LAS PRIMERAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA DE CUBA.

Cuando hablamos de la independencia de Cuba, estamos hablando, históricamente, de tres enfrentamientos por la independencia cubana:

La primera es la llamada guerra de los 10 años o Guerra Grande (1868-1878) y que termina con la paz de Zanjón en 1878.

Este acuerdo no fue aceptado por grupos dispersos de nacionalistas cubanos que continuaron luchando durante la mayor parte del año 1878. Motivo por el cual intentarían reiniciar la lucha durante la segunda guerra de independencia, llamada Guerra Chiquita, que va de 1879 a 1880 según algunos historiadores, y que otros prolongan hasta 1895; enlazando, sin solución de continuidad, con la tercera y última, que es la que determina la auténtica independencia cubana, en 1898.

Hoy nos vamos a referir a las dos primeras.

Tuñón de Lara explica como a Cuba llegaron a lo largo del Siglo XIX hombres y capitales tras la emancipación del continente que provocaron la prosperidad de la economía cubana que pasó de basarse en la agricultura y ganadería al cultivo extensivo de caña de azúcar en grandes ingenios, café y tabaco. Lo que generó importantes beneficios a los grandes hacendados cubanos.

Quizá por ello, durante el primer cuarto del S.XIX no había repercutido en Cuba (ni en Puerto Rico) el movimiento independentista de la América continental española. Es más Domínguez Ortiz, considera que el movimiento independentista cubano nace por el favoritismo y desgobierno de la metrópoli.

El origen de esa mejora económica procedió de las mejoras técnicas en el cultivo del azúcar y el tabaco- el café decayó en su producción a medados del siglo XIX-.

Aquellas extensiones de cultivo, sobre todo, la caña de azúcar, demandaban gran presencia de mano de obra que era traída por los negreros desde áfrica. Cuando la metrópoli intentó prohibir la esclavitud, la trata de negros, la sociedad criolla cubana se reveló en la revolución de 1854. Realmente no todos los gobiernos españoles tenían la misma visión de lo que debía hacerse en Cuba. Los gobiernos de O’Donnell eran partidarios del esclavismo y aunque eran conscientes de que había que hacer reformas, nunca llegó a consumarlas. No hay que olvidar que O’Donnell había sido Capitán General de la isla, donde se enriqueció. Su gestión estuvo marcada por la idea de que para mantener la soberanía española había que proteger la esclavitud y el tráfico esclavista, base de la riqueza de la Isla. Con esa finalidad no dudó en potenciar ambos fenómenos, en abierta contradicción con los tratados internacionales hispanos ejerciendo, además, una durísima represión sobre los que los pusieron en cuestión. Al mismo tiempo, en su actividad se entremezclaron los intereses públicos y los privados, la política y los negocios. La realidad es que la trata de negros siguió realizándose de manera clandestina, al tiempo que las leyes españolas liberalizaron la emigración y se permitió la salida de españoles hacia Cuba que, ocupaban las ciudades y se dedicaban esencialmente al comercio y que con el desarrollo del cultivo del tabaco acabaron enriqueciéndose en buena medida y número. Aquellos emigrantes españoles eran enemigos de las reformas y encontraban su eco en España por parte de todos los que se beneficiaban de aquel estado de cosas. Las anunciadas reformas sociales no llegaban por más que se prometían, lo que generaba un gran malestar entre la población criolla.

Al tiempo, la mayor producción implicó la búsqueda de nuevos mercados que se encontraron en EE.UU. Entre el malestar y la buena sintonía encontrada en los nuevos mercados dio lugar a que muchos criollos pensaran en acuerdos anexionistas con los norteamericanos. Establecieron en Nueva York el “Consejo Cubano” presidido por Gaspar Bethéncourt y financiaron las revueltas armadas de Narciso López en 1849 y 1851, que fracasaron. No sólo se pensaba en la anexión a los Estados Unidos por razones económicas sino por la inestabilidad política de España.

Las aspiraciones de los EE. UU ya se habían manifestado a principios de siglo, pero durante los primeros sesenta años del S.XIX, Inglaterra había frenado esas aspiraciones. De manera que los intereses de las rutas comerciales que nacían o terminaban en Cuba tenían un vértice controlado por Londres, Washington y Madrid. Posteriormente, la guerra de secesión norteamericana, puso un paréntesis en las aspiraciones norteamericanas. Mientras, en la isla se abrieron tres tendencias, una proesclavista que no quería reforma alguna; otra autonomista y una tercera independentista.

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel Céspedes se alzó en el ingenio de la Demajagua, cerca de Yara (“El grito de Yara”), organizándose el primer núcleo insurrecto en Bayamo. El Capitán General de las islas, Lersundi, abandonado a sus propios recursos por coincidir con la revolución de septiembre en la Península[1], organiza la resistencia contra los insurrectos a base de voluntarios cubanos leales a la Corona, con lo que, la lucha, en sus comienzos, constituye una auténtica guerra civil cubana. El grito de Yara no fue secundado por los hacendados de occidente, zona mucho más próspera que la oriental de la Isla. A su vez se formó el “Partido español” que optó por enfrentarse tanto a los insurrectos como a la metrópoli que, tras la revolución de 1868- la Gloriosa-, pretendía establecer reformas en la isla, bastante moderadas en sí, pero favorecedoras de los azucareros frente a otros sectores. Posiblemente, sin el estallido de la Gloriosa en España, la revolución de Céspedes no se hubiera producido o no del mismo modo.

El Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba que explicaba las causas del levantamiento decía que era antiesclavista e independentista.

Con la llegada al poder de Amadeo de Saboya se aprobó un programa reformista que significó el fin de la esclavitud, la concesión de la autonomía y el enfado de los “negreros” en Madrid, encabezados por el Marqués de Manzanedo. Fuertemente partidarios de la “integridad nacional”. Su oposición desencadenó el nacimiento en España de la “Liga Nacional” que se oponía a las “funestas” reformas proyectadas.

Con el cambio de Gobierno en Madrid, en Cuba el general Dulce sustituye a Lersundi. Intenta un fin de la revolución por una vía negociadora que fracasó; al tiempo, los EE. UU redoblan su presión sobre España para comprar la isla.

Tras el fracaso de Dulce, España cambia de táctica e inicia una “guerra sin cuartel” bajo el mando de Caballero de Rodas, que había sido nombrado Capitán General de Cuba (1869-1870). Como no pudo hacer frente a la revolución autonomista de los “Voluntarios”[2], dimitió y regresó a España (1870) sucediéndole en el cargo el general Conde de Balmaseda. El cual logra victorias en la Campaña de los cien días (marzo-junio de 1870) y otras tantas en la zona de Oriente y en Camagüey. Pero este conflicto se comporta como guerra de guerrillas o en pequeñas zonas; algunas pantanosas que provocan en el ejército español más pérdidas por las enfermedades que por el fuego enemigo. El desgaste de la guerra hizo estragos en ambos bandos. Además, los cubanos tenían enfrentamientos internos que llevaron a sustituir a Céspedes por Cisneros Bethéncourt. Al tiempo, el entrometimiento norteamericano puso en alarma a Inglaterra que no quería ver comprometidas sus rutas comerciales. EE. UU enviaba armas y hombres a los insurrectos. En ocasiones, los cargamentos eran interceptados por la marina española   y detenidos hombres y barcos, lo que generó más de un conflicto diplomático, en un claro antecedente de lo que será la tercera y definitiva guerra de la independencia en 1898.

La guerra continuaba en las islas mientras la 1ª República nombra a Jovellar Capitán General de la isla caribeña. No es hasta la restauración canovista cuando la situación cubana se encauzada militarmente al poner al mando de la isla al General Martínez- Campos en 1876. Su brillante acción militar puso contra las cuerdas a los insurrectos, pero Martínez- Campos no pretendía lograr exclusivamente una victoria militar, quería evitar un aplastamiento que convirtiera a los insurrectos en víctimas. Para eso buscó de nuevo la negociación como vía del arreglo. Ofrece reformas político-administrativas y cierto autogobierno. El resultado de esta política fue la Paz de Zanjón, el 12 de febrero de 1878, que significaba el perdón y el indulto para los rebeldes, así como la posibilidad de expatriarse a quienes lo desearan; libertad para los esclavos; y el compromiso de establecer reformas orgánicas.  Es el fin de la Guerra Grande o de los 10 años o primera guerra de independencia cubana.

La paz de Zanjón fortalece la corriente autonomista que da lugar al nacimiento del Partido Liberal Cubano, integrado por criollos, que acepta su inclusión dentro de la monarquía española. Frente a ellos nace la “Unión Constitucional” que se definían como españoles incondicionales y se opone a las concesiones autonómicas. Estos impiden que las reformas anunciadas en Zanjón se lleven a efecto.

Tan fue así que, en agosto de 1879, se levanta en Santiago de Cuba Guillermo Moncada y se constituye el “Comité Revolucionario de la Emigración Cubana” o “Comité de los Cinco” cuya finalidad era aprovisionar de víveres y armas a los amotinados. A la lucha se une el General Calixto García que asumió la dirección del Comité Revolucionario Cubano. Sin embargo, el cansancio de diez años de lucha y las contradicciones internas del movimiento revolucionario cubano llevaron a la claudicación y al Acuerdo de Confluentes, mediante el cual capituló el 2 de junio de 1880.

No hubo muchos combates en esta guerra. Los pocos efectuados terminaron con reveses para los cubanos.

Aunque fracasó, la Guerra Chiquita demostró que el problema cubano no estaba resuelto, que la guerra había terminado sobre todo por agotamiento, y que, si el gobierno español no efectuaba drásticas reformas, la revuelta prendería de nuevo más tarde o temprano. Sin embargo, aunque los cubanos solicitaban reformas nunca las quisieron aceptar. Y así, cuando Antonio Maura, ministro de Ultramar en 1893 quiso restablecer el régimen de autonomía fue rechazado por todos los partidos cubanos. Se radicalizaron los sentimientos. En 1892, José Martí, que se había erigido tras la Guerra Chiquita en líder cubano, ante el temor de que prosperasen las tendencias autonomistas, había creado un partido revolucionario cubano, y no aceptó de buen grado el proyecto del ministro de ultramar en 1895- Abárzuza-. El proyecto de Abárzuza fue aprobado en las Cortes españolas y consistía en una nueva Ley autonómica para Cuba. Diez días después se inicia el “Grito de Baire”, es decir, la tercera y definitiva guerra de independencia cubana (24 de febrero de 1895).

La cual merece una narración aparte.

BIBLIOGRAFIA

UBIETO, REGLA, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983.

PALACIO ATARD, VICENTE. “La España del Siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. S.A. 1981.

DOMÍNGUEZ ORTIZ, ANTONIO. “España, tres milenios de Historia”. Marcial Pons (edición especial 20º aniversario. 2020).

TUÑÓN DE LARA, MANUEL. “Estudios sobre el S. XIX español”. Ed Siglo XXI. 1972.

[1] Revolución de 1868, de septiembre o la Gloriosa que de todas esas maneras es conocida y que supone la expulsión de Isabel II y el inicio del Sexenio democrático (1868-1874). Es decir, Juntas revolucionarias y Gobierno provisional; Monarquía de Amadeo de Saboya y 1ª República.

[2] Batallones de los “voluntarios del comercio”. Grupo armado de la revolución.

EL VALOR DE LA HISTORIA

Cada día, si vemos el número de ventas de libros de Historia, en un sentido amplio, novelas históricas, ensayos, narrativa histórica, o el número de series de televisión o películas que tienen la Historia por referente nos daremos cuenta que el interés que inspira Clío es muy amplio. Sin embargo, si preguntamos por este o aquel acontecimiento, muchas personas no saben qué contestar o, lo que es peor, no saben discernir si esa novela histórica o esa serie que miran embelesados se fundamenta en hechos ciertos o no. Si lo que cuenta es pura ficción, si comete presentismo o anacronismo o cualquier otro “ismo” que manifieste una clara manipulación.

Hay quien dice que el conocimiento cierto de la Historia es fundamental para analizar el presente y determinar el futuro de nuestro mundo. Yo con la idea de prevenir el futuro siempre he sido un tanto escéptica, salvo en un aspecto que ya señalaba Napoleón Bonaparte en las acotaciones al “Príncipe de Maquiavelo”: “Hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores”. No le faltaba razón al gran Bonaparte. El conocimiento de la Historia permite saber qué pasó en un tiempo anterior, lo que nos aclara el porqué del tiempo presente y nos permite discernir las consecuencias de determinados actos o de ciertos patrones de conducta de cara a suponer como se desarrollarán en el futuro. Ya sé que la Historia nunca se repite igual, sin embargo, hay elementos que cambian mucho menos de lo que pensamos. En eso, la Historia de las Relaciones Internacionales es paradigmática. Pensemos en los intereses de determinados países a través de los siglos, veremos que siguen esquemas que se mantienen en el tiempo. Así, por ejemplo, la tendencia británica al comercio sin ataduras y al espléndido aislamiento explica algunas actuaciones actuales; el interés de Rusia por buscar salidas a mares de aguas cálidas, esclarece su imperialismo en Crimea desde hace siglos y en la actualidad. Evidentemente, esos intereses o posiciones tradicionales pueden cambiar, pero no dejan de ser un vestigio de la actuación de esas soberanías.

Esto nos lleva a preguntarnos qué elementos debemos tener en cuenta para analizar el valor de la Historia. Podemos centrarlos en algunos puntos esenciales: fuentes de la Historia, el acontecimiento a estudiar, el método científico y el historiador, es decir, la historiografía. A ellos se unirán otros aspectos que no componen la historiografía pero que pueden influir en ella: los intereses políticos, los editores y el lector.   

  • Fuentes

Si hablamos de fuentes, hasta ahora hemos nombrado dos palabras esenciales: tiempo y vestigios.

El tiempo siempre es anterior, aunque nos quedaríamos cortos si nos centráramos exclusivamente en el pasado, como hemos señalado.

Vestigios de lo que pasó, es decir, restos de lo acontecido. Pero, no obviemos que los acontecimientos en los vestigios no suelen presentarse de manera completa, holística, abarcando todos los ángulos que dilucidan la acción de una sociedad en un momento concreto. Deben ser complementados por medio del estudio de otros documentos, restos arqueológicos, relatos populares… para darles un sentido global y reconstruir de manera integradora lo que pasó.

