MULADÍES Y MOZÁRABES

Siempre que hemos tratado el tema de la Reconquista, lo hemos hecho desde el punto de vista de la España cristiana. Lo cual no debe dejar en el olvido la tarea que mudéjares y muladíes hicieron en el territorio hispano ocupado por el invasor musulmán.

La llegada de los musulmanes a España no fue un paseo militar por la resistencia de la cornisa cantábrica y parte de Galicia. Tras la oposición en las montañas astures, los invasores se atrevieron con alguna razia o aceifa esporádica en la España norteña, la más conocida fue la que realizaron contra Santiago de Compostela en el 997. Desde entonces, tras ser expulsados del reino de Asturias ( que abarcaba de oeste a este desde Galicia a lo que hoy es el País Vasco) la política musulmana consistió, de un lado, allí donde no gobernaban, en establecer el terror: matando, quemando iglesias, o haciendo esclavos. De otro, aplicaron una política en apariencia más “conciliadora” dentro del territorio que ya dominaban, con un cierto respeto a los seguidores de las religiones de libro: cristianos y judíos. A éstos se les denominaba dhimmi o protegidos. Esta tolerancia no se debía a la bondad del incursor sino a la necesidad de aprovechar el trabajo y destreza de estos conquistados, pues el invasor no tenía gente suficiente para sostener las armas, conquistar, guerrear y atender las poblaciones que dejaba en la retaguardia tras su avance. Esto fue así hasta la llegada de Almohades y Almorávides.

Aquella tolerancia determinó una sociedad invadida compuesta entre los musulmanes por árabes, sirios, yemeníes, bereberes y muladíes (cristianos conversos al islam); y, entre los cristianos, por los llamados mozárabes, que podían ser de origen godo o hispanorromano ( hispanos que se mantenían como cristianos), los judíos y los eslavos.

Hoy nos vamos a ocupar de mozárabes y muladíes

El término mozárabe no aparece hasta que un documento leonés los cita con ese nombre en 1024. En las crónicas árabes apenas se mencionan.

Aunque, los mozárabes estaban protegidos por la dhimma, el trato recibido, incluso en los mejores momentos- con los Omeyas- no dejó de ser el dispensado a un ser inferior al que se aplastaba a impuestos. Especialmente, dos: uno sobre la tierra y otro personal a cambio de que la comunidad islámica le perdonase la vida. Su cantidad fiscalmente obligatoria variaba, y su pago se hacía en público y bajo humillaciones; en el reinado de Abderramán III se abonaba cuatro veces al año. Especialmente sangrante fue la época de Almanzor.

Además de tener menos protección judicial que los musulmanes de origen, los cristianos tenían que aguantar que los emires y califas nombraran no sólo a los condes (jefes de la comunidad cristiana) y a los recaudadores de impuestos, sino, también a los obispos. Asimismo, tenían prohibido construir nuevas iglesias o tocar las campanas.

Bat Ye’or afirma que el estatus del dhimmi fue peor que el del esclavo, porque éste, aunque privado de libertad, «no sufría una humillación obligatoria y constante prescrita por la religión».

A pesar de la segregación y de la violencia que padecían, de la que podían librarse en parte abjurando de su fe, los cristianos resistieron la absorción durante siglos. Es más, hasta el siglo XI no se logró que el 80% de la población residente en la España musulmana, profesara esa religión.

Fueron las élites sociales, como luego veremos, las que con mayor fruición se convirtieron al islamismo. Pero la mayoría de la población popular cristiana se mantuvo fiel a la fe en Cristo, a pesar de la presión que sufrían para su conversión.

Entre el maltrato y la presión que soportaban, los mozárabes protagonizaron abundantes rebeliones y protestas mientras fueron la mayoría.

Levantamientos en Medina Sidonia y en Carmona; revueltas como la de Mérida, donde resistieron durante meses, o levantamientos tras el paso del grueso del ejército invasor hacia el norte, como ocurrió en Sevilla en el 713. En otros lugares, los musulmanes se vieron obligados a pactar con la población autóctona, caso de Murcia, dominada por una única familia de cristianos que, aunque perdió Cartagena bajo el dominio musulmán y los invasores construyeron la que hoy es la capital de Murcia, mantuvieron una autonomía de gestión considerable hasta el 831 en el que el califa los acusó de conspirar con Carlomagno. El miedo a los francos carolingios se fraguó tras la derrota de Poitiers en el 732, sobre todo, porque muchos cristianos de la antigua Tarraconensis ante la llegada musulmana se habían refugiado en los Pirineos o en lo que será Francia y desde allí, armados y apoyándose en las tropas carolingias, avanzaron, ayudando a expulsar a los musulmanes de las regiones del nordeste de España, no sólo como parte de la conquista a campo abierto, sino por medio de sublevaciones en las ciudades. Si bien esta ayuda creó una zona de protección, una zona de nadie- zona franca-en el valle alto del río Aragón: Ribagorza, Vic, Cardona, que constituyo la llamada Marca Hispánica, que algún problema posterior nos dio. También los reyes astures crearon una zona de nadie entre su territorio y el río Duero, pero los astures eran españoles y aquella zona intermedia no perjudicó sino, al contrario, permitió un mejor avance de la Reconquista.

A finales del siglo VIII y principios del IX se sublevó Zaragoza y Toledo. Toledo era, sin dura, la ciudad que significaba el arraigo mayor del imperio visigodo. Tras procesos de sumisión y aceptación de la convivencia con los invasores, más ficticios que reales, Toledo se sublevó en el en numerosas ocasiones, en estos casos los mozárabes se vieron respaldados por los muladíes toledanos. Mientras en Córdoba se producía el movimiento martirial  (850-859), en el que varias docenas de cristianos, de los que el más conocido es San Eulogio,  se presentaban ante las autoridades para confesar que no creían en Mahoma y someterse a la pena de muerte, en Toledo seguían en pie de guerra. Tal era su predisposición al levantamiento que Abderramán III se vio en la obligación de acudir a someter a la ciudad imperial con todas sus fuerzas. Durante el reinado de Abderramán, Toledo se mantuvo en cierta calma. No sólo Toledo, también el resto de la España ocupada, pues el rey omeya consiguió gobernar y dominar su califato.

La desmembración del imperio tras la muerte de Almanzor (1002) determinó el nacimiento de los reinos de taifas y la mejora en la organización de los mozárabes y muladíes toledanos que, de revuelta en revuelta, fueron esenciales para la toma definitiva de la ciudad por Alfonso VI el 6 de mayo de 1085. Aunque tan seguro estaba de su victoria el rey castellano que, algunos años antes, durante el sitio al que sometió a la ciudad, negoció con el Papa el restablecimiento del arzobispado de Toledo.

Cuando la posición árabe se hizo más ultramontana con la invasión de los almohades y almorávides, muchos mozárabes huyeron hacia el norte. Igualmente, en el siglo XI empezó la emigración de comunidades judías (aljamas) a tierras cristianas.

Los almorávides deportaron a miles de mozárabes a Marruecos en las primeras décadas del siglo XII. Alfonso I de Aragón, que penetró las zonas ocupadas en 1125, regresó a sus tierras con no menos de 10.000 mozárabes. En 1147, la entrada de los almohades en Sevilla, con la captura y violación de mujeres judías y cristianas persuadió a muchas de las ya reducidas comunidades mozárabes para huir al norte.

Sin embargo, los mozárabes de los siglos XI y XII no fueron recibidos siempre con los brazos abiertos por los cristianos libres. Muchos tenían nombres árabes y hablaban en árabe, lo que producía rechazo en las áreas españolas no arabizadas. La comunidad mozárabe de Lisboa fue esquilmada por sus propios “hermanos de fe”.

A pesar de lo cual, la presencia mozárabe fue esencial para las zonas cristianas. Con ellos llegaron, además de su fuerza personal y militar en favor de la Reconquista, sus costumbres y sus ritos religiosos. Éstos se habían desprendido de neogoticismo, insuflado por el clero mozárabe que había emigrado a Oviedo y León desde el siglo VIII.

Los reyes de León, Navarra, Castilla y Aragón habían aceptado sustituir el rito litúrgico nacional, que seguían practicando los mozárabes, por el romano. Pero, el arraigo de este rito mozárabe o español estaba tan férreamente utilizado por los mozárabes que en el Toledo reconquistado se produjo un conflicto tan profundo que el papa concedió el privilegio de su mantenimiento en varias iglesias parroquiales.

Hasta el siglo XI sus levantamientos fueron esenciales para la Reconquista de los territorios caídos bajo poder musulmán, y a partir de entonces su presencia en las filas cristianas coadyuvó a victorias cristianas esenciales al contribuir enormemente a comprender la cultura y costumbres de los invasores y, con ello,  ayudar a derrotarlos.

Hemos señalado al principio que existió otro importante grupo de españoles a los que tocó vivir en zona musulmana que prefirieron no resistir e integrarse entre los conquistadores. Son los llamados muladíes.

Las vías de integración que utilizaron fueron diversas: los enlaces matrimoniales con los árabes, la wala, o, simplemente, la conversión al islam y la adopción del árabe. Las dos primeras vías fueron más limitadas, primero, porque no siempre era posible emparentar con una familia árabe y, segundo, porque la wala era un mecanismo restringido.

Muchas de las élites optaron por dar este paso. De hecho, la historiografía coincide en afirmar que la invasión no hubiera sido posible sin la colaboración de estos hispanos. Primero por los enfrentamientos entre los diversos clanes sucesorios que llamaron en su ayuda a los bereberes del norte de áfrica. Una vez en territorio español, un sector de la aristocracia indígena optó fusionándose con los linajes árabes. Está bien documentado el proceso a través del cual los miembros de la aristocracia se afiliaban en las estructuras “tribales” árabes a través de los matrimonios mixtos. Este mismo sistema siguieron los sectores más populares, pues emparentar con la élite árabe era un medio de ascensión social y de integración en los grupos de poder. Este fenómeno alcanzó tal magnitud que el Papa Adriano I, condenó esta práctica en una carta emitida entorno al 790.

Otra vía de integración era la wala. Se trataba de un tipo de vínculo personal que unía a un individuo, llamado cliente, con un señor de origen árabe. Era una relación de dependencia: el cliente estaba obligado a prestar determinados servicios a su señor a cambio de la protección que este le brindaba. La wala beneficiaba a ambas partes. Por un lado, permitía a los miembros de la aristocracia árabe rodearse de clientelas propias, que aumentaban su prestigio y su poder. Por otro, beneficiaba a los clientes, que recibían algo más que protección de sus señores, ya que adoptaban al mismo tiempo su apelativo tribal, su “apellido” . Los clientes se convertían en “auténticos” árabes en un par de generaciones porque el vínculo se transmitía dentro de la familia de padres a hijos. El grado de integración que alcanzaron con el tiempo esas personas y sus descendientes era tan alto que llegaron a confundirse con los árabes.

La última vía de integración, sin duda la más generalizada, fue la conversión al islam y la arabización lingüística. Hay que entender la islamización de los hispanos en zonas ocupadas no era sólo un proceso religioso sino una conversión de todo orden, costumbres, cultura…[1]

Sin embargo, los posibles beneficios- jurídicos, fiscales- que acompañaban a los que se convertían al islam, no eran tan positivos como en principio podría aventurarse. La diferenciación de la raza pudo más que la unidad de la fe.

Incluso se llegó a afirmar que mozárabes y muladíes “hermanados por su odio contra la dominación extranjera” hicieron causa común y “coincidieron en los mismos pensamientos de independencia y restauración”[2].

En su obra “ La España del Cid”, Menéndez Pidal desarrolló la misma idea: “Al Andalus, independizado tan pronto del Oriente, había hispanizado su islamismo: los escasos elementos raciales asiáticos y africanos se habían casi absorbido en el elemento indígena, de modo que la gran mayoría de los musulmanes españoles eran simplemente ibero-romanos o godos, reformados por la cultura muslímica, y podían entenderse bastante bien con sus hermanos del Norte que habían permanecido fieles a la cultura cristiana. Así, cuando el Norte inició su preponderancia militar, al-Andalus se inclinaba fácilmente a la sumisión, falto como se hallaba de un espíritu nacional y religioso[3].

La mayor sublevación de los muladíes se dio durante los gobiernos de los tres últimos emires. Siendo especialmente destacadas las rebeliones en Toledo y Aragón ( descollando el levantamiento de Tudela). Aunque una de las que tuvo más renombre fue la del eje Mérida-Badajoz donde el conocido como Ibn al-Chilliqí – traducido: el hijo del gallego – se declaró independiente en el 868. Tras no pocos enfrentamientos con los árabes y contando con el apoyo del rey asturiano Alfonso III, logró vivir independiente en Badajoz hasta su muerte en el 929.

Pero la más espectacular de cuantas rebeldías conoció la España musulmana y muladí fue sin duda la que protagonizó Omar ibn Hafsún en Córdoba. En un territorio dentro de la Córdoba mora que ocupaba una zona entre Córdoba y el Mediterráneo, con capital en Bobastro. Al poder omeya le costó casi cincuenta años  (880-929) aplastar la sublevación de este arabizado que se volvió a convertir al cristianismo bajo el nombre de Samuel.

Después de la toma de la fortaleza de Bobastro (1064) los ulemas y los emires de las taifas endurecieron su posición frente a los españoles, incrementando la persecución.

Todos esos ejemplos de levantamientos cristianos demuestran la incapacidad de los musulmanes para construir una sociedad en la que hubiera una unidad y un respeto mínimos entre sus elementos. Por el contrario, el espíritu español y cristiano sí estaba presente en la población autóctona, en mayor o menor medida, lo que permitió algunos rasgos de cohesión en la España cristiana que contribuyeron poderosamente al éxito de la Reconquista.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

(Director) AVILÉS FERNÁNDEZ, Miguel. “ La España Musulmana. El Emirato. Colección Nueva Hª de España. Ed EDAF. 1980

BAT YE’OR (pseudónimo de Giselle Orebi) . “Islam and Dhimmitude: Where Civilizations Collide”, Fairleigh Dickinson University Press, 2001.

MENÉNDEZ PIDAL, Ramón.- “ La España del Cid” en Ramón MENÉNDEZ PIDAL. Obras completas, Espasa Calpe, 1969.

SHABAN. M.A. “Historia del Islam”. Ed Guadarrama ( colección Punto omega). 1976

SIMONET, Francisco Javier.-  “Historia de los mozárabes de España deducida de los mejores y más auténticos testimonios de los escritores cristianos y árabes”. Madrid, RAH, 1897-1903.(Facsímil- 2005)

YULIYA RADOSLAVOVA MITEVA. Identidades fronterizas en el contexto andalusí: los muladíes. Universidad de Veliko Tarnovo Stos Cirilo y Metodio. 2017

 

[1] Yuliya Radoslavova Miteva. Identidades fronterizas en el contexto andalusí: los muladíes. Universidad de Veliko Tarnovo Stos Cirilo y Metodio. 2017

[2]  Francisco Javier SIMONET, Historia de los mozárabes de España deducida de los mejores y más auténticos testimonios de los escritores cristianos y árabes, Madrid, RAH, 1897-1903, vol. 1.

[3]  Ramón MENÉNDEZ PIDAL, La España del Cid, en Ramón MENÉNDEZ PIDAL, Obras completas, Madrid, Espasa Calpe, 1969, vol. 1.

María de Molina

María de Molina está considerada una de las reinas más relevantes y determinantes en la historia medieval española. 

Fue reina consorte, pero decidiendo al mismo nivel que el rey Sancho IV, su marido. Posteriormente, fue la reina regente en la minoría de edad de su hijo, futuro Fernando IV, y también durante la minoría de edad de su nieto, el futuro rey Alfonso IX. De ahí que se diga de ella que fue tres veces reina.

Aunque no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo nació, la mayor parte de los autores datan su nacimiento en torno a 1258 – lo que supone que tenía una edad muy similar a la de Sancho IV- y, debido a que había la costumbre de nacer en el hogar materno, se considera que debió hacerlo en Tierra de Campos.

Era hija del infante Alfonso de Molina y nieta de Alfonso IX de León, por lo tanto, prima de Sancho.

