LA RECUPERACIÓN DE MENORCA Y LA PASCUA MILITAR.

A isla española de Menorca fue conquistada por una escuadra anglo-holandesa en 1708 durante la Guerra de Sucesión española, pasando a ser posesión de la Corona británica por el Tratado de Utrecht de 1713.

El 29 de junio de 1756, durante la Guerra de los Siete Años, la isla fue reconquistada por las tropas francesas del mariscal Richelieu (sobrino-nieto del cardenal del mismo nombre) después de que la escuadra francesa del almirante La Galissonière hubiese vencido a la inglesa del almirante Bing, la isla pasó a manos francesas. Aquella victoria francesa tuvo como consecuencias directas que, por un lado,  la Royal Navy hiciera responsable al almirante Bing de la derrota y, tras un sumario consejo de guerra, fue fusilado a bordo de su navío, ejecución que sigue siendo uno de los casos más polémicos de la Historia de Gran Bretaña. Y, en otro sentido, mucho más amable, la victoria valió para lograr un avance gastronómico: un cocinero del duque de Richelieu inventó una de las salsas más conocidas, la mahonesa o mayonesa, para conmemorar aquel triunfo francés.

La isla se mantuvo en manos francesas hasta el fin de la guerra, siendo devuelta a Gran Bretaña por el Tratado de París, firmado el 10 de febrero de 1763.

Los años 1781 y 1782 fueron gloriosos para las armas españolas contra los ingleses. Así, el día 9 de mayo de 1781, las tropas británicas del general Campbell se rendían al general español Bernardo de Gálvez, quedando consumada la capitulación de Pensacola ( ya hablamos de él aquí: https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/ ). El 6 de mayo de 1782 se conquistan las Bahamas. Entre 1781 y 1782 una multitud de barcos británicos son apresados por la flota española con sus bodegas llenas de riquezas y armas que pasan a incrementar las arcas españolas. Fruto de todo ello el derrumbe de la Bolsa Real de Londres fue apoteósico, según expone el escritor y erudito británico Robert Graves. La importancia para España del apresamiento de estos barcos se tradujo no solamente en el botín incautado de buques, pertrechos, vestuarios, armamento y oro acuñado en lingotes, sino, y mucho más importante aún, en que las pérdidas del enemigo debilitaron seriamente sus fuerzas navales y terrestres en ultramar hasta tal punto que condicionaron sus operaciones ofensivas en los siguientes años. En este sentido es especialmente destacado el apresamiento, en 1781, de un convoy a la altura de las islas Sorlingas ( en el confín occidental del Canal de la Mancha).

Pero para comprender la necesidad de reconquistar Menorca por parte de España, más allá del hecho cierto de que era una isla española usurpada por los ingleses, hay que centrarse en un aspecto estratégico importante.

España había iniciado un bloqueo a Gibraltar en 1779, ya duraba por tanto unos años, sin grandes resultados puesto que el bloqueo era roto por mar la marina británica y por embarcaciones piratas enviados por los ingleses desde Menorca.

El rey Carlos III, a propuesta del conde de Floridablanca (Secretario del Despacho de Estado, cargo que ocupó hasta 1792, compaginándolo , además, entre 1782 y 1790, con el Despacho de Gracia y Justicia) decidió acabar con el abastecimiento que Menorca daba a Gibraltar y, de paso, eliminar la presencia británica en el Mediterráneo – a excepción de Gibraltar, con la que querían también acabar-. Para lo que necesitaba reconquistar la isla. Encargo que dio al duque de Crillón (de origen francés, pero teniente general del Ejército español). Este aceptó, pero le pidió a Floridablanca que el proyecto de invasión se llevase a cabo en el más absoluto secreto y exigió que solo lo conocieran el Rey, el Príncipe de Asturias, el propio ministro y el mismo Crillón. Nadie más, ni siquiera los ministros de Guerra y Marina o el embajador en París- conde de Aranda- Al cual se le informó de la situación cuando la costa menorquina estaba a mitad de camino de ser alcanzada por la expedición de reconquista.

Las razones no eran otras que encontrar al enemigo desprevenido, y evitar que incrementase la presencia militar británica en la isla, la cual se limitaba a una pequeña guarnición en el castillo de San Felipe.

Los preparativos se ocultaron ante los ministerios de Guerra y Marina, señalando que eran los adecuados para seguir con el bloqueo del Peñón. La expedición española se compuso de 78 buques que transportaban a las tropas del ejército en un número que ascendía a unos 7.900 hombres. La composición de la flota consistió en un convoy de buques mercantes y un grueso de buques de guerra que se presentaron como apoyo a la expedición. No salieron todos juntos desde Cádiz, donde se asentaba la mayor parte de la flota, sino que se fueron unieron desde Cartagena y otros puertos de Levante a fin de no despertar sospechas de los británicos sitos en Gibraltar. Para que el convoy saliese de Cádiz sin más sospechas se hizo correr el rumor de que iban a Buenos Aires a sofocar una revuelta surgida en la región del Plata.

Los primeros buques en salir de Cádiz lo hicieron el día 21 de julio de 1781. La flota completa tenía previsto alcanzar la costa menorquina y desembarcar la noche del 18 al 19 de agosto de 1781, pero se desencadenó una tormenta, por lo que hubo que actuar a la luz del día 19.

Se situaron los barcos rodeando los puertos de toda la isla, pero el grueso de la expedición se situó en dirección a Mahón llegando desde el Sur. Dejando tres fragatas bloqueando la salida o entrada de barcos en Ciudadela. Por allí desembarcaron 200 militares del cuerpo de Dragones. Mientras tanto, los navíos que rodeaban el castillo de San Felipe, situado a la orilla sur de la boca del puerto de Mahón, cañonearon la fortificación. Crillón mandó desembarcar al grueso de la infantería para someter a los británicos que no estaban dentro del castillo y apoderarse del arsenal inglés. Además, lograron acabar con las naves corsarias británicas que pretendían hostigar a los españoles.

El 24 de agosto, lograron las tropas españolas dominar la isla,  se preparó la logística para rodear el castillo e iniciar el sitio en torno al castillo, último reducto a someter.

Durante los meses posteriores al desembarco fueron llegando refuerzos de tropas españolas que aumentaron hasta un total de 10.411. El 18 de octubre arribó a la isla un contingente de 4.128 soldados franceses y alemanes —una brigada de cada nacionalidad—que agregados a los españoles sumaban 14.539 hombres. Los ingleses, al comenzar el asedio, contaban con una guarnición de unos 2.600 oficiales y soldados.

Se iniciaron una serie de preparativos que permitieran instalar cañones alrededor de la fortaleza y atacarla con la artillería pesada. El 6 de enero, se iniciaron los disparos desde las baterías. El castillo aguantó un mes.  El 6 de febrero de 1782, el teniente general británico James Murray entregaba el castillo de San Felipe, en Mahón, al teniente general del Ejército español duque de Crillón, pasando la isla de Menorca a formar parte de la Corona española.

El 25 de marzo del mismo año, la expedición española retornó a Algeciras.

Murray fue acusado de negligencia por su segundo, teniente general William Draper, por lo que fue sometido a un consejo de guerra en el que fue absuelto.

Con motivo de la victoria, el rey Carlos III ordenó que, en la fiesta de la Epifanía, los virreyes, capitanes generales, gobernadores militares y otros jefes de unidades reuniesen a las tropas bajo su mando y les transmitieran su felicitación. Se instauraba así la tradicional Pascua Militar, cuyos festejos continúa hasta nuestros días.

La reconquista de Menorca y la reposición a la soberanía española fue ratificada por el Tratado de París del 3 de septiembre de 1783.

Sin embargo, volvió a ser invadida por los británicos en 1798, durante las guerras contra la Francia republicana y napoleónica y devuelta a España por el Tratado de Amiens, firmado el 25 de marzo de 1802, en virtud del cual Gran Bretaña devolvió Menorca a España, a cambio de quedarse con Trinidad en el Caribe.

De todo este trasiego de conquistadores y corsarios; de presencia francesa (apenas 7 años), y de conquista británica durante 71, quedan en la isla importantes vestigios.

Así de los franceses queda la ciudad de San Luis y una aceptable red viaria. Pero los 71 años de presencia inglesa han dejado diversas obras públicas, la ciudad de Georgetown -hoy Villacarlos, el monumento erigido a la memoria del gobernador Sir Richard Kane, cerca de Mahón, uno de los mejores administradores británicos que tuvo la isla menorquina. También en la arquitectura, mobiliario e, incluso, en las bebidas, hoy día, se percibe la influencia inglesa en Menorca. Varios de sus antiguos edificios reflejan el llamado estilo georgiano del siglo XVIII inglés, y la misma tendencia se percibe en muchos otros rasgos de la estética y las costumbres de la isla.

BIBLIOGRAFÍA

BARRO ORDOVÁS, Antonio.- “EL DESEMBARCO ESPAÑOL EN MENORCA, 1781”. Ministerio de defensa. Archivo de la Armada. 2019.

GELLA ITURRIAGA, José.- “El convoy y el desembarco español de 1781 en Menorca”. Revista de Historia Naval, 1983.

Fondos del Museo Naval de Madrid.

La Guerra de las Malvinas

Las Islas Malvinas (Falkland Islands, para los ingleses) se sitúan en el Atlántico Sur a una distancia de 341 Km de la Patagonia.

Las islas Malvinas fueron descubiertas en 1520 por Esteban Gómez, un marino español que formaba parte de la expedición liderada por Fernando de Magallanes. A partir de 1542 las islas quedaron dentro de la jurisdicción del Virreinato del Perú.

Se piensa que piratas británicos las avistaron en torno a 1592. Aunque parece ser que no pisaron sus costas hasta el siglo XVII, al igual que los piratas franceses. La presencia fue más habitual durante el siglo XVIII, de hecho, la diplomacia española protestó por estos desembarcos y logró, con ayuda de algún despliegue naval, que en 1767 Francia reconociera la soberanía española sobre el archipiélago y que los británicos abandonaran las islas en 1774.

Al crearse el Virreinato del Rio de la Plata (creado, primero, de forma provisional, el 1 de agosto de 1776, y, de manera definitiva, el 27 de octubre de 1777 por una Pragmática de Carlos III, estableciendo su capital en la ciudad de Buenos Aires), las islas Malvinas se situaron bajo su jurisdicción.

Cuando el 9 de julio de 1816, en el Congreso de Tucumán, las Provincias Unidas del Río de la Plata proclaman su independencia de España, les faltó tiempo para ocupar las Malvinas y establecer allí una guarnición militar. Allí se construyeron fuertes, se edificó, se pobló con algunas familias de ganaderos, de extendió la ganadería ovina y se prohibió la caza de focas.

Fue esta prohibición lo que hizo que Argentina tuviera el primer incidente diplomático con Estados Unidos. El incidente fue aprovechado por Gran Bretaña, que tenía puestos sus ojos en las islas como escala fundamental para sostener su comercio por el Pacífico, asegurando a los norteamericanos que las islas no eran argentinas, que eran británicas – haciendo valer su presencia, antes de que los españoles los echaran, al afirmar que ellos, los ingleses, nunca habían renunciado a su soberanía en las islas (los británicos nunca han renunciado del todo a su condición de piratas)-. Washington que, por favorecer sus intereses, estaba dispuesto a creer cualquier cosa, reconoce la soberanía británica a cambio del otorgamiento de derechos de libre pesca en las aguas inmediatas. En agosto de 1832, el primer ministro británico, Lord Palmerston ordenó al contraalmirante Thomas Baker que retomara el control de la corona sobre el archipiélago.

En 1833, los británicos desembarcaron en Malvinas y ocuparon las islas. La resistencia argentina no fue suficiente, ni militar ni diplomáticamente.  Gran Bretaña fortificó las islas y estableció allí a cientos de colonos ingleses, galeses y escoceses.

El mayor éxito de la diplomacia argentina se dio en 1945 al lograr que la ONU convocara a ambas partes a negociar. Paralelamente se establecieron vuelos comerciales entre las islas y el continente americano y se atendieron a varios isleños en hospitales argentinos. Esta política de acercamiento empezaba a dar frutos positivos cuando la dictadura militar se hizo con el gobierno de Argentina. A partir de 1976, la tensión aumentó, y en 1982 el general Leopoldo Galtieri decidió utilizar la fuerza para recuperar las Malvinas, dando inicio a una guerra que concluyó el 14 de junio con la victoria británica.

La decisión de invadir fue principalmente política: la junta militar argentina, que estaba siendo criticada por mala gestión económica y por sus innumerables abusos contra los derechos humanos, creía que la “recuperación” de las islas uniría a los argentinos detrás del gobierno en un fervor patriótico. Una fuerza de invasión de élite se entrenó en secreto para el asalto a las islas, pero su calendario se acortó cuando el 19 de marzo estalló una disputa en una de las islas cercanas al archipiélago, Georgia del Sur, controlada por los británicos, donde los trabajadores de salvamento argentinos habían izado la bandera argentina. Las fuerzas navales argentinas se movilizaron rápidamente.

Uniendo aquel conflicto con lo que creían una oportunidad de recuperar el archipiélago de las Malvinas, las tropas argentinas invadieron las Malvinas el 2 de abril, derrotando, en el marco de la Operación Rosario, a la pequeña guarnición de infantes de marina británicos en la capital Stanley (Port Stanley para los británicos, o Puerto Argentino, para los argentinos); obedecieron las órdenes de no infligir bajas británicas, a pesar de las pérdidas de sus propias unidades. Al día siguiente, los infantes de marina argentinos se apoderaron de la isla de Georgia del Sur. A finales de abril, Argentina había enviado más de 10.000 soldados a las Malvinas, aunque la gran mayoría de estos eran reclutas mal entrenados que no recibieron comida, ropa y refugio adecuados para el invierno que se acercaba.

Como era de esperar, la población argentina reaccionó favorablemente, reuniendo grandes multitudes en la Plaza de Mayo (frente al palacio presidencial) para demostrar su apoyo a la iniciativa militar. En respuesta a la invasión, el gobierno británico bajo el gobierno de Margaret Thatcher declaró una zona de guerra de 200 millas (320 km) alrededor de las Malvinas. El gobierno británico reunió rápidamente una flota con dos portaaviones, el HMS Hermes de 30 años y el nuevo portaaviones ligero HMS Invencible, y dos cruceros que entraron en servicio como transporte de tropas, el Queen Elizabeth 2 y el Canberra. Los portaaviones zarparon de Portsmouth el 5 de abril y a ellos se unieron otra serie de navíos por el camino. La rapidez se debió a que el primer Lord del Almirantazgo se había preparado para un posible conflicto desde que los argentinos llegaran a la isla de Georgia del Sur, y, sobre todo, porque no estaba de acuerdo con la política de reducción de la flota que había emprendido tiempo antes el Gobierno y deseaba hacer ver la importancia y la necesidad de mantener la Armada en todo su esplendor.

