LOS FUNCIONARIOS EN LA ANTIGÜEDAD.

Acaba de ser publicitado el documento elaborado por el Ministerio de Administración Territorial y Función Pública (justo la semana anterior a la remodelación ministerial) dirigido entonces por el Señor Iceta, ministro que carece de título universitario, para la reforma (¿o sería mejor decir abaratamiento?) del sistema de selección de personal en las Administraciones Públicas.

El documento, envuelto en el celofán de las buenas palabras, esconde en su fuero interno un tufillo controlador de lo poco aseado e independiente que va quedando, en este caso, el ingreso de los funcionarios.

Sólo hay que acercarse un poco a la Historia para comprender que cuando se quiere manipular algo, se abarata, y cuando se quiere defender la excelencia, las pruebas se endurecen.

El origen del sistema de oposiciones vigente en España lo vimos hace tiempo en otra entrada:

https://algodehistoria.home.blog/2019/10/11/no-es-un-seguro-es-una-oposicion/

No me voy a repetir. Pero para comprobar que la formación, la especialización y la exigencia en el ingreso no son algo exclusivo de España ni de la actualidad, voy a exponer los orígenes del funcionariado en la antigüedad. Aquello que decía Azaña de que la Administración debe contar con los mejores, los mejor formados, pues manejarán el interés común, el interés de todos, el interés público, es algo que ya concibieron nuestros los tatarabuelos de nuestros tatarabuelos.

Hace tiempo, en este blog, vimos la Administración de la justicia en Babilonia con el Código de Hammurabi. https://algodehistoria.home.blog/2020/02/14/la-administracion-de-justicia-en-el-reino-de-hammurabi-1775-1730-a-de-j-c/

Además de aquel episodio babilónico, en el resto de los pueblos de la antigüedad la estructura organizativa y quienes fueran los encargados de entenderla era una preocupación primordial. Aquellos pueblos tenían entre sí algunas coincidencias en la organización administrativa: la Administración tenía su sede principal en el Palacio real, por eso la llamaremos, para entendernos, Administración central y la diferenciaremos de la Administración del resto del territorio o Administración provincial.

En China, la Administración, bajo el poder del príncipe, debía controlar no sólo la Administración de palacio, es decir, la Administración central sino también la provincial. Para lograr el éxito, bajo la dinastía Sung (960-1127) la Administración china alcanzó un nivel de perfeccionamiento desconocido hasta entonces. Los mandarines, funcionarios civiles y militares, dominaban la vida pública. Su dominio no venía por el poder que les confería el príncipe, sino por el de su prestigio, alcanzado por su gran conocimiento. Los exámenes de acceso se realizaban en la capital del Estado de manera periódica. Muchos aspirantes eran suspendidos repetidas veces por la severidad de los ejercicios. Pero gracias a esa severidad la Administración china llegó a ser muy eficiente, con un uso muy adecuado de los recursos, meticulosidad en la actividad administrativa y regulación de los sueldos, los periodos de descanso y las sanciones en caso de incumplimiento. Es decir, China ya desde antiguo optó por la perfección y el conocimiento.

Algo semejante ocurría en Egipto. Allí, tanto los visires, nombrados directamente por el faraón como los funcionarios de más bajo escalafón tenían una gran preparación. En la Administración egipcia, los funcionarios estaban especializados por tareas y funciones. Existían escuelas para dar la debida formación a los futuros aspirantes. Todos los funcionarios cobraban mediante tasas perfectamente reguladas. Entre los funcionarios no solían existir problemas de corrupción, no así entre los visires que, en algunos casos, acumularon, de manera fraudulenta, tantas riquezas que sus fortunas alcanzaban a la de los faraones.

El eslabón inferior del funcionariado lo constituían los escribas, cuya labor era levantar acta y copiar lo que se escribía y hacía. Mantenían en marcha todo el aparato estatal transmitiendo las órdenes del gobierno. Llegaron a constituir una clase con cierto poder. Sobre todo, porque además de lo señalado, sobre ellos recaía el control del sistema tributario. El pago de impuestos en Egipto se hacía en especie, pero la contabilidad de lo ingresado recaía en los escribas.

Sus funciones se realizaban en el palacio real, en el ejército y en los templos. Cualquier persona podía aspirar al cargo de escriba menos los campesinos. Su aprendizaje era largo y pormenorizado. Existían escuelas de escribas en las que ingresaban con cinco años. Se trabajaba en ellas durante los cinco años siguientes desde que salía el sol hasta el ocaso. Su aprendizaje consistía en dictados y en copiar textos, pero también se impartían clases de geografía, historia y aritmética.

Gran importancia tuvo la administración judicial egipcia; se constituía por personas de alto nivel, elegidos entre los funcionarios, fundamentalmente, entre los visires, militares y sacerdotes. Existieron dos audiencias reales, una en Tebas y otra en Heliópolis compuestas por altos funcionarios y presididas por un visir. También trabajaban allí los procuradores que ejercían la acusación y los escribas que levantaban acta.

Como vemos, el palacio, el ejército y la recaudación de impuestos eran aspectos esenciales de aquellas antiguas civilizaciones. En ocasiones, con la Administración de justicia dentro de la Administración de Palacio y, en otras, con un control sobre ella, pero ejercido por los sacerdotes.

En el Imperio persa, la centralización y control estatal desde el Palacio eran esenciales hasta que el crecimiento del Imperio hizo necesaria una reforma de la Administración emprendida por Darío. Creó las satrapías como formas de organización territorial y administrativa de las provincias persas. Para su control, las satrapías eran auditadas por funcionarios de Palacio todos los años.

Tres peculiaridades se dieron con los persas: primero, el poder absoluto del monarca estaba más relajado que en otros imperios de la antigüedad y se permitía compartirlo con algunos otros nobles y sacerdotes debido a la política de tolerancia en materia religiosa. Segundo, las importantísimas tareas de recaudación de impuestos y de impartición de justicia las ejercían los sátrapas. Existía un sistema de tesorería y reserva de moneda en distintos puntos del Imperio. Los sátrapas también eran los jueces supremos en su territorio. Tercero, el control de todo este entramado, dada la centralización palatina y el poder de las satrapías, obligaba a cambiar la capital y mover al emperador y su corte de lugar cada poco tiempo.

En Grecia y Roma esa pulcritud oriental no se existió al inicio de sus administraciones.

En Atenas, la Función Pública no estaba tan desarrollada como hemos visto en los países orientales, no existía una escala o cuerpos de funcionarios ni el principio de jerarquía. El funcionario era temporal, elegido entre la población como un modo de ejercer un servicio a la comunidad y no cobraban por ello. Pero tampoco estaban preparados para esas tareas.

A medida que se expandía la civilización griega se hacía más necesario un incremento de puestos y, con ellos, una mayor estabilidad y especialización de los funcionarios, aunque seguían ejerciéndose las tareas por sorteo. Para reducir el riesgo de que fuera elegido en el sorteo un incompetente, se limitó el número de personas sobre las que recaía la “suerte”. Se reconocieron así tres clases de funcionarios: los magistrados, los curatores y los oficiales, estos últimos se dedicaban a tareas subalternas. Sin embargo, la Administración siguió sumida en el caos, que se intentó paliar con la centralización de las funciones administrativas.  Se crearon escalas administrativas; se instauró el principio de jerarquía, lo que determinó la posibilidad de ascensos regulados por méritos; se profesionalizó el ejército, la recaudación de impuestos, la actividad económica y las relaciones exteriores.

En Roma por su parte, durante la Monarquía, los funcionarios aparecen nombrados directamente por el rey, que los cambiaba a su antojo. Durante la República, la Función Pública aparece perfectamente estructurada de acuerdo con el principio de jerarquía, con distintos escalones de funcionarios con un Cursus Honorum– carrera funcionarial-. Pero los poderes de los mandatarios se imponían a su antojo. No existía una formación tan estricta como la egipcia o china. Además, para mayor gloria del dictador, en la república despótico-cesarista se incrementó considerablemente la burocracia. Fue en emperador Constantino el que buscó una especialización entre sus funcionarios y, sobre todo, separó los asuntos civiles de los militares. En la cancillería imperial existían cinco secretarías, especializadas en las distintas partes del proceso cuyos juicios correspondían al tribunal imperial. También se crearon funcionarios especialistas en aspectos de información y policía.

Diocleciano reformó la Administración de las provincias creando tres categorías en cuanto a los gobernadores, de mayor a menor categoría eran: los procónsules; los correctores y los presides. Existió una administración especial para la ciudad de Roma que luego se copió en Constantinopla.

El sistema cambió durante el Imperio romano. Los funcionarios eran elegidos por el propio emperador, no por elección popular, como hasta entonces; la actividad funcionarial dejó de ser gratuita, dado que el sistema de elección y gratuidad sólo generaba corrupción. Este cambio supuso una mayor dedicación del funcionario a sus tareas públicas, pasando de ejercer las funciones de manera temporal a tener carácter indefinido. En la Administración central aparece la figura del pretorio para reducir y reordenar los cargos y en la Administración provincial se produjo una nueva ordenación, dividiéndolas en senatoriales e imperiales. Las primeras dirigidas por un cónsul, las segundas por una especie de embajador.

La carrera senatorial requería una formación que debía superar distintas etapas desde la edad de 18 años a la de 33 años.

En Bizancio, con Constantino el Grande, se diferencia la Administración de Palacio de la provincial y se separan los funcionarios civiles de los militares buscando una mayor especialización. Tanto en unos como en otros, había una clase superior procedente de la nobleza, a los que el rey podía cesar o nombrar a su antojo y unos funcionarios de inferior escalafón cuyos puestos tenían carácter temporal indefinido.

La Administración de los visigodos en España pasó por distintas etapas en función de los cambios políticos y la propia inestabilidad del Imperio. En el centro del poder aparece siempre el rey quien llegó a asumir funciones legislativas y judiciales, pero muchas veces las delegaba en el Aula o Concilio. Cada vez fueron mayores las delegaciones que hacía el monarca, lo que dio lugar al nacimiento de unos servidores públicos embriones de los futuros funcionarios. Así nacen los oficios del “Palatium”- la administración más cercana al rey. Los cortesanos, casi siempre elegidos entre la nobleza. En la provincia aparece el “iudex” administrador de la provincia- ayudados de un “officium”, formado por los funcionarios más preparados, a los que a veces se les daba a administrar una zona de provincia, regida por un duque o por un conde. Así nacieron los condados y ducados. La mayor especialización de los funcionarios visigodos provino de la necesidad de mantener un ejército permanente, recaudar impuestos y administrar justicia.

En la administración de justicia, dado que el único que tenía potestad para ejercerla era el rey, se buscaron otros funcionarios que revisaran los asuntos – los dux, iurex o comes- esto acabó derivando en que determinadas materias de carácter civil o militar las juzgaban los dux y los obispos. Por su parte, la función recaudatoria se tecnificó y para ejercerla se crearon unos cuerpos de funcionarios especializados los “susceptores” y los “exceptores”.

En la España árabe, como en todos estos pueblos la actividad administrativa se organizaba en torno al califa, pero frente a lo que ocurría en Persia con la libertad religiosa, la importancia dada a la religión por los musulmanes de la península llevó a que aquellas monarquías fueran auténticas teocracias.

Los asuntos públicos cuentan con la atención del visir y el “hagib”. El visir, nombrado por el califa, se encargaba de nombrar al resto de los empleos de la corte. El hagib era una especie de visir de visires.

La administración musulmana tuvo una organización refinada, en cuyas filas eran elegidos los mejores, los que contaban con más conocimientos y capacidad. Además, a pesar del poder del califa muchas decisiones las tomaba tras recibir y reunirse con en Consejo de visires.

Quizá una de las características más destacadas de la Administración califal fue la Administración de justicia.  Fue la actividad administrativa más cuidada y mejor dotada. Los jueces actuaban como delegados de la suprema autoridad del califa. El cargo de juez era de un gran prestigio social y dado que representaban al califa sólo los mejores entraban en la judicatura. Recibían un sueldo fijo con cargo al tesoro público. Como curiosidad debemos señalar que para ser juez se debía ser varón y, sin embargo, con carácter excepcional se podía nombrar a alguna mujer. El juez debía profesar la religión musulmana, encontrarse en plenas facultades físicas e intelectuales y tener una conducta exquisita en sus aspectos morales. Debía ser un escrupuloso cumplidor de la ley, para lo cual debía conocerla en profundidad. En ocasiones, la complejidad de las causas hizo necesaria la presencia de un secretario junto al juez. El secretario judicial o catib tomaba notas, levantaba actas y archivaba los asuntos. En Córdoba el secretario tuvo gran relevancia. Existían otros funcionarios especializados en garantizar la honorabilidad de los testigos. Además, existían peritos judiciales en distintas materias.

En cuanto a la recaudación de impuestos está se perfeccionó en el periodo Omeya. Existía un visir que contaba con distintos funcionarios a su cargo dedicados a recaudar. También existió una Administración provincial en materia fiscal que se coordinaba con la de palacio por medio de los “valíes”.

En resumen, ya desde la antigüedad se puede apreciar como la especialización y la formación eran algo esencial en la buena marcha de la Administración.

En la edad Media y la edad Moderna, durante los siglos XV y XVI el monarca sigue siendo el cabeza de la Administración, pero el funcionario se irá profesionalizando poco a poco. No sin pasar por enormes vicisitudes, como ya vimos en el caso de España.

En general, la profesionalización y la modernización de todas las administraciones europeas se produce durante el S.XIX y XX.

Lo que nunca se dio en la antigüedad es que al frente de la Administración se colocara a un visir, un iudex o un proconsul cuya formación y titulación fuera menor que la de los funcionarios a los que tenía que dirigir, salvo en los tiempos del sorteo griego. Los hay con suerte…

 

BIBLIOGRAFIA

MÚÑOZ LLIMÁS, Jaime Ignacio. “Historia de la Función Pública”. UNED (StuDocu).

BARRACHINA JUAN, Eduardo. “La Función Pública y su ordenamiento Jurídico. Promociones y Publicaciones Universitarias., S.A.(PPU).1991.

STEWART R. Clegg. HARRIS, Martin; HÖPFL, Harro. ”Managing Modernity: Beyond Bureaucracy”. Oxford University Press. 2011.

SANTAMARÍA PASTOR, Juan Alfonso. “Los Principios de Derecho Administrativo”. Ed. Centro de Estudios Ramón Areces, S.A.2002.

 

CUANDO LOS TERCIOS ESPAÑOLES DERROTARON A LOS SAMURÁIS

Vamos a hablar hoy de un acontecimiento muy poco conocido, digno de una película- si fuéramos americanos de estos hechos ya habíamos rodado tres películas y dos series-. Con todo, no nos podemos quejar porque, en 2016, el guionista Ángel Miranda y el dibujante Juan Aguilera publicaron el cómic Espadas del fin del mundo, que narra las batallas contra los piratas japoneses partiendo de la crónica del protagonista español: Juan Pablo de Carrión.

Situemos los hechos. Filipinas, río Cagayán al norte de las islas, año 1582. Quien dirigía la flotilla española era Juan Pablo Carrión, nacido en la localidad palentina de Carrión de los Condes 70 años antes. Toda la vida se la pasó buscando la gloria, pero caminó de decepción en decepción, primero en España, posteriormente en el virreinato de Nueva España, hasta que se le ofreció la ocasión de ir a Filipinas.

En aquel año de 1582, Filipinas era una base codiciada por todos, pero la gran potencia del momento era España. Sin embargo, no era del agrado de nuestro monarca Felipe II tropezar con los navíos portugueses en nuestro ir y venir a América por el Pacífico, de manera que se buscaban rutas desde posiciones más al norte para regresar sin conflictos con los portugueses. Pero aquellos mares estaban infestados de piratas. Muchos chinos, pero, sobre todo, japoneses. En china a los habitantes del sur de Japón se les conocía desde antiguo como los wa kuo, o wo kou, waegu o simplemente wa.

Japón en aquella época había sido arrasado por sucesivas guerras civiles. No olvidemos que entonces Japón ni ningún país asiático tenía una concepción nacional como la que se estaba formando en Europa. Japón era el conjunto de poderes de varios señores feudales. De aquel territorio se extendía una leyenda por todo Asia oriental sobre su poderoso ejército: los samuráis.

La fama de los temidos samuráis está envuelta por un halo de leyenda y fortaleza que hacía pensar que sólo un samurái era capaz de derrotar a otro samurái. Los samuráis, con todo, no pasaban de ser un poderoso ejército feudal. La escasez de fuentes sobre sus enfrentamientos con otras fuerzas asiáticas, así como la literatura y el cine, han contribuido a mitificar la figura de estos guerreros cuyo código de honor e indiscutible bravura se han hecho proverbiales. Pero tras las guerras civiles, muchos señores feudales habían muerto o perdido la opción de tener ejército propio, dando lugar a que deambularan por todo el país samuráis sin dueño ni empresa, abocados al pillaje y a la piratería. Se les conocían como “ronin”. Los “ronin” eran contratados como mercenarios para realizar cualquier tipo de encargo con una sorprendente rapidez y eficacia. El cineasta japonés Akira Kurosawa es tal vez quien mejor ha retratado a estos singulares bandoleros en sus películas.

Pero los piratas y mercenarios samuráis no siempre actuaban sin dueño. Por supuesto la infantería samurái dependía de un señor, pero muchas de las flotas piratas en las que se enrolaban “ronin” estaban también financiadas por los señores feudales. El pillaje que se producía en aquellos mares creó problemas al propio comercio japonés. Se les cerraba el acceso a las codiciadas sedas y cerámicas chinas, y durante más de un siglo el único modo de hacerse con estas mercancías pasaba, precisamente, por la piratería. Sobre todo, asaltando los puertos chinos o los filipinos, hasta que los europeos les cortaron el paso.

Es decir, bien por ser “ronin”, bien por depender de un señor feudal dedicado a la piratería muchos de aquellos piratas habían formado parte de los samuráis, tenían su formación y su equipamiento. Evidentemente no todos los piratas estaban en esta situación, muchos procedían de China, Taiwán o eran isleños de otras zonas de alrededor, a los que se les equipaba y formaba como se podía, pero no con la gran formación samurái.

El ejército samurái en el siglo XVI parece ser que concebía sus batallas en formaciones cerradas, con piqueteros y arcabuceros. Algo semejante a lo que hacían los Tercios. Aparentemente tenían una capacidad y disciplina muy superior a la de otros países asiáticos.

