En 1840 la guerra carlista había sido liquidada. La crisis bélica de los años 30 quedaba concluida y el régimen liberal parecía afianzado. Dos características se unieron en aquel momento de la Historia de España, de un lado, unas clases medias que podían participar más activamente en la vida pública, no sólo en su contribución económica por el pago de impuestos, sino mediante la aplicación del sufragio censitario y, de otro, a partir de la situación bélica vivida, se había socializado acudir al ejército para solventar los problemas. La popularización del militarismo permitió utilizar la vía militar para imponer la voluntad de las diferentes facciones políticas en sus intentos de alcanzar el poder. Así, por esa popularidad, llegó el General Espartero a ser el regente de Isabel II el 10 de mayo de 1841 (el progresismo había relegado al exilio a la reina Mª Cristina de Borbón e Isabel II era menor de edad).
Baldomero Espartero procedente de una modesta familia artesana de un pueblo manchego (Granátula) inició su carrera militar en la Guerra de Independencia, que continuó en las campañas en América y culminó en las guerras carlistas. Su formación intelectual era más bien elemental y, desde luego, su conocimiento de las doctrinas políticas, no era mayor. Eso sí, si tomaba una decisión tenía energía suficiente para “sostenella y no enmendalla”. Sobre todo, sus acciones venían siempre precedidas de la estima o desestima que tuviera al personaje o acontecimiento al que se debía enfrentar. El sentimentalismo por principio político. Así surgieron sus enfrentamientos con Narváez, así su militancia o apoyo en el liberalismo progresista, aunque cuando se suscitó la primera crisis entre los progresistas divididos entre progresistas civiles y militares, optó por los segundos, también por razones de camaradería y amistad. Los civiles encabezados por Joaquín María López, Salustiano Olózaga y Manuel Cortina, aunque representaban a tres facciones diferentes, no lograron entenderse con él; incluso entre los militares acabó por tener problemas.
Había además arraigado un sentimiento hostil contra él en Cataluña. En la Ciudad Condal, al igual que en otras zonas de España, se había creado una Junta de Vigilancia formada por el Ayuntamiento, la Diputación y la Milicia nacional, en defensa del gobierno progresista. El 13 de noviembre de 1842, se inicia una insurrección en Barcelona. La ciudad se reveló contra la política librecambista de Espartero que amenazaba al proteccionismo exigido por los industriales catalanes para mantener el monopolio de sus productos textiles en España.
Las medidas liberales progresista de Espartero, promovían la apertura de las fronteras españolas a los productos ingleses, competidores en aquel momento por calidad y precios de los fabricados en Cataluña (el gobierno inglés de Palmerston, también subvencionaba los productos ingleses). Las negociaciones librecambistas con Inglaterra concluyeron con el anuncio de un tratado comercial. Esto ocasionó el desencanto e indignación de la burguesía catalana, a la que se unieron asociaciones de obreros que pedía la protección de la Industria regional.
El detonante del levantamiento se produjo en el Portal del Ángel por el pago de impuestos de consumo que cobraba el Ayuntamiento. El incidente comenzó cuando un grupo de obreros que regresaba de comer intentó pasar al interior de la ciudad una pequeña cantidad de vino sin pagar los «derechos de puertas». Estos acontecimientos provocaron una guerra de barricadas protagonizada por la milicia, apoyada por paisanos armados, contra el ejército al que acusaban de que los soldados habían saqueado tiendas y robado a los transeúntes. Otros vecinos apoyaban a los milicianos lanzando piedras y muebles desde las ventanas y las azoteas. La respuesta de la autoridad militar fue ocupar el Ayuntamiento y detener a varios periodistas de «El Republicano» presentes en los hechos, cuyo periódico acababa de publicar un llamamiento que decía: «Cuando el pueblo quiera conquistar sus derechos, debe empuñar las armas en masa al grito de ¡Viva la República”!