La mayoría de las potencias europeas expresaron su apoyo a Gran Bretaña y los asesores militares europeos fueron retirados de las bases argentinas. La situación más delicada la tenía España. La posición oficial en nuestro país respecto al conflicto se hizo pública en una nota oficial emitida el mismo día de la invasión, el 2 de abril de 1982. En la nota se condenaba el uso de la fuerza y el colonialismo. Esta condena al colonialismo fue interpretada como una muestra de apoyo moral a Argentina, en parte por la similitud con el tema de Gibraltar. España pareció dar pinceladas de apoyo a uno y otro bando, dejando ver una posición ambigua. España con esta nota logró no posicionarse claramente de manera oficial por ningún bando. Sin embargo, la opinión pública estaba claramente a favor de los argentinos, no sólo la prensa, sino que en las múltiples manifestaciones que se celebraron el lema seguido por los participantes era: Malvinas, argentinas; Gibraltar, español. La mayoría de los gobiernos latinoamericanos simpatizaron con Argentina. Una notable excepción fue Chile, que mantuvo un estado de alerta frente a su vecino por una disputa sobre islas en el Canal Beagle. La amenaza percibida de Chile llevó a Argentina a mantener la mayoría de sus tropas de élite en el continente, lejos del teatro de las Malvinas. Además, los planificadores militares argentinos habían confiado en que Estados Unidos se mantendría neutral en el conflicto y así lo intentó Reagan. De hecho, fue la propia Thatcher la que solicitó al presidente norteamericano que intercediera en busca de una solución pacífica, y Reagan lo intentó en distintas ocasiones, pero Galtieri no le escucho. Reagan que, por un lado, quería mantener su influencia en el sur del continente y, por otro, sabía del apoyo que en otros aspectos del orden mundial le ofrecía Gran bretaña, unido a la amistad ente Reagan y Thatcher, y tras todos aquellos intentos fallidos de mediación, ofreció pleno apoyo a Gran Bretaña. Esta postura norteamericana permitió que Gran Bretaña usara sus misiles aire-aire, sus equipos de comunicaciones, consiguiera combustible para la aviación y otras existencias militares que los americanos depositaron en la Isla Ascensión bajo control británico, además de cooperar con la inteligencia militar británica.

El 25 de abril, mientras el grueso de la fuerza naval británica navegaba los casi 13.000 km que distancian del Reino Unido de la zona de guerra, una fuerza británica más pequeña retomó la isla Georgia del Sur, capturando uno de los antiguos submarinos diesel-eléctricos de fabricación estadounidense de Argentina. El 2 de mayo, el obsoleto crucero argentino General Belgrano (comprado a los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial) fue hundido fuera de la zona de guerra por un submarino británico de propulsión nuclear, en este acto de guerra fallecieron 323 marinos argentinos.

Después de este suceso, la mayoría de los demás barcos argentinos se mantuvieron en el puerto, y la contribución de la armada argentina se limitó a su fuerza aérea naval y a las acciones de uno de sus submarinos diesel-eléctricos de fabricación alemana más nuevos. Este último representó una amenaza mayor para la flota británica de lo que se esperaba, lanzando ataques con torpedos que fallaron por poco.

Mientras tanto, la fuerza naval británica y las fuerzas aéreas argentinas con base en tierra libraron batallas campales. Los aviones argentinos consistían principalmente en varias docenas de antiguos cazabombarderos estadounidenses y franceses armados solo con bombas convencionales de alto explosivo y sin contramedidas electrónicas o de radar para controlar los objetivos. Sin embargo, la pericia y motivación de los pilotos argentinos lograron que aquellos viejos aparatos fueran realmente efectivos. Además, la armada argentina había recibido recientemente algunos nuevos aviones de fabricación francesa armados con los misiles antibuque; aunque solo un puñado en número, estos resultaron particularmente mortales. Debido a que las Malvinas estaban en el borde extremo del radio de combate de los aviones argentinos, dificultaba tanto su acción que los barcos británicos permanecieron fuera de su alcance, excepto cuando se acercaban para atacar las posiciones argentinas.

Para los británicos, el problema era su dependencia de dos portaaviones, ya que la pérdida de uno seguramente habría forzado la retirada. La cobertura aérea se limitó a unos 20 reactores navales Sea Harrier de corto alcance armados con misiles aire-aire. Para compensar la falta de cobertura aérea de largo alcance, se colocó una fuerza de detección de destructores y fragatas delante de la flota para que sirvieran como piquetes de radar. Sin embargo, no todos estaban armados con sistemas antiaéreos completos o armas cercanas para derribar misiles entrantes. Esto dejó a los barcos británicos vulnerables al ataque, y el 4 de mayo los argentinos hundieron al destructor HMS Sheffield. Mientras tanto, los argentinos perdieron entre el 20 y el 30 por ciento de sus aviones.

Así debilitados, los argentinos no pudieron evitar que los británicos hicieran un desembarco anfibio en las islas.

Aparentemente esperando un asalto británico directo, el comandante de las fuerzas terrestres argentinas, el general Mario Menéndez, centralizó sus fuerzas alrededor de la capital de Puerto Argentino para proteger su pista de aterrizaje. En cambio, el comandante de la fuerza naval británica, el contralmirante John Woodward, y el comandante de la fuerza terrestre, el general de división Jeremy Moore, decidieron hacer su aterrizaje inicial cerca de Puerto San Carlos, en la costa noreste de las Malvinas, y desde allí atacar por tierra Puerto Argentino. Calcularon que esto evitaría bajas entre la población civil británica y las fuerzas británicas.

Después de varios días de duros combates, algunos de ellos cuerpo a cuerpo, contra las valientes tropas argentinas atrincheradas a lo largo de varias cordilleras, los británicos lograron rodear y bloquear la capital y el puerto. A Menéndez no le quedó otra opción que la rendición el 14 de junio, poniendo fin al conflicto. Las fuerzas británicas retiraron una pequeña guarnición argentina de una de las Islas Sandwich del Sur, a unos 800 km al sureste de Georgia del Sur, el 20 de junio.

Los británicos capturaron a unos 11.400 prisioneros argentinos durante la guerra, todos los cuales fueron liberados después. Argentina anunció que se habían perdido alrededor de 650 vidas, aproximadamente la mitad de ellas en el hundimiento del General Belgrano, mientras que Gran Bretaña perdió a 255 personas.

La guerra tuvo serías consecuencias.

Para Argentina:

  • Galtieri fue destituido del poder y apresado junto con 9 militares más por Raúl Alfonsín 3 días después de la rendición.
  • La derrota fue el principio del fin de la Dictadura militar. El gobierno militar de Argentina quedó severamente desacreditado por su incapacidad para preparar y apoyar a sus propias fuerzas militares en la invasión que había ordenado. Fue el fin de las aspiraciones políticas de los miembros de la Junta al dejarlos expuestos ante numerosas pugnas internas y un enorme descontento popular. En diciembre de 1982, el gobierno del Proceso de Reorganización Nacional anunciaría, finalmente, la convocatoria de elecciones el 30 de octubre de 1983, poniendo así fin a la dictadura militar y estableciendo el retorno de la democracia a Argentina.
  • Los argentinos prometieron que no usarían la fuerza para reclamar las Malvinas en el futuro, pero lo harían diplomáticamente. Sin embargo, antes del conflicto los argentinos tenían muchas opciones de recuperar el archipiélago, pues Gran Bretaña consideraba a las Malvinas como un problema para extender su comercio por Hispanoamérica, y estaba dispuesta a cederlas conservando el arriendo por 99 años, algo semejante a lo hecho con Hong Kong. Quería una fórmula que no perjudicase a los habitantes británicos de las islas. pero la Junta se lo impidió. Aquellas posibilidades de recuperación se perdieron con la torpeza de lanzar el conflicto.

Para Gran Bretaña

  • La primera ministra británica Margaret Thatcher convirtió el apoyo patriótico generalizado en una victoria aplastante de su Partido Conservador en las elecciones parlamentarias de 1983. Se reforzó el liderazgo, influencia y poder de Margaret Thatcher. Aupado por una ola de nacionalismo y renovado sentido de patriotismo.
  • La economía británica entró en las fases de recuperación, dando lugar al período de crecimiento y prosperidad.
  • La relación entre Gran Bretaña y EE. UU. mejoró de tal manera que su manera de entender el mundo se impuso con la sonora derrota del bloque del éste europeo.

Para las Malvinas

  • La población aumentó debido a que los británicos mantuvieron una alta presencia militar en las islas, un soldado por cada dos civiles.
  • Los isleños se beneficiaron de la zona de exclusión en sus aguas, lo que les dio control sobre la pesca rentable allí.
  • La nueva industria creció en las islas debido a la rápida industrialización.
  • Los movimientos de diferentes naciones aumentaron la sensación de seguridad de los habitantes de las Malvinas.

Otras consecuencias

  • La ruptura de las relaciones diplomáticas entre la Argentina y el Reino Unido, que no se reanudaron hasta 1990.
  • La influencia de EE. UU. en América Latina disminuyó porque EE. UU. rompió el Tratado de Río
  • La autoridad de la ONU fue desafiada por el breve pero violento conflicto.
  • Los soldados de ambos bandos sufrieron considerables consecuencias físicas y anímicas.

BIBLIOGRAFÍA

LARRAQUY, Marcelo. “La guerra invisible. El último secreto de Malvinas”. Ed. Sudamericana, 2020.

LUNA, Félix. –“Breve historia de los argentinos” Ed, Planeta. 1993.

O ‘SULLIVAN, John. – “El Presidente, el Papa y la Primera Ministra. Un trío que cambio el mundo”. Ed Fundación FAES. 2006.

¿POR QUÉ ESPAÑA ES ESPAÑA?

El otro día, el sobrino de 7 años de una amiga me preguntó: ¿por qué España es España?

El niño se refería al origen del nombre, pero su pregunta formulada de aquella manera da mucho más de sí.

El nombre de España deriva del de Hispania que era como los romanos denominaron a aquellas tierras que se encontraban al sur de los Pirineos, a las que ellos llegaron por mar y se asentaron en Ampurias- como ya vinos en:  https://algodehistoria.home.blog/2021/10/01/ampurias-218-antes-de-cristo/

Por tanto, la primera zona conocida por Hispania fue la costa gerundense y desde allí permitió extender el nombre hacía el interior a medida que se producía la romanización de aquel territorio que los griegos denominaron Iberia.

Pero los romanos no bautizaron Hispania a aquella zona por azar, sino que el nombre estaba asentado desde los fenicios que llamaban al lugar con la denominación de i-spn-ya, cuyo significado era tierra de conejos, pero no referida al animal que conocemos sino a unos pequeños animalejos designados como conejos de costa, que ni siquiera procede de la familia biológica de los conejos. Un término cuyo uso está documentado desde el segundo milenio antes de Cristo, en inscripciones ugaríticas. Aclaremos que el ugarítico fue una lengua semítica que se hablaba en una zona de Siria desde el 2000 a. C. Se conoce gracias a la gran cantidad de restos encontrados en 1928, con tablillas de signos cuneiformes (pictogramas casi siempre utilizados para fines comerciales en su origen). No olvidemos que los fenicios ocupaban un territorio en la costa sur mediterránea a la altura de Chipre y que hoy se corresponde con territorios de Israel, Palestina, Siria y Líbano. Los fenicios constituyeron la primera civilización no íbera que llegó a la península para expandir su comercio y que fundó, entre otras, Gadir, la actual Cádiz, la ciudad habitada más antigua de Europa Occidental.

Fueron los romanos los que interpretaron la expresión fenicia como tierra de conejos, el animal, ya sí, que identificamos todos como tal. Un uso recogido por Cicerón, César, Plinio el Viejo, Catón, Tito Livio y, en particular, Cátulo, que se refiere a Hispania como península cuniculosa (en algunas monedas acuñadas en la época de Adriano figuraban personificaciones de Hispania como una dama sentada con un conejo a sus pies), en referencia al tiempo que vivió en Hispania.

No es la única interpretación lingüística que se hace del término i-spn-ya, pero este no es un blog lingüístico sino histórico, así que fuera tierra de conejos o tierra de metales, o tierra del norte, como señalan otros académicos aduciendo que los fenicios habían descubierto la costa de i-spn-ya bordeando la costa africana, y ésta les quedaba al norte, o tierra de occidente al decir de Nebrija en su interpretación del término Hispalis, no altera el hecho histórico de que desde los romanos el término fenicio se extendió para denominar las zonas romanizadas con la denominación de Hispania, en ocasiones, durante la época romana, más allá de lo que hoy es la península ibérica.

La generalización del término Hispania o España referida exclusivamente a la Península Ibérica se lo debemos a los visigodos. Y con ellos el nombre pasó de ser una mera expresión lingüística, con trasfondo histórico local, para convertirse en una formulación política consecuencia de la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana a la que los godos, inicialmente, quedaron incorporados y cuya confluencia con una creencia religiosa cristiana como elemento de unidad y distinción dispusieron el nacimiento estatal de España.  El rey Leovigildo, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, se titula rey de Gallaecia, Hispania y Narbonensis. San Isidoro narra la búsqueda de la unidad peninsular, finalmente culminada en el reinado de Suintila en la primera mitad del s. VII y se habla de la madre España. En su obra Historia Gothorum, Suintila aparece como el primer rey de “Totius Spaniae”. El prólogo de la misma obra es el conocido De laude Spaniae (Acerca de la alabanza a España). https://algodehistoria.home.blog/2022/10/14/el-estado-visigodo/

La llegada de la invasión musulmana hace que se vuelva a hablar de reinos: Aragón, Castilla, Navarra… pero subyace en todos ellos la idea de reconquista de un ideal previo, imperial por asimilación visigoda del Imperio romano y católica en la manifestación de unidad moral frente al invasor; ideal llamado España, que crece bajo el pegamento de la Corona. La batalla de las Navas de Tolosa en 1212 es la culminación de aquella idea de unidad, cuya cúspide se alcanza con los Reyes Católicos. Aquella unidad bajo la Corona generada por la magnífica reina que fue Isabel I y convertida en referencia política por el camaleónico, astuto y gran diplomático que fue su marido, Fernando.

Tras ellos, los Austrias lograron que aquellos reinos, extendidos por todo el orbe tuvieran instituciones políticas y jurídicas propias pero gobernadas desde la cúspide Real. España se convirtió así en una realidad internacional, en la manifestación física mundial de un Imperio, en aquel Imperio que ya se manifestaba desde los visigodos, imperio recogido y mostrado por los reyes astures al inicio de la reconquista o por Alfonso X el Sabio y el “fecho del imperio”. Aquel imperio físico mundial se gobernó con la autonomía que daban sus Virreinatos al otro lado del Atlántico y del Mediterráneo, centralizados mediante Consejos y con una decisión única del Monarca. Los territorios insertos en una estructura colosal estaban coordinados y seguían un plan y destino común que convertía a los Austrias en una convergencia con un alto y sofisticado nivel de organización. Ese orden trascendió lo político y llegó a la ciencia con especial relevancia en la escuela de Salamanca o a las artes como demuestra el siglo de Oro. Esta masa de tierra gobernada con tanta elasticidad, tuvo una vida muy longeva.

La centralidad borbónica sin la flexibilidad que daba la estructura de los Austrias, tampoco fue un mal sistema, que nos dio algunos de los mejores reyes y mandatarios de nuestra Historia. Si el culmen de los Austrias fue un Felipe II que logró un imperio en el que no se ponía el Sol, un imperio global bajo su único y gran gobierno, de rey laborioso donde los haya, salvador de la cristiandad en Lepanto; el desarrollo del siglo XVIII, alcanzó su cima bajo el gobierno de dos de los mejores reyes que ha tenido esta castigada tierra española: Fernando VI y Carlos III, a veces tan olvidados. Con ambos se modernizó España hasta lograr ponerla a la altura de Europa sin olvidar la exitosa organización nacida de la influencia francesa de su padre Felipe V. Es más, es el siglo XVIII cuando nuestra economía sufrió menos vaivenes, se estabilizó y con ella el grado de avance técnico y social fue más evidente.

