EL ORIGEN DEL LIBERALISMO EN ESPAÑA

Cuando hablo de liberalismo, me refiero a aquella corriente económica y política cuya máxima es que la existencia del Estado se justifica para garantizar la igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos y el respeto y garantía del ejercicio justo de las libertades individuales. El Estado debe contar con límites claros a su poder para que no constituya un impedimento al ejercicio de la vida libre y autónoma.

Se trata del liberalismo como opuesto al antiguo régimen, como hijo de la ilustración que tiene unas manifestaciones quizá más concretas a partir del Siglo XIX, pero que en muchos aspectos ya había dado muestras de su nacimiento con anterioridad.

No estoy hablando de partidos políticos sino de pensamiento. No hablo de moderados o de radicales, de progresistas o conservadores. Hablo de todos ellos, porque todos contribuyeron, en un momento de nuestra Historia a implantar un sistema de libertades.

Ese modelo de libertades, como proclamaron los doceañistas y que luego desarrollaremos, se manifiesta desde los orígenes de España:  desde Argantonio, Rey de toda la Península Ibérica según el relato de Heródoto, que llegó al poder por edad -era muy viejo y sabio-. No creó un reino por su fortaleza física, ni por su arrojo, valor o astucia frente al enemigo sino por organizar la vida de los distintos pueblos en torno a una misma ley que permite la convivencia de todos juntos, la prosperidad común.

Lo mismo cabe decir del orden y ley romana con un poder soberano y una ciudadanía romana. De Leovigildo, cuando comprendió que el poder sólo se sostiene bajo la unidad política y territorial, desde la monarquía como referente de respeto a la Ley visigoda, es decir, estableciendo unos límites morales al poder del Estado. (https://algodehistoria.home.blog/2022/10/14/el-estado-visigodo/ ). De los reyes asures herederos del primer Estado español (el visigodo) y de la primera concepción nacional de España. https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/ . Herencia asumida por los reyes hispanos en la Reconquista que no negaban la capacidad de los señoríos y del pueblo reunido en Cortes, y no sólo en el reino de Aragón, donde las Cortes constituían un poder mucho más importante que en Castilla, sino también recordando que el primer parlamento del Mundo con tal concepción nace en el Reino de León con el Rey Alfonso IX, adelantado a su tiempo, convocando en 1188 las primeras Cortes de la historia europea con participación ciudadana, noble y eclesiástica. De la posición de Alfonso X, el Sabio, (https://algodehistoria.home.blog/2021/06/11/octavo-centenario-de-alfonso-x-el-sabio/) al asentar y unificar la organización jurídica de España a través de las Partidas. Con el Rey Sabio llega el Derecho romano como fundamento de la unidad jurídica del poder y la ley escrita como fiel reflejo del espíritu bajomedieval, orientado ya hacia la moderna teoría del Estado: el Rey no se limita a preservar el Derecho viejo, sino que aspira a crearlo porque “las leyes hechas de nuevo valen tanto como las primeras o más” (Partidas I, 1, 19). Apunta así hacia la soberanía en su concepción más actual, casi anticipándose a Bodino (ideólogo del concepto de Estado moderno). Organiza el Estado de manera muy moderna no sólo internamente sino concibiendo la necesidad de la defensa de sus fronteras y creando un cuerpo de milicia con esa única finalidad; con la concepción de Imperio que recoge de la tradición histórica de España, de romanos, visigodos y astures y que proyecta más allá de nuestras fronteras con el “ fecho del imperio”; como señala José Antonio Maravall, la idea imperial del Rey Alfonso se sitúa de manera más cercana —a su juicio— a la tradición española que al modelo centroeuropeo y ello porque configura el Poder en el Territorio y lo ejerce directamente sobre el Pueblo, los tres elementos clásicos del Estado como forma política. De los Reyes Católicos con la unidad peninsular y nacional en torno a la Corona, creadores de un brazo ejecutivo formado por instituciones diversas con estructura aragonesa en algunos casos- virreinatos- y asesoramiento por Consejos propio de Castilla (Consejo de Castilla, de Indias…), la labor legislativa pasa a los monarcas y a las Cortes conjuntamente, lo que supone una fusión bajo la Corona de la forma de gobierno de ambos reinos. Se produce la normalización de derechos como se refleja, por ejemplo, en las Leyes de Indias, dictadas a modo de escudo protector de los nativos de los territorios descubiertos por Colón, lo que supone establecer las bases de la tutela de los Derechos Humanos. Seguidos por Carlos I, en defensa de la Fe (el Cristianismo como base moral de la acción política que recoge la tradición hispana desde los Visigodos, marca la Reconquista y la política de sus abuelos, los reyes Católicos) y la legalidad (Controversia de Valladolid https://algodehistoria.home.blog/2020/01/31/los-justos-titulos-y-la-controversia-de-valladolid/ ) o el pensamiento político, económico y científico de la escuela de Salamanca, con grandes intelectuales entre los que recordaremos al padre Vitoria o al padre Mariana por sus ideas y contribuciones al derecho Internacional, la economía moral, el respeto a los Derechos Humanos siempre fundamentados en el pensamiento humanista y el realismo aristotélico-tomista. A la expansión de aquel gran Rey y estadista que fue Felipe II y su/nuestra primera gran globalización.

https://algodehistoria.home.blog/2019/11/15/escuela-de-salamanca-1/

https://algodehistoria.home.blog/2019/11/22/la-escuela-de-salamanca-2/

Todo eso estaba en España, porque ya era España; todo eso había conformado España cuando gobiernan los Austria o al llegar los Borbones. Eso era España cuando Carlos III se propone durante el Siglo XVIII la modernización de un País que se había reformulado entorno a un imperio. Consigue traer a España los preceptos ilustrados en el ámbito del pensamiento y la ciencia por medio de unas élites ilustradas. Aquella ilustración que en España se manifestó por ejemplo en el Diccionario de autoridades publicado en la Real Academia Española entre 1726 y 1739 se definía a la “luz de la razón” a la” luz de la crítica” o a la luz de “la verdad, el tiempo y la Historia” en la alegoría de Goya.

Pero ilustrados en España hubo pocos y reducidos a una élite, que saludaron con autentico ardor a Carlos III- con motivos, y no les defraudó-. En las Universidades españolas se difundían pensamientos de los autores del iusnaturalismo racionalista germánico como Puffendorf, Grocio, Almicus… De ahí proceden los proyectos de Mayans, las reformas de Olavide, las cátedras de derecho natural o del derecho de gentes… También llegaban las propuestas francesas y británicas de Locke, de la “Enciclopedia”, de Rousseau, del “Espíritu de las leyes” de Montesquieu o del consuetuditarismo constitucional británico que fueron estudiadas y puestos en práctica por Jovellanos, Campomanes, Cabarrús, Alcalá Galiano, Cadalso, Foronda, Martínez Merino…

Los ilustrados españoles, como manifestará Jovellanos, tenían una concepción del liberalismo reformista que no revolucionaria; no aspiraban a modificar sustancialmente el orden social y político vigente. Pretendían introducir reformas que fomentasen lo que denominaron pública felicidad o bien común, y para ello deseaban involucrar a las élites en su materialización.

La España de Carlos III fue un ejemplo de reforma y progreso en todos los órdenes. Esa era España cuando la invasión napoleónica y cuando la inutilidad y traición de Carlos IV y Fernando VII hacían presagiar que todo lo avanzado durante siglos iba a irse por el sumidero de la Historia.

Pero aquel espíritu estaba en nuestra sangre como pueblo, no sólo el pueblo levantado en armas sino en las expresiones políticas de realistas, liberales, americanos e incluso afrancesados – las cuatro facciones en las que se agrupó la España política a raíz de la invasión napoleónica, las tres primeras con asiento en las Cortes de Cádiz.

El liberalismo nacía de unas bases históricas- esbozadas en los párrafos anteriores- y así lo expresaron los liberales en Cádiz imbuidos de historicismo, pero no es menos cierto que nunca se había expresado en España de manera tan clara y contundente cómo ocurrió en Cádiz. Sobre todo, en la constitución de 1812. En ella se cimentaba una sociedad en la igualdad jurídica, una economía de mercado y un Estado de Derecho.

Los liberales constituyeron una minoría muy activa en aquellas Cortes y tuvieron una gran influencia por su cohesión política, personal, doctrinal y el empuje de la exultante juventud de sus representantes. Entre los liberales destacaban los clérigos, algunos nobles y otros miembros de la burguesía. Como curiosidad, en su origen geográfico, abundaban los extremeños y los asturianos.

Una de las características del corpus doctrinal defendido por los liberales y que se alejaba de otras manifestaciones foráneas de liberalismo, era que, pretendiendo ser revolucionarios, consiguieron acomodarse con los realistas para ofrecer un modelo reformista, basado en el nacionalismo patriótico, el historicismo y en el catolicismo.

Eran nacionalistas pues representaban a todo el pueblo español en armas. Esta posición creó la conciencia nacional, sumamente patriótica. Las libertades modernas se defendieron en España de la mano del patriotismo. Las manifestaciones antipatrióticas vinieron posteriormente de las posiciones absolutistas de la Santa Alianza, y de Fernando VII. Los liberales defendían la guerra frente al invasor, al contrario que los afrancesados; defendían, por ello, la tradición histórica frente a la imposición extranjera y al tiempo, sin caer en contradicción, las ideas francesas e inglesas como avanzadas frente a atraso de muchos sectores españoles.

Muchos liberales proyectaban ideas iusnaturalistas racionalistas procedentes de Francia e Inglaterra o Alemania y esas ideas, y todas las que había ido llegando a lo largo del siglo XVIII, se plasman de una u otra forma, con más o menos intensidad, en los artículos de la Constitución gaditana. Pero, sobre todo, esa influencia de puso de relieve en las más importantes premisas de la Constitución doceañista, como son la teoría de la soberanía, los conceptos modernos de Nación, Representación, Constitución y Monarquía. Esas premisas, plasmadas en la Constitución sí fueron un auténtico hecho revolucionario. El artículo más subversivo era aquel que señalaba que ”La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho a establecer sus leyes fundamentales” (art.3). Unido a aquel que señalaba que ”La potestad de hacer leyes reside en las Cortes con el Rey”(art.15).  O aquel “La potestad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales reside en los Tribunales establecidos por la Ley” (art. 17). En resumen, soberanía nacional y división de poderes.

La soberanía nacional se basó no en las ideas de los ilustrados franceses sino desde la originalidad española de defender su carácter tradicional y fundacional en la Historia de España y su función legitimadora de la insurrección patriótica contra el francés. Sus consecuencias sí se parecían a las extraídas por los franceses; sobre todo, la facultad nacional de dar o reformar una norma suprema, la Constitución, y la facultad de determinados órganos en actuar en nombre de esa Nación: las Cortes. El Rey pasaba a ser un órgano constituido, con notables facultades, pero muy disminuidas en relación a las que tenía en el Antiguo Régimen.

En Cádiz, conscientemente, para no ser acusados de afrancesamiento no se dio un listado de derechos y libertades, pero a lo largo del texto constitucional, de manera poco sistemática, sí se reflejaban algunos de esos derechos.

En el fondo, el resultado era muy francés y muy europeo, pero adornado con otros ropajes, entre los que destacaba que no se expresara la libertad religiosa.

El catolicismo fue interpretado como una marca de identidad nacional, conformando un ingrediente básico de la ciudadanía española. Mostrando cómo la asociación entre religión y nación se aceptaba de una forma tan natural como la existencia de la monarquía.

Todas las familias del liberalismo, más allá de su carácter conservador o progresista, establecieron el catolicismo como el elemento básico de su identidad religiosa. Una realidad que se fortaleció andando el tiempo cuando en 1851 se firmó el Concordato con el Vaticano.

Sin embargo, el liberalismo sufrió una modificación importante en sus planteamientos tras los dos embates absolutistas generados durante el reinado de Fernando VII: 1814 y 1823. Ambos acontecimientos provocaron el exilio en masa de los liberales y también de los afrancesados. Ya lo vimos al tratar la vida del Conde de Toreno, uno de los liberales más activos durante la Constitución de 1812 (https://algodehistoria.home.blog/2024/12/20/vii-conde-de-toreno/). Los refugios elegidos en ambos momentos históricos serán Gran Bretaña y Francia.

Los componentes que matizan o modifican las posiciones de nuestros liberales no se limitan al conocimiento que da el exilio sobre las teorías que mueven Europa, sino a otra serie de factores:

  • El carácter revolucionario que tenía el liberalismo se vio truncado al conocerse en la práctica el caos que esas posiciones políticas llevadas al extremo habían generado en la sociedad: los excesos de la revolución de 1789, el terror, el exceso de teorización, y el cataclismo que será en el futuro la revolución de 1848.
  • El radicalismo y la inoperancia del trienio liberal español (1820-1823).

