Nika

Dice Napoleón, en sus acotaciones al Príncipe de Maquiavelo, que hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores. Siendo cierto que la Historia en todos sus elementos no se repite, no es menos cierto que hay acontecimientos a los que se les puede sacar una analogía, en ocasiones hacia distintas direcciones.  

Hoy vamos a hablar de un acontecimiento deportivo que acabó en revolución: la revuelta de Nika (νίκη, en griego), en la Grecia de Justiniano en el Imperio Romano Oriental.

A mediados del Siglo VI, Justiniano había recuperado para el Imperio oriental gran parte de los territorios que habían pertenecido a Occidente y habían caído en manos bárbaras. Así se hizo con el norte de África, Sicilia y casi la totalidad de la península itálica. Fue una conquista fugaz que, casi tan rápido como se logró, se perdió. Las razones de la pérdida se sitúan en el empuje de los persas contra el Imperio de oriente y el malestar interno que las guerras generaron.

La mayoría de los historiadores consideran que Justiniano tenía buenas intenciones, pero no resultó tan buen gobernante como se esperaba y las medidas que tomó para atender a sus proyectos se le volvieron en contra. Sus ambiciosos planes de conquista, las medidas de mejoras internas y la defensa frente a los persas requerían de fondos y para lograrlos sólo supo subir los impuestos y ahogar así la prosperidad de su pueblo. Por si fuera poco, al frente del control de cada medida puso a funcionarios que no fueron especialmente rigurosos con los amigos, pero sí muy rígidos con los que no pensaban como ellos. Esta situación creó tal sentimiento de rechazo en la sociedad que la población se levantó en un motín popular. Los cabecillas de las revueltas fueron capturados y condenados a muerte, lo que creó aún más disturbios, que fueron sofocados de manera brutal. Cuando iban a ser ejecutados los cabecillas, dos de ellos se escaparon. Estamos en la primera semana del año 532.

Para entender lo que pasó a continuación hay que hacer una pequeña digresión sobre uno de los entretenimientos más populares entre los ciudadanos bizantinos.

Diversos deportes y entretenimientos habían sido prohibidos por Justiniano que salvó de la supresión a las carreras de carros de caballos en el hipódromo. Allí se congregaban multitudes para ver estas carreras y animar a los suyos.

Los ciudadanos se dividían en colores en virtud de la facción de carros que apoyaran. Durante algún tiempo fueron cuatro los colores que marcaban los grupos de aficionados (rojos, blancos, azules y verdes). Sin embargo, con el paso del tiempo, las agrupaciones que permanecieron fueron la de los azules y la de los verdes. La división en el hipódromo se trasladó a la vida civil, de manera que cada facción luchaba contra sus adversarios… no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad.

Tradicionalmente, el emperador apoyaba a unos u a otros, y así evitaba que ambos se unieran contra él. Justiniano rompió con esta tradición y se mostró neutral.

La rivalidad en el hipódromo y en la vida se vio agravada por un trasfondo político y teológico, pues mientras que los Verdes estaban formados mayoritariamente por comerciantes y profesaban el monofisismo. Los Azules eran principalmente terratenientes o aristócratas y se mantenían en la ortodoxia cristiana, como Justiniano.

Políticamente, como hemos señalado el Imperio estaba siendo atacado por los persas y Justiniano emprendió diversas negociaciones con éstos para pagarles y que dejaran en paz las fronteras del Imperio. Esto de pagar al enemigo no gustó mucho a los bizantinos que, además del problema moral, detestaban que se les apretara el bolsillo porque el pago suponía incrementar aún más los impuestos.

En ese ambiente, los cabecillas de los motines fueron escondidos por verdes y azules, pues cada uno de los dos escapados eran miembros de una facción. La pretensión de ambos grupos era pedir clemencia al emperador durante la primera carrera que aconteciera en el hipódromo.

Allí, en el hipódromo, con pleno entusiasmo, la multitud lucía los colores de su facción, mitad verdes, mitad azules. Increpaban y se burlaban del contrario. Los ánimos se iban enardeciendo y los hombre, mujeres y niños levantaban sus banderolas de colores primario o secundario según pertenecieran a uno u otro grupo. Allí gritan, allí desahogan sus pasiones, allí eran los amos, allí se sentían poderosos al grito de ¡nika! ¡nika!- victoria, victoria-.

Poco a poco, el rumor se va extendiendo; poco a poco, se va conociendo que el Emperador no perdona; poco a poco, se van encendiendo aún más los ánimos; poco a poco, estalla la violencia.

Se inicia así una revuelta que a punto estuvo de acabar con Justiniano.

La turbamulta se traslada a la prisión y libera a los presos y prende fuego al edificio. En poco tiempo la ciudad se envuelve en llamas. El emperador intenta llegar a un acuerdo con los manifestantes, pero sus palabras no son escuchadas. Las dos facciones, por primera vez en la vida, luchan unidas contra el emperador, el cual sólo cuenta con un pequeño grupo de leales y el ejército.

Justiniano y los pocos leales se refugian en palacio. El emperador quiere huir, nunca había tenido que enfrentarse a una situación así, las multitudes le daban miedo, tenía miedo y quería esconderse. Nadie le quitaba esta idea, sin embargo, es la emperatriz Teodora, antigua actriz, la que le impide tal acción, con un discurso ardoroso en defensa del poder. Con gran tensión e irresistiblemente dramática, como recuerda el gran historiador bizantino Procopio de Cesarea en “Historia de las Guerras”, la emperatriz clamó:

“…La huida es ahora, más que nunca, inconveniente, aunque nos reporte la salvación. Pues lo mismo que el hombre que ha llegado a la luz de la vida le es imposible no morir, también al que ha sido emperador le es insoportable convertirse en un prófugo. Que nunca me vea yo sin esta púrpura, ni esté viva el día en que no me llamen soberana. Y lo cierto es que si tú, emperador, deseas salvarte, no hay problema: tenemos muchas riquezas, y allí está el mar y aquí los barcos. Considera, no obstante, si, una vez a salvo, no te va a resultar más grato cambiar la salvación por la muerte. Lo que es a mí, me satisface el antiguo dicho: “la púrpura imperial es una hermosa mortaja””.

Mientras esto pasaba en palacio, mientras el gobierno y Justiniano dudaban sobre qué hacer, la muchedumbre ya había decidido matar al emperador y buscarle sustituto en la persona de Hypatius, sobrino del difunto emperador Anastasio I. Hypatius era un hombre gris, un soldado obediente, sin una carrera militar destacada que se vio obligado bajo amenazas a aceptar la situación.

La masa, en el hipódromo ,clamó a favor de Hypatius y en contra de Justiniano. Cada vez más exaltados, decidieron dar rienda suelta a sus deseos de venganza y justicia por las calles de Constantinopla, rodearon el palacio. Cuando todo parecía desbocado y el peligro se cernía sobre Justiniano, éste decidió atender a los deseos de Teodora y encarga al ejercito fiel, a cuyo frente sitúa al general Belisario, que saliera a sofocar la revuelta.

El ejército se empleó afondo, la brutalidad fue extrema, el número de muertos entre hombre, mujeres y niños se estima que alcanzó una cifra entre 30.000 y 35.000, entre ellos Hypatius. Una auténtica masacre.

Acabada la revuelta, que sólo duró una semana, se cerró el hipódromo, los funcionarios crueles volvieron a sus puestos y la dureza del gobierno aumentó.

La revuelta nika había fracasado y, aunque Justiniano había sido llevado al borde de la destrucción, había vencido a sus enemigos y disfrutaría de un reinado largo, fructífero y cruel para los que no lograron derrocarlo. Siguió con sus conquistas exteriores, buscando en las victorias externas apaciguar el mal ambiente interno.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

HEATHER, Peter. – “La restauración de Roma”. Ed. Crítica. 2013.

PROCOPIO DE CESAREA. – “Historia de las guerras”. Ed. Gredos. 2016.

MAQUIAVELO. -“El príncipe”(con comentarios de Napoleón). Ed. Espasa- Calpe. Colección Austral.

ESPAÑOLES EN LA GUERRA DE VIETNAM

Los acontecimientos que vamos a narrar suceden durante la guerra de Vietnam. Por eso haremos, en primer lugar, una sucinta referencia a esa guerra.

Hasta 1939, la región de Indochina era una colonia francesa. En 1940, el territorio se dividió, parte quedó bajo el dominio japonés y parte bajo la Francia de Vichy. En 1941, los comunistas y nacionalistas liderados por Ho Chi Minh, comenzaron una revuelta contra la ocupación. No fue el único caso, en otras zonas de Indochina se levantaron guerrillas nacionalistas. La oposición de Francia provoca el inicio de la guerra de indochina (1946-1954).

La derrota de los franceses en la batalla de Dien Bien Phu, en 1954, determinó la reunión de la Conferencia de paz de Ginebra, que estableció la retirada francesa del territorio de Indochina, la independencia de Laos y Camboya, la división de Vietnam en dos Estados separados por el paralelo 17: Vietnam del Sur, con capital en Saigón, presidida por el emperador Bao Dai y prooccidental; y Vietnam del Norte, con capital en Hanoi, liderada por Ho Chi Minh y comunista. Además, acordaron celebrar, en 1958, un referéndum en los dos Vietnam para decidir la reunificación del país o la separación definitiva de los dos Estados. Este referéndum nunca se llevó a cabo por oposición de Vietnam del sur. 

El Frente Nacional de Liberación de Vietnam, también conocido como Vietcong, que actuaba como fuerza guerrillera apoyada por el gobierno del Vietnam del norte se propuso destituir al gobierno del Sur y lograr la unificación de ambos países. Esto alteraba los planes de EE.UU ( Doctrina Truman, sobre la contención de la expansión mundial del comunismo). Así que, recordando al Maine en Cuba, los americanos utilizaron el incidente del golfo de Tonkin, en 1964, cuando lanchas patrulleras de Vietnam del Norte se enfrentaron a un destructor estadounidense que se había internado en aguas que los comunistas reclamaban como propias, para intervenir en la guerra a favor del sur. Vietnam del Norte, por su parte, fue apoyada por China, Cuba y la Unión Soviética, que enviaron armas y asesores militares.

Se inicia así uno de los conflictos más destacados de la Guerra Fría: la guerra de Vietnam (1964 a 1976). Si bien, USA se retira del conflicto en 1973.

En ese contexto, en 1965, el presidente de los EE.UU, Lyndon B. Johnson, solicita ayuda a sus aliados. En lo que se llamó por parte americana, «una política de unión de Banderas”, de manera que la lucha pareciera la de un bloque compacto contra el comunismo. Una de las peticiones la realiza a España. El gobierno de nuestro País luchaba por ser reconocido en el ámbito internacional. USA ya nos había dado un fuerte espaldarazo con los acuerdos para instalar bases militares tras la visita de Eisenhower. Por ello Johnson suponía que esto y la lucha contra el comunismo era suficiente para que Franco enviara tropas a Vietnam.

Franco, que ya tenía experiencia en dar largas cambadas y marear a los pedigüeños- lo había hecho con Hitler en el encuentro de Hendaya-,no se amedrentó ante la petición americana. Envía al presidente Johnson una carta de respuesta a la que previamente le remitió el americano solicitando ayuda que es todo un ejemplo de premonición política y militar.

Dejo el enlace en el que se puede leer completa la carta, cosa que recomiendo por su interés. https://www.abc.es/historia/abci-consejo-franco-lyndon-johnson-obvio-para-saliera-vietnam-y-costo-guerra-201810220116_noticia.html

En resumen, Franco le anunciaba que aquella guerra la iba a perder EE.UU, porque la guerra de guerrillas en aquella selva iba a dar una gran ventaja a los vietnamitas que con pocos hombres bloquearían la acción del ejército americano; que estaba infravalorando a Ho Chi Minh y al valor del patriotismo. Además, le significaba que en caso de pobreza el comunismo era más atractivo a ojos del pobre que el capitalismo, aunque en la práctica no fuera un buen sistema, y, por tanto, si América quería preservar Vietnam del Sur y el sudeste asiático debía ir por los derroteros del convencimiento y no de las armas.

Algunas ideas aprendidas de nuestra Historia, debía tener Franco en mente cuando escribió la carta, aunque nada diga en ella, puesto que España ya había peleado en aquel territorio vietnamita. Así en 1858, cuando aquello era conocido como la Conchinchina, se mandó una expedición de castigo contra el emperador Tuc-Duc como consecuencia de la matanza de religiosos católicos que estaba teniendo lugar en el Imperio de Annam. Era Francia la primera que se erige en defensora de los católicos, pero solicitó ayuda a España, que se mostró aliada suya como nación católica y defensora de la cristiandad desde sus orígenes y, sobre todo, porque en el Pacífico, en los últimos coletazos de nuestro Imperio, aún poseíamos las Filipinas y las Carolinas.

https://algodehistoria.home.blog/2021/05/14/la-perdida-de-filipinas-los-ultimos-de-filipinas/

https://algodehistoria.home.blog/2021/03/05/el-incidente-de-las-carolinas/

En la Conchinchina lucharon 1.500 españoles y como agradecimiento, Francia cedió un terreno de 4.000 metros cuadrados en plena ciudad de Saigón: el parque Bach Tung Diep, en la actual ciudad de Ho Chi Minh (Saigón), que fue de soberanía española hasta 1922.[1]

La segunda ocasión que se nos presenta de luchar en Vietnam es esta que traemos hoy a colación. En Vietnam una de carencias occidentales eran los servicios sanitarios, por ello, la Oficina de Asistencia Militar del Mundo Libre, evidentemente, bajo auspicio americano, realizó una petición de ayuda médica. Así que Franco vio la opción de enviar a un equipo de médicos militares para esquivar la petición americana de aportar tropas. Se trató de la primera acción humanitaria del ejercito español. De las que hemos tenido muchas posteriormente.

Aquel primer destacamento lo compusieron 12 hombres (cuatro médicos, siete enfermeros y un intendente logístico) y a lo largo de su estancia en Vietnam entre 1966 y 1971 involucró a 50 militares españoles.

Aquel primer destacamento fue conocido como los “doce de la fama”- en recuerdo de la conquista de Pizarro y sus trece de la fama-, que demostraron un comportamiento heroico y humanitario atendiendo tanto a americanos como a la población local. Esta actuación en favor de los nativos vietnamitas no se había realizado con anterioridad, lo que llamó la atención y fue especialmente valorado por el vietcong.