Esa continuidad en el tiempo de la idea de España, de nuestro Estado, de nuestra Monarquía y religión fraguó la idea de Nación que se manifestó en 1808 con el levantamiento popular contra el invasor, las Juntas como órganos de gobierno en representación del rey ausente y la constatación generalizada de la idea nacional en la constitución liberal de Cádiz de 1812.

Sólo las felonías, empezando por las de Fernando VII, los sinsabores de gobernantes mediocres de los que el Siglo XIX tiene muestras sobradas, las grandes traiciones conocidas a un lado y otro del Atlántico, la locura nacionalista, dejaron maltrecho aquel gran país, España, cuyo nombre nació con la llegada de los fenicios en el siglo IX a de C.

El siglo XX y lo que llevamos del XXI sólo han reafirmado, salvo alguna honrosa excepción de la que la Transición, por ejemplo, es un excelente ejemplo, la mediocridad en que se vive en nuestro país, tanto política como social y económicamente desde 1812. No podemos caer en la indiferencia sobre ello.

Ya decía Bismarck que «España es el país más fuerte del mundo; los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido«. Pues a ver si durante una temporada larga revertimos el proceso y volvemos a ser la gran Nación y el gran Estado que nunca debimos dejar de ser.

BIBLIOGRFIA

ALTAMIRA Y CREVEA, Rafael. – Historia de España y de la civilización española. –  Sociedad Geográfica de Lisboa y del Instituto de Coímbra. Tomo I. 1900.

JIMÉNEZ, Julián Rubén. –  Diccionario de los pueblos de Hispania. Ed. Verbum. 2020.

URBIETO ARTETA, Antonio. – Historia ilustrada de España. Volumen II. Editorial Debate. 1994.

LA CRISIS DE SUEZ Y EL FIN DEL IMPERIO BRITÁNICO

Hoy nos situamos ante uno de los acontecimientos que determinaron el fin de una Era. Tan es así que la historiografía contemporánea se divide de manera diferente en USA , en Gran Bretaña o en el resto de Europa en función de la las guerras mundiales, del proceso descolonizador y sus consecuencias.   Pero en todas ellas, el acontecimiento que veremos hoy marca un antes y un después, un hito que modificó el curso de la situación geopolítica del mundo, hablo de la Crisis de Suez en 1956.

Antes de adentrarnos en la crisis debemos analizar sucintamente los antecedentes. La situación del Mundo antes de 1956.

El Imperio británico se había formado en las siguientes fases a decir de la historiografía dominante: 1) Durante los siglos XVII y XVIII cuando estableció las bases del Imperio centrado en América del Norte, la India y la práctica de un comercio, esencialmente triangular que necesitó de otra serie de puestos comerciales, no colonias de asentamiento o de población, que facilitaran esa actividad mercantil. 2) Tras la pérdida de las colonias norteamericanas, la actividad se centra en Asia y áfrica, lo que favorece la diversidad económico-comercial. 3) Entre 1870 y 1914 discurre la época del gran imperialismo británico, pero al tiempo se conceden constituciones a las colonias de poblamiento: Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica. 4) Entre 1919 y 1939 se da el paso definitivo y jurídico para pasar del Imperio a la Comunidad Británica (Commonwealth), al promulgarse en 1931 el Estatuto de Westminster. 5) Gran Bretaña dispone de un modelo de descolonización que irá aplicando de manera sucesiva a sus colonias en Asia y África que se van transformando en Estados Independientes dentro de la Comunidad Británica. Este proceso se interrumpe por la II Guerra Mundial (IIGM), pero se precipita rápidamente tras el fin del conflicto.

Parte del Imperio Británico se había visto acrecentado de manera indirecta cuando la Sociedad de Naciones, al término de la Primera Guerra Mundial, se ocupó de regular la situación de los territorios dependientes de las potencias derrotadas (Alemania y Turquía). Tras la IIGM fue la ONU quien asumió esa herencia. La fórmula aplicada fue la de “mandatos o fideicomisos” internacionales. Se supone que bajo tales fórmulas se deberían administrar, proteger y preparar a las antiguas colonias para su independencia.  En el caso que nos ocupa, los antiguos territorios del Imperio Otomano se dividen en diversos mandatos. Los mandatos orientales (territorios árabes) tras el Tratado de San Remo y el Convenio de París, ambos de 1920, quedan bajo la tutela de Gran Bretaña y Francia.

El contexto internacional en el que se desarrolla el nacimiento de los países afroasiáticos como estados independientes es el de la guerra fría, con dos bloques enfrentados. Con una vinculación natural de los nuevos países hacia el mundo occidental del que dependían hasta ese momento y un mundo comunista que se pone a su lado con la intención de posicionarlos haca su lado del poder. Con USA que no fue nunca potencia colonizadora ni descolonizadora, apoyando también la independencia para demostrar quien había ganado la IIGM y para inclinar a esos países hacia su órbita en aplicación de la doctrina Truman.

A partir de 1945, con la constitución de la Liga de los Estados Árabes y con la independencia de Irak, se inicia una sucesión de movimientos en el mismo sentido: en 1946 se independizan Siria y Líbano; en 1948, Israel, y en 1949 nace el Reino de Jordania.

En África por su parte, en las zonas de civilización islámico-árabe bajo mandato británico se asientan: Egipto, Sudán y Líbia.

De entre ellos el que marca el primer hecho revolucionario hacia la independencia es Egipto, si bien, el País del Nilo había experimentado una evolución desde protectorado británico de 1882 a 1922, dotándolo en esta última fecha de cierta autonomía  bajo la autoridad de la monarquía pro británica. Durante la IIGM, Egipto quedó bajo el control militar británico. En la postguerra, tras crearse el Estado de Israel y producirse la primera guerra árabe-israelí (1948), Egipto, perdedor en el conflicto, manifiesta una serie de movimientos internos de descontentos con la monarquía probritánica. Expresión de los disconformes es el grupo de los “hermanos musulmanes y el de los “Oficiales libres”, dirigido por el comandante Nasser. Tal fue la presión sobre la monarquía que ésta se vio en la obligación de denunciar algunos acuerdos con los británicos. No contentos con eso, las fuerzas revolucionarias, en 1952, derrocaron mediante un golpe militar el rey Faruk de Egipto, emergiendo como hombre fuerte el ya coronel Gamal Abdel Nasser que fundó un estado autoritario basado una ideología pseudo socialista y panárabe que le sirvió para liderar los sentimientos antioccidentales del mundo árabe. Sin ser afín al bloque soviético, no dudó en utilizar esta baza para sacar rédito, lo que levantó desde el principio suspicacias en EE.UU. La negativa americana a apoyar con recursos económicos y armamento a Egipto le empujó a una deriva anticolonialista reflejada pocos años después en la conferencia de Bandung (Indonesia, 1955). Bangung dio lugar a una política de exaltación de los nacionalismos y un movimiento internacional de solidaridad entre las antiguas colonias que fueron expresión de una serie de conferencias internacionales de análogo carácter en lo que se conoció como el “Espíritu de Bandung”, que cambió el rumbo de la historia en Oriente Medio,  y cuya consecuencia fue el nacimiento del movimiento de los no alineados, siendo Nasser uno de los promotores del mismo.

El Canal de Suez era vital para la economía mundial dada su ubicación en las grandes rutas de transporte, siendo una pieza importante en el juego geopolítico de la Guerra Fría. La administración Eisenhower había mantenido un delicado equilibrio entre el apoyo a sus socios europeos con intereses en la zona (Reino Unido y Francia), la defensa del Estado de Israel y su política de contención del comunismo en el Mediterráneo, al tiempo que intentaba no ofender a las nuevas naciones árabes surgidas tras la IIGM. En ese contexto, occidente se niega a financiar la construcción de la presa de Assuán, obra emblemática del proyecto desarrollista de Nasser. Ante tal situación, el dirigente egipcio procedió a la nacionalización, a finales de julio de 1956, de la empresa titular de los derechos de explotación del canal de Suez. La Compañía era una empresa británica-francesa conjunta, que había sido propietaria y operadora del Canal de Suez desde su construcción en 1869.

No sólo era una cuestión económica, Suez supondría una fuente ingente de fondos para la maltrecha economía egipcia, sino una forma de reafirmación nacional frente al colonialismo.

La primera reacción de los occidentales fue convocar a una conferencia internacional en Londres, entre el 16 y 23 de agosto de 1956, para intentar coordinar una respuesta contra los díscolos egipcios. A ella fue invitada España, fue la primera conferencia multilateral a la que fue invitada España desde la II República. Los egipcios reclamaron el apoyo español y lo obtuvieron (España siempre con la mente en Gibraltar y el colonialismo británico de nuestro peñón). España se desmarcó de las potencias occidentales y no se adhirió a la declaración final que consideraba un atentado contra la independencia de Egipto. España reclamaba que Las Naciones Unidas se hicieran cargo de la situación. Aquella postura española y la amistad que se fraguó entre Franco y Nasser, llevó al egipcio a regalar a España el Templo de Debod, que hoy podemos contemplar en Madrid.

Sin embargo, la conferencia no doblegó a los egipcios y así, a espaldas de EE.UU., que le había manifestado a Nasser que no permitirían una aventura militar “colonial”, Gran Bretaña respondió ordenando la “Operación Mosquetero”, una operación coordinada con Francia e Israel para recuperar la Zona del Canal. Las acciones se iniciaron el 29 de octubre de 1956 cuando los israelíes atacaron las posiciones egipcias, con Londres y París presionando a Nasser para que se retirara del Canal. A lo que el egipcio se negó. En noviembre de 1956, después de vencer a la Fuerza Aérea Egipcia, las fuerzas británicas y francesas ocuparon Port Said y otros puntos estratégicos en el extremo norte del canal. En una campaña, que vio uno de los últimos lanzamientos operativos en paracaídas de las fuerzas aerotransportadas británicas y el primer uso de helicópteros para transportar tropas de asalto, se estableció una fuerte presencia militar anglo-francesa. Mientras tanto, las fuerzas israelíes ocuparon el Sinaí, una región desértica escasamente poblada en Egipto, deteniendo su avance a solo 10 millas del lado este del canal. Sin embargo, en todo el mundo los desembarcos fueron vistos como un acto de agresión por parte de las antiguas potencias coloniales.

El 4 de noviembre, las Naciones Unidas amenazaron a Gran Bretaña con sanciones si había bajas civiles por los bombardeos aéreos británicos de objetivos en Egipto. Esto condujo al pánico económico en la primera semana de noviembre de 1956 y la pérdida de decenas de millones de libras de las reservas del país. Gran Bretaña se enfrentó a tener que devaluar su moneda. Muy molesto porque las operaciones militares habían comenzado sin su conocimiento, el presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, presionó al Fondo Monetario Internacional para que negara a Gran Bretaña cualquier asistencia financiera. Con pocas opciones, el primer ministro británico Anthony Eden aceptó a regañadientes un alto el fuego propuesto por la ONU. En virtud de la Resolución 1001 del 7 de noviembre de 1956, las Naciones Unidas desplegaron una fuerza de emergencia (UNEF) de personal de mantenimiento de la paz en Egipto para detener el conflicto. En poquísimos días Gran Bretaña, y Eden personalmente, habían quedado humillados.

Las Naciones Unidas concedieron a Egipto la propiedad y la soberanía del Canal de Suez y en abril de 1957 se volvió a abrir a la navegación.

El resultado del conflicto destacó el estado en declive de Gran Bretaña y confirmó su situación como una potencia mundial de «segundo nivel». Internamente, causó una enorme repercusión política y una crisis económica en Gran Bretaña. Internacionalmente, complicó aún más la política de Oriente Medio, amenazando las relaciones diplomáticas de Gran Bretaña con las naciones de la Commonwealth; sólo Australia apoyó a la antigua metrópoli y Pakistán amenazó con abandonar la Comunidad.

Así mismo, afectó a la buena sintonía tradicional entre USA y Reino Unido. Eisenhower consideró a Suez como una distracción innecesaria de la brutal represión que los soviéticos estaban llevando a cabo, el mismo año, de la revolución en Hungría. El líder soviético Kruschov se dirigió al “imperialismo británico”, amenazando con atacar Londres con cohetes, además de enviar tropas a Egipto, lo que podría haber arrastrado a la OTAN al conflicto.

Mientras tanto, los israelíes cambiaban de bando. Se ponían al lado de los norteamericanos.

El egipcio Nasser se convertía en el héroe del mundo árabe y figura esencial para esos movimientos que hemos señalado de los no alineados y del panarabismo

Como había temido Eisenhower, la crisis de Suez aumentó la influencia soviética sobre Egipto. Colocó a la Unión Soviética como el amigo natural de las naciones árabes. Envalentonó a los nacionalistas árabes e incitó al presidente egipcio Nasser a ayudar a los grupos rebeldes que buscaban la independencia en los territorios británicos de Oriente Medio.

Aquel acontecimiento, en definitiva, marcó el fin del Imperio Británico, la incipiente entrada de España en el concierto internacional, marcó otros movimientos descolonizadores y la expansión de la guerra fría, y la posición de EE.UU como gran potencia e Imperio occidental. Es decir, cambió el mundo.

BIBLIOGRAFIA

Grimal, Henry. – “Historia de las descolonizaciones del Siglo XX”. Ed IEPALA. 1989

MARTÍNEZ CARRERAS, José Urbano. – “África Joven”. Ed Planeta. 1975.

MIEGE. J.L.- “Expansión Europea y descolonización de 1870 a nuestros días”. Ed Labor. 1975

OLIVER, R. y ATMORE, A.- “África desde 1800”. Ed Aguirre. 1977.

Los  sitios de Gerona y Álvarez de Castro.

Debemos situarnos en 1808, Madrid se había levantado contra los franceses el 2 de mayo. El 9 de mayo comienza la insurrección en Asturias formando una Junta cómo órgano de gobierno ante la ausencia del Rey. Entre el 24 de mayo y el 2 de junio, estos movimientos de sublevación y gobierno por medio de juntas se replican en toda España. Las juntas son la expresión popular de una Nación, la unidad entre las antiguas y las nuevas instituciones. Algo que pilla por sorpresa a Napoleón. La Patria se levanta en armas y derrota a los franceses en el Bruc y en Bailén, la guerrilla los hostiga en todo el territorio y en su guerra de asedios fracasan en Zaragoza y Valencia. En tal tesitura, los franceses temen perder la comunicación con Francia. En este aspecto era esencial Cataluña, donde la situación era muy complicada. Un fuerte contingente francés se había asentado en Barcelona y creía controlar la región. Pero no contaban con que en Gerona los buenos españoles también se levantarían contra el invasor. En Gerona, en junio de 1808, se constituye una junta, animada sobre todo por el pueblo llano y los clérigos; se convierte en el verdadero poder y declara la guerra a los franceses.

Gerona era una ciudad pequeña, con una población en recesión (morían más personas que nacían anualmente) y castigada por la crisis del trigo. Militarmente era muy débil: con un marino como gobernador, Julián de Bolívar, tenía una guarnición de tan sólo 300 soldados del Regimiento de Ultonia, al mando de dos oficiales de ascendencia irlandesa: O’Daly y O’Donovan. Ante el estado de guerra, la Junta organizó dos tercios de miqueletes, milicias populares para ayudar en su defensa. También acudieron marineros de Sant Feliu de Guixols para atender unas pocas piezas de artillería, en unas murallas arrumbadas por el tiempo y reducidas a su mínima expresión.