En esa reacción contra esos excesos coinciden las teorías utilitaristas de Benthan, el positivismo de Comte, el constitucionalismo de Constant, la economía política de Say… En resumen, triunfa el liberalismo británico, con una atrayente síntesis entre empirismo e historicismo. Libertad y orden. Esas eran las premisas que no sólo influyeron en toda Europa, sino que las mismas transformaron a los liberales españoles, ni Argüelles, ni Toreno, ni Javier de Burgos o Martínez de la Rosa mantendrán ya las posiciones revolucionarias (cambio especialmente significativo en los dos primeros) que habían sostenido en la redacción de la constitución de Cádiz. De ahí que la Constitución pase a llamarse Carta otorgada, que eso fue el Estatuto Real de 1834, en el que el poder del Rey volvía a incrementarse, la separación de poderes cede paso a una colaboración entre Rey y Parlamento, las libertades ciudadanas se restringían a la luz del alboroto creado en el Trienio Liberal o el que se producirá con la Rebelión de los Sargentos en la Granja en 1836 que vuelve a mandar al exilio a nuestros ilustrados.

El Estatuto Real no duró mucho tiempo en vigor. No sobrevivió a las burlas de los liberales exaltados, a pesar de que España contaba con un régimen de libertades de los más avanzados de Europa. La Reina Gobernadora recurrió de nuevo a los más templados liberales, en este caso al Conde de Toreno para que impulsaran un nuevo texto constitucional. Así surge la constitución de 1837, en un modelo constitucionalista menos conservador que el Estatuto Real, pero que guardaba y equilibraba las esencias de “libertad y orden”. El texto fue fruto del consenso de todos. Fue una constitución aceptada por exaltados y moderados. Fue una constitución que duró menos de 10 años, pero con la trascendencia de haber significado la institucionalización definitiva de un régimen constitucional en España. Estaba inspirada en la francesa de Luis Felipe de Orleans y en el liberalismo de Bentham. Determinó además el nacimiento de los partidos políticos: moderados, por un lado, progresistas por otro. Se implantó un nuevo sistema electoral. Las siguientes elecciones, las más limpias de todo el Siglo XIX español, las ganaron los moderados.

Los liberales adscritos a la filosofía krausista construyeron desde finales de la década de los cincuenta una doctrina política que buscaba la armonía entre el individuo y el Estado, el capital y el trabajo, la naturaleza y el espíritu, los hechos y las ideas, la religión y la ciencia, la reacción y la revolución y la libertad y la igualdad. Ese racionalismo armónico, asentado sobre el Ideal de la Humanidad de Krause, conformó una doctrina política liberal, de tintes progresistas, pero irreductible al imaginario político del Partido Progresista. En ese ideario se mueven Sanz del Río, Francisco de Paula Canalejas, Azcárate o Giner de los Ríos que construyen una alternativa política propia en el marco del liberalismo isabelino.

Sin embargo, el caos nacional, con una Reina que no tenía ni la formación, ni la capacidad adecuada, la guerra civil, los políticos del momento…, no lograron dar los pasos necesarios para que el régimen liberal marchara sin quebranto. La clase dirigente, moderada y progresista, optó por acercarse a “espadas” prestigiosas, excelentes militares, cuya actuación política se basaba en la imposición y no en el liberalismo. Narváez como ejemplo de ellos. Sin embargo, la idea liberal seguía en la mentalidad nacional. Así nació la Unión Liberal de O’Donnell apoyada por los moderados para encontrar un gobierno con ciertas garantías constitucionales (sobre todo desarrolladas durante el gobierno largo de O’Donnell).

Pero el modelo liberal estaba en quiebra, y ni los gobiernos de la Gloriosa, la Primera República, la crisis del 98, con todos sus intelectuales, el movimiento nacionalista… no lo iban a arreglar. Con todo, las instituciones lograron salvaguardar la integridad del régimen en España. La monarquía constitucional no se hundió, como se hundió en Francia. La Restauración era un momento de esperanza y a esa tarea se enfrentaron desde el interior del régimen varios de sus políticos entre los que destacaremos a José Canalejas, cuya idea de fortalecer la Monarquía, el Parlamento y la Nación representaron el intento más firme por hacer compatible el régimen monárquico y la constitución de 1876 con las exigencias del nuevo liberalismo. Consideraba Canalejas que no resultaba necesario el cambio de régimen, ni siquiera una reforma constitucional, para cumplir los ideales de la democracia moderna. Democracia no era para el político liberal el desarrollo de los principios políticos del siglo XIX sino la efectiva realización de los ideales sociales del XX.

La esperanza se deposita en la llegada, en 1902, de un Rey joven, Alfonso XIII. Más progresista que conservador aparece como un monarca regeneracionista. Parecía representar el dinamismo que necesitaba España. A la muerte de Canalejas, sin embargo, los retos eran gobernar en la nueva sociedad de masas y cuáles serían las respuestas del liberalismo ante los desafíos que ofrecía, de un lado, la revolución soviética, y de otro, la eclosión del fascismo. Los intelectuales, en esta coyuntura, se presentaron como los nuevos “gurús” de la opinión pública, en la que la amenaza del hombre-masa, como apuntaba la obra de Ortega y Gasset, conformaba un nuevo orden social que fue abordado con temor unas veces, no exento de esperanzas, en otras. En ese nuevo marco el liberalismo democrático constituyó una alternativa real que la monarquía alfonsina no quiso, o no pudo, finalmente, acoger. Habrá de pasar más de medio siglo, hasta la Transición y la Constitución de 1978, con otro Rey joven, Juan Carlos I, para conseguirlo.

BIBLIOGRAFÍA

JOVER ZAMORA, José María (DIR.). “Historia de España: la España de Fernando VII”. Ed. Espasa- Calpe. 1978.

MARCO, José María. “Una Historia patriótica de España”. Ed. Planeta. 2011

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del Siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. 1981

SOLÉ TURA, Jordi y AJA, Eliseo. “Constituciones y periodos constituyentes en España (1808-1936)”. Siglo XXI editores. 1977

VII Conde de Toreno

Esta entrada se la dedico a mis amigos M.ª Ángeles Z., Luis A., y sus hijos.

José María Queipo de Llano y Ruiz de Saravia. VII Conde de Toreno, vizconde de Matarrosa. Nacido en Oviedo, el 26 de noviembre de 1786, y fallecido en París, el 16 de septiembre de 1843, fue un político- yo diría que la expresión más adecuada para definirle es, hombre de Estado-, liberal y excelente historiador.

Nació como primogénito de la casa de Toreno, una de las más ricas, antiguas e ilustres del Principado de Asturias. Único hijo varón de una familia con 5 hijos, fue educado de manera excelsa y exquisita. Cuando contaba con 4 años de edad, su familia se traslada a Madrid,  donde tiene como preceptor a su paisano Juan Valdés. Valdés, culto y liberal, instruye al niño en latín, literatura, humanidades, matemáticas y física. Hizo cursos avanzados en química, mineralogía y botánica. De gran facilidad para los idiomas, hablará griego clásico, francés, inglés e italiano, así como algo de alemán; pero dónde destacó fue en su facilidad para el conocimiento y uso del castellano. Las enseñanzas de su maestro Valdés no se limitaron a los aspectos culturales, sino que influyó de manera muy destacada en su pensamiento político, de tendencia liberal, al iniciarle en la lectura de libros como El Emilio El Contrato Social, de Rousseau.

Partamos de una aclaración previa, que veremos en profundidad en futuras entradas del blog. El liberalismo en el siglo XIX, el que profesaba nuestro invitado de hoy, se entendía como el movimiento contrario al antiguo régimen, como la defensa de la existencia del Estado para garantizar la igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos y el respeto y garantía del ejercicio justo de las libertades individuales. Para ellos, el Estado debe contar con límites claros a su poder para que no constituya un impedimento al ejercicio de la vida libre y autónoma. No se trata de moderados o radicales, de progresistas o conservadores, sino de la esencia común a todos ellos.

Toreno fue en excelente estudiante, un hombre ilustrado y un escritor destacado que expresó en sus libros sus conocimientos de todo tipo, aunque destacó en sus textos sobre Historia y Política.

En 1803, sus padres regresaron a Asturias, y él continuó sus estudios y entabló contacto con grandes políticos liberales, muchos asturianos y otros de Madrid: Agustín Argüelles (apodado “el divino” por su oratoria durante las Cortes de Cádiz. Abogado, político y diplomático, fue presidente de las Cortes en 1841 y tutor de la reina Isabel II), José Fernández Queipo (pariente del nuestro personaje y brillante político asturiano) y Ramón Gil de la Cuadra (formó parte de la Junta de Instrucción Pública. Firmó el informe sobre la reforma general de la educación nacional que redactó la Comisión en las Cortes de Cádiz). Se cree que, por entonces, con sólo 17 años, hizo una traducción de Eutropio, escritor romano del siglo IV, autor de un Compendio de Historia Romana, en diez libros que no editó, pero que anunciaban su afición a los estudios históricos.

La guerra contra los franceses, el 2 de mayo de 1808, le sorprendió en Madrid. Tras abandonar Madrid e instalarse de nuevo en Oviedo y estando congregada la Junta General del Principado de la que era miembros natos los condes de Toreno, por privilegio de familia, fue incluido él –además de su padre- como miembro de la misma, con tan sólo 22 años. Fue elegido para viajar a Inglaterra a solicitar la ayuda militar inglesa frente al invasor francés. Representó en Londres a la Junta Suprema de Asturias y su papel resultó crucial. Logró que el ministro de Relaciones Extranjeras les recibiera y viera con buenos ojos prestar ayuda a España.  Allí entabló amistad con otros políticos y militares como Castlereahg, Wellington, lord Holland (político, hispanista, amigo de Jovellanos y elemento fundamental en la forja de nuestro Estado liberal en sus primeros momentos). También logró contactos para sus intereses intelectuales como el del escritor Scheridan.

En diciembre de 1808, regresó a Oviedo donde, a la muerte de su padre, cambió su título de vizconde de Matarrosa, por el de conde de Toreno. Permaneció en Oviedo hasta mayo de 1809, ocupado por asuntos familiares y en la asistencia a las sesiones de la Junta, hasta que llegó a Oviedo el marqués de La Romana – encargado del ejército español en la defensa del norte (ver https://algodehistoria.home.blog/2024/11/08/cuando-galicia-mostro-el-camino-de-la-libertad-al-resto-de-espana-puente-sampayo/ )

La Romana disolvió la Junta asturiana y creó otra a punta de bayoneta, y nombró a Toreno miembro de ella. Sin embargo, el conde, no estando de acuerdo con las formas del marqués, no aceptó el cargo y se enfrentó a La Romana. Esto le podría haber creado más de un disgusto, de los que se libró por ser invadida Asturias por el ejercito francés al mando de Ney. La Romana se refugió en las montañas de Covadonga – con menos éxito y valor que Pelayo- y cuando los franceses se marcharon hacia Galicia – sin abandonar Asturias-, se desplazó a Andalucía. Dejando a nuestro protagonista tranquilo. En 1810, Toreno viaja a Cádiz en representación de Asturias en la Junta Central que se reúne en la isla de León. La finalidad de la Junta de Asturias era transmitir a la Central que debía representar a la Regencia y convocar Cortes. Se le encargó la redacción de la exposición que permitiría la defensa de esas posiciones. Tuvo éxito de nuevo y logró la convocatoria, no sin tener algunos desencuentros entre sectores más conservadores.

Las Cortes se proclaman el día de la Merced (24 de septiembre) de 1810. La invasión de Asturias, retrasó las elecciones en el Principado. A ellas se presenta Toreno sin tener los 25 años necesarios para ser elegido Diputado, pero una dispensa del Congreso le permitió concurrir y ser representante de Asturias en las Cortes de Cádiz.

Todos sus discursos estuvieron llenos de brillantez y espíritu liberal. Defendió la propiedad, pero no los señoríos – en contra de sus propios intereses económicos y tradicionales, dando muestras de gran patriotismo-, la soberanía nacional, que la potestad legislativa fuera compartida por las Cortes y el Rey ( hasta entonces sólo la ejercía el monarca). Aceptó la existencia de una sola Cámara. Partidario de configurar una normativa uniforme sobre la Administración territorial y local, anticipa lo que serán sus posiciones durante la regencia de M.ª Cristina . Defendió la creación de la figura del Alcalde como jefe político – en representación de la Soberanía Nacional- con representación popular y mando en plaza.

