Cuando hablamos de la independencia de Cuba, estamos hablando, históricamente, de tres enfrentamientos por la independencia cubana:
La primera es la llamada guerra de los 10 años o Guerra Grande (1868-1878) y que termina con la paz de Zanjón en 1878.
Este acuerdo no fue aceptado por grupos dispersos de nacionalistas cubanos que continuaron luchando durante la mayor parte del año 1878. Motivo por el cual intentarían reiniciar la lucha durante la segunda guerra de independencia, llamada Guerra Chiquita, que va de 1879 a 1880 según algunos historiadores, y que otros prolongan hasta 1895; enlazando, sin solución de continuidad, con la tercera y última, que es la que determina la auténtica independencia cubana, en 1898.
Hoy nos vamos a referir a las dos primeras.
Tuñón de Lara explica como a Cuba llegaron a lo largo del Siglo XIX hombres y capitales tras la emancipación del continente que provocaron la prosperidad de la economía cubana que pasó de basarse en la agricultura y ganadería al cultivo extensivo de caña de azúcar en grandes ingenios, café y tabaco. Lo que generó importantes beneficios a los grandes hacendados cubanos.
Quizá por ello, durante el primer cuarto del S.XIX no había repercutido en Cuba (ni en Puerto Rico) el movimiento independentista de la América continental española. Es más Domínguez Ortiz, considera que el movimiento independentista cubano nace por el favoritismo y desgobierno de la metrópoli.
El origen de esa mejora económica procedió de las mejoras técnicas en el cultivo del azúcar y el tabaco- el café decayó en su producción a medados del siglo XIX-.
Aquellas extensiones de cultivo, sobre todo, la caña de azúcar, demandaban gran presencia de mano de obra que era traída por los negreros desde áfrica. Cuando la metrópoli intentó prohibir la esclavitud, la trata de negros, la sociedad criolla cubana se reveló en la revolución de 1854. Realmente no todos los gobiernos españoles tenían la misma visión de lo que debía hacerse en Cuba. Los gobiernos de O’Donnell eran partidarios del esclavismo y aunque eran conscientes de que había que hacer reformas, nunca llegó a consumarlas. No hay que olvidar que O’Donnell había sido Capitán General de la isla, donde se enriqueció. Su gestión estuvo marcada por la idea de que para mantener la soberanía española había que proteger la esclavitud y el tráfico esclavista, base de la riqueza de la Isla. Con esa finalidad no dudó en potenciar ambos fenómenos, en abierta contradicción con los tratados internacionales hispanos ejerciendo, además, una durísima represión sobre los que los pusieron en cuestión. Al mismo tiempo, en su actividad se entremezclaron los intereses públicos y los privados, la política y los negocios. La realidad es que la trata de negros siguió realizándose de manera clandestina, al tiempo que las leyes españolas liberalizaron la emigración y se permitió la salida de españoles hacia Cuba que, ocupaban las ciudades y se dedicaban esencialmente al comercio y que con el desarrollo del cultivo del tabaco acabaron enriqueciéndose en buena medida y número. Aquellos emigrantes españoles eran enemigos de las reformas y encontraban su eco en España por parte de todos los que se beneficiaban de aquel estado de cosas. Las anunciadas reformas sociales no llegaban por más que se prometían, lo que generaba un gran malestar entre la población criolla.
Al tiempo, la mayor producción implicó la búsqueda de nuevos mercados que se encontraron en EE.UU. Entre el malestar y la buena sintonía encontrada en los nuevos mercados dio lugar a que muchos criollos pensaran en acuerdos anexionistas con los norteamericanos. Establecieron en Nueva York el “Consejo Cubano” presidido por Gaspar Bethéncourt y financiaron las revueltas armadas de Narciso López en 1849 y 1851, que fracasaron. No sólo se pensaba en la anexión a los Estados Unidos por razones económicas sino por la inestabilidad política de España.
Las aspiraciones de los EE. UU ya se habían manifestado a principios de siglo, pero durante los primeros sesenta años del S.XIX, Inglaterra había frenado esas aspiraciones. De manera que los intereses de las rutas comerciales que nacían o terminaban en Cuba tenían un vértice controlado por Londres, Washington y Madrid. Posteriormente, la guerra de secesión norteamericana, puso un paréntesis en las aspiraciones norteamericanas. Mientras, en la isla se abrieron tres tendencias, una proesclavista que no quería reforma alguna; otra autonomista y una tercera independentista.
El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel Céspedes se alzó en el ingenio de la Demajagua, cerca de Yara (“El grito de Yara”), organizándose el primer núcleo insurrecto en Bayamo. El Capitán General de las islas, Lersundi, abandonado a sus propios recursos por coincidir con la revolución de septiembre en la Península[1], organiza la resistencia contra los insurrectos a base de voluntarios cubanos leales a la Corona, con lo que, la lucha, en sus comienzos, constituye una auténtica guerra civil cubana. El grito de Yara no fue secundado por los hacendados de occidente, zona mucho más próspera que la oriental de la Isla. A su vez se formó el “Partido español” que optó por enfrentarse tanto a los insurrectos como a la metrópoli que, tras la revolución de 1868- la Gloriosa-, pretendía establecer reformas en la isla, bastante moderadas en sí, pero favorecedoras de los azucareros frente a otros sectores. Posiblemente, sin el estallido de la Gloriosa en España, la revolución de Céspedes no se hubiera producido o no del mismo modo.
El Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba que explicaba las causas del levantamiento decía que era antiesclavista e independentista.
Con la llegada al poder de Amadeo de Saboya se aprobó un programa reformista que significó el fin de la esclavitud, la concesión de la autonomía y el enfado de los “negreros” en Madrid, encabezados por el Marqués de Manzanedo. Fuertemente partidarios de la “integridad nacional”. Su oposición desencadenó el nacimiento en España de la “Liga Nacional” que se oponía a las “funestas” reformas proyectadas.
