La guerra de Crimea

En estos días de escalada de tensión en Ucrania recordamos un acontecimiento que está en los orígenes de la anexión de la península de Crimea y la ocupación de la región de Donbás en 2014, y del intento de invasión de Ucrania de estos días por parte de Rusia, y que no es otro que la guerra de Crimea a mediados del S XIX (1853-1854).

En relaciones internacionales, los países no tienen amigos o enemigos, tienen intereses. Tal circunstancia, la vemos hoy en el seno de la OTAN dónde Alemania parece mostrarse más favorable a Rusia que otras naciones de la Alianza Atlántica. Pero esos intereses nacionales, suelen presentar unas constantes en la Historia de cada país que marcan el devenir de algunos acontecimientos. Gran Bretaña, por ejemplo, siempre ha buscado acuerdos comerciales o pertenecer a instituciones que favorezcan sus necesidades mercantiles, pero sin perder un ápice de su soberanía. Lo hemos visto en el Brexit.

Rusia desde antiguo ha jugado a gran potencia en función de la amplitud de su territorio. Ha buscado alcanzar el mismo estatus que otras potencias europeas en razón a su extensión, de ahí su expansionismo constante, con un objetivo añadido: lograr una salida a mares de aguas cálidas. Muchos dirán que los intereses de la Rusia zarista eran muy diferentes a los de la Rusia soviética, pero si lo analizan bien verán que no hay tanta distancia. Cambiaban algunas ideas, pero, siempre, buscando doblegar a occidente bajo el mandato ruso, bien de manera directa apabullando con su territorio y posición en los acuerdos internacionales, bien por el apoyo a los partidos comunistas de occidente en el caso soviético.

Putin es un gran nacionalista, con tendencias autoritarias de gobierno que en el fondo bebe de los dos grandes regímenes anteriores. Hay que recordar que el líder ruso ha proclamado «obsoleta» la democracia liberal y que considera la ruptura de la URSS como «la mayor catástrofe geopolítica del siglo».  Sin una opinión pública que lo disturbe, ha logrado por medio de injerencias tecnológicas desestabilizar occidente – Brexit, Cataluña (con la promesa de los nacionalistas catalanes de dejarle dirigir el puerto de Barcelona. ¡Qué más podía satisfacer a los rusos!)-, con el control del gas intenta someter la voluntad de las sociedades occidentales a las que previamente contribuyó a modelar financiando las políticas verdes, a través del apoyo a los partidos de extrema izquierda, para que desecharan aquellos medios energéticos que podían hacerle sombra: energía nuclear. Pretende alianzas con Asia para dominar el comercio mundial en aquella zona, la cual presenta un crecimiento económico mucho mayor que la vieja Europa, de ahí que Gran Bretaña no haya dudado en ponerse del lado ucraniano, lo mismo que EE.UU. Putin quiere someter a su voluntad directa o indirecta las zonas limítrofes con su frontera buscando la protección directa de su territorio y un indirecto poder en la expansión territorial. Este admirador del zar Alejandro III, tiene obsesión con mantenerse en el poder rusificando o neutralizando las antiguas repúblicas soviéticas. Ve desorientado a Occidente y con tanques, ataques informáticos, financiación a las izquierdas y propaganda prepara las maniobras para alejar a la OTAN de su centro de poder, controlando Europa oriental y Asia central. Lo de siempre.

Su posición no dista tanto de las de los zares en la Guerra de Crimea de 1853-54 como veremos. Por eso no voy a contar las múltiples batallas de aquel encuentro bélico, aunque las repase por encima, sino sus antecedentes y consecuencias.

En 1815, tras la derrota de Napoleón, se organiza el congreso de Viena y, consiguientemente, se firman una serie de tratados cuya finalidad era restablecer las fronteras de Europa y restaurar el absolutismo propio del Antiguo Régimen. Es decir, su intención era retrotraer a Europa a la situación anterior a la Revolución francesa (1789) y acabar con los movimientos revolucionarios. Del Congreso de Viena devienen diferentes acuerdos. Destacamos en primer lugar, la Santa Alianza; acuerdo tripartito entre Austria, Rusia y Prusia, en el que invocando los principios cristianos buscaban contener el liberalismo revolucionario francés y sus secuelas en Europa. Para ello se conjuraron para intervenir donde fuera necesario para defender la legitimidad monárquica y los principios del absolutismo. Recordemos que estamos ante una Europa con pocos Estado-Nación y un conglomerado de pequeños “estaditos” que comprendían fragmentos de naciones dispersas por el mapa de Europa, en muchos casos, unidos de manera más o menos directa a los tres grandes imperios: el austriaco (o de los Habsburgo), el ruso (o de los Romanov) y el otomano. La llamada a la dinastía en vez de a la nación ya demuestra lo trasnochado de sus planteamientos.

Posteriormente, en el mismo año, se formaliza la Cuádruple Alianza, en el que además de los firmantes de la Santa Alianza fue suscrito por Gran Bretaña. Se firmó como un pacto de seguridad contra Francia, aunque en la práctica se amplió para evitar una nueva guerra europea. Lo más novedoso de su contenido fue su artículo sexto que promovía la celebración de conferencias para llegar a acuerdos sobre los asuntos europeos. ​ En 1818, en el congreso de Aquisgrán, Francia se unió a los acuerdos de la Cuádruple, pasando a denominarse Quíntuple Alianza.

De esta forma, surge la llamada Europa de los Congresos, que se desarrollan entre 1818 y 1822, y donde se discuten las medidas a tomar frente a las inquietudes y desórdenes de carácter liberal o nacionalista. Lo que permitió a Austria intervenir en Italia (Congreso de Laibach- 1821-) y, en el de Verona de 1822, se aprueba la llegada a España de los cien mil hijos de san Luis, y la restauración absolutista de Fernando VII.

La aversión del gobierno británico a las políticas reaccionarias dio lugar a que la alianza cayera en la inoperancia después de mediados de la década de 1820. Sin embargo, fue Rusia la que desde el primer momento realizó operaciones que socavarían aquellos acuerdos buscando ensanchar su territorio y hallar una salida al Mediterráneo.

Las revoluciones de 1830 y 1848 contribuyeron a encender los ánimos en Europa, sobre todo en Francia, contra el sofocante poder ruso. Pero también en otros lugares. No hay que olvidar que poco antes de los acontecimientos de Crimea, Rusia había reprimido una revolución en Hungría y había mediado en el enfrentamiento entre Austria y Prusia.

La guerra de Crimea será el detonante que lamine aquellos acuerdos por mor del interés de Francia en recuperar su condición de gran potencia; de Gran Bretaña por defender sus pasos comerciales y sus intereses económicos en oriente amenazados por Rusia; de los nacionalismos europeos de hacerse presentes, y de Rusia por buscar su expansión territorial.

No era la primera vez que Rusia atacaba a Turquía, casi cada generación había tenido una guerra ruso-turca, la anterior a la que señalamos hoy fue la de 1828-1829 en la que Rusia defendió la independencia recientemente conquistada por Grecia…y aprovecho para anexionarse la orilla izquierda del Danubio.

Las excusas para el inicio de los enfrentamientos fueron variadas, sobre todo, Rusia se justifica en la defensa de los cristianos a los que los musulmanes otomanos maltrataban en aquel imperio. Francia se erigió en el defensor de los monjes católicos en Tierra Santa frente a los ortodoxos que eran defendidos por Rusia. Los ortodoxos eran mayoritarios entre los cristianos de Turquía y, entre éstos, el grueso, eran rusos. Destacaban por su gran fanatismo, que la opinión pública francesa y, sobre todo, inglesa tildó de bestial. Los propios ingleses tenían más simpatía por la flexibilidad de los mahometanos del sultán Abdülmecit I que se habían mostrado más tolerantes que los “bárbaros asiáticos” ortodoxos, a decir de los periódicos británicos. Para muchos rusos en ese momento ser ortodoxo implicaba ser ruso de pleno derecho, y, de igual forma, si uno no era ortodoxo, no era un verdadero ruso.

Francia fue durante siglos el principal pueblo occidental en el cercano oriente. Habían defendido a los cristianos, financiado al Sultán y ya hablaban con él sobre la construcción del canal de Suez. Las declaraciones en favor de los cristianos en Turquía las hizo el zar Nicolás en la primavera de 1853. En principio, como defensa de aquellos cristianos, el zar hizo ocupar los principados danubianos de Moldavia y Valaquia. El fin último de los rusos era tomar Constantinopla, la ansiada puerta al Mediterráneo. Esto suponía una amenaza sobre todo para Austria. Austria intentó mediar, por miedo a que un enfrentamiento con Rusia le llevara a una revolución interna y también en sus posesiones italianas, dónde el reino de Cerdeña ya daba muestras de demasiada actividad. La mediación fracasó. En octubre de 1853, los turcos declararon la guerra a Rusia, y franceses e ingleses se aliaron en favor de los turcos. A los occidentales se unió el pequeño reino de Cerdeña. La pretensión de los sardos era plantear el problema italiano en la conferencia de paz.

Los rusos contaban con que los eslavos del imperio otomano, tras la toma de Moldavia y Valaquia, se sublevaran, pero no fue así. Rusia y Turquía contaban con ejércitos poderosos en el número de efectivos -los turcos apoyados por contingentes egipcios y tunecinos-, pero sus tácticas y armamento estaban obsoletos. Los mejores ejércitos de entonces eran los británicos y sobre todo el francés- el ejército más moderno del momento, con tácticas más actuales, oficiales preparados y soldados bien pertrechados-.

Las naciones occidentales exigieron a Rusia la evacuación de los territorios del Danubio. Pero no hubo respuesta, sino un enfrentamiento abierto entre rusos y turcos. Tras la derrota turca en la Batalla de Sinope, se cerró una alianza entre Inglaterra y Francia, la primera en muchísimos años. Declararon la guerra a Rusia, marzo de 1854, y mandaron sus barcos al mar Negro. Bombardearon el puerto comercial de Odesa y dejaron sin una de las mayores vías de suministros a los rusos. La flota británica bloqueó con éxito a la rusa en sus salidas al mar Báltico y al mar Negro. Los occidentales invadieron territorio ruso desembarcando en Crimea. La guerra en el báltico y en pacífico tuvo una importancia menor y sus enfrentamientos fueron poco decisivos.

Una guerra de dos potencias europeas contra Rusia nunca había existido y podía haber alcanzado una dimensión mundial. Pero la muerte del zar Nicolás en medio de aquella contienda y la neutralidad de las potencias centro europeas – Prusia porque no tenía nada que ganar y Austria porque tenía mucho que perder-, limitaron el conflicto esencialmente al mar Muerto y la península de Crimea.

A pesar de ello, la diplomacia austríaca jugó un papel determinante al movilizar su ejército en Galitzia y obligar a los rusos mediante un ultimátum a evacuar los principados danubianos. A los cuatro meses del comienzo de las hostilidades, la ocupación de Rumanía quedó liquidada.

Pero la guerra no terminó ahí. Británicos y franceses querían acabar con el poder ruso, por ese motivo desembarcaron sus tropas en Crimea el 14 de septiembre de 1854.

El principio del fin ruso en esta contienda lo marca la batalla del río Alma. La victoria aliada encaminó a sus soldados a la toma de Sebastopol. Sin embargo, los aliados no se pusieron de acuerdo en el sistema a emplear, hasta que triunfó la tesis francesa de asediar la ciudad.

La esperanza inicial de una victoria rápida se vio frustrada por la encarnizada resistencia de los defensores, lo que dio lugar a una guerra de trincheras. Allí, el frío, el hambre y las enfermedades causaron decenas de miles de víctimas y más muertos que los propios combates.

Los aliados para aprovisionarse de forma adecuada tomaron los puertos de Kamiesh (parte de Sebastopol hoy en día) y Balaclava, donde se asentaron los ingleses. Pronto Rusia intervino contra ellos. A finales de 1854, tiene lugar la batalla de Balaclava, donde se produce la famosa Carga de la Brigada ligera.

La Brigada ligera, dirigida por Lord Cardigan, se componía de dragones, lanceros (al frente) y húsares (en la retaguardia). Su misión era cargar contra los antiguos reductos de la caballería de los cosacos que habían vuelto a los cuarteles contando con el apoyo de la infantería; pero la caballería británica no veía sus objetivos por el accidentado terreno y llegaron a estar 45 minutos esperando órdenes “coherentes”. Finalmente, y con la insistencia del miembro de estado mayor Louis Nolan, cargaron, pero en dirección equivocada. Se dirigieron contra el centro de la artillería rusa que contaba con 12 cañones, mientras recibían, además, proyectiles del norte y sur desde las colinas donde los rusos estaban posicionados. Sin embargo, convirtieron en éxito el error. Aquel 25 de octubre de 1854, consiguieron arrollar a los cañones rusos y ahuyentar una caballería cosaca, cinco veces superior. El número de muertos y heridos fue enorme. Pero la victoria lo fue también y la heroicidad se recuerda hoy en numerosos poemas: “¿Cómo podría palidecer su gloria? ¡Oh, la salvaje carga que hicieron!” (Tennyson), también Kipling escribió sobre ellos. Aparecen en novelas históricas y en el cine. La más conocida película es “La carga de la Brigada Ligera” de 1936, dirigida por Michael Curtiz con Errol Flynn, Olivia de Havilland y David Niven en los principales papeles, y con cuyas imágenes se creó el video oficial de la canción The Trooper de Iron Maiden, dedicada a aquel acontecimiento https://www.youtube.com/watch?v=X4bgXH3sJ2Q ). Quizá esta fue la última gran batalla de la historia de la caballería. Pero, aunque los rusos hablen de resultado incierto en aquel combate, la verdad es que Balaclava y la brigada ligera lograron que se cerrara el sitio sobre Sebastopol.

Tras ella, los rusos trataron varias veces de romper el cerco, pero fueron derrotados. Así se escriben las batallas de Inkermán y Chernaia. Finalmente, la llegada de refuerzos y el agotamiento de los defensores permitió a los franceses tomar el bastión de Malakoff, lo cual obligó a los rusos a evacuar Sebastopol el 9 de septiembre de 1855. Habían pasado 11 largos meses de asedio. Poco después cae Kars y acaba la guerra con la batalla del mar de Azov. Rusia se ve obligada a pedir la paz, aceptando firmar el Tratado de París, el 30 de marzo de 1856.

Como epilogo cabe señalar que Crimea fue la última guerra antigua y la primera moderna. Las tácticas de combate de los ingleses o el armamento de los rusos eran como en el siglo XVIII, pero se usaron nuevas armas mucho más mortíferas, como la artillería de sitio de gran calibre y los fusiles rayados de los aliados. Sobre todo, se recuerda por la aparición por primera vez en el campo de batalla de médicos, como el gran Nikolái Pirogov en el frente ruso, y enfermeras, como el contingente dirigido por la heroica inglesa Florence Nightingale, precursora de la enfermería profesional contemporánea y creadora del primer modelo conceptual de enfermería que en Crimea dio unos brillantes resultados entre los aliados.

No menos destacada fue la importantísima presencia de periodistas y fotógrafos, y aunque las fotos son retratos posados que no transmiten la crudeza de la guerra, las crónicas de los corresponsales sí lo hicieron, y en Inglaterra tuvieron tal impacto en la opinión pública que causaron la caída del gobierno. Los tabloides ingleses dirigieron la voluntad de las masas obligando a los políticos a seguir las demandas populares. De ahí vendría la confrontación entre dos políticos de distinto signo, Aberdeen y Palmerston, consiguiendo el segundo ser tomado por los periódicos como la voz del pueblo inglés e imponer su opinión intervencionista en materia bélica, haciendo caer al gobierno de Aberdeen por los errores cometidos durante la contienda.

Consecuencias de la Guerra de Crimea fueron:

  • En las condiciones de paz se formalizó la libertad de navegación por el Danubio, la neutralización y desmilitarización del mar Negro. La protección del zar para los cristianos en el Imperio Otomano. Sebastopol sería desmantelado, pero Rusia ganaba territorios en el Cáucaso a costa de Turquía.
  • Supuso el fin del orden nacido del Congreso de Viena de 1815. Los nacionalismos sofocados y adormecidos hasta ahora vieron su resurgir. Así en el propio acuerdo de paz de Paris ya se preveía la independencia para los principados otomanos de Moldavia y Valaquia (unidas como Rumanía) que se constituyeron en un principado autónomo en 1858. El movimiento nacional italiano recibió un impulso a partir de 1857 y lo mismo sucedió con el alemán. Los griegos que formaban la mayor parte de la población de Creta se sublevaron contra los turcos. Las afirmaciones nacionales polacas se iniciaron y manifestaron especialmente a partir de 1863.
  • A pesar de que el movimiento defensivo austriaco fue decisivo para el signo final de la contienda, la gratitud no se da mucho en las Relaciones Internacionales y los intereses austríacos se veían mejor defendidos, en su anacronismo por el momento histórico en que se desarrollaron, con una Rusia fuerte que debilitada. La Guerra de Crimea debilitó a Rusia y a Austria (que fue derrotada por Prusia en 1866).
  • Rusia buscó modernizar el país con las reformas aplicadas por el nuevo zar, Alejandro II. Entre ellas, la abolición de la servidumbre y cambios en la estructura, reclutamiento y entrenamiento del ejército, pero pronto se vieron socavados estos intentos.
  • El apuntalamiento del Imperio otomano tampoco sirvió de fortalecimiento, sino que estuvo bailando en un equilibrio precario, como pondría en evidencia la guerra ruso-turca de 1877-78.
  • Aquel triple debilitamiento de los grandes imperios europeos (Romanov, Habsburgo y otomano) está en los orígenes de la I Guerra Mundial.
  • El resurgimiento de Francia como potencia, tras el ciclo de las revoluciones francesas de 1789, 1830 y 1848. Este era precisamente el proyecto del emperador Napoleón III (1852-70), que ordenó intervenciones militares en China, el Sudeste asiático, México, Senegal y África del Norte.