Siguió siendo Diputado cuando las Cortes se trasladan a Madrid. Si bien, con la intención de residir en Asturias. Tenía prevista su salida de Madrid para Asturias el 5 de mayo de 1814, como así aconteció, pero con más precipitación de la deseada.  El día 4 de mayo, Fernando VII firmó el Decreto de Valencia por el que declaraba nulo y sin valor todo lo acontecido en las Cortes extraordinarias y ordinarias, volviendo a implantar el sistema del antiguo régimen. No sólo anuló la obra de Cádiz, sino que en vez de premiar a los patriotas que habían luchado por España y preservado su Trono, el Rey felón declaró rebeldes a los liberales y constitucionalistas de Cádiz . En Asturias, Toreno recibió la noticia de la disolución de las Cortes, de la prisión de los Regentes, de los ministros y de varios de los diputados amigos suyos, así como que él se hallaba en situación de busca y captura. Salió hacia Ribadeo con intención de llegar a Portugal y, una vez en Lisboa, decidió trasladarse a Londres. Quiso instalarse posteriormente en París, pero la Presencia de Napoleón le hizo volver a Londres.

Después de la batalla de Waterloo, y restablecido en el trono Luis XVIII, volvió a Francia, a principios de agosto de 1815, pensando que sería un lugar seguro; sin embargo, su cuñado el general Juan Diez Porlier, preso en La Coruña por sus ideas liberales, se levantó contra el régimen absolutista. El pronunciamiento se inicia en la noche del 18 al 19 de septiembre de 1815.

Fue un pronunciamiento de corte liberal, pero moderado, que pretendía la vuelta a la Constitución de Cádiz y la convocatoria de Cortes. Este levantamiento tuvo repercusiones en Francia, pues temeroso de que el ejemplo se trasladara al país vecino, le gobierno francés persiguió a los liberales españoles asentados en Francia. Como consecuencia de ello, el Conde de Toreno fue hecho prisionero durante dos meses, al cabo de los cuales fue liberado sin cargos. Sin cargos, sin propiedades – Fernando VII se las había incautado- vivió en París pobre, pero muy reconocido por su talento y sus escritos. De esta época es su obra, traducida a varios idiomas: “Noticia de los principales sucesos ocurridos en el gobierno de España desde 1808 hasta la disolución de las Cortes en 1814”.

En 1820, a raíz del levantamiento de Riego. Fernando VII, como tantos traidores que cambian de opinión cuando les viene bien, afirmó: “marcharemos francamente, y yo el primero por la senda constitucional”.  Al conde de Toreno se le restituyeron todos sus bienes. Fue nombrado ministro plenipotenciario en Berlín. Pero se negó a aceptar el puesto, esperando ser elegido Diputado por Asturias, como ocurrió.  A punto estuvo de ser nombrado presidente de las Cortes, pero aún sin la presidencia fue un parlamentario brillante, especialmente en materia económica. En esta etapa, colaboró y entabló amistad con Martínez de la Rosa y otros diputados. Su prestigio volvió a engrandecerse, y gracias a él se logró que los disturbios provocados por Riego y otros exaltados no fueran a mayores. Sus años de exilio y penurias le habían hecho más tolerante y negociador. De ahí que a Toreno y a Martínez de la Rosa les llamaran pasteleros. Fueron los exaltados los que apodaron de aquella manera a dos brillantes personajes de la vida española. Lo que puso en peligro sus vidas: a la salida del Congreso, intentaron asesinarle en 1822. Llevado a su casa, en la que vivía con su hermana, la viuda de Diez Portier, allanaron el edificio e hirieron a varios criados. Al día siguiente, magullados, pero dignos e íntegros, Toreno y Martínez de La Rosa, volvieron al Congreso.

El Rey le pidió formar gobierno, pero se negó. En cambio, aceptó dar los nombres para el nuevo gabinete y así dio el de Francisco Martínez de la Rosa. Toreno, que ya no era Diputado, se marchó a París previendo lo que se avecinaba con los acuerdos del Congreso de Verona y la llegada de los 100.000 mil hijos de San Luis.  Viajó con toda Europa y fue bien reconocido, pero su experiencia no dejaba de ser amarga, la amargura del exiliado. 10 años duró esta etapa, aunque larga, no participó en ninguna conspiración. En otros aspectos, estos años fueron muy destacados: tuvo contactos con ilustres personajes, Châteaubriand, Say, Madame Staël, M. de Villèle, , el general Fay, Benjamín Constant, N. de Lafayette, M. Guizot, M. Thiers, el duque de Broglie y otros insignes liberales que prepararon la nueva senda liberal en que entró Francia en 1830.

A fines de 1827 empezó a poner en práctica su proyecto de escribir una Historia de España. En 1830,  concluyó el libro décimo de esa obra. En 1831 presentó los libros undécimo y duodécimo. Durante el año siguiente volvió a viajar por toda la Europa central e Inglaterra; y, a pesar de tanto viaje, escribió otros seis tomos.

El 15 de octubre de 1832, la Reina Gobernadora publicó el decreto de la primera amnistía, con ciertas restricciones que desaparecerían en breve. Toreno volvió a España en julio de 1833 y se instaló en Asturias donde permaneció hasta la muerte del Rey.

La Diputación General de Asturias lo nombró su representante ante la Reina Gobernadora en las proclamaciones del nacimiento y minoría de edad de la princesa Isabel.

Tras los Gobiernos de Cea Bermúdez y el ministerio de Javier de Burgos que lidiaron por modernizar España, para lo que, entre otras medidas, reorganizaron territorialmente el País y su Administración con tal éxito que la división territorial dura hasta la actualidad.

La Reina Regente se vio obligada a elegir a ministros entre los sectores liberales, fundamentalmente porque los más conservadores- con los que quizá comulgaba más con sus ideas-, se habían aliado con los carlistas, que le habían declarado la guerra. A ello hay que unir su matrimonio (secreto. Aunque un secreto a voces) con un plebeyo Fernando Muñoz, lo que le impedía proclamar la boda frente a los carlistas que se consideraban legítimos herederos.

Entre los sectores liberales eligió a los más templados por entonces,  y así nuestro protagonista fue nombrado ministro de Hacienda en 1834, en el gobierno de Martínez de la Rosa, gobierno que aprueba la carta otorgada que es el Estatuto Real. Bajo los dictados del Estatuto Real se desarrollaron los gobiernos de Martínez de la Rosa, Toreno, Mendizábal e Isturiz.

La situación económica de España, con una deuda exterior desbocada y los mercados ingleses cerrados para nuestro país, era desalentadora. Sin embargo, las medidas de Toreno surtieron efecto y logró con gran éxito encauzar las cuentas públicas. Fue ministro durante la presidencia de Martínez de la Rosa. Cuando éste cesó, fue elegido presidente del Consejo de ministros, es decir, presidente del Gobierno reteniendo el Ministerio de Hacienda y desempeñando de forma interina el de Estado.

Su conocimiento de Francia y Gran Bretaña le llevó a querer la modernización de España al modo británico. Sin embargo, no pudo desarrollar estas cuestiones pues duró en el puesto tres meses; la sublevación militar de los sargentos de La Granja, en agosto de 1836, hizo que se marchara de nuevo a París y a Londres, huyendo ahora de los liberales, como antes había huido de los absolutistas. De vuelta a España, logra, de nuevo, ser Diputado por Asturias.

Tras el Estatuto Real de Martínez de la Rosa denostado por los liberales más exaltados que querían recuperar la constitución de 1812, Toreno y otros sectores moderados impulsaron la constitución de 1837. Menos moderada que el Estatuto Real, pero sacada adelante con el consenso de todas las fuerzas liberales. Fue una constitución aceptada por exaltados y moderados. Fue una constitución que duró menos de 10 años, pero con la trascendencia de haber significado la institucionalización definitiva de un régimen constitucional en España. Estaba inspirada en la francesa de Luis Felipe de Orleans y en el liberalismo radical de Bentham, que además de la constitución francesa, había inspirado las de Brasil, USA y el sistema británico. España gozaba en aquellos momentos de un de los sistemas libertades y derechos más avanzados del mundo. Determinó además el nacimiento de los partidos políticos, moderados, por un lado, progresistas por otro. Se implantó un nuevo sistema electoral. Las siguientes elecciones, las más limpias de todo el Siglo XIX español,  las ganaron los moderados y en ellas Toreno volvió a conseguir el acta de diputado por su provincia natal. El conde acudió a Madrid para desempeñar su cargo de diputado y recibir el título de Grande de España que le había concedido la Reina.

Para entonces ya llevaba escritos 18 volúmenes de su Historia de España.

La regente María Cristina de Borbón, tras la revolución de 1840 que causa su dimisión, abandona el país. Se inicia así la regencia de Espartero (1840-1843).

Toreno, al igual que la Reina Regente y otros liberales, se instala en Francia con toda su familia. Se inicia en la recopilación de material para escribir una Historia de la Casa de Austria. Recorrió Alemania, Suiza, Italia, Bélgica y Países Bajos, todo lugar que le permitiera documentarse sobre este trabajo histórico.

En 1843, cuando, depuesto Espartero, se disponía a volver a España, falleció de manera inesperada y en pocos días.

Dejó viuda y tres hijos. Sus restos se depositaron en el cementerio de San Isidro de Madrid, para ser luego trasladados al panteón familiar de Cangas de Tineo.

La Real Academia de la Historia le había nombrado académico. Cuando murió, España se encontraba en una de tantas situaciones críticas que necesitan de las cabezas más brillantes para superar el futuro, pero Toreno ya no estaba.

A personas como Toreno se los echa de menos, entonces y ahora.

BIBLIOGRAFÍA

GONZÁLEZ MUÑIZ, Miguel Ángel.- “Los Asturianos y la Política”. Ed.  Ayalga, 1976 .

JOVER ZAMORA, José María  ( DIR.) “Historia de España: La España de Fernando VII”. Espasa-Calpe. 1978.

MARCO, José María. “Una Historia patriótica de España”. Planeta.2011

VARELA SUANZES-CARPEGNA. Joaquín- “ El Conde de Toreno (1786- 1843). Biografía de un liberal”. Ed Marcial Pons, 2005.

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del Siglo XIX” Ed. Espasa-Calpe. 1981.

 

La Gran Estafa: la venta de La Florida.

Con el título en español de «la Gran estafa» hay varias películas, pero sin duda la mejor, de 1973, tiene por director a Don Siegel. En ella se cuenta la historia de un robo con un comienzo fulgurante, tensión narrativa continuada, acompañada por una gran banda sonora de Lalo Schifrin. El argumento, propio del cine negro, se mueve entre situaciones comprometidas e inesperadas. Siendo una película de cine negro tiene aspectos propios de las películas del oeste con buenos, no tan buenos, malos que no lo son y malísimos con plena perversión; con tiros y la autoridad (policía o Sheriff) en busca de los ladrones. Y, sobre todo, con un protagonista emboscado entre bandos, buscando todo tipo de subterfugios para salir vivo de la situación. Una buena película que no sé por qué me ha venido a la mente cuando me he acordado de un acontecimiento histórico penoso para nuestra nación: la venta de La Florida a los Estados Unidos.

La emancipación americana tuvo dos grandes momentos, el primero, en 1810 coincidiendo con la llegada de las tropas napoleónicas a Andalucía. Las posiciones patrióticas en América se conformaron a partir de las juntas llamadas a la defensa de la nación española por el virrey de Buenos Aires y el de Nueva Granada que, sorprendentemente, se vieron enfrentadas a unas jornadas revolucionarias que se inician en Buenos Aires, Caracas,  Bogotá y que tienen manifestaciones destacadas en el nacimiento de la Junta Soberana de Quito en 1809 o el estallido de sublevaciones en México tras el popular “Grito de Dolores” (1810), es decir, enfrentados a movimientos insurreccionales contra la autoridad española. Este proceso se ve frenado en torno a 1814.

Su segunda parte, acontece a partir de 1817 y, especialmente, a partir de 1820 con la revolución de Riego. La insurrección de Riego, que subleva al ejército español que debía ir a sofocar las revueltas en América, lleno de romanticismo, de ingenuidad y de inoportunidad, incitado y, en parte, subvencionado por las intrigas anglo-rioplatenses para impedir que embarcara hacia América, precipita los acontecimientos independentistas en el Nuevo Mundo.

Todos los acontecimientos de la América central con Bolívar, el levantamiento de México y la sublevación criolla casi por doquier, salvo en Cuba y puerto Rico, fueron suficiente munición para que Estados Unidos buscara apoderarse de los territorios españoles al sudeste del río Misisipi.  Cabe recordar que en el siglo XVI y hasta fines del siglo XVIII recibía el nombre de La Florida un territorio mucho más extenso que el que hoy conocemos por ese nombre. El gobierno de La Florida abarcaba los actuales estados de Florida, Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Tennessee, Alabama y Misisipi. Teniendo el límite en el norte en el paralelo 36ºN. Se dividía en dos regiones Florida oriental y Florida Occidental.