A esos documentos, huellas, ruinas, trazas, fósiles, evocaciones… se les llama fuentes primarias. A los relatos de los historiadores, fuentes secundarias.

  • Elección del acontecimiento a estudiar

Sobre el primero de estos elementos, la elección del acontecimiento a estudiar, debemos decir que el ideal sería el estudio de la sociedad mundial en su conjunto. Pero eso no es fácil, salvo que partamos de parámetros más reducidos que permitan ir ascendiendo en la investigación.

Sabemos que el ser humano es igual en todas partes del mundo lo que permite afirmar que hay aspectos comunes en su comportamiento que permiten estudios con cimientos idénticos. Lo que nos lleva a recordar los orígenes de la cultura que Caro Baroja explicaba espléndidamente tras el análisis de los estudios etnográficos y así, recordando a los antropólogos sociales como Lévi-Strauss afirmar que se puede hacer un inventario general de las diferentes sociedades, en el que los datos brutos obtenidos por el observador en una cualquier de ellas, siempre ocuparán el lugar que en otra distinta corresponden a otros datos. O, lo que es lo mismo, que dichos datos serán siempre resultado de una serie de elecciones efectuada por algún grupo concreto entre un conjunto de otras múltiples posibilidades afines a todas esas sociedades. Pero esos datos concretos, existentes en todas esas sociedades, no tienen por qué ser coincidentes en el tiempo, de manera que la comunicación de utilidades, usos o incluso esquemas espirituales proceden del contacto de unas culturas con otras a modo de círculos concéntricos. Aquello que queda dentro del círculo de contacto se transmite de unos a otros y se puede identificar en todos ellos.

Por eso para conocer una sociedad histórica se requiere dar respuesta a tres preguntas: 1) Que tenían en común y qué de diferente aquellas culturas. Qué tienen en común o diferente las actuales. 2) Cómo se relacionan entre sí las agrupaciones sociales que conviven en un momento temporal concreto. 3) Cuales son los acontecimientos que provocan cambios en esas sociedades y que generan un cambio histórico.

Ya vimos al hablar del contenido de la Historia contemporánea como el cambio de Era histórica se produce cuando en el presente vemos que algo es sustancialmente diferente a lo que habíamos visto en el pasado. Como la sociedad de hoy es muy diferente a la fechada como precedente. También vimos entonces como la datación histórica de la Era contemporánea (realmente de todas ellas) cambiaba según fueran las naciones más antiguas o aquellas que nacieron después de la II Guerra Mundial, con lo que se demuestra que la Historia, los ancestros de cada comunidad, condicionan su presente y su futuro. ( https://algodehistoria.home.blog/2021/01/15/el-concepto-de-edad-contemporanea/ )

Quizá por esa vinculación la base tradicional de todos los estudios historiográficos mundiales ha sido siempre, o casi siempre, la nación. Más recientemente, sin abandonar esos parámetros, se extienden los análisis por continentes y de manera tangencial, ante determinados acontecimientos, se busca un marco más amplio de carácter mundial. Esta exploración de una razonable dimensión espacial, temporal y temática no contradice el deseo, al menos como ideal, de una visión globalizadora de la historia de la Humanidad

La investigación tomando como referente la nación es perfectamente válida e incluso útil, como basamento sobre el que construir escalones superiores de análisis que permitan una integración en la investigación.

La nación se elige como escalón básico en el Renacimiento, cuando la creación de los Estado-Nación obligaba a establecer tesis adecuadas e influyentes en los súbditos de aquellos nacientes estados sobre los valores y principios que configuraban y hacían necesaria la creación de esos países. Es precisamente en ese elemento configurador dónde nos encontramos los relatos de héroes nacionales y de traidores ajenos, narraciones que ensalzan las peculiaridades propias o, mejor aún y más frecuente, que contraponen la necesidad de crear la nación por la lucha contra un enemigo común. El ejemplo del nacimiento de la leyenda negra española es algo que hemos visto en este blog en numerosas ocasiones. Inglaterra, Francia y Holanda se dispusieron con fruición a denigrar todo lo español como forma de lograr una identidad nacional aglutinadora de unos sentimientos que forjaran los lazos de los ciudadanos entorno a su nación y su rey.  En aquellos tres estados nacientes, bien fuera por arrebatarnos las rutas de comercio y alcanzar un imperio marítimo- caso inglés- bien por lograr un imperio continental- Francia- bien por conseguir la independencia- Países Bajos-, el arma a utilizar fue la propaganda contra España por medio de la tergiversación histórica. En este mismo sentido se encuadra gran parte de la historiografía hispanoamericana de los siglos XIX y XX. A la que habría que unir los relatos pseudohistóricos de parte de la prensa de esos y otros países; recordemos como ejemplo especialmente significativo, la posición de la prensa estadounidense en el inicio de la Guerra de Cuba o la de tantos supuestos hispanistas británicos, muchos de ellos periodistas en su origen, que siempre barren para su casa. No son los únicos ejemplos. Los nacionalismos españoles se entregan con deleite a la tergiversación histórica con tal de servir a la causa secesionista. En las tres regiones españolas con más presencia nacionalista: Galicia, País Vasco o Cataluña, esto se ha visto a lo largo de la Historia en centenares de ocasiones. En la actualidad, el caso catalán es paradigmático.

En esta misma línea de tergiversar el pasado y el presente para lograr un futuro diferente, nos encontramos con la utilización de la Historia con fines espurios de manipulación social y construcción una sociedad afín a determinados postulados políticos. Fenómeno que se ha dado con demasiada intensidad en la Historia del mundo, todos los totalitarismos, todas las dictaduras tergiversan la Historia a fin de educar en sus parámetros a los niños y a la sociedad en general. Se ve que, incluso en plena Edad Contemporánea, la Historia sí es muy útil para determinados políticos. Hemos señalado el caso catalán, pero qué decir de la Ley de Memoria Histórica, a la que también dedicamos una entrada hace tiempo. Es un modo de querer establecer un constructo mental en la colectividad para dirigir el voto.

https://algodehistoria.home.blog/2020/09/25/memoria-democratica/

En un mundo globalizado, donde las redes sociales, los libros, la literatura se emplean a fondo para explicar este o aquel aspecto es difícil de conseguir una plena manipulación sólo con maniobras de esa naturaleza. Para logarlo debe unirse la tergiversación histórica la manipulación en los medios de comunicación y del sistema educativo. Por tanto, la manipulación histórica se convierte en el instrumento de algo malvado de carácter superior.

  • Historiografía

Sin embargo, en esos planes hace falta que el otro elemento que da valor al análisis histórico se preste a ello. Hablo del historiador. Si el historiador fuera auténticamente libre, si pudiera vivir de su oficio, estas opciones de tergiversar serían más exiguas. Pero para ser libre y poder vender o vivir de la Historia hace falta talento, conocimiento e imaginación para presentar ante los lectores un relato atractivo y coherente. Además, el relato debe ser completo: la económica, la cultural, la sociología, la demográfica, la política o cualquier otra especialidad son opciones investigadoras, perfectamente legítimas y productivas, a condición de que cooperen en la comprobación de la teoría general sobre el funcionamiento y cambio de los sistemas sociales basándose en un análisis cierto y riguroso de las fuentes.

La conjunción de todos ellos, así como el planteamiento diferente en el análisis, han dado lugar a diferentes corrientes de estudio histórico o escuelas históricas, la historicista, la de los Annales, el cuantitativismo o el materialismo histórico, el postmodernismo…. Bienvenidas sean todas ellas si en el ejercicio de su libertad, permite que el diálogo entre diferentes corrientes historiográficas resulte más fácil y productivo y así crecer científicamente mediante la crítica razonada y rigurosa.

Lo que no es de recibo es caer en los viejos y nocivos vicios del presentismo, el anacronismo o el teleologismo, esa perversa trilogía para el oficio de historiador.

Por tanto, no importa si nos movemos en el marco nacional, continental, en la microhistoria, en la historia local o regional… siempre y cuando las teorías generales se puedan someter a una prueba factual o simplemente que el estudio de la lógica de los relatos o fuentes llevan a la coherencia en la narración. Esta tarea investigadora, tiene un papel tan científico como pueda producirse en otras materias como la física, la química o la biología…, por ejemplo. ¿Cuántas veces la física lanza leyes que consideran ciertas y aventura hipótesis que con el paso del tiempo se manifiestan ciertas, o no? Algo así pasa con la Historia. Alguien podrá decir que estamos ante un mundo empírico imperfecto, como lo hacen los científicos de la naturaleza, pero nadie niega que sean ciencias a pesar de ello.

No se trata de obviar que cada persona, cada historiador, tiene su propio posicionamiento social, su propia ideología, su propio tiempo histórico. Los análisis de la independencia de Estados Unidos, por ejemplo, nunca podrán ser iguales en un historiador español de 1800 a uno, también español, de 1980.  Si en vez de ser español es norteamericano o británico, la óptica del estudio será muy diferente. Cuanto más alejado en el tiempo, más objetivo. De ahí esa frase, ya famosa en este blog, del profesor Ferrero: “dádmelo morto”.

El historiador no debe ponerse al servicio de la creación de las condiciones ideológicas y culturales que facilitan el mantenimiento de un determinado sistema ni, al contrario, para establecer un sistema alternativo. Un historiador no puede estar al servicio de un partido, pero sí puede tener unos valores que determinen su visión del mundo. Porque a esos valores habrá llegado, entre otras razones, analizando la evolución de la humanidad través de la Historia. Pero sin maniqueísmos, sin presentar la historia como un comic de buenos y malos. Todos los actores históricos tienen intereses; conocerlos, observarlos, determinar sus resultados y frutos obliga al historiador necesariamente a posicionarse, pero sin dogmatismos. Que un historiador no sienta simpatías por Hitler o Lenin no significa que no pueda valorar la capacidad de mover a las masas de ambos o comprenda el contexto en el que se desenvolvieron para lograr unos cambios sociales radicales.

Ese estudio riguroso permitirá al lector con auténtica inquietud intelectual profundizar en la lectura, comparar textos o relatos, discernir la realidad. Esa narrativa adecuada, esa valoración implícita en el relato, no tiene por qué ser novedosa, si lo es per se, mejor. En ocasiones nos encontramos con el narrador snob que pretende hacernos ver que el mundo, la historia, los acontecimientos fueron de otra forma, bien como mero juego de artificio bien como una táctica editorial o bien por la vanidad personal desatada.

Con la conjunción de todos esos elementos expuestos, fuentes, acontecimientos, método y honradez del historiador, se llegará al auténtico valor de la historiografía y, por ende, de la Historia: el conocimiento de la realidad pasada que actúa de forma directa en el proceso de comprensión de las sociedades presentes, y a la inversa, en tanto que son dos caras de una misma moneda, y, con ello, logra cierta proyección del futuro.

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LA NIÑA DE LOS OJOS GRISES

María de las Mercedes era una niña preciosa, morena, con unos ojos azul grisáceos grandes y vivarachos que reflejaban la agilidad de su inteligencia a los que acompañaba de una sonrisa alegre que iluminaba su rostro. Era una niña muy buena, pero, al tiempo, movida, curiosa y observadora. En su casa la llamaban María, era la pequeña de cinco hermanos a los que su padre siempre había educado en amor a la música y a la lectura, especialmente al teatro y la historia.

Su padre le había explicado que hubo un pueblo que vivió hacía mucho tiempo, se creía que su imperio comenzó en el año 3150 antes de Cristo y desapareció en el año 31 antes de Cristo. Se asentaba a las orillas de un gran río, el Nilo, en África. Se llamaban egipcios. Le mostró un libro muy grande lleno de fotos en el que se veían las obras de arte que hacían aquellos africanos. Esculturas gigantescas, edificios enormes con formas poliédricas, columnas… Pero a María lo que le fascinaba eran las pinturas y los bajo relieves que, en aquellas fotos, se asemejaban a cuadros, porque a ella lo que le gustaba era pintar y lo hacía con gran soltura.  Abría sus grandes y luminosos ojos para captar lo bonitas que eran aquellas estampas. Su padre le contó que aquellas pinturas que la atraían, aunque en un primer momento del imperio eran de figuración más tosca y menor colorido, respondían a unos cánones rigurosos que no buscaban la belleza sino la perfección de lo que querían representar, por eso su evolución a lo largo de los siglos de existencia del imperio egipcio no fue muy grande. Con todo, la pintura tuvo algunos momentos de especial fulgor por ejemplo durante la dinastía V o en el Imperio Nuevo y quizá lo más novedoso se diera con el faraón llamado Akenatón.

Las figuras egipcias tenían una función religiosa sobre la trascendencia de la vida, y respondían a esos cánones que consideraban perfectos con el objetivo de que los retratados alcanzaran la eternidad. Su finalidad era presentar a los protagonistas ante los dioses. Muchas eran escenas de la vida cotidiana y ahí, la propia realidad exigió con el tiempo ciertos cambios más vinculados al contenido de lo que se pintaba que a la forma plástica de los mismos. Al fin y al cabo, el faraón, los nobles y los sacerdotes van a ser los principales clientes. Se trata de un arte áulico y oficial, que se desarrolla fundamentalmente en virtud de la religión. No es por tanto un arte autónomo. Esa condición cortesana y religiosa aleja al resto de los habitantes de Egipto de acceder a este lujo pictórico.

A María le encantaba coger aquel libro y dibujar a aquellos personajes que no conocía muy bien pero que la atraían con su difícil perspectiva; las cabezas de medio lado, el ojo rasgados y delineados, pero con mirada hacia el espectador, de frente. Las manos y pies de perfil, aunque en estos últimos se representara siempre en primer término el dedo pulgar, de tal forma que, lo que tenían las figuras egipcias eran dos pies izquierdos. En cambio, los torsos de formas triangulares, se giran de frente al público observador. Los cuerpos se cubren de telas con airosos pliegues y muy adornados con joyas esmaltadas o de oro y plata cuajadas de piedras preciosas. Muchas de ellas con forma de serpiente en representación de algún dios. En la época del emperador Akenatón esos ropajes son casi velos transparentes que dejan traslucir el cuerpo.

