Tenerife y las tres victorias frente a los ingleses

El escudo de la provincia y la ciudad de Santa Cruz de Tenerife incluye tres cabezas de León, una de ellas atravesada por la cruz de Santiago que está en el centro del emblema. La heráldica no puede ser más representativa. Las tres cabezas representan los tres asaltos que sufrió esa ciudad por los almirantes ingleses Blake, Jennings y Nelson.

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Casi siempre se cuenta la última de estas batallas, determinante para la historia de las Islas y la de España, pero no debemos olvidar las otras dos.

1.- Las décadas de 1640 y 1650 no fueron brillantes ni para España ni para Inglaterra.

En España reinaba Felipe IV y su valido era el Conde – Duque de olivares y posteriormente D. Luis de Haro. Hubo alzamientos en Cataluña, Andalucía, Sicilia, Nápoles, Aragón, la independencia de Portugal y, en la guerra de Flandes, habíamos perdido la provincia de Holanda. En Europa, España se debatía en los estertores de la guerra de los 30 años y la guerra contra Francia. Tuvimos bancarrotas, epidemias y ataques de los corsarios ingleses a nuestra flota en el caribe- lo que a las finanzas españolas y a nuestro imperio le resultaba más dañino que una plaga-.

Los británicos tampoco tenían un buen momento. Habían pasado por la guerra de los tres reinos https://algodehistoria.home.blog/2022/10/07/la-guerra-de-las-tres-coronas-o-de-los-tres-reinos/ La instauración de la república, la invasión y ocupación de Irlanda, la dictadura de Cromwell, la guerra contra Holanda y los sucesivos encontronazos contra Francia y España.

En ese contexto, en el año 1657,  la flota de Indias llegaba a las Islas canarias, tras eludir a los piratas ingleses en aguas del caribe. El asalto de los corsarios ingleses a nuestras embarcaciones era una constante desde que consideraron que el Imperio español era una fuente de riquezas a las que los británicos querían acceder, además de apropiarse de las rutas marítimas y, así,  iniciar su imperio a costa del nuestro. El recorrido de nuestras naves era Caribe- Isla de La Palma- Isla de Tenerife- Cádiz.

Pero cuando navegaban cerca de la isla de Gran Canaria los barcos españoles fueron advertidos de que una flota con 23 barcos de guerra ingleses les acechaba en las costas de Andalucía. Nuestros barcos regresaron a Tenerife y desembarcaron el tesoro traído de América.  Santa Cruz era una pequeña población de 1.125 habitantes, dotada de un castillo y un fuerte.

Una parte de la flota de indias- dos galeones- y multitud de barcos de todo tipo se amarraron en la bocana del puerto de Santa Cruz, a modo de muralla defensiva. Defensa organizada por el general Diego de Egües, y allí llegaron los ingleses bajo el mando de Blake. El 30 de abril empezó un intenso intercambio de artillería. Los barcos españoles anclados en el puerto fueron abordados o quemados por los británicos. Pero los ingleses sufrieron enormemente en sus barcos los cañonazos propinados desde tierra por los españoles, que les impidieron desembarcar. Llegados a ese punto, los ingleses tocaron retirada y salieron del puerto favorecidos por el viento.

Por la parte inglesa hubo 50 muertos y 120 heridos. En el bando español, cerca de 300 muertos y 11 naves destrozadas. Sin embargo, se consiguió mantener a salvo el grueso de la flota de Indias. La carga que transportaba se almacenó en Santa Cruz, como era habitual, sólo una parte de la carga era para la corona, siendo el resto propiedad de particulares, muchas de ellas eran mercancías de contrabando. Estas fueron requisadas obteniendo con ello el Estado una cantidad superior a la perdida en la batalla.

La verdad es que ambos bandos celebraron la batalla como un triunfo. Cromwell homenajeó y condecoró a Blake, lo mismo que Felipe IV a Egües, y   las islas de Gran Canaria y Tenerife fueron agraciados con diversos favores reales, tanto en el comercio con América como en exenciones fiscales.

2.- Durante la Guerra de Sucesión, en noviembre de 1706, los ingleses llegaron hasta Santa Cruz de Tenerife con una flota formada por doce navíos y otras embarcaciones de apoyo, sumando entre todas ellas, 800 cañones,  al mando estaba el contraalmirante John Jennings, con la pretensión de tomar la isla.

En la tarde del 5 de noviembre, vigías situados en las cumbres de la isla divisaron navíos de bandera desconocida llegando a las costas de Santa Cruz. La ciudad presentaba una defensa artillera de gran importancia formada por varias baterías, reductos y baluartes, así como una línea de defensa costera compuesta por los castillos de Paso Alto, San Cristóbal y San Juan, todo ello unido mediante una muralla litoral que enlazaba todas estas fortificaciones.

La magnifica defensa de la isla evitó, durante todo el día 6, el desembarco y toma de la villa por parte de los británicos. A las tres de la tarde, Jennings mandó desembarcar a un mensajero para ofrecer al archipiélago tomar como rey al Archiduque Carlos. José de Ayala y Rojas, cabeza visible de la defensa isleña le contestó que seguirían defendiendo la Corona de Felipe V.

Antes del anochecer Jennings ordenó a sus navíos desplegar velas poniendo rumbo a Europa y dejando atrás las aguas canarias.

3.- La tercera ocasión en que los británicos quisieron hacerse con Tenerife, fue la más importante y trascendente de todas.

Mientras la flota española estaba bloqueada en el puerto de Cádiz (después ser vencida el 14 de febrero frente al cabo de San Vicente), en la noche del 21 de julio de 1797, la flota inglesa del contraalmirante Horacio Nelson se acercó sigilosamente a Tenerife; estaba compuesta por cuatro navíos de línea, cuatro fragatas, una nave de apoyo y mil soldados.  Su intención era apoderarse de Tenerife, primero y de todo el archipiélago canario, después.

La defensa canaria contaba con unos 1.600 hombres, al mando se encontraba el comandante general de Canarias, Antonio Gutiérrez. A ellos se unió el pueblo de Tenerife, que luchó con auténtico heroísmo.

La flota inglesa fue avistada el día 22. Los ingleses lograron desembarcar en la playa de Valleseco, pero fracasaron en el asalto al castillo de Paso Alto debiendo de reembarcar en la noche del 23 al 24 de julio. La madrugada del día 25 aconteció el combate más importante. Se produjo en el muelle del puerto de Santa Cruz de Tenerife. El buque La Fox fue hundido por la artillería española. Los ingleses volvieron a los barcos, el propio Nelson tuvo que reembarcar al perder de un cañonazo su brazo derecho. Los ingleses que habían logrado desembarcar se abrieron paso hasta el Convento de Santo Domingo, donde se hicieron fuertes. La lucha se extendió por las calles, los tinerfeños lucharon a brazo partido y con pocas armas contra los invasores, hasta lograr que los intentos de nuevos desembarcos británicos fracasaran. El comandante de la infantería británica solicitó condiciones para su rendición.

Las pérdidas inglesas ascendieron a 233 muertos y 110 heridos. Por parte española, las bajas fueron de 24 muertos y 35 heridos. Los fallecidos estaban equilibrados en su origen, tanto militar como ciudadano,  lo que demuestra a las claras la interacción del pueblo y el ejército en esta acción.

Este acontecimiento es conocido como la Gesta del 25 de julio de 1797, es una de las efemérides más importantes de la historia de Canarias y no es para menos. La defensa, con los pocos medios que se tenían y la propia situación estratégica del Puerto de Santa Cruz, era una muy difícil de llevar a cabo y, sin embargo, fue todo un éxito militar de Antonio Gutiérrez y de sus hombres. Pero, sobre todo, del pueblo tinerfeño que, con pocos medios, alejados de la Península, demostró una vez más su gran amor a España.

Además, aquella derrota, la última derrota que sufrió Nelson, supuso el fin de la doble estrategia que subyacía en aquel ataque. Las Islas eran una parada obligada para los navíos de la época, pues el Canal de Suez no estaba aún abierto y tenían que pasar por ellas todos los barcos procedentes de Europa hacia América, África o Extremo Oriente.

Por lo que la primera finalidad del plan es la de privar a España del inmenso apoyo de las Islas en la ruta hacia el continente americano.

A finales del siglo XVIII, Gran Bretaña se encuentra en un momento de máxima expansión, pero la independencia de los Estados Unidos y la imposibilidad de arrebatar a España sus posesiones americanas les obliga a dirigirse hacia África y Asia, sobre todo, hacia la India . Y para mantener la ruta a la India son necesarias bases en el Atlántico y el Índico.

La segunda finalidad del ataque era obtener un punto de apoyo en la ruta atlántica.

Hasta tal punto esta conquista era importante para los ingleses que William Pitt, primer ministro británico, hablaba sobre la conveniencia de cambiar una de las Islas Canarias por su “amada e importante posesión de Gibraltar”.

Afortunadamente, al verse obligados en virtud de las capitulaciones que les impuso el general Gutiérrez, a no volver a atacar las Islas Canarias, los ingleses no tienen más remedio que olvidar la ruta atlántica y volverse hacia el Mediterráneo y Egipto, donde al año siguiente seguirán combatiendo, pero esa vez contra la flota francesa.

Si hoy las Islas Canarias son españolas, es por la férrea voluntad de sus habitantes en la defensa frente a los ingleses. Si Nelson hubiera ganado, con una España en franca decadencia; con la flota bloqueada en Cádiz y poco después derrotada en Trafalgar; con España a punto de iniciar la guerra de independencia; con Gibraltar en manos inglesas, es muy probable que nunca las hubiéramos recuperado.

Así que, los tinerfeños pueden llevar con gran orgullo los tres leones en su escudo. Ganados con sangre, esfuerzo, sudor, lágrimas y gran lealtad y amor a España.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, P.-“ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1954.

ALCALÁ-ZAMORA Y QUEIPO DE LLANO: “La historia oceánica de los siglos modernos y el tesoro submarino español” . Google Books. 2008.

Rumeu de Armas: Antonio. “Piratería y ataques navales contra las islas Canarias”. Google Books. 1947.

CURIOSIDADES DE LA HISTORIA 3: Poder y esoterismo

Hacía mucho que no indagaba por las curiosidades de la Historia, siempre tan divertidas.

Recordamos las dos anteriores:

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/20/curiosidades-de-la-historia/

https://algodehistoria.home.blog/2020/05/08/curiosidades-de-la-historia-2-entre-cuentos-y-leyendas/

La idea para esta entrada de hoy proviene de mi amiga Carmen. Carmen oyó el mensaje de Pedro Sánchez tras la considerable derrota en las elecciones municipales y autonómicas del pasado 28 de mayo, cuando dijo:” [el resultado electoral desvela] un mensaje que va más allá”. Ante ese más allá, me sugirió hablar de los dirigentes que creen en la astronomía, pero he preferido retorcer un poco el argumento y llevar el tema por la brujería, la nigromancia, la magia o el esoterismo. Me acordé de la opinión del gran antropólogo vasco Julio Caro Baroja: «Se pueden encontrar grandes semejanzas entre la bruja antigua y el político moderno, sea cual sea su filiación y el origen de su poder. Al uno como a la otra se le atribuyen facultades muy superiores a las que realmente tienen, son igualmente buscados en momentos de ilusión, defraudan en modo paralelo y en última instancia los males de la sociedad se les atribuye en bloque… Cuando son derrotados sufren procesos sensacionales en que magistrados austeros y testigos inocentes ponen de manifiesto todas sus culpas. Si hoy existiera pena de hoguera, los políticos serían los más sujetos»

Hoy no vamos a quemar a nadie, pero sí reírnos un poco de sus cuitas y la forma de solventarlas.

Estrabón habló de la nigromancia como la forma principal de adivinación entre los pueblos de Persia y se cree que estuvo también muy extendida entre los caldeos, en Etruria y en Babilonia.

Fue en Egipto, con su sistema religioso complejo y bastante místico, donde surgió uno de los primeros libros sobre nigromancia. Se llamaba “El Libro de los Muertos del Antiguo Egipto.

En las artes adivinatorias, famosos eran los arúspices, sacerdotes que en la Roma de los césares abrían las entrañas a los animales para leer en ellas sus presagios. No había batalla en la época clásica que no contara previamente con un vaticinio y si la iniciaba Roma, el vaticinio debía ser favorable. Sin embargo, en el imperio ya empezaba a percibirse a los arúspices como charlatanes y en la época republicana tardía, Catón decía que “dos arúspices no podían mirarse sin reírse”.

En la Edad Media, se produce una simbiosis entre ciencia y magia. En la primera incluiremos a los astrónomos. La astronomía en sus comienzos aspiraba a explicar el proceder del mundo, pero siempre tuvo más de ciencia que de magia. Es famoso el amor al estudio de las estrellas de Alfonso X el sabio, y también que muchos sabios en su afán de saber y conocer trascendían la ciencia para caer en la magia. Numerosas fuentes asignan a la antigua ciudad de Toledo un papel muy importante en el estudio y desarrollo de las artes mágicas. La presencia de “las tres culturas” impregnó a la ciudad de un espíritu científico único, junto con él se desarrollaron otros aspectos mucho más heterodoxos. La magia y la pretensión de contactar con el más allá a través de la magia era muy habitual entre los judíos.

Superada la Edad Media, ese afán de estudio y saber siguió dando lugar a formulaciones mágicas, que fueron la atracción de los poderosos del momento. Famoso, en este sentido, es el inglés John Dee, que fue consejero de las reinas María Tudor e Isabel I y que posteriormente recaló en la corte de Rodolfo II de Habsburgo. Matemático, astrólogo, ocultista… El polifacético John Dee se hizo famoso como sabio en la sociedad inglesa del siglo XVI y, sobre todo, en la corte de la reina Isabel I. Dee era un apasionado de las ciencias ocultas y su enorme afán por adquirir conocimientos lo convirtió en el orgulloso propietario de una de las bibliotecas más extensas y bien surtidas de Inglaterra, que fue visitada por estudiosos de todo el mundo. Cayó en desgracia en la Corte de María Tudor y fue acusado de brujería. Pero resultó absuelto. Volvió al favor real cuando Isabel I alcanzó la Corona inglesa en 1558. Dee se convirtió entonces en asesor astrológico real y la soberana le consultaba previamente a cualquier decisión importante, por ejemplo, le encomendó escoger la fecha más adecuada para llevar a cabo su coronación.  Según se cuenta, debido a sus indudables conocimientos meteorológicos, fue capaz de informar a la armada inglesa de cuál era el mejor momento para atacar a la armada española en 1588, debido a la tormenta que se avecinaba con la que derrotaron a la Armada Invencible. También fue espía. Durante sus misiones de espionaje, Dee creó una firma específica para dirigirse a la monarca:007. Los dos círculos simbolizaban los ojos de la soberana (solo para sus ojos) y el 7 era el número cabalístico de la suerte de John Dee (quinientos años más tarde, la firma secreta de Dee sería adoptada por el escritor británico Ian Fleming para crear el nombre en clave del más famoso agente secreto de todos los tiempos: James Bond). 