En La Florida occidental los movimientos insurreccionales surgieron en 1814 en zonas del actual estado de Alabama y de la capital Pensacola (debemos recordar la gesta española en la toma de ese territorio en la guerra de independencia norteamericana. https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/ ).

La situación de La Florida Oriental era aún más precaria y en 1817 por orden de Simón Bolivar las tropas insurrectas tomaron el fuerte San Carlos, situado en la isla de Amelia en la costa nororiental de la Florida cerca de la frontera con Georgia. Poco después intentaron declarar la independencia de la República de Florida, con capital en Fernandina. Aprovechando estos acontecimientos el presidente estadounidense, James Monroe, y su secretario de Estado, John Quincy Adams, que cinco años después sería nombrado presidente de los EE. UU, mandaron un ejército que sofocó la insurrección de Amelia y Fernandina. Aquel ejército estadounidense contó con el apoyo de tropas españolas sitas habitualmente en Cuba. Ahí, España, como el protagonista de la “Gran Estafa”, no sabía que se encontraba ante dos enemigos: los insurrectos y EE.UU. Los primeros a cara descubierta, los segundos de manera más taimada.

En 1818, Andrew Jackson, futuro séptimo presidente de los EE. UU, invadió La Florida e inició lo que en la historia de los EE. UU se conoce como primera Guerra Seminola. La segunda Guerra Seminola se inicia después de la Compra de La Florida. En ellas los norteamericanos luchan contra los nativos de la zona, llevándolos a una reserva primero y, cuando Andrew Jackson alcanza la presidencia en 1829, expulsándolos de su territorio, dando lugar a la práctica desaparición de los indios seminolas en la zona. Esta fue una de las consecuencias de la marcha de España de aquel territorio. Para los amigos de la leyenda negra y de reescribir la Historia (otra gran estafa), cabe recordar que los indios se mantuvieron vivos y dueños de sus territorios hasta que España se fue. Fueron los anglosajones los que exterminaron a los nativos. 

Pero nos habíamos situado en 1818 y la invasión de Florida por los americanos. En ese momento las autoridades norteamericanas proponen a España la compra de aquel territorio. El Gobierno español, con las arcas exhaustas tras la guerra de la independencia, sin fuerzas para soportar más conflictos, envió a Luis de Onís en representación de Fernando VII para negociar las condiciones de venta de La Florida, siendo John Quincy Adams el representante estadounidense. De ahí que aquel tratado se conociera como Tratado de Adams-Onís. El documento del acuerdo se redactó y firmó en Washington el 22 de febrero de 1819, pero no fue ratificado por las Cortes españolas y refrendado por nuestro rey Fernando VII hasta dos años después, de ahí que algún lector haya podido ver a lo largo del año pasado noticias que señalaban que estábamos ante el bicentenario del acuerdo.

El primer nombre que tuvo el tratado fue “Tratado de Amistad, arreglo de diferencias y límites entre su Majestad Católica de España y los Estados unidos de América”. Demasiado largo para ser el texto por el que nos desplumaron en una de las mayores estafas históricas de todos los tiempos.  

“El documento original presenta siete páginas donde ambos representantes de cada nación ponen fin a las diferencias entre los dos países y se establecen una serie de límites fronterizos en lo que respecta a América Septentrional.

El tratado original, una vez presentadas ambas partes, se conforma de dieciséis artículos, destacando el primero, muy importante, ya que se dispone que haya “una paz sólida e inviolable, y una amistad sincera entre S. M. C, sus sucesores y súbditos, y los Estados Unidos, y sus ciudadanos, sin excepción de personas ni lugares”.

El segundo artículo también es esencial ya que ocupa la parte más crucial de las negociaciones donde España cede a los Estados Unidos los territorios que se hallaban al Este del Misisipi, que se conocían en ese momento como la Florida Occidental y la Florida Oriental.

El siguiente artículo es el más largo de todo el documento ya que es donde se realiza la división territorial y se citan con exactitud los lugares, ciudades y territorios pertenecientes a cada nación después de la firma del tratado y como se fijan sus fronteras.

En los siguientes puntos se redacta una serie de cuestiones sociales, políticas y económicas. Entre estos se puede destacar el número cinco donde se decreta que se respete la religión de los habitantes de todo el territorio que pasa a los Estados Unidos sin restricciones. También el siete, donde se promete que las tropas del rey de España abandonarán los territorios cedidos a Estados Unidos en un plazo de seis meses tras la firma del documento. El precio por la venta de La Florida, 5 millones de dólares, queda registrado en el número once. También en los últimos puntos se fijan los límites en la navegación de barcos españoles en aguas americanas, dónde Estados Unidos se compromete a comprar productos españoles para ese territorio.

Uno de los detalles más importantes de la negociación es la intención de los dos países de que haya paz y buenas relaciones entre ambos. Una muestra de ello es cuando en los últimos puntos se decreta que no haya indemnizaciones por daños y perjuicios respecto a incidentes y cuestiones que se produjeran antes de la fecha actual de la firma”[1]

Así pues, la venta fue la solución con la que España de deshizo del mismo territorio que había reclamado Ponce de León en 1513 y por el que Bernardo de Gálvez había luchado hasta la heroicidad en el S. XVIII. https://algodehistoria.home.blog/2020/07/03/la-presencia-espanola-en-ee-uu/

De modo inmediato a su ratificación, España se hacía con la plena soberanía de Texas (aunque apenas pudo explotar sus riquezas) a cambio de ceder Florida y Oregón y, por su parte, Estados Unidos lograba llegar hasta la costa oeste con el segundo de los territorios. Washington obtuvo luz verde para expandir su frontera hasta el Pacífico por encima del paralelo 42, lo que le permitía potenciar las relaciones marítimas y comerciales con Europa.

Como consecuencia del tratado, la gran mayoría de la población española en La Florida emigró a Cuba, atrás dejaron su huella en un territorio marcado por el paso español, principalmente en muchos de los nombres que todavía hoy se conservan, pero de una manera más escasa de lo deseable en nombres y algunos edificios: (iglesias, edificios gubernamentales, fortalezas …) y con apenas descendientes de españoles de entonces. La segunda consecuencia ya la relatamos en relación a los indios seminolas.

Pero la gran estafa, en términos económicos, provino de que los cinco millones de dólares, cantidad que en sí misma ya suponía una cifra ridícula, no se cobraron, pues en contra de lo que señalaban los últimos puntos del acuerdo, los americanos los computaron como parte de las compensaciones que, a decir de EE. UU, España les debía. Lo que demuestra que España no acertó a negociar y concretar el modo de pago de aquellos millones, y que nuestra debilidad, después de haber sido el mayor imperio del mundo, era extrema, propia de una nación sombra de lo que fue por culpa de unos gobiernos nefastos de Fernando VII. Nos estafaron, pero lo peor es que no lo supimos ver. O, si se vio, se prefirió olvidar el sacrificio hecho por tantos españoles en el descubrimiento, evangelización, ilustración y mantenimiento de aquel territorio. Es cierto que la necesidad nos acuciaba y que las armas no hubieran podido darnos un mejor resultado, al contrario, pero un mal gobierno siempre lleva una mala negociación y pésimas consecuencias.

El 3 de marzo de 1845, Florida se convirtió en el estado número 27 de los Estados Unidos de América.

 

BIBLIOGRAFIA

Documento del Tratado de Adams-Onís.

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. 1981.

AGUADO BLEYE, Pedro. “Historia de España” Espasa Calpe. 1956.

 

[1] Análisis del documento del acuerdo realizado por la Biblioteca Nacional donde se encuentra depositado

El Afianzamiento de la Nación Española. La Constitución de Cádiz

La guerra de independencia se produce en un entorno histórico en el que se disputa la preeminencia francesa con sus ideas revolucionarias exportadas por medio de los ejércitos napoleónicos frente a la sublevación de los que no se dejan dominar, dando lugar a diferentes guerras nacionales de liberación. Por otro lado y desde el punto de vista meramente político, el ambiente europeo está impregnado de los postulados de la ilustración y del constitucionalismo francés y norteamericano, o siguiendo un patrón más amplio, imbuido de las, llamadas por Palmer, revoluciones atlánticas. En todas ellas el elemento característico nace del equilibrio de poderes, en la eliminación de la ostentación del poder por una persona o grupo de ellas, dueños del poder político, para pasarlo a todos los ciudadanos. Realmente, este proceso de reformas, las emprendidas u otras, hacía tiempo que los ilustrados de toda Europa, españoles incluidos, veían como una necesidad para que el “Antiguo Régimen” pudiera ser útil.

Siguiendo ese patrón, en España los mayores avances los habían hecho los tres primeros Borbones (olvidándonos a Luis I), es decir, Felipe V, Fernando VI y Carlos III. Incluso en el reinado de Carlos IV, Godoy intentó continuar las reformas de los brillantes reyes anteriores. Pero la situación colapsó por la intervención napoleónica, favorecida por las disensiones entre Carlos IV y Fernando VII, que culminan con la Abdicación de ambos en favor de Napoleón y el establecimiento de un Gobierno francés bajo el reinado de José I.

A partir de aquí, es el gobierno del rey intruso el que dirige las instituciones tradicionales de España, inutilizándolas a ojos de los españoles. En la búsqueda hispana de  un gobierno legítimo, se idean varias soluciones:1) la afrancesada, que consistía en plegarse al invasor y a su superioridad, 2) la que toscamente buscaba la vuelta antiguo régimen, inmovilista y radical, y (3), en medio de ambas, la España patriótica ilustrada, la que superaba la distancia entre aquellos dos polos, la España de los que se mantenían fieles a la Independencia de España y firmes ante la necesidad de revisión que el momento exigía, la España de los que reivindicaban las reformas brillantes que imperaron durante todo el SXVIII, las que dieron a España y a sus provincias americanas una enorme estabilidad y prosperidad.

En la búsqueda de un gobierno legítimo, esa España ilustrada y patriótica analiza las bases de nuestra nación, de su Historia y tradiciones y así, por un lado, recupera la teoría de la escolástica española de la “Traslatio Imperii” según la cual la soberanía era otorgada por Dios al pueblo y este se la transmitía al monarca. Por otro lado, los ilustrados, iusnaturalistas, apelaban a la idea de contrato social que había sido recogido como base de la revolución francesa. En ambos casos la idea de soberanía residía en el pueblo de una manera más o menos inmediata. En el caso de los escolásticos, se pensaba que el pueblo transmitía al rey la titularidad de la soberanía y el ejercicio de la misma; los segundos, los liberales, consideraban que sólo se transmitía el ejercicio y no la titularidad. En todo caso, ante la usurpación del poder, como eran las circunstancias de España en 1808, el pueblo recuperaba lo que le era propio y lo administraba hasta encontrar al gobierno legítimo.

La combinación de ambos postulados será una de las características peculiares de la España de entonces. España durante todo el S.XVIII se había imbuido de los preceptos ilustrados, pero manteniendo la esencia de su personalidad como nación, sintiéndose orgullosa de su pasado, de su gran presencia en América, que ya quisieran los imperios británicos o francés poder contar, siendo la precursora de los Derechos Humanos por aplicación de las más profundas convicciones católicas. España había antepuesto los intereses nacionales a otros fines, logrando un siglo de brillante desarrollo y modernización, como posiblemente no encontremos otro en nuestra Historia y, sin embargo, algo se torció a finales de siglo XVIII y durante todo el S.XIX.[1]

La invasión napoleónica vino a trastocar el desarrollo iniciado por un miedo a la aplicación que Francia había hecho de la ilustración, con revolución, fin de la monarquía, terror… y que parecía ahora venía de la mano del invasor.

La España popular, aquella que constituía la base de la nación, aquella que había ido asimilando poco a poco la esencia nacional desde la Hispania romana, la unidad visigoda y la Reconquista, reaccionaba contra el invasor, sin más ideología que la defensa de lo suyo y de su rey.  Son los intelectuales los que se dan cuenta de que hay que dar una estabilidad política a aquella reacción, en cómo hacerla está la diferencia. Unos buscaban una España reformada, pero sin revolución, al modo inglés. Tenían una idea pactista de la Constitución, poniendo límites al ejercicio del poder del Soberano, estableciendo una soberanía compartida entre Rey y Cortes que permitiera una representación tradicional de ciudades con derecho al voto, en una cámara estamental y una segunda, provincial, elegida por sufragio popular. Entre ellos y como cabeza destacada estaba Jovellanos y también Floridablanca. Por otro, un grupo más radical consideraba la soberanía como propiedad exclusiva del pueblo, con división clara de poderes y el reconocimiento de derechos y libertades ciudadanas. Ésta segunda era una posición mucho más revolucionaria que reformista, al gusto francés, pero sin ser afrancesados sus partidarios, por eso seguían apelando a la Constitución histórica española. Formaban lo que pronto pasó a denominarse liberales, voz de origen hispano que así se extendió por el mundo.