Por otro lado, hay en ellos una interpretación de la naturaleza de lozana alegría. Si son animales muchas veces los representan en grupo, por supuesto de perfil y con alguna pata menos de las reales, pero nadie las echa de menos. Eran animales de la vida doméstica: vacas, patos, cabras, cocodrilos, peces. Algunos dibujados sobre cerámica y con una perfección en su forma y belleza en el trazo y colorido que hacen de ellos obras admirables para la época.

Además, se solían ver en aquellas obras otros animales aislados, escarabajos, alacranes, caracoles, cuervos, gatos, serpientes…Muchos eran la escenificación de sus dioses. Especialmente significativo es el cambio que se produce después de la segunda dinastía cuando la capital del imperio egipcio se traslada a Memfis, allí se empieza a adorar a Isis y Osiris a los que se supone hermanos y faraones del Imperio. Asociados a Osiris se unen Anubis representado por un chacal, Horus que tiene forma de halcón y Thot al que da vida ave ibis.

Pero la vida cotidiana y la naturaleza que los rodean también forma parte de la iconografía de aquellas pinturas; plantas, bien de adorno: tallos y flores de lirios, mandrágoras, bien frutos de la tierra que eran propios de su alimentación, muchas espigas de trigo, árboles y brotes hinchados en los troncos como un canto a la vida (en el colegio le habían enseñado aquel poema de Machado a un olmo viejo al que le había salido rama verde en honor a la primavera). Estos cuadros egipcios se lo recordaban.

En aquellos estucos también estaban presentes los útiles de uso habitual: puntas de lanza, ánforas, palos, herramientas de trabajo u otros elementos más comunes a la sociedad como barcos transportando mercancías por el Nilo.  María tenía aptitudes para la pintura, se fijaba y detenía en los detalles. Algún día sería una buena pintora. Al igual que los egipcios, era sorprendente la exactitud de sus dibujos. En aquellos, cada planta, cada animal tenían tal fidelidad a la naturaleza que actualmente los zoólogos son capaces de identifica las especies dibujadas por los egipcios.

Las ropas tenían colores vivos y policromados con paletas que iban desde el blanco, el amarillo siena, el rojo vivo, el ocre, el verde, el azul de la malaquita y el lapislázuli. Y siempre bordeados de negro. Eran como los recortables que hacía en el colegio y al igual que aquellos, rellenaban su área de contorno de un solo tono, plano, como un bloque de color.

María observaba como había unas figuras más grandes con poco movimiento, en contraposición con otras chiquitas que parecían siempre en plena actividad. Su padre le explicó que las figuras grandes representaban a los grandes señores, de los faraones o sacerdotes por eso llevaban tantas joyas, para mostrar su majestuosidad. En cambio, las figuras pequeñas representaban a los sirvientes que se dedicaban a las tareas domésticas, por eso presentaban más movimiento, en señal de su trabajo cotidiano. La sociedad egipcia estaba muy jerarquizada. En el lugar más alto estaba el faraón, le seguían los nobles, sacerdotes y escribas, más abajo se situaba el ejército, debajo de ellos el pueblo y por último los esclavos. Esas castas se reflejaban en las pinturas.

Otra característica que despertó su curiosidad, era que muchas escenas tenían un borde, a modo de marco, adornado con cenefas. Algunas de aquellas cenefas culminaban en formas geométricas o con el disco solar o con una cobra.  El disco solar, le habían explicado, era propio de la época del faraón Akenatón y de su mujer Nefertiti. Ambos adoradores del dios Ra. Akenatón se consideraba el dios Ra (sol) en la tierra. Esta es una época de formas delicadas, casi siempre en la representación de ambos cónyuges, especialmente en la de Nefertiti. Su busto era una escultura de gran belleza, ricamente policromada y con unas proporciones perfectas. Su padre le dijo que estaba considerado una de los retratos escultóricos más importantes de la Historia del Arte y un avance en cuanto a naturalismo y realismo en la expresividad del arte egipcio. Este giro hacia el naturalismo, permite la figuración de la familia real, en escenas a veces cotidianas, familiares, con sus hijas o en expresión de la armonía marital. Las formas pierden la rigidez y el hieratismo y ganan en movimiento. Pero tras la caída de Akenatón, se restauró el orden anterior, y el arte volvió a los rígidos esquemas anteriores.

En todas las escenas egipcias había dibujos extraños, de animales o elementos difíciles de definir. En ocasiones, paredes enteras estaban llenas de dibujos recuadrados por cenefas, en posición paralela unos de otros como teselas de un mosaico, pero sin necesidad de estar unidas por sus bordes. Eran los jeroglíficos. Su distribución respondía un método cartográfico. Tiraban líneas perfectas que permitían la distribución de los dibujos.

Si arquitectura y esculturas, siempre mastodónticas, contribuyeron al conocimiento de aquellas gentes, la pintura transmitió muchos datos de su vida diaria.

Llegar a interpretarlas con exactitud se lo debemos a los soldados franceses durante las campañas napoleónicas en Egipto que encontraron una piedra en Rosetta, que tenía grabado un decreto del faraón Ptolomeo V en tres idiomas. Posteriormente, cuando Egipto fue dominado por los británicos la piedra fue trasladada a Londres, al Museo Británico en 1801 (ya le explicó su padre que el Museo Británico es un gran centro de exposición de objetos que los ingleses han recogido a lo largo de todo el mundo). Fue el francés Champollion quien en 1822 logró descifrar el texto contenido en la piedra Rosetta y ello permitió traducir lo que significaban los jeroglíficos y así saber un poco más de aquella civilización tan antigua.

Pero no todas las interpretaciones de la lengua egipcia provenían de la piedra Rosetta, sino de restos de cerámica o calcáreos sobre los que los escribas aprendían a escribir o a dibujar (llamados ostracones). Era el primer paso antes de utilizar los papiros que por su costoso valor solo podían ser utilizados para los escritos oficiales.

María aprendió a dibujar y pintar imitando a los egipcios. De mayor estudió Magisterio y se especializó, tras diversos estudios, en dibujo y pintura.  Siempre fue una estupenda maestra de historia y de dibujo. Se casó y fue muy feliz compartiendo sus aficiones con su marido. Tuvo dos hijas que adquirieron los gustos de su madre. Así una estudió Bellas Artes y es una gran pintora y la otra escribe artículos de Historia.

EL INCIDENTE DE LAS CAROLINAS

Hoy vamos a centrarnos en un incidente diplomático en la España de la Restauración que fue la manifestación previa del desastre del 98. Gracias a la inteligencia política de Cánovas se resolvió de manera pacífica. Hablamos del incidente con Alemania por el dominio de las islas Carolinas.

Nos debemos situar en 1885 cuando la Alemania de Bismark empezaba a despuntar en el orden mundial, aunque la posición del Canciller era moderar su presencia exterior pensando primero en construir el país internamente. Poco tiempo después, se enfrentaba al Kaiser Guillermo II, que buscaba la expansión internacional. Esta discrepancia a la postre costó el puesto al Canciller de hierro. Pero en 1885, Bismarck estaba en el zenit de su poder; en aquel año se produciría la Conferencia de Berlín sobre el reparto de África, circunstancia que también entró en el juego de nuestros problemas. La Conferencia de Berlín supuso la legitimación internacional del imperialismo. Para ello se estableció una premisa: la soberanía sobre un territorio se aceptaba con la ocupación y control militar o administrativo del mismo. No se daba validez a las razones históricas. Aunque la Conferencia se refirió al reparto de África, las potencias del momento pretendieron extenderlos a otras zonas del orbe.

No olvidemos que estamos en el Siglo XIX en aquellos años las potencias mundiales eran Gran Bretaña y Francia (aunque en aquel momento un tanto disminuida por su derrota en 1870) y la muy floreciente Alemania del II Imperio. España, por el contrario, era una potencia menor, debilitada por su propia historia, especialmente por los dos monarcas precedentes, Fernando VII e Isabel II, y por los desbarajustes de la 1ª república; con unos dirigentes que no fueron capaces de encontrar una fórmula de enderezar los problemas del fin de un imperio que aún tenía una importante presencia territorial en el mundo.

Pero si Cánovas no logró esto, menos aún Sagasta (la alternativa de gobierno) cuya política exterior estaba fundamentada en la improvisación más que en un posición pensada y bien trabada.

En 1885, Cánovas del Castillo presidía por cuarta vez el Gobierno durante la Restauración, se vio sorprendido por un problema internacional que suscitó el gobierno alemán. No era esperable aquel incidente por cuanto el mundo se gobernaba por el reparto tácito acordado entre Gran Bretaña y Alemania de que la segunda dominara el territorio continental europeo y la primera dominara los mares y el comercio internacional con su potente armada. Cánovas sabía perfectamente que España no estaba en condiciones de jugar a gran potencia, ni tenía recursos ni fuerzas para ello. Se conformaba con defender la soberanía española en aquellos territorios que le pertenecían desde hacía siglos, procurando no perder lo que tenía, que bastante era. Cánovas era un político realista, práctico y cabal. Desde luego, nada dado a la fantochería ni a lo que hoy llamaríamos populismo, por lo que muchas veces sus mesurados comportamientos no fueron bien comprendidos. En ocasiones, lo que él planteaba tras profundas meditaciones se lo desbarataban otros con posiciones improvisadas o propias de un patrioterismo poco adecuado. En este extremismo no sólo estaban algunos de sus rivales políticos, también la prensa y el pueblo al que se exacerbaba en sus pasiones en vez de explicar la inteligencia de los actos. Quizá, en no tener un carácter didáctico, erró Cánovas.

En una Europa en expansión, Cánovas consideraba que sólo dos posturas eran las correctas, una, la neutralidad ante las potencias rivales entre sí y, otra, un recogimiento hacia la política interna, dedicándose a la tarea de reconstrucción nacional en torno a la nueva figura real, Alfonso XII, y no mezclándose con las potencias exteriores; sin que eso significara abandono de la política exterior, pues bien supo utilizar la diplomacia cuando fue preciso.

La falta de madurez de la opinión pública se manifestó durante la crisis de las Carolinas y a punto estuvo de dar al traste con la negociación.

El 6 de agosto de 1885, el embajador alemán en España, el Conde de Solms, anunciaba que, ante la falta de un dueño cierto, Alemania tomaría posesión del archipiélago compuesto de las islas Carolinas y Palaos.  El sólo hecho de comunicarlo a España demuestra la mala fe alemana. Si España no fuera su dueño, ¡para qué notificárnoslo! Este anuncio verbal se confirmó por nota diplomática el día 11: «salvo los derechos bien fundados de tercero, que el Gobierno Imperial, como ya lo ha verificado en todas las adquisiciones análogas de territorios sin dueño, examinará y respetará».

No era la primera vez que Alemania había puesto en duda la soberanía española sobre las islas. Lo hizo en 1875 con apoyo británico al considerar que el Cónsul español en Hong-Kong no era autoridad suficiente para considerar las Islas Carolinas bajo su control. Esta reivindicación se solapó con la realizada por los ingleses sobre la isla Joló. En ambos casos, el origen del conflicto se debió a la pretensión de las autoridades españolas de regular el comercio en la zona. La situación se saldó con la suscripción del gobierno español de la Nota Diplomática de 15 de abril de 1876 y el Protocolo de 11 de mayo de 1877, en virtud de los cuales reconocía el derecho de británicos y alemanes de comerciar libremente en Joló y Borneo, así como, a que los súbditos de ambas naciones tuvieran plantaciones en esas islas.

España consideraba a todos estos territorios como una vieja e indisputada posesión que procedía de los tiempos de Felipe II y que suponía la prolongación de la soberanía que tenía sobre las Filipinas. A los archipiélagos había mandado misioneros y algún destacamento militar, aunque no tuviera puestos permanentes. De hecho, las razones geográficas e históricas que avalaban a España eran conocidas por todos. Los problemas se suscitaban por las peleas entre comerciantes de diversas nacionalidades que intentaban mercadear en las islas. En una de esas disputas, en 1884, entre irlandeses, ingleses y norteamericanos, estos últimos acudieron al Gobernador General de Filipinas para que pusiera orden, en nombre del Rey de España. Es decir, reconociendo la soberanía española sobre los archipiélagos.

El Gobernador General dispuso una expedición exploratoria y envió un barco, el Velasco, hasta que Madrid tomara una decisión.

El capitán del Velasco logró en poco tiempo pacificar la zona entre comerciantes y reyezuelos nativos y asegurar el respeto de todos al Rey de España como cabeza del Estado Soberano de las islas.

El 3 de marzo de 1885, se dicta la Orden española que mandaba establecer un gobierno regular político – militar en las Carolinas y Palaos. Se encomendaba a un gobernador militar establecer una guarnición con una compañía de infantería, personal sanitario y misioneros. Para dar cumplimiento a esta orden, salió de Manila una nueva expedición con material de construcción, ganado y semillas en agosto de 1885. Como se ve por las fechas, la notificación alemana a Madrid coincidía con el inicio de la expedición española.

Cánovas envía a Francisco Merry y Colom, Conde de Benomar a negociar con los alemanes, al tiempo que España buscaba también si no el apoyo británico, al menos su neutralidad. El Conde de Benomar estaba convencido de la posibilidad de encontrar una salida diplomática al conflicto, pero temía que las manifestaciones y algaradas callejeras despertadas en España contra Alemania y azuzadas desde la prensa, con un patrioterismo poco coherente con las opciones reales de España de defenderse en una guerra, enturbiaran tanto la situación que hicieran imposible un arreglo amistoso.

Algunos compatriotas ofrecieron sus apoyos económicos para construir barcos de guerra para luchar contra los alemanes. Pues consideraban que la guerra era inevitable, tanto más cuanto algunos periódicos clamaban por dar un ultimátum a Alemania. Y así, en Sevilla, un grupo de industriales, propuso construir un crucero que llevara por nombre Andalucía; en Valencia la Sociedad “lo Rat Penat” pone fondos para otro barco de nombre Valencia, en Valladolid el Centro Mercantil e Industrial sufragaría un barco de nombre Castilla, en Santander quieren dar salida a un torpedero que proponen llamar El Montañés. Podríamos seguir así con toda España. En vez de aunar esfuerzos, cada uno, con la mejor voluntad, sin duda, tira para su lado. No hemos cambiado tanto, desgraciadamente.

