LA INSURRECCIÓN DE BARCELONA  Y SU BOMBARDEO EN 1842

En 1840 la guerra carlista había sido liquidada. La crisis bélica de los años 30 quedaba concluida y el régimen liberal parecía afianzado. Dos características se unieron en aquel momento de la Historia de España, de un lado, unas clases medias que podían participar más activamente en la vida pública, no sólo en su contribución económica por el pago de impuestos, sino mediante la aplicación del sufragio censitario y, de otro, a partir de la situación bélica vivida, se había socializado acudir al ejército para solventar los problemas. La popularización del militarismo permitió utilizar la vía militar para imponer la voluntad de las diferentes facciones políticas en sus intentos de alcanzar el poder. Así, por esa popularidad, llegó el General Espartero a ser el regente de Isabel II el 10 de mayo de 1841 (el progresismo había relegado al exilio a la reina Mª Cristina de Borbón e Isabel II era menor de edad).

Baldomero Espartero procedente de una modesta familia artesana de un pueblo manchego (Granátula) inició su carrera militar en la Guerra de Independencia, que continuó en las campañas en América y culminó en las guerras carlistas. Su formación intelectual era más bien elemental y, desde luego, su conocimiento de las doctrinas políticas, no era mayor. Eso sí, si tomaba una decisión tenía energía suficiente para “sostenella y no enmendalla”. Sobre todo, sus acciones venían siempre precedidas de la estima o desestima que tuviera al personaje o acontecimiento al que se debía enfrentar. El sentimentalismo por principio político. Así surgieron sus enfrentamientos con Narváez, así su militancia o apoyo en el liberalismo progresista, aunque cuando se suscitó la primera crisis entre los progresistas divididos entre progresistas civiles y militares, optó por los segundos, también por razones de camaradería y amistad. Los civiles encabezados por Joaquín María López, Salustiano Olózaga y Manuel Cortina, aunque representaban a tres facciones diferentes, no lograron entenderse con él; incluso entre los militares acabó por tener problemas.

Había además arraigado un sentimiento hostil contra él en Cataluña. En la Ciudad Condal, al igual que en otras zonas de España, se había creado una Junta de Vigilancia formada por el Ayuntamiento, la Diputación y la Milicia nacional, en defensa del gobierno progresista. El 13 de noviembre de 1842, se inicia una insurrección en Barcelona. La ciudad se reveló contra la política librecambista de Espartero que amenazaba al proteccionismo exigido por los industriales catalanes para mantener el monopolio de sus productos textiles en España.

Las medidas liberales progresista de Espartero, promovían la apertura de las fronteras españolas a los productos ingleses, competidores en aquel momento por calidad y precios de los fabricados en Cataluña (el gobierno inglés de Palmerston, también subvencionaba los productos ingleses). Las negociaciones librecambistas con Inglaterra concluyeron con el anuncio de un tratado comercial. Esto ocasionó el desencanto e indignación de la burguesía catalana, a la que se unieron asociaciones de obreros que pedía la protección de la Industria regional.

El detonante del levantamiento se produjo en el Portal del Ángel por el pago de impuestos de consumo que cobraba el Ayuntamiento. El incidente comenzó cuando un grupo de obreros que regresaba de comer intentó pasar al interior de la ciudad una pequeña cantidad de vino sin pagar los «derechos de puertas». Estos acontecimientos provocaron una guerra de barricadas protagonizada por la milicia, apoyada por paisanos armados, contra el ejército al que acusaban de que los soldados habían saqueado tiendas y robado a los transeúntes. Otros vecinos apoyaban a los milicianos lanzando piedras y muebles desde las ventanas y las azoteas. La respuesta de la autoridad militar fue ocupar el Ayuntamiento y detener a varios periodistas de «El Republicano» presentes en los hechos, cuyo periódico acababa de publicar un llamamiento que decía: «Cuando el pueblo quiera conquistar sus derechos, debe empuñar las armas en masa al grito de ¡Viva la República”!

Por si fuera poco, la burguesía reunió a la Junta de Vigilancia tornada en Junta Popular y que, actuando de manera autónoma, lanzó la siguiente proclama:

CIUDADANOS:
Valientes nacionales: catalanes todos: la hora es llegada de combatir á los tiranos que bajo el férreo yugo militar intentan esclavizarnos.Con toda la emocion del placer he visto prestar esponiendo vuestras vidas los mayores sacrificios, en favor de nuestra nacional independencia: sí, os he visto llenos del mayor entusiasmo, briosos, lanzaros al fuego de los que alucinados por gefes tan déspotas como tiranos, quisieron hollar vuestros mas sagrados derechos. Nó, no les dictaba su corazon el hostilizaros; una mano de hierro les impuso tan infernal y abominable crimen. Puesto que habeis mostrado que quereis ser libres, lo seréis a pesar de un gobierno imbecil que aniquila vuestra industria, menoscaba vuestro intereses y trata por fin de sumiros en la mas precaria y lastimera situacion, en la mas degradante miseria.Una sola sea vuestra divisa, hacer respetar el buen nombre catalan; union y fraternidad sea vuestro lema, y no os guien, hermanos mios las seductoras palabras de la refinada ambicion de unos , y la perfidia y maledicencia de otros.Guiado de las mas sanas intenciones he creido oportuno dirigirme en estos momentos á los batallones, Escuadron, Zapadores y Artillería de Milicia Nacional, para que sirviéndose nombrar un representante por eleccion en cada uno de ellos, se constiuyan en junta, dicten las mas enérgicas medidas y os proporcionen cuantos bienes su penetracion les sugiera en estas criticas circunstancias.Al momento, no hay duda, sentireis las mejoras. Vosotros los que abandonando una triste subsistencia que os produce quizás un miserable jornal,habeis preferido quedaros sin pan antes que sucumbir á infernales maquinaciones, sois dignos de todo elogio, habeis despreciado la muerte con bizarría, justo es quedeis indemnizados de vuestras fatigas y penalidades. No dudeis levantará su enérgica voz en vuestro apoyo vuestro hermano y compañero de armas.

Barcelona 15 de noviembre de 1842

Juan Manuel Carsy

Juan Manuel Carsy fue un valenciano, militar y redactor de El Republicano, que presidió la junta revolucionaria formada en Barcelona en noviembre de 1842 contra la regencia de Espartero.

Benito Pérez Galdós en su obra “Los Ayacuchos”, novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales, refleja los sucesos de ese día en Barcelona y bajo la expresión de su personaje Fernando Calpena define a Juan Manuel Carsy: (sabiendo que Don Benito lo consideraba un traidor a todos, infiltrado de la reina Gobernadora, Mª Cristina de Borbón, al que pagaban desde Francia).

Juan Manuel Carsy, el alma de esta trapisonda, es un valenciano que hace poco vino aquí; comerciaba sin dinero ni mercancías, y se metió a periodista sin saber escribir. Ni posee el don de elocuencia para fascinar a las muchedumbres, ni la prodigiosa facultad del mando para conducirlas al combate. Es hombre vulgarísimo; y reconociéndolo así toda Barcelona, nadie se detiene a pensar en el enigma de su rápido encumbramiento. […] Me consta que desde el 14 disponía ese oscuro y ridículo Carsy de grandes sumas de moneda corriente, en plata y oro, las cuales no debió ganar en el comercio ni en el periodismo… Y pregunto yo: ¿De dónde ha salido este dinero?…”

En este barullo, la Junta Popular redobló la apuesta contra el Gobierno y dictaminó el derribo de la fortaleza de la Ciudadela.

La sublevación iniciada en noviembre, obligó a Antonio Van Halen (Capitán General de Cataluña) a ordenar la salida del ejército de la Ciudadela para refugiarse a las afueras de la ciudad en el Castillo de Montjuic, a la espera de la llegada de refuerzos.

El repliegue de las tropas gubernamentales fue considerado un triunfo por los sublevados. En un manifiesto hecho público el 17 de noviembre la Junta Provisional transformada en Junta Central de Gobierno, emitió un manifiesto en el que se fijaban como objetivos la “unión y puro españolismo entre todos los catalanes libres”, la “independencia de Cataluña, con respecto a la corte, hasta que se restablezca un gobierno justo” y la protección de la industria española, el comercio, la agricultura y las clases laboriosas y productivas.

El 2 de diciembre Espartero llega a la ciudad. Ese mismo día el general Van Halen, por orden de Espartero, comunicó que Barcelona sería bombardeada desde el castillo de Montjuic si antes de 48 horas no se rendían los insurrectos. Entonces cundió el desconcierto en la ciudad y la Junta Central fue sustituida por otra más moderada dispuesta a negociar con Espartero, pero éste se negó a recibirles a pesar de que en ella participaba el propio obispo –“Espartero no quería una rendición pactada sino un castigo”, afirma Josep Fontana. Se formó una tercera Junta, esta vez dominada por los republicanos y dispuesta a resistir. El bombardeo se produjo, los incendios se extendieron por la ciudad, se destruyeron 300 edificios y murieron en torno a 30 personas. Hubo desperfectos importantes en el Ayuntamiento, en el Palacio de Justicia, la Casa de la Caridad, hospitales, fábricas… en todas partes.

A las 6 de la tarde dos comisiones de ciudadanos, una de la ciudad y la otra de la Barceloneta, se presentaron en el Cuartel General del ejército para solicitar el cese de hostilidades; pero las acciones continuaron hasta las 12 de la noche. Entonces, la Junta Revolucionaria se rindió y se entregó a las autoridades.

El día 4, Barcelona recibió la entrada de las tropas al mando de Van Halen y Espartero. Los revolucionarios habían sido desarmados y el ejército había tomado la Ciudadela, los cuartelillos, las puertas de la ciudad y los edificios más emblemáticos y representativos. El capitán general declaró la ciudad en estado de sitio por tiempo indefinido. Las medidas de castigo fueron muy duras, desde la pena de muerte para los cabecillas de la revolución hasta la prisión incondicional con grado de dureza según la implicación de cada uno en la revuelta.

Además, se castigó colectivamente a la ciudad con el pago de una contribución extraordinaria de doce millones de reales para sufragar la reconstrucción de la Ciudadela. Asimismo, disolvió la Asociación de Tejedores de Barcelona y cerró todos los periódicos salvo el «Diario de Barcelona».

Espartero había conseguido acabar con la revuelta, pero con el bombardeo y la dura represión posterior perdió el inmenso apoyo social y político que había tenido tradicionalmente no sólo en Barcelona, sino también en Madrid.  Por esta acción, un militar catalán y progresista como era Prim, le atacó en las Cortes por su inclinación al librecambismo contrario a las clases industriales catalanas. Se produjo asimismo una ofensiva de la prensa de la oposición contra Espartero y también la prensa militar le deja de dar el apoyo que tenía con anterioridad.

Juan Manuel Carsy huyó a Francia y volvió para participar en las revueltas contra Espartero de 1843 No se paró ahí, participó posteriormente en otras revueltas contra los gobiernos moderados. Acabó en el exilio de Francia, con una considerable fortuna.

El bombardeo de 1842 no fue el único de la época a la Ciudad Condal, el segundo se produjo en 1843.  Nació como reacción a una segunda insurrección en contra del Gobierno. Se formó en la ciudad una Junta Suprema (junio-agosto), que tan pronto buscaba la mayoría de edad de Isabel II como mantenía posiciones cuasi republicanas. El 2 de septiembre de 1843, se inician los disturbios y la revuelta conocida como la jamancia. Barcelona fue asediada durante tres meses por el ejército. La ciudad fue bombardeada el 24 de octubre desde la ciudadela. Siempre se atribuyó a Prim este bombardeo, sin embargo, recientes estudios, atribuyen esta autoridad a Laureano Sanz y Soto de Alfeirán, Capitán General de Cataluña durante la revolución de “La Jamancia”. La ciudad se rindió y fue disuelto el movimiento pseudo republicano.

A los amigos del victimismo cabe comunicarles que Barcelona no fue la única ciudad bombardeada para acabar con conflictos; Sevilla, por ejemplo, corrió la misma suerte en el mismo año. Era la política de la época.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, Pedro. – “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.

FONTANA, Josep. – “La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares.” Ed. Crítica/Marcial Pons. 2007

PALACIO ATARD, Vicente. – “La España del siglo XIX”. Ed Espasa-Calpe. 1981.

INDIFERENCIA

Hoy no escribo yo. Hoy le he pedido prestada una excelente entrada a Resistencia Venezuela.

https://resistenciavenezuelasite.wordpress.com

Ellos que saben como pocos lo que es luchar contra una dictadura que se fue colando poco a poco desde la democracia, ellos que ya vivieron el golpe de Estado de Chavez y el de Maduro, ellos pueden enseñarnos mucho a los españoles, que en ocasiones parecemos dormidos ante lo que tenemos delante de los ojos y no queremos ver.

Aprovecho la ocasión para desear a mis lectores Feliz Navidad y que en 2013 superemos todos los obstáculos, recordando así lo mucho bueno que hemos hecho en nuestra Historia.

Pinchad en el enlace para leer la entrada de hoy.

https://resistenciavenezuelasite.wordpress.com/2022/12/11/la-indiferencia-ese-aquiescente-y-silencioso-apoyo-a-la-ruindad-por-manuel-barreto-hernaiz-barretohernaiz/

LA BATALLA DE COVADONGA Y SU TRASCENDENCIA.

Vimos como el Reino Visigodo, sobre todo, entre los reinados de Leovigildo y Recaredo conformó un auténtico estado cuya fundamentación se basaba en la organización nacida en la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana; teniendo como unidad territorial la antigua provincia romana de Hispania y por identidad ciudadana la condición religiosa cristiana. De manera que, la unión en torno a la corona con carácter imperial y a la cristiandad como elemento aglutinador quedará en el sustrato del pueblo hispano. https://algodehistoria.home.blog/2022/10/14/el-estado-visigodo/

Pero el Reino Visigodo agota sus días entre desavenencias internas, traiciones y enfrentamientos entre distintas facciones para lograr la sucesión a la corona.

En aquel momento de decadencia visigoda, el califato Omeya, ya extendido por el norte de África, acogió entre sus fieles a un sector visigodo traidor a su pueblo con tal de recuperar el poder: los hijos de Witiza, huidos a Tánger, que buscaron el apoyo musulmán en su enfrentamiento contra Rodrigo, último rey Visigodo. Las sangrientas y crueles luchas, asesinatos, regicidios entre los godos eran conocidos por los omeyas que, conscientes de la debilidad en que esto ponía al gobierno de las tierras al norte del estrecho, se animaron a conquistar el reino visigodo. El comandante bereber Tarif ben Malik y su superior Musa ibn Nusair, embarcaron a un ejército de 12.000 hombres hacia la Hispania romana; era el año 711. https://algodehistoria.home.blog/2019/10/04/villanos-el-conde-don-julian/

Desde aquel primer instante las tropas musulmanas ascendieron por la península hasta llegar a la cordillera cantábrica en torno a los años 20 del siglo VIII. En aquellas montañas asturianas se inicia la reversión del proceso, se pasó del avance musulmán a su retroceso. Es decir, se inicia la Reconquista.

En la historiografía clásica se identifica el momento crucial de ese giro en el año 718 o, más comúnmente datado, en el año 722. En esa fecha se sitúa la batalla de Covadonga. Dando por buena la segunda fecha señalada, este año se celebrarían los 1.300 años de la batalla.

Pero, precisamente, desde hace unos años y más en concreto en algunos grupúsculos más políticos que históricos se cuestiona la existencia de la batalla de Covadonga, como paso previo a negar la existencia del concepto de Reconquista.

Es cierto que la batalla de Covadonga siempre ha estado señalada, pues las pocas fuentes de que disponemos nos la dibujan entre la realidad y la leyenda. Pero aconteciera como se cuenta en las crónicas o surgiera como la idealización de una escaramuza, sí tuvo gran trascendencia para el devenir de España y ese devenir es el que muchos ahora quieren eliminar para seguir socavando las raíces de España, como una nueva leyenda negra que se cierne sobre nuestra Historia, esta vez no promovida por ingleses u holandeses sino por algunos españoles que no merecen tan honroso título.