Dentro de sus tácticas, los arcabuceros supuestamente tienen su origen en la copia de armas portuguesas. Se suele decir que el enfrentamiento con los españoles en Cagayán fue el primero entre los terribles samuráis y los europeos. Esto tampoco está muy claro. Es verdad que ha sido el primer enfrentamiento documentado. Las dudas surgen precisamente por el uso que hacen los japoneses de arcabuces de origen portugués que bien pudieron proveerse en algún enfrentamiento previo contra los lusos o por la simple compra. Fuera como fuese, el señor feudal japonés, Tanegashima Tokitaka, ordenó a un armero que copiase el cañón y el mecanismo de disparo portugués y en pocos años el arcabuz se extendió por todo Japón; logrando los nipones con sus adaptaciones un arma más liviana y precisa que, incluso, al cubrir la mecha con tapas lacadas, permitía disparar durante los días de lluvia.

El enfrentamiento con los españoles se produjo al norte de la isla de Luzón, hasta allí habían llegado los nativos del país de wa para establecerse en el lugar. El capitán pirata era conocido como Tay Fusa (posiblemente la transcripción del sonido de su nombre que presenta distintas formas). Según las fuentes que se disponen era un valiente japonés que, después de asolar las costas de China, Corea y Vietnam, llegó a Filipinas.

Las narraciones de los españoles destinados en Filipinas señalan que los japoneses llegaban cada año a sus tres zonas en Luzón (Cagayán, Lingayen y Manila) para intercambiar plata por oro. La situación se deterioró rápidamente y ante la hartura que expresó el Gobernador de Filipinas, Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, Felipe II aprobó que una flota se enfrentara a los piratas nipones.

La flota, a la que podemos calificar de exigua, se conformó por siete barcos (el navío San Jusepe, una galera llamada Capitana y cinco embarcaciones menores) y 40 hombres (aunque las cifras varían un poco de unas fuentes a otras) a cuyo frente se situó a Juan Pablo de Carrión.

La flota zarpó de Manila y fue bordeando la isla de Luzón en dirección a la desembocadura del río Cagayán. En total, la expedición de Carrión tuvo tres choques armados contra los japoneses; el primero, al amanecer, al doblar el cabo Bojeador y toparse con uno de los navíos piratas. Al que derrotaron con facilidad por la superioridad de los cañones de los barcos españoles. El segundo combate surge al darse de bruces con 18 champanes (el champán es un tipo de buque propio de los países asiáticos del pacífico, utilizado para la pesca y la navegación por los ríos), que estaban saqueando una pequeña población y causando una matanza entre gentes indefensas. Los españoles no dejaron de hacer fuego hasta causar numerosos muertos al enemigo. El tercero y definitivo se produce en el río grande de Cagayán, también llamado por los españoles río Tajo.

Cerca de la desembocadura del río, Carrión manda a un barco a que explore lo que se encuentra tras el recodo del río. El adelantado descubre a 11 barcos japoneses con cerca de 1.000 hombres con poderosa artillería personal, algunos con las máscaras y corazas propias de los samuráis.

Ante esta situación y con la nave capitana muy dañada desde el primer combate, Carrión decide dar la batalla en tierra. Embarranca la nave capitana, derriba su mástil de modo que sirva de parapeto. En tierra dispone a sus hombres a la manera de los Tercios, en formación cerrada, a semejanza de las legiones macedonias y con piqueros en primera línea, seguidos de los rodeleros y, protegidos por los portadores de arcabuces. Además, utiliza un recodo en el que se encuentra una pequeña playa donde ordena disponer los cañones y fortificarse en lo que sea posible, lo que consiguen haciendo uso de las embarcaciones. Además, untan de grasa las picas a fin de que los enemigos se resbalen cuando las agarren.

Los japoneses tratan de negociar: se retirarán a cambio de que los españoles les entreguen una indemnización en oro por las ganancias que dejarán de obtener. Ante la negativa hispana, los piratas-samuráis capitaneados por Tay Fusa se disponen a la pelea confiando en la superioridad numérica de sus fuerzas y en que los españoles no sepan luchar en tierra como sí habían demostrado en el mar.

Poco después del alba, una horda de 600 wa kuo se abalanza contra el parapeto del pequeño reducto que los españoles han formado en la playa. El fuego de cañones y arcabuces españoles causan enormes bajas entre los japoneses. Será en la segunda andanada japonesa cuando el choque con los piqueteros españoles sea inevitable, así ocurre en una tercera y una cuarta ocasión. Las bajas enemigas son numerosísimas, pero no se dan por vencidos y vuelven al ataque. Casi no les queda munición a los Tercios y el enfrentamiento cuerpo a cuerpo es inmediato. Allí se decidió la batalla donde el exoesqueleto de las armaduras españolas y las espadas de acero toledanos fueron muy superiores a las catanas japonesas y armaduras samuráis y sus cascos (kabuto)- eso entre los que los tenían, pues como hemos señalado entre los piratas no todos eran samuráis, también había ashigaru (soldados rasos) y piratas de distintas nacionalidades-.

Quizá fuera por los exoesqueletos, quizá fuera por su impecable forma de luchar tanto en el mar como en tierra, quizá fuera la impresión que debió causar entre los asiáticos las naves negras españolas (untadas de brea) el caso es que en japón se cuenta este encuentro a través de un relato que narra cómo temibles demonios mitad peces mitad lagartos derrotaron a guerreros con fama de invencibles. De esta narración los japoneses han realizado una serie de ficción.

Tras la batalla, derrotado, Tay Fusa optó por plegar velas y marchar. No se supo más de él en ningún relato histórico. Por su parte, Carrión fundó una ciudad en el lugar del choque con la intención de organizar la defensa de la zona para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse. La llamó Nueva Segovia.

Aquellos combates no terminaron con la piratería en la zona, pero los piratas empezaron a respetar las costas filipinas y, sobre todo, a temer a los barcos negros y a sus navegantes mitad peces mitad lagartos.

No me negará el lector que, como señalaba al principio, esta historia merece una película. Si España tuvo un gran imperio se debió a heroicas gestas como las que contamos. En Filipinas terminamos con la gesta de Baler, pero empezamos por la valiente llegada de Legazpi y la mantuvimos por hechos como el que Cagayán. No es de recibo que estas cosas no se encuentren en los libros escolares. Por aquello fuimos un imperio y por esto estamos como estamos.

 

BIBLIOGRAFIA

BORAO, José Eugenio.  “La colonia de japoneses en Manila en el marco de las relaciones de Filipinas y Japón en los siglos XVI y XVII”. Dialnet.

CANALES, Carlos y DEL REY, Miguel. “En Tierra Extraña; Expediciones Militares Españolas”. Ed. EDAF. 2012

El legado de Napoleón

Este año se conmemora el 200 aniversario de la muerte de Napoleón Bonaparte, murió el 5 de mayo de 1821 confinado en la isla de Santa Elena.

Su figura es tan controvertida, mucho más en estos tiempos de corrección política en los que vivimos, que los franceses han decidido conmemorar en vez de celebrar el aniversario.

Los vecinos del norte se debaten entre los “napoleonistas” y los “antinapoleonistas”. Seguramente si en vez de mirar a Napoleón con los ojos actuales, en un alarde de anacronismo digno de un magnífico suspenso en cualquier facultad de Historia que se precie de tal, lo analizaran con la mentalidad de finales del Siglo XVIII y principios del siglo XIX, que es lo propio, estarían más cerca de celebrar su figura que la de denostarla. Todas las personas tenemos en la vida luces y sombras, y en eso Napoleón no ha sido una excepción. Pero desde mi óptica las luces son mucho mayores que las sombras. Napoleón fue un genio, que cometió errores, el peor de todos confiar en el inútil de Grouchy en la batalla de Waterloo, posiblemente con otro general de apoyo, Napoleón hubiera ganado aquella batalla. De hecho, a punto estuvo de hacerlo, incluso, con Grouchy perdido en medio de los bosques y sin prestarle ayuda.

Con todo, quizá el tiempo de Napoleón había pasado tras décadas en el poder, pero no es menos cierto que Napoleón tenía mucho de camaleónico, sabía acoplarse a las circunstancias, era un amante de la cultura y del poder, un militar genial y un organizador de la vida civil insuperable. Napoleón fue muchas cosas, tantas y tan distintas que no podemos hablar de un Napoleón único, porque el General o Primer Cónsul de la joven República no es el que se consagra Emperador el 2 de diciembre de 1804. Ni el hombre que consolidó la revolución con sus principios modernos e igualitarios es el mismo que dio el golpe militar que instaura un imperio personalista y autoritario. Ni el perdedor de Waterloo es el mismo que el último conquistador que ha tenido Francia, que como todos los conquistadores dejó a su paso guerras y muertos. Ni el militar genial es el que restauró la esclavitud en parte del Imperio en América. Ni el cansado general es el mismo autor del Código Civil y de las bases de un Estado de Derecho que aún persiste y no solo en Francia.

Sus detractores critican el número de guerras que emprendió y la desolación que dejó a su paso, unido a la restauración de la esclavitud, por motivos económicos, en las Antillas francesas, después de que la Revolución francesa hubiera abolido la esclavitud. Y, sin embargo, esos dos elementos mirados con la óptica del siglo XIX, no son tan disparatados como los podemos ver ahora.

Por eso hoy voy a hablar del legado de Napoleón, de aquellas cosas que el genial corso nos ha dejado y perviven en nuestros días. Igual no están todas las que son, pero son todas las que están.

En el campo militar, Napoleón más que un innovador fue un gran estudioso. Estudió a los grandes generales de la Historia. Trabajador incansable y extraordinariamente curioso hacia todas las cosas desde pequeño, leía sin parar. Él mismo venía a decir que su mayor innovación fueron los libros. Fue capaz de aplicar aquello que otros no se habían atrevido. Dos fueron sus maneras de entender la guerra, por un lado, la conquista. Fue el iniciador de un sistema de marcha continua con avituallamiento de las tropas con lo que encontraban en los lugares conquistados, por eso se planificaban las marchas para ir de ciudad en ciudad, con una equipación ligera, en la que el sable, el fusil y la bayoneta eran sus elementos esenciales. Todos ellos mucho más ligeros que los utilizados hasta aquel momento. Además, en las luchas en el campo de batalla mantenía una táctica consistente en estudiar la posición del contrario (no sólo con el uso del telégrafo óptico, o los globos aerostáticos que desde la Revolución utilizaban los franceses sino con el propio uso de la perspectiva que le daba un pequeño montículo o unos metros de distancia), descubría las debilidades del contrario, lo rodeaba y allí donde discernía que era más débil con la artillería móvil machacaba sus defensas. Acto seguido mandaba a la caballería, sus granaderos, carabineros, lanceros y, sobre todo, los temidos coraceros y dragones, y a la infantería, penetrar en medio de las filas enemigas, dejando a los contrarios divididos en dos y a merced de los franceses.

Abandonó el sistema de asedio, modalidad predilecta durante milenios, pues no respondía a la rapidez que su ambición necesitaba, aplicando la guerra relámpago como sistema. Quizá una de sus mayores aportaciones fue la de adoptar la percepción de la guerra de Julio César (son famosos los comentarios de Napoleón al libro “La Guerra de las Galias” de César). De él obtiene la concepción de que la guerra no se mantiene igual, sino que la misma varía y se adapta a las nuevas reglas del juego constantemente, incluso durante una misma batalla. Por tanto, hay que adaptarse a los cambios en el momento en el que se producen.

Napoleón era artillero, con él la artillería avanzó considerablemente por muchas razones, destacaremos las que le dieron mejor resultado y supusieron un avance considerable: estandarizó los calibres de los cañones, con el objetivo de asegurar una mayor facilidad en los suministros, y la compatibilidad entre sus piezas de artillería; además, creó unidades de artillería móviles e independientes. Para ello se introdujeron ruedas intercambiables, se redujo el peso de los cañones y se aumentó su precisión al introducir un tornillo elevador para facilitar la elevación del cañón y aumentar el alcance de tiro con menor carga. La artillería se trasladaba durante la batalla al lugar que más le convenía. La principal diferencia entre la artillería francesa y la de los aliados no estaba en la calidad de los artilleros o armas de fuego, sino en el hecho de que Napoleón utilizó la artillería ofensivamente, como hemos visto, mientras que para los aliados el objetivo principal de la artillería era defender a la caballería y la infantería.

Otro de sus elementos más modernos fue la especial atención que presta a los aspectos psicológicos de la guerra, para reforzar la moral de la tropa y minar la de sus rivales. Napoleón comía con sus soldados tras la batalla, que dirigía desde el frente, lo que le hizo ganarse una gran popularidad en un ejército en plena mutación, que había dejado de servir a un rey para ponerse al servicio de una nación fruto de la Revolución Francesa.

Frente a los conquistados, se apresuraba en tomar la capital de las naciones rivales, asestando así un golpe moral al contrario.

Tan difícil era ganarle en campo abierto que los ingleses rehuían siempre que podían estos enfrentamientos. Pero también cometió errores. Nunca supo atacar a un ejército que no fuera regular en una batalla regular, por eso tuvo sus mayores problemas contra guerrillas en España, o frente a tácticas de tierra quemada en Rusia.

Era consciente de que las guerras continuas creaban malestar en Francia. Para compensar a sus conciudadanos, acompañaba sus guerras con grandes obras monumentales, escenificación de su poder, y del boato y grandiosidad de Francia y a las que seguimos admirándonos hoy en día. París se embelleció con el Arco de Triunfo concebido en 1806 como un gran símbolo de su poderío militar para conmemorar la victoria en la batalla de Austerlitz. Dos siglos después, el colosal monumento aún representa el orgullo nacional francés y en torno a él se celebran varias conmemoraciones y actos de importancia nacional, como el día de la Victoria de 1945 (8 de mayo), el día de la Bastilla (14 de julio) y el día del Armisticio de la Primera Guerra Mundial (11 de noviembre). La gran victoria en Austerlitz dio mucho de sí para aumentar la grandiosidad napoleónica y por ende de Francia, así la columna de la plaza Vendôme en París, se levantó fundiendo los cañones que aprehendieron a las tropas austríacas en aquella batalla.

Pero no son los únicos monumentos que contribuyen al boato y ornamentación de París y que los franceses deben a Bonaparte.  En cierto modo, el obelisco de Luxor, que fue regalado por los egipcios a Francia en 1830, puede ser considerado un agradecimiento a Napoleón. Los egipcios reconocían con el obelisco la aportación francesa al conocimiento de la civilización de los faraones. Esos estudios nacen como consecuencia la entrada en Egipto del gran corso, lo que determinó la exploración de aquel país por parte de los arqueólogos franceses. Jean Francoise Champollion, fiel bonapartista, fue el descubridor de la piedra Rosetta, gracias a la que se pudieron traducir muchos de los jeroglíficos de las tumbas y construcciones egipcias.

La conquista de Italia, hizo admirar el estilo neoclásico y su importación a Francia.

El Louvre fue originalmente una fortaleza real. Hasta 1793 no se plasma la idea de un museo abierto al público. Se llama, en un primer momento, Museo de la República, y aumentó sus fondos, dándole una buena parte de la importancia que tiene hoy en día, gracias a la ayuda de las conquistas militares de Napoleón.

Incluso tras su muerte el recuerdo de Napoleón sigue engrandeciendo la ciudad como es ejemplo su magnífica tumba en los Inválidos.

No sólo lo expresado se debe a Bonaparte, toda la geografía urbana de París es un homenaje a Napoleón reflejado en los nombres de las calles, avenidas o estaciones de tren que se refieren a batallas y mariscales: Friedland, Iéna, Wagram, Austerlitz, Duroc…

Gracias al, por algunos, denostado Napoleón los franceses ingresan miles de millones anuales en turismo admirando cosas que no existirían sin el pequeño- gran General.

Unido a sus campañas militares se produce otro de las grandes aportaciones de napoleón a Francia y al mundo: la cocina. El motivo primero se encuentra en el abastecimiento de los ejércitos de Napoleón. “Un ejército marcha sobre su estómago”, decía Napoleón. Por ello dedicó tanta atención al aprovisionamiento de su tropa. Como hemos dicho, en sus campañas los soldados franceses iban de ciudad en ciudad para lograr que la población local los alojara y diera alimento. Si por el contrario marchaban sin esta opción, avanzaban por la mañana y merodeaban por la tarde, sometiendo a pillaje y requisas a la población. La tropa sólo era alimentada por los convoyes de aprovisionamiento si el enemigo se encontraba cerca y se preveía una batalla. el emperador no era ajeno al sufrimiento de sus soldados en vanguardia, alimentados sólo con bizcochos de guerra y galletas, por lo que en 1800 ofreció 12.000 francos a quien idease un método de conservación que garantizase la preservación de los productos y una mínima alteración de su sabor. El vencedor fue el repostero Nicolas Appert, que inventó la lata de hojalata, aunque era incapaz de explicar por qué el hervido y el cerrado hermético mantenían incorruptibles a los alimentos, había nacido la lata de conservas.

Pero no sólo eso, las tropas napoleónicas se hicieron con recetas locales allí donde invadieron. Curioso es el hecho de que, ante el bloqueo continental, el cacao no llegaba a Europa como debía, por ello en el Piamonte añadían pasta de avellanas al chocolate para alargar sus escasísimas reservas. Nació así la pasta de cacao a partir de la cual vendrían después la italianísma Nutella. Que también Napoleón llevó como provisión de sus tropas.

En España, las tropas francesas, saquearon las recetas de los conventos, de manera que se llevaron a Francia la cultura gastronómica española, alcanzando con el tiempo una fama de buena cocina que en su origen se debe a España. Pero que quien explota y saca rédito económico de ella son los franceses, aunque cada día más en competencia con el genio culinario español.

Políticamente, Napoleón se consideraba mejor que todos, por eso desarrolló una concepción centralizadora del poder, eficaz en los primeros años, pero que cuando amplió su radio de acción fue uno de sus puntos débiles. Su obra tuvo diversos aspectos destacables:

En el campo económico consolidó las reformas agrarias llevadas a cabo durante la Revolución y propició la formación de un campesinado de clase media que transmitió a Francia estabilidad política. Una significativa parte de las tierras expropiadas a la nobleza durante la revolución fueron devueltas a sus antiguos dueños, se instalaban las bases de un sistema que fundamentaría jurídica y económicamente la llegada del capitalismo y con él obteniendo los principios para el desarrollo político de la democracia: libertad y respeto a la propiedad privada. Además, se sentaron las bases para que Francia iniciara su industrialización. Esta política, junto a las ideas ilustradas y el constitucionalismo imperante provocaron el ascenso de la burguesía como nueva clase dominante frente a la nobleza y el clero.

La trascendencia mayor para el futuro de la Humanidad se basó en el hecho de que debido a sus conquistas transmitió las ideas revolucionarias, las ideas liberales de la ilustración y un sistema de organización jurídico-administrativa cuya huella alcanza nuestros días pues la legislación napoleónica se iba imponiendo allí donde llegaban sus conquistas.