Con el cambio de Gobierno en Madrid, en Cuba el general Dulce sustituye a Lersundi. Intenta un fin de la revolución por una vía negociadora que fracasó; al tiempo, los EE. UU redoblan su presión sobre España para comprar la isla.
Tras el fracaso de Dulce, España cambia de táctica e inicia una “guerra sin cuartel” bajo el mando de Caballero de Rodas, que había sido nombrado Capitán General de Cuba (1869-1870). Como no pudo hacer frente a la revolución autonomista de los “Voluntarios”[2], dimitió y regresó a España (1870) sucediéndole en el cargo el general Conde de Balmaseda. El cual logra victorias en la Campaña de los cien días (marzo-junio de 1870) y otras tantas en la zona de Oriente y en Camagüey. Pero este conflicto se comporta como guerra de guerrillas o en pequeñas zonas; algunas pantanosas que provocan en el ejército español más pérdidas por las enfermedades que por el fuego enemigo. El desgaste de la guerra hizo estragos en ambos bandos. Además, los cubanos tenían enfrentamientos internos que llevaron a sustituir a Céspedes por Cisneros Bethéncourt. Al tiempo, el entrometimiento norteamericano puso en alarma a Inglaterra que no quería ver comprometidas sus rutas comerciales. EE. UU enviaba armas y hombres a los insurrectos. En ocasiones, los cargamentos eran interceptados por la marina española y detenidos hombres y barcos, lo que generó más de un conflicto diplomático, en un claro antecedente de lo que será la tercera y definitiva guerra de la independencia en 1898.
La guerra continuaba en las islas mientras la 1ª República nombra a Jovellar Capitán General de la isla caribeña. No es hasta la restauración canovista cuando la situación cubana se encauzada militarmente al poner al mando de la isla al General Martínez- Campos en 1876. Su brillante acción militar puso contra las cuerdas a los insurrectos, pero Martínez- Campos no pretendía lograr exclusivamente una victoria militar, quería evitar un aplastamiento que convirtiera a los insurrectos en víctimas. Para eso buscó de nuevo la negociación como vía del arreglo. Ofrece reformas político-administrativas y cierto autogobierno. El resultado de esta política fue la Paz de Zanjón, el 12 de febrero de 1878, que significaba el perdón y el indulto para los rebeldes, así como la posibilidad de expatriarse a quienes lo desearan; libertad para los esclavos; y el compromiso de establecer reformas orgánicas. Es el fin de la Guerra Grande o de los 10 años o primera guerra de independencia cubana.
La paz de Zanjón fortalece la corriente autonomista que da lugar al nacimiento del Partido Liberal Cubano, integrado por criollos, que acepta su inclusión dentro de la monarquía española. Frente a ellos nace la “Unión Constitucional” que se definían como españoles incondicionales y se opone a las concesiones autonómicas. Estos impiden que las reformas anunciadas en Zanjón se lleven a efecto.
Tan fue así que, en agosto de 1879, se levanta en Santiago de Cuba Guillermo Moncada y se constituye el “Comité Revolucionario de la Emigración Cubana” o “Comité de los Cinco” cuya finalidad era aprovisionar de víveres y armas a los amotinados. A la lucha se une el General Calixto García que asumió la dirección del Comité Revolucionario Cubano. Sin embargo, el cansancio de diez años de lucha y las contradicciones internas del movimiento revolucionario cubano llevaron a la claudicación y al Acuerdo de Confluentes, mediante el cual capituló el 2 de junio de 1880.
No hubo muchos combates en esta guerra. Los pocos efectuados terminaron con reveses para los cubanos.
Aunque fracasó, la Guerra Chiquita demostró que el problema cubano no estaba resuelto, que la guerra había terminado sobre todo por agotamiento, y que, si el gobierno español no efectuaba drásticas reformas, la revuelta prendería de nuevo más tarde o temprano. Sin embargo, aunque los cubanos solicitaban reformas nunca las quisieron aceptar. Y así, cuando Antonio Maura, ministro de Ultramar en 1893 quiso restablecer el régimen de autonomía fue rechazado por todos los partidos cubanos. Se radicalizaron los sentimientos. En 1892, José Martí, que se había erigido tras la Guerra Chiquita en líder cubano, ante el temor de que prosperasen las tendencias autonomistas, había creado un partido revolucionario cubano, y no aceptó de buen grado el proyecto del ministro de ultramar en 1895- Abárzuza-. El proyecto de Abárzuza fue aprobado en las Cortes españolas y consistía en una nueva Ley autonómica para Cuba. Diez días después se inicia el “Grito de Baire”, es decir, la tercera y definitiva guerra de independencia cubana (24 de febrero de 1895).
La cual merece una narración aparte.
BIBLIOGRAFIA
UBIETO, REGLA, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983.
PALACIO ATARD, VICENTE. “La España del Siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. S.A. 1981.
DOMÍNGUEZ ORTIZ, ANTONIO. “España, tres milenios de Historia”. Marcial Pons (edición especial 20º aniversario. 2020).
TUÑÓN DE LARA, MANUEL. “Estudios sobre el S. XIX español”. Ed Siglo XXI. 1972.
[1] Revolución de 1868, de septiembre o la Gloriosa que de todas esas maneras es conocida y que supone la expulsión de Isabel II y el inicio del Sexenio democrático (1868-1874). Es decir, Juntas revolucionarias y Gobierno provisional; Monarquía de Amadeo de Saboya y 1ª República.
[2] Batallones de los “voluntarios del comercio”. Grupo armado de la revolución.