Antes de continuar debemos realizar dos aclaraciones.

  1. Sancho antes de casarse con María estaba prometido en matrimonio, desde 1270 (por voluntad de su padre, Alfonso X el Sabio, y en contra de la opinión del propio Sancho), con Guillerma de Moncada, descrita por los cronistas de la época como “rica, fea y brava”. Era hija del vizconde de Bearne, importante prohombre de la corte, rico, con muchos contactos políticos, que se hallaba emparentado con los señores de Vizcaya. El hecho de la promesa matrimonial conllevaba efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema de notable envergadura, cuando, en junio de 1282, se llevase a cabo el matrimonio en Toledo entre María y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y el Rey, su padre, Alfonso X.
  2. Los problemas de Sancho con su padre habían nacido, esencialmente, tras el fallecimiento del hijo mayor del rey Sabio y hermano de Sancho, Fernando de la Cerda. A su muerte, el príncipe Fernando dejó dos hijos varones menores de edad: Alfonso y Fernando de la Cerda.

Alfonso X el Sabio, en Las Siete Partidas, había determinado la forma de sucesión al trono: pasaría de padres a hijos varones primogénitos o a los descendientes varones primogénitos de aquellos hijos llamados a heredar y premuertos.

En aplicación de Las Siete Partidas, el heredero a la corona de Castilla, a la muerte del príncipe Fernando, debería haber sido su hijo, Alfonso de la Cerda, y así lo estableció Alfonso X en su testamento.

En ese contexto, contrajeron matrimonio María y Sancho, sin la preceptiva dispensa canónica al ser primos los contrayentes.

La reacción del Papa al conocer la noticia de las nupcias fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el compromiso de matrimonio previo de Sancho como por la relación de parentesco de los nuevos esposos. El Papa calificó el matrimonio como incestuoso y de infamia pública.

Al problema con el Papa se sumó el enfrentamiento con el padre de su antigua prometida, Gastón de Bèarm, decidido a tomarse la venganza por la afrenta recibida.

A ello hay que unir que, el 4 de abril de 1284, muere Alfonso X sin haberse reconciliado con su hijo Sancho. Sancho se proclama rey, y junto con María fueron coronados en Toledo. Esta coronación provocó el inicio de un enfrentamiento civil entre Sancho y los partidarios de su sobrino Alfonso de la Cerda, el cual contaba con la ayuda no sólo de sus partidarios castellanos sino también del rey de Aragón.

A partir del mismo momento de la boda, María quedó incorporada al grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey, Sancho IV. El matrimonio tuvo siete hijos que tuvieron que esperar hasta la muerte de su padre para lograr la legitimidad.

María ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado dotando a la postre de estabilidad a la Castilla desnortada en la que reinó. Este papel esencial se produce entre otras razones por la gran diferencia de carácter con su esposo. María era una mujer formada, con conocimientos políticos, inteligente, hábil, diplomática, conciliadora y de carácter pacífico. Por su parte Sancho IV, que había recibido una formación parecida y fue un buen promotor de la cultura (escribe libros- “Castigos y documentos del rey don Sancho”-, promueve las traducciones y en algunas de ellas escribe el prólogo, elaboró una versión propia de la “Historia de España” de su padre… En 1293 promulgó los Estudios Generales de Alcalá de Henares – dónde había trasladado la Corte- en un claro antecedente de la Universidad de Alcalá). Físicamente era una persona de gran estatura y fortaleza, gran aficionado a las armas, a las que tuvo que dedicarse, por otro lado, para defender su reino. Fue un gran guerrero, y muy perseverante y ardiente defensor en sus posiciones, lo que le valió el sobrenombre de “el Bravo”.

Su reinado se inicia en un completo caos, lo que obliga a los monarcas a dos tareas esenciales: una, lograr la dispensa papal sobre su matrimonio y, segunda, acercarse al rey francés, Felipe III el Atrevido, para poder tener un aliado que los respaldase. Facilitó esta segunda labor que el rey de Aragón estuviera enfrentado al francés y tampoco tuviera muy buenas relaciones con el Papa.

A su vez, en pos de la pacificación de Castilla, buscaron ganarse a la parte de la nobleza que era partidaria de los infantes de la Cerda y de su padre Alfonso X. Para ello, en ocasiones, Sancho IV utilizaba cargos de gobierno a fin de asegurarse la fidelidad de los nombrados, asimismo premiaba a los que le habían seguido en la carrera militar. Pero, esa tarea no fue suficiente y debió enfrentarse duramente contra los rebeldes.

El 6 de diciembre de 1285, la reina dio a luz a su segundo hijo, primer varón. Recibió el nombre de Fernando. En 1288, fallecieron el papa, el rey de Aragón y el rey de Francia, lo que facilitó la estabilidad del reino. 

Ocupó la cátedra de San Pedro, el Papa, de procedencia franciscana, Nicolás IV, que consolidó una buena relación con Sancho y María, y se abrió a revisar la causa de su matrimonio, pero tropezó con tantas dificultades, que no se decidió a dar la dispensa. Este seguía siendo el aspecto más débil de su matrimonio, de la herencia de sus hijos y del futuro del trono de Castilla.

Desde 1291, la participación directa de la Reina en los asuntos políticos de la Corte se hizo especialmente intensa. Así intervino personalmente en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. En septiembre de aquel año se tomó la plaza.

Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío.

En 1294, la salud del rey se deterioró rápidamente. Durante los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte aumentó. Así, en ausencia del rey, proyectó la campaña que, mediante la toma de Algeciras, asegurase plenamente la reciente conquista de Tarifa y garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos.

Sancho muere en Toledo, no sin antes dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey.

La situación a la que había de hacer frente María tras la muerte de su marido no podía ser más delicada. Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto que parecía de lo más propicio para que los partidarios de los De la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana. Mientras tanto, la falta de legalización del enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando.

María, para reforzarse, tomó la decisión de apoyarse en los concejos y hermandades como bastión frente a la nobleza. Para ello confirmó sus fueros y privilegios concejiles y redujo o suprimió algunos impuestos, a la vez que tomaba la iniciativa de convocar Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid. A estas acciones unió su capacidad negociadora con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza.

Ante esta delicada situación, sus enemigos declararon la guerra a Castilla: Portugal, Aragón y Francia. Hasta que tuvo lugar el reconocimiento de la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una continua confrontación bélica con todos los partidarios de impedir la llegada de su hijo al trono.

No se amilanaba ante la posibilidad de una guerra ( por ejemplo, la que tuvo contra Aragón en territorio murciano, perteneciente a Castilla desde Alfonso X), pero su habilidad se demuestra, en su capacidad negociadora, estableciendo alianzas entre sus hijos y los hijos de los reyes de Portugal y Aragón para pacificar, en lo posible, la situación. Ejemplo de ello fue el Tratado de Alcañices en 1297 en el que quedaron fijadas, entre otros puntos, las fronteras entre Castilla y León y Portugal, que recibió una serie de plazas fuertes y villas a cambio de romper sus acuerdos con Jaime II de Aragón y demás partidarios de Alfonso de la Cerda. Al mismo tiempo, en el tratado de Alcañices fue confirmado el enlace entre Fernando IV de Castilla y la infanta Constanza de Portugal. También llegó a acuerdos eclesiásticos como el que se produjo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.

Aquellas alianzas eclesiásticas y el fuerte apoyo de la Iglesia castellana a su reina, dieron su más destacado fruto en 1301, logrando la bula pontificia de Bonifacio VIII que legitimó el matrimonio entre María y Sancho y, por ende, la descendencia habida de aquel matrimonio. Además, el Papa manifestó su voluntad de mediar en la reconciliación entre el primogénito de María, Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. Todo ello llegaba justo a tiempo, cuando la terminación de la tutoría era inminente ante el reconocimiento de la mayoría de edad del Rey el 6 de diciembre de 1301.

El reinado de su hijo no fue fácil para María, los nobles se posicionaron en favor del nuevo rey, pero con la intención de sepáralo de su madre a la que obligaron a entregar las joyas recibidas del rey Sancho. El hijo, débil de carácter y desagradecido, no defendió a su madre, la cual, dando muestras de su extraordinaria abnegación y generosidad, buscó una postura conciliadora entre los nuevos partidarios de su hijo y los propios de ella, convocando Costes en Medina del Campo y mostrándose proclive a apartarse del poder. Sin embargo, en 1304, su presencia se hizo de nuevo necesaria para mediar entre Castilla, Aragón y Portugal, en aras de evitar otro conflicto.

En 1312, fallece el rey Fernando IV a los veintisiete años; dejaba un reino fraccionado y comprometido, y como heredero a un niño de un año de edad. En 1313 muere también su mujer, la reina Constanza. La orfandad del menor determinó que se nombraron tutores del rey niño, futuro Alfonso XI. Entre ellos fue elegida María de Molina. Su tarea fue de nuevo intentar pacificar y resolver los conflictos surgidos entre los propios regentes, entre los partidarios de unos y otros, y preservar el trono para su nieto. Tras el convenio de Palazuelos en 1314, María quedó como principal regente y tutora; afianzada en 1319 por la muerte de alguno de los otros tutores. Pero la buena reina falleció en 1321.

A su muerte, Castilla se dividió entre los nuevos regentes hasta que, en 1325, Alfonso XI, con 14 años de edad, asumió el trono. El nuevo rey logró reunificar y fortalecer su reino,  y recuperar las plazas que sus últimos tutores habían perdido en manos de los musulmanes. Dirigió con prudencia, astucia, inteligencia, capacidad diplomática, suavidad en las formas y mano de hierro en el fondo. Fue el fiel reflejo del legado de su abuela, mujer de moral inquebrantable, fidelidad a la corona, valentía, carácter conciliador y pacificador.

Esta última accidentada regencia de María de Molina es el tema de una de las obras maestras de Tirso de Molina, “La prudencia en la mujer”. El personaje literario de María de Molina, según el director teatral González Vergel «el más emblemático e importante personaje femenino de todo nuestro Siglo de Oro», en cuyo transcurso averigua, desbarata y castiga tres conjuras contra su nieto, el futuro Alfonso XI de Castilla. ​

Además de su labor política, María de Molina llevó a cabo una interesante labor de patronazgo religioso protegiendo y dotando diversas instituciones conventuales. Entre las que destaca la fundación del monasterio de Santa María de las Huelgas en Valladolid, donde está enterrada.

 

BIBLIOGRAFÍA

ARTEAGA Y DEL ALCÁZAR, A. “María de Molina. Tres coronas medievales”. Ed. Martínez Roca, 2004.

CARMONA RUÍZ, M.A. “María de Molina”. Plaza y Janés. 2005.

FUENTE, M. J.“¿Reina la reina? Mujeres en la cúspide del poder en los reinos hispánicos de la edad media (siglos VI-XIII)”. UNED. 2003.

ARIAS GUILLÉN, Fernando; REGLERO DE LA FUENTE, Carlos Manuel (coordinadores). “María de Molina: gobernar en tiempos de crisis (1264-1321)”. Dykinson, 2022.

¿Cuándo y por qué España se convirtió al cristianismo?

En más de una entrada de este blog hemos señalado que el primer estado español que se establece es el de los visigodos, y como, a partir de él y a pesar de su caída en el 711, pervivieron algunos elementos esenciales: la monarquía, el catolicismo y la propia idea de España como Ente diferenciado y diferenciador. Los visigodos no consiguieron esa unidad estatal ni institucional plena hasta que no abandonaron el arrianismo para convertirse al catolicismo.

Leovigildo había formado una idea estatal asumiendo el derecho romano y sintiéndose continuador de la idea imperial romana. Los visigodos no pretendían ser godos sino romanos, y lograron su propósito a través de la tarea legislativa, institucional, territorial, jurídica… de Leovigildo. Leovigildo reinó entre el año 568 ó 569 y el 586, y en todos esos años sólo tuvo uno de paz.

Aquel enfrentamiento permanente tuvo muchas causas, pero una y no menor, nace del empreño del rey en extender su religión, la herejía cristiana del arrianismo por todo el territorio español. Pero los hispanos eran en un número mayoritario y abundante cristianos tradicionales (a los que llamaremos católicos para facilitar la comprensión) y no estaban dispuestos a someterse al arrianismo.

Esa fuerte tradición católica se había formado poco a poco y desde hacía tiempo. Los españoles habían dado muestras de no ser fácilmente doblegables desde el inicio de la conquista romana.

Roma tenía su propia religión y sus propios dioses, pero no hacían oposición a las religiones de los pueblos que iban conquistando, así el cristianismo imperante en sectores de judea se extendió por todo el Imperio romano. Sin embargo, a medida que se incrementaba el número de creyentes, las persecuciones se dieron con más frecuencia. Uno de los momentos más duros contra los cristianos se produjo durante el gobierno de Diocleciano (emperador de Roma en solitario entre noviembre de 284 y abril de 286, y entre el abril de 286 a mayo de 305 como emperador de Oriente y Maximiano como emperador de Occidente). Esas persecuciones continuaron durante el gobierno de su sucesor, Galerio.  Diocleciano acabó con cierta tolerancia en todos los órdenes. Es verdad que el Imperio había atravesado una época de anarquía y caos y, dispuesto como estaba a que Roma recuperase el orden y esplendor perdido, Diocleciano inició una serie de reformas. Las reformas afectaron a los campos administrativo, económico, social o militar, todas ellas complementadas entre sí. Su fin era sanear los ingresos estatales, el mantenimiento de la integridad territorial del Imperio y la continuidad de la propia civilización romana, incluidos extremos religiosos, lo que dio lugar a persecuciones contra los cristianos. La idea de un Dios todopoderoso que se oponía al poder temporal del emperador hizo nacer resquemores en Roma (no era la primera vez, acordémonos de Nerón, entre otros), pero en este momento Diocleciano se encontró con una fuerte resistencia en una Hispania ya en buena parte cristianizada.

Aunque, historiográficamente, el inicio del cristianismo en nuestro territorio presenta numerosas lagunas, se suele datar en torno a finales del siglo II e inicios del siglo III. A la historiografía se unen numerosas leyendas sobre la evangelización en España; la mayoría sobre la visita de los apóstoles Pedro y Pablo y posteriormente la llegada desde Jerusalén de Santiago el Mayor hasta Santiago de Compostela.

Aquella comunidad incipientemente cristianizada se fortaleció por un cambio esencial en la sociedad española provocado por las dificultades de comunicación que se dieron durante la anarquía previa a Diocleciano: el crecimiento de las relaciones internas con mínimas influencias del exterior desarrolló una élite cultural propia, con características locales, y eso en Hispania en aquel momento ya significaba raíces cristianas. Con el transcurrir del tiempo, la importancia de los clanes hispanos en el imperio se había manifestado de manera poderosa, a veces por la influencia de intelectuales como el poeta Marcial o el filósofo Séneca, a veces desde posiciones políticas que les permitieron ser determinantes en el nombramiento y desarrollo de los gobiernos de los hispanos Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio. Los tres primeros emperadores señalados protagonizaron el Siglo de Oro del Imperio. La dinastía de Teodosio el Grande fue la última en gobernar unido todo el Imperio romano. Pero mientras Marcial, Seneca o Lucano eran escritores romanos nacidos en Hispania, a partir de finales del siglo II tendremos a hispanos defendiendo su idiosincrasia y a sus naturales, incluso, para ocupar puestos en Roma ( en terminología moderna diríamos que hacían Lobby).

A diferencia de otras religiones, el cristianismo no era una fe exclusivamente propia de las élites, o de determinados grupos. La nueva fe no hacía excepciones, era la fe de todos y para todos. Pregonaba la venida histórica de Dios en la figura de Jesús. Señalaba la universalidad de su mensaje de amor e igualdad. Practicaba el socorro a los pobres y desvalidos. Incluso se empezaron a fundar hospitales e instituciones de caridad. Se pregonaba en público, pero también en las casas particulares en las que se daba hospedaje a los viajeros. Posiblemente, la extensión del cristianismo en la península proviniera del ejemplo de la Legión VII Gemina, destacada en el norte de África, donde el cristianismo había prendido con fuerza. Tuvieron sus propios mártires como San Marcelo, centurión de la mencionada legión y originario de Tánger. La influencia de la región africana, tan romanizada como España, es innegable por los fuertes lazos comerciales y de intercambio cultural entre las dos orillas del Mediterráneo. El cristianismo se extendió desde la región romana de la Mauritania Tingitana por el Sur y el Levante peninsular, y desde allí hasta el Norte, al igual que ocurrió con la romanización.