En España la guerra tuvo trascendencia, aunque en aquel conflicto nuestro país era un aliado menor. España vivió a mitad de siglo un “boom” económico reseñable. Elementos como el Canal de Castilla se finalizaron en 1849 (atravesando media Castilla y León) y los ferrocarriles comenzaron su construcción en 1851. Ello no sólo permitió el nacimiento de un mercado nacional realmente integrado (cosa antes imposible por el encarecimiento del trigo a causa del transporte), sino que llegó incluso a abrir el mercado internacional al comercio cerealista español. Aquel despegue económico coincidió con la Guerra de Crimea. Hay que tener en cuenta que el “granero de Europa” era Ucrania, que surtía a medio occidente; con el conflicto quedó bloqueado y su mercado cerrado. España se vio beneficiada por aquello y en la alegría popular por la prosperidad inesperada se hizo famosa la frase “¡Agua, sol y guerra en Sebastopol!”. Pero la mala estructura del mercado interno y la peor planificación dieron lugar a que la masiva exportación de cereales dejara sin subsistencias al mercado nacional por lo que se produjeron motines internos.

Además, la guerra finalizó y aquella expansión agraria e industrial derivó en una crisis de sobreproducción, disminuyendo los precios, cayendo la exportación, y llegando a abandonarse hasta un tercio de las tierras aradas. La misma bonanza se vio truncada con exportaciones americanas más baratas. Como consecuencia, la población rural española se vio obligada a emigrar.

BIBLIOGRAFÍA

PALMER, R y COLTON, J. “Historia contemporánea” Ed. AKAL. 1980.

RENOUVIN, Pierre. “Historia de las Relaciones Internacionales. Siglos XIX y XX”. Ed Akal. 1982.

Historia Universal. El Siglo XIX-2”. Ed Espasa-Calpe dirigida por Golo Mann y Alfred Heuss. 1985.

FIGES, Orlando. “Crimea, la primera gran guerra” Ed. Edhasa. 1912.

MALATESTA, Stefano. “La Vanidad de la Caballería”. Ed. Gatopardo Ediciones. 2019.

 

VELLIDO DOLFOS

Hoy vamos a contar la historia de un traidor. Teniendo en cuenta que lo que sabemos de su vida es mitad verdad, mitad leyenda.

Pero para comprender mejor la situación hemos de remontarnos unos años antes al acontecimiento que determinó que nuestro protagonista alcanzara los libros Historia.

Fernando I de Castilla, llamado el Grande o el Magno, era hijo de Sancho III el Mayor de Navarra y de doña Muniadonna (en algunos libros conocida como doña Mayor), hija del conde de Castilla, Sancho García. Fernando, en 1029, recibió por herencia materna el condado castellano, aunque fue su padre quien lo gobernó hasta su fallecimiento en 1035; entonces, Fernando recibió el pleno dominio de Castilla con título de rey. El territorio recibido se vio mermado en beneficio de Navarra y de León. Esta situación llevó a un enfrentamiento con sus vecinos. Pero tras las batallas de Tamarón y Atapuerca se produce la conquista de buena parte del reino de Navarra que le había sido arrebatado lo que unido a la herencia de su esposa, Sancha de León, permitió a Fernando agrandar su reino y ser proclamado rey de León (Fernando I).

La última parte de su vida la dedicó a combatir contra los musulmanes: reconquistó Viseo, Lamego (1055) y Coimbra (1064); y dirigió varias expediciones militares para exigir de los reinos de Taifas de Zaragoza, Toledo, Badajoz y Sevilla el pago de tributos en reconocimiento de vasallaje.

Pero el buen rey Fernando generó uno de los grandes problemas sucesorios de la historia de España. Este provino de la alteración de la costumbre testamentaria leonesa y, en vez de transmitir su reino al primogénito, repartirlo entre sus hijos, siguiendo los usos del reino de Navarra lo que era la tradición de su linaje. Aunque hay quien dice que la idea de la división nacía de la clara preferencia que sentía por su hijo segundo, Alfonso.

En la división hereditaria, a su hijo mayor, Sancho, le dejó Castilla (Sancho II) junto a las Asturias de Santillana y las tierras de los Banu Gómez: Liébana, Monzón, Saldaña y Carrión de los Condes. A ellas se añadían los derechos sucesorios de Pamplona, así como los tributos de la taifa de Zaragoza; a Alfonso le nombra rey de León (Alfonso VI) y le otorga los tributos de la taifa de Toledo; a García lo hace rey de Galicia y le concede los impuestos que debían pagar las taifas de Badajoz y Sevilla; a sus hijas les deja las ciudades de Toro, a Elvira, y Zamora, a Urraca, ambas bajo el título de reinas y con sustanciosas rentas.

Fernando muere en 1065. Poco después, Sancho nombra alférez de Castilla, equivalente a máximo responsable de su ejército a Rodrigo Díaz de Vivar, futuro “Cid Campeador”.

El joven rey Sancho no tardó en hacerse acreedor de su apelativo “el Fuerte” tras enfrentarse y derrotar al rey Sancho de Navarra, que le había arrebatado a su padre algunas plazas fronterizas y al rey Sancho Ramírez de Aragón, que pretendía expandirse por la taifa de Zaragoza, tributaria de Castilla.

En 1067, fallece la reina Sancha, esposa de Fernando I. Desaparecida su madre y la armonía que por ella mantenían sus hijos, se precipitaron en una serie de enfrentamientos fratricidas. El 19 de julio de 1068, Sancho se enfrentó a su hermano Alfonso en el campo de Llantada, cerca de Lantadilla (actual provincia de Palencia).  Para evitar una guerra pactaron celebrar un Juicio de Dios (combate que decidiría de parte de quien estaba Dios y, por ello, la razón). El combate lo ganaron los castellanos, pero Alfonso VI se negó a cumplir el resultado y cederle el trono leonés a Sancho.

Aún a pesar de estar enfrentados, poco después, ambos hermanos se pusieron de acuerdo para invadir conjuntamente el reino de Galicia, desposeyendo a su hermano García del trono.

Sancho nunca abandonó la idea de reunificar en su persona los territorios de su padre. Así que, una vez que se había deshecho de su hermano García, se decidió a asaltar los territorios otorgados a su hermano Alfonso.

En enero de 1072, los ejércitos castellano y leonés combatieron en Golpejera, a pocos kilómetros de Carrión de los Condes. El resultado final de la contienda fue la derrota de Alfonso, que fue hecho prisionero y enviado a Burgos. Sancho se coronó rey de León el 12 de enero de 1072, pero el alto clero y de la nobleza leonesa nunca le quisieron como rey.

Poco después tomó Toro, donde su hermana Elvira no opuso resistencia. Fue su hermana Urraca, señora de Zamora, quien se rebeló contra su hermano. En la ciudad se refugiaron muchos de los nobles leoneses enemistados con Sancho y no dispuestos a obedecer sus órdenes como nuevo rey de León.

Urraca se preparó para defenderse tras las poderosas murallas de su ciudad. El bloqueo fue largo, de ahí la frase “Zamora no se tomó en una hora”, pero la situación al cabo del tiempo (siete meses y seis días duró el asedio) empezó a volverse muy difícil. Durante el cerco de Zamora, aparece nuestro antihéroe de hoy, un caballero llamado Vellido Adaúlfiz (Vellido Dolfos) en ocasiones también escrito con B (Bellido).

Hay que señalar que una buena parte de la historiografía niega la existencia del cerco zamorano, por lo menos con esa longitud, del mismo modo que en la historia de Vellido Dolfos se mezclan la leyenda y la verdad.

De Dolfos se tienen noticias a menudo contradictorias y no demasiado fiables a través de diversas crónicas y cantares de la época, como el Cantar de Sancho II de Castilla, recogido en la Crónica Najerense y posteriormente consignado en otras crónicas, como la Primera Crónica General. Según la leyenda, era amante de Urraca; en otras crónicas, un simple caballero de la Corte. La leyenda o la realidad sostiene que Vellido Dolfos salió de la ciudad de Zamora y consiguió acercarse al rey Sancho. En unas crónicas cuentan que Vellido, fingiendo desertar, solicitó una entrevista con Sancho para pasarse a las filas de éste y mostrarle los lugares más vulnerables de la muralla. Durante su encuentro, en un descuido del monarca, lo asesinó por la espalda con el venablo que éste llevaba. En otros relatos se dice que simplemente encontró al rey desprevenido y lo mató por la espalda. Unas crónicas dicen que tales hechos acontecieron a los pies de la muralla; en otras que Vellido hizo creer al Rey que había un pasadizo, a través de una de las puertas de la muralla, que le permitiría entrar en la ciudad, y allí lo asesinó. Fuera como fuese, el caso es que todas las crónicas coinciden en que Vellido Dolfos mató al rey Sancho a traición en 1072.

De nuevo la leyenda, los diferentes documentos difieren de cuál fue la suerte del traidor desde entonces. Unos cuentan que fue El Cid quien lo vio y mató a los pies de la muralla de Zamora y otros dicen que lo persiguió, pero no pudo acabar con él. Algunos, en cambio, afirman que lo hirió y que fue ajusticiado. Otras fuentes mantienen que se refugió en la ciudad, logrando escapar así de sus perseguidores, y que luego doña Urraca le permitió marcharse. Incluso hay crónicas que aseguran que Diego Ordóñez, primo del rey Sancho, logró vengar su muerte y lo mandó descuartizar vivo.

La verdad es que el Cid no pudo matarle a los pies de la muralla de Zamora porque hay restos históricos que sitúan a Vellido viviendo en Zamora durante el reinado de Alfonso VI y le cuentan con vida hasta su desaparición de toda fuente histórica en 1075.

En cualquier caso, el regicidio influyó de manera decisiva en la historia de España al dejar a Castilla sin rey. El acontecimiento ha permanecido en la tradición literaria, fundamentalmente la de los cantares de gesta. Pero muy especialmente su traición quedó marcada por el “Romance de la Jura de Santa Gadea”. En él se cuenta como Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador, obligó a Alfonso VI, rey de León y de Castilla tras la muerte de su hermano, a jurar que no había tomado parte en el asesinato del rey Sancho. En ninguna crónica se dice que alguien pidiera cuentas a Urraca, que parece mucho más cercana a los acontecimientos y era bien conocido su amor fraternal por Alfonso del que siempre se sintió protectora.

“En Santa Gadea de Burgos/do juran los hijosdalgo, /allí toma juramento/el Cid al rey castellano, /sobre un cerrojo de hierro/y una ballesta de palo… si tú fuiste o consentiste/en la muerte de tu hermano.”

La historiografía y los estudios de literatura afirman que la jura es un mito creado en el Siglo XIII, tras la unión definitiva de los reinos de Castilla y de León en la persona de Fernando III.

No hubo, pues, juramentos en la iglesia de Santa Gadea; ni enemistad del rey ni destierro del Cid por este motivo. Esas son leyendas elaboradas en épocas más tardías. Al revés, en un principio, el Cid gozó de la amistad y el favor del rey Alfonso más que ningún otro noble de la Corte. La leyenda nace en Castilla pues los nobles castellanos no querían a un rey leones y sus crónicas buscan ensalzar las virtudes castellanas frente a los leoneses, a los que tachan de todo tipo de bajezas; no perdonan a Alfonso hasta que éste reconoce en el Cid al paladín de las virtudes castellanas.

Así se escribe la historia, porque esa tradición de Alfonso como intruso y traidor ha pasado a las crónicas y romanceros cuando la verdad es que Alfonso se encuentra entre los grandes monarcas de nuestra Edad Media. Fue uno de los artífices de la génesis de nuestra nación. Durante su largo reinado de cuarenta y tres años y medio, dos fueron sus aportaciones más notables a la configuración de España: la primera, haber hecho progresar la frontera meridional de su reino desde el río Duero hasta el río Tajo, avance simbolizado en la conquista de Toledo; la segunda, haber puesto fin a un aislamiento cultural de tres siglos y medio y haber incorporado plenamente su reino a la Cristiandad europea.

Pero si malo es que en el siglo XIII quisieran reivindicar la figura de Sancho tergiversando la de Alfonso, o reivindicar la preeminencia castellana sobre la leonesa, que de eso se trataba, peor es que en el Siglo XXI, en concreto en 2010, las autoridades zamoranas, decidieran sustituir el nombre de la puerta de la muralla de Zamora de la que supuestamente se valió Vellido Dolfos para traicionar al rey sancho, de Portón de la traición a “Portón de la lealtad. La alcaldesa de Zamora oficializó el cambio de nombre con un texto de desagravio para Vellido Dolfos y una placa conmemorativa, al considerar a Dolfos héroe de la defensa de Zamora.

No calificaré este hecho contemporáneo porque la capacidad intelectual de los actores se califica por sí sola, que cada lector los denomine como le parezca.

BIBLIOGRAFIA

GONZÁLEZ MÍNGUEZ, César (2002). “El proyecto político de Sancho II de Castilla (1065-1072). dialnet.unirioja.es.

MARTINEZ DÍEZ, Gonzalo. “Alfonso VI: señor del Cid, conquistador de Toledo.” Ed.: Temas de Hoy. 2003.

AGUADO BLEYE. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

LOS 5 DE CAMBRIDGE O EL ORIGEN DE JAMES BOND

Para empezar el año algo de divertimento que, de manera colateral, afectó a España; de modo más cercano, a todo occidente y, directamente, a Gran Bretaña.

Para conocer el contexto personal de nuestros protagonistas debemos remontarnos a 1820. Aquel año en la Universidad de Cambridge se creó una sociedad secreta de estudiantes cuya finalidad eran los debates intelectuales; se denominó “Cambridge Conversazione Society”, siendo más conocida como los Apóstoles, por ser 12 sus miembros fundadores. Esta sociedad adquirió cierta notoriedad a principios del siglo XX por formar parte de ella Bertrand Russell (filósofo), Ludwing Wittgenstein (filósofo), E.M Foster (escritor), Lytton Strachey (escritor) y John Maynard Keynes (economista), que al tiempo eran miembros de otro grupo: Bloomsbury- llamado así por el barrio londinense en el que Virginia Woolf tenía una casa en la que se reunía este grupo-. Se dieron a conocer entre el gran público por un acto de gamberrismo en el que ofendieron a la Navy para ganar notoriedad contra la moralidad victoriana a la que detestaban y contra la clase media- alta o burguesa que la sostenía, y a la que todos ellos pertenecían. Su obra y actos contribuyeron a conformar la cultura británica del S. XX.

En ese entorno elitista, intelectual, de niños ricos y, en ocasiones, un tanto aburridos de sí mismo y de su vida, surge, de nuevo entre los apóstoles, otro grupo; en esta ocasión, de 5 miembros: Anthony Frederick Blunt, Guy Francis De Moncy Burgess, Donald Duart Maclean, Harold Adrian Russell “Kim” Philby y John Cairncross. Todos ellos estudiantes en la Universidad de Cambridge y en concreto en el Trinity Collage y que fueron conocidos como los 5 de Cambridge o Circulo de Cambridge. Pero su fama no llegó de la mano del estudio y el análisis intelectual sino por haber sido reclutados en los años 30 del S. XX por el NKVD, futuro KGB, soviético para ejercer de espías.

La NKVD decidió por aquellos años elaborar un plan para infiltrarse en el servicio de inteligencia británico. La estrategia pasaba por reclutar personal de una universidad respetada, y contactar con jóvenes y brillantes estudiantes a los que creía capaces de escalar posiciones en el Foreign Office (el Ministerio de Asuntos Exteriores) o en las agencias de inteligencia.

Todos ellos destacaban como estudiantes y simpatizaban con la doctrina comunista. En la novela “el Sexto hombre”, su autor, Charles Cumming se plantea si hubo una célula soviética en Oxford como la de Cambridge. En un momento dado, el protagonista dice “en Oxford como en Cambridge todos éramos comunistas”. Es decir, que la URSS se ahorró el reclutamiento: sólo tuvo que seleccionar. Y lo hizo utilizando los demonios particulares de cada cual (del alcoholismo a la homosexualidad pasando por el dinero o todo junto). Aquellos jóvenes miembros de las élites británicas resultaban poco sospechosos de simpatizar con el régimen soviético. Stalin no buscó a jóvenes abiertamente comunistas, pertenecientes al partido Comunista británico, porque hubieran sido fácilmente identificables y, además, por su estatus social, su pertenecían a clases sociales trabajadoras, difícilmente se les hubiera permitido ingresar en el alto y exclusivo mundo del funcionariado británico compuesto esencialmente por estudiantes de Oxford y Cambridge.

Aquellos estudiantes de Cambridge no fueron los únicos de los” Apóstoles” acusados de espiar para los soviéticos, hubo sospechas de alguno de los miembros del Bloomsbury, pero no hay datos ciertos y publicados más que de los cinco señalados, y no sólo por los servicios secretos británicos, sino que se han encontrado sus datos en diversos archivos soviéticos sacados a la luz por la deserción de algunos espías o funcionarios rusos. Por ejemplo, entre 1944 y 1955 el coronel del KGB Yuri Modin controló la información facilitada a la URSS por los cinco de Cambridge, sobre la que luego escribió un libro; o en 1961, cuando el agente del KGB Anatoly Golitsin decidió desertar y presentó ante los británicos un catálogo de pruebas irrefutables que inculpaban a Philby y a sus compañeros de Cambridge;  o por los datos del llamado archivo Mitrojin, elaborado por el comandante ruso Vasili Mitrojin y sacado por éste de su país en 1992, al tiempo que desertaba al Reino Unido (este expediente estuvo guardado el Centro de Archivos Churchill, de la Universidad de Cambridge y se divulgó parte de su contenido por primera vez en 2014). En ese expediente se tilda a los cinco de “borrachos incapaces de guardar un secreto”. Sobre su amor al alcohol veremos que algo de razón tenía, pero sobre su capacidad para guardar secretos quizá fuera mayor de la explicada por el comandante ruso o, en caso contrario, los servicios secretos británicos alcanzarían un grado de ineptitud demasiado elevado al no haberlos descubierto en años de actividad: desde mediados de la década de 1930 a principios de los años 60.

La idea soviética de buscar candidatos a espías entre las clases altas tuvo sus frutos más que visibles a finales de los años 30 cuando los cinco de Cambridge ya eran amigos de influyentes políticos, algunos trabajaban en puestos destacados en los servicios secretos británicos o eran importantes diplomáticos. Veamos sus acciones. 

GUY BURGESS, cuyo nombre en clave fue “Hicks”, era un burgués que estudió en los lugares más elitistas: Eton College y el Trinity College. En Cambridge se graduó brillantemente y fue allí donde se hizo comunista. 

