CUANDO LOS INGLESES QUEMARON LA CASA BLANCA Y EL CAPITOLIO.

Si preguntamos por la calle a los transeúntes que señalen los acontecimientos más destacados de 1812, muchos acertarán a recordar que España aún estaba enfrascada en la Guerra de la Independencia; alguno podrá fechar en tal año la batalla de Arapiles o la reunión de las Cortes liberales en Cádiz para la promulgación de la Constitución de 1812. Asimismo, recordaran 1812 como el año en el que Napoleón con la Grande Armée enfiló el camino de Moscú para invadir Rusia. Es posible que alguno de ellos sepa calibrar la actuación portuguesa, la posición alemana o la defensa británica contra Napoleón, pero es muy probable que muy pocos sepan resaltar cuál era la situación de los distintos imperios al otro lado del Atlántico y como las guerras napoleónicas afectaron a los mismos; en el caso que nos ocupa, al Imperio Británico en América.

En 1812, Estados Unidos llevaba casi cuatro décadas de independencia, pero su vida no había sido muy pacífica, ni internamente, pues su idea expansionista los había llevado a tener problemas con los indios, ni hacia el exterior, con las colonias británicas al norte (Canadá) y, sobre todo, con la metrópoli (Gran Bretaña). Los ingleses no habían asimilado muy bien eso de que sus antiguas colonias hubieran alcanzado la independencia, a lo que se unía en aquel momento que el comercio de los EE. UU con Francia no era del agrado inglés pues favorecía a Napoleón. A raíz de las guerras napoleónicas, la Marina Real Británica (Royal Navy) había empezado a bloquear las rutas comercial marítimas de los países aliados de Francia, de la propia Francia y de los países neutrales. USA se encontraba entre estos últimos. Además, los ingleses no contentos con apresar los barcos, obligaban a los tripulantes norteamericanos a enrolarse en la flota del Reino Unido sometiéndolos así al mando británico.

Esta situación enervó a los sectores más radicales del partido Demócrata- Republicano en el Congreso que aspiraban a “dar una lección” a los ingleses. Ese sector de congresistas era conocido como los “Halcones de la Guerra”. Por el contrario, el otro partido nacional, el partido federalista, se oponía a enfrentarse contra su antigua metrópoli y, consiguientemente, favorecer a los franceses. El presidente Madison no era un halcón, sin embargo, vio en la declaración de guerra la opción de alcanzar popularidad para su reelección. En la votación en el congreso, el 18 de junio de 1812, las cifras de apoyos a la guerra estuvieron tan divididas que la declaración de Guerra se aprobó por un pequeño margen de diferencia a favor.  Se inicia así la guerra anglo-norteamericana de 1812.

En la Región de Nueva Inglaterra[1], feudo de los federalistas, las banderas ondearon a media asta cuando la guerra fue declarada. Región eminentemente comercial, temía a la guerra más que al bloqueo.

Algo de razón tenían los federalistas pues los Estados Unidos no estaban preparados para un conflicto contra Gran Bretaña. Su ejército regular no estaba bien equipado, carecía de entrenamiento y de la disciplina necesaria, tampoco tenían una marina que pudiera enfrentarse a la Royal Navy. Pero, entre las razones para iniciar aquel conflicto, estaban los deseos de los Halcones de conquistar Canadá, no sólo por mera expansión sino también para poder encauzar la conquista del Medio Oeste que estaba encallada por el apoyo británico a los indios de la zona, de hecho, los nativos tenían la promesa inglesa de formar una confederación india en esa zona, en lo que hoy es Indiana y estados limítrofes.

De 1812 a 1814, la guerra estuvo llena de intermitencias fundamentalmente porque los ingleses, ocupados en luchar contra Napoleón en Europa, tomaron una actitud defensiva. Se limitaron junto con los nativos canadienses (Canadá se conocía entonces como la Norteamérica británica) en repeler los intentos de los Estados Unidos de invadir la región. De hecho, como los americanos sabían que no tenían mucho que hacer contra la armada inglesa, decidieron invadir Canadá por tierra. Sus ataques fueron un desastre. La milicia estadounidense se mostró incompetente e ineficaz. Sin embargo, gracias a la brillante acción del Almirante Oliver Hazard Perry- hermano del no menos conocido y gran militar Matthew Calbraith Perry (que logró la apertura al mundo de Japón)- los estadounidenses lograron el control de los lagos Erie y Champlain, previniendo así cualquier amenaza de una invasión a gran escala desde el norte.

La Guerra dio un giro en 1814. Con Napoleón desterrado en la isla de Elba, los ingleses tornaron sus ojos y su ejército hacia las viejas colonias. Enviaron tres ejércitos de invasión a Estados Unidos. El 14 de agosto de 1814, una flota de buques de guerra británicos partió de la base naval de Bermudas. Su objetivo final era la ciudad de Baltimore, que entonces era la tercera ciudad más grande de Estados Unidos. Baltimore también era el puerto de origen de muchos corsarios estadounidenses que asaltaban la navegación británica.   Aunque en su periplo antes de llegar a Baltimore, los ingleses lograron arrinconar a los estadounidenses en el Estado de Main, y tras la batalla de Bladensburg, en agosto de 1814, llegaron a la capital de los Estados Unidos: Washington.

Los británicos invadieron Washington con un objetivo primordial, moralizar a los estadounidenses, ponerlos simbólicamente de rodillas quemando sus edificios públicos.

El 22 de agosto, el presidente Madison había salido de la ciudad para revisar las tropas y los enclaves militares de defensa frente a los británicos. Pero cuando pensaba regresar, los soldados que defendían la capital huían despavoridos al ver a lo lejos las casacas rojas inglesas, que el 24 de agosto llegaron a la ciudad. La única resistencia la pusieron los ciudadanos encaramados en los tejados a modo de francotiradores, la respuesta británica fue incendiar el barrio entero. De allí se fueron al Capitolio. Estaba en construcción. Su obra se había encargado a diversos arquitectos europeos que realizaran trabajos finos de decoración arquitectónica. Se preveía un edificio majestuoso que fue invadido y luego incendiado por los ingleses.  Desde el Capitolio se dirigieron a la Casa Blanca que entonces era conocida como la Casa del Presidente. Allí resistía la esposa de Madison, Dolley Madison, que se afanó hasta el último minuto por salvar todos los enseres posibles. Con la ayuda de Paul Jennings, un esclavo de 15 años, puso a salvo el más antiguo retrato de George Washington que se conservaba en la mansión, mientras un secretario se encargaba de sacar la Declaración de Independencia, que fue guardada en un molino situado cerca de Georgetown. La primera dama consiguió enviar un cargamento con objetos de oro y plata de la Casa Blanca a un Banco de Maryland y escondió varios documentos del gabinete de su marido en troncos.

Dolley Madison permaneció en la residencia presidencial hasta que los primeros “casacas rojas” aparecieron por las inmediaciones de la Casa presidencial. Entonces accedió a subir a un coche de caballos, que salió a la carrera protegido por un solo oficial, ya que el resto de los militares que debían protegerla había huido antes.

En la casa dejó preparada la mesa para un banquete oficial, que, en principio, debían dar aquella noche. Fue la cena que se tomaron los ingleses antes de quemar el edificio. Gracias a que se desató una tormenta poco después, el incendio no devastó por completo el inmueble.

Los británicos permanecieron en Washington 26 horas, ya que no disponían de las tropas necesarias para hacer frente al contraataque que ya estaba organizando el humillado presidente Madison.

Cuando la situación se calmó y el presidente y su mujer pudieron volver a la ciudad, la que fue aclamada con vítores por el pueblo fue Dolley. En el arreglo que hubo que hacer a la vivienda, una parte se pintó de blanco para intentar disimular los rescoldos del incendio. De ahí proviene el nombre de Casa Blanca.

El presidente Madison logró rehacer las tropas y así repeler a los ingleses poco después en Nueva york y Baltimore. En esta última ciudad se produjo el bombardeo desde los barcos británicos varados en la bahía; su objetivo principal fue el Fuerte McHenry, que resistió heroicamente. Este hecho inspiró al abogado y poeta Francis Scott Key, un poema que llamó «The Star-Spangled Banner». De él surgió después el himno americano.

La última batalla de esta guerra fue dada en la ciudad de Nueva Orleans en la que destacó como héroe Andrew Jackson, futuro presidente de los EE.UU.

La paz se rubricó con el Tratado de Gante (24 de diciembre de 1814), en el que se acordó la vuelta a las posiciones fronterizas anteriores.

En Canadá celebran esta guerra como una victoria al no haber sido invadidos y los estadounidenses, también, aunque el resultado de la guerra para ellos fuera más ambiguo, porque en ella surgió un espíritu patriótico que logró la unidad de la nación como no existía hasta ese momento.

Como consecuencia de la misma, el partido federalista, acusado de desleales y localistas, desapareció y durante unos años los Demócratas- Republicanos no tuvieron rival en las elecciones. Hasta que se produjo una escisión en el mismo que, con algún cambio más, dio lugar al nacimiento de los actuales partidos demócrata y republicano.

[1] Nueva Inglaterra es una región al noreste de los EE. UU integrada por seis estados: Maine, New Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut. Su nombre deriva de que fue el primer lugar de asentamiento de los primeros colonos británicos llegados en el Mayflower.

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EL CONTUBERNIO DE MÚNICH

Tras el final de la II Guerra Mundial, muchos políticos europeos consideraron que había que realizar un movimiento paneuropeísta a fin de dirimir amistosamente las diferencias que surgieran entre los países europeos, en vez de recurrir a enfrentamientos armados que tantos disgustos habían dado. Aquel movimiento, del que Churchill fue uno de sus primeros impulsores, defendía los principios de la democracia liberal. Ya lo vimos en las entradas sobre la creación de una conciencia europea https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/

Pero Churchill no fue el único, en toda Europa existían otra serie de movimientos con la misma finalidad europeísta: el liberal, el socialista, el federalista y el demócrata-cristiano. En la confluencia de esas ideas se van construyendo las instituciones europeas. Así, en 1949, se crea el Consejo de Europa. En 1951, ve la luz la CECA; su tratado constitutivo fue firmado por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos. En 1957, se firman, en Roma, el tratado que crea el Mercado Común y el que da lugar al EURATOM.

Mientras tanto, en España, se intenta salir del aislamiento al que estábamos sometidos tras el final de la II Guerra Mundial con tres acuerdos, todos ellos de 1953: en enero, España se incorpora a la UNESCO; en agosto, se firmó el concordato con la Santa Sede, y, en septiembre, se firma el Tratado de Amistad y Cooperación con los EE. UU (que realmente eran tres tratados, entre los que se permitía la presencia de bases americanas). A cambio, España, empezaba a ser considerada parte del mundo occidental.  Al mismo tiempo, surgen en España los primeros grupos europeístas a la luz de lo que se estaba produciendo en Europa. Aquellos movimientos que, evidentemente, buscaban una apertura del régimen, estando muy mal vistos por el franquismo como era lógico, aunque no fueron perseguidos de manera inmediata entre otras razones porque su grupo más activo estaba vinculado a la Iglesia Católica y a la Asociación Católica de Propagandistas. Hubo un segundo grupo, más en la clandestinidad, que también tuvo cierta fuerza en aquel movimiento europeísta. Se formó en la Universidad de Salamanca y entre sus miembros destacaba el profesor Enrique Tierno Galván.

Pero son los primeros, en torno a la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), los que de verdad movilizan a un numeroso grupo de personas. Tuvieron la astucia de nacer como asociación cultural, aparentemente sin vinculación política, lo que les permitía una mayor desenvoltura.

El gobierno no quería ni oír hablar del movimiento europeísta ni del Mercado Común; de hecho, el mismo Franco, en el discurso de Navidad de 1956, manifestó que la idea de una unión europea estaba llamada al fracaso. Sin embargo, en mayo de 1957, crea una comisión con forma de oficina de información que ha de estudiar cómo afectan los acuerdos europeos el régimen. Poco después, en 1959, el plan de estabilización de los tecnócratas requería un cambio de rumbo económico lo que obligaba a una cierta apertura al exterior. Con esa perspectiva, España logra entrar en lo que hoy son el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.

Igual que el régimen evoluciona, las asociaciones europeístas también lo hacen pasando de meras asociaciones culturales a grupos políticos. Especial cambio sufre la AECE de los propagandistas cuando es nombrado presidente de la misma José María Gil Robles y se unen a ella no sólo los democristianos sino también ciertos sectores liberales y algunos socialistas. Esta asociación se pone en contacto con los españoles en el exilio, pero excluyendo a los comunistas. Ni los Comunistas estaban bien vistos en Europa ni ellos veían con buenos ojos la comunidad europea que se fraguaba. Además, los socialistas no querían que se les asociara con ellos. Este grupo de europeístas españoles, del interior y del exterior, habían previsto un primer encuentro en Mallorca, que poco tiempo antes de que se produjera fue suspendido por orden gubernativa. Todos los actores de aquel tiempo coinciden en que fue la ceguera del Ministro de Gobernación lo que hizo fracasar aquella reunión y dio lugar a la convocatoria de una reunión de los movimientos europeístas españoles en el marco del propio Movimiento Europeo, que había de celebrar su IV Congreso en el mes de junio de 1962 (del 5 al 8 de junio), en la ciudad de Múnich.

En una de las aparentes contradicciones del régimen, el 9 de febrero de 1962, España solicita la apertura de negociaciones para entrar en la CEE. Realmente, aquello no era más que una concesión formalista de Franco a los empresarios españoles que clamaban por una mayor apertura al exterior, pero el Caudillo no tenía ningún interés en entrar en el Mercado Común, ni los miembros del tratado de Roma de que España entrara, por eso rechazaron la solicitud española.

Mientras tanto, seguía en marcha la organización de la participación española en el congreso de Múnich. Salvador de Madariaga que representaba a los liberales españoles exiliados y llevaba la dirección de la participación española en Múnich se encargó de lograr el apoyo de los organizadores, especialmente de Robert Van Schendel, Secretario General del Movimiento Europeo desde 1955, que trabajó al lado de los eminentes y míticos padres de la Europa Unida, como Robert Schuman, Walter Hallestein, Jean Rey, Maurice Faure y que conocía perfectamente toda la problemática del europeísmo español. En el interior, fue José María Gil-Robles quien asumió la responsabilidad de coordinar la asistencia y los trabajos para el congreso, en unas condiciones nada fáciles. Ambos contaron con varios colaboradores en la organización: Gorkin, antiguo miembro del PROUM, como conseguidor de fondos- fue la CIA la que estaba interesada en aquel congreso y la que aportó los fondos para los viajes y las estancias en Múnich-. Fue Enrique Adroher, conocido como Gironella, el dirigente socialista que negoció con Gil Robles la estructura de la representación. Querían que fuera numerosa- más de 100 personas- que hubiera más representantes del interior que del exterior y que del interior abundaran los representantes de la derecha y, por supuesto, la ya mencionada inasistencia de comunistas. Fue José Vidal Beneyto el encargado de coordinar y enlazar el interior y el exterior. El reclutamiento interior vino de la mano de Beneyto y de Fernando Álvarez de Miranda, entre otros. Se buscaron representantes de la Iglesia, de la banca, del ejército. Asistieron miembros de la Asociación Católica de Propagandistas, de Acción Católica, de la banca, hasta falangistas como Dionisio Ridruejo. Pero no aceptaron ir los representantes del Opus Dei. Al final la delegación española contó con 118 representantes, 80 de los cuales fueron del interior y el resto del exterior. Aquí se puede consultar el listado de participantes (si bien en este listado realizado en el aniversario del congreso se omite por error 4 nombres): http://www.movimientoeuropeo.org/contubernio-de-munich/

Los representantes españoles parten para Múnich cuando había estallado una huelga en la minería asturiana secundada por obreros de otros lugares, destacando los conflictos en el País Vasco, lo que provocó la declaración del estado de excepción en ambas regiones.

Evidentemente, el régimen, conocedor del congreso, no se estuvo quieto y presionó a los organizadores y al gobierno alemán para que la delegación española no tuviera participación activa en el congreso. Incluso enviaron a espías franquistas a Múnich con el fin de tener información de primera mano de lo que allí ocurriera. Se dice que una de las cosas que más inquietó y enfadó al tiempo a Franco fue la presencia de Dionisio Ridruejo, uno de los falangistas de la primera hora y responsable de la propaganda del bando franquista en la Guerra Civil, en aquel cónclave europeísta.

Al llegar a Múnich los congresistas hispanos se dividieron en dos grupos de trabajo, uno del interior y otro con los del exterior. Esto desconcertó a los participantes pues creían que iban a estar en una reunión conjunta. Se hizo así para mitigar una posible tensión al reunir a personas que unos años antes habían estado combatiendo en bandos enfrentados. Sin embargo, los intercambios entre congresistas fueron constantes y tras los primeros acuerdos entre cada sector se produjo la ansiada reunión conjunta. De ella salió un texto común que, en resumen, defendía el compromiso de luchar por la instauración en España de instituciones representativas y democráticas; la efectiva garantía de los derechos humanos; el respeto a las libertades individuales con especial mención a la de expresión, reunión, asociación, sindicales, la posibilidad de organizar corrientes de opinión y partidos políticos.

Aquel texto tropezó en un primer momento con un punto de fricción al insistir los socialistas en que figurara la república como forma política de Estado. Los monárquicos no podían aceptar esta propuesta. Joaquín Satrústegui, miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona -también Gil Robles lo era- consiguió convencer a los socialistas de que aceptaran como forma de Estado la monarquía democrática y parlamentaria al haber sido un poder neutral durante la guerra. El Rey se había marchado y su hijo y heredero, don Juan, no era partidario del franquismo. La república y los republicanos habían sido uno de los bandos de la guerra y establecer la república como forma de Estado era querer imponer una victoria después de haber sido derrotados y eso no podían aceptarlo los representantes del interior. Al final, Rodolfo Llopis – representante del PSOE en el exilio solicitó a Joaquín Satrústegui que transmitiera al Conde de Barcelona lo siguiente:

“El PSOE tiene un compromiso con la República que mantendrá hasta el final. Ahora bien, si la Corona logra establecer pacíficamente una verdadera democracia, a partir de ese momento el PSOE respaldará lealmente a la Monarquía.”