La expresión de este grupo de patriotas, más moderados unos, más radicales otros, queda manifiesta en las palabras de Jovellanos al general Sebastiani cuando le propuso formar parte del gobierno de José I: “Señor General. Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa que sostiene mi patria, que unánimemente adoptamos los que recibimos de su mano el augusto cargo de defenderla y regirla, y que todos hemos jurado seguir y sostener a costa de nuestras vidas. No lidiamos, como pretendéis, por la Inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el interés de los Grandes de España; lidiamos por los preciosos derechos de nuestro Rey, nuestra Religión, nuestra Constitución y nuestra independencia… [Y por] el deseo y el propósito de regenerar España y levantarla al grado de esplendor que ha tenido algún día y que en adelante tendrá, es mirado por nosotros como una de nuestras principales obligaciones”[2].

Cabe señalar que Napoleón creyó que otorgando una constitución liberal a España apaciguaría el levantamiento nacional contra sus tropas, pero no fue así. Así nació la Constitución de Bayona en 1808. La Constitución de Bayona, realmente una carta otorgada, de carácter liberal en apariencia si bien dominada por el autoritarismo napoleónico, es confesional, al modo tradicional español, y en sus 146 artículos intenta sofocar las instituciones del Antiguo Régimen estableciendo una reforma política, social y económica que potencie a la burguesía y debilite a la nobleza. No establece un listado de derechos, pero recoge varios y asimismo reconoce representación a las provincias de ultramar.  Su presencia, aunque rechazada por los españoles, no dejó de ser importante para crear el ambiente propicio a los cambios que se darán en España. De hecho, en Cádiz, llaman como experto para que ayudar en la redacción de la Constitución gaditana a Ranz Romanillos, que había participado en la redacción de la de Bayona.

Por su parte, en el gobierno de los españoles, aquellos postulados políticos nacionales y patriotas que se daban en los sectores ilustrados se vieron representados, en las Juntas provinciales y locales, que nacieron como oposición político-organizativa de la nación frente al invasor. En ellas tienen acomodo todos los estamentos sociales, intelectuales, nobles, pueblo llano, clero. Muchas de aquellas Juntas apelaron a las instituciones tradicionales y asumieron el poder en nombre del que creían era su legítimo dueño- el rey Fernando VII-. En las juntas se recogen los postulados del poder legítimo nacional nacido de la Historia, la escolástica, la tradición y la modernidad con todas sus variaciones y divergencias. Pero en su organización, las Juntas se mostraban como una amalgama de poder acéfala; patriota, pero sin un camino unitario, en medio de una guerra emprendida por el pueblo español, sin una coordinación unívoca. Esa tendencia se revierte cuando se opta por la formación, en septiembre de 1808, de una Junta Central y con ella un movimiento centralizador que fue, con el tiempo, limando el poder provincial, pero dejando en sus manos algunas competencias destacadas: alistamiento, recaudación, órganos periféricos del Gobierno central, daría lugar a la estructura provincial bajo el principio de desconcentración y coordinación que será esencial en la futura estructura administrativa de España. Pero, antes de culminar ese proceso, la Junta Central (la Derrota de las tropas españolas en Ocaña en noviembre de 1809 lleva a la Junta a Refugiarse en Cádiz), tenía la obligación para seguir ahondando de un proceso político de representación de la España invadida frente al usurpador y, por ende, de convocar Cortes, como órgano de representación política de la soberanía. La primera Junta que señala la necesidad de convocar Cortes fue la de Asturias, y el primer decreto de convocatoria de Cortes se dictó el 22 de mayo de 2009

La propia convocatoria fue complicada por su ánimo de incluir a todos los sectores nacionales. Para los trabajos preparatorios, se nombró una Comisión de Cortes, que elaboró una “Instrucción que deberá observarse para la elección de los diputados en Cortes”, debida a Jovellanos, es decir, bajo los principios reformistas no revolucionarios, pero buscando un camino intermedio entre ambos. Por eso en los futuros escaños se pretendía una representación popular (un diputado por cada cincuenta mil habitantes), una representación territorial (un diputado por cada Junta superior provincial) y una representación estamental (ciudades, grandeza de España y sector eclesiástico). Como apoyo a aquella Comisión se nombró una Junta de Legislación cuyo trabajo, fijado en otra Instrucción del mismo Jovellanos, tenía como objetivo “meditar las mejoras que pueda recibir nuestra Legislación, así en las Leyes fundamentales como en las positivas del Reino y proponer los medios de asegurar su observancia”. Es decir, se admite la posibilidad de reformar las leyes constitucionales de España, lo que sin duda supuso el punto más conflictivo. Al frente de esta Junta estaba Agustín Argüelles, un liberal que pretendía una revolución más que una reforma. De hecho, en los trabajos de esta comisión se inició la redacción de una nueva constitución, en contra de la posición de Jovellanos y otros ilustrados. El prócer asturiano sostenía que España ya tenía una constitución formada por las leyes que fijan los derechos del soberano y de los súbditos, y contaba con los medios necesarios de preservar unos y otros. Para Jovellanos aquellas leyes no habían sido postergadas o destruidas por ningún dictador, por tanto, si faltase alguna medida para conseguir su observancia debía establecerse, pero no era necesario sustituirlas por otra norma suprema. [3]

Sin embargo, los liberales consideraban que la desidia, la ignorancia y el abandono que se habían hecho de aquellas leyes constitucionales de España habían tenido como consecuencia su inutilidad, habían dejado de tener efecto.[4]

Se inicia así un proceso constituyente en el que la Junta central se disuelve en manos de una regencia, formada por cinco miembros, que se propuso la dirección de la guerra y la reestructuración del Estado y que hace el llamamiento a cortes, constituyentes y extraordinarias, el 1 de enero de 1810.

Llamamiento que abarcaba sólo a los representantes de las provincias y de las ciudades con voto en Cortes. Aunque no hubo un primer llamamiento por estamentos, la reunión final sería La representación en las Cortes generales de la nación elegidos electoralmente y por Estamentos (nobleza, clero y estado llano) como en el Antiguo Régimen. Se procedió a la elección de los representantes de la nación, así como, a los suplentes de América y Asia y de las provincias ocupadas por el enemigo que no pudiesen elegir libremente a sus diputados[5] (No se sabe cómo se realizaron estas elecciones en medio de un país ocupado por los franceses en su mayor parte. Previsiblemente tendrían un carácter clandestino y la participación sería muy baja. De ahí que se recurriera a un sistema de suplentes nombrados entre los oriundos de cada región residentes en Cádiz). Finalmente, las Cortes se reunieron en la Isla de León el día 24 de septiembre de 1810. Se reunieron en cámara única. Su composición fue la siguiente: eclesiásticos, 97; catedráticos, 16; militares, 37; abogados, 59; funcionarios de diferentes Cuerpos, 54; grandes propietarios, 15; médicos, 2; otras profesiones populares, 20. En total, 300 diputados; de ellos 30 representaban a las provincias de ultramar. Todos juran defender a su legítimo Rey Fernando VII. Sin embargo, por los avatares de la guerra no se reunieron nunca los 300.

Como la guerra hacía peligrar la estancia de las Cortes en la isla de León, decidieron trasladar la sede de las reuniones a Cádiz capital. La última sesión en la isla de León fue el 20 de febrero de 1811 y la primera en Cádiz el 24 del mismo mes.  Tras ocho meses de discusiones parlamentarias, la constitución fue promulgada el día 19 de marzo de 1812, aniversario de la subida al trono de Fernando VII y fiesta del patriarca San José, motivo por el cual, el pueblo comenzó a festejar su aprobación con el famoso grito de “viva la Pepa”.

En su estructura es una constitución muy extensa de 384 artículos divididos en 10 títulos, eminentemente rígida al analizar su sistema de reforma, si bien no consideró necesario establecer un control constitucional de las leyes.

En su contenido, la Constitución de 1812, a pesar de todas las tendencias ideológicas vistas, con toda la buena voluntad, logró un texto que unía la soberanía popular, los derechos del Rey, con las exigencias de los liberales, que en última instancia fueron los más influyentes en el texto. Redactada esencialmente por Agustín Argüelles, Diego Muñoz Torrero, Evaristo Pérez de Castro y el ya nombrado Romanillos, enlazaba con las leyes tradicionales de la Monarquía española, pero, al mismo tiempo, incorporaba principios del liberalismo democrático tales como la soberanía nacional y la separación de poderes. Es decir, se proclama constitucionalmente la existencia de la soberanía popular, no del rey o compartida entre ambos, el rey no lo era por origen divino sino por la gracia de Dios y la Constitución; el poder recaía, pleno y supremo, en esa Nación como Ente distinto de los individuos que la integran.

Como consecuencia de ello, la Corona veía limitado su poder, conservando una participación en el Poder legislativo, con una tímida iniciativa y un veto suspensivo, así como la titularidad del Poder ejecutivo, aunque sus actos debían ser refrendados por los Secretarios de despacho. Se introduce, por tanto, el principio de separación de poderes, siguiendo los modelos de las constituciones francesa de 1791 y norteamericana.

La constitución presenta algunos otros elementos destacados y dignos de mención:

  • Fue una constitución demasiado extensa y prolija en algunos aspectos. Entró a regular materias que deberían haberse dejado al Legislador o incluso al propio Ejecutivo. Así, por ejemplo, se extiende en detalles relativos a la regulación de los poderes del Estado y del régimen electoral. Lo que no es más que la muestra de aquello que realmente preocupaba en el momento, la auténtica revolución interna que era la limitación del poder monárquico y la ostentación de la representación del poder popular por parte del Parlamento a través de las elecciones.
  • Las Cortes se organizaban en una Cámara única, pues se temía que el clero y la nobleza consiguieran apoderarse de una Asamblea de Próceres, obstaculizando la renovación política, social y económica que se pretendía operar. Quizá para evitarlo redactaron algunos artículos ciertamente curiosos como artículo 6 que señala: “el amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y así mismo ser justos y benéficos”. Asimismo, y posiblemente con la intención de conducir al monarca, sobre el que recaía el poder ejecutivo en el artículo 13 se expresaba en los siguientes términos: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.
  • Aunque no se estableció un listado de derechos y se negó el derecho de libertad religiosa (España se proclamaba como estado confesional), sí hubo un reconocimiento a determinados derechos como la libertad de pensamiento y expresión de una manera muy amplia, aunque limitado por una censura en aquellos aspectos en los que se mancillara a la religión; se establece la libertad personal; el derecho de propiedad; derecho a la educación elemental con la obligación de un Plan nacional unitario para toda España; libertad de imprenta; derecho al sufragio activo y pasivo, el primero universal masculino y el segundo censitario, con lo que, para ser candidato era necesario poseer una renta anual procedente de bienes propios …
  • A los derechos anteriores hay que unir una serie importantísima de preceptos en materia penal y civil que se mantienen vigentes en la actualidad como, la inviolabilidad de los diputados con tribunales especiales que los juzguen, la inviolabilidad del domicilio, la posibilidad de poner fin al arresto mediante fianza, la imposibilidad de arrestar sin ser informado de los derechos, de la existencia de orden judicial o la limitación de imponer penas físicas…

Tras la derrota de Napoleón, las fuerzas del Antiguo Régimen pretendieron volver al lugar político que ocupaban antes de la Revolución Francesa, pero ya su presencia no se hacía con la armonía de un sistema que había evolucionados desde la Edad Media, como solución y aplicación del Estado-Nación, sino en sus maneras absolutistas más radicales, que en España encontraron en Fernando VII un defensor a ultranza. Derogó la Constitución de Cádiz en 1814, pero tras el pronunciamiento de Riego en 1820, se vio obligado a jurarla de nuevo, iniciándose así el Trienio liberal.

Con ello terminó la vigencia de la Constitución de Cádiz, pero no su influjo, que gravitó sobre la política nacional, directamente hasta 1868, e indirectamente, durante el resto del ciclo liberal hasta nuestros días. Tuvo además una gran influencia fuera de España, en América, en las constituciones de las provincias españolas al independizarse, siendo la pieza clave de la transferencia de los ideales del liberalismo al mundo hispánico, formando parte del trasfondo de su Derecho y de la estructura de los nuevos estados. En Europa, influyó en los preceptos constitucionales de Portugal, en el surgimiento del Estado italiano e incluso en la Rusia zarista.