En 1935, ya estaba al servicio de la inteligencia soviética. Se colocó en puestos estratégicos en la BBC, como director de un programa de radio que le permitiría entrar en contacto con numerosos políticos, en el MI5, el MI6 y el Foreing Office. Entró en la red de las agencias británicas y norteamericanas, y fue destinado a Washington. No duró mucho en la capital de Estados Unidos debido a los escándalos públicos, y fue devuelto al Reino Unido en 1950. Al año siguiente, huyó a la URSS con Maclean porque estaban a punto de ser descubiertos. Su estancia en la URSS fue todo menos cómoda puesto que su homosexualidad no era aceptada con agrado por los comunistas rusos.

Burgess tenía una mente excepcional, era el más inteligente de todos, pero, pendenciero y borrachín, le gustaba llamar la atención. Poco antes de huir a la URSS, en 1951, fue amonestado por sus jefes en el MI6 por su excesivo consumo de drogas y alcohol.   Mitrojin cuenta que en una ocasión cuando salía de un pub en condiciones lamentables, se le cayó al suelo uno de los documentos que había sacado del Foreign Office y a punto estuvo de ser descubierto.

Bajo la fuerte influencia del alcohol o sereno, la verdad es que Burgess entregó al KGB más de 389 papeles considerados confidenciales por la inteligencia británica en los primeros seis meses de 1945, junto con otros 168 en diciembre de 1949, entre los que destacan documentos secretos de la estrategia militar de occidente.

DONALD MACLEAN, «Homer» como nombre en clave. Inteligente, discreto, otro brillante alumno de Cambridge, que, en su caso, ingresó en el Cuerpo diplomático en 1934.

Maclean era hijo de Donald Maclean, líder del Partido Liberal entre 1918 y 1920. Tuvo una educación izquierdista, y cultivó la amistad de James Klugmann, historiador del Partido Comunista británico, y de Roger Simon, laborista. Ya en Cambridge lo reclutó, otro de los cinco, Anthony Blunt para los servicios secretos soviéticos. Llegó a ser primer secretario y luego jefe de cancillería en la embajada británica en Washington, D.C., entre 1944 y 1948. Asumió el cargo de secretario de la Comisión Conjunta anglo-norteamericana de Desarrollo Atómico. Esto permitió a Maclean pasar información a la URSS sobre la fabricación de la bomba de uranio, de los acuerdos entre Churchill y Roosevelt o de la formación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Además, por su cargo, ayudó a formular la política angloamericana para la Guerra de Corea. Posteriormente, fue destinado a El Cairo, donde comenzó a tener una vida disipada por lo que fue enviado a Londres en 1951 (al igual que Burgess, estaba más tiempo borracho que sereno, y al parecer llegó a contarle a una amante su trabajo como agente doble). Cuando el MI5 le pisaba los talones escapó con Burgess a la URSS. Fue Philby el que les puso sobre aviso y Blunt quien les ayudó a organizar la fuga. No se volvió a saber de ellos hasta que en 1956 dieron una rueda de prensa en Moscú afirmando su condición de agentes dobles, pero, según ellos, con la finalidad de mejorar las relaciones entre el Reino Unido y la Unión Soviética.

Maclean está considerado como el espía que más datos aportó a la URSS sobre los planes atómicos de las potencias occidentales. Se cree que sus servicios contribuyeron al bloqueo de Berlín. Es evidente que no debieron ser poco importantes los documentos enviados cuando el KGB lo condecoró.

HAROLD PHILBY, “Stanley» de nombre en clave. Fue posiblemente el más importante agente doble de la guerra fría. En su vida civil le apodaban “Kim” por la novela de Rudyard Kipling y su nacimiento en la India, porque su padre era oficial del ejército británico. Es posible que se hiciera marxista por la influencia de uno de sus profesores, el economista inglés Maurice Dobb. Con sólo 22 años ya tuvo contactos con el KGB. Su primer trabajo como espía tendría lugar en Viena. Allí conoció a su primera esposa, Litzi Friedman, que era espía soviética y actuó de correo entre los comunistas austríacos proscritos y sus correligionarios de París, Praga y Budapest. De vuelta a Londres, es captado por los servicios secretos soviéticos a través de la figura de Arnold Deutsch que también había huido a Londres perseguido por la Policía vienesa, si bien no por comunista, sino por pornógrafo. El primer intento de Philby de entrar en los servicios secretos británicos resulta fallido, debido a su conocido perfil promarxista. Decide cambiar de táctica. Interrumpe el contacto con sus colegas de Cambridge y pregona a los cuatro vientos que ha cambiado de pensamiento político, gracias a lo cual consigue un trabajo en la publicación liberal “Review of Reviews”.

En 1936, se unió a la Liga de amistad anglo-alemana, una organización fascista, y un año después consiguió ser asignado como corresponsal del periódico “The Times” para cubrir la Guerra Civil española. Sus reportajes para el diario londinense fueron los más favorables para el bando nacional. Se dice que los de Stalin le encomendaron asesinar a Franco. Muchas fuentes niegan esta posibilidad por ser misión casi imposible para un novato que ejercía de periodista. Pero ninguno duda que aquella estancia en España fue una prueba más de los rusos para saber si podían confiar en él. No mató a Franco ni siquiera lo intento cuando estuvo cerca del general, pero su capacidad de camuflaje puede valorarse con sobresaliente. Ayudó a esa tarea de pasar por simpatizante del franquismo un extraño accidente que tuvo lugar a comienzos de 1938 cuando el camión en el que viajaba fue alcanzado por un obús soviético. Sus tres compañeros murieron y él resultó herido leve.

Su pretendida adhesión a la causa bien expresada en sus artículos, sus amoríos con alguna aristócrata extranjera que simpatizaba con la causa nacional y el incidente del camión llevaron a Franco a condecorarlo en persona, en Burgos, el 3 de abril de 1938, con la Cruz Roja al Mérito Militar. 

En 1939, se traslada a Francia, donde coincide con MacLean, y al comienzo de la II guerra Mundial, ambos regresaron a Londres.  En el verano de 1941, el MI6 reclutó a Philby para trabajar en la sección de contraespionajeDesde ahí ascendió hasta dirigir la Sección IX, dedicada al contraespionaje soviético, donde tuvo acceso a papeles del Foreign Office, el MI5 y el Almirantazgo.

Sus exhaustivos y detallados informes permitieron que los soviéticos estuvieran al corriente de los avances británicos destinados a descifrar “enigma” (mecanismo que codificaba y descodificaba los mensajes secretos enviados por los alemanes durante la guerra). O a que descubrieran y asesinaran a decenas de agentes británicos y estadounidenses infiltrados en el KGB.

Poco después de la conclusión de la guerra, el MI6 destinó a Philby a Turquía. En Ankara, el cónsul general soviético, Konstantin Volkov, manifestó a los británicos su intención de desertar y destapar la identidad de agentes británicos que trabajaban para el KGB. Philby actuó con diligencia. Consiguió que agentes soviéticos llevaran a Volkov a Moscú para matarlo antes de que obtuviera el pase que debía llevarle a Occidente. Philby nunca fue capaz de matar a alguien con sus propias manos, pero sí de mandarlo hacer.

En 1949, Philby abandona Turquía y es enviado a Washington para ejercer de enlace entre la CIA y el MI6. Allí coincide con Burgess y Maclean. Los réditos de la colaboración de los tres espías fueron extraordinarios. Allí dio su golpe más letal: informó a los soviéticos de un plan en curso para el envío de combatientes anticomunistas a Albania.

A principios de 1951, justo antes de que Burgess regresara a Londres, Philby descubría que la CIA había elaborado una lista de cuatro sospechosos, todos diplomáticos, en la que aparecía MacLean. La huida de Burgess y Maclean puso al descubierto a Philby. La estrecha relación que mantenían levantó inmediatas sospechas, y la inteligencia británica decidió cesarle de sus funciones.

El KGB se apresuró a ofrecerle la posibilidad de desaparecer, pero Philby mantuvo la calma. Su decisión fue volver a Inglaterra, hacerse el ofendido y presentarse como una víctima de la caza de brujas que McCarthy estaba llevando a cabo en Estados Unidos. El MI5 buscaba pruebas que le inculparan. Pero no aparecían. Tras ser declarado inocente, convocó una rueda de prensa para reivindicarse públicamente.

Pero, en diciembre de 1961, el agente del KGB Anatoly Golitsin decidió desertar, y presentó ante los británicos un catálogo de pruebas irrefutables que inculpaban a Philby y a sus compañeros de Cambridge. Philby, como de costumbre, se resistía a abandonar, pero ya era demasiado tarde. En 1963, un antiguo colega suyo del MI6 tras una descomunal borrachera, consiguió arrancarle una confesión no escrita. Al día siguiente, tras darse cuenta del error cometido, tomó un barco que le llevaría a la Unión Soviética para siempre.

El agradecimiento soviético fue tal que hasta se emitió un sello con la cara de Philby. Stalin siempre receló de él, considerándole agente triple; la realidad es que Kim rechazó la consideración de agente doble, y por supuesto la de triple, considerándose sólo agente soviético. Cualquier servicio que prestara a su patria debe entenderse ejecutado por mantener su apariencia de fiel servidor público y poder así seguir desempeñando su importante función al servicio del comunismo internacional.

ANTHONY BLUNT, el cuarto hombre, es uno de los casos más curiosos. Era aristócrata, criado en un ambiente conservador y anglicano. En Cambridge despuntó como historiador del arte, especialmente medieval y moderno. A partir de 1937 publicó decenas de artículos y libros académicos con los que estableció en gran medida la historia del arte en Gran Bretaña. Fue una autoridad en la pintura del siglo XVII, en particular la de Nicolas Poussin. Fue responsable durante decenios de la pinacoteca real, primero durante el reinado de Jorge VI y luego durante el de Isabel II, que le nombró protector de la colección de arte del Palacio de Buckingham, le dio el título de Ser e incluso fue reconocido con el título de “Caballero comandante de la Orden Victoriana”. 

La NKVD, captó a Blunt en 1931, cuando tenía 25 años. En 1935 viajó al país de Stalin y regresó al Reino Unido más marxista-leninista que nunca.  Su nombre como espía era «Johnson».  Consiguió infiltrarse en el Ejército como capitán en la Policía de Seguridad de Campo, y se trasladó a Francia en 1939. También comenzó entonces su relación con el MI5, el servicio de inteligencia interior británico.

Fue denunciado en 1964 por Michael Straight- un espía reclutado por el propio Blunt-, pero el aristócrata evitó la cárcel a cambio de su colaboración (desveló la red de espionaje soviético en el Reino Unido), le concedieron inmunidad. Aunque la reina fue informada, su pacto, del que era participe el primer ministro de la época, sir Alec Douglas- Home, le permitió seguir siendo una de las figuras más valoradas y apreciadas de la alta sociedad británica, amigo de la Reina, académico ejemplar, erudito y autor respetado. No fue hasta 1979 cuando Margaret Thatcher, la primera ministra británica, que no se andaba con bromas con el comunismo, desveló su traición y el escándalo se trasladó a la opinión pública. Se le despojó del título de Ser y adquirió desde entonces el de traidor. En 2009, la Biblioteca Británica dio a conocer al público las memorias de Blunt. Aunque escribió que ser un espía soviético fue «el mayor error» de su vida, Blunt no proporcionó mucha información sobre su trabajo de espionaje.

JOHN CAIRNCROSS.  Se tardaron años en descubrir que el quinto hombre era John Cairncross (su identidad no trascendió hasta 1990. Un desertor soviético del KGB, Oleg Gorievsky, lo delató). No obstante, había sido pillado por los servicios secretos británicos en 1951 por una nota que había pasado a Burgess.

Después de un duro interrogatorio, en el que confesó que fue fichado por los soviéticos en 1937, fue despedido del MI5 y emigró a Estados Unidos. Había entregado a los comunistas, entre otras muchas cosas, los códigos Lorenz para descifrar los mensajes del alto mando británico. Debido a su paso por el MI6, el Proyecto Manhattan para construir bombas atómicas pasó inmediatamente a los rusos.

Hijo de un ferretero y una maestra de escuela, Cairncross se graduó en la Universidad de Glasgow en 1933 con una licenciatura en alemán y francés. Estudió lenguas modernas en la Sorbona de París y luego en el Trinity College de Cambridge. En Cambridge frecuentó los círculos de izquierda y conoció a otros miembros de la futura red de espías, pero no encajaba con los jóvenes pulidos de la alta sociedad y siguió su carrera fuera del círculo elitista de los otros miembros del círculo de Cambridge. Su inteligencia le llevó a aprobar unas oposiciones para entrar en el Foreign Office en 1936 con la calificación de sobresaliente. Allí asciende hasta logar ser miembro del gabinete del Foreign Office, lo que le pone en contacto con el informe MAUD, es decir, con las posibilidades de desarrollar la bomba atómica por parte británica. También trabajó como traductor de los códigos alemanes, que pasó a los soviéticos, hecho relevante para los movimientos del frente oriental durante la II Guerra Mundial.

En Estados Unidos desarrollo una carrera brillante como profesor de literatura en diversas universidades.

Tras ser descubierto en 1990, Cairncross regresó a Inglaterra y preparó sus memorias, que se publicaron después de su muerte bajo el título de “The Enigma Spy” (1997). Cairncross insistió hasta el último día de su vida en que nunca había traicionado secretos que dañaron a Gran Bretaña, y no se avergonzó de admitir que le había dado a la Unión Soviética información que utilizó para obtener su gran victoria en la Batalla de Kursk.

Kim Philby murió en Moscú en 1988, 25 años después que Burgess y cinco más tarde que Maclean. Anthony Blunt falleció en el Reino Unido en 1983. Cairncross, tras vivir muchos años en Francia, murió en Herefordshire, Inglaterra en 1995. Todos ellos murieron en soledad.

Tras revelarse la historia de estos agentes algo cambió en el sistema de inteligencia británico. En ocasiones con discreción, así, tras el desenmascaramiento de Philby, no se produjo ningún movimiento aparente en la opinión pública, todo fue llevado con la máxima discreción. En aquel momento los problemas se acumulaban en las esferas políticas pues no sólo tenían espías infiltrados, sino que habían surgido algunos escándalos notables (el caso Profumo- un alto político conservador se había relacionado con una prostituta vinculada a un agregado naval soviético- acaparaba las portadas de todos los periódicos británicos). En tales circunstancias el gobierno procuró no avivar el escándalo. Pero puso manos a la obra.

El caso de Cambridge reveló en gran parte el papel que en la sociedad británica tienen los privilegios, y hasta qué punto el culto a la posición social y económica puede ser confundido con los límites de lo políticamente aceptable.

Además de un latigazo a la conciencia común, aquellos espías fueron fuente de inspiración de multitud de novelas. La década de los 50 y 60 fue la edad dorada de este tipo de literatura. Muchas de esas obras se inspiraron en los cinco de Cambridge; así, además de la señalada de “El Sexto Hombre” de Charles Cumming. John Le Carré, quien trabajó para el MI6 cuando estaba dirigido por Philby, se inspiró en su historia para la novela “El topo”. También Graham Green, informador del MI6, escribió “El tercer hombre” y “Nuestro hombre en la Habana”. Pero quizá el caso más llamativo y perdurable fue el inesperado, o no, lavado de imagen para los servicios de inteligencia británicos con la creación por parte de Ian Fleming, en febrero de 1953, en su novela “Casino Royale” de la figura del espía total. El comandante James Bond se erigía en el paradigma del espía infalible, afiliado al servicio de inteligencia británico, hoy MI6. El agente especial 007 pronto se transformaría en el embajador perfecto de Gran Bretaña y de sus servicios de inteligencia cuando más falta hacía. Mezclado, no agitado.

BIBLIOGRAFÍA

OPPENHEIMER, Walter «Un espía desempolvado. Ven la luz las memorias de Anthony Blunt, ex informador al servicio de la URSS». El País, 24/07/2009.

MACINTYRE, Ben. “Un espía entre amigos: la gran traición de Kim Philby”. Ed Crítica. 2017

MODIN, Yuri Ivanóvich. “My five Cambridge friends: Burgess, Maclean, Philby, Blunt, and Cairncross by Their KGB Controller”.  Ed New York: Farrar Straus Giroux. 1995

 

Trescientos… y pico

Posiblemente, todo el mundo ha oído hablar del tema que tratamos hoy, sobre todo, a partir de la película 300.  Pero quizá no todo el mundo sepa situar la batalla de las Termópilas en el contexto histórico correspondiente (incluyendo la batalla de Artemisio) y, más aún, no sepa apreciar la trascendencia de la misma.

Siempre que se habla de Europa, hablamos de los orígenes greco-romanos y judeo-cristianos. Pues bien, si Grecia fue un imperio trascendente para el desarrollo de occidente que nos transmitió su cultura, valores, filosofía y nos aportó la esencia de lo que debe ser la libertad y la democracia entre otras cosas, se debe a la batalla que hoy vamos a contar.

Los inicios de la Historia de la humanidad (no hablo de la prehistoria sino de la historia) se entiende mejor si nos situamos entorno a oriente próximo en los derredores de los ríos Nilo, Tigris y Éufrates. De ahí proceden los enterramientos en pirámides, la escritura, el papel, la rueda, los primeros códigos legales de occidente, las primeras manifestaciones religiosas y artísticas… Por eso no es de extrañar que los imperios orientales- Babilonia, Asiria, Egipto…- nacidos en aquellas tierras sintieran un deseo de expansión hacia occidente. Entre esos pueblos quizá el que más destacó fue el persa, que, al aniquilar el segundo imperio babilónico en el S. VI a de C, avanzó hasta apoderarse de los imperios egipcio e hitita y consiguieron engrandecer su imperio desde Asia Menor hasta la India. Con ese potencial se reveló su deseo de adueñarse de Grecia. El rey persa se titulaba a sí mismo como “el rey de todas las razas” y para él los griegos no eran más que otro pueblo al que someter. De hecho, durante un periodo breve sometió a Atenas (hacia el 507 a. de C.)

Pero los griegos se revelan, empezando así las guerras médicas (en referencia a los Medos, así llamados porque ocupaban la región “Media”, que se situaba entre el Mar Caspio y Mesopotamia. Fue un imperio asiático de la antigüedad, conquistado por los persas y llegó a ser el pueblo dominante entre ellos, de ahí que los griegos en una sinécdoque lingüística, denominaran medos a todos los persas). Las guerras médicas se analizan en tres fases:

  • Primera Guerra Médica(492–490 a. C.): Batalla de Maratón.
  • Segunda Guerra Médica(492–479 a. C.): Batallas de las Termopilas, Salamina y Platea.
  • Tercera Guerra Médica(479-449 a.C.): Batalla del Río Eurimedonte.