En el ámbito de las crónicas, las primeras menciones a Pelayo se dan en las crónicas de Alfonso III y en la albeldense de finales del siglo IX.

Según las mismas, Pelayo sería un noble astur- aunque cuesta creer que fuera visigodo ya que su nombre es de origen latino y no germánico- que viendo al invasor se revolvió contra ellos. Otras versiones nos lo dibujan como un hispano-romano no sometido a los godos y cuyos primeros levantamientos fueron contra éstos. De lo que no cabe duda, es de que el reino visigodo desde la caída de Rodrigo se resquebrajó dando lugar a divisiones más o menos numerosas, en muchos casos propiciadas por las dificultades de comunicación, de manera que no sería extraño que en las montañas cantábricas hubieran surgido comunidades más o menos organizadas y que Pelayo fuera el cabecilla de una de ellas, si su origen era godo o era de una tribu insurrecta no sometida a los germánicos, no elimina la trascendencia de los hechos.

Según esas crónicas, Pelayo luchó bravamente contra los musulmanes y gracias a la ayuda divina los expulsó de las montañas de Covadonga, donde, además, un movimiento de tierras provocado por la Divina Providencia consiguió sepultar a los musulmanes. Los que no murieron, huyeron. Entre ellos Munuza, valí o gobernador musulmán del norte de Hispania que se había asentado previamente en lo que hoy es Gijón, que, supuestamente, (hay varias versiones sobre este personaje) huyó tras la batalla y fue muerto en la batalla de Olalíes (también se presenta en diversas grafías, no siendo fácil descifrar a qué localidad se refiere. Aunque la mayor parte de los autores la sitúan cerca de lo que hoy es Lugones). Lo de menos es la leyenda o el final de Munuza, lo importante de esta parte de la crónica es la representación de una sublevación general de todo el pueblo astur contra el invasor, en el que Olalíes no es más que la continuación de la batalla de Covadonga. Es decir, nos dibuja un movimiento continuado y conjunto que nació en Asturias y se extiende hacia el oriente norteño, con episodios gloriosos en Liébana y, sobre todo, en la victoria de los francos sobre los musulmanes en la Batalla de Poitiers (732) y la creación de la Marca Hispánica (795), en tiempos de Carlomagno y de ahí hacia el sur en acciones que se sucedieron hasta lograr la expulsión de los extraños africanos.

Es digno de resaltar que la Crónica de Alfonso III está repleta de pasajes bíblicos. Esto responde a una misma tendencia de toda la historiografía europea altomedieval. Lo que permite intuir que el autor es un religioso familiarizado con el estudio de las Sagradas escrituras. Además, muestra el enfrentamiento entre las huestes hispanas y los árabes al modo que el pueblo de Israel se enfrentaba a sus vecinos. Incluso los pasajes del Antiguo Testamento han servido de modelo para las cifras dadas en la crónica (cuenta la invasión de un ejército de 187.000 guerreros musulmanes, cifra claramente exagerada, pero que se acerca a las que en las crónicas del Antiguo Testamento se atribuía a los asirios.  185.000 asirios se enfrentaban a los judíos en la conquista de Jerusalén y buscan hacer prisionero al rey Judá, siendo derrotados por la intervención divina).

Estas emblemáticas cifras fueron admitidas, o no se modificaron, por la tradición historiográfica hispano-cristiana hasta el siglo XIII.

Evidentemente, estas crónicas pro parte tienen el valor del testimonio, de saber que hubo una batalla y de conocer cómo se interpretó en un contexto en el que ese aspecto resulta muy esclarecedor.

Las crónicas musulmanas, por el contrario, hablan de escaramuzas dispersas en las montañas cantábricas, sin darles la importancia cristiana y mucho menos hablar de heroicidades o sucesos milagrosos. No perdamos de vista que son las crónicas de los derrotados. La crónica Mozárabe del 754 no recoge esta hazaña de Pelayo.

Desde un punto de vista arqueológico, no hay restos de una gran batalla, pero sí de diversos enfrentamientos de menor nivel en torno a lo que hoy es Covadonga.

Claudio Sánchez Albornoz ya lo señaló:

«No, no cabe dudar de la realidad de la batalla. ¿Batalla? Coque, encuentro, combate, nadie podrá calificar con precisión el hecho de armas. Y si se luchó en Covadonga no pudo pelearse sino como refiere la crónica alfonsina. Vencido hasta entonces y obligado a refugiarse en aquel apartado y abrupto paraje, era lógico que Pelayo se estableciera en la Cueva de Nuestra Señora, abierta en la roca y absolutamente innaccesible».

Así que, con mayor o menor pomposidad en el relato, no cabe duda de que en aquellas montañas se produjo un enfrentamiento entre tribus hispanas y musulmanas. Los hispanos de origen bien romano, por no haberse sometido a los godos, o bien godas, se identificaron o fueron identificados con estos últimos.  Lo que sí es cierto es que después de aquellas escaramuzas nació en aquellas montañas un reino cristiano con capital en Cangas de Onís (que posteriormente se trasladó a Oviedo), origen y enseña de la Reconquista.

Otra cosa es saber si aquella movilización contó desde sus comienzos con una misma idea de unidad popular, de unidad territorial, de cristiandad y de libertad frente al invasor.

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/

A los que ponen en duda la Reconquista como concepto real y continuado en el tiempo, también les contesta don Claudio:

«La historia de los comienzos de la Reconquista se ha hecho por muchos, más que con el propósito de encontrar la verdad, con el de enmarañar los testimonios de las fuentes y de crear dificultades, amaños y leyendas donde no los había».

Esto no significa que la Historia sea lineal y sencilla, como explica Julián Marías, la Reconquista es la lucha por la rectificación de la trayectoria iniciada, porque España fue árabe, en unas zonas más, en otras menos, en otras nada. Y es la facción que permaneció rebelde, la cristiana, la que empieza a luchar por evitar que se consolidara lo que empezaba a ser en la mayor parte del territorio: árabe. Aun así, ni siquiera la España árabe tenía unidad, ni Tarik, ni Muza, ni Boadbil se parecen. Entre ellos hay multitud de personajes que se muestran más o menos contrarios o favorables a la convivencia, al sometimiento o a la imposición. Lo que nos encontramos en las crónicas de la batalla de Covadonga es que la Reconquista se inicia por la lucha de la libertad a la que se le da un fundamento ideológico y unitario con el cristianismo y, por ende, en la idea de universalidad, si toda esa filosofía nace en Alfonso III y no estaba plenamente presente en Pelayo no es óbice para resaltar la lucha por la libertad y la idea de expulsión del invasor que aconteció en Covadonga.

Es cierto que el término Reconquista no empieza a utilizarse historiográficamente hasta el siglo XVIII, por ejemplo, por José Cadalso o Jovellanos, y lo hacen por influencia francesa ya que viene a sustituir a otros que se utilizaban entonces como el de «Restauración». Pero la idea responde a una especie de cordón umbilical que une el concepto moderno de España con su madre- su historia anterior-.

Durante la Reconquista, se produce la unión de los reinos cristianos frente a los musulmanes, que culmina con los Reyes Católicos y ello porque en la población y en sus dirigentes se establece una idea de España muy clara. Si se quiere histórica, si se quiere cultural, pero una idea identificativa que permitirá con el tiempo conformar el Estado español en torno a la corona en el S XV, recuperando, entre otros, aquellos elementos básicos que ya tenía el Estado visigodo. Y, aunque no es admisible hablar del término nación en el sentido moderno en el siglo XV, pues éste se manifiesta con propiedad a partir de 1808 en la sublevación de Madrid contra el invasor francés y se plasma ideológica y jurídicamente en la Constitución de Cádiz, gracias al liberalismo reunido en Cortes en el Oratorio de San Felipe Neri,  no es menos cierto que sin ese sustrato identificador de España nacido en Covadonga y en la Reconquista, los sucesos de 1808 no podían haberse dado como se dieron, ni la conciencia de unidad y defensa de la soberanía representada por el levantamiento del pueblo, ni la idea política de representación a la organización jurídico-nacional de la Junta Suprema Central, ni las Juntas regionales surgidas por doquier en el territorio español, se hubieran producido, ni mucho menos la conjunción de ambas en las Cortes y Constitución de Cádiz.

Dice Juan Pablo Fusí:

«La palabra España yo creo que se debe utilizar desde el siglo XI o XII, otra cosa es que eso que ya se conoce como España en esos siglos esté fraccionada en distintos reinos que además podían haber cristalizado perfectamente como ocurrió en Italia en diferentes estados hasta una etapa muy tardía: es decir que no hay ninguna razón especial en ese sentido. Por tanto, si hay una primera España, esa es elReino de León, el Reino de Castilla, la Corona de Aragón, el Reino de Portugal… «

Pero esos reinos medievales no se reconquistan por la razón elemental de que no existían, sino que se constituyeron como resultado parcial de la Reconquista, como recuerda Marías.

España sale de la Edad Media con una unión dinástica irreversible, y continúa Fusí: «con muchos de los elementos de lo que llamamos posteriormente nación: una continuidad en el poder, una única fuente de soberanía que es la corona, una cierta institucionalización del estado desde arriba, muy pronto una lengua y una literatura que es muy común a todos sus territorios… durante varios siglos es así y se consolida con el proyecto nacional moderno en el XIX».

En definitiva, aunque en Pelayo no existiera un proyecto claro de restauración del reino visigótico, sí se dieron los elementos básicos de la Reconquista: la expulsión del invasor y la recuperación de lo propio, basamento sustancial como para que a partir de entonces se produjera técnicamente lo que conocemos conceptualmente como Reconquista. Desde Covadonga unos reinos cristianos, continuando el camino iniciado por el reino de Cangas de Onís-Oviedo, tratan de recuperar el territorio hispano- visigodo perdido a manos de los árabes y en cuyo proceso se forma ya de manera muy temprana, en la baja Edad Media, la idea de España. A ese esfuerzo contribuyó de manera primera y esencialmente simbólica el hecho de armas de Covadonga.

BIBLIOGRAFÍA

BARRAU-DIHIGO, L. Historia política del Reino Asturiano (718–910). Ed Silverio Cañada. 1985.

MARÍAS, Julián. “La España Inteligible”. Alianza Editorial. 2014

ZABALO ZABALEGUI, Francisco Javier. “El número de musulmanes que atacaron Covadonga. Los precedentes bíblicos de unas cifras simbólicas”. Universidad de Sevilla 2004.

Dialnet-ElNumeroDeMusulmanesQueAtacaronCovadonga-1414696.pdf

Sánchez- Albornoz, Claudio. «Observaciones a unas páginas sobre el inicio de la Reconquista». Ed. Facultad de Filosofía y letras. Buenos Aires. 1968

VÉLEZ, Iván.  “Reconquista”. La Esfera de los libros. 2022

LA PACIFICACIÓN DE MARRUECOS. EL DESEMBARCO DE ALHUCEMAS

Como consecuencia de la conferencia de Berlín 1884-1885, Europa se repartió África, pero, evidentemente aquel reparto no tuvo la misma repercusión en unas naciones europeas que en otras. Además, la potencia emergente del momento era Estados Unidos, que ya se encargó, poco después, de acabar con lo poco que quedaba del imperio español.

Uno de los puntos conflictivos del reparto estaba en el norte de África.  Desde 1904 los franceses y británicos tenían una entente cordial que partía de los acuerdos alcanzados aquel año para que Egipto quedara bajo la influencia británica y Marruecos bajo la francesa. En ese reparto, los británicos propusieron que a España le quedara reservada una zona en la costa mediterránea de Marruecos, donde ya poseíamos diversas plazas, entre las que destacaban Melilla y Ceuta, ciudades que eran españolas desde los siglos XV y XVI respectivamente, mucho antes de que Marruecos soñara con existir. Los franceses no deseaban que Inglaterra, que ya ocupaba Gibraltar, se hiciera con el control de las dos orillas del Estrecho, y los ingleses preferían no tener a Francia asentada frente al Peñón, siendo preferible para ambos la opción de España, cuya debilidad proporcionaba suficiente garantía de que no se vería amenazado el control británico sobre la entrada al Mediterráneo ni el de Francia en sus posesiones marroquíes. España aceptó el acuerdo.

Se delimitaron las zonas de influencia española y francesa en Marruecos. Teóricamente se reconocía el principio de integridad e independencia de Marruecos, que continuó siendo formalmente un Imperio bajo la autoridad del sultán Abd al-Aziz IV.

En este punto, Alemania intentó intervenir en Marruecos azuzando las ideas independentistas de los marroquíes con la finalidad de enfrentar a Francia e Inglaterra, pues aquella unión no le era favorable.  Fue Alemania la que no reconoció el reparto realizado entre franceses y británico e instó a valorarlo en una reunión internacional. De ahí nació la Conferencia de Algeciras en 1906, donde se vieron las caras Alemania, España, Francia, el Reino Unido, Bélgica, Austria-Hungría, Italia, Holanda, Portugal, Rusia, Suecia, los Estados Unidos y una delegación marroquí. Mientras Alemania con el único apoyo de Austria-Hungría defendía la plena soberanía marroquí, pero con una política de puertas abiertas para que cualquier potencia pudiera comerciar allí. El resto se oponía. El Acta final reconocía la soberanía del sultán, la independencia e integridad territorial de Marruecos y el principio de libertad económica y en el acceso a los recursos del país. Sin embargo, las restantes estipulaciones del Acta favorecían los intereses franceses, al otorgar a Francia una posición de preponderancia, compartida, en parte, con España.

En la Conferencia de Algeciras se había evitado el estallido de un conflicto bélico entre las potencias europeas, pero los motivos de fricción relacionados con Marruecos no quedaron resueltos de manera definitiva. Francia, Gran bretaña y España firmaron acuerdos de cooperación mutua y fortalecieron los lazos entre las tres naciones para el dominio del estrecho y el mediterráneo sur. Alemania siguió instigando a los marroquíes para que se enfrentaran a los europeos, incluso en 1911 con el envío de la cañonera Panther frente a las costas de Agadir para hacer valer los intereses y negocios alemanes en Marruecos frente a las extralimitaciones francesas. La desactivación de esta crisis, mediante la cesión a Alemania de parte del Congo francés, permitió que en marzo de 1912 se estableciera el protectorado francés y en noviembre del mismo año el español.

Para España aquel territorio trajo muchos más enfrentamientos y sufrimientos que ventajas, como veremos.

Pero si la situación en el norte de África era complicada, la situación peninsular no estaba mucho mejor. La guerra de cuba, su crisis, la depresión psicológica nacional por perder hasta la última de las provincias de ultramar, la sublevación catalana que tenía un gran componente anarquista como se demostró en la semana trágica de Barcelona [ https://algodehistoria.home.blog/2019/10/25/la-semana-tragica-de-barcelona/ ], las posiciones nacionalistas que ya afloraban. El pistolerismo, la corrupción social, la implantación de partidos republicanos y obreristas apoyados y apoyándose en las organizaciones sindicales eran un calvario para los gobiernos. En ese ambiente, los intentos regeneracionistas “desde arriba” de Silvela y Maura no lograron cuajar, como tampoco el programa liberal de Canalejas. Así, los partidos tradicionales de la Restauración fueron debilitándose en un País que no levantaba cabeza ni en los aspectos sociales ( la revolución soviética fue un referente para el movimiento obrero español revolucionario, anarquista y antiburgués), ni políticos ( el turnismo hacía aguas y el nacionalismo florecía. Donde el pistolerismo y el terrorismo político estaban a la orden del día provocando, entre otros asaltos, los magnicidios de Canalejas y Dato. https://algodehistoria.home.blog/2020/03/13/el-asesinato-de-eduardo-dato/) ni económicos (la I Guerra Mundial trajo un periodo de pujanza económica gracias al auge de exportaciones a los países combatientes, pero supuso también el desabastecimiento interno y un alza de precios, además de no traer las inversiones que eran necesarias, por lo que las condiciones económicas de buena parte de la población no mejoraron).