Las tropas francesas entraron por primera vez en Gerona el 10 de febrero de 1808. La conclusión de los ingenieros franceses, después de reconocer la plaza, fue que Gerona no merecía la pena ser conquistada. Consideraron que sólo merecía el nombre de defensa y no muy buena el castillo de Montjuïc (no confundir con su homónimo barcelonés), con lo cual decidieron no dejar guarnición en Gerona. Avanzaron hacia Barcelona, plaza que consideraron más interesante.

Hacia el 5 de junio de 1808, los Gerundenses empezaron a armarse para hacer frente y sublevarse contra el francés. Se arreglaron los caminos que conducían a los fuertes; se montó la artillería; se repararon los muros, las torres y las fortalezas; se instaló una fábrica de chuzos; se habilitaron todos los fusiles y armas inútiles del parque de artillería; se organizó un laboratorio de cartuchos en el baluarte de Santa Clara; se abastecieron con víveres para un mes los fuertes y el castillo. En resumen, Gerona estaba preparada para defenderse de las tropas francesas. Las fuerzas de la ciudad ascendían a 1.500 hombres, porque incluso se armó a los sacerdotes.

Uno de los grandes problemas con los que se encontró la Junta fue la escasez de fondos económicos. El 10 de junio pidieron donativos a los gerundenses. La gente y las instituciones se volcaron y la Junta vio como sus arcas se llenaban de dinero, con lo cual se podía sufragar mejor el levantamiento. El general francés Duhesme, enterado de la sublevación, sale de Barcelona, el 16 de junio, con la intención de sofocarla. Se presenta en Gerona con la Divino Lechi, 7 batallones, 5 escuadrones y 8 cañones …en total 5.000 hombres. La madrugada del 20 de junio divisó la ciudad. Se inicia el primer sitio de Gerona ( el primero de tres). Después de tres asaltos desde distintas posiciones, la ciudad resiste. El francés resuelve volver a Barcelona para reunir más tropas. Será un calvario para él: por el camino, partidas de somatenes y soldados le infligen graves bajas. Los gerundenses atribuyen su victoria a la protección de San Narciso, que es nombrado jefe militar de la ciudad.   

De nuevo, Duhesme partió de Barcelona, el 17 de julio de 1808, con la intención de realizar el segundo sitio de Gerona. Iba con 6.000 hombres. Decidió dividir sus tropas en dos líneas, una que avanzaba por el interior y otra por la costa.  Ambas tuvieron serios problemas para avanzar, bien hostigados por los españoles, bien por los barcos españoles y británicos (la de la costa). Con un progresar lento, el 20 de julio se reunieron las tropas de Duhesme, las de Golás ( dirigía el regimiento de la costa) y el del interior bajo el mando de Reille, procedente de Figueras.

Mientras, los españoles en Gerona se reforzaron con 2 batallones de Borbón; otro batallón de voluntarios de Barcelona, al mando de Narciso de la Valente, y un destacamento de artillería al mando del teniente coronel Pedro de la Llave. En total 2.000 hombres.

Los sitiadores intimidaron a la población con la amenaza de incendiar la ciudad y pasar la guarnición a cuchillo. La defensa en vez de amilanarse contestó con fuego de artillería sin cuartel dirigido por el capitán del regimiento de Ultónia, Edmundo O’Ronan.

Los días 13, 14 y 15 de agosto transcurrieron sin que los sitiadores avanzaran. Entretanto el ejército de Cataluña se había organizado bajo el mando del marqués del Palacio. Estas fuerzas, desprovistas de caballería, y con solo cinco piezas de artillería, se pusieron de acuerdo con los sitiados para atacar por la retaguardia al ejército francés. Los franceses se vieron en situación muy comprometida, casi y en cierto modo sitiados lo que iban a sitiar. Por eso Reille se retiró a Figueras y Duhesme a Barcelona, abandonando toda la artillería gruesa y material de guerra.

Habrá un tercer sitio, el peor. Pero antes de adentrarnos en él debemos referirnos a la figura que contribuyó heroicamente a la tercera defensa de Gerona. Hablo de Mariano Álvarez de Castro.

Este granadino, educado en Soria por sus tíos tras quedar huérfano, ingresó a los dieciocho años, en 1768, como cadete en el Regimiento de Guardias Españolas de la Casa Real y de allí pasa a cursar estudios en la Academia Militar de Matemáticas de Barcelona destacando en esta materia. Militarmente participó en el sitio de Gibraltar, en la Guerra de las Naranjas en Portugal y contra Francia en la Guerra de la Convención, siempre ascendiendo en su graduación militar y destacando para “el mando y la guerra” como afirmaron sus superiores al reunir las virtudes de valor acreditado: “aplicación mucha; capacidad destacada; conducta buena, y trato caballeroso”.

Tras diversos destinos y ascensos, en 1808, se encontraba destinado en Barcelona.

El 31 de octubre de 1808, se hizo cargo del mando del Ejército de Cataluña el general Vives. Reestructuró a sus tropas de manera que los dividió en cuatro divisiones, una reserva y la División de Vanguardia, desplegada en el Ampurdán, que puso a las órdenes de Álvarez de Castro, mando que llevaba anexo, con carácter interino, el Gobierno Militar de Gerona.

Los generales que se sucedieron en el mando de ese ejército en Cataluña: Vives, Reding y Blake, mantuvieron la misma organización. La División de Vanguardia se desplegaba en el Ampurdán, hostilizando la entrada de refuerzos franceses por la frontera.

Cuando el 5 de noviembre entró Saint Cyr en Cataluña se dirigió a Rosas a la que sitió y rindió el 6 de diciembre. Perdida Rosas, no había misión más importante que la defensa de Gerona. La ciudad estaba rodeada de una muralla antigua que no permitía la ejecución de una defensa eficaz, sus once fuertes o baluartes exteriores estaban destrozados y sólo Montjuic reunía condiciones reales de defensa.

Álvarez de Castro como gobernador interino de Gerona, se dedicó a mejorar sus condiciones de defensa, auxiliado por los coroneles de ingenieros de la Mata y Minelli. La guarnición era escasa, compuesta por algo más de cinco mil quinientos hombres, a los que se unieron ocho Compañías de la Cruzada, formadas por civiles armados y viendo el interés mostrado en la defensa por las mujeres .

Álvarez de Castro decide encuadrarlas también militarmente y otorgarles los mismos derechos que a los soldados. Así nace a finales de junio la Compañía de Santa Bárbara, que usaba como distintivo un lazo rojo en el brazo. Esta es la orden del general:

 “Habiendo entendido el espíritu, valor y patriotismo de las Señoras Mujeres Gerundenses, que en todas las épocas han acreditado, y muy particularmente en los sitios que ha sufrido esta Ciudad, y en el riguroso que actualmente le ha puesto el enemigo; deseando hacer público su heroísmo y que con más acierto y bien general puedan dedicar y emplear su bizarro valor en todo aquello que pueda ser de beneficio común á la Patria, y muy particularmente de los nobles guerreros defensores de ella, y que a su tiempo tenga noticia circunstanciada S. M. del inaudito valor, y entusiasmo de las Señores Mujeres Gerundenses, (…) Ha venido S. E. en disponer y mandar que se forme una compañía de doscientas Mujeres sin distinción de clases, jóvenes, robustas, y de espíritu varonil para que sean empleadas en socorro, y asistencia de los soldados, y gente armada (…) La Compañía de Señoras Mujeres Gerundenses tendrá la denominación de Compañía de Santa Bárbara”.

La Compañía de Santa Bárbara, dividida en cuatro escuadras, se dedicaría a llevar cartuchos y víveres a los defensores y a recoger y auxiliar a los heridos. Toda la población se unió y su entusiasmo en la defensa, casi tan grande como el del gobernador, logró acumular víveres para sostener a siete mil personas durante tres meses, así como abundante munición y pólvora.

El 2 de marzo de 1809, Reding, general jefe del ejército en Cataluña, propuso a la Junta Central el ascenso de Álvarez de Castro a mariscal de campo y el mando de la División de Vanguardia y el ejercicio propio no interino del Gobierno Militar de Gerona. Así fue aprobado el 12 de abril de 1809.

El cerco de los franceses se inició el 30 de mayo. Verdier, al frente de los sitiadores, solicitó la rendición de la plaza, pero Álvarez de Castro, contestó con un bando que decía: “con la pena de vida, ejecutada inmediatamente a cualquier persona de la clase, grado o condición que fuese que tuviera la vileza de proferir la palabra rendición o capitulación”.

Los franceses comenzaron sus ataques el 14 de junio contra las defensas exteriores. El asedio fue brutal. La artillería francesa cañoneó sin cesar los muros de Gerona, sus casas, sus calles. No se trataba de amedrentar a la población, sino que es una estrategia deliberada de aniquilación de la ciudad, hasta su última piedra. Los gerundenses, sin embargo, no se rindieron. Al revés, redoblaron, dentro de sus posibilidades, sus esfuerzos de defensa. El 19, imposibilitados para continuar sus defensas, las guarniciones de las Torres de San Narciso y San Luis, después de perder setenta hombres cada una, se replegaron a Gerona. A su llegada, Álvarez de Castro degradó a sus capitanes obligándoles a servir como soldados.

Saint Cyr volvió a pedir la rendición y Álvarez de Castro, volvió a negarse. Ante lo cual, los franceses siguieron con su ataque a Montjuic, cuya fortaleza resistió los fuegos y los asaltos desde el 3 de julio hasta el 11 de agosto. A partir de entonces, con la pérdida de Montjuic, la situación de Gerona, sus habitantes y defensores empezó a ser calamitosa.

A finales de agosto, el general Blake, que se había hecho cargo del mando del ejército de Cataluña, decidió acudir en auxilio de Gerona. Blake se hizo acompañar de dos divisiones y una columna independiente de mil quinientos hombres que mandaba O’Donnell. La aproximación desde el Sur se organizó desde distintas direcciones, lo que desorientó a los franceses, pero fue por poco tiempo. Enseguida el enemigo se reorganizó y el 19 de septiembre, los franceses llevaron a cabo el asalto a la ciudad, pero fueron rechazados con elevadas pérdidas. Al mismo tiempo, Blake intentó de nuevo el socorro de los sitiados, pero en Castellar fue derrotado por los franceses. Las unidades españolas se dispersaron y la mayoría de las acémilas cayeron en poder de los galos, por lo que apenas ciento setenta de ellas lograron entrar en la ciudad.

En octubre, la situación de la plaza era desesperada, la escasez de víveres era total y los franceses se habían propuesto la rendición por hambre de los cercados. Por si fuera poco, de vez en cuando la artillería machacaba lo que ya eran prácticamente ruinas en su totalidad. La Junta de Cataluña urgía a Blake para que acudiera en su socorro, pero éste se veía impotente para realizarlo, ante la desesperación de Álvarez de Castro que logró mandarle una petición de auxilio, con resolución habitual, en la que ponía en duda la capacidad de Blake. El 10 de noviembre llega una carta del mando español: no va a ser posible prestar auxilio a la plaza.

Para entonces, habían muerto en Gerona  1.378 soldados, los hospitales se encontraban sin medicinas, los víveres se habían terminado y la mayoría de las casas estaban en ruinas. El propio Álvarez de Castro enfermó. Los ánimos flaqueaban y sólo el gobernador se mantenía firme.

Cuanto mayor era el peligro, más firme parecía el general y así en un nuevo bando decía: “Sepan las tropas que guarnecen los primeros puestos que las que ocupan los segundos tienen orden de hacer fuego, en caso de ataque, contra cualquiera que sobre ellos venga, sea español o francés, pues todo el que huye hace con su ejemplo más daño que el mismo enemigo”.

Augerau relevó a Saint Cyr al frente de las tropas francesas. El 2 y el 7 de diciembre, emprendió nuevos ataques y conquistó los fuertes del perímetro de la ciudad. El 8 del mismo mes, los asaltantes disponían de siete brechas abiertas, mientras los defensores españoles apenas llegaban a mil cien en condiciones de lucha. Álvarez de Castro, enfermo y delirante, aún manifestaba sus deseos de continuar la defensa, pero el 9 de diciembre entregó el mando a Julián Bolivar, y al día siguiente, el 10 de diciembre, Gerona capituló después de nueve meses de feroz asedio y defensa heroica. Aún al límite de sus fuerzas, en la capitulación imponen los gerundenses sus condiciones. Los sitiados no son bandoleros ni rebeldes. Son un ejército, incluida la población civil movilizada. Como militares, exigen al ejército vencedor un trato conforme a los usos tradicionales de la guerra. Los franceses serán respetuosos, pero sólo a medias.

El 11 de diciembre la guarnición como prisioneros de guerra fue conducida hasta Francia, pero Álvarez de Castro continuó, enfermo, en Gerona en su domicilio. Posteriormente, fue enviado a Francia dónde se le trató peor que a un preso vulgar, alojándolo en una prisión infecta y no como a un prisionero de guerra. El 18 de enero fue llevado a Figueras donde le encerraron en las caballerizas del castillo de San Fernando. El 22 o el 23 de enero de 1810, falleció. Algunos dicen que envenenado, aunque bien pudo ser por muerte natural; por la enfermedad que venía arrastrando desde que cogió las fiebres en el sitio y las que empeoraron por el mal trato recibido.

El 7 de enero de 1812, las Cortes establecieron por decreto que su nombre se inscribiera en letras de oro en su salón de sesiones, así como que en Gerona se levantara un monumento en su memoria (decreto renovado el 1 de julio de 1820 durante el trienio constitucional del reinado de Fernando VII, pero que nunca fue cumplido).

El 5 de junio de 1814, se identificó su cadáver en Figueras y fue enterrado provisionalmente en la capilla del castillo de San Fernando. El 20 de octubre de 1816, se trasladaron sus restos a Gerona, pasando por Barcelona, donde se le rindieron honores de capitán general y el 28 de octubre recibieron sepultura en la capilla de San Narciso de la colegiata de San Félix de Gerona.

El 16 de diciembre de ese mismo año, el general Castaños, capitán general del Ejército ordenó colocar una lápida en el calabozo donde había muerto, pero cuando el mariscal Moncey entró en Cataluña con los Cien Mil Hijos de San Luis mandó destruir la lápida.

Por fin, el 2 de mayo de 1880, sus restos se trasladaron, dentro de la misma capilla de San Narciso donde se encontraban, a un nuevo y solemne mausoleo de mármol donde reposan desde entonces.

Terminada la guerra, a sus hermanas Francisca de Paula y Rafaela se les concedió el sueldo de teniente general “de cuartel” con carácter vitalicio y, con el tiempo, su sobrino, Francisco de Paula Castro y Orozco, que fue presidente del Congreso de los Diputados, recibió, a título póstumo, el título de marqués de Gerona en memoria de su ilustre tío en 1847.

Benito Pérez Galdós dedicó una de sus novelas dentro de los “Episodios Nacionales” al tercer sitio de Gerona.

BIBLIOGRAFIA

AGUADO BLEYE, Pedro. – “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.

PALACIO ATARD, Vicente. – “La España del siglo XIX”. Ed Espasa-Calpe. 1981.

PÉREZ GALDÓS, Benito. – Séptima novela de la primera parte de sus episodios nacionales. “Gerona”. Ed Aguilar. 1963

SEGURA GARCÍA, Germán. –“Álvarez de Castro Y el Sitio de Gerona”. colección cuadernos del castillo de San Fernando. Ed Ministerio de Defensa. 2011.

