El Camino Español

Lo que hoy son los Países Bajos, formaron parte de la corona española y sometidos a una sola autoridad desde la herencia borgoñona de Carlos I de España hasta la paz de Westfalia en 1648. Aquella zona nunca fue pacífica.

La primera vez, y casi la última, que todos los Países Bajos (que se conformaban aproximadamente por los actuales Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, más una pequeña zona del Norte de Francia y otra del Oeste de Alemania) estuvieron unidos fue bajo el poder de los Habsburgo, con Carlos V y su hijo Felipe II. Estas provincias fueron rebeldes desde que a ellas llegaron los vikingos, y a nuestro Carlos I le dieron tantos quebraderos de cabeza- como vimos en las primeras entradas de este blog- que intentó apaciguarlas, cosa que no logró, dotándolas de una considerable autonomía en 1549. La situación en los Países Bajos se volvió más tensa con Felipe II por sus intentos de reforzar la persecución religiosa de los protestantes y sus esfuerzos por centralizar el gobierno, la justicia y los impuestos. Realmente ambos problemas eran el mismo. Desde la reforma, los príncipes protestantes apoyaron la causa luterana por ver en ella un modo de independizarse del poder español.

En la segunda mitad del siglo, los calvinistas se levantaron contra la corona española en Flandes. Dichos revolucionarios calvinistas se dedicaban a entrar en lugares sacros, principalmente iglesias y conventos católicos para destruir sus representaciones de arte.  Su actuación era tan poco adecuada que en muchos lugares los luteranos prefirieron mantenerse al lado de España por considerar mucho más peligrosos a los calvinistas y porque tampoco se fiaban de los franceses que andaban peleándose católicos contra hugonotes.

La explosión del problema calvinista y sus revueltas tiene lugar en 1566, siendo gobernadora de las provincias Margarita de Parma, hija natural de Carlos V. Margarita venía siendo asesorada por el ministro español Cardenal Granvela. Los motivos del malestar holandés fueron dos, por un lado, la subida de impuestos que contó con una oposición cerrada de los calvinistas y, por otro, la intransigencia religiosa de Granvela; si bien, los calvinistas no eran más transigentes que el cardenal español y, como hemos señalado, utilizaron el conflicto religioso para provocar movimientos independentistas. La destitución del cardenal a petición de los revolucionarios, que tuvo lugar en marzo de 1564, dejó el control de los asuntos de Flandes en manos del Consejo de Estado, cuerpo dominado por la alta nobleza flamenca. Pero ni la autonomía dada en su día, ni la retirada de Granvela calmaron la situación, de modo que, en 1566, el malestar era insoportable y la solución indefectiblemente pasaba exclusivamente por dos opciones: o ceder ante los revolucionarios o reprimir la sublevación.

Dado que los actos de cesión nunca sirvieron para mejorar las cosas, Felipe II optó por enviar las tropas españolas a Flandes bajo el mando del Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Se inicia así la guerra de los 80 años.

El primer problema que debía solventar el Duque de Alba era cómo llegar en el menor tiempo posible a Holanda para sofocar las revueltas.

Tradicionalmente, el traslado de personas y mercancías se hacía por mar desde los puertos cantábricos hasta los Países Bajos. En los primeros años del reinado de Felipe II, la potente armada española, podía navegar con cierta seguridad por el Canal de la Mancha debido al apoyo inglés- no olvidemos que Felipe II estaba casado con María I de Inglaterra-.  Navegar bajo el cobijo de los puertos ingleses, incluido el puerto de Calais, entonces en manos anglosajonas, nos permitía dominar el océano. Pero, en 1558, dos acontecimientos cambiaron nuestra suerte: primero, los franceses se hicieron con el puerto de Calais y, segundo, el fallecimiento de María I de Inglaterra, llevó al trono inglés a Isabel I, poca amiga de los católicos y de España.  El tránsito por mar desde España a los Países Pajos dejó de ser recomendable.

En 1568 la situación se recrudeció por el ataque directo a nuestros barcos realizado por los ingleses y por la armada de los Hugonotes franceses asentados en La Rochelle, a la que se unieron los barcos de los habitantes de los Países Bajos expulsados por España por haber tomado parte en las revueltas de 1566-67, y a los que se les conocía como “ mendigos del mar”.

Existía otro factor digno de consideración, la mayor parte de la guarnición del ejército español se encontraba en Italia y, por tanto, las rutas terrestres para llegar a Flandes eran más aconsejables.

La idea de utilizar rutas terrestres nació de Granvela, cuando aún estaba en los Países Bajos, su intención era facilitar la llegada de Felipe II a aquel territorio de su corona que estaba tan alejado de la Corte. La ventaja que ofrecía esta opción era que transitaba casi enteramente por territorios españoles o aliados de la Monarquía Hispánica. Se utilizaron caminos ya utilizados por mercaderes y otros viajeros. La ruta fue utilizada por primera vez en 1567 por el duque de Alba en su viaje para convertirse en el nuevo gobernador de los Países Bajos. Pero el paso de una persona no requiere los mismos preparativos que los de todo un ejército.

Hacer posible una ruta terrestre entre Milán y Flandes (unos 1.000 km), que fuera útil para el paso de las tropas, fue una genialidad logística-militar revolucionaria para su época, que hay que atribuir al Duque de Alba. Consiguió mover a través de toda Europa a cientos de miles de tropas españolas a un ritmo que no se volvió a alcanzar hasta más de 200 años después durante las Campañas Napoleónicas. Esta ruta, con sus diferentes variantes se conoce como “Camino español” o “Camino de los Tercios”

Para preparar la primera ruta, el duque de Alba contaba con un equipo de unos 300 zapadores con la tarea de ir abriendo ensanches en las carreteras de los desfiladeros y estrechos pasos de montaña que habrían de recorrer las tropas, construyendo y desmontando puentes improvisados a su paso. Incluso se hizo con un pintor que acompañaba a la expedición para dibujar mapas y vistas panorámicas de la ruta de los ejércitos. Además, se solían contratar guías para cada región. El guía del de Alba fue Fernando de Lannoy, quien realizó un mapa tan preciso del Franco-Condado que el duque bloqueó su publicación durante diez años para mantener en secreto las rutas establecidas.[1]

Esa operativa de preparar el camino con antelación y tener mapas precisos en los que estuvieran perfectamente situados los puentes, los vados, los transbordadores… que comunicaban las diferentes localidades fue esencial para el éxito de la empresa. Los jefes militares hacían uso de dichos mapas para cruzar los distintos territorios, pero cuando se carecía de ellos, se contrataban guías locales que eran los encargados de conducir a las tropas por su propia región.

Especialmente importante fue la configuración de las “etapas” que, en el ámbito mercantil, ya utilizaban los comerciantes. Eran zonas de reposo, con la suficiente dignidad como para alojar a los viajeros, con comida adecuada e incluso zonas de almacenaje y suficientemente seguras como para realizar sus transacciones comerciales. En el siglo XVI, se adaptan a fines militares, siendo los franceses los primeros en utilizarlas en determinadas zonas de su territorio. El Duque de Alba se sirvió de algunas de aquellas etapas francesas y creó y adaptó otras para completar el camino hasta Flandes.

Aquel sistema establecía pueblos en el camino en el que las tropas recibían las provisiones, tenían camas para descansar y asearse. Había “encargados de la etapa”, junto con “comisarios ordenadores”, responsables del alojamiento de los soldados y de sus familias (muchas veces los soldados españoles viajaban con su mujer e hijos). Se emitían billetes de alojamiento que servían para controlar en cada hospedaje el número de personas que se iban a alojar, los caballos que iban a acomodar en las cuadras etc. Esos billetes se presentaban al recaudador local que procedía a su pago, por el precio acordado con antelación y firmado en un documento contractual. Para ello cada expedición era precedida por un comisario que negociaba con los gobiernos locales el itinerario, las zonas de alojamiento, los víveres y el precio. Si había más de una oferta se estudiaban y elegía la más favorable a los intereses del ejército. El acuerdo se estampaba en una “capitulación”. Habitualmente los víveres que se entregaban a cada soldado era: agua, sal, aceite para las armas y vinagre, así como 226 g de carne (por día), 115 g de bacalao seco, 290 gramos de pan, un litro de vino (por cabeza), así como fruta y verduras. A los animales, se les proporcionan 20 kilos de paja y grano.

