Dicen los que entienden de esto que los matrimonios provocados por el interés son los que más duran, si dura el interés. Este podría ser el resumen de la incorporación del Reino Unido de Gran Bretaña a la Unión Europea (UE) y de su salida: se acabó el interés, se rompió la unión.
Si el Imperio Británico fue un compendio de dominios, colonias mercantiles, protectorados, mandatos y sólo 4 colonias de asentamiento, es decir, todo un conglomerado comercial, su ingreso en la UE tuvo la misma visión mercantilista.
Se suele señalar a Churchill como uno de los ideólogos de la unión de los países europeos, y así fue. Pero si analizamos atentamente los postulados de estadista británico veremos que su idea de unidad europea se fundamentaba en la unidad de los otros, sin ellos.
“Winston Churchill, en un celebrado discurso en la Universidad de Zúrich, el 19 de septiembre de 1946, proponía, para resolver el problema de la atormentada Historia del continente europeo, la creación de unos Estados Unidos de Europa. Sin embargo —en su visión— el Reino Unido no debería participar en este proceso, sino que debería apoyarlo desde fuera, al igual que deberían hacerlo también los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. En su visión, este proceso de integración política debería ser liderado por Francia y Alemania, países que precisamente habían estado en el origen de las grandes confrontaciones que habían ensangrentado Europa en los últimos cien años”. [1]
Así decía Churchill: “[…] debemos recrear la familia europea en una estructura regional denominada, puede ser, los Estados Unidos de Europa […] En esta tarea urgente, Francia y Alemania deben tomar juntas la dirección. Gran Bretaña, la Commonwealth británica, la ponderosa América —y, yo creo, la Rusia Soviética […]— deben ser los amigos y los promotores de la nueva Europa y deben defender su derecho a vivir”. [2]
Quizá fue el Presidente francés Charles De Gaulle, el que mejor comprendió la posición británica y, por ello, fue el que más se opuso al ingreso británico en las comunidades.
En algo tenía razón Churchill, la Unión Europea nació con el anhelo de acabar con los frecuentes conflictos entre vecinos que habían culminado en la II Guerra Mundial (en adelante, IIGM). El 23 de julio de 1952, se funda en París la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) es el primer paso para una unión económica y política. Sus seis países fundadores fueron: Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países bajos. En 1957, se firma el Tratado de Roma, por el que se constituyen la Comunidad Económica Europea o Mercado Común (CEE). Completaba el tridente institucional originario la Comunidad Europea de la Energía Atómica. Por el tratado de Bruselas firmado el 8 de abril de 1965, se fusionan los Ejecutivos de las tres instituciones, se crea de este modo, una sola Comisión europea y un solo Consejo para las tres comunidades. El tratado de fusión, o tratado de Bruselas, está considerado como el principio de la actual Unión Europea. Entró en vigor el 1 de julio de 1967.
Cabe recordar dos entradas de este blog sobre la creación de una conciencia europea.
https://algodehistoria.home.blog/2019/09/13/creacion-de-una-conciencia-europea-1/
https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/
El Reino Unido no tuvo interés alguno en entrar en ninguno de los tratados fundacionales. Para ellos el ideal seguía siendo el espléndido aislamiento de siempre.
Ese ideal de unión política y económica sufrió una alteración en su orden siendo la unión económica el primer paso a dar para lograr, con el tiempo y de manera paulatina, la integración política. Ese cambio en el orden de integración permitió que algunos países reticentes decidieran ingresar en la Unión. No es casualidad que la primera ampliación se diera en 1972 cuando el estancamiento económico se dejaba sentir.
El Reino Unido, junto con Dinamarca e Irlanda, ingresó en las CEE el 1 de enero de 1973. El Tratado de Adhesión se había firmado en Bruselas un año antes, el 22 de enero de 1972. De aquel acuerdo participaba también Noruega, pero el gobierno noruego decidió someter el acuerdo a referéndum y, el 25 de septiembre de 1972, los ciudadanos noruegos lo rechazaron.
En el caso británico el proceso se había iniciado en 1961, cuando el Primer Ministro conservador Harold Macmillan presentó la primera solicitud de adhesión a las Comunidades europeas.
Era la primera vez que Bran Bretaña se acercaba a la Unión. Había sido invitada a participar en los procesos institucionales previos, pero nunca aceptó, incluso cuando Francia envió un ultimátum en 1951 antes de la creación de la CECA, reusó entrar. Al contrario, lo que promovió fue una asociación económica alternativa a la CEE, la EFTA (-Acuerdo Europeo de Libre Comercio- creado el 4 de enero de 1960 por Austria, Dinamarca, Reino Unido, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza. Actualmente sigue existiendo y sus miembros son Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza).