El Gobierno de Cánovas proponía a los alemanes un acuerdo semejante al de Joló (libertad de comercio, establecimiento de haciendas) más una estación naval y un depósito de carbón en alguna de aquellas islas.

Alemania no cedió y siguió considerando las islas Carolinas y Palaos como res nullius.

El Conde de Benomar, viendo la situación, intentó, el 27 de agosto, adelantar un memorándum para establecer un procedimiento y calendario en la negociación. Se reducía a tres puntos: 1. El embajador de España comunicaría en nota oficial las ofertas señaladas de libre comercio y estación naval, a cambio Alemania desistiría de solicitar el protectorado de las islas Carolinas y Palaos. 2. Alemania aceptaría la proposición española. 3. Posteriormente se negociarían lo detalles del acuerdo. El embajador Hatzfeld visitó con urgencia Varzin, donde se hallaba Bismarck. El canciller, conocedor de las manifestaciones en España, de las posiciones de la prensa, de la tendencia del partido de la oposición y del posicionamiento de los periódicos ingleses, franceses y belgas, no quiso dar marcha atrás, que no pareciera que se rendía y por tanto se reafirmó en su idea de protectorado en las Carolinas que había sido puesta de manifiesto en la Conferencia de Berlín. Además, señalaba Bismarck, España ni ante lo manifestado en la Conferencia de Berlín ni en el incidente con el embajador de Hong-Kong ni en ningún otro momento había expresado su autoridad sobre las islas. Si bien, en su respuesta, el alemán redactó una línea que abría las puertas a la esperanza: Alemania aceptaba analizar las pretensiones españolas y hacerlas objeto de negociaciones amistosas y, llegado el caso, estaba dispuesto a someterse al arbitraje de una potencia amiga de las dos naciones litigantes, pues, continuaba Bismarck, la situación de las islas no debía ser ocasión para empeorar las relaciones de dos potencias tradicionalmente amigas.

Mientas esto se producía, la expedición de Manila llegó a las Carolinas y construyó la base española que contaría con un Caparán General para las islas. Eso culminó el 24 de agosto y, el 25, fondeó en sus costas un cañonero alemán. El capitán del barco alemán, puso pie a tierra y colocó la bandera alemana e instó a los barcos españoles llegados desde Manila a que abandonasen la isla. Menos mal que la inteligencia de las autoridades locales españolas logró una respuesta mesurada a la espera de ver el resultado de las negociaciones de ambos gobiernos.

En septiembre, España presentó un memorándum sobre sus legítimas pretensiones, con datos históricos y documentos que avalaban su posición, siguiendo así lo demandado por Bismarck a finales de agosto.

Se basó en su presencia en Filipinas, sucesivas navegaciones efectuadas durante los siglos XVI y XVII (Álvaro de Saavedra, Ruy López de Villalobos, López de Legazpi, Fernández Quirós, durante el siglo XVI, y Francisco de Lezcano, en 1686).

Además, se presentaron los acuerdos pactados con Portugal en el Tratado de Zaragoza en 1529; en el tratado de Límites (Madrid 1750) y en el tratado de San Ildefonso de octubre de 1777, en virtud de los cuales las Carolinas y las Palaos quedaban bajo poder español.

Además, España replicaba a Alemania que cuando señaló la falta de soberanía sobre aquellas islas en la conferencia de Berlín afirmó que Alemania no quería colonias y que sólo deseaba comerciar, reconociendo en aquel momento que la apertura de aquellas islas al comercio correspondía a España por ser la potencia soberana. Asimismo, afirmaba nuestro país que la falta de una presencia estable no era síntoma de falta de soberanía pues siempre había misioneros españoles ejerciendo la evangelización en nombre de España y la cristiandad. Por otro lado, multitud de libros de geografía habían inscrito como españolas aquellas islas. Negaba Madrid que pudiera hacerse extensible el Acta General de la Conferencia de Berlín, que había tratado del reparto de África, a nuevas adquisiciones fuera de aquel continente.

El 21 de septiembre, Bismarck renovó la propuesta de arbitraje y sugirió que lo ejerciera su Santidad el Papa León XIII. La propuesta fue aceptada por España.

El 22 de octubre de 1885, se fecha el laudo pontificio. El papa reconoce los valores históricos de España; el beneficio que reportó a aquellos nativos como ninguna otra nación lo había hecho; entiende que la posición alemana responde al criterio de que la soberanía nace de la ocupación efectiva y ésta nunca se había producido por parte de España, sin embargo, el Santo Padre no acepta esta posición alemana y reconoce la soberanía española, como lo demuestran otros tantos tratados internacionales anteriores y el propio acuerdo de Joló. Con todo, acepta la posibilidad de que las islas se abran al comercio internacional y que Alemania tenga una base naval y una carbonería; así como que, los súbditos alemanes puedan tener haciendas y cultivar las mismas.

El Papa sabía del éxito del laudo pues satisfacía a ambas partes en sus pretensiones y era la forma de acogerse a lo propuesto por España en su idea de acuerdo previo. El laudo tuvo el respaldo de la firma en el Protocolo de Roma el 17 de diciembre de 1885.

Cuando se firmó el Protocolo ya no vivía Alfonso XII, ni Cánovas estaba en el Gobierno. Sagasta firmó el acuerdo a pesar de que en los momentos de mayor tensión era partidario de la guerra.

Bismarck había querido el arbitraje papal pues le interesaba más un acercamiento al Vaticano que las islas Carolinas.

El tercero en discordia, que resultó beneficiado de aquel acuerdo, fue Inglaterra; por el protocolo de Madrid de 1886 lograba lo mismo que Alemania en las Carolinas y Palaos, aunque sin estación naval ni carbonera.

La alegría española duró poco. La posterior guerra hispano-estadounidense por Cuba culminó con el tratado de París de 10 de diciembre de 1989 que además de la pérdida de Cuba, supuso la entrega de Filipinas a los norteamericanos por 20 millones de dólares, más Guam y Puerto Rico. Aquella guerra puso de manifiesto que los archipiélagos del Pacífico se volvían indefendibles para España. España perdió dos escuadras enteras en la batalla de Cavite en 1898. Esto llevó al Gobierno de Silvela, refrendado por la regente Mª Cristina, en 1899, a vender las Carolinas y las Marianas (incluyendo Palos y excluyendo Guam- que, como hemos señalado, ya era norteamericana) a Alemania. El precio fue de 25 millones de pesetas.

Sin embargo, Alemania apenas pudo establecer sus codiciadas bases navales, pues Japón ocuparía las islas en 1914, que, posteriormente, fueron conquistadas por las tropas americanas en la II Guerra Mundial. Posiblemente el traspaso de los archipiélagos del Pacífico evitó la entrada de España en las dos guerras mundiales del siglo XX. Quizá, de haber retenido aquellos dominios codiciados por británicos, alemanes, japoneses y americanos, las consecuencias políticas hubieran resultado trágicas para un país malherido en su orgullo patrio tras casi cuatro siglos de hegemonía mundial.

BIBLIOGRAFIA

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. 1981.

JOVER, ZAMORA, José María. “Características de la política exterior de España en el siglo XIX”. Marcial Pons. 1962

AGUADO BLEYE, Pedro. “Historia de España” Espasa Calpe. 1956.

La División Azul

Dentro del estudio de la II Guerra Mundial, muy poco se ha escrito sobre la División Azul. Lo que contrasta con los miles de líneas redactadas sobre las brigadas internacionales, por señalar un ejemplo con el que tiene muchas similitudes.

Si de las brigadas internacionales se ha escrito muchísimo (aquí tuvimos una entrada al respecto https://algodehistoria.home.blog/2020/12/10/la-brigadas-internacionales-mito-o-verdad/ ), casi siempre hagiografías sobre el valor de sus miembros, algunas bastante exageradas, otras más ponderadas; sobre la División Azul hasta hace relativamente pocos años se había escrito poco. Cuando si de valor hablamos, no fue menor el de los divisionistas y si nos referimos a su eficacia en el combate nos sorprende un dato, según Castells, habrían muerto 10.000 brigadistas, frente a 5.000 divisionarios, proporción increíble, y sorprendente por cuanto la permanencia de los divisionarios en el frente parece haber sido más constante que la de los brigadistas, y el frente ruso, desde luego, mucho más duro.

Sobre la División Azul todo el mundo cree saber y, sin embargo, lo que algunos saben procede de la propaganda de ambos bandos. En los últimos años han aparecido algunos libros interesantes que nombraremos aquí y que permiten una visión más objetiva de aquellos soldados. Recomendamos, con toda modestia, que los lean los que supuestamente les rinden homenaje y, después, los comentaristas contrarios a esos homenajes.

Empecemos por el principio, el contexto en el que se produce su formación.

Con la Guerra Civil recién terminada, el 1 de abril de 1939, tras la victoria Nacional, los alemanes empiezan a presionar a Franco para que se implique en la II Guerra Mundial (en adelante IIGM). No lo hace sólo con España; Italia, que ya le era favorable, entra en guerra al lado de los alemanes el 10 de junio de 1940, aún no se había firmado el pacto tripartito que formaría el eje, pero faltaban pocos meses para ello- 27 de septiembre de 1940-. Ante las presiones, España intenta evadir su presencia en la II GM con una maniobra que podíamos llamar de distracción, pasó de país neutral a país no beligerante el 12 de junio de 1940. No conformes con esto, se produce la reunión de Franco con Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Es conocido que Hitler acabó harto de Franco, al que no sacó nada. Ni una base en Gibraltar ni en Canarias como quería el alemán.

 El 22 de junio de 1941, como ya vimos en la entrada sobre el pacto Ribbentrop- Molotov ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/ ) se inicia la operación Barbarroja, por la cual el ejército alemán invade Rusia.

De cara a esa invasión, los alemanes crearon tres cuerpos de ejercito: norte, centro y sur, compuestos por alemanes y por nacionales de países favorables a Alemania o bien por aquellos recién invadidos. Serrano Suñer convence a Franco de mandar un ejército de voluntarios que formara parte del cuerpo sur del ejercito hitleriano, pero el gallego pone la condición de que quedara claro que luchaban contra el comunismo, no contra ningún país. Pretendía con ello salvaguardar la no beligerancia española y saldar la deuda con Hitler por la ayuda prestada durante la Guerra Civil. El consejo de ministros de 26 de junio de 1940, aprueba mandar una división (unos 14.000 soldados) al frente, y así se lo hacen saber al embajador alemán en España. Su estancia en el frente se extiende hasta que Franco da la orden de repatriación 12 de octubre de 1943. En esos años y con los relevos sucesivos lucharon en el bando alemán contra el comunismo 50.000 voluntarios de los cuales 5.000 perdieron la vida.

Aquella división se denominaría en España » división española de voluntarios”; los alemanes la denominaban «250 división de infantería de Wehrmacht». Fue José Luis Arrese (falangista y uno de los grandes teóricos del franquismo en sus primeros tiempos) el que la bautizó como «División Azul», según señala José Luis Rodríguez Jiménez.

Los voluntarios salieron sobre todo de las filas del maltrecho ejército vencedor y de la Falange. En este punto encontramos cierta controversia en la historiografía.  Algunos autores indican que junto con los voluntarios se marcharon republicanos reclutados a la fuerza. Los cuales, a su vez, tenían intención de pasarse al bando soviético en cuanto llegaran a Rusia. Carlos Caballero Jurado, uno de los mejores estudiosos de la División Azul, sostiene que esta presunción es absurda: «Esta afirmación desafía el sentido común. Es bochornoso que se siga planteando. La División Azul no hubiera sido una fuerza combatiente si reclutas a comunistas para llevártelos a Rusia a luchar contra otros comunistas«. En su libro sobre la División Azul, en diversas conferencias y entrevistas sostiene que esta teoría de traslados forzosos “la pusieron en marcha los ingleses y su propaganda, la BBC. Cuando acaba la guerra, Samuel Hoare, el embajador británico en España, publica un libro donde asegura que todas las afirmaciones de que los divisionarios eran carcelarios eran falsas«. La tergiversación británica, también la ha puesto de manifiesto Xavier Moreno Juliá en su libro sobre la División Azul.

También desmiente que muchos de los integrantes de la División Azul se marchasen a la URSS porque la hambruna que padecía España era insostenible: «Estamos hablando del frente del Este, donde hacía un frío enorme y se morían de frío de manera tan numerosa, que causaba escándalo. El cuartel más horroroso de España era mejor que cualquier trinchera en Rusia«.

Los soldados de infantería españoles salieron de España hacia Alemania en tren, bajo las órdenes del General Muñoz Grandes. Aunque en Alemania se separaron por un lado la infantería, por otro la aviación y un tercer grupo formado por un número poco significativo de marinos españoles integrados en las tripulaciones de los U-Boot de la marina alemana.

Sobre el motivo que los llevó a alistarse, Caballero Jurado señala su ferviente anticomunismo. Que se exacerbó tras el mitin de Serrano Suñer en Madrid y su ¡Rusia es culpable! Culpable de la Guerra Civil española, culpable de la persecución a los católicos durante la II República y la Guerra.

Evidentemente, nadie puede negar que compartieron trincheras con los nazis, pero no es menos cierto que “en una guerra como la IIGM se libran muchos conflictos simultáneamente«, afirma Carlos Caballero Jurado. «En las filas del Eje, Finlandia no combatía por lo mismo que Alemania. Los divisionarios van a Rusia por un motivo muy concreto, que es su anticomunismo. Claro que lucharon en un bando en el que se cometieron crímenes espantosos ¿Pero eso les hace responsables?  A cada uno hay que analizarlo en función a sus objetivos«. Y añade Caballero: «No lucharon por Hitler, porque también lo podían haber hecho en la campaña de Francia, en Polonia, en África o en los Balcanes. Solo se ofrecen voluntarios contra Stalin«. No obstante, unos mil españoles quedaron encuadrados en unidades clandestinas del ejército nazi tras la retirada de la División Azul. Algunos de ellos, en torno a dos centenares, sí resistieron por convicciones ideológicas, el resto, por circunstancias bélicas, según Caballero Jurado.

