Como todos los 11 de noviembre o viernes más cercano a esa fecha, un recuerdo a Galicia.
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Se conoce como romanización a todo proceso de asimilación de las formas, costumbres y lengua romanas en los territorios conquistados. Sin embargo, la forma de llevarse a cabo la misma en la zona septentrional de la Península Ibérica fue diferente a acontecida en las zonas del sur. El norte peninsular tuvo una asimilación más lenta y siguió conservando costumbres y estructuras propias. Galicia no fue una excepción, el inicio de su romanización suele situarse en el año 137 a de C. debido a la acción de Décimo Junio Bruto Galaico, General Romano que llegó a Cónsul y previamente fue, en 113 a de C, nombrado procónsul de Lusitania, a la que sometió llegando hasta el río Lethe (actual Limia, en la frontera entre Portugal y Galicia); este río también era conocido por los romanos como río del Olvido. Pensaban que cuando lo cruzabas te olvidabas de tu familia, su identidad, su patria. La leyenda dice que Décimo lo cruzó y fue llamando uno a uno a sus hombres para que viesen que no se había olvidado de nada. Desde allí llegaron al Minio (Río Miño) y alcanzaron la costa, por la que se desplazaron de sur a norte; al comprobar la desaparición del rojizo sol por el horizonte en una de esas impresionantes puestas de sol galaicas, denominaron al lugar, Finis Terrea, donde acaba la tierra y comienza el mar. Así que, los romanos iniciaron su incursión en Galicia concibiéndola como aquella región que te atrapa hasta olvidar todo lo demás y en la que la tierra tiene su final.
Como dijimos la romanización del norte y NO de la península se dio bajo la pervivencia de las organizaciones indígenas, lo que llevó en muchas regiones a una doble realidad: la existencia oficial de centros urbanos asimilados a la forma de administración romana y la persistencia de las organizaciones indígenas; en este sentido, en la Geografía de Ptolomeo (s. II d. C.), vemos que se hace referencia a este fenómeno propio de los centros urbanos del N y N.O. Sabemos que la organización romana de Galicia se basó en el respeto a los sistemas subsistentes de pueblos o de castros. Ya vimos en la entrada del año pasado por estas fechas (“¿Llegaron los celtas a Galicia?”) que los romanos aprovecharon los castros para acomodar a sus tropas y servir de base a las construcciones romanas de todo tipo. Cerca de los castros solía haber torreones (castells, en gallego) y se solían situar en lo alto de los cerros, con un uso defensivo de los promontorios. Todo esto y posiblemente algunas costumbres más permitieron a los romanos concebir a Galicia como una zona consolidada en su unidad, como una región homogénea en su identidad distinta a otras adyacentes. Esta concepción no se da desde el principio, así el territorio perteneció primero a la provincia de Lusitania, luego pasó a depender de la Tarraconense y finalmente se constituyó como la Gallaecia. Con lo que una parte del legado romano, y no menor, es el propio topónimo de Galicia. De hecho, uno de los elementos que permite reconocer el proceso de romanización se da en las inscripciones y la toponimia como manifestación de la presencia de la lengua latina, aunque el uso del latín por sí sólo no es síntoma de romanización profunda, pues eran los propios romanos los que las realizaban.
