LAS HORCAS CAUDINAS

El otro día oyendo una de esas tertulias televisivas, un todólogo que hablaba con absoluta seguridad en sí mismo, dejando patente su gran conocimiento de mundo, de la historia y de la vida en sus más amplios aspectos, dijo, en dos ocasiones, que temía que llegaran las “hordas caudinas” (sic).

El contexto de la tertulia no viene al caso. Lo que nos importa es el aspecto histórico. Es seguro que no existieron nunca las “hordas caudinas”. Si eran hordas, no eran caudinas y si eran caudinas eran horcas nunca hordas.

Las hordas como ya vimos en este blog, tuvieron su origen en Mongolia

https://algodehistoria.home.blog/2019/12/13/hordas/

En cambio, la batalla de las Horcas Caudinas es un acontecimiento histórico que aconteció en el 321 A.C.  en la conquista romana de los pueblos del sur de la península itálica. Se trata de una batalla en la segunda guerra romano- samnita, en la que los romanos fueron derrotados; lo que se recordó siempre en la Historia de Roma con gran dolor.

Los samnitas eran un pueblo que se situaba al sur de la península itálica. Si consideramos que la península tiene forma de bota, y nos imaginamos que la calzamos con un botín que suba ligeramente por encima del tobillo, en el borde superior de ese botín estaría el territorio de los samnitas; que haciendo una curva descendente ocuparía todo el territorio peninsular del Adriático al Tirreno, estando la zona más elevada encima del tacón de la bota. La batalla se produjo a la altura de la actual ciudad de Foggia, pero más al centro de la península. El sendero de no más de un kilómetro de largo discurre entre los montes Tifata y Taburno, en los Apeninos y entre las actuales localidades de Arpaia y Montesarchio. El nombre de Horcas Caudinas se debe a la proximidad de la ciudad de Caudio.

La victoria se produjo gracias a un engaño ideado por los samnitas para doblegar al poderoso ejército romano. Las legiones romanas dirigidas por Espurio Postumio Albino y Tito Veturio Calvino se encaminaron al sur; engañados por unos pastores, que resultaron ser soldados samnitas disfrazados, tomaron el camino que les obligaba a pasar por el desfiladero de las Horcas Caudinas en los Apeninos. Los samnitas, conocedores del terreno, habían taponado el final del desfiladero con piedras. Tras adentrarse en el estrecho hueco entre montañas y verse bloqueados en su final, los romanos intentaron desandar el camino, pero al otro lado les esperaba el ejercito samnita. Les encerraran, sin agua ni alimentos, entre aquellas montañas y, cuando se rindieron, les obligaron a salir sin corazas ni armas y a pasar por una especie de arco bajo o yugo formado por dos lanzas verticales y una horizontal. Es decir, los romanos debieron bajar la cabeza y agacharse para salir de las horcas.

La humillación fue terrible, más allá de los territorios perdidos y de pactar una tregua de cinco años. El senado romano en señal de duelo prohibió los casamientos y fiestas durante un año y los senadores se despojaron de sus túnicas púrpuras.

La venganza romana vino en forma de victoria en el 316 A.C. Consiguieron dominar la capital del territorio Samnita (Lucena) y rescatar las armas, estandartes y rehenes perdidos en la batalla de las Horcas Caudinas.

De aquella derrota viene la expresión pasar bajo el yugo o pasar por las horcas caudinas, que significa tener que aceptar sin remedio una situación humillante y deshonrosa o una gran derrota.

Esa es la diferencia histórica de la llegada de las hordas a pasar por las Horcas Caudinas. Es la misma distancia que hay de Gengis Kan a Cayo Poncio (caudillo samnita y vencedor de la batalla de las Horcas Caudinas).

BIBLIOGRAFIA

KOVALIOV, Serguéi Ivanovic. “Historia de Roma”. Ed. Akal. 1982.

Atlas Histórico Mundial. Ed. ITSMO. 1982

LA NIÑA DE LOS OJOS GRISES

María de las Mercedes era una niña preciosa, morena, con unos ojos azul grisáceos grandes y vivarachos que reflejaban la agilidad de su inteligencia a los que acompañaba de una sonrisa alegre que iluminaba su rostro. Era una niña muy buena, pero, al tiempo, movida, curiosa y observadora. En su casa la llamaban María, era la pequeña de cinco hermanos a los que su padre siempre había educado en amor a la música y a la lectura, especialmente al teatro y la historia.

Su padre le había explicado que hubo un pueblo que vivió hacía mucho tiempo, se creía que su imperio comenzó en el año 3150 antes de Cristo y desapareció en el año 31 antes de Cristo. Se asentaba a las orillas de un gran río, el Nilo, en África. Se llamaban egipcios. Le mostró un libro muy grande lleno de fotos en el que se veían las obras de arte que hacían aquellos africanos. Esculturas gigantescas, edificios enormes con formas poliédricas, columnas… Pero a María lo que le fascinaba eran las pinturas y los bajo relieves que, en aquellas fotos, se asemejaban a cuadros, porque a ella lo que le gustaba era pintar y lo hacía con gran soltura.  Abría sus grandes y luminosos ojos para captar lo bonitas que eran aquellas estampas. Su padre le contó que aquellas pinturas que la atraían, aunque en un primer momento del imperio eran de figuración más tosca y menor colorido, respondían a unos cánones rigurosos que no buscaban la belleza sino la perfección de lo que querían representar, por eso su evolución a lo largo de los siglos de existencia del imperio egipcio no fue muy grande. Con todo, la pintura tuvo algunos momentos de especial fulgor por ejemplo durante la dinastía V o en el Imperio Nuevo y quizá lo más novedoso se diera con el faraón llamado Akenatón.

Las figuras egipcias tenían una función religiosa sobre la trascendencia de la vida, y respondían a esos cánones que consideraban perfectos con el objetivo de que los retratados alcanzaran la eternidad. Su finalidad era presentar a los protagonistas ante los dioses. Muchas eran escenas de la vida cotidiana y ahí, la propia realidad exigió con el tiempo ciertos cambios más vinculados al contenido de lo que se pintaba que a la forma plástica de los mismos. Al fin y al cabo, el faraón, los nobles y los sacerdotes van a ser los principales clientes. Se trata de un arte áulico y oficial, que se desarrolla fundamentalmente en virtud de la religión. No es por tanto un arte autónomo. Esa condición cortesana y religiosa aleja al resto de los habitantes de Egipto de acceder a este lujo pictórico.

A María le encantaba coger aquel libro y dibujar a aquellos personajes que no conocía muy bien pero que la atraían con su difícil perspectiva; las cabezas de medio lado, el ojo rasgados y delineados, pero con mirada hacia el espectador, de frente. Las manos y pies de perfil, aunque en estos últimos se representara siempre en primer término el dedo pulgar, de tal forma que, lo que tenían las figuras egipcias eran dos pies izquierdos. En cambio, los torsos de formas triangulares, se giran de frente al público observador. Los cuerpos se cubren de telas con airosos pliegues y muy adornados con joyas esmaltadas o de oro y plata cuajadas de piedras preciosas. Muchas de ellas con forma de serpiente en representación de algún dios. En la época del emperador Akenatón esos ropajes son casi velos transparentes que dejan traslucir el cuerpo.