En el ámbito legislativo y de organización, Napoleón emprendió un vasto programa de reformas interiores. Restableció el orden público con la creación del Ministerio del Interior y con una eficaz y temible policía secreta. Se centralizó la administración, y los departamentos pasaron a depender del gobierno central en París. Se estableció una profunda reforma fiscal, que extendió a todos los ciudadanos la obligación de pagar impuestos.

Pero, además de la creación de los grandes consejos, sobre todo, el Consejo de Estado, reformó la organización interna de la Administración y sentó las bases del derecho Administrativo. Aunque su tarea más destacada en este ámbito fue la tarea codificadora que se plasmó en el código penal y, muy especialmente, en el Código civil. Este último, aprobado y publicado en el año 1804, el cual, con reformas, pervive hoy en día en Francia y es la base de la codificación civil de buena parte del mundo occidental.

Fue el código que oficializó y consolidó muchas de las leyes que nacieron tras la Revolución Francesa y determinó jurídicamente el fin del Antiguo Régimen: a partir de él nacía un nuevo estado de tipo liberal; legalmente se entraba en la Edad Contemporánea; eliminó la división de la sociedad estamental y los privilegios jurídicos en función del estamento de pertenencia; eliminaba definitivamente el feudalismo.

Quizá nos sorprenda, pero fue el primero en remarcar que la ley debía ser escrita y expresada en la forma más clara posible para que los ciudadanos pudieran entenderla.

Este código civil significa el afianzamiento de las conquistas de la Revolución Francesa de 1789. Es decir: la igualdad jurídica para todos los ciudadanos, la individualidad de la propiedad, la libertad de trabajo, el principio de laicidad, la libertad de conciencia y la separación en 3 poderes (ejecutivo, legislativo y judicial).

No menos importante resultó también la legislación en materia comercial y económica, agrupó las reglas propias del Comercio Marítimo y el Terrestre en un solo cuerpo legal. Con ello el derecho mercantil dejaba de ser un derecho subjetivo para convertirse en un derecho objetivo. Se facilitaban así los intercambios mercantiles y se liberalizaba en cierto modo la economía.

La posterior caída del Primer Imperio Francés y los intentos de restauración del absolutismo monárquico no frenaron el empuje de estas ideas. Prueba de ello serán las distintas revoluciones del siglo XIX y las luchas que habrá entre los defensores del liberalismo y los defensores del absolutismo. Las ideas revolucionarias iban calando en la sociedad europea y la burguesía las defendería incluso tras la caída del Imperio Francés.

La caída del Imperio napoleónico fue interpretada por las potencias vencedoras como el desmoronamiento del proceso revolucionario y convencidos como estaban de su verdad, tratan de restaurar el antiguo orden. El congreso de Viena, el sistema de la Santa Alianza, sirven de paradigma de ese intento remodelador. Sin embargo, aquellos partidarios del antiguo régimen ya no están solos, deben convivir con otras corrientes que dejan su impronta en los albores de los movimientos liberales. Estas ideas que se expandieron en parte gracias a la aplicación del Código en distintas partes de Europa, serán asimismo la base del surgimiento del nacionalismo, donde los ciudadanos ya no son súbditos de un monarca, sino ciudadanos de una nación. Prueba de ello serán las distintas revoluciones del siglo XIX o la búsqueda de la creación de las nuevas naciones de Alemania e Italia en territorios que se habían revelado contra la ocupación de Napoleón.

La nueva administración francesa con sus instituciones, derecho y reformas se aplicó a su pasó por Europa y, además del código civil, el constitucionalismo francés, el constitucionalismo revolucionario: se extendió por Europa, con tanta fuerza que incluso en las monarquías absolutistas nacidas tras la Santa Alianza la idea constitucional perduró. En ellas, se jugaba al ejercicio de cartas otorgadas, o constituciones más o menos liberales. Pero con el tiempo todas adoptaron formas de monarquías limitadas con separación de poderes y un legislativo elegido por sufragio censitario…

Fruto de aquellas ideas y del desmoronamiento de la nuestra patria durante la invasión napoleónica a España, las repercusiones llegaron a la América española. La caída de Carlos IV y Fernando VII acabó siendo el detonante que conduciría la creación de las juntas de gobierno base de los movimientos independentistas americanos.  Además, la compra de la Luisiana y la independencia de Haití tuvieron una fuerte influencia en la Independencia de los EE.UU.

En esa búsqueda de la paz social interna, Napoleón se dio cuenta de que a nada conducían los choques entre Iglesia y Revolución, por eso cree conveniente llegar a un acuerdo con la Santa Sede para contar con el apoyo de los católicos franceses. Así se firmó un concordato con la Santa Sede (1801, firmado entre Napoleón y el papa Pío VII), que reconoció al nuevo estado francés. Bien es verdad que fruto de aquello nació el “catecismo Imperial” del todo inaceptable para un buen católico. A pesar de ello, nació cierta distensión en las relaciones con Roma, entre otras razones por reconocer la libertad religiosa y porque el concordato permite a la Iglesia un papel importante en la sociedad francesa. Esa libertad no se limitó a los católicos, también se dio a los judíos. Éstos en varias partes de se habían visto obligados a llevar brazaletes, restringiendo su actividad a ciertas profesiones, rechazados por la sociedad, vivían en guetos, y no tenían fácil ejercicio de sus celebraciones religiosas en las sinagogas. Napoleón puso fin a todas esas restricciones, hizo de los judíos ciudadanos de pleno derecho de Francia, e incluso escribió una proclama que estableció la idea de una patria judía en Israel.

En educación se introdujeron importantes reformas, comenzando por la extensión del derecho a la educación a todos los ciudadanos franceses. Una educación laica, estableció escuelas primarias, escuelas para la población en general, promovió la educación para las niñas y mejorado en gran medida la formación de los docentes. Sobre todo, realizó una reforma de la Enseñanza Secundaria (Bachillerato) que gozaría de gran prestigio internacional y subsiste aún en nuestros días.

Hay otros elementos menores, que perduran y que tienen su trascendencia. Así, es posible que entre los detractores de Napoleón haya alguno condecorado con la Legión de Honor. La Legión de Honor es la más conocida e importante de las distinciones francesas. Fue establecida por el emperador Napoleón en 1804.

En cierto modo la unidad europea debe mucho a Napoleón, acompañado de sus reformas legales y otros, ayudó a proporcionar la base para lo que hoy es la Unión Europea. Promoción de los ideales de la igualdad y la solidaridad europea. Por esa razón, Napoleón es a menudo considerado el padre de la Europa moderna.

Yo creo que los franceses deberían dejarse de anacronismos y celebrar a Napoleón como se merece, como lo que fue, un genio. Claro que tuvo un poder autoritario, pero los regímenes absolutistas que le siguieron no pretendían ser menos y si no llegaron a tanto fue por su falta de capacidad y por la herencia de Napoleón, que aún perdura.

En todo caso, en estos tiempos de iconoclastia histórica, hay que agradecer a los franceses que debatan sobre la figura, la critiquen o alaben, pero la respeten y no profanen su tumba o prohíban hablar de su figura.

BIBLIOGRAFIA

CRONIN, Vincent.” Napoleón Bonaparte: una biografía íntima”. Santiago: Zeta. 2007

HORNE, Alistair. “El tiempo de Napoleón”. Editorial Debate. 2005.

URIBE SALAS; Álvaro. “Análisis y Comentario al Código de Napoleón de 1804” UNAM. 2005

VANDALISMO

El diccionario de la RAE define el término vandalismo con dos acepciones:

  1. m. Devastación propia de los antiguos vándalos.
  2. m. Espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana.

Evidentemente, ambas acepciones tienen históricamente un origen común en aquellos pueblos bárbaros que invadieron Roma.

Someramente nos referiremos a los vándalos, ese pueblo que tan mala prensa ha tenido y terminaremos con el origen del término asociado a la destrucción.

La primera presencia histórica de los vándalos se da en los textos de Plinio. Pero su origen es incierto asociado a la zona del Vendel en Suecia; en cuya región se asienta con ese mismo nombre uno de los momentos más espléndidos de los Vikingos. Se sabe que los vándalos no eran un pueblo determinado en su origen, ni hacían referencia a una única tribu, no tenían un concepto de pertenencia tan fuerte, sino que se asociaban, matrimoniaban e intercambiaban entre los nativos de la zona, de ahí que asimilaron las costumbre de varios de ellos. Por lo que la vinculación con algunas costumbres vikingas es evidente.

Los vándalos son un pueblo al que no podemos denominar nómada en puridad, pero sí podemos describir como caminante. De manera que en su evolución avanzan hacia el sur asentándose en lo que hoy sería Polonia y Alemania, ocupaban el territorio al oeste del Vístula y junto al Oder, hasta el norte de Bohemia. Posteriormente se diferencian dos ramas principales los vándalos silingos (que supuestamente, aunque no hay unanimidad en la historiografía, dan nombre a la región de Silesia en la que se situaron) y los vándalos asdingos que se asientan en torno a la provincia romana de la Dacia (que corresponde actualmente con Rumanía y Moldavia). No era un pueblo considerado como problemático por los romanos en aquellos momentos. Su capacidad de mudanza volvió a aparecer con la llegada de los hunos que acabaron siendo definitivos para las famosas invasiones (oleadas) bárbaras del siglo V. Los vándalos, junto con alanos y suevos, se establecieron en Hispania en el 409 a de C., los asdingos en Galicia; mientras, los silingos hicieron lo propio en la Bética. Durante años sufrieron los ataques de los visigodos, que trataban de someterles a la autoridad romana en calidad de federados. Como resultado de este acoso se produjo la derrota de los alanos y la consiguiente integración de este pueblo con los vándalos. Juntos se hicieron fuertes en el sur de la península, convirtiendo Hispalis (Sevilla) en su capital; hasta que, de nuevo por el avance visigodo, tuvieron que huir, esta vez al norte de África. Se asentaron en Ceuta y desde allí controlaron la provincia de Cartago y la Tunicia, dónde lograron, bajo el reinado de Genserico, su máximo esplendor hacia el año 430 a de C.

Genserico promovió el arrianismo, iglesia que siguieron sus descendientes con gran fanatismo, dando lugar a importantes persecuciones contra el resto de los cristianos a los que privaron de sus posesiones e incluso de lo mínimo necesario para sobrevivir: se les desterraba y si se resistían, se les asesinaba. En el 430, falleció el propio San Agustín, víctima de esas privaciones. Su muerte contribuiría decisivamente a la mala fama de los vándalos.

Desde las costas de Cartago, los vándalos avanzaron de nuevo hacia la otra orilla del Mediterráneo y conquistaron Córcega, Cerdeña, Sicilia y las Baleares. Su forma de dominio de los mares fue por medio de la piratería con el que alcanzaron gran éxito en las costas mediterráneas, bloqueando las ya de por sí frágiles vías marítimas de comunicación del Mediterráneo, perjudicando también al Imperio Romano de Oriente. Tal fue el daño perpetrado que el Imperio romano reconoció a los vándalos y firmó un tratado que garantizaba la paz en las costas del imperio y, especialmente, en la península itálica.

Los vándalos no cumplieron su palabra y en el 455 saquearon Roma. Su oportunidad vino cuando Petronio Máximo asesinó al emperador romano Valentiniano III. Genserico declaró la invalidez del tratado entre los vándalos y los romanos y marchó hacia la ciudad. Aunque este saqueo no fue tan violento como el de los visigodos en el 410, obtuvo mucha peor fama. Incluso ha sido peor recordado que otro de los saqueos famosos: el saco de Roma por las tropas imperiales de Carlos V, muchos siglos después.

Si los vándalos no acabaron con Roma, aunque atacaron Iglesias y conventos, fue porque el Papa León I los convenció para que no mataran a nadie ni quemaran los edificios. En cumplimiento del acuerdo, los vándalos durante dos semanas se hicieron con todo lo que no estaba clavado, sin encontrar oposición de la población romana. No siempre cumplieron lo pactado con el Papa y así quitaron las tejas de bronce del Templo de Júpiter Optimus Maximus y rompieron algunos de los monumentos más importantes de la ciudad, sobre todo, los más bonitos, tenían cierta fijación en contra de la belleza. Quemaron algunas iglesias y cogieron cautivos, a los cuales vendieron como esclavos en África. Se apoderaron de las arcas de la ciudad y de todas las pertenencias de gran valor.

Roma intentó recuperar lo perdido entre los años 460 y 475 d.C., pero de nuevo los vándalos lograron imponerse.

La muerte de Genserico supuso la caída del imperio de los vándalos. En el 533, los romanos recuperaron el norte de África y expulsaron a los vándalos para siempre. La asimilación que los vándalos habían hecho de las costumbres romanas, la mezcla entre sus instituciones y las romanas, la mixtura de su arte con el romano al que añadieron su humilde pero sólida artesanía metalúrgica en armas y objetos cotidianos, pero en un contexto en el que se fomentaba la segregación de la población, el racismo, xenofobia y actitud intolerante de sus seguidores contra los romanos y los cristianos, determinaron su debilidad.

Al final, el ejercito vándalo fue vencido por el bizantino. A Bizancio viajó el botín del saqueo de Roma, y Justiniano se sintió vengado como viejo romano.

Pero en la memoria colectiva quedó grabado a sangre y fuego lo que se consideró una barbarie intolerable, de ahí que el término vandalismo se asociara a la destrucción. Tal asociación se dio por primera vez en Inglaterra a mediados de la década de 1600 cuando se usaba para describir a quien destruye lo hermoso y digno de respeto.

Sin embargo, el término alcanzó carácter universal contra todo el que destroza los bienes públicos sean los adoquines de las aceras o una obra de arte a través de la palabra francesa “vandalisme”, y se vio por primera vez en forma impresa en 1794 cuando el abad de Blois, Henri Grégoire, gran defensor de la Revolución Francesa reprobó con ese término el caos, el saqueo de monasterios y abadías, y en particular la destrucción del arte, que ocurrió durante la época del terror. Así se calificaron también los asaltos cometidos durante las desamortizaciones de bienes eclesiásticos promulgadas por las revoluciones liberales. De este modo, el término “vandalismo” pasó a los idiomas europeos con el significado que hoy tiene, común en todas las lenguas importantes: ese “espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana”.

BIBLIOGRAFÍA

CLAYTON, Matt. LOS VÁNDALOS. Una fascinante guía de los bárbaros que conquistaron el imperio romano durante el periodo de transición de la antigüedad tardía a la alta edad media. Ed Captivating History. 2020.

https://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/los-vandalos/

Lepanto

Este año se cumplen 450 años de la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), considerada la mayor batalla naval de la Historia, y de una trascendencia enorme en la Historia de la humanidad. Si el mundo lo conocemos como es, en gran parte, se lo debemos a Lepanto. Goethe llamaba a la Historia “Misterioso taller de Dios” y en ese taller los momentos realmente trascendentes no son tantos. Hoy estamos ante uno de ellos.

En España, esta batalla se recuerda más por Cervantes, que participó y fue herido en la misma (el manco de Lepanto), que por la batalla en sí. Cervantes perdió la movilidad del brazo, que no el brazo, y a pesar de ello, orgulloso como estaba de aquella lucha, comprendiendo lo importantísimo de aquella victoria, definió la batalla como “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

En los antecedentes históricos debemos destacar algunos personajes destacados y algunos acontecimientos que condujeron a la batalla definitiva.

Europa estaba dominada por los Habsburgo tanto en el Imperio español de Felipe II como en el Sacro Impero Romano-germánico. Era la época de la contrarreforma frente a los protestantes que ya vimos en parte cuando hablamos de Carlos I en este blog: https://algodehistoria.home.blog/2019/06/21/carlos-i-de-1517-a-1522-4/

Por tanto, Europa estaba dividida entre católicos y protestantes. A esos enfrentamientos se unía el peligro que representaban los musulmanes y, más en concreto, los turcos. Durante el siglo XVI los otomanos habían conquistado los territorios que formaron en el pasado parte del Imperio Bizantino y su pretensión se centraba en alcanzar el control total del mar Mediterráneo y los territorios aledaños. En aquel momento de formación de los Estados Nación, la idea de enfrentarse al Imperio español y al dominio español de Europa y del mundo era más importante para las naciones protestantes que la defensa de la cristiandad. Por eso Gran Bretaña y, muy especialmente, Francia consideraban al turco un buen aliado que podía debilitar a España y a Felipe II. Tan es así que los turcos pretendían expansionarse gracias a la base que los franceses de Francisco I les habían dejado en Tolón. Con estos apoyos atacaron en diversas ocasiones las posesiones españolas en el norte de África, Sicilia y sur peninsular de Italia. A eso hay que unir, los levantamientos moriscos dentro de la península ibérica a lo largo del Siglo XVI, como el de las Alpujarras en 1501, Valencia en 1525 o la más destacada y cercana a los acontecimientos que narramos, de nuevo en Granada y de nuevo en las Alpujarras en 1568.

Felipe II comprendió que militarmente no podía aceptar esa presencia turca pues le creaba problemas dentro y fuera de sus fronteras. Por tanto, se imponía el dominio del mar Mediterráneo, atestado de piratas turcos, que no sólo perjudicaban a sus dominios, sino que limitaban el comercio. Ya en los siglos XV-XVI, el Mediterráneo se erige en distribuidor del flujo humano y comercial entre el occidente dominado por los europeos (emporio renacentista, textil lanero y metalúrgico), el extremo oriental controlado por los turcos (que canalizaba la Ruta de la Seda oriental y el tráfico suntuario de porcelana), el África del Norte (donde confluía el oro subsahariano con las caravanas de esclavos negros), y el Océano Índico conectado a través del Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz, disputado por árabes y portugueses (clave para el tráfico de especias y también de textiles, sobre todo, alfombras y tapices persas).

El mayor afectado por el pirateo del comercio marítimo en el Mare Nostrum era Venecia. El Dux, no estaba por la labor de enfrentarse al turco, más bien era partidario de sobornar a sus piratas para que le dejaran comerciar. A pesar de ello y con gran visión, pagaba a los turcos con una mano y con la otra se preparaba para la guerra.