La región se dividió en tres conventos o provincias: Bracarense, Lucense y Asturicense; todo esto ya en el siglo III d. de C. Siglo en el que debió de imponerse definitivamente el latín. Ya en ese siglo la villa romana tenía gran presencia en la región, lo que suponía dejar los altos castros y ocupar las tierras llanas más fértiles, (podemos contemplar restos de importancia en la villa romana de Cambre, en La Coruña. Fue una villa rural que puede datarse entre los siglos II y IV). Gracias a este paso hacia las tierras bajas, el desarrollo de la agricultura fue un hecho y aunque en todo el noreste la agricultura no tuvo un uso intensivo, la vida económica se de sus habitantes se dividía esencialmente entre la agricultura y la minería (minas de oro, plata y estaño). La minería fue la que permitió la llegada de colonos de otros territorios y, por ende, una de las fuentes importantes de romanización. Este paso de los castros a las villas romanas coincide con la adaptación de Galicia a la administración romana, pues, aunque, principalmente, seguían viviendo según su antigua organización, en las zonas llanas se creó un lugar donde llevaban a cabo sus transacciones comerciales, el mercado. Este lugar era considerado por las autoridades romanas como el núcleo urbano principal por cuya presencia se podía llegar a una cierta regularización administrativa (municipalismo), a pesar de que los indígenas siguieran conservando sus propias formas de vida. Su estabilidad y su permanencia, al parecer, estaba ligada a la presencia de una autoridad, de un magistrado romano, que gozaba de cierta autonomía de mando y que era el enlace entre la administración romana y la entidad constitutiva del pueblo, populi, en una muestra más de la practicidad romana que hicieron de las viejas instituciones nativas, instrumentos de su propia administración.
La bajísima romanización de los castros se muestra en la casi total ausencia de monedas hasta el Bajo imperio, tal y como indica Estrabón. Comerciaban a base de trueques con el intercambio de especies o pequeñas láminas recortadas de plata. Los romanos para fomentar la actividad comercial, la unión con el resto del imperio y la auténtica romanización mejoraron las comunicaciones a través de las calzadas romanas.
En Galicia construyeron cuatro principales vías, si bien, propiamente en Galicia encontramos tres. La construcción de las calzadas romanas requería ejecutar varias fases, desde la deforestación hasta la capa de rodadura. Las calzadas estaban marcadas por los miliarios que eran puestos, con carácter general, cada 1.480 metros y su anchura permitía el paso de dos vehículos a la vez. Las antiguas vías romanas son la base de los actuales caminos de Santiago y de alguna de nuestras modernas carreteras-. Entre Austurica, Brácara y Lucus, estas vías cruzaban el territorio de la Gallaecia con más sentido comercial que militar, ya que se trataba de una zona pacificada.
Siguiendo su ruta vislumbraremos lo que los romanos dejaron en su proceso de romanización de Galicia:
La Vía XVIII o Vía Nova:
La Nova era la más transitada. Partía de lo que hoy es Astorga y llegaba hasta Braga. La vía Nova puede recorrerse actualmente. Esta es la calzada con el mayor número de miliarios de Europa, 281 en total. Alguno de los cuales siguen en pie y puede contemplarse hoy en día, por ejemplo los de Portela D Home o en la comarca de Limia. La calzada conserva muchos de sus tramos enlosados. Tiene una anchura mínima de cinco metros y en algunos puntos alcanza los once.
En la Vía Nova se construyeron cinco de los treinta puentes que los romanos construyeron en Hispania (quizá el más conocido de Galicia sea el Puente Romano de Orense, con origen en los tiempos de Trajano, porque del primer puente romano de la época de Augusto sólo quedan algunas piedras en las bases. Se conservan 7 arcos de los 11 primitivos. Está considerado como el mayor de todo el Imperio Romano.
En un ramal de la misma vía, se conserva otro maravilloso puente, el Ponte do Freixo (Puente del fresno, en castellano) en Celanova (Orense) sobre el río Arnoya (en los alrededores de esta zona se han encontrado petroglifos pertenecientes a la Edad de Bronce, de los que hablamos el año pasado) y se sitúa en la comarca del Ribeiro (otra herencia romana, el cultivo de la vid y la producción de vino). El puente consta de cuatro arcos simétricos. Destacan los almohadillados de los sillares, típico de las construcciones romanas. Se trata de una construcción del siglo II o III. Es posiblemente, junto con el de Orense, el mejor conservado de los puentes romanos en Galicia, el resto se mantienen en pie pero son restauraciones medievales en las que con suerte se conserva alguna piedra original romana.