Gil Robles y Rodolfo Llopis sellaron el acuerdo con un emocionante abrazo de reconciliación. El manifiesto se leyó en la reunión del congreso acompañado de dos discursos uno de Gil Robles y otro de Salvador de Madariaga. Ambos brillantes, ambos emocionantes, ambos lograron poner de pie al auditorio.

Estos discursos fueron aireados por la prensa mundial. En España, el ministro de información, Arias Salgado, en otro error sin precedentes, desencadenó una campaña innecesariamente brutal contra los asistentes. Utilizó al periódico afín al régimen “Arriba” para sus fines. Éste empleó la descalificación de “contubernio” -alianza para fines censurables o la cohabitación ilegal de dos personas-, para definir la reunión de los miembros de un congreso europeísta; lo que era volver al lenguaje rebuscadamente agresivo de otros tiempos. Aquella excitación de algunos sectores del franquismo llevó a la aprobación de un Decreto-ley  el 8 de junio por el que el general Franco suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles, es decir, terminaba con la libertad de residencia, una de las pocas reconocidas en España. Se trataba del paso previo a la represión que siguió a los participantes. A pesar de que el gobierno alemán reclamó a Franco que no encarcelase ni reprimiese a los participantes y éste manifestó que la idea alemana de España como país represor era anticuada y nada realista, al regreso a España, los congresistas hispanos de Múnich fueron detenidos y enviados al destierro a las islas Canarias. Un numeroso grupo, Satrústegui, Jaime Miralles y Álvarez de Miranda entre ellos, fueron deportados a la isla de Fuerteventura y otros, a la de Hierro. Iñigo Cavero, contaba en sus clases en la facultad, cuáles eran condiciones de vida en Hierro en aquellos años, las de Fuerteventura no eran mejores: alejados de su familia, sin saber cuándo volverían a verlos y sin las comodidades que hoy existen en las Islas Canarias. Entonces no había agua corriente ni la electricidad funcionaba adecuadamente. No pensemos en el paraíso canario actual, sino en islas pequeñas, sin infraestructuras adecuadas y aisladas.

Aquella reclusión duró aproximadamente unos 11 meses. Si bien, marcó la vida de los participantes a su vuelta a la vida civil en aquellos años. Si la situación no fue peor, se debió a la promesa realizada a Alemania y, sobre todo, porque Franco se percató de que necesitaba abrir las fronteras para mejorar la economía. Ahora, la idea de ingresar en el Mercado Común se iba haciendo más aceptable. Se dio cuenta del error de Arias Salgado, el cual fue destituido. Su lugar lo ocupó Manuel Fraga. Curiosamente, Fraga, con gran visión, empezó una tarea aperturista que se inició con su ley de prensa de la que ya tratamos en este blog ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ )y que permitió poco a poco, abrir España al exterior y a cierta flexibilidad. Se puede decir que Fraga fue uno de los triunfadores del contubernio de Múnich, sin haber participado en él.

Otras de las consecuencias de aquel congreso fueron las siguientes:

1.- En Múnich se harían presentes los partidos y las ideologías que años después alcanzarían presencia mayoritaria en las elecciones nacionales.

2.- El consenso que hizo posible la Constitución de 1978 tiene en la idea de Europa una de sus principales causas.

3.- La izquierda se forjó en torno al PSOE. Curiosamente, la oposición al franquismo la habían llevado a cabo en España el PCE y CC.OO. Como dijo sarcástica y gráficamente Santiago Carrillo, el PSOE había estado “cuarenta años de vacaciones”. Pero a raíz de Múnich los europeos vieron en el PSOE la fuerza de izquierda adecuada para España y así en su 27º congreso (Madrid, diciembre de 1976) Felipe González apareció apoyado por Willy Brandt, François Mitterrand, Olof Palme, Pietro Nenni, Michael Foot, Simon Peres… Carrillo tuvo que conformarse con dos o tres representantes menores del llamado eurocomunismo en alguno de sus mítines. Jorge Semprún (1923-2011), intelectual y antiguo miembro del PCE, lo contó en su libro, “Autobiografía de Federico Sánchez”, en el que afirmaba que el PCE aparecía como partido ambiguo ante los valores democráticos y cosmopolitas europeos. El resultado fue una amplísima diferencia de votos en favor del PSOE frente al PCE en las elecciones de 1977.

4.- El Congreso de Múnich también supuso la confirmación de la monarquía como forma política del Estado, pero no en la figura de Don Juan, pues fue muy crítico con el congreso de Múnich, lo que le hizo perder la confianza de los republicanos. Así emerge la figura de su hijo, Juan Carlos I, como único posible Rey, aceptado por izquierda y derecha, que pudiese encarnar el futuro democrático de España.

BIBLIOGRAFÍA

Joaquín Satrústegui. Ensayo titulado “La política de Don Juan en el exilio”. 1990

Paul Preston. “Franco: Caudillo de España”. Barcelona. Círculo de lectores. 1994

Fernando ÁLVAREZ DE MIRANDA. “Del «contubernio» de Múnich al consenso”. Barcelona, Ed. Planeta,1985

Jordi Amat. “La primavera de Múnich”. TUSQUETS. 2016

EL CONCEPTO DE EDAD CONTEMPORÁNEA

A raíz del hilo anterior, un lector me preguntaba qué diferencia existe entre las escuelas continentales europeas y las anglosajonas en el cómputo de la edad contemporánea.

Voy a intentar explicarlo.

En primer lugar, señalaremos que estamos hablando de temporalidad, del reloj de la historia, por explicarlo gráficamente. No vamos a analizar otros aspectos que también influyen en el estudio histórico, como la filosofía de la Historia, por ejemplo.  Ese concepto temporal es la plataforma con la que cada generación analiza su presente y su pretérito. En el ámbito temporal en el que nos movemos, el presente determina unas condiciones que se asemejan o se alejan de las anteriores y que hacen pensar si el tiempo histórico anterior es el mismo en el que el historiador vive o ha cambiado.

La periodización clásica de la Historia en Edades -Antigua, Media, Moderna- surgió del espíritu del Humanismo (S XV), es decir, en la fase del Renacimiento tardío que se reconoce como un movimiento cultural y filosófico que se desarrolla principalmente en Florencia, Roma y Venecia, caracterizado por la presencia de pensadores, escritores, artistas… que, tomando ciertos elementos de la cultura clásica griega y romana, ponen al hombre como centro del Universo frente al teocentrismo medieval. En el fondo, el Renacimiento había superado los problemas del milenio, los de la peste y nacía en un momento de esplendor económico y de avance de las comunicaciones. Muchos países, encabezados por España, habían experimentado grandes cambios: los descubrimientos geográficos, recordemos la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, los estudios de la Escuela de Salamanca y posteriormente de otras Universidades europeas, la reforma evangélica, la Contrarreforma…

Social, política, económica y culturalmente se trataba de una nueva Era, que volvía los ojos al esplendor clásico, queriendo enlazar su presente con aquel periodo de fulgor que, en su opinión, había sido perturbado por un periodo intermedio que, para los humanistas, sólo tenía connotaciones negativas al considerar que había sido un retroceso de la supuesta brillantez de la época grecolatina, que ahora se pretendían recuperar. De ahí su nombre: Edad Media. Periodo intermedio obscuro entre periodos brillantes.  Esta visión ha pesado mucho desde entonces, convirtiéndose en un tópico que hoy ya no se sostiene.

A fines del siglo XVII, Cristóbal CELLARIUS adapta al conocimiento de la Historia la división hecha algún tiempo antes para la Literatura. La clasificación de CELLARIUS, matizada después por GATTERER, era sencilla y clara, tuvo una general aceptación y puso las bases de una concreta periodización del proceso histórico: había existido, según esta interpretación, una “Historia antigua” hasta el siglo V, a la que seguía una “Historia medieval” que se extendía hasta el siglo XV, iniciándose desde entonces una «Historia nova» o moderna que cubría los siglos XVI y XVII.

Esta división entre antiguos y modernos fue el inicio de partida de la posterior división de la época moderna en dos etapas separadas por una doble revolución, económica (Revolución Industrial) y política (Revolución liberal-burguesa), desencadenada en el mundo occidental a finales del siglo XVIII. A la segunda etapa se le denominaría Edad Contemporánea.

El concepto de edad contemporánea es, por tanto, reciente.  Nace motivada por un nuevo entusiasmo histórico provocado por la Revolución francesa, expresión de la Ilustración. Por ellas surgió la idea de una cuarta edad que se añadió a la división ya clásica de CELLARIUS. De esta forma, el momento histórico de la Revolución francesa como fase de tránsito de la Edad Moderna a la Contemporánea quedaba equiparado en trascendencia a los otros momentos que simbolizan el paso de una Edad a otra: la caída del Imperio Romano en Occidente entre la Antigua y la Media, y la del Imperio Bizantino, segunda Roma, entre la Media y la Moderna. Esta nueva Edad, Contemporánea, se adaptó con facilidad y rapidez a la Historia europea y universal, fue desde su origen motivo de interpretaciones diversas en orden a la delimitación precisa de sus caracteres y contenido.

Este concepto ilustrado de cambio de Era, de la Moderna a la Contemporánea, se lo debemos a los franceses. Es la historiografía francesa la que se extiende por el Continente y más en concreto por los países mediterráneos (España sigue en sus escuelas históricas esta misma concepción), si bien en ellas se suele establece en su origen un paso previo a la Revolución francesa que fue la Revolución americana, en lo que Palmer llamó Revoluciones Atlánticas.   Es evidente que el concepto de revolución marca el origen de esta nueva Era. EI profesor SECO SERRANO ha sintetizado la estructura de la Edad Contemporánea en dos ciclos revolucionarios: el primero comprende desde 1776 hasta 1864 -constitución en Londres de la I Asociación Internacional de Trabajadores- y es el ciclo revolucionario burgués-liberal que constituye la Alta Edad Contemporánea; y el segundo se inicia en 1864 llegando hasta nuestros días y constituyendo el ciclo revolucionario proletario-socialista, cuya máxima expresión es la Revolución Soviética en 1917 –paralela en importancia histórica a la Revolución francesa-: es la Baja Edad Contemporánea. Sin embargo, esto presenta algunos matices que proceden de la propia perspectiva temporal actual y de una serie de elementos de filosofía de la Historia o de teoría y práctica de la misma, en virtud de las diferentes escuelas de pensamiento histórico, siendo las principales al iniciarse el Siglo XX: la marxista, la escuela de los Annales y la cuantitativista. En el último tercio del siglo XX, estas escuelas empezaron a entrar en crisis, abriendo un nuevo periodo de discusiones.

Así, hoy, se discute si a partir de 1960 (los que lo defienden, como Barraclough, se centran en cambios básicos en la estructura de las sociedades nacionales y en el equilibrio de fuerzas mundial), o si desde la caída del Muro, estamos en el mismo periodo contemporáneo o iniciamos otro. Hay quien indica como señal del cambio, la crisis del concepto revolucionario que era el que daba unidad al origen contemporáneo de los estudios históricos. Sin embargo, la crisis no se produce en los aspectos de democracia liberal, aunque algunos pretendan discutirla, sino en cambios sociales provenientes de otra revolución: la llamada cuarta revolución industrial o revolución tecnológica en la que nos vemos inmersos y  que ha transformado las comunicaciones, ha creado una sociedad global, la manera de trabajar… en resumen la transformación de la ciencia aplicada que ha cambiado de manera importantísima, el establecimiento de formas alternas de enfrentar el problema de la situación de los seres humanos en el tiempo y el espacio y su ubicación en la sociedad. Si esto determina otra era histórica o no, el tiempo lo dirá.

Hasta aquí nuestro análisis se ha centrado en la escuela francesa o continental. Pero esta división temporal tuvo otras manifestaciones diferentes, así con el surgimiento de las escuelas nacionales de historia se mantuvo la tesis de la participación interpretativa del historiador en la construcción del relato histórico. Los nuevos estados con aspiraciones a transformarse en naciones surgidos al calor de la Revolución Francesa hallaron en la historia elementos suficientes para invocar la genealogía identitaria de los nuevos estados-nación. Los intelectuales creerán hallar las raíces nacionales en la cultura popular, en el Romanticismo. Una de esas escuelas fue la alemana. Frente al proceso revolucionario francés y a la presencia de Napoleón, el derrotado Estado prusiano buscó un crecimiento fuera de la revolución y creó una nueva identidad colectiva. El papel de la historiografía germana en ello fue esencial, a través de la escuela historicista. Por ello, en Alemania, el inicio de la Edad contemporánea no se produce hasta la creación del Estado alemán.

Por su parte, en el mundo académico anglosajón se entiende como Historia Contemporánea la historia a partir del siglo XX, reservando el resto para la Historia Moderna. Aun así, conviene recordar que muchos aspectos de esa etapa que denominamos Moderna o del Antiguo Régimen pervivieron hasta la Gran Guerra en muchos lugares de Europa, especialmente en la tradición británica. También muchos países del antiguo imperio británico tienen una concepción dividida, según los casos en esas dos fechas- 1914 o 1945- como inicio de la Edad contemporánea. Los países orientales y Turquía también cifran el cambio tras la I Guerra Mundial. Los norteamericanos se dividen entre los que inician el estudio con el siglo XX o, mayoritariamente, después de la II Guerra Mundial.

En los países del mundo que consiguieron la independencia en los procesos de descolonización a partir de la Segunda Guerra Mundial, la Historia Contemporánea comenzaría a mediados del siglo XX, que es cuando se produjeron grandes cambios en su seno.

En todo caso, como vemos, todo esto no deja de ser una convención para lograr un estudio homogéneo de periodos históricos. Las divisiones son fruto de cambios muy profundos que permiten hablar de etapas diferentes. Por eso, encuadrarlo en siglos exactos no es sencillo; determinar el acontecimiento que transforma la sociedad no es fácil. Hay autores que marcan las diferencias buscando las mismas en periodos de 100 años. Pero sabemos que, en ocasiones, las trasformaciones son más lentas y, en otros casos, muy rápidas. 100 años, como en el tango, no son nada…o lo son todo.

12 discursos trascendentes para la Historia Contemporánea

Muchos de los discursos de la Historia de la humanidad fueron esenciales para ganar una guerra o para motivar a un auditorio o para pedir explicaciones morales a un dirigente.

Qué sería de la historia de la oratoria, pero, sobre todo, de la Historia  de la Humanidad sin la oración fúnebre de Pericles recordando al mundo que la felicidad se basa en la libertad, y la libertad en el coraje; o sin Cicerón advirtiendo a Catalina que la paciencia de Roma se agotaba; o sin los grandes discursos de Churchill, sobre todo, los tres realizados en torno a la “batalla de Francia” y que fueron el símbolo de la resistencia heroica británica frente a Alemania al inicio de La II Guerra Mundial; o el más que famoso, reconocido que uno de los mejores discursos de la humanidad, “ I have a dream” de Martin Luther King,  esencial para entender la lucha por los derechos civiles.

Muchas son las líneas expositivas sobre los discursos claves para la Historia, pero me voy a centrar en aquellos discursos esenciales para naciones del orbe occidental realizados por sus Jefes de Estado en la Historia Contemporánea- entendida en el sentido continental, no al modo de las escuelas anglosajonas-. Algunos nos gustarán más; otros, menos; pero no estamos comentando su contenido ni su excelencia oratoria, sino su trascendencia Histórica para bien o para mal. Evidentemente, son todos los que están, pero no están todos los que son.

1.- Thomas Jefferson. 4 de marzo de 1801, primer discurso inaugural.

La trascendencia del mismo se resume en que su contenido expresa la esencia de la democracia liberal. Muestra los ideales de la Ilustración, puestos en práctica tras lo que Palmer llamó las revoluciones atlánticas (EE. UU a un lado del mar; Francia, en la otra orilla)

Ya en 1776, Jefferson había formado parte del comité que elaborarían la declaración de Independencia de EE. UU: John Adams, Benjamín Franklin, Robert R. Livingston y Roger Sherman. La redacción final correspondió a Jefferson.

En 1779 siendo Gobernador de Virginia, centró su acción en abolir los privilegios de la primogenitura, en establecer la libertad religiosa y de culto (no hay que olvidar el origen de las 13 colonias tras la huida de los puritanos de Gran Bretaña por las persecuciones religiosas allí acontecidas) y en lograr la difusión general de la educación. En 1801, fue elegido presidente. En su discurso inaugural señala los grandes principios de su mandato y que marcan el devenir democrático de Estados Unidos:

[El Gobierno adecuado debe] dejar libres a los hombres para que regulen sus propios objetivos industriales y de desarrollo, y no quite a los trabajadores el pan que han ganado…los principios esenciales de nuestro Gobierno…justicia igual y exacta para todos los hombres, de cualquier estado o convicción, religiosa o política; la paz, el comercio y amistad honesta con todas las naciones, sin enredarnos en alianzas con ninguna; el apoyo de los gobiernos de los estados en todos sus derechos…; la preservación del Gobierno General en su vigor constitucional, como la tabla de salvación de nuestra paz en el país y la seguridad en el extranjero; un celoso cuidado del derecho de elección por el pueblo; una corrección suave y segura de los abusos que son podados por la espada de la revolución cuando son desprovistos los recursos pacíficos; aquiescencia absoluta en las decisiones de la mayoría [Previamente había señalado que: aunque la voluntad de la mayoría prevalecerá en todos los casos, para ser legítima esa voluntad debe ser razonable… que la minoría posee igualmente sus derechos, que una equitativa ley debe proteger, y cuya violación será considerada opresión], el principio vital de las repúblicas, de la que no cabe recurso a la fuerza, el principio inmediato, vital y primario del despotismo… la supremacía de la autoridad civil sobre la militar; economía en el gasto público, donde el trabajo no puede ser cargado a la ligera; el pago honesto de nuestras deudas y preservación sagrada de la fe pública; fomento de la agricultura y del comercio como su sierva; la difusión de la información y la comparecencia por todos los abusos al albur de la razón pública; la libertad de religión; la libertad de prensa y la libertad de un individuo bajo la protección del habeas corpus y el juicio por jurados seleccionados con imparcialidad. Estos principios forman la brillante constelación que nos ha precedido y guiado nuestros pasos a través de la era de la revolución y la reforma. La sabiduría de nuestros sabios y la sangre de nuestros héroes ha sido dedicada a su consecución. Deben ser el credo de nuestra fe política, el texto de la instrucción cívica, la piedra de toque por la cual probar los servicios de aquellos en quienes confiamos; y debiendo vigilarles en los momentos de error o de alarma, apresurémosles a volver sobre nuestros pasos y recuperar el camino que solo conduce a la paz, la libertad y la seguridad.”

