ANDRÉS DE URDANETA Y EL TORNAVIAJE.

La grandeza de la Historia de España no se entendería sin personajes excepcionales. Hoy traigo a colación a una de esas personas que siendo de una brillantez y capacidad enormes, es muy poco conocido por el público en general. Otra muestra más de lo mal que se estudia la Historia de España y de lo mal que recordamos a nuestros héroes.

Héroes los hay de muchas formas, no sólo el que batalla con valentía, también lo es o el que tiene la inteligencia, capacidad de estudio y arrojo de encontrar soluciones científicas a su quehacer. Entre estos destaca Andrés de Urdaneta.

Andrés de Urdaneta nació en Ordizia (Guipúzcoa) a finales de 1507 o principios de 1508. Sus padres, Juan Ochoa de Urdaneta y Gracia de Cerain, pertenecían a la burguesía goierritarra, lo que les permitió dar una buena educación a su hijo. Que ya desde pequeño destacó por su talento, agudeza y capacidad para el estudio y la observación

Andrés, se embarcó por primera vez, con 17 años, en la expedición que García Jofre de Loaysa dirigió con la intención de colonizar las islas Molucas, ricas en especias, cuya propiedad se disputaban España y Portugal. Las especias era una de las fuentes de riquezas de la época y todos querían apropiarse de ellas. La expedición salió de La Coruña el 24 de junio de 1525 y entre sus integrantes figuraba Juan Sebastián Elcano además de nuestro protagonista. Elcano mandaba la nave Sancti Spiritus, en la que embarcó Urdaneta, en un cargo sin especificar, pues, aunque por edad, podría pensarse que entró de grumete, la verdad es que su formación le llevó a empresas más elevadas como lo demuestran hechos como los siguientes: firmó como testigo documentos trascendentales como el testamento de Elcano (todos los marinos hacían testamento antes de embargarse y, en este caso, con gran sentido porque Elcano murió en esta travesía), asumió pronto diversas responsabilidades y escribió un diario en el que se mostraba conocedor de la situación náutica y crítico con la navegación de Elcano, con aseveraciones que se mostraron acertadas.

Aquella travesía se tradujo en una sucesión de desastres, especialmente en el momento de dar la vuelta hacia el Pacífico en el estrecho de Magallanes. De las siete naves que componían la expedición, tres no llegaron a cruzar el estrecho y otras tres desaparecieron por diversas vicisitudes. Además, casi todos los tripulantes murieron por enfermedad, especialmente por el escorbuto al no haber planificado adecuadamente la provisión de fruta y agua. Sólo la nao Santa María de la Victoria alcanzó Mindanao y posteriormente las Molucas.

Urdaneta permaneció 9 años en estas islas, demostrando sus dotes de diplomático, estratega y observador. Allí adquirió, por el análisis de los intentos fracasados de diversas expediciones españolas de retornar a América por el Pacífico y del trato con navegantes asiáticos, conocimientos sobre el clima y la navegación local que resultarán cruciales para su gran aportación a la náutica, lo que le hizo grande a él y a España: el tornaviaje de 1565.

El 22 de abril de 1528, Carlos V vendió a Portugal sus pretendidos derechos sobre las Molucas (Tratado de Zaragoza, 1529). Urdaneta regresa a España vía Cochín (India), cabo de Buena Esperanza y Lisboa concluyendo una vuelta al Mundo, la segunda. Llegó a Lisboa el 26 de junio de 1536. A su llegada, los portugueses le requisaron toda la documentación de que era portador, que incluía los derroteros de los viajes de Loaysa, mapas y todas sus memorias.

Una vez más, demuestra su capacidad reconstruyendo de memoria aquellos datos que había recopilado. Tras huir de Portugal, entregó aquel relato en la Corte y en el Consejo de Indias donde apreciaron su gran conocimiento y precisión detallista.

Poco después se enrola en la expedición que Pedro de Alvarado estaba preparando hacia Nueva España con la intención de continuar, desde América por el Pacífico, hasta las islas especieras. Zarparon de Sevilla el 16 de octubre de 1538, pero a su llegada a México la segunda parte de la expedición quedó en suspenso por las malas relaciones de Alvarado y el virrey. Éste le ordenó al extremeño que antes de zarpar para las Molucas debía sofocar la rebelión de los indios en Nueva Galicia (actuales estados mejicanos de Jalisco, Nayarit, Aguascalientes, Zacatecas, Sonora y otros, y los territorios estadounidenses de Tejas, Nuevo México y California). Alvarado muere en estos enfrentamientos.

Urdaneta permaneció en México ocupándose de diversas cuestiones. Entre otras, escribe un relato sobre variados temas en relación con la navegación por el Caribe, la formación de los ciclones tropicales, la reproducción de las tortugas marinas o la curación de las fiebres tropicales.

En 1553, todavía en México, ingresó en la orden de los agustinos, muy implicados en la educación de las élites indígenas. No hay muchos datos acerca su actividad religiosa pero sí sabemos que perseveró en sus actividades náuticas, ya que participó en alguna expedición y que mantuvo relaciones con diversos conquistadores.

El 24 de septiembre de 1559, Felipe II ordenó al virrey el envío de una expedición a las Filipinas, sin tocar en el área de las Molucas, en cumplimiento del Tratado de Zaragoza, con el objetivo de descubrir la ruta de tornaviaje- es decir la vuelta desde las islas especieras a Nueva España por el Pacífico. Ruta que hoy nos parece de lo más normal pero que supuso un considerable hallazgo. El virrey pidió a Felipe II que ordenara participar a Andrés de Urdaneta en la expedición como cosmógrafo. Así lo hizo, acompañado de otros 4 frailes agustinos, pues el objetivo de rey Felipe era doble: fomentar el comercio y la evangelización de la zona.

Urdaneta, inicialmente, redactó las instrucciones para el viaje, buscando el derrotero que a él le parecía más seguro para desde allí emprender la vuelta y éste, para él, era Nueva Guinea lo que le hubiera conducido a Australia, más que a Filipinas. Sin embargo, tras diversas vicisitudes, las órdenes oficiales no conocidas hasta estar en altamar orientaron la expedición definitivamente hacia Filipinas.

Felipe II sabía que las Filipinas caían en la demarcación portuguesa según el Tratado de Tordesillas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ), pero también era sabedor de que en Filipinas no había portugueses. La importancia económica de las Filipinas no era muy grande, de ahí que nadie, sobre todo los portugueses, se preocuparan por la llegada de los españoles, para establecerse en ellas. Sin embargo, los portugueses no supieron ver que la importancia de estas islas estribaba en la proximidad y facilidad para acceder a las costas chinas y a sus productos y comercio.

Para consolidar el dominio de Filipinas y establecer un puente comercial con China era imprescindible, sin embargo, hallar una ruta de retorno a través de Pacífico hasta Nueva España. Cinco intentos anteriores de tornaviaje habían fracasado.