En el camino de la Vía Nova se erigieron once mansiones, lugares de descanso para los viajeros y también oficinas del fisco, que protegía un destacamento militar. Dos ejemplos que aún podemos admirar son la Aquis Querquennis, en Bande (en Orense), conjunto, que se sitúa cronológicamente entre los siglos I y II d.C. Está formado por tres elementos diferenciados: el campamento o recinto fortificado, la villa, con dedicación fundamentalmente agrícola y de la que se conservan restos que datan de los siglos I y IV, y la mansión, lugar de descanso y hospedaje para viajeros y animales de tiro y carga; y la Aquis Originis en Lobios, en la que ya se gozaba de sus famosas aguas termales; ahí podemos ver restos de los baños de Riocaldo ( o sea, río caliente), no olvidemos que los romanos fueron los primeros en favorecer el termalismo y los baños públicos en aguas sanadoras.
En relación con las aguas curativas, además del conjunto destacado en esta vía, cabe reseñar como herencia romana la fundación, en el lugar de O Castelo, la ciudad de Lais, que además de una de las más importantes explotaciones auríferas de la Gallaecia, contenía aguas termales. Las de Laias, en la margen derecha del río Miño, en la actual provincia de Orense, fueron especialmente famosas. Según las inscripciones halladas en el lugar, el Imperio denominó a estas aguas Acquae Leae. A lo largo de la edad media los manantiales se seguían utilizando y eran conocidos en toda España, hasta allí llegó el rey Bermudo II de León, apodado el Gotoso, que fue a calmar sus males en las aguas orensanas. Hoy constituyen uno de los atractivos turísticos más importantes de Galicia.
La Vía XIX:
Comenzaba en Braga (Bracara Augusta) y terminaba en Astorga (Asturica Augusta) tiene un recorrido de unos 500 km. Entraba en Galicia por Tuy, continuaba por Pontevedra, Santiago de Compostela, Lugo y bajaba hasta llegar a Astorga. Parte de su recorrido coincidiría con el de la Vía XX. De sus construcciones, se conserva con gran esplendor un hito que marca el paso de la vía romana a su salida de Galicia. Importante literatura hay sobre la mansión Pria en Iria.
La Vía XX o Vía per loca Marítima:
Según estudios que se tienen sobre el trazado de la vía XX la mayor parte de su recorrido era mixto, una parte por vía marítima además de la propia vía terrestre. Posiblemente, unos de los primeros puntos de parada se situarían en Aquis Celenis (Caldas de Rey), de hecho algunos autores consideran que este es un punto de encuentro con la vía XIX y que de ahí se separan. Esta vía contaba con numerosas mansiones entre las que podemos destacar la de “Ad duos Pontes” en Santa Cristina de Barro. La mansión de Glandimiro tradicionalmente situada en Brandomil, dónde se explotaban minas de oro, o la de Brigantium ya en La Coruña, hasta llegar a Lucus Augusti (Lugo). Esta vía llegaba a la costa coruñesa y posteriormente bajaba hacia el interior. En su recorrido costero, se unía, por medio de estriaciones de la propia vía, a numerosas zonas portuarias ( Noya, Cedeira , Muros, Mujía o la propia Coruña) En su recorrido existieron numerosas villas e industrias del salazón- otra herencia romana- que introducía los productos llegados a la costa hacia el interior de hispania. Otros elementos que se conservan de esta vía son, por ejemplo, en Santa Comba (La Coruña) un hito que refleja el paso de esta vía, un tramo de la misma aunque ya no conserva el pavimento en el municipio de La Laracha (La Coruña) cerca de Vilar de Fraga, y un campamento romano en Ciudadela, en el concejo de Sobrado dos Monxes (Sobrado de los monjes- La Coruña).
En esta vía, en su camino marítimo, las comunicaciones se completaban con los faros para orientar a las naves en su ruta costera al principio y en sus conquistas hacia el norte atlántico europeo, más adelante. El más destacado de ellos, es la famosa Torre de Hércules. Otro de los grandes símbolos de la romanización en Galicia y hoy Patrimonio de la Humanidad. Su nombre procede de la leyenda que atribuye a Hércules la fundación de la ciudad y así lo recoge Alfonso X, en su “Crónica General”, sin embargo el faro no adquiere ese nombre hasta el S.XX.