2.- Lincoln- 14 de noviembre de 1863.

Gettysburg fue una sangrienta batalla que duró tres días, murieron 50.000 hombres y tuvo la trascendencia de ser un punto de inflexión en la guerra civil norteamericana. Materialmente fue una derrota muy dura para el sur, por la pérdida de hombres y de recursos, y por ser una derrota devastadora en el plano moral. Después de Gettysburg las esperanzas de reconocimiento de la Confederación se desvanecieron.

En ese momento, dónde la victoria parecía estar más cerca, el presidente Lincoln realiza en Gettysburg, en el mismo lugar de la batalla, uno de sus más famosos discursos en defensa de los valores históricos, ya proclamados por Jefferson y en contra de la esclavitud. En sólo 300 palabras, Lincoln especificaba todo lo que los padres fundadores habían querido para su nación, para la lucha por la libertad e igualdad de todos. Decía: “Hace 87 años nuestros padres crearon en este continente una Nación. Concebida bajo el signo de la libertad, configurada con la premisa de que todos los hombres nacen iguales… Ahora, estamos librando una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier otra nación dedicada al mismo principio, puede perdurar en el tiempo… El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí se diga, mas no olvidará jamás lo que ellos [los combatientes en Gettysburg] han hecho. Nos corresponde a los que estamos vivos completar su obra inconclusa y que tan noblemente han adelantado aquellos que aquí combatieron. Nos corresponde ocuparnos de la gran tarea que nos espera. Quienes han perecido no lo han hecho en vano…Que esta nación, bajo la guía de Dios, vea renacer la libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la Tierra”.

3.- Lenin 1917

Llega la revolución soviética y Lenin, gran orador, explica desde Moscú, en 1917, y en uno de sus discursos más representativos “¿Qué es el poder soviético?”, aboga por el fin del capitalismo y el alzamiento de la clase obrera que llegará al poder de la mano de los soviets. Dice así:

“Mientras la tierra siga siendo de propiedad privada el Estado gobernará siempre, incluso en la República más democrática y más libre, por medio de una pequeña minoría integrada por capitalistas y ricos a los oprimidos…por primera vez en el mundo el poder del Estado es de los obreros y campesinos trabajadores, excluyendo a los explotadores, construyendo organizaciones de masas, los soviets, a los que transfiere todo el poder. Es por eso que, el poder soviético, cualesquiera que sean las persecuciones a las que sean objeto los partidos comunistas de los distintos países, triunfará en todo el mundo de modo ineludible e inevitable en un futuro próximo. Permite a los oprimidos de ayer, la posibilidad de elevarse y tomar en sus manos toda la gobernación del Estado, toda la administración de la economía, toda la dirección de la producción… por eso es un camino seguro e invencible”. La Revolución de octubre estaba en marcha.

 4.- Hitler. Discurso ante el Parlamento el 13 de julio de 1934.

Debemos reconocer que Hitler tenía una habilidad especial para convencer a las masas con su oratoria lo que unido a la crisis que atravesaba Alemania y una serie de carambolas políticas, le llevaron al poder. Sus discursos importantes son numerosos, pero hemos elegido el pronunciado ante el Parlamento el 13 de julio de 1934. El motivo de esta elección es que marca su ascenso al poder omnímodo en Alemania y, con ello, la cuenta atrás para el inicio de la II Guerra Mundial.

La crisis de 1929 dio lugar a que nazis y comunistas alcanzaran buenos resultados en las elecciones alemanas de 1930. Aunque ambos tenían en su programa acabar con la democracia, los partidos moderados de la República de Weimar fueron incapaces de detener su ascenso, especialmente el nazi, y a pesar de ser conscientes de que nada bueno podían traer, pactaron con ellos en la absurda creencia de que podían controlarlos. En las elecciones de julio de 1932, los nazis se convirtieron en el partido con más escaños en el Reichstag. Su forma de entender el poder era el ejercicio de la violencia, es decir, el terror.

Entre sus muchos actos violentos, hay que destacar “la noche de los cuchillos largos” (la del 30 de junio a 1 de julio de 1934). En ella, Hitler, atentó contra los dirigentes de una organización paramilitar nazi (Sturmabteilung) (SA) pues temía que le arrebataran el poder. La mayor parte de los asesinatos los llevaron a cabo las SS (Schutzstaffel) y la Gestapo.  Acusado de estos crímenes y de tomarse la justicia por su mano en vez de confiar en la justicia ordinaria, Hitler se dirige al Parlamento (Reichstag), demostrando con sus palabras que todo el poder era suyo, aunque, formalmente, no lo adquirió hasta la muerte del presidente de la república en agosto de 1934. En aquel discurso, estableció quienes serían sus enemigos; los cuales, en su dialéctica, eran los enemigos del pueblo y del Estado alemán:

“…La mayoría de los trabajadores alemanes han superado ya esta postura destinada a hacer felices a esos judíos internacionalistas. El Estado nacionalsocialista hará en su interior, si fuera necesario, una guerra de cientos de años para acabar con los últimos restos de este veneno del pueblo … Por ello, cuando por fin, legitimados por la confianza de nuestro pueblo, tomamos la responsabilidad de la lucha de catorce años, no lo hicimos para dejar sueltos nuestros instintos y llevarlos a un caos, sino únicamente para fundar un nuevo y mejor orden…

Si alguien me acusa de no arreglar las cosas a base de un juicio reglamentario, únicamente les puedo decir que en esos momentos era yo el responsable de la nación alemana y por tanto juez en nombre de ella. Las acciones revolucionarias han sido siempre combatidas con decisión. Solamente un Estado no actuó así en la guerra y este Estado por ello mismo se derrumbó: Alemania…La nación ha de saber que la propia existencia – que debe ser garantizada por el orden y la seguridad interior – no puede ser amenazada por nadie sin que por ello reciba el justo castigo. Y todos han de saber para el futuro que el que levante la mano contra el Estado encontrará en la muerte su castigo.

El propio pueblo sería culpable si no acabara con esos sujetos. Si me culpan en el sentido de que únicamente un juicio celebrado normalmente hubiera podido dar el resultado apetecido de culpabilidad y resolver el problema, protesto airadamente. ¡El que se levante contra la Alemania es traidor a su patria! Y el que se levanta contra su propia patria no ha de ser juzgado por la importancia de su delito sino por el hecho en sí…Estas veinticuatro horas … el destino me volvió a demostrar que tengo inconmoviblemente a mi lado lo que es más valioso para mí: el pueblo y el Reich alemán”.

 5.- Charles de Gaulle. 18 de junio de 1940.

En junio de 1940, la línea Maginot, se revela como un juguete en manos de los nazis, que avanzan, en la guerra relámpago sin piedad y casi sin esfuerzo, a la conquista de Francia. Una Francia derrotada, que se muestra abúlica ante un destino que lejos de combatir precipita Pétain al solicitar el armisticio y dar lugar al gobierno colaboracionista de Vichy. La deshorna es total, salvo por una voz que se mantiene firme a través de la BBC, es el general Charles de Gaulle:

“¿Se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?” Él mismo responde: ¡“No”!

Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria. ¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! ¡No está sola! Tiene un vasto imperio tras ella… Esta guerra no está limitada al desdichado territorio de nuestro país. Esta guerra no ha quedado decidida por la batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todas las faltas, todos los retrasos, todos los padecimientos no impiden que existan, en el universo, todos los medios para aplastar un día a nuestros enemigos. Fulminados hoy por la fuerza mecánica, podemos vencer en el futuro por una fuerza mecánica superior: va en ello el destino del mundo. Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará”.  Efectivamente, este discurso creó la Francia libre y la Resistencia.

 6.- Stalin. Noviembre de 1941.

Tras el colaboracionismo con los nazis (pacto Ribbentrop-Molotov)

( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/), vino el intento de Hitler de invadir Rusia. Cuando las tropas nazis estaban “a las puertas de Moscú y Stalingrado” y el Ejército Rojo no era capaz de frenar el ímpetu alemán, Stalin decidió hablar a sus militares. No era un gran orador, pero aquí acude a la épica para motivar a los suyos:

“El diablo no es tan terrible como se hace ver”, dijo. “No es difícil ver que los alemanes están frente a un desastre. El hambre y la pobreza reinan en Alemania. En cuatro meses de guerra han perdido cuatro millones y medio de soldados. Alemania está sangrando, su poder se debilita… No hay duda de que Alemania no puede mantener ese esfuerzo durante mucho tiempo. Dentro de varios meses, quizá en año y medio, el peso de sus crímenes caerá sobre ellos (…). El mundo os ve como una fuerza capaz de destruir a las hordas alemanas. El pueblo europeo, esclavizado por los alemanes, os mira como sus salvadores. Una gran misión ha caído sobre ustedes. Sean dignos de esta misión. La guerra que luchan es de liberación (…) ¡Que el gran legado de Lenin vuele sobre sus cabezas! ¡Destrucción total sobre los invasores alemanes!”. Su paso hacia los aliados se había iniciado; el signo de la guerra se modificaba.

7.- Jorge VI. Discurso de la victoria.

Discursos de la Victoria hubo muchos y todos trascendentes. Hemos elegido el de Jorge VI por dos razones: 1) conocemos el discurso de la declaración de guerra por la famosa película, “El discurso del Rey”, pero sabemos que los discursos trascendentes para Gran Bretaña fueron los de Churchill. Sin embargo, Jorge VI llegó a convertirse en una figura esencial para la motivación de los británicos durante la Segunda Guerra Mundial, y en el gran apoyo de Churchill y éste del rey. Ambos lograron una gran sintonía mutua, lo que ayudó enormemente a la labor británica en la guerra. 2) Jorge VI fue el último emperador de la India. La II Guerra Mundial mostró la labor de todo un imperio al servicio de su majestad con el fin de derrotar a tan fieros enemigos. Pero, la victoria trajo consigo la independencia de las antiguas colonias y el fin del Imperio británico tal y como se conocía hasta entonces. Pero en el momento de la victoria la Unidad parecía indefinida:

“Hoy damos gracias a Dios por un gran acontecimiento…os pido que os unáis a mí en este acto de acción de gracias. Alemania, que arrastró a la guerra a Europa entera, ha sido finalmente vencida. En el Lejano Oriente aún tenemos que combatir contra los japoneses que son decididos y crueles adversarios…

… todo estaba en juego: nuestra libertad, nuestra independencia y nuestra propia vida o existencia como nación; pero también sabíamos que, al defendernos, defendíamos la libertad de todo el mundo, que nuestra causa no sólo era la de la nación ni la de su Imperio y comunidad de naciones, sino la del mundo entero, la de todas aquellas tierras donde se ama la libertad y ésta va acompañada por el respeto a la ley.

La Reina y yo nos damos perfecta cuenta de las penalidades que ha sufrido el pueblo inglés en toda la comunidad británica y en su Imperio. Nos sentimos orgullosos de vosotros…“

 8.- Kennedy, discurso inaugural 1962.

John Fitzgerald Kennedy fue el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, y el primer católico en alcanzar este puesto, lo cual ya era un hito en sí mismo. Pero además fue el presidente que cambió la imagen electoral al dar importancia a la telegenia y al márquetin. Desde su candidatura, las campañas electorales se modificaron en todo el mundo.  Pero Kennedy, había estudiado en Harvard, no todo era impostada telegenia, era un tipo brillante y en su mandato realizó muchos e importantes discursos. Destacamos el realizado el 20 de enero de 1961, día de su investidura. Llevaba meses preparándolo y, sin embargo, su duración sigue siendo la más corta de la Historia de los discursos inaugurales de USA, tan sólo 14 minutos. Nada fue improvisado, en la víspera de la ceremonia se reunió con los directivos de la cadena CBS para preparar hasta el último detalle y, como todo lo bien preparado, dio sensación de naturalidad.

Pero la trascendencia, estaba en que en esos 14 minutos expresa las líneas esenciales de lo que será su mandato. Lo que reforzará posteriormente en otros grandes discursos: Iba a dirigir un gran país, pero un país que podía ser aún mejor. Para ello, se adelanta a algunos problemas como la defensa de los derechos civiles o un programa de la “Nueva Frontera”,  que marcaba un desarrollo económico de obras civiles y también militares que acabaron confluyendo en la llegada del hombre a la luna, que él vaticinó en otro gran discurso  el 25 de mayo de 1961 en el Senado para solicitar un aumento de fondos para el programa que permitiese llevar al hombre a la luna antes del fin de la década: “Esta nación debe asumir como meta el lograr que un hombre vaya a la Luna y regrese a salvo a la Tierra antes del fin de esta década” .

Pero, el discurso inaugural marcaría esencialmente su política exterior, mucho más certera que la interior; su defensa del Mundo contra el comunismo, si bien expresada con una mano tendida al bloque del este.  Apaciguamiento, pero sin temor, con firmeza. Recordando a los padres fundadores señaló los principios de la democracia y su extensión por el mundo, mostrándose como el que ampararía a los países del sur americano en esa consecución liberal:” A los pueblos de chozas y aldeas en la mitad del mundo que luchan por liberarse de las cadenas de la miseria de masas, les prometemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudarlos a ayudarse a sí mismos, durante el tiempo que sea necesario. No porque quizás lo hagan los comunistas, no porque queremos sus votos, sino porque es lo correcto. Si una sociedad libre no puede ayudar a los muchos que son pobres, no puede salvar a los pocos que son ricos… A nuestras repúblicas hermanas al sur de nuestras fronteras les ofrecemos una promesa especial: convertir nuestras palabras en hechos en una nueva alianza para el progreso, con el fin de ayudar a las personas y gobiernos libres a romper las cadenas de la pobreza. Pero esta pacífica revolución de la esperanza no puede convertirse en presa de potencias hostiles. Todos nuestros vecinos han de saber que nos uniremos a ellos para luchar contra la agresión o subversión en cualquier lugar de las Américas. Y que cualquier otra potencia sepa que este hemisferio pretende seguir siendo el amo en su propio hogar…

Por último, a esas naciones que se transformarán en nuestros adversarios, no les ofrecemos una promesa, sino una solicitud: que ambos bandos comencemos nuevamente la búsqueda de la paz… No osemos tentarlos con la debilidad, porque solo cuando tengamos la seguridad de que nuestras armas son suficientes podremos estar completamente seguros de que nunca serán usadas.”

 Y así actuó en la guerra de los misiles de cuba, uno de los grandes conflictos de su mandato.

Kennedy anunció una nueva era llena de peligros y desafíos, pero también de oportunidades y esperanza si todos se esfuerzan unidos, con un mensaje de exigencia a los ciudadanos cuya expresión se ha convertido en la frase más famosa de aquel discurso: “Así pues, compatriotas: preguntad, no qué puede vuestro país hacer por vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país.”

9.- El último discurso de Salvador Allende.

El presidente chileno derrocado por el golpe de Estado de Pinochet (11 de septiembre de 1973), se dirige a la nación. Es un discurso importante en lo emocional y, sobre todo, denuncia el inicio de las dictaduras militares del cono sur americano que tantos disgustos trajeron a la zona:” Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes”, señalaba el ya expresidente. Anunciaba así su decisión de suicidarse. Fue un acto de acusación hacia el golpista, Pinochet: “el general rastrero”.  Dejó una frase para la posteridad. “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

10.- Juan Carlos I. 23 de febrero de 1981.

El intento de golpe de estado de febrero de 1981 a manos del General Armada, Milans de Bosch, Tejero y otros, supuso un punto de inflexión en la historia de España, el discurso del rey Juan Carlos I la madrugada del 24 de febrero de 1981 permitió tranquilizar a los españoles y supuso el fracaso del golpe. En alocución televisiva, declaró que rechazaba cualquier intento de golde de Estado. Tras varias horas de intensas llamadas, reflexiones y tensión, Milans de Bosch retrocedió en sus planes y fue arrestado, mientras que Tejero resistió hasta el mediodía del 24.

 «Al dirigirme a todos los españoles, con brevedad y concisión, en las circunstancias extraordinarias que en estos momentos estamos viviendo, pido a todos la mayor serenidad y confianza y les hago saber que he cursado a los Capitanes Generales de las Regiones Militares, Zonas Marítimas y Regiones Aéreas la orden siguiente:

Ante la situación creada por los sucesos desarrollados en el Palacio del Congreso y para evitar cualquier posible confusión, confirmo que he ordenado a las Autoridades Civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor que tomen todas las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente…

La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum».

 11.-Ronald Reagan. Discurso en la Puerta de Brandeburgo. Berlín Occidental, Alemania 12 de junio de 1987.

Muchas personas ven en Ronald Reagan al gran restaurador del sueño americano. Esa tierra de libertad y oportunidades que permite a cualquier ciudadano llegar a lo más alto, por méritos propios. Como en tantas personas de su generación la II Guerra Mundial fue determinante en su vida. No pudo alistarse como quería por su miopía, pero le contrataron como actor para las películas de propaganda americana durante el conflicto. Miembro del sindicato de actores empezó a dar discursos políticos. Desde el principio sus palabras siempre tuvieron un contenido antiestatista y conservador. Consumado antifascista, antirracista y anticomunista.