Cuando había que transitar por zonas más montañosas, en el acuerdo figuraban también los medios para que los soldados llevaran sus pertrechos personales, las armas de mano y los cañones: mulas, burros o carretas…

Otro de los factores que contribuyeron a mejorar la marcha fue la fragmentación de la expedición en grupos de no más 3.000 soldados, que salían de manera escalonada en el tiempo a fin de no saturar los lugares de alojamiento.

Un agente de la Corona española dejaba en la etapa correspondiente a una persona de confianza para asegurarse del cumplimiento de lo pactado y garantizar que el suministro de las tropas se pudiese realizar.

Cada expedición, era acompañada por una legión de diplomáticos cuya misión era asegurar a las élites y a la nobleza de las provincias recorridas que las intenciones de los Tercios, para con ellos, no eran combativas y que no habría aldeas y pueblos saqueados. Sí, los hubo, pero, en esos casos, el Duque cumplió su palabra de castigar con la muerte a los soldados españoles que incumplieron estas órdenes.

Con todo preparado, la operativa del viaje se presentaba del siguiente modo: de un lado, se encontraban las tropas sitas en Italia y, de otro, las que estaban en España. Para estas últimas se trazó la siguiente ruta: se embarcaban a los tercios situados en el sur de España en Cartagena y se les transportaba por mar hasta Barcelona, donde se unirían al resto de unidades allí destinadas o llegadas de las provincias norteñas de España. Desde ahí, juntos, embarcarían por el Mediterráneo hasta Génova.

Génova aceptaba gustosa el paso de las tropas españolas, primero porque sus banqueros tenían grandes negocios con la Corona española y segundo porque su archienemiga Venecia, tenía un pacto con Francia, así que la presencia española les daba seguridad.

El trayecto seguía por el ducado de Milán, territorio español, y, después, cruzaba los Alpes por Saboya. Saboya se mantenía neutral en las disputas entre Francia y España, pero viendo la fortaleza del ejército español les dejaba pasar dirección norte, sin oponer dificultad alguna. Además, Felipe II, para asegurarse el paso, casó a su hija Catalina Micaela con el duque de Saboya, Carlos Manuel I. Desde saboya transitaban por el Franco Condado, que era territorio español, hasta llegar al Ducado de Lorena que era neutral y, aunque en principio, no tenía razones para favorecer a España frente a Francia, desde 1552 cuando Francia se hizo con los arzobispados de Metz, Toul y Verdún, quedándose con una parte importante del territorio de Lorena, el paso de las tropas españolas era casi un seguro de vida- y lo fue durante mucho tiempo-. Así llegaban los Tercios a Luxemburgo, territorio español, y sólo faltaba traspasar el territorio del Obispado libre de Lieja, que, si bien no era territorio español, sus problemas con los protestantes les acercaban a las posiciones españolas, de ahí que normalmente los Tercios fueran bien acogidos. Desde allí a Bruselas era casi un paseo.

La preparación anticipada de caminos, provisiones y transporte, la actividad diplomática… aumentaba la rapidez en el traslado de las tropas.  Si no había alteración, un regimiento podía hacer el viaje desde Milán a Flandes en 6 semanas y hay constancia de expediciones que no tardaron más que 32 días. La duración media era de 48 días.

El camino tuvo que hacer pequeños cambios en su itinerario a medida que los acontecimientos históricos le obligaron. Así, la revuelta de la Valtelina en 1618 había posibilitado al gobernador de Milán establecer guarniciones españolas en ese valle estratégico que unía Milán con Austria, y la revuelta de Bohemia, en el mismo año, dio lugar a que nuestro gran general Ambrosio Spinola, ocupar el palatinado y se asegurase los pasos del Rin, lo que permitía a España consolidar su control sobre el camino español alejándolo de las presiones francesas.

 El camino se utilizó de manera regular hasta 1634.

Durante todo ese tiempo, la Corona española envió por el camino español más de 123.000 hombres entre 1567 y 1620, en contraste con los 17.600 que llegaron por vía marítima en el mismo periodo. Ese tránsito de soldados, su alojamiento y la seguridad que reportaban, fue un factor esencial para lograr el dinamismo económico en los territorios en su recorrido y para el respeto de sus fronteras. La desaparición del Camino supuso un cambio en la propia fisonomía de Europa: Alsacia, Lorena y Franco-Condado sufrieron tanto su desaparición que, finalmente fueron absorbidos por Francia.

El Camino Español sigue siendo un ejemplo de cómo llevar a cabo una logística militar perfecta.

BIBLIOGRAFIA

KAMEN, Henry. “Felipe de España”. Ed Siglo XXI.1997.

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando. “Una pica en Flandes. La epopeya del Camino Español.” EDAF. 2007

NÚÑEZ SÁNCHEZ, Javier. – “El Camino Español y los corredores militares del Imperio”. Febrero de 2017.

SÁNCHEZ, Jorge. “El camino español. Un viaje por la ruta de los Tercios de Flandes” Ed. Dilema. 2014

 

[1] Javier Núñez Sánchez: “El Camino Español y los corredores militares del Imperio”. Febrero de 2017

 

La Unión Ibérica

Decíamos al hablar del Tratado de las Alcazobas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ) que una de las consecuencias del mismo fue “la boda entre la hija de los Reyes Católicos, Isabel, y el nieto del rey de Portugal, Alfonso, que se celebró en 1490. Al morir Alfonso a los pocos meses, Isabel contrajo matrimonio en 1497 con el nuevo heredero al trono portugués, Manuel I de Portugal- primo de Juan II-. Tuvieron un hijo que murió a los dos años de edad. Poco después moría Isabel. Su hermana, María de Aragón, contraería nupcias con Manuel I. María y Manuel I tuvieron una hija, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y madre de Felipe II. Por este ascendiente, Felipe II pudo reclamar la corona de Portugal tras la muerte de Sebastián I. Felipe II fue coronado rey de Portugal el 16 de abril de 1581 en las Cortes de Tomar, logrando así “la unión ibérica”.”

Veamos cómo se desarrolló aquel acontecimiento.

Como, en tantas cosas destacables de nuestra Historia, son los Reyes Católicos los que inician el camino y no tanto por aquel matrimonio, que, efectivamente, a la postre fue decisivo, sino por la instauración de una idea esencial para cimentar el futuro de España: la unidad.

Felipe II fue el más digno heredero de aquella constante, tanto por su tendencia a la unidad de mando como por la convicción de la necesidad de una unidad de los territorios que gobernaba.

Durante su reinado completó la obra de sus abuelos y de su padre consiguiendo la unidad de España con Portugal, lo que, a su vez, le permitió subsumir el Imperio portugués y el español bajo su corona, ampliando de manera hegemónica y brillante el contenido material de la idea imperial de la corona de España que se venía produciendo desde los reyes astures y, sobre todo, desde Alfonso X.

La unidad de la península ibérica se había dado ya con los romanos y con los visigodos. Por tanto, lograr la unidad de los reinos peninsulares era una idea que estaba instalada al sur de los Pirineos desde siempre. Ya Juan I de castilla, casado con una princesa portuguesa, aspiró a aquel trono, pero perdió la batalla de Aljubarrota, con lo que se inició la dinastía Avis en Portugal con Juan I como rey de Portugal (en honor de la victoria mandó edificar el maravilloso monasterio de santa María de Victoria, más conocido como Monasterio de Batalla- en portugués: Santa Maria de Vitória o de Batalha- ejemplo de arquitectura gótico-tardío portuguesa o estilo manuelino-.  Posteriormente, fue Alfonso V de Portugal, al unirse a la causa de Juana la Beltraneja, quien pretendió también la unión con Castilla bajo la corona de su hijo, pero ya vimos en la entrada sobre el Tratado de las Alcazobas que tal cosa no ocurrió. En 1500 la muerte prematura del príncipe Miguel de la Paz, hijo de Manuel I de Portugal y heredero simultáneo de las coronas de Portugal, Castilla y Aragón, abortó otra oportunidad de unión de los reinos peninsulares. Hoy contamos un nuevo intento que obtuvo más éxito.

Sebastián I, rey de Portugal desde 1557, falleció en la batalla de Alcazarquivir en 1578. Era nieto de Carlos I de España por línea materna y bisnieto, tanto por línea materna como paterna de Manuel I de Portugal.

El joven rey era un místico que se tenía a sí mismo como un cruzado enviado por Dios para acabar con el poder musulmán en el norte de África. Antes de iniciar la gran cruzada en Fez, Felipe II, su tío, intentó disuadirle. No sólo porque temía por su vida: el rey portugués era muy joven y no muy ducho en ese tipo de acciones militares frente a unos miembros del imperio turco que en demasiadas ocasiones habían dejado muestras de su valía militar. Además, aquello acontecía poco después de Lepanto y Felipe II no quería un nuevo levantamiento otomano.

