EL INCIDENTE DE LAS CAROLINAS

Hoy vamos a centrarnos en un incidente diplomático en la España de la Restauración que fue la manifestación previa del desastre del 98. Gracias a la inteligencia política de Cánovas se resolvió de manera pacífica. Hablamos del incidente con Alemania por el dominio de las islas Carolinas.

Nos debemos situar en 1885 cuando la Alemania de Bismark empezaba a despuntar en el orden mundial, aunque la posición del Canciller era moderar su presencia exterior pensando primero en construir el país internamente. Poco tiempo después, se enfrentaba al Kaiser Guillermo II, que buscaba la expansión internacional. Esta discrepancia a la postre costó el puesto al Canciller de hierro. Pero en 1885, Bismarck estaba en el zenit de su poder; en aquel año se produciría la Conferencia de Berlín sobre el reparto de África, circunstancia que también entró en el juego de nuestros problemas. La Conferencia de Berlín supuso la legitimación internacional del imperialismo. Para ello se estableció una premisa: la soberanía sobre un territorio se aceptaba con la ocupación y control militar o administrativo del mismo. No se daba validez a las razones históricas. Aunque la Conferencia se refirió al reparto de África, las potencias del momento pretendieron extenderlos a otras zonas del orbe.

No olvidemos que estamos en el Siglo XIX en aquellos años las potencias mundiales eran Gran Bretaña y Francia (aunque en aquel momento un tanto disminuida por su derrota en 1870) y la muy floreciente Alemania del II Imperio. España, por el contrario, era una potencia menor, debilitada por su propia historia, especialmente por los dos monarcas precedentes, Fernando VII e Isabel II, y por los desbarajustes de la 1ª república; con unos dirigentes que no fueron capaces de encontrar una fórmula de enderezar los problemas del fin de un imperio que aún tenía una importante presencia territorial en el mundo.

Pero si Cánovas no logró esto, menos aún Sagasta (la alternativa de gobierno) cuya política exterior estaba fundamentada en la improvisación más que en un posición pensada y bien trabada.

En 1885, Cánovas del Castillo presidía por cuarta vez el Gobierno durante la Restauración, se vio sorprendido por un problema internacional que suscitó el gobierno alemán. No era esperable aquel incidente por cuanto el mundo se gobernaba por el reparto tácito acordado entre Gran Bretaña y Alemania de que la segunda dominara el territorio continental europeo y la primera dominara los mares y el comercio internacional con su potente armada. Cánovas sabía perfectamente que España no estaba en condiciones de jugar a gran potencia, ni tenía recursos ni fuerzas para ello. Se conformaba con defender la soberanía española en aquellos territorios que le pertenecían desde hacía siglos, procurando no perder lo que tenía, que bastante era. Cánovas era un político realista, práctico y cabal. Desde luego, nada dado a la fantochería ni a lo que hoy llamaríamos populismo, por lo que muchas veces sus mesurados comportamientos no fueron bien comprendidos. En ocasiones, lo que él planteaba tras profundas meditaciones se lo desbarataban otros con posiciones improvisadas o propias de un patrioterismo poco adecuado. En este extremismo no sólo estaban algunos de sus rivales políticos, también la prensa y el pueblo al que se exacerbaba en sus pasiones en vez de explicar la inteligencia de los actos. Quizá, en no tener un carácter didáctico, erró Cánovas.

En una Europa en expansión, Cánovas consideraba que sólo dos posturas eran las correctas, una, la neutralidad ante las potencias rivales entre sí y, otra, un recogimiento hacia la política interna, dedicándose a la tarea de reconstrucción nacional en torno a la nueva figura real, Alfonso XII, y no mezclándose con las potencias exteriores; sin que eso significara abandono de la política exterior, pues bien supo utilizar la diplomacia cuando fue preciso.

La falta de madurez de la opinión pública se manifestó durante la crisis de las Carolinas y a punto estuvo de dar al traste con la negociación.

El 6 de agosto de 1885, el embajador alemán en España, el Conde de Solms, anunciaba que, ante la falta de un dueño cierto, Alemania tomaría posesión del archipiélago compuesto de las islas Carolinas y Palaos.  El sólo hecho de comunicarlo a España demuestra la mala fe alemana. Si España no fuera su dueño, ¡para qué notificárnoslo! Este anuncio verbal se confirmó por nota diplomática el día 11: «salvo los derechos bien fundados de tercero, que el Gobierno Imperial, como ya lo ha verificado en todas las adquisiciones análogas de territorios sin dueño, examinará y respetará».

No era la primera vez que Alemania había puesto en duda la soberanía española sobre las islas. Lo hizo en 1875 con apoyo británico al considerar que el Cónsul español en Hong-Kong no era autoridad suficiente para considerar las Islas Carolinas bajo su control. Esta reivindicación se solapó con la realizada por los ingleses sobre la isla Joló. En ambos casos, el origen del conflicto se debió a la pretensión de las autoridades españolas de regular el comercio en la zona. La situación se saldó con la suscripción del gobierno español de la Nota Diplomática de 15 de abril de 1876 y el Protocolo de 11 de mayo de 1877, en virtud de los cuales reconocía el derecho de británicos y alemanes de comerciar libremente en Joló y Borneo, así como, a que los súbditos de ambas naciones tuvieran plantaciones en esas islas.

España consideraba a todos estos territorios como una vieja e indisputada posesión que procedía de los tiempos de Felipe II y que suponía la prolongación de la soberanía que tenía sobre las Filipinas. A los archipiélagos había mandado misioneros y algún destacamento militar, aunque no tuviera puestos permanentes. De hecho, las razones geográficas e históricas que avalaban a España eran conocidas por todos. Los problemas se suscitaban por las peleas entre comerciantes de diversas nacionalidades que intentaban mercadear en las islas. En una de esas disputas, en 1884, entre irlandeses, ingleses y norteamericanos, estos últimos acudieron al Gobernador General de Filipinas para que pusiera orden, en nombre del Rey de España. Es decir, reconociendo la soberanía española sobre los archipiélagos.

El Gobernador General dispuso una expedición exploratoria y envió un barco, el Velasco, hasta que Madrid tomara una decisión.

El capitán del Velasco logró en poco tiempo pacificar la zona entre comerciantes y reyezuelos nativos y asegurar el respeto de todos al Rey de España como cabeza del Estado Soberano de las islas.

El 3 de marzo de 1885, se dicta la Orden española que mandaba establecer un gobierno regular político – militar en las Carolinas y Palaos. Se encomendaba a un gobernador militar establecer una guarnición con una compañía de infantería, personal sanitario y misioneros. Para dar cumplimiento a esta orden, salió de Manila una nueva expedición con material de construcción, ganado y semillas en agosto de 1885. Como se ve por las fechas, la notificación alemana a Madrid coincidía con el inicio de la expedición española.

Cánovas envía a Francisco Merry y Colom, Conde de Benomar a negociar con los alemanes, al tiempo que España buscaba también si no el apoyo británico, al menos su neutralidad. El Conde de Benomar estaba convencido de la posibilidad de encontrar una salida diplomática al conflicto, pero temía que las manifestaciones y algaradas callejeras despertadas en España contra Alemania y azuzadas desde la prensa, con un patrioterismo poco coherente con las opciones reales de España de defenderse en una guerra, enturbiaran tanto la situación que hicieran imposible un arreglo amistoso.

Algunos compatriotas ofrecieron sus apoyos económicos para construir barcos de guerra para luchar contra los alemanes. Pues consideraban que la guerra era inevitable, tanto más cuanto algunos periódicos clamaban por dar un ultimátum a Alemania. Y así, en Sevilla, un grupo de industriales, propuso construir un crucero que llevara por nombre Andalucía; en Valencia la Sociedad “lo Rat Penat” pone fondos para otro barco de nombre Valencia, en Valladolid el Centro Mercantil e Industrial sufragaría un barco de nombre Castilla, en Santander quieren dar salida a un torpedero que proponen llamar El Montañés. Podríamos seguir así con toda España. En vez de aunar esfuerzos, cada uno, con la mejor voluntad, sin duda, tira para su lado. No hemos cambiado tanto, desgraciadamente.

El Gobierno de Cánovas proponía a los alemanes un acuerdo semejante al de Joló (libertad de comercio, establecimiento de haciendas) más una estación naval y un depósito de carbón en alguna de aquellas islas.

Alemania no cedió y siguió considerando las islas Carolinas y Palaos como res nullius.

El Conde de Benomar, viendo la situación, intentó, el 27 de agosto, adelantar un memorándum para establecer un procedimiento y calendario en la negociación. Se reducía a tres puntos: 1. El embajador de España comunicaría en nota oficial las ofertas señaladas de libre comercio y estación naval, a cambio Alemania desistiría de solicitar el protectorado de las islas Carolinas y Palaos. 2. Alemania aceptaría la proposición española. 3. Posteriormente se negociarían lo detalles del acuerdo. El embajador Hatzfeld visitó con urgencia Varzin, donde se hallaba Bismarck. El canciller, conocedor de las manifestaciones en España, de las posiciones de la prensa, de la tendencia del partido de la oposición y del posicionamiento de los periódicos ingleses, franceses y belgas, no quiso dar marcha atrás, que no pareciera que se rendía y por tanto se reafirmó en su idea de protectorado en las Carolinas que había sido puesta de manifiesto en la Conferencia de Berlín. Además, señalaba Bismarck, España ni ante lo manifestado en la Conferencia de Berlín ni en el incidente con el embajador de Hong-Kong ni en ningún otro momento había expresado su autoridad sobre las islas. Si bien, en su respuesta, el alemán redactó una línea que abría las puertas a la esperanza: Alemania aceptaba analizar las pretensiones españolas y hacerlas objeto de negociaciones amistosas y, llegado el caso, estaba dispuesto a someterse al arbitraje de una potencia amiga de las dos naciones litigantes, pues, continuaba Bismarck, la situación de las islas no debía ser ocasión para empeorar las relaciones de dos potencias tradicionalmente amigas.

Mientas esto se producía, la expedición de Manila llegó a las Carolinas y construyó la base española que contaría con un Caparán General para las islas. Eso culminó el 24 de agosto y, el 25, fondeó en sus costas un cañonero alemán. El capitán del barco alemán, puso pie a tierra y colocó la bandera alemana e instó a los barcos españoles llegados desde Manila a que abandonasen la isla. Menos mal que la inteligencia de las autoridades locales españolas logró una respuesta mesurada a la espera de ver el resultado de las negociaciones de ambos gobiernos.

En septiembre, España presentó un memorándum sobre sus legítimas pretensiones, con datos históricos y documentos que avalaban su posición, siguiendo así lo demandado por Bismarck a finales de agosto.

Se basó en su presencia en Filipinas, sucesivas navegaciones efectuadas durante los siglos XVI y XVII (Álvaro de Saavedra, Ruy López de Villalobos, López de Legazpi, Fernández Quirós, durante el siglo XVI, y Francisco de Lezcano, en 1686).

Además, se presentaron los acuerdos pactados con Portugal en el Tratado de Zaragoza en 1529; en el tratado de Límites (Madrid 1750) y en el tratado de San Ildefonso de octubre de 1777, en virtud de los cuales las Carolinas y las Palaos quedaban bajo poder español.

Además, España replicaba a Alemania que cuando señaló la falta de soberanía sobre aquellas islas en la conferencia de Berlín afirmó que Alemania no quería colonias y que sólo deseaba comerciar, reconociendo en aquel momento que la apertura de aquellas islas al comercio correspondía a España por ser la potencia soberana. Asimismo, afirmaba nuestro país que la falta de una presencia estable no era síntoma de falta de soberanía pues siempre había misioneros españoles ejerciendo la evangelización en nombre de España y la cristiandad. Por otro lado, multitud de libros de geografía habían inscrito como españolas aquellas islas. Negaba Madrid que pudiera hacerse extensible el Acta General de la Conferencia de Berlín, que había tratado del reparto de África, a nuevas adquisiciones fuera de aquel continente.

El 21 de septiembre, Bismarck renovó la propuesta de arbitraje y sugirió que lo ejerciera su Santidad el Papa León XIII. La propuesta fue aceptada por España.

El 22 de octubre de 1885, se fecha el laudo pontificio. El papa reconoce los valores históricos de España; el beneficio que reportó a aquellos nativos como ninguna otra nación lo había hecho; entiende que la posición alemana responde al criterio de que la soberanía nace de la ocupación efectiva y ésta nunca se había producido por parte de España, sin embargo, el Santo Padre no acepta esta posición alemana y reconoce la soberanía española, como lo demuestran otros tantos tratados internacionales anteriores y el propio acuerdo de Joló. Con todo, acepta la posibilidad de que las islas se abran al comercio internacional y que Alemania tenga una base naval y una carbonería; así como que, los súbditos alemanes puedan tener haciendas y cultivar las mismas.

El Papa sabía del éxito del laudo pues satisfacía a ambas partes en sus pretensiones y era la forma de acogerse a lo propuesto por España en su idea de acuerdo previo. El laudo tuvo el respaldo de la firma en el Protocolo de Roma el 17 de diciembre de 1885.

Cuando se firmó el Protocolo ya no vivía Alfonso XII, ni Cánovas estaba en el Gobierno. Sagasta firmó el acuerdo a pesar de que en los momentos de mayor tensión era partidario de la guerra.

Bismarck había querido el arbitraje papal pues le interesaba más un acercamiento al Vaticano que las islas Carolinas.

El tercero en discordia, que resultó beneficiado de aquel acuerdo, fue Inglaterra; por el protocolo de Madrid de 1886 lograba lo mismo que Alemania en las Carolinas y Palaos, aunque sin estación naval ni carbonera.

La alegría española duró poco. La posterior guerra hispano-estadounidense por Cuba culminó con el tratado de París de 10 de diciembre de 1989 que además de la pérdida de Cuba, supuso la entrega de Filipinas a los norteamericanos por 20 millones de dólares, más Guam y Puerto Rico. Aquella guerra puso de manifiesto que los archipiélagos del Pacífico se volvían indefendibles para España. España perdió dos escuadras enteras en la batalla de Cavite en 1898. Esto llevó al Gobierno de Silvela, refrendado por la regente Mª Cristina, en 1899, a vender las Carolinas y las Marianas (incluyendo Palos y excluyendo Guam- que, como hemos señalado, ya era norteamericana) a Alemania. El precio fue de 25 millones de pesetas.

Sin embargo, Alemania apenas pudo establecer sus codiciadas bases navales, pues Japón ocuparía las islas en 1914, que, posteriormente, fueron conquistadas por las tropas americanas en la II Guerra Mundial. Posiblemente el traspaso de los archipiélagos del Pacífico evitó la entrada de España en las dos guerras mundiales del siglo XX. Quizá, de haber retenido aquellos dominios codiciados por británicos, alemanes, japoneses y americanos, las consecuencias políticas hubieran resultado trágicas para un país malherido en su orgullo patrio tras casi cuatro siglos de hegemonía mundial.

BIBLIOGRAFIA

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. 1981.

JOVER, ZAMORA, José María. “Características de la política exterior de España en el siglo XIX”. Marcial Pons. 1962

AGUADO BLEYE, Pedro. “Historia de España” Espasa Calpe. 1956.

La División Azul

Dentro del estudio de la II Guerra Mundial, muy poco se ha escrito sobre la División Azul. Lo que contrasta con los miles de líneas redactadas sobre las brigadas internacionales, por señalar un ejemplo con el que tiene muchas similitudes.

Si de las brigadas internacionales se ha escrito muchísimo (aquí tuvimos una entrada al respecto https://algodehistoria.home.blog/2020/12/10/la-brigadas-internacionales-mito-o-verdad/ ), casi siempre hagiografías sobre el valor de sus miembros, algunas bastante exageradas, otras más ponderadas; sobre la División Azul hasta hace relativamente pocos años se había escrito poco. Cuando si de valor hablamos, no fue menor el de los divisionistas y si nos referimos a su eficacia en el combate nos sorprende un dato, según Castells, habrían muerto 10.000 brigadistas, frente a 5.000 divisionarios, proporción increíble, y sorprendente por cuanto la permanencia de los divisionarios en el frente parece haber sido más constante que la de los brigadistas, y el frente ruso, desde luego, mucho más duro.