Nos vamos a centrar, por lo tanto, en la segunda, pero brevemente señalaremos cómo aconteció la primera, para conocer los antecedentes.

Los griegos se rebelan contra los persas, empezando por las ciudades griegas de Asia Menor, en concreto, la primera fue Mileto situada en la región de Jonia y su sublevación llevó al levantamiento de toda Jonia. (ver Mapa-1):

https://sites.google.com/site/mapasclasicos/home/grecia/entradasintitulo

Aquel levantamiento tuvo éxito, pero había que mantener la sublevación y liberarse totalmente de los persas y eso ya era más complicado. Por eso solicitaron la ayuda de las ciudades griegas, sobre todo, Corinto, Egina o Atenas. Esta última decidió enviar una flotilla de barcos a la que se sumaron otros de Eretria. En el 499, se produjo el desembarco griego en Sardes, el centro de poder persa en Anatolia. No lograron la victoria, pero sí consiguieron ampliar la rebelión que incluso llegó a Chipre. La reacción persa se produjo en el 497 con una durísima represión en la que Mileto quedó arrasada.

Sin embargo, Darío, el rey persa, no se conformó con la represión y hacia el 500 a de C. empezó a tejer una red de contactos con sectores de la aristocracia helena para que ejercieran de quintacolumnistas que le abrieran las puertas del futuro sometimiento griego. Algunas fuentes dicen que en el 490 envió embajadores a Grecia instándola a someterse. La historiografía más moderna suele negar esta posibilidad. En todo caso, parece que Darío había establecido un sistema para desarticular cualquier oposición e incluso el desarrollo de un ejército griego. Su plan consistía en someter primero Atenas, aislar Esparta para acorralarla y someterla posteriormente. En aquel momento, Grecia no se jugaba sólo la libertad sino también la democracia que sería sustituida por la tiranía persa. Pero no todo salió como quería Darío y los atenienses lograron formar un ejército que derrotó a los persas en la llanura de Maratón. Los atenienses, dirigidos por Milcíades, dieron muestras de una superioridad técnica que determinó la retirada persa. 

Esto no desanimó al rey persa que elucubró otra forma de enfrentarse a los griegos en un segundo intento de invasión. Se retrasó por tener que sofocar el levantamiento que en el 486 realizaron los egipcios y porque en ese mismo año murió Darío, que fue sucedido por su hijo- Jerjes-.

Sofocada la sublevación egipcia, Jerjes volvió los ojos a Grecia. Los objetivos de Jerjes estaban determinados desde mucho antes, ya por su padre. Su imaginación y ambición no tenía límites y su concepto imperial trascendía cualquier visión cortoplacista, su pretensión era la sumisión de toda Grecia y de todos los enclaves griegos en occidente, de lado a lado de Europa, de ahí que entablaran un acuerdo con los cartagineses.

En el 480 a de C., un espectacular ejército persa emprendió una larga travesía desde el Medio Oriente hacia la península griega del Peloponeso. Las ciudades griegas, poco preparadas para esta invasión, – salvo Temístocles que había aventurado que los persas volverían y era necesario tener una flota para hacerles frente- estaban aterradas, más cuando el Oráculo de Delfos presagió la destrucción de toda Grecia. Se dice que el propio Oráculo había sido sobornado por el rey persa. El caso es que sólo Atenas y Esparta decidieron hacer frente a los invasores. 

El plan de defensa de los griegos fue diseñado por Temístocles (el político y general más prominente de Atenas) en colaboración con los éforos de Esparta. Llegaron a la conclusión de que la única manera de detener la invasión era en el mar destrozando su flota. Sin embargo, para poder articular el sistema de defensa era imprescindible ganar tiempo, retrasando el avance de los persas.

En el año 481 a. C., un año antes del inicio de la segunda guerra médica, los representantes de las polis griegas decidieron aliarse en contra del inminente ataque persa, surgiendo, como consecuencia de ello, la Liga Helénica, cuyo mando recayó sobre el rey de Esparta, Leónidas I.

Ver mapa-2:

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Battle_of_Thermopylae_and_movements_to_Salamis_and_Plataea_map-es.svg

Cuando el ejército persa comenzaba a adentrarse en Europa, los espartanos se encontraban celebrando la festividad religiosa de las Carneas y los Juegos Olímpicos.

A pesar de que la tradición espartana dictaba que no se podía entrar en guerra mientras se celebraban dichas festividades, debido a la gran amenaza que suponía una segunda invasión persa se hizo una pequeña excepción. Digo pequeña porque Esparta no estaba dispuesta a entrar en guerra, de nuevo el Oráculo de Delfos había hacho un presagio muy desfavorable, por lo que Leónidas sólo contó con los trescientos hombres de su guardia personal. Pero en contra de lo que cuenta el cine, los griegos no estaban solos. A Leónidas le acompañaron mil lacedonios, setecientos tespianos, cuatrocientos tebanos y algunos foceos y locros de Opunte. En total unos 4.100 hombres[1]. Correspondía con la posición de bloqueo de las Termópilas el despliegue de la flota griega ante la punta norte de la isla de Eubea, frente al cabo Artemisio. La flota estaba mandada por el espartano Euribíades, y del total de 270 trirremes, los atenienses habían puesto 147. Sin embargo, quién de verdad establecía la estrategia era Temístocles. El plan consistía en que los espartanos de Leónidas debían contener a los persas en las Termópilas hasta que los griegos lograran derrotar a los persas en el mar. Es decir, la acción defensiva estaría en tierra y la ofensiva en el mar.

Jerjes lanzó a la armada a cruzar el paso del Helesponto, en la parte superior de la isla de Eubocea, donde salieron a su encuentro algunas naves de la avanzadilla griega, que no pudieron detenerlo, si bien, las naves persas tampoco lograron comunicar a Jerjes su entrada, lo que retrasó el ataque a las Termópilas. Al final los persas lograron pasar el estrecho marítimo gracias a la construcción de un puente artificial de madera sostenido entre barcazas. Cuando con un sistema de señales logró conocer el avance marítimo, Jerjes se lanzó con su poderosa fuerza armada de aproximadamente un cuarto de millón de combatientes contra los griegos apostados en las Termópilas.

Jerjes I, que se creía muy superior, envió un emisario a Leónidas en el que le exigía que entregara las armas so pena de verse aniquilado. La respuesta de Leónidas fue: “ven y cógelas”. Leónidas no era un loco, conocía la dificultad y confiaba en tres elementos: lo angosto del paso que obligaría a los persas a entrar en pequeños grupos, las mejores armas griegas, sobre todo la lanza larga, y la mejor preparación de sus hombres.

La conjunción de aquellos tres elementos previstos por Leónidas causó que los persas en diversos embates tropezaran una y otra vez con las fuerzas griegas, sin avanzar en absoluto y con una pérdida de fuerzas considerable, mientras los griegos apenas perdieron hombres. Así estuvieron tres días y hubieran sido más si no hubiese sido por un griego traidor, Efialtes, que se ofreció al rey persa para mostrarle un paso que permitía flanquear el desfiladero y atacar a los griegos por la retaguardia. Este fue el punto débil de la estrategia de Leónidas .

Leónidas defendía la retaguardia sólo con un grupo de soldados de Focea. Eliminados estos, Leónidas y sus fieles quedaron cercados.

Cuando Leónidas se percató de la situación, organizó un consejo de guerra en el que ofreció a sus hombres huir por mar hacia Atenas o defender la plaza hasta el final. Los aliados huyeron, pero Leónidas, los 300 de su guardia y un millar, aproximadamente, de tespianos y tebanos se quedaron. Herodoto cuenta que, al amanecer del cuarto día, Leónidas anunció a sus hombres que debían desayunar fuerte y sabroso porque aquella noche cenarían en el Hades.

El combate fue durísimo y a la desesperada. Jerjes acabó ordenando a sus hombres que no se acercaran a los griegos y que fueran los arqueros los que abatieran de lejos a los espartanos. Así cayó Leónidas, alcanzado por una flecha. Jerjes mandó sepárale la cabeza del tronco y exhibir la primera.

Al tiempo que se desarrollaba la batalla de las Termópilas, tenía lugar la batalla de Artemisio, ésta en el mar frente a las costas de Eubea, y enfrentó a una alianza de las Polis griegas, con los barcos persas. La resistencia griega apenas duró tres días, pero los persas perdieron cientos de barcos y su flota quedó muy afectada. Tanto que el poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.

Pero la muerte de aquellos griegos no fue en vano, aunque en un primer momento los griegos pudieran verse sobrecogidos por el mastodóntico ejercito persa que avanzó por el Peloponeso llevando a cabo el saqueo del Ática, arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. La ciudad había sido evacuada previamente por orden de Temístocles, de manera que el ejército persa solo tuvo que enfrentarse a la guarnición de la Acrópolis, mientras las fuerzas espartanas y atenienses, cuya flota, mucho menos afectada que la persa tras Artemisio, había emprendido el regreso sin que los persas pudieran evitarlo, para establecer su última línea de resistencia en el istmo de Corinto y el golfo Sarónico. Allí esperaron a los persas para la siguiente batalla: Salamina, que se saldó con una gran victoria griega.

La batalla de las Termópilas, y su apéndice Artemisio, tuvieron como consecuencia no sólo ser recordadas como uno de los acontecimientos heroicos más importantes de la Historia de la humanidad. Permitieron que los persas tuvieran bajas considerables, que su moral cayera por los suelos y que los griegos, como hemos dicho, ganaran un tiempo precioso para organizar la batalla de Salamina. Salamina, como batalla naval, y Platea, en tierra, fueron las dos grandes victorias de la segunda guerra médica. Pero, sobre todo, lo más importante, es que aquella resistencia griega y sus victorias posteriores impidieron a los persas invadir Europa. Así Grecia y toda Europa se habían salvado de la embestida oriental.

 

 

Bibliografía

BENGTSON, Hermann. “Griegos y persas. El Mundo mediterráneo en la edad antigua I”. Ed. Siglo XXI.1980.

BRADFORD, E.” Thermopylae. The Battle for the West”. Open Road Media. 1993

 

 

[1] BENGTSON, Hermann. “Griegos y Persas. El Mundo mediterráneo en la edad antigua I”. Ed Siglo XXI.1980. Pag.47

 

Sobre la Transición

Ya hace tiempo hablamos del espíritu de la Transición apoyándonos en la escena final de la película “Solos en la madrugada” de José Luis Garci. https://wordpress.com/post/algodehistoria.home.blog/122

No es el único momento en el que hemos hablado de la Transición, pero sí el más directo. Hoy me referiré con más detalle a aquellos años.

Stanley Paine señala que “la Transición democrática tras la muerte de Franco es el gran éxito político español de la historia contemporánea. Destacó no solamente por su éxito, sino también por su cronología, siendo a la vez la primera ocasión en la historia de Europa en que un régimen autoritario firmemente establecido abrió paso a un sistema genuinamente democrático sin intervención o derrota militar, y también el primer ejemplo de lo que se llamaría “la tercera ola” internacional de la democratización del siglo XX”[1]. Presentó una especie de “modelo español” que sirvió de ejemplo a otros países sobre todo en la Europa del este y en Iberoamérica.

Añade Paine: “Todo tan diferente del “cainismo político” español ampliamente demostrado en su historia reciente”.

La Transición está en la memoria colectiva de los españoles que la vivieron, en la prensa, incluyendo las revistas del corazón, en la narrativa, en el cine, en la música…

Hay dos canciones que destacan sobre las demás “Libertad sin ira” de Jarcha y “Habla, pueblo habla “de Vino Tinto. La primera, convertida en un auténtico himno y cuya letra nos va a servir de guía a esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=LxzLr8RO8AU

  • Dicen los viejos que en este país hubo una guerra/y hay dos Españas que guardan aún, /el rencor de viejas deudas/Dicen los viejos que este país necesita/palo largo y mano dura/para evitar lo peor

La guerra como algo recordado por las personas mayores pero olvidado o sin ganas de rememorar por las generaciones más jóvenes. Tal cosa no ocurrió de la noche a la mañana, el punto de inflexión se suele situar en la España de los tecnócratas, el Plan de estabilización de 1959, la recuperación económica, la creación de una clase media y la prosperidad y nuevas ideas que llegaron a España de la apertura económica, del turismo… La década de los 60 con su desarrollismo fue crucial para entender lo que se produce en la segunda mitad de los 70.

Lo que fue aquella década ya lo explicamos también aquí https://algodehistoria.home.blog/2020/06/19/que-decada-la-de-aquel-regimen/

Todo aquello hizo olvidar el pasado para mirar al futuro. El futuro de un país próspero que no podía consentir, porque su sociedad no lo aceptaba, el inmovilismo. La demanda de apertura, curiosamente para el régimen, no llegó tanto desde la izquierda- salvo la muy honrosa excepción de Comisiones Obreras y algunos grupos en  el exilio- como de los sectores más próximos al régimen, los liberales y los democristianos con espíritu europeísta cuya manifestación más internacional fue el contubernio de Múnich, creando así un desasosiego en un gobierno que apenas empezaba a ser aceptado en determinadas instituciones internacionales y que pretendía ser admitido en la Comunidad económica europea. https://algodehistoria.home.blog/2021/01/22/el-contubernio-de-munich/. La propia Iglesia católica, tras el Concilio Vaticano II, se movía reclamando más libertad. Algunos sectores del régimen comprendieron que era necesaria una apertura que calmara los ánimos y que, sobre todo, estableciera las bases para preparar el futuro cuando Franco, por ley de vida, ya no estuviera.

Con los tecnócratas, además, se produce un esfuerzo enorme en orden a conseguir grandes realizaciones técnicas encaminadas a logar un soporte institucional más sólido por su eficacia. Estas medidas técnicas llevaban aparejadas una disminución de la carga ideológica del régimen y tuvieron un correlato normativo que se plasmó en la Ley Orgánica del Estado de 1966 y la ley sucesoria de 1969. La primera pretendía una ampliación del sistema representativo; reconocimiento de la libertad religiosa, una reorganización del sistema sindical y una separación de la jefatura del Estado y de la jefatura del gobierno, además de una canalización de las tendencias “políticas” mediante una mejora y apertura del asociacionismo político. De aquí nacieron la ley de libertad religiosa; una apertura de la sindicación que, pretendiendo encauzar el sindicalismo vertical, logró, muy a su pesar, la entrada de miembros de CC.OO infiltrados entre aquellos cuadro; la ley de libertad de prensa que, aunque fue atajada poco después por la Ley de secretos oficiales, permitió la salida a escena de periódicos y diversas revistas que cambiaron el panorama informativo español (https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ ). Sin embargo, la ley de asociaciones no logró el cambio esperado, si bien los “aperturistas” dentro del régimen quisieron dar entrada a algo semejante a los partidos políticos, los “inmovilistas”- también conocidos como “el bunker”- se encargaron de aplacar sus esfuerzos, como quedó reflejado en las contrarreformas que cada ley de apertura acababa sufriendo en su tramitación en las Cortes. Los aperturistas se dieron cuenta de que con Franco en el poder nada se podría hacer. Menos aún al mantener el Generalísimo la jefatura del estado y del gobierno bajo su persona hasta 1973, aunque promoviendo en una vicepresidencia al Almirante Carrero Blanco, fiel seguidor de los principios del régimen.

De ahí que, la esperanza de todos los aperturistas estuviera en la figura del “sucesor a título de Rey” del jefe del Estado, es decir, de Don Juan Carlos de Borbón. En un primer momento, su figura levantaba más suspicacias que seguridades. Pero en Don Juan Carlos se daba la convicción de la misión histórica de la dinastía y de la necesidad de superar la guerra civil mediante una reconciliación efectiva entre los bandos contendientes. Realmente, la reconciliación ya se había dado en la sociedad española, donde familias procedentes de bandos diferentes se habían casado, formado familias que convivían en paz, sin revivir el pasado. No habían olvidado a sus muertos, de un lado y de otro, sino que hicieron un esfuerzo generoso por lograr el perdón mutuo.

  • ” Pero yo sólo he visto gente/que sufre y calla/Dolor y miedo/Gente que sólo desea su pan, /su hembra y la fiesta en paz”

Si en algo se esforzó el rey Juan Carlos fue en estimular la reforma política para establecer en España una democracia liberal de corte europeo y hacerlo respetando su juramento a las leyes fundamentales. Esta es la gran hazaña de Don Juan Carlos en lo que Julián Marías llamó “la devolución de España a los españoles”. Volveremos sobre ello.

En 1973, se producen dos acontecimientos que cambian el rumbo de la situación: la subida de los precios del petróleo que determina una crisis económica mundial y, en segundo término, el asesinato a manos de ETA de Carrero Blanco.

Arias Navarro asume la presidencia del Gobierno y, con la intención de estimular la apertura, se dirige a las Cortes con un discurso que se conoce por la fecha en que se pronunció: “el espíritu del 12 de febrero” de 1974. Realmente se sabe que el redactor del mismo fue Gabriel Cisneros, uno de los futuros padres de la Constitución de 1978. Manifestó Arias su intención de crear un estatuto de asociaciones, una ley de Administración local que permitiera “liberalizar y democratizar” la gestión provincial, se buscaba una reforma progresiva de las instituciones y una política tolerante en materia de información.

Pero la situación no era propicia para Arias. Nadie confiaba en su capacidad para convencer a los más conservadores ni para estimular a los más liberales. Pero, si su personalidad y pasado no le hacían la persona más indicada para la transformación que necesitaba España, la situación y algunos sectores lo hicieron imposible. La Iglesia y el nacionalismo incipiente- que se aunaron en la figura del obispo de Bilbao- Añoveros- detenido tras una desafortunada homilía en la que agitaba el avispero vasco fueron fuentes de tensión. Añoveros logró incrementar la tirantez en las ya nada fáciles relaciones entre el Vaticano y el régimen, que venían muy deterioradas por las posiciones transformadoras del Vaticano II y porque la Iglesia española en su fuero interno contenía algunas posiciones moderadas y muchas extremistas, de un lado y otro. Sectores muy tradicionales que no veían con buenos ojos ninguna de las reformas de Roma y radicales de izquierda que, a la luz de esas reformas, quisieron situar sus postulados lejos de la ortodoxia, llegando incluso a crear y proteger en su seno a los terroristas de ETA.