La expedición zarpa, al mando de Miguel López de Legazpi el 21 de noviembre de 1564 del puerto de La Navidad, en Nueva España. Urdaneta dio pruebas sobradas de la precisión de sus cálculos y su conocimiento del inmenso Pacífico. El 21 de enero de 1565, avisaba de la proximidad de la isla de Guam, avistada al día siguiente; los pilotos de la expedición creían estar ya en Filipinas, pero no era así, como bien vaticinó Urdaneta. No sin varias vueltas por diversas islas y poblaciones para aprovisionarse, cosa que consiguieron, no sin dificultad, gracias al conocimiento del idioma malayo que hablaba Urdaneta, se instalaron en Cebú en abril.

En mayo, Urdaneta comunicó a Legazpi su disposición a realizar el viaje de vuelta, el tornaviaje. Para ello contaba con la nao San pedro, a la que consideraba la más apropiada para aquella aventura y al frente de la misma, como capitán, al sobrino de Legazpi, Felipe Salcedo, que, si bien era joven, era un buen navegante. Al amanecer del 1 de junio de 1565, salió de su fondeadero de la isla de Cebú camino de Nueva España la nave española por la ruta estudiada por Urdaneta. Bordeó Filipinas hacia el norte, camino de japón. El día 9 de junio, la nao navegaba ya en mar abierto. Había llegado el momento de poner rumbo nordeste donde esperaba encontrar vientos favorables. Los pilotos iban anotando rumbo y distancias y el día 17 creían hallarse en 18.º N y poco después (21 de junio, día del Corpus) avistaron una isla en el punto que hoy se denomina Parece Vela o Okino-Tori (20.º 32’ N, 136.º 13’ E). El primero de julio la nave está a la altura del paralelo 24º de latitud norte, más o menos frente a Taiwan. El 3 de agosto alcanzó los 39°, hasta llegar al paralelo 42°, es decir, la latitud del norte del Japón. Esta ruta, mucho más al norte de las seguidas por los que fracasaron con anterioridad, era más larga, pero evitaba la influencia negativa de los vientos alisios, que en los intentos anteriores había dificultado e impedido la navegación. A partir de aquí el barco gira al este, siguiendo la corriente marítima del Kuro Shivo, en dirección a lo que es hoy Estados Unidos. Los vientos les permitieron avanzar a mayor velocidad que los días precedentes. Pero el problema surgió de las provisiones, a pesar de que Urdaneta había mejorado con mucho el aprovisionamiento de futas y verduras de expediciones anteriores. La carne y el pecado, así como la verdura fresca se habían acabado hacía ya días, y el menú consistía en arroz o maíz, pan seco y garbanzos rociados con un poco de vino de palmera. A mediados de agosto con mar gruesa y aguaceros de mediana virulencia, determinaron poner rumbo al SO.

El escorbuto había hecho su aparición y el número de enfermos iba en aumento.

El 1 de septiembre, justo tres meses después de la salida, murió el primer marinero enfermo, al que siguieron otros. El 18 de septiembre de 1565, avistaron una isla a la que Salcedo bautizó como la Deseada. No estaban aún en el continente, pero sí cerca. Avistaron tierra el 26 de septiembre de 1565, era la costa de California, superado el cabo Mendocino (al norte de la actual San Francisco) y, de aquí bajando por la costa de México, el 1 de octubre, entró la San Pedro en el puerto de la Navidad, con la tripulación muy mermada. Urdaneta, recordando lo mal sano del puerto de la Navidad con las pocas condiciones que reunía para la asistencia hospitalaria (hay que recordar que de doscientos tripulantes sólo quedaron dieciocho activos al terminar el viaje. El resto o había muerto o estaban enfermos), decidió sugerir a Salcedo que se dirigiera a Acapulco, donde llegaron el 8 de octubre de 1565.

El viaje de vuelta había durado cuatro meses y ocho días.

Todo quedó anotado minuciosamente por la propia tripulación, empezando por Esteban Rodríguez, piloto mayor del barco, y excelente cronista de la expedición hasta su muerte, – su crónica la completo su sustituto, Rodrigo de Espinosa–.

Urdaneta no cuenta gran cosa, pero sí se sabe que fue el primer europeo que constata la circulación de los vientos en el anticiclón del Pacifico, dando así con una de las claves para el éxito del viaje.

Urdaneta es recibido por la Audiencia de México, tras su hazaña, volvió a España para informar al rey de los primeros pasos de la conquista de Filipinas y, sobre todo, del éxito del tornaviaje. En abril de 1566, lo recibió Felipe II a quien mostró y entregó los mapas, relaciones, libros de navegación y otros documentos. Casi inmediatamente, en 1567, estaba de vuelta en México y se reincorporaba a su convento de los agustinos, donde muere al año siguiente (1568)

Había establecido, lo que se llamó el “paso de Urdaneta” es decir, la ruta del tornaviaje. De Filipinas a Acapulco. Nunca fue de fácil recorrido, pero permitió la conquista de Filipinas y el comercio de la zona con el conocido como “galeón de Manila” que utilizó esta ruta durante dos siglos y medio, hasta su supresión en 1815, coincidiendo con las presiones coloniales británicas sobre China.

El galeón salía de México con plata y productos que no se daban en Filipinas (desde armas hasta objetos de culto, y muy especialmente animales y plantas: vacas, caballos, maíz, cacao, tabaco, caña de azúcar, cacahuete, tomate, calabaza, papaya, pimiento…) y frailes. A los chinos no les interesan los productos europeos, pero sí la plata con la que pagaban los productos los europeos. Los frailes buscaban la evangelización. De vuelta, el galeón llegaba a Acapulco, cargado de especias, seda en hilo, en tejidos y bordados, marfil, lacas y madera lacada, biombos y madreperlas y porcelanas chinas de la dinastía Ming, etc. Se establecía así, una de las rutas marítimas comerciales más duraderas de la historia mundial. La que permitió durante aquel tiempo generar tal riqueza en Nueva España, es decir, en México, que la capital mexicana durante mucho tiempo tuvo mucha más importancia comercial e influencia en nuestro imperio que Madrid.

Este intercambio incorporó a la cultura española algunos productos muy populares, tanto que acabaron fabricándose también en España, como los mantones de Manila, tejidos y bordados en China, o medias, para mujeres y para hombres.  La popularidad del galeón era tal que la literatura se hace eco de él, como ocurre en “Fortunata y Jacinta” de Pérez Galdós, en el S. XIX.

Pero no sólo fue famosa la ruta de Urdaneta por el comercio, la expedición para extender la vacuna de la viruela de Balmis llegó a Filipinas, a Macao y Cantón siguiendo la ruta del agustino vasco.

BIBLIOGRAFÍA

RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín. “Urdaneta y el tornaviaje”. Ed La Esfera de los Libros. 2021

CABRERO, Leoncio: «España en el Pacífico», Cuadernos Historia 16, núm. 122.

MADUEÑO GALÁ, José María. “ANDRÉS DE URDANETA, UN AVENTURERO.”

