirigentes alemanas. En el fondo toda la Europa cristiana está intentando rememorar el imperio romano, aunque nadie duda que la primera asunción de tal condición fue la del reino visigodo de Toledo.

Con Alfonso III reivindicando el antiguo imperio visigodo, la ley visigoda aplicada por Alfonso II, la cristiandad como medio de unificación y orden, la Corona como instrumento de homogeneidad y argamasa de un Estado y una nación que tendía a la universalidad ejemplarizada por el camino de Santiago y el recuerdo romano, no podemos negar que ya existía Estado y Nación por incipiente que fuera. De hecho, cuando la historiografía siglos después define aquella gesta como Reconquista, no usa el término de manera baladí, si se “re-conquista” algo es que ese algo existía, aunque se hubiera perdido. De hecho, la Crónica de Alfonso III, el magno, realiza una exaltación de la intervención goda en el origen del reino de Asturias. Es decir, herederos del primer Estado español y primera concepción nacional de España

Todo esto ya lo explicamos aquí, con detalle, y a ello me remito y recomiendo como lectura antes de continuar con esta entrada:

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/

No debemos olvidar por otro lado, que la idea de unidad de toda España no sólo se dio entre los Reyes astur-leoneses, sino también en los aragoneses o en los navarros; por ejemplo, en el Siglo XI la concibió Alfonso I de Aragón por su matrimonio con Urraca de León o Sancho III el Mayor, Rey de Navarra, ya en el siglo XI reunió bajo su trono una parte sustancial de la España cristiana. Sin embargo, al igual que otros reyes medievales hispanos y por causa de una tradicional visión patrimonialista de la Monarquía, dispuso que se dividieran sus dominios tras su fallecimiento. El Rey de León Alfonso IX se adelantó a su tiempo convocando en 1188 las primeras Cortes de la historia europea con participación ciudadana, noble y eclesiástica. Fernando III el Santo unificó definitivamente los Reinos de Castilla y de León dando un impulso irreversible a la Reconquista.

  • Los que consideran que España nace en el Siglo XIII.

La concepción de estos autores parte de considerar que la caída del reino visigodo en el 711 es total. El Estado visigodo desaparece, sus instituciones decaen y lo que surge después es completamente diferente. Además, consideran que aquel era el estado de la Nación goda, no de la española. Sin embargo, San Isidoro de Sevilla había hablado de España y España en sus comienzos, como todas las naciones del mundo, es un conglomerado de orígenes: romanos, griegos, fenicios, godos, vascones, celtas, vándalos, suevos, íberos…

Ya hemos visto como, sin mantener todas las instituciones visigodas, su ley, su concepto de cristiandad y de unidad bajo la monarquía- una monarquía no electiva, sin officium Palatinum, pero monarquía la fin-, permanece en la organización de los núcleos cristianos por pequeños que fueran.

Estos autores señalaban que fue Alfonso X el sabio el que culmina esa idea de organización, y lo fundamentan en los siguientes hechos:

  1. El Rey sabio fomenta y él mismo escribe y habla en un castellano que nos es perfectamente entendible. El castellano se consagra como lengua oficial frente al reino astur-leonés en el que los extremos del mismo ( Galicia y las zonas montañosas de los Pirineos occidentales hablan otras lenguas: en Galicia, el gallego; en las zonas pirenaicas, hablan diferentes dialectos según los valles) y la lengua oficial seguía siendo el latín. Alfonso X escribe crónicas en gallego como algo propio de su reino, aunque, ciertamente, la utilice, como lengua poética no oficial.
  2. Hasta Alfonso X la conquista territorial y la repoblación de los territorios conquistados a los musulmanes se hacía normalmente por la propia población de la zona que, a base de privilegios concedidos por los reyes, iba asentándose en las diversas “extremaduras”, zonas fronterizas que se componían a cada avance. Con Alfonso X, tras la toma de Sevilla ( 23 de noviembre de 1248), la repoblación no se hace sólo con castellanos, sino que en ella participan aragoneses y navarros, entre otras razones por la relación de parentesco -Alfonso estaba casado con la hija del Rey de Aragón- y confianza- aunque con tiranteces- que tenía Alfonso con Jaime I de Aragón ( Jaime, el Conquistador). No es menos cierto que esa relación de cooperación no sólo de conquista tiene un hito previo muy destacable en la Batalla de las Navas de Tolosa en 1212 cuando los reyes cristianos se unen contra los musulmanes bajo la petición de Alfonso VIII de Castilla. También es verdad que esa forma de repoblación mucho más integrada por personas procedentes de todos los reinos de España se da también en la conquista de Murcia. Tanto es así, que la tesis sostenida por estos autores es que la toma de Granada no supone algo nuevo en este sentido sino una reproducción de lo realizado en Sevilla y Murcia.
  3. Lo que es innegable es que Alfonso X organizó el Estado de manera muy moderna, adelantada a su tiempo. Así en política económica refuerza la Hacienda Real, establece ferias y mercados, adopta medidas contra la inflación monetaria, impulsa la unidad de aduanas, pesos y medidas y crea el “Honrado Concejo de la Mesta” (1273). En el aspecto organizativo interno moderniza las instituciones y la Administración del Reino, convoca Cortes de manera regular y aplica el derecho, las partidas, con una concepción nueva (como veremos en un momento, al estar íntimamente relacionado con su idea imperial). En las cuestiones defensivas, también innova y así refuerza la defensa de su Estado;  para ello cuida de la milicia, con un criterio que anticipa a los Maquiavelo, con un ejército profesional para que su quehacer fuera exclusivamente militar. En su idea de defensa de la cristiandad, pero con una concepción de defensa de lo conquistado, de defensa nacional, de defensa de las zonas cristianas de la antigua Mauritania romana, invadida por los musulmanes, en el “fecho de África”. Contuvo la revuelta de los mudéjares, aunque los benimerines hicieron mucho daño en tierras ya conquistadas y el reino nazarí se consolidó para mucho tiempo. Pero está concepción de defensa de fronteras es algo muy moderno para la época.
  4. Quizá el acontecimiento político más destacable de Alfonso fue su idea imperial. Alfonso X era hijo de Fernando III el santo, y de la princesa alemana Beatriz de Suabia, nieta del emperador Federico I Barbarroja. Alfonso X fue, en el transcurso de su reinado, uno de los candidatos al Imperio Germánico. El “fecho del Imperio” ocupó y preocupó al Rey Sabio durante casi veinte años, sin obtener el éxito. Pretendía Alfonso, cómo no, ganar la gloria inherente al más alto título imperial, pero también reforzar su primacía sobre la España de los “cinco reinos” que decía Menéndez Pidal y acaso reforzar sus proyectos sobre la Reconquista. Tampoco la pretensión de ser un genuino Imperator Hispaniae era tarea sencilla, incluso renunciando al título de origen leonés (la idea imperial astur, se agota con Alfonso VII, pero el ideal de universalidad permanece): conflictos con Portugal, a propósito del Algarve; otros tantos con Navarra, aunque Teobaldo II fue muy favorable a su causa; más recelos que confianza con Aragón, que también tenía una idea imperial pero ceñida al Mediterráneo; nobleza levantisca, siempre dispuesta a buscar pretextos para la rebelión… Pero lo principal para Alfonso, lo que le diferencia de otros, era la idea de Roma concebida como caput mundi. El sumun al que se podía aspirar. Alfonso contempla la idea de Imperio desde una perspectiva universal, lo que sitúa al Rey Alfonso como adelantado a su tiempo en casi un siglo.