Por otro lado, hay en ellos una interpretación de la naturaleza de lozana alegría. Si son animales muchas veces los representan en grupo, por supuesto de perfil y con alguna pata menos de las reales, pero nadie las echa de menos. Eran animales de la vida doméstica: vacas, patos, cabras, cocodrilos, peces. Algunos dibujados sobre cerámica y con una perfección en su forma y belleza en el trazo y colorido que hacen de ellos obras admirables para la época.

Además, se solían ver en aquellas obras otros animales aislados, escarabajos, alacranes, caracoles, cuervos, gatos, serpientes…Muchos eran la escenificación de sus dioses. Especialmente significativo es el cambio que se produce después de la segunda dinastía cuando la capital del imperio egipcio se traslada a Memfis, allí se empieza a adorar a Isis y Osiris a los que se supone hermanos y faraones del Imperio. Asociados a Osiris se unen Anubis representado por un chacal, Horus que tiene forma de halcón y Thot al que da vida ave ibis.

Pero la vida cotidiana y la naturaleza que los rodean también forma parte de la iconografía de aquellas pinturas; plantas, bien de adorno: tallos y flores de lirios, mandrágoras, bien frutos de la tierra que eran propios de su alimentación, muchas espigas de trigo, árboles y brotes hinchados en los troncos como un canto a la vida (en el colegio le habían enseñado aquel poema de Machado a un olmo viejo al que le había salido rama verde en honor a la primavera). Estos cuadros egipcios se lo recordaban.

En aquellos estucos también estaban presentes los útiles de uso habitual: puntas de lanza, ánforas, palos, herramientas de trabajo u otros elementos más comunes a la sociedad como barcos transportando mercancías por el Nilo.  María tenía aptitudes para la pintura, se fijaba y detenía en los detalles. Algún día sería una buena pintora. Al igual que los egipcios, era sorprendente la exactitud de sus dibujos. En aquellos, cada planta, cada animal tenían tal fidelidad a la naturaleza que actualmente los zoólogos son capaces de identifica las especies dibujadas por los egipcios.

Las ropas tenían colores vivos y policromados con paletas que iban desde el blanco, el amarillo siena, el rojo vivo, el ocre, el verde, el azul de la malaquita y el lapislázuli. Y siempre bordeados de negro. Eran como los recortables que hacía en el colegio y al igual que aquellos, rellenaban su área de contorno de un solo tono, plano, como un bloque de color.

María observaba como había unas figuras más grandes con poco movimiento, en contraposición con otras chiquitas que parecían siempre en plena actividad. Su padre le explicó que las figuras grandes representaban a los grandes señores, de los faraones o sacerdotes por eso llevaban tantas joyas, para mostrar su majestuosidad. En cambio, las figuras pequeñas representaban a los sirvientes que se dedicaban a las tareas domésticas, por eso presentaban más movimiento, en señal de su trabajo cotidiano. La sociedad egipcia estaba muy jerarquizada. En el lugar más alto estaba el faraón, le seguían los nobles, sacerdotes y escribas, más abajo se situaba el ejército, debajo de ellos el pueblo y por último los esclavos. Esas castas se reflejaban en las pinturas.

Otra característica que despertó su curiosidad, era que muchas escenas tenían un borde, a modo de marco, adornado con cenefas. Algunas de aquellas cenefas culminaban en formas geométricas o con el disco solar o con una cobra.  El disco solar, le habían explicado, era propio de la época del faraón Akenatón y de su mujer Nefertiti. Ambos adoradores del dios Ra. Akenatón se consideraba el dios Ra (sol) en la tierra. Esta es una época de formas delicadas, casi siempre en la representación de ambos cónyuges, especialmente en la de Nefertiti. Su busto era una escultura de gran belleza, ricamente policromada y con unas proporciones perfectas. Su padre le dijo que estaba considerado una de los retratos escultóricos más importantes de la Historia del Arte y un avance en cuanto a naturalismo y realismo en la expresividad del arte egipcio. Este giro hacia el naturalismo, permite la figuración de la familia real, en escenas a veces cotidianas, familiares, con sus hijas o en expresión de la armonía marital. Las formas pierden la rigidez y el hieratismo y ganan en movimiento. Pero tras la caída de Akenatón, se restauró el orden anterior, y el arte volvió a los rígidos esquemas anteriores.

En todas las escenas egipcias había dibujos extraños, de animales o elementos difíciles de definir. En ocasiones, paredes enteras estaban llenas de dibujos recuadrados por cenefas, en posición paralela unos de otros como teselas de un mosaico, pero sin necesidad de estar unidas por sus bordes. Eran los jeroglíficos. Su distribución respondía un método cartográfico. Tiraban líneas perfectas que permitían la distribución de los dibujos.

Si arquitectura y esculturas, siempre mastodónticas, contribuyeron al conocimiento de aquellas gentes, la pintura transmitió muchos datos de su vida diaria.

Llegar a interpretarlas con exactitud se lo debemos a los soldados franceses durante las campañas napoleónicas en Egipto que encontraron una piedra en Rosetta, que tenía grabado un decreto del faraón Ptolomeo V en tres idiomas. Posteriormente, cuando Egipto fue dominado por los británicos la piedra fue trasladada a Londres, al Museo Británico en 1801 (ya le explicó su padre que el Museo Británico es un gran centro de exposición de objetos que los ingleses han recogido a lo largo de todo el mundo). Fue el francés Champollion quien en 1822 logró descifrar el texto contenido en la piedra Rosetta y ello permitió traducir lo que significaban los jeroglíficos y así saber un poco más de aquella civilización tan antigua.

Pero no todas las interpretaciones de la lengua egipcia provenían de la piedra Rosetta, sino de restos de cerámica o calcáreos sobre los que los escribas aprendían a escribir o a dibujar (llamados ostracones). Era el primer paso antes de utilizar los papiros que por su costoso valor solo podían ser utilizados para los escritos oficiales.

María aprendió a dibujar y pintar imitando a los egipcios. De mayor estudió Magisterio y se especializó, tras diversos estudios, en dibujo y pintura.  Siempre fue una estupenda maestra de historia y de dibujo. Se casó y fue muy feliz compartiendo sus aficiones con su marido. Tuvo dos hijas que adquirieron los gustos de su madre. Así una estudió Bellas Artes y es una gran pintora y la otra escribe artículos de Historia.

LA ROMANIZACIÓN DE GALICIA

Como todos los 11 de noviembre o viernes más cercano a esa fecha, un recuerdo a Galicia.

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Se conoce como romanización a todo proceso de asimilación de las formas, costumbres  y lengua romanas en los territorios conquistados. Sin embargo, la forma de llevarse a cabo la misma en la zona septentrional de la Península Ibérica fue diferente a acontecida en las zonas del sur. El norte peninsular tuvo una asimilación más lenta y siguió conservando costumbres y estructuras propias. Galicia no fue una excepción, el inicio de su romanización suele situarse en el año 137 a de C.  debido a la acción de Décimo Junio Bruto Galaico, General Romano que llegó a Cónsul y previamente fue, en 113 a de C, nombrado procónsul de Lusitania, a la que sometió llegando hasta el río Lethe (actual Limia, en la frontera entre Portugal y Galicia); este río también era conocido por los romanos como río del Olvido. Pensaban que cuando lo cruzabas te olvidabas de tu familia, su identidad, su patria.  La leyenda dice que Décimo lo cruzó y fue llamando uno a uno a sus hombres para que viesen que no se había olvidado de nada.  Desde allí llegaron al Minio (Río Miño) y alcanzaron la costa, por la que se desplazaron de sur a norte; al comprobar la desaparición del rojizo sol por el horizonte en una de esas impresionantes puestas de sol galaicas, denominaron al lugar, Finis Terrea, donde acaba la tierra y comienza el mar. Así que, los romanos iniciaron su incursión en Galicia concibiéndola como aquella región que te atrapa hasta olvidar todo lo demás y en la que la tierra tiene su final.