En la batalla de Alcazarquivir murió el Rey Sebastián y también el rey de musulmán. Gran parte de la nobleza portuguesa cayó prisionera, por cuyas vidas se exigió un gran rescate, lo que acabó prácticamente con el tesoro de Portugal.

Recuperado el cadáver del rey Sebastián se enterró tras unas cuantas peripecias en el monasterio de los Jerónimos de Belém en Lisboa.

Entorno a él apareció una corriente –el sebastianismo- que creó considerables problemas. Algo de esto vimos en su momento, en la tercera de estas leyendas: https://algodehistoria.home.blog/2020/05/08/curiosidades-de-la-historia-2-entre-cuentos-y-leyendas/

Hereda el trono portugués el tío-abuelo del rey fallecido, el cardenal Enrique de Portugal (Enrique I de Portugal). Hombre de edad avanzada que falleció dos años después sin dejar herederos.

Se inician los problemas sucesorios. Se postulaban al trono: Catalina de Portugal, nieta de Manuel I y casada con el duque de Braganza; Antonio, prior de Crato, también nieto de Manuel I, aunque era hijo ilegítimo de Luis de Portugal, motivo por el que una parte importante de la nobleza lo rechazaba, y Felipe II, rey de España, también nieto de Manuel I de Portugal por línea materna. De manera más lejana, pretendía el trono otros personajes como Catalina de Médici (reina madre de Francia).

Antonio, Prior de Crato, se proclamó rey, contando con el apoyo del pueblo llano. Felipe II envió un ejército bajo el mando del Duque de Alba, que venció a los partidarios de Crato en la batalla de Alcántara (1580).  Crato huyó a Francia y se refugió bajo la protección de Catalina de Médici. Se llevó con él las joyas de la corona portuguesa que le permitieron aliarse con los franceses para armar una flota e intentar la recuperación del trono portugués, pero fueron derrotados en la Batalla de la Isla Terceira por la armada española dirigida por Álvaro de Bazán. Más tarde, en 1589 volvió a la carga, esta vez apoyado por la Inglaterra de Isabel I, previo pago de la ayuda. Fue otro fracaso que además le dejó arruinado. Murió sólo y bajo la caridad del rey de Francia, años después.

Mientras, Felipe II fue proclamado Rey de Portugal el 12 de septiembre de 1580. Tomó juramento como Rey en las Cortes de Tomar, el 15 de abril de 1581. Se inicia así lo que en Portugal se conoce como dinastía Filipina o Tercera dinastía. Felipe II había contado desde el principio con el apoyo de la nobleza portuguesa y la incipiente burguesía del país, a los que prometió respeto a sus instituciones y autonomía de gobierno, ya que garantizaba el mantenimiento de las estructuras de poder, los fueros y costumbres de Portugal. Por ello, únicamente contó con la presencia en Lisboa de un gobernador (a veces un virrey) cuya función era representar y velar por los intereses de la corona en los nuevos territorios unidos. Además, en aquella España de los grandes Consejos se crea el Consejo de Portugal en 1582 (no olvidemos que ni España ni ningún otro país era una nación en el sentido actual. Desde el siglo XV se estaban formando las naciones-estado cuyo basamento unificador era la corona, que, el caso español, respetaba los fueros y costumbres de los antiguos reinos). El Consejo tuvo el papel de asesorar y gestionar ante el rey los asuntos referidos a la justicia, la gracia, y la economía de la Corona portuguesa. Cualquier decisión del rey con referencia a Portugal tenía que pasar por una consulta al Consejo antes de ser transmitido a la cancillería de Lisboa.

La idea de unidad estaba tan presente en Felipe II que estudió un proyecto que hiciera navegable el Tajo desde Toledo a Lisboa. Esta idea de unir la península por medio de franjas horizontales ya la tuvieron los romanos que intentaron unir Mérida con la costa portuguesa. Pero ni las técnicas del momento permitieron aquella empresa ni, posiblemente, el tiempo que los portugueses habían vivido como nación independiente les hacía sentir es unión y, sin embargo, aquella unidad se mantuvo un tiempo y en el espíritu aún permanece y no son pocos los portugueses que claman por la misma.

La unión Ibérica se había producido bajo la corona de los Austria y duró desde 1580 a 1640. Tres reyes españoles tuvieron el privilegio de gobernar unido el territorio peninsular: Felipe II (1580-1598); Felipe III (1598-1621), y Felipe IV de 1621 a 1640.

Aquella unión añadió al ya extenso imperio español la nada desdeñable del imperio portugués lo que supuso el gobierno de la mayor porción del mundo que haya tenido nunca un Estado: desde América al Pacífico, de Extremo Oriente a África, de la India a Europa.

Portugal, añadía extensión y una gran riqueza sobre todo por el comercio de especias. Vasco de Gama había llegado a Oriente navegando alrededor de África en 1497-98, completando los esfuerzos exploratorios iniciados por Enrique el Navegante. Esto abrió nuevas rutas de navegación que permitieron sortear los obstáculos que creaba el tránsito por Oriente Medio.

Aquel modo de gobierno, muy descentralizado, no dejó de dar dolores de cabeza al rey Felipe, pero no sólo en Portugal, también en la antigua corona de Aragón, en los Países Bajos, en Nápoles y Milán o en Sicilia y por supuesto en los territorios de ultramar. Realmente, la unidad como tal se manifestaba esencialmente, además de en las decisiones comunes que realizara la corona, en la unidad de acción y criterio en la política exterior. Con todo, bajo un rey supervisor y trabajador como Felipe II, los problemas se fueron solventando y afianzando la unidad.

Su sucesor, Felipe III, tuvo un reinado relativamente tranquilo en lo que a Portugal se refiere, a pesar de que con él se iniciaron ciertos procesos centralizadores, los problemas que los holandeses crearon en Brasil y los añadidos por el aumento de impuestos.

Pero los mayores disgustos para la Unión Ibérica acontecieron en el reinado de Felipe IV, especialmente a partir de 1630 cuando la tensión se incrementó a raíz de las guerras en los Países Bajos (guerra de los 80 años) y por los enfrentamientos contra Inglaterra, cuyos ataques estaban poniendo en peligro los intereses comerciales de la burguesía portuguesa en sus colonias, sobre todo, el comercio de especias y el de esclavos. Asimismo, los portugueses se quejaban de que la Corona favorecía la situación comercial de las provincias españolas en América o en Flandes frente al comercio tradicional de los territorios portugueses. En ese aspecto fue especialmente significativa la crisis del comercio de maderas de Madeira y Azores frente a de las provincias españolas en América. Todo ello contribuyó a que el comercio portugués entrara en decadencia y a que su riqueza comercial dependiera cada vez más de sus colonias, esencialmente de India y Brasil. Además, socialmente, los enfrentamientos en Flandes originaron la muerte de muchos soldados portugueses, lo que aumentó considerablemente el malestar, si bien, la corona se esforzaba en interrumpir el comercio holandés y en defender los intereses portugueses en Brasil. La situación tuvo cierta contención hasta que en 1634 y 1637 se produjeron las dos primeras revueltas portuguesas, que, si bien no fueron radicalmente peligrosas para los intereses de la unidad, sí propiciaron la revolución   definitiva de 1640.

La falta de respeto a los privilegios, costumbres y fueros portugueses, tradicionalmente aceptados y dignificados por Felipe II en Tomar pusieron en alerta a los lusos, pero lo que más afectó a la población portuguesa fue la subida de impuestos, así como un intento de desamortización que puso en alerta a los eclesiásticos, sobre todo, a los jesuitas que tenían gran predicamento y poder en Portugal y no mantenían las mejores relaciones con la Corona española. Ni pueblo llano ni comerciantes ni nobles ni eclesiásticos estaban muy contentos con la política de Felipe IV. La gota que colmó el vaso fue la intención del conde- duque de Olivares de utilizar tropas portuguesas contra los catalanes sublevados. Así que el conde-duque en vez de solventar un problema, aumentó dos.

Además, el cardenal francés, Richelieu, con una poderosa red de informadores en Portugal, halló un líder, en el duque de Braganza (nieto de Catalina de Portugal- como vimos aspirante al trono junto a Felipe II-), que impulsara, con apoyo francés, un levantamiento contra Margarita de Saboya, duquesa de Mantua y gobernadora de Portugal y contra su secretario- Miguel de Vasconcelos-. La revuelta de 1 de diciembre de 1640, acabó con la vida de Vasconcelos, y el duque de Braganza se proclamó rey de Portugal con el nombre de Juan IV. Se inicia así en Portugal la dinastía de Braganza. Esta revolución, que de facto supuso el fin de la Unión Ibérica, no fue aceptada por España. Se inició un largo conflicto conocido como Guerra de Restauración portuguesa. Duró 28 años y terminó con el Tratado de Lisboa de 1668 por el que España reconoce la Independencia de Portugal. El Tratado fue firmado por Alfonso VI de Portugal y Carlos II de España.