La Monarquía nacionalizada (apelación a los visigodos, idea de Reconquista) se sustenta sobre planteamientos muy diferentes, a decir de estos autores. Y siendo cierto, no es menos cierto que Alfonso X no hubiera llegado a donde llegó sin los reyes asures de los que es sucesor y continuador hasta que impone un sistema organizativo más moderno. Con el Rey Sabio llega el Derecho romano como fundamento de la unidad jurídica del poder y la ley escrita como fiel reflejo del espíritu bajomedieval, orientado ya hacia la moderna teoría del Estado: el Rey no se limita a preservar el Derecho viejo, sino que aspira a crearlo porque “las leyes hechas de nuevo valen tanto como las primeras o más” ( Partidas I, 1, 19). Apunta así hacia la soberanía en su concepción más moderna, casi anticipándose a Bodino (ideólogo del concepto de Estado moderno). Sin embargo, como señala José Antonio Maravall, la idea imperial del Rey Alfonso se sitúa de manera más cercana —a su juicio— a la tradición española que al modelo centroeuropeo y ello porque configura el Poder en el Territorio y lo ejerce directamente sobre el Pueblo, los tres elementos clásicos del Estado como forma política. El Emperador romano-germánico no gobierna directamente sobre los súbditos, sino sobre monarcas y ciudades a él sometidos por vínculos (casi) feudales. Alfonso asume el poder sobre su territorio y población con la natural condición de imperator in regno suo al modo del auténtico Emperador de Roma y aplicando una ley políticamente absolutista, al ser el rey vicario de Dios en la Tierra. Por eso, le importa esencialmente ganar ámbitos de poder respecto de los nobles, dejar de ser un Primus inter pares para ser soberano, por eso procuró extender el Fuero Real como una suerte de ley común de régimen local en contra del “fuero bueno”, excelente pretexto para guardar privilegios, buscando aliados entre las oligarquías urbanas, no siempre leales ni agradecidas. Con buen sentido histórico, Alfonso percibió muy pronto que el verdadero enemigo del Rey/Estado no eran los declinantes poderes universales sino los pujantes poderes territoriales. De ahí que a su sucesión se revolvieran contra su criterio clérigos, burgueses y nobles que apoyaron a su hijo Sancho frente a los herederos de Fernando de la Cerda, que eran los favoritos reales. [1]

Alfonso sentó los “cimientos del Estado moderno”.  O como señala Maravall supuso el paso de la concepción feudal a la concepción corporativa de la organización del reino (…) y que supuso una verdadera transformación de conceptos básicos del pensamiento histórico y de la cultura. Entre ellos, los de territorio, pueblo, poder político, “naturaleza” (hoy diríamos nacionalidad) y derecho. En definitiva, de todos aquéllos susceptibles de ser articulados en una doctrina sistemática del orden político.

  • Los que sitúan en nacimiento de España con los Reyes Católicos.

Con los Reyes Católicos se produce un cambio sustancial de la visión de España, con ellos España volvió a formar una unidad política, y las estructuras estatales cambian radicalmente.

El matrimonio de Isabel y Fernando marca el inicio de un poder único sobre dos coronas distintas. Parten de dos situaciones calamitosas, Castilla desgastada por la guerra de sucesión a la corona que gana Isabel y Aragón arruinada económicamente. Ambos monarcas buscan reforzar el poder real a fin de superar la ruina existente, para eso buscan no era mera unidad dinástica sino un proyecto de unificación y centralización.

Como testigo de ello crean un sello, un lema y un escudo común con el Águila de San Juan como centro. Para lograrlo dotan al Estado de una serie de instituciones nuevas para mejorar la administración del reino de la manera más eficaz, no como mero pacto entre el rey y los nobles, clero o burgueses. La labor legislativa pasa a los monarcas y las Cortes, aunque se siguen reuniendo, dejan de ser un órgano de presión de la nobleza sobre la corona.

El brazo ejecutivo del reino se basa en instituciones diversas, pero bien coordinadas entre las que destaca el Consejo de Castilla dotándolo de eficacia política en detrimento del poder de los estamentos. Un consejero se ocupará de la gestión ordinaria del reino, una especie de primer ministro, otro se ocupa de la Administración de Justicia ( se crea un órgano judicial, la Audiencia), otro de Hacienda ( logra una simplificación de los impuestos). Para garantizar la seguridad de los campos se crea la Santa Hermandad, naciendo así una fuerza policial propia de la Corona, y esencial para acabar con el bandolerismo y fomentar el comercio.

Cierto es que los asuntos territoriales se dejan en manos de consejos de Castilla, Aragón, después Navarra… y más tarde Indias). Se suprimieron instituciones de carácter feudal como las “remensas” catalanas. El control local se logra con el corregidor, figura castellana que se extiende a Aragón. A su vez, con la conquista de Europa y América se extiende la figura del Virrey que era una institución aragonesa que se traslada a las provincias exteriores de la corona para ejercer la administración y gobierno en nombre del Rey.

Se logra la Unidad territorial con la toma de Granada, a la que se unirán Navarra y posteriormente, Melilla, Ceuta y las Canarias. Ceuta y Melilla en la concepción cristiana que ya tubo Alfonso X en el “fecho de África”.