Sin embargo, las condiciones económicas cambiaron, la nacionalización del Canal de Suez y la consiguiente retirada del Reino Unido de la zona, supuso la pérdida de su condición de potencia dominante que, si bien ya se había escenificado en los tratados de paz de la IIGM, ahora se hacía patente a ojos vista de todos, mucho más cuando sus antiguas colonias comenzaron a independizarse. A esa situación se unió el hecho de que la economía de los países de la CEE crecía mientras en la EFTA se estancaba. A Gran Bretaña le hacía falta un mercado donde colocar sus productos, el de la CEE abarcaba 300 millones de personas, el de la EFTA a 90. Sin imperio, sin el dominio de los mares, sin un mercado amplio, la situación económica británica era delicada, requería un revulsivo, y fue a buscarlo a la CEE.
Ya hemos señalado que quien mejor conocía las aspiraciones británicas era De Gaulle y el presidente francés vetó el ingreso inglés. De Gaulle afirmó que la entrada de Gran Bretaña cambiaría por completo las reglas establecidas en las Comunidades: “Eso sería entonces otro mercado común del que deberíamos considerar su construcción. Pero […] no se parecería en nada al que han construido los seis. Por otra parte, esta Comunidad, aumentando de esta manera, vería como se le plantearían todos los problemas de las relaciones económicas con todo tipo de otros Estados y principalmente con los Estados Unidos. […] por ello, en definitiva, parecería una Comunidad Atlántica colosal bajo la dependencia y dirección americana, que habría de absorber pronto a la Comunidad de Europa. […] pero eso no es en absoluto lo que ha querido hacer y que ha hecho Francia, que es una construcción propiamente europea”. [3]. Detrás de estas palabras está el deseo francés de resucitar su antiguo poder en el mundo como gran potencia. Si aquello hubiera sido una ópera, hubiéramos estado ante una guerra de divas.
Tras las elecciones británicas de 1966, los laboristas, que llevaban en su programa el ingreso en la CEE, vuelven a reactivar la solicitud (mayo de 1967). De nuevo Francia veta a los británicos y eso a pesar de que, en esta ocasión, los ingleses se habían mostrado partidarios de colaborar en la integración europea, al menos así lo pregonaban.
La situación se desbloqueó con la llegada Georges Pompidou a la presidencia de la República francesa, el 15 de junio de 1969, y el nombramiento como Primer Ministro del Reino Unido del conservador Edward Heath un año más tarde, el 19 de junio de 1970. El acuerdo definitivo no fue fácil, pero se logró en 1972. El Gobierno británico acogiéndose a un principio de soberanía parlamentaria y basado en el respaldo popular obtenido en las elecciones, no sometió el acuerdo a referéndum, se limitó debatirlo y aprobarlo en el Parlamento. El 31 de diciembre de 1972, el Reino Unido abandonó la EFTA y, el 1 de enero de 1973, ingresó en la CEE.
En palabras del Primer Ministro Edward Heath, aquel era un momento histórico en el que la Europa Occidental avanzaría en el camino de la unidad real con Gran Bretaña formando parte de ese camino hacia la unidad. Sin embargo, la esencia de los países, como de las personas, siempre sale a la luz y al poco tiempo volvió a surgir el problema británico que no era sólo de índole económica sino, esencialmente, de cesión de soberanía.
En las elecciones de 1974, los laboristas de la mano de Harold Wilson volvieron al gobierno, con la promesa electoral de renegociar las condiciones de ingreso en la CEE y someter el acuerdo a referéndum.
La renegociación dio lugar al establecimiento de un mecanismo corrector que devolviera a Gran Bretaña parte del dinero aportado al sostenimiento de la CEE. Se trataba del conocido “cheque británico”, el primero, porque Margaret Thatcher lograría el segundo en 1985. La queja nacía por las ayudas sobre la agricultura consideradas injustas por los ingleses al tener ellos una producción agrícola muy pequeña. Una segunda parte del acuerdo consistió en ampliar el plazo para la retirada de los productos frescos y otros alimentos de la Commonwealth como productos preferentes dentro de la Unión. A pesar de que otras medidas propuestas por los británicos no se debatieron, el gobierno laborista vendió el acuerdo como un gran éxito del Reino Unido. En ese ambiente se celebró el referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña el 5 de junio de 1975. El sí triunfó por un 67,2% frente al 32,8% del no.
Aquí no terminaron los problemas, más bien acababan de empezar. Como siempre, la verdadera naturaleza británica fundamentada en su orgullo nacional no podía sobrevivir fácilmente en un proceso de integración. Ingresaron porque tenían un problema económico, nada más. Los 45 años de permanencia en la Unión los pasó Gran Bretaña luchando por no perder su identidad nacional y ni un ápice de su condición de Estado soberano.