Se establecieron en el delta del Mekong, en la comarca de Go Cong, y allí bregaron durante cinco años para reflotar y gestionar un deteriorado e insuficiente hospital civil, que servía ahora de hospital militar de los occidentales. En aquella tarea, proporcionaron cuidados médicos a la población civil de la región, habitada por unas 20.000 personas entre las que había campesinos y refugiados, pero, también, guerrilleros del Vietcong, y, por supuesto, soldados americanos.

Se enfrentaron a condiciones tan penosas como peligrosas, y en las que al principio eran mirados con recelo por las dos partes, para terminar siendo admirados por todos, americanos, guerrilleros vietnamitas y población civil.

A su llegada, los mandos americanos les pronosticaron que perderían la vida la mitad de ellos, en función de las estadísticas que tenían, dado que los médicos eran especialmente perseguidos por los vietnamitas. De hecho, en la misma zona, se asentó un destacamento de médicos alemanes que fueron todos muertos.

Cuando llegaron se encontraron con que en el hospital más de 400 pacientes se hacinaban en las 150 camas existentes. La labor que les esperaba era ingente existían problemas por el calor y la humedad, les llegaban continuamente en helicóptero americanos heridos en el frente. La población civil sufría un porcentaje elevadísimo de tuberculosis crónicas, casos que no parecían merecer la pena desde el punto de vista americano, pero que los españoles atendieron, curaron o mejoraron. Fueron innumerables los enfermos de paludismo, disentería y hepatitis que fueron atendidos, civiles heridos por las minas. Las medicinas no llegaban, en muchas ocasiones robadas por el vietcong, aunque sus guerrilleros también fueron tratados en el hospital español.

Los propios españoles sufrieron innumerables ataques, tanto en el hospital como en los desplazamientos a los muchos poblados que rodeaban la ciudad, debido a la cercanía del cuartel general del Estado Mayor Sudvietnamita. A pesar de que resultaron heridos en diferentes momentos, ninguno abandonó la misión.

Se cuentan hechos heroicos como el realizado por uno de nuestros doctores que, ante la falta de material que tenían, logró operar a un vietnamita mientras le hacía la transfusión de su propia sangre.

En el bando local, era tal la admiración despertada que, en un cruce de caminos una patrilla de guerrilla del Vietcong paró a un destacamento occidental, les apuntaron con sus armas, les iban a obligar a bajar del coche para fusilarlos, cuando uno de los guerrilleros reconoció a uno de los médicos y gritó “người Tây Ban Nha”, es decir, “español”. Los vietnamitas se apartaron y les permitieron pasar con todo tipo de reverencias. En otra ocasión, tras la Ofensiva del Tet y haber sido bombardeados por el Vietcong, los vietnamitas pidieron perdón a nuestros militares – médicos por el bombardeo pues, según dijeron, la labor que estaban realizando merecía todo el respeto y admiración.

La misión española se prolongó hasta 1971. Hay que señalar que, en contra de la premonición americana, todos los integrantes del destacamento español regresaron sanos y salvos a casa.

Los militares españoles fueron condecorados por el ejercito norteamericano y los vietnamitas dieron nombre a un puente en su honor:  el puente Tây Ban Nha. Esto es: el puente “España”. Donde no han recibido el reconocimiento debido, ha sido en nuestro País. No sé cuando vamos a reconocer la tarea de nuestros héroes y en esto da igual el Gobierno de 1971 que cualquiera de los actuales. Como le dijo el entonces teniente Antonio Velázquez, general retirado y fallecido hace poco, al periodista de El Liberal, Javier Santamarta: “España nos dijo que fuéramos, y fuimos. Hicimos nuestro trabajo. Y cuando España nos dijo de volver, volvimos. Ya está”.  Eso es sentido del honor y del deber.

¿Para cuándo una película o una serie? No será por falta de películas sobre Vietnam, pero ninguna hecha por los españoles y sobre los españoles en aquella guerra. El cine español tan aficionado a contarnos eternamente la misma guerra bien podría ocuparse, al menos una vez, de esta.

Sí se han escrito novelas y libros de historia al respecto. Quizá una de las más reconocidas sea la novela de Emilio González Romero El puente de Go Cong, que obtuvo el Premio de Narrativa Ciudad de Alcalá de Henares. O el testimonio de Ramón Gutiérrez de Terán fue el militar que más tiempo permaneció en aquel conflicto y cuya historia sirve de base al libro de López-Covarrubias

BIBLIOGRAFÍA

LÓPEZ-COVARRUBIAS, Andrés. –Good Morning Go Cong. Una historia de españoles en la guerra de Vietnam”. Ed Rialp. 2022

Crónica de Javier SANTAMARTA: https://www.elliberal.com/autor/javier-santamarta/

[1] Javier Santamarta.- El Liberal.

ELOY GONZALO, HÉROE DE CASCORRO

Ya hemos hablado de la pérdida de Cuba y del trauma nacional que trajo consigo el desastre del 98, reflejado en todos los órdenes sociales de nuestra España.

https://algodehistoria.home.blog/2021/04/09/la-tercera-guerra-de-independencia-cubana-y-sus-consecuencias/

https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/

Pero a pesar de que perdimos nuestra perla del caribe, los isleños pueden pregonar que estaban mejor cuando eran una provincia española.

https://algodehistoria.home.blog/2021/07/23/un-cubalibre-por-favor/

A pesar de la derrota, en nuestra actuación durante aquella guerra hubo héroes destacados y hoy vamos a hablar de uno de ellos: Eloy Gonzalo García.

Eloy Gonzalo nació el 1 de diciembre de 1868, en Madrid. Nada más nacer, el pequeño fue dejado en la inclusa de la calle Mesón de Paredes, en el barrio de Lavapiés. Su madre dejó una nota junto al recién nacido en el que indicaba que el niño había nacido a las seis de la mañana, estaba sin bautizar y deseaba que le pusieran el nombre de Eloy Gonzalo García además de otros datos de su madre y abuelos.

Gonzalo, fue dado en media adopción a diferentes familias hasta que, a los 11 años, edad en la que el Estado ya no ayudaba a su mantenimiento, tuvo que ganarse la vida por su cuenta. Fue peón de albañil, jornalero, aprendiz de barbero…, hasta que en 1889 se alistó en el Regimiento de Dragones de Lusitania, donde alcanzó el rango de cabo en tan solo dos años. Al año siguiente se incorporó al Cuerpo de Carabineros y en el verano de 1894 fue destinado a la Comandancia de Algeciras. En Cádiz llegó su desgracia. Un suceso desagradable le llevó ante un consejo de guerra en febrero de 1895. Fue acusado de amenazar con una pistola a un oficial superior al que, al parecer, descubrió en la cama con su prometida. Gonzalo fue condenado a doce años de prisión en Valladolid. Sin embargo, en agosto de 1895, las Cortes Generales aprobaron una ley de amnistía para todos aquellos presos que estuvieran dispuestos a luchar en la última fase de la guerra de Cuba. Gonzalo presentó su instancia y, el 25 de noviembre de 1895, embarcó en el puerto de La Coruña con destino a La Habana, previamente había sido degradado de cabo a soldado raso. Fue destinado a una guarnición que estaba en la localidad de Cascorro, muy cerca de la población cubana de Camagüey, situada en el centro de la isla.

Según muchos historiadores militares, Cascorro era indefendible, y el Ejército español nunca debería haber intentado conservarlo. El comandante supremo en Cuba, el capitán general Valeriano Weyler, admite en sus memorias que este enclave carecía de importancia militar, además de ser un objetivo muy fácil para los insurrectos cubanos.

La situación de la guarnición española en Cascorro no podía ser peor: disponía de tan solo 170 hombres frente a los 2.000 efectivos del ejército cubano. Tras una potente e incesante lluvia de proyectiles y un cerco de 13 días, la superioridad cubana quedó tan patente que el general insurrecto puso condiciones para la rendición. Los españoles se negaron a aceptarlas.

La mayor parte del fuego enemigo partía de una casa próxima a la guarnición. El Capitán al mando del cuartel español, Francisco Neila, solicitó la presencia de un voluntario para llevar a cabo un plan desesperado.

Gonzalo se presentó voluntario aún sin conocer con exactitud la misión que se le iba a encomendar.

La única solución para los hombres del capitán Neila pasaba por prender fuego a la casa desde la cual les estaban acribillando a balazos y bombas; y la única manera de hacerlo era desde dentro del propio inmueble. Eloy Gonzalo sólo planteó una única petición: que su cuerpo fuese atado a una cuerda para que, en caso de muerte, se pudiera recuperar su cuerpo.

Pertrechado con un fusil, un bote de petróleo y una caja de cerillas, Gonzalo salió del fortín español cubierto por el fuego de los españoles y muy pocas esperanzas de lograr el éxito en la operación y menos aún de volver con vida. Arrastrándose y corriendo, según los momentos, a los pocos minutos la casa estaba en llamas. Lo había conseguido y regresó indemne. Aprovechando la confusión, el capitán Neila ordenó una embestida contra los sitiadores para dispersarlos definitivamente. En esa segunda acción también participó Eloy Gonzalo. El 6 de octubre, por fin, llegó la columna de socorro para liberar a la guarnición española.

La liberación de Cascorro enalteció el ánimo de los españoles, dada la tristeza de la defensa general que hicimos de Cuba, que no lograba movilizar el resultado a nuestro favor, la defensa de Cascorro fue un broche de dignidad. El 15 de octubre, el periódico El Imparcial llevaba a primera plana la heroicidad de Gonzalo. Desde aquella primera portada saltó a todos los noticieros.

 “[se] había conseguido un éxito militar que parecía inalcanzable, dando muestras de un extraordinario valor, regresando sano y salvo de su misión”. “Uno de los episodios más gloriosos de estos últimos días ha sido, sin duda, el sitio del poblado de Cascorro”.  Decía la revista Blanco y Negro en su edición de 24 de octubre de 1896. Y añadía la misma revista en su edición del 30 de enero de 1897 sobre Eloy: «Es, sin duda, el soldado que más popularidad ha alcanzado en la presente guerra. Compendian en él la heroicidad y la bravura de los defensores de Cascorro«.

Eloy Gonzalo García fue condecorado y recibió todos los parabienes posibles en un telegrama que fue enviado desde Madrid a La Habana.

A partir de ese momento, Gonzalo tomó parte activa en otras muchas operaciones en la región cubana de Matanzas. Hasta que el 6 de junio ingresaba en el Hospital Militar de esa ciudad y, el 17 del mismo mes, fallecía como consecuencia de una infección intestinal provocada por la mala alimentación del Ejército, la cual le produjo una enterocolitis ulcerosa gangrenosa. Padeció las dolorosas y horribles consecuencias de esta enfermedad hasta que murió. Esta enfermedad y otras enfermedades infecciosas eran comunes entre los soldados del ejército español. El cadáver de Gonzalo fue repatriado al terminar la lucha en 1898. En 1901, ya estaba prácticamente terminada la estatua que recoge su imagen con el mosquete, las cerillas, el bote de petróleo y la cuerda en el rastro madrileño, en la plaza de Cascorro.

BIBLIOGRAFÍA

SEGURA GARCÍA, Germán. – «Eloy Gonzalo, héroe de Cascorro» Revista Española de Defensa (diciembre 2018).

LA BATALLA DE COVADONGA Y SU TRASCENDENCIA.

Vimos como el Reino Visigodo, sobre todo, entre los reinados de Leovigildo y Recaredo conformó un auténtico estado cuya fundamentación se basaba en la organización nacida en la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana; teniendo como unidad territorial la antigua provincia romana de Hispania y por identidad ciudadana la condición religiosa cristiana. De manera que, la unión en torno a la corona con carácter imperial y a la cristiandad como elemento aglutinador quedará en el sustrato del pueblo hispano. https://algodehistoria.home.blog/2022/10/14/el-estado-visigodo/

Pero el Reino Visigodo agota sus días entre desavenencias internas, traiciones y enfrentamientos entre distintas facciones para lograr la sucesión a la corona.

En aquel momento de decadencia visigoda, el califato Omeya, ya extendido por el norte de África, acogió entre sus fieles a un sector visigodo traidor a su pueblo con tal de recuperar el poder: los hijos de Witiza, huidos a Tánger, que buscaron el apoyo musulmán en su enfrentamiento contra Rodrigo, último rey Visigodo. Las sangrientas y crueles luchas, asesinatos, regicidios entre los godos eran conocidos por los omeyas que, conscientes de la debilidad en que esto ponía al gobierno de las tierras al norte del estrecho, se animaron a conquistar el reino visigodo. El comandante bereber Tarif ben Malik y su superior Musa ibn Nusair, embarcaron a un ejército de 12.000 hombres hacia la Hispania romana; era el año 711. https://algodehistoria.home.blog/2019/10/04/villanos-el-conde-don-julian/

Desde aquel primer instante las tropas musulmanas ascendieron por la península hasta llegar a la cordillera cantábrica en torno a los años 20 del siglo VIII. En aquellas montañas asturianas se inicia la reversión del proceso, se pasó del avance musulmán a su retroceso. Es decir, se inicia la Reconquista.

En la historiografía clásica se identifica el momento crucial de ese giro en el año 718 o, más comúnmente datado, en el año 722. En esa fecha se sitúa la batalla de Covadonga. Dando por buena la segunda fecha señalada, este año se celebrarían los 1.300 años de la batalla.

Pero, precisamente, desde hace unos años y más en concreto en algunos grupúsculos más políticos que históricos se cuestiona la existencia de la batalla de Covadonga, como paso previo a negar la existencia del concepto de Reconquista.

Es cierto que la batalla de Covadonga siempre ha estado señalada, pues las pocas fuentes de que disponemos nos la dibujan entre la realidad y la leyenda. Pero aconteciera como se cuenta en las crónicas o surgiera como la idealización de una escaramuza, sí tuvo gran trascendencia para el devenir de España y ese devenir es el que muchos ahora quieren eliminar para seguir socavando las raíces de España, como una nueva leyenda negra que se cierne sobre nuestra Historia, esta vez no promovida por ingleses u holandeses sino por algunos españoles que no merecen tan honroso título.

En el ámbito de las crónicas, las primeras menciones a Pelayo se dan en las crónicas de Alfonso III y en la albeldense de finales del siglo IX.