También se considera que otro de los notables difusores del cristianismo en la Península fuera la predicación de San Cipriano. Cipriano fue obispo de Cartago y mártir de la iglesia, nacido en el año 200 d.C. Su obra más conocida son sus “Cartas”. San Cipriano vivió en un momento convulso y prueba de ellos es que habla de la situación de las comunidades de León-Astorga y Mérida que acudieron a la iglesia africana (Cartago) por los problemas internos de la Iglesia en aquellas regiones.

Este origen sureño permite no extrañarse de que frente al paganismo romano los cristianos hispanos opusieron su visión de la Fe en el Concilio de Elvira (cerca de Granada), primer concilio celebrado en Hispania por la iglesia para restaurar el orden interno, siendo el preludio del Edicto de Milán en la Península y ejemplo de una comunidad religiosamente muy activa.

El concilio de Elvira tiene una datación incierta, unos lo sitúan entre el 300 y el 324, es decir, anterior a la persecución de Diocleciano, en el caso de la primera fecha, y, en el caso de la segunda, posterior al Edicto de Milán de Constantino (por la que se decreta la libertad religiosa en el Imperio Romano). Sin embargo, mayoritariamente, y no sólo por la historiografía española sino también por la francesa, se suele situar el Concilio entre en 300 y el 303, antes de la persecución de Diocleciano y antes, también, del concilio de Arlés (314- primer concilio de la Iglesia Francesa-) y antes del concilio de Nicea ( primer concilio de la Iglesia Universal en el 325).

Entre los cristianos de Hispania destacaban: Gregorio, Obispo de Elvira, autor de diversos libros, especialmente importantes los dedicados a la exégesis y la predicación; Egeria, rica gallega, cercana al emperador Teodosio, que viajó a Tierra Santa y redactó una especie de guía o de diario, denominado “Itinerarios”, en el que cuenta de manera sencilla los lugares por los que pasó y lo que visitó en cada uno de ellos; Juvenco, un poeta que resaltó en tono épico la vida de Jesús a partir de los Evangelios; Prudencio, nacido en Calahorra, autor de unos himnos a los mártires cristianos perseguidos por Diocleciano y por el gobernador de la Lusitania, Daciano: como Lorenzo (San Lorenzo) en Huesca, o Engracia (Santa Engracia) y sus dieciocho compañeros muertos en Zaragoza. También el arresto y martirio de San Vicente, datos historiográficos certifican la pasión sobre su muerte.

El personaje de Daciano quedó como prototipo de cruel perseguidor y así aparece relacionado con las muertes de famosos mártires cristianos como: San Cucufate, Eulalia y Severo en Barcelona; o los niños Justo y Pastor en Alcalá de Henares; Santa Leocadia en Toledo; Santas Sabina y Cristeta en Ávila; o Santa Eulalia de Mérida. San Bonoso y San Maximiano en Arjona, además de los zaragozanos nombrados en el párrafo anterior.

En aquellos tiempos, pregonar el Evangelio era jugarse la vida y la fe debía de ser muy fuerte para arriesgarse a tanto. Esa fuerte fe no se pierde fácilmente. También hubo casos de apostasía, pero fueron los menos.

Además, la alternancia de emperadores hizo que las persecuciones fueran mayores o menores, según los momentos.

Posteriormente,  el Emperador Teodosio (nacido en Hispania) restableció la fe cristiana en Roma, por el Edicto de Tesalónica. Estableció el credo niceno ( el propio concilio de Nicea fue presidido por Osio, un sacerdote español) como la ortodoxia del cristianismo. Entre el 389 y el 391 quedaron prohibidas las prácticas paganas. Pero, Hispana se había adelantado y podemos datar en el 383 la cristianización casi total de nuestro territorio. No sin problemas, ni interpretaciones diferentes o posiciones más o menos ascéticas, más espirituales o menos prácticas, como la presidida por Prisciliano y otros. Pero esto no fue obstáculo para que los españoles que habían abrazado el cristianismo unieran de manera esencial a su religión con una nueva entidad política y cultural.

Cuando los visigodos llegan a España en el 415, la antigua unidad cultural y administrativa romana se había visto destruida por las oleadas bárbaras de principios de aquel siglo: suevos, alanos… y por el enfrentamiento entre los diferentes pueblos bárbaros entre sí, que sólo habían traído hambrunas, enfermedades, anarquía…

Los visigodos , desde su jefe Ulfilas ( 310-388), que también era obispo y había mandado traducir la biblia, eran cristianos, pero en su versión herética arriana.

Su llegada a España primero con las incursiones de Alarico, pero, sobre todo, con Ataúlfo que instala la capital en Barcelona, permite que se asiente un ideal de unidad especial, geográfica, institucional, heredera de Roma, concibiendo con primera visión de unidad estatal- de ahí que a Ataúlfo se le haya considerado durante mucho tiempo el primer Rey de España-. Pero esa idea de unidad tropezaba con los bizantinos instalados en la costa levantina, los suevos en Galicia o los alanos en la antigua provincia romana de la Lusitania. A ello se unían las sublevaciones católicas de Sevilla y Córdoba por no querer someterse al arrianismo.

El primer rey que logra una unificación estatal homologable fue Leovigildo, sometió al resto de pueblos bárbaros, pero se le resistía la unidad religiosa. En aquellos tiempos no se entendía la unidad institucional sin unidad en la fe.

Leovigildo fue un gran rey, pero fracasó como padre. Leovigildo tenía dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. En el año 581 se enfrentó a una revuelta familiar en lo que San Isidoro de Sevilla calificó como una guerra “más que civil”. Leovigildo asoció al trono a sus dos vástagos, rompiendo así con la costumbre visigoda de una monarquía electiva y no hereditaria. Hermenegildo fue enviado por su padre al Sur y allí su mujer y Leandro, obispo de Sevilla, le convencieron para que se convirtiera al catolicismo. Por si fuera poco, se asoció con las fuerzas de la sociedad andaluza y la jerarquía de la iglesia para hacer frente a su padre. Leovigildo envió a su segundo hijo, Recaredo, a sofocar la revuelta provocada por su hermano. En córdoba Hermenegildo se rindió. Acudió a Toledo y logró el perdón de su padre. Leovigildo, incluso habiéndole perdonado, lo desterró a Tarragona, donde poco después fue muerto por un sicario.

En los relatos visigodos, censurados por Recaredo la figura de Hermenegildo está desdibujada. Fue Felipe II quién mando abrir su causa a fin de lograr su canonización. San Hermenegildo es considerado un mártir que antepuso la Fe y la defensa de los intereses de España al trono. Junto con San Fernando son los santos patrones de la Monarquía española.

Tras la muerte de Hermenegildo el problema religioso persistía. Se calcula que a finales del reinado de Leovigildo había en torno a tres millones de españoles católicos frente a doscientos mil arrianos. El problema no era sólo despejar la herejía arriana, cosa de la que ya se había ocupado el Concilio de Nicea. Ahora el problema espiritual lo era también material, temporal e institucional. A la caída del Imperio romano, sólo la Iglesia se mantuvo fuerte, su poder en la sociedad del siglo V era tal que no podía pensarse en constituir una legalidad política sin tener el respaldo eclesiástico. La Iglesia necesitaba a los visogodos para restablecer el orden civil, pero los visigodos necesitaban tanto o más a la Iglesia para ser respetados.

Los obispos habían tenido en la figura de Hermenegildo al que consideraban la solución de estos problemas. Pero fue Recaredo el que lo cambió todo. Inició una política religiosa diferente a la de su padre, con la misma finalidad de lograr el refuerzo y respaldo social a su entramado institucional, legislativo y territorial. Para ello convocó un concilio- III Concilio de Toledo (589)- en el que invitó a los obispos arrianos y solicitó su conversión al catolicismo igual que él se había convertido, además les pidió que lograran la conversión de la población arriana. El conductor del concilio fue el obispo Leandro- el que había logrado la conversión de Hermenegildo-. En el Concilio, no sólo se trató de la conversión a la Fe sino de la escenificación del pacto entre la Monarquía y la Iglesia y la filiación divina de la Corona, anunciando Recaredo que, a partir de ahí, su reino sería, como él, católico.

Algunos arrianos se sublevaron, pero de poco les valió.

Tras la vinculación con la Iglesia, el resto de las unificaciones previstas por Leovigildo y seguidas por Recaredo, se sucedieron de manera fácil.

Sin embargo, aquel proceso de unidad total, provoco que otras comunidades religiosas, sobre todo la judía, que hasta entonces no habían tenido ningún problema, empezaran a tener una vida un poco más complicada. Mucho más por los poderes reales que por los eclesiásticos; los obispos católicos fueron más comprensivos con ellos que el rey.  Lo mismo ocurrió con los paganos del Norte de España a los que se comenzó a cristianizar.

En el ámbito de la Iglesia los grandes artífices de la conversión de arrianos y paganos y de la extensión de la evangelización por toda la Península fueron el obispo Leandro (San Leandro ) y su hermano Isidoro ( San Isidoro de Sevilla). Ambos eruditos, ambos Padres de la Iglesia. Leandro tenía mayor visión política y su empeño fue salvar la tradición católica de España y la formación del clero. Isidoro siguió la obra de su hermano, pero alejado de la política, más volcado a la transmisión intelectual de sus conocimientos y la protección del legado clásico, pero sin abandonar la actividad práctica. A ellos se unirá otro intelectual, el obispo de Zaragoza, Braulio, San Braulio. Encargado de poner orden y salvaguarda en la gran obra de Isidoro. Sin olvidar la tarea evangelizadora de San Millán o la de los arzobispos de Toledo Ildefonso y Julián ( San Ildefonso y San Julián).

Por tanto, San Isidoro no fue una figura intelectual aislada, sino que hubo un ambiente propenso a la cultura, el estudio y la transmisión del conocimiento; con ellos se supo dar forma a un sentimiento de pertenencia a España. Una síntesis exitosa entre la política que nace de los godos y el territorio peninsular, más la cultura, la historia y la religión católica. Aquella España que, recogiendo el legado clásico romano, ya no está subordinada a otros, sino que se eleva como una entidad propia.

Isidoro ideó también la unción de los reyes godos. Una consagración mística de la Corona a cargo del poder eclesiástico, lo que además hacía vincular, el ilustre Santo, con el respeto a la Ley. Este tipo de unciones tuvieron más éxito fuera de España, especialmente entre los francos, que en España donde decayeron pronto, quizá por el propio declinar de la monarquía visigoda que, tras el hijo de Recaredo, volvió a sus antiguos enfrentamientos. Pero el caos godo que, en última instancia, fue lo que permitió la llegada de los musulmanes en el 711, no pudo borrar la Fe que la población tenía arraigada y una idea de unidad bajo la misma monarquía que a la postre fueron el basamento político-espiritual que inundó la Reconquista, y, por ende, toda la Historia de España.

BIBLIOGRAFÍA

FERNÁNDEZ UBIÑA, José: “Los orígenes del cristianismo hispano. Algunas claves sociológicas”, Hispania Sacra. 2007

LORENTE MUÑOZ, Mario.- “El cristianismo en la Hispania romana: origen, sociedad e institucionalización”. Ed Fundación ARTHIS. 2019

MARCO, José María.- “ Una Historia Patriótica de España”. Ed Planeta. 2011.

SOTOMAYOR, Manuel: “Cristianismo primitivo y paganismo romano en Hispania”. Memorias de Historia Antigua. Ed Univ de Granada, 1981.

CONSTITUCIÓN Y DEMOCRACIA

La historia de la humanidad es la de la lucha por la libertad, la del ciudadano frente al tirano. La forma despótica de ejercer el poder ha pasado de la física (esclavismo) a otras más sibilinas de manipulación y control, que invade los entresijos del sujeto. No ya sólo por la vía de la conformación ideológica, sino por medio de controles difusos, desde los medios de comunicación o el control ecológico de los elementos físico-químicos y ambientales que condicionan materialmente el ejercicio de la libertad o desde el control telemático en su armonización del ordenador, el teléfono y la TV, o desde el control de la ingeniería genética y la consiguiente industria genética, o desde el poder de la psicotecnología del cerebro y la psicofarmacología, o el control que pueda ejercer la inteligencia artificial etc. Es decir, desde elementos que controlan el ejercicio de la libertad, con un poder incisivo, sistemático, y en el que muchas veces las ideologías utilizan por falta de criterio, o cuando entienden que las ideologías clásicas o parte de ellas se han visto desbordadas e inservibles, cuando se ha comprobado que su aplicación sólo puede realizarse con el sometimiento absoluto de la población, cuando la falta de libertad es necesaria para el ejercicio de ese poder.

Las relaciones de poder, es decir relaciones de mando y obediencia, no se limitan al campo político, en el trabajo hay relaciones de poder, en un club de fútbol hay relaciones de poder, en la Iglesia hay relaciones de poder… En todo grupo social organizado hay relaciones de poder. El problema del poder no es su existencia, sino su limitación. El poder tiende a ser expansivo hasta que se le ponen límites. Por eso el hombre ideó controles a ese poder.

Normalmente, cuando hablamos de relaciones de poder, siempre pensamos en la relación de poder dentro del Estado. El tema del poder tradicionalmente ha sido estudiado desde la antigüedad a nuestros días, con aportaciones originales de autores como Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Proudhon, Marx, Bakunin, Nietsche, Weber, Kelsen…  Sin embargo, en el plano jurídico-político, en el plano social y práctico, la solución no llega hasta el siglo XX. La clave está en el Derecho y más concretamente por limitarnos a un ámbito destacado, que permite la regulación de los excesos de todo orden, en el ámbito constitucional. El Derecho Constitucional supone el encuadramiento de los fenómenos de poder en un sistema jurídico; es decir, la configuración del poder como relación jurídica; lo que significa que los sujetos de relación jurídica poseen medios eficaces de acción jurídica para hacer valer sus respectivos derechos; supone la existencia de un verdadero control del poder.

El Derecho Constitucional cobra sentido en esa pretensión, si bien su plena existencia como Derecho depende de que lo logre de modo eficaz en un ámbito histórico concreto. La mera existencia de una constitución no garantiza la presencia de un estado democrático, lo que determina la realidad democrática es un sistema eficaz de controles.

Son los miembros de la ilustración y el constitucionalismo anglosajón los que dan origen a un sistema constitucional realmente democrático, y esa plenitud no llega a la Europa continental y, en parte, sólo en una pequeña parte, a centro y Sudamérica, hasta el siglo XX.

La propia evolución de la sociedad determinó un desarrollo de limitaciones al poder real. Esa evolución liberadora se había venido dando desde la Edad Media, sobre todo con la existencia de las ciudades- de ahí la palabra ciudadano-, de los burgos, del comercio, de la actividad de defensa ejercida por la población y, por las Cortes, como potenciadoras del control, aunque en ocasiones sólo fuera presupuestario, de la Corona. La situación del Reino de Aragón en España es muy clarificadora por la potencia que tenían las cortes de los diversos condados frente al monarca; mucho más que las Cortes castellanas, sobre todo, tras la guerra civil que gana Isabel frente a la Beltraneja- sin olvidar que fueron las Corte de León las primeras del mundo en reunirse-. Así que, desde las primeras Cortes, ya nos encontramos con un intento de control del poder, también por las leyes de Dios, por las normas naturales (la Escuela de Salamanca es un ejemplo preclaro por el respeto a la persona- Leyes de indias- o al resto de los Estados- Derecho de gentes-…). Es decir, la norma, la ley, el derecho es la primera de las limitaciones al poder. Ahora bien, esas leyes deben ser respetadas, y tener elementos que permitan maniatar al que pretenda violarlas.

