Mucho se ha hablado en estos días de la modificación del currículo escolar español que afecta a diversas asignaturas, entre otras de manera muy importante a la Filosofía y a la Historia.
De nuevo traigo a colación a mi querido profesor Ferrero y su “dádmelo morto”, para diferenciar la historia del periodismo. Efectivamente, este es un blog de Historia y de análisis histórico y por eso trataremos el tema desde la Historia. Ya hemos tenido entradas sobre el valor de la historia explicando el método científico de análisis histórico y la Ley de memoria histórica, que a partir de ahora se llamará democrática (se ve que hacernos olvidar- una parte de nuestro pasado- es más democrático que recordar; y establecer un sistema de fuentes científico es peor que la subjetividad de los recuerdos de cada cual).
A la hora de abordar el tema de hoy no quiero incidir en la causa final, citando a Aristóteles, es decir, en el objetivo último de este cambio. Simplemente me centraré en las consecuencias que para el conocimiento tendrá el mismo.
Desde un punto de vista formal y material, que no teleológico, dos son los cambios más destacados en el currículo escolar en lo referente a la asignatura de historia: 1) no se debe estudiar de manera cronológica y 2) sólo se estudiará la Historia de España de 1812 en adelante.
La barbaridad es enorme. Para explicar mi posición voy a tomar diversos ejemplos, se podrían poner otros miles, pero, para comprender qué pasa cuando sólo se estudia, y no completa, la edad contemporánea, más la española que la universal, voy a poner ejemplos de absoluta actualidad.
Todos leemos estos días noticias sobre la invasión de Ucrania y nos planteamos conocer algunos antecedentes, bien sean de la Segunda Guerra Mundial, bien posteriores, como la invasión de Hungría el 1956, o la primera guerra de Crimea en 1853, que trajimos aquí a colación. Pero el conocedor de Historia sabe que, en el ámbito de las relaciones internacionales, los países tienen unas constantes en su actuación que no se difuminan con el tiempo. Así, el expansionismo territorial o la búsqueda de salidas a mares de aguas cálidas son algunas de las constantes rusas más destacadas y que ya se daban, por ejemplo, en Pedro I el Grande, Catalina II la Grande, Nicolás I, en Alejandro III o Stalin, estos hechos tienen una correlación histórica, si no se conoce las obras de cada uno de ellos, no se entiende la de sus sucesores. Una cosa es que puedan tener otros modos de enlace o estudio, pero los hechos influyen unos en otros y no se entienden los segundos sin acceder previamente a los primeros. Si Putin busca recuperar el imperio ruso de la URSS o el de los zares, hay que analizar qué pasó antes de ahora y por qué.
La primera guerra de Crimea trajo a España una subida de precios y de impuestos que generaron gran malestar. Hay acontecimientos que se parecen como dos gotas de agua y la situación de subida de precios actual no originada sólo en la guerra de Ucrania, pero sí influida de manera importante por ella, puede entenderse mejor si vemos los levantamientos contra los impuestos en el bienio liberal español por culpa de aquella guerra en Crimea de 1853-56 y, si bien, siguiendo los razonamientos de Heráclito, «ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos», no podemos negar similitudes fundamentales que conviene tener presentes para, como bien señalaba Napoleón en sus acotaciones al “Príncipe” de Maquiavelo, “hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores”.
¿Cómo entender la historia de las relaciones internacionales sin asentarse en los principios básicos del derecho internacional reflejado en los tratados internacionales o en las instituciones internacionales? Y ¿cómo acercarse a ellos sin asimilar los orígenes del Derecho de Gentes, “jus Inter Omnes gentes”, en la Escuela de Salamanca Española, en los postulados del Padre Vitoria y con ella en la presencia española en América y el humanitario trato dispensado a los indios, o en la teoría de los justos títulos, todo desarrollado bajo el mandato directo de la Monarquía española, tanto por de los Reyes Católicos como por Carlos I? En un simple párrafo hemos demostrado el enlace entre acontecimientos presentes que tienen su raigambre en nuestra Historia más gloriosa: la de la llegada a América, su evangelización, culturización y la presencia mayúscula de los Reyes Católicos y nuestro emperador, nuestra influencia en el devenir jurídico del mundo… y que en nuestro programa escolar dejarán de estudiarse. Nuestros futuros bachilleres, si no hacen un esfuerzo por sí mismos, no sólo no sabrán Historia, es que no entenderán el periódico, las noticias diarias.