MIRA TOSCANO, Antonio.  “Andrés de Urdaneta y el tornaviaje de Filipinas a Nueva España”. Universidad de Huelva (España). file:///C:/Users/Administrador/Downloads/Dialnet-AndresDeUrdanetaYElTornaviajeDeFilipinasANuevaEspa-5613036%20(1).pdf

Documental: España, la primera globalización.

Tiananmen

En la década de los ochenta del siglo XX, China vivía tiempos de cambio. Deng Xiaoping, el líder renovador que había sucedido a la “Banda de los Cuatro”, dirigía el País hacia cierta liberación económica y un mayor acercamiento a occidente. Pero políticamente China era y sigue siendo una férrea dictadura comunista.

China lleva siendo una dictadura desde que cayó el imperio, el cual no era, evidentemente, dada la época en la que gobernó China, una democracia. Pero superar las imposiciones propias de la antigüedad por medio del comunismo, nunca ha sido una gran idea.

Ya vimos al hablar de la Revolución Cultural ( https://algodehistoria.home.blog/2020/02/21/la-revolucion-cultural-china/ ) que la situación de aquel país era insostenible. Por otro lado, la década de los ochenta fue un momento de convulsiones en el mundo comunista. Fue la década de la caída del Muro de Berlín, Polonia se levantaba gracias al Sindicato Solidaridad, y por la acción de Juan Pablo II, de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan el comunismo perdía su referencia del bloque del Este. De hecho, en 1985 se había iniciado un proceso reformista en la URSS. Son los años de Gorvachov y la Perestroika (ya tratamos la caída del muro sus antecedentes en : https://algodehistoria.home.blog/2019/10/31/y-cayo-el-telon/ )

Así que no es de extrañar que, en este contexto, en el otro gran gigante comunista, China, se produjeran levantamientos revolucionarios. Los acontecimientos que vamos a describir hoy, se desarrollaron durante la primavera de 1989, en la plaza de Tiananmen, en Pekín, la plaza más grande del mundo, situada enfrente de la Ciudad Prohibida y cuyo nombre significa «puerta de la paz celestial». Mucha paz no hubo en los hechos que contamos hoy.

Las causas de la protesta se deben buscar en varias razones. Aquel proceso liberador en lo económico promovido por Deng Xiaoping, creó algunos desequilibrios en sus comienzos, provocando una fuerte inflación del 1988 . Esta subida de precios y la muerte de Hu Yaobang, líder reformista, símbolo de la apertura democrática, que había sido purgado dos años antes, fueron las causas inmediatas que desencadenaron el movimiento estudiantil, pero no fueron las únicas, entre otras muy importantes razones, se situaba la protesta por la corrupción del régimen, muy especialmente por el nepotismo que lastraba el futuro de los jóvenes.

El 18 de abril de 1989, miles de estudiantes, vestidos de luto, atravesaron al Plaza de Tiananmen en recuerdo de Hu y solicitando un gobierno democrático. Se calcula que se manifestaron casi un millón de personas. Se asentaron en la plaza y a ellos se fueron uniendo poco a poco otros ciudadanos. Esta revolución pacífica, un poco romántica y un tanto naif en sus formas, donde los manifestantes levantaron una escultura a la diosa de la libertad, supuso la mayor revuelta contra el sistema comunista chino que se haya dado nunca.

El 13 de mayo, al menos 100 estudiantes de los congregados en la Plaza comenzaron una huelga de hambre. El número aumentó a varios miles en los días siguientes.

El 19 de mayo, se calcula que estaban reunidas en la plaza más de un millón de personas y a ellas se dirigió el secretario general del Partido Comunista de China, Zhao Ziyang, pidiendo el fin de las manifestaciones. Ese mismo día, el primer ministro Li Peng impone la ley marcial. El 1 de junio, se prohíbe a los periodistas de todo el mundo informar en vivo desde la plaza, hacer fotografías o grabar videos.

La plaza se convirtió en un hervidero de gente pacífica y divertida que se reclama libertad. Especial importancia tuvo el concierto del cantante Hou Dejian, en apoyo de los manifestantes. En vista de que los manifestantes perduraban en la plaza de Tiananmen y que el movimiento se extendía por otros lugares de China, el régimen envió al ejército chino a desalojar la plaza; era el 4 de junio de 1989. La imagen más impactante y que mejor se recuerda es la de una hilera de tanques que se encaminaban al lugar y que se vieron frenados en su avance por un muchacho que se colocó delante de ellos. Nada frenó al ejercito chino. Su orden era disparar contra los manifestantes y así lo hicieron.

Nadie sabe el número de muertos, pero se calcula que hubo más de 10.000 muertos y miles de personas fueron enviados a los campos de concentración.

El gobierno chino impuso el silencio, de manera que la población china actual desconoce el hecho. En las zonas rurales no tiene ni rumores de aquellos acontecimientos, y sólo los privilegiados que han estudiado fuera de China pueden saber lo que ocurrió. De hecho, es en las zonas semilibres, como Hong Kong, donde se recuerda este acontecimiento. Allí se formó una vigilia conmemorativa a los 10 años de los hechos y una gran manifestación a los 20 años del suceso. 30 años más tarde sólo los noticieros internacionales recordaban los sucesos. En China siguen sin hablar de aquellos hechos. Salvo por los que los sufrieron, por ejemplo, el periodista Yu Dongyue que cumplió 17 años de pena, fue liberado en febrero de 2006. En 2015, EE.UU aún solicitaba la liberación de los que todavía cumplían «sentencias relacionadas con Tiananmen». El 2016, China debía liberar al último preso de estos acontecimientos. No hay datos que confirmen o desmientan si tal liberación se ha producido.

Aquel romanticismo de la juventud por la revolución ha desparecido. Las reformas económicas permiten a los habitantes de china vivir mucho mejor que hace 30 años y saben que seguirán mejorando sus condiciones económicas; en materia policía se han hecho más prácticos y no sueñan con revoluciones.

LOS FUNCIONARIOS EN LA ANTIGÜEDAD.

Acaba de ser publicitado el documento elaborado por el Ministerio de Administración Territorial y Función Pública (justo la semana anterior a la remodelación ministerial) dirigido entonces por el Señor Iceta, ministro que carece de título universitario, para la reforma (¿o sería mejor decir abaratamiento?) del sistema de selección de personal en las Administraciones Públicas.

El documento, envuelto en el celofán de las buenas palabras, esconde en su fuero interno un tufillo controlador de lo poco aseado e independiente que va quedando, en este caso, el ingreso de los funcionarios.

Sólo hay que acercarse un poco a la Historia para comprender que cuando se quiere manipular algo, se abarata, y cuando se quiere defender la excelencia, las pruebas se endurecen.