Ese respeto a la ley, ese evitar la arbitrariedad del poder es un primer paso que no permite aun hablar de Constitución. Tampoco hay que confundir Constitución con autolimitación del poder por parte de quien lo ejerce (teoría de Rousseau), ni creer que hay constitucionalismo por la existencia de un aparente control, sino que lo destacado para conocer si estamos ante una auténtica Constitución o no es analizando el modo en el que se produce ese control.

En los ejemplos históricos, resalta la limitación del poder que supone la Carta Magna británica y el parlamentarismo inglés,  que muy pocas veces desde 1215 ( Carta magna otorgada por Juan I- Juan sin tierra- a los ingleses el 15 de junio de 1215) retrocedió en esos derechos- podemos recordar a Cromwell y algún otro suceso,  poco más-. Pero, sobre todo, lo que permite cualificar al constitucionalismo británico no es sólo la limitación del poder, sino el modo en que se articulará esa limitación,  a través esencialmente de dos vertientes interconectadas: la concepción de la ley como regla general, que obliga a todos y que no puede ser vulnerada en los actos de su aplicación, y la concepción plural del poder.

En todo el mundo, hasta el siglo XVII, la distinción entre el ámbito de poder no sometido a limitación y el ámbito del poder sometido a la ley estaba plenamente admitida, aunque se quebrantase en multitud de ocasiones. La diferencia que marcaba el ideario constitucionalista británico frente al francés (Fortescue así lo explica ya en el Siglo XV), estribaba en que, en el francés, el rey puede gobernar con plenitud de poderes, y, en el inglés, el rey no puede gobernar a su pueblo más que por las leyes a las que éste ha asentido.

En el estudio de esa situación, la ilustración traza un sistema de equilibrio de poderes, que se controlan mutuamente. No era algo imaginado por Montesquieu, sino plasmado por este con más exactitud. La teoría del equilibrio implicaba que la fiscalización y el control son parte de la división de poderes y no excepción a la misma. El control aparece, pues, como el instrumento indispensable para que el equilibrio (y con él la libertad) pueda ser realidad. En el ámbito inglés esa separación- que tampoco en Francia es radical, sino que existe interconexión de poderes para controlarse entre sí- es concebida de manera mucho más rica, de modo que cuando cada órgano del Estado entra en funcionamiento, afecte a la totalidad, y su procedimiento sea examinado y fiscalizado por los otros órganos. En este sentido el sistema británico era más complejo que el continental.

La teoría de la supremacía del common law, del juez Coke, a principios del siglo XVII , evidencian una tradición teórica del imperium de la ley y de la concepción plural del poder mismo. Teoría que, además, no estaba desligada de la práctica. Ahora bien, mientras que el rule of law ( Estado de derecho), cada vez más fortalecido, llega casi invariable hasta nuestros días,  la concepción plural del poder en Gran Bretaña, sí ha sufrido notables modificaciones: del poder ejercido de forma mixta- Rey y Parlamento- al modo medieval al poder de una nación de ciudadanos, a una democracia moderna basada en un sistema de Constitución bien equilibrada, del “balance of Powers”.  Destacados teóricos de ello serán, entre otros, Locke y Bolingbroke.

A la confluencia de ambos conceptos ( británico y francés) se une la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, permite hablar de un concepto de Constitución, como una ordenación del Estado que debe necesariamente basarse en la división de poderes y en la garantía de los derechos fundamentales, unido a un concepto de ley entendida como expresión de la voluntad general. De estos postulados se derivarían notables consecuencias, el Estado constitucional aparecerá, así, como una forma específica de Estado que responde a los principios de legitimación democrática del poder (soberanía nacional), de legitimación democrática de las decisiones generales del poder (ley como expresión de la voluntad general) y de limitación material (derechos fundamentales), funcional (división de poderes) y temporal (elecciones periódicas).

Todos esos principios se aplicaban de manera temprana en Gran Bretaña, en Francia tendrán un componente más teórico que real. Es la influencia británica la que determinó que la universalización del estado constitucional se manifieste mediante el constitucionalismo norteamericano que incluye el sistema de cheks and balances británico, pero reforzándolo. A los norteamericanos les debemos que por primera vez se plasmara en un texto constitucional la separación de poderes. Fue en la Constitución de Massachusetts, de 1780 al decir en su artículo 30: “En el gobierno de esta comunidad el sector legislativo nunca ejercerá los poderes ejecutivo y judicial, o cualquiera de ellos; el ejecutivo nunca ejercerá los poderes legislativo y judicial, o cualquiera de ellos; el judicial nunca ejercerá los poderes legislativo y ejecutivo, o cualquiera de ellos: con el fin de que pueda ser un gobierno de leyes y no de hombres”.

La Constitución federal será fiel a la idea de frenos y contrapesos, al gobierno de equilibrios, poniendo en marcha una serie efectiva de controles, reforzados, desde la famosa sentencia de Marshall de 1803, con el propio control judicial de la constitucionalidad de las leyes (Marbury versus Madison. Caso resuelto por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos en 1803, con ponencia del juez Marshall, del que arranca la doctrina sobre la posibilidad de invalidar las leyes que sean contrarias a la Constitución).

Los teóricos norteamericanos proclamarán que la división de poderes no es más que la garantía de la libertad; la base sustentadora del Estado es el “equilibrio constitucional del sistema de gobierno” y la seguridad de que existan controles de los distintos poderes entre sí. “El régimen norteamericano no sirve sólo para salvaguardar a la sociedad de la eventual tiranía de su gobierno, sino también para garantizar a una parte de la misma contra los eventuales abusos de la otra parte”[1].

Este modelo de constitucionalismo no se establece en Europa durante el Siglo XIX. No existirá un sistema efectivo de control del poder. De hecho, si analizamos las constituciones europeas del Siglo XIX, veremos la debilidad de sus instrumentos de control.  Jellinek confesará, que, si bien la teoría constitucional había penetrado en la organización del Estado algunos de los contrapesos que determinan la limitación del poder, se instaurarán de manera muy parcial. España es un buen ejemplo, pues durante todo el siglo XIX y parte del XX, el constitucionalismo se establecerá de nombre no de facto. La turnicidad de constituciones desde la Carta otorgada de 1808 a la única constitución que mereció tal nombre, la de 1812, y el posterior bandazo ( línea quebrada que decía Aja) de constituciones progresistas y moderadas, ninguna digna de ser incluida en un constitucionalismo democrático, han marcado nuestra historia. Lo mismo se puede decir de Alemania o Francia, ambas se articulan de modo diferente, son producto de construcciones doctrinales distintas, pero llegan a resultados sustancialmente próximos: un amplio margen de inmunidad en la actuación del Estado. En ellas el poder tiene su expresión más vigorosa en el Estado. En ellas se reconoce teóricamente una cierta capacidad de acción política a los ciudadanos, pero no suficiente. Evidentemente, se han superado las formas tradicionales de la antigüedad en la que los gobernantes sólo son los únicos con capacidad política, pero con la idea “lampedusiana” de que todo cambie para que todo siga igual. Mera apariencia de control del poder.

Pero también es cierto que, de una u otra forma, las semillas de la renovación constitucional europea en orden a potenciar la limitación y el control como elementos primordiales del Estado constitucional ya circulaban en el ambiente, aunque no hubieran germinado. A esas semillas había que unir la defensa del pluralismo y de la soberanía nacional, no la soberanía estatal o su versión rousseauniana y más tarde comunista o totalitaria de todo orden, de soberanía popular.

Aunque el cambio doctrinal se detecta ya perfectamente en el primer tercio del siglo XX, especialmente, con el establecimiento de los tribunales constitucionales austríaco y checo en 1920 y español en la II República, será a partir de 1945, tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial, cuando se producirá en Europa la recuperación plena de la idea de Constitución equilibrada, es decir, de la Constitución como una norma suprema. Norma que establece restricciones reguladas y efectivas al poder.

El profesor germano-estadounidense Friedrich dijo que “el constitucionalismo es probablemente el mayor resultado conseguido por la civilización moderna y poco o nada del resto de esa civilización es concebible sin aquél. Bajo él, por primera vez en la historia humana, se ha conseguido para el hombre corriente un cierto grado de libertad y bienestar”.[2]

Estos principios los recogió la Constitución federal alemana y todas las occidentales, incluía la española de 1978, y, por supuesto la jurisprudencia y la doctrina.

Ese sistema constitucional con restricciones efectivas al poder que se potencia a partir de 1945 se organizará bajo la denominación de Estado de Derecho democrático y social.

La creación de Tribunales constitucionales, independientes, no elegidos por el poder político, la aplicación de la Constitución por los jueces y el control de constitucionalidad de las leyes, de los reglamentos y de otros actos del poder público e incluso del poder social o de los particulares o  la resolución jurisdiccional de los conflictos de atribuciones o de competencias, la ampliación y eficacia de los controles se manifiesta en la completa sumisión de la Administración a la ley, con la desaparición de ámbitos exentos, en el establecimiento de nuevas instituciones de fiscalización (Defensor del Pueblo), la extensión del control parlamentario a actividades o entidades de carácter administrativo, en la multiplicación, por vías formales, de otros medios de control del poder a cargo de asociaciones, sindicatos o grupos de interés e incluso en la creación (para determinados ámbitos: Consejo de Europa, Comunidades Europeas) de instrumentos supranacionales, políticos y jurídicos, de control son entramados existentes en todo el mundo democrático a fin de garantizar el ejercicio del poder sin abuso de poder. A ellos habría que unir el llamado cuarto poder, la prensa y su conformación de la opinión pública ( siempre que sean independientes).[3]

Llegados a este punto debemos aclarar que el concepto de Constitución no debe confundirse con el de interpretación constitucional, pues, aunque muy relacionadas, sus términos no coinciden con exactitud. De ahí que el Tribunal Constitucional deba ser un órgano neutral y no político. No sometido a la decisión de la Presidencia de la república como en Argentina o Venezuela. Esa interpretación constitucional debe basarse en los principios y valores que marca la Carta Magna. No olvidemos que los calificativos democrático y social están tan manidos que los vemos unidos a (ambos términos o cada uno por separado) regímenes tan dispares como los de la Francia revolucionaria de 1848, con Napoleón III; en 1850 referido a la Monarquía social alemana; en la constitución propugnada por Bismarck en 1881; en las constituciones comunistas de 1917 o en la alemana del nacionalsocialismo o  italiana de Benito Mussolini y ese mismo espíritu social, de modo radicalmente diferente acabó manifestándose en la Inglaterra de 1936 o en el Estado de Bienestar norteamericano.  Desde esa variedad de uso y abuso de los términos democrático y social, la verdadera interpretación constitucional debe basarse en los principios y valores que marcan la norma suprema. En el caso español recogidos en el artículo 1.

“España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.”

No hay constitución democrática sin que en ella se exprese y garantice ese sistema de valores sustanciales, materiales y formales. Y esos valores que informan todo el ordenamiento jurídico, son garantes de esa libertad individual en todos los ámbitos, también frente a las manipulaciones genéticas o telemáticas que veíamos al principio. Si esos valores no se coordinan y defienden y permiten la interpretación adecuada de las normas que se vayan dando, no habrá libertad, Y ello, como señala Manuel Aragón, porque la afirmación de la libertad como valor exclusivamente “material” puede conducir a una libertad sin democracia, de la misma manera que la afirmación de la libertad como valor exclusivamente “formal” o “procesal” puede conducir a una democracia sin libertad, y lo mismo cabe pregonar de la igualdad, la justicia o el pluralismo político.

Sin esa separación de poderes que se relacionan en un equilibrio de controles mutuos, puede existir algo llamado constitución, pero que no será una constitución propia de un régimen democrático. Y, sólo el régimen democrático —a pesar de todas sus desviaciones y limitaciones— está en condiciones de servir a la vez a los valores políticos, económicos y funcionales de una sociedad desarrollada y sólo sobre el régimen democrático puede construirse un verdadero y eficaz Estado social. Lo demás no pasa de ser un regreso al despotismo más o menos ilustrado acomodado a las exigencias del tiempo presente.

Por tanto y como ya sabían los teóricos desde el siglo XVII, no hay circunstancias históricas, ni políticas que justifiquen un desequilibrio entre los poderes invadiendo unos a otros. Aunque el Derecho constitucional nazca en una determinada época histórica, su vigencia es actual y universal pues se concreta en la pretensión histórica de integrar la realidad política en un sistema de relaciones jurídicas. Si estas no se respetan no habrá constitución, ni libertad, ni igualdad, ni democracia.

BIBLIOGRAFÍA

ARAGÓN, Manuel. “Constitución, Estado Constitucional, Partidos y Elecciones y Fuentes del Derecho: Temas Básicos de Derecho Constitucional”. Ed Cívitas. 2011.

ARAGÓN, Manuel. “El control como elemento inseparable del concepto de constitución”. Revista de española de derecho Constitucional ( enero abril) 1987.

FERNANDEZ-MIRANDA, Torcuato. “ Estado y Constitución”. Ed Espasa- Calpe.1975.

FRIEDRICH, Carl Joachim. – “Constitutional Government and Democracy”. 1941. Google Books.

GARRORENA MORALES, Ángel. – “El Estado Español como Estado Social y Democrático de Derecho”. Ed Tecnos. 1987.

KURLAND. – “Magna Carta and Constitutionalism in the United States.” 1965. Consultado on-line en la biblioteca de la Universidad de Chicago.

[1] KURLAND “Magna Carta and Constitutionalism in the United States”. 1965.

[2] Carl Joachim Friedrich.- Constitutional Government and Democracy. 1941

[3] Manuel Aragón. CONSTITUCION, ESTADO CONSTITUCIONAL, PARTIDOS Y ELECCIONES Y FUENTES DEL DERECHO: TEMAS BASICOS DE DERECHO CONSTITUCIONAL. Ed Civitas. 2011

Mentiras arriesgadas.

Mis lectores habituales saben ya que este año había distanciado las entradas por periodos de 15 días, pero la ocasión merece hacer una excepción.

 

Hoy traigo un artículo prestado: el manifiesto hecho público por los historiadores catalanes contra las mentiras vertidas en el acuerdo para la investidura entre JUNS y el PSOE. Qué dice así:

Comunicado de prensa Desde la asociación Historiadors de Catalunya queremos denunciar el uso presentista, manipulado y falso de la historia, en el acuerdo firmado por Junts per Catalunya y el PSOE que busca en la historia en general y en 1714 en particular el origen de un supuesto conflicto entre España y Cataluña y la pérdida de unas ficticias libertades por la fuerza de las armas. Ante tales afirmaciones que sostiene el acuerdo firmado apuntamos:

– Que la guerra de Sucesión española fue un conflicto civil y dinástico.

– Que el rey Felipe V juró y respetó las instituciones y leyes catalanas en 1702.

– Que el pacto firmado por el rey Felipe V y las Cortes Catalanas fue roto unilateralmente por los últimos y con las armas en 1706.

 – Que tras ser derrotada la rebelión en 1714 y según la ley, el monarca tenía el derecho a gobernar la provincia rebelde como dispusiese.

– Que los Decretos de la Nueva Planta no abolieron el catalán.

– Que las leyes sustituidas por el Decreto de la Nueva Planta de 1716 eran feudales, oligárquicas e incluso racistas como se recoge en el Capítulo XVI de las Constituciones de 1706 donde se ordena la expulsión de los gitanos de Cataluña con penas de diez años de galeras para los varones adultos y de cien latigazos para mujeres y niños.

– Que la administración borbónica y su nueva legislación establecieron las bases para el crecimiento económico y demográfico en Cataluña tras dos siglos de decadencia.

– La nueva dinastía borbónica mejoró la economía en general y el comercio con América en particular, beneficiando las manufacturas textiles y el puerto de Barcelona

 – Que en los acuerdos firmados con ERC y PNV también se hace uso de una historia tergiversada para justificar el pacto de investidura.

 – Que la manipulación, tergiversación, falseamiento y ocultación de la historia son los cimientos donde se ha construido y se construye el relato independentista catalán. Por tanto, el documento firmado por PSOE y Junts por Catalunya busca justificar en el pasado un supuesto conflicto de España contra Cataluña perpetuado en el tiempo.

