Irlanda tras la caída del Imperio Romano fue una mezcla de estados gobernados por tribus locales de carácter cristiano- Celtas cristianos-, con abadías que enseñaban latín y producían literatura tan memorable como el “Libro de kells” (el libro –considerado la pieza principal del cristianismo celta y del arte hiberno-sajón- por las miniaturas con las que está decorado. Y a pesar de estar inconcluso, uno de los más suntuosos manuscritos ilustrados que han llegado a nuestros días desde la Edad Media). Aquellos reinos- tribales, evidentemente- se vieron invadidos por los vikingos. Los escandinavos consiguieron asentarse no sin luchar en algunas zonas costeras y allí mezclarse con la población local. Esos asentamientos convivieron no sin tensiones con los habitantes nativos de la Irlanda celta. Tras numerosos enfrentamientos, los nativos lograron el dominio del País y convertir la isla en un mosaico de clanes y tribus organizadas en torno a cuatro provincias históricas que competían continuamente por el dominio del territorio y los recursos: Leinster; Connacht; Munster, y Úlster.
Poco después se produce la invasión normanda, lo mismo que había ocurrido en Inglaterra, sólo que en Inglaterra ya estaban asimilados y temían que los nuevos normandos crearan un grupo rival que les invadiera desde Irlanda. En consecuencia, Enrique II de Inglaterra decidió invadir Irlanda. Así nacieron ocho siglos de dominación inglesa de la isla de Irlanda. La isla esmeralda gozó de cierta autonomía hasta que Enrique VIII, en 1536, decidió someter a Irlanda para que su subordinación a la Corona inglesa fuera no sólo teórica sino real. Es decir, tanto de iure como de facto. Los ingleses tardaron más de un siglo en lograr ese sometimiento jurídico e institucional y, sin embargo, los irlandeses nunca estuvieron del todo conformes. Las hostilidades fueron continuas y más cuando los ingleses, escoceses y galeses se sometieron al protestantismo mientras Irlanda siguió fiel a la Iglesia romana. Esta diferencia religiosa marcó los 400 años siguientes de relación y sometimiento. Los irlandeses asociaron la religión a una forma de rebeldía frente al opresor inglés. Oliver Cromwell, en el siglo XVII, ordenó la confiscación de tierras y otros bienes de los irlandeses que pasaron a manos de colonos ingleses. Aquella situación dio lugar a una política conocida como de «plantaciones», que consistía en despojar a los católicos irlandeses de grandes extensiones de tierras para entregárselas a los colonos ingleses y también a presbiterianos escoceses. Esa política iba acompañada de una despótica imposición del idioma y las costumbres inglesas. Esta política continuó durante los siglos siguientes.
Fue en 1800, cuando el Parlamento irlandés firmó el Acta de la Unión que creó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.
Esta política determinó lo que en la historia de Gran Bretaña se conoce como la “cuestión de Irlanda”. Este problema presentaba diversas vertientes: histórica, que se remonta a las revoluciones del S. XVII; religiosa, por el manifiesto deseo de los católicos irlandeses de emanciparse de la Iglesia anglicana; social, pues la situación de los renteros y su dependencia de los propietarios ingleses era insostenible e inhumana; política, por la exigencia de conseguir la derogación del Acta de la Unión de 1800, que permita otorgar a Irlanda un Parlamento en Dublín y, sobre todo, la reclamación del Home Rule ( estatuto de autonomía para Irlanda).
Desde el siglo XVIII, la mayoría de los habitantes de Irlanda eran campesinos católicos, y, por esta condición, pobres y sin capacidad política, pues esta sólo estaba admitida para los protestantes. De hecho, muchos irlandeses se convirtieron al protestantismo para evitar las sanciones económicas y políticas. Sin embargo, hubo un creciente despertar católico, que se vio favorecido por el hecho de que el sector protestante estaba dividido entre los presbiterianos del Úlster y los anglicanos que dominaban la política de Dublín, dueños de la mayor parte de las tierras de cultivo.
En un pequeño inciso diré que uno de los múltiples periodos de “cambio climático” que ha sufrido de manera natural la historia de la Tierra, sin que se hiciera política de ellos, coincide con la época que estamos narrando. Así, se sabe que del siglo X al XIV se vivió un periodo de subida extraordinaria de temperaturas dando lugar a una era altamente calurosa que fue seguida de un larguísimo periodo- del siglo XV al XIX- de enfriamiento, con periodos de descenso aún mayor de las temperaturas que se manifestaron, por ejemplo, de 1650 a 1715, de 1740 a 1770, de 1814 a 1850. A estos periodos de más baja temperatura se los denominó con carácter genérico Pequeña Edad de Hielo, aunque algunos de ellos tuvieran un nombre propio.