Según las mismas, Pelayo sería un noble astur- aunque cuesta creer que fuera visigodo ya que su nombre es de origen latino y no germánico- que viendo al invasor se revolvió contra ellos. Otras versiones nos lo dibujan como un hispano-romano no sometido a los godos y cuyos primeros levantamientos fueron contra éstos. De lo que no cabe duda, es de que el reino visigodo desde la caída de Rodrigo se resquebrajó dando lugar a divisiones más o menos numerosas, en muchos casos propiciadas por las dificultades de comunicación, de manera que no sería extraño que en las montañas cantábricas hubieran surgido comunidades más o menos organizadas y que Pelayo fuera el cabecilla de una de ellas, si su origen era godo o era de una tribu insurrecta no sometida a los germánicos, no elimina la trascendencia de los hechos.

Según esas crónicas, Pelayo luchó bravamente contra los musulmanes y gracias a la ayuda divina los expulsó de las montañas de Covadonga, donde, además, un movimiento de tierras provocado por la Divina Providencia consiguió sepultar a los musulmanes. Los que no murieron, huyeron. Entre ellos Munuza, valí o gobernador musulmán del norte de Hispania que se había asentado previamente en lo que hoy es Gijón, que, supuestamente, (hay varias versiones sobre este personaje) huyó tras la batalla y fue muerto en la batalla de Olalíes (también se presenta en diversas grafías, no siendo fácil descifrar a qué localidad se refiere. Aunque la mayor parte de los autores la sitúan cerca de lo que hoy es Lugones). Lo de menos es la leyenda o el final de Munuza, lo importante de esta parte de la crónica es la representación de una sublevación general de todo el pueblo astur contra el invasor, en el que Olalíes no es más que la continuación de la batalla de Covadonga. Es decir, nos dibuja un movimiento continuado y conjunto que nació en Asturias y se extiende hacia el oriente norteño, con episodios gloriosos en Liébana y, sobre todo, en la victoria de los francos sobre los musulmanes en la Batalla de Poitiers (732) y la creación de la Marca Hispánica (795), en tiempos de Carlomagno y de ahí hacia el sur en acciones que se sucedieron hasta lograr la expulsión de los extraños africanos.

Es digno de resaltar que la Crónica de Alfonso III está repleta de pasajes bíblicos. Esto responde a una misma tendencia de toda la historiografía europea altomedieval. Lo que permite intuir que el autor es un religioso familiarizado con el estudio de las Sagradas escrituras. Además, muestra el enfrentamiento entre las huestes hispanas y los árabes al modo que el pueblo de Israel se enfrentaba a sus vecinos. Incluso los pasajes del Antiguo Testamento han servido de modelo para las cifras dadas en la crónica (cuenta la invasión de un ejército de 187.000 guerreros musulmanes, cifra claramente exagerada, pero que se acerca a las que en las crónicas del Antiguo Testamento se atribuía a los asirios.  185.000 asirios se enfrentaban a los judíos en la conquista de Jerusalén y buscan hacer prisionero al rey Judá, siendo derrotados por la intervención divina).

Estas emblemáticas cifras fueron admitidas, o no se modificaron, por la tradición historiográfica hispano-cristiana hasta el siglo XIII.

Evidentemente, estas crónicas pro parte tienen el valor del testimonio, de saber que hubo una batalla y de conocer cómo se interpretó en un contexto en el que ese aspecto resulta muy esclarecedor.

Las crónicas musulmanas, por el contrario, hablan de escaramuzas dispersas en las montañas cantábricas, sin darles la importancia cristiana y mucho menos hablar de heroicidades o sucesos milagrosos. No perdamos de vista que son las crónicas de los derrotados. La crónica Mozárabe del 754 no recoge esta hazaña de Pelayo.

Desde un punto de vista arqueológico, no hay restos de una gran batalla, pero sí de diversos enfrentamientos de menor nivel en torno a lo que hoy es Covadonga.

Claudio Sánchez Albornoz ya lo señaló:

«No, no cabe dudar de la realidad de la batalla. ¿Batalla? Coque, encuentro, combate, nadie podrá calificar con precisión el hecho de armas. Y si se luchó en Covadonga no pudo pelearse sino como refiere la crónica alfonsina. Vencido hasta entonces y obligado a refugiarse en aquel apartado y abrupto paraje, era lógico que Pelayo se estableciera en la Cueva de Nuestra Señora, abierta en la roca y absolutamente innaccesible».

Así que, con mayor o menor pomposidad en el relato, no cabe duda de que en aquellas montañas se produjo un enfrentamiento entre tribus hispanas y musulmanas. Los hispanos de origen bien romano, por no haberse sometido a los godos, o bien godas, se identificaron o fueron identificados con estos últimos.  Lo que sí es cierto es que después de aquellas escaramuzas nació en aquellas montañas un reino cristiano con capital en Cangas de Onís (que posteriormente se trasladó a Oviedo), origen y enseña de la Reconquista.

Otra cosa es saber si aquella movilización contó desde sus comienzos con una misma idea de unidad popular, de unidad territorial, de cristiandad y de libertad frente al invasor.

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/

A los que ponen en duda la Reconquista como concepto real y continuado en el tiempo, también les contesta don Claudio:

«La historia de los comienzos de la Reconquista se ha hecho por muchos, más que con el propósito de encontrar la verdad, con el de enmarañar los testimonios de las fuentes y de crear dificultades, amaños y leyendas donde no los había».

Esto no significa que la Historia sea lineal y sencilla, como explica Julián Marías, la Reconquista es la lucha por la rectificación de la trayectoria iniciada, porque España fue árabe, en unas zonas más, en otras menos, en otras nada. Y es la facción que permaneció rebelde, la cristiana, la que empieza a luchar por evitar que se consolidara lo que empezaba a ser en la mayor parte del territorio: árabe. Aun así, ni siquiera la España árabe tenía unidad, ni Tarik, ni Muza, ni Boadbil se parecen. Entre ellos hay multitud de personajes que se muestran más o menos contrarios o favorables a la convivencia, al sometimiento o a la imposición. Lo que nos encontramos en las crónicas de la batalla de Covadonga es que la Reconquista se inicia por la lucha de la libertad a la que se le da un fundamento ideológico y unitario con el cristianismo y, por ende, en la idea de universalidad, si toda esa filosofía nace en Alfonso III y no estaba plenamente presente en Pelayo no es óbice para resaltar la lucha por la libertad y la idea de expulsión del invasor que aconteció en Covadonga.

Es cierto que el término Reconquista no empieza a utilizarse historiográficamente hasta el siglo XVIII, por ejemplo, por José Cadalso o Jovellanos, y lo hacen por influencia francesa ya que viene a sustituir a otros que se utilizaban entonces como el de «Restauración». Pero la idea responde a una especie de cordón umbilical que une el concepto moderno de España con su madre- su historia anterior-.

Durante la Reconquista, se produce la unión de los reinos cristianos frente a los musulmanes, que culmina con los Reyes Católicos y ello porque en la población y en sus dirigentes se establece una idea de España muy clara. Si se quiere histórica, si se quiere cultural, pero una idea identificativa que permitirá con el tiempo conformar el Estado español en torno a la corona en el S XV, recuperando, entre otros, aquellos elementos básicos que ya tenía el Estado visigodo. Y, aunque no es admisible hablar del término nación en el sentido moderno en el siglo XV, pues éste se manifiesta con propiedad a partir de 1808 en la sublevación de Madrid contra el invasor francés y se plasma ideológica y jurídicamente en la Constitución de Cádiz, gracias al liberalismo reunido en Cortes en el Oratorio de San Felipe Neri,  no es menos cierto que sin ese sustrato identificador de España nacido en Covadonga y en la Reconquista, los sucesos de 1808 no podían haberse dado como se dieron, ni la conciencia de unidad y defensa de la soberanía representada por el levantamiento del pueblo, ni la idea política de representación a la organización jurídico-nacional de la Junta Suprema Central, ni las Juntas regionales surgidas por doquier en el territorio español, se hubieran producido, ni mucho menos la conjunción de ambas en las Cortes y Constitución de Cádiz.

Dice Juan Pablo Fusí:

«La palabra España yo creo que se debe utilizar desde el siglo XI o XII, otra cosa es que eso que ya se conoce como España en esos siglos esté fraccionada en distintos reinos que además podían haber cristalizado perfectamente como ocurrió en Italia en diferentes estados hasta una etapa muy tardía: es decir que no hay ninguna razón especial en ese sentido. Por tanto, si hay una primera España, esa es elReino de León, el Reino de Castilla, la Corona de Aragón, el Reino de Portugal… «

Pero esos reinos medievales no se reconquistan por la razón elemental de que no existían, sino que se constituyeron como resultado parcial de la Reconquista, como recuerda Marías.

España sale de la Edad Media con una unión dinástica irreversible, y continúa Fusí: «con muchos de los elementos de lo que llamamos posteriormente nación: una continuidad en el poder, una única fuente de soberanía que es la corona, una cierta institucionalización del estado desde arriba, muy pronto una lengua y una literatura que es muy común a todos sus territorios… durante varios siglos es así y se consolida con el proyecto nacional moderno en el XIX».

En definitiva, aunque en Pelayo no existiera un proyecto claro de restauración del reino visigótico, sí se dieron los elementos básicos de la Reconquista: la expulsión del invasor y la recuperación de lo propio, basamento sustancial como para que a partir de entonces se produjera técnicamente lo que conocemos conceptualmente como Reconquista. Desde Covadonga unos reinos cristianos, continuando el camino iniciado por el reino de Cangas de Onís-Oviedo, tratan de recuperar el territorio hispano- visigodo perdido a manos de los árabes y en cuyo proceso se forma ya de manera muy temprana, en la baja Edad Media, la idea de España. A ese esfuerzo contribuyó de manera primera y esencialmente simbólica el hecho de armas de Covadonga.

BIBLIOGRAFÍA

BARRAU-DIHIGO, L. Historia política del Reino Asturiano (718–910). Ed Silverio Cañada. 1985.

MARÍAS, Julián. “La España Inteligible”. Alianza Editorial. 2014

ZABALO ZABALEGUI, Francisco Javier. “El número de musulmanes que atacaron Covadonga. Los precedentes bíblicos de unas cifras simbólicas”. Universidad de Sevilla 2004.

Dialnet-ElNumeroDeMusulmanesQueAtacaronCovadonga-1414696.pdf

Sánchez- Albornoz, Claudio. «Observaciones a unas páginas sobre el inicio de la Reconquista». Ed. Facultad de Filosofía y letras. Buenos Aires. 1968

VÉLEZ, Iván.  “Reconquista”. La Esfera de los libros. 2022

Cruceiros

Como cada 11 de noviembre, una entrada recordando a Galicia y a algunos de mis seres más queridos.

Castelao decía que un cruceiro es «un perdón del cielo», pues según el gran escritor gallego los cruceiros se erigen para hacerse perdonar algún pecado o para agradecer un milagro, una sanación o una plegaria concedida o por conceder. Muchos creyentes destinaran auténticas fortunas a levantar cruceiros y de esta forma ganar indulgencias, para ellos o alguno de sus allegados.

En otros muchos casos se erigían para sacralizar un lugar pagano o simplemente para buscar la protección divina. Así en los mercados se elevaban para lograr protección para los animales, en la proximidad a los campos auspiciaba buenas cosechas; en las calzadas señalaba el camino a los peregrinos, a los arrieros y a los viajeros, en general.

Se empleaban igualmente, para marcar los límites jurisdiccionales, civiles o eclesiásticos…

Comúnmente situados en lugares públicos, casi siempre en lugares elevados y en atrios de iglesias.

Se construyeran con la finalidad que fuera, los cruceiros son parte esencial del paisaje gallego, de la tradición y espiritualidad del lugar. Se calcula que en Galicia hay unos 12.000 cruceiros. Probablemente fue el asentamiento de la Santa Inquisición en Galicia, en 1562, lo que pudo determinar el incremento de su construcción.

Estructuralmente, los cruceiros son una imitación de las cruces procesionales góticas. Se realizan en piedra, generalmente de granito. Sobre una plataforma, compuesta de uno o varios escalones, se coloca el pedestal, casi siempre cuadrado o rectangular que puede llevar alguna inscripción, variando según el autor. Sobre el pedestal se coloca el fuste que se remata con un capitel casi siempre con figuras representativas de alguna escena religiosa, aunque hay muchos adornados con los capiteles típicos del gótico: dórico, jónico y corintio. En el punto más alto, se sitúa la cruz con Cristo en ella, y a su espalda suele haber una imagen de la Virgen María o de algún santo. Los canteros se esforzaban por mostrar en ellos todo su arte y muchos de los canteros más reconocidos de España trabajaron en estos monumentos. En muy pocas ocasiones nos podemos encontrar un cruceiro de piedra rematado con una cruz sola, lo que la diferencia de las cruces gótico-celtas de Bretaña o Irlanda, con las que también guardan alguna relación.

En cuanto a su representatividad, tanto los cruceiros gallegos como las cruces gótico-celtas del norte de Europa conllevan una misma finalidad didáctica. Si las de Bretaña o Irlanda se conocen como “sermones de piedra” porque en ellas se gravaban escenas bíblicas. En Galicia, representaban la pasión de Nuestro Señor, la expulsión del Paraíso y en  algunos casos, la visión de las almas en el Purgatorio purgando sus pecados. No se olvidan, tampoco, del amor representado por la Virgen y el dolor del Crucificado, además de incluir otros santos, de devoción más próxima, con los signos que expresaban su misión en la Tierra. Incluso se puede hacer una lectura litúrgica de la composición figurativa, por ejemplo: si las manos de Jesús permanecen cerradas es señal de omnipotencia, si se representan abiertas muestran misericordia, si los dedos índice y corazón están extendidos representa la bendición, si aparece una calavera, suele hacerlo al pie de la cruz, simboliza el triunfo de la vida sobre la muerte.