Sobre la División Azul todo el mundo cree saber y, sin embargo, lo que algunos saben procede de la propaganda de ambos bandos. En los últimos años han aparecido algunos libros interesantes que nombraremos aquí y que permiten una visión más objetiva de aquellos soldados. Recomendamos, con toda modestia, que los lean los que supuestamente les rinden homenaje y, después, los comentaristas contrarios a esos homenajes.

Empecemos por el principio, el contexto en el que se produce su formación.

Con la Guerra Civil recién terminada, el 1 de abril de 1939, tras la victoria Nacional, los alemanes empiezan a presionar a Franco para que se implique en la II Guerra Mundial (en adelante IIGM). No lo hace sólo con España; Italia, que ya le era favorable, entra en guerra al lado de los alemanes el 10 de junio de 1940, aún no se había firmado el pacto tripartito que formaría el eje, pero faltaban pocos meses para ello- 27 de septiembre de 1940-. Ante las presiones, España intenta evadir su presencia en la II GM con una maniobra que podíamos llamar de distracción, pasó de país neutral a país no beligerante el 12 de junio de 1940. No conformes con esto, se produce la reunión de Franco con Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Es conocido que Hitler acabó harto de Franco, al que no sacó nada. Ni una base en Gibraltar ni en Canarias como quería el alemán.

 El 22 de junio de 1941, como ya vimos en la entrada sobre el pacto Ribbentrop- Molotov ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/ ) se inicia la operación Barbarroja, por la cual el ejército alemán invade Rusia.

De cara a esa invasión, los alemanes crearon tres cuerpos de ejercito: norte, centro y sur, compuestos por alemanes y por nacionales de países favorables a Alemania o bien por aquellos recién invadidos. Serrano Suñer convence a Franco de mandar un ejército de voluntarios que formara parte del cuerpo sur del ejercito hitleriano, pero el gallego pone la condición de que quedara claro que luchaban contra el comunismo, no contra ningún país. Pretendía con ello salvaguardar la no beligerancia española y saldar la deuda con Hitler por la ayuda prestada durante la Guerra Civil. El consejo de ministros de 26 de junio de 1940, aprueba mandar una división (unos 14.000 soldados) al frente, y así se lo hacen saber al embajador alemán en España. Su estancia en el frente se extiende hasta que Franco da la orden de repatriación 12 de octubre de 1943. En esos años y con los relevos sucesivos lucharon en el bando alemán contra el comunismo 50.000 voluntarios de los cuales 5.000 perdieron la vida.

Aquella división se denominaría en España » división española de voluntarios”; los alemanes la denominaban «250 división de infantería de Wehrmacht». Fue José Luis Arrese (falangista y uno de los grandes teóricos del franquismo en sus primeros tiempos) el que la bautizó como «División Azul», según señala José Luis Rodríguez Jiménez.

Los voluntarios salieron sobre todo de las filas del maltrecho ejército vencedor y de la Falange. En este punto encontramos cierta controversia en la historiografía.  Algunos autores indican que junto con los voluntarios se marcharon republicanos reclutados a la fuerza. Los cuales, a su vez, tenían intención de pasarse al bando soviético en cuanto llegaran a Rusia. Carlos Caballero Jurado, uno de los mejores estudiosos de la División Azul, sostiene que esta presunción es absurda: «Esta afirmación desafía el sentido común. Es bochornoso que se siga planteando. La División Azul no hubiera sido una fuerza combatiente si reclutas a comunistas para llevártelos a Rusia a luchar contra otros comunistas«. En su libro sobre la División Azul, en diversas conferencias y entrevistas sostiene que esta teoría de traslados forzosos “la pusieron en marcha los ingleses y su propaganda, la BBC. Cuando acaba la guerra, Samuel Hoare, el embajador británico en España, publica un libro donde asegura que todas las afirmaciones de que los divisionarios eran carcelarios eran falsas«. La tergiversación británica, también la ha puesto de manifiesto Xavier Moreno Juliá en su libro sobre la División Azul.

También desmiente que muchos de los integrantes de la División Azul se marchasen a la URSS porque la hambruna que padecía España era insostenible: «Estamos hablando del frente del Este, donde hacía un frío enorme y se morían de frío de manera tan numerosa, que causaba escándalo. El cuartel más horroroso de España era mejor que cualquier trinchera en Rusia«.

Los soldados de infantería españoles salieron de España hacia Alemania en tren, bajo las órdenes del General Muñoz Grandes. Aunque en Alemania se separaron por un lado la infantería, por otro la aviación y un tercer grupo formado por un número poco significativo de marinos españoles integrados en las tripulaciones de los U-Boot de la marina alemana.

Sobre el motivo que los llevó a alistarse, Caballero Jurado señala su ferviente anticomunismo. Que se exacerbó tras el mitin de Serrano Suñer en Madrid y su ¡Rusia es culpable! Culpable de la Guerra Civil española, culpable de la persecución a los católicos durante la II República y la Guerra.

Evidentemente, nadie puede negar que compartieron trincheras con los nazis, pero no es menos cierto que “en una guerra como la IIGM se libran muchos conflictos simultáneamente«, afirma Carlos Caballero Jurado. «En las filas del Eje, Finlandia no combatía por lo mismo que Alemania. Los divisionarios van a Rusia por un motivo muy concreto, que es su anticomunismo. Claro que lucharon en un bando en el que se cometieron crímenes espantosos ¿Pero eso les hace responsables?  A cada uno hay que analizarlo en función a sus objetivos«. Y añade Caballero: «No lucharon por Hitler, porque también lo podían haber hecho en la campaña de Francia, en Polonia, en África o en los Balcanes. Solo se ofrecen voluntarios contra Stalin«. No obstante, unos mil españoles quedaron encuadrados en unidades clandestinas del ejército nazi tras la retirada de la División Azul. Algunos de ellos, en torno a dos centenares, sí resistieron por convicciones ideológicas, el resto, por circunstancias bélicas, según Caballero Jurado.

Los españoles se distinguieron por su valentía en la guerra y fueron condecorados muchos de ellos por los alemanes, sin embargo, también tuvieron encontronazos con las fuerzas hitlerianas por un motivo esencialmente: por confraternizar y ayudar a la población rusa lo que incluía a los judíos.

Hay reportajes del momento, en el que se aprecia como los españoles ayudaban a limpiar las iglesias que los rusos estalinistas habían convertido en establos y las devolvías, con alegría de la población, al culto. Sólo esa lucha contra el comunismo y en favor de la fe mancillada en España fue el motivo de aquella empresa. Una “cruzada contra el comunismo”.

De aquella presencia española caben destacar algunos actos de la aviación, de la infantería y la situación de aquellos que fueron hechos prisioneros.

España contaba con importantes figuras de la aviación que demostraron su destreza durante la Guerra Civil en ambos bandos.

Algunos de aquellos combatientes del bando nacional fueron a luchar contra los rusos bajo la bandera del ejercito hitleriano. “Así nacieron las Escuadrillas Azules: un total de cinco grupos que combatieron, de forma escalonada, desde junio de 1941 hasta marzo de 1944 en el frente del Este junto a la Luftwaffe. Lo que se suele obviar es que el contingente reclutado no contó solo con pilotos, sino también con personal de tierra como conductores de vehículos, mecánicos o armeros. Todos ellos, necesarios para que los aparatos pudiesen operar en condiciones óptimas en una Rusia en la que el frío extremo era lo habitual.

El signo de distinción de las Escuadrillas fue lo ideologizados que estaban sus miembros. El Ejército del Aire había estado muy politizado ya antes de la Guerra Civil. Los comunistas tuvieron gran importancia en él. Cuando terminó la contienda, en el Bando Nacional fueron los falangistas los que ocuparon la mayoría de los puestos. Ángel Salas creó todo el “establishment” de las Escuadrillas Azules. Eligió personalmente a los voluntarios y uno de los requisitos principales era ser camisa azul y, a ser posible, camisa vieja”, explica el historiador José Antonio Alcaide[1]

La 1ª Escuadrilla Azul, al mando del mito español de la Aviación Nacional Ángel Salas Larrazábal, llegó al frente del Este en junio de 1941. Fueron asignados a acabar con objetivos terrestres y, en principio, en situación poco destacada, lo que podría determinar que no fueran muy importantes en la lucha. Sin embargo, lograron objetivos importantes y alguno de los nuestros, el propio Salas y otros como Gonzalo Hevia Álvarez-Quiñones llegaron a ser condecorados por su valentía y acierto en el combate, siempre contra objetivos comunistas.

Pero, donde más se ha renombrado la presencia española fue en el avance terrestre en el frente del Este, en medio del frío, del hielo y del barro del deshielo.  Su valiente actuación ha sido puesta de manifiesto por Xavier Moreno. La División Azul constituía, por sus dimensiones, sólo una parte mínima de los ejércitos desplegados en el terrible frente ruso y, a pesar de ello, tuvo un comportamiento militar más que notable, brillante. En reconocimiento a su acción colectiva, su primer general, Muñoz Grandes, recibió la Cruz de Hierro con hojas de roble, condecoración que al parecer sólo fue concedida a otro general no alemán.

Tanto Hitler como Model consideraron a la DA una de las unidades mejores de la Wehrmacht, apreciación significativa no sólo por las pretensiones de superioridad de los «arios», sino porque los especialistas suelen considerar al ejército alemán de la II GM como uno de los mejores de la historia.

Evidentemente, los rusos no piensan igual y declararon a Muñoz Grandes, criminal de Guerra.

De entre las batallas en las que se batieron los españoles destaca la acontecida en la región de Krasny Bor (al sur de San Petersburgo) cuando el ejército soviético inició la Operación Estrella Polar; el avance masivo para romper el asedio al que la Wehrmacht sometía Leningrado. El 10 de febrero de 1943 se inicia el combate. Los rusos apoyados por unos ochenta tanques, unas 150 baterías y un número indeterminado de lanzadoras de proyectiles. Frente a ellos apenas había 5.900 españoles cuya misión era frenar a los carros de combate y evitar que atravesaran la línea que conducía hasta donde estaba el grueso del ejército alemán. Las tripulaciones de los blindados soviéticos se negaron a lanzarse contra las posiciones enemigas sin que la infantería avanzara delante de ellos, lo que permitió a los hispanos formar una línea defensiva que, cuando los rusos entendieron que era imposible de romper, se retiraron a lugar seguro. “En este contexto, los españoles fueron capaces de anular la ventaja que, para sus enemigos, suponían los tanques” a decir de Caballero.

Todos los españoles lucharon con bravura, pero entre ellos Xavier Moreno destaca dos figuras, la del Cabo Ponte que arriesgando su vida logró colocar varias granadas debajo de los carros soviéticos, y la del capitán Manuel Ruiz de Huidobro y Alzurena el cual animó a sus tropas a mantener las posiciones en momentos dificilísimos. Al grito de “¡Que somos españoles!, ¡Que esto no es nada!, ¡Que por aquí no pasan!”, logró una resistencia inenarrable hasta que cayó muerto por una bala enemiga. Sus tropas mantuvieron la disciplina y el aplomo con una resistencia heroica hasta agotar la munición.

Ambos recibieron la laureada de San Fernando a título póstumo.

No menos heroica fue la acción de rescate emprendida por los españoles en el lago Ilmen. Con los alemanes derrotados y el único apoyo de un grupo reducido de letones, los esquiadores de la división azul, atravesaron el lago helado y resistieron ante unos rusos mucho mejor equipados. Apenas quedaron 12 españoles indemnes, los demás sufrieron amputaciones en extremidades o cayeron congelados. El día 25 de enero, la conversación mantenida por radio entre el general Muñoz Grandes y el capitán Ordás pone de manifiesto, nuevamente, la dureza de la batalla:

General: Dime, ¿Cuántos valientes quedan?

Capitán: Señor quedamos 12 combatientes. ¡Viva España!” 

Los actos de valor no miran el color político de sus protagonistas ya sean los de los republicanos que se enfrentaron a los Panzaer de Rommer en el norte de áfrica combatiendo con los aliados, o los aquí presentados.

Después de aquellas épicas acciones  españolas,  los rusos capturaron a una buena parte de los voluntarios españoles que defendían aquellos lugares y los deportaron a sus campos de concentración. Los miembros de la División Azul vivieron una auténtica pesadilla a cargo de sus captores. Trabajos forzados, hambre, frío… Así, hasta que fueron repatriados tras la muerte de Iósif Stalin.

Xavier Moreno Juliá afirma que el paso de los miembros de esta unidad por los campos de concentración soviéticos puede dividirse en tres etapas. La primera, llamada “los años del hambre”, abarca desde 1941 a 1945 y se corresponde con la más dura. En esta fase, la falta de comida y las enfermedades fueron la tónica habitual. En la segunda (1946-1948) las cosas mejoraron, quizá por las negociaciones entre ambos gobiernos para favorecer la liberación de los presos. La última, aquella que se desarrolló entre 1949 y 1956, fue conocida como “los años de resistencia” antes del regreso a la patria.

Gustavo Morales, coautor de “División Azul: las fotografías de la Historia” junto a Luis Eugenio Togores, señala que, en aquellos campos, especialmente en los de Kazajistán también convivieron los divisionarios con algunos ex republicanos que habían ido a luchar en las filas rusas y que, en vez de ser aceptados, acabaron encerrados con sus mujeres e hijos, muertos de hambre. Tal era la situación que muchos divisionarios renunciaron a sus míseras comidas para dárselas a aquellos niños españoles maltratados por los rusos. También recíprocamente los republicanos ampararon humanitariamente a los divisionistas. En ambos bandos hubo excepciones a esta actuación, sin embargo, por lo general, la nacionalidad supero a la ideología.

Muerto Stalin, los divisionistas vuelven a España; el dos de abril de 1954 desembarcaron en Barcelona. El Gobierno de Franco, ya vuelto hacia los aliados, prefirió olvidarse de ellos.

Había terminado un cautiverio de doce años, a treinta bajo cero en invierno, con una comida escasa y un trabajo en régimen de esclavitud y bajo la brutalidad de los guardianes de los campos de concentración comunistas, como señala Morales. Volvían a casa bajo la indiferencia del Gobierno y, en algunos casos, con la incomprensión de los suyos.

Bibliografía:

Rodríguez Jiménez, José Luis. “Ni División Azul, ni División española de voluntarios: el personal forzado en el cuerpo expedicionario enviado por Franco a la URSS”. Nº 31 Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea. (2009).

Caballero Jurado, Carlos. “La División Azul: Historia completa de los voluntarios españoles de Hitler. De 1941 a la actualidad” (Historia del siglo XX). La esfera de los libros. 2019.

Moreno Juliá, Xavier.  “La División Azul. Sangre española en Rusia, 1941-1945.” Ed. Crítica, 2004.

Gustavo Morales y Luis Eugenio Togores. “División Azul: las fotografías de la Historia”. Ed La esfera de los libros. 2008.

https://www.abc.es/historia/abci-division-azul-unidad-voluntarios-franco-mando-guerra-mundial-para-combatir-comunismo-201811041414_video.html

https://www.rtve.es/alacarta/videos/archivo-historico/division-azul-espanola/2917954/

[1] José Antonio Alcaide.” Alas de España, Escuadrillas expedicionarias españolas en Rusia”. Ed. La espada y la Pluma. 2008.  y entrevista al autor en la revista “Tiempos modernos”

LA EXPULSIÓN DE LOS JUDIOS DE ESPAÑA EN 1492

La expulsión de los judíos de España tras el decreto de 31 de marzo de 1492 firmado en Granada por los Reyes Católicos no fue una excepción en Europa.

Realmente cabe explicar el antijudaísmo que se vivió en Europa en la Edad Media como un fenómeno complejo que arranca de una época muy anterior a los acontecimientos sociales del siglo XV, justificándose como una demanda de conversión de los judíos, es decir, como un fenómeno religioso que se fue complicando con el tiempo y al que se unen factores económicos, sociales y hasta xenófobos. Se trata de un fenómeno europeo, continental, no se puede entender como un ejemplo francés, español o alemán.