Cuando llega a la presidencia el 4 de noviembre de 1980, tras el gobierno de Carter, el liderazgo mundial americano estaba en crisis: invasión de Afganistán, crisis de los rehenes en Irán, una inflación desbocada, crisis del petróleo… No se amilanó. Revertió esa situación durante su presidencia y, al tiempo, echó un pulso a los comunistas. En este último asunto de la mano de Margaret Thatcher y del Papa Juan Pablo II. Los tres doblegaron a la tiranía comunista. En representación de aquel hecho histórico que cambió la faz del mundo occidental traemos el discurso de Reagan en la puerta de Brandeburgo, varios presidentes americanos se habían dirigido a los alemanes desde la construcción del Muro, el más conocido fue Kennedy el 26 de junio de 1963, entonces con el Muro recién levantado y, ahora, Regan, con el Muro a punto de ser derribado. Kennedy dijo en medio de una multitud:«Ich bin ein Berliner»[yo también soy Berlinés] lo que ha pasado a la Historia de la esperanza de los alemanes de su reunificación.  El de Reagan, era no ya una hipotética esperanza, sino la constatación del trabajo realizado. Dijo: mientras la puerta esté cerrada, mientras se permita esta herida de muro, no es sólo la cuestión alemana que permanece abierta, sino la cuestión de la libertad de toda la humanidad. Pero no he venido aquí a lamentarme. Puesto que encuentro en Berlín un mensaje de esperanza, incluso a la sombra de este muro, un mensaje de triunfo.” Y el triunfo llegó. Continuó el presidente: “En la década de los 50, Kruschev predijo: “os enterraremos”. Pero en Occidente hoy vemos un mundo libre que ha alcanzado un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en toda la historia humana. En el mundo comunista vemos fracaso, retraso tecnológico, niveles sanitarios en declive, incluso necesidad del tipo más básico: demasiada poca comida. Incluso hoy, la Unión Soviética no puede alimentarse a sí misma. Después de estas cuatro décadas, entonces, una conclusión inevitable se alza ante el mundo entero: la libertad lleva a la prosperidad. La libertad viene a sustituir los antiguos odios entre las naciones por civismo y paz. La libertad es la vencedora… Y puede que ahora los propios soviéticos, a su manera limitada, se den cuenta de la importancia de la libertad. Oímos mucho de Moscú acerca de una nueva política de reforma y apertura… ¿Son estos los comienzos de cambios profundos en el Estado soviético?”. Y Reagan gritó desde Berlín: “Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, haga caer este muro!”

El muro cayó y éste hecho, junto con la derrota del nacismo, son los dos acontecimientos más destacados e importantes del S XX.

12.- Felipe VI. 3 de octubre de 2017.  

En aquel mes de octubre, el gobierno noqueado por la celebración de un pseudo referéndum- completamente ilegal, pero que nunca debió de ocurrir-, las calles incendiadas y una huelga general amenazando Cataluña. El Rey Felipe VI, en un discurso balsámico, certero y lleno de coraje logró parar la campaña de publicidad exterior que había iniciado la Generalidad y la posibilidad de que algún país reconociera aquel acto ilegal y secesionista.

Si hubo algo esencial en aquel discurso fue la manifestación de que el estado español aún sobrevivía; de que la Corona expresaba la unidad de España y la constitución.

“Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno… Han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando ─desgraciadamente─ a dividirla. … todo ello ha supuesto la culminación de un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña. Esas autoridades, de una manera clara y rotunda, se han situado totalmente al margen del derecho y de la democracia. Han pretendido quebrar la unidad de España y la soberanía nacional, que es el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común….Por todo ello y ante esta situación de extrema gravedad, que requiere el firme compromiso de todos con los intereses generales, es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía.”

 Después dirigiéndose a todos los españoles, especialmente a los ciudadanos de Cataluña preocupados por la deriva antidemocrática de sus dirigentes, les lanzó un mensaje de esperanza:

“…les digo que no están solos, ni lo estarán; que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles, y la garantía absoluta de nuestro Estado de Derecho en la defensa de su libertad y de sus derechos.

Y al conjunto de los españoles, que viven con desasosiego y tristeza estos acontecimientos, les transmito un mensaje de tranquilidad, de confianza y, también, de esperanza. Son momentos difíciles, pero los superaremos. Son momentos muy complejos, pero saldremos adelante. Porque creemos en nuestro país y nos sentimos orgullosos de lo que somos. Porque nuestros principios democráticos son fuertes, son sólidos. Y lo son porque están basados en el deseo de millones y millones de españoles de convivir en paz y en libertad” …

Aquella noche, el discurso del Rey provocó un cambio de tendencia y fue el desencadenante de la manifestación del 8 de octubre que convocó a un millón de personas en las calles de Barcelona en contra del golpe de Estado. A partir de ese momento, los separatistas entraron se encontraron desunidos, actuaron con atolondramiento o huyeron como cobardes. Los que se quedaron acabaron en la cárcel condenados por sedición.

Fueros y derechos forales

Vamos a realizar una incursión en el origen histórico de los fueros y consiguientemente, llegaremos a hablar de los derechos forales, pero sin profundizar en los aspectos jurídicos de los mismos y mucho menos en eso que se ha dado en llamar régimen foral.

No es fácil escudriñar el origen de los fueros, pues si bien hay mucho escrito al respecto de manera detallada pero casi siempre local, hay pocos estudios sistemáticos y compiladores de lo que fueron los fueros en el conjunto de España. Quizá sea García Gallo el que mejor ha estudiado de manera conjunta los fueros en España.

Hablar de fueros es hablar de privilegios. Según el diccionario de la RAE, privilegio es la “exención de una obligación o ventaja especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”.  Exactamente de eso se trataba, de librar a una persona física o jurídica de alguna carga u obligación o bien de dotarle de una ventaja por realizar algo cuyo favor concede un superior, en este caso un rey o un señor del lugar.

Históricamente, los fueros entendidos en este sentido comienzan con la Reconquista. Los reyes iban concediendo favores a los municipios y localidades que luchaban a su lado contra los musulmanes; bien por haber peleado fiel y heroicamente o por estar en la frontera y servir de parapeto para el avance cristiano o bien, mayoritariamente, como forma de lograr la repoblación de una zona vaciada, casi siempre fronterizas y, consiguientemente, objeto de razias musulmanas. Estas normas abarcaban, tanto regulaciones civiles, económicas o administrativas. La manifestación primera de estos fueros locales lo constituyen las cartas pueblas.

Debido a que su finalidad primordial era atraer pobladores, estas cartas fijaban unas condiciones jurídicas de la ocupación del territorio y nacían a partir de un acuerdo entre el Rey y esa población. Sin embargo, como señala García Gallo, no todos los fueros tuvieron carácter consuetudinario. De hecho, el término fuero proviene de una concepción de lo que era juzgado, del derecho, cuyo origen ya se ve en Roma, en el mercado, el foro. Este concepto de norma que se juzga tiene su manifestación más clara en la Península Ibérica en el Fuero Juzgo.

El Fuero Juzgo es la traducción romance del Liber Iudiciorum (código Visigodo) que es atribuida tradicionalmente a Fernando III el santo y se suele fechar en 1241. El Liber Iudiciorum fue el cuerpo de leyes que rigió la España visigoda y supuso el establecimiento de una norma de justicia común a toda la península y sus habitantes.

Su traducción fernandina, es decir, el Fuero Juzgo, se aplicó como derecho local en calidad de fuero municipal a medida que avanzaba la reconquista castellana. Por eso las cartas pueblas y los fueros municipales están íntimamente ligados. El Fuero Juzgo mantuvo su vigencia hasta la aprobación del código civil a finales del siglo XIX.

Los fueros, por tanto, fueron una manifestación de privilegio local dado por los reyes durante la Reconquista, y que es un elemento diferenciador del origen de estos en España frente a los fueros locales que también se dieron por toda Europa.

Sin embargo, señala Modesto Lafuente en su “Historia General de España”, estos fueros españoles son los más antiguos de Europa, así, incluso prescindiendo de los fueros municipales anteriores al S. X, de los que se conservan fragmentos aislados, el fuero más antiguo es el de la ciudad de León de 1020. Existen algunos cohetéanos al de León en Italia, pero son más modernos en su origen. En Francia, los fueros locales, datan del reinado de Luis VI, rey de Francia de 1108 a 1137; en Inglaterra se originan bajo el mandato de Guillermo II, conocido como “El Rojo” (de 1087 a 1100) y en el Sacro Imperio Romano Germánico, proceden de reinado de Federico I, Barbarroja, que fue emperador desde 1152 a 1190.

En Europa, al igual que en España por aplicación del Fuero Juzgo, se fueron unificando los fueros locales a través de legislación común, aunque en Europa con mayor homogeneidad. Especialmente significativa fue la unificación normativa francesa.

En España la unidad nacional realizada por los Reyes Católicos no impidió que cada uno de antiguos reinos peninsulares conservara su personalidad jurídico-política y su autonomía legislativa, así como una serie de mecanismos para la defensa de su Derecho. En la formación de nuestro Imperio durante el siglo XV no se pretendió ni buscó una unificación legislativa más allá de lo necesario. Como vimos al hablar de la configuración del Derecho de indias, no se impuso la legislación castellana sin más, sino que establecieron normas propias de cada Virreinato y se aceptaron algunas instituciones, costumbres y normas locales que permitieron la integración de los nativos en su consideración de españoles en igualdad con los peninsulares.

Por eso, la monarquía de los Austrias era una monarquía compuesta, al igual que lo eran las monarquías de toda Europa durante la Edad Moderna (principalmente, siglos XVI y XVII); como Estados-Nación en formación se habían configurado a través de un rey unificador y cabeza del Estado con una serie de antiguos reinos que mantenían su identidad institucional y legal anterior a esa unificación. La Monarquía hispánica se caracterizó por constituirse como un conjunto de “Reinos, Estados y Señoríos” bajo un mismo monarca. Así lo explicaban los Reyes Católicos por la unión dinástica de la Corona de Castilla y de la de Aragón a los que fueron uniendo posteriormente diversos reinos peninsulares y territorios en América hasta convertirse España, bajo los reyes de la Casa de Austria, en la monarquía más poderosa de su tiempo. Esta situación de monarquía compuesta se prolongó durante el gobierno de los Austrias, aunque poco a poco se vio la necesidad de unificar los sistemas de derecho, de justicia y los órganos legislativos. Motivada entre otras razones porque a principios del siglo XVII, la situación española y mundial ya no era igual. Castilla se encontraba exhausta, arruinada por el esfuerzo conquistador y un siglo de guerras casi continuas en el Europa, lo que provocó, junto con las crisis de remesas de los metales americanos y su dispersión por los territorios europeos de la Corona, diversas bancarrotas de la Hacienda española, y consiguientemente hambrunas y ruina en la Península, que se acentuaron con la participación en la guerra de los 30 años. En este contexto, se sitúa el proyecto del Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV, para lograr un Estado más fuerte en torno a la figura del rey y de una única ley. Esto requería modificar el sistema de monarquía compuesta. Este proyecto se dedicó Olivares cuya primera plasmación se dio en el famoso memorial que entregó al rey en 1624. Las necesidades económicas y humanas para la guerra de los 30 años eran acuciantes, el propio Olivares rebajó el proyecto al año siguiente buscando sólo una “unión de armas” cuya esencia consistía en que los “Reinos, Estados y Señoríos” de la monarquía Hispánica contribuyeran a la formación de un poderoso ejército de casi 150 mil hombres. El proyecto fue aprobado sin entusiasmo por las cortes de Aragón y Valencia y provocaron la sublevación, como vimos en la entrada de Rocroi, de Cataluña y Portugal. Estas acabaron con el proyecto de unificación de armas y Felipe IV apartó del poder al Conde-Duque de Olivares tres años después.

Aunque el testamento de Carlos II, preveía una serie de consideraciones en virtud de las cuales se deberían preservar los derechos normativos (forales) de los reinos, Felipe V no actuó conforme al mandato de su predecesor. A medida que la Guerra de sucesión se iba desarrollando y por virtud de los acontecimientos de aquella y, sobre todo, por influencia de su abuelo, Luis XIV, el Rey Sol, de Francia. La primera reforma que introdujo Felipe V fue en la corte de Madrid. Siguiendo las indicaciones del embajador francés formó un “consejo de Despacho” —máximo órgano de gobierno de la Monarquía por encima de los Consejos tradicionales-. Allí el embajador transmitía los consejos del abuelo real y, sobre todo, los recursos económicos que el francés mandaba a su nieto a fin de sanear las maltrechas arcas españolas.

El apoyo que la antigua corona de Aragón al archiduque Carlos, aconsejó a Felipe V un cambio de situación en la estructura de la corona, buscando, no un castigo, como a veces se ha entendido, sino una forma de controlar que aquellos territorios le fueran fieles y cumplieran sus mandatos.

La victoria borbónica en la batalla de Almansa en 1707 determinó el cambio de rumbo de la monarquía. Con los Decretos de Nueva Planta se abolió el derecho especial de Valencia en 1707 y desde entonces hasta 1716 se suprimieron los órganos legislativos de Aragón, Mallorca y Cataluña buscando crear un estado centralista de inspiración francesa.

Pero es el siglo XIX el decisivo en esta tendencia unificadora. Unas veces por la vía de las victorias de guerra: Navarra perdió su potestad legislativa en 1841, y lo mismo le sucedió al País Vasco como consecuencia del denominado Decreto de Espartero de 1841. No olvidemos que el lema carlista era “Dios, Patria, Fueros”. Su derrota en la guerra conllevó a los decretos señalados. En otras ocasiones por efecto de la codificación. Evidentemente, la codificación no se presenta sólo por influencia francesa, ilustrada y, posteriormente, y, sobre todo, napoleónica, sino que responden a una determinada representación de la historia de España y, unida a ella, a una concreta concepción de la nación. Por eso, serán las Cortes de Cádiz, una vez proclamada la Nación española moderna y constitucionalista, donde la Soberanía reside en el pueblo español la que se dispone a la unificación jurídica. Si la Soberanía reside en el pueblo, el órgano legislativo único son las Cortes que representan a ese pueblo . La codificación se da en todos los órdenes jurídicos, pero al hablar de fueros nos centraremos en el civil; por ello y en este sentido, el art. 258 de la Constitución de 1812 dispone que el Código Civil, criminal y de comercio serán unos mismos para toda la monarquía, sin perjuicio de las variaciones que por particulares circunstancias puedan hacer las Cortes. Este es el inicio del fin de los fueros cuya culminación se produce con el decreto de abolición de los fueros vascos en 1876.

Con la base presentada en la Constitución de Cádiz, el siglo entero transcurre con nuestros compatriotas buscando una legislación civil unificada. Bien es cierto que, en todo momento, se pensó en que la unificación no podía dar lugar a agravios a los ciudadanos frente a la legislación foral vigente, por eso se buscaron fórmulas para intentar evitar esos daños y hacer compatible el derecho compilado nuevo con las consecuencias jurídicas del foral con el que se quería acabar. No hubo grandes oposiciones a la codificación, pero incardinar la caótica legislación civil en un código no era sencillo. Esta fase lleva consigo la elaboración de distintos proyectos de Código Civil en 1821, 1832 y 1851 de los cuales este último supone uno de los antecedentes más destacados del Código Civil vigente. Y, sobre todo, en ellos se empieza a modificar el concepto de foral no tanto, como relativo a los fueros, sino como algo excepcional y privilegiado.

Sin embargo, la oposición de estos proyectos vino de la mano de materias sociales y religiosas. Efectivamente, fue la Iglesia la que planteó algunos problemas para intentar mantener parte de sus fueros; al igual que ocurrió con los partidarios del tradicionalismo vasco que aún resistían o los seguidores de la escuela histórica alemana, que se daban más en Cataluña que en otras zonas, y que intentaban doctrinalmente apoyar la existencia de los fueros. De hecho, esta escuela no tuvo seguidores destacados en Aragón lo que le permitió seguir sin dar muchos problemas en el camino codificador, renunciando a parte de sus fueros de la manera más natural.

Precisamente en un intento de superar las dicotomías entre las escuelas jurídicas se celebró en Madrid, en 1863, el primer congreso de jurisconsultos.

Mientras se buscaba la unificación se optó por la publicación de leyes especiales como la Ley hipotecaria de 1861 y las leyes de Matrimonio Civil y del registro Civil de 1870.

Modesto Lafuente intenta explicar la necesidad de esta codificación del siguiente modo: “El célebre código de los visigodos, el Fuero Juzgo, único cuerpo legal que había regido, aunque imperfectamente, en la España de la restauración, no podía ser aplicado ya en todas partes a un pueblo cuyas condiciones de existencia habían variado tanto. Las circunstancias eran otras, otras las costumbres, distinta la posición social y era menester atemperar a ellas las leyes, era necesario no abolir las antiguas sino suplir a las que no podían tener conveniente aplicación con otras más análogas y conforme a los que exigían las nuevas necesidades de los pueblos y de los individuos. Nacieron, pues, los Fueros de León y de Castilla, de Navarra, Aragón y Cataluña y gloria eterna será de los Alfonsos,de los Sanchos, de los Fernandos y de los Berengueres de España haber precedido en más de un siglo a todos los príncipes de Europa en dotar a sus pueblos de derechos, franquicias y libertades comunales,….”

Realmente, ya los liberales reunidos en Cádiz habían señalado que era imposible tener un conocimiento exacto del número de normas civiles existentes en España por eso decidieron crear un código nuevo y común a todos, lo que ayudaría aponer orden en el caos normativo existente en España

En aquel intento codificador, hay que destacar dos hitos: en primer lugar, el Proyecto de Ley de Bases del Código Civil de 1881 elaborado por Manuel Alonso Martínez disponía que las instituciones que fuese imposible suprimir de los territorios forales debido a su arraigo serían objeto de ley especial y el Código Civil se aplicaría como Derecho supletorio. En segundo lugar, la Ley de Bases de 1888 elaborada por Francisco Silvela y que constituye el antecedente inmediato del Código Civil mantiene una posición más respetuosa con los Derechos Forales al acoger el sistema de apéndices para el Derecho Foral. El código Civil fue promulgado el 24 de julio de 1889 y entró en vigor tres días más tarde, durante la regencia de María Cristina y la minoría de edad de Alfonso XIII. Lleva el refrendo de José Canalejas, entonces ministro de Gracia y Justicia se aprobó con una serie de apéndices de derecho foral.

De este modo se conciliaban en él razón e Historia, la codificación y el derecho foral, donde todos cedieron y donde el consenso logró el acuerdo.

Durante el franquismo no se abolieron los fueros, al contrario, el Congreso Nacional de Derecho Civil celebrado en Zaragoza en 1944 supone el comienzo de una nueva fase en la consolidación de los Derechos Forales. En este congreso se produce el reconocimiento de los diversos regímenes jurídicos territoriales, el rechazo al sistema de apéndices al Código Civil y la propuesta de Compilaciones. Siguiendo estas teorías se nombran comisiones de juristas en las diversas regiones forales que se desarrollan entre 1959 y 1973. La 1ª Compilación aprobada fue la de Vizcaya y Álava en 1959. La reforma del Título Preliminar del Código Civil de 1974 vino a establecer un nuevo sistema basado en dos principios: la aplicación general de una serie de disposiciones del Código Civil en toda España y la aplicación del mismo como Derecho supletorio de segundo grado en las regiones forales.