Aunque no se sabe el origen de la construcción, sí se conoce que fue erigida como faro por los romanos, posiblemente hacia finales del siglo I y comienzos del II. Tiene el privilegio de ser el único faro romano y el más antiguo en funcionamiento del mundo. Los romanos lo denominaron Farum Brigantium. “Después de la conquista por Roma del Occidente europeo (Hispania, Galia y Britania), la bahía coruñesa adquiere una gran importancia en las rutas marítimas romanas que ponen en comunicación el Mediterráneo y las zonas costeras noratlánticas. Situada en una costa peligrosa, se convirtió en una magnífica dársena para los barcos que emprendían la ruta hacia Britania o venían de atravesar los peligros del cabo Finisterre. Los romanos crearon un importante enclave portuario, al que le pusieron el nombre de Brigantium, de ahí el nombre del faro.
Por la inscripción conservada al pie de la Torre, sabemos que su constructor fue Gaio Sevio Lupo, arquitecto de la ciudad de Aeminium (la actual ciudad de Coimbra en Portugal). Con los datos actuales y sin tener certeza absoluta, se atribuye su construcción a la época del emperador romano Trajano que gobernó entre los años 98 y 117 d.C.
No conocemos con certeza como era su aspecto exterior. Pero tras las excavaciones arqueológicas realizadas en la base de la Torre, sabemos que contaba con un muro perimetral exterior y con una rampa o escalera de piedra que daba acceso a la plataforma superior. Tampoco conocemos con exactitud cómo sería el coronamiento romano de la Torre, pero por los datos conservados tendría una planta circular acabada en forma de cúpula con un hueco en el centro para salida de la luz y del humo que serviría de guía a los barcos.
El núcleo interior, hoy conservado, tiene, en planta, una base cuadrada, con cuatro huecos interiores que se comunicaban dos a dos; en altura, se articulaba en tres pisos sucesivos, y los huecos estaban abiertos con bóvedas de cañón. Posiblemente estos espacios pudiesen servir, entre otras funciones, para guardar el material combustible que ardería en la parte superior y también para resguardo del personal de servicio en la Torre.”[1]
En la Edad Media la Torre de Hércules sirvió como fortaleza y cantera, a partir del siglo XVI, recupera su función de faro.
Otro de los aspectos de la romanización en el mundo era la construcción de ciudades. En el NO de España, hubo algunas buenas ciudades, como Bracara Augusta y Lucus Augusti, al igual que Asturica Augusta, sin embargo, en Galicia y también en Asturias, no fueron polos de gran atracción para los indígenas, ni influyeron poderosamente en el cambio político, religioso, económico y social, ni desarrollaban una actividad municipal grande, como se desprende de la ausencia de inscripciones referentes a la vida municipal. En los “conventos” gallegos las relaciones de todo tipo y los intercambios entre urbes parecen poco desarrollados. En el ”conventus de Lucus Augusti”, ( fundada por magistrado romano Paulo Fabio Máximo en nombre del emperador César Augusto) hay desplazamientos de población, cuantitativamente, poco importantes. Más destacados son los de Asturica Augusta y parece que fue el “conventus de Bracara” el que atrajo a un mayor número de gentes procedentes del exterior del NO. Sin embargo Lucus Augusti fue una ciudad importante a final de la antigüedad, como se deduce por la construcción de su muralla o de la piscina de la Plaza de Santa María. Precisamente su muralla es uno de los mayores regalos que los romanos han hecho a Galicia y, por ende, a España.
La muralla romana de Lugo es la única del mundo que se conserva entera, habiendo sido designada Patrimonio de la Humanidad, declarada por la UNESCO en el año 2000.