Los españoles se distinguieron por su valentía en la guerra y fueron condecorados muchos de ellos por los alemanes, sin embargo, también tuvieron encontronazos con las fuerzas hitlerianas por un motivo esencialmente: por confraternizar y ayudar a la población rusa lo que incluía a los judíos.

Hay reportajes del momento, en el que se aprecia como los españoles ayudaban a limpiar las iglesias que los rusos estalinistas habían convertido en establos y las devolvías, con alegría de la población, al culto. Sólo esa lucha contra el comunismo y en favor de la fe mancillada en España fue el motivo de aquella empresa. Una “cruzada contra el comunismo”.

De aquella presencia española caben destacar algunos actos de la aviación, de la infantería y la situación de aquellos que fueron hechos prisioneros.

España contaba con importantes figuras de la aviación que demostraron su destreza durante la Guerra Civil en ambos bandos.

Algunos de aquellos combatientes del bando nacional fueron a luchar contra los rusos bajo la bandera del ejercito hitleriano. “Así nacieron las Escuadrillas Azules: un total de cinco grupos que combatieron, de forma escalonada, desde junio de 1941 hasta marzo de 1944 en el frente del Este junto a la Luftwaffe. Lo que se suele obviar es que el contingente reclutado no contó solo con pilotos, sino también con personal de tierra como conductores de vehículos, mecánicos o armeros. Todos ellos, necesarios para que los aparatos pudiesen operar en condiciones óptimas en una Rusia en la que el frío extremo era lo habitual.

El signo de distinción de las Escuadrillas fue lo ideologizados que estaban sus miembros. El Ejército del Aire había estado muy politizado ya antes de la Guerra Civil. Los comunistas tuvieron gran importancia en él. Cuando terminó la contienda, en el Bando Nacional fueron los falangistas los que ocuparon la mayoría de los puestos. Ángel Salas creó todo el “establishment” de las Escuadrillas Azules. Eligió personalmente a los voluntarios y uno de los requisitos principales era ser camisa azul y, a ser posible, camisa vieja”, explica el historiador José Antonio Alcaide[1]

La 1ª Escuadrilla Azul, al mando del mito español de la Aviación Nacional Ángel Salas Larrazábal, llegó al frente del Este en junio de 1941. Fueron asignados a acabar con objetivos terrestres y, en principio, en situación poco destacada, lo que podría determinar que no fueran muy importantes en la lucha. Sin embargo, lograron objetivos importantes y alguno de los nuestros, el propio Salas y otros como Gonzalo Hevia Álvarez-Quiñones llegaron a ser condecorados por su valentía y acierto en el combate, siempre contra objetivos comunistas.

Pero, donde más se ha renombrado la presencia española fue en el avance terrestre en el frente del Este, en medio del frío, del hielo y del barro del deshielo.  Su valiente actuación ha sido puesta de manifiesto por Xavier Moreno. La División Azul constituía, por sus dimensiones, sólo una parte mínima de los ejércitos desplegados en el terrible frente ruso y, a pesar de ello, tuvo un comportamiento militar más que notable, brillante. En reconocimiento a su acción colectiva, su primer general, Muñoz Grandes, recibió la Cruz de Hierro con hojas de roble, condecoración que al parecer sólo fue concedida a otro general no alemán.

Tanto Hitler como Model consideraron a la DA una de las unidades mejores de la Wehrmacht, apreciación significativa no sólo por las pretensiones de superioridad de los «arios», sino porque los especialistas suelen considerar al ejército alemán de la II GM como uno de los mejores de la historia.

Evidentemente, los rusos no piensan igual y declararon a Muñoz Grandes, criminal de Guerra.

De entre las batallas en las que se batieron los españoles destaca la acontecida en la región de Krasny Bor (al sur de San Petersburgo) cuando el ejército soviético inició la Operación Estrella Polar; el avance masivo para romper el asedio al que la Wehrmacht sometía Leningrado. El 10 de febrero de 1943 se inicia el combate. Los rusos apoyados por unos ochenta tanques, unas 150 baterías y un número indeterminado de lanzadoras de proyectiles. Frente a ellos apenas había 5.900 españoles cuya misión era frenar a los carros de combate y evitar que atravesaran la línea que conducía hasta donde estaba el grueso del ejército alemán. Las tripulaciones de los blindados soviéticos se negaron a lanzarse contra las posiciones enemigas sin que la infantería avanzara delante de ellos, lo que permitió a los hispanos formar una línea defensiva que, cuando los rusos entendieron que era imposible de romper, se retiraron a lugar seguro. “En este contexto, los españoles fueron capaces de anular la ventaja que, para sus enemigos, suponían los tanques” a decir de Caballero.

Todos los españoles lucharon con bravura, pero entre ellos Xavier Moreno destaca dos figuras, la del Cabo Ponte que arriesgando su vida logró colocar varias granadas debajo de los carros soviéticos, y la del capitán Manuel Ruiz de Huidobro y Alzurena el cual animó a sus tropas a mantener las posiciones en momentos dificilísimos. Al grito de “¡Que somos españoles!, ¡Que esto no es nada!, ¡Que por aquí no pasan!”, logró una resistencia inenarrable hasta que cayó muerto por una bala enemiga. Sus tropas mantuvieron la disciplina y el aplomo con una resistencia heroica hasta agotar la munición.

Ambos recibieron la laureada de San Fernando a título póstumo.

No menos heroica fue la acción de rescate emprendida por los españoles en el lago Ilmen. Con los alemanes derrotados y el único apoyo de un grupo reducido de letones, los esquiadores de la división azul, atravesaron el lago helado y resistieron ante unos rusos mucho mejor equipados. Apenas quedaron 12 españoles indemnes, los demás sufrieron amputaciones en extremidades o cayeron congelados. El día 25 de enero, la conversación mantenida por radio entre el general Muñoz Grandes y el capitán Ordás pone de manifiesto, nuevamente, la dureza de la batalla:

General: Dime, ¿Cuántos valientes quedan?

Capitán: Señor quedamos 12 combatientes. ¡Viva España!” 

Los actos de valor no miran el color político de sus protagonistas ya sean los de los republicanos que se enfrentaron a los Panzaer de Rommer en el norte de áfrica combatiendo con los aliados, o los aquí presentados.

Después de aquellas épicas acciones  españolas,  los rusos capturaron a una buena parte de los voluntarios españoles que defendían aquellos lugares y los deportaron a sus campos de concentración. Los miembros de la División Azul vivieron una auténtica pesadilla a cargo de sus captores. Trabajos forzados, hambre, frío… Así, hasta que fueron repatriados tras la muerte de Iósif Stalin.

Xavier Moreno Juliá afirma que el paso de los miembros de esta unidad por los campos de concentración soviéticos puede dividirse en tres etapas. La primera, llamada “los años del hambre”, abarca desde 1941 a 1945 y se corresponde con la más dura. En esta fase, la falta de comida y las enfermedades fueron la tónica habitual. En la segunda (1946-1948) las cosas mejoraron, quizá por las negociaciones entre ambos gobiernos para favorecer la liberación de los presos. La última, aquella que se desarrolló entre 1949 y 1956, fue conocida como “los años de resistencia” antes del regreso a la patria.

Gustavo Morales, coautor de “División Azul: las fotografías de la Historia” junto a Luis Eugenio Togores, señala que, en aquellos campos, especialmente en los de Kazajistán también convivieron los divisionarios con algunos ex republicanos que habían ido a luchar en las filas rusas y que, en vez de ser aceptados, acabaron encerrados con sus mujeres e hijos, muertos de hambre. Tal era la situación que muchos divisionarios renunciaron a sus míseras comidas para dárselas a aquellos niños españoles maltratados por los rusos. También recíprocamente los republicanos ampararon humanitariamente a los divisionistas. En ambos bandos hubo excepciones a esta actuación, sin embargo, por lo general, la nacionalidad supero a la ideología.

Muerto Stalin, los divisionistas vuelven a España; el dos de abril de 1954 desembarcaron en Barcelona. El Gobierno de Franco, ya vuelto hacia los aliados, prefirió olvidarse de ellos.

Había terminado un cautiverio de doce años, a treinta bajo cero en invierno, con una comida escasa y un trabajo en régimen de esclavitud y bajo la brutalidad de los guardianes de los campos de concentración comunistas, como señala Morales. Volvían a casa bajo la indiferencia del Gobierno y, en algunos casos, con la incomprensión de los suyos.

Bibliografía:

Rodríguez Jiménez, José Luis. “Ni División Azul, ni División española de voluntarios: el personal forzado en el cuerpo expedicionario enviado por Franco a la URSS”. Nº 31 Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea. (2009).

Caballero Jurado, Carlos. “La División Azul: Historia completa de los voluntarios españoles de Hitler. De 1941 a la actualidad” (Historia del siglo XX). La esfera de los libros. 2019.

Moreno Juliá, Xavier.  “La División Azul. Sangre española en Rusia, 1941-1945.” Ed. Crítica, 2004.

Gustavo Morales y Luis Eugenio Togores. “División Azul: las fotografías de la Historia”. Ed La esfera de los libros. 2008.

https://www.abc.es/historia/abci-division-azul-unidad-voluntarios-franco-mando-guerra-mundial-para-combatir-comunismo-201811041414_video.html

https://www.rtve.es/alacarta/videos/archivo-historico/division-azul-espanola/2917954/

[1] José Antonio Alcaide.” Alas de España, Escuadrillas expedicionarias españolas en Rusia”. Ed. La espada y la Pluma. 2008.  y entrevista al autor en la revista “Tiempos modernos”

LA EXPULSIÓN DE LOS JUDIOS DE ESPAÑA EN 1492

La expulsión de los judíos de España tras el decreto de 31 de marzo de 1492 firmado en Granada por los Reyes Católicos no fue una excepción en Europa.

Realmente cabe explicar el antijudaísmo que se vivió en Europa en la Edad Media como un fenómeno complejo que arranca de una época muy anterior a los acontecimientos sociales del siglo XV, justificándose como una demanda de conversión de los judíos, es decir, como un fenómeno religioso que se fue complicando con el tiempo y al que se unen factores económicos, sociales y hasta xenófobos. Se trata de un fenómeno europeo, continental, no se puede entender como un ejemplo francés, español o alemán.

Sus primeras manifestaciones se descubren en la segunda mitad del S XII en el momento en el que se estaban constituyendo y ordenando las comunidades judías en occidente. Puede presentarse como antecedente el sanguinario suceso ocurrido en 1096, cuando los caballeros cruzados, poseídos de gran exaltación religiosa asaltaron las juderías de Renania. Se decía que iban a rescatar con la sangre de los judíos el sepulcro de Jesús ya que no podían mirar con pasividad a los que fueron sus verdugos.

De esa visión se deriva el hecho de que los judíos fueran mirados con recelo, como una especie de casta pecadora, cuyo contacto mismo contaminaba. Era una especie de concepto de impureza irreversible que se dejaba notar en leyes de convivencia en todo el continente.

El primer país en expulsar a los judíos fue Inglaterra y su acción constituye un modelo para lo que vendría después en todas partes. La impopularidad de los judíos llevó a tres grandes revueltas contra ellos: Norwich en 1144; Gloucester en 1168 y St. Edmonsbury en 1181. Cuando Ricardo I partió para las cruzadas los impuestos se multiplicaron y los ingleses arreciaron contra los judíos. A éstos, en las Islas, no se les trató de convencer para que se convirtieran, simplemente eran unos buenos financieros, normalmente acaudalados, y se les trató de exprimir a impuestos. Cuando ya no fue posible sacarles rendimiento, Eduardo I decidió su expulsión, primero en Gascuña (1289) y luego en Inglaterra (1290). Los judíos de la Corte de los Plantagenet tuvieron que emigrar.

Tras la acción inglesa vinieron los franceses. Felipe IV los expulsó en 1306 en condiciones más duras que las inglesas y muchísimo más injustas que en España en 1492. En Alemania e Italia no se produjo un decreto de expulsión simplemente por carecer de suficiente poder el Emperador del Sacro Imperio, pero la violencia se desató en el siglo XV contribuyendo a la expulsión de los judíos de Austria y del Ducado de Parma.

La pervivencia de las comunidades judías era un problema en una Europa que estaba formando sus primeros Estados-Nación e imponían la unidad religiosa como forma de crear unidad entorno a esas sociedades políticas nacientes.

En el siglo XIII España era la excepción, un oasis de paz para los judíos. Protegidos por diversas leyes, su situación distaba de ser perfecta,  pero era en los reinos peninsulares junto con Provenza en los únicos lugares en los que los judíos podían vivir en plenitud la fe judía, sus enseñanzas y su pensamiento.

En España, la idea de Sefarad como un Estado independiente o un Estado dentro del Estado, no existe, nada puede asemejarse a la situación musulmana. Muchos de los judíos llevaban en la península ibérica desde hacía siglos, otros habían recalado en España tras las expulsiones europeas, vinieron pacíficamente, no con una idea de invasión; otros se encontraban en las taifas musulmanas.

Con el avance de la Reconquista la población judía de los territorios árabes se va incorporando a los distintos reinos, al principio como cautivos de guerra, para pasar posteriormente, al ser una población muy útil, a depender directamente de la protección real, al servicio del rey, como miembros propios de la Cámara y del Tesoro. Es decir, en España, gracias a los reyes, los judíos tuvieron una vida mejor que en el resto de Europa. Si alguien les atacaba, ataca una propiedad real, lo que conllevaba penas enormes. Esta utilidad les depara un ascenso social, además de servir de puente entre las poblaciones cristinas y musulmanas.