Haciendo una revisión de algunos cruceiros, podemos destacar, por ejemplo, al más antiguo que se conserva, del siglo XIV: el de Melide de clara iconografía gótica.

https://www.galiciamaxica.eu/galicia/a-coruna/comarca-da-terra-de-melide/melide/cruceiro-melide/

Sin embargo, puede que uno de los más famosos sea el de Hío en Cangas de Morrazo, que está junto a la Iglesia de San Andrés. Se trata de un grupo escultórico de iconografía barroca, con más de 30 personajes bíblicos a lo largo de su cuerpo, construido en el siglo XIX. Representa, por un lado, los momentos destacables desde el punto de vista religioso de la vida humana, desde la creación hasta la redención. La escena principal representa el descendimiento de Cristo.

http://guias.masmar.net/index.php/Puertos-de-Mar.-Fotos/Galicia/Ald%C3%A1n%2C-la-r%C3%ADa-secreta%2C-el-compendio-de-R%C3%ADas-Baixas-en-miniatura/Cruceiro-de-H%C3%ADo

https://www.amamalegustaviajar.com/2016/08/el-cruceiro-de-hio.html

Por el valor de su conjunto, destacamos el Viacrucis de Beade en Orense

http://www.turismo.gal/imaxes/mdaw/mtu5/~edisp/~extract/TURGA159849~1~staticrendition/tg_carrusel_cabecera_grande.jpg

En el que se muestra a Cristo crucificado en el cruceiro central. En los laterales el Buen Ladrón y el Mal Ladrón

Por último, traemos en caso del conjunto de cruceiros que se encuentran dentro del casco histórico de Combarro. Lo forman 7 cruceiros que se unen de manera armoniosa con los hórreos característicos de la localidad, considerada uno de los pueblos más bonitos de España.

En todos los cruceiros se escenifica la crucifixión de Cristo y la imagen de la Virgen, siempre mirando al mar para cuidar de los marineros.

https://www.minube.com/rincon/los-siete-cruceiros-a2228730

https://www.minube.com/rincon/los-siete-cruceiros-a2228730#gallery-modal

Como hemos señalado hay cerca de 12.000 cruceiros en Galicia. Aunque sea un lugar privilegiado de España para verlos, no es el único. También podemos encontrar cruceiros en Cantabria, Castilla y león… y en Madrid, en la Plaza de Benavente, por donación expresa de la Comunidad gallega.

Los cruceiros no son sólo una muestra de religiosidad, ni exclusivamente una construcción artística, sino que en su conjunto cada uno de ellos reúne todo eso y mucho más, consiguiendo alcanzar de un valor cultural destacado. Por eso la Comunidad Autónoma de Galicia en su Ley de Patrimonio Cultural de Galicia, siguiendo lo establecido por la Ley de Patrimonio Histórico Español, les da el valor, con la especial protección que eso conlleva, de Bien de interés cultural (BIC) a todos los cruceiros construidos antes de 1901.

BIBLIOGRAFÍA

Web de turismo de Galicia. https://www.turismo.gal/que-visitar/destacados/horreos-pazos-e-cruceiros/cruceiros?langId=es_ES

RÚA, Bruno. “Cruceiros e Petos”. Ed. Galician. colección Taboada Chivite de patrimonio. 2021.

http://cruceirosdegalicia.xyz/

Líneas Defensivas. Especial referencia a las de la Segunda Guerra Mundial

Estos días todos estamos oyendo hablar de la “Línea Wagner”, como una estrategia defensiva empleada por Rusia en la guerra de Ucrania.

Se trata de una construcción, parece ser de hormigón, levantada en la zona ocupada fronteriza entre ambos contendientes, en territorios que Rusia considera estratégicos dentro del Donetsk. Evidentemente, la finalidad de esta “línea” no es más que la de frenar el avance ucraniano.

Como todos sabemos la realización de fuertes, torres defensivas, murallas es un sistema defensivo más que antiguo. Ya lo emplearon, y no fueron los primeros, los romanos. Entre las construcciones de contención romanas, quizá el más famoso haya sido el Muro de Adriano en la provincia de Britania. Iba desde la orilla del rio Tyne, cerca del Mar del Norte hasta el Mar de Irlanda. Lo que permitía proyectar el poder romano hacia la tierra norteña ocupada por los pictos. Aunque, en el Orbe, posiblemente, la muralla más conocida de la antigüedad fue y es la Muralla china.  Se construyó por tramos, iniciándose en el Siglo V a de C. y se terminó en el siglo XVI con la intención de proteger la frontera norte del imperio chino sobre todo por los ataques de las hordas de Mongolia y Manchuria. https://algodehistoria.home.blog/2019/12/13/hordas/

La idea defensiva a base de construcciones se extendió fundamentalmente en la Edad Media. Muestras de ello tenemos en montones de castillos en España o de torres vigías o albarranas, como, por ejemplo, la Torre del Oro. Sin olvidarnos de las importantes murallas defensivas, algunas aún existentes en ciudades como León, Lugo o Ávila.

Pero centrándonos en periodos históricos más recientes y en guerras no tan lejanas como la Segunda Guerra Mundial (en adelante, 2GM) hay cuatro líneas defensivas muy conocidas y que responden al mismo criterio que la línea Wagner: la línea Maginot, la línea Mannerheim, la línea Gustav y la Línea Sigfrido. La primera, empleada por los franceses; la segunda, por los finlandeses, y las siguientes, por los alemanes No fueron las únicas, pero sí muy destacadas.

  • De las mencionadas, la Línea Maginot fue la primera en idearse pues su construcción se inició en periodo de entreguerras. Fue una línea de fortificación y defensa construida por Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia, después del fin de la Primera Guerra Mundial. El término línea Maginot se usa indistintamente para referirse al sistema completo de fortificaciones francesas contra Alemania e Italia, o exclusivamente para referirse a las defensas contra Alemania, en cuyo caso las defensas contra Italia suelen llamarse Línea Alpina. Aquí utilizaremos esa segunda opción.

Tras la primera Guerra Mundial (en adelante, 1GM), los países europeos quedaron traumatizados por el gran número de muertos a los que condujo la guerra de trincheras, las bombas de gases y en general la guerra de posiciones, teniendo en cuenta la poca importancia de los bombardeos durante la Gran Guerra, que se circunscribieron a acciones puntuales de carácter táctico.

Los armisticios, acuerdos y tratados de Paz- esencialmente, los 14 puntos de Wilson, la conferencia de paz de París, el tratado de Versalles – sólo valieron para humillar a Alemania. https://algodehistoria.home.blog/2020/01/01/los-felices-anos-20/

Ni Francia, ni Gran Bretaña ni Estados Unidos se fiaban de ella y aunque lentamente fue entrando en la Sociedad de Naciones y en los acuerdos internacionales (sobre todo, a raíz de los acuerdos de Lorcano), la verdad es que todos pensaban que el conflicto podría reanudarse, mucho más a raíz de los acontecimientos en Alemania durante los años 30.

https://algodehistoria.home.blog/2019/10/18/la-crisis-del-29/

https://algodehistoria.home.blog/2019/09/06/el-inicio-de-la-segunda-guerra-mundial/

La Línea Maginot fue construida en la década de los 30, por iniciativa de André Maginot (1877-1932), ministro de defensa francés entre 1929 y 1932. La idea subyacente era que la siguiente guerra contra Alemania se desarrollaría al igual que la 1GM. Por tanto, tenían en mente otra guerra de trincheras, una guerra sumamente defensiva y sin dar más importancia a los avances técnicos, a la aviación y a otros elementos de la guerra moderna.

Se trataba de una fortificación lineal paralela a la frontera francesa con Bélgica y Alemania desde el mar, en el paso de Calais, hasta el mediterráneo por la Provenza. Fue una construcción magnífica con fuertes separados cada 15 kilómetros, entre los fuertes se encontraban búnkeres y ambos se unían por obstáculos antitanque, fosos, campos de minas y alambre de púas. Los búnkeres subterráneos tenían cúpulas de enorme grosor de acero que apenas eran perceptibles sobre el terreno, estaban semienterradas, pintadas con los colores del terreno para no destacar ante el enemigo y dotadas de con piezas de artillería de medio y ligero calibre. El resto de la línea se componía de edificaciones enterradas hasta unos 70 metros de profundidad. Bajo tierra había habitaciones con comodidades mejores que muchas casas, viviendas, grupos electrógenos, aire acondicionado y calefacción, trenes subterráneos… Podía cobijar a una guarnición de casi 22.000 hombres. Todas estas instalaciones se encontraban protegidas por muros de hormigón de hasta tres metros de espesor. Por su longitud y magnificencia sólo puede ser comparada con la Muralla China. Sin embargo, la Línea Maginot no era homogénea en su fortificación. El miedo al asalto alemán hizo que desde el Rin hasta Montmedy, en las cercanías del Sedán, la línea estuviera fortalecida en una triple construcción, mientras que la frontera con Bélgica apenas tuvo fortificaciones por dos razones: primero, Bélgica era neutral y, segundo, el mando francés consideró que el bosque de las Ardenas era tan sumamente espeso y dificultoso que haría imposible el paso alemán por ese lugar.

Cuando, en mayo de 1940, los alemanes invadieron Bélgica, cruzaron el extremo norte de la línea Maginot, rompieron el frente con sus tanques y aviones, a pesar de que fuerzas británicas y francesas reforzaron la zona norte de la línea. Cinco días más tarde, los soldados alemanes pisaban una vez más suelo francés. 

La batalla de Francia duró solo seis semanas, rindiéndose oficialmente el 25 de junio de 1940. Los alemanes siguieron la línea hacia el sur hasta inutilizarla, pero no destruirla.

La construcción de la línea se considera un fracaso de la defensa francesa. Tanto el General De Gaulle como Churchill criticaron la construcción. Para el general francés, la línea respondía a una mentalidad puramente defensiva y ejerció un influjo debilitador sobre el espíritu de reacción del pueblo francés. En opinión de Churchill, la construcción fue costosa en dinero, tiempo y supuso supeditar todo el potencial defensivo francés a ella. Se invirtió demasiado dinero en la fortificación de la línea y muy poco en la modernización y refuerzo de las fuerzas móviles. Respondía a un concepto anquilosado de la guerra. Churchill, con no poca sorna británica, decía cuando el desastre se cernía sobre Francia y Petain y sus generales no eran capaces de verlo: “Gracias a Dios, tenemos la Línea Maginot”.

Con todo, la fortificación que seguía en pie fue muy útil cuando Hitler ordenó la última gran ofensiva, la Operación Nordwind. Entonces las fortificaciones de la línea Maginot fueron muy útiles a los aliados. Según el historiador Stephen Ambros: «Una parte de la Línea se usó con el propósito para el que había sido diseñada y demostró la magnífica fortificación que era». 

  • También en el periodo de entre guerras mundiales se construyó la Línea Mannerheim. Fue una línea de fortificación defensiva en el Istmo de Carelia construida por Finlandia pensando en evitar una invasión por parte de la Unión Soviética. Finlandia había declarado su independencia de la URSS en 1917 y aunque los rusos reconocieron tal independencia, nadie en Finlandia se fiaba de ellos. La línea recibió el nombre del mariscal Gustaf Mannerheim y se construyó en la década de 1920-30. Se extendía desde la costa del Golfo de Finlandia, en la punta más al sur del País, pasando por Summa, hasta Vuoksen y terminando en Taipale cerca del lago Ladoga.

https://es.wikipedia.org/wiki/L%C3%ADnea_Mannerheim#/media/Archivo:Mannerheim-line.png

Se construyó en dos fases, la primera en torno a 1921, tras la guerra civil finlandesa (con dos bandos llamados rojos y blancos, los primeros apoyados por la URSS y los segundos por el imperio alemán. Así se entiende la afición de rusos y alemanes por ocupar Finlandia, pues siempre estuvieron entrometidos en su soberanía. La guerra terminó con la victoria blanca en 1918, tras retirarse la URSS de la contienda) y en una segunda fase tras 1932, siendo interrumpida la construcción por la guerra de invierno

Tres meses después del inicio de la 2GM la Unión Soviética atacó Finlandia, el 30 de noviembre de 1939. Iniciándose lo que se ha llamado la “Guerra de invierno”. Ya vimos en la entrada sobre el pacto Ribbenrop- Molotov (https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/) como Alemania y Rusia pretendía repartirse la Europa oriental. La URSS buscaba apoderarse del territorio finlandés señalando que era necesario para defender San Petersburgo, entonces llamado Leningrado. Propuso un intercambio de territorios a los fineses. Evidentemente, Finlandia se negó y la URSS invadió su país vecino. Finlandia se defendió. En esta defensa, fue esencial la Línea Mannerheim, que al contrario que la línea Maginot no se basaba en la sucesión de enormes búnkeres (los búnkeres, existieron, pero fueron escasos) sino en el aprovechamiento de los accidentes geográficos de la zona, especialmente los numerosos ríos y lagos existentes en el lugar. Las fortificaciones se hicieron principalmente de hormigón y en muchos casos se limitaron a fortificaciones menores, crear trincheras, zanjas antitanques, barreras de hormigón para tanques (también conocidas como dientes de dragón) alambre de púas…. Se llamó a este tipo de línea defensiva, línea flexible, porque al contrario que la línea Maginot, los soldados no estaban encerrados en los búnkeres y podían salir y contraatacar, no eran fortificaciones meramente defensivas. La línea estaba armada con ametralladoras y artillería no muy numerosa. No se construyó con grandes gastos, al contrario que la francesa. Su finalidad era más retrasar el avance soviético que repelerlo y, en ese sentido, fue todo un éxito. Retrasó el avance soviético durante más de dos meses a pesar de que el número se soldados fineses era muy inferior al ruso.

En 1940, se firmó un tratado de paz y Finlandia cedió parte de su territorio a la URSS, pero dejó en evidencia al ejército soviético. Tanto se vislumbró la debilidad rusa que como consecuencia de la Guerra de Invierno y la Línea Mannerheim, Hitler emprendió la operación Barbarroja para apoderarse de la URSS, lo que supuso el fin del pacto Ribbentrop-Molotov, la unión de la URSS a los aliados, la asociación de Finlandia con los alemanes y, en última instancia, la derrota alemana al abrir un frente oriental.

  • Otra de las líneas defensivas de la 2GM fue la Línea Gustav, conocida también como Línea de Invierno, construida en Italia por los alemanes con la intención principal de impedir o al menos ralentizar el acceso a Roma, en caso de invasión aliada. Fue construida de costa a costa, desde el río Garigliano hasta el mar Tirreno en el oeste, y a través de los Apeninos hasta la desembocadura del río Sangro en la costa del mar Adriático en el este.

Se componía de fortalezas y búnkeres de hormigón, líneas de alambre de espino, torres de armas y campos de minas.

Al finalizar la campaña de África, los aliados entendieron que era hora de liberar Italia. Entraron por Sicilia donde llegaron el 24 de julio de 1943. El desembarco aliado en Sicilia logró que el rey Víctor Manuel detuviera a Mussolini y firmara el armisticio entre Italia y las fuerzas aliadas el 3 de septiembre de 1943. De ahí que los aliados cruzaran el estrecho de Mesina y comenzaran el avance por la península de Calabria, llegando a Salerno el 9 de septiembre, sin gran resistencia italiana.