De este modo llegamos a la Constitución de 1978 que, en cuanto al desarrollo de los derechos civiles forales y especiales en la Constitución, el art. 149.1.8ª dispone que el Estado tiene competencia exclusiva en materia de legislación civil, sin perjuicio de la conservación, modificación y desarrollo, por las Comunidades Autónomas de los derechos civiles, forales o especiales, allí donde existan…

Pero, la entrada en vigor de la Constitución de 1978 ha supuesto el establecimiento de un nuevo sistema de distribución territorial del poder político que ha dado lugar al nacimiento las Comunidades Autónomas como entes públicos territoriales dotados de sustantividad política y personalidad jurídica propias, así como de unas potestades normativas bien amplias. Son las comunidades las que se han mantenido legislando en materia civil es decir, las que han mantenido el sistema foral.

En este sentido el Art 13 del Código civil señala:

  1. Las disposiciones de este título preliminar, en cuanto determinan los efectos de las leyes y las reglas generales para su aplicación, así como las del título IV del libro I, con excepción de las normas de este último relativas al régimen económico matrimonial, tendrán aplicación general y directa en toda España.
  2. En lo demás, y con pleno respeto a los derechos especiales o forales de las provincias o territorios en que están vigentes, regirá el Código Civil como derecho supletorio, en defecto del que lo sea en cada una de aquéllas según sus normas especiales.

Pero lo que transciende y genera algunas de las situaciones más conflictivas en la España actual nacen por la aplicación de la disposición adicional 1ª de la CE, que dice: “La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales. La actualización general de dicho régimen foral se llevará a cabo, en su caso, en el marco de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía”.

Desde la aprobación de la Constitución y, más en concreto, desde el Congreso de Derecho Civil de 1981 se inicia la fase de expansión del derecho foral, dado que,  ninguna autonomía ha querido quedarse a la zaga en afirmaciones de historicidad, para lograr por medio de esas referencias un aumento de sus competencias. Lo han hecho en sus estatutos de autonomía, algunas poniendo más énfasis en las razones históricas- por ejemplo, Navarra, para que no hubiera dudas a su estatuto de autonomía lo ha denominado: Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra – también el País Vasco, y otras por vía del autonomismo (por la vía del artículo 151 de la Constitución, bien por el artículo 150.2 y, andando el tiempo, por la vía lenta del artículo 143). De modo que de un modo u otro todas las CC. AA han ido alcanzando niveles similares de autogobierno. Por ello, en esa misma medida, el historicismo y el foralismo han visto reducido su significado como factores y signos de identidad diferenciada, aunque el Tribunal Constitucional les haya dado cierta preeminencia, y su presencia constitucional, grosso modo, podemos reducirla a: a) El nombre de las instituciones de autogobierno (Diputación o Gobierno, Parlamento o Asamblea, Sindic de Greuges o Defensor del Pueblo…). b) Tratamiento especial de la lengua propia. c) El Derecho civil foral. d) La organización territorial interna. e) El Concierto Económico. Siendo precisamente éste último el que determina la diferencia[1].

Esa diferencia es un reducto privilegiado por vía historicista que se expresa en el llamado cupo vasco y navarro: frente a un sistema fiscal- mayoritariamente- nacional, hay dos comunidades que recaudan todos sus impuestos y, por medio de un cálculo más que obscuro, dan una parte al Estado, es decir, a todos. Es la economía- deberíamos recordar al presidente Clinton-, la que marca la diferencia. No son el resto de las comunidades, bajo un sistema de financiación autonómico común a todas ellas, en la que el manejo de los fondos y los ingresos vía impuestos pueden ejercerse de igual manera, según sea la voluntad de sus dirigentes de subir o bajar impuestos, las que tienen posiciones privilegiadas; son las comunidades que utilizan los derechos históricos para mantener un estatus diferenciado las que usan la Historia en beneficio propio, perjudicando al resto. Este es uno de las más desdichadas consecuencias de los fueros, pero no el único ni el peor.

Desgraciadamente, lo que nació en un contexto histórico concreto- la Reconquista- y se mantuvo por el respeto de todos a determinadas situaciones hoy ya trasnochadas, permiten mediante un uso torticero de los derechos históricos y apelando a los mismos, buscar fines secesionistas. Así se plantea en el último estatuto catalán, que amortiguó en sus pretensiones el Tribunal Constitucional. Por eso el profesor Torres del Moral afirma que bastaría entender que la disposición adicional primera ha entrado en vía muerta como precepto que ya ha cumplido su fin, para evitar tales abusos.

BIBLIOGRAFIA

TORRES DEL MORAL. “¿QUÉ SON LOS DERECHOS HISTÓRICOS?”. Ponencia realizada en la Fundación Roca Sastre

GARCIA GALLO

Pedro Andrés PORRAS ARBOLEDAS “Los Fueros medievales dentro de la producción de Alfonso García-Gallo”. Universidad Complutense de Madrid.

MIGUEL HERRERO DE MIÑÓN “Los derechos forales como derechos históricos” . Revista española de Derecho Constitucional.

RAFAEL D. GARCÍA PÉREZ “Derechos forales y codificación civil en España (1808-1880)”. AHDE.

MODESTO LAFUENTE. “Historia General de España”. EDITORIAL MELLADO

[1] Torres del Moral. ¿QUÉ SON LOS DERECHOS HISTÓRICOS? Ponencia realizada en la Fundación Roca Sastre

La brigadas internacionales, ¿mito o verdad?

Sobre las brigadas internacionales se ha escrito mucho desde el final de la guerra civil española. La historiografía ha pasado de relatos casi hagiográficos de aquellos extranjeros que vinieron a luchar a España hasta estudios revisionistas desmitificadores. Por supuesto hablo de historiadores neutrales, no de los partidarios de uno y otro signo que tiran de la figuras de los brigadistas a su favor o contra, como si estiraran de un chicle, o aquellos propagandistas: corresponsales, novelistas o cineastas en su mayoría, que sin estudiar nada en profundidad nos venden un mito romántico de luchadores por la libertad. No olvidemos que mucho hay de propaganda y más aún de venta en este tema que traemos hoy.

La visión romántica es bien conocida, la segunda, la revisionista, no tanto y, sin embargo, quizá esté más cerca de la realidad… o no. Ambas posiciones son defendidas por historiadores de izquierda y derechas. En eso no hay posicionamientos ideológicos, sino un uso de las fuentes más o menos afortunado. También, algunos destacados militares republicanos han contribuido a la desmitificación.

Es cierto que parte de la posición desmitificadora de las brigadas internacionales nace a raíz de las memorias e informes de los propios brigadistas una vez muerto Stalin y, más aún, cuando tras la caída del muro desapareció el miedo a la represión de los soviéticos. También la Perestroika trajo consigo la apertura de los archivos soviéticos (nuevamente cerrados, en gran parte, por Putin), lo que ha permitido tener una información mucho más completa. A ello hay que unir que aquella visión noble, novelesca y heroica de luchadores por la libertad se debe, en parte, a las maravillosas plumas de escritores como Hemingway o André Malraux. Ambos tuvieron mucho de aventureros y políticos, además de excelentes escritores, en una mezcolanza que como ha señalado Oliver Todd, biógrafo y crítico del francés, fue «el primer escritor de su generación que logró edificar de una manera eficaz su propio mito» y yo añadiría que ambos contribuyeron al mito de las brigadas internacionales. Ya decía John Dos Passos que “el escritor que escribe bien es el arquitecto de la historia”; en este caso, de la Historia. Pero no todos los escritores brigadistas revelaron esa visión, así George Orwell, salió de España completamente contrario a lo que le llevó a la guerra. Entró como comunista y aquí conoció la represión del sistema y cambió radicalmente. Por eso escribió  poco después “Rebelión en la granja” y “1984” en los que la metáfora y la ironía se unen para criticar el sistema comunista. No paró de explicar a todo el mundo que lo que había que combatir era a Stalin y al comunismo. No fue el único que renegó de aquella ideología que le llevó a arriesgar su vida de manera tan fútil, también lo hizo el sobrino de Churchill  y otros muchos.

Así llegamos a lo que empieza a ser evidente para la historiografía, las brigadas internacionales fueron un invento estalinista.  Andreu Castells sitúa el nacimiento de las Brigadas Internacionales en las reuniones de Comitern y la Profinter (sindicatos) en Praga el 21 y 26 de julio de 1936. Pero sólo tuvo consistencia aquel proyecto a mediados de septiembre de 1936 cuando Stalin intervino de lleno aportando armas y voluntarios al Frente Popular. Eso no quiere decir que no viniera a España algún iluso creyendo que de verdad luchaba a favor de la democracia y la libertad. Aquí llegaron idealistas políticos, aventureros, muchos simples trabajadores en paro o, en no pocas ocasiones, simples delincuentes. Siempre hay de todo y aquí no iba a ser menos. Pero una persona formada, con cierta capacidad de análisis puede fácilmente comprender que los que vinieron a luchar a España debían saber o intuir que de aquella triste guerra no podía salir una democracia. Ninguno de los bandos la defendía. Si bien es cierto que en las filas de las brigadas hubo muchos comunistas que tenía una visión idealizada de esta ideología y su estancia en España sirvió para abrirles los ojos y renegar de aquel movimiento. Como decía, está demostrado que la inmensa mayoría de los brigadistas , en torno al 80% fueron comunistas de obediencia soviética, que llegaron a España en virtud del reparto que la URSS hizo entre todos los partidos comunistas del mundo, porque los partidos comunistas tenían que cumplir la cuota impuesta por Moscú. Y cuando las cuotas no se cumplían, es cuando recurrían a voluntarios antifascistas, que nunca fueron anticomunistas. En este sentido cabe incluir a un numeroso grupo de judíos que por razones obvias llegaron a luchar contra el fascismo y, por ende, por su libertad y la de su pueblo. Muchos de ellos, cuando acabó la guerra prefirieron quedarse en prisiones españolas o, cuando pudieron, huir al bando aliado. Aunque también hubo judíos que apoyaron el bando nacional.

Durante julio y parte de agosto de 1936, la ayuda soviética a los republicanos fue de aliento y apoyo moral, con muchas conferencias propagandísticas y nada más práctico. A mediados de agosto enviaron armas y material a un Frente Popular que iba en retroceso y, en septiembre, Stalin  aceptó la petición de envío de hombres que el partido comunista francés, el más activo a favor de los frentepopulistas, solicitó ya en agosto. Esta dilación parece relacionada directamente con el hecho de que Stalin llegó a la conclusión de que podría cobrarse la intervención soviética con las reservas de oro del Banco de España, es decir, que la ayuda rusa no tuvo nada de gratuita. Ya tuvimos una entrada sobre este asunto:

 https://algodehistoria.home.blog/2020/07/24/el-expolio-de-la-republica-el-oro/

Por supuesto que Stalin utilizó la guerra civil española como medio de propaganda contra los fascismos. Los comunistas siempre han sido grandes propagandistas, lo mismo que lo fueron los nazis, sólo que la de los comunistas perdura, pues son aún muchos sus seguidores, aunque parezca mentira.  Los comunistas siempre han tenido entre sus fijaciones reescribir la Historia – leyes de memoria histórica-. En este caso, la idea de una contienda romántica de demócratas frente al fascismo, surge del estalinismo. Los comunistas siempre llenan sus escritos y discursos de las palabras democracia y libertad, no olvidemos, por ejemplo, que en la división alemana, la Alemania democrática era la comunista, justo la que no era democrática. Se ve que en su ideario conocen que la libertad y la democracia liberal están en la esencia  de lo que busca toda sociedad y todo ser humano, pero eso no les permitiría a ellos gobernar. Así que, penetran en la sociedad con sus promesas libertarias para salirse con sus deseos de acaparar el poder. Y si esa propaganda nos la intentan vender ahora, en los años 30, los más totalitarios de la historia de Europa, también. Sin embargo, la prueba de que su lucha no era tan evidente contra los fascismos sino un medio de lograr extender su poder por Europa, es que Stalin no puso el mismo ímpetu en la lucha contra nazis o el fascio italiano. Contra ellos no movió un dedo hasta que Hitler no invadió Rusia. Recordemos el pacto, ya visto en este blog, con los nazis (pacto Ribbentrop- Molotov)  https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/

Es difícil saber cuántos brigadistas llegaron a España así, el historiador Manuel Requena Gallego afirma en su libro sobre las brigadas internacionales que  el número oscila entre los 35.000 y los 160.000. “Las más bajas han sido ofrecidas por Kiva Lvóvich Maidanik, Jacques Delperrié de Bayac o Hught Thomas (todos ellos con 35.000)” El general Lister utiliza también esta cifra. “El general Gómez, por su parte, eleva los brigadistas hasta 52.000, mientras que Andreu Castells hace lo propio, pero hasta 59.380.” Los más exagerados, en palabras de Requena, “han sido los historiadores pro-franquistas y la prensa del Régimen, que determinan que arribaron hasta 160.000”. En el libro “Spain Betrayed” –una recopilación realizada por la Universidad de Yale de documentos secretos soviéticos sobre la guerra civil española y posiblemente, hasta el momento, lo mejor publicado en cuanto al conocimiento de los archivos soviéticos y testimonios de brigadistas- deja el número de 52.000. Pío Moa indica que cuando en 1938, la base de operaciones de los brigadistas se trasladó a Barcelona el número era de 31.400; sin embargo otros autores lo limitan a 12.000. Aunque las cifras sean controvertidas, tanto los estudios de la universidad de Yale como los de Castells, por ser el autor que ha realizado los cálculos más pormenorizados y detallistas, parecen los más serios a la hora de obtener un dato cierto. Por otro lado, algunos autores hablan de que los brigadistas provenían de 80 naciones, aunque la mayoría los sitúa en torno a 60. El General Líster dice que provenían de 58 países.

El PC francés fue el que sirvió de organizador de las llegadas a España, no fue el único, pero sí fundamental. La infraestructura fue esencialmente francesa, comunista y con amarre en Moscú. Uno de los testimonios recogidos por el estudio de Yale es el del brigadista norteamericano Sandor Voros, comunista declarado, que afirma que vino a luchar “al lado de los legendarios dirigentes comunistas”. Y no sólo eran comunistas los brigadistas, sino que con ellos llegaron en torno a medio millar de oficiales, asesores, técnicos soviéticos por decisión de Stalin sin contar con la anuencia, ni siquiera con la petición de los españoles. Los republicanos, el primero de ellos Largo Caballero no estaban muy conformes con esta situación, así el dirigente socialista, en una de las numerosas cartas que escribió desde el exilio, dijo que “no vieron con buenos ojos aquella llegada puesto que no se integraban en el ejército republicano sino que actuaban de manera independiente.” Quienes peor aceptaron esta intromisión fueron los anarquistas, poco inclinados a someterse a una disciplina castrense. ¡Y qué disciplina, la soviética! Cuando lo que primaba en el ejercito republicano, sobre todo en los primeros meses, era el caos. Verdaderamente en el bando republicano no había un ejército sino uno por partido político que hacían la guerra como les venía bien. Recordemos a este respecto el bochornoso espectáculo del ejército vasco del PNV en Santoña (https://algodehistoria.home.blog/2019/11/29/traidores-el-pacto-de-santona/ ). La ayuda soviética actuaba al margen de la autoridad española y bajo la hegemonía del partido comunista a las órdenes de Moscú, lo que convirtió al ejército republicano en un protectorado soviético. Lo que deseaban los rusos es lograr un ejército único y no uno por partido.

Una de las primeras acciones de los brigadistas fue en la defensa de Madrid. Aquí, como siempre, los brigadistas actuaron sin respetar las órdenes de  los militares republicanos. Se ha extendido como mito que las Brigadas salvaron a Madrid de Franco, esta es una afirmación manejada desde Moscú o, quizá, también, como afirma el general Lister, promovida por el bando nacional. Todo es posible, pero viniera de donde viniera no deja de ser pura propaganda. Ambos tenían motivos para realizarla, los comunistas para seguir mandando en el ejército republicano y los nacionales para justificar la llegada de la Legión Cóndor. La verdad es que los brigadistas se negaron a intervenir en la defensa de la capital durante varios días y hasta que la jefatura del mando soviético no les dio permiso no actuaron. Su presencia lejos de ser decisiva ni siquiera fue importante. En este sentido. El general comunista Enrique Líster relativizara la importancia en una entrevista concedida a la reportera Sheelagh Ellwood y recogida en el ABC. Lister señala que, “cuando llegaron las Brigadas Internacionales, Madrid ya había sido salvado. Los tres días difíciles de Madrid fueron el 6, 7 y 8 de noviembre, y los primeros dos mil brigadistas llegaron el 9. Entraron en combate y combatieron bien, pero, claro, dos mil brigadistas no podían salvar Madrid. Su papel fue importante, sobre todo en el primer período de la guerra: pero hay un falso enfoque sobre el particular. Por parte de los franquistas, porque así les convenía decir que fueron las Brigadas Internacionales las artífices de toda una serie de batallas. Por parte de gente interesada, de las Brigadas y otros que no eran de las Brigadas, de inflar el papel militar y combativo de estas.”

En cambio, no hubo propaganda posible para contrarrestar su desastrosa presencia en la defensa de Málaga, dónde los italianos que apoyaban a Franco realizaron un papel fundamental.