Sus primeras manifestaciones se descubren en la segunda mitad del S XII en el momento en el que se estaban constituyendo y ordenando las comunidades judías en occidente. Puede presentarse como antecedente el sanguinario suceso ocurrido en 1096, cuando los caballeros cruzados, poseídos de gran exaltación religiosa asaltaron las juderías de Renania. Se decía que iban a rescatar con la sangre de los judíos el sepulcro de Jesús ya que no podían mirar con pasividad a los que fueron sus verdugos.

De esa visión se deriva el hecho de que los judíos fueran mirados con recelo, como una especie de casta pecadora, cuyo contacto mismo contaminaba. Era una especie de concepto de impureza irreversible que se dejaba notar en leyes de convivencia en todo el continente.

El primer país en expulsar a los judíos fue Inglaterra y su acción constituye un modelo para lo que vendría después en todas partes. La impopularidad de los judíos llevó a tres grandes revueltas contra ellos: Norwich en 1144; Gloucester en 1168 y St. Edmonsbury en 1181. Cuando Ricardo I partió para las cruzadas los impuestos se multiplicaron y los ingleses arreciaron contra los judíos. A éstos, en las Islas, no se les trató de convencer para que se convirtieran, simplemente eran unos buenos financieros, normalmente acaudalados, y se les trató de exprimir a impuestos. Cuando ya no fue posible sacarles rendimiento, Eduardo I decidió su expulsión, primero en Gascuña (1289) y luego en Inglaterra (1290). Los judíos de la Corte de los Plantagenet tuvieron que emigrar.

Tras la acción inglesa vinieron los franceses. Felipe IV los expulsó en 1306 en condiciones más duras que las inglesas y muchísimo más injustas que en España en 1492. En Alemania e Italia no se produjo un decreto de expulsión simplemente por carecer de suficiente poder el Emperador del Sacro Imperio, pero la violencia se desató en el siglo XV contribuyendo a la expulsión de los judíos de Austria y del Ducado de Parma.

La pervivencia de las comunidades judías era un problema en una Europa que estaba formando sus primeros Estados-Nación e imponían la unidad religiosa como forma de crear unidad entorno a esas sociedades políticas nacientes.

En el siglo XIII España era la excepción, un oasis de paz para los judíos. Protegidos por diversas leyes, su situación distaba de ser perfecta,  pero era en los reinos peninsulares junto con Provenza en los únicos lugares en los que los judíos podían vivir en plenitud la fe judía, sus enseñanzas y su pensamiento.

En España, la idea de Sefarad como un Estado independiente o un Estado dentro del Estado, no existe, nada puede asemejarse a la situación musulmana. Muchos de los judíos llevaban en la península ibérica desde hacía siglos, otros habían recalado en España tras las expulsiones europeas, vinieron pacíficamente, no con una idea de invasión; otros se encontraban en las taifas musulmanas.

Con el avance de la Reconquista la población judía de los territorios árabes se va incorporando a los distintos reinos, al principio como cautivos de guerra, para pasar posteriormente, al ser una población muy útil, a depender directamente de la protección real, al servicio del rey, como miembros propios de la Cámara y del Tesoro. Es decir, en España, gracias a los reyes, los judíos tuvieron una vida mejor que en el resto de Europa. Si alguien les atacaba, ataca una propiedad real, lo que conllevaba penas enormes. Esta utilidad les depara un ascenso social, además de servir de puente entre las poblaciones cristinas y musulmanas.

Las Aljamas judías se construyen como lugar de vida de los judíos en España. No se integraron en la sociedad hispana por rechazo mutuo. Ni la sociedad cristiana dominante los aceptaba como miembros de la sociedad al mismo nivel que los cristianos ni los judíos querían vivir en una sociedad que no tuviera sus mismas costumbres. Pero no son repelidos, la incompatibilidad teológica se amortigua y se suaviza por los intereses reales que les dan, como dijimos, un privilegio de inmunidad. Tanto era así que, si fallaba el apoyo real, la población judía quedaba desprotegida a expensas de una parte de la población cristiana , a veces apoyada por algún clérigo exaltado, que los atacaba. Así, amparados, se distribuyen entre los distintos reinos, cada uno con sus leyes y sin formar, insistimos, un Estado propio porque Sefarad al contrario que Al-Andalus es un concepto o idea mítica, no contiene una concepción política. Precisamente, los judíos españoles se consideraban Sefarad, ( de ahí el nombre sefardita) herederos de Judá ( según la única mención bíblica al nombre que aparece en el libro de Abdías, venidos a la península ibérica antes de nacimiento de cristo y, por tanto, carentes de responsabilidad en su muerte.  Pero esa carencia de estado o pretensiones de tenerlo y el respaldo real no dejaba de crear algunos problemas legales. Así los judíos eran súbditos directos del rey, pero al no ser cristianos no se les podía aplicar la ley del Papa, lo que en aquellos tiempos significaba que una parte del derecho penal no les era de aplicación. Tan sólo cuando tenían un conflicto con los cristianos los judíos perdían sus privilegios, quedando completamente desprotegidos. Esta situación obligaba a los judíos a estar cada vez más atrincherados, siendo la razón de su autonomía su prosperidad, pero también la causa de su aislamiento. Los judíos en España no se dedicaban sólo a temas financieros como vimos que ocurría en Inglaterra sino a diversas profesiones, médicos, matemáticos, traductores… y, por supuesto, recaudadores de impuestos. Existían en todas las capas sociales, más ricos y más pobres.

El proselitismo cristiano llevó a querer convertir a los judíos; y ciertas situaciones de violencia, llevaron a conseguir un buen número de conversiones al cristianismo.

Muchas de aquellas conversiones empezaron a producirse durante el reinado de Enrique II de Castilla, a mediados del siglo XIV, que es cuando se produjeron los primeros conflictos de gravedad. Especialmente significativos fueron los sucesos de 1391, año en el que se saqueó e incendió la aljama sevillana. Fue el primer caso, pero pronto la violencia se extendió a otras poblaciones. Los asaltos y el asesinato de judíos se dieron en otras juderías andaluzas, castellanas y aragonesas. Esta situación provocó un sentimiento de miedo en el grupo judío. Muchos de ellos optaron por la conversión al cristianismo.

La posición de los reinos hispanos trataba de reabsorber las Aljamas creando “nuevos cristianos”. Una vez convertidos los nuevos cristianos tendrían que ser incorporados al cuerpo social con toda normalidad, como unos súbditos más. Esta apostasía del judaísmo para abrazar el cristianismo generó tal número de problemas que a la larga fue la clave que marcaría el destino en España de los judíos.

Las conversiones generaron el problema de la sinceridad de las mismas; y, por tanto, la sospecha de los cristianos nuevos frente a los cristianos viejos que como título de orgullo tanto se blandía en España.

Se sospechaba de todo converso, considerando que su postura era cierta hacia el exterior, pero que en su intimidad seguía practicando el judaísmo ( marranos). Evidentemente, no todo el mundo sospechaba, algunos como San Vicente Ferrer logró importantes conversiones entre las capas populares del judaísmo, siendo el reino de Valencia uno de los que tenía una legislación más favorable y Navarra, por el contrario, el que menos favoreció a los judíos.

Parte de los problemas sociales que se generaron contra los judíos se debieron a la crisis económica que asoló la Península hacia el año 1380.  Los judíos, recordémoslo, eran los principales recaudadores de impuestos y esto incrementó la animadversión de una población arruinada. Murieron en los enfrentamientos del siglo XIV unos cuatro mil judíos. Un número mucho mayor que en el siglo siguiente.

Con el incremento de las conversiones las comunidades judías en el siglo XV perdieron parte de su esplendor.

Esto incrementó el problema de la división entre judíos públicos y judíos ocultos.

Esa acusación de judaizar en secreto lleva a un estallido de violencia en Toledo en 1449, que seguirá deteriorando la situación en la capital manchega y en otras ciudades. Se buscó como solución establecer estatutos de “limpieza de sangre” cuyo fin era lograr la unidad de los cristianos absorbiendo a los nuevos y sinceros cristianos. Así mismo, algunos obispos como el de Cuenca criticaba la actitud cizañadora de parte de la población en un intento, que no fue el único, de defender a los judíos. En ese ambiente de tensión la nobleza ideó un sistema de detección de los judíos ocultos, que se aplicaría a través de un tribunal eclesiástico. Así nace la Inquisición en 1478.

A inicios del reinado de los Reyes Católicos el número de conversos se había equiparado, prácticamente, con el número de judíos. En total eran aproximadamente 200.000 conversos y 200.000 judíos. Los judíos seguían copando profesiones liberales, estando mejor preparados que islámicos y cristianos en algunos puestos, lo que aumentaba las rencillas y rivalidades.

Según Domínguez Ortiz la expulsión de los judíos fue la creencia de que mientras hubiese sinagogas en España los conversos estarían tentados de judaizar de nuevo. Este historiador opina que los reyes no buscaban lucrarse con los bienes confiscados a los judíos, recompensa muy golosa, sino que procuraban que se convirtieran el mayor número posible de judíos. Nunca pusieron obstáculos para que se devolvieran sus bienes a los que regresaban posteriormente y se convertían al cristianismo.

El 31 de marzo de 1492, se dictó el decreto de expulsión de los judíos. Este decreto es conocido también con el nombre de Decreto de la Alhambra o Edicto de Granada, ya que los Reyes Católicos se encontraban allí desde la conquista de la ciudad a inicios del año 1492.

Este decreto, que fue redactado por el Inquisidor General, Torquemada,   concedía a los judíos un plazo de 4 meses para salir de los territorios de Castilla. De forma simultánea el rey Fernando de Aragón firmó un segundo decreto donde expulsaba a la población judía de la Corona de Aragón. Es decir, se expulsaba a los judíos de todos los territorios pertenecientes a la monarquía hispánica.

La actitud de los Reyes católicos fue ejemplar, pensaban que con el decreto de Expulsión acabarían con el judaísmo, pero creyeron que los judíos permanecerían en España convertidos. La idea de la expulsión, como dijimos, nace de la Inquisición, no de los Reyes. Los cuales, sin embargo, la aceptan por una multitud de causas, pero las principales fueron el miedo a un estallido social y a la idea de que una Nación debía constituirse como unidad en torno a una única fe.

Exactamente las mismas causas que en otros países europeos, sólo que siglos más tarde. Con otra diferencia importante, los Reyes Católicos dieron todo tipo de facilidades para que los conversos se quedaran en España. Es verdad que las cifras de expulsados parecen altas, pero no hay que olvidar que España fue el refugio de los judíos expulsados del resto del continente con anterioridad. Esas cifras de los expulsados varían. De los 200.000 judíos que vivían en España, se convirtieron unos 50.000. Hay quien dice que el resto se marchó. Otros historiadores consideran que las cifras fueron menos elevadas, dado que muchos, cuando se fueron y vieron las condiciones de miseria en las que les estaba obligado vivir fuera, volvieron a España y se convirtieron. Parece que las cifras más relistas hablan de que fueron expulsados entre 50.000 y 20.000 judíos.

Como señala Ángel Alcalá “La expulsión de los judíos no obedeció a parámetros renacentistas, sino medievales, orientados a la sumisión bajo el manto de la conversión, no a un deseo explícito de expulsión ni, mucho menos, de exterminación”.

Las consecuencias de la expulsión se perdió una buena parte de la población urbana cualificada. La economía se vio afectada ya que desapareció mano de obra artesana y de determinadas profesiones liberales que habían sido ocupadas tradicionalmente por los judíos. Con todo ,no se cayó en una depresión económica.

Historiográficamente, Claudio Sánchez Albornoz, o Domínguez Ortiz que han estudiado profundamente el tema de la expulsión de los judíos de España, desmienten muchas de las patrañas que sobre este hecho se han hecho a lo largo del tiempo, señalan las buenas condiciones que expusieron los Reyes católicos comparadas no sólo con los países que los expulsaron antes, sino con el vecino reino de Portugal que los echó después en condiciones de suma dureza

Hugh Thomas señala que había que ser muy fanático para no aceptar las condiciones ofrecidas por España. Quizá Thomas también exagere. Pero asimismo se posiciona en favor de España por el hecho de que la Expulsión de los judíos se convirtió y aún sirve para la causa a la leyenda negra. Ver en la expulsión una mezcla de odio e intolerancia es confundir las circunstancias y los hechos. Esta afirmación en favor de España y en favor también de la integración ejemplar que tuvieron los conversos que se quedaron aparece en las obras del historiador judío Cecil Roth.

Como señala Pedro Insua en su libro “1492. España frente a su laberinto”. En aquel año se unieron la expulsión de los musulmanes, el nacimiento de España como realidad política tras la toma de Granada y la Unión de los reinos en las figuras de los reyes católicos, la conquista de América y el inicio de un imperio, la expulsión de los judíos, que muchos estudian a través de la tergiversación de la Inquisición. Fue el año del inicio de una gran nación y la envidia de sus adversarios que frente a la hegemonía militar que impuso el Imperio español durante los siglos XVI y XVII en toda Europa, sólo pudieron oponer propaganda. Inglaterra, Holanda y Francia, se dedicaron con denuedo a escribir la Historia a su modo, y para eso valía todo, hasta tergiversar las condiciones de la expulsión de los judíos, cuando fueron mucho mejores que las sostenidas en sus propios países.

Bibliografía

DOMÍNGUEZ ORTIZ, “España. Tres milenios de Historia”. ED Espasa- Calpe. 2007

PEDRO DE INSUA. “1492. España ante sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018

LUIS SUAREZ. “ La expulsión de los judíos”. Fundación Mapfre.

Rampjaar (el año del desastre): 1672.

Hoy voy a hablar de un acontecimiento poco conocido, pero no por ello menos importante, se trata del fin del imperio holandés, del que los Países Bajos, nunca se recuperaron.

Lo que hoy son los Países Bajos, formaron parte de la corona española por la herencia borgoñona de Carlos I de España. Aquella zona nunca fue pacífica. Desde sus orígenes con los Vikingos a, posteriormente, bajo el poder del sacro imperio Romano, siempre habían sido provincias levantiscas contra el Imperio y al tiempo enfrentadas entre sí. Un auténtico avispero que logró algo de identidad común y relevancia económica durante el dominio borgoñón. Económicamente, su actividad se centró fundamentalmente en el comercio y por ello siempre tuvieron una buena flota y destacados medios de transporte. Ya en el siglo XV- a modo de ejemplo del floreciente poder comercial holandés- Ámsterdam se convirtió en el principal puerto comercial europeo para el grano procedente de la región báltica; esta posición comercial destacada era compartida en las provincias del sur por Amberes. Además, desde el siglo XI, los frisones desarrollaron un sistema de drenaje que hacía bajar el nivel del agua y dejaba la tierra apta para pasturas y otros cultivos agrícolas. En los siglos XII y XIII, esta técnica se aplicó para convertir en útil una vasta zona pantanosa de Holanda y Utrecht. Sus ingenieros se especializaron en obras hidráulicas para ganar poco a poco terreno al mar y unir las islas costeras mediante esclusas.

La primera vez y casi la última que todos los Países Bajos (que se conformaban aproximadamente por Holanda- actualmente Países Bajos-, y Flandes o Países Bajos Españoles, actualmente Bélgica y Luxemburgo) estuvieron unidos fue bajo el poder de los Habsburgo, con Carlos V y su hijo Felipe II. Ya estas provincias dieron que hacer a Carlos V- como vimos en las primeras entradas de este blog- el cual queriendo contentarles, cosa que no consiguió, en 1549, con la “Pragmática Sanción”, las dotó de una autonomía significativa. La situación en los Países Bajos se volvió más tensa con Felipe II por sus intentos de reforzar la persecución religiosa de los protestantes y sus esfuerzos por centralizar el gobierno, la justicia y los impuestos; las revueltas se sucedieron, sobre todo, en las provincias del norte, dando lugar, al luchar por su independencia de España, a la llamada Guerra de los Ochenta años (1568-1648). Las siete provincias rebeldes se unieron en la Unión de Utrecht en 1579 y formaron la república de los Siete Países Bajos Unidos o simplemente “Provincias unidas” (quizá la más importante de ellas fue Holanda de ahí que se conozca a esas provincias unidas por este nombre, en una especie de sinécdoque histórica). Se trataba de las provincias del norte, frente a las del sur (Flandes) que seguían en poder español. Fue Guillermo de Orange el que lideró a los holandeses frente a España.