Pero todo se complica cuando Hitler invade la península itálica, procede a liberar a Mussolini y defender el territorio italiano frente a los aliados. Así, mientras los aliados buscan la conquista de Nápoles y la manera de expulsar a los alemanes del sur de Italia, se encuentran con una tenaz resistencia en la ciudad de Cassino, a unos 100km al sur-este de Roma. Se han tropezado con la línea Gustav.

La estrategia aliada, fundamentalmente, de americanos y británicos pasaba por la toma de Montecassino y para ello idearon, como maniobra de distracción el desembarco en Anzio. Era septiembre de 1943 y hasta el 12 de febrero de 1944 las divisiones formadas por indios y neocelandeses no conquistaron la abadía de Montecassino. El desembarco de Anzio fue un fracaso, se aseguró la cabeza de playa, pero los alemanes encajonaron a los aliados entre Anzio y la línea Gustav que bloqueo el avance aliado hasta el 11 de mayo de 1944. Ras esa fecha llegó el éxito aliado. Los alemanes se retiraron dejando expedito el camino aliado hacia Roma. Fueron los hombres del 5º ejército estadounidense los primeros que entraron en Roma en junio de 1944. Pero la línea Gustav cumplió el objetivo de retrasar a los aliados en su avance.

  • Con la misma intención de las dos anteriores, los alemanes construyeron la Línea Sigfrido Muro Occidental. Tenía una longitud de 630 km a lo largo de las fronteras con Holanda y Suiza. Se concibió como una sucesión de búnkeres (subterráneos), dientes de dragón, nidos de ametralladoras, vallas de alambre de espino y campos de minas.

La Línea Sigfrido se construyó entre 1936 y 1945 por orden de Hitler y como respuesta a la línea Maginot francesa. La construcción alemana fue amplia y magnífica y sirvió tanto de estímulo al orgullo alemán como de disuasión para los franceses. Permitió que Alemania tuviera cubierto su flanco occidental al inicio del conflicto con una pequeña guarnición de soldados, de manera que los franceses no la atacaran mientras Alemania invadía Polonia. Pero precisamente por el afán francés de sacar a los alemanes de Polonia se produjeron pequeñas escaramuzas en la frontera entre ambos países, conocidas como la “guerra de broma”.

Realmente, los franceses esperaban que el ataque alemán a sus fronteras llegara por la línea Sigfrido, cosa que no ocurrió como hemos visto, sino por Bélgica. Concluida la batalla de Francia, los alemanes desarmaron toda su línea y enviaron sus armas transportables a zonas más necesarias. Los edificios fueron abandonados y utilizados por los campesinos para guardar sus aperos.

Pero fue en 1944 tras la invasión de Normandía cuando los aliados alcanzaron la línea Sigfrido. En aquel momento, los alemanes habían entendido que los búnkeres de estas líneas servían más como “ratoneras”, que como elementos útiles para la batalla. Por eso dedicaron los búnkeres para ofrecer protección durante los bombardeos, pero las batallas se libraban fuera de ellos. Así en 1944, la línea Sigfrido proporcionó un refugio seguro a las unidades alemanas en retirada.

La injustificada falta de respeto a la muralla occidental por parte aliada, además de una serie de problemas logísticos en ese bando, dieron tiempo a los alemanes para reorganizar sus defensas.  Cuando los aliados reanudaron su avance a mediados de septiembre de 1944, se produjeron amargos y encarnizados combates y el avance sufrió un colapso. En la línea, los norteamericanos, que fueron los actuantes en esta batalla, se enfrentaron a los alemanes en diversas escaramuzas y en dos batallas destacables: la de Aquisgrán y la de Hürtgen. Siendo la segunda consecuencia de la defensa alemana de la primera. La batalla fue cruenta y la penetración hacia Alemania se consiguió por la zona norte de la línea, a la altura de Aquisgrán.  Esenciales para ello fueron los 75 cañones autopropulsados que los norteamericanos instalaron en sus carros de combate, además de modernos lanzallamas y cargas de demolición montadas en pértigas para atacar las trincheras… pero, para lograr la derrota alemana, fue necesario el ataque con dos divisiones de ejército americano, apoyados por la aviación y maniobras de distracción al sur de Aquisgrán y más al norte de donde se tenía previsto atacar; de manera que, los alemanes entendieron que lo que ocurría en el norte de la ciudad de Aquisgrán eran maniobras de distracción, no el auténtico ataque. El número de bajas total en la batalla de la línea Sigfrido alcanzó los 800.000 soldados de ambos bandos. Una auténtica sangría. Se dice que los alemanes lucharon en esta batalla con un coraje muy superior al que habían empleado en otros momentos de la guerra.

Además, y al tiempo fuera de la línea, los aliados perdieron la batalla de Arnhem y tuvieron que rechazar la contraofensiva alemana en las Ardenas en diciembre de 1944, por lo que los aliados no pudieron penetrar en territorio alemán hasta marzo de 1945.

Parece que la táctica rusa en Ucrania pretende emular cualquiera de las líneas mostradas en esta entrada, si bien según los satélites lleva construidos 2 kilómetros de muralla, pero planea prolongarla a través de unos 217 kilómetros. Todo indica que la construcción se ha detenido por el invierno y las lluvias. El “general invierno”, ese gran aliado ruso en todas las guerras.

BIBLIOGRAFÍA

ARTOLA, Ricardo. – “La Segunda Guerra Mundial”. Alianza Editorial. 1962.

GILBERT, Martin: “Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Ed. La esfera de los libros. 2014

GIBRALTAR, ESPAÑOL.

El pasado 4 de agosto, se cumplían 318 años de la toma de Gibraltar por parte de los ingleses, y ahí siguen. Ni con Brexit ni sin él tienen nuestros males remedio. Analicemos los orígenes del conflicto y su evolución.

Ya vimos como la muerte de Carlos II trajo consigo el inicio de una guerra de Sucesión con dos pretendientes principales, uno francés, Felipe V, y, otro austríaco, el archiduque Carlos. (https://algodehistoria.home.blog/2022/09/30/como-se-fraguo-la-sucesion-de-carlos-ii-el-hechizado-el-cardenal-portocarrero/). A este último le apoyaban los holandeses y los ingleses que, desde que descubrieron las ventajas comerciales del imperio español, no hicieron otra cosa que dar la lata hasta apoderarse de él; cuando no es creando la leyenda negra, es aliándose con nuestros enemigos y, cuando no, nos torean como si Curro Romero hubiera nacido en Londres.

En el inicio de la Guerra de secesión, el 1 de septiembre de 1704, una escuadra anglo-holandesa mandada por el almirante Rooke, asalta, en teoría en nombre del archiduque Carlos, la plaza de Gibraltar. Los asaltantes se presentan con 70 barcos bien armados, los defensores son 80 españoles llenos de coraje y dignidad- nuestra historia está llena de militares y ciudadanos gallardos, y muy pocos gobiernos a la altura de ellos -. El gobernador de Gibraltar, Diego Salinas, tras recibir el bombardeo con miles de balas de cañón, se rinde, pero se niega a reconocer la autoridad del archiduque, motivo por el que conduce a todos los ciudadanos que así lo deseen a la cercana ciudad de San Roque.

En el peñón, Rooke no extendió la bandera del Archiduque sino la inglesa. Las hostilidades siguieron hasta que el bando francés gana el trono español para el nieto de Luis XIV, Felipe V, quien firma el tratado de paz que pone fin a la Guerra de Sucesión española: Tratado de Utrecht.

El Tratado de Utrecht o Paz de Utrecht fue, en realidad, un conjunto de tratados firmados entre los países antagonistas en la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), pero tomó el nombre de la ciudad holandesa –Utrecht– en que se rubricó el primero de dichos acuerdos, el 11 de abril de 1713. Él final de la guerra con Austria se consolidó por los tratados de Rastatt y Baden firmados en 1714. A ellos se unen otros 19 acuerdos comerciales y territoriales.

Territorialmente, España cedió a Gran Bretaña Menorca y Gibraltar. Menorca la recuperamos definitivamente por el tratado de Amiens en 1802. Por el contrario, los ingleses han entendido que el Peñón es de ellos para siempre. Lo cual, no me negará el lector, es muy “British”, no hay más que ver el contenido del Museo británico, para comprender qué entiende un inglés sobre lo que es suyo.

Desde 1713, España ha intentado recuperar sin éxito este enclave estratégico, unas veces por la fuerza: por ejemplo, en el siglo XVIII, España sometió a Gibraltar a constantes asedios. En el más importante de ellos, entre 1779 y 1783. En otras ocasiones, por medios diplomáticos, pero siempre sin éxito. Hemos fracasado a pesar que los ingleses han incumplido el tratado de Utrecht en casi todos sus puntos.

La cesión se reconoce en el artículo X del tratado de Utrecht:
“El Rey Católico [Felipe V], por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”.

Añadía el tratado que la propiedad se cedía “sin jurisdicción territorial y sin comunicación abierta con el país circunvecino por parte de tierra”.

Y añadía un tercer elemento al acuerdo:

“Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo, la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”

Por lo que hemos expuesto, la cesión se acordó con tres condiciones clave: (1) la limitación del territorio cedido; (2) la falta de comunicación con zonas vecinas; y (3) el derecho de retrocesión a España en caso de que Gran Bretaña quisiera cambiar el régimen pactado.

Además, el tipo de cesión realizada explica que el Reino Unido no disponga de una soberanía plena sobre el territorio, sino, que dispone solo de una “propiedad” que le da derecho al uso, pero no a la enajenación.

La primera de esas condiciones, es decir, la de la limitación del espacio cedido al castillo y ciudad, impide considerar como legítimo el avance británico por el istmo. En un primer incumplimiento, la presencia británica en esta zona data del Siglo XIX y la construcción de una verja, en 1909, para parar el avance inglés no impide que la ocupación británica de la lengua de tierra sea ilegal. Realmente hoy Gran Bretaña disputa el acuerdo considerando que tiene derecho a la tierra, al espacio aéreo y al mar- 12 millas territoriales de alrededor-.

España se ciñe en su defensa al contenido literal del Artículo X, por lo que mostró su oposición a la presencia británica en la lengua de tierra y también contra la construcción del aeropuerto en 1938, pues se encontraban fuera de la demarcación establecida en Utrecht. Quizá uno de los mayores logros españoles se consiguió en 2013 cuando los representantes del Ministerio de Fomento sacaron adelante, en la negociación del reglamento europeo sobre el cielo único europeo, el compromiso de que el aeropuerto de Gibraltar no tuviera jurisdicción al respecto y todos los aviones que utilizaran la infraestructura gibraltareña, requirieran la autorización previa española.

Esa posición española vino después de miles de actos de buena voluntad en el proceso negociador, como se reconoce en el acuerdo de Londres de 2 de diciembre de 1987 sobre la utilización conjunta del aeropuerto (que nunca llegó a aplicarse). Igualmente, el posterior acuerdo de Córdoba, de 18 de septiembre de 2006, se refiere, esencialmente, a cuestiones ligadas al aeropuerto, dejando claro que esos acuerdos buscan “la solución de problemas concretos, pero no tienen ninguna repercusión en absoluto en lo que atañe a la soberanía y a la jurisdicción”.

Algo parecido pasa con las aguas jurisdiccionales. La gran obsesión del Gobierno británico ha sido consagrar que las aguas que rodean el Peñón son de soberanía inglesa, algo que España no acepta, porque en Utrecht sólo se cedieron las aguas del puerto de Gibraltar. Para hacer ver que son de su Poder, el Gobierno británico no pierde ocasión de denunciar supuestas violaciones españolas de “sus” aguas jurisdiccionales, que realmente son “nuestras” aguas jurisdiccionales y ellos los violadores.

Esta cuestión de las aguas tiene directa relación con la segunda condición: el aislamiento por tierra de Gibraltar.

El artículo X subraya que la ciudad debía abastecerse por mar y solo en caso de que ese tráfico fuera interrumpido se permitiría comprar en España las mercancías necesarias para evitar “grandes angustias, siendo la mente del Rey Católico sólo impedir, como queda dicho arriba, la introducción fraudulenta de mercaderías por la vía de tierra. se ha acordado que en estos casos se pueda comprar a dinero de contado en tierra de España circunvecina la provisión y demás cosas necesarias para el uso de las tropas del presidio, de los vecinos y de las naves surtas en el puerto” Es decir, quedaba claro que se trataba de un intercambio humanitario en caso de ser necesario, pero no de mantener un negocio permanente.

Hasta 1985, España tuvo aislado a Gibraltar y sólo la inclusión en la Unión Europea (en adelante, UE) permitió avanzar en los intercambios en un proceso de negociación bilateral. Negociación que ha sido otro fracaso porque mientras España no ha logrado gran cosa, los ingleses sí han conseguido que Gibraltar se convierta en un centro de negocios, un centro de servicios internacionales y un lugar más cercano al paraíso fiscal que a otra cosa. Alterando y violando, de nuevo, el tratado de Utrecht, con el agravante de que la población española de alrededor se lucra de esta presencia británica y del comercio de la zona, lo que dificulta volver a aislar el Peñón.

La decisión española de terminar el aislamiento por tierra de Gibraltar pretendía, sobre todo, avanzar en las negociaciones sobre la retrocesión, la tercera condición del acuerdo.

El tercer pacto establecido en Utrecht es el más importante, y también ha sido incumplido, pues el gobierno británico ha intentado la enajenación, a la que no tiene derecho, en dos ocasiones:

El primer intento de cambio de régimen tuvo lugar en la década de 1960, cuando se buscó la descolonización al amparo de Naciones Unidas. Porque fue la propia Gran Bretaña la que incluyó a Gibraltar en el listado de colonias existentes en el mundo en un listado enviado a las Naciones unidas en cumplimiento de la Resolución 1.514 de la Asamblea general del 14 de diciembre de 1960, conocida como Carta Magna de la Descolonización, en la que se reconoce el derecho a autodeterminarse de todas las colonias. Y que sigue en tal situación lo demuestra que en todas las Asambleas Generales desde entonces vuelve a debatirse el tema. Ya en la resolución 2.353 (XXII) del 19 de diciembre de 1967 se indicó cómo tenía que hacerse tal descolonización: “Por negociaciones entre los gobiernos español y británico”, teniendo en cuenta que “toda situación colonial que destruya parcial o totalmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas”. Esta misma resolución señaló que no es posible ni la cesión a terceros ni la independencia. Londres se niega. De hecho, esa Asamblea dicta su resolución tras la consulta que, en aquel en el mismo año de 1967, los británicos plantearon en el Peñón y por la cual los gibraltareños respaldaron en su gran mayoría la independencia. Naciones Unidas entendió que el referéndum contravenía la petición previa de España en la ONU, los derechos de nuestra nación y, por ello, instaba a seguir con las negociaciones.