Como dijimos la romanización del norte y NO de la península se dio bajo la pervivencia de las organizaciones indígenas, lo que llevó en muchas regiones a una doble realidad: la existencia oficial de centros urbanos asimilados a la forma de administración romana y la persistencia de las organizaciones indígenas; en este sentido, en la Geografía de Ptolomeo (s. II d. C.), vemos que se hace referencia a este fenómeno propio de los centros urbanos del N y N.O. Sabemos que la organización romana de Galicia se basó en el respeto a los sistemas subsistentes de pueblos o de castros. Ya vimos en la entrada del año pasado por estas fechas (“¿Llegaron los celtas a Galicia?”) que los romanos aprovecharon los castros para acomodar a sus tropas y servir de base a las construcciones romanas de todo tipo. Cerca de los castros solía haber torreones (castells, en gallego)  y se solían situar en lo alto de los cerros, con un uso defensivo de los promontorios. Todo esto y posiblemente algunas costumbres más permitieron a los romanos concebir a Galicia como una zona consolidada en su unidad, como una región homogénea en su identidad distinta a otras adyacentes. Esta concepción no se da desde el principio, así el territorio perteneció primero a la provincia de Lusitania, luego pasó a depender de la Tarraconense y finalmente se constituyó como la Gallaecia. Con lo que una parte del legado romano, y no menor, es el propio topónimo de Galicia. De hecho, uno de los elementos que permite reconocer el proceso de romanización se da en las inscripciones y la toponimia como manifestación de la presencia de la lengua latina, aunque  el uso del latín por sí sólo no es síntoma de romanización profunda, pues eran los propios romanos los que las realizaban.

La región se dividió en tres conventos o provincias: Bracarense, Lucense y Asturicense; todo esto ya en el siglo III d. de C.  Siglo en el que debió de imponerse definitivamente el latín. Ya en ese siglo la villa romana tenía gran presencia en la región, lo que suponía dejar los altos castros y ocupar las tierras llanas más fértiles, (podemos contemplar restos de importancia en la villa romana de Cambre, en La Coruña. Fue una villa rural que puede datarse entre los siglos II y IV). Gracias a este paso hacia las tierras bajas, el desarrollo de la agricultura fue un hecho y aunque en todo el noreste la agricultura no tuvo un uso intensivo, la vida económica se de sus habitantes se dividía esencialmente entre la agricultura y la minería (minas de oro, plata y estaño).  La minería fue la que permitió la llegada de colonos de otros territorios y, por ende, una de las fuentes importantes de romanización. Este paso de los castros a las villas romanas coincide con la adaptación de Galicia a la administración romana, pues, aunque, principalmente,  seguían viviendo según su antigua organización, en las zonas llanas se creó  un lugar donde llevaban a cabo sus transacciones comerciales, el mercado. Este lugar era considerado por las autoridades romanas como el núcleo urbano principal por cuya presencia se podía llegar a una cierta regularización administrativa  (municipalismo), a pesar de que los indígenas siguieran conservando sus propias formas de vida. Su estabilidad y su permanencia, al parecer, estaba ligada a la presencia de una autoridad, de un magistrado romano, que gozaba de cierta autonomía de mando y que era el enlace entre la administración romana y la entidad constitutiva del pueblo, populi, en una muestra más de la practicidad romana que hicieron de las viejas instituciones nativas, instrumentos de su propia administración.

La bajísima romanización de los castros se muestra en la casi total ausencia de monedas hasta el Bajo imperio, tal y como indica  Estrabón. Comerciaban a base de trueques con el  intercambio de especies o pequeñas láminas recortadas de plata. Los romanos para fomentar la actividad comercial, la unión con el resto del imperio y la auténtica romanización mejoraron las comunicaciones a través de las calzadas romanas.

En Galicia construyeron cuatro principales vías, si bien, propiamente en Galicia encontramos tres. La construcción de las calzadas romanas requería ejecutar varias fases, desde la deforestación hasta la capa de rodadura. Las calzadas estaban marcadas por los miliarios que eran puestos, con carácter general, cada 1.480 metros y su anchura permitía el paso de dos vehículos a la vez. Las antiguas vías romanas son la base de los actuales caminos de Santiago y de alguna de nuestras modernas carreteras-. Entre Austurica, Brácara y Lucus,  estas vías cruzaban el territorio de la Gallaecia con más sentido comercial que militar, ya que se trataba de una zona pacificada.

Siguiendo su ruta vislumbraremos lo que los romanos dejaron en su proceso de romanización de Galicia:

 La Vía XVIII o Vía Nova:

La Nova era la más transitada. Partía de lo que hoy es Astorga y llegaba hasta Braga. La vía Nova puede recorrerse actualmente. Esta es la calzada con el mayor número de miliarios de Europa, 281 en total. Alguno de los cuales siguen en pie y puede contemplarse hoy en día, por ejemplo los de Portela D Home o en la comarca de Limia. La calzada conserva muchos de sus tramos enlosados. Tiene una anchura mínima de cinco metros y en algunos puntos alcanza los once.

En la Vía Nova se construyeron cinco de los treinta puentes que los romanos construyeron en Hispania (quizá el más conocido de Galicia sea el Puente Romano de Orense, con origen en los tiempos de Trajano, porque del primer puente  romano de la época de Augusto sólo quedan algunas piedras en las bases. Se conservan 7 arcos de los 11 primitivos. Está considerado como el mayor de todo el Imperio Romano.

En un ramal de la misma vía, se conserva otro maravilloso puente, el Ponte do Freixo (Puente del fresno, en castellano) en Celanova (Orense) sobre el río Arnoya (en los alrededores de esta zona se han encontrado petroglifos pertenecientes a la Edad de Bronce, de los que hablamos el año pasado) y se sitúa  en la comarca del Ribeiro (otra herencia romana, el cultivo de la vid y la producción de vino). El puente consta de cuatro arcos simétricos. Destacan los almohadillados de los sillares, típico de las construcciones romanas. Se trata de una construcción del siglo II o III. Es posiblemente, junto con el de Orense, el mejor conservado de los puentes romanos en Galicia, el resto se mantienen en pie pero son restauraciones medievales en las que con suerte se conserva alguna piedra original romana.

En el camino de la Vía Nova se erigieron once mansiones, lugares de descanso para los viajeros y  también oficinas del fisco, que protegía un destacamento militar. Dos ejemplos que aún podemos admirar son la Aquis Querquennis, en Bande (en Orense), conjunto, que se sitúa cronológicamente entre los siglos I y II d.C. Está formado por tres elementos diferenciados: el campamento o recinto fortificado, la villa, con dedicación fundamentalmente agrícola y de la que se conservan restos que datan de los siglos I y IV, y la mansión, lugar de descanso y hospedaje para viajeros y animales de tiro y carga; y la Aquis Originis en Lobios, en la que ya se gozaba de sus famosas aguas termales; ahí podemos ver restos de los baños de Riocaldo ( o sea, río caliente), no olvidemos que los romanos fueron los primeros en favorecer el termalismo y los baños públicos en aguas sanadoras.