Fue precisamente en uno de los periodos de bajada de temperaturas, especialmente importante en el hemisferio norte y, sobre todo, en el norte de hemisferio cuando se produjo un periodo de malas cosechas en Irlanda, dando lugar a las hambrunas de 1740 y 1741, en las que murieron cerca de medio millón de personas y más de 150.000 irlandeses emigraron a las 13 Colonias americanas, que cerca andaban de la independencia. Además, las trabas al comercio irlandés, incluso para exportar a la isla de Gran Bretaña aumentaron el descontento de tal manera que la clase política anglo-irlandesa empezó a identificarse más con Irlanda que con Inglaterra. Andando el siglo y por la discriminación que sufrían, los irlandeses se vieron identificados con los ideales de la Revolución Francesa.
En torno a 1829, los irlandeses obtuvieron el reconocimiento de algunos derechos políticos dentro de Irlanda, pero los problemas económicos continuaban por las trabas inglesas y por los problemas acontecidos durante las guerras napoleónicas.
No se habían recuperado de sus efectos cuando, en 1845, un moho conocido como Phytophthora infestans (o P. infestans) provocó una plaga destructiva de las plantas que se propagó rápidamente por toda Irlanda. La plaga arruinó hasta la mitad de la cosecha de patatas aquel año y alrededor de las tres cuartas partes de la cosecha durante los siguientes siete años.
Antes de la llegada de los ingleses, y antes de que fueran forzados a mantener una dieta exclusivamente a base de patatas, la alimentación tradicional irlandesa se basaba en cereales, carne, lácteos, verdura y frutas, pero después tanto los cereales como el ganado salían diariamente de los puertos irlandeses hacia Inglaterra en grandes cantidades. De esa forma, Inglaterra se hizo con decenas de millones de cabezas de ganado de los productores irlandeses, y toneladas ingentes de harina, grano, carne, aves y productos lácteos, mientras, los campesinos irlandeses se abastecían única y exclusivamente de patatas y de leche.
Cuando el frío y las bacterias terminaron con el único alimento que se podían permitir los irlandeses, las autoridades inglesas en Irlanda siguieron exportando grandes cantidades de alimentos, principalmente a Gran Bretaña. En casos como el ganado y la mantequilla, la historiografía sugiere que las exportaciones desde Irlanda aumentaron durante la hambruna de la patata, favoreciendo a los terratenientes ingleses. Cuando las cosechas comenzaron a fallar, los líderes irlandeses en Dublín solicitaron a la Reina Victoria y al Parlamento que actuaran e, inicialmente, lo hicieron, derogando las llamadas «Leyes del Maíz» y sus aranceles sobre el grano, causantes de la subida de los precios del maíz y del trigo hasta hacerlos prohibitivos para los campesinos irlandeses. Además, la reina Victoria envió a la isla una ayuda de 2.000 libras, pero en cambio no permitió que el sultán otomano enviara 10.000 libras de ayuda a Irlanda, y tampoco aceptó que atracara el barco Sorciére remitido por los Estados Unidos y cargado con toneladas de alimentos. Aquella situación tan dramática se convirtió en tragedia cuando al hambre se añadió el frío y los desahucios de miles de familias que no podían pagar los alquileres a los arrendatarios ingleses. Se impuso un toque de queda para evitar una sublevación. Cualquier conato de protesta callejera era castigado con penas de hasta tres años de cárcel o quince de destierro. De esa manera, miles de personas que quedaron a la intemperie, fueron encarceladas o desterradas. Los ingleses enviaron 200.000 soldados para mantener la situación bajo control y evitar el levantamiento de la población.
No hay que olvidar que el Subsecretario de Tesoro y encargado de socorrer la hambruna, como radical evangelista que era, consideraba que “el juicio de Dios envió la calamidad para dar una lección a los irlandeses”.
La crisis y la mala gestión inglesa tuvieron un impacto catastrófico en Irlanda y en su población, provocando la muerte de aproximadamente un millón de irlandeses por inanición o enfermedades asociadas a la falta de alimento, y al menos otro millón se vio obligado a abandonar su tierra natal como emigrantes o refugiados, casi todos se dirigieron a EE.UU., Gran Bretaña o Australia.