La victoria portuguesa se debió a que los mayores esfuerzos militares españoles estaban puestos en Cataluña, así como al apoyo de las potencias europeas, Inglaterra y Francia- esta última con gran interés- con la finalidad de limitar el poderío de la Corona española. Con ese mismo objetivo, al tiempo, mantenían la guerra contra España en Holanda.

En aquel tiempo los portugueses aprovecharon para expulsar a las tropas holandesas de Brasil, Angola, y Santo Tomé y Príncipe, recuperando así también, parte de su imperio.

BIBLIOGRAFÍA

PEMAN, José María. “La Historia de España contada con sencillez”. Ed Bibliotheca Homolegens. 2009.

KAMEN, Henry. “Felipe II”. Ed Siglo XXI. 1997.

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed. Marcial Pons. 2020.

COLOMER, José Luis. “Arte y diplomacia de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII”. Ed. Fernando Villaverde. 2003

ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA

Hoy vamos a hablar de un héroe que sólo pasó penurias. Un héroe a su pesar. Un héroe que no conquistó nada y que no ganó fortuna alguna. Un héroe cuya vida fue la del antihéroe.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) en una fecha indeterminada entre 1481 y 1495, aunque una buena parte de la historiografía lo sitúa en el último año señalado, en virtud de una cédula de curatela – tutela- del menor Álvar que en 1509 contaba, parece ser, catorce años.

Álvar procede de un linaje con raíces en los castellanos viejos que lucharon en las Navas de Tolosa (1212), de hecho, lo de cabeza de vaca se lo otorgó como apellido Sancho de Navarra al pastor Martín Alhaja, por haber señalado éste, con el cráneo de una res, el pasadizo por donde penetraron los cristianos para vencer a los árabes en la batalla de las Navas de Tolosa. Por línea materna estaría entroncado también con Pedro de Estopiñán, marido de su tía y tutora Beatriz, conquistador de Melilla y posteriormente Gobernador y Capitán General de Santo Domingo.

Todavía adolescente, entró al servicio de los duques de Medinasidonia. Por influencia del duque fue admitido, como tesorero y Alguacil mayor, en la expedición que en 1527 Pánfilo de Narváez lideró camino del Golfo de México. De esta expedición ya nos hicimos eco aquí. https://algodehistoria.home.blog/2020/07/03/la-presencia-espanola-en-ee-uu/ Cabeza de vaca fue uno de los cuatro supervivientes de aquella desastrosa expedición compuesta por 600 hombres y cinco barcos.

La expedición recaló, tras un tormentoso viaje, en la bahía de Tampa (actual Florida). Allí, se dividieron los expedicionarios unos en barcos otros a pie. El propio Narváez y 300 hombres, entre ellos nuestro jerezano protagonista, se abrieron paso por tierra enfrentándose a pantanos, ciénagas, manglares, mosquitos, enfermedades y muchos y poco amistosos indígenas. Álvar se convirtió en el mayor opositor a Pánfilo, que era un desastre en su organización y ordenación de aquellos pobres españoles. Unas veces en barcas improvisadas, otras andando, los expedicionarios pasaron más penurias que un perro sin dueño, sobre todo sed. Tan fue así que algunos no aguantaron y bebieron agua del mar hasta morir. Cuando ya creían que la muerte les iba a llegar a todos, descubrieron un gran cauce de agua dulce: el Mississippi. Aunque, de nuevo cuando parecía que iban a poder aprovisionarse, tuvieron que salir huyendo, en barcazas hechas por ellos mismos, para escapar de los indios. En ese instante Pánfilo de Narváez decide volver a dividir el grupo en dos. El grupo de Álvar logró pisar tierra firme el 6 de noviembre, tal vez en las actuales Luisiana o Texas.

No volvieron a tener noticias de Pánfilo que murió por un golpe de mar.

En total de aquella enorme expedición que salió de España en 1527 sobrevivieron 4 personas.  Cabeza de vaca fue una de ellas.

Tras dar unas cuantas vueltas más para huir de los indios, desorientados, enfermos, hambrientos y llenos de frío… los 4 supervivientes fueron esclavizados por los indígenas (avivares y susolas) y así, en esas lamentables condiciones, estuvieron 6 años. Sin embargo, su suerte cambio cuando por obra del azar, fueron considerados extraordinarios taumaturgos. En un momento dado, Cabeza de Vaca sopló a un indio desmayado que a los pocos minutos “sanó”; desde entonces adquirieron fama de hacer milagros, de ser hijos del sol, de sanar los cuerpos… con hierbas, cuentas de colores, soplidos y oraciones.

Como se ve, Álvar Núñez Cabeza de Vaca no les va a valer de ejemplo a los amigos de la Leyenda negra, no mató indios, no sacrificó nativos, no se lió a machetazos, al contrario, sufrió en manos de los indios, pasó más hambre y miseria que cualquier “piel roja” que haya existido.

En 1534, lograron evadirse definitivamente, marchando siempre rumbo oeste, cubiertos de pieles, con largas barbas y curtidos por el sol y el aire. Pero su fama había trascendido y en ocasiones le seguían miles de personas esperando que bendijera a sus familias, soplara a sus enfermos y santificara sus víveres. Así, caminando, recorrió miles de kilómetros durante unos 10 meses por Florida, Texas, Nuevo México, Arizona y California; cruzando el río Bravo (por encima de su confluencia con el Pecos), hasta alcanzar lo que hoy es El Paso; desde allí y de nuevo a través del río, prosiguieron por Sonora. En este último lugar, hallaron a un indio con una hebilla colgada en el cuello, quien les aseguró que pertenecía a unos hombres barbudos que habían llegado del cielo a caballo. Ese hecho les indicó que cerca habría algún español. Fueron conducidos hasta San Miguel de Culiacán. Dos semanas después, se reunieron con Hernán Cortés, y en 1537, Cabeza de Vaca, en otro complicado viaje, regresa a España, alcanzando Lisboa el 9 de agosto de 1537 (habían transcurrido 10 años de penoso devenir por el sur de lo que hoy es Estados Unidos). Decidió escribir una relación sobre su experiencia, que fue titulada Naufragios a la que años más tarde se sumaron los Comentarios (transcritos por el escribano real Pedro Hernández por encargo del expedicionario). A la vez que redactaba su obra entre 1537 y 1540, el jerezano se convirtió en una figura con la que convenía hablar si se deseaba conocer el Nuevo Mundo. Su obra era enormemente descriptiva, sin ahorrar detalles, en la que cuenta lo bueno y malo de todos, españoles e indios. Nada que ver con la exagerada auto laceración de la obra de Bartolomé de las Casas.

Esta primera parte de su obra sólo tuvo una publicación casi clandestina.

Su estancia en España fue corta pues pronto convenció a la Corona para volver a América, esta vez para continuar la conquista del Río de la Plata, donde Pedro de Mendoza había fundado Buenos Aires en 1536. Mendoza había fallecido y su lugarteniente, Juan de Ayolas, ejercía el mando en la zona, pero sin dar cuentas a España desde 1539. El 15 de abril de 1540, la Corona firmó la correspondiente Capitulación con el jerezano, permitiéndole la conquista de las provincias del Río de la Plata, “desde dicho río hasta la Mar del Sur, con más de 200 leguas, desde donde termina la gobernación de Almagro, hasta el estrecho de Magallanes”. Dicha Cédula se complementaba con otra, fechada el 24 del mismo mes, en la que se le concedía el título de Adelantado.