El origen del sistema de oposiciones vigente en España lo vimos hace tiempo en otra entrada:

https://algodehistoria.home.blog/2019/10/11/no-es-un-seguro-es-una-oposicion/

No me voy a repetir. Pero para comprobar que la formación, la especialización y la exigencia en el ingreso no son algo exclusivo de España ni de la actualidad, voy a exponer los orígenes del funcionariado en la antigüedad. Aquello que decía Azaña de que la Administración debe contar con los mejores, los mejor formados, pues manejarán el interés común, el interés de todos, el interés público, es algo que ya concibieron nuestros los tatarabuelos de nuestros tatarabuelos.

Hace tiempo, en este blog, vimos la Administración de la justicia en Babilonia con el Código de Hammurabi. https://algodehistoria.home.blog/2020/02/14/la-administracion-de-justicia-en-el-reino-de-hammurabi-1775-1730-a-de-j-c/

Además de aquel episodio babilónico, en el resto de los pueblos de la antigüedad la estructura organizativa y quienes fueran los encargados de entenderla era una preocupación primordial. Aquellos pueblos tenían entre sí algunas coincidencias en la organización administrativa: la Administración tenía su sede principal en el Palacio real, por eso la llamaremos, para entendernos, Administración central y la diferenciaremos de la Administración del resto del territorio o Administración provincial.

En China, la Administración, bajo el poder del príncipe, debía controlar no sólo la Administración de palacio, es decir, la Administración central sino también la provincial. Para lograr el éxito, bajo la dinastía Sung (960-1127) la Administración china alcanzó un nivel de perfeccionamiento desconocido hasta entonces. Los mandarines, funcionarios civiles y militares, dominaban la vida pública. Su dominio no venía por el poder que les confería el príncipe, sino por el de su prestigio, alcanzado por su gran conocimiento. Los exámenes de acceso se realizaban en la capital del Estado de manera periódica. Muchos aspirantes eran suspendidos repetidas veces por la severidad de los ejercicios. Pero gracias a esa severidad la Administración china llegó a ser muy eficiente, con un uso muy adecuado de los recursos, meticulosidad en la actividad administrativa y regulación de los sueldos, los periodos de descanso y las sanciones en caso de incumplimiento. Es decir, China ya desde antiguo optó por la perfección y el conocimiento.

Algo semejante ocurría en Egipto. Allí, tanto los visires, nombrados directamente por el faraón como los funcionarios de más bajo escalafón tenían una gran preparación. En la Administración egipcia, los funcionarios estaban especializados por tareas y funciones. Existían escuelas para dar la debida formación a los futuros aspirantes. Todos los funcionarios cobraban mediante tasas perfectamente reguladas. Entre los funcionarios no solían existir problemas de corrupción, no así entre los visires que, en algunos casos, acumularon, de manera fraudulenta, tantas riquezas que sus fortunas alcanzaban a la de los faraones.

El eslabón inferior del funcionariado lo constituían los escribas, cuya labor era levantar acta y copiar lo que se escribía y hacía. Mantenían en marcha todo el aparato estatal transmitiendo las órdenes del gobierno. Llegaron a constituir una clase con cierto poder. Sobre todo, porque además de lo señalado, sobre ellos recaía el control del sistema tributario. El pago de impuestos en Egipto se hacía en especie, pero la contabilidad de lo ingresado recaía en los escribas.

Sus funciones se realizaban en el palacio real, en el ejército y en los templos. Cualquier persona podía aspirar al cargo de escriba menos los campesinos. Su aprendizaje era largo y pormenorizado. Existían escuelas de escribas en las que ingresaban con cinco años. Se trabajaba en ellas durante los cinco años siguientes desde que salía el sol hasta el ocaso. Su aprendizaje consistía en dictados y en copiar textos, pero también se impartían clases de geografía, historia y aritmética.

Gran importancia tuvo la administración judicial egipcia; se constituía por personas de alto nivel, elegidos entre los funcionarios, fundamentalmente, entre los visires, militares y sacerdotes. Existieron dos audiencias reales, una en Tebas y otra en Heliópolis compuestas por altos funcionarios y presididas por un visir. También trabajaban allí los procuradores que ejercían la acusación y los escribas que levantaban acta.

Como vemos, el palacio, el ejército y la recaudación de impuestos eran aspectos esenciales de aquellas antiguas civilizaciones. En ocasiones, con la Administración de justicia dentro de la Administración de Palacio y, en otras, con un control sobre ella, pero ejercido por los sacerdotes.

En el Imperio persa, la centralización y control estatal desde el Palacio eran esenciales hasta que el crecimiento del Imperio hizo necesaria una reforma de la Administración emprendida por Darío. Creó las satrapías como formas de organización territorial y administrativa de las provincias persas. Para su control, las satrapías eran auditadas por funcionarios de Palacio todos los años.

Tres peculiaridades se dieron con los persas: primero, el poder absoluto del monarca estaba más relajado que en otros imperios de la antigüedad y se permitía compartirlo con algunos otros nobles y sacerdotes debido a la política de tolerancia en materia religiosa. Segundo, las importantísimas tareas de recaudación de impuestos y de impartición de justicia las ejercían los sátrapas. Existía un sistema de tesorería y reserva de moneda en distintos puntos del Imperio. Los sátrapas también eran los jueces supremos en su territorio. Tercero, el control de todo este entramado, dada la centralización palatina y el poder de las satrapías, obligaba a cambiar la capital y mover al emperador y su corte de lugar cada poco tiempo.

En Grecia y Roma esa pulcritud oriental no se existió al inicio de sus administraciones.

En Atenas, la Función Pública no estaba tan desarrollada como hemos visto en los países orientales, no existía una escala o cuerpos de funcionarios ni el principio de jerarquía. El funcionario era temporal, elegido entre la población como un modo de ejercer un servicio a la comunidad y no cobraban por ello. Pero tampoco estaban preparados para esas tareas.

A medida que se expandía la civilización griega se hacía más necesario un incremento de puestos y, con ellos, una mayor estabilidad y especialización de los funcionarios, aunque seguían ejerciéndose las tareas por sorteo. Para reducir el riesgo de que fuera elegido en el sorteo un incompetente, se limitó el número de personas sobre las que recaía la “suerte”. Se reconocieron así tres clases de funcionarios: los magistrados, los curatores y los oficiales, estos últimos se dedicaban a tareas subalternas. Sin embargo, la Administración siguió sumida en el caos, que se intentó paliar con la centralización de las funciones administrativas.  Se crearon escalas administrativas; se instauró el principio de jerarquía, lo que determinó la posibilidad de ascensos regulados por méritos; se profesionalizó el ejército, la recaudación de impuestos, la actividad económica y las relaciones exteriores.

En Roma por su parte, durante la Monarquía, los funcionarios aparecen nombrados directamente por el rey, que los cambiaba a su antojo. Durante la República, la Función Pública aparece perfectamente estructurada de acuerdo con el principio de jerarquía, con distintos escalones de funcionarios con un Cursus Honorum– carrera funcionarial-. Pero los poderes de los mandatarios se imponían a su antojo. No existía una formación tan estricta como la egipcia o china. Además, para mayor gloria del dictador, en la república despótico-cesarista se incrementó considerablemente la burocracia. Fue en emperador Constantino el que buscó una especialización entre sus funcionarios y, sobre todo, separó los asuntos civiles de los militares. En la cancillería imperial existían cinco secretarías, especializadas en las distintas partes del proceso cuyos juicios correspondían al tribunal imperial. También se crearon funcionarios especialistas en aspectos de información y policía.