Con una población significativamente reducida de 2 a 3 millones y un aumento de las importaciones de alimentos después de 1850, la hambruna irlandesa de la patata finalmente terminó alrededor de 1852. Pero para aquellos que se quedaron atrás en una Irlanda diezmada, se encendió un aprecio renovado por la independencia irlandesa del dominio británico. De hecho, estos acontecimientos condicionaron la política británica y sus elecciones en los años posteriores. La cuestión de Irlanda dio lugar a la puesta en marcha de diversas políticas que calmaran los ánimos primero de los liberales de Gladstone y luego de los conservadores de Disraeli. Todas fracasaron. Gladstone, de nuevo en el poder, no vio más solución que otorgar la autonomía a Irlanda en 1886, aumentada en 1892. La Crisis pasa al S. XX sin haberse solventado. Entre 1918 y 1923 se produjo la guerra de independencia de Irlanda.
El papel exacto del gobierno británico en la hambruna y sus secuelas está a debate todavía hoy. Si ignoró la difícil situación de los pobres de Irlanda por malicia o si su inacción colectiva y su respuesta inadecuada se pueden atribuir a la incompetencia es algo que sigue en cuestión. De todos modos, no conviene olvidar la idiosincrasia de la época, sus creencias y sus costumbres a la hora de analizar los acontecimientos.
En 1997, Tony Blair, siendo primer ministro británico, emitió una declaración ofreciendo una disculpa formal a Irlanda por el manejo de la crisis por parte del gobierno del Reino Unido a mediados del S.XIX, en un acto revisionista, tan en boga en estos días.
En los últimos años, se han erigido monumentos a las víctimas de la hambruna en aquellas ciudades a las que los irlandeses emigraron como ocurre en Boston, Nueva York, Filadelfia y Phoenix en los Estados Unidos, y Montreal y Toronto en Canadá, al igual que varias ciudades de Irlanda, Australia y Gran Bretaña.
Además, el equipo de fútbol del Glasgow Celtic, que fue fundado por inmigrantes irlandeses, llegados a la ciudad escocesa como resultado de los efectos de la hambruna de la patata, incluyeron, en 2017, un parche conmemorativo en su uniforme, para honrar a las víctimas de la “Gran Hambre”.
Tengo que decir, que a mí las disculpas que se hacen un siglo más tarde, cuando los condicionantes históricos son otros, en el caso de Blair, además, posiblemente obligado por los problemas de Irlanda del Norte, que también tienen su origen de aquella “invasión protestante” de los territorios del Úlster como forma de sometimiento (https://algodehistoria.home.blog/2021/04/16/ulster-23-anos-de-los-acuerdos-de-viernes-santo/ ), me parecen una forma de anacronismo, de presentismo, nada loable.
Los hechos históricos son los que son, tiene las consecuencias que tienen y, un siglo después, no tienen arreglo para los que los sufrieron; si se hubieran pedido disculpas poco después de acontecidos, tendrían razón de ser y lógica. Los condicionantes humanos, políticos y culturales determinan la posición de las naciones en sus actuaciones internas e internacionales. Un siglo más tarde no se impide el millón de inmigrantes, ni el millón de muertos. Un prolongado tiempo después no se ganan las guerras que se perdieron, ni se disculpa lo que pasó. Entre otras cosas porque cabría plantearse si aquella forma de actuar no era la manifestación de un sustrato interno que sigue vigente. ¿Acaso los anglicanos no siguen vendo con malos ojos a los católicos en Gran Bretaña? ¿Acaso los británicos no se sienten superiores a los irlandeses- y posiblemente al resto del mundo-? No hace falta pedir perdón. Sólo hay que poder contestar no a esas preguntas.
Ahora, simplemente, cabe arreglar las consecuencias de lo hecho con la dignidad de no caer en el anacronismo histórico, o, como decía Napoleón aprender de la historia para no volver a cometer los mismos errores. En ese sentido, los monumentos, si valen para recordar la Historia e incitar a su estudio, sean bienvenidos. Pero siempre como conocimiento y reconocimiento, no como revisionismo histórico.
BIBLIOGRAFÍA
MACAULAY TREVELYAN, George. “Historia social de Inglaterra”. Ed. Fondo de Cultura Económica. 1946
O’BEIRNE RANELAGH, John. “Historia de Irlanda”. Ed. Akal. 2014