Dee escribió Monas Hieroglyphica, una de las obras más importantes de la corriente mágico-hermética europea del siglo XVI. 

Este gusto por el ocultismo era, como decimos, una corriente del siglo XVI, aunque, quizá también entre cuñados andaba el juego, y así, nuestro Felipe II al igual que Isabel I de Inglaterra, tenía afición por el oscurantismo. Nuestro gran monarca se formó en filosofía, arquitectura y bellas artes. Pero también sentía una profunda atracción por saberes más herméticos como la mitología, la alquimia y el ocultismo. Entre 1563 y 1584 mandó construir el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un palacio cargado de simbología esotérica inspirado en el bíblico Templo de Salomón. La elección del lugar no fue casual, pues se erigió precisamente en este enclave de la Sierra de Guadarrama para sellar una mina que en aquella época se consideraba una “boca del infierno” y evitar así que los demonios salieran. Uno de los mayores atractivos de El Escorial es sin duda su extraordinaria biblioteca, entre cuyos volúmenes podemos encontrar numerosos tratados e incunables sobre magia, astrología, nigromancia y alquimia. Esta última era el arma secreta del, en otras cosas, racional y prudente rey Felipe. En una de las torres del monasterio ocultó un laboratorio y contrató a los mejores alquimistas del Renacimiento para tratar de fabricar la Piedra filosofal, una sustancia fantástica que podría convertir cualquier metal no preciso en oro. Desgraciadamente para España y sus fianzas no lo logró.

Pero el ocultismo tiene otras manifestaciones, así las sociedades secretas han jugado un importante papel en la Historia política del Mundo. Ya a finales del Siglo XVI – ¡qué siglo aquel para el esoterismo!- nace en Escocia la masonería con claros símbolos míticos inspirados en el oscurantismo oriental. En 1717 se fundó la Gran Logia de Inglaterra aduciendo un largo linaje de iniciados en una fraternidad que se expandió por todo el mundo occidental y especialmente en Francia donde se adaptó a las ideas enciclopedistas y de la Ilustración, haciendo conexión con la Revolución Francesa. No todos los líderes de la Revolución Francesa fueron francmasones, de hecho, en las filas jacobinas eran los menos, pero sí lo fueron Marat, La Fayette, Danton, Mirabeau. El espíritu anticatólico, la fuerte jerarquía, las normas propias, unas logias elitistas formadas por influyentes hombres del momento, hicieron de sus normas de funcionamiento un sistema de influencia social y política que se trasladó a América. La influencia masónica en la independencia de los Estados Unidos de América está contrastada.

Dentro de las sociedades secretas debemos recordar que Adolf Hitler y el nazismo son una mezcla extravagante de magia y tecnología. Se cree que en la Alemania de principios de siglo XX un grupo que reivindicó la superioridad de la raza aria, reunido en torno a la Sociedad de Thule, inspiró la ideología del régimen nazi, siendo uno de sus miembros dilectos el propio Hitler. El nombre de esta sociedad tiene su origen en la mítica isla de Thule mencionada en algunos textos antiguos y que los ariosofistas identificaban con Hiperbórea, el lugar primigenio de la raza aria. 

Pero nuestra entrada no tenía intención de adentrarse en el proceloso mundo de las sociedades secretas sino más bien en las actividades privadas e individuales de dirigentes mundiales tendentes a conocer el “más allá” desde formas muy de “acá”

En ese sentido y con cierto sentido cronológico debemos recordar algunos casos curiosos. Por ejemplo, Simon F. Case, coronel y mano derecha del presidente Lincoln, escribió en su libro “Proclama de la Emancipación” que el presidente era habitual de las sesiones espiritistas y, en una de ellas, recibió un mensaje trasmitido por un “ser sobrenatural” que lo convenció de la necesidad de abolir la esclavitud. Este hecho tuvo lugar una tarde de 1861. El médium que dirigía la sesión entró en trance y le transmitió el siguiente mensaje del más allá: “Usted ha sido llamado a la posición que ahora ocupa para una gran tarea. El mundo está bajo una esclavitud universal; y debe dejársele libre físicamente, para que pueda alcanzar espiritualmente su estado”. Después de escuchar este mensaje, Lincoln se empeñó en decretar la proclama que, a partir de 1863, permitiría la emancipación de más de cuatro millones de esclavos afroamericanos.

Conocidísimo es el caso de Rasputín, en los coletazos finales del imperio zarista. Logró aliviar al heredero de los sufrimientos causados por la hemofilia, lo que le dio un poder extraordinario sobre la madre del pequeño, Alejandra, y sobre el zar Nicolás II.

Aquel hecho, puramente casual, unido al misticismo y la magia que manejaba el monje, así con su personalidad, fue lo que le valió para la gran influencia que tenía con la familia Romanov y con la nobleza rusa.

Durante la Primera Guerra Mundial fue acusado de ser un espía alemán y de influir políticamente en la zarina, que era de ascendencia alemana. Esta influencia le valió ganarse el odio de varios nobles, y su asesinato.

Mariano José de Larra, el ilustre político y periodista español, y un supersticioso reconocido, preguntado en una ocasión por qué, una persona tan inteligente y culta como él, era tan supersticioso dijo: “Porque los que no creemos en Dios, en algo debemos de creer”. Con esas actitudes se empieza en la superstición y se acaba en la brujería y el tarot.

Se sabe que Ronald Reagan era muy aficionado a la astrología y que consultaba las cartas astrales con gran frecuencia. Su afición provenía de sus tiempos de actor. Se dice que una astrologa le señaló la fecha más adecuada para su matrimonio, para la toma de posesión a la presidencia o incluso que un médium le vaticinó que sería presidente.

Mucho años después, Hillary Clinton manifestó que durante los años que vivió en la Casa Blanca pudo percibir la presencia de espíritus en diversas estancias del edificio presidencial. Tampoco ha ocultado su cercanía y amistad con la parapsicóloga Jan Houston a la cual consultaba cada paso importante a dar en su actividad profesional. No sabemos si le anunció su derrota contra Trump.

En Hispanoamérica, la santería, el vudú, la astrología y la magia están a la orden del día. Conocidísimo es el caso de Duvalier, Papa Doc entre las masas haitianas, presidente de Haití que enarboló el vudú no sólo como una religión oficial sino como una política de Estado, consiguiendo dominar de manera dictatorial a la población ignorante con el miedo a sus prácticas de vudú. Pero tanto se convenció a sí mismo de su poderío mágico que se jactaba de haber matado a Kennedy con brujería vudú.

En Venezuela, Hugo Chávez tenía una bruja de cabecera que le adelantó su ascenso a presidente de Venezuela, tras pasar por la cárcel , así como su temprana muerte- hay que ver cuantas brujas vaticinan el éxito y casi ninguna el fracaso-.

Las cartas marcaron así su inexorable destino y con ellas llegó una obsesión que le arrastraría a realizar todo tipo de prácticas relacionadas con el ocultismo. Un largo currículo de contactos con el “más allá” que abarca los amuletos, la ‘ouija’, las apariciones de su bisabuelo ‘Maisanta’ (un general que luchó contra la dictadura de Juan Vicente Gómez), las charlas con el espíritu del libertador Simón Bolívar, la masonería (intentó ingresar en una logia), las visiones de las ánimas de la sabana y la santería cubana. Reconozcamos que no le faltaba “de’ná”.

El periodista David Placer recogió todas estas aficiones de Chavez en su libro “ Los brujos de Chávez”

En México, Políticos de todo tipo recurren a la magia, a los brujos o a chamanes, para lograr poder político. El periodista José Gil Olmos ha escrito dos libros sobre “Los brujos del poder». Entre los mencionados en esas obras se encuentran Marta Sahagún, esposa del ex presidente Vicente Fox. Sobre Carlos Salinas de Gortari, que fue presidente de México entre el 1 de diciembre de 1988 y noviembre de 1994, cuenta que mientras gobernaba José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari contrató a unos brujos vudú para que cuando tomara el poder Miguel de la Madrid, él fuera elegido (mediante el conocido Dedazo) como el candidato a la Presidencia de la República por el PRI.

Otro personaje que se mueve entre brujos y magas es Enrique Peña Nieto, presidente de México desde el 1 de diciembre de 2012 hasta el 30 de noviembre de 2018.

Podría nombrar a muchos más, pero por terminar diremos que medios estatales rusos han asegurado que el ejército ucraniano está usando magia negra para ganar la guerra. Quizá para compensar a los hechizos ucranianos, las brujas rusas reunidas en la asociación “Grandes Brujas de Rusia”, organizan, de cuando en cuando, su aquelarre para apoyar a Vladímir Putin. Van cubiertas con capuchas decoradas con aves doradas y forman círculos para entrar en una conexión espiritual con el propio Putin y darle fuerza y posibilidades de victoria.

De Sánchez no conocemos que consulte con brujas, sabemos que se fía de Tezanos, y no podemos afirmar cuál de las dos cosas es peor.

BIBLIOGRAFIA

GIL OLMOS, José.- “Los brujos del poder”. Ed Bolsillo. (en PDF, aquí: https://www.academia.edu/42972179/Vdocuments_mx_jose_gil_olmos_los_brujos_del_poder_el_ocultismo_en_la_politica_mexicanapdf).

LACHMAN, Gary.- “El ocultismo en la política. Historia secreta de la búsqueda del poder”. Ed Luciérnaga. 2017.

PLACER, David. – “Los brujos de Chavez”. ed CreateSpace Independent Publishing Platform. 2016

 

 

 

 

La Gloriosa

El 30 de septiembre de 1868, Isabel II salía de España para no volver. La culpable de su exilio: la llamada Revolución Gloriosa

El republicanismo revolucionario europeo al estilo de Mazzini culminó en las revoluciones de 1848. Se trataba de un proceso revolucionario romántico, que creía posible alcanzar todos los ideales. Vista la experiencia general en Europa, el romanticismo procuró ser apartado por la mayoría para acceder a posiciones más prácticas y realistas.

Pero aquel movimiento romántico tuvo una coda en España. Nuestros revolucionarios del S. XIX creían posible un movimiento radical que de golpe acabara con todas las instituciones del Estado, corruptas e inútiles, a su entender, y que de él emergiera un nuevo orden ideal. A esto se le conoce como el “mesianismo del caos”. España lo padeció en el S.XIX, en el XX y no sé si algunos no seguirán en él.

Aquella revolución sumaba un posicionamiento fuertemente ideológico con una materialización militar al estar apoyada en hombres fuertes del ejército como Prim o Serrano

Prim denuncia en el manifiesto del 18 de septiembre de 1868: “el ahínco de la inmoralidad… convirtiendo la Administración en granjería”. En el famoso “España con honra” del día 19, Serrano y los demás firmantes recriminan que “ la Administración y la Hacienda son [pasto] de la inmoralidad y del agio”. Se trata pues de una revolución purificadora de España. Purificadora de los hombres y de la mujer ( reina Isabel II) que la gobiernan.

Isabel había sido proclamada reina a los 3 años, aunque no reinaría con pleno derecho hasta los 13. Estuvo siempre en manos de sus cortesanos -primero los de su madre, luego los de su marido y finalmente los suyos propios-, que intentaron moldearla a su conveniencia. En una entrevista que le hizo Benito Pérez Galdós para el diario El Liberal, cuando la reina estaba en el exilio, confesó haber hecho muchas cosas mal, pero no ser la única culpable del mal gobierno. La reina depuesta se lamentaba de que nadie quiso enseñarle nunca a gobernar si no era en su propio provecho. A Isabel II un diputado la definió como “la reina de los tristes destinos”; Galdós,   impresionado favorablemente por la ex reina en aquella entrevista, retomó aquel epíteto y lo inmortalizó, al tiempo que volvió de París con una opinión mucho más benevolente hacia la pobre Isabel, que la que había tenido hasta entonces.

Los errores de aquellos gobiernos quisieron ser lavados por una revolución en principio con un objetivo pacífico y un alcance inicial impreciso.

La táctica seguida se basó en:

  1. La conspiración previa, formado por un frente subversivo de amplio espectro político

Ya en 1866, varios políticos liberales y progresistas, incitados por el general Prim, descontentos con la situación nacional, se reunieron en la ciudad belga de Ostende para trazar un plan que derrocara al gobierno y permitiera tomar medidas urgentes ante la grave crisis que se avecinaba. Se firmó un acuerdo, el 16 de agosto de 1866, entre miembros del partido progresista y miembros del Partido demócrata, cuya finalidad era derribar la monarquía de Isabel II.  Este pacto, al que, a principios de 1868, se sumó la Unión Liberal (tras el fallecimiento de O’Donnell que rechazaba el movimiento subversivo)  fue el germen de “ La Gloriosa”.  Precisamente la incorporación de la Unión Liberal, que aportaba el mayor número de militares, fue decisiva para el triunfo de la revolución.

Conscientes de la necesidad de reunir el máximo apoyo posible, el acuerdo fue escueto y ambiguo. Hablaba de “destruir lo existente en las altas esferas del poder” y de nombrar “una asamblea constituyente, bajo la dirección de un Gobierno provisorio, la cual decidiría la suerte del país.

Prueba de la amalgama de grupos que se reunió contra Isabel II y la poca cohesión interna que existía entre ellos, fue el hecho de que los republicanos, molestos por lo que consideraban su exigua representación en Ostende, organizan otro centro revolucionario en París. La confrontación se cerró con la ratificación de las clausulas de Ostende en el pacto de Bruselas de 30 de junio de 1867.

       2. El pronunciamiento militar complementado por una revuelta popular.

Ambas acciones [conspiración y ayuda militar] ya habían actuado al unísono en diversas revueltas callejeras desde 1854, o en los intentos de sublevación capitaneados o apoyados en la sombra por Prim, como el de Villarejo de Salvanés el 3 de enero de 1866 o el del Cuartel de San Gil el 22 de junio de 1866 , y en el citado acuerdo de Ostende de agosto de 1866.

Pero la auténtica sublevación militar se produjo en 1868 en la que por primera vez el ejército fue secundado por la marina.