El segundo instante vino de la mano de la “Orden Constitucional el 23 de mayo de 1969” que mantenía la consideración de Gibraltar como colonia de la Corona, pero con una cierta autonomía en su gestión interna, mientras que cuestiones clave como la defensa y las relaciones exteriores quedaban en manos del Reino Unido. Se trata de una carta otorgada, en cuyo preámbulo se contiene el compromiso unilateral de respetar la voluntad de los gibraltareños y que se expresó de manera más contundente en la reforma constitucional de 2006, que introduce el derecho de autodeterminación de los gibraltareños. Recordemos que el tratado de Utrecht habla del territorio y no de los ciudadanos, de ahí que dispusiera la reversión a España si Gran Bretaña lo abandonaba. Es más, lo que plantea el tratado es la preferencia española sobre el territorio antes de que se enajene, con la simple intención, tendríamos esa opción. Una especie, en el ámbito internacional, del derecho de tanteo de nuestra Ley de Arrendamientos Urbanos (salvando todas las distancias, claro está). Esa idea de abandono británico se ha plasmado en la Constitución de 2006 y, por tanto, legalmente, la cesión de España habría terminado y tendríamos que recuperar los derechos soberanos sobre el territorio cedido.

En términos jurídicos, también la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya favorece el título español frente a la ocupación física del terreno (¿deberíamos decir Okupación, para ser más gráficos?). Pero los ingleses han hecho caso omiso, al igual que al resto de resoluciones de la ONU.

Los dos momentos en los que la negociación sobre el retorno del Peñón, ya estando en democracia, tuvieron más fuerza fueron en los años 80 tanto con los gobiernos de UCD, como con los socialistas de Felipe González y posteriormente durante el mandato de José maría Aznar. En este último caso, debido a su amistad con Tony Blair se logró un acuerdo de cooperación policial y la esperanza de un estatuto pactado de cosoberanía durante una etapa transitoria, proyecto que nunca se vio plasmado en un documento público. El debate sobre esta posibilidad en la Cámara de los Comunes fue muy criticado y posteriormente sometido a referéndum de la población gibraltareña. El referéndum logró un enorme rechazo a la opción de la cosoberanía. Dando lugar a la promesa británica de no hacer nunca nada que no quisieran los ciudadanos del Peñón.

El Brexit creó una nueva oportunidad. Gran Bretaña había logrado meter a Gibraltar en la UE como “territorio cuyos asuntos externos lleva un estado miembro”. Pero al salir el Reino Unido de la UE, debía salir salía su colonia, o quedaría a merced de España. En un alarde de habilidad negociadora, y vendiendo el camelo, como siempre, los ingleses han logrado que se quede en el “espacio Schengen” o territorio fiscal europeo. Pero esta situación no gusta a Bruselas, que no quiere tener a los ingleses en su frontera sur con una base militar abierta, con submarinos nucleares y manejando el tráfico del estrecho. Por eso, la UE exige que en su puerto y aeropuerto haya aduanas para controlar las mercancías y personas que entren en Europa, dando a España esa responsabilidad.

A día de la fecha de esta entrada se sigue negociando el estatus que va a tener el Peñón, pero con la peculiaridad mantenida por el Ministerio de exteriores español de que se busca un acuerdo a tres bandas (UE, España, Reino Unido- en algunos momentos, en la época de Zapatero, Reino Unido tuvo el valor y España lo aceptó de convocar a un representante de Gibraltar en la mesa, al mismo nivel de responsabilidad-) con la creación de una “zona de prosperidad compartida”. Traducido por los británicos como “prosperidad compartida en todo el campo de Gibraltar”. A lo que nadie en el gobierno español ha contestado. Al contrario, nuestro ministro de Exteriores ha señalado: “Vamos hacia un nuevo modelo de prosperidad compartida en todo el Campo de Gibraltar”. Es decir, parece que la posición española, lejos de defender que Gibraltar, por incumplimiento del tratado de Utrecht, ya es español, se viste con la piel de la versión británica. Deberemos andarnos con ojo, porque con estos entendimientos y negociaciones, los ingleses pretenderán quedarse con toda Andalucía. Ya sabemos cómo describen los diplomáticos la forma de negociar de los británicos: “primero se pacta que se quedan con nuestro reloj y, después, ellos, en contraprestación negociadora, nos dan la hora”.

Llevamos más de 300 años recibiendo la hora de los británicos con nuestro reloj. A ver si espabilamos, porque no parece que, ni con el Reino Unido en sus horas más bajas, aprendamos. Si no reaccionamos nosotros confiemos que, esta vez, la UE haga algo más, aunque sólo sea por no tener un mosquito dando con el aguijón en la frontera sur. Bastante tienen con la irlandesa.

BIBLIOGRAFÍA
CALVO POYATO, José. “Los Tratados de Utrecht y Rastatt: Europa hace trecientos años”. Dendra médica. Revista de Humanidades. 2013.

CARRASCAL, José María. “La batalla de Gibraltar”. Ed Actas. 2012.

https://noticiasgibraltar.es/documentacion/1967-resoluci%C3%B3n-2353-de-la-asamblea-de-las-naciones-unidas

https://www.elmundo.es/elmundo/2001/03/15/espana/984660136.html#top

La Mesta

La reconquista contribuyó a asegurar en Castilla una economía pastoril. En una tierra árida, siempre cercana a la frontera con los moriscos y llena de algaradas y enfrentamientos por ese motivo, la ganadería era una actividad segura – se podía trasladar el ganado hacia zonas que no eran atacadas y volver cuando crecían los pastos- y bien remunerada.

La prosperidad pastoril y los intereses comunes de los ganaderos dieron lugar a su asociación. No está claro si la iniciativa fue puramente profesional, es decir, entre los propios pastores o tiene origen real. Con carácter mayoritario se entiende que su origen estaría en las pequeñas mestas locales que existían ya en la Alta Edad Media entre los pastores de las majadas leonesas y castellanas, como producto de su asociación ante problemas derivados de su profesión, para reforzar sus fueros y hacerse cargo de las reses desmandadas dándoles dueño (mostrencos). De este modo, la monarquía sólo tuvo que dotarla de legalidad. En un primer momento, la agrupación sólo perseguía ordenar el complicado sistema de trashumancia, de acuerdo con el cual los rebaños eran conducidos a través de España desde los pastos de verano en el norte a los pastos invernales del sur. Posteriormente, pretendió hacerse con el control de todos los rebaños de la cabaña lanar castellana aprovechando para abaratar el mismo y hacerlo más seguro pues se trasladaba acompañado de una guardia armada, llamada esculca o rafala. Aquella cabaña lanar era mucho más próspera a medida que la reconquista avanzaba hacia el sur, pues a la oveja tradicional castellana- Churra- se le unió, probablemente en el último tercio del S XIII, una raza de oveja nueva procedente del norte de África- la oveja Merina-. Esta nueva raza daba una lana de excelente calidad que se convirtió en el primer producto en exportaciones del reino; era una parte sustancial de la economía. La oveja churra, era más importante para consumo humano.

A medida que se prosperaba y se incrementaba el terrero sobre el que extender los rebaños surgieron complicaciones en las tareas de aquellas asociaciones de ganaderos. Estas complicaciones en las tareas a realizar y los derechos a defender dio lugar al nacimiento de una asociación más organizada e institucionalizada: el Concejo de la Mesta.

El origen de la complicación social se debió, como hemos señalado, al avance de la reconquista. Al llegar Fernando III, el santo, a Andalucía el territorio se estabilizó, de modo que lo que habían sido siempre zonas ganaderas- zonas fronterizas cercanas a los territorios musulmanes, fueron acogiendo a más colonos cuya actividad principal era la agricultura. Los agricultores no querían que el ganado trashumante se comiera sus cosechas, surgiendo así enfrentamientos entre ganaderos y agricultores.

La solución la dio el rey Alfonso X, el sabio, hijo de Fernando. Pactó con las asociaciones de ganaderos unos caminos por los que transitar y no molestar a los agricultores. El rey dio así el impulso definitivo al Concejo de la Mesta en 1273, que más tarde se llamó Honrado Concejo de la Mesta, tras la reglamentación que le dio Alfonso IX en 1347.

Para que el ganado no dañara los cultivos, se idearon unos itinerarios especiales que, dependiendo del tamaño de la vía, recibían diferentes nombres. De menor a mayor se denominaron coladas, veredas, cordeles o cuerdas, y cañadas. Las cañadas más importantes eran conocidas como cañadas reales.

Los ganaderos que pertenecían a la Mesta obtuvieron privilegios reales, como la exención del servicio militar y de testificar en los juicios y ventajas como derechos de paso y pastoreo. Con el tiempo obtuvo nuevos privilegios reales y ventajas fiscales.

La Mesta celebraba dos asambleas al año, una en el sur de la península y otra en el norte. Principalmente se debatían los cargos internos (presidente) y cómo se iban a organizar los itinerarios.

La Mesta alcanzó gran poder y contribuyó, junto con la pacificación de las zonas ya reconquistadas, al desarrollo de una destacada actividad textil que se localizaba en ciudades de la cuenca del Duero, como Zamora, Palencia, Soria o Segovia, pero también en ciudades ganadas al islam, tales como Toledo, Cuenca Córdoba o Murcia. La producción textil de Castilla y León era modesta, al menos si la comparamos con la excepcional producción de lana de los reinos. Pero a medida que se desarrollaron centros industriales, sobre todo, en el País vasco, la producción creció.

Por lo que se refiere al comercio en el siglo XIII, es un dato significativo el hecho de que se crearan nuevas ferias, sobre todo en ciudades de la meseta sur y de Andalucía; así, en Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres, Badajoz o Sevilla.

En las cortes de Toledo de 1480 se decreta dejar libre el paso de rebaños entre Aragón y Castilla, siendo el reflejo del destacado concepto en el que los Reyes Católicos tuvieron a la Mesta. Aquella libertad de tránsito pretendía proteger la actividad e ​ incrementar los ingresos de la corona mediante el arrendamiento y la venta de derechos de pastos. A partir de entonces, el presidente de la Mesta sería el miembro más antiguo del Consejo Real.

La Mesta alcanzó su máximo esplendor en 1492, año en que los campesinos consideraron excesivos los privilegios concedidos a la Mesta.

Fue una organización muy poderosa debido a los privilegios que los reyes le concedían, ya que la lana era un importante producto entre los que exportaba Castilla a Europa, por lo que se debía fomentar la producción de lana, a veces en detrimento de la agricultura. En ocasiones se acusa a la Mesta de la desforestación de la península ya que la gran cantidad de ganado necesitaba mucho pasto para alimentarse.

Sin embargo, la Mesta llegó a su decadencia. Principalmente por la perdida del monopolio mundial. Tal ruptura se debió a que varios corderos merinos fueron regalados por Felipe V a su abuelo el rey de Francia, Luis XIV. Los franceses aprovecharon su crianza para extender esta ganadería por todo su país y ejercer de exportadores a centro Europa en detrimento de España. En nada favoreció a nuestro país las guerras napoleónicas que destrozaron infraestructuras y cañadas dificultado la actividad trashumante. A ello se unió, que la industria española no era lo suficientemente competitiva frente a los talleres europeos, lo que incrementaba el precio de la lana española frente a la europea.

Además, los continuos enfrentamientos internos entre campesinos y agricultores y las necesidades económicas de la corona, laminaron muchos privilegios de la Mesta. Las grandes fortunas nobiliarias y también los conventos y eclesiásticos van poco a poco abandonando esta actividad y refugiándose en otras más prosperas.

Todos esos motivos fueron esenciales para la desaparición del Concejo de la Mesta en 1836.

BIBLIOGRAFÍA

ANES, Gonzalo y GARCÍA SANZ, Ángel (coord.) “Mesta, trashumancia y vida pastoril”. Ed. Investigación y Progreso. 1994.

KLEIN, Julius. “La Mesta: estudio de la historia económica española, 1273-1836.” Alianza editorial. 1979.

El Estado Visigodo

Esta entrada se la dedico a Blanca, Elena y Pablo, los hijos de mi amiga Mª. José, grandes lectores de este blog.

Cuando hablamos de los orígenes de España muchas veces leemos que la primera conformación de España como Estado se dio con los visigodos.

La historiografía se suele dividir en este punto y algunos opinan que los visigodos nunca formaron un Estado y otros, por el contrario, afirman la existencia estatal visigoda.

Para llegar a alguna conclusión debemos realizar dos análisis previos. De un lado, con carácter más histórico, conviene recordar que, la formulación política visigoda es consecuencia de la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana a la que los godos, inicialmente, quedaron incorporados.

Desde un aspecto más jurídico podemos partir de la acepción sexta que la palabra estado tiene para el diccionario de la RAE:

Forma de organización políticadotada de poder soberano e independienteque integra la  población de un territorio.”

Si consideramos a los antiguos pueblos germánicos organizados en base a normas de carácter privado, en donde habrían prevalecido las relaciones particulares del rey-jefe militar con quienes le seguían en su comitiva o si entendemos que estado es la concepción político-organizativa propia del S.XV, debemos negar la existencia de un Estado visigodo. Es más, caeríamos en un anacronismo al afirmar su existencia. Pero, si miramos la misma organización visigoda con unas gafas de lejos y no sólo de cerca, podemos decir sin error que en el reino visigodo en la península Ibérica sí se dieron elementos que nos permiten hablar de Estado. En este último sentido, muchos historiadores consideran que los vínculos que encontramos en el Estado visigodo son de naturaleza política y por tanto jurídico-público entre los súbditos y el monarca, dando lugar a un Estado de fuerte tendencia absolutista, aunque con cierta participación popular.

Son varios los elementos que nos permitirían llegar a esa conclusión y a ellos nos vamos a referir.