Barcelona, 11/11/2023

Associació d’historiadors de Catalunya Antoni de Capmany.

 

En este enlace se puede ver el texto original:

https://theobjective.com/espana/politica/2023-11-11/historiadores-catalanes-relato-independentista-psoe-junts/

 

El fraude electoral de 1936

Vamos a hacer un sucinto recordatorio de las elecciones celebradas en España el 16 de febrero de 1936. Su convocatoria, organización y supervisión estuvo en manos del gobierno republicano centrista presidido desde mediados de diciembre de 1935 por Manuel Portela Valladares.

Sin entrar en grandes detalles pues nos llevaría una extensión impropia de un blog,  intentaremos repasar cada aspecto destacado de las elecciones, centrándonos en el recuento de las papeletas, el auténtico problema del resultado final.

  • PARTIDOS POLÍTICOS

Por la izquierda: formación del Frente Popular.

En las elecciones de 1933, los republicanos de izquierda sufrieron una fuerte derrota al concurrir por separado, lo que les dejó sumergidos entre la coalición de derechas y los socialistas. Por eso, intentaron formar una coalición republicana de izquierdas pensando en los siguientes comicios. El partido de Azaña se fusiona con el Parido Radical Socialista independiente de Marcelino Domingo y el ORGA de Casares Quiroga. Así nace Izquierda Republicana ( el 2 de abril de 1934). Por otro lado, Martínez barrio, abandona el Partido Radical y se une al Partido Radical-Socialista de Gordón-Ordás para crear Unión Republicana, que junto con el nuevo partido de Azaña firman el pacto del Frente Popular.  A ellos se unirá un grupo de personalidades prestigiosas encabezado por Sánchez Román al frente del Partido Nacionalista Republicano. Estos tres partidos acordaron un programa mínimo de gobierno.

Camino separado llevaba el Partido Socialista. Azaña no quería unirse a los socialistas por considerar que tras ellos se movía una masa social entre la tiranía y la anarquía que no podría controlar salvo que el Partido Socialista estuviera dirigido por su ala más organizada. De ahí que Azaña buscara acercarse a Fernando de los Ríos o a Prieto. Además, el ala más radical socialista, la de Largo Caballero, tampoco quería tratos con los republicanos. A medida que se acercan las elecciones, la coalición con los socialistas se manifiesta como la única adecuada para encauzar a las masas, ganar las elecciones y conseguir una vía pacífica de actuación con el sufragio como procedimiento. Por otro lado, Azaña no quería un pacto con los comunistas, que generaban un alto rechazo social lo que ponía en peligro el supuesto triunfo electoral. Prieto era de la misma opinión, no así Largo Caballero que rechaza la propuesta de Azaña.

A raíz de la Internacional comunista del verano de 1935 y el acercamiento propuesto desde ella entre todas las fuerzas de izquierda, se produce en España un doble acuerdo: de Prieto con Azaña y de Largo Caballero con los comunistas.

Se inician las presiones de todo orden para lograr la unidad de toda la izquierda. A modo de muestra estas palabras del periódico El Socialista el 19 de diciembre de 1935: “Nuestra fuerza se reputa insuficiente y se busca mediante la unión con todas las que tienen un signo favorable a las aspiraciones populares, colocar al proletariado en situación de poder arrostrar la contienda con seguras posibilidades de éxito”.

Se firmó el pacto, si bien dos de las fuerzas firmantes, a pesar de signar el acuerdo, se mostraron durante todo 1935 contrarias al mismo: el POUM ( fusión, en septiembre de 1935, de Izquierda Comunista de Andrés Nin con el Bloque Obrero y Campesino de Maurín) y las Juventudes Socialistas.

En enero de 1936, el bloque de izquierda estaba formado , aunque el partido de Sánchez Román saldrá del acuerdo al entrar los comunistas en él; sin embargo, para no entorpecer el triunfo de la izquierda, el Partido Nacional Republicano no presentó candidatos a las elecciones.

Al Frente Popular se unieron los partidos nacionalistas – menos el PNV y Lliga -. Por su parte los anarquistas, aunque no formaba parte del Frente Popular, no se mostraron beligerantes con él.

Por la derecha: La CEDA y otros.

En la Derecha se establecen dos polos de atracción de los votantes, de un lado, los monárquicos y, de otro, los republicanos de derechas. El partido más representativo era la CEDA que contaba con una base social y una masa popular en número superior incluso a la de los socialistas, pero nada propicia al desorden, estaba formada mayoritariamente por los católicos. Su líder era Gil Robles.

Tras la maniobra de Alcalá-Zamora, después de las elecciones del 33, para evitar que Gil-Robles (cabeza de la CEDA- partido ganador de aquellos comicios-) se hiciera con la presidencia del gobierno, hizo pensar a amplios sectores de la derecha que era necesario formar un amplio frente contrarrevolucionario. Pero las diferencias entre Gil-Robles y Calvo-Sotelo (líder monárquico) impidieron esa unidad, por más que toda la prensa de derechas clamara por ella. Sí se produjeron pactos entre la CEDA y los republicanos de Miguel Maura, así como con los partidos regionales, incluso la Lliga, y los liberales. Los liberales tenían mucha fuerza en Asturias y su aportación al resultado final era importante en número y por lo significativa que era la región tras la revolución de octubre del 34. En el País Vasco, la CEDA no se presentó para dejar el voto de derechas en manos del PNV.

Pero si difíciles fueron las relaciones de Gil- Robles con los monárquicos, peores se manifestaron con los agrarios. Estas relaciones se habían enfriado por el apoyo de los agrarios al gobierno de Portela Valladares.

Los mayores obstáculos a la unidad vinieron del gobierno de Portela, su partido, centrista con visión de bisagra que pretendía gobernar con izquierdas y derechas según los momentos, había sido creado de marera artificial desde la presidencia de la república ( Alcalá – Zamora), tras la crisis del Partido Radical de Alejandro Lerroux para evitar dar el gobierno a Gil- Robles después de las elecciones del 33. Portela no quería la coalición de derechas y se manifestaba como neutral, lo que generó gran malestar entre los votantes de la derecha.

El periódico El Debate el 31 de diciembre de 1935 lo expresaba así: “El problema de España es de revolución o contrarrevolución. O se está con el orden o con la anarquía. En esta disyuntiva no cabe la neutralidad ni es admisible en ninguna lógica política, patriótica y ciudadana. Mucho más cuando algunos de los hombres que se llaman neutros son meros disfraces de signos que se perciben de manera diáfana y su neutralidad es triangular y conocida”.

El 1 de febrero de 1936, afirmaba el mismo diario: “Derechas e izquierdas rechazan con indignación las maniobras de caciquismo encaminadas a sacar triunfante a ese conglomerado de advenedizos que se llama partido centrista”.

No es el único diario que se manifiesta en contra, ABC o Ya se muestran igualmente indignados. Ya dice: “Se anuncia el único procedimiento arbitrario que quedaba por ensayar”, refiriéndose a las propuestas del Portela.

Al final no hubo “frente nacional” ( CEDA, monárquicos, tradicionalistas y agrarios) en toda España, sino que las candidaturas de las derechas se presentaron aquí unidas, allá separadas: en 31 circunscripciones se formó un bloque de unidad de ese frente nacional y el centro- partido de Portela-. En dos, Ávila y Burgos, los monárquicos concurrieron separados de la CEDA y los demás. En el resto de las 27 circunscripciones, el “frente nacional” se presentó separado del partido de Portela. En Valencia a esa separación hay que unir a los autonomistas valencianos que también se presentaron por su cuenta.

Falta hacer una mención a Falange. El partido nace en 1933 en el discurso de José Antonio en el teatro de la Comedia. Allí ya se muestra contrario a los partidos políticos, por eso surge como movimiento. Se presentó a las elecciones del 33 sin éxito. Sin embargo, tanto la presencia en las anteriores elecciones como en las del 36 le crean un problema ideológico puesto que Falange era contraria al sistema electoral y al Parlamento. Con todo, intentan ir en la coalición de las derechas. José Antonio tenía buena amistad con Gil- Robles, pero discrepaban, entre otras cosas, por el número de puestos de salida que le proporcionaba la CEDA (en torno a 6 y Falange quería 20). Se presentaron solos. José Antonio era cabeza de lista en 11 circunscripciones (permitido en aquel sistema electoral ). No logró el acta en ninguna de ellas.

Con la victoria del Frente Popular y la violencia desencadenada en las calles. Falange fue declarada ilegal. Como recuerda periódico El Sol el 15 de marzo de 1936: “[Ayer] Falange Española de las JONS fue declarada fuera de la ley. Todos los miembros de la Junta política que pudieron ser localizados en Madrid fueron detenidos y encarcelados en la cárcel modelo”.

José Antonio muró en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936.

  • Temas tratados en campaña.

Con la revolución de octubre de 1934 todavía fresca, la campaña se presentaba como un enfrentamiento entre revolucionarios -izquierda- y contrarrevolucionarios -derecha-. La izquierda prometía amnistía a los condenados por la violencia del 34, con lo que buscaban hacerse con los votos de los anarquistas. En la derecha recordaban incansables la violencia del 34 y los sucesos de Casas Viejas y Figols ( sucesos provocados por levantamientos muy violentos de anarquistas y comunistas). La prensa de izquierdas juega con el miedo al fascismo, a pesar de que el único partido fascista, Falange Española, se queda completamente fuera de la coalición de centro-derecha. Además, todos ellos, izquierdas y derechas, – como ya ocurrió en la campaña del 33- hacen constantes llamadas a las mujeres para atraer su voto. Igualmente, la defensa o persecución de la Iglesia recoge otro de los asuntos esenciales durante toda la República.

Pero si hubo una constante en campaña fue la tensión y violencia con que se vivió, la cual se acrecentó a la hora del escrutinio. Los partidos extremistas entre los que cabe incluir la facción socialista de Largo Caballero ya habían anunciado que no acatarán el resultado electoral si no les era favorable. Así en un mitin en Toledo, recogido en el diario El Sol, el 8 de febrero del 36,dice: “No puedo prometer cuál será la conducta del proletariado después del día 16”

 Enrique Castro- del partido comunista-, declara en el periódico El Socialista el 9 de febrero de 1936: “Las masas obreras no pueden limitarse a una acción parlamentaria, sino que deben completarse con la organización revolucionaria… Los intereses de las masas populares no se pueden solucionar en el Parlamento”.

Por último, señalar que el lenguaje utilizado en la campaña fue hartamente violento, el llamamiento a una posible Guerra Civil era constante.

El 29 de enero del 36, en el diario El Debate se recogen las siguientes palabras de Largo Caballero: “Si ganan las derechas al día siguiente tendremos que ir a la guerra civil declarada”.

 El Socialista, el 12 de febrero del 36, dice en su editorial: “Ni siquiera dejarles discutir. Hay que aplastarlos. Digo que eso es una declaración de guerra civil, porque nosotros no cejaremos un momento hasta que salgamos vencedores”.

La violencia de la campaña se cerró con cientos de mítines reventados (sobre todo de la CEDA), con 41 muertos y 80 heridos de gravedad. Dicen, Álvarez y Villa, que los comicios adquirieron un carácter plebiscitario en un ambiente viciado, radicalizado, polarizado y caníbal.

  • El sistema electoral

En esas elecciones legislativas tenían derecho de voto todos los españoles, hombres y mujeres, que hubieran cumplido los veintitrés años antes del mes de enero de 1936 (un total de 13.578.056 personas, según el censo). Se elegía un Congreso unicameral de 473 escaños distribuidos en sesenta circunscripciones (grandes capitales y provincias) mediante un sistema de listas nominales abiertas (el elector podía votar los nombres de los candidatos de su gusto sin atender a su adscripción a una u otra candidatura en la lista única de la circunscripción).

El peculiar sistema electoral vigente desde 1931 imponía el voto restringido (el elector sólo podía votar a un número menor de escaños que elegibles por su circunscripción), era un sistema mayoritario, pero completamente desproporcionado (primaba al vencedor de forma notoria: le otorgaba hasta el 80% de escaños en juego, el llamado “cupo de mayorías”) y favorecía claramente la representación de los ámbitos urbanos y más poblados. De tal forma que un mínimo cambio en el voto popular cambiaba radicalmente la distribución de escaños. El sistema se realizaba a doble vuelta.

La participación en aquellas elecciones alcanzó el 71,3% del censo. Proporción muy notablemente superior al alcanzado en anteriores comicios.

  • El resultado electoral

El estudio del resultado electoral abrió las dudas sobre el oficialmente aceptado hace muchos años y fue el historiador Javier Tusell el que ya puso en tela de juicio el resultado obtenido por unos y otros.

Ha sido el reciente trabajo conjunto, que podemos calificar de arduo, pesado y de filigrana, de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, (1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente popular. Espasa, 2017), el que ha dado los datos definitivos. En opinión de Stanley G. Payne, el libro supone «el fin del último de los grandes mitos políticos del siglo XX».

Ambos profesores de la Universidad Rey Juan Carlos llegan a sus conclusiones tras el estudio de fuentes documentales primarias: memorias, periódicos de la época y, sobre todo, el fondo electoral custodiado en el archivo del Congreso de los Diputados, documentos digitalizados que en algunos casos no se conocían, y los datos obtenidos del archivo de la Fundación Pablo Iglesias y del Archivo de Salamanca. En este sentido, han utilizado fuentes que Javier Tusell, que hasta ahora estaba considerado como uno de los historiadores que mejor había estudiado estas elecciones, no utilizó. Los autores de esta obra han analizado acta a acta, estudiaron que había debajo de cada tachadura, de cada rectificación a lápiz, de cada dígito cambiado, contaron el número de votos en relación a la población,– en el recuento oficial de Jaén , por ejemplo, hubo más votos que electores-, han destapado las cifras reales de aquellas elecciones. El propio Alcalá- Zamora dejó escrito, tal y como señaló Tusell: “España se ha vuelto Coruña», para referir cómo se generalizó lo ocurrido en La Coruña, ciudad con la que el ex presidente de la República ejemplificaba «esas póstumas y vergonzosas rectificaciones» acontecidas con las actas electorales. Los recuentos oficiales antes del día 19 fueron interrumpidos por la turba, aparecieron papeletas a última hora, y a veces en sobres abiertos…El propio Azaña se refiere a los resultados de La Coruña y Cáceres como la “resurrección de candidatos”- de los de izquierda que habían perdido las elecciones en esos lugares-. De hecho, en 2008, se publica el dietario de Alcalá-Zamora, escondido hasta entonces por su familia y robado en tres ocasiones, y que los profesores Álvarez y Villa han podido consultar, frente a los historiadores anteriores, y dónde ya se encuentran datos y opiniones que hablan abiertamente del fraude.

Para analizar cómo se sucedieron los acontecimientos, debemos señalar que a las 20:00 del día 16 de febrero- día de las elecciones- fue anunciada la victoria de la derecha por parte del ministro de Gobernación, haciendo uso de unos datos muy provisionales porque el recuento, con los medios de la época, duró varios días. No obstante, horas después, el presidente del gobierno, Valladares,  anunció que aún era posible una victoria de la izquierda en Cataluña, uno de los centros más importantes de voto.

Fue con el recuento y ante la incertidumbre del resultado, cuando se desató el caos con grupos anarquistas y comunistas protagonizando actos de violencia por toda España. Ante esta situación de tensión nacional, Valladares dimitió, casi se puede decir que huyó, el día 19 de febrero, junto con todo su gobierno.