La Constitución de 1812 se convierte en el antecedente de lo que será el régimen democrático actual en España. La constitución introdujo a España en la modernidad político-jurídica, nos incorporó al constitucionalismo y a la superación del Antiguo Régimen, y consolidó el concepto de Nación y soberanía popular. Es este aspecto lo que hace grande a la Constitución de Cádiz. La Constitución de 1978, la otra gran constitución de nuestra Historia, enlaza directamente con los preceptos liberales de Cádiz, con su espíritu creativo y moderno. En el camino hemos pasado por distintas guerras de independencia en América, diversas guerras civiles en el interior de la Península durante los siglos XIX y XX, ocho textos constitucionales inestables y poco estimados, varios golpes de Estado, dictaduras militares, dos repúblicas profundamente fracasadas y calamitosas para el devenir histórico de España y un proceso nacionalista desastroso para la Nación. Cádiz consagró a la ya existente Nación española y supuso la modernización política de España; el régimen del 78 aspira a mantenerlo y afianzarlo. En ambos casos, los españoles nos hemos dado dos magníficas constituciones fruto de un esfuerzo común de superación, a ver si no lo estropeamos.

BIBLIOGRAFÍA

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FERNÁNDEZ MARTÍN, Manuel, “Derecho parlamentario español” Google Books:

https://books.google.es/books?id=FigGAAAAMAAJ&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false

[1] Julián Marías “España Inteligible”. Alianza Ed. 2014. Pag.315-320

[2] Carta de Jovellanos de 1809 recogida en “Jovellanos en la Guerra de la Independencia”. Real Academia de la Historia- José Gómez Centurión-

[3] La instrucción y los acuerdos de la Junta de Legislación pueden consultarse en TOMÁS Y VALIENTE, Francisco, “Génesis de la Constitución de 1812”.

[4] RODRÍGUEZ DE CAMPOMANES, Pedro, Tratado de la regalía de amortización”

[5] FERNÁNDEZ MARTÍN, Manuel, Derecho parlamentario español. pp. 600-619.

HÉROE: PABLO IGLESIAS

Hoy vamos a nuestro hilo de héroes, para contar la historia de un héroe para los amantes de la libertad y del orden constitucional: Pablo Iglesias.  Es posible que muchos lectores al llegar a este punto hayan dado un respingo en el asiento, es posible que muchos lectores al leer el nombre de nuestro héroe hayan pensado en uno o dos personajes, posiblemente, uno histórico, porque ya falleció, y otro que inunda las páginas de los periódicos actuales, pero, en España, ciudadanos que se llamen Pablo Iglesias debe haber muchos y es posible que algunos lectores hayan vislumbrado que nuestro héroe de hoy es Pablo Iglesias González.

Nació en el seno de una familia de artesanos “tiradores de oro” es decir, trabajadores que presentan ese mineral en forma hilo. Su maestro en el oficio fue su padre, el cual murió a consecuencia del levantamiento del dos de mayo de 1808, en la que participó en defensa de la libertad del Rey y de España. Pablo se hizo cargo del negocio junto con su hermana y madre. La prosperidad del oficio, le posibilita una renta holgada que le permite participar en política desde 1822, y es a partir de ese momento cuando su actuación nos interesa.

Veamos, primero, la situación de España en aquellos años.

El periodo que va desde 1815 a 1848 viene significado en la Historia de Europa por el conflicto entre dos tendencias, de un lado, los absolutistas que pretendían retrotraer los sistemas sociales y políticos a la situación previa a 1789 y, de otro, los liberales, que defendían la soberanía popular y su expresión en una carta constitucional que determinara los valores y principios del orden político de cada Estado.

En España, tras el tratado de Valençay, en 1813, Fernando VII vuelve a nuestro país; desde entonces, todos los acontecimientos absolutistas producidos bajo su reinado tuvieron el apoyo unas veces explícito, otras implícito, del rey felón.

En 1812, se promulga la Constitución de Cádiz producto de las tendencias liberales e ilustradas de muchos intelectuales españoles y cuya novedad esencial es el reconocimiento de que la Soberanía Nacional reside en el pueblo español. Desde entonces y si atendemos a la superficie de los hechos,  se producen una serie de movimientos convulsos con enfrentamientos entre los partidarios del liberalismo y los propagadores del absolutismo. Fernando VII juró conducir España por la senda constitucional de 1812, pero, en 1814, apoyaba el primer movimiento absolutista. Aceptó a regañadientes el viraje constitucionalista en 1820, para volver al absolutismo en 1823 tras congratularse por la injerencia de las potencias extranjeras de la Santa Alianza y apoyarse en los cien mil hijos de San Luis. Tras su muerte, se produce la definitiva implantación constitucionalista en España aunque con sus altibajos y enfrentamientos.

Desde 1814, paralelamente a la etapa absolutista iniciada aquel año. Se desarrolla un movimiento liberal que pretende impulsar las ideas nacidas durante la guerra de la independencia. Este movimiento liberal podemos resumirlo en tres etapas: a) una primera fase de 1814 a 1820 de conspiración frente al absolutismo realista. b) una segunda etapa de 1820 a 1823 en la que gobiernan- Trienio liberal-. c) Una tercera fase que va desde 1823 a 1832, en la que, perseguidos por los absolutistas, los liberales o mueren o emigran- principalmente, vía Gibraltar a Inglaterra y tras la revolución de Luis Felipe de Orleans en Francia, revolución burguesa de 1830 , los asentados en Gran Bretaña se mudan a Francia-.

El Trienio liberal fue un periodo convulso en España, a contrapié de una Europa en retroceso político desde la derrota de Napoleón.

Cuando a partir de 1821 se empiezan a aplicar las reformas liberales (medidas desamortizadoras sobre bienes de la Iglesia, traslado de las aduanas al Bidasoa, nuevas contribuciones, servicio militar…) la oposición absolutista irá en aumento. Pero, además, desde la axiología jurídica, el Trienio liberal es el primer periodo en el que se actúa estando en vigor la Constitución de Cádiz, es decir, el constitucionalismo liberal, que era considerado como un mal ejemplo en una Europa dominada por la Santa Alianza y el regreso al Antiguo Régimen. Por ello, el Congreso de Verona reúne a las potencias europeas que deciden enviar un ejército para poner fin al proyecto liberal español y devolver el poder absoluto al Rey Fernando VII.

El propio monarca había solicitado la ayuda de las potencias europeas y, en aplicación de ese auxilio, en abril de 1823, se produce la invasión francesa de los llamados “Cien Mil Hijos de San Luis” bajo el mando del duque de Angulema. Paradójicamente, la Francia que trajo las ideas ilustradas y el constitucionalismo,  viene ahora a restaurar el absolutismo con el apoyo de la guerrilla antiliberal.

La expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis fue prácticamente un paseo militar. Las tropas liberales fueron retirándose sin apenas oponer resistencia. Realmente, los Cien Mil Hijos de San Luis a penas superaban la cifra de 95.000, entre soldados franceses y algunos voluntarios españoles, que hubo de enfrentarse al ejército constitucional español formado por 130.000 efectivos. Pese a la superioridad numérica liberal, las tropas españolas estaban mal organizadas y sólo hubo una resistencia eficaz en Málaga, Granada y Jaén (gracias a la hábil dirección de Riego), en Cádiz (por ser la sede de las Cortes Constituyentes) y en Cataluña, donde las comandaba Francisco Espoz y Mina. El ejército francés logró sus objetivos: ocupó Madrid sin resistencia; según el Marqués de Miraflores los Cien Mil Hijos de San Luis fueron recibidos por el pueblo como libertadores a los gritos de ¡Viva el Rey absoluto! ¡Viva la Religión y la Inquisición! y, sobre todo, el más conocido de todos: ¡Vivan las cadenas! Tras la toma de la capital, el ejército foráneo persiguió a los liberales hasta Andalucía. Finalmente, tras incumplir su pacto con las Cortes de Cádiz, Fernando VII abolió las leyes del Trienio liberal y volvió a ser un rey absolutista y duramente represor de los liberales.

En este contesto aparece nuestro héroe: Pablo Iglesias González (1792-1825), defensor de la integridad nacional ante los franceses durante la Guerra de la Independencia y convencido liberal que un 24 de agosto de 1824, tras la traición de Fernando VII a la Constitución de 1812   y tras la ejecución de Rafael del Riego, el General Torrijos y otros muchos liberales, fue la cabeza visible de una rebelión constitucionalista, cuya base tuvo lugar en Almería.

Como dijimos anteriormente, en 1922, durante el Trienio liberal, entra en política tras presentarse a las elecciones municipales de Madrid y alcanzar un puesto como regidor en los escaños liberales.

En uno de los muchos enfrentamientos entre liberales y absolutistas, la Guardia Real se pronunció por el Rey absoluto, los exaltados madrileños lo hicieron a favor de la Constitución de Cádiz por medio de su Ayuntamiento y con la fuerza de los milicianos. Estábamos en el mes de julio de 1822, tras una semana de gran tensión, los guardias reales atacaron la plaza de la Constitución, hoy plaza Mayor, en cuya casa de la Panadería estaba instalado el Ayuntamiento de Madrid. Pablo Iglesias, a la sazón capitán de cazadores y regidor [equivalente al actual, concejal] en el Ayuntamiento, dirigió una valerosa defensa de la plaza, hasta conseguir poner en fuga a los guardias que se refugiaron en el Palacio Real. La jornada del 7 de julio fue conmemorada como sinónima de libertad y democracia durante todo el siglo. Sin embargo, la alegría liberal duró poco y en 1823 encontramos a Pablo Iglesias en el repliegue del Gobierno y la Administración, primero hacia Sevilla y, después, hacia Cádiz. Nuestro héroe dirigía una de las secciones de un inmenso convoy, en el que, entre otras cosas, se transportaban a lugar más seguro las urnas que contenían los restos de Daoiz, Velarde y demás víctimas del 2 de mayo, para sustraerlas a la posible profanación del ejército francés.

Vencidos los liberales por la toma de Trocadero en Cádiz, Pablo Iglesias consigue escapar hacia Málaga, y desde allí a Cartagena, plaza en la que resistía el General Torrijos. En noviembre 1823, ha de rendirse esta ciudad, el General Torrijos huye a Londres y Pablo Iglesias consigue escapar a Gibraltar, lugar en el cual se introduce entre la Jerarquía del liberalismo. Sigue en contacto con los liberales de la Península y con los que había exiliados en Londres, entre ellos, Espoz y Mina y el propio Torrijos ( poco después fusilado por los absolutistas tras dirigir un levantamiento liberal en Málaga). Cabe señalar que los liberales exiliados, no olvidaron nunca a España y promovieron todo tipo de alzamientos para recuperar el poder y el constitucionalismo. Uno de los grupos de estos exiliados creó en Gibraltar una sociedad llamada Santa Hermandad. Miembros destacados de esta sociedad fueron César Contí, Manuel Beltrán de Lis y el francés Housson de Tour, así como Pablo Iglesias. Proyectaron un ataque en Almería, nombrando a Pablo Iglesias jefe de expedición.  Partieron hacia Almería por mar desde Gibraltar la noche del seis al siete de agosto de 1824. La expedición la formaban 48 hombres, buena parte de ellos militares españoles de diferente graduación y 4 extranjeros.

Todos aquellos movimientos pretendían lograr “un grado de contagio insurreccional” que alentara al pueblo a levantarse contra el poder absolutista del monarca. A este movimiento se le denominó en Almería “los coloraos” en razón del color de la camisa que vestían.

Fracasada la acción contra Almería por la pérdida del factor sorpresa, el valiente gesto no sirvió para nada ante la fulminante reacción de poder. Así las cosas, Pablo Iglesias protagonizó una azarosa huida. Al final, fue detenido el 22 de agosto en Cúllar-Baza en unión de su compañero Antonio Santos. Se les sometió a un largo proceso, del que se valieron algunos desaprensivos para intentar deshacerse por venganza de sus propios enemigos. Incluso, parece que el ministro Calomarde ante los informes que le llegaban de Granada “les prometió que serían indultados y disfrutarían de la soberana protección, siempre que declarasen el plan de los revolucionarios, suministren pruebas que lo justifique y hagan otros descubrimientos por los cuales se asegure el Trono y El Altar”. No sometiéndose a la tentación promovida por el ministro absolutista, fueron trasladados a Madrid, a finales de enero de 1825, continuaron allí las actuaciones sin ningún paso alentador. El día 21 de abril se pronunció la sentencia, confirmada por el Consejo en Sala el día 22 de agosto: “les había de condenar y condenaba a la pena ordinaria de pena en la horca, a la que serían conducidos arrastrados”[1].