En relación con las aguas curativas, además del conjunto destacado en esta vía, cabe reseñar como herencia romana la fundación, en el lugar de O Castelo, la ciudad de Lais, que además de una de las más importantes explotaciones auríferas de la Gallaecia, contenía aguas termales. Las de  Laias, en la margen derecha del río Miño, en la actual provincia de Orense, fueron especialmente famosas. Según las inscripciones halladas en el lugar, el Imperio denominó a estas aguas Acquae Leae. A lo largo de la edad media los manantiales se seguían utilizando y eran conocidos en toda España, hasta allí llegó el rey Bermudo II de León, apodado el Gotoso, que fue a calmar sus males en las aguas orensanas. Hoy constituyen uno de los atractivos turísticos más importantes de Galicia.

La Vía XIX:

Comenzaba en Braga (Bracara Augusta) y terminaba en Astorga (Asturica Augusta) tiene un recorrido de unos 500 km. Entraba en Galicia por Tuy, continuaba por Pontevedra, Santiago de Compostela, Lugo y bajaba hasta llegar a Astorga.  Parte de su recorrido coincidiría con el de la Vía XX. De sus construcciones, se conserva con gran esplendor un hito que marca el paso de la vía romana a su salida de Galicia. Importante literatura hay sobre la mansión Pria en Iria.

La Vía XX o Vía per loca Marítima:

Según estudios que se tienen sobre el trazado de la vía XX la mayor parte de su recorrido era mixto, una parte por vía marítima además de la propia vía terrestre. Posiblemente, unos de los primeros puntos de parada se situarían en Aquis Celenis (Caldas de Rey), de hecho algunos autores consideran que este es un punto de encuentro con la vía XIX y que de ahí se separan. Esta vía contaba con numerosas mansiones entre las que podemos destacar la de “Ad duos Pontes” en Santa Cristina de Barro. La mansión de Glandimiro tradicionalmente situada en Brandomil, dónde se explotaban minas de oro, o la de Brigantium  ya en La Coruña, hasta llegar a Lucus Augusti (Lugo). Esta vía llegaba a la costa coruñesa y posteriormente bajaba hacia el interior. En su recorrido costero, se unía, por medio de estriaciones de la propia vía, a numerosas zonas portuarias ( Noya, Cedeira , Muros, Mujía o la propia Coruña) En su recorrido existieron numerosas villas e industrias del salazón- otra herencia romana- que introducía los productos llegados a la costa hacia el interior de hispania. Otros elementos que se conservan de esta vía son, por ejemplo, en  Santa Comba (La Coruña) un hito que refleja el paso de esta vía, un tramo de la misma aunque ya no conserva el pavimento en el municipio de La Laracha (La Coruña) cerca de Vilar de Fraga, y un campamento romano en Ciudadela, en el concejo de Sobrado dos Monxes (Sobrado de los monjes- La Coruña).

En esta vía, en su camino marítimo, las comunicaciones se completaban con los faros para orientar a las naves en su ruta costera al principio y en sus conquistas hacia el norte atlántico europeo, más adelante. El más destacado de ellos, es la famosa Torre de Hércules. Otro de los grandes símbolos de la romanización en Galicia y  hoy Patrimonio de la Humanidad. Su nombre procede de la leyenda que atribuye a Hércules  la fundación de la ciudad y así lo recoge Alfonso X, en su “Crónica General”, sin embargo el faro no adquiere ese nombre hasta el S.XX.

 Aunque no se sabe el origen de la construcción,  sí se conoce que  fue erigida como faro por los romanos, posiblemente hacia finales del siglo I y comienzos del IITiene el privilegio de ser el único faro romano y el más antiguo en funcionamiento del mundo. Los romanos lo denominaron Farum Brigantium. “Después de la conquista por Roma del Occidente europeo (Hispania, Galia y Britania), la bahía coruñesa adquiere una gran importancia en las rutas marítimas romanas que ponen en comunicación el Mediterráneo y las zonas costeras noratlánticas. Situada en una costa peligrosa, se convirtió en una magnífica dársena para los barcos que emprendían la ruta hacia Britania o venían de atravesar los peligros del cabo Finisterre. Los romanos crearon un importante enclave portuario, al que le pusieron el nombre de Brigantium, de ahí el nombre del faro.

 Por la inscripción conservada al pie de la Torre, sabemos que su constructor fue Gaio Sevio Lupo, arquitecto de la ciudad de Aeminium (la actual ciudad de Coimbra en Portugal). Con los datos actuales y sin tener certeza absoluta, se atribuye su construcción a la época del emperador romano Trajano que gobernó entre los años 98 y 117 d.C.

No conocemos con certeza como era su aspecto exterior. Pero tras las excavaciones arqueológicas realizadas en la base de la Torre, sabemos que contaba con un muro perimetral exterior y con una rampa o escalera de piedra que daba acceso a la plataforma superior. Tampoco conocemos con exactitud cómo sería el coronamiento romano de la Torre, pero por los datos conservados tendría una planta circular acabada en forma de cúpula con un hueco en el centro para salida de la luz y del humo que serviría de guía a los barcos.

El núcleo interior, hoy conservado, tiene, en planta, una base cuadrada, con cuatro huecos interiores que se comunicaban dos a dos; en altura, se articulaba en tres pisos sucesivos, y los huecos estaban abiertos con bóvedas de cañón. Posiblemente estos espacios pudiesen servir, entre otras funciones, para guardar el material combustible que ardería en la parte superior y también para resguardo del personal de servicio en la Torre.”[1]

En la Edad Media la Torre de Hércules sirvió como fortaleza y cantera, a partir del siglo XVI, recupera su función de faro.

Otro de los aspectos de la romanización en el mundo era la construcción de ciudades. En el NO de España, hubo algunas buenas ciudades, como Bracara Augusta y Lucus Augusti, al igual que Asturica Augusta, sin embargo, en Galicia y también en Asturias, no fueron polos de gran atracción para los indígenas, ni influyeron poderosamente en el cambio político, religioso, económico y social, ni desarrollaban una actividad municipal grande, como se desprende de la ausencia de inscripciones referentes a la vida municipal. En los “conventos” gallegos las relaciones de todo tipo y los intercambios entre urbes parecen poco desarrollados. En el ”conventus de Lucus Augusti”, ( fundada por magistrado romano Paulo Fabio Máximo en nombre del emperador César Augusto) hay desplazamientos de población, cuantitativamente, poco importantes.  Más destacados son los de Asturica Augusta y parece que fue el “conventus de Bracara” el que atrajo a un mayor número de gentes procedentes del exterior del NO. Sin embargo Lucus Augusti fue una ciudad importante a final de la antigüedad, como se deduce por la construcción de su muralla o de la piscina de la Plaza de Santa María. Precisamente su muralla es uno de los mayores regalos que los romanos han hecho a Galicia y, por ende, a España.

La muralla romana de Lugo es la única del mundo que se conserva entera, habiendo sido designada Patrimonio de la Humanidad, declarada por la UNESCO en el año 2000.

La leyenda dice que los romanos construyeron la muralla para proteger no una ciudad sino un bosque, el «Bosque Sagrado de Augusto», en latín «Lucus Augusti», de ahí el nombre de Lugo. Hoy el bosque es un misterio, pero la muralla sigue en pie. Realmente, más parece que la muralla, claramente una construcción defensiva, vino motivada no sólo de la amenaza bárbara, sino también por la situación e importancia estratégica de la ciudad. La ciudad tiene una ubicación propicia para la defensa por tener elementos naturales que contribuyen a ello al estar resguardada en lo alto de una pequeña colina y rodeada por un lado por el río Miño y por otros arroyos. La muralla reforzó la protección natural de la ciudad.