Realmente, como señala Lister, no era fácil que tuvieran un papel destacado: “El ejército popular llegó a tener 1.200.000 hombres y los brigadistas que llegaron a España fueron 35.000 de 58 países. En ninguna batalla llegaron a actuar los 35.000 juntos. En batallas como el Jarama desempeñaron un papel importante.” Efectivamente, quizá en el Jarama fue dónde más destacada fue su actuación.[1]

Radosh en el prólogo del libro “Spain Betrayed”, insiste en la idea de que Stalin no tenía intención de parar al fascismo sino que consideraba a los brigadistas, bajo el mando de sus asesores soviéticos en España, el brazo ejecutor y guardián de la lenta conversión de la República española en una República Democrática de los Trabajadores, al estilo de las que la Internacional comunista quería implantar. Las brigadas fueron concebidas como columna vertebral de estricta obediencia soviética y cuyas acciones militares obedecieran en cada momento a las necesidades de Stalin en la escena política internacional. Otra prueba más de que no reconocían al ejercito español la podemos encontrar en uno de los militares de Stalin en España el general Korol Sverchefski, el cual  aprecia en las brigadas internacionales «un terco rechazo a admitir que estamos en suelo español, subordinados al ejército español, que el único superior es el pueblo español y, para quienes somos comunistas, el Partido Comunista español…” De hecho, los mandos republicanos crearon brigadas mixtas que no obtuvieron ningún éxito en su funcionamiento y organización, salvo cuando los españoles sólo eran soldados o, como mucho, suboficiales. Los brigadistas nunca aceptaron al mando español. Así sigue contándonos el general Sverchefski “Los internacionalistas vivimos nuestra propia y aislada vida. Salvo infrecuentes visitas oficiales, rara vez admitimos españoles entre nosotros… Asimismo, los internacionalistas tendían a actuar por su cuenta, sin hacer caso al mando español, y era muy difícil conseguir que relevaran a los españoles en las trincheras…” Esas conductas contaminaban todo. La insolidaridad con los «camaradas de armas» indígenas llegaba a extremos como éste: «Hasta hace poco la unidad sanitaria en Albacete atendía muy bien a los heridos internacionalistas, y sugería cínicamente que de los españoles se ocupara la división. Con magníficos hospitales en Albacete, Murcia, Alicante, Benicassim, equipados espléndidamente en personal y material, (el responsable) se negó tercamente y por largo tiempo a atender a soldados españoles que habían luchado codo con codo en las mismas brigadas internacionales. Considero un gran logro que nuestra división haya sido la primera en atender a los heridos españoles en plano de igualdad con los internacionalistas». [2] No son los únicos ejemplos; el mismo general cuenta como no prestaban a los españoles, ni siquiera los camiones estropeados, que se podían arreglar, para facilitar su transporte o como los internacionales tenían comida hecha al gusto de sus países de origen y los españoles, en ocasiones, no tenían ni para comer.

Los alistados en las brigadas tenían su base de operaciones en Albacete, donde recibían instrucción bajo la dirección de  André Marty, comunista francés que había luchado para la revolución soviética y conocido como “el carnicero de Albacete”. Allí también se adiestraba a los españoles. La idea de crear un ejército único prosoviético se basaba en una férrea disciplina entre sus miembros y de eso se encargaba Marty. Todos ellos fueron vigilados, controlados e incluso exterminados. Esta es la parte más llamativa de las brigadas. Fueron purgados como tantos otros por Stalin. Pero no olvidemos que aunque los comunistas eran mayoritarios no todos los brigadistas lo eran e incluso los que se creían comunistas no estaban dispuestos a obedecer a la Komintern. Había simpatizantes trotskistas y otros revolucionarios de aspiración pero no de disciplina. Además, entre ellos tenían problemas de convivencia sobre todo, frente a los franceses y a los judíos; el antisemitismo era importante en las brigadas. Eran una fuerza tan heterogénea como todo el bando republicano.

La dureza de las imposiciones soviéticas transmitidas por Marty, lograron que la indisciplina llegara muy rápido y las deserciones se multiplicaban. El batallón Abraham Lincoln, por ejemplo, llegó a tener 120 desertores al ser transferido de Madrid a Aragón. Cada  caso de indisciplina era tratado por el carnicero de Albacete con “firmeza” que justificaba en informes llenos de mentiras como, por ejemplo, que descubrió a varios delincuentes, ladrones o violadores y por eso hubo de ejecutarlos. Ejercía otro sistema también muy expeditivo, en muchos casos, los brigadistas más indisciplinados eran puestos por el mando en los lugares más peligroso de la avanzadilla en cada batalla, de ahí y no por su heroísmo- como ha querido hacernos ver la versión romántica- el gran número de fallecidos entre sus filas.

Procuraban no dejar descontentos vivos, pues podían volver a Francia o Estados Unidos y contar el régimen de terror que se vivía bajo la disciplina comunista. Eso cuenta Voros, ferviente estalinista: “Los líderes del Kremlin, aunque proporcionaron material, confiaban sobre todo en el terror. Oficiales y soldados son implacablemente ejecutados siguiendo sus órdenes. El número de victimas es particularmente elevado entre  polacos, eslavos, alemanes y húngaros[3]

Las brigadas se fueron de España en 1938. Se dice que por petición de Negrín. Sí, cierto es y, también, por interés soviético ante el pacto con Hitler. Negrín consideraba que así podían obtener el apoyo de Francia e Inglaterra- Rusia buscaba también pactos con los aliados-. Pero, sobre todo, Negrín buscaba que alemanes e italianos no mandaran más tropas de apoyo a Franco. Precisamente, la llegada de las brigadas internacionales fue la excusa perfecta para que la Legión Cóndor se asentara en España apoyando al bando nacional. Alemanes, italianos y árabes apoyaron de manera numerosa a los franquistas. Pero hubo una diferencia esencial entre las ayudas extranjeras de un bando y otro. En el nacional, el mando siguió siendo español, aunque con alguna actuación estelar de italianos y alemanes (los árabes siempre estuvieron integrados en el ejército nacional); si bien esas actuaciones estelares  a los italianos se les acabaron tras el destre de Guadalajara.

Los brigadistas que no permanecieron en España- algún grupo poco numeroso se quedó-fueron despedidos en Barcelona con todo tipo de homenajes. El discurso de despedida de la Pasionaria lleno de fervor y sumisión a los soviéticos o los versos de Alberti quedan para el recuerdo triste y un tanto indigno de aquel festejo.

Los brigadistas tuvieron un futuro desigual, de vuelta a Moscú, muchos militares y agentes soviéticos cayeron en las purgas estalinistas anteriores a la II Guerra Mundial. Los que contaban con el apoyo y aprecio de Stalin, llegaron a ser primeros ministros y altos dirigentes de los países del Este o en propia URSS tras la contienda. Otros muchos volvieron a Francia y formaron parte de la resistencia frente a los nazis. Muchos de los norteamericanos tuvieron que hacer frente al macartismo y otros, que habían renunciado al comunismo, no contaron inmediatamente la realidad de la Guerra Civil española por miedo a los soviéticos. Es el caso de John Dos Passos, amigo de Hemingway, amante de España, comunista hasta que conoció que los servicios secretos soviéticos asesinaron a su amigo y traductor de sus obras José Robles Pazos. Esto le valió alejarse de Hemingway al que acusaba de escasa sensibilidad ante el sufrimiento humano 

 Se podrían contar muchas más cosas y anécdotas, pero quizá lo mejor es leer sobre las Brigadas Internacionales  estudios bien fundamentados, de uno y otro bando, de historiadores serios, no de simples vendedores de libros. De todo tipo, románticos o de los que se dicen desmitificadores, y que en ocasiones lo son y en otras no. Porque sólo con muchas lecturas se puede sacar una conclusión, más o menos clara, y, en mi opinión nada romántica, de lo que realmente pasó, pues como dice Paul Johnson, nuestra guerra civil es el acontecimiento de los años 30 sobre el que más se ha mentido… y yo diría, se sigue mintiendo.

 

BIBLIOGRAFÍA

ANDREU CASTELLS.-«Las brigadas internacionales de la guerra de España». Planeta Agostini. 2005

RONALD RADOSH, MARY R. HABECK, GREGORY SEVOSTIANOV. “Spain Betrayed: The Soviet Union in the Spanish Civil War (Annals of Communism)”. Universidad de Yale. 2001 (utilizada la versión en castellano publicada en 2002).

MANUEL ESPADAS Y MANUEL REQUENA. “La Guerra Civil Española y las Brigadas Internacionales”.  Universidad de Castilla- La mancha. 1998.

JESÚS GONZÁLEZ DE MIGUEL. «La batalla del Jarama: febrero de 1937, testimonios«. La esfera de los Libros. 2009

PÍO MOA. » Los mitos de la Guerra Civil». La esfera de los libros. 2003

ALFONSO BULLÓN DE MENDOZA Y L.E. TOGORES. «La Guerra Civil Española (sesenta años después)» Actas.1999

J.M MARTÍNEZ BANDE. «La marcha sobre Madrid». San Martín. 1982

 

 

 

[1] Ver el libro LA BATALLA DEL JARAMA: FEBRERO DE 1937, TESTIMONIOS. De Jesús González de Miguel. Muy interesantes los testimonios recogidos en el mismo.

[2] Spain Betrayed. Informe del general Korol Sverchefski

[3] Spain betrayed. Informe  Voros

Rocroi, 1643

No todo han sido victorias en la Historia de España. Si no contáramos también las derrotas, nadie entendería cómo pudimos pasar de las glorias imperiales a la situación que vivimos hoy en España. Traigo al blog una de nuestras más heroicas derrotas. Heroicas por el comportamiento de nuestros soldados, sobre todo, de los Tercios. Voy a hablar de la Batalla de Rocroi en 1643.

En un inciso previo a describir aquella batalla cabe señalar que Rocroi es una localidad del departamento de las Árdenas, en el N.O de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. La zona y la ciudad han sido escenarios de enfrentamientos destacados en la Historia moderna y contemporánea. Por ejemplo, la ciudad sufrió un sitio en la guerra franco-prusiana de 1870 a 1871 y la región, fue escenario de la famosa batalla de las Árdenas, la desesperada ofensiva alemana al final de la II Guerra Mundial (del 16 de diciembre de 1944 al 25 de enero de 1945) y en la que la propia naturaleza del lugar jugó un importante papel.

En 1643, España, aunque seguía siendo la fuerza hegemónica del mundo, se veía amenazada por la pugna entre Inglaterra y Francia para ocupar ese lugar. Por eso se vio abocada a participar en la guerra de los 30 años, de la que nada bueno obtuvo.

La batalla de Rocroi (19 de mayo de 1643) se encuadra dentro de esa guerra de los 30 años (entre 1618 y 1648) que ha sido el conflicto más devastador que ha vivido Europa hasta la I Guerra Mundial. Se suele señalar que la Guerra de los 30 años fue un enfrenamiento religioso entre protestantes contra católicos, lo cual no es del todo cierto. Quizá tuvo un atisbo inicial en esa dirección, pero en el fondo tenía mucho más de búsqueda del control político-militar de Europa, que de defensa de un credo religioso. Por eso, el enfrentamiento sería esencialmente contra los Habsburgo, que reinaban en España y en el Sacro Imperio Romano Germánico y dominaban Europa desde Carlos I de España, siendo sus enemigos Francia y Suecia. Las etiquetas de “católicos” y “protestantes” se introdujeron en el siglo XIX para simplificar los hechos. Fueron las razones geoestratégicas las que determinaron el comportamiento de las grandes potencias. Este tipo de motivos explica que Francia, un país católico, luchara contra dos potencias de su misma fe, España y el Sacro Imperio Germánico. 

El cardenal Richelieu, favorito de Luis XIII, fue quien concibió que el futuro glorioso de Francia germinaría de imponerse a estas dos Coronas de los Habsburgo. Los franceses sabían que para lograr su expansión no podían verse estrangulados por vecinos demasiado poderosos. Tras la victoria de las tropas imperiales (Sacro Imperio y españolas) sobre los suecos en Nördlingen, Richelieu ve el momento propicio para enfrentarse abiertamente a los Habsburgo. Al principio, con poca fortuna, hasta que el Infante Fernando se aproximó peligrosamente a París. Tal vez  el Habsburgo hubiera ocupado la capital del Sena de contar con los recursos adecuados. Pero España no estaba en condiciones de apoyarle convenientemente. De hecho, la situación interna de despoblación, de escasez de hombres, recursos y con más necesidades de las que podían atender generaba suficiente inestabilidad expresada en formas de revueltas, que para colmo, fueron alentadas por nuestros enemigos, especialmente en Cataluña y Portugal. Así se desencadenaron las rebeliones de los segadores en Cataluña y la guerra de la Restauración en Portugal (finalizada con el tratado de Lisboa en 1668, por el cual se reconoció la independencia de Portugal). En 1643, los españoles, para disminuir la gran presión que los franceses imprimían en Cataluña y en la zona del Franco Condado (que era español por entonces y lo siguió siendo hasta 1678), en una maniobra de distracción, atacaron la parte norte de Francia, sitiando Rocroi. Una fortaleza defendida por 500 hombres, por lo que la creyeron fácilmente conquistable.

El ataque lo realizaron las tropas imperiales bajo el mando de Francisco Melo de Portugal y Castro miembro de la dinastía Braganza. Hombre de confianza de Felipe IV y por entonces capitán general de los Tercios españoles de Flandes. Algunos lectores se acordarán de él por la película Alatriste (la película termina en Rocroi. Supuestamente, una de las dos novelas que Pérez- Reverte ha prometido a sus lectores para terminar el ciclo de Alatriste, pero aún no editadas, se situará en Rocroi).

Francisco de Melo no tuvo una exitosa carrera militar y en nada la mejoró en esta ocasión. Cuando decidió atacar la ciudad no tuvo la precaución de proteger su retaguardia o cerrar el acceso por si los franceses mandaban refuerzos, que fue exactamente lo que hicieron.  A mediados de mayo de 1643, los franceses enviaron un ejército de apoyo a la ciudad de Rocroi. Gracias a este ejército de socorro, la fuerza defensiva francesa era muy parecida a la atacante española. Los franceses contaban con más infantería, peor y más escasa artillería, pero en el conjunto, ambos contendientes estaban en igualdad de condiciones.

Lo que desequilibró la situación fue la estrategia y la capacidad de los mandos. Melo, como no tenía mucha experiencia, cedió el despliegue táctico al veterano conde de Fontaine, de 67 años y enfermo de gota, el cual requería silla de mano para ser trasladado. Los franceses, por su parte, estaban dirigidos por el joven Luis II de Borbón-Condé, duque d’Enghien, de solo 22 años, impetuoso, soberbio y tenaz, valiente en su osadía y poco presto a la rendición. Si bien, su prudencia o miedo final, como veremos, casi convirtió el combate en un empate.

Los problemas de los nuestros se manifestaron desde el primer momento al considerar que los franceses iban a defender la plaza y no a presentar batalla en campo abierto. Pero se equivocaron. En esas circunstancias, el lugar elegido no podía ser más inoportuno para nuestra tropa: con una zona boscosa, otra pantanosa y la propia ciudad fortificada de Rocroi a su espalda. Además, no contaban con los pertrechos adecuados. Melo se olvidó cargar con las palas y zapas para abrir trincheras que hubieran ayudado durante el combate a proteger el flanco izquierdo en el que estaba la caballería del bravo duque de Alburquerque, al que no pudo socorrer debido a su imprevisión.

Como creían que las posiciones francesas serían defensivas y no irían al ataque desde el principio, la distribución de las tropas fue muy semejante a la que hizo d’Enghien: dos líneas de infantería en el centro, sendas escuadras de caballería a cada flanco y una línea de artillería en el frente. En el caso español, los Tercios se pusieron en vanguardia, privilegio que tenían las tropas de élite. La caballería española en el ala derecha formada por caballeros loreneses bajo la dirección del conde de Isenburg y el ala izquierda por los jinetes flamencos al mando del duque de Alburquerque. En la retaguardia los soldados valones, alemanes, borgoñones e italianos.

La batalla comenzó el 19 de mayo de 1643 a las 3 de la madrugada. Los franceses iniciaron el ataque por el ala izquierda española. Los arcabuceros españoles situados entre la caballería y el bosque resistieron el envite e hicieron retroceder a los franceses, a ello se unió la carga de los de Alburquerque que logró infligir un grave daño al enemigo. Tampoco los franceses, en su ataque por el ala derecha, tuvieron mejor suerte. Además, las tropas españolas lograron hacerse con varias piezas de la artillería enemiga. Si en ese momento Melo hubiera lanzado a la infantería, seguramente la batalla se hubiera ganado. Pero no lo hizo, creyendo que los franceses se replegarían y que la victoria caería del lado español. Otra vez, como vimos con Vernon en Cartagena de Indias, un general se da por victorioso antes de tiempo. Melo no contó con la valentía y el buen hacer del Duque d’Enghien, que se paseaba a caballo analizando las zonas más débiles del enemigo y, así, en un alarde de osadía reunió los restos de su caballería y los volvió contra el ala izquierda, la de Alburquerque, que luchó con valentía, pero no pudo con la caballería croata bajo el mando francés. Nuestros caballeros se retiraron de forma desordenada.

Con la artillería de nuevo en manos francesas y la caballería bajo su control, Luis II fue a desbaratar la infantería. Los primeros en ser atacados y en huir fueron los italianos, adelantándose a aquel principio de los desertores italianos en la II guerra mundial: soldado que huye vale para otra guerra. A ellos se había unido, poco antes, Melo, con la aseveración de “aquí quiero morir, con los señores italianos”. El que murió fue Fontaine y algunos buenos mandos españoles. Acto seguido, el francés atacó a los valones y alemanes, que resistieron con la mayoría de sus oficiales heridos o muertos.

La resistencia final recayó sobre los veteranos españoles. Sobre los Tercios, es decir, la infantería, invencibles hasta ese momento y temidos en toda Europa. Su modo de guerrear se basaba en la mezcla de armas blancas (la pica) con armas de fuego (arcabuz y mosquetón), lo cual fue  una novedad en su tiempo. Una de sus habilidades más exitosas era su capacidad para atacar unidos o de dividirse en unidades más pequeñas, con un alto nivel de movilidad, que iban despegándose según las necesidades de la batalla hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual, para lo cual habían sido entrenados especialmente, haciendo recaer su fortaleza de ánimo y capacidad combativa como un elemento más de la fuerza empleada contra el enemigo. Ese grado de movilidad era un elemento novedoso en su desarrollo, pero en su concepción partía de una adaptación de las legiones romanas y macedonias. Al igual que estos eran capaces de unirse como un solo cuerpo, atacando al unísono sin dejar huecos a la injerencia enemiga. Algo semejante a la formación en tortuga que hizo famosas a las legiones romanas, pero con un elemento más propio de las legiones macedonias: las picas. En los Tercios, los piqueros, que también portaban espada de doble filo y no mayor de un metro, para un más ligero transporte y uso, se situaban en el centro de la formación dejando a su derredor a los arcabuceros y a los mosqueteros (introducidos por el Duque de Alba y de gran éxito en la historia de los Tercios). 