Las Aljamas judías se construyen como lugar de vida de los judíos en España. No se integraron en la sociedad hispana por rechazo mutuo. Ni la sociedad cristiana dominante los aceptaba como miembros de la sociedad al mismo nivel que los cristianos ni los judíos querían vivir en una sociedad que no tuviera sus mismas costumbres. Pero no son repelidos, la incompatibilidad teológica se amortigua y se suaviza por los intereses reales que les dan, como dijimos, un privilegio de inmunidad. Tanto era así que, si fallaba el apoyo real, la población judía quedaba desprotegida a expensas de una parte de la población cristiana , a veces apoyada por algún clérigo exaltado, que los atacaba. Así, amparados, se distribuyen entre los distintos reinos, cada uno con sus leyes y sin formar, insistimos, un Estado propio porque Sefarad al contrario que Al-Andalus es un concepto o idea mítica, no contiene una concepción política. Precisamente, los judíos españoles se consideraban Sefarad, ( de ahí el nombre sefardita) herederos de Judá ( según la única mención bíblica al nombre que aparece en el libro de Abdías, venidos a la península ibérica antes de nacimiento de cristo y, por tanto, carentes de responsabilidad en su muerte.  Pero esa carencia de estado o pretensiones de tenerlo y el respaldo real no dejaba de crear algunos problemas legales. Así los judíos eran súbditos directos del rey, pero al no ser cristianos no se les podía aplicar la ley del Papa, lo que en aquellos tiempos significaba que una parte del derecho penal no les era de aplicación. Tan sólo cuando tenían un conflicto con los cristianos los judíos perdían sus privilegios, quedando completamente desprotegidos. Esta situación obligaba a los judíos a estar cada vez más atrincherados, siendo la razón de su autonomía su prosperidad, pero también la causa de su aislamiento. Los judíos en España no se dedicaban sólo a temas financieros como vimos que ocurría en Inglaterra sino a diversas profesiones, médicos, matemáticos, traductores… y, por supuesto, recaudadores de impuestos. Existían en todas las capas sociales, más ricos y más pobres.

El proselitismo cristiano llevó a querer convertir a los judíos; y ciertas situaciones de violencia, llevaron a conseguir un buen número de conversiones al cristianismo.

Muchas de aquellas conversiones empezaron a producirse durante el reinado de Enrique II de Castilla, a mediados del siglo XIV, que es cuando se produjeron los primeros conflictos de gravedad. Especialmente significativos fueron los sucesos de 1391, año en el que se saqueó e incendió la aljama sevillana. Fue el primer caso, pero pronto la violencia se extendió a otras poblaciones. Los asaltos y el asesinato de judíos se dieron en otras juderías andaluzas, castellanas y aragonesas. Esta situación provocó un sentimiento de miedo en el grupo judío. Muchos de ellos optaron por la conversión al cristianismo.

La posición de los reinos hispanos trataba de reabsorber las Aljamas creando “nuevos cristianos”. Una vez convertidos los nuevos cristianos tendrían que ser incorporados al cuerpo social con toda normalidad, como unos súbditos más. Esta apostasía del judaísmo para abrazar el cristianismo generó tal número de problemas que a la larga fue la clave que marcaría el destino en España de los judíos.

Las conversiones generaron el problema de la sinceridad de las mismas; y, por tanto, la sospecha de los cristianos nuevos frente a los cristianos viejos que como título de orgullo tanto se blandía en España.

Se sospechaba de todo converso, considerando que su postura era cierta hacia el exterior, pero que en su intimidad seguía practicando el judaísmo ( marranos). Evidentemente, no todo el mundo sospechaba, algunos como San Vicente Ferrer logró importantes conversiones entre las capas populares del judaísmo, siendo el reino de Valencia uno de los que tenía una legislación más favorable y Navarra, por el contrario, el que menos favoreció a los judíos.

Parte de los problemas sociales que se generaron contra los judíos se debieron a la crisis económica que asoló la Península hacia el año 1380.  Los judíos, recordémoslo, eran los principales recaudadores de impuestos y esto incrementó la animadversión de una población arruinada. Murieron en los enfrentamientos del siglo XIV unos cuatro mil judíos. Un número mucho mayor que en el siglo siguiente.

Con el incremento de las conversiones las comunidades judías en el siglo XV perdieron parte de su esplendor.

Esto incrementó el problema de la división entre judíos públicos y judíos ocultos.

Esa acusación de judaizar en secreto lleva a un estallido de violencia en Toledo en 1449, que seguirá deteriorando la situación en la capital manchega y en otras ciudades. Se buscó como solución establecer estatutos de “limpieza de sangre” cuyo fin era lograr la unidad de los cristianos absorbiendo a los nuevos y sinceros cristianos. Así mismo, algunos obispos como el de Cuenca criticaba la actitud cizañadora de parte de la población en un intento, que no fue el único, de defender a los judíos. En ese ambiente de tensión la nobleza ideó un sistema de detección de los judíos ocultos, que se aplicaría a través de un tribunal eclesiástico. Así nace la Inquisición en 1478.

A inicios del reinado de los Reyes Católicos el número de conversos se había equiparado, prácticamente, con el número de judíos. En total eran aproximadamente 200.000 conversos y 200.000 judíos. Los judíos seguían copando profesiones liberales, estando mejor preparados que islámicos y cristianos en algunos puestos, lo que aumentaba las rencillas y rivalidades.

Según Domínguez Ortiz la expulsión de los judíos fue la creencia de que mientras hubiese sinagogas en España los conversos estarían tentados de judaizar de nuevo. Este historiador opina que los reyes no buscaban lucrarse con los bienes confiscados a los judíos, recompensa muy golosa, sino que procuraban que se convirtieran el mayor número posible de judíos. Nunca pusieron obstáculos para que se devolvieran sus bienes a los que regresaban posteriormente y se convertían al cristianismo.

El 31 de marzo de 1492, se dictó el decreto de expulsión de los judíos. Este decreto es conocido también con el nombre de Decreto de la Alhambra o Edicto de Granada, ya que los Reyes Católicos se encontraban allí desde la conquista de la ciudad a inicios del año 1492.

Este decreto, que fue redactado por el Inquisidor General, Torquemada,   concedía a los judíos un plazo de 4 meses para salir de los territorios de Castilla. De forma simultánea el rey Fernando de Aragón firmó un segundo decreto donde expulsaba a la población judía de la Corona de Aragón. Es decir, se expulsaba a los judíos de todos los territorios pertenecientes a la monarquía hispánica.

La actitud de los Reyes católicos fue ejemplar, pensaban que con el decreto de Expulsión acabarían con el judaísmo, pero creyeron que los judíos permanecerían en España convertidos. La idea de la expulsión, como dijimos, nace de la Inquisición, no de los Reyes. Los cuales, sin embargo, la aceptan por una multitud de causas, pero las principales fueron el miedo a un estallido social y a la idea de que una Nación debía constituirse como unidad en torno a una única fe.

Exactamente las mismas causas que en otros países europeos, sólo que siglos más tarde. Con otra diferencia importante, los Reyes Católicos dieron todo tipo de facilidades para que los conversos se quedaran en España. Es verdad que las cifras de expulsados parecen altas, pero no hay que olvidar que España fue el refugio de los judíos expulsados del resto del continente con anterioridad. Esas cifras de los expulsados varían. De los 200.000 judíos que vivían en España, se convirtieron unos 50.000. Hay quien dice que el resto se marchó. Otros historiadores consideran que las cifras fueron menos elevadas, dado que muchos, cuando se fueron y vieron las condiciones de miseria en las que les estaba obligado vivir fuera, volvieron a España y se convirtieron. Parece que las cifras más relistas hablan de que fueron expulsados entre 50.000 y 20.000 judíos.

Como señala Ángel Alcalá “La expulsión de los judíos no obedeció a parámetros renacentistas, sino medievales, orientados a la sumisión bajo el manto de la conversión, no a un deseo explícito de expulsión ni, mucho menos, de exterminación”.

Las consecuencias de la expulsión se perdió una buena parte de la población urbana cualificada. La economía se vio afectada ya que desapareció mano de obra artesana y de determinadas profesiones liberales que habían sido ocupadas tradicionalmente por los judíos. Con todo ,no se cayó en una depresión económica.

Historiográficamente, Claudio Sánchez Albornoz, o Domínguez Ortiz que han estudiado profundamente el tema de la expulsión de los judíos de España, desmienten muchas de las patrañas que sobre este hecho se han hecho a lo largo del tiempo, señalan las buenas condiciones que expusieron los Reyes católicos comparadas no sólo con los países que los expulsaron antes, sino con el vecino reino de Portugal que los echó después en condiciones de suma dureza

Hugh Thomas señala que había que ser muy fanático para no aceptar las condiciones ofrecidas por España. Quizá Thomas también exagere. Pero asimismo se posiciona en favor de España por el hecho de que la Expulsión de los judíos se convirtió y aún sirve para la causa a la leyenda negra. Ver en la expulsión una mezcla de odio e intolerancia es confundir las circunstancias y los hechos. Esta afirmación en favor de España y en favor también de la integración ejemplar que tuvieron los conversos que se quedaron aparece en las obras del historiador judío Cecil Roth.

Como señala Pedro Insua en su libro “1492. España frente a su laberinto”. En aquel año se unieron la expulsión de los musulmanes, el nacimiento de España como realidad política tras la toma de Granada y la Unión de los reinos en las figuras de los reyes católicos, la conquista de América y el inicio de un imperio, la expulsión de los judíos, que muchos estudian a través de la tergiversación de la Inquisición. Fue el año del inicio de una gran nación y la envidia de sus adversarios que frente a la hegemonía militar que impuso el Imperio español durante los siglos XVI y XVII en toda Europa, sólo pudieron oponer propaganda. Inglaterra, Holanda y Francia, se dedicaron con denuedo a escribir la Historia a su modo, y para eso valía todo, hasta tergiversar las condiciones de la expulsión de los judíos, cuando fueron mucho mejores que las sostenidas en sus propios países.

Bibliografía

DOMÍNGUEZ ORTIZ, “España. Tres milenios de Historia”. ED Espasa- Calpe. 2007

PEDRO DE INSUA. “1492. España ante sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018

LUIS SUAREZ. “ La expulsión de los judíos”. Fundación Mapfre.

Rampjaar (el año del desastre): 1672.

Hoy voy a hablar de un acontecimiento poco conocido, pero no por ello menos importante, se trata del fin del imperio holandés, del que los Países Bajos, nunca se recuperaron.

Lo que hoy son los Países Bajos, formaron parte de la corona española por la herencia borgoñona de Carlos I de España. Aquella zona nunca fue pacífica. Desde sus orígenes con los Vikingos a, posteriormente, bajo el poder del sacro imperio Romano, siempre habían sido provincias levantiscas contra el Imperio y al tiempo enfrentadas entre sí. Un auténtico avispero que logró algo de identidad común y relevancia económica durante el dominio borgoñón. Económicamente, su actividad se centró fundamentalmente en el comercio y por ello siempre tuvieron una buena flota y destacados medios de transporte. Ya en el siglo XV- a modo de ejemplo del floreciente poder comercial holandés- Ámsterdam se convirtió en el principal puerto comercial europeo para el grano procedente de la región báltica; esta posición comercial destacada era compartida en las provincias del sur por Amberes. Además, desde el siglo XI, los frisones desarrollaron un sistema de drenaje que hacía bajar el nivel del agua y dejaba la tierra apta para pasturas y otros cultivos agrícolas. En los siglos XII y XIII, esta técnica se aplicó para convertir en útil una vasta zona pantanosa de Holanda y Utrecht. Sus ingenieros se especializaron en obras hidráulicas para ganar poco a poco terreno al mar y unir las islas costeras mediante esclusas.

La primera vez y casi la última que todos los Países Bajos (que se conformaban aproximadamente por Holanda- actualmente Países Bajos-, y Flandes o Países Bajos Españoles, actualmente Bélgica y Luxemburgo) estuvieron unidos fue bajo el poder de los Habsburgo, con Carlos V y su hijo Felipe II. Ya estas provincias dieron que hacer a Carlos V- como vimos en las primeras entradas de este blog- el cual queriendo contentarles, cosa que no consiguió, en 1549, con la “Pragmática Sanción”, las dotó de una autonomía significativa. La situación en los Países Bajos se volvió más tensa con Felipe II por sus intentos de reforzar la persecución religiosa de los protestantes y sus esfuerzos por centralizar el gobierno, la justicia y los impuestos; las revueltas se sucedieron, sobre todo, en las provincias del norte, dando lugar, al luchar por su independencia de España, a la llamada Guerra de los Ochenta años (1568-1648). Las siete provincias rebeldes se unieron en la Unión de Utrecht en 1579 y formaron la república de los Siete Países Bajos Unidos o simplemente “Provincias unidas” (quizá la más importante de ellas fue Holanda de ahí que se conozca a esas provincias unidas por este nombre, en una especie de sinécdoque histórica). Se trataba de las provincias del norte, frente a las del sur (Flandes) que seguían en poder español. Fue Guillermo de Orange el que lideró a los holandeses frente a España.

En su organización interna, las provincias unidas era nominalmente una república, aunque realmente eran una monarquía. No es fácil de explicar. Cada ciudad y provincia tenían una amplia autonomía frente al resto de las siete provincias unidas. La soberanía residía en los Estados Provinciales y estos se unían en los Estados Generales. A la cabeza de cada provincia estaba un “Estatúder” puesto que siempre estaba ocupado por un descendiente de la casa de Orange que rendía obediencia al jefe de la casa de Orange, en aquel momento, Guillermo de Orange.

La mejor fórmula que encontraron los Orange para unir a sus provincias fue acudir a ese principio tan característico de todos los nacionalismos: encontrar un enemigo exterior común a todos ellos. Ese enemigo fue España y su imperio. No sólo aspiraban a independizarse de nuestro país, sino que querían tener un imperio propio, para lo cual, la existencia del imperio español tampoco les venía bien.  La mejor forma de combatir contra España, ya que no podían contra los Tercios, fue la creación de ese amargo sentimiento nacional que nace del uso sin escrúpulos de la propaganda contra el enemigo, siendo, por ello, los holandeses, uno de los grandes propagadores de la leyenda negra junto con ingleses y franceses, otros que también aspiraban al dominio de los mares y de América a costa de España.

Pero no sólo les unió la propaganda, sino que en el siglo XVII las Provincias Unidas se aliaron con Inglaterra y Francia para lograr su independencia. Lo que a la larga fue su perdición.