Se construyó siguiendo las directrices de las obras de Vitruvio, la muralla de Lugo mide más de 2 km y tiene, en la actualidad 10 puertas, aunque no todas son de época romana. En la parte superior, algunos tramos alcanzan los 7 m de ancho. Se conservan 71 de sus 85 torres originales, 60 son de planta circular y 11 cuadrangular. Debieron estar coronados por torres de dos pisos que tenían ventanales, como atestigua la torre llamada de A Mosqueira en la que todavía se conservan. Los materiales  con los que está construida son, principalmente,  granito y pizarra, en el exterior y,  en el interior, mortero compuesto de tierra, piedras y guijarros cementados con agua. Se estima que su construcción fue un único proyecto que terminó de realizarse sobre finales del siglo III o la primera mitad del siglo IV.

La estructura defensiva que conformaba la muralla estaba formada por el foso y el intervallum (espacio entre la muralla y las edificaciones urbanas. Recorría toda la longitud de la misma. Con el paso del tiempo este espacio fue ocupado por edificaciones). La muralla sufrió algunas ligeras modificaciones con el paso de los años.

Por último cabe señalar en cuanto al proceso de romanización, que no pretende ser exhaustivo pero sí dar una visión general lo más completa posible, el aspecto espiritual, que en el caso de la romanización, tenía una clara vinculación administrativo-política.

Según algunos  autores, los galaicos eran ateos, si bien en sus relaciones con los celtíberos y otros pueblos que lindan con ellos por el Norte, adoraban a cierta divinidad innominada, a la que rinden culto en las noches de luna llena. Las danzas en las noches de plenilunio constituyen parte del folklore y han llegado casi hasta nuestros días. Frente a estos ritos nativos, los romanos ejerzan culto a Júpiter, este culto a Júpiter fue asimilado poco a poco y algunos autores consideran que responde a un fenómeno de sincretismo que oculta  un culto al gran dios supremo de todos los pueblos indoeuropeos (recordamos que los celtas eran indoeuropeos). Así se unió el culto tradicional al ser supremo de los pueblos celtíberos, tan propio de Galicia, con el culto al Júpiter romano que es, ante todo, la encarnación del poder de Roma y del Estado. Con los emperadores de la dinastía Flavia, ese culto a Júpiter se une al municipalismo, a la ciudad administrativamente organizada. Esa municipalización, como vimos con el avance de las Villas romanas y el mercado, representaba un gran avance en la romanización.

Posteriormente, la extensión del cristianismo, que no proliferó grandemente en el NO de la península hasta muy avanzado el Imperio, fue la gran aportación y herencia del Imperio romano a la romanización, pues al propagar el cristianismo, contribuyó a romanizar el NO peninsular.

BIBLIOGRAFÍA

JOSÉ MARÍA BLÁZQUEZ. “La Romanización del Noroeste de la Península Ibérica. El bajo nivel de romanización de todo el NO de la Península Ibérica”. Publicado como parte de las Actas del Coloquio Internacional sobre el Bimilenario de Lugo. Lugo 1976, Lugo 1977 .

ROSA MARÍA FRANCO MASIDE.  “La vía per loca Marítima: un estudio de las vías romanas en la mitad noroccidental de Galicia”. Diputación de La Coruña 1999.

J.M- CAAMAÑO GESTO “Los campamentos romanos de Galicia”. Ed Finisterres.1996.

Página Web de Turismo de Galicia.

[1] Página oficial de Turismo de Galicia.

Curiosidades de la Historia 2. Entre cuentos y leyendas

Hoy vamos a husmear en las entretenidas, a nuestros ojos, historias de tres españoles cuyo paso por la Historia, transcurrió entre cuentos y leyendas. Son personajes reales con historias reales a los que la fantasía agrandó los hechos o la leyenda los encumbró o los condenó. Veamos a tres españoles por el mundo de la Historia.

Magno Máximo, un gallego, rey de Gales

Los que se acerquen a esta figura pensaran que me he equivocado puesto que Magno Máximo fue uno de los efímeros emperadores de la fase final del Imperio romano. Gobernó entre el 383-388. Pero hoy no quiero referirme, salvo de pasada, a su historia en Roma, que es fácil de referir, sino a la leyenda que lo sitúa como Rey de Gales.

La Historia.

Máximo era hispano, parece ser que de la provincia Gallaecia, o sea que era “gallego”. Por tanto, fue otro de los “españoles” en dirigir el Imperio romano junto con Trajano, Adriano y Teodosio, el grande. Vivió en el siglo IV, procedía de la noble familia de los Flavio y siguió una brillante trayectoria en el ejército, gracias a Teodosio el viejo, padre de Teodosio, el grande, que lo tuteló.

Debemos recordar, para situar a nuestro personaje, que, alrededor del año 337, tras la muerte de Constantino el Grande, el imperio queda dividido en dos. Por un lado, el Imperio Oriental, es decir, Bizancio, bajo el mandato de Constancio II, mientras que la parte Occidental quedó bajo el gobierno de su hermano, Constantino II. A su vez, el Imperio Occidental queda dividido en dos partes, denominadas prefecturas. La más occidental era la Prefectura de las Galias, que incluía cuatro diócesis: Hispania, Vienense, Galia y Britania. Máximo, junto a Teodosio, el futuro Teodosio, el grande, fue enviado por el emperador occidental, Valentiniano I, a defender la frontera norte de Britania, el conocido como muro de Adriano, donde las incursiones de pictos y escotos traían de cabeza a los romanos. Máximo fue un soldado valiente que se ganó el reconocimiento de sus soldados. En el 372, fue enviado a África, donde también salió victorioso. Tras la derrota del Imperio de Oriente ante los godos en Adrianópolis- 378-, Teodosio fue proclamado emperador de Oriente. Mientras Graciano era el emperador de Occidente.

Desde el 376, Máximo Magno se había instalado en las islas británicas dónde se casó y donde estaban sus más fieles soldados. En las islas se forjará su leyenda. Había vuelto a los puestos fronterizos del Imperio en el norte de la isla; de nuevo, defiende el muro de  Adriano, donde su buen hacer, su valentía y su liderazgo en la defensa del Imperio, le valieron ser nombrado por sus hombres emperador del Imperio de Occidente, lo que suponía un intento de usurpación del trono de Graciano, el legítimo emperador de occidente. El choque entre Máximo y Graciano era inevitable y se produjo cerca de la actual ciudad de París. Graciano fue traicionado por los suyos en la batalla y cuando volvía a Italia lo asesinaron en las inmediaciones de Lugdunum (Lyon).

Tras los hechos, Magno Máximo se instala en Tréveris, capital de la prefectura de las Galias, con la intención de ejercer desde allí como emperador. Para eso necesitaba ser aceptado por el emperador de oriente: Teodosio, el grande y de Valentiniano II que se consideraba sucesor de Graciano. En un primer momento, llegan a un pacto: el imperio de divide en tres. Máximo se queda como emperador de la prefectura de las Galias,  Valentiniano II como emperador del resto de occidente, es decir las dos diócesis itálicas y Panonia y Teodosio como emperador de oriente. Magno Máximo fue emperador entre los años 384-388, fecha esta última en la que encontró la muerte por orden de Teodosio, el grande.