Nada más llegar, tuvieron constancia de que el lugarteniente había perecido y le sustituía Domingo Martínez de Irala, quien había tomado el poder desde la sede del gobierno en Asunción. Álvar Núñez sabía que tendría que enfrentarse a él, pero prefirió sorprenderle y entrar por tierra en vez de por mar. En esa ruta, recorrió dos mil kilómetros a través de selvas, ríos y barrancos. En febrero de 1542 navegó por el Iguazú, topándose con sus impresionantes cataratas, siendo el primer europeo que exploró el curso del río Paraguay y el primer blanco que contempló las cataratas del Iguazú. Las llamó Salto de Santa María.  En Asunción logró que Martínez de Irala se sometiera a su disciplina y le nombró su lugarteniente. Le encargó como primera misión explorar una ruta en la que siguiendo el curso del río Paraguay, localizase una vía de comunicación con Perú. Núñez Cabeza de Vaca sabía de los metales preciosos del Perú y quería hacerse con ellos. Si no fue él en persona en la expedición se debió a la necesidad de apaciguar a un caudillo guaraní sublevado. Pero la detención y posterior ejecución del indio no le trajo beneficio alguno pues supuso la excusa necesaria para que los españoles partidarios de Irala le acusaran de maltratador.

Irala volvió al poco tiempo señalando que había encontrado una ruta de paso al Perú, por lo que Cabeza de Vaca reunió un ejército de españoles e indígenas que partieron en septiembre de 1543 hacia el camino señalado. La expedición fue un gran fracaso pues sufrieron picaduras de especies venenosas y se quedaron sin provisiones, lo que conllevó la muerte de la mayor parte de los expedicionarios. Tras siete meses de viaje tuvieron que abandonar su empresa y volver a la ciudad. En 1544, se produjo una insurrección, los rebeldes le apresaron, y nombraron capitán a Martínez de Irala. Después de diez meses de cautiverio, Álvar Núñez fue enviado como reo a España; llegó en agosto de 1545. El Consejo de Indias inició en febrero de 1546 un proceso contra él por maltrato y como consecuencia perdió todos sus cargos y privilegios.  Le condenaron, además, a una pena de destierro en Orán.

Es en ese periodo, a su vuelta a España, cuando dictó las Confesiones. Era la prolongación natural de los Naufragios. Y así lo advirtió Álvar Núñez al pedir a la reina Isabel de Portugal licencia de impresión de ambas obras: “El un libro y el otro era toda una misma cosa y convenía que de los dos se hiciese un volumen”.

El libro de Cabeza de Vaca se ha descrito como libro de aventuras en su forma, pero pleno de realidad y verosimilitud en su contenido, entretenido por mostrar las penurias con humor y fina ironía al tiempo que la realidad de lo sufrido por su protagonista, y lo vivido y contado por los españoles en América que estuvo marcado por el sufrimiento y el dramatismo en una mayoría de casos. Ni la fe ni la patria estaban en el objetivo individual de muchos exploradores sino la búsqueda de nuevos horizontes personales, de una vida mejor, más cómoda y acomodada. Pero la riqueza no fue un común logro. Vagabundos, míseros y abandonados vivieron en un padecimiento y humillación indescriptible: resistiendo nubes de mosquitos, hambre hasta el canibalismo (que documenta por primera vez en hombres castellanos), ataques de indios insuperables con el arco, sed, hambre, golpes, muerte. Tal es la crueldad de su paso por américa, sin lograr fortuna alguna, su historia tiene la virtud añadida de contar sin alardes la realidad patética y, además, la singularidad de que un hidalgo admita haber pasado por tales trances. A otro su honor se lo impediría. A Cabeza de Vaca, no, y, gracias a ello, nos dejó otra huella de lo que fue la presencia española en América, de la bravura y aguante de los españoles, que como he dicho, no contribuye a la leyenda negra, quizá por eso no se benefició de la amistad con la imprenta de Gutenberg como si hicieron holandeses y británicos con la obra de Bartolomé de las casas.

El relato es la visión desde otro prisma de la conquista, el de la supervivencia. Tan extraordinaria es su exposición, tan duro, dramático y ameno su relato que conmovió a Felipe II. Tanto, que el rey le conmutó la pena de destierro en Orán y le concedió una pensión de 12.000 maravedíes.

Con todo, arruinado económica y moralmente, falleció entre 1559 y 1564 no se sabe si en Sevilla o en Valladolid, parece ser que en todo caso lo hizo recluido en un convento.

No fue en héroe en su tiempo y, sin embargo, es uno de los más grandes hombres que España dio a la conquista

 

 BIBLIOGRAFIA

“Relación de los naufragios y comentarios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Tomo 1 (Formato PDF)”. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. 2017

LACALLE, Carlos.  “Noticias sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca”. Ed. Instituto de Cultura Hispánica. 1961.

GLANTZ, Margo (coord.). “Notas y comentarios sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca”. Ed. Grijalbo. 1993.

(La falta de) fanatismo religioso en Felipe II

Este hilo se lo dedico a la listísima hija de mi listísima amiga Cristina, una admiradora incondicional de Felipe II.

El otro día en un programa de televisión y hablando de la actualidad, el corresponsal de un periódico británico en España puso de ejemplo, aunque no venía mucho a cuento, el fanatismo religioso de Felipe II. No hay nada como ser importante para que alrededor surjan las envidias y las malas lenguas. Así se podría describir en términos muy coloquiales lo que fue el origen de la leyenda negra que alcanzó a España y también a nuestro rey Felipe II. Porque lo de su fanatismo religioso forma parte de la leyenda negra.

Cuando Carlos V abdicó del trono en 1556, dos años antes de su muerte, dividió su imperio en dos Partes: a su hijo Felipe le entregó España, América, Italia y Flandes y a su hermano, Fernando, le otorgó el sacro imperio.

Felipe, rey trabajador e inteligente, se ocupó personalmente de los asuntos de Estado, reformó las instituciones heredadas de los Reyes Católicos dotándolas de mayor solidez, lo que le permitió, además, con gran sabiduría, hacer frente a no pocas conspiraciones internas y a engrandecer más aún el Imperio Español; siendo destacado el desarrollo de la presencia española en el continente americano y en el Pacífico, muy especialmente, en  Filipinas, no en vano el archipiélago lleva ese nombre en honor de nuestro gran rey Felipe II. Fueron sus enemigos externos ayudados por algunos internos como, por ejemplo, Antonio Pérez, o la difusión anglo-holandesa de las barbaridades dichas por Fray Bartolomé de las Casas, los que hicieron recaer una injusta leyenda negra que aún se arrastra. De ambos traidores hemos hablado aquí:

https://algodehistoria.home.blog/2020/10/30/un-traidor-antonio-perez/

https://algodehistoria.home.blog/2020/04/24/traidor-fray-bartolome-de-las-casas/

Imprenta y propaganda fueron los medios de una leyenda nacida de los deseos de independencia, de hacerse con las rutas comerciales españolas o engrandecer sus posiciones en Europa de, respectivamente, Holanda, Inglaterra y Francia. Entre las críticas recaídas sobre nuestro rey y convertida en leyenda está la acusación de fanatismo religioso, conservadurismo extremo, arrogancia y crueldad. Todo ello muy ajeno a la realidad.

Cuando murió Felipe II el Imperio Español era el más extenso del mundo, con territorios europeos, posesiones americanes, africanas y asiáticas, los ingleses empezaban a prosperar, pero aún debían esperar muchos años para poder alcanzar un dominio del mundo que pudiera conllevar la denominación de imperio. Se habla mucho de la derrota de la Armada Invencible, pero poco de la derrota de la Contra armada británica a manos de los españoles poco después. https://algodehistoria.home.blog/2020/10/23/la-contra-armada-inglesa/

El único imperio que hacía sombra a la visión imperial española durante algunos años era el de Portugal, y en 1580 Felipe II se anexiona Portugal, en la Unión Ibérica, lo que hace confluir los dos grandes imperios ultramarinos de la Península en uno sólo, bajo el mando de Felipe II. Como para no cogerle tirria si eras inglés o francés

Durante el reinado de Felipe II, los conflictos con Francia continuaron hasta que se produjo la victoria de los tercios españoles en San Quintín (1557), y la firma de la Paz de Cateau-Cambresis (1559) iniciándose un periodo de tranquilidad militar.

Pero el desgarro interno europeo provenía del protestantismo. La reforma protestante contra la que tanto batalló su padre, seguía dando que hacer.

Que mejor cosa en ese ambiente que calificar a Felipe II de fanático religioso.

Lutero fijó sus 95 tesis, enfrentándose al papado, negando los dogmas católicos y los sacramentos, el culto a la Virgen María y a los santos. Sus escritos se difundieron rápidamente, gracias a la imprenta de Gutenberg y a que los príncipes alemanes vieron una oportunidad política en esta ruptura con Roma para conseguir más poder oponiéndose al Papa y a Carlos V, emperador de Alemania, Rey de España y Nápoles. Lo que continúa con su hijo Felipe. A esa oportunidad se unen los holandeses buscando también su independencia.