En ese momento, tres días después de la celebración de las elecciones, con el recuento sin finalizar, Alcalá- Zamora como presidente de la República, pide a Azaña que forme gobierno. Por tanto, Alcalá-Zamora dio el gobierno al Frente Popular antes de haber concluido el escrutinio oficial y sin que se hubiera producido la segunda vuelta electoral en cinco circunscripciones donde ninguna candidatura había superado el 40% de sufragios totales. Es decir, el Frente Popular asaltó el gobierno antes de tener los resultados. Este asalto significó, además, el cambio a la fuerza, por presión de las masas de izquierdas de muchos alcaldes, concejales y gobernadores, esenciales en el recuento. No estábamos ante unas elecciones locales, pero la usurpación del poder se hizo sin oposición ante el miedo que despertaba la turba. La masa asaltó las sedes electorales y los camiones que trasportaban las urnas. Los dirigentes locales del Frente Popular, asentados en los Gobiernos Civiles y diputaciones, se hicieron con la documentación electoral y “terminaron” el escrutinio a puerta cerrada, sin testigos. Ahí empezó el fraude.

La alteración de las actas ocurre en provincias, las Juntas Provinciales informaban del recuento a la Central, que lo trasladaba al Congreso. El cómputo final debía aparecer en los anuarios estadísticos del año siguiente. No fue así. Esas actas las valida la mayoría del Frente Popular con la anuencia del gobierno. La Comisión de Validez de Actas que debía realizar el recuento, se vio inundada de papeletas ilegales. Tusell recoge la siguiente cita de Madariaga: “Conquistada la mayoría fue fácil hacerla aplastante. El Frente Popular eligió la Comisión de Validez de las Actas parlamentarias, la que procedió de manera arbitraria”. Tan fue así que Gil-Robles en sus memorias recuerda que se dio “la extraña circunstancia” de la proclamación del triunfo de las izquierdas en provincias como Álava, Castellón o Soria donde el voto de las derechas había obtenido una ventaja indiscutible. El propio Gil-Robles en Salamanca o Calvo-Sotelo en Orense sacaron a duras penas su acta de diputado cuando ambos habían obtenido una mayoría perfectamente clara. Hay que recordar en este punto que Alcalá-Zamora le dijo a Azaña y está recogido en las memorias del primero “Si usted no hace nada por impedir que invaliden los escaños de los líderes de la oposición, habrá suprimido usted el régimen parlamentario”. En consecuencia, ambos, don Niceto y Azaña eran conscientes de la manipulación de las actas.

Ante las protestas de los partidos de derechas, hubo modificaciones, sobre el fraude, en al menos 8 circunscripciones.

El nuevo gobierno ilegítimo aumentó de manera fraudulenta su resultado en unos 50 escaños. A mayor burla, el Frente Popular en el Congreso sólo se cuestionan las actas conservadoras en las provincias de Cuenca y Granada, que son las que se anulan.

El fraude no se materializa con un asalto masivo sino diseccionado en aquellas provincias con capacidad evidente de producir un vuelco electoral. El resultado estaba muy apretado y el sistema mayoritario, ya explicado, provocó un cambio radical de resultados en los sitios determinantes (provincias gallegas, las de Castilla la vieja,  Málaga y Santa Cruz de Tenerife, Jaén, Almería, Valencia, Albacete…), además de las mencionadas anulaciones. Esa manipulación hace que el Frente Popular consiga en una primera vuelta una mayoría absoluta que deja por intrascendente el resto de las elecciones (segunda vuelta), y declara la victoria en unas elecciones las hubiera podido ganar la derecha.

Según los datos de Roberto Villa García y Manuel Álvarez Tardío, el Frente Popular en la primera vuelta [obtuvo] 4.432.381 votos populares (el 46,3% de los sufragios). Sus adversarios de las candidaturas derechistas coaligadas recibieron 4.402.811 votos (el 46% de sufragios). El resto de los votos (738.557: un 7,7% de los sufragios) fue para otras candidaturas de centro-derecha (Partido Nacionalista Vasco; candidaturas ministeriales auspiciadas por Portela Valladares) y otros partidos (Falange Española, que reportaron sólo dos escaños).[1]

Esos mismos autores llegaron a la conclusión de que, sin amaños, en las elecciones de 1936 el Frente Popular hubiese obtenido, contabilizando ambas vueltas, entre 226 y 230 escaños, y las derechas entre 223 y 227, de un total de 473 sillones que había en el Congreso de los Diputados. El resto serían de otros grupos. Es decir, por sí mismo el frente Popular no hubiera gobernado.

Los sectores más radicales del Frente Popular lograron alterar los resultados de una forma decisiva en aquellas circunscripciones más disputadas. Tras la “revisión” en el Congreso y todos los amaños habidos,  el gobierno del Frente Popular sitúa su victoria en la obtención de 240 escaños (237 era la mayoría absoluta). Los nuevos estudios indican que, al menos, el 10% del total de los escaños repartidos (lo que supone más de 50) fueron fruto de la manipulación. De hecho, antes del cambio de Gobierno, en los dos primeros días de recuento, los datos de Alcalá-Zamora, Azaña y el embajador británico coincidían: entre 216 y 217 diputados para el Frente Popular.

Las elecciones de 1936 fueron un suceso trágico, violento y nada democrático.

Vistos esos antecedentes, se comprende que el periódico Ahora, el 20 de febrero de 1936, señalase: “De la revolución es posible que salgan gobernantes. Servir desde el gobierno las pasiones que han movido la revolución es un error fatal. El peor mal de todos sería gobernar al dictado de unas masas que en la calle gritan sus odios y que se hace la ilusión de que los hombres que tienen el poder en sus manos son meros instrumentos de una apasionada y despótica voluntad de desquite”.

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ TARDÍO, Manuel y VILLA GARCÍA, Roberto. “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente popular” Ed. Espasa. 2017

GIL-ROBLES, J.M. “No fue posible la paz”. Ariel, 1968

MORADIELLOS, Enrique. “Las elecciones generales de febrero de 1936: una reconsideración historiográfica”. 2017.

PAYNE, Stanley G. “Falange. Historia del fascismo español”. Ed Sarpe.1985.

TUÑÓN DE LARA, Manuel. “La II república”. Ed Siglo XXI. 1976

TUSELL, Javier.- “ Las Elecciones del frente Popular” Ed. Cuadernos para el dialogo. 1971.

TRABAJO FIN DE CARRERA de la AUTORA DE ESTE BLOG, para el cual se consultó además de muchos libros, los periódicos de la época, de él salen todas las citas periodísticas de esta entrada y otros datos.

[1] Enrique Moradiellos. Las elecciones generales de febrero de 1936: una reconsideración historiográfica. 2017

Tenerife y las tres victorias frente a los ingleses

El escudo de la provincia y la ciudad de Santa Cruz de Tenerife incluye tres cabezas de León, una de ellas atravesada por la cruz de Santiago que está en el centro del emblema. La heráldica no puede ser más representativa. Las tres cabezas representan los tres asaltos que sufrió esa ciudad por los almirantes ingleses Blake, Jennings y Nelson.

https://www.google.com/search?q=escudo+de+Santa+cruz+de+tenerife&rlz=1C1GCEA_enES932ES932&oq=escudo+de+Santa+cruz+de+tenerife&aqs=chrome..69i57j0i22i30l2j69i60.9208j0j7&sourceid=chrome&ie=UTF-8#imgrc=D5yezz2uvNsRJM

Casi siempre se cuenta la última de estas batallas, determinante para la historia de las Islas y la de España, pero no debemos olvidar las otras dos.

1.- Las décadas de 1640 y 1650 no fueron brillantes ni para España ni para Inglaterra.

En España reinaba Felipe IV y su valido era el Conde – Duque de olivares y posteriormente D. Luis de Haro. Hubo alzamientos en Cataluña, Andalucía, Sicilia, Nápoles, Aragón, la independencia de Portugal y, en la guerra de Flandes, habíamos perdido la provincia de Holanda. En Europa, España se debatía en los estertores de la guerra de los 30 años y la guerra contra Francia. Tuvimos bancarrotas, epidemias y ataques de los corsarios ingleses a nuestra flota en el caribe- lo que a las finanzas españolas y a nuestro imperio le resultaba más dañino que una plaga-.

Los británicos tampoco tenían un buen momento. Habían pasado por la guerra de los tres reinos https://algodehistoria.home.blog/2022/10/07/la-guerra-de-las-tres-coronas-o-de-los-tres-reinos/ La instauración de la república, la invasión y ocupación de Irlanda, la dictadura de Cromwell, la guerra contra Holanda y los sucesivos encontronazos contra Francia y España.

En ese contexto, en el año 1657,  la flota de Indias llegaba a las Islas canarias, tras eludir a los piratas ingleses en aguas del caribe. El asalto de los corsarios ingleses a nuestras embarcaciones era una constante desde que consideraron que el Imperio español era una fuente de riquezas a las que los británicos querían acceder, además de apropiarse de las rutas marítimas y, así,  iniciar su imperio a costa del nuestro. El recorrido de nuestras naves era Caribe- Isla de La Palma- Isla de Tenerife- Cádiz.

Pero cuando navegaban cerca de la isla de Gran Canaria los barcos españoles fueron advertidos de que una flota con 23 barcos de guerra ingleses les acechaba en las costas de Andalucía. Nuestros barcos regresaron a Tenerife y desembarcaron el tesoro traído de América.  Santa Cruz era una pequeña población de 1.125 habitantes, dotada de un castillo y un fuerte.

Una parte de la flota de indias- dos galeones- y multitud de barcos de todo tipo se amarraron en la bocana del puerto de Santa Cruz, a modo de muralla defensiva. Defensa organizada por el general Diego de Egües, y allí llegaron los ingleses bajo el mando de Blake. El 30 de abril empezó un intenso intercambio de artillería. Los barcos españoles anclados en el puerto fueron abordados o quemados por los británicos. Pero los ingleses sufrieron enormemente en sus barcos los cañonazos propinados desde tierra por los españoles, que les impidieron desembarcar. Llegados a ese punto, los ingleses tocaron retirada y salieron del puerto favorecidos por el viento.

Por la parte inglesa hubo 50 muertos y 120 heridos. En el bando español, cerca de 300 muertos y 11 naves destrozadas. Sin embargo, se consiguió mantener a salvo el grueso de la flota de Indias. La carga que transportaba se almacenó en Santa Cruz, como era habitual, sólo una parte de la carga era para la corona, siendo el resto propiedad de particulares, muchas de ellas eran mercancías de contrabando. Estas fueron requisadas obteniendo con ello el Estado una cantidad superior a la perdida en la batalla.

La verdad es que ambos bandos celebraron la batalla como un triunfo. Cromwell homenajeó y condecoró a Blake, lo mismo que Felipe IV a Egües, y   las islas de Gran Canaria y Tenerife fueron agraciados con diversos favores reales, tanto en el comercio con América como en exenciones fiscales.

2.- Durante la Guerra de Sucesión, en noviembre de 1706, los ingleses llegaron hasta Santa Cruz de Tenerife con una flota formada por doce navíos y otras embarcaciones de apoyo, sumando entre todas ellas, 800 cañones,  al mando estaba el contraalmirante John Jennings, con la pretensión de tomar la isla.

En la tarde del 5 de noviembre, vigías situados en las cumbres de la isla divisaron navíos de bandera desconocida llegando a las costas de Santa Cruz. La ciudad presentaba una defensa artillera de gran importancia formada por varias baterías, reductos y baluartes, así como una línea de defensa costera compuesta por los castillos de Paso Alto, San Cristóbal y San Juan, todo ello unido mediante una muralla litoral que enlazaba todas estas fortificaciones.

La magnifica defensa de la isla evitó, durante todo el día 6, el desembarco y toma de la villa por parte de los británicos. A las tres de la tarde, Jennings mandó desembarcar a un mensajero para ofrecer al archipiélago tomar como rey al Archiduque Carlos. José de Ayala y Rojas, cabeza visible de la defensa isleña le contestó que seguirían defendiendo la Corona de Felipe V.

Antes del anochecer Jennings ordenó a sus navíos desplegar velas poniendo rumbo a Europa y dejando atrás las aguas canarias.

3.- La tercera ocasión en que los británicos quisieron hacerse con Tenerife, fue la más importante y trascendente de todas.

Mientras la flota española estaba bloqueada en el puerto de Cádiz (después ser vencida el 14 de febrero frente al cabo de San Vicente), en la noche del 21 de julio de 1797, la flota inglesa del contraalmirante Horacio Nelson se acercó sigilosamente a Tenerife; estaba compuesta por cuatro navíos de línea, cuatro fragatas, una nave de apoyo y mil soldados.  Su intención era apoderarse de Tenerife, primero y de todo el archipiélago canario, después.

La defensa canaria contaba con unos 1.600 hombres, al mando se encontraba el comandante general de Canarias, Antonio Gutiérrez. A ellos se unió el pueblo de Tenerife, que luchó con auténtico heroísmo.

La flota inglesa fue avistada el día 22. Los ingleses lograron desembarcar en la playa de Valleseco, pero fracasaron en el asalto al castillo de Paso Alto debiendo de reembarcar en la noche del 23 al 24 de julio. La madrugada del día 25 aconteció el combate más importante. Se produjo en el muelle del puerto de Santa Cruz de Tenerife. El buque La Fox fue hundido por la artillería española. Los ingleses volvieron a los barcos, el propio Nelson tuvo que reembarcar al perder de un cañonazo su brazo derecho. Los ingleses que habían logrado desembarcar se abrieron paso hasta el Convento de Santo Domingo, donde se hicieron fuertes. La lucha se extendió por las calles, los tinerfeños lucharon a brazo partido y con pocas armas contra los invasores, hasta lograr que los intentos de nuevos desembarcos británicos fracasaran. El comandante de la infantería británica solicitó condiciones para su rendición.

Las pérdidas inglesas ascendieron a 233 muertos y 110 heridos. Por parte española, las bajas fueron de 24 muertos y 35 heridos. Los fallecidos estaban equilibrados en su origen, tanto militar como ciudadano,  lo que demuestra a las claras la interacción del pueblo y el ejército en esta acción.

Este acontecimiento es conocido como la Gesta del 25 de julio de 1797, es una de las efemérides más importantes de la historia de Canarias y no es para menos. La defensa, con los pocos medios que se tenían y la propia situación estratégica del Puerto de Santa Cruz, era una muy difícil de llevar a cabo y, sin embargo, fue todo un éxito militar de Antonio Gutiérrez y de sus hombres. Pero, sobre todo, del pueblo tinerfeño que, con pocos medios, alejados de la Península, demostró una vez más su gran amor a España.

Además, aquella derrota, la última derrota que sufrió Nelson, supuso el fin de la doble estrategia que subyacía en aquel ataque. Las Islas eran una parada obligada para los navíos de la época, pues el Canal de Suez no estaba aún abierto y tenían que pasar por ellas todos los barcos procedentes de Europa hacia América, África o Extremo Oriente.

Por lo que la primera finalidad del plan es la de privar a España del inmenso apoyo de las Islas en la ruta hacia el continente americano.

A finales del siglo XVIII, Gran Bretaña se encuentra en un momento de máxima expansión, pero la independencia de los Estados Unidos y la imposibilidad de arrebatar a España sus posesiones americanas les obliga a dirigirse hacia África y Asia, sobre todo, hacia la India . Y para mantener la ruta a la India son necesarias bases en el Atlántico y el Índico.

La segunda finalidad del ataque era obtener un punto de apoyo en la ruta atlántica.

Hasta tal punto esta conquista era importante para los ingleses que William Pitt, primer ministro británico, hablaba sobre la conveniencia de cambiar una de las Islas Canarias por su “amada e importante posesión de Gibraltar”.

Afortunadamente, al verse obligados en virtud de las capitulaciones que les impuso el general Gutiérrez, a no volver a atacar las Islas Canarias, los ingleses no tienen más remedio que olvidar la ruta atlántica y volverse hacia el Mediterráneo y Egipto, donde al año siguiente seguirán combatiendo, pero esa vez contra la flota francesa.

Si hoy las Islas Canarias son españolas, es por la férrea voluntad de sus habitantes en la defensa frente a los ingleses. Si Nelson hubiera ganado, con una España en franca decadencia; con la flota bloqueada en Cádiz y poco después derrotada en Trafalgar; con España a punto de iniciar la guerra de independencia; con Gibraltar en manos inglesas, es muy probable que nunca las hubiéramos recuperado.

Así que, los tinerfeños pueden llevar con gran orgullo los tres leones en su escudo. Ganados con sangre, esfuerzo, sudor, lágrimas y gran lealtad y amor a España.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, P.-“ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1954.