Pero quien realmente se daba cuenta de la importancia de acabar con los turcos era el Papa. Pio V, San Pío V sabía que lo que se jugaba en aquella partida no era sólo el dominio del mar sino la idea misma de la cristiandad y la concepción del mundo occidental tal y como se conocía. Por ello, impulsa la bula de cruzada para formar una Liga Santa y hacer frente a los protestantes y a los musulmanes. Como vimos en la construcción de los estados pontificios, los papas tenían una fuerza militar menor y en aquellos tiempos eran las tropas de los países católicos, las de España esencialmente, las que defendían al papado y la cristiandad. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/

Al principio nadie parecía tener mucho interés en participar en esta Liga Santa. La excusa llegó de la mano de la invasión de Chipre por parte de los turcos. Unos años antes de Lepanto, los otomanos asediaron la entonces veneciana Malta (1564), pero en 1570 conquistan Chipre, también posesión veneciana. La fortificación poderosa de la isla y de su capital resistió todo lo humanamente posible, pero finalmente cayó ante los otomanos, el sultán Selim II escribía: “He derrotado a esos infieles que no me rendían pleitesía. Iremos a Venecia, y de allí a Roma”. Al peligro para la integridad de los territorios y el comercio se unió, y fue otro factor decisivo para la batalla, las horribles torturas a las que los turcos sometieron a sus dignos rivales. El horror se extendió por toda Europa.

Venecianos y pontificios sabían que sin España no tendrían ninguna oportunidad de ganar a la todopoderosa armada turca. España accede a participar y, el 25 de mayo de 1571, se firman en Roma las capitulaciones de la Liga Santa que unió al Imperio Español, el Papado, Venecia, Toscana, Génova, Saboya y la Orden de Malta. Su objetivo era enviar una flota de guerra a aguas del Mediterráneo Oriental cada año y detener la ofensiva naval turco-berberisca. Francia no participó por estar envuelta en guerras de religión internas entre católicos y hugonotes y por no venir mal a sus intereses el poder turco, en una muy corta visión de la realidad. El Sacro Imperio no participó directamente pues sus tropas estaban dedicadas a la dura tarea de contener a los turcos en los Balcanes.

Entre los acuerdos de la Liga estaban que España pagaría la mitad del gasto, Venecia un tercio y el Papado el resto. Asimismo, se recogía la capitanía de cada flota y el mando supremo a cargo de Don Juan de Austria. Como plasmación de aquel acuerdo, la flota conjunta de la Liga Santa, en su organización interna, estaba comandada por Marco Antonio Colonna por el Papado; la flota veneciana, por Sebastián Veniero y la del Imperio español por Don Juan de Austria, quien, dirigiendo la Nave Real, haría efectivo el mando militar supremo de la Liga Santa. Don Juan de Austria que contaba con 24 años en aquel momento y una amplia experiencia militar, tenía como consejeros y hombres de confianza, entre otros, a Luis de Recasens y a Álvaro de Bazán. A ambos les debemos buena parte de la victoria.

El gran organizador, excelente marino y enorme estratega en la batalla fue Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, Capitán General de las Galeras de Nápoles, una de las más grandes figuras de la vida militar española al que España no le ha rendido el homenaje y, sobre todo, el recuerdo adecuado. Aquella victoria se la debemos en gran parte al genio de Don Álvaro, tan gran marino que jamás fue vencido.

El 20 de julio de 1571, tras haber entrado en Barcelona un mes antes bajo el manto de los vítores de la población, Don Juan de Austria sale con 47 galeras de la flota imperial camino de Mesina donde se ha de reunir la flota conjunta. A mitad de camino, el 5 de septiembre, se suma a la flota imperial Don Álvaro de Bazán con 30 naves. En Mesina se fraguó una flota con 6 galeazas, 207 galeras, 76 fragatas y aproximadamente unos 98.000 hombres.

El 15 de septiembre de 1571, salían de Mesina las primeras naves en dirección al golfo de Tarento, lugar donde se encontrarían de nuevo todas las naves aliadas para ultimar los preparativos e ir avanzando poco a poco hasta encontrarse con las tropas musulmanas.

En el otro bando, los espías del Imperio Otomano,  que se apostaban a lo largo de toda la costa mediterránea, habían informado de la grandeza de la formación naval cristiana, lo que  movilizó las tropas turcas para hacer frente a los cristianos cerca de Grecia. Así, bajo el mando de los almirantes, Alí Bajá, Uluj Alí y Mehmed Siroco, se comandarían 87 galeotes y 210 galeras, además de unos 120.000 hombres.

Aunque en apariencia las fuerzas estaban equilibradas, la realidad haría visible otros aspectos que inclinaron la batalla al lado cristiano. En esa inclinación de la balanza las dotes de mando de Don Juan, para calmar las disensiones que empezaban a surgir entre los aliados, con los sabios consejos de Luis de Recasens, la genial estrategia de Don Álvaro y el genio constructor veneciano, fueron definitivos.

Las galeazas eran un invento veneciano que, tras algunos ensayos previos, había encargado el Dux a Francesco Duodo, uno de los más modernos constructores de armas y barcos. Las galeazas, naos mucho más versátiles que los galeotes y galeras tradicionales, con cañones en todos los lados del barco (llegaron a tener hasta 60 cañones por barco), algunos, alternando con los remos, la mayoría en proa y popa. Eran muy elevadas en altura, lo que impedía el abordaje. Además, aquellos cañones denominados “»sforzato» (tenso), tenían una longitud de lanzamiento mucho mayor que los tradicionales. Aunque recientes estudios quitan importancia a estas naves en la batalla por su inmenso peso y poca maniobrabilidad y sobre todo porque sus cañones, en el fragor de la batalla con tantos barcos podían acabar tanto con los turcos como los cristiano, sin embargo, veremos que lograron algún éxito destacado.

Don Álvaro de Bazán fue el primero en usar las galeazas venecianas de las que se nutría, por su petición, la armada española. Galeazas y galeras constituían una flota temible. Las características de estos últimos eran su gran altura y enorme fondo donde se situaban los remeros y la capacidad para llevar tropas: la infantería de marina, de la que también fue creador Bazán. La infantería en aquella batalla la compusieron Tercios Viejos españoles e italianos, reforzados con mercenarios italianos, alemanes y suizos, curtidos en mil batallas. Además, el arma secreta estaba bajo cubierta: a los efectivos cristianos habría que sumar otros 34.000 marineros y galeotes (muchos de ellos penados a remar sin sueldo) que fueron armados al entrar en combate con la promesa del indulto.

El armamento también era desigual: los cristianos disparaban arcabuces, mientras que los turcos preferían las flechas envenenadas. Además, los soldados turcos eran jóvenes e inexpertos, sus galeotes eran en su mayoría cristianos e incluso llevaban como remeros a mujeres.

Durante la navegación desde Mesina hasta Lepanto, Álvaro de Bazán tiene como misión dirigir el cuerpo de retaguardia de la Armada, recogiendo a las galeras que se quedasen atrás para que no se perdiese ninguna.

Una de las razones de la victoria estuvo también en las divergencias en el mando turco. Mientras los lugartenientes de la flota con más experiencia y avisados por sus espías de la fortaleza de la escuadra aliada, querían quedarse resguardados en el golfo de Lepanto.  Ali Pachá (el general en jefe de los turcos) da órdenes a finales de septiembre de combatir a los cristianos allí donde les encuentren. Se dice que Alí Pachá era tan joven y tan inexperto como ególatra, la mezcla ideal para salir descabezado, que fue lo que ocurrió.

Los turcos salieron a alta mar, cerca de Oxia, en el golfo de Patras frente a la ciudad de Lepanto. El combate tuvo lugar el día 7 de octubre de 1571. Día en el que los católicos conmemoramos a la Virgen del Rosario, a cuya advocación se encomendó la armada aliada, celebrando una misa antes del combate. El papa Pio V también oró en Roma frene a una imagen de la Virgen del Rosario.

No vamos a detallar toda la estrategia de la batalla, pero sí un breve resumen de los acontecimientos más destacados. La lucha se puede explicar en tres zonas divididas en el flanco derecho, centro y flanco izquierdo. En el ala izquierda turca, flanco derecho cristiano, las naves genovesas comandadas por Andrea Doria se distinguieron por no obedecer las órdenes de Don Juan de Austria en algunos momentos, creando un grave problema por aquel flanco al alejarse del grueso de la armada cristiana persiguiendo a algunos barcos turcos, lo que dejó espacio para que los otomanos viraran y atacaran a los barcos de la Orden de Malta, destrozándolos y capturando al Prior. Esto obligó a Álvaro de Bazán a socorrer el ala derecha. Fue el uso de las galeazas lo que puso orden en aquel sector de la batalla. Con 4 de las 6 galeazas se destrozó a una buena parte de la flota enemiga, eso permitió a Don Álvaro acudir en ayuda de Don Juan de Austria en la zona central de la lucha.

En el centro, la nave Sultana fue atacada por la Nave Real con Don Juan de Austria peleando como uno más de sus hombres, con el apoyo inestimable de Marco Antonio Colonna y el de Álvaro de Bazán. Allí los Tercios se destacaron en su lucha contra los jenízaros- temibles soldados turcos-. Luchaban como bravos a brazo partido, con la eficacia de sus espadas y los arcabuces españoles, que, aunque tenían un disparo de corto alcance era de una eficacia letal. Era tan fáciles de manejar que pronto desplazaron a la ballesta, arma que aún empleaban los turcos. De la eficacia del arcabuz habla Cervantes en el Quijote, capítulo XXXVIII: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería. A cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos

Mientras, el lado izquierdo de la armada cristiana era atacado por Siroco, el Almirante turco más agresivo en la batalla, que logra rodear a los barcos del veneciano Barbarigo, el cual tampoco había obedecido exactamente las órdenes del mando. Cayó muerto de un flechazo en el ojo y la flota italiana batalló bajo las órdenes del segundo de abordo, Federico Nani, que resultó ser un muy valiente y eficaz guerrero, que consiguió poner orden en aquel sector, donde acaba pereciendo también Siroco.

Con cierto orden en los flancos, por el centro se lucha sin descanso ante la avalancha turca contra la Nave Real; allí acuden los refuerzos del barcelonés D. Luis de Recasens, mentor de don Juan de Austria y auxilio fundamental para mantener viva la resistencia cristiana. Por orden expresa de Felipe II, Recasens ejercía de segundo jefe de la Armada y tutor del Príncipe. Otro de los mejores marinos españoles, otro de los héroes de Lepanto, siempre al servicio de su patria con una eficacia y humildad extraordinarias, y al que tampoco se la ha hecho justicia histórica.

Álvaro de Bazán envía diez galeras y un grupo de fragatas y bergantines para intentar hacerse con la nave capitana otomana. Como resultado de este refuerzo, el centro otomano queda totalmente deshecho y Ali Bajá herido de muerte. La leyenda dice que un soldado le corta la cabeza y la exhibe encima de una pica para acabar con la moral turca. No está comprobado que tal cosa ocurriera. Pero sí que, desde la muerte del Almirante turco, la batalla está decidida para el bando cristiano. Aún los turcos intentan revolverse, aún se cuentan por heroicidades las actuaciones cristianas: la de Álvaro de Bazán persiguiendo a los turcos a fin de recuperar la galera de Malta, salvar al Prior y a la bandera robada a la cristiandad. Logra salvar al Prior, pero no así la bandera; o el de los Tercios de Sicilia, que acaban por derrotar a los otomanos envalentonados hacia el flanco derecho cristiano. Eran 500 los de los Tercios y acaban vivos 50, pero derrotaron la última carga musulmana. A ellos se une en su vuelta Andrea Doria, que conquistó y rindió varias galeras.

El resultado militar final fue de 8.000 soldados cristianos muertos y de los musulmanes, 30.000 y 8.000 prisioneros y una de las más importantes victorias que vieron los siglos.

Como consecuencia de Lepanto caben destacar que los musulmanes retrocedieron en sus andanzas y dominio del Mediterráneo, aunque fuera momentáneamente y, en todo caso, nunca más con el poder anterior. El pacto realizado tiempo después entre Felipe II y el propio Selim II, propiciaría que hubiera una tregua en el Mediterráneo, hecho que aprovecharon ambos monarcas para enfrentarse a otros problemas internos de sus respectivos imperios.

El mundo occidental se desarrolló como lo conocemos, desde la tradición judeo-cristiana y greco-latina. No fueron sustituidos sus fundamentos por los musulmanes como hubiera ocurrido en caso de derrota. Tras la muerte del papa Pio V, en mayo de 1572, no se continuó con la acción de la Liga Santa. Sin embargo, las diferentes naciones europeas, crearon escuadras más potentes para ir atacando a los posibles piratas.

Desde el punto de vista religioso el sucesor del Papa Pío, Gregorio VIII, asoció la conmemoración de Lepanto a la devoción de la Virgen del Rosario.

Se lograron beneficios económicos y especialmente para el comercio, y España siguió siendo el Imperio que conocemos algún tiempo más.

Se ha escrito largo y tendido sobre la batalla, se han estudiado miles de archivos y se tienen testimonios históricos y literarios de gran valor sobre la misma y, sin embargo, no se conservan grandes recuerdos materiales de la batalla: banderas, barcos, armas y demás. Aún se buscan en el fondo del mediterráneo las naos cristianas, se han encontrado algunas turcas, pero está por descubrir qué fue de las que no regresaron, de las banderas perdidas…

Luis de Recasens, con gran sentido de la cultura y la Historia intentó recuperar todo lo que pudo, primero para acumular los pertrechos utilices para futuras luchas. En segundo lugar, para dotar a las naciones participantes, a los templos católicos o a algunos de los participantes de recuerdos de aquella victoria de la cristiandad. El hecho es que los elementos materiales se dispersaron. Así se dice que fue muy importante, casi totalmente decisiva, la intervención de Luis de Recasens para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto y varias de las banderas de aquel memorable encuentro fueran llevadas a Barcelona. El estandarte de la nao capitana cristiana está en la catedral de Toledo; fanales y cañones de las galeras enemigas quedaron en poder del marqués de Santa Cruz (don Álvaro de Bazán). Muchos de ellos, hoy, residentes en Museos navales. En el Museo naval de Barcelona se conserva una de las galeras. En el magnífico Museo Naval de Madrid, aparecen medallas conmemorativas, una legendaria bandera abandonada entre la oscuridad, maquetas de barcos, espléndidos cuadros… El lugarteniente en la galera capitana, Miguel de Moncada (en cuyo tercio sirvió Cervantes) entregó al convento de Nuestra Señora del Remedio (Valencia) la aljuba de tela de oro de Alí Bajá y un estandarte de seda de una galera. Fernando Carrillo de Mendoza, Consejero de don Juan de Austria y que fue quien dio la noticia de la victoria a Pio V recibió una bula de jubileo para la Capilla del Rosario de la parroquia de Priego (Cuenca), donde también funda el convento de San Miguel de la Victoria en 1572.

Así podríamos recorrer el monasterio de San Lorenzo de el Escorial, la Real Armería de Madrid, las catedrales de Toledo y Santiago. Monasterios como el de Santa María de las Huelgas, el de Monserrat o Montesión. Pequeñas iglesias como la de Medina del Campo. Museos y palacios no sólo españoles sino, por ejemplo, italianos: la comuna de Forno di Zoldo, la iglesia de Santo Stefano de Pisa, el castillo de Rivalta, la iglesia de San Domenico de Turín, en Génova, por supuesto en la Santa sede (donde se conserva, por ejemplo, el estandarte de la nave capitana otomana) e incluso en Viterbo… o en Turquía como en el estupendo museo Dieniz Musezi de Estambul. Podríamos continuar para demostrar lo atomizado del recuerdo, pero quiero terminar con uno especial: Don Luis de Recasens mandó construir un monasterio y una Iglesia en Villarejo de Salvanés, provincia de Madrid. El Papa Pio V en agradecimiento a su labor en la batalla, le regaló la imagen de la Virgen del Rosario a cuyos pies rezaba el Santo Padre. Esa virgen, conocida y venerada hoy como Virgen de la Victoria sigue en la Iglesia del pueblo madrileño y este año conmemora su año jubilar.

Aquella gran victoria se logró por la unidad de los católicos, pero en sus comienzos estaba la brecha que la Reforma y las guerras de religión abrieron en Europa; brecha en la que los musulmanes creyeron ver un camino de entrada para sus principios que eran, al tiempo, el fin de nuestra civilización. Han pasado varios siglos y la situación geopolítica universal nos parece traer ecos de aquel pasado. A ver si aprendemos de las virtudes que nos enseña la Historia y de los errores que nos marca, en recuerdo de Goethe, ese “misterioso taller”.

BIBLIOGRAFIA

. BARBERO Alessandro: “Lepanto: La batalla de los tres imperios”. Pasado y Presente Editorial, 2011.

. Manuel RIVERO RODRIGUEZ, Manuel. “La Batalla de Lepanto: Cruzada, Guerra Santa e Identidad Confesional”. ED. Sílex. 2012.

. David y Enrique GARCÍA HERNÁN, David y Enrique. “Lepanto: el día después”. ED Actas, 1999.

. BRAUDEL, Fernand. ” El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II”. Fondo de Cultura Económica. 1953.

OCTAVO CENTENARIO DE ALFONSO X, EL SABIO.

Alfonso nace en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y muere en Sevilla el 4 de abril de 1284 era hijo del monarca castellano Fernando III, el Santo, y de la princesa alemana Beatriz de Suabia. Alfonso X fue Rey de Castilla desde el fallecimiento de su padre en 1252, hasta la fecha de su muerte. Si bien, los dos últimos años de su vida los pasó recluido en Sevilla por orden de su hijo Sancho.

Por tanto, en noviembre de este año se cumplirán 800 años de su nacimiento.

La figura de Alfonso X fue importante y destacada en muchos aspectos, pero si en algo sobresalió fue en su amor por la cultura. Por eso, sobrevolaremos por sus otras facetas, algunas tan importantes que merecerían una crónica propia como, por ejemplo, el “fecho del Imperio”, para centrarnos en los aspectos culturales.

De su padre heredó los reinos de Castilla y León (unidos definitivamente desde 1231 por Fernando III) más la ampliación de los territorios hacia el sur de la península, ganados por las armas a los musulmanes, lo que establecía las bases para la creación del reino cristiano más grande y poderoso de la Península. Así, siendo aún infante de Castilla y León incorporó a la Corona el reino taifa de Murcia y una vez en el trono, con 31 años, Alfonso X continuó con la conquista de Andalucía iniciada por su padre, lo que le hizo tomar Cádiz, Jerez, Medina-Sidonia, Lebrija, Niebla (coincidente con buena parte de la actual provincia de Huelva). Repobló Murcia y la Baja Andalucía. Hizo frente a una sublevación de los musulmanes de sus reinos, promovida por los Reyes de Granada y Túnez e, incluso, se atrevió a una efímera incursión en territorio africano -expedición a Salé (1260)- que fue, sobre todo, de gran valor simbólico tras siglos de dominación musulmana en la Península.