Según dicen los biógrafos de Iglesias, su madre, Francisca González, consiguió postrarse a los pies de Fernando VII, pidiendo clemencia para su hijo. El monarca la levantó afablemente, pero contestó con ambiguas frases.

Fue ejecutado a los pocos días. Su compañero de prisión, Francisco Rodríguez de la Vega, dejó constancia de sus últimas palabras: “nací, he vivido y muero en el seno de la Iglesia católica, cuya fe confieso y profeso firmemente. Sin embargo, si por igual causa que yo os llegáis a ver en este sitio, unid vuestras voces a las mías y que vuestras últimas palabras sean Libertad o Muerte”[2]. “Libertad o Muerte« se convirtió desde el principio en el lema y grito de guerra de los «coloraos”, es decir, de los liberales.

Los restos mortales de Pablo Iglesias Gónzalez descansaban en el cementerio de la Puerta de Toledo. Ignoramos la situación actual. Igual suerte tuvo Antonio Santos.

En Almería, entre 1868 y 1870, se erigió el Monumento de los “coloraos” o «Pingurucho», que estaba en la Puerta de Purchena siendo trasladado en 1900 a su actual emplazamiento en la Plaza Vieja o plaza de la Constitución. Fue demolido en 1943 tras la victoria franquista y fue reconstruido en 1987 por suscripción popular.

La importancia de este movimiento liberal fue enorme en su tiempo y así se reflejó en la literatura decimonónica española; por ejemplo, Benito Pérez Galdós le dedica un Episodio Nacional: “El Terror de 1824” y Francisco Rodríguez de la Vega en 1835, a partir de los apuntes realizados por el confesor, por el testimonio de algún amigo y de algunos escritos personales del propio Iglesias escribe “Los últimos momentos de don Pablo Iglesias”.

[1] Irene Gálvez. Diario de Almería

[2] Carmen Ravassa, El «colorao» no es rojo (Editorial Soldesol, 2016)

EL DOS DE MAYO DE 1808

Tras la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando, como consecuencia del Motín de Aranjuez ( ver entrada anterior del blog), Fernando VII consideró conveniente enviar comunicado a Napoleón de la nueva situación, quizá buscando el acuerdo y la protección del Emperador. El entusiasmo del pueblo y el cambio de monarca sorprendieron a Napoleón y a Murat, Gran Duque de Berg y de Clèves, y, sobre todo, cuñado de Napoleón y, en aquellos días, jefe de los ejércitos franceses en España.  Napoleón aplazó su entrada en Madrid y decidió preparar una encerrona a los borbones. El embajador francés en la corte española que había tomado parte en el Proceso de El Escorial y en la preparación del Motín de Aranjuez declinó toda participación en actos de la nueva corte. Es más, se entrevistó con el rey padre asegurándole que no reconocería a Fernando VII.

Napoleón inicia su marcha hacia Madrid con varios Cuerpos del Ejército entrando unos por Somosierra y otros por Guadarrama. Estando en el Molar, el duque de Berg , el 21 de marzo, recibe carta de la Reina de Etruria, hermana de Fernando VII, que ofrecía a los franceses la posibilidad de entrar en los litigios sucesorios y lo hacía en favor de su padre y en contra de su hermano. Se produjo aquel encuentro en Aranjuez que posibilitó los actos franceses posteriores que incidieron en la sucesión a la Corona española. El 23 de marzo, las tropas francesas entraban en Madrid por la puerta de Alcalá, con gran expectación y alborozo del pueblo y de la nobleza.

Desde el encuentro de Aranjuez con la Reina de Etruria, Murat y sus mandos extreman la amabilidad con el rey padre para intentar debilitar aún más las relaciones con su hijo. Una de las primeras preocupaciones del duque de Berg es el destino de Godoy, al que consideraba en peligro de muerte y al que veía como peón necesario para mover la voluntad de Carlos IV. El segundo acto fue convencer a Carlos IV de que anulara su abdicación, cosa que el Rey hizo de manera gustosa, en un acto que, muchos consideran de alta traición a la monarquía y, sobre todo, una solemne torpeza en contra de España y en favor de sus enemigos.

Napoleón envía a España al general René Savary con la doble finalidad de llevar, de cualquier modo, a Fernando VII a Bayona y ,por otro lado, mostrar a Murat sus planes para sustituir a los Borbones por los Bonaparte y, para ello, el propio duque de Berg ( que aspiraba al trono español, cosa que Napoleón nunca contempló, pero de lo que no le dio cuentas) debería enviar a Francia a toda la familia real junto con Godoy. El 16 de abril, Napoleón se instala en Bayona

El 10 de abril inicia Fernando VII su viaje hacia Burgos con el objeto de entrevistarse con Napoleón. El monarca pensaba que la entrevista tendría lugar en España, pero no debía de tener todas consigo el Rey Fernando cuando nombra al frente del País a una Junta de Gobierno. Ni en Burgos ni en Vitoria tienen noticias del Emperador si bien Napoleón le envía una carta dándole cita en Bayona para “conferenciar” sobre su nombramiento como Rey de España. Al tiempo, manda orden al general Bessières, que capitaneaba las tropas asentadas entre Burgos y Vitoria de que, si Fernando retrocedía, le prendiera y llevara a Bayona. Allí llega el Rey de España el día 20 de abril.

En este punto conviene recordar la conversación de Napoleón con Escoíquiz, antiguo preceptor y, en aquel momento, consejero del rey Fernando[1]:

Escoíquiz: “Si insiste V.M. en la mudanza de dinastía…proporcionará nuevas y poderosas armas a Inglaterra para eternizar sus coaliciones y guerras” y los “españoles os jurarán un aborrecimiento inextinguible…sólo un exterminio total de los españoles… podrá colocarle en el trono”

Napoleón: “ crea vuestra merced que los países donde hay muchos frailes son fáciles de sujetar. Tengo experiencia de ello. Esto mismo ha de suceder, pues, con los españoles, aunque necesite sacrificar 200.000 hombres, de todos modos, ha de ser lo mismo, y yo estoy bien lejos de creer que se necesitase tanta pérdida de gente para subyugar a España”.

De los diferentes intentos de calcular las bajas de los franceses durante toda la ocupación de España, los generales Marbot, Lumière y Bigorré cifran las bajas en unos 100 muertos diarios, lo que daría un total de 180.000 hombres muertos o heridos. Aunque existen otros cálculos del general Lumière de Corvey que estima las bajas de los soldados franceses en España entre 6.000 y 8.000 muertos al mes, lo que daría una cifra cercana a las 500.000 bajas.[2] Quizá todo sea un poco exagerado, pero marca las pautas del enorme desgaste francés en España, en sí mismo considerado y, mayor, por inesperado.

 En Bayona, Napoleón propuso a Fernando renunciar al trono de España y ser nombrado Rey de Etruria, pero Fernando se negó. Desde ese momento, Napoleón desiste de tratar con Fernando y se dirige a Carlos IV y a Godoy; el 5 de mayo consigue la renuncia al trono del rey padre que queda confinado en Compiègne, de donde pasará a Marsella y de allí, en 1812, a Roma. Fernando el día 5 manda un correo a España con la orden de convocar Cortes y el día 6 acaba renunciando también a la corona y pasa a residir en Valençay, bajo la custodia de Talleyrand.

Mientras suceden esos acontecimientos en Bayona, en Madrid, Murat cumple las ordenes recibidas de secuestrar a toda la familia real. Desde la marcha de Fernando, los españoles andaban preocupados por la presencia francesa , la Junta de Gobierno y el resto de la nobleza veían que aquel viaje de Fernando no había sido una buena idea.

El 2 de mayo cuando los franceses intentaron llevarse al menor de los hijos de Carlos IV, el infante Francisco de Paula, el pueblo de Madrid intentó impedirlo.  Entre ese día y el siguiente, el movimiento se extendió por toda la ciudad. En Madrid había 3.500 soldados españoles, rodeados de dos Cuerpos de Ejército franceses acantonados en la capital y alrededores. Una parte de esos soldados tenían preparada la resistencia, sobre todo,  por algunos oficiales de artillería ( del parque de artillería de Monteleón) y protagonizando ellos, especialmente, el teniente Ruiz y los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde una auténtica y heroica lucha que fue secundada por la ciudadanía. (Situación reflejada maravillosamente por Joaquín Sorolla):

 https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/dos-de-mayo/e042130f-29cf-4bb1-a64e-1e0d2fc38d23

El pueblo de Madrid se alzará contra el invasor. Acudieron los hombres, las mujeres y los niños, luchando todos con valentía. Entre aquellas mujeres destacaremos a dos: Clara del Rey y Manuela Malasaña. Clara del Rey murió en el parque de Monteleón, donde acudió a defender a España con su marido y sus tres hijos; en cambio, no se pone de acuerdo la historiografía sobre el papel que jugó Manuela Malasaña en la revuelta, pero sí que fue ejecutada son saña por el ejercito francés ( ver el cuadro de Eugenio Álvarez Dumont):

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/malasaa-y-su-hija-se-baten-contra-los-franceses/5abf3304-7a86-43d7-bf46-85e10357c385

 Aquel levantamiento era el inicio de la guerra contra el invasor, pero la declaración de guerra no provino de las autoridades ni del ejército sometido al napoleónico sino del Alcalde de Móstoles, Andrés Torrejón. No se conserva integro el manifiesto del Alcalde; el historiador, Conde de Toreno, considera que el original es la proclamación que se conserva en el Archivo Parroquial de la villa de Cumbres de San Bartolomé (Huelva), dado a conocer por Rumeu de Armas, el cual decía lo siguiente: «Señores de justicia y de los pueblos a quienes se presentase este oficio de mí, el alcalde de la villa de Móstoles. Es notorio que los franceses apostados en las cercanías de Madrid, y dentro de la corte, han tomado la defensa sobre este pueblo capital y las tropas españolas; por manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como españoles, es necesario que muramos por el rey y por la Patria, armándonos contra los pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la augusta persona del rey; procedamos, pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos, y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente como los españoles lo son. Dios guarde a usted muchos años. Móstoles, dos de mayo de mil ochocientos ocho. Andrés Torrejón y Simón Hernández.”[3] Lo firman los dos alcaldes de la villa. Fuera como fuese, el texto reconocido por todos es aquel más breve que decía :“¡Españoles, la Patria esta en peligro, acudid a defenderla!”

La desproporción de fuerzas no puede ser compensado por el heroísmo del ejército español y de pueblo de Madrid. Murat tuvo ocasión de cumplir lo anunciado, dar una lección de sangre y fuego al castigar el alzamiento madrileño. La “ carga de los mamelucos” en la Puerta del Sol  (los mamelucos eran soldados esclavos de origen egipcio, pero también de razas caucásicas, eslavo y mongoloide y muchos turcos). https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/el-2-de-mayo-de-1808-en-madrid-o-la-lucha-con-los/57dacf2e-5d10-4ded-85aa-9ff6f741f6b1

y los “fusilamientos del 3 de Mayo” en la Montaña del Príncipe Pío, ambos reflejados en todo su dramatismo por Goya

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/el-3-de-mayo-en-madrid-o-los-fusilamientos/5e177409-2993-4240-97fb-847a02c6496c

Son el reflejo de la represión ejercida por Murat , que se acompañó de un bando en el que se decretaba que: “ serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas”…”todo corrillo que pase de ocho personas se reputará reunión de sediciosos y se disparará a fusilazos.”…”toda villa o aldea donde sea asesinado un francés será incendiada”. No está clara la cifra de ejecutados a causa del levantamiento del dos de mayo, pero el Conde de Toreno las estima en 1.200 personas. Tanto Murat como, sobre todo, el general Barón de Marbot, acabaron reconociendo su mala conciencia por lo acontecido. Este último escribió: “Como militar yo había debido combatir a hombres que atacaban al ejército francés. Sin embargo, en mi fuero interno, no podía evitar reconocer que nuestra causa era mala, y que a los españoles les asistía la razón al intentar rechazar a unos extranjeros que, después de haberse presentado en su casa como amigos, querían destrozar a sus soberanos y apoderarse del Reino por la fuerza. Esta guerra me parecía, pues, impía; pero yo era un soldado y no podía negarme a marchar sin ser tachado de cobarde. La mayor parte del ejército pensaba como yo y, a pesar de todo, obedecía de igual modo[4]

El dos de mayo fue sofocado y Murat escribió a Napoleón: “ La victoria que acabo de obtener sobre los insurrectos de la capital nos abre la posesión pacífica de España”.

