Los primeros asentamientos españoles en Cebú (en la zona central de la actual Filipinas) proceden de las expediciones realizadas por Miguel López de Legazpi, que se hizo acompañar de varios monjes agustinos y de un número no muy amplio de soldados. Su nieto, Juan de Salcedo conquistó la isla de Luzón (al norte de Filipinas, es la Isla más grande, la más poblada y en la que se sitúa Manila y Baler) y aseguró la sumisión de aquellos pueblos al dominio español. Fue López de Villalobos quien renombró aquel conjunto de islas (más de 7.000) con el nombre de Filipinas en honor del Infante español Felipe, futuro Felipe II. Cuando esto ocurrió (siglo XVI), la monarquía española se hallaba en la cumbre de su poder y sus dominios se extendían por los cuatro continentes. Tres siglos después, Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran los últimos retazos de ese añejo imperio ultramarino que una España sumida en constantes luchas internas pugnaba por preservar.
Ya hemos hablado de los problemas de Cuba y de la situación de las Carolinas. El contexto ya ha sido expuesto en aquellas entradas, sobre todo, en la tercera guerra de independencia cubana por ser tanto la pérdida de Cuba como la de Puerto Rico y la de Filipinas una consecuencia de la guerra hispano-norteamericana de finales del S XIX.
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Realmente la parte armada de aquel enfrentamiento tuvo su inicio el 1 de mayo de 1898 en lo que sería a la postre la pérdida de Cavite. Pero antes de llegar a ese punto miremos qué ocurría en EE. UU para buscar estos enfrentamientos. Pues si Cuba podía ser un lugar estratégico para la defensa de las costas norteamericanas, Filipinas no tenía esa condición.
Los Estados Unidos en eran una potencia económica, habían completado su expansión territorial dentro de lo que hoy conocemos como territorio continental norteamericano y su economía quería otros mercados. A eso se unía un sector belicista muy volcado en considerar a EE. UU como una potencia que expandiera sus valores y dominara el mundo, dando salida con ello a una industria y actividad económica en plena ebullición; y a unas manifestaciones sociales, literarias y políticas que contribuirían, mediante el logro de posesiones ultramarinas, a acceder a una posición privilegiada en el contexto internacional.
Como señalamos en otra entrada, la Conferencia de Berlín había supuesto el disparo de salida de una carrera imperialista que dominaba aquel país que tuviera más posesiones. EE. UU aspiraba a gran potencia, cuando las potencias de entonces eran europeas: Gran Bretaña, Francia y Alemania. A ello se unía su situación geográfica, sabían que controlar el Atlántico para enfrentarse a Europa no era tarea fácil; sin embargo, dominando el paso por Panamá conseguirían imperar en buena parte del Atlántico y del Pacífico. Ya en 1855, se había construido un paso ferroviario desde la costa atlántica a la de Pacífico en Panamá. Se construyó con capital norteamericano y era cuasi de propiedad norteamericana, debido a acuerdos en los que imponía su dominio. A ello se unía la proyección del canal de Panamá, también por los norteamericanos. El objetivo de dominar y expandirse por los territorios que el Pacífico les ofreciera se unía a la idea de alcanzar las costas asiáticas. La cuestión de extremo oriente adquirió mayor interés mundial desde la guerra chino-japonesa de 1894. Pero China era codiciada por franceses, rusos, japoneses y, por supuesto británicos. Estos llevaban comerciando con China o a costa de China- tras el cierre de fronteras a extranjeros en 1839- desde principios de siglo; demostrando con todo ello la debilidad del Imperio chino. Estados Unidos no pretendía inmiscuirse en el conflicto de intereses que se desarrollaban en esa parte del mundo desde hacía más de 50 años. Lo que buscaba era su propio territorio de expansión y dominio en un amplio territorio donde la debilidad de los imperios tradicionales le favorecía. En ese contexto, Filipinas adquiría gran importancia. Era el culmen de una carrera por el Pacífico que había llevado a ocupar Hawái, French Frigate, Johnston, Palmira, Samoa Occidental, Midway, Wake, Guam y que supondría su influencia en el reparto de otras zonas, como vimos en el incidente de las Carolinas.