En su organización interna, las provincias unidas era nominalmente una república, aunque realmente eran una monarquía. No es fácil de explicar. Cada ciudad y provincia tenían una amplia autonomía frente al resto de las siete provincias unidas. La soberanía residía en los Estados Provinciales y estos se unían en los Estados Generales. A la cabeza de cada provincia estaba un “Estatúder” puesto que siempre estaba ocupado por un descendiente de la casa de Orange que rendía obediencia al jefe de la casa de Orange, en aquel momento, Guillermo de Orange.

La mejor fórmula que encontraron los Orange para unir a sus provincias fue acudir a ese principio tan característico de todos los nacionalismos: encontrar un enemigo exterior común a todos ellos. Ese enemigo fue España y su imperio. No sólo aspiraban a independizarse de nuestro país, sino que querían tener un imperio propio, para lo cual, la existencia del imperio español tampoco les venía bien.  La mejor forma de combatir contra España, ya que no podían contra los Tercios, fue la creación de ese amargo sentimiento nacional que nace del uso sin escrúpulos de la propaganda contra el enemigo, siendo, por ello, los holandeses, uno de los grandes propagadores de la leyenda negra junto con ingleses y franceses, otros que también aspiraban al dominio de los mares y de América a costa de España.

Pero no sólo les unió la propaganda, sino que en el siglo XVII las Provincias Unidas se aliaron con Inglaterra y Francia para lograr su independencia. Lo que a la larga fue su perdición.

Durante la Guerra de los 80 años, las Provincias Unidas alcanzaron su periodo de mayor esplendor. En su pugna contra España desarrollaron una importante flota que emplearon en comerciar por todos los mares del mundo, descubriendo nuevas tierras y abriendo nuevas rutas comerciales. Fueron buenos ingenieros, pero, además, descubrieron antes que otros pueblos las ventajas de la propiedad privada, lo que espoleó sus deseos de sacar más productividad a sus tierras, a sus barcos y al trabajo en su conjunto. Los años triunfales de la historia de ese pequeño territorio van desde 1621- año en el que se fundó la Compañía de las Indias Occidentales, cuyos mayores beneficios provenían del comercio de esclavos (las Provincias Unidas hegemonizaron el comercio de esclavos en el Siglo XVII) y la piratería (sobre todo, asaltando barcos españoles)- hasta 1672. En esas décadas se extienden sus colonias por Asia (Célebes, Borneo, Malaca, Sumatra y Java, en Insulindia; Ceilán y Quilón, en la India), África (Ciudad del Cabo) y América (Curaçao y Guayana holandesa), aunque también sufren algunas derrotas, como las que les obligan a retirarse de Pernambuco (Brasil), la costa de Guinea o la desembocadura del río Hudson (Nueva Ámsterdam se convierte en Nueva York en 1664 y pasa a ser inglesa). De ellos, en 1700 quedaban los puestos comerciales de Curaçao, San Eustaquio (St. Eustatius) y San Martín (St. Maarten), las plantaciones en la Guayana holandesa y Elmina como puerto de esclavos. Aún tuvo un postrer momento de esplendor, encarnado en Guillermo de Orange III, proclamado Estatúder (jefe del poder ejecutivo y capitán general) de Holanda y Zelanda con ocasión del ataque de los franceses de 1672.

Con el esplendor económico vino el cultural, el clima de tolerancia- menos con los católicos- que se vivió en la época atrajo a grandes pensadores: Spinoza, Descartes o Locke se asentaron en Holanda. En Ámsterdam llegó a haber 250 impresores, siendo uno de los centros de publicación de libros, legales e ilegales, más importantes del Mundo. También adquirió importancia la publicación de prensa diaria. Esto unido al conocimiento de los mares facilitado por las imprentas que permitieron la aparición de atlas y libros geográficos. Las universidades holandesas destacaron por los estudios técnicos y también se construían aparatos de medida como microscopios, telescopios; todo relacionado con las ciencias que allí se enseñaban.

Al mismo tiempo, el enriquecimiento de la burguesía hizo prosperar a arquitectos y decoradores, así como pintores. Un rasgo distintivo de la época, comparada con la pintura europea precedente, fue la escasez de pintura religiosa y el predominio de retratos, bodegones y escenas costumbristas. Vermeer, Frans Hals o Rembrandt fueron algunos de los pintores del momento.

Pero aquel mismo enriquecimiento degeneró en una corrupción de la burguesía que pasó de la austeridad calvinista previa a la apetencia de lucro desaforado y la especulación… no sólo comercial o social, sino también política.

En 1648, con la Paz de Westfalia se produce la independencia de las Provincias Unidas de España. España mantuvo el control del sur de los Países Bajos. Pero en 1650, el hacedor de la independencia Guillermo Orange murió repentinamente; su hijo, el último estatúder y futuro rey de Inglaterra, Guillermo III, nació 8 días después, por tanto, dejó a la nación sin un sucesor. Desde el inicio de la organización política de las Provincias Unidas había existido tensión entre los miembros Orange y los regentes, clase dirigente inferior y compuesta por la burguesía. Ahora éstos toman el poder, siendo su cabeza visible, especie de Primer Ministro, Johan de Witt que dirige el país hasta 1672. Fue la primera era sin Estatúder o primera república holandesa de facto. El segundo periodo sin estatúder se da entre 1702 y 1748.

Aquella república esplendorosa en lo comercial había despertado las envidias de sus antiguos aliados: Francia e Inglaterra. Witt intentó una alianza con la Francia de Luis XIV para así enfrentarse con más fuerza a Inglaterra que quería limitar el comercio holandés. Pero aquella república se antojaba débil en lo político a los ojos de Luis XIV que ambicionaba quedarse con los países bajos españoles. Así, entre alianzas triangulares de los holandeses unas veces con Francia frente a Inglaterra y otras con Inglaterra frente a Francia a las que incluso se unió Suecia (Triple Alianza de 1668), se llegó al tratado de Dover de 1670, es decir, a la alianza anglo-francesa contra los holandeses. Esta alianza tenía acuerdos secretos que implicaban a Suecia, al Obispado de Müster y al elector de Colonia, lo que permitió a Francia sortear los Países Bajos españoles para atacar a Holanda desde Colonia por el obispado de Lieja y conseguir que Suecia invadiese zonas de Pomerania para bloquear mejor las posibles ayudas que pudieran obtener los holandeses.

Witt y Holanda tuvieron que hacer frente a cuatro guerras sucesivas, con el agravante de que los Estados Generales habían ejercido su esfuerzo principal en la marina, en la que se basa el comercio y la verdadera grandeza de la república, dando como resultado que, las Provincias Unidas habían conservado su superioridad marítima y habían perdido todo el espíritu militar. Así estaban las provincias unidas en 1672, el año del desastre (Rampjaar en neerlandés): de guerra en guerra, lo que complicaba su actividad comercial. Consiguientemente, la ruina se asentó en aquellas tierras antes prósperas, el desconcierto rodeaba a la población.  La población menguó por la disminución de la riqueza y los diques se deterioraron; había poco dinero para repararlos y las inundaciones devastaron el país. La Edad de Oro había terminado.

Witt, gran matemático, era un mal organizador militar. Después de haber tomado todas las precauciones para evitar la guerra, había querido formar un ejército considerable, adelantarse al enemigo en lugar de esperarlo, destruir sus almacenes en el Rin y colocaron guarniciones, con la esperanza de que estos lugares, la mayoría de las cuales habían soportado asedios muy largos, frenaran los primeros esfuerzos de Luis XIV por invadir Holanda, suspendieran su marcha y entorpecieran las acciones enemigas a fin de ganar tiempo para lograr el apoyo de otras potencias europeas. Curiosamente sus ayudas acabaron llegando de dos países nada amigos hasta entonces: España y el Sacro imperio y, en tercer lugar, de la los Orange, es decir, de la monarquía.

En su desastre, la defensa terrestre holandesa era un coladero, no habían preparado municiones suficientes, la pólvora no llegó a la mitad del país. Cuando Guillermo de Orange, recientemente nombrado capitán general de la República, se colocó detrás de las líneas del Yssel, por donde se suponía que Luis XIV intentaría entrar en Holanda, quiso llevar a cabo el sabio consejo de abandonar los lugares más débiles para concentrarse en aquellos que su posición y fuerza hacían más necesario mantener y más fácil de defender, pero De Witt se negó. El burgués quería defender todo el territorio pensando que eso retrasaría más tiempo el avance de Luis XIV.

La confusión aumentó cuando en cuatro días, del 3 al 7 de junio, los lugares de Orsoy, Rhynberg, Burick de la línea del río Wesel habían caído en manos francesas. Las rendiciones se producían por doquier. El culmen de las desgracias se produjo cuando Luis XIV cruzó el río Rin; lo que se consideraba un proceso complicado acabó resultando más fácil de lo previsto.  Al tiempo, los ingleses preparaban un desembarco marítimo por la costa. Los holandeses estaban a punto de sucumbir a manos de sus enemigos y de ser absorbidos por ingleses y franceses. Como señaló De witt, la República estaba perdida.

Dos hechos la salvaron en el último instante; por un lado, Orange logró retroceder con las tropas holandesas detrás de la “línea de agua”, es decir, de la inundación de las tierras por la apertura de las compuertas y, de otro, el auténtico héroe holandés del momento, el Almirante de Ruyter, logró hacer retrocede a los británicos con las victorias en las batallas navales de Schooneveld y Texel. Pero la República permanecía en situación peligrosa. De Witt, trató de salvar la situación por medio de negociaciones con los atacantes.

Mientras las conversaciones se producían, el odio popular había estallado en contra Johan de Witt y su hermano Cornelius. Primero malhirieron a Johan, luego detuvieron a Cornelius y cuando el primero se acercó a ver al segundo, los asesinaron. Sus cuerpos fueron linchados, salvajemente mutilados, su piel despellejada, sus vísceras comidas por los tolerantes holandeses. Se dice que esta maniobra fue un acto pagado por Guillermo de Orange. Sea como fuese Spinoza lo calificó como “el colmo de la barbarie”.

El linchamiento de los hermanos De Witt fue descrito en los primeros capítulos de “El tulipán Negro” de Alejandro Dumas. El libro de Dumas ayudó a que esta tragedia fuese conocida entre los lectores franceses y del mundo entero porque el oscurantismo holandés sobre esta materia fue enorme. Existe un cuadro atribuido a Jan de Baen y expuesto en el Rijksmuseum de Ámsterdam, que también expresa la crudeza de la tortura.

El Rampjaar fue un año de vergüenza nacional para los holandeses, que procuran no airearlo mucho, si bien está en el imaginario popular con un dicho en forma de acertijo: HET VOLK REDELOOS, REGERING RADELOOS IN HET LAND REDDELOOS. Traducido: “La fórmula para el desastre: un pueblo irracional, un gobierno desesperado y un país más allá del rescate”.

Aquel enfrentamiento con Inglaterra y Francia terminó con Guillermo de Orange en el poder y con la estabilización de la posición holandesa gracias a la ayuda del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Leopoldo I; Brandeburgo-Prusia y de España; esto se formalizó en el Tratado de La Haya de agosto de 1673 al que Dinamarca se unió en enero de 1674. La paz definitiva de la tercera guerra Anglo-holandesa se firmó por Tratado de Westminster (19 de febrero de 1674).

Pero, aunque la pesadilla acabó, Holanda nunca volvió a ser la misma ni volvió a la prosperidad alcanzada en la edad de oro. Visto el resultado, casi, casi podrían haber dicho que contra España vivían mejor.

LA RECONSTRUCCIÓN DE EUROPA: EL PLAN MARSHALL

El final de la Segunda Guerra Mundial vino acompañado de una serie de conferencias de paz. Ya en ellas se fraguaba la división europea que determinó la guerra fría.

En las conclusiones de la conferencia de Yalta (febrero de 1945) de decía textualmente:

“Todos los pueblos de Europa tienen el derecho a elegir la forma de gobierno bajo la cual van a vivir mediante elecciones libres e instituciones democráticas”.

A aquella conferencia, Roosvelt y Churchill llegan como vencedores y artífices de la rendición alemana. Esto trastocaba los planes expansionistas de los soviéticos, que no habían olvidado los principios de la Revolución de Octubre y querían extender el comunismo y su órbita de poder por toda Europa.  Era evidente que Stalin no iba a olvidar sus pretensiones. Cuenta la leyenda que le comentó a su ministro de exteriores, el ya famoso en este blog, Molotov: “No importa, lo haremos de otra manera”.

Aquella manera fue la manipulación de todas las elecciones en los países que cayeron en su lado del reparto, de modo que los gobiernos comunistas triunfantes impusieron la dictadura comunista en ellos sin más miramientos.

Existe un principio, conocido en el ámbito de las relaciones internacionales, que afirma que los países, incluso pasando el tiempo, guardan ciertas formas de actuar o ciertos intereses que se repiten. En el caso de Rusia, porque esto es algo que precede a los soviéticos, ha existido una tendencia constante a buscar salidas a aguas cálidas. El mediterráneo y los mares del sur de Europa han sido su obsesión, de ahí vino la guerra de Crimea en 1854 y en 2014 y de ahí, también, que siempre quisiera poner bajo su órbita Grecia y Turquía.

El 12 de abril de 1945, fallece Roosevelt y su vicepresidente, Harry Truman, asume la presidencia de USA y con ella la guerra contra Japón, la decisión de lanzar las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y gestionar el futuro de Europa y podríamos decir, del mundo, en la postguerra a través de las Naciones Unidas o por intervención más directa.

Truman vio como al poco tiempo de implantarse la división de Europa Stalin se hacía presente en forma de dictadura comunista en los países de su órbita y amenazaba con invadir Grecia. El presidente norteamericano tuvo claro que se necesitaba reconstruir Europa y fomentar las democracias liberales como forma de lograr que esas naciones apoyaran a los EE. UU frente a la Unión Soviética o todo el esfuerzo realizado para alcanzar la victoria en la Guerra sería en vano.

Hace pocas fechas analizamos 12 discursos trascendentales para la era contemporánea ( https://algodehistoria.home.blog/2021/01/08/12-discursos-trascendentes-para-la-historia-contemporanea/ ), no nombré entonces el de Truman ante el Congreso de los Estados Unidos el 12 de marzo de 1947, para logar fondos para Grecia y Turquía y para reconstruir Europa, porque quería traerlo hoy a colación. Fue sin duda un discurso excepcionalmente importante en el que se expresó lo que se ha denominado la doctrina Truman, fundamentada en no dejar caer a ningún gobierno más amenazado por el socialismo.

Aquella doctrina determinó el inicio de la guerra fría de manera más o menos oficial, pues realmente la guerra la había comenzado Stalin con su asalto a las elecciones convocadas en los países del éste. Así dice Truman:

” Recientemente, los ciudadanos de varios países han visto cómo se les imponían regímenes totalitarios contra su voluntad. El Gobierno de Estados Unidos ha expresado protestas contra la coacción y la intimidación, algo que viola el acuerdo de Yalta, a la que ha sido sometida la población de Polonia, Rumania y Bulgaria. También debo manifestar que en varios otros países han ocurrido hechos similares.

En este momento de la historia mundial, casi todas las naciones deben escoger entre estilos de vida alternativos. Y muy a menudo esta elección no es libre. Una de estas formas de vida se basa en la voluntad de la mayoría, y se distingue por sus instituciones libres, su Gobierno representativo, la celebración de elecciones libres, la existencia de garantías de libertad individual, la libertad de expresión y religión y la ausencia de opresión política. El segundo estilo de vida se basa en la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza. Su poder reside en el terror y la opresión, en una prensa y unas radios controladas, en unas elecciones amañadas y en la supresión de las libertades individuales.

