La Historia de la humanidad se suelen dividir en edades a partir de la presencia de acontecimientos que modifican la vida de las personas en aspectos Sociales, políticos, económicos y culturales. Tales cambios suelen venir marcados por un punto de inflexión que determina el cambio de visión y funcionamiento del Mundo y eso nos lleva a la Prehistoria, Edad Antigua, Media, Moderna, o Contemporánea. https://algodehistoria.home.blog/2021/01/15/el-concepto-de-edad-contemporanea/
Esta división entre antiguos y modernos se agranda por una doble revolución, económica (Revolución Industrial) y política (Revolución liberal-burguesa), desencadenada en el mundo occidental a finales del siglo XVIII. Esa edad contemporánea se va diversificando en función de los avances técnicos y, por ellos podemos hablar de primera revolución industrial, por ser la que utilizó a su favor la energía del agua y del vapor; segunda Revolución Industrial, por el uso de la energía eléctrica, la tercera, por la electrónica y la tecnología de la información y la cuarta, por ser la de la revolución digital[1].
La primera Revolución industrial logra el mayor conjunto de transformaciones económicas, tecnológicas y sociales de la historia de la Humanidad desde el neolítico. Podemos decir que esta primera revolución modifica todos los aspectos de la sociedad, mejorando considerablemente el nivel de vida del ser humano.
La segunda revolución industrial suele datarse a mediados del S XIX. Mientras que la tercera y la cuarta se producen desde los años 90 del S XX hasta la actualidad. Es decir, los cambios se van acelerando y la transformación en cada una de ellas es radical. Tal es el cambio producido por las dos últimas que estoy segura que los historiadores del futuro marcarán desde ellas el inicio de un nuevo periodo histórico.
De momento, los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué hecho concreto o invento marca el nacimiento de cada periodo, con todo, si podemos identificar a la máquina de vapor de Watt (patente es de 1769) como el símbolo de la primera revolución y a la creación del telégrafo como emblema de la segunda. Al telégrafo nos vamos a referir en esta entrada.
Hay un elemento común a todas las revoluciones industriales y es que cada invento ayuda a crear el siguiente. Así, la aparición del ferrocarril a principios del Siglo XIX creó la necesidad de enviar mensajes a gran velocidad. La corriente eléctrica acababa de ser descubierta y se pensó en su uso para el envío de mansajes. Los primeros equipos eléctricos para la transmisión de mensajes los inventó el estadounidense Samuel F.B. Morse, en 1836.
Morse había aprendido en Yale que cuando se interrumpía un circuito eléctrico se veía un fulgor. Aprovechando esa idea creó el lenguaje que lleva su nombre. A ese lenguaje, compuesto de puntos y rayas, le buscó un sistema de transmisión por medio de cables y postes repetidores y patentó el aparato de transmisión: había nacido el telégrafo. Morse y sus colaboradores habían detectado que esa transmisión era efectiva a unos 32Km de distancia, pero más allá la señal se debilitaba y la comunicación no era posible. Así que idearon un sistema de postes repetidores que replicaban el mensaje de unos a otros. Con ese sistema se transmitió el primer mensaje largo: de Washington a Baltimore, el 24 de agosto de 1844.
El Mundo logra la primera comunicación instantánea: en Washington y en Baltimore se habla de lo mismo al mismo tiempo. La transformación del mundo fue radical. Si el transporte de personas y mercancías redujo tiempo con el ferrocarril o el vapor, ahora, la palabra se hacía casi instantánea a uno y otro lado del cable. El lenguaje Morse se extendió y los postes se fueron sucediendo, pero había algo insuperable, el agua. El Mundo se comunicaba de manera más rápida. Psicológicamente fue todo un vuelco que en París se pudiera saber al instante lo que pasaba en Ámsterdam o en Berlín. Pero esa rapidez en la comunicación seguía limitada al entorno terrestre, nunca de isla a isla. El agua absorbe la corriente eléctrica y también el auténtico avance de la humanidad. El vuelco que el telégrafo quería dar a la Historia necesitaba de la proeza de superar “los charcos”.
Los cables de cobre y hierro no podían ser usados en contacto con el agua. No se encontró solución hasta que, en 1851, se descubrió la gutapercha, un árbol del sudeste asiático del que se extrae un material parecido al caucho, translucido, sólido y flexible. También se conoce con el mismo nombre al látex que ahora se obtiene de manera química pero cuyo origen está en estos árboles.