No fue el único movimiento anti papado. En Francia, Calvino, más intransigente y radical que Lutero, si cabe, encabezó otro movimiento reformista y rupturista, extendiéndose rápidamente a otros países. Pero el protestantismo en Francia acarreó años de enfrentamientos civiles en las guerras de religión. Felipe II apoyó a los católicos frente a los hugonotes (protestantes seguidores de Calvino), especialmente ante las pretensiones al trono de Enrique de Borbón, que era hugonote. En 1593, Enrique se convirtió al catolicismo, subió al trono como Enrique IV- “París bien vale una misa”- y España y Francia firmaron la Paz de Vervins en 1598.

Para completar el mapa religioso europeo del S XVI, hay que mencionar que en Inglaterra aparece el anglicanismo al negar el Papa el divorcio del rey Enrique VIII de su legítima esposa Catalina de Aragón y, con ello, legitimar el matrimonio con Ana Bolena. El monarca rompe con Roma y se autoafirma cabeza de la iglesia.

Que la corrupción se extendía por la Iglesia romana, era evidente desde hacía tiempo. Por ello, en España, el Cardenal Cisneros con el apoyo explícito de la Reina Católica realizó una profunda reforma de la vida eclesiástica, buscando un modelo moral más acorde con el mensaje evangélico. De hecho, si Lutero no hubiera sido un intransigente y sin el apoyo político alemán nunca se hubiera desarrollado su herejía, pues los problemas se podrían haber arreglado internamente. Intentos hubo, el más importante el Concilio de Trento, iniciado bajo el gobierno en España de Carlos V y terminado bajo el de Felipe II. El concilio no logró reunir a sus hijos cristianos, pero sí fortaleció a la contrarreforma, al papado y puso los basamentos para ejecutar una genuina reforma interna de la Iglesia.

En España, los acuerdos de Trento se declaran de obligado cumplimiento en una pragmática de 1564. Asimismo, se promulgaron leyes para vetar la importación de libros y se limitó el derecho cursar estudios en el extranjero. Para asegurar su cumplimiento, la Inquisición publicaba un índice de libros prohibidos y registraba bibliotecas. Además, numerosas órdenes religiosas contribuyen a la educación y la enseñanza. La Compañía de Jesús, entre otras, ayudó a difundir la doctrina católica por Europa y América mediante una amplia labor educativa, fundando escuelas y universidades. Precisamente la labor evangelizadora española está presente desde los tiempos de la llegada de Colón a La Española y en todas las expediciones promovidas por la monarquía hispana hay un grupo de frailes cuya misión es evangelizar, como ya vimos en Filipinas y China. https://algodehistoria.home.blog/2022/03/25/andres-de-urdaneta-y-el-tornaviaje/

España se pone al frente de la cristiandad en apoyo del papado, pero no es menos cierto que en el Siglo XVI nadie concebía una unidad nacional, estatal, sin la misma unidad religiosa. Felipe II no era más fanático que los demás monarcas coetáneos. En ningún momento o lugar en aquella época era concebible la libertad de pensamiento o de culto.

Es más, gracias a la actuación de Felipe, que no quería para España unos enfrentamientos como los de otros lugares, la vida religiosa en nuestro país fue mucho más tranquila que en otros lugares. Como señala Kamen[1] la herejía protestante había causado poco impacto en España y así siguió y no porque la Inquisición española fuera más cruel que otras – ya vimos un interesantísimo reportaje de la BBC ( https://algodehistoria.home.blog/2020/07/10/el-mito-de-la-inquisicion-en-espana/ ), difundiendo lo que es una verdad histórica comprobada, que nuestra Inquisición fue mucho más justa y liviana que la holandesa o la de otros países-, es más, fue el Rey quien se ocupó de que el Santo Oficio se condujera por caminos de mayor justicia. Felipe había visto los efectos de las guerras de religión en Europa y no quería nada igual para España. Se sabe, por ejemplo, que en 1559 los ingleses, bajo el mandato de la Reina María, habían ejecutado a casi tres veces más herejes que en España. En Francia, bajo Enrique II, se habían ejecutado al doble de personas que en nuestro país y en los Países Bajos eran diez veces más los sacrificados en nombre de la fe.

Fue la presencia de los turcos de Solimán el Magnífico y su amenaza al papado y a todos los católicos lo que hizo que Felipe II avanzara aún más en su condición de Príncipe de la cristiandad. No era un problema de fanatismo religioso, como ya vimos en la entrada sobre Lepanto: https://algodehistoria.home.blog/2021/06/18/lepanto/

Se trataba simplemente de que eran ellos o nosotros. El mundo occidental tal y como lo conocemos se lo debemos a aquella victoria de la Santa Liga. Victoria que debemos al Papa, a los estados italianos, especialmente a Venecia, y, sobre todo, a Felipe II, porque ni alemanes, ni franceses ni ingleses colaboraron en sofocar aquel peligro. Al contrario, consideraban más importante la merma de poder de España que la defensa de su propia integridad y de los valores greco-romanos y judeo-cristianos que habían conformado nuestra civilización europea. Habría que meditar dónde residía el fanatismo.

Suele señalarse que, Felipe II fracasó en extirpar el protestantismo, pero quizá sería más adecuado, como hace Pío Moa[2], decir que los “protestantes fracasaron en su afán de extirpar el catolicismo, pues de ellos había partido la agresión a una religión ya establecida siglos atrás.  Felipe, en definitiva, mantuvo católica la mitad sur de Europa, y aunque no derrotó por completo a sus enemigos sí marcó los límites a su expansionismo, del mismo modo que lo hizo con el Imperio otomano. Libró a España de guerras internas como las de Francia, que   causaron unos cuatro millones de muertos y devastaron regiones enteras, y que se habrían propagado a nuestro país de haber permitido la victoria de los calvinistas franceses.  Teniendo en cuenta el poder y empeño, por así decir fanático, de sus enemigos, no fue un pequeño logro.”

Felipe II fue un gran rey católico, con auténtica fe, aunque algunos historiadores como Joseph Pérez afirmen que Felipe II utilizó la religión para justificar su imperialismo. Muchos otros consideran que el imperialismo le venía de cuna, si bien obvian que la fe ha de mantenerse por uno mismo. Una de las manifestaciones de esa fe católica de Felipe II y muy alejada de la frialdad y fanatismo que nos han querido contar está en el hecho de que fue un gran amante de las artes, un gran mecenas y uno de nuestros reyes más cultos. En su imperio territorial se fraguó un imperio cultural como fue el siglo de oro en el que la religión tuvo una presencia destacada. No sólo en la literatura se manifiesta la fe católica, lo hace en el mecenazgo de pintores que transmitan valores religiosos en sus obras o en la Arquitectura. La España cabeza de la cristiandad está en el ambiente. Recordemos en este sentido y a modo de ejemplo, la obra de Tiziano: “La Religión socorrida por España”. La pintura conmemora la actuación de la monarquía hispana en la batalla de Lepanto. En la obra España acude en ayuda de la Religión, defensora de la Fe Católica contra todos sus enemigos y no sólo contra el turco, pues las serpientes simbolizan la herejía protestante.

En la pintura España aparece armada con coraza, lanza y escudo y toma de la mano a una mujer que porta una espada (la Justicia). Al fondo, en el mar, figura un carro conducido por Poseidón con un amenazador turbante turco.

En otro orden artístico: arquitectura, destaca el Monasterio de El Escorial. En el Monasterio se muestra la fe profunda del rey. Cada cuadro, cada obra, la propia planta del edificio y los jardines responden a los intereses de la contrarreforma católica. Edificio del que Fray José de Sigüenza (asesor de Felipe II, miembro de la Orden jerónima y bibliotecario real en El escorial. Realizó el sermón que inauguró el Monasterio, entre otras muchas cosas), dijo: “Obra tan santa, tan pía, tan llena de cristiandad y de tantos provechos para todo… Donde se conserva tanta hermosura de pinturas e imágenes”. No es casualidad que sus obras empezaran en 1563, año de la clausura del Concilio de Trento. Tampoco fue casualidad que la orden religiosa a la que el rey encomendó la custodia del monasterio fuera la Orden jerónima. Precisamente San Jerónimo representa la verdadera fe, siendo además el traductor de la vulgata, único texto autorizado de la Biblia en el Concilio de Trento.

Llamar fanático a Felipe II es no comprender su posición: fue testigo de los desastres de las devastadoras guerras de religión en Francia, Alemania y Flandes, y de la sangrienta persecución a los católicos en Inglaterra e Irlanda. Amén del peligro del turco y el posible fin de la Cristiandad si no se les paraba.