Creo que la política de Estados Unidos debe consistir en brindar ayuda a los pueblos libres que se están resistiendo a ser subyugados por minorías armadas o por presiones externas. Creo que debemos prestar auxilio a los pueblos libres para que puedan elegir su propio destino. Creo que nuestra ayuda debe ser básicamente económica, lo cual es esencial para mantener la estabilidad financiera y los procesos políticos.”

Tras aquel discurso logró la ayuda del Congreso de 400 millones de dólares y apoyo militar a Grecia y Turquía.

Como parte de esa estrategia, idea el Plan Marshall para apoyar la reconstrucción de los países de Europa occidental y evitar el avance soviético, para ello se dotaba a Europa, de una ayuda económica continental, no país a país, con la finalidad de poder ayudar a Alemania y acabar con las reticencias francesas por esa ayuda a los germanos. Se buscaba con ello evitar la insolvencia y que la pobreza hiciera caer a los países occidentales en la órbita rusa. Se idearon estructuras económicas de corte capitalista que beneficiara la formación de regímenes democráticos.

Se le ha dado el nombre de plan Marshall porque fue el secretario estadounidense, George Marshall, quien propuso el proyecto durante una conferencia dictada en el año 1947 en París.

Se aprobaron más de 12.000 millones de dólares cuyo reparto se basó en el número de habitantes y capacidad industrial de cada país. Por supuesto, también se tuvo en cuenta si el receptor había sido miembro de las fuerzas aliadas, neutral o del eje. En este sentido no se olvidaron de los países del Este a los que también se ofreció ayuda, si bien la URSS la rechazó pues temía que, si se aceptaba, la forma capitalista de la economía americana diera lugar a regímenes políticos alejados del comunismo y, por ende, de la influencia soviética. 

En un inicio, esta ayuda consistió en el envío de alimentos, combustible y maquinaria, y más tarde en inversiones en industria y préstamos a bajo interés. Evidentemente, estos productos sólo los podían adquirir en USA, no por imposición americana, simplemente era la única economía productiva en aquellos momentos, con lo que los americanos veían retornar lo prestado a sus arcas, al tiempo que mejoraba la economía de aquellos países, los cuales en el futuro les seguirían comprando, ya con sus propios fondos.

El país más beneficiado fue el Reino Unido, que percibió el 26% del total. Francia, un 18%. La Alemania Occidental, un 11%. Como consecuencia de ello, Gran Bretaña pagó las deudas que había contraído a corto plazo. Francia dedicó los fondos recibidos a la adquisición de equipos industriales con los que superar su atraso tecnológico. Para Alemania esta ayuda no fue decisiva. Su situación de destrozo era enorme y aquellos 1.400 millones de dólares no permitían remontar la situación, aunque contribuyeran a ello. El milagro alemán se debió a Konrad Adenauer y a un economista de tendencia liberal, Ludwig Erhard, que implantaron las siguientes reformas: a) una nueva moneda en tan solo 48 horas: el marco alemán; b) Canceló el control de precios que había implantado Hitler para comprar material bélico a bajo coste. Los artículos de consumo reflejaron su valor real y se acabó el racionamiento; c) una remodelación fiscal que unificó el impuesto sobre la renta empresarial y minimizó el de los contribuyentes particulares.  Aquello supuso un gran sacrificio para los alemanes, pero dio sus frutos. El milagro alemán permitió que los más importantes países europeos caminaran al unísono y que en poco más de cuatro años la reconstrucción europea fuera un hecho.

Además, dado que la ayuda era continental, se impuso la idea de que, para gestionarla, los países tuvieran que realizar tareas e instituciones de cooperación. Así se funda la OECE (Organización Europea de Cooperación Económica). Comenzaba así el proceso de integración económica del Viejo Continente. Nacían también a movimientos europeístas como vimos en ocasiones anteriores, especialmente en la entrada sobre el contubernio de Múnich. Precisamente, aunque España no se benefició del plan Marshall, lo que fue retratado con maravillosa ironía y crítica nacional por Berlanga en “Bienvenido Mister Marshall”, si acabó entrando en la órbita occidental.   Los intereses geoestratégicos de la Guerra Fría terminaron por imponerse y Estados Unidos pactó con España la tripleta de acuerdos conocidos como de cooperación y amistad, en cuyos artículos se incluían la instalación de diversas bases militares en la península, lo que completaba la presencia militar americana en Europa iniciada en la postguerra con la creación de la OTAN en 1949, y que dotó a España de una asistencia económica de 800 millones, de los cuales 500 eran donativos. Fue una cifra menor que las ayudas dadas por el Plan Marshall, sin embargo, su efecto resultó determinante para el desarrollismo de los 60.

Aquel Plan dio el premio nobel de la Paz a Marshall, el secretario de Estado americano. La reacción soviética no se hizo esperar y de ella nació el COMECON.

Desde entonces, hasta ahora, la colaboración europea ha sido un hecho. Aquella fue la primera de las ayudas económicas, no ha sido la última. Si bien, no es de extrañar, viendo los esfuerzos que hicieron los europeos de entonces para salir de aquella crisis que exijan sacrificios y seriedad a la hora de aportar fondos para la ayuda entre naciones continentales.

CUANDO LOS INGLESES QUEMARON LA CASA BLANCA Y EL CAPITOLIO.

Si preguntamos por la calle a los transeúntes que señalen los acontecimientos más destacados de 1812, muchos acertarán a recordar que España aún estaba enfrascada en la Guerra de la Independencia; alguno podrá fechar en tal año la batalla de Arapiles o la reunión de las Cortes liberales en Cádiz para la promulgación de la Constitución de 1812. Asimismo, recordaran 1812 como el año en el que Napoleón con la Grande Armée enfiló el camino de Moscú para invadir Rusia. Es posible que alguno de ellos sepa calibrar la actuación portuguesa, la posición alemana o la defensa británica contra Napoleón, pero es muy probable que muy pocos sepan resaltar cuál era la situación de los distintos imperios al otro lado del Atlántico y como las guerras napoleónicas afectaron a los mismos; en el caso que nos ocupa, al Imperio Británico en América.

En 1812, Estados Unidos llevaba casi cuatro décadas de independencia, pero su vida no había sido muy pacífica, ni internamente, pues su idea expansionista los había llevado a tener problemas con los indios, ni hacia el exterior, con las colonias británicas al norte (Canadá) y, sobre todo, con la metrópoli (Gran Bretaña). Los ingleses no habían asimilado muy bien eso de que sus antiguas colonias hubieran alcanzado la independencia, a lo que se unía en aquel momento que el comercio de los EE. UU con Francia no era del agrado inglés pues favorecía a Napoleón. A raíz de las guerras napoleónicas, la Marina Real Británica (Royal Navy) había empezado a bloquear las rutas comercial marítimas de los países aliados de Francia, de la propia Francia y de los países neutrales. USA se encontraba entre estos últimos. Además, los ingleses no contentos con apresar los barcos, obligaban a los tripulantes norteamericanos a enrolarse en la flota del Reino Unido sometiéndolos así al mando británico.

Esta situación enervó a los sectores más radicales del partido Demócrata- Republicano en el Congreso que aspiraban a “dar una lección” a los ingleses. Ese sector de congresistas era conocido como los “Halcones de la Guerra”. Por el contrario, el otro partido nacional, el partido federalista, se oponía a enfrentarse contra su antigua metrópoli y, consiguientemente, favorecer a los franceses. El presidente Madison no era un halcón, sin embargo, vio en la declaración de guerra la opción de alcanzar popularidad para su reelección. En la votación en el congreso, el 18 de junio de 1812, las cifras de apoyos a la guerra estuvieron tan divididas que la declaración de Guerra se aprobó por un pequeño margen de diferencia a favor.  Se inicia así la guerra anglo-norteamericana de 1812.

En la Región de Nueva Inglaterra[1], feudo de los federalistas, las banderas ondearon a media asta cuando la guerra fue declarada. Región eminentemente comercial, temía a la guerra más que al bloqueo.

Algo de razón tenían los federalistas pues los Estados Unidos no estaban preparados para un conflicto contra Gran Bretaña. Su ejército regular no estaba bien equipado, carecía de entrenamiento y de la disciplina necesaria, tampoco tenían una marina que pudiera enfrentarse a la Royal Navy. Pero, entre las razones para iniciar aquel conflicto, estaban los deseos de los Halcones de conquistar Canadá, no sólo por mera expansión sino también para poder encauzar la conquista del Medio Oeste que estaba encallada por el apoyo británico a los indios de la zona, de hecho, los nativos tenían la promesa inglesa de formar una confederación india en esa zona, en lo que hoy es Indiana y estados limítrofes.

De 1812 a 1814, la guerra estuvo llena de intermitencias fundamentalmente porque los ingleses, ocupados en luchar contra Napoleón en Europa, tomaron una actitud defensiva. Se limitaron junto con los nativos canadienses (Canadá se conocía entonces como la Norteamérica británica) en repeler los intentos de los Estados Unidos de invadir la región. De hecho, como los americanos sabían que no tenían mucho que hacer contra la armada inglesa, decidieron invadir Canadá por tierra. Sus ataques fueron un desastre. La milicia estadounidense se mostró incompetente e ineficaz. Sin embargo, gracias a la brillante acción del Almirante Oliver Hazard Perry- hermano del no menos conocido y gran militar Matthew Calbraith Perry (que logró la apertura al mundo de Japón)- los estadounidenses lograron el control de los lagos Erie y Champlain, previniendo así cualquier amenaza de una invasión a gran escala desde el norte.

La Guerra dio un giro en 1814. Con Napoleón desterrado en la isla de Elba, los ingleses tornaron sus ojos y su ejército hacia las viejas colonias. Enviaron tres ejércitos de invasión a Estados Unidos. El 14 de agosto de 1814, una flota de buques de guerra británicos partió de la base naval de Bermudas. Su objetivo final era la ciudad de Baltimore, que entonces era la tercera ciudad más grande de Estados Unidos. Baltimore también era el puerto de origen de muchos corsarios estadounidenses que asaltaban la navegación británica.   Aunque en su periplo antes de llegar a Baltimore, los ingleses lograron arrinconar a los estadounidenses en el Estado de Main, y tras la batalla de Bladensburg, en agosto de 1814, llegaron a la capital de los Estados Unidos: Washington.

Los británicos invadieron Washington con un objetivo primordial, moralizar a los estadounidenses, ponerlos simbólicamente de rodillas quemando sus edificios públicos.

El 22 de agosto, el presidente Madison había salido de la ciudad para revisar las tropas y los enclaves militares de defensa frente a los británicos. Pero cuando pensaba regresar, los soldados que defendían la capital huían despavoridos al ver a lo lejos las casacas rojas inglesas, que el 24 de agosto llegaron a la ciudad. La única resistencia la pusieron los ciudadanos encaramados en los tejados a modo de francotiradores, la respuesta británica fue incendiar el barrio entero. De allí se fueron al Capitolio. Estaba en construcción. Su obra se había encargado a diversos arquitectos europeos que realizaran trabajos finos de decoración arquitectónica. Se preveía un edificio majestuoso que fue invadido y luego incendiado por los ingleses.  Desde el Capitolio se dirigieron a la Casa Blanca que entonces era conocida como la Casa del Presidente. Allí resistía la esposa de Madison, Dolley Madison, que se afanó hasta el último minuto por salvar todos los enseres posibles. Con la ayuda de Paul Jennings, un esclavo de 15 años, puso a salvo el más antiguo retrato de George Washington que se conservaba en la mansión, mientras un secretario se encargaba de sacar la Declaración de Independencia, que fue guardada en un molino situado cerca de Georgetown. La primera dama consiguió enviar un cargamento con objetos de oro y plata de la Casa Blanca a un Banco de Maryland y escondió varios documentos del gabinete de su marido en troncos.

Dolley Madison permaneció en la residencia presidencial hasta que los primeros “casacas rojas” aparecieron por las inmediaciones de la Casa presidencial. Entonces accedió a subir a un coche de caballos, que salió a la carrera protegido por un solo oficial, ya que el resto de los militares que debían protegerla había huido antes.

En la casa dejó preparada la mesa para un banquete oficial, que, en principio, debían dar aquella noche. Fue la cena que se tomaron los ingleses antes de quemar el edificio. Gracias a que se desató una tormenta poco después, el incendio no devastó por completo el inmueble.

Los británicos permanecieron en Washington 26 horas, ya que no disponían de las tropas necesarias para hacer frente al contraataque que ya estaba organizando el humillado presidente Madison.

Cuando la situación se calmó y el presidente y su mujer pudieron volver a la ciudad, la que fue aclamada con vítores por el pueblo fue Dolley. En el arreglo que hubo que hacer a la vivienda, una parte se pintó de blanco para intentar disimular los rescoldos del incendio. De ahí proviene el nombre de Casa Blanca.

El presidente Madison logró rehacer las tropas y así repeler a los ingleses poco después en Nueva york y Baltimore. En esta última ciudad se produjo el bombardeo desde los barcos británicos varados en la bahía; su objetivo principal fue el Fuerte McHenry, que resistió heroicamente. Este hecho inspiró al abogado y poeta Francis Scott Key, un poema que llamó «The Star-Spangled Banner». De él surgió después el himno americano.

La última batalla de esta guerra fue dada en la ciudad de Nueva Orleans en la que destacó como héroe Andrew Jackson, futuro presidente de los EE.UU.

La paz se rubricó con el Tratado de Gante (24 de diciembre de 1814), en el que se acordó la vuelta a las posiciones fronterizas anteriores.

En Canadá celebran esta guerra como una victoria al no haber sido invadidos y los estadounidenses, también, aunque el resultado de la guerra para ellos fuera más ambiguo, porque en ella surgió un espíritu patriótico que logró la unidad de la nación como no existía hasta ese momento.

Como consecuencia de la misma, el partido federalista, acusado de desleales y localistas, desapareció y durante unos años los Demócratas- Republicanos no tuvieron rival en las elecciones. Hasta que se produjo una escisión en el mismo que, con algún cambio más, dio lugar al nacimiento de los actuales partidos demócrata y republicano.

[1] Nueva Inglaterra es una región al noreste de los EE. UU integrada por seis estados: Maine, New Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut. Su nombre deriva de que fue el primer lugar de asentamiento de los primeros colonos británicos llegados en el Mayflower.

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EL CONTUBERNIO DE MÚNICH

Tras el final de la II Guerra Mundial, muchos políticos europeos consideraron que había que realizar un movimiento paneuropeísta a fin de dirimir amistosamente las diferencias que surgieran entre los países europeos, en vez de recurrir a enfrentamientos armados que tantos disgustos habían dado. Aquel movimiento, del que Churchill fue uno de sus primeros impulsores, defendía los principios de la democracia liberal. Ya lo vimos en las entradas sobre la creación de una conciencia europea https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/

Pero Churchill no fue el único, en toda Europa existían otra serie de movimientos con la misma finalidad europeísta: el liberal, el socialista, el federalista y el demócrata-cristiano. En la confluencia de esas ideas se van construyendo las instituciones europeas. Así, en 1949, se crea el Consejo de Europa. En 1951, ve la luz la CECA; su tratado constitutivo fue firmado por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos. En 1957, se firman, en Roma, el tratado que crea el Mercado Común y el que da lugar al EURATOM.

Mientras tanto, en España, se intenta salir del aislamiento al que estábamos sometidos tras el final de la II Guerra Mundial con tres acuerdos, todos ellos de 1953: en enero, España se incorpora a la UNESCO; en agosto, se firmó el concordato con la Santa Sede, y, en septiembre, se firma el Tratado de Amistad y Cooperación con los EE. UU (que realmente eran tres tratados, entre los que se permitía la presencia de bases americanas). A cambio, España, empezaba a ser considerada parte del mundo occidental.  Al mismo tiempo, surgen en España los primeros grupos europeístas a la luz de lo que se estaba produciendo en Europa. Aquellos movimientos que, evidentemente, buscaban una apertura del régimen, estando muy mal vistos por el franquismo como era lógico, aunque no fueron perseguidos de manera inmediata entre otras razones porque su grupo más activo estaba vinculado a la Iglesia Católica y a la Asociación Católica de Propagandistas. Hubo un segundo grupo, más en la clandestinidad, que también tuvo cierta fuerza en aquel movimiento europeísta. Se formó en la Universidad de Salamanca y entre sus miembros destacaba el profesor Enrique Tierno Galván.