La Leyenda

En torno a 1135 la historia de Máximo ya era una leyenda; y el lugar de su arraigo, Gales. Es citado tanto en la historia de Britania de Nennio como en la Historia de los reyes de Britania del monje galés Geoffrey de Montmouth, en la que aparece como Rey de Britania durante el mandato de Constantino. El primero, busca un linaje fantasioso que le permite dar legitimidad a los reyes de Gran Bretaña, afirmando asimismo que ayudó a los britanos a extenderse de nuevo por la isla y volver a colonizarla. En el caso del segundo, parece que la historia procede de la unión de historias de distintos personajes y algunas leyendas, al modo en el que se creó la historia del Rey Arturo.

Pero la leyenda más completa se encuentra recogida en el Mabinogion (colección de historias en prosa procedentes de manuscritos medievales galeses. Se basan en parte en acontecimientos históricos de la alta Edad Media, pero algunos elementos se remontan a tradiciones anteriores, posiblemente de la edad de bronce). Allí se narra que Máximo soñó con un castillo en el que dos hombres jugaban al ajedrez mientras una bella doncella les contemplaba. Se cuenta que, Máximo, prendado de aquella visión femenina, mandó mensajeros en busca de tan bella doncella llamada Helen Luyddawc, en su sueño. y, tras enviar emisarios por todas las islas en su busquéda, la encontró en Gales. Se casó con ella, y sus hermanos (los jugadores de ajedrez) le ayudaron a conquistar toda la isla de la que fue Rey y también de la Bretaña francesa.

De todo esto, parece que hay restos arqueológicos y documentales suficientes como para afirmar, con cierta verosimilitud, que Máximo se casó con la hija de un poderoso jefe britano de la región Caernarfon, en la zona norte de Gales y que se la conocía como Elena de Caernarfon. También se le atribuye a Máximo la iniciativa para la conquista de la Bretaña francesa. No se sabe del destino de su familia, pero parece que Teodosio perdonó la vida a su mujer e hijas, así como a su madre. De igual forma, se considera que un nieto de Máximo también intentó usurpar los laureles de emperador de Roma, resultó muerto en el intento.

Por todo ello, podemos decir que un gallego reinó en Gales, de verdad o en la leyenda, quién sabe. Lo que es cierto es que en la Historia del linaje de los reyes británicos está incluido, con más o menos bruma en torno a su persona.

Un lepero, rey de Inglaterra

Aunque a Lepe se la relaciona con los chistes, esto no es ninguna broma. Juan de Lepe era un marino de esta localidad onubense de carácter abierto, dicharachero, picaruelo y simpaticón, al que los avatares de la vida llevaron a la corte del rey de Inglaterra, Enrique VII (fundador de la dinastía Tudor-1457-1509-). Llegó a ser una mezcla de confidente y bufón del Rey. El desapacible clima de la isla, que obliga a un eterno confinamiento, hacía que el Rey pasase las horas frente a las chimeneas del Palacio, tomando cervezas y jugando partidas de cartas o ajedrez. En estas situaciones, se hacía acompañar de nuestro compatriota. El Rey tenía fama de tacaño y las apuestas, en los juegos de naipes, no iban más allá de alguna moneda; hasta que un día, pensando que Juan se echaría atrás, se jugó las rentas de Inglaterra, aunque, rápidamente arrepentido, lo dejó en la posibilidad de que, si perdía, Juan podría ser rey por un día y quedarse con las rentas de esa jornada. El juego fue a doble mano. Juan aceptó sin inmutarse, aunque si perdía, debería las rentas del día. Ganó y fue rey durante un día. Tal situación se hizo publicar en todo el país, siendo conocido como “el pequeño rey de Inglaterra” . Como espabilado que era, durante su breve reinado, se aseguró el futuro haciéndose con un buen montón de prebendas y derechos, además de las rentas ganadas, con el consiguiente permiso para poder llevarse a España todo lo conseguido. Tras la muerte de Enrique VII, en 1509, el lepero decidió regresar a su casa antes de que Enrique VIII decidiese su destino. Ya en su pueblo, se dedicó a disfrutar de la vida y de su fortuna, pero también quiso ganarse el retiro celestial y donó parte de sus riquezas al monasterio franciscano de Lepe ( Nuestra señora de la Bella) con una condición: que se grabaran en su lápida, a modo de epitafio, sus hazañas.

El expolio que vivió la iglesia a principios del siglo XIX impide conservar la lápida, pero tenemos constancia de la misma, gracias a la obra “Origine Seraphicae Religionis” (1583) del padre Francisco de Gonzaga. En la obra se describe la lápida y la historia:

“En la Iglesia de este convento aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por lo ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después de haber vivido algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como un recuerdo de este lugar”.

Un pastelero abulense, rey de Portugal.

Quizá este sea el episodio más conocido de los tres y, en este caso, la leyenda fue una realidad histórica.

Antes de llegar a nuestro pastelero debemos centrarnos en la situación portuguesa. En 1578, Portugal se enfrenta a una guerra por el control de lo que hoy es marruecos o parte del territorio actual del país africano. La batalla en la que fueron derrotados los portugueses y muerto su rey, el Rey Don Sebastián, fue la de Alcazarquivir o la batalla de los tres reyes en referencia al Rey Don Sebastián y los dos sultanes que se disputaban el trono en Marruecos.

Portugal estaba en plena edad de oro, sin embargo, la derrota en Alcazarquivir supuso un revés en su situación. Muerto el Rey subió al trono el Cardenal Enrique, como Enrique I, tío-abuelo del Rey Sebastián. Enrique I falleció dos años después, lo que abrió la crisis sucesoria de 1580 que llevó al trono de Portugal a Felipe II. Fue la famosa Unión Ibérica durante la cual los dos reinos tuvieron coronas separadas pero gobernadas por el mismo rey. Felipe II fue el primero de los tres reyes españoles que gobernaron esta unión hasta 1640, año en el que Portugal recobró la independencia. Durante la Unión, Portugal se vio privado de una política exterior independiente, participó, junto con España, en la guerra en los Países Bajos; sufrió grandes reveses en su imperio y perdió el monopolio comercial en el índico.

Evidentemente, aquella situación no era muy del agrado de todos los portugueses, así que un buen número de ellos se refugiaron en el “Sebastianismo” movimiento místico que aceptaba la leyenda de que el Rey Don Sebastián no había muerto en la batalla de Alcazarquivir y que , según los que le vieron tras la batalla, había hecho promesa de volver para salvar a su pueblo. Tal movimiento tuvo una extensión particular en Brasil. Uno de los mayores divulgadores del movimiento fue el poeta portugués Bandarra.

La idea de que el Rey estaba vivo y había de regresar a Portugal, propició la aparición de diversos episodios de suplantación de su personalidad. Y es en este ámbito, en el que aparece nuestro pastelero de Madrigal de las Altas Torres, Gabriel de Espinosa. Realmente no se sabe dónde nació y algunos consideran que tienen origen toledano, pero en el transcurso de nuestra historia vivía en el pueblo de Ávila. Allí, no se sabe cómo contactó con él fray Miguel de los Santos, que era portugués y había sido confesor del Rey Don Sebastián y, que, en el momento de contactar con Gabriel, era el capellán del convento de Madrigal en el que era monja Doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II.

Parece ser que Fray Miguel era un emisario de Antonio de Portugal, prior de Crato y el mayor enemigo de Felipe II en el país luso.