En primer lugar, debemos contextualizar el nacimiento del Estado visigodo. A la caía del Imperio romano de occidente la organización romana con un Poder soberano, con leyes comunes, con un espíritu vencedor, con una ciudadanía romana, que sí permitía hablar de Estado romano (durante el imperio), se desmembró dando lugar a una multiplicidad de sociedades que en un primer momento no respondían nada más que al caos y no a una idiosincrasia identificable frente a las demás, con un mando claro, un ejército propio y una legislación aglutinadora.

Sin embargo, esos elementos sí los encontramos en la España visigoda de Leovigildo y continuada por su hijo Recaredo. Entre esos elementos aglutinadores, destaca uno, que marca una singularidad especial en aquel pueblo: la Iglesia y su influencia sobre la comunidad pública, el poder y su ejercicio.

En el caso visigodo, el cristianismo estaba en sus creencias dando unidad al pueblo, con la peculiaridad de su creencia arriana- considerada herejía en el I concilio de Nicea-. Nace así un distintivo frente al resto del imperio romano, que les permitió no ser disueltos en el maremágnum imperial. Siempre quisieron los visigodos marcar diferencias y curiosamente, encontraron otro elemento identitario cuando ya el Imperio estaba caído y sus símbolos adoptados por el Imperio oriental, cuando los pueblos bárbaros parecían renunciar a ellos, los visigodos se apropiaron de la tradición romana, como veremos.

Un segundo elemento estatalizante lo situaremos en la existencia de una ley común.

El Código Visigodo, también conocido como Código de Eurico, era una ley para los visigodos, carecía de carácter universal, como si miembros de otras razas o pueblos avecindados en zona goda no existieran. Esta legislación no ayudó, años después, a Alarico II, cuando el Reino ya parecía asentado en Toulouse, pues los romanos seguían presentes en el territorio, se gobernaban por la legislación del Imperio, eran católicos y perseguidos para que se convirtieran al arrianismo- lo que les diferenciaba de los godos-. El rey redactó entonces una nueva ley, exclusiva para los romanos católicos dentro de su reino, la cual se llamó Lex Romana Visigothorum.

La aplicación legislativa diferenciada fue un desastre, los romanos no la aceptaban y los visigodos la consideraban un acto de debilidad y de cesión frente a sus enemigos de religión, que, en la mentalidad goda, era tanto como enemigos de su pueblo.

Tras ser derrotados por los francos en la batalla de Vouillé (año 507) los visigodos fueron expulsados de Toulouse y se establecieron en la península ibérica. Fue Leovigildo (rey de los visigodos del 568 ó 569 al 586), cuando la capital ya estaba en Toledo (no se sabe con certeza, pero parece que la capital se traslada a Toledo en el reinado de Atanagildo del 555 al 567), el que comprendió que su poder sólo se sostendría si lograba la unidad política en un territorio propio y con el dictado, desde la monarquía, del modo en qué debía ser gobernado.

A ese fin buscó una unidad legislativa. Ya sabemos que unidad de ley en los visigodos significaba unidad de creencias. En lograrlo se empleó Leovigildo y para ello, tomó como ejemplo el modelo romano, que, ahora sí, es recuperado por los visigodos como elemento diferenciador frente a otros pueblos bárbaros, sobre todo los suevos que en la península se mostraban hostiles.

Aquella unidad legislativa debía, en primer lugar, fortalecer la figura del monarca como mando supremo. Así se dieron normas, con el apoyo de la Iglesia, para que la monarquía visigoda que tenía carácter electivo- como consideran la mayoría de los autores- cumpliera una serie de requisitos y mostrara su carácter supremo sobre las demás familias e instituciones. Desde entonces, los monarcas debían poseer una serie de requisitos para poder ser elegidos; según el Concilio de Toledo: ser de estirpe goda y buenas costumbres, no pertenecer a pueblos extraños, no ser siervo, no ser clérigo ni monje tonsurado, ni alcanzar el trono habiéndose rebelado…

Realmente, la elección del rey nunca fue un asunto pacífico y el regicidio se dio con harta frecuencia entre los visigodos. Tampoco la elección por hombres libres se produjo nunca salvo en la excepción que representa Turismundo que fue aclamado por el pueblo durante las exequias de su padre Teodorico I tras la batalla de los Campos Catalaúnicos.

Normalmente los electores eran un grupo reducido en el que la Iglesia ocupaba un papel esencial. De ahí que al acceder al trono el futuro rey debía pasar por un acto de unción adquiriendo así un carácter cuasi sacerdotal.

Leovigildo sabía que debía culminar la fortaleza de su poder con otros elementos simbólicos y de mando que expresaran su supremacía sobre los demás. Desde el punto de vista icónico en su unción se rodeó de una simbología especial (indumentaria, corona, cetro, manto púrpura, …), así como la utilización de un trono (teniendo un precedente en Teodorico II).

Desde el aspecto ideológico, el segundo paso hacia la unidad legislativa lo concibió Leovigildo al modo romano. En ese ejemplo imperial y tal y como justiniano había signado el Corpus Iuris Civilis, Leovigildo redactó el Códex legislativo, que contenía una compilación de todas las leyes visigodas escritas antes de su tiempo, aderezadas por continuas referencias a los valores culturales de su pueblo que, si bien no ha llegado a nuestros días, sí tenemos referencias historiográficas sobre su existencia.

Esta aproximación al Imperio lograba, de cara al exterior, dotar de prestigio al reino visigodo y, en el interior, posicionar al monarca en clara superioridad frente a la nobleza y otros centros de poder. Este proceso es conocido como imitatio imperii y no dejará de tener gran trascendencia en la idea de Reconquista, no sólo concebida como una recuperación nacional sino una recuperación imperial, y siempre unida a una Fe.

Ese afianzamiento del poder político en aquel reino visigodo indefectiblemente debía ir unida al poder eclesiástico, dado que, recordamos, el primer elemento diferenciador de aquel pueblo era la religión.

Por eso, se intentó la conversión de todos los súbditos al arrianismo. Como la presión ejercida sobre los no arrianos no funcionó, se buscó amoldar la liturgia y creencias arrianas a una especie de posición intermedia entre el catolicismo y el arrianismo a fin de facilitar la conversión. Pero también fue un fracaso.

La situación no encontró una solución en los tiempos de Leovigildo y fue su hijo Recaredo (rey del 586 al 601) quien entendió que aquel reino fortalecido por la visión de Leovigildo sólo tendría continuidad cuando existiera unidad, cohesión y paz interna. Por eso se convirtió al catolicismo. La oposición del arrianismo fue grande, pero logró pacificarlos, primero, porque la jerarquía civil, la nobleza, vio preservados y aumentados sus poderes y porque el clero entendió que sus posiciones se verían mejor defendidas, con una seguridad político-geográfica, apoyando al Rey. Asimismo, se les aseguró y cumplió que se respetaría la jerarquía arriana a su paso al catolicismo. Por si fuera poco, Recaredo colocó a la Iglesia en una posición privilegiada al hermanar la administración eclesial con la civil y dejar en manos de los obispos la recaudación de impuestos. Hubo varias insurrecciones entre los fieles arrianos, pero, dos años después, en el 589, el ambiente era mucho más pacífico, momento propicio para que Recaredo convocara el III concilio de Toledo al que acudieron los obispos y la nobleza.

Se iniciaba así un periodo de ordenación administrativa de aquella organización, que empezaba a tener todos los atributos estatales.

Los concilios se convirtieron en una institución clave en el entramado administrativo y legislativo del estado visigodo. Las reuniones conciliares fueron de dos clases: provinciales y generales.

La organización provincial se basó en la división del bajo imperio romano, constituyendo la unidad básica la diócesis, a cuyo frente se situaba a un obispo que era elegido por el obispo metropolitano si bien cada vez fue mayor la intervención real en la designación. Cada diócesis se dividió en parroquias a cuyo frente había un párroco.

Los obispos eran los que organizaban la vida espiritual de su diócesis en sínodos y asambleas provinciales, visitando también las parroquias de la misma. Eran auxiliados por los presbíteros.

En las reuniones generales los obispos del reino y la nobleza trataban cuestiones de interés común.

Los Concilios de Toledo debatieron temas religiosos, pero también otros que dictaban pautas a las que debía ajustarse la marcha del Estado y la conducta de los monarcas.

Aquella sociedad donde lo civil y lo religioso se entremezclaban en su entramado institucional se completa con el hecho de que era el propio monarca el que dictaba cánones. De este modo se atribuía el poder de sancionar y controlador de lo que en política era correcto o no, dando al tiempo una regulación civil y profundamente moralizante.

Esta organización institucional no hubiera funcionado sin la implicación de la nobleza. Por eso Recaredo devolvió las propiedades incautadas por su padre a los nobles, los dotó de nuevas tierras y les dio participación en el gobierno, no sólo como altos funcionarios, sino como miembros de los concilios. Esto era un paso más en la participación nobiliaria puesto que como representantes de la “gens visigotorum” ya se reunían en asambleas que ejercían de asesores del monarca: el Senado y el Aula regia. La historiografía no se pone de acuerdo sobre si el Aula regia sustituyó al Senado o ambas instituciones coexistieron. A su vez la nobleza dirigía la administración provincial, concebida al modo romano en su distribución y cuyo mandato se dividían condes y duques.

El dux ostentaba la máxima representación del rey en el territorio y ejercía funciones judiciales, esencialmente, ejercía como juez de apelación de las sentencias dadas por los condes. Por lo tanto, los condes se situaban en un escalón inferior de poder con relación a los duques.

Existe cierta confusión sobre la figura de los Iudicex– a veces eran los condes, otras con tipo de funcionarios de inferior nivel- que se ocupaban de la administración provincial no sólo en el campo de la justicia.

Además, en el ámbito municipal, las funciones administrativas son ejercidas por el curator y el defensor, elegidos por la asamblea de vecinos. Siguiendo así una tradición germánica.

Por último, señalar que en el ámbito de la impartición de justicia la cabeza suprema de la pirámide judicial la ostentaba el rey y que parece ser que se pasó de una administración dual- diferenciada para godos y para hispanorromanos-, al principio de la monarquía visigoda, a una única administración de justicia para todos los ciudadanos desde Leovigildo.

Frente a esa justicia ordinaria existían jurisdicciones especiales:

  1. La eclesiástica

Los eclesiásticos que mantenían tribunales propios. Entendía de la fe, disciplina y negocios civiles de los clérigos. Los obispos eran los encargados de dictar sentencia.

  1. La militar.

Existió un derecho militar especial. Los jefes militares estaban facultados para la administración de justicia, llegando a imponer penas especiales para algunos delitos.

  1. La fiscal y mercantil.

Están en discusión en la historiografía sobre si eran jurisdicciones especiales o formaban parte de la ordinaria.

Ya vimos como la recaudación de impuestos recaía en los obispos, complementada por otros funcionarios. Pero la determinación de los impuestos era una competencia exclusivamente del monarca. El sujeto pasivo era el pueblo llano. Aquella Administración hacendística que vinculaba los ingresos a los gastos bien ordinarios bien extraordinarios. Los gastos ordinarios eran destinados al mantenimiento del ejército y al pago de los funcionarios. Mientras que los extraordinarios eran los destinados a edificaciones, donativos, regalos, donaciones, etc., realizados por los reyes.

Por su parte, los ingresos ordinarios procedían de los dominios fiscales, confiscaciones, impuestos indirectos y directos, regalías como la acuñación de moneda y penas pecuniarias.

Por último, en esa configuración estatal visigoda y como referente defensivo, existió un ejército formado por las levas obligatorias de todos los hombres con capacidad de llevar armas, entre los 20 y los 50 años. Se diferenciaba entre un ejército permanente, formado por la clase militar y otro para casos de necesidad, que se nutría en virtud del llamamiento realizado ocasionalmente.

A este llamamiento debían responder todos los hombres libres y señores, yendo estos últimos acompañado por sus siervos. Pero la práctica habitual fue que se incumpliese el llamamiento, y dada la cantidad de revueltas internas que se produjeron, y los ataques desde el exterior.

Si volvemos a la definición de la RAE sobre la palabra estado como “Forma de organización política, dotada de poder soberano e independiente, que integra la población de un territorio”, podemos afirmar que en aquel reino visigodo de Leovigildo y su hijo Recaredo existió una organización política, con unidad legal, con ejercito propio, en un territorio claramente definido y diferenciada de los demás pueblos colindantes por su peculiaridad religiosa y su organización administrativa  basada en la idea imperial romana.

Si el Imperio romano fue un estado, y lo fue, no creo que podamos dudar de que los visigodos configuraron la primera manifestación del Estado español.

BIBLIOGRAFÍA

Dtror. AVILES FERNANDEZ, Miguel y otros. “La España Visigoda”. (Col.Nueva Historia de España). Ed EDAF. 1980.

ARCE, Javier. “El último siglo de la España romana, 284-409”. Alianza, 1997.

GARCÍA MORENO Luis A.” Historia de España Visigoda”. Ed.Cátedra, 1989.

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Claudio. “Estudios visigodos”. Ed. Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, 1971.

LA GUERRA DE LAS TRES CORONAS O DE LOS TRES REINOS

Ahora que ya sabemos todos que Gran Bretaña tiene un rey que es el tercero de los Carlos que han gobernado las islas, vamos a interesarnos por quien fue su homónimo más famoso. Hablaremos, por tanto, de Carlos I de Inglaterra y del difícil asentamiento como unidad de lo que eran realmente tres reinos

Las guerras de los tres reinos (Inglaterra, Escocia e Irlanda) se extendieron durante gran parte del siglo XVII. No fue un único proceso sino una serie de guerras entrelazadas que tuvieron lugar entre 1639 y 1653 entre los tres reinos mencionados cuyo lazo de unión era la cabeza de la monarquía, en este caso, Carlos I.  Asimismo, las guerras tuvieron como origen cuestiones de gobierno y de religión, lo que dio lugar a rebeliones, guerras civiles e invasiones.