Pero son los primeros, en torno a la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), los que de verdad movilizan a un numeroso grupo de personas. Tuvieron la astucia de nacer como asociación cultural, aparentemente sin vinculación política, lo que les permitía una mayor desenvoltura.

El gobierno no quería ni oír hablar del movimiento europeísta ni del Mercado Común; de hecho, el mismo Franco, en el discurso de Navidad de 1956, manifestó que la idea de una unión europea estaba llamada al fracaso. Sin embargo, en mayo de 1957, crea una comisión con forma de oficina de información que ha de estudiar cómo afectan los acuerdos europeos el régimen. Poco después, en 1959, el plan de estabilización de los tecnócratas requería un cambio de rumbo económico lo que obligaba a una cierta apertura al exterior. Con esa perspectiva, España logra entrar en lo que hoy son el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.

Igual que el régimen evoluciona, las asociaciones europeístas también lo hacen pasando de meras asociaciones culturales a grupos políticos. Especial cambio sufre la AECE de los propagandistas cuando es nombrado presidente de la misma José María Gil Robles y se unen a ella no sólo los democristianos sino también ciertos sectores liberales y algunos socialistas. Esta asociación se pone en contacto con los españoles en el exilio, pero excluyendo a los comunistas. Ni los Comunistas estaban bien vistos en Europa ni ellos veían con buenos ojos la comunidad europea que se fraguaba. Además, los socialistas no querían que se les asociara con ellos. Este grupo de europeístas españoles, del interior y del exterior, habían previsto un primer encuentro en Mallorca, que poco tiempo antes de que se produjera fue suspendido por orden gubernativa. Todos los actores de aquel tiempo coinciden en que fue la ceguera del Ministro de Gobernación lo que hizo fracasar aquella reunión y dio lugar a la convocatoria de una reunión de los movimientos europeístas españoles en el marco del propio Movimiento Europeo, que había de celebrar su IV Congreso en el mes de junio de 1962 (del 5 al 8 de junio), en la ciudad de Múnich.

En una de las aparentes contradicciones del régimen, el 9 de febrero de 1962, España solicita la apertura de negociaciones para entrar en la CEE. Realmente, aquello no era más que una concesión formalista de Franco a los empresarios españoles que clamaban por una mayor apertura al exterior, pero el Caudillo no tenía ningún interés en entrar en el Mercado Común, ni los miembros del tratado de Roma de que España entrara, por eso rechazaron la solicitud española.

Mientras tanto, seguía en marcha la organización de la participación española en el congreso de Múnich. Salvador de Madariaga que representaba a los liberales españoles exiliados y llevaba la dirección de la participación española en Múnich se encargó de lograr el apoyo de los organizadores, especialmente de Robert Van Schendel, Secretario General del Movimiento Europeo desde 1955, que trabajó al lado de los eminentes y míticos padres de la Europa Unida, como Robert Schuman, Walter Hallestein, Jean Rey, Maurice Faure y que conocía perfectamente toda la problemática del europeísmo español. En el interior, fue José María Gil-Robles quien asumió la responsabilidad de coordinar la asistencia y los trabajos para el congreso, en unas condiciones nada fáciles. Ambos contaron con varios colaboradores en la organización: Gorkin, antiguo miembro del PROUM, como conseguidor de fondos- fue la CIA la que estaba interesada en aquel congreso y la que aportó los fondos para los viajes y las estancias en Múnich-. Fue Enrique Adroher, conocido como Gironella, el dirigente socialista que negoció con Gil Robles la estructura de la representación. Querían que fuera numerosa- más de 100 personas- que hubiera más representantes del interior que del exterior y que del interior abundaran los representantes de la derecha y, por supuesto, la ya mencionada inasistencia de comunistas. Fue José Vidal Beneyto el encargado de coordinar y enlazar el interior y el exterior. El reclutamiento interior vino de la mano de Beneyto y de Fernando Álvarez de Miranda, entre otros. Se buscaron representantes de la Iglesia, de la banca, del ejército. Asistieron miembros de la Asociación Católica de Propagandistas, de Acción Católica, de la banca, hasta falangistas como Dionisio Ridruejo. Pero no aceptaron ir los representantes del Opus Dei. Al final la delegación española contó con 118 representantes, 80 de los cuales fueron del interior y el resto del exterior. Aquí se puede consultar el listado de participantes (si bien en este listado realizado en el aniversario del congreso se omite por error 4 nombres): http://www.movimientoeuropeo.org/contubernio-de-munich/

Los representantes españoles parten para Múnich cuando había estallado una huelga en la minería asturiana secundada por obreros de otros lugares, destacando los conflictos en el País Vasco, lo que provocó la declaración del estado de excepción en ambas regiones.

Evidentemente, el régimen, conocedor del congreso, no se estuvo quieto y presionó a los organizadores y al gobierno alemán para que la delegación española no tuviera participación activa en el congreso. Incluso enviaron a espías franquistas a Múnich con el fin de tener información de primera mano de lo que allí ocurriera. Se dice que una de las cosas que más inquietó y enfadó al tiempo a Franco fue la presencia de Dionisio Ridruejo, uno de los falangistas de la primera hora y responsable de la propaganda del bando franquista en la Guerra Civil, en aquel cónclave europeísta.

Al llegar a Múnich los congresistas hispanos se dividieron en dos grupos de trabajo, uno del interior y otro con los del exterior. Esto desconcertó a los participantes pues creían que iban a estar en una reunión conjunta. Se hizo así para mitigar una posible tensión al reunir a personas que unos años antes habían estado combatiendo en bandos enfrentados. Sin embargo, los intercambios entre congresistas fueron constantes y tras los primeros acuerdos entre cada sector se produjo la ansiada reunión conjunta. De ella salió un texto común que, en resumen, defendía el compromiso de luchar por la instauración en España de instituciones representativas y democráticas; la efectiva garantía de los derechos humanos; el respeto a las libertades individuales con especial mención a la de expresión, reunión, asociación, sindicales, la posibilidad de organizar corrientes de opinión y partidos políticos.

Aquel texto tropezó en un primer momento con un punto de fricción al insistir los socialistas en que figurara la república como forma política de Estado. Los monárquicos no podían aceptar esta propuesta. Joaquín Satrústegui, miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona -también Gil Robles lo era- consiguió convencer a los socialistas de que aceptaran como forma de Estado la monarquía democrática y parlamentaria al haber sido un poder neutral durante la guerra. El Rey se había marchado y su hijo y heredero, don Juan, no era partidario del franquismo. La república y los republicanos habían sido uno de los bandos de la guerra y establecer la república como forma de Estado era querer imponer una victoria después de haber sido derrotados y eso no podían aceptarlo los representantes del interior. Al final, Rodolfo Llopis – representante del PSOE en el exilio solicitó a Joaquín Satrústegui que transmitiera al Conde de Barcelona lo siguiente:

“El PSOE tiene un compromiso con la República que mantendrá hasta el final. Ahora bien, si la Corona logra establecer pacíficamente una verdadera democracia, a partir de ese momento el PSOE respaldará lealmente a la Monarquía.”

Gil Robles y Rodolfo Llopis sellaron el acuerdo con un emocionante abrazo de reconciliación. El manifiesto se leyó en la reunión del congreso acompañado de dos discursos uno de Gil Robles y otro de Salvador de Madariaga. Ambos brillantes, ambos emocionantes, ambos lograron poner de pie al auditorio.

Estos discursos fueron aireados por la prensa mundial. En España, el ministro de información, Arias Salgado, en otro error sin precedentes, desencadenó una campaña innecesariamente brutal contra los asistentes. Utilizó al periódico afín al régimen “Arriba” para sus fines. Éste empleó la descalificación de “contubernio” -alianza para fines censurables o la cohabitación ilegal de dos personas-, para definir la reunión de los miembros de un congreso europeísta; lo que era volver al lenguaje rebuscadamente agresivo de otros tiempos. Aquella excitación de algunos sectores del franquismo llevó a la aprobación de un Decreto-ley  el 8 de junio por el que el general Franco suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles, es decir, terminaba con la libertad de residencia, una de las pocas reconocidas en España. Se trataba del paso previo a la represión que siguió a los participantes. A pesar de que el gobierno alemán reclamó a Franco que no encarcelase ni reprimiese a los participantes y éste manifestó que la idea alemana de España como país represor era anticuada y nada realista, al regreso a España, los congresistas hispanos de Múnich fueron detenidos y enviados al destierro a las islas Canarias. Un numeroso grupo, Satrústegui, Jaime Miralles y Álvarez de Miranda entre ellos, fueron deportados a la isla de Fuerteventura y otros, a la de Hierro. Iñigo Cavero, contaba en sus clases en la facultad, cuáles eran condiciones de vida en Hierro en aquellos años, las de Fuerteventura no eran mejores: alejados de su familia, sin saber cuándo volverían a verlos y sin las comodidades que hoy existen en las Islas Canarias. Entonces no había agua corriente ni la electricidad funcionaba adecuadamente. No pensemos en el paraíso canario actual, sino en islas pequeñas, sin infraestructuras adecuadas y aisladas.

Aquella reclusión duró aproximadamente unos 11 meses. Si bien, marcó la vida de los participantes a su vuelta a la vida civil en aquellos años. Si la situación no fue peor, se debió a la promesa realizada a Alemania y, sobre todo, porque Franco se percató de que necesitaba abrir las fronteras para mejorar la economía. Ahora, la idea de ingresar en el Mercado Común se iba haciendo más aceptable. Se dio cuenta del error de Arias Salgado, el cual fue destituido. Su lugar lo ocupó Manuel Fraga. Curiosamente, Fraga, con gran visión, empezó una tarea aperturista que se inició con su ley de prensa de la que ya tratamos en este blog ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ )y que permitió poco a poco, abrir España al exterior y a cierta flexibilidad. Se puede decir que Fraga fue uno de los triunfadores del contubernio de Múnich, sin haber participado en él.

Otras de las consecuencias de aquel congreso fueron las siguientes:

1.- En Múnich se harían presentes los partidos y las ideologías que años después alcanzarían presencia mayoritaria en las elecciones nacionales.

2.- El consenso que hizo posible la Constitución de 1978 tiene en la idea de Europa una de sus principales causas.

3.- La izquierda se forjó en torno al PSOE. Curiosamente, la oposición al franquismo la habían llevado a cabo en España el PCE y CC.OO. Como dijo sarcástica y gráficamente Santiago Carrillo, el PSOE había estado “cuarenta años de vacaciones”. Pero a raíz de Múnich los europeos vieron en el PSOE la fuerza de izquierda adecuada para España y así en su 27º congreso (Madrid, diciembre de 1976) Felipe González apareció apoyado por Willy Brandt, François Mitterrand, Olof Palme, Pietro Nenni, Michael Foot, Simon Peres… Carrillo tuvo que conformarse con dos o tres representantes menores del llamado eurocomunismo en alguno de sus mítines. Jorge Semprún (1923-2011), intelectual y antiguo miembro del PCE, lo contó en su libro, “Autobiografía de Federico Sánchez”, en el que afirmaba que el PCE aparecía como partido ambiguo ante los valores democráticos y cosmopolitas europeos. El resultado fue una amplísima diferencia de votos en favor del PSOE frente al PCE en las elecciones de 1977.

4.- El Congreso de Múnich también supuso la confirmación de la monarquía como forma política del Estado, pero no en la figura de Don Juan, pues fue muy crítico con el congreso de Múnich, lo que le hizo perder la confianza de los republicanos. Así emerge la figura de su hijo, Juan Carlos I, como único posible Rey, aceptado por izquierda y derecha, que pudiese encarnar el futuro democrático de España.

BIBLIOGRAFÍA

Joaquín Satrústegui. Ensayo titulado “La política de Don Juan en el exilio”. 1990

Paul Preston. “Franco: Caudillo de España”. Barcelona. Círculo de lectores. 1994

Fernando ÁLVAREZ DE MIRANDA. “Del «contubernio» de Múnich al consenso”. Barcelona, Ed. Planeta,1985

Jordi Amat. “La primavera de Múnich”. TUSQUETS. 2016

EL CONCEPTO DE EDAD CONTEMPORÁNEA

A raíz del hilo anterior, un lector me preguntaba qué diferencia existe entre las escuelas continentales europeas y las anglosajonas en el cómputo de la edad contemporánea.

Voy a intentar explicarlo.

En primer lugar, señalaremos que estamos hablando de temporalidad, del reloj de la historia, por explicarlo gráficamente. No vamos a analizar otros aspectos que también influyen en el estudio histórico, como la filosofía de la Historia, por ejemplo.  Ese concepto temporal es la plataforma con la que cada generación analiza su presente y su pretérito. En el ámbito temporal en el que nos movemos, el presente determina unas condiciones que se asemejan o se alejan de las anteriores y que hacen pensar si el tiempo histórico anterior es el mismo en el que el historiador vive o ha cambiado.

La periodización clásica de la Historia en Edades -Antigua, Media, Moderna- surgió del espíritu del Humanismo (S XV), es decir, en la fase del Renacimiento tardío que se reconoce como un movimiento cultural y filosófico que se desarrolla principalmente en Florencia, Roma y Venecia, caracterizado por la presencia de pensadores, escritores, artistas… que, tomando ciertos elementos de la cultura clásica griega y romana, ponen al hombre como centro del Universo frente al teocentrismo medieval. En el fondo, el Renacimiento había superado los problemas del milenio, los de la peste y nacía en un momento de esplendor económico y de avance de las comunicaciones. Muchos países, encabezados por España, habían experimentado grandes cambios: los descubrimientos geográficos, recordemos la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, los estudios de la Escuela de Salamanca y posteriormente de otras Universidades europeas, la reforma evangélica, la Contrarreforma…

Social, política, económica y culturalmente se trataba de una nueva Era, que volvía los ojos al esplendor clásico, queriendo enlazar su presente con aquel periodo de fulgor que, en su opinión, había sido perturbado por un periodo intermedio que, para los humanistas, sólo tenía connotaciones negativas al considerar que había sido un retroceso de la supuesta brillantez de la época grecolatina, que ahora se pretendían recuperar. De ahí su nombre: Edad Media. Periodo intermedio obscuro entre periodos brillantes.  Esta visión ha pesado mucho desde entonces, convirtiéndose en un tópico que hoy ya no se sostiene.

A fines del siglo XVII, Cristóbal CELLARIUS adapta al conocimiento de la Historia la división hecha algún tiempo antes para la Literatura. La clasificación de CELLARIUS, matizada después por GATTERER, era sencilla y clara, tuvo una general aceptación y puso las bases de una concreta periodización del proceso histórico: había existido, según esta interpretación, una “Historia antigua” hasta el siglo V, a la que seguía una “Historia medieval” que se extendía hasta el siglo XV, iniciándose desde entonces una «Historia nova» o moderna que cubría los siglos XVI y XVII.

Esta división entre antiguos y modernos fue el inicio de partida de la posterior división de la época moderna en dos etapas separadas por una doble revolución, económica (Revolución Industrial) y política (Revolución liberal-burguesa), desencadenada en el mundo occidental a finales del siglo XVIII. A la segunda etapa se le denominaría Edad Contemporánea.