Si no se conoce la Historia de la antigüedad se desconocerá la versión de Trucídides sobre la guerra del Peloponeso (431-404 a de c.) se ignorarán las consecuencias de la tensión creada entre una potencia emergente (Atenas) frente a una potencia en declive (Esparta) y como el temor a ser relevado del mando puede desembocar en una guerra. Con este antecedente se entiende mejor las tensiones actuales entre China y USA tanto por Taiwán y el dominio del Pacífico como sus posiciones frente a Rusia en la invasión de Ucrania.
Tampoco podríamos explicar los imperios orientales de China o de Japón sin la llegada a aquellos mares de los portugueses y españoles en el siglo XVI. Tampoco, sin entender la habilidad de Felipe II para no enfrentarse a Portugal innecesariamente y así acabar dominando enclaves esenciales en el Pacífico. No estudiar al gran Felipe II es no poder realizar interacciones entre la Historia de España, y la de América, África y el Pacífico. Y no comprenderíamos el alcance de esas interacciones si desconocemos la importancia de la “Unión Ibérica” lograda por Felipe II en 1581 que trae causa de los acuerdos, en este caso matrimoniales, firmados en el Tratado de las Alcazobas por los Reyes Católicos y el Rey de Portugal el 6 de marzo de 1480.
Cómo explicar nuestros problemas actuales con Marruecos sin contar que el norte de África fue territorio romano después de cartaginés, olvidando la importancia del Califato Omeya con su gran capital, Córdoba, en el siglo VIII. Cómo explicar la caída de ese Califato y la sumisión de aquel territorio norteafricano en un lugar sin dueño a manos de tribus bereberes y beduinas nómadas que estaban de paso, sin estudiar la Reconquista. Cómo explicar la españolidad de las Canarias, Ceuta y Melilla sin saber que fue aquel Tratado de Alcazobas y su especificación posterior en el de Tordesillas, de 7 de junio de 1494, con el reparto de los mares y las tierras en virtud de los paralelos terrestres, el que determinó la distribución de la costa africana entre España y Portugal; el que permitió el asentamiento español en Melilla en el siglo XV (1497), en el Peñón de Belez, en Orán y en otros muchos territorios y, además, preservó nuestra presencia en Ceuta que ya era española en 1415.
Y, en directa conexión con lo anterior, si sólo se estudia la Historia de España desde 1812 y no se atiende con cierto detenimiento a la historia Universal cómo describir los resultados de la Conferencia de Berlín en 1885, los procesos de colonización y descolonización, los enfrentamientos internos en Alemania entre los posicionamientos de Bismark y las del Káiser Guillermo II con respecto a la colonización de África, los acuerdos franco-alemanes por aquellos territorios, las consecuencias que aquello tuvo para nuestra ubicación en Marruecos, la correlación de fuerzas entre la presencia francesa y la española en el norte de África, nuestro protectorado en Marruecos y en el Sahara, la perdida de aquellos lugares… y sin referenciar las consecuencias de la I Guerra Mundial, por ejemplo, con la disposición de las colonias africanas en fideicomiso, no se profundizará en la presencia española en sus territorios norteafricanos ni en Guinea a pesar de la neutralidad de nuestro país en las guerras mundiales ni por supuesto otros muchos acontecimientos que quizá no tienen tanta relación con España pero sí con la organización geoestratégica posterior, como el desarrollo militar de la II Guerra Mundial, en especial, con la Guerra del desierto.
España no ha estado aislada del mundo, al contrario, ha sido una pieza esencial en la configuración geopolítica actual del Orbe, no pueden nuestros bachilleres limitarse al estudio de la edad contemporánea sin percatarse de la importancia de nuestro pasado porque sin él no se entiende España como Nación ni política ni histórica ni cultural. No se puede concebir la defensa de la nación en el levantamiento de 1808, ni la constitucionalización de la soberanía popular en 1812 sin saber de dónde venimos. Los madrileños dieron el primer aldabonazo contra el invasor conscientes de lo que era España, la Junta de Asturias se reunión en defensa de la Nación española y las Cortes de Cádiz definieron nuestro futuro liberal por la conciencia común de lo que habíamos construido todos juntos desde muchos siglos antes.