Las décadas de 1910 y 1920 fueron desastrosas para España. En ese ambiente, el ejército también estaba disgustado con los sistemas de ascensos que se habían planteado desde el Gobierno. Esto llevó a una división interna en su seno que terminó con la creación de las Juntas de Defensa, que ejercieron como grupo de presión militar sobre el poder civil. Al tiempo, el ejército era llamado cada vez con más frecuencia a terminar con los problemas nacionales. Los problemas internos obligaban a declarar el estado de excepción cada poco, sobre todo por los conflictos que los nacionalistas creaban en Cataluña, unidos a los que provenían de los anarquistas y demás movimientos obreros. Así, el ejército fue determinante en el fracaso de la huelga general de 1917 y en otros conflictos. El culmen de toda aquella situación se daría con la guerra de Marruecos.

 En 1921 el líder rifeño Abd-el-Krim derrotó al ejército español en Annual en lo que fue una auténtica tragedia para España y un duro revés para el dominio español en el protectorado. Además, la situación del ejército en la guerra fue calamitosa. Faltaron condiciones adecuadas que debían haberse previsto y provisto desde la Península lo que determinó el inicio de una investigación que culminó en el llamado informe Picasso, que no era más que una búsqueda de responsabilidades políticas para el desastre.

Todo aquel conjunto de desgracias, caos y desordenes internos y externos llevaron al Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, a dar un golpe de Estado, con apoyo tácito del rey, el 13 de septiembre de 1923.

En relación a Marruecos, la postura inicial de Primo de Rivera era de abandono paulatino. De hecho, su orden primera fue que las tropas españolas se replegaran en la zona costera. Pero un sector del ejército “africano” se opuso a tal abandono. Entre los africanistas se encontraba de manera destacada Francisco Franco destinado desde hacía tiempo en los regulares de Melilla. En 1923, Franco ascendió a Teniente-Coronel y ocupaba la jefatura de la Legión. En tres años pasó a Coronel y de Coronel a General, cuando sólo tenía 33 años.

En 1924, Abd el-Krim, el líder de la autoproclamada República del Rif, lanzó una ofensiva, que derrotó a los españoles y provocó mayor número de heridos, aunque menos muertos, que el desastre de Annual. A consecuencia de aquella ofensiva el rifeño se apoderó de una parte considerable del Protectorado español. Envalentonado por su hazaña, Abd el-Krim decidió atacar posiciones francesas. Un grave error de cálculo.

Los franceses y españoles entablaron negociaciones para realizar un asalto conjunto y acabar con el conflicto de una vez. Las negociaciones hispanofrancesas comienzan en Madrid el 28 de junio de 1925. Primo de Rivera y Pétain se reúnen en Tetuán el 28 de julio y en Algeciras el 21 de agosto. Allí se pacta el sistema de ataque y la concesión del mando supremo del ejército conjunto para Primo de Rivera.

Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo, Primo de Rivera tomó una decisión arriesgada: atacar el corazón de la revuelta a través del mar con un desembarco masivo de tropas franco-españolas. El desembarco de Alhucemas estaba en marcha (ubicada en el norte de Marruecos a un centenar de kilómetros de Melilla). No era una idea novedosa, a medida que el conflicto se encendía por el sur de nuestro protectorado, el ejército sopesaba un ataque anfibio por el norte. Era complejo y necesitaba organización exacta, buena sincronía y respaldo. Ya en 1909 nuestros militares venían rumiando la idea y los detalles que requería el proceso. Elegir Alhucemas no era casualidad, sino que allí se escondía el rifeño de Beni Urriaguel y bajo su mando la “Cabila”[1] que dirigía (a ella pertenecía Abd el-Krim) lideraba la rebelión.

Tras una larga planificación, se determinó que la operación se llevaría a cabo a principio de septiembre de 1925 y que contaría con el apoyo de la marina y la fuerza aérea. Con todo, el peso de la maniobra recaería sobre dos columnas de infantería que partirían desde Ceuta y Melilla. De esta forma, el de Alhucemas se convertiría en el primer desembarco aeronaval de la Historia, siendo un antecedente importantísimo para los mandos aliados de la II Guerra Mundial a la hora de planificar el desembarco aliado del famoso día D en las playas de Normandía.

En total, entre España y Francia lograron reunir un contingente de 13.000 soldados y más de una veintena de piezas de artillería. A su vez, y por primera vez en la Historia militar, varios carros de combate serían desembarcados a través de barcazas para apoyar el asalto de la infantería. Primo de Rivera sostenía que la sorpresa en tiempo y espacio, y la rapidez de ejecución eran indispensables para lograr el éxito. Había estudiado con detenimiento el fracaso de los aliados en Gallípoli durante la I guerra Mundial y estaba seguro de no cometer los mismos errores.

Abd El Krim había logrado ubicar en las proximidades 9.000 rifeños a los que se unieron mercenarios de todo el mundo, expertos en el uso de las diferentes armas de mano y artillería. Además de las armas de mano contaban con 14 cañones de campaña robados en anteriores operaciones a los españoles, incontables fortificaciones, decenas de nidos de ametralladoras e, incluso, centenares de minas que habían sido enterradas a lo largo de una de las playas donde se realizaría el desembarco.

La operación prevista para el 5 de septiembre se retrasó al 8 por las inclemencias meteorológicas.

Al amanecer, las primeras columnas en embarcar en las lanchas fueron las comandadas por Francisco Franco y el coronel Martín –con 4.500 y 2.800 hombres respectivamente-. No sin grandes dificultares lograron llegar a tierra. Las primeras en desembarcar fueron las tropas del Coronel Franco. El “Diario de Barcelona” en la crónica del desembarco contó:

“Cuando varan en el fondo de arena o piedras, la Legión que manda Franco (…) se tira al agua y ante ellos los guardacostas, tienden una barrera de fuego que impide se acerque el enemigo. Ya están en tierra, ya se ven como puntitos movedizos, columnas de hombres en guerrilla que, sobre blanco con oscuro, se nos figuran aquellas líneas de puntos notas en un pentagrama que escriben una página musical, épica y gloriosa, que aleja al influjo de sus notas el fantasma del indómito rifeño. Ojo, están en tierra: ya tabletean las ametralladoras, ya los hombres invaden todo”.

La realidad fue épica, pero menos musical, la defensa rifeña era muy dura y costó enormemente llegar a dominar alguna de las primeras playas en la Cala del Quemado y en la Playa de la Cebadilla.

Los rifeños se replegaron en las fortificaciones, pero habían dejado las playas sembradas de minas que dificultaron el avance hispano-francés.  Además, los rifeños buscaban devolver al mar a las tropas españolas a base de ataques suicidas. Las tropas hispanas en la zona lograron resistir hasta la extenuación hasta la llegada de la columna de Ceuta.

Sin embargo, el asalto más sangriento se vivió el día 11 y su protagonista fue la columna Goded, a la cual, durante ese día, se le asignó la responsabilidad de defender las posiciones de vanguardia más cercanas al enemigo. La sangre no paró de correr en aquella línea de defensa durante toda la noche y parte de la madrugada, pues los hombres de Abd El Krim no cejaron en su empeño de expulsar a sus enemigos con ataques suicidas. Con la llegada del alba, la mayoría de militares españoles habían agotado su munición y, en algunos casos, habían repelido al enemigo con piedras.

La noche del 19, se produce el último gran contraataque rifeño. El 23, las tropas españolas toman la segunda línea defensiva y, el 2 de octubre, llegan a Axdir, el objetivo final. Los rifeños se repliegan y Abd el-Krim escapa. El mal tiempo del otoño y el invierno le concede una última tregua.

Semanas después todo el territorio sería español, pacificado gracias a una serie de operaciones controladas férreamente por Primo de Rivera y ejecutadas por los coroneles Goded, Sanjurjo y Franco. Durante la primavera de 1926, consumaron la derrota de Abd el-Krim y la ocupación total del Protectorado.

Lo que no sabían entonces las tropas españolas llegadas por mar era que en su repliegue los rifeños se enfrentaron con las tropas de apoyo y la población española existente en el territorio contra la que cometieron todo tipo de atrocidades: cuerpos de españoles despojados de los más elementales atributos de dignidad. Los restos de los militares del Regimiento Alcántara estaban dispersos en una vasta extensión. De este regimiento, que acudió en socorro de los fugitivos que en su momento buscaban refugio en Melilla, no quedó más que un 10% testimonial de sus jinetes, centenares de monturas habían muerto exhaustas en combate. Emasculaciones, aperturas en canal, vaciado de las cuencas de los ojos, despojo total de sus pequeñas propiedades íntimas o familiares, actos de canibalismo, parrilladas humanas… Esa fue la herencia que muchos españoles recibieron de los rifeños.

El 26 de mayo de 1926, el sangriento Abd el-Krim se rindió a los franceses en la pequeña aldea de Taza. El día anterior había ejecutado a centenar y medio de prisioneros españoles. Tuvo suerte de que la mano del ejército español no le alcanzara.

En un discurso grandilocuente, Primo de Rivera, comparó el desembarco de Alhucemas con Trafalgar y la toma de Túnez en 1535. Grandilocuente o no, aquel éxito militar, logró pacificar Marruecos y le dio al gobierno de Primo el triunfo más espectacular de su mandato. Asimismo, sentó las bases de la política exterior de la Dictadura en el futuro. La voluntad de permanencia en el poder del general Primo de Rivera a partir del año 1925, a pesar de que él mismo había indicado la provisionalidad de su régimen, provino de haber solucionado un problema que había sido la pesadilla de todos los gobernantes españoles desde 1898.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

FONTELA BALLESTA, Salvador. “La Guerra De Marruecos. 1907 – 1927: Historia completa de una guerra olvidada”. Ed. La esfera de los libros.  2017.

CARRACO GARCÍA, Antonio. “Alhucemas 1925. las imágenes del desembarco”. Ed. Almena. 2000.

FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi. “España: 1808-1996. El desafío de la Modernidad”. Ed Espasa. 1998.

[1] Cabila es un término de origen bereber utilizado para designar tanto a las tribus bereberes como al territorio donde se asientan.

¿POR QUÉ DEBEMOS ESTUDIAR HISTORIA?

Mucho se ha hablado en estos días de la modificación del currículo escolar español que afecta a diversas asignaturas, entre otras de manera muy importante a la Filosofía y a la Historia.

De nuevo traigo a colación a mi querido profesor Ferrero y su “dádmelo morto”, para diferenciar la historia del periodismo. Efectivamente, este es un blog de Historia y de análisis histórico y por eso trataremos el tema desde la Historia. Ya hemos tenido entradas sobre el valor de la historia explicando el método científico de análisis histórico y la Ley de memoria histórica, que a partir de ahora se llamará democrática (se ve que hacernos olvidar- una parte de nuestro pasado- es más democrático que recordar; y establecer un sistema de fuentes científico es peor que la subjetividad de los recuerdos de cada cual).

A la hora de abordar el tema de hoy no quiero incidir en la causa final, citando a Aristóteles, es decir, en el objetivo último de este cambio. Simplemente me centraré en las consecuencias que para el conocimiento tendrá el mismo.

Desde un punto de vista formal y material, que no teleológico, dos son los cambios más destacados en el currículo escolar en lo referente a la asignatura de historia: 1) no se debe estudiar de manera cronológica y 2) sólo se estudiará la Historia de España de 1812 en adelante.

La barbaridad es enorme. Para explicar mi posición voy a tomar diversos ejemplos, se podrían poner otros miles, pero, para comprender qué pasa cuando sólo se estudia, y no completa, la edad contemporánea, más la española que la universal, voy a poner ejemplos de absoluta actualidad.

Todos leemos estos días noticias sobre la invasión de Ucrania y nos planteamos conocer algunos antecedentes, bien sean de la Segunda Guerra Mundial, bien posteriores, como la invasión de Hungría el 1956, o la primera guerra de Crimea en 1853, que trajimos aquí a colación. Pero el conocedor de Historia sabe que, en el ámbito de las relaciones internacionales, los países tienen unas constantes en su actuación que no se difuminan con el tiempo. Así, el expansionismo territorial o la búsqueda de salidas a mares de aguas cálidas son algunas de las constantes rusas más destacadas y que ya se daban, por ejemplo, en Pedro I el Grande, Catalina II la Grande, Nicolás I, en Alejandro III o Stalin, estos hechos tienen una correlación histórica, si no se conoce las obras de cada uno de ellos, no se entiende la de sus sucesores. Una cosa es que puedan tener otros modos de enlace o estudio, pero los hechos influyen unos en otros y no se entienden los segundos sin acceder previamente a los primeros. Si Putin busca recuperar el imperio ruso de la URSS o el de los zares, hay que analizar qué pasó antes de ahora y por qué.

La primera guerra de Crimea trajo a España una subida de precios y de impuestos que generaron gran malestar. Hay acontecimientos que se parecen como dos gotas de agua y la situación de subida de precios actual no originada sólo en la guerra de Ucrania, pero sí influida de manera importante por ella, puede entenderse mejor si vemos los levantamientos contra los impuestos en el bienio liberal español por culpa de aquella guerra en Crimea de 1853-56 y, si bien, siguiendo los razonamientos de Heráclito, «ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos»,  no podemos negar similitudes fundamentales que conviene tener presentes para, como bien señalaba Napoleón en sus acotaciones al “Príncipe” de Maquiavelo, “hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores”.

¿Cómo entender la historia de las relaciones internacionales sin asentarse en los principios básicos del derecho internacional reflejado en los tratados internacionales o en las instituciones internacionales? Y ¿cómo acercarse a ellos sin asimilar los orígenes del Derecho de Gentes,  “jus Inter Omnes gentes”,  en la Escuela de Salamanca Española, en los postulados del Padre Vitoria  y con ella en la presencia española en América y el humanitario trato dispensado a los indios, o en la teoría de los justos títulos, todo desarrollado bajo el mandato directo de la Monarquía española, tanto por de los Reyes Católicos como por Carlos I? En un simple párrafo hemos demostrado el enlace entre acontecimientos presentes que tienen su raigambre en nuestra Historia más gloriosa: la de la llegada a América, su evangelización, culturización y la presencia mayúscula de los Reyes Católicos y nuestro emperador, nuestra influencia en el devenir jurídico del mundo… y que en nuestro programa escolar dejarán de estudiarse. Nuestros futuros bachilleres, si no hacen un esfuerzo por sí mismos, no sólo no sabrán Historia, es que no entenderán el periódico, las noticias diarias.

Si no se conoce la Historia de la antigüedad se desconocerá la versión de Trucídides sobre la guerra del Peloponeso (431-404 a de c.) se ignorarán las consecuencias de la tensión creada entre una potencia emergente (Atenas) frente a una potencia en declive (Esparta) y como el temor a ser relevado del mando puede desembocar en una guerra. Con este antecedente se entiende mejor las tensiones actuales entre China y USA tanto por Taiwán y el dominio del Pacífico como sus posiciones frente a Rusia en la invasión de Ucrania.

Tampoco podríamos explicar los imperios orientales de China o de Japón sin la llegada a aquellos mares de los portugueses y españoles en el siglo XVI. Tampoco, sin entender la habilidad de Felipe II para no enfrentarse a Portugal innecesariamente y así acabar dominando enclaves esenciales en el Pacífico. No estudiar al gran Felipe II es no poder realizar interacciones entre la Historia de España, y la de América, África y el Pacífico. Y no comprenderíamos el alcance de esas interacciones si desconocemos la importancia de la “Unión Ibérica” lograda por Felipe II en 1581 que trae causa de los acuerdos, en este caso matrimoniales, firmados en el Tratado de las Alcazobas por los Reyes Católicos y el Rey de Portugal el 6 de marzo de 1480.