El Segundo gran conflicto surgió con la crisis financiera de 1984. Para solventar los problemas económicos se llegó a un acuerdo en junio de 1984 en el Consejo Europeo de Fontainebleau y con él, el acuerdo sobre el segundo “cheque británico”, el de Margaret Thatcher, más una reforma del sistema de recursos propios de las Comunidades adicionado en mayo de 1985. Esta vez la compensación provenía de la contribución del Reino Unido mediante el IVA al presupuesto anual de las comunidades.
Más concesiones a los británicos se dieron en 1992 con el principio de subsidiariedad para que el Reino Unido aceptase firmar el Tratado de Maastricht. El significado de aquel principio, en palabras de Primer Ministro, John Major, ante la Cámara de los Lores consistía en “un instrumento para limitar la intervención de la UE en asuntos nacionales y mantener bajo control la futura transferencia de competencias a la UE”. A partir de este momento, el Reino Unido se mantuvo al margen de los progresos más relevantes del proceso europeo de integración, utilizando el mecanismo llamado “opting-out”. Este sistema tenía la doble peculiaridad de que permitía a los británicos, también a otros países, mantenerse al margen de la integración acordada en cada momento y, en cambio, asumir parte de un acuerdo, si tal sección le interesaba. Esto provocó que el proceso de integración siempre llevara a los británicos como lastre.
El “opt-out” se utilizó por el Gobierno de John Major para oponerse al capítulo social del tratado de Maastricht; lo que luego fue enmendado y firmado por Tony Blair al acogerse al Tratado de Ámsterdam. También usaron el mecanismo para no unirse a la Unión Económica y Monetaria (UEM) y la moneda única. Si bien el Reino Unido no participó de las instituciones y las decisiones en esta materia, sí tenía derecho a recibir ayuda financiera de la UE en caso de caer en dificultades graves en su balanza de pagos que pudieran comprometer el funcionamiento del mercado interior o la realización de la política comercial común. El Banco de Inglaterra sí estaba obligado a contribuir al mantenimiento del Sistema Europeo de Bancos Centrales, en los mismos términos que todos los Estados miembros de la UE.
Se produjo también la aplicación del mecanismo “opt-out” para el acuerdo de Schengen y su acervo jurídico. Sin embargo, el Reino Unido sí aceptó incluirse en algunos aspectos relativos a la cooperación policial y judicial en materia criminal, en la lucha contra las drogas y en el Schengen Information System. La cooperación en justicia y asuntos de interior, es decir, la cooperación policial y judicial en materia civil y penal, fue introducida por el Tratado de Maastricht. Se buscaba garantizar la libre circulación de personas, pero adoptando medidas comunes para el control de las fronteras exteriores, el asilo, la inmigración y la lucha contra la delincuencia, que se institucionalizaron definitivamente en el Tratado de Lisboa con el derecho a veto de Gran Bretaña. Sin embargo, como ocurrió en el caso del acuerdo de Schengen, el Reino Unido decidiría en cualquier momento participar en la adopción de decisiones sobre cualquier aspecto de estas materias y, por consiguiente, considerarse vinculado por las mismas; algo que, en realidad, ocurrió en 67 ocasiones en el período 2011- 2014. No fue el último veto. Un nuevo “opt-out” se aplicó a la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. En este caso Gran Bretaña estuvo acompañada en el veto por Polonia. Ambos querían que las disposiciones de la Carta sólo les fueran aplicables si esos derechos y principios se contenían en su legislación interna.
Además de en los señalados, el Reino Unido se mantuvo al margen de otros acuerdos substantivos referidos al gobierno de la Unión. Quizá el caso más relevante fue la decisión de no entrar en el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria (TECG), de 2012. Nacido de la iniciativa de Alemania y Francia para mejorar el funcionamiento de los Tratados de la Unión en esta materia. Fue precisamente la oposición del Primer Ministro británico David Cameron (y también la del Presidente checo Václav Klaus) lo que forzó, primero, al cambio de planes y, segundo, a limitar el objetivo de la reforma. Los acuerdos alcanzados crearon una estructura institucional de gobierno de la UE referida a la Eurozona paralela a la ordinaria. Con ello, las decisiones se adoptan en el Consejo Europeo o en el Consejo, incrementando así, de un lado, el llamado déficit democrático europeo y, de otro, aumentaron el malestar británico, que siempre se quejó de estas prácticas, no sin cierta razón.
En resumen, el Reino Unido durante su estancia en la UE se benefició de las ventajas económicas que se derivaban de su pertenencia al mercado interior y, desde luego, de su posición en el seno de las instituciones de gobierno de la UE (excepto las de la eurozona), al mismo tiempo que mantuvo a salvo los aspectos clave de su soberanía en el terreno monetario y financiero, y en el control de sus fronteras; además, claro es, de recibir una importante compensación en su contribución a los presupuestos de la UE a través del denominado “cheque británico”.