La historiografía se divide al intentar calcular la importancia de la participación popular en la revolución. Tuñón de Lara la magnifica y pone como ejemplo el reparto de armas en Cádiz, o en Sevilla, Córdoba, Huelva, Alcoy y Béjar; pero otros autores, como Hennessy señalan que  “ solamente después que triunfó la revolución se convirtieron las masas en algo digno de consideración”.

A partir del triunfo de la Revolución, se inicia lo que será conocido como el Sexenio Democrático (1868-1874) que intentará crear en España un nuevo sistema de gobierno.

Aquella revolución se concentra en el derrocamiento de Isabel II y en el establecimiento del sufragio universal (masculino) y la exaltación de los principios del liberalismo radical, pero no tenían un programa social concreto. Aunque durante el sexenio revolucionario se tomaron algunas medidas sociales precursoras de la legislación social: Informaciones parlamentarias sobre la situación de la clase obrera; exenciones tributarias a las cooperativas obreras, o la Ley de 24 de julio de 1873 sobre protección del trabajo infantil, no se atiende realmente a los problemas de la población. Esta desatención social en el ideario de la Revolución llevó a conflictos posteriores donde las masas obreras alentaron contra la revolución política en busca de una revolución social.

De hecho, la extracción social de los revolucionarios se situaba en las clases medias ilustradas, profesionales liberales, movidos por el idealismo y no por la realidad cotidiana. Las clases populares sin instrucción fueron protagonistas en un número poco importante.

En todo caso, la diversidad era la nota común de los revolucionarios (incluso hubo un intento de incorporar a los carlistas que cortó el general Cabrera, pues no estaban de acuerdo con el sufragio universal) de ahí la poca cohesión interior con la que actúan. Pero tenían dos principios básicos comunes: la soberanía popular expresada en el sufragio universal; y los derechos individuales que eran imprescriptibles y por ello ilegislables e irrenunciables.

Además de los partidos oficiales y legales, existían organizaciones clandestinas de matices republicanos y socialistas, sociedades secretas más proclives a la violencia que a un acuerdo auténticamente democrático.

A todo este conglomerado se unió el duque de Montpensier, cuñado de la reina, para aportar a la causa a modo de financiación 3 millones de reales y así derrocar a su cuñada, con la pretensión de hacerse él con la Corona. No fue el único que aportó dinero. También lo hicieron las juntas revolucionarias y la burguesía catalana, los industriales resentidos con el favoritismo de la Corte. Aunque será esta misma burguesía catalana la que, años después, en vista de que una de las consecuencias de la revolución fue el cantonalismo y el caos, hicieron lo posible por financiar la Restauración monárquica.

Antes de llegar a aquel final, debemos atender a lo que fueron los detonantes inmediatos de la Revolución. Aunque la historiografía tampoco se pone de acuerdo. Vicens habla de una importante crisis económica, pues se había estimulado la ampliación de la red ferroviaria de España. Los grandes empresarios del país y las sociedades de crédito, así como muchos políticos y militares, invirtieron en las compañías de ferrocarriles con la expectativa de obtener grandes beneficios. Pero lejos de ello, aquellas inversiones llevaron a la ruina a muchos inversores. Lo que generó un efecto dominó: las principales industrias del país quedaron paralizadas por la falta de liquidez, lo que dejó sin trabajo a decenas de miles de personas.

A ello se sumó una crisis alimentaria: las cosechas habían sido malas, con todo, buena parte se destinó a la exportación para intentar reducir el déficit del Estado: esto provocó un rápido aumento de los precios de los alimentos y el inicio de revueltas populares. Esta situación hizo tomar medidas radicales al gobierno del general Narváez, bloqueando la actividad de las Cortes. Precisamente otro sector de la historiografía centra los orígenes de la Revolución en estas razones políticas, cuasi dictatoriales. Normalmente, todo influye.

La revolución se inicia en Cádiz el 19 de septiembre y se resuelve en pocos días en Madrid. La reina, que estaba de vacaciones, se instala en San Sebastián. El propio día 19 el gobierno de González Bravo, que había sucedido a Narváez tras la muerte de éste el 23 de abril de 1868, dimite. El día 28 se libra la llamada Batalla de Alcolea, que como el propio general Martínez Campos define fue “un encuentro no una batalla; como un trueno sin tormenta; como un chispazo sin corriente”. Pero tuvo la suficiente entidad como para que en una reunión de generales en el Ministerio de la Guerra se optara por deponer la lucha. No hubo oposición y, aunque Isabel II quiso volver a Madrid, sus consejeros la disuadieron. Cruzó la frontera francesa el día 30 de septiembre.

La Revolución había triunfado, pero quedaba organizar el triunfo.

A medida que la revolución se extendía por cada provincia se constituyeron las Juntas revolucionarias. creándose también en Madrid la Junta Suprema de Gobierno. Cuya presidencia recayó en el general Serrano. Sin embargo, las juntas revolucionarias provinciales no se disolvieron y por ello se puede decir que la Revolución vivió en una permanente crisis revolucionaria. Los demócratas que habían quedado fuera de la Junta Suprema, mantenían así en las provinciales unos núcleos de poder paralelos. En esas juntas provinciales se instalaron también los milicianos llamados “voluntarios de la libertad”. Eran el brazo armado de la revolución.

Esta dualidad llevó a que en cada Junta se aprobaran leyes diferentes, sólo a modo de ejemplo, la Junta de Zaragoza aprobó el matrimonio civil o la libertad de trabajo que en el resto de España no se daban. Y en Sevilla y Málaga, la clara separación de Iglesia y Estado, y en la de Madrid se estableció la extinción de las comunidades religiosas. El gobierno declara la expulsión de los jesuitas, por cuarta vez en la historia de España.

El tema eclesiástico y religioso iba a plantearse en términos pasionales, sobre todo en el sur de España, con la consiguiente quema de templos y persecución de creyentes. El obispo de Jaén se quejó: “ hablan de libertad de cultos, y es libertad de agresión”. De esas agresiones sabían mucho los Voluntarios de la Libertad. Se genera así, además de un problema de poder, un problema de orden público.

Prim en un decreto de 17 de octubre disolvió la organización de los voluntarios y posteriormente exigió también la disolución de las Juntas. Para lograrlo, trasvasó a miembros de las Juntas a puestos de la Administración provincial, local y nacional. De este modo y sin más dificultades, las Juntas fueron desapareciendo. Prim fue así emergiendo como hombre fuerte del momento.

Pero había otro problema que dilucidar, la cuestión del Régimen. Monarquía o República. Unionistas y progresistas era monárquicos y los demócratas vivían en una dualidad de criterios.

Se sucedieron en Madrid los días 15 y 22 de noviembre manifestaciones- celebradas con recorrido inverso- desde la Plaza de Oriente al Obelisco del Dos de mayo, la de los monárquicos, y desde el Obelisco a la Plaza de Oriente la de los republicanos, pero nada se dilucidó.

El Gobierno en el preámbulo del decreto de convocatoria de las Cortes Constituyentes había señalado que prefería la monarquía. El 6 de diciembre de 1868, se convocaron elecciones a las Cortes Constituyentes por sufragio universal masculino de los mayores de 25 años, con un censo cercano a los 4 millones de electores. Las nuevas Cortes se constituyeron el 11 de febrero de 1869.

Se inicia así la discusión de la nueva Constitución cuyos puntos de importante debate fueron la cuestión religiosa y el tipo de régimen.

En el primer asunto se declara al Estado como confesional; se obliga a mantener el culto y a los ministros de la religión católica, y a garantizar el ejercicio público y privado de cualquier culto.

En el art 33, se aborda el segundo aspecto espinoso la cuestión del régimen. La redacción final decía: “La forma de gobierno de la Nación española es la Monarquía”. Hasta llegar a este punto los monárquicos tuvieron que discutir con los republicanos que se presentaron divididos en dos: los federalistas de Pi y Margall y de Castelar y los Unionistas de García Ruiz y de Sánchez Ruano. El artículo 33 fue aprobado por 214 votos a favor y 71 en contra.

EL Rey se concebía como un “ poder constituido, moderador e inspector de los demás poderes y titular del ejecutivo que ejercen sus ministros”. También compartía el poder legislativo con las Cortes, a las cuales tenía la facultad de suspender sólo una vez en cada legislatura.

En los artículos 77 y 78 se decía que la Monarquía tendrá “carácter hereditario en la dinastía que sea llamada a la posesión de la Corona”.

 Y ahí surgió otro de los problemas. Se quería una dinastía democrática y cómo señaló el general Serrano, que ocupó el cargo de regente en ausencia de un monarca: “¡Encontrar a un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo!” Finalmente, a instancias de Prim, las Cortes decidieron en 1870 ofrecer la corona a la dinastía de Saboya, a Amadeo, el segundogénito del rey italiano Víctor Manuel II.

Asesinado su valedor, Prim,  la situación de Amadeo en España se puso muy cuesta arriba. Tampoco es que él ayudara mucho. Llegó con un perfil liberal que parecía satisfacer un punto medio entre los deseos de las diversas facciones que habían instigado la revuelta. Sin embargo, resultó ser todo lo contrario: logró unirlas, pero sólo contra él y, harto de la imposibilidad de reinar en un país dividido en constantes luchas de poder, abdicó al cabo de dos años. Dando paso a la desbarajustada I República.

Realmente aquella revolución tuvo de Gloriosa el nombre, llegó por el “mesianismo del caos” y acabó enfangando a España en un caos mayor. Pero esa ya es otra parte de la Historia

BIBLIOGRAFÍA

HENNESSY, C.A.M.-“ La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal 1868-1874”. Ed. Los libros de la Catarata. 2010.

PALACIO ATARD, V.-“La España del siglo XIX. 1808-1898”. Ed. Espasa- Calpe. 1981.

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VICENS VIVES, J.- “ Historia social y económica de España y América”. Ed. Teide 1959.

LAS HAMBRUNAS EN IRLANDA

Irlanda tras la caída del Imperio Romano fue una mezcla de estados gobernados por tribus locales de carácter cristiano- Celtas cristianos-, con abadías que enseñaban latín y producían literatura tan memorable como el “Libro de kells” (el libro –considerado la pieza principal del cristianismo celta y del arte hiberno-sajón- por las miniaturas con las que está decorado. Y a pesar de estar inconcluso, uno de los más suntuosos manuscritos ilustrados que han llegado a nuestros días desde la Edad Media). Aquellos reinos- tribales, evidentemente- se vieron invadidos por los vikingos. Los escandinavos consiguieron asentarse no sin luchar en algunas zonas costeras y allí mezclarse con la población local. Esos asentamientos convivieron no sin tensiones con los habitantes nativos de la Irlanda celta. Tras numerosos enfrentamientos, los nativos lograron el dominio del País y convertir la isla en un mosaico de clanes y tribus organizadas en torno a cuatro provincias históricas que competían continuamente por el dominio del territorio y los recursos: Leinster; Connacht; Munster, y Úlster.

Poco después se produce la invasión normanda, lo mismo que había ocurrido en Inglaterra, sólo que en Inglaterra ya estaban asimilados y temían que los nuevos normandos crearan un grupo rival que les invadiera desde Irlanda. En consecuencia, Enrique II de Inglaterra decidió invadir Irlanda. Así nacieron ocho siglos de dominación inglesa de la isla de Irlanda. La isla esmeralda gozó de cierta autonomía hasta que Enrique VIII, en 1536, decidió someter a Irlanda para que su subordinación a la Corona inglesa fuera no sólo teórica sino real. Es decir, tanto de iure como de facto. Los ingleses tardaron más de un siglo en lograr ese sometimiento jurídico e institucional y, sin embargo, los irlandeses nunca estuvieron del todo conformes. Las hostilidades fueron continuas y más cuando los ingleses, escoceses y galeses se sometieron al protestantismo mientras Irlanda siguió fiel a la Iglesia romana. Esta diferencia religiosa marcó los 400 años siguientes de relación y sometimiento. Los irlandeses asociaron la religión a una forma de rebeldía frente al opresor inglés. Oliver Cromwell, en el siglo XVII, ordenó la confiscación de tierras y otros bienes de los irlandeses que pasaron a manos de colonos ingleses. Aquella situación dio lugar a una política conocida como de «plantaciones», que consistía en despojar a los católicos irlandeses de grandes extensiones de tierras para entregárselas a los colonos ingleses y también a presbiterianos escoceses. Esa política iba acompañada de una despótica imposición del idioma y las costumbres inglesas. Esta política continuó durante los siglos siguientes.

Fue en 1800, cuando el Parlamento irlandés firmó el Acta de la Unión que creó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.

Esta política determinó lo que en la historia de Gran Bretaña se conoce como la “cuestión de Irlanda”. Este problema presentaba diversas vertientes: histórica, que se remonta a las revoluciones del S. XVII; religiosa, por el manifiesto deseo de los católicos irlandeses de emanciparse de la Iglesia anglicana; social, pues la situación de los renteros y su dependencia de los propietarios ingleses era insostenible e inhumana; política, por la exigencia de conseguir la derogación del Acta de la Unión de 1800, que permita otorgar a Irlanda un Parlamento en Dublín y, sobre todo, la reclamación del Home Rule ( estatuto de autonomía para Irlanda).

Desde el siglo XVIII, la mayoría de los habitantes de Irlanda eran campesinos católicos, y, por esta condición, pobres y sin capacidad política, pues esta sólo estaba admitida para los protestantes. De hecho, muchos irlandeses se convirtieron al protestantismo para evitar las sanciones económicas y políticas. Sin embargo, hubo un creciente despertar católico, que se vio favorecido por el hecho de que el sector protestante estaba dividido entre los presbiterianos del Úlster y los anglicanos que dominaban la política de Dublín, dueños de la mayor parte de las tierras de cultivo.

En un pequeño inciso diré que uno de los múltiples periodos de “cambio climático” que ha sufrido de manera natural la historia de la Tierra, sin que se hiciera política de ellos, coincide con la época que estamos narrando. Así, se sabe que del siglo X al XIV se vivió un periodo de subida extraordinaria de temperaturas dando lugar a una era altamente calurosa que fue seguida de un larguísimo periodo- del   siglo XV al XIX- de enfriamiento, con periodos de descenso aún mayor de las temperaturas que se manifestaron, por ejemplo, de 1650 a 1715, de 1740 a 1770,  de 1814 a 1850. A estos periodos de más baja temperatura se los denominó con carácter genérico Pequeña Edad de Hielo, aunque algunos de ellos tuvieran un nombre propio.