Cómo explicar nuestros problemas actuales con Marruecos sin contar que el norte de África fue territorio romano después de cartaginés, olvidando la importancia del Califato Omeya con su gran capital, Córdoba, en el siglo VIII. Cómo explicar la caída de ese Califato y la sumisión de aquel territorio norteafricano en un lugar sin dueño a manos de tribus bereberes y beduinas nómadas que estaban de paso, sin estudiar la Reconquista. Cómo explicar la españolidad de las Canarias, Ceuta y Melilla sin saber que fue aquel Tratado de Alcazobas y su especificación posterior en el de Tordesillas, de 7 de junio de 1494, con el reparto de los mares y las tierras en virtud de los paralelos terrestres,  el que determinó la distribución de la costa africana entre España y Portugal; el que permitió el asentamiento español en Melilla en el siglo XV (1497),  en el Peñón de Belez, en Orán y en otros muchos territorios y, además,  preservó nuestra presencia en Ceuta que ya era española en 1415.

Y, en directa conexión con lo anterior, si sólo se estudia la Historia de España desde 1812 y no se atiende con cierto detenimiento a la historia Universal cómo describir los resultados de la Conferencia de Berlín en 1885, los procesos de colonización y descolonización, los enfrentamientos internos en Alemania entre los posicionamientos de Bismark y las del Káiser Guillermo II con respecto a la colonización de África, los acuerdos franco-alemanes por aquellos territorios, las consecuencias que aquello tuvo para nuestra ubicación en Marruecos,  la correlación de fuerzas entre la presencia francesa y la española en el norte de África,  nuestro protectorado en Marruecos y en el Sahara, la perdida de aquellos lugares… y sin referenciar las consecuencias de la I Guerra Mundial, por ejemplo, con la disposición de las colonias africanas en fideicomiso, no se profundizará en la presencia española en sus territorios norteafricanos ni en Guinea a pesar de la neutralidad de nuestro país en las guerras mundiales ni por supuesto otros muchos acontecimientos que quizá no tienen tanta relación con España pero sí con la organización geoestratégica posterior, como el desarrollo militar de la II Guerra Mundial, en especial, con la Guerra del desierto.

España no ha estado aislada del mundo, al contrario, ha sido una pieza esencial en la configuración geopolítica actual del Orbe, no pueden nuestros bachilleres limitarse al estudio de la edad contemporánea sin percatarse de la importancia de nuestro pasado porque sin él no se entiende España como Nación ni política ni histórica ni cultural. No se puede concebir la defensa de la nación en el levantamiento de 1808, ni la constitucionalización de la soberanía popular en 1812 sin saber de dónde venimos. Los madrileños dieron el primer aldabonazo contra el invasor conscientes de lo que era España, la Junta de Asturias se reunión en defensa de la Nación española y las Cortes de Cádiz definieron nuestro futuro liberal por la conciencia común de lo que habíamos construido todos juntos desde muchos siglos antes.

Pero sin esos precedentes, tampoco se alcanza a ver el porqué de esos acontecimientos que para algunos parecen prevalecer sobre los demás. Hablo de la caótica primera República, de la crisis del 98, de las guerras en Marruecos en los años 20 y con ello de la dictadura de Primo de Rivera y la catastrófica Segunda República que nos lleva a la peor de las crisis nacionales: la Guerra Civil.

Sin el conocimiento de todo eso, no se entiende España. Pero, sin España, no se entiende Europa. Esta Unión europea, hoy más unida que nunca en la adversidad, tiene su esencia en los principios greco-romanos y la tradición judeo-cristiana. Al implantarse el cristianismo en el Imperio romano, apareció una Europa cristiana en su pensamiento, instituciones y cultura, cuyas fuentes se concretaron en la concepción filosófica y jurídica greco-romana y la tradición religiosa judía y el legado cristiano centrado en el Nuevo Testamento y en la figura de Jesús de Nazaret. Atenas da origen al logos griego que determina la racionalidad universal. Crea las ciencias especulativas y positivas y promueve la filosofía, el humanismo, el arte y la arquitectura. Roma simboliza el Derecho, la épica conquistadora y la organización política. El sacro imperio une las ideas de poder y orden jurídico clásico con el religioso, teniendo al Papado como baluarte defensivo de esos valores tradicionales. Las cabezas defensoras de esa idea de cristiandad con todos los valores inherentes a la tradición serán, esencialmente, los Reyes españoles, desde el inicio de la Reconquista, la batalla de las Navas de Tolosa (1212) o la creación del Camino de Santiago, pero, sobre todo, serán Carlos V y Felipe II- fundamental en la victoria de Lepanto (7 de octubre de 1571)- los que permitan que Europa siga siendo cristiana y que los valores humanitarios y de derecho natural que fundamentan nuestra vida y Derecho puedan perdurar. A ellos y por desarrollo de esos principios, se une en el S XVIII la Ilustración y su difusión mediante la Revolución Francesa y las invasiones napoleónicas.  Todos ellos y sus valores trajeron las democracias que hoy tanto cuesta mantener. Por eso, a Zelenski, nuestro admirado presidente ucraniano que tanto hace por la defensa de esos valores que son nuestra vida cabe decirle que él y sus conciudadanos son todo un ejemplo, pero, también, que frente a lo que dijo ante el Parlamento de los Países Bajos, Felipe II no fue un tirano.

El desconocimiento de la Historia no sólo limita el saber de esa materia. Sin ese conocimiento histórico nadie entenderá la literatura ni el arte ni otras ciencias. Así, por ejemplo, sin el Imperio español, no se entenderá del siglo de Oro literario y artístico; sin la perdida de América y la crisis del 98 no se profundizará en la generación del 27…, porque todos los conocimientos están interrelacionados. Si se cercena uno, se cercenan los demás.

Por todo lo que he señalado y por otras muchas cosas que se podían decir, una reforma que se limita a lo contemporáneo, sin antecedentes, sin cronología, generará, más allá de otro tipo de maliciosas o torpes intenciones, más división entre las personas. Porque cualquier alumno español que proceda de una familia con cierta formación o para aquellos que tengan mayor capacidad para pensar y estudiar alcanzarán los conceptos anteriores mediante su propio esfuerzo, que en algunos casos será titánico, y siempre extraescolar, mientras que los más torpes o los que vivan en un ambiente menos propicio a las humanidades se quedarán anclados en un sinsentido, se quedarán sin una explicación convincente envuelta en un presentismo anacrónico y absurdo. Quizá los primeros puedan volver los ojos a Ortega y Gasset y decir de nuevo “no es esto, no es esto”, pero el resto caerá en las fauces de la dominación del poder que Foucault desentrañaba en su “microfísica del poder” cuando afirmaba que cada ser humano no es el representante del Estado, pero, para que manifieste el poder el Estado, es necesario que haya un adulto que muestre su dominación a un niño. Ejercida esas acciones de poder sobre los niños, estos, de adultos, las ejercerán sobre sus hijos y así hasta configurar una sociedad sometida. Antes de llegar a ese punto, señalaba el filósofo francés, tendrán un papel esencial los intelectuales para, en el terreno del saber y de la verdad, ejercer una tarea didáctica que revierta ese poder estatal que manipula y extorsiona. Pero para eso tiene que haber intelectuales y la Ley de educación española quiere acabar con todos ellos.

LA EXPULSIÓN DE LOS JUDIOS DE ESPAÑA EN 1492

La expulsión de los judíos de España tras el decreto de 31 de marzo de 1492 firmado en Granada por los Reyes Católicos no fue una excepción en Europa.

Realmente cabe explicar el antijudaísmo que se vivió en Europa en la Edad Media como un fenómeno complejo que arranca de una época muy anterior a los acontecimientos sociales del siglo XV, justificándose como una demanda de conversión de los judíos, es decir, como un fenómeno religioso que se fue complicando con el tiempo y al que se unen factores económicos, sociales y hasta xenófobos. Se trata de un fenómeno europeo, continental, no se puede entender como un ejemplo francés, español o alemán.

Sus primeras manifestaciones se descubren en la segunda mitad del S XII en el momento en el que se estaban constituyendo y ordenando las comunidades judías en occidente. Puede presentarse como antecedente el sanguinario suceso ocurrido en 1096, cuando los caballeros cruzados, poseídos de gran exaltación religiosa asaltaron las juderías de Renania. Se decía que iban a rescatar con la sangre de los judíos el sepulcro de Jesús ya que no podían mirar con pasividad a los que fueron sus verdugos.

De esa visión se deriva el hecho de que los judíos fueran mirados con recelo, como una especie de casta pecadora, cuyo contacto mismo contaminaba. Era una especie de concepto de impureza irreversible que se dejaba notar en leyes de convivencia en todo el continente.

El primer país en expulsar a los judíos fue Inglaterra y su acción constituye un modelo para lo que vendría después en todas partes. La impopularidad de los judíos llevó a tres grandes revueltas contra ellos: Norwich en 1144; Gloucester en 1168 y St. Edmonsbury en 1181. Cuando Ricardo I partió para las cruzadas los impuestos se multiplicaron y los ingleses arreciaron contra los judíos. A éstos, en las Islas, no se les trató de convencer para que se convirtieran, simplemente eran unos buenos financieros, normalmente acaudalados, y se les trató de exprimir a impuestos. Cuando ya no fue posible sacarles rendimiento, Eduardo I decidió su expulsión, primero en Gascuña (1289) y luego en Inglaterra (1290). Los judíos de la Corte de los Plantagenet tuvieron que emigrar.

Tras la acción inglesa vinieron los franceses. Felipe IV los expulsó en 1306 en condiciones más duras que las inglesas y muchísimo más injustas que en España en 1492. En Alemania e Italia no se produjo un decreto de expulsión simplemente por carecer de suficiente poder el Emperador del Sacro Imperio, pero la violencia se desató en el siglo XV contribuyendo a la expulsión de los judíos de Austria y del Ducado de Parma.

La pervivencia de las comunidades judías era un problema en una Europa que estaba formando sus primeros Estados-Nación e imponían la unidad religiosa como forma de crear unidad entorno a esas sociedades políticas nacientes.

En el siglo XIII España era la excepción, un oasis de paz para los judíos. Protegidos por diversas leyes, su situación distaba de ser perfecta,  pero era en los reinos peninsulares junto con Provenza en los únicos lugares en los que los judíos podían vivir en plenitud la fe judía, sus enseñanzas y su pensamiento.

En España, la idea de Sefarad como un Estado independiente o un Estado dentro del Estado, no existe, nada puede asemejarse a la situación musulmana. Muchos de los judíos llevaban en la península ibérica desde hacía siglos, otros habían recalado en España tras las expulsiones europeas, vinieron pacíficamente, no con una idea de invasión; otros se encontraban en las taifas musulmanas.

Con el avance de la Reconquista la población judía de los territorios árabes se va incorporando a los distintos reinos, al principio como cautivos de guerra, para pasar posteriormente, al ser una población muy útil, a depender directamente de la protección real, al servicio del rey, como miembros propios de la Cámara y del Tesoro. Es decir, en España, gracias a los reyes, los judíos tuvieron una vida mejor que en el resto de Europa. Si alguien les atacaba, ataca una propiedad real, lo que conllevaba penas enormes. Esta utilidad les depara un ascenso social, además de servir de puente entre las poblaciones cristinas y musulmanas.

Las Aljamas judías se construyen como lugar de vida de los judíos en España. No se integraron en la sociedad hispana por rechazo mutuo. Ni la sociedad cristiana dominante los aceptaba como miembros de la sociedad al mismo nivel que los cristianos ni los judíos querían vivir en una sociedad que no tuviera sus mismas costumbres. Pero no son repelidos, la incompatibilidad teológica se amortigua y se suaviza por los intereses reales que les dan, como dijimos, un privilegio de inmunidad. Tanto era así que, si fallaba el apoyo real, la población judía quedaba desprotegida a expensas de una parte de la población cristiana , a veces apoyada por algún clérigo exaltado, que los atacaba. Así, amparados, se distribuyen entre los distintos reinos, cada uno con sus leyes y sin formar, insistimos, un Estado propio porque Sefarad al contrario que Al-Andalus es un concepto o idea mítica, no contiene una concepción política. Precisamente, los judíos españoles se consideraban Sefarad, ( de ahí el nombre sefardita) herederos de Judá ( según la única mención bíblica al nombre que aparece en el libro de Abdías, venidos a la península ibérica antes de nacimiento de cristo y, por tanto, carentes de responsabilidad en su muerte.  Pero esa carencia de estado o pretensiones de tenerlo y el respaldo real no dejaba de crear algunos problemas legales. Así los judíos eran súbditos directos del rey, pero al no ser cristianos no se les podía aplicar la ley del Papa, lo que en aquellos tiempos significaba que una parte del derecho penal no les era de aplicación. Tan sólo cuando tenían un conflicto con los cristianos los judíos perdían sus privilegios, quedando completamente desprotegidos. Esta situación obligaba a los judíos a estar cada vez más atrincherados, siendo la razón de su autonomía su prosperidad, pero también la causa de su aislamiento. Los judíos en España no se dedicaban sólo a temas financieros como vimos que ocurría en Inglaterra sino a diversas profesiones, médicos, matemáticos, traductores… y, por supuesto, recaudadores de impuestos. Existían en todas las capas sociales, más ricos y más pobres.

El proselitismo cristiano llevó a querer convertir a los judíos; y ciertas situaciones de violencia, llevaron a conseguir un buen número de conversiones al cristianismo.

Muchas de aquellas conversiones empezaron a producirse durante el reinado de Enrique II de Castilla, a mediados del siglo XIV, que es cuando se produjeron los primeros conflictos de gravedad. Especialmente significativos fueron los sucesos de 1391, año en el que se saqueó e incendió la aljama sevillana. Fue el primer caso, pero pronto la violencia se extendió a otras poblaciones. Los asaltos y el asesinato de judíos se dieron en otras juderías andaluzas, castellanas y aragonesas. Esta situación provocó un sentimiento de miedo en el grupo judío. Muchos de ellos optaron por la conversión al cristianismo.

La posición de los reinos hispanos trataba de reabsorber las Aljamas creando “nuevos cristianos”. Una vez convertidos los nuevos cristianos tendrían que ser incorporados al cuerpo social con toda normalidad, como unos súbditos más. Esta apostasía del judaísmo para abrazar el cristianismo generó tal número de problemas que a la larga fue la clave que marcaría el destino en España de los judíos.

Las conversiones generaron el problema de la sinceridad de las mismas; y, por tanto, la sospecha de los cristianos nuevos frente a los cristianos viejos que como título de orgullo tanto se blandía en España.

Se sospechaba de todo converso, considerando que su postura era cierta hacia el exterior, pero que en su intimidad seguía practicando el judaísmo ( marranos). Evidentemente, no todo el mundo sospechaba, algunos como San Vicente Ferrer logró importantes conversiones entre las capas populares del judaísmo, siendo el reino de Valencia uno de los que tenía una legislación más favorable y Navarra, por el contrario, el que menos favoreció a los judíos.

Parte de los problemas sociales que se generaron contra los judíos se debieron a la crisis económica que asoló la Península hacia el año 1380.  Los judíos, recordémoslo, eran los principales recaudadores de impuestos y esto incrementó la animadversión de una población arruinada. Murieron en los enfrentamientos del siglo XIV unos cuatro mil judíos. Un número mucho mayor que en el siglo siguiente.

Con el incremento de las conversiones las comunidades judías en el siglo XV perdieron parte de su esplendor.

Esto incrementó el problema de la división entre judíos públicos y judíos ocultos.

Esa acusación de judaizar en secreto lleva a un estallido de violencia en Toledo en 1449, que seguirá deteriorando la situación en la capital manchega y en otras ciudades. Se buscó como solución establecer estatutos de “limpieza de sangre” cuyo fin era lograr la unidad de los cristianos absorbiendo a los nuevos y sinceros cristianos. Así mismo, algunos obispos como el de Cuenca criticaba la actitud cizañadora de parte de la población en un intento, que no fue el único, de defender a los judíos. En ese ambiente de tensión la nobleza ideó un sistema de detección de los judíos ocultos, que se aplicaría a través de un tribunal eclesiástico. Así nace la Inquisición en 1478.

A inicios del reinado de los Reyes Católicos el número de conversos se había equiparado, prácticamente, con el número de judíos. En total eran aproximadamente 200.000 conversos y 200.000 judíos. Los judíos seguían copando profesiones liberales, estando mejor preparados que islámicos y cristianos en algunos puestos, lo que aumentaba las rencillas y rivalidades.