Con este material se recubren los cables de transmisión y, así, la idea de Morse de lograr una comunicación telegráfica entre Francia e Inglaterra tendiendo un cable por el canal de la mancha se hará realidad. Será el ingeniero británico Brett el que logró tal proeza enviando un barco desde la costa francesa a la inglesa con otros barcos de refuerzo, de manera que la comunicación y la visión del barco transportador del cable no se perdiera en ningún momento.
Se buscó un día con buena meteorología y mar en calma y, como el fondo marino de la zona era bien conocido, en un solo día de trabajo se logró el tendido del cable y la transmisión. El 13 de noviembre de 1851, el continente se había unido a Inglaterra e Inglaterra al continente (cosa no siempre fácil de lograr). Dos años más tarde, Gran Bretaña ya estaba unida por telégrafo con Irlanda, Dinamarca, Suecia y había dado los primeros pasos para conectarse con Egipto y la India. Especial importancia tuvo, para nuestra historia la labor de los hermanos Bright, sobre todo, de Charles. Charles Bright dirigió el lanzamiento de un cable telegráfico submarino entre Portpatrick, en escocia, y Donaghadee en Irlanda. Ambos hermanos formaron la English and Irish Magnetic Telegraph Company con sede en Liverpool.
Pero faltaba América. El océano atlántico o el pacífico eran demasiado largos como para lograr estaciones intermedias en las que colocar un poste. En aquellos años no se conocía el papel que la presión del mar podía ejercer sobre la estabilidad de los cables submarinos, cómo reaccionarían los cables y su envoltorio de gutapercha en esas condiciones, se desconocía la estructura geológica de los fondos marinos…además, suponiendo que el cable aguantara ¿cómo podría transportarse? ¿Qué barco podría con una carga tan pesada y voluminosa como la de un cable que debía atravesar todo el atlántico (más de 3.000 km)? Todo el mundo científico lo consideraba imposible. Pero a veces las cosas suceden por el entusiasmo de alguien que no es un conocedor profundo de la materia.
Un ingeniero inglés, Gisborne, en 1854 tuvo la idea de colocar un cable que uniera Nueva York con Terranova. Pero se arruinó en el empeño. Viajó a Nueva York para encontrar financiación. Allí, casi por casualidad, conoció a Cyrus W. Field, que se había hecho muy rico a base de diversos proyectos comerciales. Cyrus, joven, rico y lleno de entusiasmo, vio la ocasión propicia para lo que siempre habían sido sus negocios: ir más allá. ¿Por qué quedarse en Terranova- pensó- y no utilizar la isla como “poste” para lanzar un cable submarino hasta Europa, hasta Irlanda?
Cyrus se traslada a Londres vendiendo su idea y buscando financiación, se pone en contacto con todos los expertos, presiona a los gobiernos para lograr las licencias oportunas, dirige en ambos continentes una campaña para lograr los fondos económicos necesarios. ¡Él está dispuesto a poner 300.000 libras de la época para tal empresa! Contacta con C. Bright y Brett y constituyen la Atlantic Telegraph Company en 1856. Ante el incremento de capital, crea la” Telegraph Construction and Maintenance Company”. Fue tal el entusiasmo desplegado por Field que a su sociedad acudieron toro tipo de personas desde ingenieros, comerciantes, nobles o escritores.
Pero el dinero era el menor de los problemas. No olvidemos que estamos en el SXIX, ningún barco de la época tenía las dimensiones suficientes para albergar una bobina de hilo de cobre y hierro de las dimensiones que se requería, 10 veces más que la empleada en atravesar el canal de La Mancha. En una travesía tan larga no era posible llevar la bobina a la intemperie como sí ocurrió en el Canal, con lo que, las condiciones de la bodega y el proceso de extensión del cable hacia el agua debían ser distintos y más costosos.
Tras mucho estudiar las diferentes soluciones, se decide que el proceso debe hacerse desde dos barcos. Ambos saldrían de algún puerto irlandés y a mitad de camino unirían los dos extremos del cable y, de allí, uno se dirigiría a Irlanda y el otro a Terranova.
El gobierno inglés ofrece el Agamenón, uno de los barcos más grandes de la flota británica, que luchó como buque insignia en el asedio de Sebastopol (Guerra de Crimea). Los norteamericanos aportan el Niagara, una fragata de 5.000 toneladas – la de mayor envergadura que poseían-. Ambos barcos deben ser reformados para almacenar el cable.