Fue precisamente en uno de los periodos de bajada de temperaturas, especialmente importante en el hemisferio norte y, sobre todo, en el norte de hemisferio cuando se produjo un periodo de malas cosechas en Irlanda, dando lugar a las hambrunas de 1740 y 1741, en las que murieron cerca de medio millón de personas y más de 150.000 irlandeses emigraron a las 13 Colonias americanas, que cerca andaban de la independencia. Además, las trabas al comercio irlandés, incluso para exportar a la isla de Gran Bretaña aumentaron el descontento de tal manera que la clase política anglo-irlandesa empezó a identificarse más con Irlanda que con Inglaterra. Andando el siglo y por la discriminación que sufrían,  los irlandeses se vieron identificados con los ideales de la Revolución Francesa.

En torno a 1829, los irlandeses obtuvieron el reconocimiento de algunos derechos políticos dentro de Irlanda, pero los problemas económicos continuaban por las trabas inglesas y por los problemas acontecidos durante las guerras napoleónicas.

No se habían recuperado de sus efectos cuando, en 1845, un moho conocido como Phytophthora infestans (o P. infestans) provocó una plaga destructiva de las plantas que se propagó rápidamente por toda Irlanda. La plaga arruinó hasta la mitad de la cosecha de patatas aquel año y alrededor de las tres cuartas partes de la cosecha durante los siguientes siete años.

Antes de la llegada de los ingleses, y antes de que fueran forzados a mantener una dieta exclusivamente a base de patatas, la alimentación tradicional irlandesa se basaba en cereales, carne, lácteos, verdura y frutas, pero después tanto los cereales como el ganado salían diariamente de los puertos irlandeses hacia Inglaterra en grandes cantidades. De esa forma, Inglaterra se hizo con decenas de millones de cabezas de ganado de los productores irlandeses, y toneladas ingentes de harina, grano, carne, aves y productos lácteos, mientras, los campesinos irlandeses se abastecían única y exclusivamente de patatas y de leche. 

Cuando el frío y las bacterias terminaron con el único alimento que se podían permitir los irlandeses, las autoridades inglesas en Irlanda siguieron exportando grandes cantidades de alimentos, principalmente a Gran Bretaña. En casos como el ganado y la mantequilla, la historiografía sugiere que las exportaciones desde Irlanda aumentaron durante la hambruna de la patata, favoreciendo a los terratenientes ingleses. Cuando las cosechas comenzaron a fallar, los líderes irlandeses en Dublín solicitaron a la Reina Victoria y al Parlamento que actuaran e, inicialmente, lo hicieron, derogando las llamadas «Leyes del Maíz» y sus aranceles sobre el grano, causantes de la subida de los precios del  maíz y del trigo hasta hacerlos prohibitivos para los campesinos irlandeses. Además, la reina Victoria envió a la isla una ayuda de 2.000 libras, pero en cambio no permitió que el sultán otomano enviara 10.000 libras de ayuda a Irlanda, y tampoco aceptó que atracara el barco Sorciére remitido por los Estados Unidos y cargado con toneladas de alimentos. Aquella situación tan dramática se convirtió en tragedia cuando al hambre se añadió el frío y los desahucios de miles de familias que no podían pagar los alquileres a los arrendatarios ingleses. Se impuso un toque de queda para evitar una sublevación. Cualquier conato de protesta callejera era castigado con penas de hasta tres años de cárcel o quince de destierro. De esa manera, miles de personas que quedaron a la intemperie, fueron encarceladas o desterradas. Los ingleses enviaron 200.000 soldados para mantener la situación bajo control y evitar el levantamiento de la población.

No hay que olvidar que el Subsecretario de Tesoro y encargado de socorrer la hambruna, como radical evangelista que era, consideraba que “el juicio de Dios envió la calamidad para dar una lección a los irlandeses”.

La crisis y la mala gestión inglesa tuvieron un impacto catastrófico en Irlanda y en su población, provocando la muerte de aproximadamente un millón de irlandeses por inanición o enfermedades asociadas a la falta de alimento, y al menos otro millón se vio obligado a abandonar su tierra natal como emigrantes o refugiados, casi todos se dirigieron a EE.UU., Gran Bretaña o Australia.

Con una población significativamente reducida de 2 a 3 millones y un aumento de las importaciones de alimentos después de 1850, la hambruna irlandesa de la patata finalmente terminó alrededor de 1852. Pero para aquellos que se quedaron atrás en una Irlanda diezmada, se encendió un aprecio renovado por la independencia irlandesa del dominio británico. De hecho, estos acontecimientos condicionaron la política británica y sus elecciones en los años posteriores. La cuestión de Irlanda dio lugar a la puesta en marcha de diversas políticas que calmaran los ánimos primero de los liberales de Gladstone y luego de los conservadores de Disraeli. Todas fracasaron.  Gladstone, de nuevo en el poder, no vio más solución que otorgar la autonomía a Irlanda en 1886, aumentada en 1892. La Crisis pasa al S. XX sin haberse solventado. Entre 1918 y 1923 se produjo la guerra de independencia de Irlanda.

El papel exacto del gobierno británico en la hambruna y sus secuelas está a debate todavía hoy. Si ignoró la difícil situación de los pobres de Irlanda por malicia o si su inacción colectiva y su respuesta inadecuada se pueden atribuir a la incompetencia es algo que sigue en cuestión. De todos modos, no conviene olvidar la idiosincrasia de la época, sus creencias y sus costumbres a la hora de analizar los acontecimientos.

En 1997, Tony Blair, siendo primer ministro británico, emitió una declaración ofreciendo una disculpa formal a Irlanda por el manejo de la crisis por parte del gobierno del Reino Unido a mediados del S.XIX, en un acto revisionista, tan en boga en estos días.

En los últimos años, se han erigido monumentos a las víctimas de la hambruna en aquellas ciudades a las que los irlandeses emigraron como ocurre en Boston, Nueva York, Filadelfia y Phoenix en los Estados Unidos, y Montreal y Toronto en Canadá, al igual que varias ciudades de Irlanda, Australia y Gran Bretaña.

Además, el equipo de fútbol del Glasgow Celtic, que fue fundado por inmigrantes irlandeses, llegados a la ciudad escocesa como resultado de los efectos de la hambruna de la patata, incluyeron, en 2017, un parche conmemorativo en su uniforme, para honrar a las víctimas de la “Gran Hambre”.

Tengo que decir, que a mí las disculpas que se hacen un siglo más tarde, cuando los condicionantes históricos son otros, en el caso de Blair, además, posiblemente obligado por los problemas de Irlanda del Norte, que también tienen su origen de aquella “invasión protestante” de los territorios del Úlster como forma de sometimiento (https://algodehistoria.home.blog/2021/04/16/ulster-23-anos-de-los-acuerdos-de-viernes-santo/ ), me parecen una forma de anacronismo, de presentismo, nada loable.

Los hechos históricos son los que son, tiene las consecuencias que tienen y, un siglo después, no tienen arreglo para los que los sufrieron; si se hubieran pedido disculpas poco después de acontecidos, tendrían razón de ser y lógica. Los condicionantes humanos, políticos y culturales determinan la posición de las naciones en sus actuaciones internas e internacionales.  Un siglo más tarde no se impide el millón de inmigrantes, ni el millón de muertos. Un prolongado tiempo después no se ganan las guerras que se perdieron, ni se disculpa lo que pasó. Entre otras cosas porque cabría plantearse si aquella forma de actuar no era la manifestación de un sustrato interno que sigue vigente. ¿Acaso los anglicanos no siguen vendo con malos ojos a los católicos en Gran Bretaña? ¿Acaso los británicos no se sienten superiores a los irlandeses- y posiblemente al resto del mundo-? No hace falta pedir perdón. Sólo hay que poder contestar no a esas preguntas.

Ahora, simplemente, cabe arreglar las consecuencias de lo hecho con la dignidad de no caer en el anacronismo histórico, o, como decía Napoleón aprender de la historia para no volver a cometer los mismos errores. En ese sentido, los monumentos, si valen para recordar la Historia e incitar a su estudio, sean bienvenidos. Pero siempre como conocimiento y reconocimiento, no como revisionismo histórico.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

MACAULAY TREVELYAN, George. “Historia social de Inglaterra”. Ed. Fondo de Cultura Económica. 1946

 O’BEIRNE RANELAGH, John. “Historia de Irlanda”. Ed. Akal. 2014

ROGER DE LAURIA O ROGER DE LLÚRIA

Hoy vamos a hablar de uno de nuestros más grandes marinos, y digo nuestro, aunque nació en Italia (en Scalea ( Calabria) en 1245), porque defendió la posición de la Corona de Aragón con sobresaliente factura.

Era hijo de Riccardo di Lauria y de una dama de la Corte de Constanza de Sicilia llamada Bella d’Amici. Cuando Constanza se casó con Pedro de Aragón, infante y heredero de la Corona de Aragón, en 1262, Roger se traslada junto a su familia en el séquito que acompañó a la futura reina a Aragón (en una pequeña digresión diré,  como curiosidad, que Constanza de Sicilia o Constanza de Suabia, fue reina de Aragón de 1276 a 1302, fecha de su fallecimiento en Barcelona, y fue reina de Sicilia de 1282 a 1302. Es venerada como beata por la Iglesia Católica, y su fiesta se celebra el 17 de julio)​.

Roger de Llúria se educó en la Corte aragonesa, donde fue armado caballero en 1273. Acompañó al todavía infante Pedro en sus viajes de armas a Toledo o contra la sublevación de los moros en Valencia entre 1275 y 1277. Allí, durante un breve periodo, fue procurador del reino de Valencia. También acompañó a Pedro en sus expediciones a Túnez, para someter al sublevado rey Abu-Ishaq, y a Sicilia en 1282. En esta travesía demostró su destreza en la navegación por lo que a su vuelta a Aragón fue nombrado almirante de la flota. Destinado a la defensa del reino de Sicilia, que, en 1282, tras el episodio conocido como Vísperas Sicilianas, había sido incorporado a la Corona aragonesa en virtud de los derechos de la reina Constanza y en contra de las pretensiones del angevino Carlos I, rey de Nápoles.  En el mismo año de su nombramiento, Roger de Llúria derrotó en el puerto de Malta a una escuadra angevina formada por galeras provenzales, lo que supuso el dominio sobre las islas mediterráneas de Gozzo y Malta, permitió penetrar en el puerto de Nápoles y la conquista de las islas de Capri e Ischia; y algunas zonas de Calabria, tras la victoria en 1284, sobre la flota  del futuro rey de Nápoles Carlos II, a quién hizo prisionero. Aprovechando la victoria, provocó sublevaciones populares a favor de Pedro III en la región napolitana de Basilicata y dirigió sus naves hacia las costas tunecinas, donde a mediados de septiembre de aquel 1284 conquistó la isla de Gelves. También se apoderó de la isla de Jerba y al año siguiente de las Kerkenah, dependientes entonces de Túnez y de las que volveremos a hablar.

Mientras tanto el Papa Martín IV (1281-1285), perjudicado por la expansión aragonesa en el ámbito mediterráneo, había excomulgado a Pedro III de Aragón y predicado la cruzada contra él (1283).Tal era el enfado papal que puso bajo concesión y protección del Delfín de Francia los reinos pontificios. Por esa alianza franco-vaticana, un ejército, muy superior en número al que podía reunir el rey de Aragón, consiguió franquear los collados pirenaicos y llegar hasta Gerona, que fue asediada, mientras que una poderosa flota ocupaba el litoral hasta Blanes y aseguraba el abastecimiento del ejército francés desde las costas catalanas. La flota española se encontraba en Sicilia y Pedro el Grande sólo disponía de diez galeras, con todo, logró una importante victoria en las islas Formigues ( en la costa gerundense enfrente de Rosas), que permitió elevar los ánimos hispanos hasta que en agosto llegó desde Sicilia a las costas catalanas Roger de Llúria con el grueso de su flota. Al Papa le apoyaba también Jaime II de Mallorca, hermano de Pedro III que en 1279 había sido desposeído por éste del gobierno de la isla balear. Franceses y mallorquines habían concebido un ataque total por tierra y por mar. En septiembre de 1285, Roger de Llúria derrotó a la armada francesa en la costa gerundense y, un mes después, al ejército de tierra conjunto en la batalla del Coll de Panissars (entre La Junquera, Gerona, y Le Perthus, Francia), lo que supuso la derrota definitiva del rey Felipe el Atrevido, de Francia. Por su actuación, Roger de Llúria recibió el señorío de Gelves.

Poco después, Roger de Lauria participó junto al infante Alfonso en la expedición contra Mallorca, destinada a castigar la traición del rey de Mallorca en el momento del ataque francés.

A la muerte de Pedro III (1285), los territorios de la Corona de Aragón se repartieron entre sus hijos, Alfonso y Jaime; sobre el primero (Alfonso III de Aragón, 1285-1291, también conocido como Alfonso el liberal) recayeron los reinos peninsulares, mientras que al segundo (Jaime I de Sicilia, 1286-1296, y futuro Jaime II de Aragón el Justo, 1291-1327) le correspondió el de Sicilia. El nuevo Papa Honorio IV (1285-1287) y Carlos II el Cojo, de Nápoles, lanzaron una ofensiva conjunta sobre los dominios de Jaime I y de la reina Constanza, pero Alfonso III reaccionó enviando a Roger de Llúria para repeler el ataque: el ejército angevino-pontificio fue derrotado por el almirante aragonés frente a Nápoles (1287). A partir de ahí, Roger de Lauria se dedicó, con su sobrino Juan, a efectuar razias contra la costa de Berbería y de Túnez, en las que conseguía gran número de cautivos que vendía después en Sicilia, e intervino en las luchas internas de Túnez apoyando a uno de los pretendientes al trono.

Mientras tanto, se desarrollaban las negociaciones para llegar a la paz entre la Corona aragonesa y Sicilia, por una parte, y los Anjou, Francia y la Santa Sede, por la otra, bajo la mediación del rey de Inglaterra. Como parte de las condiciones para conseguir la paz, el rey Alfonso liberó en 1288 al príncipe de Salerno, Carlos de Anjou, quien inmediatamente se coronó rey de Sicilia. Con ese pretexto, algunas localidades de Calabria se rebelaron y el rey Jaime de Sicilia, junto con Roger, intentaron recuperarlas. En 1289, mientras Roger asediaba Gaeta, se firmó una tregua entre Carlos II de Nápoles y Jaime de Sicilia, que había de durar dos años. Por ello, Roger de Lauria volvió a Aragón con parte de la flota y parece que se instaló en sus tierras del reino de Valencia. En agradecimiento a sus buenos servicios, en 1289, el rey Alfonso III concedió a Roger el señorío de las ya mencionadas islas de Jerba y Kerkenah que se constituyeron en una especie de principado independiente. Estas islas, desde 1295, se convirtieron en feudo de la Santa Sede, a la que Roger de Lauria había de pagar una renta anual de 50 onzas de oro. Esa solución impedía que el rey de Sicilia pudiese exigir la entrega de esas islas, que Lauria había conquistado personalmente y que eran una excelente base naval desde donde se podía controlar el reino de Túnez y también el comercio con el oriente mediterráneo.