Mientras Estados Unidos florecía, España vivía en la inestabilidad más absoluta, sumida en una crisis política, sin recursos económicos para mantener una armada en condiciones adecuadas para defender sus provincias de ultramar. España se hallaba a merced del ansia colonizadora de las potencias europeas y de EE.UU. A ello había que unir el hecho de que, tras los movimientos independentistas de Hispanoamérica, el ansia soberanista interna se adueñó de todos los territorios de ultramar españoles. En este sentido, en Filipinas, desde 1896 se extendía la insurrección de los tagalos (sociedad secreta filipina de Katipunan). El Capitán General al mando, Fernando Primo de Rivera, aplicará una doble política basada en la actuación militar y la negociación que llevará al pacto de Bial-Na-Bató (23 de diciembre de 1897), por el que el líder tagalo Aguinaldo se expatriaba junto a otros cabecillas de la insurrección. Creyendo que la paz sería duradera, Sagasta nombro a Basilio Augustín en 1898 como Capitán General de Filipinas en sustitución de Primo de Rivera. Sin embargo, el optimismo español que consideraba que la situación cubana se podría solventar en poco tiempo, como creía haber solventado el problema filipino se vio superada por los acontecimientos y con un General al frente de las islas del Pacifico poco apropiado.
Aguinaldo, desde Hong Kong, tomará contacto con los estadounidenses por medio de su Cónsul en Singapur, quien le instigará -al igual que ocurrió en Cuba- al reinicio de la sublevación. No tuvo tiempo a retomar la lucha cuando ya Estados Unidos había declarado la guerra a España. La escuadra americana estaba formada por seis buques de guerra, modernos y bien equipados, cuyas andanadas tenían una superioridad de 30 a 15 en cañones de grueso y medio calibre frente a las españolas. Al mando de la flota americana estaba el Almirante Dewey, que salió de Hong Kong rumbo a las Filipinas. Con el fin de repeler esta agresión, el Almirante español Montojo situó sus barcos bajo la protección de la artillería de la fortaleza de Cavite. El 30 de abril entraba en la bahía la flota de Dewey. La lucha se produjo a distancias cada vez más cortas lo que supuso el incendio de las naves españolas que, mucho más viejas que las norteamericanas, carecían de coraza. De nada sirvió el valiente ataque de las naos Reina Cristina y Don Juan de Austria, saliendo de la zona más protegida y enfrentándose a la poderosa artillería enemiga. El 1 de mayo, tras pocas horas de combate, la plaza cayó en manos de los norteamericanos. El cierre del canal de Suez por parte británica a la flota del almirante Cámara supuso el eslabón que faltaba a la definitiva derrota española.
Esta contienda reanimó a los rebeldes filipinos. El Capitán General, Basilio Augustín, durante el ataque norteamericano a Cavite, y ante la amenaza norteamericana de bombardear Manila, concentró sus fuerzas en Manila alterando la defensa naval de Cavite y contribuyendo así un poco más a su derrota. Además, resultó imposible reunir a todos los destacamentos dispersos por la isla de Luzón. Algunos, trataron infructuosamente de abrirse camino entre la selva y los nativos; otros, demasiado pequeños para siquiera pensar en abandonar sus puestos, fueron capturados por los rebeldes. Entre otras cosas, porque Augustín organizó una milicia filipina dirigida por nativos leales, que, tras ser armados, desertaron y se pusieron al lado de Aguinaldo. El colmo llegó cuando, ante el desastre de sus actuaciones, decidió rendirse a los rebeldes filipinos. El Gobierno de España le destituyó de inmediato y nombró en su lugar a Fermín Jáudenes. El 13 de agosto de 1898, se produjo el envite estadounidense contra Manila, en aquel momento el objetivo último de ambos antagonistas era evitar que los rebeldes de Aguinaldo entraran en la ciudad, para lo cual los norteamericanos maniobraron, militarmente, para cerrarles el paso, y políticamente, permitiendo que buena parte de las defensas siguieran en manos españolas, cuyos soldados repelieron los desesperados intentos de los rebeldes por participar de la victoria. Manila se rindió el 14 de agosto, poniendo fin a más de 330 años de estancia española en el archipiélago.
Cuando la bandera estadounidense se alzó en Manila, se había sufrido una derrota contundente en Cavite y otra pactada en Manila, solo quedaba eso tan español de la heroicidad y de la victoria moral, la cual vendría de un grupo de soldados españoles y tres religiosos. Aquel grupo de hombres iba a soportar estoicamente el hambre, el tedio, el beriberi, los ataques de los filipinos y la carencia casi total de noticias del exterior, hasta convertir su sacrificio en una de las más honorables gestas de la historia de España.