Según Domínguez Ortiz la expulsión de los judíos fue la creencia de que mientras hubiese sinagogas en España los conversos estarían tentados de judaizar de nuevo. Este historiador opina que los reyes no buscaban lucrarse con los bienes confiscados a los judíos, recompensa muy golosa, sino que procuraban que se convirtieran el mayor número posible de judíos. Nunca pusieron obstáculos para que se devolvieran sus bienes a los que regresaban posteriormente y se convertían al cristianismo.

El 31 de marzo de 1492, se dictó el decreto de expulsión de los judíos. Este decreto es conocido también con el nombre de Decreto de la Alhambra o Edicto de Granada, ya que los Reyes Católicos se encontraban allí desde la conquista de la ciudad a inicios del año 1492.

Este decreto, que fue redactado por el Inquisidor General, Torquemada,   concedía a los judíos un plazo de 4 meses para salir de los territorios de Castilla. De forma simultánea el rey Fernando de Aragón firmó un segundo decreto donde expulsaba a la población judía de la Corona de Aragón. Es decir, se expulsaba a los judíos de todos los territorios pertenecientes a la monarquía hispánica.

La actitud de los Reyes católicos fue ejemplar, pensaban que con el decreto de Expulsión acabarían con el judaísmo, pero creyeron que los judíos permanecerían en España convertidos. La idea de la expulsión, como dijimos, nace de la Inquisición, no de los Reyes. Los cuales, sin embargo, la aceptan por una multitud de causas, pero las principales fueron el miedo a un estallido social y a la idea de que una Nación debía constituirse como unidad en torno a una única fe.

Exactamente las mismas causas que en otros países europeos, sólo que siglos más tarde. Con otra diferencia importante, los Reyes Católicos dieron todo tipo de facilidades para que los conversos se quedaran en España. Es verdad que las cifras de expulsados parecen altas, pero no hay que olvidar que España fue el refugio de los judíos expulsados del resto del continente con anterioridad. Esas cifras de los expulsados varían. De los 200.000 judíos que vivían en España, se convirtieron unos 50.000. Hay quien dice que el resto se marchó. Otros historiadores consideran que las cifras fueron menos elevadas, dado que muchos, cuando se fueron y vieron las condiciones de miseria en las que les estaba obligado vivir fuera, volvieron a España y se convirtieron. Parece que las cifras más relistas hablan de que fueron expulsados entre 50.000 y 20.000 judíos.

Como señala Ángel Alcalá “La expulsión de los judíos no obedeció a parámetros renacentistas, sino medievales, orientados a la sumisión bajo el manto de la conversión, no a un deseo explícito de expulsión ni, mucho menos, de exterminación”.

Las consecuencias de la expulsión se perdió una buena parte de la población urbana cualificada. La economía se vio afectada ya que desapareció mano de obra artesana y de determinadas profesiones liberales que habían sido ocupadas tradicionalmente por los judíos. Con todo ,no se cayó en una depresión económica.

Historiográficamente, Claudio Sánchez Albornoz, o Domínguez Ortiz que han estudiado profundamente el tema de la expulsión de los judíos de España, desmienten muchas de las patrañas que sobre este hecho se han hecho a lo largo del tiempo, señalan las buenas condiciones que expusieron los Reyes católicos comparadas no sólo con los países que los expulsaron antes, sino con el vecino reino de Portugal que los echó después en condiciones de suma dureza

Hugh Thomas señala que había que ser muy fanático para no aceptar las condiciones ofrecidas por España. Quizá Thomas también exagere. Pero asimismo se posiciona en favor de España por el hecho de que la Expulsión de los judíos se convirtió y aún sirve para la causa a la leyenda negra. Ver en la expulsión una mezcla de odio e intolerancia es confundir las circunstancias y los hechos. Esta afirmación en favor de España y en favor también de la integración ejemplar que tuvieron los conversos que se quedaron aparece en las obras del historiador judío Cecil Roth.

Como señala Pedro Insua en su libro “1492. España frente a su laberinto”. En aquel año se unieron la expulsión de los musulmanes, el nacimiento de España como realidad política tras la toma de Granada y la Unión de los reinos en las figuras de los reyes católicos, la conquista de América y el inicio de un imperio, la expulsión de los judíos, que muchos estudian a través de la tergiversación de la Inquisición. Fue el año del inicio de una gran nación y la envidia de sus adversarios que frente a la hegemonía militar que impuso el Imperio español durante los siglos XVI y XVII en toda Europa, sólo pudieron oponer propaganda. Inglaterra, Holanda y Francia, se dedicaron con denuedo a escribir la Historia a su modo, y para eso valía todo, hasta tergiversar las condiciones de la expulsión de los judíos, cuando fueron mucho mejores que las sostenidas en sus propios países.

Bibliografía

DOMÍNGUEZ ORTIZ, “España. Tres milenios de Historia”. ED Espasa- Calpe. 2007

PEDRO DE INSUA. “1492. España ante sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018

LUIS SUAREZ. “ La expulsión de los judíos”. Fundación Mapfre.

Libertad de Prensa. Ley Fraga 1966.

 

El Gobierno acaba de publicar una Orden del Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Orden PCM/1030/2020, de 30 de octubre, por la que se publica el procedimiento de actuación contra la desinformación aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional. Su fin es la lucha contra la desinformación. Este es el enlace de la norma: https://www.boe.es/eli/es/o/2020/10/30/pcm1030

Por su carácter restrictivo, tal orden ha sido comparada por algunos analistas con la Ley 14/1966, de 18 de marzo, de Prensa e Imprenta, conocida coloquialmente, como Ley Fraga, por ser el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, el impulsor de la misma. Aquí se puede consultar el texto: https://www.boe.es/eli/es/l/1966/03/18/14/con

Para comprender si la comparación entre ambas normas es acertada, debemos escudriñar distintos aspectos, como son el contexto histórico en el que nacen ambas, su contenido y consecuencias

La orden actual acontece en el marco de una democracia. La de Fraga en medio de un régimen dictatorial que había pasado por épocas durísimas en las que imposición era aún mayor que la censura. La Ley Fraga está considerada una norma aperturista por su reconocimiento de la libertad de prensa y  su carácter decisivo en la caída del régimen. La actual debe coexistir, si ello es posible, con el acervo normativo de la Unión Europea, fundamentado en la defensa de las libertades y los derechos fundamentales y en el marco jurídico nacido de la Constitución de 1978, la cual reconoce la libertad de prensa, de pensamiento, opinión, expresión, cátedra… artículo 20.1 de la norma suprema. Ese mismo artículo, en el apartado 2, afirma que el ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.

A su vez, en los apartados 4 y 5, delinean los límites y redoblan la defensa de esas libertades, con la siguiente redacción:

  1. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Titulo, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia.
  2. Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial.

Subrayo lo de “resolución judicial” porque la acción de los tribunales no aparece recogida como medio de control de estas libertades en la Orden de Presidencia.  

He sorteado conscientemente el apartado 3, porque en él la Constitución señala la posibilidad de control de los medios de comunicación con el siguiente texto:

  1. La ley regulará la organización y el control parlamentario de los medios de comunicación social dependientes del Estado o de cualquier ente público y garantizará el acceso a dichos medios de los grupos sociales y políticos significativos, respetando el pluralismo de la sociedad y de las diversas lenguas de España.

Hay que reparar en tres aspectos de este apartado: 1) señala que la Ley (no una Orden ministerial) regulará la organización y control de los medios de comunicación; 2) que el control será parlamentario (no dice del Gobierno sino de la representación de la Soberanía Nacional) y 3) por ser expresión de la misma, es decir, de todos, recoge que una ley garantizará el acceso de todos respetando el pluralismo de la sociedad.

Los derechos fundamentales  y de las libertades públicas regulados en este artículo 20 cuentan con la protección jurisdiccional ante los Tribunales ordinarios que se instrumenta a través de un procedimiento especial, preferente y sumario y está incluido dentro de los preceptos constitucionales dotados de la especial protección del Recurso de Amparo ante el Tribunal Constitucional recogida en el artículo 53.2 de la norma suprema circunstancia que, tampoco, aparece en la Orden de Presidencia.

Hay que recordar que la Constitución de 1978,  se vincula en este aspecto con la Declaración Universal de Derechos Humanos y el establecimiento de la libertad de expresión: «Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión».

En este contexto de libertades, el Gobierno aprueba una orden ministerial en cuya exposición de motivos señala que resulta imprescindible para España evaluar el fenómeno de la desinformación,  sin definir qué es desinformación y se ampara como justificación de la necesidad de la norma en un plan europeo contra la desinformación, que aún no existe. En la Orden se identifican los órganos, organismos, autoridades y procedimientos que forman el sistema de control. En este último aspecto (procedimiento) establece cuatro niveles diferentes de activación que sirven para la detección y análisis de campañas de desinformación. Además, en el apartado 6 incitan a la delación de los ciudadanos contra los informadores.

Por su parte, la Ley Fraga, nace en la España de los 60, recordaremos someramente cómo era la España de los 60, no vamos a profundizar, porque ya lo hicimos en otra entrada de éste blog (https://algodehistoria.home.blog/2020/06/19/que-decada-la-de-aquel-regimen/).

Tras una primera parte del régimen, en la que España había quedado anclada a un profundo arcaísmo, los años sesenta fueron los del gran cambio social. Debido esencialmente a:

Masiva emigración (del campo a la ciudad y a Europa occidental). La emigración trajo como  consecuencias positivas, la reducción del paro o el ingreso de las abundantes remesas enviadas por los emigrantes

La mejora de la riqueza nacional y de los ingresos individuales provocaron un aumento de la natalidad y una reducción significativa de la mortalidad. Mejoraron las infraestructuras de todo tipo lo que incluyó colegios, hospitales, carreteras, viviendas, hoteles. Fue el inicio del boom del turismo y de la sociedad de consumo. Los españoles veranearon por primera vez al crearse una clase media con más ingresos, mejor nivel de vida y unas comodidades en el hogar que permitían tener más tiempo libre y disfrutar del ocio. La sociedad de consumo provocó un mayor acceso a la información, a la movilidad, al contacto con poblaciones de otros países, lo que abrió las perspectivas de la sociedad española, especialmente entre los más jóvenes; nuevos hábitos sociales, nuevas pautas en las relaciones interpersonales, modas, costumbres o indumentarias llegaron de manos de los grupos musicales, el cine y el turismo. La sociedad se volvió más crítica con el régimen, que se vio obligado, como Lampedusa, a cambiar para que todo siguiera igual… o parecido en relación a determinados aspectos de poder. A su vez, la Iglesia Católica, que tanta influencia tenía en el Régimen, estaba viviendo aires de renovación expresados en el Concilio Vaticano II.

Con este ambiente se hacía obligatoria una revisión de posturas gubernamentales en España y así lo entendían los sectores aperturistas del régimen. En ellos la modificación de la Ley de Prensa era una prioridad que se venía demandando desde  hacía más de una década. En nuestra Historia, el sistema de control de prensa se basó en la intervención gubernamental o judicial una vez publicados los periódicos. Tal situación se transforma en los gobiernos posteriores a 1883 en los que se establece el método preventivo de la censura. Pero, incluso durante la dictadura de Primo de Rivera, la censura previa (ejercida ininterrumpidamente a lo largo de más de siete años) estuvo justificada sólo en virtud de circunstancias excepcionales, de tal manera que nunca quedó recogida en una ley. Posteriormente, se aprobó la Ley de prensa de 1938,  con un  sistema de controles preventivos múltiples absolutamente novedoso, complementado con un abanico de medidas represivas muy severas sobre los periodistas y las empresas editoras que perseguía convertir la prensa en una institución al servicio del Estado; así se creó el Registro Oficial de Periodistas, que ponía en manos de la Administración la decisión acerca de quién pertenecía a la profesión y quién quedaba excluida de ella.

El preámbulo de la Ley de 1966 señala como motivos para el cambio, los siguientes: Justifican tal necesidad el profundo y sustancial cambio que ha experimentado, en todos sus aspectos, la vida nacional, como consecuencia de un cuarto de siglo de paz fecunda; las grandes transformaciones de todo tipo que se han ido produciendo en el ámbito internacional; las numerosas innovaciones de carácter técnico surgidas en la difusión impresa del pensamiento; la importancia, cada vez mayor, de los medios informativos poseen en relación con la formación de la opinión pública, y, finalmente, la conveniencia indudable de proporcionar a dicha opinión cauces idóneos a través de los cuales sea posible canalizar debidamente las aspiraciones de todos los grupos sociales, alrededor de los cuales gira la convivencia nacional.”

Las opiniones de la historiográfica son variadas, los sectores de izquierdas consideran que la causa estaba en las presiones económicas lanzadas contra el régimen- si el cambio hubiera ocurrido unos años antes, hubiera sido más creíble esta explicación-, otros hablan de la revolución social experimentada en España y explicada más arriba. Todo puede haber influido, pero quizá la explicación del profesor Ferrero, al que tanto nombro en este blog, tiene aspectos muy plausibles. Ferrero, considera que todo régimen dictatorial busca mantenerse en el poder. Normalmente, el control de la información es esencial para que un dictador se perpetúe y no suele soltar fácilmente esa presa. Si lo hace se debe a que con el cambio gana más que pierde. Algo así pasaba en la España de los 60, de un lado, había disminuido el miedo a perder el poder por parte del franquismo y, de otro, debieron considerar que, si se seguía con el control estricto de los medios, la deslegitimación ante la opinión pública, que ya empezaba a tener acceso a información procedente del exterior, sería mayor que los riesgos de la apertura.

No conviene olvidar como señala José Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas, que “Jamás ha mandado nadie en la tierra nutriendo su mando de otra cosa que de la opinión pública. (…). Pues hasta quien pretende gobernar con los jenízaros depende de la opinión de éstos y de la que tengan sobre éstos los demás habitantes”.

A esto hay que unir dos elementos muy importantes en aquel momento: 1) la presión de la Iglesia para cambiar la Ley. Esta presión procedía de la década anterior, pero ya a principios de los años 60, el empuje de una Iglesia Católica no pudo ser desoído por el Gobierno español.  Con todo, la tramitación de la ley se realizó con evidente parsimonia y ahí entra en juego el segundo factor. 2) La propia voluntad de Fraga. El nuevo ministro de Información y Turismo mantenía excelentes relaciones con el sector político de los católicos. Además formaba parte de los aperturistas del Régimen que tenían muy presente qué pasaría a la muerte de Franco; a ello se unió, posiblemente, una serie de episodios de conflictividad y oposición acontecidos en los meses anteriores a su nombramiento, muy especialmente las huelgas de principios de 1962, lo que reforzó su convicción de cambiar ciertas posiciones.

Para la elaboración del texto, Fraga contó con el Subsecretario de su Departamento, Pío Cabanillas, y el primer borrador se envió a Franco en 1964. En él ya se introducían todos los aspectos esenciales de lo que sería la ley. En 1965, el texto se envió para informe al Consejo Nacional de Prensa, órgano consultivo y asesor del Ministerio en cuya composición predominaban periodistas. Esto le valió a Fraga para señalar que en la composición de la Ley había participado todos los sectores implicados, si bien, del dictamen del órgano de prensa, poco se recoge en la norma final. Aunque se logra introducir un recurso contencioso-administrativo contra las sanciones del Ministerio. Lo que no era poco.