El concepto de edad contemporánea es, por tanto, reciente.  Nace motivada por un nuevo entusiasmo histórico provocado por la Revolución francesa, expresión de la Ilustración. Por ellas surgió la idea de una cuarta edad que se añadió a la división ya clásica de CELLARIUS. De esta forma, el momento histórico de la Revolución francesa como fase de tránsito de la Edad Moderna a la Contemporánea quedaba equiparado en trascendencia a los otros momentos que simbolizan el paso de una Edad a otra: la caída del Imperio Romano en Occidente entre la Antigua y la Media, y la del Imperio Bizantino, segunda Roma, entre la Media y la Moderna. Esta nueva Edad, Contemporánea, se adaptó con facilidad y rapidez a la Historia europea y universal, fue desde su origen motivo de interpretaciones diversas en orden a la delimitación precisa de sus caracteres y contenido.

Este concepto ilustrado de cambio de Era, de la Moderna a la Contemporánea, se lo debemos a los franceses. Es la historiografía francesa la que se extiende por el Continente y más en concreto por los países mediterráneos (España sigue en sus escuelas históricas esta misma concepción), si bien en ellas se suele establece en su origen un paso previo a la Revolución francesa que fue la Revolución americana, en lo que Palmer llamó Revoluciones Atlánticas.   Es evidente que el concepto de revolución marca el origen de esta nueva Era. EI profesor SECO SERRANO ha sintetizado la estructura de la Edad Contemporánea en dos ciclos revolucionarios: el primero comprende desde 1776 hasta 1864 -constitución en Londres de la I Asociación Internacional de Trabajadores- y es el ciclo revolucionario burgués-liberal que constituye la Alta Edad Contemporánea; y el segundo se inicia en 1864 llegando hasta nuestros días y constituyendo el ciclo revolucionario proletario-socialista, cuya máxima expresión es la Revolución Soviética en 1917 –paralela en importancia histórica a la Revolución francesa-: es la Baja Edad Contemporánea. Sin embargo, esto presenta algunos matices que proceden de la propia perspectiva temporal actual y de una serie de elementos de filosofía de la Historia o de teoría y práctica de la misma, en virtud de las diferentes escuelas de pensamiento histórico, siendo las principales al iniciarse el Siglo XX: la marxista, la escuela de los Annales y la cuantitativista. En el último tercio del siglo XX, estas escuelas empezaron a entrar en crisis, abriendo un nuevo periodo de discusiones.

Así, hoy, se discute si a partir de 1960 (los que lo defienden, como Barraclough, se centran en cambios básicos en la estructura de las sociedades nacionales y en el equilibrio de fuerzas mundial), o si desde la caída del Muro, estamos en el mismo periodo contemporáneo o iniciamos otro. Hay quien indica como señal del cambio, la crisis del concepto revolucionario que era el que daba unidad al origen contemporáneo de los estudios históricos. Sin embargo, la crisis no se produce en los aspectos de democracia liberal, aunque algunos pretendan discutirla, sino en cambios sociales provenientes de otra revolución: la llamada cuarta revolución industrial o revolución tecnológica en la que nos vemos inmersos y  que ha transformado las comunicaciones, ha creado una sociedad global, la manera de trabajar… en resumen la transformación de la ciencia aplicada que ha cambiado de manera importantísima, el establecimiento de formas alternas de enfrentar el problema de la situación de los seres humanos en el tiempo y el espacio y su ubicación en la sociedad. Si esto determina otra era histórica o no, el tiempo lo dirá.

Hasta aquí nuestro análisis se ha centrado en la escuela francesa o continental. Pero esta división temporal tuvo otras manifestaciones diferentes, así con el surgimiento de las escuelas nacionales de historia se mantuvo la tesis de la participación interpretativa del historiador en la construcción del relato histórico. Los nuevos estados con aspiraciones a transformarse en naciones surgidos al calor de la Revolución Francesa hallaron en la historia elementos suficientes para invocar la genealogía identitaria de los nuevos estados-nación. Los intelectuales creerán hallar las raíces nacionales en la cultura popular, en el Romanticismo. Una de esas escuelas fue la alemana. Frente al proceso revolucionario francés y a la presencia de Napoleón, el derrotado Estado prusiano buscó un crecimiento fuera de la revolución y creó una nueva identidad colectiva. El papel de la historiografía germana en ello fue esencial, a través de la escuela historicista. Por ello, en Alemania, el inicio de la Edad contemporánea no se produce hasta la creación del Estado alemán.

Por su parte, en el mundo académico anglosajón se entiende como Historia Contemporánea la historia a partir del siglo XX, reservando el resto para la Historia Moderna. Aun así, conviene recordar que muchos aspectos de esa etapa que denominamos Moderna o del Antiguo Régimen pervivieron hasta la Gran Guerra en muchos lugares de Europa, especialmente en la tradición británica. También muchos países del antiguo imperio británico tienen una concepción dividida, según los casos en esas dos fechas- 1914 o 1945- como inicio de la Edad contemporánea. Los países orientales y Turquía también cifran el cambio tras la I Guerra Mundial. Los norteamericanos se dividen entre los que inician el estudio con el siglo XX o, mayoritariamente, después de la II Guerra Mundial.

En los países del mundo que consiguieron la independencia en los procesos de descolonización a partir de la Segunda Guerra Mundial, la Historia Contemporánea comenzaría a mediados del siglo XX, que es cuando se produjeron grandes cambios en su seno.

En todo caso, como vemos, todo esto no deja de ser una convención para lograr un estudio homogéneo de periodos históricos. Las divisiones son fruto de cambios muy profundos que permiten hablar de etapas diferentes. Por eso, encuadrarlo en siglos exactos no es sencillo; determinar el acontecimiento que transforma la sociedad no es fácil. Hay autores que marcan las diferencias buscando las mismas en periodos de 100 años. Pero sabemos que, en ocasiones, las trasformaciones son más lentas y, en otros casos, muy rápidas. 100 años, como en el tango, no son nada…o lo son todo.

12 discursos trascendentes para la Historia Contemporánea

Muchos de los discursos de la Historia de la humanidad fueron esenciales para ganar una guerra o para motivar a un auditorio o para pedir explicaciones morales a un dirigente.

Qué sería de la historia de la oratoria, pero, sobre todo, de la Historia  de la Humanidad sin la oración fúnebre de Pericles recordando al mundo que la felicidad se basa en la libertad, y la libertad en el coraje; o sin Cicerón advirtiendo a Catalina que la paciencia de Roma se agotaba; o sin los grandes discursos de Churchill, sobre todo, los tres realizados en torno a la “batalla de Francia” y que fueron el símbolo de la resistencia heroica británica frente a Alemania al inicio de La II Guerra Mundial; o el más que famoso, reconocido que uno de los mejores discursos de la humanidad, “ I have a dream” de Martin Luther King,  esencial para entender la lucha por los derechos civiles.

Muchas son las líneas expositivas sobre los discursos claves para la Historia, pero me voy a centrar en aquellos discursos esenciales para naciones del orbe occidental realizados por sus Jefes de Estado en la Historia Contemporánea- entendida en el sentido continental, no al modo de las escuelas anglosajonas-. Algunos nos gustarán más; otros, menos; pero no estamos comentando su contenido ni su excelencia oratoria, sino su trascendencia Histórica para bien o para mal. Evidentemente, son todos los que están, pero no están todos los que son.

1.- Thomas Jefferson. 4 de marzo de 1801, primer discurso inaugural.

La trascendencia del mismo se resume en que su contenido expresa la esencia de la democracia liberal. Muestra los ideales de la Ilustración, puestos en práctica tras lo que Palmer llamó las revoluciones atlánticas (EE. UU a un lado del mar; Francia, en la otra orilla)

Ya en 1776, Jefferson había formado parte del comité que elaborarían la declaración de Independencia de EE. UU: John Adams, Benjamín Franklin, Robert R. Livingston y Roger Sherman. La redacción final correspondió a Jefferson.

En 1779 siendo Gobernador de Virginia, centró su acción en abolir los privilegios de la primogenitura, en establecer la libertad religiosa y de culto (no hay que olvidar el origen de las 13 colonias tras la huida de los puritanos de Gran Bretaña por las persecuciones religiosas allí acontecidas) y en lograr la difusión general de la educación. En 1801, fue elegido presidente. En su discurso inaugural señala los grandes principios de su mandato y que marcan el devenir democrático de Estados Unidos:

[El Gobierno adecuado debe] dejar libres a los hombres para que regulen sus propios objetivos industriales y de desarrollo, y no quite a los trabajadores el pan que han ganado…los principios esenciales de nuestro Gobierno…justicia igual y exacta para todos los hombres, de cualquier estado o convicción, religiosa o política; la paz, el comercio y amistad honesta con todas las naciones, sin enredarnos en alianzas con ninguna; el apoyo de los gobiernos de los estados en todos sus derechos…; la preservación del Gobierno General en su vigor constitucional, como la tabla de salvación de nuestra paz en el país y la seguridad en el extranjero; un celoso cuidado del derecho de elección por el pueblo; una corrección suave y segura de los abusos que son podados por la espada de la revolución cuando son desprovistos los recursos pacíficos; aquiescencia absoluta en las decisiones de la mayoría [Previamente había señalado que: aunque la voluntad de la mayoría prevalecerá en todos los casos, para ser legítima esa voluntad debe ser razonable… que la minoría posee igualmente sus derechos, que una equitativa ley debe proteger, y cuya violación será considerada opresión], el principio vital de las repúblicas, de la que no cabe recurso a la fuerza, el principio inmediato, vital y primario del despotismo… la supremacía de la autoridad civil sobre la militar; economía en el gasto público, donde el trabajo no puede ser cargado a la ligera; el pago honesto de nuestras deudas y preservación sagrada de la fe pública; fomento de la agricultura y del comercio como su sierva; la difusión de la información y la comparecencia por todos los abusos al albur de la razón pública; la libertad de religión; la libertad de prensa y la libertad de un individuo bajo la protección del habeas corpus y el juicio por jurados seleccionados con imparcialidad. Estos principios forman la brillante constelación que nos ha precedido y guiado nuestros pasos a través de la era de la revolución y la reforma. La sabiduría de nuestros sabios y la sangre de nuestros héroes ha sido dedicada a su consecución. Deben ser el credo de nuestra fe política, el texto de la instrucción cívica, la piedra de toque por la cual probar los servicios de aquellos en quienes confiamos; y debiendo vigilarles en los momentos de error o de alarma, apresurémosles a volver sobre nuestros pasos y recuperar el camino que solo conduce a la paz, la libertad y la seguridad.”

2.- Lincoln- 14 de noviembre de 1863.

Gettysburg fue una sangrienta batalla que duró tres días, murieron 50.000 hombres y tuvo la trascendencia de ser un punto de inflexión en la guerra civil norteamericana. Materialmente fue una derrota muy dura para el sur, por la pérdida de hombres y de recursos, y por ser una derrota devastadora en el plano moral. Después de Gettysburg las esperanzas de reconocimiento de la Confederación se desvanecieron.

En ese momento, dónde la victoria parecía estar más cerca, el presidente Lincoln realiza en Gettysburg, en el mismo lugar de la batalla, uno de sus más famosos discursos en defensa de los valores históricos, ya proclamados por Jefferson y en contra de la esclavitud. En sólo 300 palabras, Lincoln especificaba todo lo que los padres fundadores habían querido para su nación, para la lucha por la libertad e igualdad de todos. Decía: “Hace 87 años nuestros padres crearon en este continente una Nación. Concebida bajo el signo de la libertad, configurada con la premisa de que todos los hombres nacen iguales… Ahora, estamos librando una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier otra nación dedicada al mismo principio, puede perdurar en el tiempo… El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí se diga, mas no olvidará jamás lo que ellos [los combatientes en Gettysburg] han hecho. Nos corresponde a los que estamos vivos completar su obra inconclusa y que tan noblemente han adelantado aquellos que aquí combatieron. Nos corresponde ocuparnos de la gran tarea que nos espera. Quienes han perecido no lo han hecho en vano…Que esta nación, bajo la guía de Dios, vea renacer la libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la Tierra”.

3.- Lenin 1917

Llega la revolución soviética y Lenin, gran orador, explica desde Moscú, en 1917, y en uno de sus discursos más representativos “¿Qué es el poder soviético?”, aboga por el fin del capitalismo y el alzamiento de la clase obrera que llegará al poder de la mano de los soviets. Dice así:

“Mientras la tierra siga siendo de propiedad privada el Estado gobernará siempre, incluso en la República más democrática y más libre, por medio de una pequeña minoría integrada por capitalistas y ricos a los oprimidos…por primera vez en el mundo el poder del Estado es de los obreros y campesinos trabajadores, excluyendo a los explotadores, construyendo organizaciones de masas, los soviets, a los que transfiere todo el poder. Es por eso que, el poder soviético, cualesquiera que sean las persecuciones a las que sean objeto los partidos comunistas de los distintos países, triunfará en todo el mundo de modo ineludible e inevitable en un futuro próximo. Permite a los oprimidos de ayer, la posibilidad de elevarse y tomar en sus manos toda la gobernación del Estado, toda la administración de la economía, toda la dirección de la producción… por eso es un camino seguro e invencible”. La Revolución de octubre estaba en marcha.

 4.- Hitler. Discurso ante el Parlamento el 13 de julio de 1934.

Debemos reconocer que Hitler tenía una habilidad especial para convencer a las masas con su oratoria lo que unido a la crisis que atravesaba Alemania y una serie de carambolas políticas, le llevaron al poder. Sus discursos importantes son numerosos, pero hemos elegido el pronunciado ante el Parlamento el 13 de julio de 1934. El motivo de esta elección es que marca su ascenso al poder omnímodo en Alemania y, con ello, la cuenta atrás para el inicio de la II Guerra Mundial.

La crisis de 1929 dio lugar a que nazis y comunistas alcanzaran buenos resultados en las elecciones alemanas de 1930. Aunque ambos tenían en su programa acabar con la democracia, los partidos moderados de la República de Weimar fueron incapaces de detener su ascenso, especialmente el nazi, y a pesar de ser conscientes de que nada bueno podían traer, pactaron con ellos en la absurda creencia de que podían controlarlos. En las elecciones de julio de 1932, los nazis se convirtieron en el partido con más escaños en el Reichstag. Su forma de entender el poder era el ejercicio de la violencia, es decir, el terror.

Entre sus muchos actos violentos, hay que destacar “la noche de los cuchillos largos” (la del 30 de junio a 1 de julio de 1934). En ella, Hitler, atentó contra los dirigentes de una organización paramilitar nazi (Sturmabteilung) (SA) pues temía que le arrebataran el poder. La mayor parte de los asesinatos los llevaron a cabo las SS (Schutzstaffel) y la Gestapo.  Acusado de estos crímenes y de tomarse la justicia por su mano en vez de confiar en la justicia ordinaria, Hitler se dirige al Parlamento (Reichstag), demostrando con sus palabras que todo el poder era suyo, aunque, formalmente, no lo adquirió hasta la muerte del presidente de la república en agosto de 1934. En aquel discurso, estableció quienes serían sus enemigos; los cuales, en su dialéctica, eran los enemigos del pueblo y del Estado alemán:

“…La mayoría de los trabajadores alemanes han superado ya esta postura destinada a hacer felices a esos judíos internacionalistas. El Estado nacionalsocialista hará en su interior, si fuera necesario, una guerra de cientos de años para acabar con los últimos restos de este veneno del pueblo … Por ello, cuando por fin, legitimados por la confianza de nuestro pueblo, tomamos la responsabilidad de la lucha de catorce años, no lo hicimos para dejar sueltos nuestros instintos y llevarlos a un caos, sino únicamente para fundar un nuevo y mejor orden…

Si alguien me acusa de no arreglar las cosas a base de un juicio reglamentario, únicamente les puedo decir que en esos momentos era yo el responsable de la nación alemana y por tanto juez en nombre de ella. Las acciones revolucionarias han sido siempre combatidas con decisión. Solamente un Estado no actuó así en la guerra y este Estado por ello mismo se derrumbó: Alemania…La nación ha de saber que la propia existencia – que debe ser garantizada por el orden y la seguridad interior – no puede ser amenazada por nadie sin que por ello reciba el justo castigo. Y todos han de saber para el futuro que el que levante la mano contra el Estado encontrará en la muerte su castigo.