Diocleciano reformó la Administración de las provincias creando tres categorías en cuanto a los gobernadores, de mayor a menor categoría eran: los procónsules; los correctores y los presides. Existió una administración especial para la ciudad de Roma que luego se copió en Constantinopla.

El sistema cambió durante el Imperio romano. Los funcionarios eran elegidos por el propio emperador, no por elección popular, como hasta entonces; la actividad funcionarial dejó de ser gratuita, dado que el sistema de elección y gratuidad sólo generaba corrupción. Este cambio supuso una mayor dedicación del funcionario a sus tareas públicas, pasando de ejercer las funciones de manera temporal a tener carácter indefinido. En la Administración central aparece la figura del pretorio para reducir y reordenar los cargos y en la Administración provincial se produjo una nueva ordenación, dividiéndolas en senatoriales e imperiales. Las primeras dirigidas por un cónsul, las segundas por una especie de embajador.

La carrera senatorial requería una formación que debía superar distintas etapas desde la edad de 18 años a la de 33 años.

En Bizancio, con Constantino el Grande, se diferencia la Administración de Palacio de la provincial y se separan los funcionarios civiles de los militares buscando una mayor especialización. Tanto en unos como en otros, había una clase superior procedente de la nobleza, a los que el rey podía cesar o nombrar a su antojo y unos funcionarios de inferior escalafón cuyos puestos tenían carácter temporal indefinido.

La Administración de los visigodos en España pasó por distintas etapas en función de los cambios políticos y la propia inestabilidad del Imperio. En el centro del poder aparece siempre el rey quien llegó a asumir funciones legislativas y judiciales, pero muchas veces las delegaba en el Aula o Concilio. Cada vez fueron mayores las delegaciones que hacía el monarca, lo que dio lugar al nacimiento de unos servidores públicos embriones de los futuros funcionarios. Así nacen los oficios del “Palatium”- la administración más cercana al rey. Los cortesanos, casi siempre elegidos entre la nobleza. En la provincia aparece el “iudex” administrador de la provincia- ayudados de un “officium”, formado por los funcionarios más preparados, a los que a veces se les daba a administrar una zona de provincia, regida por un duque o por un conde. Así nacieron los condados y ducados. La mayor especialización de los funcionarios visigodos provino de la necesidad de mantener un ejército permanente, recaudar impuestos y administrar justicia.

En la administración de justicia, dado que el único que tenía potestad para ejercerla era el rey, se buscaron otros funcionarios que revisaran los asuntos – los dux, iurex o comes- esto acabó derivando en que determinadas materias de carácter civil o militar las juzgaban los dux y los obispos. Por su parte, la función recaudatoria se tecnificó y para ejercerla se crearon unos cuerpos de funcionarios especializados los “susceptores” y los “exceptores”.

En la España árabe, como en todos estos pueblos la actividad administrativa se organizaba en torno al califa, pero frente a lo que ocurría en Persia con la libertad religiosa, la importancia dada a la religión por los musulmanes de la península llevó a que aquellas monarquías fueran auténticas teocracias.

Los asuntos públicos cuentan con la atención del visir y el “hagib”. El visir, nombrado por el califa, se encargaba de nombrar al resto de los empleos de la corte. El hagib era una especie de visir de visires.

La administración musulmana tuvo una organización refinada, en cuyas filas eran elegidos los mejores, los que contaban con más conocimientos y capacidad. Además, a pesar del poder del califa muchas decisiones las tomaba tras recibir y reunirse con en Consejo de visires.

Quizá una de las características más destacadas de la Administración califal fue la Administración de justicia.  Fue la actividad administrativa más cuidada y mejor dotada. Los jueces actuaban como delegados de la suprema autoridad del califa. El cargo de juez era de un gran prestigio social y dado que representaban al califa sólo los mejores entraban en la judicatura. Recibían un sueldo fijo con cargo al tesoro público. Como curiosidad debemos señalar que para ser juez se debía ser varón y, sin embargo, con carácter excepcional se podía nombrar a alguna mujer. El juez debía profesar la religión musulmana, encontrarse en plenas facultades físicas e intelectuales y tener una conducta exquisita en sus aspectos morales. Debía ser un escrupuloso cumplidor de la ley, para lo cual debía conocerla en profundidad. En ocasiones, la complejidad de las causas hizo necesaria la presencia de un secretario junto al juez. El secretario judicial o catib tomaba notas, levantaba actas y archivaba los asuntos. En Córdoba el secretario tuvo gran relevancia. Existían otros funcionarios especializados en garantizar la honorabilidad de los testigos. Además, existían peritos judiciales en distintas materias.

En cuanto a la recaudación de impuestos está se perfeccionó en el periodo Omeya. Existía un visir que contaba con distintos funcionarios a su cargo dedicados a recaudar. También existió una Administración provincial en materia fiscal que se coordinaba con la de palacio por medio de los “valíes”.

En resumen, ya desde la antigüedad se puede apreciar como la especialización y la formación eran algo esencial en la buena marcha de la Administración.

En la edad Media y la edad Moderna, durante los siglos XV y XVI el monarca sigue siendo el cabeza de la Administración, pero el funcionario se irá profesionalizando poco a poco. No sin pasar por enormes vicisitudes, como ya vimos en el caso de España.

En general, la profesionalización y la modernización de todas las administraciones europeas se produce durante el S.XIX y XX.

Lo que nunca se dio en la antigüedad es que al frente de la Administración se colocara a un visir, un iudex o un proconsul cuya formación y titulación fuera menor que la de los funcionarios a los que tenía que dirigir, salvo en los tiempos del sorteo griego. Los hay con suerte…

 

BIBLIOGRAFIA

MÚÑOZ LLIMÁS, Jaime Ignacio. “Historia de la Función Pública”. UNED (StuDocu).

BARRACHINA JUAN, Eduardo. “La Función Pública y su ordenamiento Jurídico. Promociones y Publicaciones Universitarias., S.A.(PPU).1991.

STEWART R. Clegg. HARRIS, Martin; HÖPFL, Harro. ”Managing Modernity: Beyond Bureaucracy”. Oxford University Press. 2011.

SANTAMARÍA PASTOR, Juan Alfonso. “Los Principios de Derecho Administrativo”. Ed. Centro de Estudios Ramón Areces, S.A.2002.