Por parte de su madre, Alfonso pertenecía a la familia de los Staufen y descendiente de Federico Barbarroja y de Alejo Comneno, el Emperador Bizantino. Su origen alemán le hacía aspirante a la corona imperial del Sacro Imperio. Ese acontecimiento es conocido en las fuentes de la época como “el fecho del Imperio”. Presentó su candidatura al título imperial germánico después de que se lo suplicara una embajada procedente de la ciudad italiana de Pisa, que se reunió con él en Soria, en el año 1256. Consideraban los pisanos que Alfonso descendía “de la sangre de los duques de Suabia, una Casa a la que pertenece el Imperio con derecho y dignidad por decisión de los príncipes y por entrega de los Papas de la Iglesia”. Alfonso X fue elegido emperador el día 1 de abril del año 1257, con el apoyo de Sajonia, Brandeburgo, Bohemia y varias ciudades italianas intitulándose “Rey de Romanos y emperador electo”. Pero al mismo tiempo tuvo lugar, de manera sorprendente, la elección de otro candidato a dicho título: el inglés Ricardo de Cornualles. Alfonso X defendía su corona por el hecho de que él había sido elegido emperador “por la mayor y más importante parte de los príncipes de Alemania”- hay que recordar que la corona imperial germana era electiva-. A partir de aquel momento se inició una fuerte disputa entre los dos electos por el trono imperial germánico. Aquella aspiración de Alfonso que en el fondo unía la dignidad imperial nacida en Asturias con el Sacro imperio y cuya plasmación se dará posteriormente con Carlos V, supuso un gran desembolso para las arcas castellanas. Motivo por el cual, aquella pretensión real, el “fecho del Imperio” fue muy impopular en Castilla, pues exigió dinero y hombres que, unidos a los gastos de la corte y a las continuas guerras, crearon dificultades financieras importantes. En este sentido hay que recordar la depreciación que se aplicó al vellón, cuyo resultado fue un completo fracaso. Las medidas tomadas por Alfonso X relativas a la política económica fueron, por lo general, inoportunas, debido a que se adoptaron, por necesidades urgentes derivadas de sus empresas políticas y bélicas que, en algunos casos, ninguna falta le hacían a Castilla. Por otra parte, su política fiscal, con un incremento considerable de los impuestos por las mismas razones que las devaluaciones, motivaron un gran descontento tanto en los concejos como en la alta nobleza, protagonista de una revuelta contra el Rey Alfonso X en el año 1272 (capitaneada por el Infante Felipe, hermano del Rey).  Pero, lo peor no fue el descontento interno, sino que la causa de su origen no valió para nada; el empeño de Alfonso de alcanzar el imperio le llevó a fortalecer sus relaciones con el bando de los gibelinos de la vecina Italia, sin que aquello le grajeara las simpatías papales, si siquiera a raíz de la muerte de su rival, el inglés Ricardo de Cornualles, suceso que aconteció en el año 1272. Todo parecía inclinado a su favor, pero la oposición del papa Alejandro IV, y sus sucesores Urbano IV, Clemente IV y Gregorio X inclinaron la balanza en favor Rodolfo de Habsburgo, renunciando Alfonso al Imperio en 1276.

Además del fracaso imperial, otras facetas muy importantes de su reinado fueron desatendidas por concurrir a la elección germana. Así en política el exterior, no pudo incorporar el territorio del Algarve a su corona y también tuvo que renunciar a la Gascuña francesa. E internamente, en una de sus ausencias por el asunto del Imperio, los benimerines norteafricanos desembarcaron en Algeciras (1272). En aquella campaña murió el infante Fernando de la Cerda- llamado así por el mucho pelo corporal que tenía, primogénito de Alfonso y heredero del trono, antes de que su hermano Sancho consiguiera rechazar a los musulmanes. Posteriormente, los benimerines derrotaron a una flota castellana en el estrecho de Gibraltar (1278), obligando a Alfonso a pactar una tregua.

Esto provocó el conflicto interno más importante de su reinado, el que le costó el trono. Ya había promulgado las Partidas (como luego veremos). En ellas, contra la tradición castellana, se establecía que debía sucederle el hijo mayor del difunto Fernando de la Cerda; pero al morir éste prefirió declarar heredero en 1278 a su segundo hijo, Sancho IV, siguiendo la tradición castellana. Sin embargo, el carácter de Alfonso a veces era vacilante y contradictorio y, por ello, en un intento posterior de hacer al infante de la Cerda Rey de Jaén provocó la rebeldía de Sancho. Creando un problema interno con repercusiones internacionales. Aragón y Portugal apoyaban a Sancho y Francia al infante de la Cerda. Sancho convocó Cortes en Valladolid en las que desafió a su padre y le destituyó como Rey. La acometida de Sancho dejó a su padre confinado en Sevilla y a punto de aliarse con el Rey benimerín para recuperar el trono. Pero murió antes de enfrentarse a Sancho. Alfonso X murió en Sevilla, ciudad que nunca dejó de serle fiel, en el año 1284 y en su testamento deshereda a Sancho y reconoce como sucesores a los infantes de la Cerda, dando así lugar a uno de los enfrentamientos más destacados de la Edad Media española y al nacimiento en la Historia de la figura de una mujer muy destacada, María de Molina, a la que algún día dedicaremos una entrada en este blog.

También tuvo conflictos con sus hermanos, además del ya señalado con Felipe, se enfrentó a Enrique, dando lugar a la revuelta de Vizcaya de 1255.

A pesar de todo lo visto, las crónicas recuerdan a Alfonso como un buen Rey, aunque lleno de contradicciones.

En el plano económico, aun teniendo en cuenta la veleidad alemana y sus consecuencias, Alfonso destaca por poner en marcha durante aquel reinado numerosas ferias y sobre todo por instituir en 1273, el “Concejo de la Mesta”. Realmente, no lo crea, ya existían Mesta locales y regionales, pero le da carácter institucional y lo proyecta sobre todo el reino de Castilla. La Mesta controlaba la actividad ganadera, en particular la ovina, su trashumancia a través de las cañadas, dando gran relieve y desarrollo económico a esta actividad en Castilla.

Asimismo, conviene señalar que durante el reinado de Alfonso X se fortaleció la institución de las Cortes, generalizada para los reinos de Castilla y de León.

Por otro lado, la aventura imperial trajo a España y a Castilla uno de los elementos más trascendentes del reinado de Alfonso X: el carácter internacional que tuvo en todo momento la Corte del Rey. Este carácter no tuvo igual en ningún país de la Europa del momento. Se manifestaba en la multitud de vasallos llegados de todas las partes de Europa y áfrica. Los judíos y árabes tuvieron un papel destacado en aquella corte, sobre todo en el ámbito de las traducciones, lo que no fue excusa para que Alfonso se empleara a fondo en su tarea de Reconquista y expulsión de los musulmanes de España. Pero los intelectuales musulmanes fueron tratados con exquisitez en su corte, donde vivieron en plena armonía cristianos, judíos y árabes. Esta es una de las consecuencias de aquella internacionalización y uno de los puntos más destacados de lo que fue la mayor obra de Alfonso X: la cultura.

Fernando III procuró a todos sus hijos una esmerada educación. Alfonso tuvo grandes e importantes preceptores que le inculcaron el amor al estudio, favorecido por una inclinación natural del monarca a las letras y las ciencias, a querer ser un compendio del saber, resultando un adelantado al Renacimiento. El historiador Robert Sabatino López ha afirmado que el principal legado transmitido a la posteridad por Alfonso X fue “su patronato y su contribución personal a todas las ramas del saber y del arte”[1]. El monarca se convirtió en el director de un amplio programa de estudio, traducción e investigación, cuyos pilares fueron, en principio, la ciencia (incluyendo astronomía, astrología y medicina) y el derecho, incorporándose después la historia y la poesía. La luz de obra permitió el desarrollo paralelo de otras manifestaciones culturales y así en aquella época alcanzaron la mayoría de edad las artes plásticas y la arquitectura.  Como hemos dicho el Rey esencialmente dirigía y en algún caso escribía de su puño y letra; como describe Don Juan Manuel el Rey dialogaba con sus intelectuales, y para planear sus obras con ellos, seguía sus estudios, les hacía recopilar y leer multitud de libros llegados de todas partes del mundo con la finalidad de componer las obras más completas posibles. En esta tarea de establecer centros de estudio a lo largo de la península que en ocasiones se movían donde se movía el Rey, en otras se asentaban en un centro concreto e informaban al Rey de sus avances, lo que permitió, entre otras cosas, un gran desarrollo a las Universidades, que mucho le deben al Rey sabio, especialmente la de Salamanca.

En un análisis de la obra cultural alfonsina nos referiremos primero a un hecho común y esencial en la evolución histórica y cultural de España: a Alfonso X el Sabio se le considera el unificador de la prosa castellana, de hecho, puede datarse en su época la adopción del castellano como lengua oficial.

El Rey Sabio comprendió que la lengua y el derecho eran los dos pilares básicos sobre los que tenía que asentar sus reformas culturales y políticas. Entendió que el desarrollo cultural sería más eficaz en la lengua vernácula que en el latín, de ahí que impulsara la traducción de textos del latín, árabe y hebreo, renovó la ortografía y el léxico. En su labor en la corrección y consolidación del castellano como lengua del reino, el Rey se rodeó de “emendadores” del lenguaje, cuyo propósito era hacer una reforma definitiva para lo que utiliza el habla de Toledo como modelo de nivelación lingüística del reino. Si bien, el Rey, gran aficionado a la poesía, gustaba escribirla en lengua gallega, más dulce y sonora, según su gusto. Sus composiciones trataban todos los campos poéticos: amorosa, trovadoresca con la cual llegaba también a los poemas de escarnio, con un uso del lenguaje irónico y mordaz. Aunque sus mejores resultados los obtuvo en la poesía religiosa, en sus “Cántigas a Santa María”, dedicadas a ensalzar los milagros de la Virgen, constituyendo todo un legado armonioso de musicalidad y variedad métrica.

Su interés por las más diversas áreas del saber lo llevaron a impulsar la organización de tres grandes centros culturales en Toledo, Sevilla y Murcia.

En la primera ciudad quedó ubicada la famosa Escuela de Traductores de Toledo, la cual, junto a compiladores y autores originales repartidos por el resto, emprendió una ingente labor de recogida de toda clase de materiales para la elaboración de libros. En este contexto, se asentaron intelectuales de cualquier origen religioso o nacional, como hemos señalado anteriormente, de ahí que se tradujeran la Biblia, el Corán, el Talmud y la Cábala.

En el ámbito jurídico muestra su propósito de contribuir a la labor unificadora emprendida por su padre, Fernando III. También aquí fue de gran trascendencia el estudio del lenguaje castellano pues le permitió establecer las bases esenciales de gran parte de los conceptos jurídicos, que trascenderían y alcanzarían la tradición de nuestro ordenamiento jurídico posterior y fundamento del aprendizaje del derecho incluso en la actualidad.

Su obra marga en este campo son “Las Partidas” (1256-1265). Su nombre original era “Libro de las Leyes”, y hacia el siglo XIV recibió el nombre de las siete partidas o simplemente partidas, por las secciones en que se encontraba dividida.

Se trata al tiempo de una enciclopedia, no sólo jurídica, llena de definiciones redactadas en un lenguaje exquisito, y de una norma que alcanzó fuerza de ley. Es obra de un conjunto de expertos juristas castellanos e italianos y en su redacción intervino directamente el Rey sabio. Este procedimiento de trabajo en grupo es una constante en la obra de Alfonso.

Las siete partidas son suspendidas por Sancho, su hijo, pues en ellas se consideraba el sistema de sucesión por representación, alterando la tradición y convirtiendo su reinado en Ilegal. Será en el Siglo XIV cuando se establezcan como norma, de nuevo, con Alfonso XI, estando vigentes durante buena parte de la historia jurídica posterior de España y de nuestro Imperio americano. De hecho, en Hispanoamérica estuvieron en vigor hasta la época de las compilaciones en el S XIX.

La obra jurídica alfonsina no se entendería sin sus primeras obras jurídicas, Fuero Real Espéculo. Las tres obras (estas dos más las partidas) componen una trilogía de saber jurídico- normativo de carácter correlativo, como un proyecto continuo, cuyo origen estaba marcado por el Fuero Juzgo, traducción del Liber Iudiciorum visigodo hecha en tiempos de Fernando III, el Santo. Este compendio representa el apogeo de la recepción del derecho común (de base romano-canónica), es decir, Alfonso utiliza el Derecho Romano como fundamento de la unidad jurídica del poder, orientado a ser un claro antecedente de la creación del concepto moderno de soberanía, que si bien tiene su origen en los estudios que desde Bolonia se venían haciendo desde el siglo XI, no deja de ser una muestra de que el Rey castellano, también en este aspecto, mantenía una visión europeísta, internacional, que colocó el derecho castellano entre los más avanzados de su tiempo.

Entre las obras de carácter histórico figuran una biografía de Alejandro Magno y dos títulos fundamentales: la Crónica general y la Grande e general estoria, textos cuya ambiciosa empresa es contar, el primero de ellos, la historia de España desde un punto de vista unificador, en términos nacionales y políticos; el segundo, en cambio, se propone la relación de la historia universal. Su pretensión era justificar sus derechos al trono imperial, justificar el derecho histórico de sus Reyes a ocupar las tierras musulmanas de la península Ibérica y asimismo documentar históricamente la preeminencia de la monarquía sobre la nobleza. De nuevo, Alfonso se convierte en un superador de los preceptos medievales del “primus inter pares”, del feudalismo, para concebir la monarquía como manifestación de poder en su auctoritas y en su potestas. Fue el gran fortalecedor de la Monarquía hispana. A él le deben mucho, en este sentido, todos sus sucesores.

La Crónica General consta de dos partes. La primera comienza con el Génesis y llega hasta la rebelión de Pelayo contra los musulmanes en Asturias. Se escribió en época de Alfonso X. La segunda parte comprende el período que va de Pelayo a Fernando III, y se redactó durante el reinado del hijo de Alfonso, Sancho IV. (de parte de estos acontecimientos dimos buena cuenta en esta entrada del blog:  https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/ ). Se hicieron dos versiones: una oficial o culta, en latín, y otra popular, en castellano. Como fuentes se utilizaron la Biblia, las crónicas castellanas de la primera mitad del siglo XIII, los romances populares, los clásicos latinos, las leyendas eclesiásticas y las crónicas árabes. La obra presentaba el reino de Castilla y León como el eje de la Historia de España. Tuvo gran difusión, a través de numerosas copias y resúmenes, y no perdió fama durante los siglos posteriores.

La General Estoria es una historia universal estructurada en seis edades (división usual desde san Agustín y san Isidoro), de las que no se completaron la quinta y la sexta. La crónica empieza, con la creación del mundo según la Biblia y acaba poco antes del nacimiento de Cristo, uniendo la historia propiamente dicha con relatos legendarios y mitológicos.

Obras científicas son los Libros del saber de astronomía con sus Tablas astronómicas o Tablas alfonsíes, destinadas a descifrar el “juicio de las estrellas” (Libro conplido en los iudizios de las estrellas) , fruto, en parte, de las observaciones efectuadas en el observatorio fundado por el Rey en el toledano castillo de San Servando. Estas obras significaron un hito en el transito desde la Astrología a la Astronomía. Así, presenta en esta materia textos compuestos de tratados originales, refundiciones y traducciones que pretenden compilar todo el conocimiento astronómico de la época con el fin de promover su desarrollo. La idea motriz de la obra científica de Alfonso parece supeditarse a la tradición aristotélica, entre macrocosmos y microcosmos, entre el universo y el hombre.  Alfonso X se apoya en esta idea de conocer los secretos del destino y prepararse para afrontarlos en las mejores condiciones. La producción en este campo del saber permite la traducción de tres distintos tratados astrológicos (Libro conplido en los iudizios de las estrellasLibro de las cruzes y Quadripartitum), dos de los cuales (el primero y el tercero) tuvieron una amplísima influencia en Europa a través de traducciones latinas encargadas por el propio Alfonso. No hay que olvidar que en la Edad Media la astrología, funcionaba como catalizador de la sabiduría global.

Asimismo, cabe registrar el Lapidario, tratado en el que se describen quinientas piedras preciosas, metales y algunas sustancias.

Promueve avances en Medicina, Farmacia, Mecánica y Física, por ejemplo, en el Tratado del cuadrante señero o en traducciones de libros árabes sobre mecánica que llevaron a construir algunas de las máquinas allí descritas. En estas ramas del saber cuenta con el respaldo esencial de los intelectuales judíos.

Por último, señalar que también se ocupó de otros saberes dedicados al entretenimiento como los estudios sobre el juego de ajedrez “Libros de ajedrez, dados y tablas” o la traducción de cuentos como los de “Calila y Dimna”.

BIBLIOGRAFÍA

MARTÍNEZ, H. Salvador, Alfonso X, el SabioUna biografía. Polifemo. 2003.

O’CALLAGHAN, Joseph, El rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla, Sevilla, Universidad de Sevilla. 1996

TORRES FONTES, Juan, Documentos de Alfonso X el Sabio. Academia Alfonso X el Sabio, 1963 (Colección de Documentos para la Historia del Reino de Murcia, 1).

LÓPEZ, Robert S. El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965

[1] López, Robert S. (1965). El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965

Cuando Asturias proclamó su independencia

Muy pocas personas saben que Asturias declaró su independencia de España en pleno siglo XX y así estuvo durante dos meses, que es más que los 8 segundos de Puigdemont o las 10 horas de Companys y menos que el cantón de Cartagena. Pero en cantidad de ridículo estuvimos a la altura de todos ellos.

Es verdad que, en dar la lata, otros nos han ganado, pero algunos de mis paisanos no decaen en el empeño de igualar a sus compatriotas de otras regiones y, 84 años después de los hechos que vamos a contar hoy, piden la oficialidad del asturiano (L’Asturianu) en la Plaza de la Catedral de Oviedo – nótese que ya no dicen Bable, lo cual daría para otra entrada-. Dice Jorge Bustos en su magnífico libro “Asombro y desencanto” que “madurar es ir despojándose de nacionalismo”, pues se ve que en Asturias hemos iniciado un proceso de regresión a la infancia. O que una parte del laborioso pueblo asturiano ha optado por dejar de trabajar para intentar vivir del cuento nacionalista a costa de todos los españoles, como hacen en otras regiones españolas; y así, en vez de emprender y hacer subir a una región cada día más despoblada y en decadencia, se dedican a mal hablar y mal escribir el castellano, fabulando que es otra lengua.

La Historia de Asturias es una Historia de grandeza, unidad de España y valentía ( por ejemplo: https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/ ). Sin embargo, de vez en cuando nos comportamos de forma grotesca. Hoy me voy a referir a aquel momento, en plena Guerra Civil, en que nos declaramos independientes de la República. El episodio es de traca; de traca dinamitera, dado el lugar.