Con ese panorama, con esa formación unida con las picas, arcabuces y mosquetes en perfecta formación, los españoles aguantaron los ataques franceses por ambos costados durante horas (seis horas duró la batalla). Supervivientes del resto del ejército, especialmente los de Alburquerque se unieron a ellos y combatieron hasta el final.

Los franceses intentaron una negociación ofreciendo respetar la vida y libertad de los todavía supervivientes, dejarles ondear sus banderas y portar sus armas. Así lo hicieron los Tercios de Garcíez y Villalba. Pero, quedaron los de Alburquerque y otros veteranos luchando hasta quedarse sin munición, sin fuerzas pero nunca sin ganas ni honor, hasta la extenuación. Lograron, en esas condiciones una rendición pactada, con las mismas condiciones ofrecidas, ciertamente generosas, tanto que algunos historiadores hablan de empate en la batalla. Posiblemente, la razón por la que el francés fue tan dadivoso se debió al miedo a que llegasen los refuerzos que Melo había solicitado. El barón de Beck, al frente de 4.000 hombres, incluido el Tercio de Ávila, habían iniciado su rumbo a Rocroi, sin embargo, conocedor de la situación de la batalla, Beck había ordenado esperar antes de meter a sus hombres en un avispero. Con todo, D’Enghien sabía que si no paraba pronto aquello, los refuerzos españoles llegarían y no estaba en condiciones de continuar la lucha contra aquella “masa de carne” como las crónicas de la batalla calificaron al bloque formado por los Tercios, imposible de penetrar.

Las bajas fueron numerosas, se dice que, entre muertos y heridos, 5.000 españoles cayeron en Rocroi, aunque, el número de muertos y heridos franceses fue mayor que el de españoles, con numerosos oficiales fallecidos o maltrechos. Los españoles lucharon infatigablemente contra una infantería mayor en número y lograron mantenerse en pie y salir con honra.

La batalla de Rocroi se ha identificado como el símbolo del principio del fin de los Tercios de Flandes. La historiografía más reciente, no tiene esa consideración. Se entiende que Rocroi fue una batalla perdida, la primera de nuestros Tercios, pero fue una batalla más. Mayoritariamente se considera que la batalla que marca el fin de nuestra hegemonía en Europa fue la batalla de las Dunas (1658). En 1643, nuestro ejército seguía siendo poderoso y de hecho derrotó a los franceses pocos meses después en la batalla de Tuttlingen. 

En lo que perdimos, como casi siempre, fue en la propaganda. Peter H. Wilson, reconoce que “Rocroi debe su lugar en la historia militar a la propaganda francesa”.

Voltaire dejó escrito lo siguiente: “Jamás hubo victoria mas gloriosa ni mas importante para Francia y se debió a la conducta e inteligencia del duque D’Enghien por una acción pronta que percibía a un tiempo el peligro y que a la cabeza de la caballería atacó por tres veces y rompió en fin esta infantería española invencible hasta entonces; desvaneció el miedo que le tenía (a esta infantería española) y las armas francesas después de muchas épocas fatales a su crédito comenzaron a ser respetadas y sobre todo la caballería, adquiriendo en esta jornada la gloria de ser la mejor de Europa”

Como casi siempre, este relato favorable a los franceses se paseó por Europa sin que los españoles, en una situación que a veces parece cercana a la abulia, hicieran nada por contrarrestarla.

La verdad es que el duque D’Enghien fue un militar de mayor enjundia que Melo, pero muchos, incluso algunos historiadores franceses, le recuerdan como impetuoso, dado a las operaciones prontas y destructoras con pérdidas enormes. Se le acusaba de buscar el brillo de sus acciones sin reparar el derramamiento de sangre. En su vida, el conde maniobró  en la Corte en contra de Mazarino, la situación le llevó a la paradoja de que durante las revueltas de la Fronda, Condé fue encarcelado y acabó huyendo a Flandes uniéndose a las tropas españolas, con las que participó en la victoria de Valenciennes contra los franceses y en la derrota española de las Dunas.  El Tratado de los pirineos en 1659, le concedió el perdón real y su vuelta a Francia con todos los honores.

BIBLIOGRAFIA

Peter H. Wilson  “La guerra de los Treinta Años”. Desperta Ferro.

Pablo Martín Gómez  “El Ejército español en la Guerra de los Treinta años”. Almena.

Cartagena de Indias, 1741

La batalla o sitio de Cartagena de Indias, del 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, es uno de los conflictos armados más trascendentes ocurridos durante el siglo XVIII. Se encuadra dentro de la “Guerra de asiento” que duró de 1739 a 1748.

Antecedentes

  • El mundo había cambiado. Desde los siglos XVI y XVII, en los que España y Portugal se repartieron el mundo a base de heroicidad y descubrimientos, las posiciones de dominio se transformaron, nuevos protagonistas pretendían hacerse con el dominio de los mares (británicos) y con el de Europa (franceses, austríacos, holandeses…). Incluso el sistema de ganancias se había modificado, ya no primaba la explotación de las minas de oro y plata de América, bastante esquilmadas a estas alturas, sino el fomento del comercio gracias a las materias primas existentes en cada territorio. Realmente, esto no era una auténtica novedad, la vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano había permitido un próspero comercio de especias. Ese sistema mercantil afianzaba ahora sus posiciones, sobre todo, porque los ingleses no estaban dispuestos a crear un imperio como el de los demás, sino a controlar una serie de territorios costeros con fines comerciales que sirvieran a su enriquecimiento.
  • Por otro lado, España había cambiado de dinastía tras la guerra de sucesión. Precisamente el tratado final de ésta (Tratado de Utrecht, 1713) resultó relevante para los acontecimientos que vamos a narrar hoy. Por aquel tratado España perdió Nápoles y Flandes; Menorca y Gibraltar y tuvo que conceder a Inglaterra dos cosas esenciales para su comercio: el “asiento de negros” que era el monopolio del tráfico de esclavos africanos con América, y el “comercio triangular” este último consistía en que los productos británicos los vendían en la costa africana, así lograban esclavos que eran cambiados en América por productos coloniales, los cuales se mandaban a Gran Bretaña y vuelta a empezar. Este comercio se acrecentó con otra de las concesiones del tratado de Utrech: el “navío de permiso” que consentía a los ingleses enviar un barco comercial al año al puerto de Portobelo (actual Panamá).  Quien negoció en nombre de España fue Luis XIV de Francia, que lo hizo en representación de su nieto, Felipe V de España. Luis antes que abuelo era francés y, por tanto, no debe sorprendernos que traicionara a España. Toda la negociación puso en tela de juicio los intereses españoles, por ejemplo, la concesión del asiento y el navío de permiso debía haberse hecho por 10 años, pero Luis les concedió 30. Si a esto unimos que los ingleses siempre han sido expertos en hacer fracasar acuerdos, en atropellar tratados, el conflicto estaba asegurado. Aunque, en esta ocasión, las consecuencias fueran nefastas para los británicos
  • Una de las características del comercio inglés era su organización a través de compañías comerciales. La llegada de los Borbones a España supuso un cambio en el sistema mercantil con América copiando, en parte, los sistemas de compañías monopolísticas británicas; naciendo la “Compañía de Honduras”, la “Real Compañía Guipuzcoana de Caracas”, la “Compañía de Filipinas”, “Compañía de Galicia”…, pero al contrario que las británicas,  nunca tuvieron ejércitos y flotas propias. En el caso que nos ocupa, Gran Bretaña concedió el monopolio del comercio con Portobelo  a la “South Sea Company”. El centro de operaciones de la misma se situaba en Jamaica.
  • La compañía inglesa no lograba el rendimiento deseado en el sistema triangular establecido de un barco al año así que pronto consideró más lucrativo practicar el contrabando a gran escala.
  • Esta situación molestaba a España. En general nuestro monarca Felipe V no estaba muy feliz con la situación internacional. A la vista de que las potencias europeas se negaban a revisar las condiciones del tratado de Utrech, tomó dos decisiones, una, centrar su presencia en Italia, lo que le llevó a intervenir en el norte de África – Oran- (de lo que hablaremos en otra entrada de este blog en algún momento) y, la otra, reforzar su presencia en América.
  • Los enfrentamientos en América con los británicos no eran una novedad, se venían sucediendo desde la guerra de sucesión española, momento aprovechado por los ingleses para atacar nuestras colonias en territorio norteamericano. Famosos fueron los choques en la Florida y Georgia  donde nuestra presencia quedó reducida al fuerte de  San Agustín o Pensacola, que tanta importancia tuvo posteriormente en la participación española en la independencia americana como ya vimos al hablar de nuestro héroe Bernardo de Gálvez (https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/). Destacado fue el enfrentamiento en fuerte Mosé, el primer asentamiento de negros libres de todo el continente americano. Donde los británicos fueron derrotados y cuya mera existencia era todo un insulto a los esclavistas anglosajones.
  • En 1738, nos encontramos con otro  enfrentamiento en las costas de Florida motivado por el contrabando inglés. El incidente, se produjo cuando un guardacostas español, ”La Isabela” al mando del Capitán Fandiño, apresó a un capitán contrabandista británico, Robert Jenkins, y supuestamente en castigo le cortó una oreja al tiempo que le decía: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, no está clara la exactitud de estos hechos, pero la historia así contada, sirvió de excusa al Parlamento inglés para declarar al guerra a España. En la historiografía británica la “guerra de Asiento” es conocida como la “Guerra de la oreja de Jenkins”.
  • El comercio español en el Caribe tenía como bases los puertos de Veracruz (actual Méjico) en Nueva España; Cartagena de Indias (actual Colombia) y Portobelo (actual Panamá) en Nueva Granada y el más importante La Habana en Cuba donde convergían las rutas desde los demás puertos en el camino de la flota de Indias a España. El objetivo británico en esta campaña sería controlar y mantener esos cuatro puertos, con lo que cortaría el comercio español y podría utilizarlos de base para su expansión hacia el interior de los territorios. El objetivo era así comenzar la conquista de la América española para Inglaterra.
  • En 1727, dentro de las guerras británico- españolas de 1727-1729 se produjo el primer bloqueo británico a Portobelo, que resultó, a la postre, un rotundo fracaso.
  • El 22 de noviembre de 1739, una flota británica al mando del almirante Edward Vernon capturó Portobelo, disparando la euforia en Gran Bretaña. En realidad el puerto estaba vacío y no tenía mas defensas que tres fortines, el tesoro había sido puesto en lugar seguro por el gobernador y a penas tuvieron nada que saquear, pero para la prensa británica el desastre de 1727 había sido vengado. Se celebraron banquetes en honor del almirante Vernon, y se compuso para la ocasión el himno “Rule Britannia” que hoy en día se sigue cantando en Gran Bretaña. Asimismo, en Londres y Dublín se bautizaron calles con el nombre de Portobelo que perviven.

Protagonistas

Por parte británica, el Almirante inglés Edward Vernon, que  tenía bajo su mando la mayor flota construida en la historia, superior a la compuesta en la contra armada, como vimos en este blog (https://algodehistoria.home.blog/2020/10/23/la-contra-armada-inglesa/). Vernon tenía una gran trayectoria como marino no sólo en América sino en otras rutas inglesas. Tras Portobelo, intentó el asalto a  La Habana, pero lo consideró demasiado complicado y abandonó la idea, para centrarse en Cartagena de Indias.

Por parte española, nos encontramos en el Virreinato de Nueva Granada con el Virrey recientemente fallecido y el puesto vacante. En 1740, el  puesto fue ocupado de manera interina por el héroe de guerra español, el Almirante Blas de Lezo, hasta la llegada del nuevo Virrey. El 24 de abril de 1740, fue nombrado Virrey  el Teniente General Sebastián de Eslava y Lazaga

Ambos, Lezo y Eslava eran militares de gran experiencia. Blas de Lezo era un veterano marino originario de Pasajes, en Guipúzcoa. Ingresó en la armada con 12 años, se formó como oficial en la escuela naval de Cádiz. Su heroicidad era proverbial, su valentía le llevó a la lucha sin cuartel en cada combate a pesar de que en ellos fue herido de tal gravedad que cuando arribó a Cartagena de Indias en 1739  ya estaba tuerto, cojo y manco. Los británicos le llamaban “medio hombre”. Sin embargo, lo épico de su leyenda y las derrotas que había infligido a los ingleses durante la guerra de sucesión española le hacían temido como a nadie en aquellos tiempos. Está considerado como uno de los mejores estrategas de la  historia de la Armada española.

Sebastián de Eslava y Lazaga, caballero de la orden de Santiago y comendador de la orden de Calatrava, de 56 años de edad, tenía una amplia experiencia tanto militar como administrativa. Prácticamente había participado en todos los combates importantes de los últimos cuarenta años, con una brillantísima carrera.

Podemos señalar, como cuarto protagonista, a la propia ciudad de Cartagena de Indias. Cabe plantearse por qué Vernon eligió Cartagena de Indias, una vez desistió de La Habana. La respuesta nace de la posición geográfica de Cartagena. Una vez apoderados de Portobelo, si los ingleses tomaban Cartagena separarían las rutas que unían Nueva España con Nueva Granada, destrozando así las comunicaciones españolas y las rutas de nuestro comercio de América a España. Cartagena era el punto de llegada en el que confluían todas las riquezas del sur del continente para su transporte a La Habana y de ahí a España.  Por eso, el plan británico consistía en dividir  las posesiones españoles e interceptar el comercio marítimo español en el Caribe.

Además, Cartagena era la ciudad más grande del momento y una de las más prósperas. Se construyó en una zona naturalmente defendida situada entre dos bahías (bocagrande y bocachica) con las mejores murallas del Caribe español.  Desde el punto de vista náutico y militar, las condiciones geográficas de la bahía proporcionaban un entorno favorable para convertir a Cartagena de Indias en un puerto seguro, con numerosas islas bordeadas de arrecifes de coral separadas por estrechos canales y cubiertas de manglares. Igualmente ocurría con la zona donde se estableció la ciudad, situada sobre una isla cuyo frente marítimo está bordeado de arrecifes rocosos sumergidos que la convertían en impracticable desde el mar, rodeada de otras islas semejantes con una extensa red de canales y ciénagas.[1]

Sitio de Cartagena de Indias

Los dos primeros ataques ingleses se produjeron en 1740, cuando aún el Virrey no había llegado fueron rechazados por Lezo. Su leyenda se agrandaba. Pero la auténtica pesadilla se inició el 13 de marzo de 1741 llegó a Cartagena de Indias una potente flota británica que multiplicaba por 30 los efectivos españoles, ya fueran barcos u hombres.

Antes de desembarcar los ingleses inhabilitaron la red de fortalezas que defendían la ciudad. El Virrey se trasladó al navío Galicia, buque insignia de Blas de Lezo para coordinar las operaciones. Mandó cerrar con barcos y cadenas las bahías de bocagrande y bocachica. El ataque que se preveía como definitivo, se dio por la bahía de Bocachica. Allí los ingleses bombardearon durante 19 días antes de iniciar la entrada a pie al fuerte de Manzanillo. Consiguieron el repliegue de los españoles. Vernon estaba tan seguro de su victoria que  envió a Jamaica un barco con la noticia de que había vencido a don Blas de Lezo y que la ciudad no tardaría en caer. La algarabía habitó entre los británicos. Cuando las noticias llegaron a Londres se mandaron fundir monedas conmemorativas en las que Blas de Lezo aparecía de rodillas en señal de rendición.

Pero en la vida no conviene dar por cazada la presa antes de cogerla. Los escarceos continuaron y el 16 de abril los británicos se hallaban a las puertas del Castillo de San Felipe de Barajas. Ultimo fuerte en permanecer en manos españolas; desembarcaron tropas y pertrechos. Su camino no era recto sino que debían dar una vuelta de 3 km. hasta alcanzar la entrada de la fortaleza. Mientras, los españoles se recluyeron en el castillo tras ordenar Blas de Lezo construir varias trincheras por el camino que permitiera parapetarse a los españoles, ralentizar la marcha a los ingleses y retrocedes en caso de que los britanos avanzaran. Además, levantó una empalizada de tierra delante del castillo que les permitiese arcabucear a los ingleses si llegaban allí. La entrada al castillo, no era tan fácil como parecía y no sólo por los obstáculos creados por los españoles, de manera natural era una selva. Las tropas en tierra debieron enfrentarse a la jungla y la malaria, que causaron cientos de bajas entre los ingleses. La defensa española la formaban unos 300 hombres, la bravura española logró que los ingleses no avanzaran y perdieran en el asalto 1.500 hombres.

Entre el 19 y el 20 de abril, los ingleses prepararon por la noche una gran ofensiva con escalas, que servirían para entrar en la ciudad y acabar con los soldados españoles, pero Blas de Lezo, consciente de eso, mandó cavar un foso alrededor de la muralla para evitar que las escalas llegasen a lo alto. De esa forma, con escalas demasiado cortas y sin saber qué hacer, los ingleses fueron masacrados desde lo alto de la muralla. A la mañana siguiente, Blas de Lezo ordenó una salida y cargando con la bayoneta sobre los enemigos les obligó a huir hacia el mar, abandonando toda la impedimenta.  Para completar la situación, el navío Galicia que había sido apresado por los ingleses se incendió, pero el viento lo movió sin rumbo y fue a dar con parte de la flota inglesa que también se carbonizó.

Aunque desde los barcos se siguió bombardeando la ciudad durante 30 días más sin resultado, a Vernon no le quedó más remedio que retirarse el 20 de mayo de 1741.

Cuando el Rey Jorge II tuvo noticias del desastre, prohibió a sus historiadores escribir sobre una derrota tan vergonzosa. Las monedas conmemorativas se conservan aun hoy en día.

Aquella derrota ha sido la peor derrota británica de la historia y uno de los episodios más heroicos de la historia del ejército español.

Consecuencias de la batalla.