La norma contó con la oposición, dentro del Gobierno, de Carrero Blanco y de Alonso Vega. Pero Franco, a decir de Fraga, atajó las críticas con el siguiente razonamiento: “si aquellos débiles gobiernos de principios de siglo podían gobernar con prensa libre, en medio de aquella anarquía, nosotros también podremos”[1]

Si analizamos la ley, veremos que los artículos más significativos se alternaban como si se tratara de un tablero de ajedrez en el que los cuadros blanco (positivos para la libertad de prensa) se contraponían a los negros (expresión de las restricciones a la misma). El Articulo 1 reconoce la libertad de prensa y, en cambio, el 2, sobre el que volveremos, señalaba los límites de la libertad de expresión; el artículo 12 planteaba el depósito previo de ejemplares, aunque la censura previa se prohibía en el artículo 3, lo cual era un avance muy significativo para la época; el artículo 5 preservaba las libertades reconocidas en la norma y, al tiempo, se recogían las prohibiciones para ejercer la dirección de un periódico (art. 36), la existencia de una única agencia española con la competencia exclusiva para distribuir las noticias de las agencias extranjeras (art. 49) o  la intervención de la Administración en el secuestro de publicaciones y en la imposición de sanciones. Estas divididas en tres niveles según su gravedad, lo que podía derivar en sanciones en vía administrativa o denunciar al medio o al periodista en la vía civil o, incluso, llegar a querellarse (vía penal), sobre todo, tras la reforma del Código Penal de 1967 (arts. 64, 66 y 69). Tras ello, de nuevo, el cuadro blanco, de la posibilidad de recursos administrativos y contencioso-administrativo en el art. 71.

Posiblemente, el mayor obstáculo para la libertad de prensa estaba en el artículo 2  al proclamar entre las limitaciones, «el respeto a la verdad y a la moral; el acatamiento a la Ley de Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales; las exigencias de la defensa nacional, de la seguridad del Estado y del mantenimiento del orden público interior y la paz exterior”. Su contenido permitía todo tipo de argumentos contra la libertad de información.

Como describía acertadamente Miguel Delibes, ya en 1979, en una entrevista a ABC, sobre la situación creada por la ley: “Antes te obligaban a escribir lo que no sentías, ahora se conforman con prohibirte que escribas lo que sientes, algo hemos ganado”.

La ley fue criticada por muchos bien, unos, porque esperaban mayor apertura o bien, otros, por considerarla muy aperturista y entrañar grandes peligros para el régimen.

Los gobiernos franquistas hicieron amplio uso de los instrumentos que les reservaba la Ley. Desde 1966 a 1975 se incoaron más de 1.000 expedientes de los cuales un 30% acabaron en sanción y, de ellas, 18 alcanzaron la elevadísima cantidad para la época de  250.000 pesetas y la suspensión de la publicación entre dos y cuatro meses. Curiosamente, revistas como Cuadernos para el Diálogo y Cambio 16, que se hallaban en el grupo de las más sancionadas, experimentaron un aumento de difusión espectacular.

Como efectos de la Ley, cabe señalar que se eliminaron las similitudes en las noticias y, aunque de manera sutil, también en las líneas editoriales, creando ciertas tendencias políticas que se acentuarían con el tiempo. El ensalzamiento al régimen bajó a un tono moderado y, en ocasiones, hasta crítico. Entre los diarios existentes en el momento, el más afín al régimen fue Arriba, y los más críticos,  Ya, ABC y La Vanguardia,  dependiendo del tema tratado.

Nadie duda, hoy en día, de que la Ley de 1966 reforzó y aceleró un proceso de crítica, casi imperceptible al principio, pero esencial en el tiempo. Así lo recogen historiadores como Raymond Carr para el cual la Ley de Prensa de 1966 “cambió el clima cultural de España” o  Juan Pablo Fusi que sostiene que la Ley de Prensa  transformó ”el nivel informativo del país”. Para Javier Tusell, la ley de Prensa fue la norma “más trascendente” de la última etapa del régimen.

Finalmente, la aprobación de la Constitución de 1978 cambia totalmente el panorama informativo, como hemos visto. Por eso, no debemos olvidar lo que costó lograrlo, antes de resignarnos a perderlo. Recordemos con George Washington que: “Si nos quitan el derecho a la libre expresión, podrán llevarnos, sordos y callados, como ovejas al matadero”.

 

BIBLIOGRAFÍA

FERRERO, Guglielmo (1998 [1942]), Poder. Los Genios invisibles de la Ciudad, Madrid, Tecno

FRAGA IRIBARNE, Manuel (1980), Memoria breve de una vida pública, Barcelona, Planeta.

CHÜLIÁ, Elisa.  El régimen de Franco ante la prensa y el periodismo (Madrid, 1997) UNED

[1] FRAGA IRIBARNE, Manuel (1980), Memoria breve de una vida pública, Barcelona, Planeta.

MEMORIA DEMOCRÁTICA

En 2007, el Gobierno español presentó un anteproyecto de ley, que una vez superados los trámites parlamentarios se convirtió en “Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”, más conocida por todos como Ley de Memoria Histórica, entre otras razones porque en su objeto señala que ha de dar alcance histórico a la memoria individual y personal de los que  vivieron los acontecimientos de la guerra civil y la postguerra y por crear el Centro Documental de la Memoria Histórica. Sobre la misma se han escrito multitud de comentarios. A estas páginas trajimos en su momento el artículo firmado por Francisco Vázquez, exdiputado del PSOE y exalcalde de La Coruña, que enlazamos a continuación. Casi todos los artículos hechos por historiadores, colegios de historiadores, interesados en la Historia etc., fueron contrarios a la misma.

https://wordpress.com/block-editor/post/algodehistoria.home.blog/90

Se ve que el Gobierno, no contento con lo allí regulado, pretende darle una vuelta de tuerca más a la materia y por eso ha presentado el Anteproyecto de Ley de Memoria Democrática en el Parlamento en este mismo mes de septiembre, cuya diferencia con el anterior es la intensidad en la regulación, lo que lleva a mayores sanciones e imposiciones.

El texto contiene 66 artículos, agrupados en un título preliminar y cuatro títulos, distribuidos en capítulos y secciones. En ellos se intenta regular lo que hay que pensar, medir, estudiar y decir de los acontecimientos posteriores a 1936, a la guerra civil. La fecha es significativa, pues supone eximir del libre análisis histórico a los años de gobierno del General Franco, ignorando que los hechos que vive una sociedad no brotan por generación espontánea en un momento dado, sino que son fruto de otros previos y consecuencia de aquellos. Ni la guerra civil ni el franquismo se pueden entender sin la II República y ésta sin conocer los tiempos anteriores.

En este análisis de la ley debemos pararnos en una denominación que incluye en el mismo texto tres conceptos claramente diferenciables e incluso contradictorios entre sí: memoria, historia y democracia.

La memoria es selectiva e individual, propia y subjetiva, donde los sentimientos se unen al recuerdo. La Historia es objetiva, basada en hechos y análisis de los mismos en función de las fuentes consultadas. Democracia es axiología, aunando valores que organizan una sociedad y se manifiestan en su organización política y jurídica. Mezclar estos tres elementos es un coctel explosivo, que estalla en los tres aspectos mencionados.

Así la memoria cuando afecta al devenir de la vida propia reacciona rebuscando entre sus recuerdos y seleccionando aquellos que más se aproximan a los propios sentimientos, dando lugar a narraciones sobre aquello vivido por el recordante, por su familia, por sus amigos y oponiéndolo a los que sientan una añoranza sobre acontecimientos, a veces iguales, a veces distintos, que marcaron un sentimiento contrario. La memoria en estos casos olvida la ética de la neutralidad para añadir épica a la evocación de que aquello que pasó, que se vivió y se luchó fue lo correcto o tuvo que ser la mejor opción para evitar la melancolía de la pérdida inútil. En el caso de un enfrentamiento, esa épica en la rememoración nos conduce a la identificación con el que tuvo vivencias semejantes y al resquemor, al odio, al alejamiento con aquellos que tuvieron otras distintas, porque el recuerdo nunca es puro, está tamizado del amor a los nuestros y de la defensa de lo que ellos creían defendible, cuando en realidad, en una guerra civil, la más incivil de todas las guerras, el recuerdo siempre es cainita.

La sociedad española hizo una transición ejemplar, estudiada en todos los libros de Historia del mundo como modelo de perdón colectivo, de mirar hacia adelante, olvidando los momentos de distanciamiento anterior. Realmente, aquella Transición política, fruto de la generosidad de todos, había nacido mucho antes en la sociedad, en las familias españolas donde se habían casado miembros de un bando con miembros del otro. Aquel acto de reconciliación es el que ha llevado que muchos, posiblemente la mayoría, tengamos abuelos que habían apoyado a bandos distintos en la guerra. Fue aquel acto de reconciliación social el que permitió el transcurrir de la Ley a la Ley con la Ley de Reforma Política y el perdón de la Ley de amnistía.  Fue ya durante la Transición, cuando se iniciaron algunas reparaciones a los vencidos: reconocimiento de pensiones a los militares o civiles del bando perdedor, reconocimientos y resarcimientos públicos de afrentas que se hubieran producido ( teniendo en cuenta que afrentas hubo por parte de ambos bandos). Si eso fue así, y así fue ¿para qué queremos ahora una ley que viene a disturbar la paz social lograda por todos los españoles con una ley que divide en vez de unir? Quizá debamos volver los ojos a nuestros abuelos, pero esta vez para comprender que tuvieron una actitud, un talante, bastante más adecuado e inteligente que el que vivimos ahora.

Por otro lado, la realidad , el presente y el futuro tienen una presencia en la mente de cada individuo mucho más firme que la del pasado y por mucha memoria que cada uno tenga, pretender mover el pasado para ocultar las crisis del presente es no conocer la realidad de cada familia cuando llega el final de mes, cuando se vela al enfermo por las noches o cuando se cuida de los ancianos o a los niños para protegerlos de la incertidumbre sanitaria y económica que vivimos.

En segundo termino, en el aspecto histórico, la ley provoca un estallido porque los hechos son tozudos y pretender inclinarlos hacia una sola interpretación posible, es negar la ciencia histórica. En las facultades de historia se estudia una asignatura centrada en la historiografía, en la neutralidad del historiador, porque en eso va el buen hacer profesional de ellos, de nosotros. Cabría plantearle, en este sentido a la Vicepresidenta Carmen Calvo, defensora de esta Ley  que le pregunte a su hermano José Calvo Poyato, insigne historiador nada proclive al franquismo, qué piensa sobre la ley en cuestión, no le veo muy partidario, como lo demuestra en este artículo:   http://www.josecalvopoyato.com/Inicio/ignorancia-callejera-josecalvopoyato/

Además, José Calvo Poyato fue alcalde del pueblo de ambos: Cabra, en Córdoba, recordado entre otras cosas por el bombardeo republicano que terminó con medio pueblo, especialmente mujeres y niños y, en todo caso, todos civiles, y bajo su mandato se mantuvo el monumento de recuerdo a las víctimas de aquella masacre, la cual se conoce en algunos libros de Historia como el Guernica de la Subbetica.  Todos los historiadores coinciden en que el bombardeo de Cabra pasó más desapercibido que el de Guernica porque Picasso u otro ilustre pintor no quiso plasmarlo en su obra.

Pero no pretendo recordar hoy los desastres de unos u otros, sino el desastre histórico que supone diseñar una guerra de buenos y malos, una guerra en la que los vencidos, años después de su derrota, quieran tornar los acontecimientos para ganar lo que perdieron, pero sería igualmente criticable si los supuestos vencedores buscaran machacar la memoria de los vencidos olvidando sus heroicidades, que las hubo y recordando sólo lo malo, como si los derrotados, además de vencidos, hubieran sido auténticos demonios. Algún lector me podrá decir que eso ya pasó, que así se escribía la historia oficial durante el franquismo y tendré que darle la razón. Por eso, esta ley tiene mucho de franquista. Tiene las formas y los contenidos propios de aquel régimen al que quieren denostar para convertirse ellos en franquistas, o totalitarios de otro signo, que igual da. Por eso debo traer a este blog, una vez más, aquella frase del profesor Ferrero, que, para diferenciar la Historia del periodismo, decía “ dádmelo morto”. Es decir, es historia aquello que se analiza cuando los que han vivido los hechos ya están muertos; cuando el relato puede ser objetivo porque la memoria no interfiere en él. Y hete aquí, que, en España, 81 años más tarde de ocurridos unos acontecimientos que están casi todos “mortos”, nos ponemos a legislar para imponer una versión histórica, basada en la memoria de un sector de los que lo vivieron o de los hijos o nietos de éstos que ya no recuerdan los sucesos sino que atienden a la versión de un relato sesgado por la memoria de otros,  sin tener en cuanta ni los hechos ni el análisis de las fuentes y, todo ello, porque unos señores con mando en el BOE así lo deciden. Evidentemente, eso no es Historia, pero, como decía antes, eso es franquismo.

Algún lector, ante esto, preferirá recordar a Orwell y a su “Ministerio de la Verdad” en su obra “1984”. Aquel ministerio del gobierno del partido INGSOC tenía por finalidad, utilizando una neolengua, reescribir la historia y falsear la misma. Era competente para realizar cualquier falseamiento de la historia con tal de que sirviera a los fines del partido gobernante. El falseamiento podía provenir bien de la tergiversación de lo ocurrido o bien por la invención de hechos que nunca existieron, siempre al servicio de los intereses del partido gobernante.

Orwell que participó en la Guerra civil española en las brigadas internacionales, escribió aquella novela como parte de uno de los grandes bloques de interés de su obra: su lucha contra los totalitarismos nazis y estalinistas. Contra las dictaduras, en una palabra. No creo que haga falta decir más para situar la ley de memoria democrática.

También implosiona el concepto de democracia con esta ley.  La democracia, en última instancia, es una manifestación de la axiología como concepción de los valores en los que se fundamenta la organización política y jurídica de una sociedad y, por ende, en la regulación normativa de la misma, informando el ordenamiento jurídico de esa sociedad.

Recordamos a ese respecto que los valores superiores del ordenamiento jurídico español son la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.  Esos valores superiores, que informan todo el ordenamiento, sirven de base y parapeto en la defensa de los derechos fundamentales, entre ellos, las libertades de expresión, de pensamiento, de cátedra…

Una ley que impone una visión de la historia concreta, que impone sanciones al que se expresa de determinada forma en relación con determinados acontecimientos históricos, mancilla las libertades anteriormente expresadas, rompe con los valores del ordenamiento jurídico.

Además, entre las características básicas de toda norma está su carácter universal , no se puede legislar para alguien en particular,  lo que se une con el principio de que la ley debe ser abstracta e impersonal, no se emite para regular o resolver casos individuales, ni para personas o grupos determinados, su impersonalidad y abstracción, la debe conducir necesariamente a la generalidad; todo lo contrario que hace la norma de la que hablamos. La ley es obligatoria en su cumplimiento, tienen carácter imperativo y poder coercitivo para imponerse por encima de la voluntad de los destinatarios. En este caso, frente a la libertad de pensamiento o de expresión, lo que no habla mucho del talante democrático de la misma; así mismo, el concepto de ley nace con intención de perpetuación, de permanencia, se dicta con carácter indefinido, y sólo dejará de tener vigencia mediante su derogación por leyes posteriores. Es decir,  se pretende perpetuar en el tiempo un análisis histórico mediatizado por la memoria de unos pocos, tergiversando así la objetividad histórica, la objetividad del historiador, mancillando su oficio.

Se podrán analizar otros aspectos de la Ley en cuestiones jurídicas concretas, señalando el alcance concreto de las mismas, pero eso se escapa a este blog y, además,  hay grandes juristas que ya han publicado certeros análisis en este sentido, a la espera del dictamen del Consejo de Estado y del Tribunal Constitucional ante el que algún grupo político va a impugnar la Ley de Memoria Democrática.

Podíamos también analizar las razones últimas por las cuales se dicta esta ley, pero, eso forma parte de la intencionalidad política. Insistir en ello nos llevaría a escribir otro hilo en otro tipo de blog.

Desde el punto de vista histórico, que es lo que buscamos aquí, hemos querido limitarnos a analizar una ley que afecta a nuestro estudio y profesión. Los gobiernos deben regir las sociedades para mejorar su presente y allanar el camino del futuro, no para legislar el pasado, eso sólo sirve para involucionar, nunca para prosperar, el pasado debe quedar en manos de los historiadores.

Las Navas de Tolosa y sus consecuencias

Tras la aniquilación del imperio almorávide por Alfonso VII de Castilla, Al-Ándalus se vio sumida en un nuevo periodo de taifas que veían peligrar sus dominios a manos cristianas, con lo que, volvieron a pedir socorro a los árabes del norte de África; ahora, los almohades.