ALCALÁ-ZAMORA Y QUEIPO DE LLANO: “La historia oceánica de los siglos modernos y el tesoro submarino español” . Google Books. 2008.

Rumeu de Armas: Antonio. “Piratería y ataques navales contra las islas Canarias”. Google Books. 1947.

La Gloriosa

El 30 de septiembre de 1868, Isabel II salía de España para no volver. La culpable de su exilio: la llamada Revolución Gloriosa

El republicanismo revolucionario europeo al estilo de Mazzini culminó en las revoluciones de 1848. Se trataba de un proceso revolucionario romántico, que creía posible alcanzar todos los ideales. Vista la experiencia general en Europa, el romanticismo procuró ser apartado por la mayoría para acceder a posiciones más prácticas y realistas.

Pero aquel movimiento romántico tuvo una coda en España. Nuestros revolucionarios del S. XIX creían posible un movimiento radical que de golpe acabara con todas las instituciones del Estado, corruptas e inútiles, a su entender, y que de él emergiera un nuevo orden ideal. A esto se le conoce como el “mesianismo del caos”. España lo padeció en el S.XIX, en el XX y no sé si algunos no seguirán en él.

Aquella revolución sumaba un posicionamiento fuertemente ideológico con una materialización militar al estar apoyada en hombres fuertes del ejército como Prim o Serrano

Prim denuncia en el manifiesto del 18 de septiembre de 1868: “el ahínco de la inmoralidad… convirtiendo la Administración en granjería”. En el famoso “España con honra” del día 19, Serrano y los demás firmantes recriminan que “ la Administración y la Hacienda son [pasto] de la inmoralidad y del agio”. Se trata pues de una revolución purificadora de España. Purificadora de los hombres y de la mujer ( reina Isabel II) que la gobiernan.

Isabel había sido proclamada reina a los 3 años, aunque no reinaría con pleno derecho hasta los 13. Estuvo siempre en manos de sus cortesanos -primero los de su madre, luego los de su marido y finalmente los suyos propios-, que intentaron moldearla a su conveniencia. En una entrevista que le hizo Benito Pérez Galdós para el diario El Liberal, cuando la reina estaba en el exilio, confesó haber hecho muchas cosas mal, pero no ser la única culpable del mal gobierno. La reina depuesta se lamentaba de que nadie quiso enseñarle nunca a gobernar si no era en su propio provecho. A Isabel II un diputado la definió como “la reina de los tristes destinos”; Galdós,   impresionado favorablemente por la ex reina en aquella entrevista, retomó aquel epíteto y lo inmortalizó, al tiempo que volvió de París con una opinión mucho más benevolente hacia la pobre Isabel, que la que había tenido hasta entonces.

Los errores de aquellos gobiernos quisieron ser lavados por una revolución en principio con un objetivo pacífico y un alcance inicial impreciso.

La táctica seguida se basó en:

  1. La conspiración previa, formado por un frente subversivo de amplio espectro político

Ya en 1866, varios políticos liberales y progresistas, incitados por el general Prim, descontentos con la situación nacional, se reunieron en la ciudad belga de Ostende para trazar un plan que derrocara al gobierno y permitiera tomar medidas urgentes ante la grave crisis que se avecinaba. Se firmó un acuerdo, el 16 de agosto de 1866, entre miembros del partido progresista y miembros del Partido demócrata, cuya finalidad era derribar la monarquía de Isabel II.  Este pacto, al que, a principios de 1868, se sumó la Unión Liberal (tras el fallecimiento de O’Donnell que rechazaba el movimiento subversivo)  fue el germen de “ La Gloriosa”.  Precisamente la incorporación de la Unión Liberal, que aportaba el mayor número de militares, fue decisiva para el triunfo de la revolución.

Conscientes de la necesidad de reunir el máximo apoyo posible, el acuerdo fue escueto y ambiguo. Hablaba de “destruir lo existente en las altas esferas del poder” y de nombrar “una asamblea constituyente, bajo la dirección de un Gobierno provisorio, la cual decidiría la suerte del país.

Prueba de la amalgama de grupos que se reunió contra Isabel II y la poca cohesión interna que existía entre ellos, fue el hecho de que los republicanos, molestos por lo que consideraban su exigua representación en Ostende, organizan otro centro revolucionario en París. La confrontación se cerró con la ratificación de las clausulas de Ostende en el pacto de Bruselas de 30 de junio de 1867.

       2. El pronunciamiento militar complementado por una revuelta popular.

Ambas acciones [conspiración y ayuda militar] ya habían actuado al unísono en diversas revueltas callejeras desde 1854, o en los intentos de sublevación capitaneados o apoyados en la sombra por Prim, como el de Villarejo de Salvanés el 3 de enero de 1866 o el del Cuartel de San Gil el 22 de junio de 1866 , y en el citado acuerdo de Ostende de agosto de 1866.

Pero la auténtica sublevación militar se produjo en 1868 en la que por primera vez el ejército fue secundado por la marina.

La historiografía se divide al intentar calcular la importancia de la participación popular en la revolución. Tuñón de Lara la magnifica y pone como ejemplo el reparto de armas en Cádiz, o en Sevilla, Córdoba, Huelva, Alcoy y Béjar; pero otros autores, como Hennessy señalan que  “ solamente después que triunfó la revolución se convirtieron las masas en algo digno de consideración”.

A partir del triunfo de la Revolución, se inicia lo que será conocido como el Sexenio Democrático (1868-1874) que intentará crear en España un nuevo sistema de gobierno.

Aquella revolución se concentra en el derrocamiento de Isabel II y en el establecimiento del sufragio universal (masculino) y la exaltación de los principios del liberalismo radical, pero no tenían un programa social concreto. Aunque durante el sexenio revolucionario se tomaron algunas medidas sociales precursoras de la legislación social: Informaciones parlamentarias sobre la situación de la clase obrera; exenciones tributarias a las cooperativas obreras, o la Ley de 24 de julio de 1873 sobre protección del trabajo infantil, no se atiende realmente a los problemas de la población. Esta desatención social en el ideario de la Revolución llevó a conflictos posteriores donde las masas obreras alentaron contra la revolución política en busca de una revolución social.

De hecho, la extracción social de los revolucionarios se situaba en las clases medias ilustradas, profesionales liberales, movidos por el idealismo y no por la realidad cotidiana. Las clases populares sin instrucción fueron protagonistas en un número poco importante.

En todo caso, la diversidad era la nota común de los revolucionarios (incluso hubo un intento de incorporar a los carlistas que cortó el general Cabrera, pues no estaban de acuerdo con el sufragio universal) de ahí la poca cohesión interior con la que actúan. Pero tenían dos principios básicos comunes: la soberanía popular expresada en el sufragio universal; y los derechos individuales que eran imprescriptibles y por ello ilegislables e irrenunciables.

Además de los partidos oficiales y legales, existían organizaciones clandestinas de matices republicanos y socialistas, sociedades secretas más proclives a la violencia que a un acuerdo auténticamente democrático.

A todo este conglomerado se unió el duque de Montpensier, cuñado de la reina, para aportar a la causa a modo de financiación 3 millones de reales y así derrocar a su cuñada, con la pretensión de hacerse él con la Corona. No fue el único que aportó dinero. También lo hicieron las juntas revolucionarias y la burguesía catalana, los industriales resentidos con el favoritismo de la Corte. Aunque será esta misma burguesía catalana la que, años después, en vista de que una de las consecuencias de la revolución fue el cantonalismo y el caos, hicieron lo posible por financiar la Restauración monárquica.

Antes de llegar a aquel final, debemos atender a lo que fueron los detonantes inmediatos de la Revolución. Aunque la historiografía tampoco se pone de acuerdo. Vicens habla de una importante crisis económica, pues se había estimulado la ampliación de la red ferroviaria de España. Los grandes empresarios del país y las sociedades de crédito, así como muchos políticos y militares, invirtieron en las compañías de ferrocarriles con la expectativa de obtener grandes beneficios. Pero lejos de ello, aquellas inversiones llevaron a la ruina a muchos inversores. Lo que generó un efecto dominó: las principales industrias del país quedaron paralizadas por la falta de liquidez, lo que dejó sin trabajo a decenas de miles de personas.

A ello se sumó una crisis alimentaria: las cosechas habían sido malas, con todo, buena parte se destinó a la exportación para intentar reducir el déficit del Estado: esto provocó un rápido aumento de los precios de los alimentos y el inicio de revueltas populares. Esta situación hizo tomar medidas radicales al gobierno del general Narváez, bloqueando la actividad de las Cortes. Precisamente otro sector de la historiografía centra los orígenes de la Revolución en estas razones políticas, cuasi dictatoriales. Normalmente, todo influye.

La revolución se inicia en Cádiz el 19 de septiembre y se resuelve en pocos días en Madrid. La reina, que estaba de vacaciones, se instala en San Sebastián. El propio día 19 el gobierno de González Bravo, que había sucedido a Narváez tras la muerte de éste el 23 de abril de 1868, dimite. El día 28 se libra la llamada Batalla de Alcolea, que como el propio general Martínez Campos define fue “un encuentro no una batalla; como un trueno sin tormenta; como un chispazo sin corriente”. Pero tuvo la suficiente entidad como para que en una reunión de generales en el Ministerio de la Guerra se optara por deponer la lucha. No hubo oposición y, aunque Isabel II quiso volver a Madrid, sus consejeros la disuadieron. Cruzó la frontera francesa el día 30 de septiembre.

La Revolución había triunfado, pero quedaba organizar el triunfo.

A medida que la revolución se extendía por cada provincia se constituyeron las Juntas revolucionarias. creándose también en Madrid la Junta Suprema de Gobierno. Cuya presidencia recayó en el general Serrano. Sin embargo, las juntas revolucionarias provinciales no se disolvieron y por ello se puede decir que la Revolución vivió en una permanente crisis revolucionaria. Los demócratas que habían quedado fuera de la Junta Suprema, mantenían así en las provinciales unos núcleos de poder paralelos. En esas juntas provinciales se instalaron también los milicianos llamados “voluntarios de la libertad”. Eran el brazo armado de la revolución.

Esta dualidad llevó a que en cada Junta se aprobaran leyes diferentes, sólo a modo de ejemplo, la Junta de Zaragoza aprobó el matrimonio civil o la libertad de trabajo que en el resto de España no se daban. Y en Sevilla y Málaga, la clara separación de Iglesia y Estado, y en la de Madrid se estableció la extinción de las comunidades religiosas. El gobierno declara la expulsión de los jesuitas, por cuarta vez en la historia de España.

El tema eclesiástico y religioso iba a plantearse en términos pasionales, sobre todo en el sur de España, con la consiguiente quema de templos y persecución de creyentes. El obispo de Jaén se quejó: “ hablan de libertad de cultos, y es libertad de agresión”. De esas agresiones sabían mucho los Voluntarios de la Libertad. Se genera así, además de un problema de poder, un problema de orden público.

Prim en un decreto de 17 de octubre disolvió la organización de los voluntarios y posteriormente exigió también la disolución de las Juntas. Para lograrlo, trasvasó a miembros de las Juntas a puestos de la Administración provincial, local y nacional. De este modo y sin más dificultades, las Juntas fueron desapareciendo. Prim fue así emergiendo como hombre fuerte del momento.

Pero había otro problema que dilucidar, la cuestión del Régimen. Monarquía o República. Unionistas y progresistas era monárquicos y los demócratas vivían en una dualidad de criterios.

Se sucedieron en Madrid los días 15 y 22 de noviembre manifestaciones- celebradas con recorrido inverso- desde la Plaza de Oriente al Obelisco del Dos de mayo, la de los monárquicos, y desde el Obelisco a la Plaza de Oriente la de los republicanos, pero nada se dilucidó.

El Gobierno en el preámbulo del decreto de convocatoria de las Cortes Constituyentes había señalado que prefería la monarquía. El 6 de diciembre de 1868, se convocaron elecciones a las Cortes Constituyentes por sufragio universal masculino de los mayores de 25 años, con un censo cercano a los 4 millones de electores. Las nuevas Cortes se constituyeron el 11 de febrero de 1869.

Se inicia así la discusión de la nueva Constitución cuyos puntos de importante debate fueron la cuestión religiosa y el tipo de régimen.

En el primer asunto se declara al Estado como confesional; se obliga a mantener el culto y a los ministros de la religión católica, y a garantizar el ejercicio público y privado de cualquier culto.

En el art 33, se aborda el segundo aspecto espinoso la cuestión del régimen. La redacción final decía: “La forma de gobierno de la Nación española es la Monarquía”. Hasta llegar a este punto los monárquicos tuvieron que discutir con los republicanos que se presentaron divididos en dos: los federalistas de Pi y Margall y de Castelar y los Unionistas de García Ruiz y de Sánchez Ruano. El artículo 33 fue aprobado por 214 votos a favor y 71 en contra.

EL Rey se concebía como un “ poder constituido, moderador e inspector de los demás poderes y titular del ejecutivo que ejercen sus ministros”. También compartía el poder legislativo con las Cortes, a las cuales tenía la facultad de suspender sólo una vez en cada legislatura.

En los artículos 77 y 78 se decía que la Monarquía tendrá “carácter hereditario en la dinastía que sea llamada a la posesión de la Corona”.

 Y ahí surgió otro de los problemas. Se quería una dinastía democrática y cómo señaló el general Serrano, que ocupó el cargo de regente en ausencia de un monarca: “¡Encontrar a un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo!” Finalmente, a instancias de Prim, las Cortes decidieron en 1870 ofrecer la corona a la dinastía de Saboya, a Amadeo, el segundogénito del rey italiano Víctor Manuel II.

Asesinado su valedor, Prim,  la situación de Amadeo en España se puso muy cuesta arriba. Tampoco es que él ayudara mucho. Llegó con un perfil liberal que parecía satisfacer un punto medio entre los deseos de las diversas facciones que habían instigado la revuelta. Sin embargo, resultó ser todo lo contrario: logró unirlas, pero sólo contra él y, harto de la imposibilidad de reinar en un país dividido en constantes luchas de poder, abdicó al cabo de dos años. Dando paso a la desbarajustada I República.

Realmente aquella revolución tuvo de Gloriosa el nombre, llegó por el “mesianismo del caos” y acabó enfangando a España en un caos mayor. Pero esa ya es otra parte de la Historia

BIBLIOGRAFÍA

HENNESSY, C.A.M.-“ La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal 1868-1874”. Ed. Los libros de la Catarata. 2010.

PALACIO ATARD, V.-“La España del siglo XIX. 1808-1898”. Ed. Espasa- Calpe. 1981.

TUÑÓN DE LARA, M.- “El problema del poder en el sexenio 1868-1974”. Ed. Siglo XXI. 1976.

VICENS VIVES, J.- “ Historia social y económica de España y América”. Ed. Teide 1959.

LA RECUPERACIÓN DE MENORCA Y LA PASCUA MILITAR.

A isla española de Menorca fue conquistada por una escuadra anglo-holandesa en 1708 durante la Guerra de Sucesión española, pasando a ser posesión de la Corona británica por el Tratado de Utrecht de 1713.

El 29 de junio de 1756, durante la Guerra de los Siete Años, la isla fue reconquistada por las tropas francesas del mariscal Richelieu (sobrino-nieto del cardenal del mismo nombre) después de que la escuadra francesa del almirante La Galissonière hubiese vencido a la inglesa del almirante Bing, la isla pasó a manos francesas. Aquella victoria francesa tuvo como consecuencias directas que, por un lado,  la Royal Navy hiciera responsable al almirante Bing de la derrota y, tras un sumario consejo de guerra, fue fusilado a bordo de su navío, ejecución que sigue siendo uno de los casos más polémicos de la Historia de Gran Bretaña. Y, en otro sentido, mucho más amable, la victoria valió para lograr un avance gastronómico: un cocinero del duque de Richelieu inventó una de las salsas más conocidas, la mahonesa o mayonesa, para conmemorar aquel triunfo francés.