Inmediatas:

  • Jorge II de Inglaterra tuvo que retirar la garantía de intervención armada en apoyo de María Teresa de Austria con importantes consecuencias para el futuro de Austria y Prusia.
  • Vernon, aunque intentó relanzar su tropa contra el caribe español, acabó siendo relevado de su cargo en la Royal Navy aunque a su muerte fue enterrado con todos los honores en la abadía de Westminter como un gran héroe británico. Pero el ex primer ministro Lord Horace Walpole escribió en 1744: “Hemos perdido alrededor de siete millones de libras y 30.000 hombres en la guerra de España”.
  • En 1748 se llego a la paz de Aquisgrán, donde, gracias a las victorias de Cartagena de Indias y Madonna del Olmo en Italia, la Corona española pudo presentar una posición de fuerza en las negociaciones y en Europa.

A largo plazo

  • España fortaleció el control de su Imperio en América durante 70 años más. Para el Reino Unido las consecuencias a largo plazo fueron mucho más graves ya que, gracias a esta victoria, España pudo mantener unos territorios y una red de instalaciones militares en el Caribe y el Golfo de México que jugaron un papel determinante en la independencia de las colonias británicas de Norteamérica, durante la Guerra de Independencia Estadounidense, en 1776. y logró prolongar la supremacía militar española en el continente americano hasta el siglo XIX y retrasó la caída del imperio colonial español.

Sobre la suerte de nuestros héroes cabe señalar que  el virrey don Sebastián de Eslava terminó su periodo de mandato en Nueva Granada y volvió a España, donde el rey le nombró Capitán General de Andalucía y Director General de la Infantería. Llegó a ser Secretario del Despacho Universal de la Guerra (lo que hoy sería Ministro de Defensa).

Peor suerte corrió  el Teniente General de la armada don Blas de Lezo, pues falleció el 7 de septiembre de 1741 victima de la epidemia que se desata en la ciudad de Cartagena de Indias. No se sabe dónde se encuentra su tumba.

Tanto a él como al Virrey, el rey de España, Fernando VI, les concedió un título nobiliario póstumo que aún conservan sus descendientes.

La Armada española no ha olvidado a Blas de Lezo  y mantiene la tradición de tener un barco en activo con su nombre. También hay una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando de Cádiz y varias calles dedicadas a su persona en distintas ciudades españolas.

Sin embargo, parece que los españoles se han olvidado un poco de él, no así los ingleses, como se deduce de la anécdota ocurrida en 2005. Se celebró en Gran Bretaña, entre el puerto de Porstmouth y la Isla de Wight, el bicentenario de la victoria británica de Trafalgar con una parada naval ante la reina Isabel II y el primer Lord del Almirantazgo en la que participó una numerosa representación de la flota británica y estuvieron representados otros países, entre ellos España. España envió a la parada militar al portaviones “Príncipe de Asturias” y a la fragata “Blas de Lezo”. La presencia de este último barco llamó la atención de la prensa británica, que llegó a considerar su presencia como una provocación española al llevar el nombre del protagonista de la mayor derrota de la Royal Navy en su historia.

BIBLIOGRAFÍA

JORGE CERDÁ CRESPO. “Conflictos coloniales: la Guerra de los Nueve Años 1739-1748” . Publicaciones de la Universidad de Alicante (2010).

RUBÉN SÁEZ ABAD – “La Guerra del Asiento o de la “Oreja de Jenkins” 1739-1748”. Edit. Almena (2010).

Web: http://todoababor.es/articulos/defens_cartag.htm

[1] http://todoababor.es/articulos/defens_cartag.htm

Libertad de Prensa. Ley Fraga 1966.

 

El Gobierno acaba de publicar una Orden del Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Orden PCM/1030/2020, de 30 de octubre, por la que se publica el procedimiento de actuación contra la desinformación aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional. Su fin es la lucha contra la desinformación. Este es el enlace de la norma: https://www.boe.es/eli/es/o/2020/10/30/pcm1030

Por su carácter restrictivo, tal orden ha sido comparada por algunos analistas con la Ley 14/1966, de 18 de marzo, de Prensa e Imprenta, conocida coloquialmente, como Ley Fraga, por ser el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, el impulsor de la misma. Aquí se puede consultar el texto: https://www.boe.es/eli/es/l/1966/03/18/14/con

Para comprender si la comparación entre ambas normas es acertada, debemos escudriñar distintos aspectos, como son el contexto histórico en el que nacen ambas, su contenido y consecuencias

La orden actual acontece en el marco de una democracia. La de Fraga en medio de un régimen dictatorial que había pasado por épocas durísimas en las que imposición era aún mayor que la censura. La Ley Fraga está considerada una norma aperturista por su reconocimiento de la libertad de prensa y  su carácter decisivo en la caída del régimen. La actual debe coexistir, si ello es posible, con el acervo normativo de la Unión Europea, fundamentado en la defensa de las libertades y los derechos fundamentales y en el marco jurídico nacido de la Constitución de 1978, la cual reconoce la libertad de prensa, de pensamiento, opinión, expresión, cátedra… artículo 20.1 de la norma suprema. Ese mismo artículo, en el apartado 2, afirma que el ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.

A su vez, en los apartados 4 y 5, delinean los límites y redoblan la defensa de esas libertades, con la siguiente redacción:

  1. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Titulo, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia.
  2. Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial.

Subrayo lo de “resolución judicial” porque la acción de los tribunales no aparece recogida como medio de control de estas libertades en la Orden de Presidencia.  

He sorteado conscientemente el apartado 3, porque en él la Constitución señala la posibilidad de control de los medios de comunicación con el siguiente texto:

  1. La ley regulará la organización y el control parlamentario de los medios de comunicación social dependientes del Estado o de cualquier ente público y garantizará el acceso a dichos medios de los grupos sociales y políticos significativos, respetando el pluralismo de la sociedad y de las diversas lenguas de España.

Hay que reparar en tres aspectos de este apartado: 1) señala que la Ley (no una Orden ministerial) regulará la organización y control de los medios de comunicación; 2) que el control será parlamentario (no dice del Gobierno sino de la representación de la Soberanía Nacional) y 3) por ser expresión de la misma, es decir, de todos, recoge que una ley garantizará el acceso de todos respetando el pluralismo de la sociedad.

Los derechos fundamentales  y de las libertades públicas regulados en este artículo 20 cuentan con la protección jurisdiccional ante los Tribunales ordinarios que se instrumenta a través de un procedimiento especial, preferente y sumario y está incluido dentro de los preceptos constitucionales dotados de la especial protección del Recurso de Amparo ante el Tribunal Constitucional recogida en el artículo 53.2 de la norma suprema circunstancia que, tampoco, aparece en la Orden de Presidencia.

Hay que recordar que la Constitución de 1978,  se vincula en este aspecto con la Declaración Universal de Derechos Humanos y el establecimiento de la libertad de expresión: «Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión».

En este contexto de libertades, el Gobierno aprueba una orden ministerial en cuya exposición de motivos señala que resulta imprescindible para España evaluar el fenómeno de la desinformación,  sin definir qué es desinformación y se ampara como justificación de la necesidad de la norma en un plan europeo contra la desinformación, que aún no existe. En la Orden se identifican los órganos, organismos, autoridades y procedimientos que forman el sistema de control. En este último aspecto (procedimiento) establece cuatro niveles diferentes de activación que sirven para la detección y análisis de campañas de desinformación. Además, en el apartado 6 incitan a la delación de los ciudadanos contra los informadores.

Por su parte, la Ley Fraga, nace en la España de los 60, recordaremos someramente cómo era la España de los 60, no vamos a profundizar, porque ya lo hicimos en otra entrada de éste blog (https://algodehistoria.home.blog/2020/06/19/que-decada-la-de-aquel-regimen/).

Tras una primera parte del régimen, en la que España había quedado anclada a un profundo arcaísmo, los años sesenta fueron los del gran cambio social. Debido esencialmente a:

Masiva emigración (del campo a la ciudad y a Europa occidental). La emigración trajo como  consecuencias positivas, la reducción del paro o el ingreso de las abundantes remesas enviadas por los emigrantes

La mejora de la riqueza nacional y de los ingresos individuales provocaron un aumento de la natalidad y una reducción significativa de la mortalidad. Mejoraron las infraestructuras de todo tipo lo que incluyó colegios, hospitales, carreteras, viviendas, hoteles. Fue el inicio del boom del turismo y de la sociedad de consumo. Los españoles veranearon por primera vez al crearse una clase media con más ingresos, mejor nivel de vida y unas comodidades en el hogar que permitían tener más tiempo libre y disfrutar del ocio. La sociedad de consumo provocó un mayor acceso a la información, a la movilidad, al contacto con poblaciones de otros países, lo que abrió las perspectivas de la sociedad española, especialmente entre los más jóvenes; nuevos hábitos sociales, nuevas pautas en las relaciones interpersonales, modas, costumbres o indumentarias llegaron de manos de los grupos musicales, el cine y el turismo. La sociedad se volvió más crítica con el régimen, que se vio obligado, como Lampedusa, a cambiar para que todo siguiera igual… o parecido en relación a determinados aspectos de poder. A su vez, la Iglesia Católica, que tanta influencia tenía en el Régimen, estaba viviendo aires de renovación expresados en el Concilio Vaticano II.

Con este ambiente se hacía obligatoria una revisión de posturas gubernamentales en España y así lo entendían los sectores aperturistas del régimen. En ellos la modificación de la Ley de Prensa era una prioridad que se venía demandando desde  hacía más de una década. En nuestra Historia, el sistema de control de prensa se basó en la intervención gubernamental o judicial una vez publicados los periódicos. Tal situación se transforma en los gobiernos posteriores a 1883 en los que se establece el método preventivo de la censura. Pero, incluso durante la dictadura de Primo de Rivera, la censura previa (ejercida ininterrumpidamente a lo largo de más de siete años) estuvo justificada sólo en virtud de circunstancias excepcionales, de tal manera que nunca quedó recogida en una ley. Posteriormente, se aprobó la Ley de prensa de 1938,  con un  sistema de controles preventivos múltiples absolutamente novedoso, complementado con un abanico de medidas represivas muy severas sobre los periodistas y las empresas editoras que perseguía convertir la prensa en una institución al servicio del Estado; así se creó el Registro Oficial de Periodistas, que ponía en manos de la Administración la decisión acerca de quién pertenecía a la profesión y quién quedaba excluida de ella.

El preámbulo de la Ley de 1966 señala como motivos para el cambio, los siguientes: Justifican tal necesidad el profundo y sustancial cambio que ha experimentado, en todos sus aspectos, la vida nacional, como consecuencia de un cuarto de siglo de paz fecunda; las grandes transformaciones de todo tipo que se han ido produciendo en el ámbito internacional; las numerosas innovaciones de carácter técnico surgidas en la difusión impresa del pensamiento; la importancia, cada vez mayor, de los medios informativos poseen en relación con la formación de la opinión pública, y, finalmente, la conveniencia indudable de proporcionar a dicha opinión cauces idóneos a través de los cuales sea posible canalizar debidamente las aspiraciones de todos los grupos sociales, alrededor de los cuales gira la convivencia nacional.”

Las opiniones de la historiográfica son variadas, los sectores de izquierdas consideran que la causa estaba en las presiones económicas lanzadas contra el régimen- si el cambio hubiera ocurrido unos años antes, hubiera sido más creíble esta explicación-, otros hablan de la revolución social experimentada en España y explicada más arriba. Todo puede haber influido, pero quizá la explicación del profesor Ferrero, al que tanto nombro en este blog, tiene aspectos muy plausibles. Ferrero, considera que todo régimen dictatorial busca mantenerse en el poder. Normalmente, el control de la información es esencial para que un dictador se perpetúe y no suele soltar fácilmente esa presa. Si lo hace se debe a que con el cambio gana más que pierde. Algo así pasaba en la España de los 60, de un lado, había disminuido el miedo a perder el poder por parte del franquismo y, de otro, debieron considerar que, si se seguía con el control estricto de los medios, la deslegitimación ante la opinión pública, que ya empezaba a tener acceso a información procedente del exterior, sería mayor que los riesgos de la apertura.

No conviene olvidar como señala José Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas, que “Jamás ha mandado nadie en la tierra nutriendo su mando de otra cosa que de la opinión pública. (…). Pues hasta quien pretende gobernar con los jenízaros depende de la opinión de éstos y de la que tengan sobre éstos los demás habitantes”.

A esto hay que unir dos elementos muy importantes en aquel momento: 1) la presión de la Iglesia para cambiar la Ley. Esta presión procedía de la década anterior, pero ya a principios de los años 60, el empuje de una Iglesia Católica no pudo ser desoído por el Gobierno español.  Con todo, la tramitación de la ley se realizó con evidente parsimonia y ahí entra en juego el segundo factor. 2) La propia voluntad de Fraga. El nuevo ministro de Información y Turismo mantenía excelentes relaciones con el sector político de los católicos. Además formaba parte de los aperturistas del Régimen que tenían muy presente qué pasaría a la muerte de Franco; a ello se unió, posiblemente, una serie de episodios de conflictividad y oposición acontecidos en los meses anteriores a su nombramiento, muy especialmente las huelgas de principios de 1962, lo que reforzó su convicción de cambiar ciertas posiciones.

Para la elaboración del texto, Fraga contó con el Subsecretario de su Departamento, Pío Cabanillas, y el primer borrador se envió a Franco en 1964. En él ya se introducían todos los aspectos esenciales de lo que sería la ley. En 1965, el texto se envió para informe al Consejo Nacional de Prensa, órgano consultivo y asesor del Ministerio en cuya composición predominaban periodistas. Esto le valió a Fraga para señalar que en la composición de la Ley había participado todos los sectores implicados, si bien, del dictamen del órgano de prensa, poco se recoge en la norma final. Aunque se logra introducir un recurso contencioso-administrativo contra las sanciones del Ministerio. Lo que no era poco.

La norma contó con la oposición, dentro del Gobierno, de Carrero Blanco y de Alonso Vega. Pero Franco, a decir de Fraga, atajó las críticas con el siguiente razonamiento: “si aquellos débiles gobiernos de principios de siglo podían gobernar con prensa libre, en medio de aquella anarquía, nosotros también podremos”[1]

Si analizamos la ley, veremos que los artículos más significativos se alternaban como si se tratara de un tablero de ajedrez en el que los cuadros blanco (positivos para la libertad de prensa) se contraponían a los negros (expresión de las restricciones a la misma). El Articulo 1 reconoce la libertad de prensa y, en cambio, el 2, sobre el que volveremos, señalaba los límites de la libertad de expresión; el artículo 12 planteaba el depósito previo de ejemplares, aunque la censura previa se prohibía en el artículo 3, lo cual era un avance muy significativo para la época; el artículo 5 preservaba las libertades reconocidas en la norma y, al tiempo, se recogían las prohibiciones para ejercer la dirección de un periódico (art. 36), la existencia de una única agencia española con la competencia exclusiva para distribuir las noticias de las agencias extranjeras (art. 49) o  la intervención de la Administración en el secuestro de publicaciones y en la imposición de sanciones. Estas divididas en tres niveles según su gravedad, lo que podía derivar en sanciones en vía administrativa o denunciar al medio o al periodista en la vía civil o, incluso, llegar a querellarse (vía penal), sobre todo, tras la reforma del Código Penal de 1967 (arts. 64, 66 y 69). Tras ello, de nuevo, el cuadro blanco, de la posibilidad de recursos administrativos y contencioso-administrativo en el art. 71.

Posiblemente, el mayor obstáculo para la libertad de prensa estaba en el artículo 2  al proclamar entre las limitaciones, «el respeto a la verdad y a la moral; el acatamiento a la Ley de Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales; las exigencias de la defensa nacional, de la seguridad del Estado y del mantenimiento del orden público interior y la paz exterior”. Su contenido permitía todo tipo de argumentos contra la libertad de información.

Como describía acertadamente Miguel Delibes, ya en 1979, en una entrevista a ABC, sobre la situación creada por la ley: “Antes te obligaban a escribir lo que no sentías, ahora se conforman con prohibirte que escribas lo que sientes, algo hemos ganado”.

La ley fue criticada por muchos bien, unos, porque esperaban mayor apertura o bien, otros, por considerarla muy aperturista y entrañar grandes peligros para el régimen.

Los gobiernos franquistas hicieron amplio uso de los instrumentos que les reservaba la Ley. Desde 1966 a 1975 se incoaron más de 1.000 expedientes de los cuales un 30% acabaron en sanción y, de ellas, 18 alcanzaron la elevadísima cantidad para la época de  250.000 pesetas y la suspensión de la publicación entre dos y cuatro meses. Curiosamente, revistas como Cuadernos para el Diálogo y Cambio 16, que se hallaban en el grupo de las más sancionadas, experimentaron un aumento de difusión espectacular.

Como efectos de la Ley, cabe señalar que se eliminaron las similitudes en las noticias y, aunque de manera sutil, también en las líneas editoriales, creando ciertas tendencias políticas que se acentuarían con el tiempo. El ensalzamiento al régimen bajó a un tono moderado y, en ocasiones, hasta crítico. Entre los diarios existentes en el momento, el más afín al régimen fue Arriba, y los más críticos,  Ya, ABC y La Vanguardia,  dependiendo del tema tratado.

Nadie duda, hoy en día, de que la Ley de 1966 reforzó y aceleró un proceso de crítica, casi imperceptible al principio, pero esencial en el tiempo. Así lo recogen historiadores como Raymond Carr para el cual la Ley de Prensa de 1966 “cambió el clima cultural de España” o  Juan Pablo Fusi que sostiene que la Ley de Prensa  transformó ”el nivel informativo del país”. Para Javier Tusell, la ley de Prensa fue la norma “más trascendente” de la última etapa del régimen.

Finalmente, la aprobación de la Constitución de 1978 cambia totalmente el panorama informativo, como hemos visto. Por eso, no debemos olvidar lo que costó lograrlo, antes de resignarnos a perderlo. Recordemos con George Washington que: “Si nos quitan el derecho a la libre expresión, podrán llevarnos, sordos y callados, como ovejas al matadero”.

 

BIBLIOGRAFÍA

FERRERO, Guglielmo (1998 [1942]), Poder. Los Genios invisibles de la Ciudad, Madrid, Tecno

FRAGA IRIBARNE, Manuel (1980), Memoria breve de una vida pública, Barcelona, Planeta.

CHÜLIÁ, Elisa.  El régimen de Franco ante la prensa y el periodismo (Madrid, 1997) UNED

[1] FRAGA IRIBARNE, Manuel (1980), Memoria breve de una vida pública, Barcelona, Planeta.