LA INSURRECCIÓN DE BARCELONA  Y SU BOMBARDEO EN 1842

En 1840 la guerra carlista había sido liquidada. La crisis bélica de los años 30 quedaba concluida y el régimen liberal parecía afianzado. Dos características se unieron en aquel momento de la Historia de España, de un lado, unas clases medias que podían participar más activamente en la vida pública, no sólo en su contribución económica por el pago de impuestos, sino mediante la aplicación del sufragio censitario y, de otro, a partir de la situación bélica vivida, se había socializado acudir al ejército para solventar los problemas. La popularización del militarismo permitió utilizar la vía militar para imponer la voluntad de las diferentes facciones políticas en sus intentos de alcanzar el poder. Así, por esa popularidad, llegó el General Espartero a ser el regente de Isabel II el 10 de mayo de 1841 (el progresismo había relegado al exilio a la reina Mª Cristina de Borbón e Isabel II era menor de edad).

Baldomero Espartero procedente de una modesta familia artesana de un pueblo manchego (Granátula) inició su carrera militar en la Guerra de Independencia, que continuó en las campañas en América y culminó en las guerras carlistas. Su formación intelectual era más bien elemental y, desde luego, su conocimiento de las doctrinas políticas, no era mayor. Eso sí, si tomaba una decisión tenía energía suficiente para “sostenella y no enmendalla”. Sobre todo, sus acciones venían siempre precedidas de la estima o desestima que tuviera al personaje o acontecimiento al que se debía enfrentar. El sentimentalismo por principio político. Así surgieron sus enfrentamientos con Narváez, así su militancia o apoyo en el liberalismo progresista, aunque cuando se suscitó la primera crisis entre los progresistas divididos entre progresistas civiles y militares, optó por los segundos, también por razones de camaradería y amistad. Los civiles encabezados por Joaquín María López, Salustiano Olózaga y Manuel Cortina, aunque representaban a tres facciones diferentes, no lograron entenderse con él; incluso entre los militares acabó por tener problemas.

Había además arraigado un sentimiento hostil contra él en Cataluña. En la Ciudad Condal, al igual que en otras zonas de España, se había creado una Junta de Vigilancia formada por el Ayuntamiento, la Diputación y la Milicia nacional, en defensa del gobierno progresista. El 13 de noviembre de 1842, se inicia una insurrección en Barcelona. La ciudad se reveló contra la política librecambista de Espartero que amenazaba al proteccionismo exigido por los industriales catalanes para mantener el monopolio de sus productos textiles en España.

Las medidas liberales progresista de Espartero, promovían la apertura de las fronteras españolas a los productos ingleses, competidores en aquel momento por calidad y precios de los fabricados en Cataluña (el gobierno inglés de Palmerston, también subvencionaba los productos ingleses). Las negociaciones librecambistas con Inglaterra concluyeron con el anuncio de un tratado comercial. Esto ocasionó el desencanto e indignación de la burguesía catalana, a la que se unieron asociaciones de obreros que pedía la protección de la Industria regional.

El detonante del levantamiento se produjo en el Portal del Ángel por el pago de impuestos de consumo que cobraba el Ayuntamiento. El incidente comenzó cuando un grupo de obreros que regresaba de comer intentó pasar al interior de la ciudad una pequeña cantidad de vino sin pagar los «derechos de puertas». Estos acontecimientos provocaron una guerra de barricadas protagonizada por la milicia, apoyada por paisanos armados, contra el ejército al que acusaban de que los soldados habían saqueado tiendas y robado a los transeúntes. Otros vecinos apoyaban a los milicianos lanzando piedras y muebles desde las ventanas y las azoteas. La respuesta de la autoridad militar fue ocupar el Ayuntamiento y detener a varios periodistas de «El Republicano» presentes en los hechos, cuyo periódico acababa de publicar un llamamiento que decía: «Cuando el pueblo quiera conquistar sus derechos, debe empuñar las armas en masa al grito de ¡Viva la República”!

Por si fuera poco, la burguesía reunió a la Junta de Vigilancia tornada en Junta Popular y que, actuando de manera autónoma, lanzó la siguiente proclama:

CIUDADANOS:
Valientes nacionales: catalanes todos: la hora es llegada de combatir á los tiranos que bajo el férreo yugo militar intentan esclavizarnos.Con toda la emocion del placer he visto prestar esponiendo vuestras vidas los mayores sacrificios, en favor de nuestra nacional independencia: sí, os he visto llenos del mayor entusiasmo, briosos, lanzaros al fuego de los que alucinados por gefes tan déspotas como tiranos, quisieron hollar vuestros mas sagrados derechos. Nó, no les dictaba su corazon el hostilizaros; una mano de hierro les impuso tan infernal y abominable crimen. Puesto que habeis mostrado que quereis ser libres, lo seréis a pesar de un gobierno imbecil que aniquila vuestra industria, menoscaba vuestro intereses y trata por fin de sumiros en la mas precaria y lastimera situacion, en la mas degradante miseria.Una sola sea vuestra divisa, hacer respetar el buen nombre catalan; union y fraternidad sea vuestro lema, y no os guien, hermanos mios las seductoras palabras de la refinada ambicion de unos , y la perfidia y maledicencia de otros.Guiado de las mas sanas intenciones he creido oportuno dirigirme en estos momentos á los batallones, Escuadron, Zapadores y Artillería de Milicia Nacional, para que sirviéndose nombrar un representante por eleccion en cada uno de ellos, se constiuyan en junta, dicten las mas enérgicas medidas y os proporcionen cuantos bienes su penetracion les sugiera en estas criticas circunstancias.Al momento, no hay duda, sentireis las mejoras. Vosotros los que abandonando una triste subsistencia que os produce quizás un miserable jornal,habeis preferido quedaros sin pan antes que sucumbir á infernales maquinaciones, sois dignos de todo elogio, habeis despreciado la muerte con bizarría, justo es quedeis indemnizados de vuestras fatigas y penalidades. No dudeis levantará su enérgica voz en vuestro apoyo vuestro hermano y compañero de armas.

Barcelona 15 de noviembre de 1842

Juan Manuel Carsy

Juan Manuel Carsy fue un valenciano, militar y redactor de El Republicano, que presidió la junta revolucionaria formada en Barcelona en noviembre de 1842 contra la regencia de Espartero.

Benito Pérez Galdós en su obra “Los Ayacuchos”, novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales, refleja los sucesos de ese día en Barcelona y bajo la expresión de su personaje Fernando Calpena define a Juan Manuel Carsy: (sabiendo que Don Benito lo consideraba un traidor a todos, infiltrado de la reina Gobernadora, Mª Cristina de Borbón, al que pagaban desde Francia).

Juan Manuel Carsy, el alma de esta trapisonda, es un valenciano que hace poco vino aquí; comerciaba sin dinero ni mercancías, y se metió a periodista sin saber escribir. Ni posee el don de elocuencia para fascinar a las muchedumbres, ni la prodigiosa facultad del mando para conducirlas al combate. Es hombre vulgarísimo; y reconociéndolo así toda Barcelona, nadie se detiene a pensar en el enigma de su rápido encumbramiento. […] Me consta que desde el 14 disponía ese oscuro y ridículo Carsy de grandes sumas de moneda corriente, en plata y oro, las cuales no debió ganar en el comercio ni en el periodismo… Y pregunto yo: ¿De dónde ha salido este dinero?…”

En este barullo, la Junta Popular redobló la apuesta contra el Gobierno y dictaminó el derribo de la fortaleza de la Ciudadela.

La sublevación iniciada en noviembre, obligó a Antonio Van Halen (Capitán General de Cataluña) a ordenar la salida del ejército de la Ciudadela para refugiarse a las afueras de la ciudad en el Castillo de Montjuic, a la espera de la llegada de refuerzos.

El repliegue de las tropas gubernamentales fue considerado un triunfo por los sublevados. En un manifiesto hecho público el 17 de noviembre la Junta Provisional transformada en Junta Central de Gobierno, emitió un manifiesto en el que se fijaban como objetivos la “unión y puro españolismo entre todos los catalanes libres”, la “independencia de Cataluña, con respecto a la corte, hasta que se restablezca un gobierno justo” y la protección de la industria española, el comercio, la agricultura y las clases laboriosas y productivas.

El 2 de diciembre Espartero llega a la ciudad. Ese mismo día el general Van Halen, por orden de Espartero, comunicó que Barcelona sería bombardeada desde el castillo de Montjuic si antes de 48 horas no se rendían los insurrectos. Entonces cundió el desconcierto en la ciudad y la Junta Central fue sustituida por otra más moderada dispuesta a negociar con Espartero, pero éste se negó a recibirles a pesar de que en ella participaba el propio obispo –“Espartero no quería una rendición pactada sino un castigo”, afirma Josep Fontana. Se formó una tercera Junta, esta vez dominada por los republicanos y dispuesta a resistir. El bombardeo se produjo, los incendios se extendieron por la ciudad, se destruyeron 300 edificios y murieron en torno a 30 personas. Hubo desperfectos importantes en el Ayuntamiento, en el Palacio de Justicia, la Casa de la Caridad, hospitales, fábricas… en todas partes.

A las 6 de la tarde dos comisiones de ciudadanos, una de la ciudad y la otra de la Barceloneta, se presentaron en el Cuartel General del ejército para solicitar el cese de hostilidades; pero las acciones continuaron hasta las 12 de la noche. Entonces, la Junta Revolucionaria se rindió y se entregó a las autoridades.

El día 4, Barcelona recibió la entrada de las tropas al mando de Van Halen y Espartero. Los revolucionarios habían sido desarmados y el ejército había tomado la Ciudadela, los cuartelillos, las puertas de la ciudad y los edificios más emblemáticos y representativos. El capitán general declaró la ciudad en estado de sitio por tiempo indefinido. Las medidas de castigo fueron muy duras, desde la pena de muerte para los cabecillas de la revolución hasta la prisión incondicional con grado de dureza según la implicación de cada uno en la revuelta.

Además, se castigó colectivamente a la ciudad con el pago de una contribución extraordinaria de doce millones de reales para sufragar la reconstrucción de la Ciudadela. Asimismo, disolvió la Asociación de Tejedores de Barcelona y cerró todos los periódicos salvo el «Diario de Barcelona».

Espartero había conseguido acabar con la revuelta, pero con el bombardeo y la dura represión posterior perdió el inmenso apoyo social y político que había tenido tradicionalmente no sólo en Barcelona, sino también en Madrid.  Por esta acción, un militar catalán y progresista como era Prim, le atacó en las Cortes por su inclinación al librecambismo contrario a las clases industriales catalanas. Se produjo asimismo una ofensiva de la prensa de la oposición contra Espartero y también la prensa militar le deja de dar el apoyo que tenía con anterioridad.

Juan Manuel Carsy huyó a Francia y volvió para participar en las revueltas contra Espartero de 1843 No se paró ahí, participó posteriormente en otras revueltas contra los gobiernos moderados. Acabó en el exilio de Francia, con una considerable fortuna.

El bombardeo de 1842 no fue el único de la época a la Ciudad Condal, el segundo se produjo en 1843.  Nació como reacción a una segunda insurrección en contra del Gobierno. Se formó en la ciudad una Junta Suprema (junio-agosto), que tan pronto buscaba la mayoría de edad de Isabel II como mantenía posiciones cuasi republicanas. El 2 de septiembre de 1843, se inician los disturbios y la revuelta conocida como la jamancia. Barcelona fue asediada durante tres meses por el ejército. La ciudad fue bombardeada el 24 de octubre desde la ciudadela. Siempre se atribuyó a Prim este bombardeo, sin embargo, recientes estudios, atribuyen esta autoridad a Laureano Sanz y Soto de Alfeirán, Capitán General de Cataluña durante la revolución de “La Jamancia”. La ciudad se rindió y fue disuelto el movimiento pseudo republicano.

A los amigos del victimismo cabe comunicarles que Barcelona no fue la única ciudad bombardeada para acabar con conflictos; Sevilla, por ejemplo, corrió la misma suerte en el mismo año. Era la política de la época.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, Pedro. – “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.

FONTANA, Josep. – “La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares.” Ed. Crítica/Marcial Pons. 2007

PALACIO ATARD, Vicente. – “La España del siglo XIX”. Ed Espasa-Calpe. 1981.

EL PRINCIPIO DEL FIN DEL COMUNISMO EN LA EUROPA DEL ESTE: SOLIDARIDAD.

El 16 de octubre de 1978, es proclamado Papa el arzobispo polaco Karol Wojtyla con el nombre de Juan Pablo II. La noticia no fue muy bien acogida por los dirigentes soviéticos que mostraron su preocupación por la influencia que el nuevo Papa pudiera ejercer en su Polonia natal.

Ya como obispo había dado muestras de una inteligencia y valentía en el tratamiento de los asuntos morales, en la defensa de la Iglesia en Polonia y en la implantación y desarrollo del catolicismo sorteando con gran habilidad a las autoridades comunistas polacas, por lo que no era de extrañar que su nombramiento no fuera bienvenido por el gobierno polaco.

Wojtyla, siendo arzobispo de Cracovia, no atacó nunca directamente al marxismo, pero sus manifestaciones imprimieron al movimiento de oposición de carácter religioso una altura ética que era imposible de alcanzar y rebatir por el Gobierno. En junio de 1979, ya Papa, visitó triunfalmente Polonia, removiendo con su presencia los cimientos del imperio soviético. La situación polaca se describía por los propios soviéticos como prerrevolucionaria. A principios de aquel año la oposición al régimen comunista había creado en Polonia el comité de defensa de los trabajadores (KOR) que unió a trabajadores e intelectuales y que estaba apoyado también por la Iglesia. Algunos de sus dirigentes fueron encarcelados; posteriormente, como acto de generosidad, liberados, pero la sensación que daba el gobierno polaco con tanto trajín era de debilidad. Cuando el Papa decidió visitar Polonia, los comunistas no se atrevieron a impedirle la visita por miedo a que las manifestaciones en Polonia soliviantaran aún más los ánimos internos. Durante los nueve días que estuvo Juan Pablo II en Polonia dio la sensación de que el Estado no existía y Polonia no era una nación comunista. La autoridad del Papa borró la existencia de otro gobierno y las masas enardecidas, rezaban, elevaban cruces y sonreían. Ninguna alteración del orden. Juan Pablo II lograba contener a las masas con reflexiones y sentido del humor y, cuando decía: gracias por haber venido, ahora id tranquilamente a casa, la muchedumbre le obedecía. En ocasiones, las autoridades estuvieron a punto de suspender las retransmisiones televisivas del acontecimiento, en un intento de cercenar la influencia que estaba teniendo. Juan Pablo II nunca habló directamente de política en sus homilías y discursos, sólo de independencia, libertad, del fin de la injusticia, del fin de la división de Europa. En un país oficialmente ateo, la exaltación de la fe era un acto de patriotismo cuasi revolucionario. La visita papal logró que pareciese que los polacos constituían un país de disidentes, una orgullosa unidad, frente a un régimen, el soviético, en el que el gobierno polaco no era más que una marioneta. Aquella orgullosa unidad abrió una brecha social que valió la caída de un régimen.

A las misas y demás actos de aquella visita hay que sumar, la multitud de imágenes, páginas en los periódicos, minutos en los informativos de todo el mundo. La fuerza del Papa en Polonia y la debilidad del gobierno polaco se pusieron de manifiesto a ojos del mundo occidental. El 2 de octubre de 1979, el Papa refuerza su imagen y su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Las autoridades soviéticas no están dispuestas a aguantar más. El KGB en documentos que entonces eran secretos ordenó “mejorar la lucha contra las nuevas políticas del Vaticano hacia los países de Europa oriental”. Intentaron una campaña de desprestigio contra el Papa que fue un fracaso.