El cable era otro problema, debía ser por un lado firme e irrompible y también elástico para que se pueda colocar con mayor facilidad. Tiene que resistir cualquier presión y carga y al tiempo poder desenrollarse fácilmente desde la bobina al mar. Tiene que ser sólido y también preciso para poder apreciar y transmitir cualquier ondulación eléctrica 3.000 km más allá, una auténtica complicación que asumen las fábricas inglesas hilando, e hilando, e hilando durante un año. Lo nunca visto hasta entonces.
Con todo preparado, con los mejores electricistas e ingenieros a bordo, lo que incluye al propio Morse, llega el día de la partida. Reporteros y dibujantes acompañan a la flota para describir la travesía que para los ingleses y americanos es la más emocionante desde Colón, Magallanes y Elcano. Cientos de botes y barcos pequeños rodean a los dos barcos de guerra remodelados en su salida del puerto irlandés de Valentia, miles de personas se asoman por el puerto para despedir con sus pañuelos a la flota. Los gobiernos han mandado representantes que lanzan encendidos discursos. Un sacerdote eleva una plegaria solicitando la bendición divina: “Oh, Dios eterno. Tú que solo despliegas los cielos y gobiernas el oleaje del mar. Tú, a quién obedecen los vientos y los mares, contempla con misericordia a tus siervos aquí abajo… Domina con tu voluntad cualquier resistencia que pudiera impedirnos la consecución de tan importante obra”. Era el 5 de agosto de 1857.
Por si las cosas no salen bien a la primera, prudentemente deciden que uno de los barcos lance el cable desde tierra y el otro le acompañe hasta mitad del trayecto y ahí unan los extremos. El que parte tirando el cable desde tierra es el Niagara. Todo parecía ir bien. Era verano y la temperatura atmosférica era cálida, el mar sin mareas preocupantes. Llevan cinco días de travesía. Cinco días con las bobinas desenrollando en un acompasado tran-tran, con la misma cadencia que el lanzamiento de la cadena de un ancla, pero al sexto día el ruido dejó de sonar. La bobina de repente se ha quedado vacía. El cable se ha soltado del cabestrante. Todo se ha ido al traste por un error en la unión del cable al soporte, pero lo peor es la pérdida del momento favorable para iniciar una nueva navegación en verano… un año más de espera hasta el siguiente verano. Una nueva etapa de financiación…
Pero Cyrus Field es el único que mantiene la voluntad y la fe sin quiebra. Considera que han ganado experiencia y han demostrado que el cable era válido, y que la transmisión mediante el cable extendido funcionaba, sólo hay que volver a enrollarlo y esperar a que pase el otoño y el invierno. El 10 de junio de 1858 vuelven a intentarlo.
Vuelven al viejo plan de acudir con los dos barcos a mitad del océano y desde allí unir las puntas y caminar cada uno hacía un lado del Atlántico.
Al tercer día de navegación se desata una tormenta tremenda, algo imprevisto. El Agamenón, aquel gran barco que había dado tan buenos servicios a la corona británica debía resistir un envite meteorológico, pero había sido modificado para contener una carga que en medio del oleaje se movía de un lado a otro. Por si fuera poco, una ola enorme modifica la posición de la carga de carbón y sepulta a parte de la tripulación. Los marineros quieren tirar el cable transmisor por la borda para aguantar mejor los empellones del agua, la lluvia y el viento, pero el capitán se resiste y se impone a la tropa. Al final, tras 10 días de zozobra el Agamenón resiste y alcanza el lugar en el que ha de encontrarse con el Niágara para unir los cables, pero es ahora cuando alcanzan a comprender el desaguisado que la tormenta ha hecho en el hilo conductor. Se ha roto el envoltorio, el cable está lleno de hilos enmarañados. La operación debe abortarse y volver a Inglaterra.