Por si fuera poco, la burguesía reunió a la Junta de Vigilancia tornada en Junta Popular y que, actuando de manera autónoma, lanzó la siguiente proclama:
“CIUDADANOS:
Valientes nacionales: catalanes todos: la hora es llegada de combatir á los tiranos que bajo el férreo yugo militar intentan esclavizarnos.Con toda la emocion del placer he visto prestar esponiendo vuestras vidas los mayores sacrificios, en favor de nuestra nacional independencia: sí, os he visto llenos del mayor entusiasmo, briosos, lanzaros al fuego de los que alucinados por gefes tan déspotas como tiranos, quisieron hollar vuestros mas sagrados derechos. Nó, no les dictaba su corazon el hostilizaros; una mano de hierro les impuso tan infernal y abominable crimen. Puesto que habeis mostrado que quereis ser libres, lo seréis a pesar de un gobierno imbecil que aniquila vuestra industria, menoscaba vuestro intereses y trata por fin de sumiros en la mas precaria y lastimera situacion, en la mas degradante miseria.Una sola sea vuestra divisa, hacer respetar el buen nombre catalan; union y fraternidad sea vuestro lema, y no os guien, hermanos mios las seductoras palabras de la refinada ambicion de unos , y la perfidia y maledicencia de otros.Guiado de las mas sanas intenciones he creido oportuno dirigirme en estos momentos á los batallones, Escuadron, Zapadores y Artillería de Milicia Nacional, para que sirviéndose nombrar un representante por eleccion en cada uno de ellos, se constiuyan en junta, dicten las mas enérgicas medidas y os proporcionen cuantos bienes su penetracion les sugiera en estas criticas circunstancias.Al momento, no hay duda, sentireis las mejoras. Vosotros los que abandonando una triste subsistencia que os produce quizás un miserable jornal,habeis preferido quedaros sin pan antes que sucumbir á infernales maquinaciones, sois dignos de todo elogio, habeis despreciado la muerte con bizarría, justo es quedeis indemnizados de vuestras fatigas y penalidades. No dudeis levantará su enérgica voz en vuestro apoyo vuestro hermano y compañero de armas.
Barcelona 15 de noviembre de 1842
Juan Manuel Carsy”
Juan Manuel Carsy fue un valenciano, militar y redactor de El Republicano, que presidió la junta revolucionaria formada en Barcelona en noviembre de 1842 contra la regencia de Espartero.
Benito Pérez Galdós en su obra “Los Ayacuchos”, novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales, refleja los sucesos de ese día en Barcelona y bajo la expresión de su personaje Fernando Calpena define a Juan Manuel Carsy: (sabiendo que Don Benito lo consideraba un traidor a todos, infiltrado de la reina Gobernadora, Mª Cristina de Borbón, al que pagaban desde Francia).
“Juan Manuel Carsy, el alma de esta trapisonda, es un valenciano que hace poco vino aquí; comerciaba sin dinero ni mercancías, y se metió a periodista sin saber escribir. Ni posee el don de elocuencia para fascinar a las muchedumbres, ni la prodigiosa facultad del mando para conducirlas al combate. Es hombre vulgarísimo; y reconociéndolo así toda Barcelona, nadie se detiene a pensar en el enigma de su rápido encumbramiento. […] Me consta que desde el 14 disponía ese oscuro y ridículo Carsy de grandes sumas de moneda corriente, en plata y oro, las cuales no debió ganar en el comercio ni en el periodismo… Y pregunto yo: ¿De dónde ha salido este dinero?…”
En este barullo, la Junta Popular redobló la apuesta contra el Gobierno y dictaminó el derribo de la fortaleza de la Ciudadela.
La sublevación iniciada en noviembre, obligó a Antonio Van Halen (Capitán General de Cataluña) a ordenar la salida del ejército de la Ciudadela para refugiarse a las afueras de la ciudad en el Castillo de Montjuic, a la espera de la llegada de refuerzos.
El repliegue de las tropas gubernamentales fue considerado un triunfo por los sublevados. En un manifiesto hecho público el 17 de noviembre la Junta Provisional transformada en Junta Central de Gobierno, emitió un manifiesto en el que se fijaban como objetivos la “unión y puro españolismo entre todos los catalanes libres”, la “independencia de Cataluña, con respecto a la corte, hasta que se restablezca un gobierno justo” y la protección de la industria española, el comercio, la agricultura y las clases laboriosas y productivas.