No tardó, sin embargo, en volver a Sicilia con el fin de acompañar de vuelta a Aragón al rey Jaime de Sicilia, que se había convertido en rey de Aragón, por fallecimiento sin descendencia de su hermano Alfonso, en 1291. Poco después, en 1292, volvía a Sicilia, por mandato de Jaime II, para contribuir a la defensa de la isla, a las órdenes de la reina Constanza y de su hermano pequeño, Federico ( al morir sin descendencia Alfonso III, legó los reinos peninsulares a Jaime con la condición de que renunciara al trono siciliano en favor del tercero de los hermanos, Federico, pero Jaime intentó reunir en su persona la herencia de su padre Pedro III y se limitó a nombrar a Federico lugarteniente general del reino de Sicilia, a cuyo servicio quedó Roger de Llúria). Pero por presiones internacionales y por ser difícil de mantener su posesión, poco después, en 1295, y por la Paz de Anagni, Jaime II cedió Sicilia al papado y a los Anjou napolitanos. Esto creó grave malestar en la isla, en su hermano Federico, en su madre e incluso en Roger de Llúria que se negaron a aceptar el tratado. Esta situación era muy incomoda para Roger, así cuando Jaime ofreció a Federico una entrevista para solventar sus problemas, el segundo se negó, lo que molestó al almirante que se retiró a sus posesiones. En 1297, Jaime solicita a Federico que deje salir haca Roma a su madre, a su hermana Violante, que se iba a casar en Roma y a Roger que acompañó a ámbas. Federico aceptó darles un salvoconducto de ida, lo que significaba la expulsión de todos ellos. En Roma, el Papa les levantó la excomunión. Tras ese episodio Roger y la reina volvieron a Aragón. De nuevo al mando de la flota, pero ahora como aliado del papado y los napolitanos atacó a Federico III de Sicilia por su negativa a acatar lo decidido en la Paz de Anagni. Después de ocupar diversas localidades en la costa de Patti, el ejército aliado fue derrotado y el sobrino de Roger, Juan de Lauria, hecho prisionero, junto con muchos otros. Esos reveses y la llegada del invierno aconsejaron la retirada. Jaime II pidió a su hermano la devolución de los prisioneros aragoneses, prometiendo no atacarle de nuevo, pero Federico no sólo se negó, sino que decapitó a Juan de Lauria. Esa decisión enojó tanto al Rey como al almirante, que atacaron Sicilia con su armada en 1299 y derrotaron completamente la flota siciliana en Capo d’Orlando. Sin embargo, Jaime II no quiso encarnizarse con su hermano y se retiró, alegando que sus aliados podían continuar solos la campaña contra su hermano. Roger de Lauria continuó la campaña junto con los angevinos y consiguió grandes éxitos, como por ejemplo la gran victoria naval en la isla de Ponza en el 1300. Cabe señalar que todas estas victorias navales se produjeron por la maestría del Almirante Llúria y por dotaciones marinas y galeras que eran cualitativamente superiores a la de sus rivales, pero sin olvidar que no menos formidables eran los especialistas embarcados para las misiones de combate: los ballesteros navales catalanes y los almogávares.

La guerra concluyó con la firma de la paz de Caltabellotta (1302), por la que Federico II era reconocido como monarca vitalicio de la isla (adoptando el título de rey de Trinacria), pero con la condición de que a su muerte Sicilia revertiría al reino angevino de Nápoles. Roger de Lauria participó en las negociaciones y consiguió introducir un capítulo que preveía la devolución de los bienes confiscados durante la guerra, lo que le permitió recuperar los suyos en Sicilia. Tras esto, se retiró a sus posesiones valencianas, pensando en que sus días de guerra habían terminado. Pero no fue así, las razias musulmanas en la Península le llevaron de nuevo a la acción, en este caso por la invasión del Reino de Granada a la ciudad de Alcoy; Roger participó en su defensa, y los nazaríes fueron expulsados.

Murió poco después, en 1305, y fue enterrado, como él mismo había dispuesto, en el Monasterio de Santa María de Santes Creus, en el suelo, a los pies de la tumba del rey Pedro III, el Grande.

De su vida privada se sabe que se casó dos veces y tuvo 7 hijos. Fue compensado por los diversos reyes a los que sirvió con distintas posesiones que le reportaron unas rentas importantes. Fue uno de los hombres más influyentes de su momento en la Corona de Aragón . No es para menos si comprendemos que sus batallas y victorias fueron decisivas para la defensa de Sicilia y para evitar la invasión francesa de Cataluña. Además, esas victorias fueron el punto de partida de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón en el siglo XIII.

BIBLIOGRAFÍA

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Fondos del Museo naval de Madrid.

EL ANARQUISMO EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Para situar el contexto del anarquismo durante la Guerra Civil española primero analizaremos los antecedentes tanto ideológicos como históricos de manera muy sucinta.

El anarquismo es una filosofía política y social que llama a oponerse a todo elemento estatal, busca la abolición del Estado entendido como gobierno y, por extensión, de toda autoridad, jerarquía o control social que se imponga al individuo, por considerarlas indeseables, innecesarias y nocivas. También se oponen a la propiedad privada

Su activismo político se suscita a partir de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o Primera Internacional fundada en Londres en 1864 que agrupó inicialmente a los sindicalistas ingleses, anarquistas y socialistas franceses y a los republicanos italianos. Nace como un foro para abordar temas comunes, en el que colaboran Marx, Engels y Bakunin. Allí se pone de manifiesto la diferencia de criterio entre Marx, los partidarios del socialismo y del comunismo y Bakunin, partidario del anarquismo colectivista. Los primeros propugnaban la lucha de los partidos obreros por las conquistas sociales y laborales proponían la revolución social a través de la conquista del poder del Estado. Los anarquistas por su parte postulaban un modelo revolucionario basado en la organización asociativa-cooperativa que pregona el poder de decisión por medio del consenso. Si bien es cierto que el anarquismo, lógicamente por su propia concepción, no tuvo una línea de actuación única.

En 1872, el Consejo General de la AIT se traslada desde Londres, donde está situado desde sus inicios, a Nueva York, disolviéndose oficialmente el 1876. En 1922, aparece la Asociación Internacional de los Trabajadores, organización anarcosindicalista que pretende recoger el testigo del ala libertaria de la Internacional y que llega hasta la actualidad.

La Primera Internacional fue considerada como uno de los factores que condujeron a la creación de la Comuna de París en 1871. Si bien comunistas y anarquistas se disputaban la mayor o menor influencia en este movimiento.

Desde finales del siglo XIX las ideas de la I internacional fueron llegando a España. A partir de ese momento será cuando se comience a gestar una serie de grupos, diferenciados, como internacionalmente lo estaba el anarquismo y cuya distancia se fundamentaba en la mayor o menor violencia y radicalidad en la búsqueda de lograr sus objetivos.

Consecuencia de aquellas ideas de la I internacional fue la creación de la CNT (sindicato anarquista) y la UGT (sindicato socialista) ya entrados en el siglo XX .

El anarquismo evolucionó en España de manera oscura debido a su desorganización unida a una violencia extrema que llevó a ataques de corte terrorista y numerosos asesinatos, como el de Cánovas del Castillo el 8 de agosto de 1897 o los atentados contra Alfonso XII que tuvieron lugar en octubre de 1878, el primero, y en diciembre de 1879, el segundo.

En 1917, la CNT y la UGT confluyeron en sus esfuerzos para convocar la huelga de aquel año. Inmediatamente después separaron sus caminos siendo la CNT perseguida por todos los gobiernos por su alto nivel de intransigencia y de violencia (vuelven a cometer numerosos asesinatos de políticos y de miembros de la Iglesia).

Pero en 1931 empieza su etapa más importante. Los sindicatos anarquistas tanto la CNT como la Federación Anarquista Ibérica (FAI) tenían una amplia membresía y desempeñaban un papel destacado en las luchas obreras. En general, su participación fue muy activa en la vida política. Aunque dejaron la clandestinidad y el aislamiento, no perdieron un ápice de su violencia, a pesar de ello en 1936 fueron integrados en el gobierno de España, siendo los nombres más sobresalientes, Juan López, Federica Montseny y Peiró, los cuales estarían en el gabinete de Largo Caballero.

El anarquismo desempeñó un papel significativo en la Guerra Civil española.

Su fuerza fue especialmente importante en Cataluña donde lograron que el 20 de julio de 1936, las ciudades más populosas, menos Gerona, estuvieran bajo el control del comité de las milicias antifascistas, de corte anarquista. Especialmente destacado fue el enfrentamiento calle a calle entre el ejercito Nacional y los anarquistas en Barcelona. Los republicanos se hicieron con el control de la ciudad.

También, cabe destacar su presencia en los alrededores de Madrid. En la capital convocaron una huelga revolucionaria el 18 de julio, asaltaron los cuarteles de la Guardia Civil y repartieron las armas entre los milicianos. Esta forma de actuar también la llevaron a cabo en Valencia. En Madrid, lograron hacerse con el Cuartel de la Montaña, y el 21 de julio caía en sus manos Alcalá de Henares. En Valencia, lograron que, en zonas de menor implantación como Alicante, la huelga general convocada para el 20 de julio tuviera un seguimiento destacado.

Sin duda el sistema anarquista quería instaurar una serie de gobiernos independientes para conformar una nueva realidad en el País.

Tres son los hechos destacados de su presencia allí donde dominaban: primero, la creación de las milicias que se dedicaron desde un primer momento a vigilar a las personas ajenas a sus pensamientos llegando incluso a arrestarlas y ajusticiarlas. Tal fue el miedo desplegado en las zonas dominadas por los anarquistas, que los católicos de Cataluña y alrededores de Madrid se refugiaron en las iglesias, abandonando sus casas, creyendo que ahí estarían más seguros. No fue así, ni respetaron las iglesias ni a los sacerdotes ni a los feligreses. Segundo, su énfasis en la colectivización y la autogestión. En las zonas controladas por los anarquistas, muchas de ellas en Cataluña, Aragón y Valencia, se llevaron a cabo procesos de colectivización de la tierra y la industria. Las tierras y las fábricas fueron tomadas por los trabajadores y gestionadas de forma colectiva, eliminando la propiedad privada y estableciendo principios de autogobierno.

Su colectivización partía del hecho de que las personas que no quisieron adherirse a ellos se les obligaba a no contratar a terceras personas para labrar la tierra; debía hacerlo con ayuda de su familia y si las tierras no eran cultivadas, les eran arrebatadas y adheridas a la comunidad. De entre las comunidades anarquistas más conocidas destacan las de Alcorisa, Alcañiz, Calanda, Fraga o Valderrobes, todas ellas en Aragón.

Esto del “exprópiese” tan en boga en nuestros días no nace de hoy. Los anarquistas también expropiaron, aunque quizá fuera más correcto decir incautaron muchas viviendas que no fueron a parar a los más necesitados sino a los dirigentes de la CNT al igual que las riquezas que obtenían mediante robos, muy frecuentes en las zonas gestionadas por los anarquistas. En esta actividad colectivizadora se inventaron un sistema de vales para sustituir el dinero, lo que hacía que en la práctica los dirigentes anarquistas se quedaran con el dinero, la moneda de curso legal,  quitada a la población. Las tierras y las viviendas fueron devueltas a sus dueños tras la guerra, no sin grandes problemas porque el registro de la propiedad no era de gran fiabilidad, no hay que olvidar que el Registro de la Propiedad como lo conocemos se crea en 1934 y muchas propiedades anteriores no figuraban en él al estallar la guerra.

La consecuencia económica de la colectivización y las huelgas fue la paralización de la producción. En la colectivización nadie se sentía responsable último, todo era de todos y nada era de nadie. En resumen, la economía cayó en el más absoluto caos y el desplome económico fue general en las zonas republicanas. Además, el orden jurídico republicano desapareció allí donde dominaban los anarquistas.

El tercer elemento de la gestión anarquista fue la creación de una serie de Escuelas de Militantes Libertarios, que era donde se formaban los “cuerpos de defensa”. Pero a su sombra también se enseñó a leer y escribir a mucha gente.

A medida que avanzaba la guerra otro factor se introdujo en la zona republicana, una especie de guerra civil en la guerra civil por el enfrentamiento entre los anarquistas y los comunistas, y en ocasiones de todos contra todos en el bando republicano.

Estas trifulcas, en un primer momento, eran vistas desde la distancia por los socialistas, divididos en dos facciones históricas, la de Largo Caballero y la de Indalecio Prieto, que aguardaban para acabar de situarse en el bando ganador de la izquierda.

Los tres bandos-porque realmente eso eran-, socialistas, comunistas y anarquistas, querían ostentar el poder para introducir sus cambios respectivos sin ceder prácticamente ninguno de ellos a las exigencias del otro. Especialmente significativos fueron los acontecimientos del 3 al 8 de mayo de 1937 en Barcelona, iniciado por el control del edificio de telefónica. Hasta aquel momento en manos anarquistas que utilizaban la interceptación de conversaciones para “dar el paseíllo” a los ciudadanos que se manifestaban contra el gobierno o el bando republicano. Las tropas del gobierno, apoyadas por los comunistas, querían el edificio para interceptar las conversaciones del bando nacional, para una especie de “inteligencia” republicana que les permitiera adelantarse en el frente. Tras aquellos días, los anarquistas fueron desalojados de todo tipo de comunicaciones, de hecho, no obtuvieron el control ni de una imprenta, imprescindibles para el adoctrinamiento de la población. A partir de ese momento comunistas, por un lado, y anarquistas, por otro, se repartieron Barcelona y empezaron una guerra que causó más de mil muertos y en torno a 1.500 heridos. La situación era tan complicada que la 26 División Anarquista, anteriormente conocida como la Columna Durruti, se acuarteló en Barbastro para trasladarse a Barcelona a apoyar a sus correligionarios contra los comunistas. Finalmente, el día 7 de mayo, dos columnas de guardias de asalto formadas por 5.000 hombres llegan desde Madrid y Valencia a Barcelona. Sus órdenes son claras: desarmar a los anarquistas para restablecer el orden.