 

EXPEDICIÓN BALMIS

Algunos lectores me habían pedido que hablara de la expedición Balmis para llevar la vacuna de la viruela a América y Asia, a la que se considera la primera expedición humanitaria del mundo y una auténtica heroicidad de esas que casi sólo somos capaces los españoles. Me había resistido porque últimamente se ha hablado y escrito mucho sobre este asunto, no sólo ahora por la pandemia , sino por dos novelas y una película que hicieron llegar al gran público esta aventura extraordinaria. Almudena de Arteaga no fue la primera en recrear desde la ficción esta expedición, pero sí la primera española y lo hizo en 2010 con su novela “Ángeles custodios”. Su extensión al cine llegó, en 2016, por la película “22 ángeles”.  Quizá la más leída ha sido la esplendida novela de Javier Moro, publicada en 2015 y premio planeta, “A flor de piel”. Novelistas, periodistas y otros escritores han escrito sobre esta materia con profusión.

Nada original puedo aportar a la historia de la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, pero puedo ayudar a difundir tan heroico acontecimiento.

En el siglo XVIII, la viruela se había convertido en la pandemia más mortífera que azotaba a la humanidad; solo en Europa, durante esa centuria, acabó con la vida de 60 millones de personas y, en el mundo, se llevó la vida de 300 millones de seres humanos, siendo especialmente conocida su virulencia en América. Los contagiados que lograban sobrevivir a la enfermedad quedaban marcados por el resto de su vida con cicatrices sobre todo en brazos y cara. Pero, eso sí, no volvían a enfermar en las sucesivas oleadas.  Un médico inglés, Edward Jenner, había comprobado que los vaqueros habían desarrollado inmunidad al contagiarse de viruela bovina, mucho más benigna y que no dejaba marcas, lo que dio a Jenner la idea de inocular a los humanos la enfermedad bovina(variolización) con el resultado inmunitario que todos conocemos. De hecho, la palabra vacuna proviene del término latino variolae vaccinae que designa la viruela bovina. Sin embargo, el colegio de médicos británico se negó a aceptar este remedio con el curioso argumento de que a la larga todos nos volveríamos ganado.

Fue primero Napoleón y algunas damas de la aristocracia británica los que dieron el impulso definitivo a esta solución médica en Europa. Pero, el trabajo heroico de extender la vacuna por el mundo, se la debemos a un médico español, al alicantino Francisco Javier Balmis Berenguer que creyó entusiásticamente en el remedio inglés y decidió trasladarlo a América y a Asia, realidad que se llevó a cabo entre 1803 y 1806.

Francisco Javier de Balmis Berenguer inició sus estudios de Medicina en el Real Hospital Militar de Alicante en 1770, con el fin de convertirse en cirujano militar. Como médico militar participó en la Expedición de Argel contra los bereberes y en 1779 pasó a formar parte del Cuerpo de Sanidad Militar del Ejército Español, sirviendo en el Regimiento de Zamora, heredero de uno de los Tercios más célebres de España al haber participado en el milagro de Empel , como ya vimos en su momento en este blog (  https://algodehistoria.home.blog/2019/12/06/la-batalla-de-empel-o-el-milagro-de-la-virgen-inmaculada/ ).También luchó en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Por los méritos que mostró, en 1781, fue ascendido al rango de Cirujano del Ejército, siendo destinado a América y sirviendo en Cuba y México. En 1795, fue nombrado cirujano de cámara honorario del rey Carlos IV de España. Ya destinado en la corte, tuvo conocimiento de la vacuna de Jenner y se convirtió en un gran defensor de la misma. De hecho, la vacuna había llegado a España en 1800 y al año siguiente se llevaron a cabo las primeras vacunaciones exitosas en Madrid. Balmis tuvo en el Rey al mejor defensor de la vacuna en España y de cara a su extensión por América y Asia; este apoyo real provenía de que una de las hijas del monarca había fallecido de viruela.

Así se gestó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Cuya meta era extender la vacuna por los territorios de la Corona española, pero inoculándola fundamentalmente a los niños.

En la organización del viaje, que debía durar meses, pero que abarcó tres años, el mayor problema era cómo trasladar el suero de la vacuna que había de ser inoculado en América, primera parte del viaje.

En aquel momento, la mejor manera de conservar y utilizar el suero del fluido vacuno era a través de la pústula de un recién vacunado que se podía inyectar en otra persona, que quedaba vacunada con ello y servía a su vez de portador vivo de la muestra. Por ello, Balmis decidió elegir a 22 niños huérfanos del hospicio de La Coruña a los que iría inoculando el virus paulatinamente.  De tal modo que en la práctica fue inocular la vacuna a dos niños cada semana (por si había complicaciones fatales en alguno) con las pústulas de los vacunados la semana anterior.

La Gaceta de Madrid explicaba cómo se llevaría a cabo el proceso: «siendo sucesivamente inoculados brazo a brazo en el curso de la navegación, conservarán el fluido vacuno fresco y sin alteración» hasta América.

Para poder atender a los 22 niños, Balmis logró que le acompañara a América la rectora del hospicio de La Coruña, Isabel Zendal Gómez, y una decena de médicos y enfermeros. Todos ellos, partieron el 30 de noviembre de 1803 del puerto de La Coruña con rumbo al Nuevo Mundo a bordo de la corbeta María Pita.  El plan era temerario y éticamente más que dudoso. Se eligió a niños porque, a falta de unos análisis que entonces no existían, podía establecerse con seguridad que no habían padecido la viruela. En cuanto a Isabel Zendal, había empezado a trabajar como enfermera en el hospital de la Caridad de La Coruña, fundado por Teresa Herrera. Su vida no había sido fácil, había perdido a su madre cuando ella contaba 13 años, precisamente a causa de la Viruela. Posteriormente, tuvo un hijo de soltera con lo que eso suponía en aquellos tiempos. La expedición para ella y para su hijo era una oportunidad de una vida mejor, de hecho, Balmis valoraba tanto su aportación que le pagaba un sueldo igual que el de los hombres. Al final del viaje, se instaló y se quedó a vivir en el Virreinato de Nueva España dónde siguió ejerciendo de enfermera con gran reconocimiento personal por su valía . El propio Balmis se encargó de destacar el papel fundamental de los niños y de su tutora. En una carta al ministro Caballero, el médico explicó como Zendal «con excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible madre» asistiendo a los niños «enteramente en sus continuadas enfermedades”. La OMS la ha considerado la primera enfermera de la historia que participó en una misión internacional. Siempre estuvo atenta al devenir de aquellos niños que trasladó al nuevo mundo, los cuales,  fueron educados de manera esmerada, quedándose allí con un próspero porvenir.

Pero no adelantemos el final.

La expedición que salió de Galicia hizo su primera escala en Tenerife, donde comenzó su campaña de vacunación. Allí se inoculó la vacuna a los hijos de 10 distinguidas familias y desde ellos, las autoridades sanitarias canarias, extendieron la vacuna a todas las islas.

En febrero de 1804, la expedición llegó a Puerto Rico y, al mes siguiente, al territorio de la actual Venezuela, donde halló muy buena disposición de las autoridades locales, lo que permitió difundir la vacuna por toda la región. En mayo, el convoy se dividió en dos grupos: uno que se dirigió al norte mandado por Balmis y otro con destino al sur del continente, mandado por el cirujano militar catalán José Salvany Lleopart. Ésta segunda rama llegó a la Patagonia tras superar numerosas penalidades.