Internamente, la situación económica de Polonia venía siendo un desastre desde 1975, la inoperancia de las medidas comunistas, la sola exportación de carbón, la carestía de los productos importados, el peso de la deuda… hacían la situación insoportable. En julio de 1980, se estableció un nuevo sistema para calcular el precio de la carne, lo que supuso nuevas subidas y restricciones que condujeron a nuevas protestas. Los ferroviarios de la localidad de Lublin iniciaron una huelga por la carestía. El presidente polaco y su ministro de defensa, Jaruzelski, fueron llamados por el líder soviético, Bresnev, a la villa en la que el soviético veraneaba en la costa de Crimea. Debían parar aquello, aunque fuera por la fuerza. Los polacos no creían necesario utilizar la fuerza, pero Bresnev quería una solución inminente. Los obreros se vieron apoyados por los intelectuales del KOR, que, si bien no eran partidarios de la violencia, se sumaron a la reivindicación desde diversas publicaciones, con la idea fundamental de organizar a la sociedad para la resistencia ante el poder político. El KOR se convirtió en la voz de una sociedad.

Entre las peticiones de los obreros figuró el derecho de huelga, la posibilidad de elecciones en los sindicatos oficiales y negociaciones con las autoridades. La huelga se extendió a más de 150 empresas. En aquella ocasión, los trabajadores de astilleros Lenin en Gdansk, protagonistas de las sangrientas jornadas de huelga y represión de 1970, que se habían saldado con medio centenar de trabajadores muertos, no se sumaron a la huelga. Sin embargo, el 7 de agosto de 1980, la dirección de los astilleros despidió a una operadora de grúa por robar. Pero no había robado nada y su despido fue un acto de represión por reunir cera para hacer un velatorio en homenaje a los obreros caídos en 1970. Esto soliviantó a los trabajadores de los astilleros. El Gobierno trató de calmarlos con una subida salarial, pero un electricista, antiguo trabajador de los astilleros, llamado Lech Walesa habló a los trabajadores y les convenció para unirse a la huelga. Durante los 4 días siguientes, los obreros se encerraron en los astilleros, montaron barricadas e impidieron la entrada de la policía. Exigían lo mismo que los ferroviarios de Lublin, pero querían formar sindicatos libres, que la misa fuera retransmitida, el fin de la censura y la erección de un monumento en recuerdo de los muertos de 1970.

El 17 de agosto, las autoridades aceptaron que se oficiara una misa en los astilleros. Fue el párroco de Walesa, el que la celebró. Bendijo una cruz que se erigió en recuerdo de los muertos de 1970. A la misa asistieron 4.000 trabajadores y desde fuera de los astilleros cerca de 2.000 personas más.

Al día siguiente, el gobierno inició las negociaciones con los trabajadores. El 21 de agosto, las autoridades eclesiales locales viajaron a Varsovia para informar a Wyszynski, presidente de la conferencia episcopal polaca. El 25 de agosto, se publicó una carta del Papa a Wyszynski, en la que pedía el apoyo de la Iglesia a los trabajadores en su lucha por el pan de cada día y la justicia social. Ese mismo día, Breznev informó al Politburó del caso polaco. Se formó una comisión para estudiar la solución a tomar.

El 26 de agosto, el cardenal Wyszynski pronunció una importante homilía en la que defendía el principio de libre asociación, pero lleno de prudencia, quizá demasiada, mostró un cierto grado de inseguridad que le restó crédito; no así al conjunto de la Iglesia, ya que el 27 de agosto, Juan Pablo II en una alocución radiada por Radio Vaticano mostró su pleno apoyo a los trabajadores y a Polonia. La alocución papal fue seguida de una reunión de los obispos polacos que mostraron su pleno apoyo a la creación de sindicatos independientes de manera inmediata.

El 31 de agosto de 1980, el Gobierno capituló y firmó los acuerdos de Gdansk, creando el primer sindicato independiente, con Lech Walesa como líder. Había nacido “Solidaridad”. Aunque su legalización oficial tardó un poco más.

De principios católicos y nacionales, Solidaridad se convirtió en un acontecimiento para los medios de comunicación occidentales. Esa fuerza impidió a las autoridades polacas hacer caso a las presiones soviética para que declararan la ley marcial. Para sortearlo, Kania, encargado de la dirección del Partido Comunista polaco, intentó llegar a un pacto social.

Las presiones soviéticas continuaron, los levantamientos sindicales polacos, también, hasta que en noviembre de 1980 Solidaridad fue legalizada.  En marzo de 1981, tras una amenaza de huelga, se logró el reconocimiento de la «Solidaridad rural”. A lo largo de 1981, Solidaridad incrementó sus reivindicaciones mientras que la dirección del Gobierno pasaba a manos del general Jaruzelski (posteriormente en 1985 sería elegido jefe del Estado polaco, cargo que ejerció hasta 1990).

Ante la presión de Solidaridad y sus demandas cada vez más extremistas (desde la óptica comunista), el 28 de noviembre de 1981, el gobierno polaco presentó una ley de emergencia nacional que incluía la facultad de prohibir huelgas. Solidaridad condenó la ley con el apoyo de la Iglesia. Ante la situación, el gobierno polaco solicita la invasión soviética de Polonia como había ocurrido en Checoslovaquia o en Hungría (https://algodehistoria.home.blog/2022/03/11/la-revolucion-hungara-de-1956/ ), sorprendentemente, el politburó, reunido el 10 de diciembre, votó en contra por unanimidad. Su posición contraria no se debía a la presión de la opinión pública occidental ni mucho menos al número de muertos que se podían producir en Polonia, simplemente, eran conscientes de que la URSS no podría aguantar las sanciones económicas que occidente le iba a imponer. Aquella situación debería solventarla Polonia con los medios que tuviera el gobierno polaco.

El 11 y 12 de diciembre de 1981, el comité de Solidaridad estaba reunido en Gdansk, pasados tres minutos de la medianoche del 12 de diciembre de 1981, todos los teléfonos privados de Polonia quedaron sin conexión, casi todos los delegados de Solidaridad reunidos en Gdansk, fueron detenidos. El 13 de diciembre, se decretó la ley marcial. Se arrestó a más de 10.000 personas, se instalaron controles en las carreteras, los tanques invadieron las calles de Varsovia. Los brotes de resistencia fueron reprimidos rápidamente, salvo el de los mineros de Piast, cerca de Katowice, que aguantaron un poco más a costa de la muerte de 13 personas (9 mineros y 4 policías).

El corte de las líneas telefónicas impidió al Papa hablar con los obispos polacos y tuvo que recurrir a mensajes radiofónicos para condenar los hechos y apoyar a los polacos. En su mensaje de Año Nuevo de 1982 atacó “la falsa paz de los regímenes totalitarios”. En enero de 1982, Solidaridad fue ilegalizada, pero perduró en la clandestinidad.

Las reacciones de otros países occidentales fueron diversas. Si bien el entonces canciller socialdemócrata alemán, Helmut Schmidt, vio la ley marcial como un factor estabilizador y Francia tampoco la condenó, pues quería mantener la venta de sus productos agrícolas a la URSS (media Europa estaba convencida de que el comunismo no tenía remedio, que había llegado para quedarse y mejor era sacar tajada económica y no molestar). Esta no era la visión de Gran Bretaña y USA. Así Thatcher logró movilizar a la opinión pública y con ella a los países europeos en apoyo de Solidaridad y Reagan en USA inició unas durísimas medidas económicas contra los países del Este. No siempre estuvieron de acuerdo en qué hacer británicos y norteamericanos, pero sí sabían que algo se debía hacer. Por supuesto contaban con el apoyo del Vaticano. Juan Pablo II fue el auténtico iniciador del movimiento desde que era cardenal y, sobre todo, desde su visita en junio de 1979, pero además apoyó a solidaridad desde diversos puntos. Les dio cobertura diplomática, insistió siempre en que todas las medidas fueran encaminadas a una solución pacífica sin derramamiento de sangre; para el Papa el fin del comunismo era una cuestión moral no política. Apoyó al sindicato Solidaridad y a todos los polacos unidos en aquel movimiento y lo hizo antes y después de la ley marcial, por ejemplo, tras ésta con ayudas económicas, al igual que USA, aunque los americanos tenían más dinero y más aportaron, pero el Vaticano estableció una red de socorro solidario desde todas las iglesias del mundo occidental, con alianzas con los protestantes y muy destacadamente con los anglicanos de manera que el auxilio llegó a los polacos desde todo el mundo gracias a las parroquias católicas. Sustentadas por una opinión pública muy favorable a los polacos. Además, el resto de Europa empezó a reaccionar tomando medidas que fueron desde bloqueos económicos como el realizado por la Comunidad Económica Europea, hasta la concesión del premio Nobel de la Paz a Lech Wałesa en 1983. Este premio fue recibido con gran júbilo por parte de la oposición polaca al comunismo. Las sanciones dieron como resultado la desestabilización del gobierno polaco.

En 1984 hubo una amnistía parcial, al mismo tiempo que el Gobierno pretendía mostrar una apariencia reformista. Jaruzelski aflojó las riendas del estado de sitio, en contra de la opinión soviética que además pretendía que se enfrentara abiertamente a la Iglesia. Jaruzelski consideraba un error ponerse a mal con los católicos abiertamente y el tiempo le dio la razón. En octubre de 1984, fue asesinado por la policía el sacerdote más carismático de Polonia después de Juan Pablo II, el padre Jerzy Popieluszko, capaz de decir cosas como: ”el desafío a la autoridad totalitaria es una obligación del corazón, de la religión, y de la Nación”. Su muerte hizo aumentar el número de asistentes a las misas y el malestar entre el pueblo. La tumba del sacerdote asesinado se convirtió en un santuario. El gobierno polaco comprendió su fracaso; dominaría administrativamente el Estado, pero jamás doblegaría el alma del pueblo polaco. La fe mueve montañas, y los polacos lo demostraron. En febrero de 1986, el líder de Solidaridad, Walesa, fue detenido. Dado que los problemas internos se mantenían y la presión exterior no cedía, el gobierno polaco aceptó entrar en una negociación que culminó con la firma de un acuerdo en el que los comunistas aceptaron el restablecimiento del sindicato Solidaridad y la organización de elecciones «semi-libres» al parlamento de Polonia.

Muchos historiadores han destacada que el éxito de Solidaridad fue que su basamento eran los trabajadores, los intelectuales le dieron sustento ético, racionalización filosófica, pero el ideario era de todos los trabajadores. Las huelgas en empresas de las que dependía la parte más importante de los ingresos del Estado, cuestionaban un sistema comunista que, ideológicamente, debe estar legitimado por el proletariado, y aquí el proletariado lo detestaba.

Cuando en 1989 cae el muro y se producen las primeras elecciones pseudo- democráticas en Polonia, Solidaridad se presenta como partido político y, contra todo pronóstico, se convierte en el partido vencedor. Su líder, Lech Wałęsa, llegó a la presidencia del gobierno polaco. Estuvo en el gobierno durante un mandato.

El movimiento democrático en torno al sindicato libre Solidaridad se ha convertido en un mito fundador de la Polonia contemporánea. Esa idea está en el convencimiento de todos los polacos, independientemente de su visión política. Fueron “como una vela encendida en la oscuridad de la noche”, que iluminó a toda Europa y al Mundo. Así lo cantaron Angelic Upstars en su “Solidarity”:  https://www.youtube.com/watch?v=owrVQebWCtc

La Europa del Este se vio muy influenciada por el movimiento de la “Solidaridad» polaca. Los regímenes sovietizados fueron conscientes de su deterioro económico y tecnológico, al mismo tiempo que la gerontocracia soviética careció de iniciativas políticas y de capacidad económica para reconducir la situación. La nueva actitud de Occidente, más decidido a mantener una posición dura con respeto a la URSS, acabó de complicar la situación. Como en un puzzle de fichas de dominó surgieron protestas en todos los países del oriente europeo En Hungría por motivos ecológicos, derivados de la construcción de una gran presa, lo que obligó al comunismo húngaro a evolucionar hacia formulas, llamémoslas, más liberales con la creación de un Consejo dedicado al ecologismo y la aprobación de una ley electoral que permitiera la presencia de candidatos independientes. En Alemania oriental se trató de dar un nuevo contenido al Estado por el procedimiento de tratar de crear un sentimiento nacional, pero a mediados de la década de los ochenta el crédito de Honecker estaba ya agotado. En Bulgaria los intentos de Zhivkov de proseguir una transformación económica fracasaron por problemas de calidad en la producción y por el intento fallido de asimilar por completo a la población turca. En Checoslovaquia, la protesta política o la simple demanda de libertades nacida de medios religiosos jugó un papel creciente. Se vio favorecida por la encíclica “Slavorum apostoli” sobre el origen del cristianismo en las tierras eslavas. Además, el Cardenal checo Tomasek, con el apoyo del Papa, reunió a un tercio de los sacerdotes checos en unas jornadas de demostración de poder de la Iglesia católica Checa, que removieron conciencias y avivaron el despertar político por la libertad. En Rumania el renacer político se cercenó por el carácter cada vez más represivo del régimen. En Yugoslavia pronto hubo problemas después de la muerte de Tito. En Albania los problemas parecieron derivar de la división interna. La totalidad de Europa del Este pasaba, por tanto, por una enorme crisis a mediados de los ochenta. La punta de lanza de la posible transformación era la efervescente Polonia, pero tan sólo un profundo cambio en la URSS podía hacer posible que se llegara a dar una solución global. Gorbachov fue consciente de ello, pero eso ya es otra historia, que, en parte, ya vimos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2019/10/31/y-cayo-el-telon/

BIBLIOGRAFIA

BARLINSKA, Izabela. “La sociedad civil en Polonia y “solidaridad”. Centro de estudios sociológicos. 2006

O’SULLIVAN, John. – “El Presidente, el Papa y la Primera Ministra. Un trio que cambió el mundo”. Ed. Fundación FAES. 2006.

WEIGEL, George. “Biografía de Juan Pablo II, testigo de esperanza”. Plaza & Janés Editores. 2000.

LOPE DE AGUIRRE

Muchas veces hemos hablado de traidores a España y también de aquellos desastres acontecidos en nuestro recorrido histórico sin los cuales nada se entendería de lo que hemos llegado a ser…y lo que hemos perdido.

Hoy traigo un personaje peculiar, considerado por muchos como un traidor a España, que sin duda lo fue, pero no sé si de la trascendencia debida a su propia historia o más bien por la tergiversación que otros traidores hicieron de sus acciones. Hablo de Lope de Aguirre.

Lope de Aguirre nació en 1511 en Oñate (Guipúzcoa) de familia hidalga. Educado en las grandes historias que llegaban de América, en las grandes conquistas y, especialmente, fascinado por la conquista del Perú de Pizarro, emprendió viaje hacia ultramar llegando a Perú en 1536. Se alistó en las huestes de Pizarro enfrentado en aquel momento con Almagro (batalla de salinas 1538). En 1544, luchó contra las tropas del virrey Blasco Núñez de Vela, enfrentado también a Pizarro. Derrotados los partidarios del conquistador, debieron huir. Aguirre lo hizo a Nicaragua. En 1551, vuelve a Perú donde, sometido a juicio, es condenado por el juez Francisco Esquivel. Rencoroso como pocos, Aguirre juró vengarse del juez, siguió su pista durante tres años. Lo encontró en Cuzco y le dio muerte. Aguirre, juzgado por este asesinato, fue condenado a muerte, pero huye y se refugia en Tucumán. Aquella pena máxima le fue conmutada al unirse a las tropas de Alvarado quien debía repeler la rebelión del encomendero Francisco Hernández Girón. Los de Alvarado fueron derrotados en la batalla de Chuquinga; además, Aguirre fue herido en un pie de manera que quedó cojo de por vida.