En el verano de 1974, Franco aquejado de una grave tromboflebitis dejó temporalmente la jefatura del Estado al Príncipe Juan Carlos. Algunos pretendían que en esos momentos el futuro rey estableciera acciones aperturistas, pero no era el momento. En septiembre, volvió Franco al poder y a las actitudes reaccionarias que se manifestaron en el cese del ministro Cabanillas, máximo exponente en el Consejo de ministros del aperturismo. Con él diversas personalidades de todos los ámbitos de la Administración dimitieron o fueron destituidos: Gabriel Cisneros, Ricardo de la Cierva, Marcelino oreja, Fernández Ordoñez… Fue la crisis del 29 de octubre que acabó con el espíritu del 12 de febrero.

En el verano de 1975, se inician diversos movimientos en favor de las reformas, internamente muy destacada la acción de Fraga Iribarne, embajador en Londres en aquel momento, que planteó la necesidad de una auténtica reforma política, y, desde las fuerzas situadas fuera del régimen, por la creación de un frente rupturista.

A ellos hubo que unir la crisis económica y un repunte aterrorizador del terrorismo de ETA y también de otros grupos como el Grapo o el FRAP. La durísima represión a los mismos, llevaron al régimen a un completo aislamiento internacional y, en ese momento, Franco ve complicada de nuevo su salud, esta vez de manera definitiva. El príncipe Juan Carlos asume la jefatura del estado por segunda vez. Esta interinidad es aprovechada por el rey Hassan de Marruecos para desencadenar la famosa Marcha verde y la anexión del territorio saharaui unos días antes de la muerte de Franco, que aconteció el 20 de noviembre de 1975.

Hay quien cifra, con acierto, el inicio de la Transición democrática aquel 20 de noviembre, pero no es menos cierto que sin la creación de unas clases medias en los años 60 y el convencimiento general de la sociedad de que la dictadura no podía seguir manteniéndose cómo régimen político, nada hubiera pasado como pasó.

Dos días después de la muerte de Franco, Don Juan Carlos fue proclamado Rey de España, con el nombre de Juan Carlos I. El 14 de mayo de 1977, además, se convirtió en heredero legítimo de los derechos dinásticos de Alfonso XIII, por la renuncia de su padre Don Juan. Este reconocimiento está constatado en la Constitución, al reconocer a Juan Carlos I como depositario de la “dinastía histórica”

El cambio político no sólo vino de la mano del rey, sino que entre las propias fuerzas franquistas existían discrepancias notables, mientras Arias Navarro hablaba de evolución dentro de los principios fundamentales y del legado franquista; Fraga, Areilza y Garrigues, los más dinámicos, señalaban abiertamente a una reforma. En los primeros meses de 1976 Arias seguía al frente del gobierno, pero sus pasos hacia la apertura fueron tan timoratos que sólo logró decepcionar a todo el mundo. Con todo, reconoció la existencia de partidos políticos, pero con el veto a aquellos que estuvieran sometidos a un mandato internacional, es decir, el partido comunista. Socialmente, fue una época de estallidos callejeros, de huelgas, de violencia, de devaluación de la peseta, de inflación… Toda esta inestabilidad peligrosísima para el futuro de España fue atajada con la consabida oscilación de Arias en sus decisiones: unas veces permisivo, otras, represor con toda rigurosidad. Así, el 3 de marzo, se produjeron violentos enfrentamientos en Vitoria entre policía y huelguistas. La durísima represión de la que fue partícipe Manuel Fraga fue el fin del reformismo vacilante y ambiguo del gobierno Arias y, además, se comprometió de manera decisiva la imagen liberal de Fraga. La oposición señaló la ruptura de todo acercamiento al gobierno. El rey se sentía decepcionado. El 1 de julio forzó la dimisión de Arias. Parecía que sin Arias sólo quedaba la ruptura, sin opción a la reforma. Pero no fue así.

  • Libertad, libertad sin ira libertad/guárdate tu miedo y tu ira
    porque hay libertad, sin ira libertad/y si no la hay sin duda la habrá.

Cuando todo el mundo pensaba en Areilza para suceder a Arias, incluso en Fraga, ni uno ni otro entraron en la terna preceptiva que el presidente de las Cortes, Fernández Miranda, según la legislación del momento, presentó al Rey. Los elegidos fueron: Silva Muñoz, López Bravo y Adolfo Suárez.

El 7 de julio, el rey designó a Suárez. La designación de Suárez fue recibida con sorpresa y decepción. Se le veía como un continuador procedente del Movimiento sin ser la persona adecuada para logar el cambio que se requería y demandaba la sociedad. Se habló incluso del “error Suárez” en consonancia con el “error Berenguer” en palabras de Ortega y Gasset para definir al presidente del Gobierno elegido tras la dictadura de Primo de Rivera.

Sin embargo, los agoreros se equivocaron. Visto a posteriori los resultados de la política de Suárez fueron extraordinarios. No fue una obra suya en exclusiva, sino que, en un símil, podríamos decir que el arquitecto jefe fue el rey Juan Carlos, el diseñador del entramado Torcuato Fernández Miranda y el ejecutor de la obra, Adolfo Suárez.

Es de destacar la figura de Fernández Miranda, profesor de derecho político del Rey, presidente de las Cortes lo que conllevaba la presidencia del Consejo del Reino. Fernández Miranda es el redactor de la Ley para la reforma política. Con su enorme conocimiento jurídico posibilitó el transcurrir desde la dictadura a la democracia sin saltarse la ley- “de la Ley a la Ley”- lo que es una de las más admirables obras de aquella Transición. La ley consta sólo de cinco artículos y tres disposiciones transitorias y, con tanta brevedad y sencillez, se logró algo extraordinariamente importante. Su redacción suponía una notable alteración del ordenamiento vigente: reconocía los derechos fundamentales de la persona como inviolables (artículo 1), confería la potestad legislativa en exclusiva a la representación popular (artículo 2) y preveía un sistema electoral inspirado en principios democráticos y de representación proporcional- posteriormente, en 1977, por Real se reguló el procedimiento para la elección de las Cortes, estableciendo el sistema D’Hondt y la financiación estatal de los partidos políticos.

Fernández Miranda logra con gran habilidad que las Cortes franquistas se hagan el “hara-kiri” aprobando la Ley para la reforma política. Simplificó el procedimiento de tramitación parlamentaria de modo que fueran las Cortes reunidas en Pleno las que decidieran aprobar la norma o rechazarla; enfrentándose, en el segundo caso, a un caos político-institucional indescriptible. Se eligió a Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange, para defender la ley en la tribuna de oradores, buscando reducir las reticencias de los diputados más próximos al franquismo. Los diputados conocían de sobra la voluntad del pueblo, la del Rey, la de la oposición e incluso la de la Iglesia y la tesitura comprometida del Gobierno. Se sabían observados por todo el orbe y no quisieron cargar con la responsabilidad de abrir una crisis constitucional de enorme envergadura. Sin Fernández Miranda no se hubiera logrado la Transición tal y como la conocemos, y su persona, como la de tantos otros insignes personajes de la Transición, se merece un reconocimiento que España aún no le ha dado.

El 15 de diciembre de 1976, la reforma política era aprobada por abrumadora mayoría del pueblo español sometido a referéndum.

Precisamente como parte de la campaña del mismo se hizo popular la canción de Vino Tinto: “Habla, pueblo habla” que es toda una incitación a ejercer los principios democráticos y el voto. https://www.youtube.com/watch?v=3ydVeaQbaqw

Con anterioridad, el 30 de julio, el Gobierno, con el apoyo de la mayor parte de la oposición, desde luego del PSOE y del PC, porque fue Alianza Popular la que votó en contra, había concedido una amnistía que permitió la liberación de todos los que se consideraban presos políticos, ampliada posteriormente (1977) hasta incluir a los presos terroristas. Aquella ley de amnistía es una de las mayores demostraciones de perdón y concordia que nos dimos los españoles, cualquier paso en contra de la misma es un desafuero. Poco después suprimió el Tribunal de Orden Público. En septiembre se autorizó la celebración de la diada catalana. En enero de 1977, se legalizó la bandera vasca. En febrero se modificó la Ley se Asociación Política, para permitir los partidos políticos y el 9 de abril llevar a cabo la legalización del PC. Al tiempo se deshacía la Secretaría General del Movimiento y Sindicatos (verticales). En marzo se aprobó la ley de Asociación sindical que restablecía la libertad sindical y legalización de los sindicatos.

Suárez era consciente de que nada se lograría sin el consenso y la aportación de todos. Por eso se reunió con toda la oposición logrando dividirla entre sí y unirla a su proyecto. Se reunió con Felipe González para revisar y lograr acuerdos institucionales que paralizaran las protestas que los socialistas apoyaban en la calle. Felipe declaró que la reforma de Suárez “podría suponer la liquidación del autoritarismo “. Se reunió con Tierno Galván. Con Santiago Carrillo, cuando aún no se había legalizado el PC para logar esa legalización. Eso era lo que más le importaba al líder comunista, pues sabía que su legalización había sido vetada por los sectores más tradicionales, de ahí que moderara sus manifestaciones y se inclinara hacia la defensa del eurocomunismo, como hacían los partidos comunistas de Francia e Italia, alejándose de la ortodoxia de obediencia a las internacionales y a la URSS, se abrazara a la bandera nacional y se sintiera muy cómodo con la monarquía de D. Juan Carlos. Sabía que, si no era legalizado, no podría participar en las primeras elecciones y dejaría toda la izquierda en manos del PSOE, cosa que, de todos modos, casi ocurrió. Suárez se reunió con Tarradellas, presidente de la Generalidad catalana en el exilio, del que consiguió, por la habilidad política de éste, el encauzamiento de los nacionalistas catalanes en el marco de la reforma emprendida. Se reunió con los democristianos, con la Iglesia, y, sobre todo, con el Ejército. El 8 de septiembre de 1976 transmitió a los altos jefes militares del país la esencia de la reforma política y les solicitó su apoyo por razones patrióticas. No todos eran favorables, por ejemplo, el general Díaz de Mendívil, vicepresidente del Gobierno, que dimitió por no estar de acuerdo con la legalización de los comunistas. Fue sustituido por Gutiérrez Mellado, liberal y reformista, su presencia en el gobierno fue una garantía para el Ejército y un considerable refuerzo a la reforma democrática.

De este modo, liberales, demócratas-cristianos, socialdemócratas, socialistas y comunistas aceptaron participar en las siguientes elecciones. Adolfo Suárez, formó su propio partido – Unión de Centro democrático (UCD)-. Las elecciones se celebraron el 15 de junio de 1977. El despliegue de propaganda fue fabuloso. Los partidos políticos no dejaron rincón ni medio por el que pedir el voto- Recuérdese a este respecto la magnífica obra de Miguel Delibes “el disputado voto del Sr. Cayo”-. Votó el 79,24% del electorado. Las elecciones fueron el triunfo de la moderación. Suárez ganó aquellas primeras elecciones democráticas con el 34,44% de los votos y 165 diputados, y formó gobierno.

Dos problemas aparecían frente al gobierno. De un lado el problema económico para lograr reducir la inflación, el desempleo y el déficit comercial. El encargado de llevar a cabo aquella importantísima y dificilísima tarea fue el vicepresidente para Asuntos Económicos Fuentes Quintana. Además, contó con el apoyo del ministro de Hacienda Fernández Ordoñez al que se le encargó realizar una importante reforma fiscal. Pero todos sabían que ningún fruto se obtendría sin un drástico plan de austeridad y esto fue lo que se negoció en los llamados Pactos de la Moncloa, de los que ya hablamos en su día: https://wordpress.com/post/algodehistoria.home.blog/308

En segundo lugar, el Gobierno necesitaba dar una respuesta a las autonomías que se reclamaban desde los sectores nacionalistas y desde una buena parte de la izquierda. Consiguió gracias a la habilidad de Tarradellas reconocer la existencia de la Generalidad catalana, adelantándose a las pretensiones de Pujol, al que Tarradellas no tenía en gran simpatía. No tuvo un interlocutor igual en el País Vasco. Pero al problema nacionalista se le intentó dar solución mediante su encaje constitucional, si bien, visto con la perspectiva actual y recordando al presidente Calvo-Sotelo, los nacionalistas siempre quieren más y no hay forma de contentarlos.

Las cortes nacidas de las elecciones de 1977 tuvieron desde el principio carácter constituyente

La Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas del Congreso de los Diputados nombró una ponencia que elaboró el proyecto de Constitución. Sus ponentes, conocidos como “padres de la Constitución” fueron: -por UCD- Gabriel Cisneros, José pedro Pérez-Llorca y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón; – por el grupo catalán- Miguel Roca i Junyent; -por Alianza Popular- Manuel Fraga; por el PSOE- Gregorio Peces-Barba; y- por el PSUC- Jordi Solé Tura. La base fundamental del texto se fundamentaba en la tradición española, en buena parte reflejada en la Constitución de 1812, y en el constitucionalismo continental europeo, esencialmente en la Ley fundamental de Bonn.

A ellos hay que unir como redactores del preámbulo a Enrique Tierno Galván apoyado por Donato Fuejo Lago, Raúl Modoro, Enrique Linde y Pablo Lucas Verdú

El anteproyecto se discutió en la Comisión y fue posteriormente debatido y aprobado por el Congreso de los Diputados de donde pasó al Senado. Las discrepancias entre ambas en una Comisión Mixta Congreso-Senado, que elaboró un texto definitivo. Este fue votado y aprobado en el Congreso por 325 votos a favor, 14 abstenciones y 6 en contra. Hubo 5 diputados ausentes. También obtuvo amplísima mayoría a favor en el Senado. El Proyecto de Constitución fue sometido a referéndum el 6 de diciembre de 1978, refrendado por el 87,78% de los votantes. La Constitución fue sancionada el 27 de diciembre por el rey y publicada en el B.O.E el 29 de diciembre.

Se aprobaba así un texto que se constituía en la norma suprema del ordenamiento español, que sigue vigente tras 44 años de existencia habiendo dado algunos de los mejores, más próspero y pacíficos años de convivencia en España.

Con su entrada en vigor se considera culminado el proceso de la Transición. Pero lo decisivo es que gracias a aquel proceso se alcanzó la democracia y la libertad. Es la primera vez, como señala Julián Marías[2], que se ofrece a los españoles un “estado como piel”, no un “estado como aparato ortopédico”- siguiendo a Ortega y Gasset-. Pero Marías teme la prepotencia, el abuso del poder y la visión única que nos devuelva al aparato ortopédico. La democracia se tiene, pero hay que defenderla con valentía. Hace falta coraje, imaginación y voluntad de defender lo que somos, lo que hemos sido y lo que debemos seguir siendo, sin complejos.

BIBLIOGRAFIA

MARÍAS, Julián. “España inteligible. Razón histórica de las Españas”. Alianza Editorial. 2019.

CARR, Raymond y FUSI, Juan Pablo. “España de la dictadura a la democracia”. Ed. Planeta. 1979

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983

DOMINGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed Marcial Pons. 2020.

MOA, Pio, “La transición de Cristal “. Libros libres. 2010. Con prólogo de Stanley G. Payne.

[1] Stanley G. Payne. Prólogo a “La Transición de Cristal” de Pío Moa. Ed libros libres. 2010

[2] Julián Marías. “España inteligible. Razón histórica de las Españas”. Alianza Editorial. 2019

LA UNIÓN DE NAVARRA

Tras la toma de Granada, la unión de Navarra a las coronas de Castilla y Aragón, constituía una prioridad que permitiría completar la unidad peninsular y formar en torno a los Pirineos una frontera de difícil acceso para los franceses que pretendían adentrarse en el territorio al sur de la cordillera pirenaica.

El matrimonio entre Blanca de Navarra y Juan de Aragón en 1420 había decidido la suerte de Navarra durante todo el siglo XV. Abandonando la esfera de influencia francesa, predominante en los siglos XIII y XIV, el reino había retornado al ámbito español, presidido por la rivalidad entre Castilla y Aragón, pero también proclive a su unión gracias a la presencia de la dinastía de Trastámara en las tres monarquías. Las guerras civiles, auspiciadas por bandos nobiliarios ávidos de controlar el poder regio, fueron una nota característica del siglo XV en España y el resto de Europa occidental. Sin embargo, a partir de 1480, las monarquías fueron venciendo a las ligas y bandos nobiliarios y avanzaron hacia la configuración de Estados modernos de amplia base territorial[1].  Aunque este no fue el caso de Navarra donde la debilidad monárquica y la guerra civil se convirtieron en un mal endémico.

Fernando el católico era hijo de Juan II de Aragón y de su segunda esposa, Juana Enríquez. Desde siempre Fernando aspiró a ser rey de Navarra, trono al que se creía con derecho por herencia paterna. Sus intentos de conseguir la corona se manifestaron ya en solitario, ya en unión de su esposa Isabel, buscando alianzas matrimoniales de sus hijos con los herederos navarros, pero tales bodas no fructificaron. Al último intento de casar al primogénito de los Reyes Católicos, Juan, con la Reina Catalina de Navarra, se opuso la reina madre de Navarra que era hija de Luis XI de Francia. Catalina se casó con el francés Juan de Albret. La familia de Catalina siempre fue proclive a emparentar con los reyes franceses, su tío, Juan- señor de Narbona-, se desposó con María, hermana de Luis XII de Francia, de este matrimonio nacieron Gascón que fue general del ejército francés de su tío Luis XII y Germana, segunda esposa de Fernando el Católico.

Pues bien, Juan de Foix, señor de Narbona (Juan I de Narbona) pretendió el trono de Navarra entre 1483 a 1492. Quería arrebatárselo a su sobrina Catalina porque consideraba que las mujeres no podían ser reinas. Pero en Navarra, al igual que en Castilla, no existía la ley sálica. Catalina solicitó ayuda a los Reyes Católicos que la apoyaron frente a Juan y a Luis XII de Francia, posicionado junto a su sobrino.

El joven matrimonio real navarro tuvo que sortear durante toda su vida las presiones de las dos grandes monarquías del momento, la francesa y la española, en lo que José María Lacarra llamó “política de balancín”. Pero esta neutralidad se adivinaba cada día más complicada de mantener. La posición navarra de supuesta neutralidad se originó entre otras cosas porque el rey francés amenazó a los reyes con desposeerles de las tierras que ambos monarcas tenían en Francia, que eran muchas y, sobre todo, muy ricas, si se mostraban favorables a las políticas castellano-aragonesas. Pero la neutralidad se tornó en un imposible tras el enfrentamiento de Luis XII con el papado.