Debemos situarnos en 1937. El frente norte estaba aislado del resto del frente republicano. Aunque hablamos de frente norte, la verdad es que cada uno (Vizcaya, Guipúzcoa, Cantabria y Asturias) iba por su cuenta sin coordinación salvo, como señalaba Largo caballero, cuando tenían que pedir dinero a la República.

El primero en caer fue el País Vasco (ya lo contamos en https://algodehistoria.home.blog/2019/11/29/traidores-el-pacto-de-santona/ ) y tras él, Cantabria. Asturias estaba rodeada por los nacionales tanto por el mar como por una brecha interna en la que se situaba Oviedo. Quedaba en manos republicanas parte de la cuña costera, parte de la zona minera y también parte de León que se unió a este proceso secesionista.

Figura destacada en todo este asunto fue la de Belarmino Tomás, minero, nacido en Aguilar de Campos, en Valladolid, de ascendencia gijonesa, pero criado Sama de Langreo que siempre fue un revolucionario,  un “revoltosu”. Se inició en política de la mano del padre del socialismo asturiano, Manuel Llaneza. Participó en la huelga de 1917, para acabar siendo una de las puntas de lanza de la Revolución del 34, tras la que fue detenido por los disturbios ocasionados. El Frente Popular lo liberó de la cárcel y le puso al frente de sus instituciones en Asturias durante la guerra. Muchos han querido ver en Belarmino a un héroe defensor de los más desfavorecidos que lucho siempre por ellos y que no tuvo más remedio que declarar la soberanía asturiana por el abandono en el que la República tenía al frente norte. Pero esa visión romántica que viene propiciada por el libro escrito por uno de sus nietos, no se sostiene por mucha ideología y mucho amor filial con la que se mire su historia. Sobre todo, porque por mal que estuvieran los suministros desde el bando republicano (partido en dos por la presencia intermedia de los nacionales) y por mucha presión que ejercieran los nacionales, nada obligaba a decretar la independencia y a dictar las leyes que veremos hizo.

Tras el Alzamiento del 18 de julio de 1936, Belarmino es nombrado presidente del Comité del Frente Popular en Sama de Langreo y posteriormente, Gobernador General de Asturias y, desde diciembre del 36, presidente del Consejo Interprovincial de Asturias y León, la autoridad regional en la que estaban representados partidos de izquierda como PSOE, Partido Comunista e Izquierda Republicana, además de sindicatos como SOMA-UGT, CNT o FAI. El 24 de agosto de 1937, deciden declarar la independencia de Asturias y parte de León del Gobierno de Madrid, presidido entonces por Juan Negrín. “Una República asturiana independiente”, decían en la declaración. Es decir, se trató de una escisión dentro del bando republicano. El Consejo pasó a llamarse Consejo Soberano de Asturias y León y estableció en Gijón su capital. Aquel movimiento contó con casi todas las organizaciones presentes en el Consejo, mostrándose contrario al mismo el partido comunista; los socialistas protestaron, pero se unieron.

En la declaración de independencia se dictó que “quedan íntegramente sometidos a este consejo todos los organismos civiles y militares que funcionen en lo sucesivo”

El talante de Belarmino se muestra en el discurso que pronunció al inicio de esta independencia

(…) Ni en la trinchera ni en la ciudad, ni en el taller ni en el campo, ni en el hogar ni en la calle, toleraremos la más leve actitud divergente ni la más leve palabra disconforme. No habrá ni siquiera petición que consideremos respetuosa. Nadie tiene nada que pedir. Nadie tiene sino obedecer y callar”[1]

Lo primero que hicieron fue crear una serie de comisiones que funcionaban a modo de “ministerios”, todos dirigidos por los miembros de los mencionados partidos y sindicatos de izquierdas. Estaban los departamentos de Guerra, Interior, Obras Públicas, Hacienda, Industria, Comunicaciones, Asistencia Social, Agricultura, Sanidad, Instrucción Pública, Marina y Pesca.

La noticia enfadó tanto a los dirigentes de la República que lo denominaron “cantonalismo” y lo denunciaron a la Sociedad de Naciones; de hecho, aunque no tuvieron contacto directo en los dos meses que duró la aventura, en las comunicaciones entre ambos sectores ( el asturiano y gobierno de la República), los insultos y la acusación de traición era el tono habitual de la conversación, sobre todo cuando Azaña llamó a Belarmino a Valencia, donde radicaba el gobierno de la República, pero el presidente asturiano no acudió. El ministro de Defensa, Indalecio Prieto, no los podía soportar. Tal y como escribió Manuel Azaña: «Prieto está indignado y dolido por la disparatada conducta de los asturianos». El mismo Azaña en sus “Memorias de Guerra” definió a Belarmino como personaje ambicioso, fanfarrón y funesto gobernante. Añadiría: «Belarmino Tomás y su desmesurada ambición de mando… las fanfarronadas sobre el triunfo fácil y la dirección de las operaciones han sido funestas…eso que han llamado “Gobiernín Soberano”… la formación de ese Gobierno extravagante y su conducta… no se ha visto causa más justa servida más torpemente, ni buena voluntad más tan fervorosa como la de los combatientes auténticos, peor aprovechada».

Una de las primeras órdenes que dio el nuevo Gobierno separado fue prohibir terminantemente la salida de cualquier persona del territorio asturiano, ni siquiera cuando arreciaban los bombardeos. Esta decisión creó problemas internacionales al no dejar que salieran de Asturias los extranjeros. Así, el Gobierno de la República recibió una queja de los Estados Unidos después de que los americanos enviaran un barco a recoger a sus nacionales al puerto de Gijón y no les permitieran embarcar. El Gobierno de Negrín se tuvo que disculpar a pesar de que el Consejo Soberano, simplemente, no obedecían a nadie. Muestra de la rebeldía astur, fue la gestión directa del escaso arsenal de armas, las provisiones y alimentos de la población y el acomodo de los refugiados vascos y santanderinos, sin permitir injerencia del gobierno republicano.

Promulgó 52 edictos, muchos sobre cuestiones económicas o de seguridad ciudadana. Celebró 51 causas políticas que se saldaron con 17 penas de muerte, de las cuales al final solo se ejecutaron tres.”[2]

Como se consideraban una nación independiente crearon su propio sistema de correos, emitieron moneda y sellos. Los billetes fueron conocidos como los “belarminos” y ambos- moneda y sellos- son muy cotizados en el mundo filatélico.

Pero los belarminos no fueron la única moneda en circulación, también emitieron pesetas en cartón. Realmente, toda la moneda “acuñada” (los belarminos y la de cartón) se podría considerar como un gran engaño, pues el Gobiernín obligaba a la gente a entregar las pesetas de curso ordinario a cambio de aquellos papelitos que carecían de valor monetario.

En su organización de la vida diaria, Tomás estableció un sistema dictatorial. Cerró todos los establecimientos hosteleros, salvo hoteles, hasta nueva orden. “Estableció el toque de queda a las 22.00 horas y extendió el Estado de sitio a toda la región. Prohibió la posesión de armas, los aparatos de radio y el traslado por carretera sin el correspondiente permiso” [ se requería un pase nominal expedido por autoridad civil o militar]. Implantó la censura sobre cualquier tipo de publicación y comunicó que aplicaría la pena de muerte sobre cualquier espía. “Y, por si fuera poco, algunos de sus consejeros iniciaron contactos internacionales con organismos como la Sociedad de Naciones, como si fuera un estado. Comunicaron que, de continuar los bombardeos sobre Gijón, fusilarían a todos los presos políticos. Esto sentó muy mal en el Consejo de Ministros de la República, que hizo llegar a Tomás su “sorpresa y disgusto”. [3] Cumplió su amenaza y mandó ejecutar a 115 presos políticos. Desde entonces pasó a ser apodado en la región como “la bestia”. Mote que se extendió cuando puso a decenas de mujeres y hombres en un barco prisión en el puerto de “El Musel” de Gijón como escudos humanos para defender la flota de la “republicanina”.

Azaña dice del aquel gobierno lo siguiente:

“(…) Del Gobiernín Prada dice pestes. El más señalado era Belarmino Tomás, enteramente sometido a la CNT. La política que se seguía allí servía para fabricar fascistas. En Gijón, incautándose del pequeño comercio, de las pequeñas propiedades…, han logrado hacerse odiosos. Encarcelaba a niños de 8 años porque sus padres eran fascistas y a muchachas de 16 o 18 años, sobre todo si eran guapas”[4]

Uno de los grandes errores de estrategia que se le achacan a Tomás fue despreciar la amenaza interior que suponía la quinta columna dentro del territorio asturiano. Fue advertido por el Gobierno republicano y no hizo caso. Aquello fue la causa de la caía de Gijón. En vez de eso, cuando la resistencia va cediendo, él se envalentonaba gritando “la semana que viene tomamos café en Oviedo”. Plaza mítica que pretendían someter, como si de otro Alcázar se tratara.

Otro de sus errores, cuenta Menéndez García, es arrancarle el mando militar al general Gámir, jefe supremo del Ejército del Norte, para otorgárselo al coronel Prada, que «fue retrocediendo arrollado por la superioridad numérica y moral de los adversarios». Muchos de sus soldados perecen tratando de conquistar alguna bandera o ametralladora enemiga, por las que el Consejo Soberano de Asturias ofrece 4.000 y 2.000 pesetas respectivamente. Como se ve, todo por la patria.

Las fuerzas del Gobierno asturiano decrecen y al llegar el mes de octubre se ven acorraladas por los nacionales, que entran en Gijón el 20 de octubre de 1937. El coronel Prada que había propuesto concentrar las tropas en los puertos de Gijón, Candás y Avilés para resistir mejor, recibe la orden dada por el Gobiernín de aguantar la ofensiva nacional. Sin embargo, al ver que Belarmino y su gobierno emprenden la huida en un barco inglés (como había hecho el PNV en el País Vasco meses antes) decide embarcarse también y dejar a la población republicana asturiana desamparada a su suerte. Tomás se dirige por mar hacia zona republicana, donde a lo largo de la Guerra Civil ejerce varios cargos. Esto es realmente sorprendente, pues en vez de ser juzgado por traición, tal como era considerado por todos los dirigentes republicanos, le aceptan de nuevo en sus filas. La victoria nacional le pone en camino hacia el exilio en México, en cuya capital fallece en 1950, con 58 años.

Sin embargo, aunque algunos señalan que vivió en la más absoluta honradez en México ejerciendo de representante de una fábrica de alpargatas, no son menos los que sospechan que su vida no estuvo tan apretada en lo económico, pues hay dos sucesos poco claros ocurridos bajo su gobierno: en el 36, cuando fue nombrado Gobernador, se produce el saqueo del castillo de Blimea en el que se encontraban obras y muebles de valor artístico incalculable; y durante el Gobiernín se ordenó bajo la amenaza de pena de muerte la confiscación de todo el oro y joyas existentes en sus dominios. De ese tesoro nunca más se supo.

En todo caso, cabe decir de Belarmino Tomás que era una perla en sí mismo.

BIBLIOGRAFÍA

AZAÑA, Manuel. “Memorias políticas y de Guerra”. Ed Crítica. 1978.

MENENDEZ GARCIA, Juan José. “Belarmino Tomás soberano de Asturias”. Biblioteca Julio Somoza. Temas de Investigación Asturiana, nº 24. Silverio Cañada editor. 2000

MOA, Pío. “El derrumbe de la Segunda República y la Guerra Civil” Ediciones Encuentro. 2001

VIANA Israel. ABC “El socialista que declaró la independencia de Asturias en plena Guerra Civil y desafió a la República”. https://www.abc.es/historia/abci-socialista-declaro-independencia-asturias-plena-guerra-civil-y-desafio-republica-202003262309_noticia.html

ROJO PINILLA, Jesús. “Grandes Traidores a España”. Ed. El gran Capitán. 2017

[1] Jesús Rojo Pinilla. Grandes Traidores a España.

[2] Israel Viana. ABC “El socialista que declaró la independencia de Asturias en plena Guerra Civil y desafió a la República

[3] Israel Viana. ABC “El socialista que declaró la independencia de Asturias en plena Guerra Civil y desafió a la República

[4] Manuel Azaña. “Memorias políticas y de guerra”.

LA REGULACIÓN SOCIAL EN ESPAÑA. LA SEGURIDAD SOCIAL

Hoy vamos a adentrarnos en la evolución histórica de la regulación protectora de los trabajadores. La cuestión social tiene otras muchas ramificaciones, pero sólo vamos a centrarnos en este aspecto, cuyo culmen fue la creación de la Seguridad Social.

La tradición liberal en el siglo XIX había identificado la “cuestión social” con la “cuestión obrera”. El estallido de la Comuna de París suscitó una respuesta defensiva por parte de las clases medias y de las oligarquías gobernantes en toda Europa. España no fue una excepción y personalidades de todo signo político llaman a levantar una barrera defensiva contra la revolución social.

Es Cánovas el primero que intenta una solución diferente; en vez de combatir la fuerza de la revolución obrera con la fuerza del Estado, buscó el modo de integrar a los obreros en la sociedad mediante una serie de medidas que denominó de reforma social. En esta línea, se presenta en 1876 una primera ley sobre asociaciones obreras defendida por el Marqués de Cáceres, el cual expuso en el Senado que “la cuestión social es el problema más importante de nuestros tiempos”. A pesar de esa visión, la norma cayó en el vacío. La primera plasmación de aquellas reformas sociales no llegará hasta finales de 1883 con la creación de la Comisión de Reformas Sociales.

El gobierno lo presidía Posada Herrera y Cánovas del Castillo fue designado presidente de la Comisión, cuando Cánovas retorna al gobierno la presidencia recae el Segismundo Moret. En ella hay representantes de los monárquicos (de los dos partidos turnantes), y también de los republicanos. La tarea de la Comisión además de informativa y consultiva, recaía especialmente en preparar la legislación protectora de los trabajadores que debía versar según su ley fundacional en: jurados mixtos, cajas de socorro, regulación del trabajo femenino e infantil, higiene y sanidad en talleres o fábricas, crédito agrícola, reforma de las leyes desamortizadoras, sociedades de socorros mutuos y cooperativas, viviendas para obreros… Los proyectos de Ley estudiados en aquella comisión fueron los del descanso dominical, la ley sobre el trabajo de la mujer y de los niños, la ley de accidentes de trabajo y numerosas las publicaciones de la Comisión sobre temas sociales, que influyeron decisivamente en las leyes posteriores.

En 1903, la Comisión pasó a denominarse Instituto de Reformas Sociales y su presidencia recayó en Gumersindo Azcárate. A Pablo Iglesias, fundador del PSOE, se le invitó a participar, pero se negó a aceptar esta colaboración.

En 1891, como hemos hecho notar, cambió la mentalidad gobernante frente a los problemas sociales, pero no vino sólo de la mano de los trabajos de la Comisión sino del impacto de posiciones semejantes en el ámbito internacional. Destacan la Conferencia de Berlín sobre cuestiones obreras, convocada por el Kaiser Guillermo II y, sobre todo, la publicación de la encíclica Rerum novarum por León XIII.

El Kaiser siguiendo los postulados de Lorenz von Stein pretende construir la institución monárquica sobre una base racional y social en virtud del principio del interés recíproco entre propietarios y no propietarios. Para Stein la oposición dialéctica entre capital y trabajo no se supera por la lucha de clases sino por la superación armónica de los contrarios. Para que funcione ese interés recíproco debe existir un aval protector que presta el Estado, en el caso alemán de entonces, la monarquía.

La Rerum novarum por su parte ejerció gran influencia en la defensa de los trabajadores. Manifestaba su apoyo al asociacionismo obrero al tiempo que defendía la propiedad y alentaba la armonía y búsqueda conjunta de soluciones entre gobiernos, trabajadores, empresas y la Iglesia para logar un equilibrio en las rentas, para lograr la justicia social en la economía y la industria. Sentó las bases de la doctrina social de la Iglesia e influyó decisivamente en los gobiernos conservadores.

Cánovas admite el intervencionismo estatal como ordenador del sistema social e instrumento de la reforma y señala la posición subsidiaria del Estado en materia económica y asistencial. Afirma que al Estado le incumbe la política fiscal, la limitación al derecho absoluto a la propiedad y afirma la necesaria intervención estatal en los contratos reguladores del trabajo, entre otras acciones. Se rompía así con un principio que había surgido en 1790 al declararse libre el ejercicio de las industrias, decretando la plena libertad para la instalación de talleres. Esta situación dejaba la protección de riesgos de los trabajadores a la voluntad del patrono y fue el germen para que se acabaran creando diversas asociaciones obreras dispuestas a la revolución. De aquellos conflictos surgen esta nueva visión de las relaciones sociales y la posición estatal al respecto. En España, sólo a partir de 1869, se permitió el ejercicio del derecho de asociación, siempre que no tuviera carácter profesional o sindical, y bajo este marco legal se desarrollaron las sociedades de socorros mutuos, Montes de Piedad etc.

Como se ve la evolución en España de los sistemas de protección frente a los riesgos sociales sigue las pautas clásicas. Si hasta finales del siglo XIX el antecedente remoto se situaba, como en el resto de Europa, en los Gremios y formas semejantes o variaciones de los mismos como cofradías o hermandades y desde el siglo XVIII los montepíos, que buscaban el amparo a los trabajadores en caso de infortunio; Cánovas nos introduce en posiciones semejantes a otros países del entorno.

Se suele señalar que, la verdadera legislación social en España arranca en 1900 con la Ley de accidentes de trabajo que Dato recuperó de los trabajos de la Comisión de Reformas Sociales y logró plasmar de manera práctica. La Ley de 30 de enero de 1900, introduce el principio de responsabilidad objetiva del empresario: por el mero hecho de desarrollar una actividad industrial de la que obtiene beneficios, se le atribuye la obligación de responder de los daños que se produzcan en su fábrica, tenga culpa directa de ellos o no.  Sin embargo, el seguro de accidentes se configura como voluntario, y solo afecta a algunos sectores productivos, con lo que su efectividad real en la sociedad es muy reducida. De modo paralelo y complementario, naciendo en ese año las primeras Mutuas Patronales de Accidentes de Trabajo, creándose la primera de ellas en Vitoria en marzo de 1900. Entre 1900 y 1921, aparecen 18 Mutuas de Accidentes de Trabajo en España. Las mutuas se configuran como aseguradoras del riesgo de accidente de trabajo, junto con las sociedades mercantiles de seguros. Tenían carácter voluntario y sus principios de funcionamiento se basaban en las antiguas instituciones mutualistas (de carácter gremial).