El capellán del convento de Madrigal convenció a Gabriel de Espinosa de su parecido con el Rey Don Sebastián, de manera que le hizo creer que sería nombrado Rey del país vecino y se casaría con doña Ana de Austria. Se encontraron diversas cartas del fraile dirigidas al pastelero dándole tratamiento de majestad. Parece ser que Gabriel de Espinosa no hacía ascos a hacerse pasar por el rey. Incluso llegó a tener en su poder diversas joyas de la sobrina del Rey Felipe, no se sabe si por donación de ésta o porque el capellán se las hizo llegar. El caso es que alguien le denunció por poseer esas joyas y así se inició el “proceso de Madrigal”, documentado en el archivo de Simancas. Tras el juicio, Doña Ana, que llegó a creer que el suplantador era en realidad el rey portugués, su primo, con quien podría casarse tras recibir el beneplácito del Vaticano, como se lo prometió el fraile, fue declarada inocente, pero no se libró de castigo puesto que fue desposeída de todas sus pertenencias y condenada a una vida de absoluta incomunicación en un convento de Ávila. Cuando Felipe III llega al trono, a doña Ana le restituyen en la posesión de sus bienes, además, pudo volver al monasterio de Madrigal, donde llegó a ser priora. Por su parte, tanto Espinosa como fray Miguel fueron condenados a muerte y ejecutados en 1595. En el juicio, el fraile, sometido a tortura, confesó su culpabilidad, como único ideólogo e inductor de los hechos.

Esta suplantación trajo de cabeza a Felipe II, que vio en el personaje más peligro de lo que nos pueda parecer ahora. De hecho, del contenido del juicio archivado en el Archivo Histórico se desprende que las sentencias vinieron influencias por Felipe II.

Todo el episodio inspiró diversas obras literarias, la más famosa “Traidor, inconfeso y mártir” de José Zorrilla, escrita en 1849. En ella el autor cambia algunos hechos, de manera que Espinosa no es un simple pastelero sino el auténtico Don Sebastián .

La verdad sobre la vida del monarca portugués es que murió en el campo de batalla. El cadáver fue sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado, por orden de Felipe II,  al monasterio de los Jerónimos de Belém, en Lisboa, donde se encuentra definitivamente enterrado.

BIBLIOGRAFÍA

The New Cambridge Medieval History. Ed Cambridge University Press

JAVIER SANZ. Bitácora “Historias de la Historia”

Kamen, Henry. Felipe II . Ed Siglo XXI. 1997.

Crucifixión y muerte de Jesús

He estado pensando en acontecimientos históricos que tuvieran relación con la Semana Santa. Pensé hablar del “Alzamiento de Pascua” o de los “Acuerdos del Viernes Santo”. Algún día lo haré. Pero hay un acontecimiento histórico innegable para creyentes o no creyentes. La muerte por crucifixión de Jesús de Nazaret. Dada la cuaresma que llevamos este año; dado que, para los creyentes Jesús murió en la cruz y resucitó al tercer día para salvarnos a todos nosotros en un acto que es la mayor muestra de amor y de esperanza de la Historia de la humanidad, hoy lo que conviene recordar es esa esperanza de mejora y de superación de los malos momentos que nos toca vivir recodando el sacrificio de Jesús. Lo rememoro con la ayuda del Evangelio de San Juan.

 

Capítulo 19 

19:1 Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.

 19:2 Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura;

19:3 y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! y le daban de bofetadas.

19:4 Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él.

19:5 Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!

19:6 Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él.

19:7 Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios.

19:8 Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo.

19:9 Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Mas Jesús no le dio respuesta.

19:10 Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?

19:11 Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.

19:12 Desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo: Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone.

19:13 Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata.

19:14 Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey!

19:15 Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César.
19:16 Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron.

Crucifixión y muerte de Jesús 

(Mt. 27.32-50Mr. 15.21-37Lc. 23.26-49)

19:17 Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota;
19:18 y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.
19:19 Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.

19:20 Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín.
19:21 Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos.

19:22 Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito.

19:23 Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.

 19:24 Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice:

Repartieron entre sí mis vestidos,

 Y sobre mi ropa echaron suertes.

Y así lo hicieron los soldados.

19:25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.

19:26 Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.

19:27 Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

19:28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese:Tengo sed

19:29 Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca.

 19:30 Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es .Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

El costado de Jesús traspasado 

19:31 Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí.
19:32 Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él.

19:33 Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.
19:34 Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.

19:35 Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis.

19:36 Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.

19:37 Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Jesús es sepultado

(Mt. 27.57-61; Mr. 15.42-47Lc. 23.50-56)

19:38 Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús.

19:39 También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras

19:40 Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.

19:41 Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.

19:42 Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

 

Curiosidades de la Historia

No está el momento actual como para contar asuntos muy sesudos, por ello he decidido iniciar un ciclo de hilos que igual no son consecutivos, ya veré, sobre curiosidades de la Historia.

Para empezar y por unirnos a la actualidad, veremos tres curiosidades que tienen algo que ver con la salud:

1.-¿Por qué se llamó española a la gripe de 1918?

No vamos a contar los detalles de aquella gripe que se desató en 1918, mató a 40 millones de personas en todo el mundo, siendo la pandemia más devastadora de la historia. Un siglo después aún no se sabe cuál fue el origen de esta epidemia, algunos investigadores afirman que empezó en Francia en 1916 o en China en 1917, muchos estudios sitúan los primeros casos en la base militar de Fort Riley (EE.UU.) fechando el primer caso conocido el 4 de marzo de 1918.

La gripe cohabitó con la I Guerra Mundial. Todos los países contendientes, censuraron las noticias de la gripe para no desanimar ni a la población ni a los soldados. Sólo los países neutrales daban información detallada de la pandemia. En España, las noticias sobre la gripe eran abundantes, aquel interés periodístico se debió a que, además de no tener noticias propias de la guerra, España fue uno de los países más afectados por el virus, con 8 millones de personas infectadas y 300.000 fallecidos, mayoritariamente hombres entre 20 y 40 años. Hay que tener presente que, los medios sanitarios eran deficientes, no había vacunas y las medidas profilácticas no funcionaron adecuadamente. Como curiosidad, contar que entonces se hizo popular una mascarilla de tela y gasa, que era completamente inútil.

Con ese panorama, la información sobre la gripe era la portada diaria de los noticiarios. En un primer momento los medios de España intentaron darle nombre: “El soldado de Nápoles” o “La enfermedad de moda”, fueron algunos. Pero fue el corresponsal del “The Times” en Madrid, quien empleó por primera vez el término ‘La Gripe Española’ , que haría fortuna y se extendería por el resto del mundo a partir del verano de 1918.

En el verano de 1920, el virus desapareció tal y como había llegado, pero el nombre quedó, como otra fase más de leyenda negra , con los británicos siempre dispuestos a difundirla.

2.-El secreto del maquillaje egipcio

Científicos franceses descubrieron en 2010 que el llamativo maquillaje de ojos egipcio tenía efectos terapéuticos.

Los egipcios desconocían esto, en toda su extensión, pero algo habían notado pues señalaban que esas líneas de ojos tan características tenían carácter mágico; eran los dioses Horus (dios de la guerra y de la caza) y Ra (dios del sol, creador de vida) los que protegían contra varias enfermedades a los humanos que utilizaban estos maquillajes.