Carlos I nació el 19 de noviembre de 1600 en Escocia. Era el segundo hijo de Jacobo I de Inglaterra e Irlanda y VI de Escocia, y de Ana de Dinamarca.  Fue rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda de 1625 a 1649. El hermano mayor de Carlos y heredero al trono, Enrique, murió en 1612 y su hermana, Isabel, abandonó Inglaterra en 1613 para casarse con el elector del Palatinado. Carlos se queda sólo y esto cinceló el carácter de aquel niño, segundón, enfermizo, pequeño de estatura, tímido, silencioso y reservado; con ligero tartamudeo y acento escocés que nunca abandonó. Siempre se mostró cortés y amable en el trato, pero los que le conocieron señalan que carecía del más elemental sentido común. Viajó poco y no le gustaba el trato con la gente del pueblo. En el lado positivo, cabe señalar que fue un gran mecenas de las artes, sobre todo, de la pintura y la tapicería; llevó a Inglaterra a Van Dyck y a Rubens. Además, como todos los Estuardo, fue un gran aficionado a los caballos y a la caza. Dos notas más caracterizan su personalidad, siendo ambas fundamentales para entender su reinado: tenía un carácter profundamente religioso y concebía la monarquía, tal y como le enseñó su padre, como el designio de Dios a una determinada familia para ejercer el poder. Nunca se mostró flexible o imaginativo y fue incapaz de entender y aceptar el papel del Parlamento.

Los primeros problemas los tuvo Carlos en 1623, antes de ser rey. Aquel año, acompañado del duque de Buckingham, realizó una visita a España con el fin de acordar su matrimonio con la hija del rey Felipe III. La misión fracasó, en gran parte debido a la arrogancia de Buckingham y a la insistencia de la corte española en que Carlos se convirtiera al catolicismo.

Carlos, despechado, no tuvo mejor idea, mientras se concertaba su matrimonio con Enriqueta María, hija de Enrique IV y hermana Luis XIII de Francia, que presionar al rey Jacobo I, su padre, para que iniciara una guerra contra España en apoyo de las Provincias Unidas.

En marzo de 1625, Carlos I se convirtió en rey y se reunió con el Parlamento por primera vez en junio. La reunión se desarrolló en un ambiente de tensión por cuanto nadie se fiaba de Buckingham, que había conservado su ascendencia sobre el nuevo rey. Aquel mismo año se inició la guerra anglo-española que terminaría en 1630 con una amplia derrota de los ingleses. Así se cuenta el asedio de Breda- que finalizó con la famosa rendición en 1625 que refleja el cuadro de Velázquez-, como en el fracaso del asalto a Cádiz, que dio lugar a la huida de los ingleses y el inicio de otro enfrentamiento, para ocultar el fracaso anterior, esta vez apoyando a Richelieu en contra de los protestantes franceses (hugonotes) a cambio de la ayuda francesa contra la presencia española en el Palatinado. El Parlamento inglés se opuso a un enfrentamiento entre protestantes ingleses contra protestantes franceses, calificando la posición del duque de Buckingham como pro-católica. Casi lo peor que se podía llamar a un inglés en aquellos tiempos. Así que, Buckingham cambió el rumbo y decidió defender a los hugonotes, siendo derrotado con toda severidad en la isla de Ré y en La Rochelle por las tropas franco-españolas. El último enfrentamiento se dio en el caribe contra la invasión anglo-francesa de las islas españoles de San Cristóbal y Nieves, donde también los españoles salieron victoriosos.  La guerra terminó con el Tratado de Madrid en 1630. Todos aquellos enfrentamientos tuvieron un reflejo interior en forma de forcejeo del rey con la Cámara de los Comunes.

Las tensiones con los Comunes venían de antiguo. La Cámara de los Comunes estaba formada mayoritariamente por los puritanos, que defendían la oración y la predicación independientes en la Iglesia de Inglaterra. Por el contrario, el rey simpatizaba con lo que llegó a conocerse como “High Church Party”, que imponía una única versión del Libro de oración común anglicano. Así, pronto surgió el antagonismo entre el nuevo rey y la Cámara de los Comunes. Como consecuencia de ello, el Parlamento se negó a autorizarle el derecho a imponer tonelaje y libras (derechos de aduana), aunque este derecho se había concedido a los monarcas anteriores de por vida. La segunda gran pelea con el Parlamento se dio a raíz del fracaso en la toma de Cádiz. Los Comunes intentaron acusar a Buckingham de traición y el rey disolvió el Parlamento. Pero la guerra contra España le obligaba a obtener fondos, por lo que el rey impuso a sus súbditos “un préstamo forzoso”, que los jueces declararon ilegal. Despidió al presidente de la Corte Suprema y ordenó el arresto de más de 70 caballeros que se negaron a contribuir. Sus acciones prepotentes se sumaron a la sensación de agravio que fue discutida en el siguiente Parlamento. Cuando se reunió el tercer Parlamento de Carlos (marzo de 1628), coincidió con la expedición de Buckingham en La Rochelle, la reacción de la Cámara fue la de aprobar varias resoluciones que condenaban los impuestos y los encarcelamientos arbitrarios. Además, establecieron una normativa en virtud de la cual se reconocerían cuatro principios: nada de impuestos sin el consentimiento del Parlamento; ningún encarcelamiento sin causa; ningún acuartelamiento de soldados sin aprobación previa de la Cámara; no a la ley marcial en tiempos de paz. El rey, a pesar de sus esfuerzos por evitar la aprobación de esta norma, se vio obligado a aceptarla. Cuando se reunió el cuarto Parlamento en enero de 1629, Buckingham había sido asesinado.  El rey ordenó la clausura del Parlamento el 2 de marzo de 1629. Antes de la clausura los parlamentarios se encerraron y aprobaron tres resoluciones condenando la conducta del rey. Dada la actitud revolucionaria de la Cámara de los Comunes, Carlos I gobernó los siguientes 11 años sin convocar el Parlamento.

En este periodo, el rey que, como hemos señalado, se consideraba responsable de sus acciones sólo ante Dios según la doctrina del derecho divino de los reyes, reconoció su deber para con sus súbditos como “un padre indulgente”. Con esa intención realizó algunas reformas: reordenó la Administración, el ejército y estableció ciertas normas de austeridad en la corte. Los reinos parece que disfrutaron de cierta prosperidad hasta 1639, cuando se enfrentó a los escoceses en la conocida como “Guerra de los Obispos”.

El malestar escocés venía de antiguo. Ya con Jacobo I se había producido el enfrentamiento entre Presbiterianos- a favor del gobierno de la Iglesia mediante consejos eclesiásticos- y Episcopalianos -a favor del Gobierno mediante obispos nombrados por el rey-. El resultado es que para los escoceses esta posición monárquica acercaba la Iglesia escocesa a posiciones anteriores a la reforma más que al calvinismo que querían profesar.

Esta presencia de los obispos no sólo se convirtió en un problema religioso, sino que fue motivo de preocupación entre la nobleza escocesa.  Esta situación se fundía con la unión de las Coronas en 1603 creando un gran resquemor, pero la situación se mantuvo estable hasta que, en 1637, el rey se empeña en imponer el libro de la liturgia inglesa en Escocia.

Los presbiterianos escoceses firmaron un pacto nacional (entiéndase nacional como escocés) en defensa de su visión religiosa. Carlos I intentó someterlos a la fuerza, pero fue derrotado por el ejército escocés. Tan es así, que cuando el rey llegó a York en marzo de 1639, la primera guerra de los obispos estaba perdida. Se firmó una tregua el 18 de junio.

Siguiendo el consejo de los dos hombres que habían reemplazado a Buckingham como consejeros:  el arzobispo de Canterbury y el conde de Strafford, lord diputado en Irlanda, Carlos convocó al Parlamento, que se reunió en abril de 1640 (conocido como el Parlamento Corto), con el fin de recaudar fondos para la guerra contra Escocia.  Pero, de nuevo, la Cámara se le rebeló, de manera que se impuso una discusión sobre los agravios cometidos por el Rey, para acto seguido denegarle los fondos para la guerra. El 5 de mayo, el rey volvió a disolver el Parlamento.

El rey siguió con la guerra, financiándola con una serie de impuestos al comercio y aduanas. Pero de nuevo el éxito miliar lo abandonó y el ejército escocés cruzó la frontera invadiendo el norte de Inglaterra. Ante esta segunda derrota, Carlos I vuelve a convocar al Parlamento (conocido como Parlamento Largo) en noviembre de 1640.

La nueva Cámara de los Comunes, demostrando ser tan poco comprensiva con el rey como el rey con los comunes, condenó las acciones reales y acusó a Strafford y a otros ministros de traición. El rey adoptó una actitud conciliadora, aceptó la “Ley Trienal” que aseguraba la reunión del Parlamento una vez cada tres años e intentó salvar a Strafford, sin éxito. Strafford fue decapitado el 12 de mayo de 1641; y Carlos se vio obligado a aceptar una medida por la cual el Parlamento existente no podía disolverse sin su propio consentimiento. También aceptó proyectos de ley que declaraban ilegales los fondos obtenidos mediante las medidas fiscales arbitradas por Carlos y, en general, condenaban sus métodos de gobierno durante los 11 años anteriores.

Pero Carlos, inasequible al desaliento y no contento con los problemas que ya había tenido con el Parlamento, viajó a Escocia para tratar de obtener allí apoyo antiparlamentario. Para ello aceptó el establecimiento completo del presbiterianismo en su reino del norte y permitió que los estados escoceses nombraran funcionarios reales.

Mientras tanto, la Cámara de los Comunes volvió a reunirse en Londres el 22 de noviembre de 1641. Los Comunes aprobaron la “Gran Protesta” al rey, exponiendo todo lo que había ido mal desde su ascenso al trono.

Como los problemas nunca vienen solos, y menos en la vida del pobre Carlos, al mismo tiempo, se inicia una rebelión en Irlanda. Los católicos irlandeses se rebelaron contra el establecimiento masivo de protestantes en la isla. Las causas de la rebelión de 1641 fueron muy complejas y aún hoy son debatidas por los historiadores, pero en esencia, se levantaron para poner fin a la discriminación religiosa, así como a la colonización de vastas franjas del país por parte de colonos protestantes de Inglaterra y Escocia (el mayor ejemplo fue la Plantación de Ulster). Muchos católicos irlandeses también temían que los escoceses estuvieran a punto de invadir Irlanda para reforzar su posición contra el rey.

Los líderes de la Cámara de los Comunes, temiendo que si se el rey reclutaba un ejército para reprimir la rebelión irlandesa, podría usarlo contra ellos, planearon hacerse con el control del ejército obligando al rey a aceptar un proyecto de ley de milicias. Además, se pidió al monarca que entregara el mando del ejército, a lo que Carlos I se negó.

El rey reunió a unos 400 hombres y al frente de los mismos intentó el arresto de algunos de los Comunes. Pero estos huyeron. Tras este nuevo desastre, el rey abandonó Londres hacia el norte de Inglaterra el 10 de enero de 1642. La reina viajó a Holanda en febrero para recaudar fondos para su esposo empeñando las joyas de la corona.

El rey se instaló en York, donde ordenó que se reunieran los tribunales de justicia y donde poco a poco se le fueron asentando miembros realistas de Inglaterra y Escocia. En junio, la mayoría de los miembros de las Cámaras que quedaban en Londres enviaron al rey las conocidas como “Diecinueve Proposiciones”, que incluían demandas de que no se nombrara ningún ministro sin la aprobación parlamentaria, que el ejército debería estar bajo control parlamentario y que el Parlamento debería decidir sobre el futuro de la Iglesia.

No hubo acuerdo. El rey izó formalmente el estandarte real en Nottingham el 22 de agosto, iniciándose así la conocida como “Guerra Civil”.

Inglaterra se dividió entre las fuerzas leales al rey, llamadas Cavaliers, y los parlamentarios, que se identificaban como Roundheads (cabezas redondas), por su pelo corto. Tras un avance realista que le permitió al soberano aposentarse con cierta tranquilidad en Oxford y dirigir la guerra desde allí, se logró una reconquista parlamentaria. El enfrentamiento decisivo se produjo en la Batalla de Naseby en 1645, cuando los Roundheads codirigidos por un parlamentario llamado Oliver Cromwell aplastaron a los Cavaliers. Carlos, intuyendo lo peor, logró que su hijo mayor y su mujer huyeran a Francia.

Las tropas realistas se rehicieron y el rey pudo instalarse en Oxford, de nuevo, durante la primavera de 1646. Sin embargo, la ciudad universitaria fue rodeada. El rey huyó con dos de sus hijos. Su intento de ir a la isla de Jersey y de ahí a Francia se frustró al producirse un desvío en el trayecto y acabar en la Isla de Wight, donde el gobernador era leal al Parlamento (realmente, tendremos que reconocer que este hombre tenía mal fario)

Retenido hizo lo posible para pactar con escoceses y parlamentarios, prometiendo a cada uno lo que quería oír, aunque fueran pactos contradictorios entre sí. Llegó a un acuerdo secreto con los escoceses el 26 de diciembre de 1647, pero rechazó en dos ocasiones los términos ofrecidos por el Parlamento inglés. En agosto de 1648, los últimos partidarios escoceses de Carlos fueron derrotados en la Batalla de Preston. Así terminó la Segunda Guerra Civil. El ejército exigió que el rey fuera juzgado por traición como «el gran autor de nuestros problemas» y la causa del derramamiento de sangre.

Carlos fue trasladado al castillo de Hurst en Hampshire a fines de 1648 y de allí llevado al castillo de Windsor por Navidad. El 20 de enero de 1649, fue juzgado, acusado de alta traición, por un tribunal superior de justicia especialmente constituido para la ocasión en el palacio de Westminster y dirigido por Oliver Cromwell. El rey se negó a reconocer la legalidad de la corte porque “un rey no puede ser juzgado por ninguna jurisdicción superior en la tierra”. Se negó a declarar, pero sostuvo que, en toda su actuación, defendía “la libertad del pueblo de Inglaterra”. Fue condenado a muerte y ejecutado el 30 de enero de 1649.

La monarquía fue abolida en los tres reinos y proclamada una república con Cromwell a la cabeza como Lord protector. Figura controvertida la de Cromwell, pero tratada mayoritariamente como prototipo de dictador cruel, que confirió a su actuación política un sentido místico y providencialista. Quiso que a su muerte le sucediera su hijo lo que aconteció del 3 de septiembre de 1658 al 25 de mayo de 1659, pero los ingleses prefirieron volver a la monarquía, y así, en 1660, la corona fue restablecida en los tres reinos bajo la soberanía de Carlos II, hijo de Carlos I.

BIBLIOGRAFÍA

JENKINS, Simon. “Breve historia de Inglaterra”. Ed La esfera de los libros. 2021.

MAUROIS, André.” Historia de Inglaterra”. Ed Ariel. 2007.

BENNETT, Martyn. “The Civil Wars in Britain and Ireland 1638-1651”. Unv. Oxford. 1997.