Como un elemento más de esta regulación se aprueba la ley de Inspección del trabajo de 1904 y en 1908 se crea el Instituto Nacional de Previsión (INP), organismo que se mantiene hasta 1978. Tenía como objetivos gestionar la Caja de Pensión Central, difundir e inculcar la previsión popular en relación con las pensiones de retiro y administrar la mutualidad de asociados que voluntariamente se constituyera bajo su patronato. Posteriormente, el propio Instituto se convirtió en gestor directo de la protección establecida como obligatoria de algunos riesgos sociales en colaboración con otras entidades (cajas de ahorro, por ejemplo).

Se inicia así un largo periodo que podemos datar entre 1900 y 1963, que se caracteriza por la contemplación de cada riesgo de forma aislada, por lo que proliferaron los seguros sociales, en un corpus legal complejo y difuso.

En 1919, se constituyó el primer seguro social obligatorio, el seguro de vejez o retiro obrero, y por atracción con el mismo surgieron la obligatoriedad en la afiliación y la cotización tripartita entre obreros, patronos y administración. Siendo consciente el gobierno de la dispersión asistencial existente, comenzó a trabajar en la coordinación e integración de los diversos seguros: el 20 de noviembre de 1919, se aprobó un decreto que señalaba el plan de seguros sociales que debía administrar el INP, aunque sin llegar aún al establecimiento de un sistema totalmente integrado de Seguridad Social.

En la dictadura de Primo de Rivera hubo una auténtica preocupación social, de hecho, hubo un intento para que se homologasen en España los principios internacionales del Derecho del Trabajo. Así, en el proyecto de constitución con el que Primo de Rivera pretendió la institucionalización de su régimen político, se reconocían algunos derechos sociales. En la dictadura se aprobó el subsidio a familias numerosas en 1926 y el seguro de maternidad en 1929. El primero, concedía protección a las familias numerosas (de 8 o más hijos) de funcionarios públicos y obreros. Con respecto al seguro de maternidad, tiene su fundamento en los estudios de la Comisión de Reformas Sociales y en la Primera Conferencia Internacional del Trabajo, celebrada en Washington en 1919, en la que España se comprometió, con otros 40 Estados, a que la obrera tuviera derecho a descansar 6 semanas antes del parto y a que se le prohibiese trabajar hasta 6 semanas después. No obstante, la puesta en marcha del seguro se demoró hasta los primeros meses de la Segunda República, Decreto de 26 de mayo de 1931, que incluyó, además, la regulación del pago trimestral de las cuotas de las aseguradas. Así pues, a partir del 1 de octubre de 1931, quedaban aseguradas todas las mujeres de 16 a 50 años por inscripción en el retiro obrero obligatorio: obreras, empleadas, trabajadoras a domicilio, etc., tanto casadas como viudas o solteras. El pago de parte de la cuota por las obreras fue rechazado por organizaciones sindicales como la CNT.

Durante la Segunda República, se hace obligatorio para el empresario contratar un seguro de accidentes para sus empleados, bien con una entidad pública (Caja Nacional del Seguro de Accidentes de Trabajo), con una mutua o con una compañía de seguros, por lo que en aquellos momentos las mutuas gestionaban el riesgo derivado del accidente de trabajo en competencia con las compañías mercantiles de seguros (1933). También se creó una inspección de seguros sociales (1935) y una sistematización de las enfermedades profesiones (Ley de 13 de julio de 1936). Antes de esa fecha, la protección de las enfermedades profesionales se realizaba por una interpretación extensiva de la legislación de accidentes en virtud de la jurisprudencia del Tribunal Supremo. La República no alcanza a aprobar grandes normas en esta materia, pero sí estableció en el artículo 43 de la Constitución de 1931 que el Estado español “prestará asistencia a los enfermos y ancianos, y protección a la maternidad y a la infancia’’ y en el artículo 46, que “La República asegurará a todo trabajador las condiciones necesarias de una existencia digna. Su legislación social regulará: los casos de seguro de enfermedad, accidente, paro forzoso, vejez, invalidez y muerte; el trabajo de las mujeres y de los jóvenes y especialmente la protección de la maternidad…”. La importancia de estos artículos estriba en que por primera vez en España el Estado está obligado a garantizar y vigilar el cumplimiento de los derechos sociales.

Durante la Guerra Civil, la legislación de los seguros sociales se escindió y se duplicó; existiendo una legislación en la zona republicana y otra en la nacional. En el bando republicano, Federica Montseny, Ministra de Sanidad y Asistencia Social, manifestó una especial preocupación hacia la maternidad, infancia y minusválidos. Sin embargo, sus propuestas nunca se plasmaron en nada concreto. En el nacional, el Fuero del Trabajo contuvo un programa de seguridad social en su Declaración X: “la previsión proporcionará al trabajador la seguridad en el infortunio…a cuyo efecto se incrementarán los seguros sociales de vejez, invalidez, maternidad, accidentes de trabajo, enfermedades profesionales, tuberculosis y paro forzoso, tendiéndose a la implantación de un seguro total…y de modo primordial se atenderá a dotar a los trabajadores ancianos de un retiro suficiente…”

Bajo esa Ley fundamental del Reino a la que se unirá el Fuero de los Españoles, el franquismo desarrolló una destacada política social e impulsó definitivamente la Seguridad Social, tal y como la conocemos.

En los primeros años, cabe destacar la ley de 18 de julio de 1938, por la que se instituye el subsidio familiar, que sería el punto de partida de una preocupación, desde la perspectiva de las políticas natalistas, de la protección a la familia.  Esta apuesta por la protección a la familia tuvo diversas manifestaciones durante el régimen. Así aquella ley del 38, proporcionaba, a los trabajadores por cuenta ajena que no tuvieran más ingresos que los laborales, un auxilio económico en razón del número de hijos que convivieran en el mismo hogar familiar hasta los 23 años de edad. Era la misma cantidad para todos los asegurados, lo que fue modificado en 1945 al crear un sistema de puntos en virtud de las cargas familiares lo que graduaba la cuantía de la prestación.

A lo largo de los años 40 se dio protección a las viudas, creando la pensión de viudedad y otra serie de subsidios como los de nupcialidad y premios a la natalidad.

Además, en aquellos los primeros años se vivió una etapa de proliferación de seguros diversos, como el de vejez (Ley de 1 de septiembre de 1939) que sustituía al de retiro obrero y que establecía unas pagas fijas por día trabajado. A este seguro de vejez se le vinculó, en 1947, la protección de las situaciones de invalidez derivada de accidentes no laborales y de enfermedades comunes (SOVI). En 1955, el seguro de vejez e invalidez quedó convertido en el seguro de vejez, invalidez y muerte, que incluía el riesgo de muerte por contingencias no profesionales e indemnizaba a los herederos en primer grado.

Entre los aspectos más innovadores destaca que, en 1941, se creara el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE), que protegía a los trabajadores, sus cónyuges, y condicionadamente a los ascendientes y descendientes, en casos de enfermedad: bien en la asistencia sanitaria, bien en caso de maternidad, aportaba compensaciones económicas por la pérdida retributiva, e indemnización por gastos funerarios. A él se adicionará, en 1961, el Seguro Nacional de Desempleo.

A partir de los años 40, debido a la baja cuantía de los seguros sociales estatales, se empiezan a complementar los mismos por un sistema paralelo, también obligatorio, se trata de las mutualidades laborales, cuyo origen ya vimos (año 1900), pero que se asienta ahora sobre las bases de la Ley de Mutualidades Libres de 6 de diciembre de 1941, sistema reorganizado en 1954. Se trataba de entidades no estatales, de personalidad jurídica plena y autonomía administrativa, aunque vinculadas al Ministerio de Trabajo. Las Mutuas se estructuraban por ramas de producción, lo que complicará aún más la problemática de descoordinación y atomización de los seguros sociales. Por poner algunos ejemplos, la orden de 14 de octubre de 1951 crea el Montepío Marítimo Nacional; los decretos de 17 de marzo y de 23 de abril de 1959 crean respectivamente, el Montepío de Servicio doméstico y la Mutualidad Nacional de Previsión Agraria, el mutualismo administrativo que, habiendo nacido en 1926, se reestructura en 1941 y evoluciona hasta nuestros días; también nacen las mutuas profesionales, externas a los seguros sociales, como las mutualidades de la abogacía o farmacéuticos.

Igual que llevamos viendo desde 1900, todo este entramado asegurador, perdía eficacia por su falta de coordinación, motivo por el que desde 1948 y, sobre todo, a partir de 1949 se establecen los seguros sociales unificados. Aún con disfunciones. Es en 1957 cuando en el INP, su presidente, Jordana de Pozas, prepara un Plan Nacional de Seguridad Social. El plan fue aprobado y elevado al Ministro de Trabajo en 1959. Se da orden de trabajar sobre el mismo en diversas comisiones y foros, pero la unificación tarda en cristalizar.

Paralelamente, se busca el desarrollo de otros derechos sociales. Tal es el caso de la Ley sobre Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer (1961) que vino de la mano de Pilar Primo de Rivera, procuradora en Cortes. En su artículo primero decía: “La Ley reconoce a la mujer los mismos derechos que al varón para el ejercicio de toda clase de actividades políticas, profesionales y de trabajo, sin más limitaciones que las establecidas en la presente Ley”. Esa legislación vino a aumentar las normas destinadas a fomentar el principio de igualdad de oportunidades en la sociedad, que se centraba en el derecho a la formación profesional y a la educación general; a la asistencia social, con la creación de comedores, guarderías y residencia para mayores; ayudando a los migrantes, el ya visto de apoyo a las familias numerosas y el desarrollo del cooperativismo …

Pero el gran salto en la protección social se dio en 1963. Aquellos trabajos de Jordana de Pozas logran plasmarse en la Ley de Bases de la Seguridad Social del 28 de diciembre de 1963, que integra a los seguros precedentes, y abarca un universo que incluye a todos los trabajadores de cuenta ajena, propia, a sus familiares, y aquellos que por su situación laboral entrasen en régimen especial, como funcionarios civiles y militares, estudiantes, socios cooperativistas y servicio doméstico. La ley contempla dar la misma protección que a los españoles a los hispanoamericanos, filipinos, andorranos, portugueses y brasileños. La ley se mostrará en un texto refundido en 1966 que entra en vigor en 1967.

Si la ley pudo aprobarse se debió a la mejora económica que trajeron los planes de estabilización permitiendo financiar el nuevo sistema. El cual se perfeccionó con la Ley de Régimen Especial Agrario en 1966 que daba cobertura a los trabajadores del campo. Coadyuvada en esta tarea por la Ordenanza General del Campo de 1969 y la Ley de Empleo Comunitario de 1970.

El sistema de seguridad social establecido logró la creación de una red sanitaria compuesta por más de 150 hospitales y miles de ambulatorios.

Con la llegada de la democracia, la constitución de 1978 estableció en su artículo 41 que:

‘’Los poderes públicos mantendrán un régimen público de Seguridad Social para todos los ciudadanos, que garantice la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente, en caso de desempleo. La asistencia y prestaciones complementarias serán libres.”

Pero incluso antes de promulgarse la Constitución, los Pactos de la Moncloa de 1977, a través del Real decreto ley 36/1978, de 16 de noviembre, rediseñó el esquema de la gestión administrativa de las prestaciones.

Con el devenir del tiempo se ha modificado el sistema prestacional y sanitario por una actuación, que debiera ser conjunta entre el Estado y las Comunidades autónomas, y sobre la que no vamos a hablar ahora. También merecería un repaso el actual sistema de pensiones y su financiación, pero todos esos y otros colaterales son asuntos de absoluta actualidad, es decir, como señalaría mi admirado profesor Ferrero, “no está morto”. Y lo que está vivo, el profesor italiano lo calificaba como propio del periodismo o, en este caso, de la economía actual, pero no de la Historia.

BIBLIOGRAFIA

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del Siglo XIX”. Ed Espasa. 1978.

ORELLA, José Luis. “El origen olvidado de la Seguridad Social”. Revista Afán. 2020

PUERTO RICO, LA CONSUMACIÓN DEL DESASTRE

En Puerto Rico, al igual que en Cuba, los movimientos independentistas de otras provincias españolas en América no habían hecho mella, de manera que se mantuvieron ajenas a los mismos durante mucho tiempo. En cambio, los problemas internos en la península, en constante inestabilidad, sí determinaron muchos más problemas de los esperados; al fin y al cabo, España entre 1833 y 1892 tuvo setenta y cinco gobiernos, de los cuales sesenta y ocho estuvieron en el poder menos de dos años; el más prolongando duró cuatro años y siete meses. A lo que hay que unir varias guerras internas y numerosos levantamientos. El contexto ya lo vimos en la entrada sobre las Guerras de independencia de Cuba.

https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/

https://algodehistoria.home.blog/2021/04/09/la-tercera-guerra-de-independencia-cubana-y-sus-consecuencias/

Pero el devenir de Puerto Rico y Cuba fue diferente y se fue distanciando más a medida que avanzaba la centuria. Las situaciones económicas, sociales y políticas de ambas islas marcaron las distancias y su final. Mientras Cuba logro su independencia de España a costa de pelear tres destacadas guerras; Puerto Rico, después de un fugaz ensayo de gobierno autonómico que parecía colmar las aspiraciones criollas, pasó como botín de guerra a los Estados Unidos de América.

El Interés americano también fue distinto. Por Puerto Rico apenas habían mostrado atracción hasta 1867, año en el que intentaron infructuosamente comprar los islotes de Culebra y Culebrita. Se trataba de un interés logístico naval para tener estaciones carboneras en su intento de dominar el Caribe, pero no volvieron sobre ello.

Por su parte, la sociedad portorriqueña era esencialmente agraria, con una burguesía de hacendados cultivadores de azúcar y café y una población abundante de trabajadores ajenos a toda civilización y cultura (el 80 % de la población era analfabeta en 1881). Su comercio, se basaba en el consumo interno que poco a poco evolucionó hasta tener un intercambio más o menos destacado con los Estados Unidos.

Tampoco España se ocupaba mucho de lo que pasaba en la isla, ni atendía como debía la instrucción y cuidado de la población ni los funcionarios españoles destacados en la isla brillaban por su honradez.

Los criollos que querían y tenían posibilidades de estudiar iban a EE.UU, Francia o España y así surgió en ellos el ideal del autonomismo. Pero ese movimiento autonomista criollo de Puerto Rico no cristaliza, hasta la década de los 80 del Siglo XIX.  Si bien antes ya tuvieron entrada algunos partidos políticos tras el movimiento de la “Boicotizadora” (sociedad secreta surgida en 1886 cuyo objetivo era boicotear los productos y a los comerciantes españoles para favorecer a los portorriqueños. Su idea originaria nace a imitación de un movimiento semejante irlandés que pretendía devolver la posesión de las tierras a los irlandeses frente a los británicos). En 1887, se asentaron las bases del Partido autonomista, que surge de la evolución del partido liberal reformista (el primero en fundarse). Fue en la Asamblea de Ponce donde marca sus orígenes de este partido y del movimiento que lleva a la consecución de la autonomía isleña. El 7 de marzo (1887), en el Teatro de la Perla en Ponce, que se constituye la asamblea general. Los días 8 y 9 de marzo (1887), se crean las bases del Plan de Ponce y posteriormente se constituye la delegación provisional. El resultado de todo lo mencionado se va a manifestar con una campaña de divulgación y promoción del ideal autonomista, con miras a retar en las urnas el control de los incondicionales (partidarios de seguir unidos a España).  Como ya pasaba en Cuba, unos a favor de establecer un autogobierno y otros a favor de la metrópoli. Varios días después de terminar la asamblea, el 23 de marzo de ese mismo año arriba a San Juan el nuevo Gobernador y Capitán General, el Teniente General Romualdo Palacios, el cual inicia una persecución de los autonomistas, lo que lleva a la cárcel a Baldority, Cepeda, Ramón Marín y cientos de simpatizantes. El revuelo fue tal, que el Gobierno en Madrid, destituye al capitán General en el mismo año que lo nombró, 1887.  Tras estos hechos, el Partido Autonomista se fracturó en diferentes facciones y divisiones internas que lo debilitaron. Una de esas facciones la dirigió Luis Muñoz Rivera, que consideraba que la autonomía de la isla se lograría con la unión o afiliación del partido con uno de la metrópoli. Por eso inició contactos con Sagasta y el Partido Liberal Español. En 1896 logró la autonomía para Puerto Rico.

La insurrección cubana había tenido mucho que ver en estos acontecimientos y también los exiliados portorriqueños en EE.UU los cuales se inclinaban, bien por la independencia total de España, bien por la anexión a EE.UU, bien en crear una entente antillana uniéndose a Cuba.  El llamado Club Borinquén, fundado en Nueva York, entró en contacto con el Partido Revolucionario cubano en 1892 y prácticamente se convirtió en una sección de éste. Pero su relación no era fácil; los cubanos pretendían someter al partido portorriqueño a su dirección; de manera subordinada. Por eso la idea posterior fue crear un partido Revolucionario portorriqueño, pero acabaron aceptando la subordinación al Partido Revolucionario Cubano.

La situación interna no fue más allá por cuanto al estallar la guerra hispano-norteamericana en 1898 hubo en Puerto Rico grandes manifestaciones de fidelidad a España. El Capitán General, Macías, recibió todo tipo de apoyo por parte de la población que no ignoraba el apetito de los EE.UU sobre Puerto Rico.

La decisión norteamericana de conquistar y retener la isla surgió tras pactar la independencia de Cuba en su guerra con España, como ya vimos.

Si Cuba no estaba bajo su dominio para lograr su estrategia de defensa de sus costas, ese papel bien podía hacerlo Puerto Rico. Así se preparó una expedición desde Florida, capitaneada por el General Miles para la toma de Puerto Rico. Se desató una euforia patriótica en los primeros momentos en Puerto Rico, pero la clara inferioridad de la Marina española transformó la euforia en una ola de pesimismo y depresión.

El 25 de julio, el navío Gloucester desembarca las primeras tropas norteamericanas en Guánica, cerca de Ponce. No hubo defensa posible. Ponce fue ocupado el 28 de julio. En una campaña de diecinueve días los norteamericanos se apoderaron de la isla. El 12 de agosto se firmaba el armisticio en el que se reconocía la ocupación militar de Puerto Rico, por lo que la capital, San Juan, se entregó pacíficamente.

La aceptación española de la situación se hizo internacionalmente patente con la firma del tratado de París- 10 de diciembre de 1898-. Con él se inició el trauma colectivo provocado por el desastre del 98.