Este poder sanador fue negado por los científicos posteriores al saber que contenían plomo; elemento químico considerado poco saludable para el ser humano. Sin embargo, los químicos Christian Amatore, Philippe Walter y sus colaboradores del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia después de analizar distintas muestras de maquillaje del antiguo Egipto custodiadas en el Museo del Louvre, descubrieron que los egipcios utilizaban cuatro sustancias diferentes, con plomo o sales derivadas del plomo, las cuales utilizadas en muy pequeña cantidad estimulaban el sistema inmunológico:

»Dosis muy bajas de plomo no matan a las células, en su lugar se produce una molécula de óxido nítrico que activa el sistema inmunológico que repele bacterias en caso de infección en los ojos»[1]

Los egipcios, preparaban estas mezclas con sumo cuidado y de manera deliberada ya que alguno de los elementos utilizados requiere ser sintetizado, no se producen de manera natural , tardando más de un mes en fabricarlo- según cálculo realizado por los científicos actuales-. Su confección demuestra que eran conocedores de sus efectos, aunque fuera de manera menos empírica que la que puedan tener los químicos en la actualidad y siempre invocando a los dioses por aquella consideración mágica que habían dado a la mezcla.

El maquillaje, en tonos negros o verdes en la línea de los ojos, y en los párpados era común a hombres y mujeres y se considera esencial para protegerse del sol y de ciertas enfermedades tropicales propias de la zona del Nilo.

Ahora bien, no es el único caso de empleo de elementos químicos, en principio, poco recomendables para uso cosmético, así, en el Imperio romano,  utilizaban maquillaje con base de plomo para blanquear la piel. De igual modo, la nobleza británica, en el siglo XVI, utilizaba este tipo de maquillaje para tal fin. La más famosa en usar una mezcla de polvo de plomo y vinagre fue Isabel I para cubrir las cicatrices de la viruela. Ahora bien, esta mezcla utilizada de continuo puede producir- y esto explica la propia situación de Isabel I-, despigmentación (decoloración de la piel), pérdida de cabello y podredumbre en los dientes.

Ya en el siglo XIX, algunas mujeres estadounidenses comían pastillas de arsénico- en muy pequeña cantidad-, para terminar con los granos en la piel.

Unas prácticas estas dos últimas, como vemos, mucho más peligrosas que las de los egipcios.

3.-El origen del God Save The Queen, el himno británico

Realmente, el himno inglés es de origen francés. Todo procede de Luis XIV, “ el Rey Sol”, de Francia (1638-1715).

El gran Rey francés sufría de hemorroides. Ante sus complicaciones de salud, los médicos de la corona le indicaron que la mejor solución era una operación, si bien, la misma no se había practicado con anterioridad. El médico, tras experimentar con algunos voluntarios, intervino al Rey con todo éxito. La curación del rey fue motivo gran alegría en Francia y uno de los mejores músicos de la época, Jean Baptiste Lully,  francés de origen italiano, decidió componer una cantata,  titulada “Dieu sauve le Roi”( que llegó a ser un himno de los monárquicos frente a la revolución francesa) .

Haendel, durante una de sus estancias en Francia, oyó la cantata (parece ser que fue en el museo de Versalles, donde el carrillón de un reloj tocaba aquella melodía), consiguió la partitura y se apropió la obra. A su regreso a Inglaterra, ofreció la composición al rey Jorge I como “God save The King”.

Según parece, era costumbre en el gran músico apropiarse de composiciones ajenas. Así, el severo y gran músico francés Bourgault Ducondray le califica de ser “el más grande ladrón musical que haya existido jamás”.

Tampoco los británicos se han caracterizado por respetar la propiedad ajena, que le pregunten a griegos o egipcios, así que el himno me parece bien elegido.

[1]Publicado en el número de Enero de 2010 en la revista Química Analítica, publicación quincenal de la Sociedad Química Estadounidense.

LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA EN EL REINO DE HAMMURABI (1775-1730 A. DE J.C.)

Sin lugar a dudas Hammurabi fue uno de los grandes estadistas de la antigüedad y de toda la historia de la humanidad, como lo demuestra la organización administrativa de su reino- Babilonia-, en la que destaca, y en ella nos centraremos, la administración de justicia, cuya reforma introdujo personalmente, y aún ahora causa asombro la perfección y eficacia de sus normas procesales.

Hammurabi fue un rey absoluto- no se concebía el poder de otra manera en aquellos tiempos- por tanto, organizó la administración en torno a su persona. En su palacio residía la administración de finanzas, de las propiedades, de las obras públicas y del ejército. Tenía un sistema de oficinas provinciales que mantenía bajo su control por medio de la Cancillería. A ella reportaban los gobernadores, figura que sustituyó a los antiguos príncipes, tras la unificación territorial de Mesopotamia. Las ciudades fueron confiadas a los alcaldes y en todas ellas implantó una unidad procedimental, aunque con cierto grado de autonomía para incluir las tradiciones preexistentes en aquellas provincias. Tanto los gobernadores como los alcaldes administraban justicia siempre en nombre del rey.

Los jueces de distrito se consideraban agentes de la política real y constituían los tribunales, los consejos de administración y los órganos de intervención financiera y fiscal; eran nombrados por el rey por un periodo de tiempo de varios años y actuaban de manera colegiada bajo agrupaciones de cuatro a ocho miembros a cuyo frente estaba un funcionario, “rabizu”, cuya competencia era recibir las demandas de las partes, preparar la instrucción de los asuntos y firmar las actas de los testigos con el fin de garantizar la autenticidad. Existía también un escribano con funciones de archivero y con la obligación de conservar los documentos judiciales.

Las normas y el lenguaje administrativo se realizaban en acadio, la lengua oficial y la que entendía el pueblo. Hammurabi se empeñó en que las normas tuvieran un lenguaje claro y sencillo para que fueran fáciles de entender por todos los súbditos. El sumerio era la lengua culta que se exigía a los funcionarios para acceder a la condición de tal, pero no en su trato con la población.

Con el tiempo se crearon una especie de juzgados civiles que tenían conocimiento de procesos relativos a la propiedad inmueble, sucesiones, participaciones entre coherederos y relaciones entre acreedores y deudores.

Con Hammurabi, el Tribunal Real adquirió, de forma definitiva, una clara superioridad sobre los demás tribunales. Siempre tuvo el propósito, con esta medida, de mantener el orden y el principio de igualdad entre todos los ciudadanos; así como, fomentar el respeto al Derecho y a la equidad.

La administración de justicia requería unas leyes. La más conocida es el Código de Hammurabi.

El Código de Hammurabi es uno de los conjuntos de leyes mejor conservados de la antigüedad. Se encuentra en el Museo del Louvre de París.

Su acción de justicia se basa en la aplicación de la ley del talión y es también uno de los más tempranos ejemplos del principio de presunción de inocencia. Fue escrito en 1750 a. C. y en él unifica los códigos existentes en las ciudades del imperio babilónico. No se aplicaba aleatoriamente, como ocurría en sociedades menos avanzadas, sino que permaneció en el tiempo con un sentido claro de seguridad jurídica.

Hammurabi, ya desde tiempo tan temprano en la Historia, aun teniendo la visión absolutista propia de la época, comprendió que el buen orden en su imperio y, esta fue una de las razones por las que alcanzó la condición de imperio, se fundamentaba, en la claridad y estabilidad de las normas, la seguridad jurídica y en el respeto a las decisiones judiciales de unos órganos judiciales jerárquicamente establecidos.  Su orden determinó, pasado el tiempo, una de las bases de la separación de poderes.