Harto de peleas y de seguir en la pobreza, decidió dedicarse a la búsqueda de oro, como casi todos los que iban a América. Ya lo había dicho Pizarro hacía tiempo: “Elegir ser pobres en Panamá o ricos en Perú”. Todos buscaban grandes riquezas, y desde siempre los nativos creaban historias de ciudades riquísimas, con edificios de oro y recubiertos de piedras preciosas. Todos los situaban un poco más allá de donde estaban ellos, así alejaban a los españoles del lugar. De entre todos aquellos cuentos que inventaban los indígenas para librarse de los españoles, la historia que más fraguó fue la de El Dorado.

Años después de que Francisco de Orellana se estrellara buscando El Dorado, Pedro de Ursúa, en 1560, organizó una nueva expedición. En ella se enroló Lope. El grupo de Ursúa estaba conformado por cuatrocientos soldados, que habían sido reclutados en virtud de su valentía y experiencia en campañas anteriores sin tener en cuenta su moral o su apego a la autoridad. Este detalle marcaría el terrible desenlace de la expedición: Lope de Aguirre era un buen representante de esta clase de estirpe militar: aguerrido, valiente, pero muy desobediente.

Los expedicionarios navegaron a través del río Marañón (de ahí que se autodenominaran “marañones”) con un numeroso séquito de familiares y sirvientes, entre los que figuraba la joven hija mestiza de Aguirre, llamada Elvira.

Los primeros meses de viaje por el río Amazonas no arrojaron resultado alguno, sembrando la locura entre los soldados y el odio hacia el veterano Ursúa, quien solo parecía preocuparse por su amante mestiza Inés de Atienza, que era, a su vez, hija del conquistador Blas de Atienza.

El descontento fue creciendo hasta que los marañones consideraron y llevaron a cabo el asesinato de Ursúa, el de su teniente general, Juan Vargas, y el de la amante de Ursúa, Inés, durante la noche del 1 de enero de 1561. El ideólogo de la conspiración fue Lope de Aguirre.  Sin embargo, Aguirre, eliminado Ursúa, no se proclamó líder de la expedición, sino que tal honor se lo dejó a Fernando de Guzmán, el cual se proclamó rey de la misma. Pasando los días, Aguirre se mostró disconforme también con el gobierno de Guzmán y no paró hasta acabar con él. Su locura no se desató exclusivamente contra Guzmán, sino que materializó otros muchos asesinatos y sabotajes, muertes llenas de violencia, tras lo cual, Lope alcanzó el poder del grupo. Sus fieles empezaron a ser llamados por él “los fuertes marañones”.

Eran tan sanguinarios que Uslar Pietri describe la expedición así: “Fuerzas desconocidas los atan, los arrastran, los llevan suspendidos en la zarabanda de aquella jornada sangrienta que no concluye. Cada alto está marcado por la sangre de los asesinados”[1]

Ya al mando de la expedición, en un alarde de locura propia de un tirano, se proclamó Ira de Dios, Príncipe de la Libertad y del Perú, del reino de Tierra Firme y provincia de Chile. Todos los dominios americanos se convertían, a partir de ese momento, en objetivos de conquista, y los súbditos del Rey de España pasaban a ser sus enemigos. Tan fue así que el 23 de marzo de 1561, Aguirre y sus 186 secuaces firmaron una declaración de guerra contra el Imperio español.

Tras navegar por el Amazonas, salir al Atlántico, alcanzar Isla margarita (en la actual Venezuela), y en ella la ciudad de La Asunción, y posteriormente la ciudad de Borburata (ya en el continente), decide mandar una famosa carta a Felipe II. En la que decía alguna verdad y muchas balandronadas:

Avísote, Rey español, donde hayas mucha justicia y retitud y asi cumple para tan buenos vasallos como en estas tierras tienes, aunque yo no, por no poder sufrir más las crueldades que usan estos tus Oidores, Virey y Gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros, cuyos nombres luego diré, de tu obidencia, y desnaturándonos de nuestro natural, ques España, y hacerte en estas partes la más cruda guerra que nuestras fuerzas lo puedan sustentar y suplir. Y esto cree, Rey y señor, nos ha hecho hacer no poder sufrir los grandes pechos, y premios y castigos injustos que nos dan tus ministros, hijos y criados: nos han usurpado nuestra fama, vida y honra, ques lastima oir el mal tratamiento que se nos han hecho. Y ansi, manco de mi pierna derecha, de dos arcabuzazos que me dieron en el valle de Chuquinga con el mariscal Alonso de Alvarado, siguiendo tu voz y apellido contra Francisco Hernandez Giron, rebelde á tu servicio, como yo y mis compañeros al presente lo somos y seremos fasta la muerte, porque ya de hecho hemos alcanzado en estos reinos cuán cruel eres y quebrantador de fee y palabra; y asi, tenemos en esta tierra tus perdones por de menos crédito que los libros de Martin Lutero, pues tu Virey, marqués de Cañete, malo, lujurioso y ambicioso, tirano, ahorcó á Martin de Robres, hombre señalado en tu servicio, y al bravo Tomás Vazquez, conquistador del Pirú, y al triste de Alonso Diaz, que trabajó más en el descubrimiento deste reino que los esploradores de Moisés en el Desierto, y Piedra-hita, buen capitan, que rompió muchas batallas en tu servicio; ellos te dieron la vitoria, que si ellos no se pasaran, hoy fuera Francisco Hernández rey del Pirú, y no tengas en mucho el servicio que te escribieron tus Oidores haberte hecho, porques muy gran fábula, si llamas servicio haberte gastado ochocientos mill pesos de tu Real caja para sus vicios y maldades, que cierto son malos, y castígalos como tales.”[2]

Aguirre emprendió una matanza en lo que hoy es Venezuela, no sólo de los ejércitos que le perseguían, sino entre la población indígena, y, por si no fuera bastante, a aquellos descontentos de entre los suyos también los quitó de este mundo: murieron a garrote el gobernador, unos 25 vecinos y 14 marañones. Según Francisco Vázquez miembro de la expedición “cualquier gesto, palabra o actitud cuesta la vida”.[3]

De ahí se dirigió a Barquisimeto, un poco más abajo en el interior del mapa venezolano. Esta ciudad había sido fundada en 1556, había cambiado de nombre y se denominaba en aquel momento «Nueva Segovia de Barquisimeto».

La fama que precedía a Aguirre hizo temblar a la población que avisó a las huestes de Diego García de Paredes- uno de los grandes conquistadores españoles, fundador de la ciudad de Trujillo en Venezuela en recuerdo de su Trujillo natal en Extremadura. Además, se le considera como el precursor del derecho de asilo político en América-. García de Paredes no logra impedir que la ciudad fuera convertida en cenizas por el tirano Lope de Aguirre (volvió a edificarse en dos ocasiones más, la última y definitiva en el interior cerca de la región centroocidental de Venezuela. Actual estado de Lara), pero sí logró acorralarlo, incluso con la ayuda de alguno de los marañones hartos de la locura y tiranía de Lope. No es que los marañones fueran menos sangrientos que el supuesto rey Lope, sino que veían que la locura de este sólo los llevaba a la horca. Además, García de Paredes dejó clavadas cédulas que prometían el perdón a los hombres de Aguirre si le traicionaba. Viendo que, si Aguirre se lo proponía, y ante la menor eventualidad, los iba a matar, los marañones poco a poco fueron traicionando a Lope.  El vasco, cercado, enfermo de fiebres y sintiendo próximo su fin, cometió su última locura: apuñaló y mató a su propia hija diciéndole “Más vale que mueras como hija de rey que no que vivas y te llamen hija de traidor”. Era el 27 de octubre de 1561. Ese mismo día dos arcabuceros de los marañones le dieron alcance y le mataron.

García de Paredes dio orden de que lo descuartizaran, y su cabeza fuera expuesta en una jaula como advertencia para nuevos traidores.

Según el testimonio del fraile Reginaldo de Lizárraga fue “la bestia y tirano más cruel que ha habido en nuestros tiempos ni en pasados; mató a muchos; si se reían los mataba, si estaban tristes los mataba; no ha visto ni leído semejante ánimo de demonio”.

Si mis queridos lectores se han hecho una imagen del tipo de persona que tratamos quizá hayan pensado que Aguirre físicamente era un portento, alguien grandote y corpulento; si es así, se habrán equivocado. Este matón, revolucionario y fiero era de corta estatura, fuerte de brazos, de piernas musculosas, flaco de rostro, cara de contorno triangular y sienes muy acusadas, nariz prominente, alta, saliente, ganchuda y barbilla fuerte y puntiaguda, con aire atravesado y mirada torva, y en los retratos que se tienen de él, con barba no muy poblada.

Aguirre fue sometido a un juicio post mortem en el que fue declarado culpable del delito de lesa majestad y varios de sus seguidores condenados a muerte. Felipe II prohibió citar su nombre y declaró a sus hijos de toda naturaleza “infames por siempre jamás, e indignos de poder tener honra ni dignidad ni oficio público, ni poder recibir herencia ni manda de pariente ni de extraña persona”.

Pero la peor consecuencia de la locura de Lope de Aguirre no se la debemos tanto a él como a Simón Bolívar que quiso ver en este loco salvaje al precursor de la independencia de Hispanoamérica, dejando por escrito que: “la rebelión de Aguirre fue la primera declaración de independencia en una región de América”.

No es verdad, Lope no fue un ejemplo a seguir ni precursor de nada, salvo de la vida en un frenopático. Lope fue un loco de atar que, en su huida hacia delante, ávido de riquezas y poder encontró en el enfrentamiento con Felipe II la justificación de su acción sediciosa.

De hecho, Javier Reverte en su libro “El río de la desolación: un viaje por el Amazonas”, dice de Aguirre: “Es probable que muy pocos seres humanos hayan sido tan malignos en la historia como Lope de Aguirre, o al menos tan conscientes de su iniquidad. Era un hombre que parecía amar la maldad y que, cuando menos, hizo de ella su causa y bandera”.

 La fama de Aguirre ha trascendido fronteras e incluso llevada al cine, por ejemplo,  en 1972 en la película “Aguirre, la cólera de Dios” del director alemán Werner Herzog. También la expedición de Ursúa y Lope de Aguirre tiene reflejo en la película “ El dorado” de Carlos Saura de 1988.

BIBLIOGRAFÍA

REVERTE, Javier. – El rio de la desolación: un viaje por el Amazonas”. Plaza & Janes editores. 2004

ROJO PINILLA, Jesús. – “Grandes traidores a España”. Ed Gran Capitán. 2017

USLAR PIETRI, Arturo. – “El camino de El Dorado”. Ed Martínez Roca. 1997

VÁZQUEZ, Francisco. – “El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre”. Alianza Editorial.2007

[1] USLAR PIETRI, Arturo. – “El camino de El Dorado”. Ed Martínez Roca. 1997

[2] https://es.wikisource.org/wiki/Carta_de_Lope_de_Aguirre_a_Felipe_II

[3] VÁZQUEZ, Francisco. – El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre. Alianza Editorial.2007

LA HUELGA MINERA EN EL REINO UNIDO 1984 A 1985

En estos tiempos de restricciones energéticas, de búsqueda de nuevas fuentes de energía más productivas, más baratas, más limpias, vamos a recordar uno de los acontecimientos que marcaron no sólo un cambio industrial en Gran Bretaña, sino un cambio político y un cambio social. Algunos autores señalan que la huelga de los mineros de 1984-1985 determinó el fin del siglo XX en el Reino Unido y la entrada en el Siglo XXI. Claro que eso era antes del brexit, no sabemos a dónde les conducirá la salida de la UE.

En 1979, Margaret Thatcher fue elegida primera ministra del Reino Unido, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de su país.

Cuando Thatcher llega al poder la situación económica era desastrosa, con una inflación galopante y una deuda pública desorbitada. El caballo de batalla con el que se presenta a las elecciones era el problema sindical. Los sindicatos mandaban más que los partidos políticos, con una unión casi corporativa con los laboristas. Esta unidad se rompía de vez en cuando. Una de esas ocasiones fue con el gobierno de Callaghan donde la subida de precios y la contención de salarios llevaron al enfrentamiento con los sindicatos, convirtiendo a Gran Bretaña en un caos. El invierno de 1978-79, una oleada de huelgas, legales e ilegales, sacudió al Reino Unido.

Thatcher fundamentaba su política en la reducción de impuestos y en lograr una actividad y productividad mayor del sector empresarial privado que en una bajada excesiva del gasto público, si bien procede a la privatización de multitud de empresas públicas cuyo funcionamiento se había vuelto demasiado burocrático. Asimismo, plantea la búsqueda de una flexibilización del mercado laboral, para lo que necesitaba la reducción de la influencia de los sindicatos.

Sus primeros años de mandato no permiten realizar un balance positivo. La aplicación de sus políticas incrementó el desempleo, especialmente en las zonas más industriales. Tampoco supo acabar con la inflación, dejando de vincular el aumento de los salarios a ésta, lo que implicó una pérdida general del poder adquisitivo, así como un aumento de la presión fiscal indirecta y de la escasez de vivienda. Todo parecía en contra, pero la importante victoria en la Guerra de las Malvinas, la fortaleza demostrada ante el terrorismo del IRA y la división y enfrentamiento interno de los laboristas propiciaron que en las elecciones de 1983 consiguiera la victoria electoral más amplia en Reino Unido en casi 4 décadas, con casi el 42% de los votos.

Ante la nueva victoria, los sindicatos que no habían estado ciertamente quietos en el primer mandato, vuelven a la carga con gran virulencia. Años antes (1974), habían sido capaces de tumbar al Gobierno conservador de Edward Heath con sus huelgas y pretendían hacer lo mismo con el de Thatcher

En 1984 una encuesta de Gallup señaló que para el 84% de los británicos los sindicatos tenían demasiado poder.

Ahora, Thatcher se presentaba con un plan que buscaba la reducción del 20% de las minas de carbón cuya extracción resultaba más cara que importarlo de fuera de Gran Bretaña, lo que supondría, en sus planes, la pérdida del 15% de los puestos de trabajo de los mineros.

Realmente, no era una novedad, simplemente la primera ministra fue más explícita, más contundente que sus antecesores. El deterioro gradual de la industria del carbón británica, venía de años anteriores. La mano de obra cayó desde más de 1 millón de empleos entre las guerras mundiales a apenas 200.000 a principios de la década de 1980. Durante décadas, tanto los gobiernos conservadores como los laboristas habían estado cerrando pozos y eliminando puestos de trabajo. Pero a medida que aumentaba el desempleo nacional, era obvio que más cierres provocarían una reacción intensa.

Ante este programa, los sindicatos mineros convocan una huelga. La huelga de mineros de 1984-1985 fue la disputa laboral más prolongada y enconada de la historia moderna de Gran Bretaña. Pero fue más que eso: para las comunidades involucradas, desde Escocia y Gales del Sur hasta Yorkshire y Nottinghamshire, a menudo se sentía como una guerra civil no declarada, que enfrentaba a pueblo contra pueblo, familia contra familia, incluso hermano contra hermano, porque ni todos los sindicatos mineros estaban a favor, ni todas las regiones secundaron la huelga

Hay que recordar que, a fines de 1981, el Sindicato Nacional de Mineros (en inglés: National Union of Mineworkers o NUM) eligió a un nuevo líder vinculado a la extrema izquierda, Arthur Scargill, quien no ocultó su afán de confrontación con el gobierno. Scargill negaba la condición antieconómica de la extracción del carbón y peleó porque todas las minas de carbón se mantuvieran abiertas, sin importar cuánto costaran.