Sin embargo, la pérdida de las perlas antillanas, Cuba y Puerto Rico, dio lugar a una bonita tradición. Se cuenta que mientras Cervera perdía en la batalla de Santiago de Cuba, un barco mercante español se encaminaba al bloqueado puerto de San Juan con la orden expresa de perder, si era necesario, el barco, pero salvar el cargamento consistente en armas y otros pertrechos. El barco fue bombardeado por los norteamericanos, pero su capitán consiguió embarrancarlo en la costa y poco a poco ir sacando la mercancía. Hasta que un cañonazo certero de los norteamericanos, pocos días después, destruyó por completo el navío. Un marinero del mismo, aun mal herido, logró nadar hasta la orilla y poco antes de morir entregar la bandera española a un portorriqueño con la solicitud de que no la “agarraran” los estadounidenses. El portorriqueño cumplió su misión y llevó la enseña a las monjas españolas de la orden de las Siervas de María, instaladas en la isla desde 1897, que atendían un hospital junto al puerto. Desde entonces, cuando entraba o salía un barco español del puerto de San Juan, las monjas hacían ondear desde la galería del hospital la bandera española. Esta costumbre sigue en pie, más de cien años después.

BIBLIOGRAFIA

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del Siglo XIX”. Ed Espasa. 1978.

FONER, Philip S.” La guerra Hispano- cubana”. Ed Akal. 1995.

MOSCOSO, Francisco y CABRERA SALCEDO, Lizette. “Historia de Puerto Rico”. Ediciones Santillana, 2008.

LA PÉRDIDA DE FILIPINAS. LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS.

Los primeros asentamientos españoles en Cebú (en la zona central de la actual Filipinas) proceden de las expediciones realizadas por Miguel López de Legazpi, que se hizo acompañar de varios monjes agustinos y de un número no muy amplio de soldados. Su nieto, Juan de Salcedo conquistó la isla de Luzón (al norte de Filipinas, es la Isla más grande, la más poblada y en la que se sitúa Manila y Baler) y aseguró la sumisión de aquellos pueblos al dominio español. Fue López de Villalobos quien renombró aquel conjunto de islas (más de 7.000) con el nombre de Filipinas en honor del Infante español Felipe, futuro Felipe II. Cuando esto ocurrió (siglo XVI), la monarquía española se hallaba en la cumbre de su poder y sus dominios se extendían por los cuatro continentes. Tres siglos después, Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran los últimos retazos de ese añejo imperio ultramarino que una España sumida en constantes luchas internas pugnaba por preservar.

Ya hemos hablado de los problemas de Cuba y de la situación de las Carolinas. El contexto ya ha sido expuesto en aquellas entradas, sobre todo, en la tercera guerra de independencia cubana por ser tanto la pérdida de Cuba como la de Puerto Rico y la de Filipinas una consecuencia de la guerra hispano-norteamericana de finales del S XIX.

https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/

https://algodehistoria.home.blog/2021/04/09/la-tercera-guerra-de-independencia-cubana-y-sus-consecuencias/

https://algodehistoria.home.blog/2021/03/05/el-incidente-de-las-carolinas/

Realmente la parte armada de aquel enfrentamiento tuvo su inicio el 1 de mayo de 1898 en lo que sería a la postre la pérdida de Cavite. Pero antes de llegar a ese punto miremos qué ocurría en EE. UU para buscar estos enfrentamientos. Pues si Cuba podía ser un lugar estratégico para la defensa de las costas norteamericanas, Filipinas no tenía esa condición.

Los Estados Unidos en eran una potencia económica, habían completado su expansión territorial dentro de lo que hoy conocemos como territorio continental norteamericano y su economía quería otros mercados. A eso se unía un sector belicista muy volcado en considerar a EE. UU como una potencia que expandiera sus valores y dominara el mundo, dando salida con ello a una industria y actividad económica en plena ebullición; y a unas manifestaciones sociales, literarias y políticas que contribuirían, mediante el logro de posesiones ultramarinas, a acceder a una posición privilegiada en el contexto internacional.  

Como señalamos en otra entrada, la Conferencia de Berlín había supuesto el disparo de salida de una carrera imperialista que dominaba aquel país que tuviera más posesiones. EE. UU aspiraba a gran potencia, cuando las potencias de entonces eran europeas: Gran Bretaña, Francia y Alemania. A ello se unía su situación geográfica, sabían que controlar el Atlántico para enfrentarse a Europa no era tarea fácil; sin embargo, dominando el paso por Panamá conseguirían imperar en buena parte del Atlántico y del Pacífico. Ya en 1855, se había construido un paso ferroviario desde la costa atlántica a la de Pacífico en Panamá. Se construyó con capital norteamericano y era cuasi de propiedad norteamericana, debido a acuerdos en los que imponía su dominio. A ello se unía la proyección del canal de Panamá, también por los norteamericanos. El objetivo de dominar y expandirse por los territorios que el Pacífico les ofreciera se unía a la idea de alcanzar las costas asiáticas. La cuestión de extremo oriente adquirió mayor interés mundial desde la guerra chino-japonesa de 1894. Pero China era codiciada por franceses, rusos, japoneses y, por supuesto británicos. Estos llevaban comerciando con China o a costa de China- tras el cierre de fronteras a extranjeros en 1839- desde principios de siglo; demostrando con todo ello la debilidad del Imperio chino. Estados Unidos no pretendía inmiscuirse en el conflicto de intereses que se desarrollaban en esa parte del mundo desde hacía más de 50 años. Lo que buscaba era su propio territorio de expansión y dominio en un amplio territorio donde la debilidad de los imperios tradicionales le favorecía.  En ese contexto, Filipinas adquiría gran importancia. Era el culmen de una carrera por el Pacífico que había llevado a ocupar Hawái, French Frigate, Johnston, Palmira, Samoa Occidental, Midway, Wake, Guam y que supondría su influencia en el reparto de otras zonas, como vimos en el incidente de las Carolinas.

Mientras Estados Unidos florecía, España vivía en la inestabilidad más absoluta, sumida en una crisis política, sin recursos económicos para mantener una armada en condiciones adecuadas para defender sus provincias de ultramar. España se hallaba a merced del ansia colonizadora de las potencias europeas y de EE.UU. A ello había que unir el hecho de que, tras los movimientos independentistas de Hispanoamérica, el ansia soberanista interna se adueñó de todos los territorios de ultramar españoles. En este sentido, en Filipinas, desde 1896 se extendía la insurrección de los tagalos (sociedad secreta filipina de Katipunan). El Capitán General al mando, Fernando Primo de Rivera, aplicará una doble política basada en la actuación militar y la negociación que llevará al pacto de Bial-Na-Bató (23 de diciembre de 1897), por el que el líder tagalo Aguinaldo se expatriaba junto a otros cabecillas de la insurrección. Creyendo que la paz sería duradera, Sagasta nombro a Basilio Augustín en 1898 como Capitán General de Filipinas en sustitución de Primo de Rivera. Sin embargo, el optimismo español que consideraba que la situación cubana se podría solventar en poco tiempo, como creía haber solventado el problema filipino se vio superada por los acontecimientos y con un General al frente de las islas del Pacifico poco apropiado.

Aguinaldo, desde Hong Kong, tomará contacto con los estadounidenses por medio de su Cónsul en Singapur, quien le instigará -al igual que ocurrió en Cuba- al reinicio de la sublevación. No tuvo tiempo a retomar la lucha cuando ya Estados Unidos había declarado la guerra a España. La escuadra americana estaba formada por seis buques de guerra, modernos y bien equipados, cuyas andanadas tenían una superioridad de 30 a 15 en cañones de grueso y medio calibre frente a las españolas. Al mando de la flota americana estaba el Almirante Dewey, que salió de Hong Kong rumbo a las Filipinas. Con el fin de repeler esta agresión, el Almirante español Montojo situó sus barcos bajo la protección de la artillería de la fortaleza de Cavite. El 30 de abril entraba en la bahía la flota de Dewey. La lucha se produjo a distancias cada vez más cortas lo que supuso el incendio de las naves españolas que, mucho más viejas que las norteamericanas, carecían de coraza. De nada sirvió el valiente ataque de las naos Reina Cristina y Don Juan de Austria, saliendo de la zona más protegida y enfrentándose a la poderosa artillería enemiga. El 1 de mayo, tras pocas horas de combate, la plaza cayó en manos de los norteamericanos. El cierre del canal de Suez por parte británica a la flota del almirante Cámara supuso el eslabón que faltaba a la definitiva derrota española.

Esta contienda reanimó a los rebeldes filipinos. El Capitán General, Basilio Augustín, durante el ataque norteamericano a Cavite, y ante la amenaza norteamericana de bombardear Manila, concentró sus fuerzas en Manila alterando la defensa naval de Cavite y contribuyendo así un poco más a su derrota. Además, resultó imposible reunir a todos los destacamentos dispersos por la isla de Luzón. Algunos, trataron infructuosamente de abrirse camino entre la selva y los nativos; otros, demasiado pequeños para siquiera pensar en abandonar sus puestos, fueron capturados por los rebeldes. Entre otras cosas, porque Augustín organizó una milicia filipina dirigida por nativos leales, que, tras ser armados, desertaron y se pusieron al lado de Aguinaldo. El colmo llegó cuando, ante el desastre de sus actuaciones, decidió rendirse a los rebeldes filipinos. El Gobierno de España le destituyó de inmediato y nombró en su lugar a Fermín Jáudenes. El 13 de agosto de 1898, se produjo el envite estadounidense contra Manila, en aquel momento el objetivo último de ambos antagonistas era evitar que los rebeldes de Aguinaldo entraran en la ciudad, para lo cual los norteamericanos maniobraron, militarmente, para cerrarles el paso, y políticamente, permitiendo que buena parte de las defensas siguieran en manos españolas, cuyos soldados repelieron los desesperados intentos de los rebeldes por participar de la victoria. Manila se rindió el 14 de agosto, poniendo fin a más de 330 años de estancia española en el archipiélago.

Cuando la bandera estadounidense se alzó en Manila, se había sufrido una derrota contundente en Cavite y otra pactada en Manila, solo quedaba eso tan español de la heroicidad y de la victoria moral, la cual vendría de un grupo de soldados españoles y tres religiosos. Aquel grupo de hombres iba a soportar estoicamente el hambre, el tedio, el beriberi, los ataques de los filipinos y la carencia casi total de noticias del exterior, hasta convertir su sacrificio en una de las más honorables gestas de la historia de España. 

Al tiempo que se defendía Manila, en otro enclave de la isla de Luzón en la pequeña ciudad de Baler, de apenas 1.700 habitantes, un destacamento español quedó sitiado, aislado del resto de las tropas españolas, sin posibilidad de comunicación con el mando, y su respuesta fue una gesta de heroicidad real y cierta, que se ha llegado al gran público por la famosa película “Los últimos de Filipinas”.

Ya a finales de 1897, la zona había sido escenario de un enfrentamiento hispano-filipino. Ganada la posición y vuelta la calma, se enviaba desde Manila un nuevo destacamento de 50 soldados.

A finales de abril de 1898, en pleno enfrentamiento con los americanos, Baler quedó incomunicada por tierra, por lo que no llegó la noticia de la destrucción de la flota española en Cavite ni del cerco de Manila. La guarnición temía que en cualquier momento los rebeldes lanzaran un ataque a gran escala, por eso a finales de junio, los españoles se apresuraron a convertir la iglesia en su fortín.

Los defensores de Baler no eran unos locos, actuaron por el cumplimiento de su deber, el amor a España y el compañerismo. Sabían lo mal que trataban los insurrectos a los españoles, así que la mejor solución era resistir. El agua no fue un problema pues los zapadores de la guarnición lograron hacer un pozo y el agua no escaseó. Tuvieron la inmensa suerte de que en la Iglesia los franciscanos habían recibido unos 4.500 kilos de arroz sin pelar días antes del comienzo de las hostilidades, destinados a su acción misionera que no pudieron distribuir, lo que valió para sustento del grupo.   Asimismo, los españoles contaron con la ventaja de tener un armamento adecuado y municiones en abundancia.

En su acción de defensa, los nuestros reforzaron los muros, ya potentes de la iglesia – tenían metro y medio de grosos-, con paneles de madera, sacos de arena, mantas. También fueron reforzadas de igual manera las puertas y cegadas las ventanas, sólo quedaba al descubierto el espacio para el fusil y un pequeño tragaluz. Las dos alturas de la torre se afianzaron con tablones y sacos terreros protegiendo las dos posiciones de vigilancia. Los sacos salían de los víveres y la arena de la excavación del pozo y del suelo porque en aquel sitio todo era de utilidad; así, con las losas del suelo de la iglesia se construyó un horno que permitió cocer pan y varios hornillos para calentar el rancho cuando era necesario. En el exterior de la iglesia había dos trincheras, una que comunicaba entre sí las puertas de la iglesia y otra en el lado oeste que defendía las paredes de madera de la sacristía. La combinación de la fortificación interior y el sistema de trincheras en el perímetro exterior convirtió la iglesia en una fortaleza inexpugnable. El enemigo, consciente de ello, intentó incendiar la iglesia, dinamitarla, pero nunca asaltarla e intentar penetrar pues hubieran muerto y sus cuerpos hubieran servido de parapeto para los siguientes osados. De hecho, en todo el asedio sólo murieron dos españoles por arma de fuego y dos desertores que fueron fusilados. De tal modo, aguantaron un año 54 militares, pues al destacamento de Baler (“Batallón de cazadores Expedicionario nº2”) se unieron algunos militares más y tres franciscanos. Sobrevivieron 33 militares y 2 religiosos.

La mayoría de las bajas españolas se debieron enfermedades, provocadas por la mala alimentación y el hacinamiento continuado en un recinto reducido y oscuro. Estas condiciones insalubres favorecieron la propagación de la disentería y, sobre todo, del beriberi, una enfermedad originada por la carencia de vitaminas de los alimentos frescos, que puede ocasionar la muerte. Hasta el final del asedio murieron 15 defensores por estas enfermedades, entre ellos los oficiales De las Morenas y Alonso Zayas, por lo que tomó el mando del destacamento el Teniente Saturnino Martín Cerezo. El Teniente ordenó una salida nocturna para conseguir fruta fresca y airear el recinto, lo que conllevó la mejoría de los enfermos. A ello hay que unir 6 deserciones. Entre los rebeldes filipinos sitiadores se contabilizaron 700 bajas.

A finales de julio, llegaron a Baler varias columnas insurgentes que solicitaron de nuevo la rendición, a lo que el Capitán De las Morenas, que ejercía el mando, respondió: «La muerte es preferible a la deshonra».

En la supervivencia, contaron los españoles con algunos elementos a su favor. En primer lugar, los oficiales actuaron casi como padres de los soldados que en algunos casos a penas superan los 17 años. Fueron su sustento psicológico al que se unieron los tres franciscanos, los padres Gómez-Carreño, López y Minaya (el padre Félix Minaya, fue utilizado por los insurrectos filipinos como emisario para convencer al Capitán de las Morenas que entregase la plaza. La rendición no se produjo; y Minaya se negaría a salir de la iglesia tras concluir su embajada, compartiendo la suerte de los soldados españoles), sirvieron de apoyo espiritual a los sitiados además de asistir al cuidado de los enfermos y en la preparación para la partida a los agónicos.  A ello, se unió, que aquel destacamento contaba, algo excepcional en aquel momento de la historia, con médico y servicio sanitario militar.

Dado que las armas no provocaban su efecto, los filipinos emplearon otros sistemas para desestabilizar a los españoles, por ejemplo, ruidos nocturnos para impedirles dormir, paseos por delante de la iglesia de mujeres desnudas para recordarles otra de las carencias que tenían en su encierro.

Los ruidos fueron correspondidos en la Navidad de 1898 por un concierto de villancicos realizado por los españoles con instrumentos construidos por latas y otros utensilios. No sabían que apenas quince días antes se había firmado el tratado de París por el que España cedía a USA sus posesiones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, entre otros territorios. Sin embargo, aquel concierto sirvió para aumentar la moral de los sitiados. En febrero de 1899, los filipinos se rebelaron contra la ocupación norteamericana y necesitaban acabar con el sitio de Baler para concentrar sus fuerzas en otros lugares, por lo que intentaron demostrar a los españoles que habían perdido la guerra, pero los sitiados entendieron que lo que ocurría en verdad es que llegaban refuerzos, alimentando de nuevo la defensa del lugar. Prueba de que la moral se mantenía entre los sitiados es que se fabricó una nueva bandera, tras la destrucción de la existente que ondeaba en lo alto de la torre, confeccionada con las cortinas burdeos que cubrían las imágenes de los santos y un mosquitero de color pajizo. Eso ocurrió en mayo de 1899, cuando la situación era desesperada. En ese mismo mes y año, los filipinos intentaron sin éxito cegar el pozo para matarlos de sed.

Poco después llegó desde Manila un alto mando español con la misión de instar a los defensores a abandonar la resistencia. Para demostrarles que la guerra había terminado les dejó unos periódicos madrileños con noticias al respecto. Pero los defensores consideraron que se trataba de falsificaciones.

Dada la situación de escasez de alimentos, el Teniente preparó una salida nocturna que permitiera salir de Baler y encontrarse con los refuerzos españoles. Pero no fue posible, lo que le llevó a hojear los periódicos que le habían llevado y así, por otras noticias colaterales, comprendió que, efectivamente, España había perdido Filipinas. Comunicó a su tropa la situación y propuso parlamentar con los filipinos para acordar una capitulación. El 2 de junio de 1899, se arrió en Baler la bandera española. Los 35 supervivientes depusieron las armas y fueron conducidos a Manila. Desde allí los 33 militares viajaron en barco hasta Barcelona, donde se les recibió como a héroes.

Pero, extrañamente, el acta de capitulación firmada por Martín Cerezo (últimos estudios lo delatan como muy anticlerical), sólo se preocupa de especificar que la “fuerza sitiada” no quedaría como “prisionera de guerra” y que sería conducida hasta lugar seguro. En cambio, los dos franciscanos supervivientes que habían compartido las penalidades del sitio, fueron apresados por los insurrectos y sufrieron todavía muchos padecimientos por parte de los cabecillas de la revuelta, hasta que los americanos los liberaron.

Si esto lo sabemos hoy es por haberse encontrado el testimonio de fray Félix Minaya, gran hombre de fe, enorme patriota y un auténtico misionero que, cuando pudo, no aceptó volver a España, para seguir en Filipinas con su acción misionera. Murió allí.

También el Teniente Cerezo ha dejado testimonio escrito de aquel suceso.

BIBLIOGRAFIA

CHAVES PALACIOS, Julián. “La pérdida de Filipinas”. Editoa regional de Extremadura. 1998.

MINAYA, Fray Félix. “La Defensa de Baler. Los últimos de Filipinas”. Ed. Espuela de plata. 2016.

MARTÍN CEREZO, Saturnino. “El Sitio de Baler: (notas y recuerdos)”. Crítica. 2012