El  grupo comandado por el propio Balmis, llevaba como objetivo extender la vacuna por el Caribe, Centroamérica y el norte del continente, en muchos casos sin la colaboración de las autoridades locales. Para superar las reticencias y facilitar la consecución del objetivo, Balmis creó lasJuntas de Vacuna” en cada territorio al que llegaba. Estas juntas tenían la obligación de encontrar niños a los que vacunar y de mantener vivo el suero. Las juntas funcionaban de manera autónoma, siguiendo las directrices del médico español. Así se logró la vacunación del virreinato de Nueva España y la extensión de la vacunación por Texas, Arizona, Nuevo México o California. La expedición vacunó directamente a unas 250 000 personas.

Organizada la vacunación en América, Balmis decidió embarcarse hacia Filipinas y realizar similar acción allí. Esta vez no contó con la colaboración de Isabel Zendal. La misión llegó al archipiélago en abril de 1805. De nuevo los más altos cargos políticos y eclesiásticos no colaboraron, pero gracias a su perseverancia y a las autoridades de menor rango, a principios de agosto, ya se habían vacunado nueve mil personas. Balmis comisionó a varios de sus subordinados para extender la vacuna al resto de islas. Desde Filipinas se trasladó a Macao, logrando la difusión de la vacuna por todo el territorio chino.

Este fue el último viaje de Balmis antes de regresar a España, para lo que tuvo que pedir un préstamo con el que sufragar un pasaje hasta Lisboa, pues había empleado todo el dinero en la extensión de la vacuna. Llegó a la capital lusa en febrero de 1806, no sin antes haber dejado alguna vacuna en una escala en la isla de Santa Helena (territorio británico de ultramar). Pisó el suelo de Madrid el 7 de septiembre de 1806. Carlos IV le colmó de honores y felicitaciones. Había terminado el que el naturalista Alexander von Humboldt calificó como el viaje «más memorable en los anales de la historia».

Quizá por ello, en 2020, las Fuerzas Armadas han denominado “Operación Balmis” a su despliegue en varios puntos de España para reforzar las tareas de confinamiento en estado de alarma por el coronavirus y la Comunidad de Madrid llamará Isabel Zendal al nuevo hospital de emergencias de Valdebebas

LA REVOLUCIÓN CULTURAL CHINA

Mao Tse-Tung, cuyo nombre original era Mao Zedong, fundó la China comunista tras la guerra civil de 1949 y la dirigió hasta su muerte en 1976. Su persona y personalidad está llena del oscurantismo propio de un régimen que, pese a su apertura económica hace ya varias décadas, no puede dejar pasar la luz a un sistema autoritario con origen en un personaje autoritario- Mao- que dejó en herencia alguno de los capítulos más desastrosos de la Historia de China y sobre los que el régimen intenta pisar de puntillas. Nos referimos al “Gran Salto Adelante” y “La Revolución Cultural”. Podríamos analizarlos por separado, pero eso impediría seguir el hilo conductor de unos acontecimientos que se construyen por el encadenamiento de hechos enlazados por las argollas de la dictadura más férrea y del fracaso más absoluto. Antecedentes y consecuencias se concatenan con unas acciones que nacen en 1958 y finalizan en 1981.

En 1958, se inicia lo que se conoce como “Gran Salto Adelante”, que no fue nada más que un intento de los dirigentes chinos, especialmente Mao Zedong, de multiplicar la producción agrícola para buscar un desarrollo equiparable al de la industria. Utilizaron la gran mano de obra rural existente, hasta la extenuación; facilitaron la creación de guarderías para que las madres pudieran dedicarse al campo sin tener que ocuparse de los hijos, buscando una relajación de los lazos familiares; se explotaron los campos y los terrenos con poco conocimiento, lo que repercutió en hacerlos improductivos; se mataron pájaros para que no comieran las cosechas y consiguieron que se incrementase el número de insectos que atacaron el ecosistema, y se combatieron con insecticidas que enfermaron a la población; se construyeron sistemas de regadío que, en ocasiones y por las deficiencias en el diseño, provocaron inundaciones no deseadas.  Se acabó con la autarquía preexistente en el mundo rural; las reducidas dimensiones de las cooperativas agrícolas no permitían llegar a los niveles de producción proyectados, transformándolas, por ello, en comunas populares que no fueron más que centros de experimentación social sin precedentes en un intento de colectivización de la vida cotidiana.

El Gran Salto Adelante tenía como objetivo acelerar el desarrollo económico y las comunas, acelerar la transición hacia una sociedad comunista.

Hasta 1960 el régimen publica las estadísticas de producción, desde 1960 abandona tal práctica ante los pésimos datos obtenidos, como bien reconoce la historiografía actual. El Gran Salto Adelante supuso un fracaso, una gran catástrofe para la producción agrícola y la fertilidad de las tierras que quedaron destrozadas con los métodos empleados. Todo ello provocó una enorme hambruna y un retraso de 5 o 6 años en el desarrollo económico de China, que pasó sus peores momentos entre 1960 y 1964.

La “Gran Hambruna” sería la segunda fase de este proceso. Lo poco que se cultivaba se expropiaba y enviaba a la URSS a cambio de armas y componentes para las fábricas. Murieron cerca de 40 millones de chinos. La mayor catástrofe china del S XX, mucho peor que las hambrunas de Stalin en ucrania, que había acabado unos años antes con 10 millones de inocentes.

Como consecuencia del desastre, se desmembraron las comunas y los campesinos consiguieron pequeñas libertades. En aquellos años, además, se produjeron, según los casos, choques diplomáticos y algunos enfrentamientos, tales como los producidos con Taiwán, Tíbet, EE. UU, India, Vietnam y, finalmente, al pretender realizar una forma de comunismo diferenciadora de la de la Unión Soviética, con la URSS. También internamente el partido Comunista chino experimentó cambios. Mao abandona la presidencia de la República, pero no fue expulsado del Partido Comunista. Ese fue el gran error de sus enemigos. Los sectores más aperturistas dentro del comunismo, tomaron el poder.

Mao, aún fuera del Poder, mantuvo mucho poder. Sus seguidores se ocuparon de que no se le olvidara. Especialmente Li- Piao, el cual difundió entre los soldados del ejército chino un libro sobre el pensamiento de Mao, base y fundamento de las futuras facciones “maoístas” y del culto al líder. Mao, por su parte, en 1965, puso en marcha un sistema nuevo y expeditivo que le permitió ir escalando posiciones: promovió la conocida “Revolución Cultural” que, en esencia, no fue otra cosa que una campaña masiva contra los altos cargos del Partido Comunista, intelectuales, académicos y contra cualquiera que fuera tachado de contrarrevolucionario.