La convocatoria de huelga debía hacerse tras una votación de los mineros que aprobara la misma. Scargill convocó tres votaciones para lograr el apoyo de los mineros a una huelga nacional; tres veces votaron no. Así que, empeñado como estaba en parar, ideó la estratagema de convocar huelgas por regiones, para evitar una votación nacional, que sabía perdida de antemano. Era marzo de 1984.

No todos los mineros le secundaron, los mineros de Yorkshire se retiraron, al igual que sus homólogos escoceses. La mayoría de los mineros de Nottinghamshire se negaron a ir a la huelga, al igual que grupos más pequeños de mineros en otros lugares. En Nottinghamshire era mayoritario el Sindicato de Mineros Democráticos (UDM) siempre enfrentado a NUM. En Nottinghamshire, aún se recuerda la huelga y los enfrentamientos entre los que querían trabajar y una minoría que no quería hacerlo. Hace relativamente poco tiempo, en 2004, la BBC realizó un reportaje en la zona y las familias enfrentadas entonces, seguían enfrenadas 20 años después. Por el contrario, en Gales la huelga fue secundada por el 99% de los mineros.

Tradicionalmente, estas demostraciones de fuerza habían dado como resultado la victoria sindical. Por ejemplo, en 1972 y 1974, los mineros se declararon en huelga por salarios más altos, y en ambas ocasiones ganaron. Y cuando parecía que no lo iban a conseguir recrudecían sus acciones y derribaban gobiernos, como vimos. Pero esta vez era diferente.

Primero, los mineros estaban divididos. Desde el principio, la disputa estuvo marcada por un intenso encono y enfrentamientos violentos entre los mineros en huelga y los trabajadores.

La segunda diferencia fue que el gobierno estaba mucho mejor preparado en 1984 que diez años antes. Dado que Scargill había hecho público su entusiasmo por la confrontación, la Administración habían estado acumulando reservas de carbón. Como resultado de ello, los huelguistas nunca estuvieron cerca de causar la escasez de carbón y cortes de energía que podrían haber traído la huelga sin esta previsión del gobierno Thatcher.

La tercera diferencia fue la propia Margaret Thatcher. Al igual que Scargill, la señora Thatcher adoptó un tono notablemente agresivo e intransigente desde el principio. Animó a la policía a tomar medidas enérgicas contra los mineros que hacían piquetes y acosó a los jefes de policía locales para que bloquearan los «piquetes voladores». Es decir, piquetes móviles que habían tenido tanto éxito en la década de 1970. Además, logró poner a su lado a una parte de la prensa, sobre todo a medida que avanzaba el conflicto. Se llegó a tildar a los líderes sindicales como el «enemigo interno» de Gran Bretaña.

Muy rápidamente, por lo tanto, la huelga se convirtió en una prueba de fuerza entre dos figuras públicas excepcionalmente combativas. En los medios de comunicación, los mineros en huelga, los mineros trabajadores y la policía fueron representados como pequeños ejércitos que avanzan y avanzan por el campo. Mientras tanto, los periódicos exageraban el valor de cada escaramuza. Aunque claramente hubo violencia en ambos lados, los líderes mineros a menudo se quejaron de que la prensa exageraba la violencia de los huelguistas mientras ignoraba los abusos de la policía. En particular, los partidarios de los mineros huelguistas estaban indignados por la llamada “Batalla de Orgreave” en junio de 1984, cuando policías montados atacaron a los piquetes frente a una planta de coque de South Yorkshire, un acontecimiento que aún se recuerda en la zona año a año y que vale para hacer propaganda política a los laboristas. No se hacen fiestas con los ladrillos y otros objetos lanzados por los huelguistas que hirieron, en ocasiones gravante, a la policía.

Con las existencias de carbón altas, los mineros divididos y la opinión pública firmemente en contra de la huelga, Scargill se enfrentaba a una lucha cuesta arriba. Según una encuesta realizada por Opinion Research Corporation para el Evening Standard, publicada el 31 de agosto de 1984, alrededor del 94 por ciento del público desaprobaba las tácticas de los piquetes y, cuando se le pidió que eligiera entre trabajadores y mineros en huelga, el 74 por ciento simpatizaba con los mineros trabajadores y sólo el 19 por ciento con los huelguistas.

A pesar de la dureza, de las penurias económicas que pasaron los huelguistas que llegaron a no tener nada que comer, de los enfrentamientos con los esquiroles, la huelga se prolongó durante casi exactamente un año. La situación familiar de los mineros era tan calamitosa que no sólo no ganaban su sueldo y se comieron los ahorros, sino que tampoco tenían derecho a recibir beneficios porque su acción colectiva se consideró ilegal; tenían que depender de las limosnas.

Las inmensas dificultades a miles de familias, lograron que Scargill admitiera la derrota a regañadientes en marzo de 1985, cuando aún había en huelga el 60% de los mineros.

Además, como resultado de la huelga, tres personas murieron: dos piquetes en huelga y un taxista que llevaba a un esquirol al trabajo. ​

Aunque la huelga terminó, las cicatrices nunca desaparecieron. Hasta el día de hoy, ambos bandos tienen sus partidarios que defienden con pasión su postura. Posteriormente, el ritmo de los cierres se aceleró y muchas ciudades nunca se recuperaron. Independientemente de lo que pensara la gente sobre los temas en juego, millones de ciudadanos estaban horrorizados por las escenas de lucha abierta entre los piquetes y la policía, que se convirtió en un emblema de la conflictiva década de los 80 del siglo XX.

La sociedad británica nunca volvió a ser la misma. Con el sacrificio de tantos, la prosperidad económica volvió a Gran Bretaña de mano de Margaret Thatcher, la actividad económica tradicional se transformó. Curiosamente, la derrota permitió un renacimiento para muchos mineros.  Si bien muchos ex mineros nunca volvieron a tener trabajo, otros aprovecharon el cese de la actividad para engancharse a las becas de formación que dio el gobierno y estudiar, pasando incluso por la Universidad. Las esposas de los mineros, en número aún mayor, regresaron a la escuela y se convirtieron en maestras, trabajadoras sociales o agentes de libertad condicional. Los hijos de familias mineras, criados durante y después de la huelga, aprovecharon al máximo la expansión del sector universitario. La huelga politizó a las familias mineras y animó a muchas de ellas a involucrarse en otras causas, a convertirse en concejales locales o incluso en diputados.

La dureza de la situación de aquellos años queda viva en el imaginario común británico, pues en muchos pueblos mineros se levantaron museos para que no se olvidara lo que era la vida en aquellos lugares en otros tiempos. También el cine ha dejado patente el ambiente y la tristeza de aquellos momentos. Así, todos recordamos la película “Billy Elliot”, ambientada en el Condado de Durham durante la huelga de 1984. O la de “The Full Monty” donde, en clave de comedia, vemos la situación de decadencia en la ciudad de Sheffield al norte de Inglaterra por las consecuencias de la reconversión minera e industrial. También en música la huelga del 84 inspiró a una multitud de cantantes británicos, por todos, traemos el ejemplo de la canción “We Work the Black Seam “,  de Sting y » Red Hill Mining Town «, de U2.

https://www.youtube.com/watch?v=s4CQJTGw72I

https://www.youtube.com/watch?v=yLvpZwN9Oko

A ellos hay que unir multitud de novelas, series de Tv. Documentales, ensayos…

En España, por los mismos años y por razones semejantes, también cerraron las minas, pero la prosperidad no ha llegado a las zonas ex mineras. Pregunten en Asturias o en León.

BIBLIOGRAFÍA

Enciclopedia Británica

Lyddon, Dave. «La huelga de los mineros de 1984-1985» . Historia de TUC (on line).  http://www.unionhistory.info/timeline/1960_2000_Narr_Display_2.php?Where=NarTitle+contains+%27The+1984-85+Miners+Strike%27+

O’SULLIVAN, John. – “El Presidente, el Papa y la Primera Ministra. Un trio que cambió el mundo”. Ed. Fundación FAES. 2006.

Universidad de Oxford, on line: https://www.history.ox.ac.uk/miners-strike-1984-5-oral-history

DRACÓN

Seguramente, muchos de los lectores hayan oído el adjetivo draconiano siempre referido a leyes o a cláusulas de algún contrato, por ejemplo.

El diccionario de la RAE en su primera acepción señala que la palabra draconiano se refiere a “dicho de una ley o de una medida: excesivamente severa”.

Y en su segunda acepción nos sitúa sobre la figura histórica que da origen al adjetivo “Perteneciente o relativo a Dracón, legislador de Atenas “.

Podemos afirmar que Dracón, efectivamente, fue un legislador de Atenas, siempre y cuando admitamos que Dracón existió y no es una mera leyenda, dado que drakón en griego significa serpiente, y como los atenienses rendían culto a un ofidio sagrado que se custodiaba en la Acrópolis, algunos historiadores consideran que dracón podría tratarse de una metáfora de las leyes.

Sin embargo, mayoritariamente, se acepta la existencia real de Dracón, el cual habría vivido a finales del siglo VII antes de Cristo.

En la edad arcaica, el derecho de las ciudades griegas se basaba en la aplicación de costumbres y tradiciones. Cuando existía una disputa, un pleito, la solución la tomaban las personas más destacadas de los clanes aristocráticos según su leal saber y entender.  Muchas veces su decisión no era tan leal y se posicionaban en favor de su propio interés y no del interés general. Las rivalidades, los celos, el ansia de poder caracterizaban muchas de estas decisiones. Día a día, se comprendió que estas soluciones consuetudinarias no podían solventar todos los problemas planteados por una sociedad cada vez más compleja y más polarizada por la propia aplicación de la norma.

Por eso, se buscó a una serie de legisladores que gozaban de la confianza general para legislar por escrito, hacerlo público y juzgar. Se les encargó la codificación de una serie de leyes de manera que fueran éstas y no otras las bases sobre la que dictar las soluciones a los conflictos. Esos legisladores, según el testimonio de Aristóteles, se instituyeron con el nombre de arconte en el año 683 a.C.

Tras diversos enfrentamientos sociales y, sobre todo, tras el intento de tiranía de Cilón en el 632 a. C, se buscó una solución diferente al sistema de administración de justicia.

Para eso fue elegido Dracón, arconte epónimo, una magistratura cuyo titular era designado por sorteo entre los ciudadanos que presentaban su candidatura. Entre sus competencias estaba la de ocuparse de la administración civil y de justicia. Dracón buscó con un nuevo código dar solución a los problemas de Atenas. Analizando las fechas podemos comprobar que, en contra de lo en ocasiones se comenta, Dracón no pudo ser el primer legislador de Atenas (sus leyes datan del año 621 a.C.), pero, sí es verdad que sus leyes son las más antiguas que se conocen dentro del derecho griego.

En busca de la equidad, se llegó a la conclusión de que las leyes debían reflejarse por escrito como referencia de igualdad en el tratamiento de todos los ciudadanos y que fuera un tribunal el que impartiera justicia. Las leyes se escribieron en unas tablas de madera -luego de piedra- de forma piramidal y giratorias para que se pudiera leer cada una de sus caras, y expuestas en el ágora

Entre las reformas establecidas por Dracón destacaban la distinción entre asesinato y homicidio involuntario y, sobre todo, la extrema dureza con la que se penaba su infracción. Las deudas se castigaban con esclavitud -salvo que el acreedor fuera de clase baja- y la pena de muerte era habitual incluso en delitos menores, como el hurto. La responsabilidad delictiva ya no era familiar sino exclusiva del reo, al que se juzgaba en virtud de su intencionalidad.

Las penas eran tan severas que se decía que estaban escritas con sangre. Muchos atenienses no apreciaban la metáfora y creían que verdaderamente era sangre lo que servía de “tinta” para sus letras.

La aplicación de estas leyes creó en el momento una desestabilización aún mayor de la que existía con anterioridad: deterioró el bienestar de los campesinos libres de Atenas, que se había estado construyendo lentamente durante mucho tiempo; también socavó aún más la paz social. Los atenienses, observadores de la división de la sociedad y los enfrentamientos constantes, mostraron su enojo. Fue tal el descontento social que Dracón tuvo que huir exiliado a Egina, donde falleció.

Sin embargo, su codificación tuvo dos virtudes a largo plazo, de un lado, al castigar con la pena de muerte el asesinato, que se había convertido en un medio de venganza con el que solventar los conflictos entre las diversas familias o facciones de Atenas, logró acabar con esta práctica. Además, la reforma draconiana establecía cuatro clases censitarias de ciudadanos y permitía el acceso de las magistraturas inferiores a los hoplitas, es decir, aquellos no aristócratas, pero con capital suficiente para pagarse un equipamiento militar completo. Ello era una muestra del intento legislativo por limitar el poder de la aristocracia e incorporar a la sociedad más popular a la vida política. Fue un primer paso para lograr la democracia.

Para solventar los conflictos creados por Dracón, se nombraron tres arcontes nuevos, que gobernarían Atenas entre el 594-93 a de C., con poderes dictatoriales y la finalidad de acabar con los conflictos reformando la Constitución y las leyes de la ciudad. Uno de ellos fue Solón, que realmente fue el que estableció las bases de la democracia en Atenas.

Solón modificó el código de Dracón, pero mantuvo la estructura de aquel. Reformó algunas leyes y suavizó muchas penas, pero no así la legislación sobre el asesinato, con lo que las disposiciones jurídicas de Dracón respecto al asesinato siguieron vigentes durante siglo y medio.

Solón liberó a los campesinos de su grave endeudamiento y eliminó la servidumbre por deudas; acotó la extensión máxima de las propiedades; creó un sistema monetario propio de Atenas; limitó el poder de la nobleza sustituyéndolo por una hegemonía de los propietarios; clasificó a los ciudadanos en cuatro clases según su riqueza; y reestructuró las instituciones políticas estableciendo un equilibrio entre la Ecclesia (asamblea popular), la Bulé (órgano deliberante reservado a las tres clases superiores) y nueve arcontes (titulares del poder ejecutivo, reclutados entre las clases superiores). Esto fijaba un equilibrio en el ejercicio del poder, que junto con el establecimiento de la igualdad de los ciudadanos ante la ley (concedió la ciudadanía a los sectores más populares, lo que les daba derecho a acceder a cargos y honores si cumplían el requisito de poseer la cantidad de bienes exigidos) hizo posible el posterior desarrollo de la democracia en Atenas.

Aunque la vida en Atenas siguió llena de conflictos, las leyes y medidas de Solón mejoraron mucho la economía y la vida social. Sus leyes fueron copiadas por los romanos: la Ley de las Doce Tablas romana se inspiraba directamente en el código de Solón.

Solón está considerado uno de los siete sabios de Grecia.

BIBLIOGRAFÍA

Biografías y vidas:

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/solon.htm

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/dracon.htm

RODRÍGUEZ ADRADOS, Francisco. “Historia de la democracia de Solón a nuestros días”. Ed. Temas de Hoy, 1997.

FERNANDEZ URIEL, Pilar. HISTORIA ANTIGUA UNIVERSAL II. EL MUNDO GRIEGO. – Google books-Https://books.google.es/booksid=GBqcAgAAQBAJ&pg=PT308&dq=Drac%C3%B3n&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjP2eW024XmAhU6AmMBHWoGBakQ6AEIKTAA#v=onepage&q=Drac%C3%B3n&f=false