La leyenda dice que los romanos construyeron la muralla para proteger no una ciudad sino un bosque, el «Bosque Sagrado de Augusto», en latín «Lucus Augusti», de ahí el nombre de Lugo. Hoy el bosque es un misterio, pero la muralla sigue en pie. Realmente, más parece que la muralla, claramente una construcción defensiva, vino motivada no sólo de la amenaza bárbara, sino también por la situación e importancia estratégica de la ciudad. La ciudad tiene una ubicación propicia para la defensa por tener elementos naturales que contribuyen a ello al estar resguardada en lo alto de una pequeña colina y rodeada por un lado por el río Miño y por otros arroyos. La muralla reforzó la protección natural de la ciudad.
Se construyó siguiendo las directrices de las obras de Vitruvio, la muralla de Lugo mide más de 2 km y tiene, en la actualidad 10 puertas, aunque no todas son de época romana. En la parte superior, algunos tramos alcanzan los 7 m de ancho. Se conservan 71 de sus 85 torres originales, 60 son de planta circular y 11 cuadrangular. Debieron estar coronados por torres de dos pisos que tenían ventanales, como atestigua la torre llamada de A Mosqueira en la que todavía se conservan. Los materiales con los que está construida son, principalmente, granito y pizarra, en el exterior y, en el interior, mortero compuesto de tierra, piedras y guijarros cementados con agua. Se estima que su construcción fue un único proyecto que terminó de realizarse sobre finales del siglo III o la primera mitad del siglo IV.
La estructura defensiva que conformaba la muralla estaba formada por el foso y el intervallum (espacio entre la muralla y las edificaciones urbanas. Recorría toda la longitud de la misma. Con el paso del tiempo este espacio fue ocupado por edificaciones). La muralla sufrió algunas ligeras modificaciones con el paso de los años.
Por último cabe señalar en cuanto al proceso de romanización, que no pretende ser exhaustivo pero sí dar una visión general lo más completa posible, el aspecto espiritual, que en el caso de la romanización, tenía una clara vinculación administrativo-política.
Según algunos autores, los galaicos eran ateos, si bien en sus relaciones con los celtíberos y otros pueblos que lindan con ellos por el Norte, adoraban a cierta divinidad innominada, a la que rinden culto en las noches de luna llena. Las danzas en las noches de plenilunio constituyen parte del folklore y han llegado casi hasta nuestros días. Frente a estos ritos nativos, los romanos ejerzan culto a Júpiter, este culto a Júpiter fue asimilado poco a poco y algunos autores consideran que responde a un fenómeno de sincretismo que oculta un culto al gran dios supremo de todos los pueblos indoeuropeos (recordamos que los celtas eran indoeuropeos). Así se unió el culto tradicional al ser supremo de los pueblos celtíberos, tan propio de Galicia, con el culto al Júpiter romano que es, ante todo, la encarnación del poder de Roma y del Estado. Con los emperadores de la dinastía Flavia, ese culto a Júpiter se une al municipalismo, a la ciudad administrativamente organizada. Esa municipalización, como vimos con el avance de las Villas romanas y el mercado, representaba un gran avance en la romanización.
Posteriormente, la extensión del cristianismo, que no proliferó grandemente en el NO de la península hasta muy avanzado el Imperio, fue la gran aportación y herencia del Imperio romano a la romanización, pues al propagar el cristianismo, contribuyó a romanizar el NO peninsular.
BIBLIOGRAFÍA
JOSÉ MARÍA BLÁZQUEZ. “La Romanización del Noroeste de la Península Ibérica. El bajo nivel de romanización de todo el NO de la Península Ibérica”. Publicado como parte de las Actas del Coloquio Internacional sobre el Bimilenario de Lugo. Lugo 1976, Lugo 1977 .
ROSA MARÍA FRANCO MASIDE. “La vía per loca Marítima: un estudio de las vías romanas en la mitad noroccidental de Galicia”. Diputación de La Coruña 1999.
J.M- CAAMAÑO GESTO “Los campamentos romanos de Galicia”. Ed Finisterres.1996.
Página Web de Turismo de Galicia.
[1] Página oficial de Turismo de Galicia.