Además, en una clara concepción de poder moderno, firmaron una serie de alianzas internacionales con Inglaterra y con el Imperio germánico a través de los matrimonios de sus hijos con la finalidad de defender nuestras fronteras frente a los vecinos ( sobre todo Francia). Fronteras españolas que también incluían los territorios italianos de la antigua corona de Aragón.

Todo esto bajo la dirección brillante de los reyes, sobre todo de un astuto Fernando, alabado por Maquiavelo en El Príncipe. Sin olvidar otros aspectos avanzados a su tiempo, como la defensa de los derechos humanos desde la posición más profundamente cristiana, en España y en América. En este último caso, abogando por los nativos frente a los abusos: leyes de Burgos.

Política que será insignia de los monarcas españoles posteriores.

Además de lo expuesto, cabe recordar que la Gramática de Nebrija se presentó con aprobación real en agosto de 1492. Siendo la primera gramática de la lengua castellana. Lo que contribuyó y no poco a la Unidad de España, peninsular y de ultramar.

También en 1492, además de la brillante toma de Granada, se produjeron dos acontecimientos que marcarán nuestros fantasmas futuros: la expulsión de los judíos y la creación de la Inquisición.

Nadie duda de que con los Reyes Católicos se establece España como Estado definitivo, moderno, al modo que lo harán poco después Francia, Inglaterra y otros, y convirtieron a España en un auténtico imperio y en un coloso mundial.

  • Los que sitúan el nacimiento de España en 1808.

Los que así conciben la Nación, no dejan de reconocer que el Estado es anterior, sin embargo, marcan la diferencia en el levantamiento de 1808 frente al francés y, sobre todo, mascado por la manifestación escrita en la constitución de 1812 de la Soberanía nacional.

En el fondo muchos intelectuales de los reunidos en Cádiz en 1812 creían identificar a la nación española no sólo en sus lecturas foráneas nacidas de la ilustración sino en la actitud de los españoles que se levantaron en 1808 frente a los invasores.

Los que hoy en día marcan ese acontecimiento como el nacimiento de la Nación, supeditan el concepto a la identificación de Estado y Nación con una visión actual, ahistórica o con un sentido histórico muy limitado y un cierto patriotismo constitucional.

Si dijéramos a los franceses que, con el Rey Sol, Luis XIV, por ejemplo, no había Estado, no había Nación, que la nación francesa no existió hasta la toma de la Bastilla en 1789 o en la primera constitución de 1791, que ya consagra los derechos del hombre y del ciudadano, se reirían en nuestra cara.

Sinceramente, creo que esta posición no se sostiene ni histórica ni políticamente, salvo que queramos explicar cuando nace nuestro Estado constitucional, de aplicación contemporánea. Pero ceñir la Historia del Mundo a la edad contemporánea es restringirla demasiado.

España es desde su primera concepción hasta la actualidad. Cada paso concreta la España que fuimos, somos y seremos. Cercenar algún episodio, es cercenar el todo.

BIBLIOGRAFÍA

  • DE INSUA, Pedro. “1492. España ante sus fantasmas”. Ed Ariel.2018.
  • DE INSUA, Pedro .- Conferencia en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Oviedo, fundación Gustavo Bueno. “ Alfonso X y el origen de la nación española.

https://www.youtube.com/watch?v=0fXWWVbeT1U

  • ESPARZA, José Javier.- “ Te voy a contar tu historia. La gran epopeya de España”. Ed la esfera de los libros. 2023
  • GARCÍA MORENO Luis A.” Historia de España Visigoda”. Ed.Cátedra, 1989.
  • MARAVALL, José Antonio.- “Del régimen feudal al régimen corporativo en el pensamiento de Alfonso X”. en la recopilación de Estudios de la Historia del pensamiento español.1973
  • PENDÁS GARCÍA, Benigno.- EL FECHO DEL IMPERIO (REFLEXIONES SOBRE EL CENTENARIO DE ALFONSO EL SABIO) 2020 :

https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/abrir_pdf.php?id=ANU-M-2020-10057900594

  • SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Claudio. “Estudios visigodos”. Ed. Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, 1971.

[1]Benigno Pendás García https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/abrir_pdf.php?id=ANU-M-2020-10057900594