Los almohades eran una secta musulmana, surgida en torno a la figura de Muhammad ibn Tumart, nacido en 1084, al sur de lo que luego será Marruecos. En 1121, se proclamó al-Mahdí al Masum y en 1122 se enfrentó con los almorávides que eran sus rivales en la predicación de un mensaje islámico rigorista. Murió en 1130, pero en 1147, el mismo año en el que Alfonso VII tomaba Almería, sus seguidores de apoderaban de Marrakesch. En su avance, en 1148, los almohades se habían asentado en Sevilla, en 1149 en Córdoba y en 1157 se apoderaron de Almería dando un duro golpe a los cristianos y preparando el camino para la invasión, que se produjo de manera efectiva en 1161 cuando el ejército almohade desembarca en Gibraltar.

Los almohades no eran una tribu caracterizada por su pacifismo, tanta era su violencia y radicalismo que provocaron que se fueran al exilio musulmanes como Averroes y, con muchas más razones para huir, el judío Maimónides.

Los sinsabores cristianos aumentaron de manera radical con la derrota, en 1195, de Alfonso VIII de Castilla en la batalla de Alarcos, que destrozó al ejército castellano y, en 1196, remató la desgracia, el sitio de Toledo por los almohades. Apenas un año antes del encuentro de Las Navas de Tolosa, en 1211, la fortaleza calatrava de Salvatierra había sido expugnada por un gran ejército almohade, creando tal sufrimiento que estremeció a sus contemporáneos e hizo reaccionar a los cristianos.

Alfonso VIII de Castilla, enfrentado con otros reyes cristianos, sabía que debía reaccionar, pero no alcanzaba a saber cómo hacerlo, fue el obispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada el que le señaló el camino: convertir aquella batalla en una cruzada, para lo cual, le sugirió que pidiera una bula al Papa Inocencio III. El Obispo fue el encargado de ir a Roma y lograrla. Con la bula aprobando la cruzada, el Papa advertía que no asistir a las tropas castellanas supondría la excomunión. Jiménez de Rada se encargó asimismo de pregonarla en tierras francesas y españolas en su camino de regreso de Roma a Toledo. Consiguió que numerosos obispos como los de Narbona o Nantes le apoyaran y mandaran tropas francesas a luchar con Alfonso VIII. El primer apoyo peninsular lo obtuvo del Rey de Aragón, Pedro II que vino acompañado del fuerte ejército aragonés encabezado por los obispos de Barcelona y Tarragona. A ellos se unirían las tropas navarras de Sancho VII con el refuerzo de efectivos portugueses y leoneses y contando con el empuje de miles de cruzados llegados desde Francia. La expedición finalmente se dio cita en Toledo, el 20 de mayo de 1212. Hay que hacer notar que, entre las tropas castellanas se encontraban los representantes vascos, puesto que, Álava se había unido a la Castilla de Alfonso VIII en 1199-1200, de manera voluntaria, tras huir del anexionismo navarro y porque sabía que Castilla respetaría sus libertades; algo parecido aconteció con Guipúzcoa que se unió a Castilla en 1200 y Vizcaya en el siglo XI era un señorío independiente que se vio anexionado a Navarra por la acción de Sancho el Mayor, pero en 1180 recobró su independencia bajo la protección de Castilla que en 1200 nombró señor de Vizcaya a los López de Haro, formando parte, de manera autónoma de la corona de Castilla, hasta que, en 1379, Juan II de Castilla se convirtió en señor de Vizcaya al heredar el señorío. Este había sido uno de los problemas que habían enfrentado a Alfonso VIII con el Rey de Navarra.

El 20 de junio de 1212, “el ejército del Señor”, como fue calificado por el arzobispo de Toledo, se puso en marcha y su progresión hacia el sur, a lo largo del camino que unía Toledo y Córdoba, fue fulgurante: en apenas veinte días tomaron las fortalezas de Malagón, Calatrava, Alarcos, Piedrabuena, Benavente y Caracuel. Entre tanto, el ejército islámico se preparaba, encabezado por el califa musulmán al-Nasir, que había invernado en Sevilla tras la anterior campaña de Salvatierra. Muhammas an-Nasir, llamado por los árabes Amir Ul-Muslimn (príncipes de los creyentes) y conocido entre los cristianos como “Miramamolin”, era hijo de una esclava cristiana y su objetivo era acabar con la presencia cristiana en España e incluso prometió a sus fieles llevarlos hasta Roma, su táctica fue encaminarse hacia Jaén para intentar bloquear los estrechos pasos de Sierra Morena para frenar el ataque enemigo y masacrar al que osara atravesar el cerco. El paso de Sierra Morena se había resistido a los cristianos pues sus estrechos desfiladeros permitían a los defensores situados al sur, aun teniendo un ejército menor, bloquear las salidas de las tropas atacantes y acabar con ellas, por lo angosto del paso.

En 1212, todo parecía llevar el mismo devenir, sin embargo, las tropas cristianas acamparon algunos kilómetros antes de llegar al paso de la losa, lugar que debían cruzar, allí se les acercó un pastor que les indicó que había otro camino bordeando la sierra que permitiría atacar a los musulmanes a campo abierto. La leyenda dice que ese pastor fue San Isidro Labrador que se apareció al Rey castellano. Fuera como fuese, los cristianos siguieron el camino envolvente. Tal maniobra fue detectada por los espías árabes, sin embargo, nada pudieron hacer.

El 16 de julio, tuvo lugar el enfrentamiento en las Navas de Tolosa, cerca de la actual La Carolina.El líder musulmán siguió la estrategia clásica de una batalla campal centrándose en las cargas de caballería ligera y pesada, la lluvia de flechas y los avances de infantería una vez se rompiera la línea del rival. Por su parte, los cristianos se dividieron en tres cuerpos (cada uno de ellos dirigido por un rey: Alfonso VIII por el centro, el Rey de Aragón por la izquierda y el Rey de Navarra por la derecha), colocaron a Diego López de Haro en la vanguardia junto a guerreros templarios y hospitalarios y reservaron a las mejores tropas de caballería en la retaguardia para socorrer al flanco más débil o rematar el ejército enemigo en su caída final. Colocar a estas tropas de caballería como refuerzo o ataque sorpresa era una novedad en los enfrentamientos cristianos con los musulmanes. Las tropas vizcaínas rompieron las dos primeras filas de combatientes islámicos y fueron decisivas para la actuación de las tropas navarras. Las cargas de don Diego fueron brutales y muy efectivas, desmontando la defensa musulmana y enzarzando al grueso de las tropas rivales en una lucha sangrienta que los monarcas cristianos aprovecharon para lanzar la famosa “carga de los tres reyes” contra el campamento base de Al Nasir, que estaba desprotegido. Precisamente, la táctica musulmana, señalada al principio de este párrafo, imponía dejar en retaguardia el “Palenque” o campamento del sultán, protegido por una tropa de especial formación, llamados los desposados, pues, para evitar su huida, se hacían atar por cadenas en las rodillas. Fue contra el campamento base de Al Nasir contra el que lucharon los navarros, no sólo derrotaron a los desposados, sino que les rompieron las cadenas, las cuales, desde entonces, figuran en el escudo de Navarra.

El día terminó con la victoria de los reinos cristianos decisiva para evitar una nueva invasión musulmana que podía haber llegado más allá de los Pirineos.

En noviembre de 1212, en Coímbra, los reyes de Castilla, León y Portugal firmaron un tratado en virtud del cual se asignaban las zonas de conquista. En 1223, los almohades desaparecen de la península.

La victoria fue decisiva para el fin de la Reconquista, que aún se retrasó 200 años, hasta la toma de Granada, pero que hubiera llegado antes si no hubiera sido por la llegada de una epidemia y la muerte de Alfonso VIII.

Las consecuencias de la victoria no sólo fueron esenciales para la Reconquista, sino que tuvieron dos efectos muy importantes:
1) Se crearon los lazos para la unidad de España que se fraguará con los Reyes Católicos.
2) Como consecuencia de la necesaria ayuda que los reyes requerían para batallar contra los almohades se convocó en León, en 1188, a solicitud de Alfonso IX de León, la reunión extraordinaria de la curia regia, un órgano de gobierno procedente de la tradición visigoda, que incluye representantes de todas las ciudades del reino y de poblaciones relevantes. Allí estaban representados, la nobleza, el clero y las ciudades (era la primera vez que los representantes de las ciudades acudían a una reunión de la Curia).
Se trataba de la primera reunión de un Parlamento en Europa, que es tanto como decir, el primer parlamento del mundo. Sus competencias estaban relacionadas con los impuestos y el presupuesto. El Parlamento podía conceder un “petitum” o el derecho a acuñar moneda. En 1188, Alfonso IX recibió un “petitum”, pero en la reunión de Benavente de 1202 vendió a los municipios se derecho para quebrar moneda (acuñar moneda, pero variando su aleación) durante 7 años. En 1188, a cambio del “petitum”, el Rey concedió lo que se ha dado en llamar la Carta Magna leonesa en la que se recogían derechos del pueblo como inviolabilidad del domicilio, que la declaración de guerra o la firma de la paz estuvieran acogidos a la aprobación de los tres estamentos y otros derechos más, entre ellos una especie de constitución especial para Galicia. Por si alguno tenía dudas sobre la antigüedad de este acontecimiento, en 2013 la Unesco reconoció en el programa “memoria del Mundo” que este documento era “El testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo”. Con anterioridad, en 2011, la junta de Castilla y león concedió a León el título de “Cuna del parlamentarismo” y en 2019, hicieron lo mismo las Cortes Generales.

EL EXPOLIO DEL PATRIMONIO ESPAÑOL DURANTE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA: EL ARTE Y LA CULTURA

Del expolio que se cometió durante la República y la Guerra Civil en relación al Patrimonio español., todo el mundo recuerda el robo del Banco de España , pero el tema tiene una mayor extensión. El tema presenta, por un lado, un aspecto relativo al arte y la cultura en general y otro que tiene como nexo de unión el oro.  No son hechos radicalmente separables, aunque pudiera parecerlo, pero por razones de espacio los comentaremos en dos entradas diferenciadas.

Empezaremos por la merma del patrimonio artístico y cultural, el mayor número de estudios interesantes al respecto, sin ánimo de propaganda, con datos contrastables empiezan a aparecer a finales de los años 90 del Siglo XX. Uno de los más destacados es El expolio de la República, de Francisco Olaya Morales del año 2004. Publicado en la editorial anarquista Nossa y Jara. Sin que sea el único libro destacable, como veremos.

En una visión rápida de nuestra Historia podríamos decir que España ha sufrido tres grandes episodios de destrucción del arte y la cultura. El primero fue el perpetrado por los franceses durante la Guerra de Independencia, el segundo, por la Desamortización de Mendizábal y el tercero, por el Frente Popular.

Desde las primeras semanas de la República, ardieron miles de Iglesias en toda España en uno de los ataques a la libertad religiosa más espeluznantes de la historia de la Humanidad. Lo que hubo en España fue un auténtico genocidio contra los católicos que afectó igualmente al arte sacro y de manera colateral a otro tipo de instituciones o centros culturales.

Aquellos incendios supusieron la pérdida de miles de retablos de gran valor artístico: románicos, góticos, barrocos…los órganos, algunos con varios siglos de existencia; las campanas que, como elemento de orfebrería también era de gran valor, fueron objeto de inexplicable inquina; multitud de pinturas, esculturas, orfebrería sagrada, reliquias y joyas fueron destruidas. Vamos a poner dos ejemplos, por no extendernos en exceso. En Barcelona, uno de los lugares más afectados, se quemaron 500 iglesias, incluida la Catedral o la Basílica de Montserrat, se profanó la tumba de Gaudí y se rompieron las maquetas de la Sagrada Familia. Es común, en la documentación hallada sobre aquellos episodios, citar como autores de aquello hechos a anarquistas (la documentación de ambos bandos así lo hace, pero también hay profusión de datos que implican a militantes del Partido Comunista, de la UGT o del POUM).

En el segundo ejemplo, nos centraremos en la Revolución del 34 en Asturias. En la noche del 11 al 12 de octubre de 1934, entraron los republicanos por el fondo sureste de la Catedral, quemaron la sillería del coro -de incalculable valor, recuperada sólo en parte décadas después, llenaron la capilla de Santa Leocadia, situada bajo la Cámara Santa, de cajas de dinamita y volaron el conjunto. Con ello destrozaron una maravillosa Iglesia ramirense, robaron joyas y atentaron contra uno de los elementos más valiosos de orden histórico artístico y espiritual no ya de España sino de Europa, el Santo Sudario, una de las dos reliquias más importantes de la cristiandad y que se salvó de milagro. En una carta escrita tras el atentado por el deán Arboleya, figura capital del catolicismo progresista de la época, dice: “una de las obras de arte más preciosas, la Caja de las Calcedonias, del año mil, quedó intacta sobre los escombros, mientras ayer descubrimos con la emoción más intensa la Cruz de los Ángeles, a pocos centímetros sobre el suelo de la cripta, bajo varios metros de escombros pesadísimos. Y está muy poco deteriorada. El Arca Santa sale en pedazos lamentables; la Cruz de la Victoria no apareció aún”. A pesar de todo, fue milagroso que el destrozo no fuera aún mayor. Muchas de las gemas que adornaban las cruces y el Arca, desaparecieron. Las actuales son producto de los artesanos restauradores.

Los mayores expolios se dieron en todo orden de cosas a partir del Decreto de Azaña del 6 octubre de 1936, que firmó tras haberle engañado Negrín. Palacios, Instituciones, Catedrales como la de Toledo vieron desaparecer para siempre algunos de sus tesoros más preciados. Custodias, mantos como el de las ochenta mil perlas de la Virgen del Sagrario de la catedral de Toledo, piezas de gran valor del Museo Arqueológico, cuadros de gran valor de colecciones particulares, fueron incautados con el fin de proteger los bienes culturales ante el avance de los «nacionales» , aquella protección llevó a que ardieran bibliotecas, trabajos de investigación, además de escuelas y edificios, pinturas y esculturas de enorme valor. Por ejemplo, siguiendo en Oviedo, los republicanos dinamitaron la Universidad y se perdió su biblioteca. En Portugalete, incendiaron el palacio Salazar, que albergaba otra espléndida biblioteca y colecciones de arte valiosísimas. Bibliotecas como la franciscana de Sarriá, con cien mil volúmenes, o la de Guadamur, una de las mayores de Europa conservadas en castillos, quedaron destruidas, y fueron pasto de las llamas otras muchas con decenas de miles de libros, a menudo únicos, conservados de siglos atrás.

Aquel destrozo de obras de arte fue puesto de manifiesto en las Cortes por Calvo Sotelo: “Esculturas de Salzillo, magníficos retablos de Juan de Juanes, lienzos de Tiziano, tallas policromadas, obras que han sido declaradas monumentos nacionales, como la iglesia de Santa María de Elche, han ardido en medio del abandono, cuando no de la protección cómplice del gobierno”. Los diputados de izquierda recibieron sus denuncias con chirigotas y frases como “¡Para la falta que hacían…!

Muchas de las obras encontradas en las iglesias y conventos o palacios fueron sacadas de España con cierta facilidad por ser de pequeño tamaño fáciles de transportar, muchas, robadas, otras en manos de sus propietarios, pero en ambos casos ilegalmente vendidas por estar catalogadas como patrimonio español. El expolio se debió a que existieron auténticas redes de delincuentes dedicadas al robo y salida ilegal de obras de arte, dirigidas por conocidos “mercaderes del arte”, tanto españoles como extranjeros, que contaban en muchos casos con la colaboración de miembros de algunos partidos o sindicatos o incluso de diplomáticos y autoridades.