Su pertenencia al mercado interior, sin embargo, le obligaba a aceptar y respetar las cuatro libertades básicas: libre circulación de personas, mercancías, servicios y capitales, con lo que nunca estuvo a gusto. A ello se unen las tradicionales razones psicológicas, de su aislamiento tradicional y, sobre todo, la crisis económica que desde 2008 se instaló en Europa, con el añadido de un problema migratorio, esencialmente, la masiva inmigración desde los países del Este de Europa. Estos inconvenientes fueron caldo de cultivo suficiente para el renacimiento de nacionalismos populistas y eurófobos en el seno de la Gran Bretaña que empujaron a un atolondrado Cameron a convocar dos referéndums, uno en Escocia, que le salió bien gracias a la labor del líder laborista y otro para salir de la UE.
La visión de Cameron se expresó claramente en un discurso en la sede de Bloomberg[4]: “Tenemos el carácter de una nación insular, independiente, franca y apasionada en defensa de nuestra soberanía. No podemos cambiar esta sensibilidad británica de la misma manera que tampoco podemos drenar el Canal de la Mancha. Y debido a esta sensibilidad, venimos a la Unión Europea con un ánimo más práctico que emocional. Para nosotros, la Unión Europea es un medio para alcanzar un fin; la prosperidad, la estabilidad, asegurar la libertad y la democracia dentro de Europa y más allá de sus fronteras no un fin en sí mismo”. Es decir, como siempre en la mentalidad británica, la UE era exclusivamente un mercado.
El 23 de junio de 2016, los ciudadanos del Reino Unido deciden en referéndum salir de la Unión Europea. La votación tiene lugar a pesar de las intensas negociaciones entre la Unión y Gran Bretaña en la búsqueda de un régimen que reforzaría el estatuto especial del Reino Unido en la UE. Cameron había aceptado aquel acuerdo- una decisión a la que se dio carácter vinculante por ambas partes-, sin embargo, la derrota en un referéndum donde defendió el sí a la permanencia con muy poca convicción, al igual que los laboristas, basándose sólo en aspectos económicos y nunca apelando al sentimiento y esencia nacional británica, dieron al traste con el acuerdo. Realmente todos los partidos estaban divididos ante la permanencia o la retirada. Algo semejante ocurría en los Medios, la prensa seria defendía la permanencia, pero los diarios sensacionalistas eran partidarios de la salida, mientras la BBC daba una de cal y otra de arena.
El resultado fue muy ajustado (51,9% a favor de la salida) siendo preeminentes en esta mayoría las zonas más tradicionales, rurales y menos pujantes y con la población de más edad. Aunque el referéndum no tenía carácter jurídicamente vinculante, el Gobierno británico decidió que lo tuviera y se cumplió su designio.
La dureza de las negociaciones de salida amparadas en la invocación británica del artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, duraron más de cuatro años con estancamientos, problemas con la frontera con Irlanda, tres ampliaciones de plazo etc., que son un problema conocido por todos, juzgado y expuesto ampliamente por la prensa y los Medios. Su acto final se representó con la firma del Acuerdo de Retirada que entró en vigor en el momento en que el Reino Unido salió de la UE, el 31 de enero de 2020 a medianoche, hora central europea. El Reino Unido dejó así, tras 45 años, de ser Estado miembro de la UE, adquiriendo la consideración de tercer país.
Cómo sea la evolución a partir de ahora de la EU y del Reino Unido, ya se verá. Es evidente que el Reino Unido era un obstáculo para la integración y es obvio que el Brexit (palabra nacida de la unión de Britain- Gran Bretaña- y exit –salida-) creará algunos problemas a los británicos, como los de abastecimiento que vemos estos días; es evidente que el acuerdo crea problemas de tensión económica entre la UE y los británicos, de los que seguimos siendo testigos, sin embargo, como vaticinaba De Gaulle, ya se han acomodado a sus tradicionales alianzas con USA y sus ex colonias, encontrando así un amplio mercado a su comercio.
BIBLIOGRAFÍA
BAR CENDÓN, Antonio. “EL REINO UNIDO Y LA UNIÓN EUROPEA: INICIO Y FIN DE UNA RELACIÓN ATORMENTADA”. Universidad de Valencia. 2017.
MANGAS MARTÍN, Araceli. “La retirada del reino Unido de la Unión Europea. Foro nueva época. 2017.
https://www.gov.uk/government/speeches/eu-speech-at-bloomberg
Diversos artículos periodísticos.
[1] EL REINO UNIDO Y LA UNIÓN EUROPEA: INICIO Y FIN DE UNA RELACIÓN ATORMENTADA
ANTONIO BAR CENDÓN. Universidad de Valencia
[2] Op.Cit.
[3] General De Gaulle en rueda de prensa, el 14 de enero de 1963.
[4] https://www.gov.uk/government/speeches/eu-speech-at-bloomberg