El propio pueblo sería culpable si no acabara con esos sujetos. Si me culpan en el sentido de que únicamente un juicio celebrado normalmente hubiera podido dar el resultado apetecido de culpabilidad y resolver el problema, protesto airadamente. ¡El que se levante contra la Alemania es traidor a su patria! Y el que se levanta contra su propia patria no ha de ser juzgado por la importancia de su delito sino por el hecho en sí…Estas veinticuatro horas … el destino me volvió a demostrar que tengo inconmoviblemente a mi lado lo que es más valioso para mí: el pueblo y el Reich alemán”.

 5.- Charles de Gaulle. 18 de junio de 1940.

En junio de 1940, la línea Maginot, se revela como un juguete en manos de los nazis, que avanzan, en la guerra relámpago sin piedad y casi sin esfuerzo, a la conquista de Francia. Una Francia derrotada, que se muestra abúlica ante un destino que lejos de combatir precipita Pétain al solicitar el armisticio y dar lugar al gobierno colaboracionista de Vichy. La deshorna es total, salvo por una voz que se mantiene firme a través de la BBC, es el general Charles de Gaulle:

“¿Se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?” Él mismo responde: ¡“No”!

Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria. ¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! ¡No está sola! Tiene un vasto imperio tras ella… Esta guerra no está limitada al desdichado territorio de nuestro país. Esta guerra no ha quedado decidida por la batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todas las faltas, todos los retrasos, todos los padecimientos no impiden que existan, en el universo, todos los medios para aplastar un día a nuestros enemigos. Fulminados hoy por la fuerza mecánica, podemos vencer en el futuro por una fuerza mecánica superior: va en ello el destino del mundo. Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará”.  Efectivamente, este discurso creó la Francia libre y la Resistencia.

 6.- Stalin. Noviembre de 1941.

Tras el colaboracionismo con los nazis (pacto Ribbentrop-Molotov)

( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/), vino el intento de Hitler de invadir Rusia. Cuando las tropas nazis estaban “a las puertas de Moscú y Stalingrado” y el Ejército Rojo no era capaz de frenar el ímpetu alemán, Stalin decidió hablar a sus militares. No era un gran orador, pero aquí acude a la épica para motivar a los suyos:

“El diablo no es tan terrible como se hace ver”, dijo. “No es difícil ver que los alemanes están frente a un desastre. El hambre y la pobreza reinan en Alemania. En cuatro meses de guerra han perdido cuatro millones y medio de soldados. Alemania está sangrando, su poder se debilita… No hay duda de que Alemania no puede mantener ese esfuerzo durante mucho tiempo. Dentro de varios meses, quizá en año y medio, el peso de sus crímenes caerá sobre ellos (…). El mundo os ve como una fuerza capaz de destruir a las hordas alemanas. El pueblo europeo, esclavizado por los alemanes, os mira como sus salvadores. Una gran misión ha caído sobre ustedes. Sean dignos de esta misión. La guerra que luchan es de liberación (…) ¡Que el gran legado de Lenin vuele sobre sus cabezas! ¡Destrucción total sobre los invasores alemanes!”. Su paso hacia los aliados se había iniciado; el signo de la guerra se modificaba.

7.- Jorge VI. Discurso de la victoria.

Discursos de la Victoria hubo muchos y todos trascendentes. Hemos elegido el de Jorge VI por dos razones: 1) conocemos el discurso de la declaración de guerra por la famosa película, “El discurso del Rey”, pero sabemos que los discursos trascendentes para Gran Bretaña fueron los de Churchill. Sin embargo, Jorge VI llegó a convertirse en una figura esencial para la motivación de los británicos durante la Segunda Guerra Mundial, y en el gran apoyo de Churchill y éste del rey. Ambos lograron una gran sintonía mutua, lo que ayudó enormemente a la labor británica en la guerra. 2) Jorge VI fue el último emperador de la India. La II Guerra Mundial mostró la labor de todo un imperio al servicio de su majestad con el fin de derrotar a tan fieros enemigos. Pero, la victoria trajo consigo la independencia de las antiguas colonias y el fin del Imperio británico tal y como se conocía hasta entonces. Pero en el momento de la victoria la Unidad parecía indefinida:

“Hoy damos gracias a Dios por un gran acontecimiento…os pido que os unáis a mí en este acto de acción de gracias. Alemania, que arrastró a la guerra a Europa entera, ha sido finalmente vencida. En el Lejano Oriente aún tenemos que combatir contra los japoneses que son decididos y crueles adversarios…

… todo estaba en juego: nuestra libertad, nuestra independencia y nuestra propia vida o existencia como nación; pero también sabíamos que, al defendernos, defendíamos la libertad de todo el mundo, que nuestra causa no sólo era la de la nación ni la de su Imperio y comunidad de naciones, sino la del mundo entero, la de todas aquellas tierras donde se ama la libertad y ésta va acompañada por el respeto a la ley.

La Reina y yo nos damos perfecta cuenta de las penalidades que ha sufrido el pueblo inglés en toda la comunidad británica y en su Imperio. Nos sentimos orgullosos de vosotros…“

 8.- Kennedy, discurso inaugural 1962.

John Fitzgerald Kennedy fue el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, y el primer católico en alcanzar este puesto, lo cual ya era un hito en sí mismo. Pero además fue el presidente que cambió la imagen electoral al dar importancia a la telegenia y al márquetin. Desde su candidatura, las campañas electorales se modificaron en todo el mundo.  Pero Kennedy, había estudiado en Harvard, no todo era impostada telegenia, era un tipo brillante y en su mandato realizó muchos e importantes discursos. Destacamos el realizado el 20 de enero de 1961, día de su investidura. Llevaba meses preparándolo y, sin embargo, su duración sigue siendo la más corta de la Historia de los discursos inaugurales de USA, tan sólo 14 minutos. Nada fue improvisado, en la víspera de la ceremonia se reunió con los directivos de la cadena CBS para preparar hasta el último detalle y, como todo lo bien preparado, dio sensación de naturalidad.

Pero la trascendencia, estaba en que en esos 14 minutos expresa las líneas esenciales de lo que será su mandato. Lo que reforzará posteriormente en otros grandes discursos: Iba a dirigir un gran país, pero un país que podía ser aún mejor. Para ello, se adelanta a algunos problemas como la defensa de los derechos civiles o un programa de la “Nueva Frontera”,  que marcaba un desarrollo económico de obras civiles y también militares que acabaron confluyendo en la llegada del hombre a la luna, que él vaticinó en otro gran discurso  el 25 de mayo de 1961 en el Senado para solicitar un aumento de fondos para el programa que permitiese llevar al hombre a la luna antes del fin de la década: “Esta nación debe asumir como meta el lograr que un hombre vaya a la Luna y regrese a salvo a la Tierra antes del fin de esta década” .

Pero, el discurso inaugural marcaría esencialmente su política exterior, mucho más certera que la interior; su defensa del Mundo contra el comunismo, si bien expresada con una mano tendida al bloque del este.  Apaciguamiento, pero sin temor, con firmeza. Recordando a los padres fundadores señaló los principios de la democracia y su extensión por el mundo, mostrándose como el que ampararía a los países del sur americano en esa consecución liberal:” A los pueblos de chozas y aldeas en la mitad del mundo que luchan por liberarse de las cadenas de la miseria de masas, les prometemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudarlos a ayudarse a sí mismos, durante el tiempo que sea necesario. No porque quizás lo hagan los comunistas, no porque queremos sus votos, sino porque es lo correcto. Si una sociedad libre no puede ayudar a los muchos que son pobres, no puede salvar a los pocos que son ricos… A nuestras repúblicas hermanas al sur de nuestras fronteras les ofrecemos una promesa especial: convertir nuestras palabras en hechos en una nueva alianza para el progreso, con el fin de ayudar a las personas y gobiernos libres a romper las cadenas de la pobreza. Pero esta pacífica revolución de la esperanza no puede convertirse en presa de potencias hostiles. Todos nuestros vecinos han de saber que nos uniremos a ellos para luchar contra la agresión o subversión en cualquier lugar de las Américas. Y que cualquier otra potencia sepa que este hemisferio pretende seguir siendo el amo en su propio hogar…

Por último, a esas naciones que se transformarán en nuestros adversarios, no les ofrecemos una promesa, sino una solicitud: que ambos bandos comencemos nuevamente la búsqueda de la paz… No osemos tentarlos con la debilidad, porque solo cuando tengamos la seguridad de que nuestras armas son suficientes podremos estar completamente seguros de que nunca serán usadas.”

 Y así actuó en la guerra de los misiles de cuba, uno de los grandes conflictos de su mandato.

Kennedy anunció una nueva era llena de peligros y desafíos, pero también de oportunidades y esperanza si todos se esfuerzan unidos, con un mensaje de exigencia a los ciudadanos cuya expresión se ha convertido en la frase más famosa de aquel discurso: “Así pues, compatriotas: preguntad, no qué puede vuestro país hacer por vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país.”

9.- El último discurso de Salvador Allende.

El presidente chileno derrocado por el golpe de Estado de Pinochet (11 de septiembre de 1973), se dirige a la nación. Es un discurso importante en lo emocional y, sobre todo, denuncia el inicio de las dictaduras militares del cono sur americano que tantos disgustos trajeron a la zona:” Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes”, señalaba el ya expresidente. Anunciaba así su decisión de suicidarse. Fue un acto de acusación hacia el golpista, Pinochet: “el general rastrero”.  Dejó una frase para la posteridad. “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

10.- Juan Carlos I. 23 de febrero de 1981.

El intento de golpe de estado de febrero de 1981 a manos del General Armada, Milans de Bosch, Tejero y otros, supuso un punto de inflexión en la historia de España, el discurso del rey Juan Carlos I la madrugada del 24 de febrero de 1981 permitió tranquilizar a los españoles y supuso el fracaso del golpe. En alocución televisiva, declaró que rechazaba cualquier intento de golde de Estado. Tras varias horas de intensas llamadas, reflexiones y tensión, Milans de Bosch retrocedió en sus planes y fue arrestado, mientras que Tejero resistió hasta el mediodía del 24.

 «Al dirigirme a todos los españoles, con brevedad y concisión, en las circunstancias extraordinarias que en estos momentos estamos viviendo, pido a todos la mayor serenidad y confianza y les hago saber que he cursado a los Capitanes Generales de las Regiones Militares, Zonas Marítimas y Regiones Aéreas la orden siguiente:

Ante la situación creada por los sucesos desarrollados en el Palacio del Congreso y para evitar cualquier posible confusión, confirmo que he ordenado a las Autoridades Civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor que tomen todas las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente…

La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum».

 11.-Ronald Reagan. Discurso en la Puerta de Brandeburgo. Berlín Occidental, Alemania 12 de junio de 1987.

Muchas personas ven en Ronald Reagan al gran restaurador del sueño americano. Esa tierra de libertad y oportunidades que permite a cualquier ciudadano llegar a lo más alto, por méritos propios. Como en tantas personas de su generación la II Guerra Mundial fue determinante en su vida. No pudo alistarse como quería por su miopía, pero le contrataron como actor para las películas de propaganda americana durante el conflicto. Miembro del sindicato de actores empezó a dar discursos políticos. Desde el principio sus palabras siempre tuvieron un contenido antiestatista y conservador. Consumado antifascista, antirracista y anticomunista.

Cuando llega a la presidencia el 4 de noviembre de 1980, tras el gobierno de Carter, el liderazgo mundial americano estaba en crisis: invasión de Afganistán, crisis de los rehenes en Irán, una inflación desbocada, crisis del petróleo… No se amilanó. Revertió esa situación durante su presidencia y, al tiempo, echó un pulso a los comunistas. En este último asunto de la mano de Margaret Thatcher y del Papa Juan Pablo II. Los tres doblegaron a la tiranía comunista. En representación de aquel hecho histórico que cambió la faz del mundo occidental traemos el discurso de Reagan en la puerta de Brandeburgo, varios presidentes americanos se habían dirigido a los alemanes desde la construcción del Muro, el más conocido fue Kennedy el 26 de junio de 1963, entonces con el Muro recién levantado y, ahora, Regan, con el Muro a punto de ser derribado. Kennedy dijo en medio de una multitud:«Ich bin ein Berliner»[yo también soy Berlinés] lo que ha pasado a la Historia de la esperanza de los alemanes de su reunificación.  El de Reagan, era no ya una hipotética esperanza, sino la constatación del trabajo realizado. Dijo: mientras la puerta esté cerrada, mientras se permita esta herida de muro, no es sólo la cuestión alemana que permanece abierta, sino la cuestión de la libertad de toda la humanidad. Pero no he venido aquí a lamentarme. Puesto que encuentro en Berlín un mensaje de esperanza, incluso a la sombra de este muro, un mensaje de triunfo.” Y el triunfo llegó. Continuó el presidente: “En la década de los 50, Kruschev predijo: “os enterraremos”. Pero en Occidente hoy vemos un mundo libre que ha alcanzado un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en toda la historia humana. En el mundo comunista vemos fracaso, retraso tecnológico, niveles sanitarios en declive, incluso necesidad del tipo más básico: demasiada poca comida. Incluso hoy, la Unión Soviética no puede alimentarse a sí misma. Después de estas cuatro décadas, entonces, una conclusión inevitable se alza ante el mundo entero: la libertad lleva a la prosperidad. La libertad viene a sustituir los antiguos odios entre las naciones por civismo y paz. La libertad es la vencedora… Y puede que ahora los propios soviéticos, a su manera limitada, se den cuenta de la importancia de la libertad. Oímos mucho de Moscú acerca de una nueva política de reforma y apertura… ¿Son estos los comienzos de cambios profundos en el Estado soviético?”. Y Reagan gritó desde Berlín: “Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, haga caer este muro!”

El muro cayó y éste hecho, junto con la derrota del nacismo, son los dos acontecimientos más destacados e importantes del S XX.

12.- Felipe VI. 3 de octubre de 2017.  

En aquel mes de octubre, el gobierno noqueado por la celebración de un pseudo referéndum- completamente ilegal, pero que nunca debió de ocurrir-, las calles incendiadas y una huelga general amenazando Cataluña. El Rey Felipe VI, en un discurso balsámico, certero y lleno de coraje logró parar la campaña de publicidad exterior que había iniciado la Generalidad y la posibilidad de que algún país reconociera aquel acto ilegal y secesionista.

Si hubo algo esencial en aquel discurso fue la manifestación de que el estado español aún sobrevivía; de que la Corona expresaba la unidad de España y la constitución.

“Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno… Han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando ─desgraciadamente─ a dividirla. … todo ello ha supuesto la culminación de un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña. Esas autoridades, de una manera clara y rotunda, se han situado totalmente al margen del derecho y de la democracia. Han pretendido quebrar la unidad de España y la soberanía nacional, que es el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común….Por todo ello y ante esta situación de extrema gravedad, que requiere el firme compromiso de todos con los intereses generales, es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía.”

 Después dirigiéndose a todos los españoles, especialmente a los ciudadanos de Cataluña preocupados por la deriva antidemocrática de sus dirigentes, les lanzó un mensaje de esperanza:

“…les digo que no están solos, ni lo estarán; que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles, y la garantía absoluta de nuestro Estado de Derecho en la defensa de su libertad y de sus derechos.

Y al conjunto de los españoles, que viven con desasosiego y tristeza estos acontecimientos, les transmito un mensaje de tranquilidad, de confianza y, también, de esperanza. Son momentos difíciles, pero los superaremos. Son momentos muy complejos, pero saldremos adelante. Porque creemos en nuestro país y nos sentimos orgullosos de lo que somos. Porque nuestros principios democráticos son fuertes, son sólidos. Y lo son porque están basados en el deseo de millones y millones de españoles de convivir en paz y en libertad” …

Aquella noche, el discurso del Rey provocó un cambio de tendencia y fue el desencadenante de la manifestación del 8 de octubre que convocó a un millón de personas en las calles de Barcelona en contra del golpe de Estado. A partir de ese momento, los separatistas entraron se encontraron desunidos, actuaron con atolondramiento o huyeron como cobardes. Los que se quedaron acabaron en la cárcel condenados por sedición.