Un estudio realizado por la Universidad Complutense[1], afirma que muchos de aquellos “marchantes eran de nacionalidad holandesa”. No fueron ni los únicos y ni los más destacados. El principal destino de aquel desastre era Francia y especialmente París, centro mundial del mercado de obras de arte. Además, esta exportación ilegal se extendía hacía América y a otros países europeos además de la mencionada Holanda –especialmente Suiza, Inglaterra, Bélgica o Alemania-. Si bien es cierto que hubo tímidos intentos por parte del gobierno español de evitar ese tráfico de obras, las respuestas de los gobiernos europeos carecieron de solvencia, ninguno de ellos quiso ofrecer garantía alguna para paralizar aquella sangría.  Conocida era la “tienda” sita en París, en la Rue Bonaparte, “una tienda de antigüedades en la que se venden especialmente objetos religiosos procedentes de las iglesias españolas”. También era bien conocido un tal Raimundo Ruiz, que gozaba de un “buen mercado de antigüedades“ en Nueva York. Este individuo de tendencia nacionalista obtuvo las obras de catalanes y vascos y también de republicanos asentados en Francia. Realmente el tal Ruiz era una mezcla de contrabandista y estafador. Estos mercachifles o comerciantes sin escrúpulos fueron, sin ninguna duda, los principales responsables de las pérdidas patrimoniales.

Aquel mínimo interés en recuperar lo expoliado por parte del gobierno, hizo que republicanos ilustres como Azaña o Salvador de Madariaga, llegaran a afirmar que aquello fue algo muy organizado y sistemático conocido por las autoridades.

Así, Azaña describió la acción del gobierno en esta materia como: «política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta».  Marañón, padre espiritual de la república, afirmó: «¡Qué gentes! Todo es en ellos latrocinio, locura, estupidez. Han hecho, hasta el final, una revolución en nombre de Caco y de caca»; «Bestial infamia de esta gentuza inmunda»; «Tendremos que estar varios años maldiciendo la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales, y aún no habremos acabado. ¿Cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado?».

Evidentemente, no todos actuaron igual; desde los dos bandos hubo intentos de recuperar lo perdido, como señaló el director general de Bellas Artes, Puig de la Bellacasa, a raíz de una exposición realizada sobre la recuperación de las obras perdidas durante la Guerra [alabando a] “personas de los dos bandos que entre el 36 y el 39 defendieron el patrimonio histórico unidos por su pasión por el arte”.

En el bando republicano, ya durante el Frente Popular, se creó la Junta del Tesoro Artístico, con sede central y subsedes provinciales, trabajó, en general, de manera técnicamente muy aceptable y con un espíritu dedicado y desinteresado. Otra cosa es el carácter político del trabajo, un verdadero crimen contra la herencia artística e histórica de España, como decía Salvador de Madariaga, otro ilustre republicano. El problema de las implicaciones políticas fue el gran error de los republicanos en este asunto, no sólo de los que actuaban de buena fe sino de los que no lo hicieron así.

Una de las políticas de la república fue idear movimientos de “salvación”, es decir, sacar obras de sus museos o bibliotecas y ponerlas a recaudo fuera de España para su preservación. Por ejemplo, muchas obras museísticas vascas fueron enviadas a Francia; las catalanas, a Suiza, y algunas se quedaron a buen recaudo en España. Los problemas vinieron cuando la supuesta salvación se convirtió en robo descarado sin que la Junta pudiera hacer nada, bien porque eran los partidos los que actuaban bien porque era personajes ilustres de la República los que los llevaban a cabo o bien porque eran los ministros los que lo hacían, especialmente Negrín.

Recordemos las palabras de uno de los técnicos, Ángel Ferrant, en 1938: “Se siguen destruyendo cosas. Principalmente nos apresuramos a recoger todo lo que corre riesgo de que lo quemen cuando vengan los fríos. Sabemos por experiencia la cantidad de buenas imágenes y retablos que, sin poderlo evitar, corrieron esa suerte el año pasado. Es de lo más desolador enterarse constantemente de la desaparición de piezas importantes”.

Conviene, por tanto, distinguir entre la labor entregada de los técnicos que intentaron salvar lo salvable, y los dirigentes políticos que dirigieron la operación y aprovecharon el desinterés y angustia de los profesionales para apoderarse de un inmenso tesoro artístico e histórico. Es conocida la labor de la subsede madrileña de Junta Central del Tesoro Artístico en la que figuraba gente tan ilustre como Enrique Lafuente Ferrari, Diego Angulo, Gómez Moreno o Buero Vallejo, empeñados en convencer a los incontrolados de que el arte, aunque fuera religioso, era arte y patrimonio de todos, o de intentar convencer a las autoridades de que los cuadros del Prado debían permanecer en Madrid

Los cuadros del Prado, son un acontecimiento destacado de aquella “salvación”, pero no fueron los únicos. Veamos algunos ejemplos:

  • El 28 de junio de 1937, en barco, salían, desde Barcelona hacia Marsella , 33 cajas que contenían, según la mercancía declarada, “medias de seda artificial”, con destino a Francia, a la empresa “Intercambios Comerciales, S.A.”. Pero las averiguaciones posteriores demostrarían que el contenido de las cajas era otro; un agente republicano en misión especial comprobaría al acudir al depósito de la aduana de Marsella que al abrir varias de las cajas “en su interior hay lienzos y cobres pintados, vajillas y objetos de plata, cristos y otras varias cosas de ornamento para el culto católico, no pudiendo precisar exactamente el contenido de todas ellas por no haber sido posible abrirlas todas”. El agente republicano, que consideraba “preciso llevar todas las gestiones en el más absoluto secreto”, se puso en contacto con el Vicecónsul de la República en Marsella, Antonio Fernández, para comunicarle su hallazgo. El temor del agente estribaba no sólo en que se pudieran enterar las autoridades de la aduana –e interviniesen las cajas dada la falsedad de la declaración de la mercancía–, sino también que llegara a oídos de “ciertos elementos de la F.A.I. para los cuales no hay secretos en ese consulado”. Los republicanos siempre acusaron a los anarquistas de este “salvamento”. El objetivo del agente era evitar que se malograse con ello el rescate de las cajas. En aquella ocasión, el Gobierno de la República decidió actuar por vía judicial y diplomática para recuperar las 33 cajas de Marsella. El Fiscal General de la República recomendaba presentar una querella ante el Juzgado de Instrucción de Barcelona “por delitos de falsedad, robo y estafa” contra los responsables del cargamento. Realizado esto, había que exigir a Francia por vía diplomática la entrega de las cajas. Lo cierto es que las 33 cajas de Marsella fueron finalmente rescatadas y enviadas a la embajada de España en París seis meses después, en marzo de 1939. El que llevó a cabo la gestión definitiva fue Timoteo Pérez Rubio, presidente de la Junta Central del Tesoro Artístico, que viajó desde Ginebra –donde se encontraban las obras evacuadas por la Junta en proceso de inventario–para hacerse cargo, entre otras, de estas obras. Por mediación de Jacques Jaujard, Director de los Museos Nacionales y de la Escuela del Louvre, consiguió que bajo amparo diplomático las cajas fueran remitidas para “amueblar dicha embajada”, en un momento en el que la España de Franco ya había sido reconocida por Francia. Finalmente, acabada la guerra, las cajas pasarían a manos de los representantes del Gobierno español y regresarían a España a mediados de octubre de 1940.
  • Hablaremos de un segundo “salvamento”, el acontecido en el palacio de Zabálburu. Se trataba de un edificio madrileño con una de las mejores colecciones de libros antiguos del mundo, que fue requisado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, impulsada por Bergamín. Al palacio fueron a vivir Alberti y su mujer, y en él daban fiestas de disfraces, comedias, etc., en plena guerra y penuria de la población. Es conocida la anécdota de poeta y honradísima persona, Miguel Hernández, que, recién llegado del frente, comentó en una de esas fiestas: “Veo aquí a mucha puta y mucho hijo de puta”, recibiendo una fuerte bofetada de María Teresa León, que juzgó inapropiada la observación del poeta. El hecho de servir el palacio de Zabálburu como sede de la Alianza, salvó su biblioteca del destino de otras muchas. Ello tuvo un coste, sin embargo. Al terminar la guerra pudo comprobarse que habían desaparecido 90 libros antiguos de valor inestimable, escogidos con pericia evidente, así como la colección de monedas de oro, objetos de plata, etc.
  • Podríamos hablar de otro salvamento, el de el Museo Arqueológico, por el republicano Wenceslao Roces, subsecretario de Instrucción Pública, acompañado de milicianos armados. Pero como se trata de un asunto muy relacionado con el oro, lo dejaremos para la segunda entrega.

Por eso en este tercer ejemplo vamos a narrar uno de los acontecimientos “salvadores” más controvertidos: el de los cuadros del Museo del Prado. Para su análisis nos basaremos en el libro de José Calvo Poyato (por cierto, hermano de la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo), el historiador Calvo Poyato en su libro “El milagro del Prado” considera que el hecho de que los cuadros puedan estar hoy a salvo en el Museo del Prado y no destrozados o perdidos es algo milagroso, tal y como fueron tratados. El Gobierno de la República ordenó el traslado de las obras del museo, junto con otras que habían sido incautadas. Se distribuyeron por varios lugares de la ciudad de Valencia entre ellos las Torres de Serrano y el Colegio del Patriarca.

Posteriormente, entre los años 1937 al 1938, estas piezas fueron trasladas a Barcelona, en primer lugar, más tarde al Castillo de Peralada y a unas minas en el Ampurdán. En febrero de 1939 viajaron hacia Ginebra, y allí fueron custodiadas por el Comité Internacional de Expertos para el Inventario de las Obras de Arte Españolas. Fueron expuestas en la Sociedad de Naciones de la misma ciudad, hasta que fueron devueltas a España el 7 de septiembre de 1939.

Los cuadros fueron sacados del Museo cuando se acercaban las tropas nacionales a Madrid, las dos razones que se dieron para ello fueron que había que “salvar” esos tesoros de los bombardeos y del frío madrileño. Excusas, dice Calvo Poyato: «fue una decisión política; cuando se tomó no había caída una sola bomba sobre el Prado».  No había la menor razón para llevarse de allí las pinturas, como demostró el subdirector del museo y director de facto ante la ausencia de Picasso, que era el director titular, Sánchez Cantón, y como demostró la propia conducta del Gobierno frentepopulista, que siguió sirviéndose del edificio para almacenar, a lo largo de toda la guerra, innumerables piezas artísticas y otros valores para llevarlos luego a Valencia y Barcelona.

Había, además, otra razón para evitar el traslado: los lienzos podían, en último extremo, guardarse en el Banco de España. Es preciso recordar las palabras de Salvador de Madariaga: “El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se han cometido jamás. Madrid poseía precisamente la mejor cámara subterránea quizá entonces del mundo para la protección de tesoros artísticos, recién terminada con arreglo a la técnica más moderna. A los técnicos ingleses que visitaron España entonces se les enseñó un par de cuadros del Greco enmohecidos por la humedad para hacerles creer que esta cámara subterránea no era suficiente. A la sazón presidente de la Oficina Internacional de Museos de la Sociedad de Naciones, pude estudiar documentación suficiente para asegurar aquí que los cuadros del Museo del Prado no debieron haber salido nunca de Madrid, y que no hubieran salido de no haber predominado en el Gobierno de entonces la pasión política más miserable sobre el respeto a la cultura y al arte”.
Por tanto, sacarlos de Madrid para salvarlos de los bombardeos no era cierto, de hecho, apenas hubo bombardeos entorno al Museo y la Biblioteca Nacional, primero los nacionales siempre preservaron edificios significativos, salvo que estuvieran en ellos instaladas instituciones republicanas, como ocurrió con el Palacio de Liria.La segunda razón, sobre el frío, es aún más inaceptable, ni que los inviernos de Madrid, antes, en medio y después de la guerra no fueran igualmente fríos.

Calvo Poyato recuerda que las normas internacionales sobre patrimonio artístico, recomendaban dejar los cuadros en su sitio y en sótanos, que es donde estaban los del Prado, una vez que éste se cerró al público. En vez de eso, se los sacó «sometiéndolos a un riesgo en buena medida innecesario«. Los técnicos del Museo así se lo dejaron escrito a las autoridades, “era una barbaridad” escribió el subdirector del Museo. Ante la presión de los técnicos se hizo cargo del Museo, de facto, María Teresa León quien formaba parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y sin más autoridad que su decidido carácter los cuadros salieron con una protección mínima- Cuenta Calvo-

Ejemplos de las barbaridades del traslado pueden ser los siguientes: “Al llegar al puente de Arganda sobre el Jarama, un cuadro de las dimensiones de Las meninas tropezaba con los arcos superiores; de modo que hubo que bajarlo del camión y llevarlo a mano hasta cruzar el puente. En otra ocasión, Los fusilamientos del tres de mayo sufrió destrozos importantes al caerle encima un balcón y estuvo a punto de perderse” cuenta el autor de el milagro del Prado. No fueron los únicos desastres otro ejemplo es el del Cristo de Velázquez cayendo barranco abajo al salir del Ampurdán camino de Francia. El autor recuerda, asimismo, como eran las carreteras durante la guerra, bombardeadas, sin mantenimiento, llenas de baches y socavones. Los camiones no podían superar los 15 km hora por miedo a volcar y para no destrozar las ruedas entre bache y bache. En cada uno de ellos, los cuadros, instalados sin la protección adecuada iban dando botes durante los más de 400km que separan Madrid de Valencia.

Afortunadamente, frente a la actitud de los políticos -que a Calvo Poyato le parece poco prudente cuando menos- estuvo la responsabilidad de los técnicos. Así, el pintor Timoteo Pérez Rubio, uno de los personajes más destacados de esta historia, se ocupó de que, una vez llegados a Valencia, los cuadros se alojaran en lugares seguros, y fueran restaurados. Si bien, posteriormente fueron trasladados a Barcelona, Gerona, Francia y Suiza. Realmente es milagroso que aún tengamos cuadros en el Prado. El traslado a Barcelona se debió a la orden de que los cuadros del Prado y otros tesoros museísticos, debían estar con el gobierno. Calvo Poyato llama la atención sobre otro hecho significativo en esos días finales: por un decreto del gobierno los asuntos del patrimonio artístico nacional pasaron a depender del Ministerio de Hacienda. «Eso tiene un tufo», dice, «de que se les quería dar valor económico por encima del valor artístico». Tras Barcelona al Ampurdán donde los cuadros y otros tesoros de El Prado fueron “instalados” en polvorines que podían ser objetivo militar y si no fueron volados fue porque los servicios de inteligencia franquista, conocían su ubicación y evitaron los bombardeos. Realmente es milagroso que aún tengamos cuadros en el Prado.

Azaña, en aquellos años, expresó toda la angustia de la situación al decir que sentía la presencia de unas obras maestras que, en conjunto, eran más importantes que cualquier otra cosa, que la República y la Monarquía juntas.

Aquel cambio de competencias de Cultura a Hacienda abre todo tipo de conjeturas, que no se pueden demostrar, al menos mientras no se permita estudiar los archivos rusos, de que la República quería canjear aquellos cuadros por armas, como hizo con parte del oro. Los cuadros eran inmensamente conocidos, no se podían vender, pero si se podían dar a los rusos de Stalin a cambio de refuerzos armamentístico y apoyo logístico, incluso de protección para los dirigentes republicanos. Así lo sospecha Calvo, Pío Moa y otros muchos historiadores.

El hecho es que, milagrosamente, quizá porque veían que la guerra no tenía remedio para el bando republicano, por el tesón de alguno de sus dirigentes, de los técnicos, de algunos intelectuales y las dificultades del momento histórico, con la II Guerra Mundial en puertas cuando trasladar los cuadros a Rusia hubiera sido condenado en la Sociedad de Naciones, o por lo que fuera, el resultado fue que durante la última etapa de la Republica, el Gobierno se esforzó por preservar física y jurídicamente los cuadros, de ahí el traslado a París , primero, y a Ginebra, después, siendo custodiados en la sede de la Sociedad de Naciones hasta su regreso a España.

[1] CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DE LA SALIDA DELICTIVA DE OBRAS DE ARTE AL EXTRANJERO DURANTE LA GUERRA CIVIL  Arturo Colorado Castellary