Durante la Guerra de los 80 años, las Provincias Unidas alcanzaron su periodo de mayor esplendor. En su pugna contra España desarrollaron una importante flota que emplearon en comerciar por todos los mares del mundo, descubriendo nuevas tierras y abriendo nuevas rutas comerciales. Fueron buenos ingenieros, pero, además, descubrieron antes que otros pueblos las ventajas de la propiedad privada, lo que espoleó sus deseos de sacar más productividad a sus tierras, a sus barcos y al trabajo en su conjunto. Los años triunfales de la historia de ese pequeño territorio van desde 1621- año en el que se fundó la Compañía de las Indias Occidentales, cuyos mayores beneficios provenían del comercio de esclavos (las Provincias Unidas hegemonizaron el comercio de esclavos en el Siglo XVII) y la piratería (sobre todo, asaltando barcos españoles)- hasta 1672. En esas décadas se extienden sus colonias por Asia (Célebes, Borneo, Malaca, Sumatra y Java, en Insulindia; Ceilán y Quilón, en la India), África (Ciudad del Cabo) y América (Curaçao y Guayana holandesa), aunque también sufren algunas derrotas, como las que les obligan a retirarse de Pernambuco (Brasil), la costa de Guinea o la desembocadura del río Hudson (Nueva Ámsterdam se convierte en Nueva York en 1664 y pasa a ser inglesa). De ellos, en 1700 quedaban los puestos comerciales de Curaçao, San Eustaquio (St. Eustatius) y San Martín (St. Maarten), las plantaciones en la Guayana holandesa y Elmina como puerto de esclavos. Aún tuvo un postrer momento de esplendor, encarnado en Guillermo de Orange III, proclamado Estatúder (jefe del poder ejecutivo y capitán general) de Holanda y Zelanda con ocasión del ataque de los franceses de 1672.

Con el esplendor económico vino el cultural, el clima de tolerancia- menos con los católicos- que se vivió en la época atrajo a grandes pensadores: Spinoza, Descartes o Locke se asentaron en Holanda. En Ámsterdam llegó a haber 250 impresores, siendo uno de los centros de publicación de libros, legales e ilegales, más importantes del Mundo. También adquirió importancia la publicación de prensa diaria. Esto unido al conocimiento de los mares facilitado por las imprentas que permitieron la aparición de atlas y libros geográficos. Las universidades holandesas destacaron por los estudios técnicos y también se construían aparatos de medida como microscopios, telescopios; todo relacionado con las ciencias que allí se enseñaban.

Al mismo tiempo, el enriquecimiento de la burguesía hizo prosperar a arquitectos y decoradores, así como pintores. Un rasgo distintivo de la época, comparada con la pintura europea precedente, fue la escasez de pintura religiosa y el predominio de retratos, bodegones y escenas costumbristas. Vermeer, Frans Hals o Rembrandt fueron algunos de los pintores del momento.

Pero aquel mismo enriquecimiento degeneró en una corrupción de la burguesía que pasó de la austeridad calvinista previa a la apetencia de lucro desaforado y la especulación… no sólo comercial o social, sino también política.

En 1648, con la Paz de Westfalia se produce la independencia de las Provincias Unidas de España. España mantuvo el control del sur de los Países Bajos. Pero en 1650, el hacedor de la independencia Guillermo Orange murió repentinamente; su hijo, el último estatúder y futuro rey de Inglaterra, Guillermo III, nació 8 días después, por tanto, dejó a la nación sin un sucesor. Desde el inicio de la organización política de las Provincias Unidas había existido tensión entre los miembros Orange y los regentes, clase dirigente inferior y compuesta por la burguesía. Ahora éstos toman el poder, siendo su cabeza visible, especie de Primer Ministro, Johan de Witt que dirige el país hasta 1672. Fue la primera era sin Estatúder o primera república holandesa de facto. El segundo periodo sin estatúder se da entre 1702 y 1748.

Aquella república esplendorosa en lo comercial había despertado las envidias de sus antiguos aliados: Francia e Inglaterra. Witt intentó una alianza con la Francia de Luis XIV para así enfrentarse con más fuerza a Inglaterra que quería limitar el comercio holandés. Pero aquella república se antojaba débil en lo político a los ojos de Luis XIV que ambicionaba quedarse con los países bajos españoles. Así, entre alianzas triangulares de los holandeses unas veces con Francia frente a Inglaterra y otras con Inglaterra frente a Francia a las que incluso se unió Suecia (Triple Alianza de 1668), se llegó al tratado de Dover de 1670, es decir, a la alianza anglo-francesa contra los holandeses. Esta alianza tenía acuerdos secretos que implicaban a Suecia, al Obispado de Müster y al elector de Colonia, lo que permitió a Francia sortear los Países Bajos españoles para atacar a Holanda desde Colonia por el obispado de Lieja y conseguir que Suecia invadiese zonas de Pomerania para bloquear mejor las posibles ayudas que pudieran obtener los holandeses.

Witt y Holanda tuvieron que hacer frente a cuatro guerras sucesivas, con el agravante de que los Estados Generales habían ejercido su esfuerzo principal en la marina, en la que se basa el comercio y la verdadera grandeza de la república, dando como resultado que, las Provincias Unidas habían conservado su superioridad marítima y habían perdido todo el espíritu militar. Así estaban las provincias unidas en 1672, el año del desastre (Rampjaar en neerlandés): de guerra en guerra, lo que complicaba su actividad comercial. Consiguientemente, la ruina se asentó en aquellas tierras antes prósperas, el desconcierto rodeaba a la población.  La población menguó por la disminución de la riqueza y los diques se deterioraron; había poco dinero para repararlos y las inundaciones devastaron el país. La Edad de Oro había terminado.

Witt, gran matemático, era un mal organizador militar. Después de haber tomado todas las precauciones para evitar la guerra, había querido formar un ejército considerable, adelantarse al enemigo en lugar de esperarlo, destruir sus almacenes en el Rin y colocaron guarniciones, con la esperanza de que estos lugares, la mayoría de las cuales habían soportado asedios muy largos, frenaran los primeros esfuerzos de Luis XIV por invadir Holanda, suspendieran su marcha y entorpecieran las acciones enemigas a fin de ganar tiempo para lograr el apoyo de otras potencias europeas. Curiosamente sus ayudas acabaron llegando de dos países nada amigos hasta entonces: España y el Sacro imperio y, en tercer lugar, de la los Orange, es decir, de la monarquía.

En su desastre, la defensa terrestre holandesa era un coladero, no habían preparado municiones suficientes, la pólvora no llegó a la mitad del país. Cuando Guillermo de Orange, recientemente nombrado capitán general de la República, se colocó detrás de las líneas del Yssel, por donde se suponía que Luis XIV intentaría entrar en Holanda, quiso llevar a cabo el sabio consejo de abandonar los lugares más débiles para concentrarse en aquellos que su posición y fuerza hacían más necesario mantener y más fácil de defender, pero De Witt se negó. El burgués quería defender todo el territorio pensando que eso retrasaría más tiempo el avance de Luis XIV.

La confusión aumentó cuando en cuatro días, del 3 al 7 de junio, los lugares de Orsoy, Rhynberg, Burick de la línea del río Wesel habían caído en manos francesas. Las rendiciones se producían por doquier. El culmen de las desgracias se produjo cuando Luis XIV cruzó el río Rin; lo que se consideraba un proceso complicado acabó resultando más fácil de lo previsto.  Al tiempo, los ingleses preparaban un desembarco marítimo por la costa. Los holandeses estaban a punto de sucumbir a manos de sus enemigos y de ser absorbidos por ingleses y franceses. Como señaló De witt, la República estaba perdida.

Dos hechos la salvaron en el último instante; por un lado, Orange logró retroceder con las tropas holandesas detrás de la “línea de agua”, es decir, de la inundación de las tierras por la apertura de las compuertas y, de otro, el auténtico héroe holandés del momento, el Almirante de Ruyter, logró hacer retrocede a los británicos con las victorias en las batallas navales de Schooneveld y Texel. Pero la República permanecía en situación peligrosa. De Witt, trató de salvar la situación por medio de negociaciones con los atacantes.

Mientras las conversaciones se producían, el odio popular había estallado en contra Johan de Witt y su hermano Cornelius. Primero malhirieron a Johan, luego detuvieron a Cornelius y cuando el primero se acercó a ver al segundo, los asesinaron. Sus cuerpos fueron linchados, salvajemente mutilados, su piel despellejada, sus vísceras comidas por los tolerantes holandeses. Se dice que esta maniobra fue un acto pagado por Guillermo de Orange. Sea como fuese Spinoza lo calificó como “el colmo de la barbarie”.

El linchamiento de los hermanos De Witt fue descrito en los primeros capítulos de “El tulipán Negro” de Alejandro Dumas. El libro de Dumas ayudó a que esta tragedia fuese conocida entre los lectores franceses y del mundo entero porque el oscurantismo holandés sobre esta materia fue enorme. Existe un cuadro atribuido a Jan de Baen y expuesto en el Rijksmuseum de Ámsterdam, que también expresa la crudeza de la tortura.

El Rampjaar fue un año de vergüenza nacional para los holandeses, que procuran no airearlo mucho, si bien está en el imaginario popular con un dicho en forma de acertijo: HET VOLK REDELOOS, REGERING RADELOOS IN HET LAND REDDELOOS. Traducido: “La fórmula para el desastre: un pueblo irracional, un gobierno desesperado y un país más allá del rescate”.

Aquel enfrentamiento con Inglaterra y Francia terminó con Guillermo de Orange en el poder y con la estabilización de la posición holandesa gracias a la ayuda del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Leopoldo I; Brandeburgo-Prusia y de España; esto se formalizó en el Tratado de La Haya de agosto de 1673 al que Dinamarca se unió en enero de 1674. La paz definitiva de la tercera guerra Anglo-holandesa se firmó por Tratado de Westminster (19 de febrero de 1674).

Pero, aunque la pesadilla acabó, Holanda nunca volvió a ser la misma ni volvió a la prosperidad alcanzada en la edad de oro. Visto el resultado, casi, casi podrían haber dicho que contra España vivían mejor.

LA RECONSTRUCCIÓN DE EUROPA: EL PLAN MARSHALL

El final de la Segunda Guerra Mundial vino acompañado de una serie de conferencias de paz. Ya en ellas se fraguaba la división europea que determinó la guerra fría.

En las conclusiones de la conferencia de Yalta (febrero de 1945) de decía textualmente:

“Todos los pueblos de Europa tienen el derecho a elegir la forma de gobierno bajo la cual van a vivir mediante elecciones libres e instituciones democráticas”.

A aquella conferencia, Roosvelt y Churchill llegan como vencedores y artífices de la rendición alemana. Esto trastocaba los planes expansionistas de los soviéticos, que no habían olvidado los principios de la Revolución de Octubre y querían extender el comunismo y su órbita de poder por toda Europa.  Era evidente que Stalin no iba a olvidar sus pretensiones. Cuenta la leyenda que le comentó a su ministro de exteriores, el ya famoso en este blog, Molotov: “No importa, lo haremos de otra manera”.

Aquella manera fue la manipulación de todas las elecciones en los países que cayeron en su lado del reparto, de modo que los gobiernos comunistas triunfantes impusieron la dictadura comunista en ellos sin más miramientos.

Existe un principio, conocido en el ámbito de las relaciones internacionales, que afirma que los países, incluso pasando el tiempo, guardan ciertas formas de actuar o ciertos intereses que se repiten. En el caso de Rusia, porque esto es algo que precede a los soviéticos, ha existido una tendencia constante a buscar salidas a aguas cálidas. El mediterráneo y los mares del sur de Europa han sido su obsesión, de ahí vino la guerra de Crimea en 1854 y en 2014 y de ahí, también, que siempre quisiera poner bajo su órbita Grecia y Turquía.

El 12 de abril de 1945, fallece Roosevelt y su vicepresidente, Harry Truman, asume la presidencia de USA y con ella la guerra contra Japón, la decisión de lanzar las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y gestionar el futuro de Europa y podríamos decir, del mundo, en la postguerra a través de las Naciones Unidas o por intervención más directa.

Truman vio como al poco tiempo de implantarse la división de Europa Stalin se hacía presente en forma de dictadura comunista en los países de su órbita y amenazaba con invadir Grecia. El presidente norteamericano tuvo claro que se necesitaba reconstruir Europa y fomentar las democracias liberales como forma de lograr que esas naciones apoyaran a los EE. UU frente a la Unión Soviética o todo el esfuerzo realizado para alcanzar la victoria en la Guerra sería en vano.

Hace pocas fechas analizamos 12 discursos trascendentales para la era contemporánea ( https://algodehistoria.home.blog/2021/01/08/12-discursos-trascendentes-para-la-historia-contemporanea/ ), no nombré entonces el de Truman ante el Congreso de los Estados Unidos el 12 de marzo de 1947, para logar fondos para Grecia y Turquía y para reconstruir Europa, porque quería traerlo hoy a colación. Fue sin duda un discurso excepcionalmente importante en el que se expresó lo que se ha denominado la doctrina Truman, fundamentada en no dejar caer a ningún gobierno más amenazado por el socialismo.

Aquella doctrina determinó el inicio de la guerra fría de manera más o menos oficial, pues realmente la guerra la había comenzado Stalin con su asalto a las elecciones convocadas en los países del éste. Así dice Truman:

” Recientemente, los ciudadanos de varios países han visto cómo se les imponían regímenes totalitarios contra su voluntad. El Gobierno de Estados Unidos ha expresado protestas contra la coacción y la intimidación, algo que viola el acuerdo de Yalta, a la que ha sido sometida la población de Polonia, Rumania y Bulgaria. También debo manifestar que en varios otros países han ocurrido hechos similares.

En este momento de la historia mundial, casi todas las naciones deben escoger entre estilos de vida alternativos. Y muy a menudo esta elección no es libre. Una de estas formas de vida se basa en la voluntad de la mayoría, y se distingue por sus instituciones libres, su Gobierno representativo, la celebración de elecciones libres, la existencia de garantías de libertad individual, la libertad de expresión y religión y la ausencia de opresión política. El segundo estilo de vida se basa en la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza. Su poder reside en el terror y la opresión, en una prensa y unas radios controladas, en unas elecciones amañadas y en la supresión de las libertades individuales.