Este episodio merece un comentario en medio de la Historia de Navarra, porque sin él no se pueden entender los pasos posteriores.

A finales del siglo XV la península itálica era un conglomerado de repúblicas enfrentadas entre sí y dónde los intereses de las potencias dominantes eran evidentes. Ya vimos algo de ello en la entrada sobre El Gran Capitán. https://algodehistoria.home.blog/2021/11/19/gonzalo-fernandez-de-cordoba-el-gran-capitan/

Entre los estados enfrentados en la península itálica no jugaba un papel menor el papado.

Si bien la autoridad ejercida por los papas no era propiamente la de un soberano en el concepto moderno del término hasta los pontificados de Alejandro VI y Julio II, como vimos también en la entrada sobre los estados pontificios. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/

El Papa Julio II al acceder al trono de San Pedro puso en marcha una estrategia de recuperación de la solera perdida por los Estados Pontificios en la que como mínimo aspiraba a reconquistar los territorios de los Borgia. Para lograr sus objetivos se enfrentó a algunas de las repúblicas menores de la Península Itálica, pero no tenía fuerzas militares suficientes para luchar contra Venecia. Para batallar contra los venecianos organizó la Liga de Cambrai en la que colaboraron Luis XII de Francia, Fernando el Católico y el emperador del Sacro Imperio, Maximiliano. Venecia fue derrotada. El siguiente paso concebido por el Papa en la búsqueda de la grandeza perdida fue enfrentarse a Francia que había ocupado el Ducado de Milán y la República de Génova. Para ello formó otra Liga Santa integrada por los Estados Pontificios, la Inglaterra de Enrique VIII, Venecia y España. A los que se unirían más tarde el emperador Maximiliano y Suiza.

A esta Liga invitó Fernando el católico a los reyes de Navarra, que se negaron a participar por no ir en contra del rey de Francia.

La batalla más cruenta de aquellos enfrentamientos fue la batalla de Rávena (1512) en la que murió Gascón de Foix, lo que dejaba a Germana de Foix como heredera de los bienes de la casa de Foix y única pretendiente de esa rama dinástica al trono de Navarra – no olvidemos que Isabel la Católica había muerto en 1504 y que, en octubre de 1505, Fernando el Católico se había desposado con Germana-.

Rávena fue una gran victoria para Francia, aunque murieron en la batalla muchos más franceses que españoles, pero a partir de entonces todos los enfrentamientos con la Santa Liga terminaron en derrotas francesas. Luis XII tuvo que renunciar a Milán, Bolonia, Parma, Reggio, Piacenza…,y soportar que los ingleses los acosaran en Dijon y el Sacro imperio los presionara en la frontera.

Rodeada y sin aliados, Francia se rindió a finales de 1512.

Durante el periodo en el que las fuerzas europeas de enfrentaban en Italia, en Navarra la situación distaba de ser tranquila. Se prolongaron las luchas entre dos de los bandos dinásticos de las antiguas familias nobiliarias navarras: beaumonteses y agramonteses. Estos últimos apoyaban y se apoyaban en los reyes navarros. En 1507, los reyes Juan y Catalina consiguieron doblegar y expulsar del reino a los beaumonteses, pero sus partidarios siguieron buscando la forma de hacerse con la corona.

A esos enfrentamientos internos hubo de añadirse, tras la derrota francesa en Italia y, sobre todo, tras la muerte de Gascón de Foix, el incremento del interés y legitimidad de Fernando el católico sobre la corona navarra. Esta era una amenaza que ni el rey de Francia ni los reyes navarros iban a tolerar.  Esta circunstancia sirvió para que el monarca francés se atrajera definitivamente a Juan y Catalina. Como manifestación de aquella alianza de intereses, el 18 de julio de 1512, ambas partes firmaban el tratado de Blois: Luis XII se comprometía a devolver a los navarros las posesiones de la casa de Foix y les reconocía su soberanía en el Bearn; a cambio los navarros se comprometían a no dejar pasar por sus tierras a aquellos ejércitos que pretendieran atacar al rey de Francia, lo que venía a romper la neutralidad a la que hasta entonces habían aspirado.

Al tiempo que se firmaban aquella alianza, el Papa Julio II que se sentía en deuda con sus colaboradores y muy especialmente con Fernando de Aragón. Hizo un movimiento esencial para el futuro de Navarra.

Era lugar común en aquel momento que el rey francés era partidario de la doctrina herética albigense – una rama del movimiento cátaro-. Según se decía, los reyes de Navarra fomentaban esta herejía. Motivo por el cual el Papa dictó una bula, la “Pastor Ille Caelestis”, 1512, en la que se excomulgaba al Rey francés y a sus los aliados. En aquellos tiempos esto era motivo suficiente para desposeer a un rey.

Fernando que se sentía legítimo aspirante al reino de Navarra, que la posición pro francesa de los navarros le era hostil y que no estaba en condiciones de hacer concesiones al rey de Francia, solicitó a las Cortes  de Aragón que le dieran su apoyo para la toma de Navarra. Era el mes de julio de 1512 y, aunque las Costes aragonesas no habían dictado acuerdo, a finales de julio, Fernando se presentaba en la frontera navarra con un ejército dirigido por el Duque de Alba.

El 21 de julio, las tropas aragonesas cruzaron la frontera del Reino de Navarra, y avanzaron por el valle de Araquil hasta llegar a Huarte. Ese mismo día, Catalina de Foix huyó hacia el Béarn con sus hijos.

El 24 de julio, llegaron las tropas del duque de Alba a Pamplona y, tras una serie de negociaciones y capitulaciones que terminaron con la rendición de Pamplona, entraron en la ciudad al día siguiente. En agosto, Fernando el Católico se autoproclama soberano de Navarra y Pamplona presta su juramento al rey el 28 de agosto.

En septiembre, las Cortes de Aragón, ante los hechos consumados, dan su conformidad a la conquista.

Al año siguiente, en 1513, Julio II dictó una segunda bula, “Exigit Contumacium”, en la que desposeía a los reyes de Navarra del título y dignidad reales y confiscaba sus posesiones, para que pasasen a ser legítima propiedad de quienes «en la más justa y más santa» las hubiesen adquirido, legitimando, por tanto, la conquista que un año había hecho Fernando.

Esta conquista se ratificó en una reunión de las Cortes de Navarra el 13 de marzo de 1513, nombrando Rey de Navarra a Fernando el Católico. Fernando juró respetar los fueros, usos y costumbres del Reino. En un primer momento, la adscripción de la conquista fue al reino de Aragón, aunque el apoyo militar mayoritario lo recibió Fernando de Castilla; quizá esa fue la razón por la que acabó adscribiendo el nuevo reino a la corona de Castilla en una ceremonia que se hizo en las Costes reunidas en Burgos en 1515 y en las que el Duque de Alba llevó la representación real.

La guerra con Francia por la conquista de Navarra duró con menor entidad algunos años más. Normalmente se data su final en 1529. Si bien siguieron algunas escaramuzas que se extendieron por el norte del antiguo reino de Navarra, en zonas que hoy forman parte de la CC. AA vasca, pero que en su origen eran navarras. Estas refriegas, sin tener una importancia extraordinaria en lo histórico si han dado mucho de sí para la historiografía nacionalista empeñada en tergiversar la historia y la legitimidad de Fernando, analizando con ojos actuales acontecimientos de otra época; haciendo un uso torticero y anacrónico de las fuentes. Estas tergiversaciones se han convertido en el principal motor ideológico de lo que podíamos denominar “navarrismo nacionalista vasco”. Pero ya se sabe que vivimos tiempos convulsos en los que la Historia no es materia de estudio sino de manoseo político. Con todo, las fuentes están ahí y su uso higiénico no lleva a concebir una Navarra euzkaldunizada. Si eso ocurre será por manipulación política no por certeza histórica.

BIBLIOGRAFÍA

  • José María Lacarra. “Historia Política del Reino de Navarra”. Editorial Aranzadi. 1972.
  • FORTÚN, Luis Javier. ““Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53.
  • AGUADO BLEYE, Pedro. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

[1]Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Luis Javier Fortún. Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53

BELTRÁN DU GUESCLIN

“Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”

Seguramente todos los lectores han oído o pronunciado alguna vez esta frase o, al menos, el inicio de la misma. Muchos sabrán su origen, pero otros no. Supuestamente fue pronunciada por un personaje bastante oscuro ante otros que no lo eran menos. En todo caso, se le atribuye a un extranjero que cambió la Historia de España en un acto que unos calificarán de traición, otros de ayuda a quien le pagaba, pues su señor era, sobre todo, el dinero.

Me estoy refiriendo a Beltrán du Guesclin o Beltrán Duguesclín como es más conocido en España. Nació en La Motte-Brons, Francia, 1320. Era miembro de la nobleza de la Bretaña francesa y, aunque poseía varios señoríos, sus rentas eran más bien escasas. Fue armado caballero en 1357 lo que le permitió pasar al servicio de la Corona francesa, en aquel momento el monarca francés era Carlos V, que se encontraba envuelto en la Guerra de Cien Años (Guerra que realmente duró 116 años entre Francia e Inglaterra, desde mayo de 1337 a octubre de 1453).  El conflicto provenía del enfrentamiento por el dominio de los territorios que en Francia poseían los monarcas ingleses tras el ascenso al trono inglés de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou y duque de Aquitania, entre otros títulos. Casado con Leonor de Aquitania, fue el padre de 8 hijos, entre ellos Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra. La guerra terminó con la derrota inglesa y la retirada de las tropas anglosajonas de territorio francés a excepción de la ciudad de Calais, la cual se incorporó a Francia de manera definitiva en 1598.

Duguesclín es descrito de manera bastante siniestra por todas las crónicas del momento. Su fealdad era legendaria: «aquel hombre de cabeza enorme, cuerpo grande, piernas cortas, ojos pequeños, aunque de mirar vivo y penetrante”. Aquella fealdad unida a una proverbial fuerza, singular destreza en el uso de las armas y fiereza en su aplicación lo hacían ser temido por sus enemigos de manera extraordinaria.

Se convirtió en mercenario desde el principio de su vida militar durante la guerra de sucesión bretona (1341-1364). No era el único, fue típico de la Francia del S. XIV la existencia de soldados de fortuna sumamente violentos que vivía de la rapiña y de la guerra. Ejercían una especie de guerra de guerrillas con sorpresas y emboscadas, sobre todo, hacia los destacamentos aislados. Esta forma de pelea les permitía debilitar, con pocos hombres, a ejércitos mucho más numerosos, como era el inglés asentado en el noroeste de Francia. Du Guesclin combatió por lo general de forma victoriosa, en Bretaña, en Normandía y en Maine. Muy significativa fue la victoria lograda contra los navarros en la batalla de Cocherel (1364)- el rey de Navarra pretendía el trono francés y se alió con los ingleses-.

Poco después Beltrán du Guesclin fue derrotado y hecho prisionero en la batalla de Aury. Se pidió un alto rescate por su persona, aunque se cuenta que fue él mismo el que decidió subir su cotización pues el rescate solicitado por los ingleses le pareció muy bajo para “su valía”.

Una vez devuelto a Francia, el rey le puso al frente de las compañías de mercenarios, “Compañías blancas”, si bien su presencia en Francia se le hacía al monarca un tanto incómoda, motivo por el cual, lo envió a combatir a España al lado de Enrique de Trastámara en la dilucidación de la guerra civil que se vivía en el reino castellano (1351-1369).

La guerra civil, la primera guerra civil castellana, se produjo por la sucesión del trono de Castilla entre los hijos de Alfonso XI; unos, descendientes legítimos de la reina María de Portugal- Pedro I- y, los otros, ilegítimos, descendientes de la amante del Rey, Leonor de Guzmán- los Trastámara representados por Enrique-.

Realmente fue algo más que una guerra de sucesión. Por un lado, Pedro I se vio enfrentado a la alta nobleza castellana que se unió a los Trastámara para recortar las atribuciones del rey. De otro, la pequeña nobleza percibía a Pedro no como cruel sino como justiciero al ser el promulgador de una serie de leyes que fomentaron el comercio, la artesanía y la seguridad de las personas. Pedro I emprendió una política de apertura económica al tiempo que reforzaba el poder real y se enfrentaba al reino de Aragón por apoyar a los príncipes bastardos.

La conspiración contra Pedro la inicia el Señor de Alburquerque. Ex Valido de Pedro I que cayó en desgracia cuando fracasó el matrimonio del rey con Blanca de Borbón, princesa francesa, a la que maltrató y despreció en favor de su amante María de Padilla. No era la única crueldad cometida por Pedro, que ya había mandado asesinar a la amante de su padre, Leonor de Guzmán, y a seis de sus hermanastros, quedando sólo vivo, Enrique de Trastámara. El odio de los Trastámara a Pedro I era inconmensurable.

Por si el conflicto era poco, a él se unen las fuerzas inglesas y francesas posicionadas en favor de uno y otro contendiente. Mientras Francia se ponía del lado del Enrique de Trastámara y en defensa de su princesa, mancillada por Pedro; los ingleses, con el príncipe negro a la cabeza, se situaron en apoyo de Pedro I (el Príncipe negro, conocido así por portar una armadura de tal color, era realmente el Príncipe de Gales y de Aquitania- Eduardo de Woodstock-, aunque murió antes de llegar al trono, siendo así el primer príncipe de gales que no llegó a ser rey).

El Príncipe negro estaba vinculado a Pedro I el cruel, que solicitó su ayuda con la promesa de darle el señorío de Vizcaya si derrotaban a los Trastámara. Esa derrota aconteció en la batalla de Nájera (1367), donde los franco-trastámaras sufrieron un duro revés. Pero Pedro incumplió su promesa, con lo que el Príncipe negro decidió abandonar Castilla, dejando sólo a Pedro I en su lucha. En aquella batalla de Nájera, Beltrán Duguesclín fue hecho prisionero. Rescatado volvió a Francia, donde fue nombrado condestable para, a principios de 1369, presentarse por segunda vez en Castilla al frente de su compañía de mercenarios bretones y unirse a don Enrique en el campo de Orgaz.

En su primera etapa en España, Duguesclín fue uno de los inspiradores de la autoproclamación de Enrique II como rey de Castilla, según el cronista, Pedro López de Ayala.

En aquella primera etapa, Enrique II otorgó a Bertrand du Guesclin, como premio por su valiosa ayuda militar, el título de conde de Trastámara, así como el señorío de Molina, localidad fronteriza con el reino de Aragón.

En la segunda etapa de su estancia en Castilla, ahora en tierras manchegas, du Guesclin desempeñó un papel clave en los sucesos que tuvieron lugar en la localidad de Montiel a finales de marzo de 1369.

Las versiones sobre los hechos de marzo son diversas. En todas ellas aparece Pedro I intentando sobornar a Dugesclín para que traicionara a Enrique y fracasando en el intento, posiblemente porque Enrique pagó más o prometió más.

Fuera como fuese, se produjo un encuentro entre los dos hermanos, unos dicen que entre insultos llegaron a las manos y otros cuentan que, directamente, se enzarzaron en una pelea. En todo caso, con Pedro mucho más fuerte que Enrique, éste cayó al suelo y…, de nuevo varias versiones, unos señalan que Duguesclín mató a Pedro, y otros, en versión más comúnmente aceptada, opinan que estando Enrique de Trastámara en el suelo a punto de ser aniquilado por Pedro, Duguesclín les dio la vuelta, de manera que el sorprendido Pedro quedaba abajo y Enrique, ya encima de su hermano, le clavó una daga y lo amató. En esas circunstancias, du Guesclin pronuncia la famosa frase: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. La verdad es que muchos historiadores, Julio Valdeón entre ellos, dudan de la exactitud de los hechos y de la frase.

Lo que sí está demostrado es que, en la noche del 22 al 23 de marzo, el monarca Pedro I pereció a manos de Enrique de Trastámara. Este último, se convirtió así en Enrique II de Castilla.

Bertrand du Guesclin recibió, en mayo de 1369, las villas de Soria, Atienza y Almazán, aunque perdió Molina de Aragón, y en 1370, después de haber recibido de Enrique II de Castilla la importante cantidad de 120.000 doblas de oro, retornó a Francia. En el país vecino, Carlos V de Francia le premió con el condado de Longueville.

Siguió participando en la guerra de Francia contra los ingleses, luchando en acontecimientos tan destacados como la batalla de Guyena o el asedio a Cherburgo.

Du Guesclin murió en 1380 en la toma de Châteauneuf-de-Randon. Su tumba se encuentra en Saint-Denis, próxima a la de su rey Carlos V.

BIBLIOGRAFIA

BONILLA GARCÍA, Luis: “Beltrán du Guesclin. El aventurero que cambió de rumbo la Historia”. Ed.  Sala, 1974;

 VALDEÓN BARUQUE, Julio: “Pedro I, el Cruel y Enrique de Trastámara: ¿la primera guerra civil?” Ed. Aguilar. 2002

Gonzalo Fernández de Córdoba: el Gran Capitán

Hoy traemos un  gran héroe de nuestra Historia de España

Dice Pedro Insua en su obra”1492. España ante sus fantasmas” que en aquel año se iniciaron los caminos para convertir a España en una gran nación, y para ser objeto de la envidia, lo que en el fondo demuestra admiración, del resto de los pueblos de occidente. En aquel año se produce la toma de Granada y por tanto el inicio de España como Estado-Nación con intención de unidad y de universalidad que se completa con la expulsión de los judíos; y el descubrimiento de América que marca el inicio de la universalidad, afianzado por la internacionalidad que nace de la presencia de tropas españolas en Italia (donde Fernando rey de Aragón, reclamaba sus derechos dinásticos).

Pero nunca los gobernantes ni siquiera los más brillantes, como los Reyes Católicos, han conseguido nada solos. Fueron enormes los esfuerzos colectivos, los de grandes personajes y los de pequeños héroes anónimos para alcanzar todas aquellas gestas. En el caso que nos ocupa queremos destacar la figura de un héroe alabado como tal ya en su tiempo, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, sin el cual la conquista de Italia hubiera sido imposible.