De hecho, en los últimos años, la historiografía, incluso la anglosajona, (Pierson, Maltby, Parker, Thompson y Kamen) ha revisado sus posiciones y puesto en cuestión los tópicos negativos sobre Felipe II. Se destaca una imagen más exacta y ecuánime en la figura del gran monarca español en todos los órdenes: hombre, rey y mito.

Hay que explicárselo a algunos gacetilleros.

BIBLIOGRAFIA

KAMEN, Henry. “Felipe de España”. Ed. SXXI. 1997.

PÉREZ, Joseph. “La España de Felipe II”. Ed Crítica. 2000.

MOA, Pio “Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI”. La esfera de los libros. 2010

[1] Henry Kamen. “Felipe de España”. Ed. SXXI.

[2] Pio Moa “Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI”.

¿POR QUÉ DEBEMOS ESTUDIAR HISTORIA?

Mucho se ha hablado en estos días de la modificación del currículo escolar español que afecta a diversas asignaturas, entre otras de manera muy importante a la Filosofía y a la Historia.

De nuevo traigo a colación a mi querido profesor Ferrero y su “dádmelo morto”, para diferenciar la historia del periodismo. Efectivamente, este es un blog de Historia y de análisis histórico y por eso trataremos el tema desde la Historia. Ya hemos tenido entradas sobre el valor de la historia explicando el método científico de análisis histórico y la Ley de memoria histórica, que a partir de ahora se llamará democrática (se ve que hacernos olvidar- una parte de nuestro pasado- es más democrático que recordar; y establecer un sistema de fuentes científico es peor que la subjetividad de los recuerdos de cada cual).

A la hora de abordar el tema de hoy no quiero incidir en la causa final, citando a Aristóteles, es decir, en el objetivo último de este cambio. Simplemente me centraré en las consecuencias que para el conocimiento tendrá el mismo.

Desde un punto de vista formal y material, que no teleológico, dos son los cambios más destacados en el currículo escolar en lo referente a la asignatura de historia: 1) no se debe estudiar de manera cronológica y 2) sólo se estudiará la Historia de España de 1812 en adelante.

La barbaridad es enorme. Para explicar mi posición voy a tomar diversos ejemplos, se podrían poner otros miles, pero, para comprender qué pasa cuando sólo se estudia, y no completa, la edad contemporánea, más la española que la universal, voy a poner ejemplos de absoluta actualidad.

Todos leemos estos días noticias sobre la invasión de Ucrania y nos planteamos conocer algunos antecedentes, bien sean de la Segunda Guerra Mundial, bien posteriores, como la invasión de Hungría el 1956, o la primera guerra de Crimea en 1853, que trajimos aquí a colación. Pero el conocedor de Historia sabe que, en el ámbito de las relaciones internacionales, los países tienen unas constantes en su actuación que no se difuminan con el tiempo. Así, el expansionismo territorial o la búsqueda de salidas a mares de aguas cálidas son algunas de las constantes rusas más destacadas y que ya se daban, por ejemplo, en Pedro I el Grande, Catalina II la Grande, Nicolás I, en Alejandro III o Stalin, estos hechos tienen una correlación histórica, si no se conoce las obras de cada uno de ellos, no se entiende la de sus sucesores. Una cosa es que puedan tener otros modos de enlace o estudio, pero los hechos influyen unos en otros y no se entienden los segundos sin acceder previamente a los primeros. Si Putin busca recuperar el imperio ruso de la URSS o el de los zares, hay que analizar qué pasó antes de ahora y por qué.

La primera guerra de Crimea trajo a España una subida de precios y de impuestos que generaron gran malestar. Hay acontecimientos que se parecen como dos gotas de agua y la situación de subida de precios actual no originada sólo en la guerra de Ucrania, pero sí influida de manera importante por ella, puede entenderse mejor si vemos los levantamientos contra los impuestos en el bienio liberal español por culpa de aquella guerra en Crimea de 1853-56 y, si bien, siguiendo los razonamientos de Heráclito, «ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos»,  no podemos negar similitudes fundamentales que conviene tener presentes para, como bien señalaba Napoleón en sus acotaciones al “Príncipe” de Maquiavelo, “hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores”.

¿Cómo entender la historia de las relaciones internacionales sin asentarse en los principios básicos del derecho internacional reflejado en los tratados internacionales o en las instituciones internacionales? Y ¿cómo acercarse a ellos sin asimilar los orígenes del Derecho de Gentes,  “jus Inter Omnes gentes”,  en la Escuela de Salamanca Española, en los postulados del Padre Vitoria  y con ella en la presencia española en América y el humanitario trato dispensado a los indios, o en la teoría de los justos títulos, todo desarrollado bajo el mandato directo de la Monarquía española, tanto por de los Reyes Católicos como por Carlos I? En un simple párrafo hemos demostrado el enlace entre acontecimientos presentes que tienen su raigambre en nuestra Historia más gloriosa: la de la llegada a América, su evangelización, culturización y la presencia mayúscula de los Reyes Católicos y nuestro emperador, nuestra influencia en el devenir jurídico del mundo… y que en nuestro programa escolar dejarán de estudiarse. Nuestros futuros bachilleres, si no hacen un esfuerzo por sí mismos, no sólo no sabrán Historia, es que no entenderán el periódico, las noticias diarias.

Si no se conoce la Historia de la antigüedad se desconocerá la versión de Trucídides sobre la guerra del Peloponeso (431-404 a de c.) se ignorarán las consecuencias de la tensión creada entre una potencia emergente (Atenas) frente a una potencia en declive (Esparta) y como el temor a ser relevado del mando puede desembocar en una guerra. Con este antecedente se entiende mejor las tensiones actuales entre China y USA tanto por Taiwán y el dominio del Pacífico como sus posiciones frente a Rusia en la invasión de Ucrania.

Tampoco podríamos explicar los imperios orientales de China o de Japón sin la llegada a aquellos mares de los portugueses y españoles en el siglo XVI. Tampoco, sin entender la habilidad de Felipe II para no enfrentarse a Portugal innecesariamente y así acabar dominando enclaves esenciales en el Pacífico. No estudiar al gran Felipe II es no poder realizar interacciones entre la Historia de España, y la de América, África y el Pacífico. Y no comprenderíamos el alcance de esas interacciones si desconocemos la importancia de la “Unión Ibérica” lograda por Felipe II en 1581 que trae causa de los acuerdos, en este caso matrimoniales, firmados en el Tratado de las Alcazobas por los Reyes Católicos y el Rey de Portugal el 6 de marzo de 1480.

Cómo explicar nuestros problemas actuales con Marruecos sin contar que el norte de África fue territorio romano después de cartaginés, olvidando la importancia del Califato Omeya con su gran capital, Córdoba, en el siglo VIII. Cómo explicar la caída de ese Califato y la sumisión de aquel territorio norteafricano en un lugar sin dueño a manos de tribus bereberes y beduinas nómadas que estaban de paso, sin estudiar la Reconquista. Cómo explicar la españolidad de las Canarias, Ceuta y Melilla sin saber que fue aquel Tratado de Alcazobas y su especificación posterior en el de Tordesillas, de 7 de junio de 1494, con el reparto de los mares y las tierras en virtud de los paralelos terrestres,  el que determinó la distribución de la costa africana entre España y Portugal; el que permitió el asentamiento español en Melilla en el siglo XV (1497),  en el Peñón de Belez, en Orán y en otros muchos territorios y, además,  preservó nuestra presencia en Ceuta que ya era española en 1415.

Y, en directa conexión con lo anterior, si sólo se estudia la Historia de España desde 1812 y no se atiende con cierto detenimiento a la historia Universal cómo describir los resultados de la Conferencia de Berlín en 1885, los procesos de colonización y descolonización, los enfrentamientos internos en Alemania entre los posicionamientos de Bismark y las del Káiser Guillermo II con respecto a la colonización de África, los acuerdos franco-alemanes por aquellos territorios, las consecuencias que aquello tuvo para nuestra ubicación en Marruecos,  la correlación de fuerzas entre la presencia francesa y la española en el norte de África,  nuestro protectorado en Marruecos y en el Sahara, la perdida de aquellos lugares… y sin referenciar las consecuencias de la I Guerra Mundial, por ejemplo, con la disposición de las colonias africanas en fideicomiso, no se profundizará en la presencia española en sus territorios norteafricanos ni en Guinea a pesar de la neutralidad de nuestro país en las guerras mundiales ni por supuesto otros muchos acontecimientos que quizá no tienen tanta relación con España pero sí con la organización geoestratégica posterior, como el desarrollo militar de la II Guerra Mundial, en especial, con la Guerra del desierto.