El 2 de diciembre Espartero llega a la ciudad. Ese mismo día el general Van Halen, por orden de Espartero, comunicó que Barcelona sería bombardeada desde el castillo de Montjuic si antes de 48 horas no se rendían los insurrectos. Entonces cundió el desconcierto en la ciudad y la Junta Central fue sustituida por otra más moderada dispuesta a negociar con Espartero, pero éste se negó a recibirles a pesar de que en ella participaba el propio obispo –“Espartero no quería una rendición pactada sino un castigo”, afirma Josep Fontana. Se formó una tercera Junta, esta vez dominada por los republicanos y dispuesta a resistir. El bombardeo se produjo, los incendios se extendieron por la ciudad, se destruyeron 300 edificios y murieron en torno a 30 personas. Hubo desperfectos importantes en el Ayuntamiento, en el Palacio de Justicia, la Casa de la Caridad, hospitales, fábricas… en todas partes.
A las 6 de la tarde dos comisiones de ciudadanos, una de la ciudad y la otra de la Barceloneta, se presentaron en el Cuartel General del ejército para solicitar el cese de hostilidades; pero las acciones continuaron hasta las 12 de la noche. Entonces, la Junta Revolucionaria se rindió y se entregó a las autoridades.
El día 4, Barcelona recibió la entrada de las tropas al mando de Van Halen y Espartero. Los revolucionarios habían sido desarmados y el ejército había tomado la Ciudadela, los cuartelillos, las puertas de la ciudad y los edificios más emblemáticos y representativos. El capitán general declaró la ciudad en estado de sitio por tiempo indefinido. Las medidas de castigo fueron muy duras, desde la pena de muerte para los cabecillas de la revolución hasta la prisión incondicional con grado de dureza según la implicación de cada uno en la revuelta.
Además, se castigó colectivamente a la ciudad con el pago de una contribución extraordinaria de doce millones de reales para sufragar la reconstrucción de la Ciudadela. Asimismo, disolvió la Asociación de Tejedores de Barcelona y cerró todos los periódicos salvo el «Diario de Barcelona».
Espartero había conseguido acabar con la revuelta, pero con el bombardeo y la dura represión posterior perdió el inmenso apoyo social y político que había tenido tradicionalmente no sólo en Barcelona, sino también en Madrid. Por esta acción, un militar catalán y progresista como era Prim, le atacó en las Cortes por su inclinación al librecambismo contrario a las clases industriales catalanas. Se produjo asimismo una ofensiva de la prensa de la oposición contra Espartero y también la prensa militar le deja de dar el apoyo que tenía con anterioridad.
Juan Manuel Carsy huyó a Francia y volvió para participar en las revueltas contra Espartero de 1843 No se paró ahí, participó posteriormente en otras revueltas contra los gobiernos moderados. Acabó en el exilio de Francia, con una considerable fortuna.
El bombardeo de 1842 no fue el único de la época a la Ciudad Condal, el segundo se produjo en 1843. Nació como reacción a una segunda insurrección en contra del Gobierno. Se formó en la ciudad una Junta Suprema (junio-agosto), que tan pronto buscaba la mayoría de edad de Isabel II como mantenía posiciones cuasi republicanas. El 2 de septiembre de 1843, se inician los disturbios y la revuelta conocida como la jamancia. Barcelona fue asediada durante tres meses por el ejército. La ciudad fue bombardeada el 24 de octubre desde la ciudadela. Siempre se atribuyó a Prim este bombardeo, sin embargo, recientes estudios, atribuyen esta autoridad a Laureano Sanz y Soto de Alfeirán, Capitán General de Cataluña durante la revolución de “La Jamancia”. La ciudad se rindió y fue disuelto el movimiento pseudo republicano.
A los amigos del victimismo cabe comunicarles que Barcelona no fue la única ciudad bombardeada para acabar con conflictos; Sevilla, por ejemplo, corrió la misma suerte en el mismo año. Era la política de la época.
BIBLIOGRAFÍA
AGUADO BLEYE, Pedro. – “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.
FONTANA, Josep. – “La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares.” Ed. Crítica/Marcial Pons. 2007
PALACIO ATARD, Vicente. – “La España del siglo XIX”. Ed Espasa-Calpe. 1981.