La isla se mantuvo en manos francesas hasta el fin de la guerra, siendo devuelta a Gran Bretaña por el Tratado de París, firmado el 10 de febrero de 1763.

Los años 1781 y 1782 fueron gloriosos para las armas españolas contra los ingleses. Así, el día 9 de mayo de 1781, las tropas británicas del general Campbell se rendían al general español Bernardo de Gálvez, quedando consumada la capitulación de Pensacola ( ya hablamos de él aquí: https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/ ). El 6 de mayo de 1782 se conquistan las Bahamas. Entre 1781 y 1782 una multitud de barcos británicos son apresados por la flota española con sus bodegas llenas de riquezas y armas que pasan a incrementar las arcas españolas. Fruto de todo ello el derrumbe de la Bolsa Real de Londres fue apoteósico, según expone el escritor y erudito británico Robert Graves. La importancia para España del apresamiento de estos barcos se tradujo no solamente en el botín incautado de buques, pertrechos, vestuarios, armamento y oro acuñado en lingotes, sino, y mucho más importante aún, en que las pérdidas del enemigo debilitaron seriamente sus fuerzas navales y terrestres en ultramar hasta tal punto que condicionaron sus operaciones ofensivas en los siguientes años. En este sentido es especialmente destacado el apresamiento, en 1781, de un convoy a la altura de las islas Sorlingas ( en el confín occidental del Canal de la Mancha).

Pero para comprender la necesidad de reconquistar Menorca por parte de España, más allá del hecho cierto de que era una isla española usurpada por los ingleses, hay que centrarse en un aspecto estratégico importante.

España había iniciado un bloqueo a Gibraltar en 1779, ya duraba por tanto unos años, sin grandes resultados puesto que el bloqueo era roto por mar la marina británica y por embarcaciones piratas enviados por los ingleses desde Menorca.

El rey Carlos III, a propuesta del conde de Floridablanca (Secretario del Despacho de Estado, cargo que ocupó hasta 1792, compaginándolo , además, entre 1782 y 1790, con el Despacho de Gracia y Justicia) decidió acabar con el abastecimiento que Menorca daba a Gibraltar y, de paso, eliminar la presencia británica en el Mediterráneo – a excepción de Gibraltar, con la que querían también acabar-. Para lo que necesitaba reconquistar la isla. Encargo que dio al duque de Crillón (de origen francés, pero teniente general del Ejército español). Este aceptó, pero le pidió a Floridablanca que el proyecto de invasión se llevase a cabo en el más absoluto secreto y exigió que solo lo conocieran el Rey, el Príncipe de Asturias, el propio ministro y el mismo Crillón. Nadie más, ni siquiera los ministros de Guerra y Marina o el embajador en París- conde de Aranda- Al cual se le informó de la situación cuando la costa menorquina estaba a mitad de camino de ser alcanzada por la expedición de reconquista.

Las razones no eran otras que encontrar al enemigo desprevenido, y evitar que incrementase la presencia militar británica en la isla, la cual se limitaba a una pequeña guarnición en el castillo de San Felipe.

Los preparativos se ocultaron ante los ministerios de Guerra y Marina, señalando que eran los adecuados para seguir con el bloqueo del Peñón. La expedición española se compuso de 78 buques que transportaban a las tropas del ejército en un número que ascendía a unos 7.900 hombres. La composición de la flota consistió en un convoy de buques mercantes y un grueso de buques de guerra que se presentaron como apoyo a la expedición. No salieron todos juntos desde Cádiz, donde se asentaba la mayor parte de la flota, sino que se fueron unieron desde Cartagena y otros puertos de Levante a fin de no despertar sospechas de los británicos sitos en Gibraltar. Para que el convoy saliese de Cádiz sin más sospechas se hizo correr el rumor de que iban a Buenos Aires a sofocar una revuelta surgida en la región del Plata.

Los primeros buques en salir de Cádiz lo hicieron el día 21 de julio de 1781. La flota completa tenía previsto alcanzar la costa menorquina y desembarcar la noche del 18 al 19 de agosto de 1781, pero se desencadenó una tormenta, por lo que hubo que actuar a la luz del día 19.

Se situaron los barcos rodeando los puertos de toda la isla, pero el grueso de la expedición se situó en dirección a Mahón llegando desde el Sur. Dejando tres fragatas bloqueando la salida o entrada de barcos en Ciudadela. Por allí desembarcaron 200 militares del cuerpo de Dragones. Mientras tanto, los navíos que rodeaban el castillo de San Felipe, situado a la orilla sur de la boca del puerto de Mahón, cañonearon la fortificación. Crillón mandó desembarcar al grueso de la infantería para someter a los británicos que no estaban dentro del castillo y apoderarse del arsenal inglés. Además, lograron acabar con las naves corsarias británicas que pretendían hostigar a los españoles.

El 24 de agosto, lograron las tropas españolas dominar la isla,  se preparó la logística para rodear el castillo e iniciar el sitio en torno al castillo, último reducto a someter.

Durante los meses posteriores al desembarco fueron llegando refuerzos de tropas españolas que aumentaron hasta un total de 10.411. El 18 de octubre arribó a la isla un contingente de 4.128 soldados franceses y alemanes —una brigada de cada nacionalidad—que agregados a los españoles sumaban 14.539 hombres. Los ingleses, al comenzar el asedio, contaban con una guarnición de unos 2.600 oficiales y soldados.

Se iniciaron una serie de preparativos que permitieran instalar cañones alrededor de la fortaleza y atacarla con la artillería pesada. El 6 de enero, se iniciaron los disparos desde las baterías. El castillo aguantó un mes.  El 6 de febrero de 1782, el teniente general británico James Murray entregaba el castillo de San Felipe, en Mahón, al teniente general del Ejército español duque de Crillón, pasando la isla de Menorca a formar parte de la Corona española.

El 25 de marzo del mismo año, la expedición española retornó a Algeciras.

Murray fue acusado de negligencia por su segundo, teniente general William Draper, por lo que fue sometido a un consejo de guerra en el que fue absuelto.

Con motivo de la victoria, el rey Carlos III ordenó que, en la fiesta de la Epifanía, los virreyes, capitanes generales, gobernadores militares y otros jefes de unidades reuniesen a las tropas bajo su mando y les transmitieran su felicitación. Se instauraba así la tradicional Pascua Militar, cuyos festejos continúa hasta nuestros días.

La reconquista de Menorca y la reposición a la soberanía española fue ratificada por el Tratado de París del 3 de septiembre de 1783.

Sin embargo, volvió a ser invadida por los británicos en 1798, durante las guerras contra la Francia republicana y napoleónica y devuelta a España por el Tratado de Amiens, firmado el 25 de marzo de 1802, en virtud del cual Gran Bretaña devolvió Menorca a España, a cambio de quedarse con Trinidad en el Caribe.

De todo este trasiego de conquistadores y corsarios; de presencia francesa (apenas 7 años), y de conquista británica durante 71, quedan en la isla importantes vestigios.

Así de los franceses queda la ciudad de San Luis y una aceptable red viaria. Pero los 71 años de presencia inglesa han dejado diversas obras públicas, la ciudad de Georgetown -hoy Villacarlos, el monumento erigido a la memoria del gobernador Sir Richard Kane, cerca de Mahón, uno de los mejores administradores británicos que tuvo la isla menorquina. También en la arquitectura, mobiliario e, incluso, en las bebidas, hoy día, se percibe la influencia inglesa en Menorca. Varios de sus antiguos edificios reflejan el llamado estilo georgiano del siglo XVIII inglés, y la misma tendencia se percibe en muchos otros rasgos de la estética y las costumbres de la isla.

BIBLIOGRAFÍA

BARRO ORDOVÁS, Antonio.- “EL DESEMBARCO ESPAÑOL EN MENORCA, 1781”. Ministerio de defensa. Archivo de la Armada. 2019.

GELLA ITURRIAGA, José.- “El convoy y el desembarco español de 1781 en Menorca”. Revista de Historia Naval, 1983.

Fondos del Museo Naval de Madrid.

¿POR QUÉ ESPAÑA ES ESPAÑA?

El otro día, el sobrino de 7 años de una amiga me preguntó: ¿por qué España es España?

El niño se refería al origen del nombre, pero su pregunta formulada de aquella manera da mucho más de sí.

El nombre de España deriva del de Hispania que era como los romanos denominaron a aquellas tierras que se encontraban al sur de los Pirineos, a las que ellos llegaron por mar y se asentaron en Ampurias- como ya vinos en:  https://algodehistoria.home.blog/2021/10/01/ampurias-218-antes-de-cristo/

Por tanto, la primera zona conocida por Hispania fue la costa gerundense y desde allí permitió extender el nombre hacía el interior a medida que se producía la romanización de aquel territorio que los griegos denominaron Iberia.

Pero los romanos no bautizaron Hispania a aquella zona por azar, sino que el nombre estaba asentado desde los fenicios que llamaban al lugar con la denominación de i-spn-ya, cuyo significado era tierra de conejos, pero no referida al animal que conocemos sino a unos pequeños animalejos designados como conejos de costa, que ni siquiera procede de la familia biológica de los conejos. Un término cuyo uso está documentado desde el segundo milenio antes de Cristo, en inscripciones ugaríticas. Aclaremos que el ugarítico fue una lengua semítica que se hablaba en una zona de Siria desde el 2000 a. C. Se conoce gracias a la gran cantidad de restos encontrados en 1928, con tablillas de signos cuneiformes (pictogramas casi siempre utilizados para fines comerciales en su origen). No olvidemos que los fenicios ocupaban un territorio en la costa sur mediterránea a la altura de Chipre y que hoy se corresponde con territorios de Israel, Palestina, Siria y Líbano. Los fenicios constituyeron la primera civilización no íbera que llegó a la península para expandir su comercio y que fundó, entre otras, Gadir, la actual Cádiz, la ciudad habitada más antigua de Europa Occidental.

Fueron los romanos los que interpretaron la expresión fenicia como tierra de conejos, el animal, ya sí, que identificamos todos como tal. Un uso recogido por Cicerón, César, Plinio el Viejo, Catón, Tito Livio y, en particular, Cátulo, que se refiere a Hispania como península cuniculosa (en algunas monedas acuñadas en la época de Adriano figuraban personificaciones de Hispania como una dama sentada con un conejo a sus pies), en referencia al tiempo que vivió en Hispania.

No es la única interpretación lingüística que se hace del término i-spn-ya, pero este no es un blog lingüístico sino histórico, así que fuera tierra de conejos o tierra de metales, o tierra del norte, como señalan otros académicos aduciendo que los fenicios habían descubierto la costa de i-spn-ya bordeando la costa africana, y ésta les quedaba al norte, o tierra de occidente al decir de Nebrija en su interpretación del término Hispalis, no altera el hecho histórico de que desde los romanos el término fenicio se extendió para denominar las zonas romanizadas con la denominación de Hispania, en ocasiones, durante la época romana, más allá de lo que hoy es la península ibérica.

La generalización del término Hispania o España referida exclusivamente a la Península Ibérica se lo debemos a los visigodos. Y con ellos el nombre pasó de ser una mera expresión lingüística, con trasfondo histórico local, para convertirse en una formulación política consecuencia de la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana a la que los godos, inicialmente, quedaron incorporados y cuya confluencia con una creencia religiosa cristiana como elemento de unidad y distinción dispusieron el nacimiento estatal de España.  El rey Leovigildo, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, se titula rey de Gallaecia, Hispania y Narbonensis. San Isidoro narra la búsqueda de la unidad peninsular, finalmente culminada en el reinado de Suintila en la primera mitad del s. VII y se habla de la madre España. En su obra Historia Gothorum, Suintila aparece como el primer rey de “Totius Spaniae”. El prólogo de la misma obra es el conocido De laude Spaniae (Acerca de la alabanza a España). https://algodehistoria.home.blog/2022/10/14/el-estado-visigodo/

La llegada de la invasión musulmana hace que se vuelva a hablar de reinos: Aragón, Castilla, Navarra… pero subyace en todos ellos la idea de reconquista de un ideal previo, imperial por asimilación visigoda del Imperio romano y católica en la manifestación de unidad moral frente al invasor; ideal llamado España, que crece bajo el pegamento de la Corona. La batalla de las Navas de Tolosa en 1212 es la culminación de aquella idea de unidad, cuya cúspide se alcanza con los Reyes Católicos. Aquella unidad bajo la Corona generada por la magnífica reina que fue Isabel I y convertida en referencia política por el camaleónico, astuto y gran diplomático que fue su marido, Fernando.

Tras ellos, los Austrias lograron que aquellos reinos, extendidos por todo el orbe tuvieran instituciones políticas y jurídicas propias pero gobernadas desde la cúspide Real. España se convirtió así en una realidad internacional, en la manifestación física mundial de un Imperio, en aquel Imperio que ya se manifestaba desde los visigodos, imperio recogido y mostrado por los reyes astures al inicio de la reconquista o por Alfonso X el Sabio y el “fecho del imperio”. Aquel imperio físico mundial se gobernó con la autonomía que daban sus Virreinatos al otro lado del Atlántico y del Mediterráneo, centralizados mediante Consejos y con una decisión única del Monarca. Los territorios insertos en una estructura colosal estaban coordinados y seguían un plan y destino común que convertía a los Austrias en una convergencia con un alto y sofisticado nivel de organización. Ese orden trascendió lo político y llegó a la ciencia con especial relevancia en la escuela de Salamanca o a las artes como demuestra el siglo de Oro. Esta masa de tierra gobernada con tanta elasticidad, tuvo una vida muy longeva.

La centralidad borbónica sin la flexibilidad que daba la estructura de los Austrias, tampoco fue un mal sistema, que nos dio algunos de los mejores reyes y mandatarios de nuestra Historia. Si el culmen de los Austrias fue un Felipe II que logró un imperio en el que no se ponía el Sol, un imperio global bajo su único y gran gobierno, de rey laborioso donde los haya, salvador de la cristiandad en Lepanto; el desarrollo del siglo XVIII, alcanzó su cima bajo el gobierno de dos de los mejores reyes que ha tenido esta castigada tierra española: Fernando VI y Carlos III, a veces tan olvidados. Con ambos se modernizó España hasta lograr ponerla a la altura de Europa sin olvidar la exitosa organización nacida de la influencia francesa de su padre Felipe V. Es más, es el siglo XVIII cuando nuestra economía sufrió menos vaivenes, se estabilizó y con ella el grado de avance técnico y social fue más evidente.

Esa continuidad en el tiempo de la idea de España, de nuestro Estado, de nuestra Monarquía y religión fraguó la idea de Nación que se manifestó en 1808 con el levantamiento popular contra el invasor, las Juntas como órganos de gobierno en representación del rey ausente y la constatación generalizada de la idea nacional en la constitución liberal de Cádiz de 1812.

Sólo las felonías, empezando por las de Fernando VII, los sinsabores de gobernantes mediocres de los que el Siglo XIX tiene muestras sobradas, las grandes traiciones conocidas a un lado y otro del Atlántico, la locura nacionalista, dejaron maltrecho aquel gran país, España, cuyo nombre nació con la llegada de los fenicios en el siglo IX a de C.

El siglo XX y lo que llevamos del XXI sólo han reafirmado, salvo alguna honrosa excepción de la que la Transición, por ejemplo, es un excelente ejemplo, la mediocridad en que se vive en nuestro país, tanto política como social y económicamente desde 1812. No podemos caer en la indiferencia sobre ello.

Ya decía Bismarck que «España es el país más fuerte del mundo; los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido«. Pues a ver si durante una temporada larga revertimos el proceso y volvemos a ser la gran Nación y el gran Estado que nunca debimos dejar de ser.

BIBLIOGRFIA

ALTAMIRA Y CREVEA, Rafael. – Historia de España y de la civilización española. –  Sociedad Geográfica de Lisboa y del Instituto de Coímbra. Tomo I. 1900.

JIMÉNEZ, Julián Rubén. –  Diccionario de los pueblos de Hispania. Ed. Verbum. 2020.

URBIETO ARTETA, Antonio. – Historia ilustrada de España. Volumen II. Editorial Debate. 1994.