En su enfrentamiento, los comunistas organizaron a dieciocho mil comerciantes, artesanos y pequeños fabricantes en la Federación Catalana de Gremios y Entidades de Pequeños Comerciantes e Industriales (conocida como GEPCI) algunos de cuyos miembros eran, según frase de Solidaridad Obrera, órgano de la CNT «… patronos intransigentes, feroces antiobreristas…». Esencialmente, al igual que en el campo valenciano, en donde también se afiliaron millares de campesinos al PCE para evitar la colectivización, los comunistas aprovecharon el caos anarquista para situarse al frente de la gran masa, que había quedado huérfana de representación por parte de la izquierda republicana moderada.

La pérdida de poder de los anarquistas no fue sólo fruto de una mayor presencia de socialistas y comunistas sino de la mejor – o menos mala- organización de esos sectores. Los anarquistas dividían sus fuerzas en grupúsculos “anarquistas”, es decir,  sin un orden claro. Así es muy difícil ganar nada. Cuando los enfrentamientos pasaron de ser verbales a empuñar las armas entre ellos, el descontrol fue mayor. Pero las consecuencias fueron trascendentes para todo el bando republicano

Aquellos días de Barcelona fueron tan infernales que el propio Azaña consiguió salir in extremis de Barcelona, en donde quedó atrapado por aquella batalla campal entre anarquistas y comunistas, escoltado hasta el puerto por una compañía de guardias de asalto que habían llegado a tal efecto desde Valencia.

Aquel intercambio de tiros entre socialistas, comunistas y anarquistas, evidenciaba, las dificultades del proyecto de una coalición, la del Frente Popular,  encaminada al desastre. Realmente se ponía de manifiesto una revolución latente y desde siempre desleal con la propia República. Si en 1934, fue Largo Caballero al frente de la UGT y con la aquiescencia del PSOE, quien había intentado la revolución obrera rompiendo la legalidad de la II República; en julio del 36 el Frente Popular no había descabezado al ejército por temor a una insurrección armada de los anarquistas, y para mayo del 37, los anarquistas ya en el gobierno y dominando amplias regiones del país,  gestionaron sus territorios con la gran deslealtad a la República que todos habían previsto-  y con el apoyo de los nacionalistas catalanes, siempre dispuestos a la disolución del Estado español en Cataluña-. Esta revolución anarquista pasó por encima del mismo Largo Caballero, y sus consecuencias serían aún más profundas. Aquella confrontación política acabó, una semana después, con la dimisión forzada, -la sustitución- del presidente Francisco Largo Caballero, como fruto de una maniobra de los comunistas, que se aseguraron a partir de entonces el poder, aunque la cabeza visible del gobierno fuera el socialista Negrín.

No fue esta la única razón de la caída de Largo Caballero. Otro de los enfrentamientos con los comunistas se había producido poco antes de los enfrentamientos de mayo en Barcelona, pero esos acontecimientos se dieron esta vez en Madrid. Largo había planeado una operación estratégica en la zona centro que tenía que servir para romper en dos el territorio de los nacionales separando sur y norte a la altura de Extremadura, más una insurrección en el protectorado de Marruecos, controlado también por los nacionales desde el inicio de la guerra, en este segundo caso con el objeto de aislar Andalucía y al general Queipo de Llano. La operación fue diseñada por el coronel de Estado Mayor Segismundo Casado, que protagonizaría precisamente la última trifulca entre anarquistas y comunistas en marzo de 1939 justo antes de rendir Madrid al general Francisco Franco ( el 5 de marzo de 1939, un grupo de anarquistas y socialistas, con el coronel Casado al frente, se rebeló contra el Gobierno de Negrín, apoyado por los comunistas. Se creó un Consejo Nacional de Defensa, con la finalidad de negociar con los nacionales la inminente derrota republicana).

Largo Caballero se quejaba constantemente de que el general José Miaja se negaba a tomar las medidas necesarias para la preparación de la ofensiva, lo cual era cierto porque ya el deterioro del gobierno era patente y las conspiraciones de los comunistas y los socialistas de Prieto para socavarle estaban avanzadas. Miaja se había hecho comunista poco antes de la ofensiva nacional y había quedado como el héroe de Madrid, lo que aislaba aún más a Largo Caballero en sus pretensiones por sustituirlo al frente de los Ejércitos del Centro. Según la historiografía más común, los comunistas no querían ejecutar la ofensiva -que habría sido un golpe duro para los nacionales que comenzaban la campaña del norte- sencillamente porque habría resultado una gran victoria de Largo Caballero y un impedimento para poder quitárselo de encima. La política por encima de la guerra.

En resumen, podemos señalar, al igual que la mayor parte de la historiografía, que, en medio del caos, apareció una «solución» comunista: la contrarrevolución de un partido que en las elecciones de febrero de 1936 apenas había tenido representación y que se iba a convertir en el brazo fuerte de la resistencia republicana con un socialista al frente, Juan Negrín, en una forma de enmascarar sus verdaderas intenciones comunistas de hacerse con todo el poder. Aunque fue una solución que no logró su finalidad.

Los enfrentamientos y las purgas entre los componentes del bando republicano continuaron, sobre todo en Cataluña y Valencia, durante toda la Guerra Civil, prácticamente hasta el final de la contienda. Así no hacen falta enemigos para perder una guerra. Pero, además, el enemigo, es decir, el bando nacional se caracterizó por su correcta organización.

BIBLIOGRAFÍA

BOLLOTEN, Burnett.- “La Guerra Civil Española: Revolución y Contrarrevolución”. Alianza ed. 2015.

GUILLAMÓN, Agustín.- “Barricadas en Barcelona. La CNT de la victoria de julio de 1936 a la necesaria derrota de mayo de 1937”.Ediciones Espartaco Internacional, 2007.

JIMENEZ LOSANTOS, Federico.- “Historia del Comunismo. De Lenin a Podemos”. Ed. La esfera de los Libros. 2018.

EL CONFLICTO DE BEAGLE

El otro día en la entrada sobre la Guerra de las Malvinas, hacíamos mención a que Chile no apoyó a Argentina en la guerra por el conflicto que ambos países tenían en el canal de Beagle. https://algodehistoria.home.blog/2023/04/14/la-guerra-de-las-malvinas/

Veamos en qué consistió aquel conflicto.

Tras la detención de Fernando VII por las huestes napoleónicas en 1808 se producen las primeras juntas de gobierno en España y también en Hispanoamérica. Muchas de estas últimas en un acto de traición a su país, España, proceden a buscar la independencia de los diferentes territorios.

Lo que hoy son Chile y Argentina dependieron durante un tiempo del Virreinato del Perú. Posteriormente, al crearse el Virreinato del Rio de la Plata- de manera definitiva, el 27 de octubre de 1777, estableciendo su capital en la ciudad de Buenos Aires-, se separaron en su gobierno ambos territorios.

Su proceso de emancipación culmina, en el caso de Argentina, el 9 de julio de 1816 en el Congreso de Tucumán en el que las Provincias Unidas del Río de la Plata proclaman su independencia de España. En cuanto a Chile, la materialización de la independencia se produjo cuando las tropas independentistas refugiadas en la ciudad de Mendoza formaron junto con las de las Provincias Unidas del Río de la Plata, fundamentalmente lo que hoy es Argentina, el ejército de los Andes, comandado por José San Martín. Tras la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, se inicia el periodo de Patria Nueva y la consiguiente independencia chilena.

Aquella armonía conjunta para lograr la independencia se vio truncada poco después por la falta de definición de la frontera sur de ambos países. Ahí es donde aparece en nuestra historia el canal Beagle. Este estrecho paso conecta el océano Atlántico y el océano Pacífico. Tiene unos 240 km de longitud al sur de Tierra de Fuego y al norte del cabo de Hornos. Por situarnos geográficamente, toda la zona occidental del canal está íntegra y totalmente dentro de Chile, mientras que la zona oriental es compartida por Chile y Argentina (al norte Argentina y al sur Chile) formando la frontera entre ambos países.

Este canal fue objeto de controversia desde 1811. El centro del litigio fue la soberanía de las islas de Lennox, Picton y Nueva, en función de la importancia económica de sus aguas y fondos marinos, y de la proyección continental hacia la Antártida. El conflicto del Beagle se enmarca en las numerosas disputas y tensiones que han existido entre Chile y Argentina desde que se convirtieron en Estados soberanos y trazaron sus fronteras. La relevancia geoestratégica de la región austral de la Patagonia es conocida y pretendida por ambos países: acceso a los dos océanos, a recursos marinos y a la plataforma continental de la Antártida. En esto se puede decir que bajo la Corona española vivían mejor.

El nombre original del canal era canal Onashaga, que en lengua nativa de la zona significaba “canal de los cazadores”. El nombre “Beagle” es heredado del nombre del famoso barco británico HMS Beagle, el cual realizó una expedición a principios de 1800 a cargo del Capitán Robert Fitz Roy, en el que navegaba el célebre naturalista inglés Charles Darwin.

En 1881 hubo un primer intento de llegar a una solución pactada y así Argentina y Chile firmaron el llamado Tratado de Límites, donde se hizo la siguiente repartición territorial: son argentinas todas las islas que “haya sobre el Atlántico, al oriente de la Tierra de Fuego y costas orientales al sur del canal de Beagle hasta el cabo de Hornos y las que haya al occidente de la Tierra de Fuego”.

Fue necesario formular un Protocolo Aclaratorio debido a lo inconcreta que resultaba esta descripción. Por lo tanto, en 1893, ambos países firmaron el documento adicional al de 1881, buscando unos términos más concretos. Pero no se consiguió y en 1896 se trató de resolver un conflicto mediante un tratado en el cual las partes sometían sus divergencias a un arbitraje internacional.

La disputa se centraba en si el Canal Beagle, y por lo tanto la frontera, corría al norte de las tres islas clave de Picton, Lennox y Nueva (lo que las convertiría en chilenas), o al sur de las islas (lo que las convertiría en argentinas).  En una mejor definición, la problemática se centraba en definir dónde empezaban las aguas del Atlántico y dónde las del Pacífico. En una división tácita, nunca expresa, Argentina se inclinaba a controlar el Atlántico y dejaba el Pacífico a Chile. Por lo tanto, el problema no eran las islas en sí mismas, que son frías y áridas, sino que la propiedad de ellas podría permitir a Chile reclamar la soberanía o establecer una zona económica exclusiva a 200 millas en el Atlántico Sur, inhibiendo la capacidad de Argentina para proyectar su influencia en esa región,  en sus islas clave (incluidas las Islas Malvinas) y en la Antártida.

Desde entonces los avatares de la disputa de ambos países fueron múltiples y prolongados en el tiempo hasta llegar a la decisión de buscar un arbitraje. La primera propuesta se remonta a 1902. En aquel año se firmaron los Pactos de Mayo donde se establecía que la Corona Británica ejercería de árbitro- Suiza también fue propuesta, pero rechazó la oferta-. Su decisión sería jurídicamente vinculante para ambos Estados. Pero nada más concreto se hizo y las discusiones continuaron con reclamaciones territoriales permanentes por parte de ambos países.

El 28 de noviembre de 1967, la marina argentina expulsó una cañonera chilena de Ushuaia, ciudad situada en el canal de Beagle. Unos días más tarde, Chile solicitó activar el arbitraje británico acordado en 1902.

El hecho de ser países vecinos llevó a los Estados a buscar, por medios diplomáticos, la solución del conflicto. Sin embargo, el fuerte nacionalismo mostrado por ambos gobiernos y pueblos, sumado a que la decisión marcaría la diferencia con respecto al acceso a ambos océanos y a la plataforma Antártica, hicieron subir la tensión en la frontera.

La firma del Acuerdo sobre Arbitraje se produjo en Londres el 22 de julio de 1971. El Acuerdo sobre Arbitraje era un compromiso que solicitaba la determinación de los límites argentino-chilenos en el canal Beagle y la adjudicación de las islas Picton, Nueva y Lennox e islotes adyacentes. Asimismo, aún designando al Gobierno de Su Majestad Británica como árbitro de la disputa limítrofe, no le correspondía a éste la resolución final, sino que debía nombrar un Tribunal Arbitral de cinco jueces de la Corte Internacional de Justicia.

Al día siguiente se reunirían los líderes de los dos Estados enfrentados, Allende y Lanusse.

Esta reunión fue considerada “histórica y esperanzadora” donde ambos superarían las diferencias que los procesos de integración regional les determinaban.

El fallo de la Corte Arbitral llegó seis años después a través del Laudo Arbitral de 1977. El mismo otorgaba a Chile las islas Lennox, Nueva y Picton, ubicadas en el canal Beagle, las islas e islotes adyacentes, así como las demás islas e islotes cuya superficie total terrestre se encuentre situada enteramente dentro de la región perteneciente a la República de Chile.

En 1977, en Chile gobernaba Pinochet que se apresuró a reconocer el fallo. No ocurrió lo mismo del lado argentino, donde la dictadura militar no podía aceptar lo que consideraban una incursión de Chile en sus aguas territoriales. El laudo le permitía a Chile la proyección en el Atlántico, tan temida por los sectores nacionalistas argentinos.

La protesta argentina fue expresada en virtud de las siguientes razones:

1.- Chile debía garantizar a Argentina un límite en el Atlántico Sur de manera que no pudieran los chilenos avanzar hacia el Este.

2.- El gobierno chileno debía reconocer que el frente marítimo del Atlántico Sur era argentino.

3.- Desde Santiago se debía efectuar una declaración que expresara que “sin prejuicio de sus legítimos derechos antárticos, Argentina termina en el cabo de Hornos y que éste constituye el punto divisorio entre las aguas del Atlántico y Pacífico”

En 1978, el gobierno argentino de Videla presentó una Declaración de Nulidad del arbitraje y, al tiempo, aprobó una serie de maniobras militares en la zona de conflicto. Chile comunicó que acudiría al Tribunal de la Haya, y, al igual que Argentina, desplegó a su marina por la zona.

En aquel momento, Chile tenía también conflictos en el Pacífico con Bolivia y Perú.

Esto convertía la zona en un polvorín.

Durante todo el año 1978, se buscó un acuerdo bilateral, pero no fue posible. Las posiciones de ambos países estaban demasiado polarizadas: Chile se beneficiaba del statu quo que le proporcionaba el laudo británico, y Argentina continuaba revindicando errores en el arbitraje y buscaba una revisión de lo establecido.