Creo que la política de Estados Unidos debe consistir en brindar ayuda a los pueblos libres que se están resistiendo a ser subyugados por minorías armadas o por presiones externas. Creo que debemos prestar auxilio a los pueblos libres para que puedan elegir su propio destino. Creo que nuestra ayuda debe ser básicamente económica, lo cual es esencial para mantener la estabilidad financiera y los procesos políticos.”

Tras aquel discurso logró la ayuda del Congreso de 400 millones de dólares y apoyo militar a Grecia y Turquía.

Como parte de esa estrategia, idea el Plan Marshall para apoyar la reconstrucción de los países de Europa occidental y evitar el avance soviético, para ello se dotaba a Europa, de una ayuda económica continental, no país a país, con la finalidad de poder ayudar a Alemania y acabar con las reticencias francesas por esa ayuda a los germanos. Se buscaba con ello evitar la insolvencia y que la pobreza hiciera caer a los países occidentales en la órbita rusa. Se idearon estructuras económicas de corte capitalista que beneficiara la formación de regímenes democráticos.

Se le ha dado el nombre de plan Marshall porque fue el secretario estadounidense, George Marshall, quien propuso el proyecto durante una conferencia dictada en el año 1947 en París.

Se aprobaron más de 12.000 millones de dólares cuyo reparto se basó en el número de habitantes y capacidad industrial de cada país. Por supuesto, también se tuvo en cuenta si el receptor había sido miembro de las fuerzas aliadas, neutral o del eje. En este sentido no se olvidaron de los países del Este a los que también se ofreció ayuda, si bien la URSS la rechazó pues temía que, si se aceptaba, la forma capitalista de la economía americana diera lugar a regímenes políticos alejados del comunismo y, por ende, de la influencia soviética. 

En un inicio, esta ayuda consistió en el envío de alimentos, combustible y maquinaria, y más tarde en inversiones en industria y préstamos a bajo interés. Evidentemente, estos productos sólo los podían adquirir en USA, no por imposición americana, simplemente era la única economía productiva en aquellos momentos, con lo que los americanos veían retornar lo prestado a sus arcas, al tiempo que mejoraba la economía de aquellos países, los cuales en el futuro les seguirían comprando, ya con sus propios fondos.

El país más beneficiado fue el Reino Unido, que percibió el 26% del total. Francia, un 18%. La Alemania Occidental, un 11%. Como consecuencia de ello, Gran Bretaña pagó las deudas que había contraído a corto plazo. Francia dedicó los fondos recibidos a la adquisición de equipos industriales con los que superar su atraso tecnológico. Para Alemania esta ayuda no fue decisiva. Su situación de destrozo era enorme y aquellos 1.400 millones de dólares no permitían remontar la situación, aunque contribuyeran a ello. El milagro alemán se debió a Konrad Adenauer y a un economista de tendencia liberal, Ludwig Erhard, que implantaron las siguientes reformas: a) una nueva moneda en tan solo 48 horas: el marco alemán; b) Canceló el control de precios que había implantado Hitler para comprar material bélico a bajo coste. Los artículos de consumo reflejaron su valor real y se acabó el racionamiento; c) una remodelación fiscal que unificó el impuesto sobre la renta empresarial y minimizó el de los contribuyentes particulares.  Aquello supuso un gran sacrificio para los alemanes, pero dio sus frutos. El milagro alemán permitió que los más importantes países europeos caminaran al unísono y que en poco más de cuatro años la reconstrucción europea fuera un hecho.

Además, dado que la ayuda era continental, se impuso la idea de que, para gestionarla, los países tuvieran que realizar tareas e instituciones de cooperación. Así se funda la OECE (Organización Europea de Cooperación Económica). Comenzaba así el proceso de integración económica del Viejo Continente. Nacían también a movimientos europeístas como vimos en ocasiones anteriores, especialmente en la entrada sobre el contubernio de Múnich. Precisamente, aunque España no se benefició del plan Marshall, lo que fue retratado con maravillosa ironía y crítica nacional por Berlanga en “Bienvenido Mister Marshall”, si acabó entrando en la órbita occidental.   Los intereses geoestratégicos de la Guerra Fría terminaron por imponerse y Estados Unidos pactó con España la tripleta de acuerdos conocidos como de cooperación y amistad, en cuyos artículos se incluían la instalación de diversas bases militares en la península, lo que completaba la presencia militar americana en Europa iniciada en la postguerra con la creación de la OTAN en 1949, y que dotó a España de una asistencia económica de 800 millones, de los cuales 500 eran donativos. Fue una cifra menor que las ayudas dadas por el Plan Marshall, sin embargo, su efecto resultó determinante para el desarrollismo de los 60.

Aquel Plan dio el premio nobel de la Paz a Marshall, el secretario de Estado americano. La reacción soviética no se hizo esperar y de ella nació el COMECON.

Desde entonces, hasta ahora, la colaboración europea ha sido un hecho. Aquella fue la primera de las ayudas económicas, no ha sido la última. Si bien, no es de extrañar, viendo los esfuerzos que hicieron los europeos de entonces para salir de aquella crisis que exijan sacrificios y seriedad a la hora de aportar fondos para la ayuda entre naciones continentales.

CUANDO LOS INGLESES QUEMARON LA CASA BLANCA Y EL CAPITOLIO.

Si preguntamos por la calle a los transeúntes que señalen los acontecimientos más destacados de 1812, muchos acertarán a recordar que España aún estaba enfrascada en la Guerra de la Independencia; alguno podrá fechar en tal año la batalla de Arapiles o la reunión de las Cortes liberales en Cádiz para la promulgación de la Constitución de 1812. Asimismo, recordaran 1812 como el año en el que Napoleón con la Grande Armée enfiló el camino de Moscú para invadir Rusia. Es posible que alguno de ellos sepa calibrar la actuación portuguesa, la posición alemana o la defensa británica contra Napoleón, pero es muy probable que muy pocos sepan resaltar cuál era la situación de los distintos imperios al otro lado del Atlántico y como las guerras napoleónicas afectaron a los mismos; en el caso que nos ocupa, al Imperio Británico en América.

En 1812, Estados Unidos llevaba casi cuatro décadas de independencia, pero su vida no había sido muy pacífica, ni internamente, pues su idea expansionista los había llevado a tener problemas con los indios, ni hacia el exterior, con las colonias británicas al norte (Canadá) y, sobre todo, con la metrópoli (Gran Bretaña). Los ingleses no habían asimilado muy bien eso de que sus antiguas colonias hubieran alcanzado la independencia, a lo que se unía en aquel momento que el comercio de los EE. UU con Francia no era del agrado inglés pues favorecía a Napoleón. A raíz de las guerras napoleónicas, la Marina Real Británica (Royal Navy) había empezado a bloquear las rutas comercial marítimas de los países aliados de Francia, de la propia Francia y de los países neutrales. USA se encontraba entre estos últimos. Además, los ingleses no contentos con apresar los barcos, obligaban a los tripulantes norteamericanos a enrolarse en la flota del Reino Unido sometiéndolos así al mando británico.

Esta situación enervó a los sectores más radicales del partido Demócrata- Republicano en el Congreso que aspiraban a “dar una lección” a los ingleses. Ese sector de congresistas era conocido como los “Halcones de la Guerra”. Por el contrario, el otro partido nacional, el partido federalista, se oponía a enfrentarse contra su antigua metrópoli y, consiguientemente, favorecer a los franceses. El presidente Madison no era un halcón, sin embargo, vio en la declaración de guerra la opción de alcanzar popularidad para su reelección. En la votación en el congreso, el 18 de junio de 1812, las cifras de apoyos a la guerra estuvieron tan divididas que la declaración de Guerra se aprobó por un pequeño margen de diferencia a favor.  Se inicia así la guerra anglo-norteamericana de 1812.

En la Región de Nueva Inglaterra[1], feudo de los federalistas, las banderas ondearon a media asta cuando la guerra fue declarada. Región eminentemente comercial, temía a la guerra más que al bloqueo.

Algo de razón tenían los federalistas pues los Estados Unidos no estaban preparados para un conflicto contra Gran Bretaña. Su ejército regular no estaba bien equipado, carecía de entrenamiento y de la disciplina necesaria, tampoco tenían una marina que pudiera enfrentarse a la Royal Navy. Pero, entre las razones para iniciar aquel conflicto, estaban los deseos de los Halcones de conquistar Canadá, no sólo por mera expansión sino también para poder encauzar la conquista del Medio Oeste que estaba encallada por el apoyo británico a los indios de la zona, de hecho, los nativos tenían la promesa inglesa de formar una confederación india en esa zona, en lo que hoy es Indiana y estados limítrofes.

De 1812 a 1814, la guerra estuvo llena de intermitencias fundamentalmente porque los ingleses, ocupados en luchar contra Napoleón en Europa, tomaron una actitud defensiva. Se limitaron junto con los nativos canadienses (Canadá se conocía entonces como la Norteamérica británica) en repeler los intentos de los Estados Unidos de invadir la región. De hecho, como los americanos sabían que no tenían mucho que hacer contra la armada inglesa, decidieron invadir Canadá por tierra. Sus ataques fueron un desastre. La milicia estadounidense se mostró incompetente e ineficaz. Sin embargo, gracias a la brillante acción del Almirante Oliver Hazard Perry- hermano del no menos conocido y gran militar Matthew Calbraith Perry (que logró la apertura al mundo de Japón)- los estadounidenses lograron el control de los lagos Erie y Champlain, previniendo así cualquier amenaza de una invasión a gran escala desde el norte.

La Guerra dio un giro en 1814. Con Napoleón desterrado en la isla de Elba, los ingleses tornaron sus ojos y su ejército hacia las viejas colonias. Enviaron tres ejércitos de invasión a Estados Unidos. El 14 de agosto de 1814, una flota de buques de guerra británicos partió de la base naval de Bermudas. Su objetivo final era la ciudad de Baltimore, que entonces era la tercera ciudad más grande de Estados Unidos. Baltimore también era el puerto de origen de muchos corsarios estadounidenses que asaltaban la navegación británica.   Aunque en su periplo antes de llegar a Baltimore, los ingleses lograron arrinconar a los estadounidenses en el Estado de Main, y tras la batalla de Bladensburg, en agosto de 1814, llegaron a la capital de los Estados Unidos: Washington.

Los británicos invadieron Washington con un objetivo primordial, moralizar a los estadounidenses, ponerlos simbólicamente de rodillas quemando sus edificios públicos.

El 22 de agosto, el presidente Madison había salido de la ciudad para revisar las tropas y los enclaves militares de defensa frente a los británicos. Pero cuando pensaba regresar, los soldados que defendían la capital huían despavoridos al ver a lo lejos las casacas rojas inglesas, que el 24 de agosto llegaron a la ciudad. La única resistencia la pusieron los ciudadanos encaramados en los tejados a modo de francotiradores, la respuesta británica fue incendiar el barrio entero. De allí se fueron al Capitolio. Estaba en construcción. Su obra se había encargado a diversos arquitectos europeos que realizaran trabajos finos de decoración arquitectónica. Se preveía un edificio majestuoso que fue invadido y luego incendiado por los ingleses.  Desde el Capitolio se dirigieron a la Casa Blanca que entonces era conocida como la Casa del Presidente. Allí resistía la esposa de Madison, Dolley Madison, que se afanó hasta el último minuto por salvar todos los enseres posibles. Con la ayuda de Paul Jennings, un esclavo de 15 años, puso a salvo el más antiguo retrato de George Washington que se conservaba en la mansión, mientras un secretario se encargaba de sacar la Declaración de Independencia, que fue guardada en un molino situado cerca de Georgetown. La primera dama consiguió enviar un cargamento con objetos de oro y plata de la Casa Blanca a un Banco de Maryland y escondió varios documentos del gabinete de su marido en troncos.

Dolley Madison permaneció en la residencia presidencial hasta que los primeros “casacas rojas” aparecieron por las inmediaciones de la Casa presidencial. Entonces accedió a subir a un coche de caballos, que salió a la carrera protegido por un solo oficial, ya que el resto de los militares que debían protegerla había huido antes.

En la casa dejó preparada la mesa para un banquete oficial, que, en principio, debían dar aquella noche. Fue la cena que se tomaron los ingleses antes de quemar el edificio. Gracias a que se desató una tormenta poco después, el incendio no devastó por completo el inmueble.

Los británicos permanecieron en Washington 26 horas, ya que no disponían de las tropas necesarias para hacer frente al contraataque que ya estaba organizando el humillado presidente Madison.

Cuando la situación se calmó y el presidente y su mujer pudieron volver a la ciudad, la que fue aclamada con vítores por el pueblo fue Dolley. En el arreglo que hubo que hacer a la vivienda, una parte se pintó de blanco para intentar disimular los rescoldos del incendio. De ahí proviene el nombre de Casa Blanca.

El presidente Madison logró rehacer las tropas y así repeler a los ingleses poco después en Nueva york y Baltimore. En esta última ciudad se produjo el bombardeo desde los barcos británicos varados en la bahía; su objetivo principal fue el Fuerte McHenry, que resistió heroicamente. Este hecho inspiró al abogado y poeta Francis Scott Key, un poema que llamó «The Star-Spangled Banner». De él surgió después el himno americano.

La última batalla de esta guerra fue dada en la ciudad de Nueva Orleans en la que destacó como héroe Andrew Jackson, futuro presidente de los EE.UU.

La paz se rubricó con el Tratado de Gante (24 de diciembre de 1814), en el que se acordó la vuelta a las posiciones fronterizas anteriores.

En Canadá celebran esta guerra como una victoria al no haber sido invadidos y los estadounidenses, también, aunque el resultado de la guerra para ellos fuera más ambiguo, porque en ella surgió un espíritu patriótico que logró la unidad de la nación como no existía hasta ese momento.

Como consecuencia de la misma, el partido federalista, acusado de desleales y localistas, desapareció y durante unos años los Demócratas- Republicanos no tuvieron rival en las elecciones. Hasta que se produjo una escisión en el mismo que, con algún cambio más, dio lugar al nacimiento de los actuales partidos demócrata y republicano.

[1] Nueva Inglaterra es una región al noreste de los EE. UU integrada por seis estados: Maine, New Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut. Su nombre deriva de que fue el primer lugar de asentamiento de los primeros colonos británicos llegados en el Mayflower.

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