Pero sin esos precedentes, tampoco se alcanza a ver el porqué de esos acontecimientos que para algunos parecen prevalecer sobre los demás. Hablo de la caótica primera República, de la crisis del 98, de las guerras en Marruecos en los años 20 y con ello de la dictadura de Primo de Rivera y la catastrófica Segunda República que nos lleva a la peor de las crisis nacionales: la Guerra Civil.
Sin el conocimiento de todo eso, no se entiende España. Pero, sin España, no se entiende Europa. Esta Unión europea, hoy más unida que nunca en la adversidad, tiene su esencia en los principios greco-romanos y la tradición judeo-cristiana. Al implantarse el cristianismo en el Imperio romano, apareció una Europa cristiana en su pensamiento, instituciones y cultura, cuyas fuentes se concretaron en la concepción filosófica y jurídica greco-romana y la tradición religiosa judía y el legado cristiano centrado en el Nuevo Testamento y en la figura de Jesús de Nazaret. Atenas da origen al logos griego que determina la racionalidad universal. Crea las ciencias especulativas y positivas y promueve la filosofía, el humanismo, el arte y la arquitectura. Roma simboliza el Derecho, la épica conquistadora y la organización política. El sacro imperio une las ideas de poder y orden jurídico clásico con el religioso, teniendo al Papado como baluarte defensivo de esos valores tradicionales. Las cabezas defensoras de esa idea de cristiandad con todos los valores inherentes a la tradición serán, esencialmente, los Reyes españoles, desde el inicio de la Reconquista, la batalla de las Navas de Tolosa (1212) o la creación del Camino de Santiago, pero, sobre todo, serán Carlos V y Felipe II- fundamental en la victoria de Lepanto (7 de octubre de 1571)- los que permitan que Europa siga siendo cristiana y que los valores humanitarios y de derecho natural que fundamentan nuestra vida y Derecho puedan perdurar. A ellos y por desarrollo de esos principios, se une en el S XVIII la Ilustración y su difusión mediante la Revolución Francesa y las invasiones napoleónicas. Todos ellos y sus valores trajeron las democracias que hoy tanto cuesta mantener. Por eso, a Zelenski, nuestro admirado presidente ucraniano que tanto hace por la defensa de esos valores que son nuestra vida cabe decirle que él y sus conciudadanos son todo un ejemplo, pero, también, que frente a lo que dijo ante el Parlamento de los Países Bajos, Felipe II no fue un tirano.
El desconocimiento de la Historia no sólo limita el saber de esa materia. Sin ese conocimiento histórico nadie entenderá la literatura ni el arte ni otras ciencias. Así, por ejemplo, sin el Imperio español, no se entenderá del siglo de Oro literario y artístico; sin la perdida de América y la crisis del 98 no se profundizará en la generación del 27…, porque todos los conocimientos están interrelacionados. Si se cercena uno, se cercenan los demás.
Por todo lo que he señalado y por otras muchas cosas que se podían decir, una reforma que se limita a lo contemporáneo, sin antecedentes, sin cronología, generará, más allá de otro tipo de maliciosas o torpes intenciones, más división entre las personas. Porque cualquier alumno español que proceda de una familia con cierta formación o para aquellos que tengan mayor capacidad para pensar y estudiar alcanzarán los conceptos anteriores mediante su propio esfuerzo, que en algunos casos será titánico, y siempre extraescolar, mientras que los más torpes o los que vivan en un ambiente menos propicio a las humanidades se quedarán anclados en un sinsentido, se quedarán sin una explicación convincente envuelta en un presentismo anacrónico y absurdo. Quizá los primeros puedan volver los ojos a Ortega y Gasset y decir de nuevo “no es esto, no es esto”, pero el resto caerá en las fauces de la dominación del poder que Foucault desentrañaba en su “microfísica del poder” cuando afirmaba que cada ser humano no es el representante del Estado, pero, para que manifieste el poder el Estado, es necesario que haya un adulto que muestre su dominación a un niño. Ejercida esas acciones de poder sobre los niños, estos, de adultos, las ejercerán sobre sus hijos y así hasta configurar una sociedad sometida. Antes de llegar a ese punto, señalaba el filósofo francés, tendrán un papel esencial los intelectuales para, en el terreno del saber y de la verdad, ejercer una tarea didáctica que revierta ese poder estatal que manipula y extorsiona. Pero para eso tiene que haber intelectuales y la Ley de educación española quiere acabar con todos ellos.