Gonzalo Fernández de Córdoba nació en Montilla (Córdoba), el 1 de septiembre de 1453, en el seno de una familia de la pequeña nobleza de aquella ciudad. Gonzalo era el segundo de sus hermanos. Como era tradición, el primogénito heredaba el patrimonio familiar y al segundo le estaba destinado un futuro como militar. Su padre murió cuando Gonzalo aún era muy joven y fue enviado a la ciudad de Córdoba para que se educara bajo el cuidado de Diego de Cárcamo, pariente lejano de la familia, aunque sus estudios los pagó su hermano. Educado en las armas quiso probar fortuna en la corte de Castilla en el bando de los partidarios de la princesa Isabel. No hay que olvidar que en aquel momento aquella corte vivía en plena inestabilidad por las luchas intestinas dinásticas debido a las pretensiones de Juana, la Beltraneja. Superados estos asuntos, Isabel, apoyada por su marido, Fernando de Aragón, centró sus atenciones militares en Andalucía a fin de reducir al invasor musulmán.

Gonzalo formaba parte de las topas castellanas en la conquista de Granada. Destacó por su valentía e inteligencia militar en el cerco a la ciudad y ese valor ganó la admiración del rey que le encargó la negociación con el rey nazarí Boabdil para establecer los términos del tratado de rendición. Por todo ello, le distinguió con la orden de Santiago.

Tras el final de la Reconquista y cuando parecía que muchos soldados iban a quedarse sin empleo, las guerras en la península itálica ampliaron la actividad de todos ellos. Ya no se trataba sólo de tropas aragonesas, también había castellanos en esta empresa, así como gallegos, catalanes o vizcaínos… Se empezaba a asomar la grandeza de España, la unidad y el orgullo nacional de sus ciudadanos. La corona de Aragón siempre había tenido intereses en el mediterráneo, Fernando, con el tiempo, llegó a ser además de rey de Aragón, rey de Sicilia, de Nápoles y de Cerdeña. De hecho, los acontecimientos que contamos en esta entrada le conceden la corona de Nápoles, como veremos.

Ahora el enemigo no era principalmente musulmán sino francés. Carlos VIII de Francia decidió invadir Italia, lo que amenazaba el reino de Nápoles y las demás posesiones de interés aragonés en la zona. En 1494, Fernando se convertía en el defensor de los territorios italianos frente a los franceses. Para ello formó una Liga organizada en Venecia en la que estaban el papado, Venecia, el milanesado y España. Las tropas formadas por unos dos mil hombres se pusieron bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba. Las fuerzas aliadas no empezaron la conquista con buen pie, fueron derrotadas en Seminara. Fernández de Córdoba, sin embargo, logró rehacerse, salir dignamente de aquella derrota para acto seguido apoderarse de las dos Calabrias. Fueron las batallas de Atella, primero, y de Ostia, después, las determinantes de esta primera guerra de Italia y la expulsión de los franceses salvo de Gaeta y Tarento. Estamos en 1496, y el asedio de Atella se tornó como un gran desastre para los franceses. El éxito de la liga se debió a una acción conjunta de las tropas terrestres de Fernández de Córdoba y las navales bajo el mando de Galcerán de Requeséns, comandante de las galeras sicilianas. Ya en las guerras de Granada, Gonzalo había expresado su genio militar, ahora en Italia se desvela como un miliar brillantísimo que manejó conjuntamente la infantería, la caballería y la artillería, aprovechando el apoyo naval. Esta combinación se realizó por primera vez y fue el genio militar de Fernández de Córdoba en que la ideó y gestionó con éxito.

En relación con la segunda de las batallas mencionadas, Ostia, fue el Papa Alejandro VI quien solicita ayuda del cordobés. El corsario vasco Manaldo Guerri se había hecho fuerte en el puerto dirigiendo tropas francesas e impedía el abastecimiento de Roma. Fernández de Córdoba tomó el puerto e hizo prisionero al pirata. Con ello liberó los Estados Pontificios.

Pero siguiendo con la toma de Nápoles y situados en el siglo XVI, Fernández de Córdoba se dispone a expulsar a los franceses definitivamente de Nápoles, en lo que se ha llamado la segunda guerra de Nápoles entre Francia y España. Ahora el Rey francés es Luis XII, pero sus aspiraciones son las mismas que las de su predecesor Carlos VIII. Los comienzos no fueron muy alentadores para las tropas españolas. En 1502, el general francés D’Aubigny derrotó a los castellanos en Terranova de Calabria. Fue una derrota significativa para el Gran Capitán, que prefería los asedios defensivos a las batallas a campo abierto. Pero comprendió que el arte de la guerra requiere de todos los recursos, por ello, aprendió a luchar en campo abierto y en 1503 se produce la victoria española en Cerignola (o Ceriñola), pequeña villa sobre un cerro y protegida por un foso y un terraplén levantado por las tropas españolas allí acantonadas. Esta batalla fue importante por la estrategia empleada por Gonzalo Fernández de Córdoba fundamentada en un terraplén que dificultaba el ascenso al monte en el que se enclavaba la ciudad, finalizado en una trinchera desde la que los españoles hacían llover fuego de arcabuz. Se dice que esta fue la primera vez que las armas de fuego fueron determinantes en una batalla en Europa occidental. Cabe señalar que la introducción de artillería de asedio en las guerras fue obra de los ingenieros italianos, pero González de Córdoba, que ya las había utilizado con éxito en Granada, fue el que les dio un uso decisivo como táctica en algunos combates.

Cerignola marca el inicio de la hegemonía que España en los Campos de batalla europeos, que se mantendrá durante siglo y medio.

El 14 de mayo de 1503, las tropas de el Gran Capitán entraban victoriosas en Nápoles entre las aclamaciones del pueblo, mientras Federico I, rey de Nápoles, otorgaba a Fernández de Córdoba los ducados de Terranova y Sant’Angelo, junto con todas sus tierras, ciudades, villas y fortalezas.

Pero los franceses no se arredraban y enviaron una fuerza desde Milán. La batalla definitiva fue la ocurrida a orillas del rio Garigliano cerca de la villa de Gaeta.

En un noviembre atroz de frío y lluvia, Fernández de córdoba consiguió impedir que los franceses se movieran por la ribera del río como pretendía y acabaron atrincherados en Gaeta. En aquel asedio, tuvieron que rendirse y retirarse. El día de Año Nuevo de 1504, las tropas españolas y napolitanas entraron en la ciudad, último baluarte importante de los franceses en tierras napolitanas. En marzo de 1504, los franceses reconocieron la soberanía del Fernando el Católico sobre el territorio napolitano.

Cabe señalar que Nápoles se convirtió en una posesión dinástica de Fernando no de España. Lo sucedido en Italia, con todo, contribuyó a la reputación militar de España, como lo reconoció y alabó Maquiavelo en su obra “El arte de la Guerra”. Nápoles fue el inicio de la presencia de más de 200 años de los españoles en la península itálica. Pero España no estuvo allí como dominadora sino como salvadora de la invasión francesa.

Giovio, historiador italiano de aquella época, promovió con gran interés la figura de Fernández de Córdoba ensalzando su buen hacer como militar, su nobleza como persona y su heroísmo. Para él y otros historiadores del S.XVI, italianos y españoles (estos ensalzaban, además, su piedad, cortesía y generosidad), Fernández de Córdoba contribuyó a la defensa de Italia no a su sometimiento ante el extranjero como hubiera ocurrido de ganar los franceses. Fueron estas crónicas, más los hechos irrefutables de su buen hacer militar, las que lograron que al cordobés se le conociera como El Gran Capitán.

Fue aclamado como amigo y se le dieron, como vimos ricas tierras y fue nombrado Virrey de Nápoles, lo que motivó posiblemente la envidia del rey Fernando que le pidió las famosas cuentas, contestadas supuestamente con la famosa: “entre picos, palas y azadones, 100 millones” continuada por: “y con 100 más, di un reino a su majestad”. Lo que sí es cierto es que Fernando nombró a Fernández de Córdoba duque de Sessa pero a condición de que dejara de ser virrey.

El Gran Capitán fue obligado a regresar a España, estableciéndose en Loja, lejos de la corte. Murió el 2 de diciembre de 1515.

El Gran Capitán fue un genio militar, no sólo por lo ya señalado a lo largo de este texto sino porque se le considera el creador del ejército profesional español e impulsor de la infantería como base del mismo. Revolucionó esta arma mediante el uso de coronelías, precedente directo de los Tercios. Se trataba de un tipo de formación gobernada por un coronel que permitía una mejor movilidad y flexibilidad operativa. Potenció a los arcabuceros, dotó de armas cortas a los soldados para que se movieran por debajo de los piqueteros. Cambió el papel de la caballería dedicándola a la persecución del enemigo previamente dañado por la infantería. Puso en marcha una estructura de la batalla en tres líneas sucesivas de ataque, para tener una de reserva y una posibilidad suplementaria de maniobra. Fraccionó los batallones en compañías lo que agilizaba la formación de combarte encontrando desprevenido al enemigo.

Además, implantó una disciplina férrea en sus soldados y una moral excepcional basada en el orgullo de cuerpo militar, en el sentido del honor nacional y en un profundo espíritu religioso.

Los franceses decían de aquel ejército español que “no habían luchado contra hombres sino contra diablos”.

Querido por sus soldados, admirado por todos los que le conocieron, el Gran Capitán tuvo en su popularidad la causa de la envidia de quien podía ser su peor enemigo, el rey.

BIBLIOGRAFIA

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando.” Grandes estrategas de la Historia”. Ed Mundo Revistas. 1974.

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando y SÁNCHEZ DE TOCA, José maría. “El Gran Capitán”. Ed. EDAF. 2021

KAMEN, Henry. “Poder y Gloria: los héroes de la España Imperial”. Austral. 2012

INSUA, Pedro. “1492. España ante sus fantasmas”. Ariel. 2018.

 

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El Camino de Santiago

Como todos los años, en torno al 11 de noviembre, un hilo sobre Galicia. Siempre dedicado a los que cumplían y cumplen años ese día. Este año, desgraciadamente, el número de los que cumplían ha aumentado. A ellos con todo mi cariño y recuerdo. In Memoriam.

Hoy traigo un tema que enorgullece a Galicia y engrandece a España y a Europa: el Camino de Santiago.

Hay cien mil formas de estudiar el Camino de Santiago, de hecho, como señalaba hace pocas fechas la Comisaria del jacobeo 2021, hay varios tipos de caminos, todos marcan una o varias rutas y en ese simple sentido son ya importantes; algunos se especializan en su temática comercial, por ejemplo, la ruta de la seda; otros  destacan por su espiritualidad como los de Roma, Jerusalén o los japoneses del camino Kumano o el camino Shikoku ( de los 88 templos); otros tienen un carácter ecológico- natural como puede ser el del cañón del Colorado. “Pero el Camino de Santiago contiene todas estas vertientes: la cultural, la natural y la espiritual”. 

Dentro de la vertiente cultural, debemos entender el arte, la literatura, el pasaje natural… pero el aspecto que quiero destacar hoy es la importancia histórica del Camino de Santiago para la Historia de España y de Europa.

En su origen encontramos escritos narrando las más variadas leyendas. En todo caso, el camino se estructura en torno a la figura del Apóstol Santiago, conocido como Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y hermano de Juan Evangelista. Dice la Leyenda que vino a evangelizar España en la zona del noroeste y retornó a Jerusalén. Es un hecho comprobado que allí fue decapitado por Herodes Agripa en el año 44, lo que no está tan claro es cómo volvió su cuerpo a Galicia. Las explicaciones sobre este acontecimiento las encontramos en primer lugar en el “Códice Calixtino” (manuscrito iluminado del S. XII que reúne el más antiguo texto del Liber Sancti Iacobi, en varios libros. En los primeros reúne sermones, himnos, milagros y relatos de la traslación del Apóstol Santiago de Jerusalén a Hispania) y también tenemos referencias sobre la traslación del Santo en la “Legenda Aurea”. En ambos casos, se testimonia que el traslado a Galicia se debió al empeño de dos de los discípulos de Santiago el Mayor, que, siguiendo la leyenda, lo sacaron a escondidas de Jerusalén y lo embarcaron en una nao conducida por ángeles.

Suele datarse el origen del culto español al Apóstol Santiago en torno al año 814 d. de C., cuando, supuestamente, el eremita Pelayo contó al obispo de Iria Flavia que había avistado luces celestiales en una zona que pasó a llamarse “campus stellae”, o campo de las estrellas. Allí apareció un sepulcro con un cuerpo que se atribuyó al Apóstol Santiago. El hallazgo de la tumba del Apóstol constituía el final lógico de una tradición oral y escrita que, además de en los libros señalados anteriormente se narra en el Breviarum Apostolorum en el siglo VI-VII, los textos firmados por el anglosajón Beda Venerabilis y en los del Beato de Liébana en el siglo octavo.

El rey Alfonso II de Asturias (Galicia formaba parte del reino astur por entonces), es informado del descubrimiento del sepulcro del Apóstol y, con el fin de proteger estos restos, decidió construir junto a ellos un monasterio. La noticia coincidía con un importante momento político para la consolidación del reino astur-galaico.

Si los relatos históricos de los reyes astures señalan su lucha contra los musulmanes como una especie de cruzada cristiana frente al invasor musulmán, el hallazgo de la tumba del Apóstol permitía a los monarcas reafirmar tal situación. La posición religioso-reconquistadora de los reyes astures da un paso más durante el reinado de Alfonso III, el Magno, cuando en el 899 manda construir una basílica en honor del Apóstol Santiago el Mayor, que, andando el tiempo, se convertiría en la catedral de Santiago. La imagen de Santiago utilizada como un revulsivo, como señal divina que venía a reforzar su papel de elegidos para luchar por la cristiandad, se engrosó con un eslabón más en el campo militar dando lugar al nacimiento de la leyenda de Santiago Matamoros. El Apóstol montado en un corcel blanco irrumpía en las batallas para dar la victoria a la cristiandad. Por eso tras cada batalla se producía un voto real a Santiago en el cual se exhortaba a todos los cristianos a peregrinar a Compostela para dar gracias al Santo por su ayuda. Esta fama de salvador de la cristiandad se extendió por toda Europa e impulsó las peregrinaciones.

No menos importante para la historia de España y de la cristiandad fue que todo aquel capítulo religioso trufado de impulsos políticos acontecido en la Península ibérica coincidió en el tiempo con el imperio franco de Carlomagno. Recordando la importancia de los francos en Europa debemos señalar que su reinado supuso un intento de recuperar la cultura clásica en los ámbitos políticos, culturales y religiosos de la época medieval. Curiosamente, bajo un dominio germánico, bárbaro, se restituía de facto lo que había sido el imperio romano de occidente y, al tiempo, se promocionaban en Europa los valores del cristianismo frente a los paganos de las diversas tribus que fueron sometidas por Carlomagno, especialmente significativa en este sentido fue la victoria sobre los sajones. Además, en aquel momento el papado no contaba con fuerza militar suficiente para defenderse, lo que obligó a la jerarquía de la Iglesia a buscaba protección en el poderoso rey franco, convirtiendo así a Carlomagno en el líder de la cristiandad. Cabe recordar que, en el 800, el papa León III coronó a Carlomagno “emperador que gobierna el imperio romano”. La expansión del imperio carolingio tuvo como consecuencia coadyuvar a la expansión de los principios básicos que harán grande a Europa: la tradición clásica (greco – latina) y los principios judeo- cristianos.

En este contexto, los reyes astures utilizaron la Reconquista y el descubrimiento de la tumba de Santiago para establecer un corredor cristiano y europeo en el norte de la Península frente a los territorios que más al sur permanecerán en manos musulmanas durante algunos siglos más, constituyéndose de este modo en continuadores en la Península ibérica de la tradición carolingia.

Aquel territorio español, libre de invasores, requería ser repoblado y afianzar en él las posiciones cristianas que lo diferenciaban del enemigo. Santiago se convirtió en un nuevo centro religioso (equiparable a Jerusalén o Roma) que dará importancia a la zona y marcará al tiempo la continuidad y la diferencia con el imperio carolingio; diferencia por la propia singularidad de la tumba del Apóstol a la que se le atribuían poderes milagrosos. De este modo, se daba sentido trascendental a la Reconquista y un vuelco a la historia espiritual de Europa, que se lanzó a cimentar un camino para peregrinar hasta la preciada reliquia.

Realmente no existió un camino sino varios que se unificaban en Santiago.

El primer peregrino fue el rey Alfonso II que, cuando el obispo de Iría Flavia le habla del campo de estrellas, decide ir en persona a comprobar la existencia de la tumba. Su recorrido entre Oviedo y la tumba del Apóstol, fue la primera Ruta Jacobea, la que hoy conocemos como Camino Primitivo. Se conjuró en que allí fueran el resto de reyes de la cristiandad. Los monarcas cristianos iniciaron así su peregrinación a Santiago. Primero a través del hoy denominado Camino del Norte, una Ruta que recorría todo el norte peninsular y evitaba los territorios conquistados por musulmanes. A medida que la Reconquista fue avanzando, el recorrido más popular comenzó a ser el que comenzaba sus pasos en Roncesvalles o Jaca. Hablamos del Camino de Santiago francés (que se refleja en el quinto libro del famoso Códice Calixtino. En este libro se elabora una especie de guía para peregrinos). Con el paso del tiempo surgieron otras rutas por toda Europa y España. Desde la ruta de la Plata, al camino inglés, el portugués y otras muchas bifurcaciones europeas que normalmente convergen en el camino francés para adentrarse en la Península. A las peregrinaciones contribuyó también sobre manera la declaración de Año Santo Jubilar por parte del pontífice Calixto II en 1122 para aquellos años en los que el día de Santiago, el 25 de julio, coincidiera en domingo. Entonces se podrían alcanzar las mismas gracias que otorgaba Roma en sus años jubilares. Fue el papa Alejandro III el que declaró el carácter perpetuo de este privilegio concedido a Santiago.