Al tiempo que se defendía Manila, en otro enclave de la isla de Luzón en la pequeña ciudad de Baler, de apenas 1.700 habitantes, un destacamento español quedó sitiado, aislado del resto de las tropas españolas, sin posibilidad de comunicación con el mando, y su respuesta fue una gesta de heroicidad real y cierta, que se ha llegado al gran público por la famosa película “Los últimos de Filipinas”.
Ya a finales de 1897, la zona había sido escenario de un enfrentamiento hispano-filipino. Ganada la posición y vuelta la calma, se enviaba desde Manila un nuevo destacamento de 50 soldados.
A finales de abril de 1898, en pleno enfrentamiento con los americanos, Baler quedó incomunicada por tierra, por lo que no llegó la noticia de la destrucción de la flota española en Cavite ni del cerco de Manila. La guarnición temía que en cualquier momento los rebeldes lanzaran un ataque a gran escala, por eso a finales de junio, los españoles se apresuraron a convertir la iglesia en su fortín.
Los defensores de Baler no eran unos locos, actuaron por el cumplimiento de su deber, el amor a España y el compañerismo. Sabían lo mal que trataban los insurrectos a los españoles, así que la mejor solución era resistir. El agua no fue un problema pues los zapadores de la guarnición lograron hacer un pozo y el agua no escaseó. Tuvieron la inmensa suerte de que en la Iglesia los franciscanos habían recibido unos 4.500 kilos de arroz sin pelar días antes del comienzo de las hostilidades, destinados a su acción misionera que no pudieron distribuir, lo que valió para sustento del grupo. Asimismo, los españoles contaron con la ventaja de tener un armamento adecuado y municiones en abundancia.
En su acción de defensa, los nuestros reforzaron los muros, ya potentes de la iglesia – tenían metro y medio de grosos-, con paneles de madera, sacos de arena, mantas. También fueron reforzadas de igual manera las puertas y cegadas las ventanas, sólo quedaba al descubierto el espacio para el fusil y un pequeño tragaluz. Las dos alturas de la torre se afianzaron con tablones y sacos terreros protegiendo las dos posiciones de vigilancia. Los sacos salían de los víveres y la arena de la excavación del pozo y del suelo porque en aquel sitio todo era de utilidad; así, con las losas del suelo de la iglesia se construyó un horno que permitió cocer pan y varios hornillos para calentar el rancho cuando era necesario. En el exterior de la iglesia había dos trincheras, una que comunicaba entre sí las puertas de la iglesia y otra en el lado oeste que defendía las paredes de madera de la sacristía. La combinación de la fortificación interior y el sistema de trincheras en el perímetro exterior convirtió la iglesia en una fortaleza inexpugnable. El enemigo, consciente de ello, intentó incendiar la iglesia, dinamitarla, pero nunca asaltarla e intentar penetrar pues hubieran muerto y sus cuerpos hubieran servido de parapeto para los siguientes osados. De hecho, en todo el asedio sólo murieron dos españoles por arma de fuego y dos desertores que fueron fusilados. De tal modo, aguantaron un año 54 militares, pues al destacamento de Baler (“Batallón de cazadores Expedicionario nº2”) se unieron algunos militares más y tres franciscanos. Sobrevivieron 33 militares y 2 religiosos.
La mayoría de las bajas españolas se debieron enfermedades, provocadas por la mala alimentación y el hacinamiento continuado en un recinto reducido y oscuro. Estas condiciones insalubres favorecieron la propagación de la disentería y, sobre todo, del beriberi, una enfermedad originada por la carencia de vitaminas de los alimentos frescos, que puede ocasionar la muerte. Hasta el final del asedio murieron 15 defensores por estas enfermedades, entre ellos los oficiales De las Morenas y Alonso Zayas, por lo que tomó el mando del destacamento el Teniente Saturnino Martín Cerezo. El Teniente ordenó una salida nocturna para conseguir fruta fresca y airear el recinto, lo que conllevó la mejoría de los enfermos. A ello hay que unir 6 deserciones. Entre los rebeldes filipinos sitiadores se contabilizaron 700 bajas.
A finales de julio, llegaron a Baler varias columnas insurgentes que solicitaron de nuevo la rendición, a lo que el Capitán De las Morenas, que ejercía el mando, respondió: «La muerte es preferible a la deshonra».