Se debe iniciar el tercer viaje, pero la sociedad gestora se divide entre los que la quieren disolver y salvar el capital que se pueda y los que persisten en el empeño. En este último grupo se encuentra Field y casi sólo él. Pero consigue convencer a la mayoría. El cable se puede reparar en poco tiempo, la tripulación y los barcos aún están preparados, se puede y debe intentar y se intenta. El 17 de julio de 1858 se inicia el tercer viaje. Esta vez sin barquitos alrededor, sin pañuelos desde el puerto. El proyecto es el mismo: unir los extremos en mitad del océano y avanzar unos a Irlanda otros a Terranova. El enlace de los extremos en medio del Atlántico se produce el 28 de julio. Mientras los barcos se van alejando uno de otro se inician las comunicaciones entre ellos a través del cable que se va hundiendo poco a poco en la profundidad del mar. Cada dos horas se envían un mensaje y funciona, y cada dos horas sigue funcionando así hasta su destino final, y funciona. Se había conseguido… o no.
Esta empresa iba a ser un cúmulo de desgracias como ya se ha visto y el final tampoco será fácil. La reina Victoria manda un mensaje, pero en aquel momento se había estropeado la línea que unía Terranova con Nueva York. El mensaje de la Corona no puede llegar hasta el 16 de agosto.
Se realizan los preparativos para un gran festejo que se inicia el 31 de agosto. A Cyrus Field se le recibió en Nueva York con todos los honores, bandas de música, serpentinas de colores, discursos de los políticos, la multitud le aclamaba y la prensa le presenta en portada como el nuevo Colón, el nuevo héroe americano. Sin embargo, ese día, precisamente ese día, el telégrafo ha dejado de funcionar. Los días anteriores las señales ya llegaban con dificultad, pero ahora no llegaban.
Cuando se entera la multitud, la prensa y los políticos, los mismos que aclamaban a Field le zahieren, le increpan, le llaman estafador. Se levantan todo tipo de calumnias. Se llega a decir que el mensaje de la Reina era falso, falsificado por Field. Pero no fue así, la comunicación fue cierta. El telégrafo de Field había funcionado. Aunque su velocidad de transmisión era muy lenta, se tardaban 17 horas en comunicar un mensaje.
Field se esconde, se calla, desaparece, pero no se olvida de su proyecto. Estados Unidos se envuelve en su guerra civil. Europa sigue trabajando en sus fábricas, mejorando su maquinaria, las dinamos son cada vez más potentes, sus aplicaciones más variadas. El telégrafo sigue creciendo y mejorando, ya se ha unido Europa con África, ya el viejo entusiasmo fruto de la novedad ha pasado, pero América y Europa siguen desconectadas.
Pero ahí, como ave Fénix, resurge Field, ahí aparece con su vieja pretensión y su fe inquebrantable. Ahora, ha conseguido un barco, aun más grande, el famoso Great Eastern, con 22.000 toneladas y 4 chimeneas. Consigue comprarlo y destinarlo a la expedición. El 23 de julio de 1865, el enorme barco cargado con todo el cable- un nuevo cable, mejor forrado y de mayor calidad-, abandona el Támesis e inicia una travesía que no logra su fin- esto nunca fue fácil, querido lector-. Pierde el cable porque se desgarra a dos días de su destino final.
Field lo intenta de nuevo. El 13 de julio de 1866, cuando el Great Eastern inicia su segunda travesía y Field lanza su quinto intento por unir América y Europa por cable, el destino se pone de su parte. No sólo consigue llegar a América, sino que logra recuperar el cable perdido en la expedición anterior y así, la unión telegráfica de Europa y América, se produce, desde su inicio, no por una línea sino por dos. Ahora, ambas funcionan y a una velocidad mucho mayor que en 1858 (unas 80 veces más rápido). Ahora, sí se alcanza el éxito. Ahora, sí se consigue que el Mundo sea un poco más pequeño y cercano.
La historia de las comunicaciones y la historia de la Humanidad han dado un nuevo e importantísimo giro y todo gracias a la gran fe de un gran hombre, Cyrus W. Field.
BIBLIOGRAFÍA
COGAN, Donard de. “Dr. EOW Whitehouse y el cable transatlántico de 1858. https://atlantic-cable.com/Books/Whitehouse/DDC/index.htm
GLOVER, Bill. “Historia del cable Atlántico y comunicaciones bajo el mar”
SCHWAB, Klaus. “La cuarta revolución industrial: qué significa y cómo responder”. Ed. Debate. 2016.
ZWEIG, Stefan. “Momentos estelares de la humanidad”. Ed Acantilado. 2011.
[1] Klaus Schwab. “la cuarta revolución industrial: qué significa y cómo responder”