Pero el camino de Santiago, desde el primer momento, fue algo más que un lugar de peregrinación. La expansión del islam por el mediterráneo había creado una inseguridad en la navegación por el mare nostrum que ocasionó un encerramiento de los pueblos en lo más cercano y conocido, un apogeo de la economía local, de la labranza y el pastoreo como dedicación fundamental, de un auge de lo rural frente a lo urbano. En el ámbito del comercio e intercambio, más bien escaso, se buscaron nuevas rutas, casi todas terrestres pues eran más eficaces que las marítimas. Las vías y calzadas romanas sirvieron como base para estos periplos terrestres y la existencia de caminos trazados, como el camino de Santiago, facilitaba el recorrido desde Europa del este a la Europa del oeste. Por aquellas viejas calzadas romanas, mal mantenidas, era más fácil el traslado de personas que el de grandes bienes. Transitadas por todo tipo de individuos, desde los mercaderes a los que peregrinaban buscando una sanación milagrosa; los que lo hacían en reconocimiento y agradecimiento de los bienes recibidos a los viajes de religiosos, especialmente monjes, de un convento a otro para mantener las conexiones entre monasterios filiales de las mismas órdenes… los caminos estaban mucho más poblados de lo que imaginamos hoy en día, sobre todo, en las rutas principales, como llegó a ser el camino francés.

Ese fluir de personas tuvo como consecuencia el intercambio de costumbres, de cultura, de alimentos, de ritos religiosos, de tolerancia frente al diferente, la construcción de hospederías, de templos… Por ese camino llegaron a España el románico ( cuya mejor expresión se dará en la propia Catedral de Santiago), las reformas de Cluny y más tarde el cisterciense; la aplicación del rito romano frente al hispano; la sustitución del canto hispánico por el gregoriano; la aceptación mayoritaria de la escritura francesa frente a la visigótica; la distribución por Europa de legados pontificios y los intercambios entre la Iglesia romana y la española, y, con ella, las influencias recíprocas entre ambas penínsulas; los intercambios de estudiantes (los hispanos frecuentaban escuelas centro europeas del saber, adquiriendo nuevos conocimientos culturales y trasladando nuevos principios filosófico; los europeos recibían el saber de las escuelas españolas con múltiples tradiciones del árabe); los documentos musulmanes se traducían al latín y traspasaban las fronteras pirenaicas hacia el resto de Europa; los cantares de gesta franceses llegaron a España, la poesía amatoria provenzal influyó en la lírica gallega; los extranjerismos lingüísticos aparecen por la frontera pirenaica, así, en el “Fuero de Avilés” se mezclan formas dialectales leonesas y toledanas con vocablos provenzales. En las poblaciones pirenaicas se escribían documentos en provenzal. Durante el siglo XII, tuvo lugar la expansión escrita de la fonética propia de Castilla. Ocurrió lo mismo con el catalán y con el gallego-portugués; muchos europeos, de todas partes, provenzales, normandos, borgoñones, flamencos, lombardos… llegaron en peregrinación a la Península y se quedaron en ella, repoblando o creando asentamientos nuevos. Todos ellos eran conocidos genéricamente en Hispania como francos – la famosa calle de franco (rúa do franco) de Santiago de Compostela debe su nombre a estos peregrinos o el relativamente común apellido Franco que se da en diversas zonas de España tienen el mismo origen. Significativas son las poblaciones de francos que se fundaron cerca de los pirineos, muy destacada en Navarra, en poblaciones como Estella, San­güesa, Pamplona, Puente la Reina, Monreal, Villalba, Tiebas, Torralba tuvieron poblaciones francas muy importantes, pero también en otros lugares, como veremos de la corona de Aragón o incluso más hacia el occidente peninsular como Sahagún, Astorga o en Oviedo- famosa rúa gascona que aún existe-. Esta presencia en zonas más cercanas a Santiago se explica por la necesidad de asentamiento de muchos extranjeros en la ciudad compostelana para dar servicio a los viajeros, llegando incluso a ocupar puestos de relevancia en la Iglesia o en el consistorio compostelano. Estos francos solían establecerse en las afueras de las poblaciones con la intención de comerciar, formando ferias mercantiles y artesanas, y las necesarias posadas, hospederías y tabernas para completar su estancia. Estas poblaciones no se distribuyeron con regularidad por todo el camino, siendo mucho más frecuentes en las zonas fronterizas pirenaicas. Los que si se asentaron por igual desde los pirineos a Finisterre y extendieron sus reformas, hospitales y hospederías por todo el Camino para atender a los peregrinos fueron los monjes negros de Cluny, lo que permitió, como ya señalamos, la aceptación del arte románico, la novación cluniacense y, posteriormente, la cisterciense en la Península.

Pero en el Camino de Santiago también influía lo que acontecía en el sur, en la zona musulmana de Hispania. Hasta el inicio del siglo XI, la preeminencia del Estado Omeya en el sur, sobre todo, la existencia del Califato de Córdoba como elemento aglutinador del poder del momento, permitía una comunicación e intercambio entre las zonas peninsulares del sur y otras zonas de dominio musulmán, incluso de las de extremo oriente. La caída y fragmentación del Estado Omeya trajo consigo la creación de los reinos de taifas y la perdida de esa unidad de acción. La debilidad del sur contrastaba con el paulatino fortalecimiento del norte cristiano.

En Europa se vivía un florecer urbano gracias a cierto intercambio de mercancías, cada vez más exitoso, que procedía de la mejora de las cosechas, de la implantación de pequeñas industrias manufactureras y en conjunto de una mejora de los alimentos, la higiene, la salud y el aumento de población. En Europa durante la alta Edad Media, la ausencia de reservas de oro y plata con que acuñar monedas había obligado a una vuelta al trueque y a la autarquía; ahora, el aumento de los intercambios de excedentes permitía superar esa situación, pero la carencia de monedas seguía siendo un problema y una dificultad para el desarrollo. Esa carencia no se daba en el mundo árabe. El declive musulmán en la Península permitió a la población allí asentada considerar interesante el intercambio comercial con las zonas del norte. De este modo, el Camino de Santiago se convierte en una ruta comercial a la que acuden tanto musulmanes como europeos. Estos últimos atraídos, además, por las apreciadas monedas de oro de procedencia musulmana, que contribuyeron a atenuar la penuria de los pagos en la zona cristiana del continente, mejorando el comercio y los intercambios mercantiles cuyo florecer se vislumbrará en el S.XII.  Aunque ya desde la segunda mitad del S.XI llegaban a España gracias al Camino de Santiago: paños de Brujas; armas y telas francesas… y se cambiaban por objetos de cobre, pieles, perfumes, sedas que procedían de oriente medio. Este comercio favoreció el desarrollo urbano y econó­mico de Pamplona, Jaca, Estella, Sahagún, León y, sobre todo, de Burgos.

Las ciudades y villas [cristianas de Hispania] se organizarán políticamente según las fórmulas del viejo municipio, con la consiguiente consolidación de las libertades inherentes a ellas, heredadas de las polis griega y de la civis romana.[1] La llegada de peregrinos, obligaba a disponer de lugares,  víveres, ropas y distintos bienes que pudieran necesitar. Además (ya dijimos que estos visitantes eran promovidos por los monarcas a fin de repoblar las zonas recién conquistadas), para que la permanencia se hiciera más atractiva los reyes otorgaban privilegios a las zonas de asentamiento, así, por ejemplo, libertad para comprar y vender inmuebles, libertad personal, inviolabilidad de domicilio, vigencia del fuero real sobre cualesquiera otras normas extrañas; supremacía de la justicia real sobre las autoridades locales.

Por otro lado, por la ruta jacobea llegaron guerreros de todas partes del continente, algunos por rutas marítimas, como los procedentes de las islas británicas (camino inglés) y otros que desde la Gascuña o desde las costas del mar del norte a los puertos cantábricos, para participar en las luchas contra los infieles. Estos guerreros repoblaron, en muchos casos, los espacios situados en las fronteras del Tajo, de Sierra Morena o del valle del Ebro. En este último caso, contribuyeron a las victorias militares de Alfonso I, el cual los premió con derechos destacados para que ejercieran como colonos en el reino de Aragón, estableciéndose así una importante colonia franca en las tres actuales provincias aragonesas.

La ruta jacobea unió el Occidente cristiano con las zonas más pujantes de Europa, en los siglos XI, XII y XIII. Incluso en éste último, la importante presencia francesa, sobre todo París como centro neurálgico de la economía europea, favoreció aún más la importancia de la ruta jacobea.

Estos derechos, libertades, la solidaridad, la tolerancia, la unión entre los pueblos, el esfuerzo, la acogida…, los principios judeo-cristianos y greco-romanos son valores que estaban en el sustrato histórico medieval europeo, que el Camino de Santiago proyecta y extiende y que forman parte de los referentes con los que se concibió siglos después la Unión Europea.

A finales del siglo XIII –1295– los genoveses logran cruzar el estrecho de Gibraltar e inauguran con ello un comercio marítimo que enlazará el mediterráneo con el mar del Norte de manera más rápida y cómoda que las vías terrestres. Esta situación pondrá el foco del comercio europeo en Brujas y en ciudades italianas como Roma o Florencia. Con ello, atrás quedará París, atrás quedará Santiago.

Tal es la decadencia que, en siglo XVI, se tiene por mendigos a los romeros que van a Santiago. Se controla su presencia y en Europa se vigila a los que vienen de Santiago. La miseria imperaba en la ruta y las enfermedades florecían. Los peregrinos que iban a implorar salud al Santo eran recibidos con recelo y en la ciudad compostelana se decretó que el que fuese en peregrinación no estuviese en la ciudad más de tres días, contando en ellos el de llegada y el de salida. Los reyes españoles permitían el peregrinaje y pedir limosna por el camino a los extranjeros, pero sólo si iban directos a Santiago no se paraban por el camino en otras ciudades y este periplo requería de una licencia previa. Felipe II, por Pragmática de junio de 1590, prohibió usar el hábito de peregrino a toda persona “de estos nuestros reinos”[2], de cualquier calidad que fuese. En tiempos de Carlos III, en 1776, en Europa se recomienda no dejar ir a Santiago y en España se establecen concretos caminos de ida y vuelta, en ellos los peregrinos deben ir provistos de la señalada licencia que pasó a conocerse como la Compostela, o pasaporte que se les daba para que las autoridades locales les concediesen licencia de pedir limosna durante tres días y, en 1778, se encargó a la justicia la comprobación de la documentación de los peregrinos y la imposición de determinadas penas a los contraventores para evitar así los problemas generados por mendigos y vagabundos.

Los peregrinos siguieron yendo, en menor medida, a Santiago, pero el Camino sufrió otro grave revés durante el S. XIX. La Revolución Francesa en Europa y la desamortización de Mendizábal (1835 y 1837) en España contribuyeron poderosamente al olvido de la ruta jacobea. La Revolución por incorporar una serie de posiciones ateas o al menos descreídas que abogaban por los principios de la razón humana como superadora de la idea de trascendencia y de Dios, que hicieron tambalear la fe de Europa. Ya no existía aquella devoción popular de peregrinación a Santiago en busca de un milagro, como en la Edad Media. La desamortización, que también comulgaba con el descreimiento, porque expropió las tierras y bienes en manos de la Iglesia Católica. Muchas de las órdenes religiosas que gestionaban los monasterios, hospederías y hospitales dedicados a la atención del peregrino vieron como les arrebataban sus posesiones para pasar a manos de la burguesía que las uso a su antojo.

Las rutas del camino de Santiago cayeron en el olvido. Su recuperación se realiza, en gran medida en los años 60 del siglo XX.  En 1965 se restablece parte del trazado original del Caminos francés, tomando como guía la ruta señalada en el libro quinto del Códice Calixtino. Pero no es hasta 1980 cuando los caminos de acondicionan con señalizaciones, hospedajes, monasterios y servicios para los peregrinos. Ahora la gestión se realiza desde las Administraciones Públicas, en colaboración con instituciones privadas y también con el apoyo de la Iglesia.

En esta recuperación han jugado un papel importante los reconocimientos oficiales. En 1962, en España se declaró al Camino como conjunto de valor histórico-artístico y el Consejo de Europa lo distinguió, en 1987, como primer Itinerario Cultural Europeo. La UNESCO lo incluyó en la lista del Patrimonio de la Humanidad en 1993. En ese mismo año el camino de Santiago fue declarado Patrimonio Cultural Europeo por los ministros de Cultura de la Comunidad Europea reunidos en Bruselas. En 2004 recibió el premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Además, para los católicos el camino jacobeo sigue siendo una importantísima ruta de peregrinación que permite ganar indulgencia en los años santos. 2021 es año Santo, que se extenderá de forma excepcional hasta el 31 de diciembre de 2022 por la pandemia Covid-19.

BIBLIOGRAFÍA

ANES, Gonzalo. “El camino de Santiago en la formación de Europa”. Número 35 de la revista “Política exterior”.1993.

ASOCIACIONES DE AMIGOS DEL CAMINO DE SANTIAGO DE NAVARRA, LEÓN Y GALICIA “El camino de Santiago, su configuración histórica”. 1987.

Barros Guimerans, Carlos. “Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, una aproximación global” Anales de historia antigua, medieval y moderna (Universidad de Buenos Aires). 2006

Lalanda, Fernando. “El boom del Camino en sus años oscuros (1961-1969) Visión Libros. 2011

[1] Gonzalo Anes. “El camino de Santiago en la formación de Europa”.

[2] Gonzalo Anes. Op. Cit.

Tiananmen

En la década de los ochenta del siglo XX, China vivía tiempos de cambio. Deng Xiaoping, el líder renovador que había sucedido a la “Banda de los Cuatro”, dirigía el País hacia cierta liberación económica y un mayor acercamiento a occidente. Pero políticamente China era y sigue siendo una férrea dictadura comunista.

China lleva siendo una dictadura desde que cayó el imperio, el cual no era, evidentemente, dada la época en la que gobernó China, una democracia. Pero superar las imposiciones propias de la antigüedad por medio del comunismo, nunca ha sido una gran idea.

Ya vimos al hablar de la Revolución Cultural ( https://algodehistoria.home.blog/2020/02/21/la-revolucion-cultural-china/ ) que la situación de aquel país era insostenible. Por otro lado, la década de los ochenta fue un momento de convulsiones en el mundo comunista. Fue la década de la caída del Muro de Berlín, Polonia se levantaba gracias al Sindicato Solidaridad, y por la acción de Juan Pablo II, de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan el comunismo perdía su referencia del bloque del Este. De hecho, en 1985 se había iniciado un proceso reformista en la URSS. Son los años de Gorvachov y la Perestroika (ya tratamos la caída del muro sus antecedentes en : https://algodehistoria.home.blog/2019/10/31/y-cayo-el-telon/ )

Así que no es de extrañar que, en este contexto, en el otro gran gigante comunista, China, se produjeran levantamientos revolucionarios. Los acontecimientos que vamos a describir hoy, se desarrollaron durante la primavera de 1989, en la plaza de Tiananmen, en Pekín, la plaza más grande del mundo, situada enfrente de la Ciudad Prohibida y cuyo nombre significa «puerta de la paz celestial». Mucha paz no hubo en los hechos que contamos hoy.

Las causas de la protesta se deben buscar en varias razones. Aquel proceso liberador en lo económico promovido por Deng Xiaoping, creó algunos desequilibrios en sus comienzos, provocando una fuerte inflación del 1988 . Esta subida de precios y la muerte de Hu Yaobang, líder reformista, símbolo de la apertura democrática, que había sido purgado dos años antes, fueron las causas inmediatas que desencadenaron el movimiento estudiantil, pero no fueron las únicas, entre otras muy importantes razones, se situaba la protesta por la corrupción del régimen, muy especialmente por el nepotismo que lastraba el futuro de los jóvenes.

El 18 de abril de 1989, miles de estudiantes, vestidos de luto, atravesaron al Plaza de Tiananmen en recuerdo de Hu y solicitando un gobierno democrático. Se calcula que se manifestaron casi un millón de personas. Se asentaron en la plaza y a ellos se fueron uniendo poco a poco otros ciudadanos. Esta revolución pacífica, un poco romántica y un tanto naif en sus formas, donde los manifestantes levantaron una escultura a la diosa de la libertad, supuso la mayor revuelta contra el sistema comunista chino que se haya dado nunca.

El 13 de mayo, al menos 100 estudiantes de los congregados en la Plaza comenzaron una huelga de hambre. El número aumentó a varios miles en los días siguientes.

El 19 de mayo, se calcula que estaban reunidas en la plaza más de un millón de personas y a ellas se dirigió el secretario general del Partido Comunista de China, Zhao Ziyang, pidiendo el fin de las manifestaciones. Ese mismo día, el primer ministro Li Peng impone la ley marcial. El 1 de junio, se prohíbe a los periodistas de todo el mundo informar en vivo desde la plaza, hacer fotografías o grabar videos.

La plaza se convirtió en un hervidero de gente pacífica y divertida que se reclama libertad. Especial importancia tuvo el concierto del cantante Hou Dejian, en apoyo de los manifestantes. En vista de que los manifestantes perduraban en la plaza de Tiananmen y que el movimiento se extendía por otros lugares de China, el régimen envió al ejército chino a desalojar la plaza; era el 4 de junio de 1989. La imagen más impactante y que mejor se recuerda es la de una hilera de tanques que se encaminaban al lugar y que se vieron frenados en su avance por un muchacho que se colocó delante de ellos. Nada frenó al ejercito chino. Su orden era disparar contra los manifestantes y así lo hicieron.

Nadie sabe el número de muertos, pero se calcula que hubo más de 10.000 muertos y miles de personas fueron enviados a los campos de concentración.

El gobierno chino impuso el silencio, de manera que la población china actual desconoce el hecho. En las zonas rurales no tiene ni rumores de aquellos acontecimientos, y sólo los privilegiados que han estudiado fuera de China pueden saber lo que ocurrió. De hecho, es en las zonas semilibres, como Hong Kong, donde se recuerda este acontecimiento. Allí se formó una vigilia conmemorativa a los 10 años de los hechos y una gran manifestación a los 20 años del suceso. 30 años más tarde sólo los noticieros internacionales recordaban los sucesos. En China siguen sin hablar de aquellos hechos. Salvo por los que los sufrieron, por ejemplo, el periodista Yu Dongyue que cumplió 17 años de pena, fue liberado en febrero de 2006. En 2015, EE.UU aún solicitaba la liberación de los que todavía cumplían «sentencias relacionadas con Tiananmen». El 2016, China debía liberar al último preso de estos acontecimientos. No hay datos que confirmen o desmientan si tal liberación se ha producido.

Aquel romanticismo de la juventud por la revolución ha desparecido. Las reformas económicas permiten a los habitantes de china vivir mucho mejor que hace 30 años y saben que seguirán mejorando sus condiciones económicas; en materia policía se han hecho más prácticos y no sueñan con revoluciones.