Esta tensión empeoraba la situación de las fronteras, tanto marítimas como terrestres, en las que se vivían momentos de auténtica zozobra, con amplios despliegues militares. El empleo de las armas se veía venir por instantes. La situación pasaba por encontrar un nuevo mediador o acabaría produciéndose una guerra. La administración Carter se ofreció a ejercer esa mediación, también se pensó en España y al final se puso encima de la mesa al Vaticano y al Papa Juan Pablo II, que fue el elegido.

El 23 de diciembre de 1978, el Vaticano designó al cardenal italiano Samoré como enviado personal del Papa para mediar en la disputa territorial. Durante el verano de 1980, se anunciaron grandes avances en las conversaciones. De hecho, el 12 de diciembre de 1980, el Papa Juan Pablo II entregó a ambos gobiernos una propuesta de paz. Argentina buscó demorar aquel acuerdo y seguir negociando. Las negociaciones se alargaron cuatro años. El peligro de conflicto se redujo conforme se fue abriendo paso el dialogo. Fueron varias las visitas de los lideres americanos a la Santa Sede durante este tiempo. El descubrimiento de yacimientos petrolíferos dificultó la medicación, ya que esto sumaba relevancia geopolítica a las islas. Pero el vaticano consiguió que las negociaciones no naufragaran. Cuando el cardenal Samoré falleció, el 3 de febrero de 1983, antes de la firma del tratado final, continuó la mediación el Cardenal Agostino Casaroli, siempre con el apoyo y presencia del Papa Juan Pablo II. Los ministros de exteriores Dante Caputo por Argentina y Jaime del Valle Allende en nombre de Chile firmaron un tratado de amistad en Roma el día 23 de enero de 1984.

Aquella mediación de Juan Pablo II había frenado una inminente invasión militar argentina a territorio chileno. El fallo final fue aceptado por el país transandino, mientras que Argentina quedó disconforme y dejó avanzar los días. Sin embargo, el fin de la dictadura llegaba y el gobierno de Raúl Alfonsín retomó las negociaciones y aceptó la firma de un acuerdo que se celebró en el Vaticano el 18 de octubre de 1984.  Argentina quiso someter el acuerdo a referéndum, que se celebró el 25 de noviembre de aquel año. El texto del acuerdo fue aprobado por el pueblo argentino que lo avaló con el 82% de los votos.  Si bien la consulta no era vinculante, permitió acabar con el conflicto a pesar de la oposición de los peronistas.

El pacto consistía en tres partes. La primera se refería a la paz y amistad. La segunda a la delimitación marítima y la última a la cooperación económica y la integración física.

No se mencionó la controvertida división entre los océanos, sin embargo, se acepta que la delimitación del canal de Beagle era la establecida por el laudo británico . Asimismo, ambos Estados se consideran soberanos “sobre el mar, suelo y subsuelo”. Tampoco se hace mención a la plataforma continental y al espacio aéreo.

A pesar del laudo firmado, no se han eliminado las diferentes interpretaciones y disputas sobre la soberanía en los mares australes entre estos dos Estados, pero sí se logró la pacificación de la zona y el fin de las demostraciones de fuerza de unos y otros.

Si alguien se pregunta por qué Argentina aceptó ahora una solución semejante a la que habían señalado los británicos en 1977, la respuesta es que, en este segundo momento, 1984, los condicionantes era otros: la condición católica de ambos contendientes; el agotamiento económico de ambos países , especialmente en Argentina; los cambios políticos con el fin de las dictaduras; la guerra de las Malvinas…

Este no fue el primer caso de mediación papal en un conflicto internacional. Sin embargo, es uno de los más destacables del siglo XX, ya que la intervención del Vaticano evitó que estallara una guerra. «La guerra es siempre una derrota de la humanidad», en palabras de Juan Pablo II.

BIBLIOGRAFÍA

BENADAVA, Santiago.- Recuerdos de la Mediación Pontificia entre Chile y Argentina (1978-1985). Editorial Universitaria (Chile). 1999.

MARÍN MADRID, Alberto. El arbitraje del Beagle y la actitud argentina. Editorial Universitaria (Chile). 1978.

PASSARELLI, Bruno.- El delirio armado: Argentina-Chile la guerra que evitó el Papa. Buenos Aires: Editorial Sudamericana. 1998.

Tribunal Arbitral (1977). Beagle Channel Arbitration between the Republic of Argentina and the Republic of Chile, Report and Decision of the Court of Arbitration, 17 de febrero de 1977. Naciones Unidas. Beagle Channel Arbitration (en inglés).

Sabella, Bruno.- “Conflicto del Beagle: la guerra que no fue”. Diario Siglo XXI. 2022.

LA RECUPERACIÓN DE MENORCA Y LA PASCUA MILITAR.

A isla española de Menorca fue conquistada por una escuadra anglo-holandesa en 1708 durante la Guerra de Sucesión española, pasando a ser posesión de la Corona británica por el Tratado de Utrecht de 1713.

El 29 de junio de 1756, durante la Guerra de los Siete Años, la isla fue reconquistada por las tropas francesas del mariscal Richelieu (sobrino-nieto del cardenal del mismo nombre) después de que la escuadra francesa del almirante La Galissonière hubiese vencido a la inglesa del almirante Bing, la isla pasó a manos francesas. Aquella victoria francesa tuvo como consecuencias directas que, por un lado,  la Royal Navy hiciera responsable al almirante Bing de la derrota y, tras un sumario consejo de guerra, fue fusilado a bordo de su navío, ejecución que sigue siendo uno de los casos más polémicos de la Historia de Gran Bretaña. Y, en otro sentido, mucho más amable, la victoria valió para lograr un avance gastronómico: un cocinero del duque de Richelieu inventó una de las salsas más conocidas, la mahonesa o mayonesa, para conmemorar aquel triunfo francés.

La isla se mantuvo en manos francesas hasta el fin de la guerra, siendo devuelta a Gran Bretaña por el Tratado de París, firmado el 10 de febrero de 1763.

Los años 1781 y 1782 fueron gloriosos para las armas españolas contra los ingleses. Así, el día 9 de mayo de 1781, las tropas británicas del general Campbell se rendían al general español Bernardo de Gálvez, quedando consumada la capitulación de Pensacola ( ya hablamos de él aquí: https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/ ). El 6 de mayo de 1782 se conquistan las Bahamas. Entre 1781 y 1782 una multitud de barcos británicos son apresados por la flota española con sus bodegas llenas de riquezas y armas que pasan a incrementar las arcas españolas. Fruto de todo ello el derrumbe de la Bolsa Real de Londres fue apoteósico, según expone el escritor y erudito británico Robert Graves. La importancia para España del apresamiento de estos barcos se tradujo no solamente en el botín incautado de buques, pertrechos, vestuarios, armamento y oro acuñado en lingotes, sino, y mucho más importante aún, en que las pérdidas del enemigo debilitaron seriamente sus fuerzas navales y terrestres en ultramar hasta tal punto que condicionaron sus operaciones ofensivas en los siguientes años. En este sentido es especialmente destacado el apresamiento, en 1781, de un convoy a la altura de las islas Sorlingas ( en el confín occidental del Canal de la Mancha).

Pero para comprender la necesidad de reconquistar Menorca por parte de España, más allá del hecho cierto de que era una isla española usurpada por los ingleses, hay que centrarse en un aspecto estratégico importante.

España había iniciado un bloqueo a Gibraltar en 1779, ya duraba por tanto unos años, sin grandes resultados puesto que el bloqueo era roto por mar la marina británica y por embarcaciones piratas enviados por los ingleses desde Menorca.

El rey Carlos III, a propuesta del conde de Floridablanca (Secretario del Despacho de Estado, cargo que ocupó hasta 1792, compaginándolo , además, entre 1782 y 1790, con el Despacho de Gracia y Justicia) decidió acabar con el abastecimiento que Menorca daba a Gibraltar y, de paso, eliminar la presencia británica en el Mediterráneo – a excepción de Gibraltar, con la que querían también acabar-. Para lo que necesitaba reconquistar la isla. Encargo que dio al duque de Crillón (de origen francés, pero teniente general del Ejército español). Este aceptó, pero le pidió a Floridablanca que el proyecto de invasión se llevase a cabo en el más absoluto secreto y exigió que solo lo conocieran el Rey, el Príncipe de Asturias, el propio ministro y el mismo Crillón. Nadie más, ni siquiera los ministros de Guerra y Marina o el embajador en París- conde de Aranda- Al cual se le informó de la situación cuando la costa menorquina estaba a mitad de camino de ser alcanzada por la expedición de reconquista.

Las razones no eran otras que encontrar al enemigo desprevenido, y evitar que incrementase la presencia militar británica en la isla, la cual se limitaba a una pequeña guarnición en el castillo de San Felipe.

Los preparativos se ocultaron ante los ministerios de Guerra y Marina, señalando que eran los adecuados para seguir con el bloqueo del Peñón. La expedición española se compuso de 78 buques que transportaban a las tropas del ejército en un número que ascendía a unos 7.900 hombres. La composición de la flota consistió en un convoy de buques mercantes y un grueso de buques de guerra que se presentaron como apoyo a la expedición. No salieron todos juntos desde Cádiz, donde se asentaba la mayor parte de la flota, sino que se fueron unieron desde Cartagena y otros puertos de Levante a fin de no despertar sospechas de los británicos sitos en Gibraltar. Para que el convoy saliese de Cádiz sin más sospechas se hizo correr el rumor de que iban a Buenos Aires a sofocar una revuelta surgida en la región del Plata.

Los primeros buques en salir de Cádiz lo hicieron el día 21 de julio de 1781. La flota completa tenía previsto alcanzar la costa menorquina y desembarcar la noche del 18 al 19 de agosto de 1781, pero se desencadenó una tormenta, por lo que hubo que actuar a la luz del día 19.

Se situaron los barcos rodeando los puertos de toda la isla, pero el grueso de la expedición se situó en dirección a Mahón llegando desde el Sur. Dejando tres fragatas bloqueando la salida o entrada de barcos en Ciudadela. Por allí desembarcaron 200 militares del cuerpo de Dragones. Mientras tanto, los navíos que rodeaban el castillo de San Felipe, situado a la orilla sur de la boca del puerto de Mahón, cañonearon la fortificación. Crillón mandó desembarcar al grueso de la infantería para someter a los británicos que no estaban dentro del castillo y apoderarse del arsenal inglés. Además, lograron acabar con las naves corsarias británicas que pretendían hostigar a los españoles.

El 24 de agosto, lograron las tropas españolas dominar la isla,  se preparó la logística para rodear el castillo e iniciar el sitio en torno al castillo, último reducto a someter.

Durante los meses posteriores al desembarco fueron llegando refuerzos de tropas españolas que aumentaron hasta un total de 10.411. El 18 de octubre arribó a la isla un contingente de 4.128 soldados franceses y alemanes —una brigada de cada nacionalidad—que agregados a los españoles sumaban 14.539 hombres. Los ingleses, al comenzar el asedio, contaban con una guarnición de unos 2.600 oficiales y soldados.

Se iniciaron una serie de preparativos que permitieran instalar cañones alrededor de la fortaleza y atacarla con la artillería pesada. El 6 de enero, se iniciaron los disparos desde las baterías. El castillo aguantó un mes.  El 6 de febrero de 1782, el teniente general británico James Murray entregaba el castillo de San Felipe, en Mahón, al teniente general del Ejército español duque de Crillón, pasando la isla de Menorca a formar parte de la Corona española.

El 25 de marzo del mismo año, la expedición española retornó a Algeciras.

Murray fue acusado de negligencia por su segundo, teniente general William Draper, por lo que fue sometido a un consejo de guerra en el que fue absuelto.

Con motivo de la victoria, el rey Carlos III ordenó que, en la fiesta de la Epifanía, los virreyes, capitanes generales, gobernadores militares y otros jefes de unidades reuniesen a las tropas bajo su mando y les transmitieran su felicitación. Se instauraba así la tradicional Pascua Militar, cuyos festejos continúa hasta nuestros días.

La reconquista de Menorca y la reposición a la soberanía española fue ratificada por el Tratado de París del 3 de septiembre de 1783.

Sin embargo, volvió a ser invadida por los británicos en 1798, durante las guerras contra la Francia republicana y napoleónica y devuelta a España por el Tratado de Amiens, firmado el 25 de marzo de 1802, en virtud del cual Gran Bretaña devolvió Menorca a España, a cambio de quedarse con Trinidad en el Caribe.

De todo este trasiego de conquistadores y corsarios; de presencia francesa (apenas 7 años), y de conquista británica durante 71, quedan en la isla importantes vestigios.

Así de los franceses queda la ciudad de San Luis y una aceptable red viaria. Pero los 71 años de presencia inglesa han dejado diversas obras públicas, la ciudad de Georgetown -hoy Villacarlos, el monumento erigido a la memoria del gobernador Sir Richard Kane, cerca de Mahón, uno de los mejores administradores británicos que tuvo la isla menorquina. También en la arquitectura, mobiliario e, incluso, en las bebidas, hoy día, se percibe la influencia inglesa en Menorca. Varios de sus antiguos edificios reflejan el llamado estilo georgiano del siglo XVIII inglés, y la misma tendencia se percibe en muchos otros rasgos de la estética y las costumbres de la isla.

BIBLIOGRAFÍA

BARRO ORDOVÁS, Antonio.- “EL DESEMBARCO ESPAÑOL EN MENORCA, 1781”. Ministerio de defensa. Archivo de la Armada. 2019.

GELLA ITURRIAGA, José.- “El convoy y el desembarco español de 1781 en Menorca”. Revista de Historia Naval, 1983.

Fondos del Museo Naval de Madrid.

La Guerra de las Malvinas

Las Islas Malvinas (Falkland Islands, para los ingleses) se sitúan en el Atlántico Sur a una distancia de 341 Km de la Patagonia.

Las islas Malvinas fueron descubiertas en 1520 por Esteban Gómez, un marino español que formaba parte de la expedición liderada por Fernando de Magallanes. A partir de 1542 las islas quedaron dentro de la jurisdicción del Virreinato del Perú.

Se piensa que piratas británicos las avistaron en torno a 1592. Aunque parece ser que no pisaron sus costas hasta el siglo XVII, al igual que los piratas franceses. La presencia fue más habitual durante el siglo XVIII, de hecho, la diplomacia española protestó por estos desembarcos y logró, con ayuda de algún despliegue naval, que en 1767 Francia reconociera la soberanía española sobre el archipiélago y que los británicos abandonaran las islas en 1774.