Ocurrió al revés. La represión del dos de mayo fue la señal para la insurrección general, empezando por los lugares a los que no habían llegado las tropas francesas. La insurrección comenzó en Asturias el día 9 de mayo y estallando definitivamente el 24, formándose para dirigirla una “Junta”.  Los franceses enviaron a tropas españolas a su mando para sofocar la insurrección juntera, sin embargo, los militares españoles se unen a la insurrección asturiana. Así se inicia, la organización institucional que resiste a los franceses y organiza a los españoles durante la guerra de Independencia.

La guerra de Independencia española tendrá gran repercusión en Europa pues a imitación de España otros pueblos europeos se alzan contra Napoleón. Nuestra guerra supuso el principio del fin del gran corso. Internamente, las Juntas se convertirán en el instrumento de la revolución liberal- burguesa en España y fundamento del nacimiento de la Soberanía popular en nuestro País. A aquel levantamiento le debemos la democracia, aunque tardara en llegar. No malgastemos la valiente sangre española derramada en 1808.

BIBLIOGRAFIA:

JUAN DE ESCOÍQUIZ. “Memorias (1807-1808). Ed Renacimiento.

DAVID ODALRIC DE CAIXA I MATA. Historia Militar de la Guerra de la Independencia 1808-1814 (de las Guerras Revolucionarias a la Guerra de la Independencia). Bitácora .

CONDE DE TORENO: “Historia del levantamiento, guerra y revolución de España”. 2014. Ed AKRON

VICENTE PALACIO ATARD. “La España del S. XIX”. Espasa Calpe. 1981.

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. Introducción a la Historia de España. Ed. Teide. 198

[1] Juan de Escoíquiz. “Memorias (1807-1808). Ed Renacimiento.

[2] David Odalric de Caixa i Mata. Historia Militar de la Guerra de la Independencia 1808-1814 (de las Guerras Revolucionarias a la Guerra de la Independencia). Bitácora

[3] Conde de Toreno: “Historia del levantamiento, guerra y revolución de España”. 2014. Ed AKRON

[4] Citados por Palacio Atard en su obra “la España del siglo XIX”.

EL MOTÍN DE ARANJUEZ

Antecedentes

Parte de la historiografía ha definido el reinado de Carlos IV como el reinado de María Luisa de Parma y de su favorito, Godoy, separados del Príncipe de Asturias por un abismo insalvable y acrecentado por las maniobras del propio Godoy que instigó y malmetió a Carlos IV contra su hijo siempre que tuvo ocasión y, así, en medio de la desunión familiar, mantener la influencia y el poder. Fernando, harto del valido, se hizo rodear de los enemigos de aquel y con ellos conformó lo que fue llamado “partido fernandista”.

El motín de Aranjuez marca el fin de Godoy y el inicio de un proceso revolucionario que culmina en la guerra de la independencia frente a Napoleón. Las circunstancias que llevaron al levantamiento del pueblo en el Real Sitio de Aranjuez fueron las siguientes:

  • La guerra contra el Reino Unido.

En agosto de 1796,  Manuel Godoy firmó con los franceses el tratado de San Ildefonso, en virtud del cual ambas naciones acordaron iniciar una política conjunta ( pactos de familia) contra Gran Bretaña y socorrerse militarmente en el caso de que una de las partes lo pidiera.

La guerra dura hasta 1802, aunque quizá convendría alargar su datación hasta 1805. Los enfrentamientos provocaron graves problemas económicos a España, pues los barcos españoles provenientes de América sufrieron ataques continuos por la armada británica y consiguientemente, generaron escasez de materias primas en España, crisis económica y hambre. Además, el bloqueo de Cádiz permitió a los virreinatos americanos comerciar por su cuenta, en un paso previo a incendiar aquellas provincias con procesos independentistas; por si fuera poco, aquel bloqueo naval en Cádiz supuso la pérdida de fuerzas navales que defendieran las costas españolas. El 21 de octubre de 1805,  se produce la derrota de Trafalgar ( en el marco de la tercera coalición formada por Gran Bretaña, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia frente a Napoleón. Mientras España mantenía sus alianzas con Francia). Aquella derrota puso al pueblo y a parte de la nobleza en contra del gobierno; también al clero por temor a que la solución a la crisis recayera en alguna forma de desamortización de sus tierras o de las de los comunes.

  • El Proceso de El Escorial

En un momento de enfermedad de Carlos IV, Godoy intentó desheredar a Fernando. Primero propagó la especie de que Fernando era un incapaz y dado que sus hermanos eran menores de edad, no quedaba más remedio que nombrar un regente en caso de fallecimiento de Carlos IV. Pero, con su habilidad habitual y sus obscuras maniobras hizo ver a Carlos IV,  en vez de su enfrentamiento con el heredero, una traición de Fernando hacia su padre, un acto de usurpación al trono; por ello, el 30 de octubre de 1807, Fernando fue preso ,acusado de alta traición. Dando una vuelta de tuerca aún mayor a los acontecimientos, Godoy se presentó, entonces , como mediador entre padre e hijo y logró la liberación del Príncipe, pero consiguió que el proceso judicial siguiera para sus partidarios. El pueblo estaba convencido de que todo era una turbia maniobra del valido; no sólo el pueblo, el Consejo de Castilla, encargado de instruir la causa, dictó sentencia absolutoria de todos los procesados. Este fue el llamado “Proceso de El Escorial” , cuyas consecuencias, a la larga , fueron contraproducentes para España y para Godoy pues, de un lado, demostró la desunión y debilidad de la familia real y, de otro, el pueblo quedó indignado y predispuesto a la revolución.

La ambición de Godoy se vio, teóricamente, satisfecha cuando por el tratado de Fontainebleau logró ser nombrado Príncipe. Por tal tratado, Portugal se dividió en tres partes: a) la Lusitania septentrional quedaría en manos de la reina de Etruria ( hija de Carlos IV); el principado de los Algarves sería para Godoy y 3) la zona central entre el Duero y el Tajo quedaría a expensas de futuras compensaciones

  • El tratado de Fontainebleau

El 27 de octubre de 1807, se firmó el tratado de Fontainebleau por el que España se comprometía a dejar el paso libre a las tropas francesas y unir a ellas sus propias armas contra Portugal. Con esta medida, Napoleón buscaba invadir España y con ello lograr dos objetivos: a) una razón estratégica de afianzamiento de su bloque continental y b) eliminar a los borbones del trono de España, para que su sombra legitimista no se proyectara sobre la licitud de la “dinastía napoleónica” en Francia.

Por el tratado, el 10 de diciembre de 1807, entran por Irún 24.400 soldados franceses con el General Dupont al frente. Pero, al tiempo y sin que esto estuviera previsto en los acuerdos, se asentó, entre Burdeos y Bayona, otro ejército con 30.000 hombres al mando de Moncey. En enero y de manera sucesiva, se dan diversas órdenes para la entrada paulatina de aquel ejercito de reserva, ahora, ya incrementado en número hasta alcanzar los 90.000 soldados, que se sitúan en Figueras, Montjuich y Pamplona. A la vista de los acontecimientos y alarmado por ellos, Godoy escribe una carta a Carlos IV el 5 de febrero. Realmente, Godoy no se fiaba de Napoleón ni del Príncipe heredero. Además, algunos incidentes locales contra las tropas francesas, que fueron acogidos a su entrada de manera amistosa, provocaron un incipiente malestar popular.

Todo se complicó por el consejo de Godoy al Rey de trasladar la Corte a Cádiz y desde allí, si la situación empeoraba, trasladarse a América y seguir dirigiendo España desde las provincias del otro lado del Atlántico. Toda la historiografía reconoce que este consejo de Godoy era bueno y adecuado y que el transcurrir de los acontecimientos hubiera sido otro de haberle hecho caso. Sin embargo, todas sus anteriores maniobras para hacerse con el trono provocaban que los fernandistas desconfiaran de él en todo y por todo, de forma que, si Godoy aconsejaba una cosa, los fernandistas opinaban lo contrario. En medio de esa discusión,  Godoy, procedente de Madrid, llega a Aranjuez donde estaban los reyes y da orden de trasladar la Corte a Sevilla.

El Motín de Aranjuez.

Para acompañar al monarca, Godoy, manda a los ejércitos de Solano y Carrafa trasladarse a Aranjuez y, sin estrépito, a otra buena parte de las tropas que estaban en Madrid, moverse igualmente al Real Sitio. Esta decisión sirvió para que los partidarios del Príncipe de Asturias mostraran su oposición frontal al traslado.

En Madrid, el Conde de Montijo se encargó de unir en torno al príncipe a la nobleza y de lograr el beneplácito del Consejo de Castilla a sus posiciones. En el Consejo de Ministros del día 14 de marzo , el Marqués de Caballero se negó a firmar cualquier documento que supusiera el salvoconducto para el traslado de la Corte. Carlos IV, lleno de confusión, ordenó que se consultara al Consejo de Castilla que, previamente posicionado como hemos visto, se opuso a la orden de traslado.

Al pueblo ya habían llegado los rumores de la marcha de los reyes lo que generó movimientos de inquietud, para calmarlos se dictó una proclama de Carlos IV que desmentía la posibilidad de cualquier viaje y al tiempo que se publicaba la nota se vio a los reyes pasear por la ciudad. Pero estos rumores mantuvieron al pueblo expectante y más cuando el Real Sitio se llenó de tropas. Además, el conde de Montijo y otros nobles habían soliviantado a los habitantes de los pueblos limítrofes para que acudieran a Aranjuez a defender al Rey. El Plan para echar a Godoy estaba en marcha con tres elementos básicos: la nobleza, la utilización del pueblo y el apoyo del ejército.

En la noche del 17 al 18 de marzo, se formaron en Aranjuez numerosos grupos de embozados, armados con palos que circulaban en silencio por las calles del lugar, capitaneados y coordinados por el ya conocido conde de Montijo. No se sabe con certeza, pero parece ser que, a una señal que estableció el Príncipe Fernando, posiblemente, una luz en una ventana, las tropas del ejército ocuparon todos los caminos por los que se podía abandonar la ciudad mientras el pueblo rodeaba el palacio. Aunque los Reyes se asomaron a las ventanas para hacer ver que no se habían ido, los grupos de ciudadanos, no muy tranquilos, se dirigieron a la casa de Godoy; destrozando a hachazos la puerta principal, entraron y saquearon la casa, menos una pequeña habitación en la que el valido, oculto entre alfombras, se había encerrado.

Ante tal situación, y con la intención de salvar la vida del valido, el Rey firmó un decreto, a las cinco de la mañana, por el que tomaba personalmente el mando del ejército y la Marina y exoneraba a Godoy de todos sus cargos. Tras la real proclama parecía que todo volvía a la calma y paz cotidianas, hasta que en la mañana del 19 Godoy salió de su palacio y fue descubierto por la turba, que intentó rematar su venganza, aunque tal circunstancia no se consumó por intervención de las tropas de defensa del valido, su Guardia de Corps. Esto evitó males mayores, a lo que contribuyó también que, el futuro Fernando VII calmara a la gente prometiéndoles que enjuiciaría Godoy. Incumpliendo su promesa, Fernando intentó enviar al favorito de la Reina M. Luisa a Granada y así evitar su juicio. Se produjo una nueva sublevación del pueblo, que se zanjó por la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando el mismo 19 de marzo a las siete de la tarde. Así comenzaba el reinado de Fernando VII al que, en aquel momento, el pueblo acogió lleno de entusiasmo y esperanza.

Los acontecimientos de Aranjuez fueron los primeros estertores de la agonía del Antiguo Régimen en España; la muestra de la debilidad de la corona en manos de un valido que, gracias a la intervención popular, fue neutralizado y expulsado del poder, pero también supuso la llegada al trono de uno de los peores, sino el peor monarca de la Historia de España, al que se proclamó con entusiasmo y esperanza antes de comprender que era un felón cuyo reinado trajo consecuencias nefastas para España y que, a decir de Raymond Carr, aún sufrimos.

En aquel momento, el pueblo español mostró su valentía en contra del tirano sin legitimidad, poco después, esa valentía salvará a la Nación frente a Napoleón. Su símbolo: el levantamiento del 2 de mayo en Madrid, pero esa ya es otra parte de la Historia.

BIBLIOGRAFIA

VICENTE PALACIO ATARD. La España del S. XIX. Espasa Calpe. 1981.

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. Introducción a la Historia de España. Ed. Teide. 1983.

RAYMOND CARR . España, 1808-1975. Barcelona, 1996.

ANGEL MARTINEZ DE VELASCO: “La España de Fernando VII”. Ed Espasa.1999