La revolución cultural fue una lucha de poder. La acusación de contrarrevolucionario se impuso en los dos bandos contra el contrario. Enfrentados a Mao estuvieron especialmente Liu Shaoqui, Peng Dehuai y Deng Xiaoping.

 A grandes rasgos se pueden distinguir cuatro etapas en el desarrollo de la revolución cultural:

  1. De noviembre de 1965 a mayo de 1966, en el que la fase de preparación y ofensiva maoísta es discreta e incluso soterrada. Los ataques van dirigidos a intelectuales y académico, pero ya en sus últimos momentos se inician las primeras ofensivas contra personalidades del Partido Comunista, como el Alcalde de Pekín. Todo ello organizado como si se tratara simplemente de una revolución estudiantil. Fue esa masa la “tropa” que empleó Mao en su reconquista del poder. Estos grupos, convenientemente fanatizados, viajaban por toda China, financiados por el Partido Comunista, lo cual era casi lo mismo que decir, por el Estado, reclutando miembros para su causa y organizando concentraciones masivas, en las que se fomentaba el abandono de las viejas costumbres chinas y se exaltaba la figura de Mao Zedong.La idolatría al líder será el segundo gran apunte de la revolución cultural.En el momento cumbre de la movilización, se destruyeron templos tradicionales chinos, se saquearon bibliotecas y quemaron libros, menos el libro Rojo de Mao, el “libro sagrado” de estos grupos.
  2. De mayo de 1966 a comienzos de 1967. Acantonada hasta entonces en los medios literarios, artísticos y universitarios, la crítica y la depuración escogen sus víctimas desde ahora entre los más altos dirigentes del Partido. En este periodo, Mao lleva al Comité Central, y éste aprueba, su “Decisión sobre la Gran Revolución Cultural Proletaria” o “Dieciséis puntos” convirtiendo así lo que inicialmente era un movimiento estudiantil, en una campaña que alcanza a todos los sectores sociales de todas las provincias. Al tiempo, todos los ojos se vuelven a Pekín donde proliferan lo que hasta entonces era una nota exótica: los primeros guardias rojos y los periódicos murales como medio de propaganda para sus fines y purgas. En este periodo se acentúa la presión de las masas y la intensificación del culto a Mao. El terrorismo, a manos de los guardias rojos, y el desorden se apoderan de Pekín y de otras grandes ciudades. La forma de actuar de la Guardia Roja se fundamentaba en la persecución a los acusados de “burgueses”, en realidad, sus oponentes políticos o intelectuales, apaleándolos, encarcelándolos, humillándolos públicamente, confiscando sus bienes y sentenciándolos a trabajos forzados, cuando no a la simple ejecución. Entre agosto y septiembre de 1966, fueron asesinadas unas 1.772 personas y en octubre Mao convocó a una “Conferencia Central del Trabajo”, en donde logró forzar la autocrítica de sus opositores, eliminando así toda oposición en el partido. Esta etapa constituye el periodo denominado “terror rojo”.
  1. A partir de 1967, los maoístas desencadenan una ofensiva más sistemática contra los cuadros del partido que no les son afines y que durará hasta agosto de 1967. Se inician los comités revolucionarios. En este proceso fueron clave Lin Biao, ministro de defensa fiel a Mao, y la propia esposa de Mao, Jiang Qing (una antigua actriz), quienes emplearon el prestigio del líder revolucionario para purgar a los miembros de otras facciones del Partido Comunista y materializar sus propias aspiraciones al poder.
  2. De septiembre de 1967 a abril de 1969. Las principales purgas afectaron a sectores ultraizquierdistas; no dejaban de ser detractores de Mao que atacaban al líder desde posiciones aún más radicales. Mientras, la mayoría del partido se intenta adaptar a la situación, fueran cuales fueran sus posiciones previas, para mantenerse en el Poder y además sobrevivir. Así los nuevos comités revolucionarios provinciales, que se multiplican en 1968, se constituyen sobre unas bases más ambiguas que los que comenzaron en 1967.

En abril de 1969 se convocó al IX Congreso del Partido Comunista de China, donde se reafirmó la autoridad de Mao como líder del partido y líder militar. Su doctrina fue adoptada como ideología central del partido y de la nación. Al mismo tiempo se designó a Lin Biao como su segundo al mando y sucesor. En ese congreso, el propio Mao declara terminada la Revolución cultural. Sin embargo, sus más fervientes seguidores, procurando mantenerse en el Poder, continuaron con muchas de sus actividades hasta la muerte de Mao en 1976. En ese momento, el mando del país cambia de manos y pasa a aquellos detractores de Mao que milagrosamente seguían vivos, como fue el caso de Deng Xiaoping que sobrevivió trabajando en una fábrica de motores. Los seguidores maoístas fueron detenidos por los nuevos dirigentes. En este sentido, hay que destacar a la llamada “banda de los cuatro”: la propia viuda de Mao, Jian Qing, y sus tres colaboradores: Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen. Fueron juzgados y ejecutados.

Como consecuencia de la Revolución Cultural millones de personas fueron perseguidas, humilladas y ejecutadas ya fuera mediante el vil asesinato, utilizando supuestas vías judiciales, simplemente muertas de hambre o puestas a trabajar hasta el desfallecimiento. Sus bienes fueron confiscados, sus familiares perseguidos, violados, torturados o desplazados a la fuerza hacia el campo. El número exacto de muertos no se conoce y es posible que nunca se sepa, dado el encubrimiento de las autoridades del momento, la falta de registros fiables y en general el obscurantismo del régimen, de entonces y los posteriores; aunque, el gobierno de Deng Xiaoping inició una serie de reformas aperturistas (más de tipo económico que social) y el partido comunista aprobó una Resolución en la que declaraba que:  la “Revolución Cultural” fue “ el revés más severo y las pérdidas más graves que sufrió el partido, el Estado  y el pueblo chino desde la fundación de la “República Popular”

Asimismo, el movimiento, en su conjunto, desde el “gran salto adelante” supuso una auténtica catástrofe para el del desarrollo de China. Mientras el Gran Salto Adelante arrasó a los campesinos y a los sectores más vulnerables, la “revolución Cultural” acribilló a los intelectuales, dirigentes y personas con cierto nivel educativo. El decaimiento de la educación fue radical tras la abolición de los exámenes de ingreso en las universidades, la redefinición de los programas de estudio orientados a poco más que a ensalzar la figura de Mao. Se cree que entre 16 y 18 millones de estudiantes chinos fueron enviados a “campos de reeducación”. Pol-Pot siguió este ejemplo al poco tiempo (la dictadura de los Jemenes Rojos, se extiende de 1975 a 1979) en Camboya.

En una visión de desenraizar a los chinos de su pasado cultural para enraizarlos exclusivamente en el pensamiento único y el partido comunista, la cultura tradicional china, el budismo, sus templos, reliquias y en general el acervo cultural chino fue asolado. Si el número de muertos  es casi imposible de conocer, la pérdida cultural es imposible de evaluar.