Al crearse el Virreinato del Rio de la Plata (creado, primero, de forma provisional, el 1 de agosto de 1776, y, de manera definitiva, el 27 de octubre de 1777 por una Pragmática de Carlos III, estableciendo su capital en la ciudad de Buenos Aires), las islas Malvinas se situaron bajo su jurisdicción.

Cuando el 9 de julio de 1816, en el Congreso de Tucumán, las Provincias Unidas del Río de la Plata proclaman su independencia de España, les faltó tiempo para ocupar las Malvinas y establecer allí una guarnición militar. Allí se construyeron fuertes, se edificó, se pobló con algunas familias de ganaderos, de extendió la ganadería ovina y se prohibió la caza de focas.

Fue esta prohibición lo que hizo que Argentina tuviera el primer incidente diplomático con Estados Unidos. El incidente fue aprovechado por Gran Bretaña, que tenía puestos sus ojos en las islas como escala fundamental para sostener su comercio por el Pacífico, asegurando a los norteamericanos que las islas no eran argentinas, que eran británicas – haciendo valer su presencia, antes de que los españoles los echaran, al afirmar que ellos, los ingleses, nunca habían renunciado a su soberanía en las islas (los británicos nunca han renunciado del todo a su condición de piratas)-. Washington que, por favorecer sus intereses, estaba dispuesto a creer cualquier cosa, reconoce la soberanía británica a cambio del otorgamiento de derechos de libre pesca en las aguas inmediatas. En agosto de 1832, el primer ministro británico, Lord Palmerston ordenó al contraalmirante Thomas Baker que retomara el control de la corona sobre el archipiélago.

En 1833, los británicos desembarcaron en Malvinas y ocuparon las islas. La resistencia argentina no fue suficiente, ni militar ni diplomáticamente.  Gran Bretaña fortificó las islas y estableció allí a cientos de colonos ingleses, galeses y escoceses.

El mayor éxito de la diplomacia argentina se dio en 1945 al lograr que la ONU convocara a ambas partes a negociar. Paralelamente se establecieron vuelos comerciales entre las islas y el continente americano y se atendieron a varios isleños en hospitales argentinos. Esta política de acercamiento empezaba a dar frutos positivos cuando la dictadura militar se hizo con el gobierno de Argentina. A partir de 1976, la tensión aumentó, y en 1982 el general Leopoldo Galtieri decidió utilizar la fuerza para recuperar las Malvinas, dando inicio a una guerra que concluyó el 14 de junio con la victoria británica.

La decisión de invadir fue principalmente política: la junta militar argentina, que estaba siendo criticada por mala gestión económica y por sus innumerables abusos contra los derechos humanos, creía que la “recuperación” de las islas uniría a los argentinos detrás del gobierno en un fervor patriótico. Una fuerza de invasión de élite se entrenó en secreto para el asalto a las islas, pero su calendario se acortó cuando el 19 de marzo estalló una disputa en una de las islas cercanas al archipiélago, Georgia del Sur, controlada por los británicos, donde los trabajadores de salvamento argentinos habían izado la bandera argentina. Las fuerzas navales argentinas se movilizaron rápidamente.

Uniendo aquel conflicto con lo que creían una oportunidad de recuperar el archipiélago de las Malvinas, las tropas argentinas invadieron las Malvinas el 2 de abril, derrotando, en el marco de la Operación Rosario, a la pequeña guarnición de infantes de marina británicos en la capital Stanley (Port Stanley para los británicos, o Puerto Argentino, para los argentinos); obedecieron las órdenes de no infligir bajas británicas, a pesar de las pérdidas de sus propias unidades. Al día siguiente, los infantes de marina argentinos se apoderaron de la isla de Georgia del Sur. A finales de abril, Argentina había enviado más de 10.000 soldados a las Malvinas, aunque la gran mayoría de estos eran reclutas mal entrenados que no recibieron comida, ropa y refugio adecuados para el invierno que se acercaba.

Como era de esperar, la población argentina reaccionó favorablemente, reuniendo grandes multitudes en la Plaza de Mayo (frente al palacio presidencial) para demostrar su apoyo a la iniciativa militar. En respuesta a la invasión, el gobierno británico bajo el gobierno de Margaret Thatcher declaró una zona de guerra de 200 millas (320 km) alrededor de las Malvinas. El gobierno británico reunió rápidamente una flota con dos portaaviones, el HMS Hermes de 30 años y el nuevo portaaviones ligero HMS Invencible, y dos cruceros que entraron en servicio como transporte de tropas, el Queen Elizabeth 2 y el Canberra. Los portaaviones zarparon de Portsmouth el 5 de abril y a ellos se unieron otra serie de navíos por el camino. La rapidez se debió a que el primer Lord del Almirantazgo se había preparado para un posible conflicto desde que los argentinos llegaran a la isla de Georgia del Sur, y, sobre todo, porque no estaba de acuerdo con la política de reducción de la flota que había emprendido tiempo antes el Gobierno y deseaba hacer ver la importancia y la necesidad de mantener la Armada en todo su esplendor.

La mayoría de las potencias europeas expresaron su apoyo a Gran Bretaña y los asesores militares europeos fueron retirados de las bases argentinas. La situación más delicada la tenía España. La posición oficial en nuestro país respecto al conflicto se hizo pública en una nota oficial emitida el mismo día de la invasión, el 2 de abril de 1982. En la nota se condenaba el uso de la fuerza y el colonialismo. Esta condena al colonialismo fue interpretada como una muestra de apoyo moral a Argentina, en parte por la similitud con el tema de Gibraltar. España pareció dar pinceladas de apoyo a uno y otro bando, dejando ver una posición ambigua. España con esta nota logró no posicionarse claramente de manera oficial por ningún bando. Sin embargo, la opinión pública estaba claramente a favor de los argentinos, no sólo la prensa, sino que en las múltiples manifestaciones que se celebraron el lema seguido por los participantes era: Malvinas, argentinas; Gibraltar, español. La mayoría de los gobiernos latinoamericanos simpatizaron con Argentina. Una notable excepción fue Chile, que mantuvo un estado de alerta frente a su vecino por una disputa sobre islas en el Canal Beagle. La amenaza percibida de Chile llevó a Argentina a mantener la mayoría de sus tropas de élite en el continente, lejos del teatro de las Malvinas. Además, los planificadores militares argentinos habían confiado en que Estados Unidos se mantendría neutral en el conflicto y así lo intentó Reagan. De hecho, fue la propia Thatcher la que solicitó al presidente norteamericano que intercediera en busca de una solución pacífica, y Reagan lo intentó en distintas ocasiones, pero Galtieri no le escucho. Reagan que, por un lado, quería mantener su influencia en el sur del continente y, por otro, sabía del apoyo que en otros aspectos del orden mundial le ofrecía Gran bretaña, unido a la amistad ente Reagan y Thatcher, y tras todos aquellos intentos fallidos de mediación, ofreció pleno apoyo a Gran Bretaña. Esta postura norteamericana permitió que Gran Bretaña usara sus misiles aire-aire, sus equipos de comunicaciones, consiguiera combustible para la aviación y otras existencias militares que los americanos depositaron en la Isla Ascensión bajo control británico, además de cooperar con la inteligencia militar británica.

El 25 de abril, mientras el grueso de la fuerza naval británica navegaba los casi 13.000 km que distancian del Reino Unido de la zona de guerra, una fuerza británica más pequeña retomó la isla Georgia del Sur, capturando uno de los antiguos submarinos diesel-eléctricos de fabricación estadounidense de Argentina. El 2 de mayo, el obsoleto crucero argentino General Belgrano (comprado a los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial) fue hundido fuera de la zona de guerra por un submarino británico de propulsión nuclear, en este acto de guerra fallecieron 323 marinos argentinos.

Después de este suceso, la mayoría de los demás barcos argentinos se mantuvieron en el puerto, y la contribución de la armada argentina se limitó a su fuerza aérea naval y a las acciones de uno de sus submarinos diesel-eléctricos de fabricación alemana más nuevos. Este último representó una amenaza mayor para la flota británica de lo que se esperaba, lanzando ataques con torpedos que fallaron por poco.

Mientras tanto, la fuerza naval británica y las fuerzas aéreas argentinas con base en tierra libraron batallas campales. Los aviones argentinos consistían principalmente en varias docenas de antiguos cazabombarderos estadounidenses y franceses armados solo con bombas convencionales de alto explosivo y sin contramedidas electrónicas o de radar para controlar los objetivos. Sin embargo, la pericia y motivación de los pilotos argentinos lograron que aquellos viejos aparatos fueran realmente efectivos. Además, la armada argentina había recibido recientemente algunos nuevos aviones de fabricación francesa armados con los misiles antibuque; aunque solo un puñado en número, estos resultaron particularmente mortales. Debido a que las Malvinas estaban en el borde extremo del radio de combate de los aviones argentinos, dificultaba tanto su acción que los barcos británicos permanecieron fuera de su alcance, excepto cuando se acercaban para atacar las posiciones argentinas.

Para los británicos, el problema era su dependencia de dos portaaviones, ya que la pérdida de uno seguramente habría forzado la retirada. La cobertura aérea se limitó a unos 20 reactores navales Sea Harrier de corto alcance armados con misiles aire-aire. Para compensar la falta de cobertura aérea de largo alcance, se colocó una fuerza de detección de destructores y fragatas delante de la flota para que sirvieran como piquetes de radar. Sin embargo, no todos estaban armados con sistemas antiaéreos completos o armas cercanas para derribar misiles entrantes. Esto dejó a los barcos británicos vulnerables al ataque, y el 4 de mayo los argentinos hundieron al destructor HMS Sheffield. Mientras tanto, los argentinos perdieron entre el 20 y el 30 por ciento de sus aviones.

Así debilitados, los argentinos no pudieron evitar que los británicos hicieran un desembarco anfibio en las islas.

Aparentemente esperando un asalto británico directo, el comandante de las fuerzas terrestres argentinas, el general Mario Menéndez, centralizó sus fuerzas alrededor de la capital de Puerto Argentino para proteger su pista de aterrizaje. En cambio, el comandante de la fuerza naval británica, el contralmirante John Woodward, y el comandante de la fuerza terrestre, el general de división Jeremy Moore, decidieron hacer su aterrizaje inicial cerca de Puerto San Carlos, en la costa noreste de las Malvinas, y desde allí atacar por tierra Puerto Argentino. Calcularon que esto evitaría bajas entre la población civil británica y las fuerzas británicas.

Después de varios días de duros combates, algunos de ellos cuerpo a cuerpo, contra las valientes tropas argentinas atrincheradas a lo largo de varias cordilleras, los británicos lograron rodear y bloquear la capital y el puerto. A Menéndez no le quedó otra opción que la rendición el 14 de junio, poniendo fin al conflicto. Las fuerzas británicas retiraron una pequeña guarnición argentina de una de las Islas Sandwich del Sur, a unos 800 km al sureste de Georgia del Sur, el 20 de junio.

Los británicos capturaron a unos 11.400 prisioneros argentinos durante la guerra, todos los cuales fueron liberados después. Argentina anunció que se habían perdido alrededor de 650 vidas, aproximadamente la mitad de ellas en el hundimiento del General Belgrano, mientras que Gran Bretaña perdió a 255 personas.

La guerra tuvo serías consecuencias.

Para Argentina:

  • Galtieri fue destituido del poder y apresado junto con 9 militares más por Raúl Alfonsín 3 días después de la rendición.
  • La derrota fue el principio del fin de la Dictadura militar. El gobierno militar de Argentina quedó severamente desacreditado por su incapacidad para preparar y apoyar a sus propias fuerzas militares en la invasión que había ordenado. Fue el fin de las aspiraciones políticas de los miembros de la Junta al dejarlos expuestos ante numerosas pugnas internas y un enorme descontento popular. En diciembre de 1982, el gobierno del Proceso de Reorganización Nacional anunciaría, finalmente, la convocatoria de elecciones el 30 de octubre de 1983, poniendo así fin a la dictadura militar y estableciendo el retorno de la democracia a Argentina.
  • Los argentinos prometieron que no usarían la fuerza para reclamar las Malvinas en el futuro, pero lo harían diplomáticamente. Sin embargo, antes del conflicto los argentinos tenían muchas opciones de recuperar el archipiélago, pues Gran Bretaña consideraba a las Malvinas como un problema para extender su comercio por Hispanoamérica, y estaba dispuesta a cederlas conservando el arriendo por 99 años, algo semejante a lo hecho con Hong Kong. Quería una fórmula que no perjudicase a los habitantes británicos de las islas. pero la Junta se lo impidió. Aquellas posibilidades de recuperación se perdieron con la torpeza de lanzar el conflicto.

Para Gran Bretaña

  • La primera ministra británica Margaret Thatcher convirtió el apoyo patriótico generalizado en una victoria aplastante de su Partido Conservador en las elecciones parlamentarias de 1983. Se reforzó el liderazgo, influencia y poder de Margaret Thatcher. Aupado por una ola de nacionalismo y renovado sentido de patriotismo.
  • La economía británica entró en las fases de recuperación, dando lugar al período de crecimiento y prosperidad.
  • La relación entre Gran Bretaña y EE. UU. mejoró de tal manera que su manera de entender el mundo se impuso con la sonora derrota del bloque del éste europeo.

Para las Malvinas

  • La población aumentó debido a que los británicos mantuvieron una alta presencia militar en las islas, un soldado por cada dos civiles.
  • Los isleños se beneficiaron de la zona de exclusión en sus aguas, lo que les dio control sobre la pesca rentable allí.
  • La nueva industria creció en las islas debido a la rápida industrialización.
  • Los movimientos de diferentes naciones aumentaron la sensación de seguridad de los habitantes de las Malvinas.

Otras consecuencias

  • La ruptura de las relaciones diplomáticas entre la Argentina y el Reino Unido, que no se reanudaron hasta 1990.
  • La influencia de EE. UU. en América Latina disminuyó porque EE. UU. rompió el Tratado de Río
  • La autoridad de la ONU fue desafiada por el breve pero violento conflicto.
  • Los soldados de ambos bandos sufrieron considerables consecuencias físicas y anímicas.

BIBLIOGRAFÍA

LARRAQUY, Marcelo. “La guerra invisible. El último secreto de Malvinas”. Ed. Sudamericana, 2020.

LUNA, Félix. –“Breve historia de los argentinos” Ed, Planeta. 1993.

O ‘SULLIVAN, John. – “El Presidente, el Papa y la Primera Ministra. Un trío que cambio el mundo”. Ed Fundación FAES. 2006.