En la supervivencia, contaron los españoles con algunos elementos a su favor. En primer lugar, los oficiales actuaron casi como padres de los soldados que en algunos casos a penas superan los 17 años. Fueron su sustento psicológico al que se unieron los tres franciscanos, los padres Gómez-Carreño, López y Minaya (el padre Félix Minaya, fue utilizado por los insurrectos filipinos como emisario para convencer al Capitán de las Morenas que entregase la plaza. La rendición no se produjo; y Minaya se negaría a salir de la iglesia tras concluir su embajada, compartiendo la suerte de los soldados españoles), sirvieron de apoyo espiritual a los sitiados además de asistir al cuidado de los enfermos y en la preparación para la partida a los agónicos. A ello, se unió, que aquel destacamento contaba, algo excepcional en aquel momento de la historia, con médico y servicio sanitario militar.
Dado que las armas no provocaban su efecto, los filipinos emplearon otros sistemas para desestabilizar a los españoles, por ejemplo, ruidos nocturnos para impedirles dormir, paseos por delante de la iglesia de mujeres desnudas para recordarles otra de las carencias que tenían en su encierro.
Los ruidos fueron correspondidos en la Navidad de 1898 por un concierto de villancicos realizado por los españoles con instrumentos construidos por latas y otros utensilios. No sabían que apenas quince días antes se había firmado el tratado de París por el que España cedía a USA sus posesiones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, entre otros territorios. Sin embargo, aquel concierto sirvió para aumentar la moral de los sitiados. En febrero de 1899, los filipinos se rebelaron contra la ocupación norteamericana y necesitaban acabar con el sitio de Baler para concentrar sus fuerzas en otros lugares, por lo que intentaron demostrar a los españoles que habían perdido la guerra, pero los sitiados entendieron que lo que ocurría en verdad es que llegaban refuerzos, alimentando de nuevo la defensa del lugar. Prueba de que la moral se mantenía entre los sitiados es que se fabricó una nueva bandera, tras la destrucción de la existente que ondeaba en lo alto de la torre, confeccionada con las cortinas burdeos que cubrían las imágenes de los santos y un mosquitero de color pajizo. Eso ocurrió en mayo de 1899, cuando la situación era desesperada. En ese mismo mes y año, los filipinos intentaron sin éxito cegar el pozo para matarlos de sed.
Poco después llegó desde Manila un alto mando español con la misión de instar a los defensores a abandonar la resistencia. Para demostrarles que la guerra había terminado les dejó unos periódicos madrileños con noticias al respecto. Pero los defensores consideraron que se trataba de falsificaciones.
Dada la situación de escasez de alimentos, el Teniente preparó una salida nocturna que permitiera salir de Baler y encontrarse con los refuerzos españoles. Pero no fue posible, lo que le llevó a hojear los periódicos que le habían llevado y así, por otras noticias colaterales, comprendió que, efectivamente, España había perdido Filipinas. Comunicó a su tropa la situación y propuso parlamentar con los filipinos para acordar una capitulación. El 2 de junio de 1899, se arrió en Baler la bandera española. Los 35 supervivientes depusieron las armas y fueron conducidos a Manila. Desde allí los 33 militares viajaron en barco hasta Barcelona, donde se les recibió como a héroes.
Pero, extrañamente, el acta de capitulación firmada por Martín Cerezo (últimos estudios lo delatan como muy anticlerical), sólo se preocupa de especificar que la “fuerza sitiada” no quedaría como “prisionera de guerra” y que sería conducida hasta lugar seguro. En cambio, los dos franciscanos supervivientes que habían compartido las penalidades del sitio, fueron apresados por los insurrectos y sufrieron todavía muchos padecimientos por parte de los cabecillas de la revuelta, hasta que los americanos los liberaron.
Si esto lo sabemos hoy es por haberse encontrado el testimonio de fray Félix Minaya, gran hombre de fe, enorme patriota y un auténtico misionero que, cuando pudo, no aceptó volver a España, para seguir en Filipinas con su acción misionera. Murió allí.
También el Teniente Cerezo ha dejado testimonio escrito de aquel suceso.
BIBLIOGRAFIA
CHAVES PALACIOS, Julián. “La pérdida de Filipinas”. Editoa regional de Extremadura. 1998.
MINAYA, Fray Félix. “La Defensa de Baler. Los últimos de Filipinas”. Ed. Espuela de plata. 2016.
MARTÍN CEREZO, Saturnino. “El Sitio de Baler: (notas y recuerdos)”. Crítica. 2012