España no ha estado aislada del mundo, al contrario, ha sido una pieza esencial en la configuración geopolítica actual del Orbe, no pueden nuestros bachilleres limitarse al estudio de la edad contemporánea sin percatarse de la importancia de nuestro pasado porque sin él no se entiende España como Nación ni política ni histórica ni cultural. No se puede concebir la defensa de la nación en el levantamiento de 1808, ni la constitucionalización de la soberanía popular en 1812 sin saber de dónde venimos. Los madrileños dieron el primer aldabonazo contra el invasor conscientes de lo que era España, la Junta de Asturias se reunión en defensa de la Nación española y las Cortes de Cádiz definieron nuestro futuro liberal por la conciencia común de lo que habíamos construido todos juntos desde muchos siglos antes.

Pero sin esos precedentes, tampoco se alcanza a ver el porqué de esos acontecimientos que para algunos parecen prevalecer sobre los demás. Hablo de la caótica primera República, de la crisis del 98, de las guerras en Marruecos en los años 20 y con ello de la dictadura de Primo de Rivera y la catastrófica Segunda República que nos lleva a la peor de las crisis nacionales: la Guerra Civil.

Sin el conocimiento de todo eso, no se entiende España. Pero, sin España, no se entiende Europa. Esta Unión europea, hoy más unida que nunca en la adversidad, tiene su esencia en los principios greco-romanos y la tradición judeo-cristiana. Al implantarse el cristianismo en el Imperio romano, apareció una Europa cristiana en su pensamiento, instituciones y cultura, cuyas fuentes se concretaron en la concepción filosófica y jurídica greco-romana y la tradición religiosa judía y el legado cristiano centrado en el Nuevo Testamento y en la figura de Jesús de Nazaret. Atenas da origen al logos griego que determina la racionalidad universal. Crea las ciencias especulativas y positivas y promueve la filosofía, el humanismo, el arte y la arquitectura. Roma simboliza el Derecho, la épica conquistadora y la organización política. El sacro imperio une las ideas de poder y orden jurídico clásico con el religioso, teniendo al Papado como baluarte defensivo de esos valores tradicionales. Las cabezas defensoras de esa idea de cristiandad con todos los valores inherentes a la tradición serán, esencialmente, los Reyes españoles, desde el inicio de la Reconquista, la batalla de las Navas de Tolosa (1212) o la creación del Camino de Santiago, pero, sobre todo, serán Carlos V y Felipe II- fundamental en la victoria de Lepanto (7 de octubre de 1571)- los que permitan que Europa siga siendo cristiana y que los valores humanitarios y de derecho natural que fundamentan nuestra vida y Derecho puedan perdurar. A ellos y por desarrollo de esos principios, se une en el S XVIII la Ilustración y su difusión mediante la Revolución Francesa y las invasiones napoleónicas.  Todos ellos y sus valores trajeron las democracias que hoy tanto cuesta mantener. Por eso, a Zelenski, nuestro admirado presidente ucraniano que tanto hace por la defensa de esos valores que son nuestra vida cabe decirle que él y sus conciudadanos son todo un ejemplo, pero, también, que frente a lo que dijo ante el Parlamento de los Países Bajos, Felipe II no fue un tirano.

El desconocimiento de la Historia no sólo limita el saber de esa materia. Sin ese conocimiento histórico nadie entenderá la literatura ni el arte ni otras ciencias. Así, por ejemplo, sin el Imperio español, no se entenderá del siglo de Oro literario y artístico; sin la perdida de América y la crisis del 98 no se profundizará en la generación del 27…, porque todos los conocimientos están interrelacionados. Si se cercena uno, se cercenan los demás.

Por todo lo que he señalado y por otras muchas cosas que se podían decir, una reforma que se limita a lo contemporáneo, sin antecedentes, sin cronología, generará, más allá de otro tipo de maliciosas o torpes intenciones, más división entre las personas. Porque cualquier alumno español que proceda de una familia con cierta formación o para aquellos que tengan mayor capacidad para pensar y estudiar alcanzarán los conceptos anteriores mediante su propio esfuerzo, que en algunos casos será titánico, y siempre extraescolar, mientras que los más torpes o los que vivan en un ambiente menos propicio a las humanidades se quedarán anclados en un sinsentido, se quedarán sin una explicación convincente envuelta en un presentismo anacrónico y absurdo. Quizá los primeros puedan volver los ojos a Ortega y Gasset y decir de nuevo “no es esto, no es esto”, pero el resto caerá en las fauces de la dominación del poder que Foucault desentrañaba en su “microfísica del poder” cuando afirmaba que cada ser humano no es el representante del Estado, pero, para que manifieste el poder el Estado, es necesario que haya un adulto que muestre su dominación a un niño. Ejercida esas acciones de poder sobre los niños, estos, de adultos, las ejercerán sobre sus hijos y así hasta configurar una sociedad sometida. Antes de llegar a ese punto, señalaba el filósofo francés, tendrán un papel esencial los intelectuales para, en el terreno del saber y de la verdad, ejercer una tarea didáctica que revierta ese poder estatal que manipula y extorsiona. Pero para eso tiene que haber intelectuales y la Ley de educación española quiere acabar con todos ellos.

CUANDO LOS TERCIOS ESPAÑOLES DERROTARON A LOS SAMURÁIS

Vamos a hablar hoy de un acontecimiento muy poco conocido, digno de una película- si fuéramos americanos de estos hechos ya habíamos rodado tres películas y dos series-. Con todo, no nos podemos quejar porque, en 2016, el guionista Ángel Miranda y el dibujante Juan Aguilera publicaron el cómic Espadas del fin del mundo, que narra las batallas contra los piratas japoneses partiendo de la crónica del protagonista español: Juan Pablo de Carrión.

Situemos los hechos. Filipinas, río Cagayán al norte de las islas, año 1582. Quien dirigía la flotilla española era Juan Pablo Carrión, nacido en la localidad palentina de Carrión de los Condes 70 años antes. Toda la vida se la pasó buscando la gloria, pero caminó de decepción en decepción, primero en España, posteriormente en el virreinato de Nueva España, hasta que se le ofreció la ocasión de ir a Filipinas.

En aquel año de 1582, Filipinas era una base codiciada por todos, pero la gran potencia del momento era España. Sin embargo, no era del agrado de nuestro monarca Felipe II tropezar con los navíos portugueses en nuestro ir y venir a América por el Pacífico, de manera que se buscaban rutas desde posiciones más al norte para regresar sin conflictos con los portugueses. Pero aquellos mares estaban infestados de piratas. Muchos chinos, pero, sobre todo, japoneses. En china a los habitantes del sur de Japón se les conocía desde antiguo como los wa kuo, o wo kou, waegu o simplemente wa.

Japón en aquella época había sido arrasado por sucesivas guerras civiles. No olvidemos que entonces Japón ni ningún país asiático tenía una concepción nacional como la que se estaba formando en Europa. Japón era el conjunto de poderes de varios señores feudales. De aquel territorio se extendía una leyenda por todo Asia oriental sobre su poderoso ejército: los samuráis.

La fama de los temidos samuráis está envuelta por un halo de leyenda y fortaleza que hacía pensar que sólo un samurái era capaz de derrotar a otro samurái. Los samuráis, con todo, no pasaban de ser un poderoso ejército feudal. La escasez de fuentes sobre sus enfrentamientos con otras fuerzas asiáticas, así como la literatura y el cine, han contribuido a mitificar la figura de estos guerreros cuyo código de honor e indiscutible bravura se han hecho proverbiales. Pero tras las guerras civiles, muchos señores feudales habían muerto o perdido la opción de tener ejército propio, dando lugar a que deambularan por todo el país samuráis sin dueño ni empresa, abocados al pillaje y a la piratería. Se les conocían como “ronin”. Los “ronin” eran contratados como mercenarios para realizar cualquier tipo de encargo con una sorprendente rapidez y eficacia. El cineasta japonés Akira Kurosawa es tal vez quien mejor ha retratado a estos singulares bandoleros en sus películas.

Pero los piratas y mercenarios samuráis no siempre actuaban sin dueño. Por supuesto la infantería samurái dependía de un señor, pero muchas de las flotas piratas en las que se enrolaban “ronin” estaban también financiadas por los señores feudales. El pillaje que se producía en aquellos mares creó problemas al propio comercio japonés. Se les cerraba el acceso a las codiciadas sedas y cerámicas chinas, y durante más de un siglo el único modo de hacerse con estas mercancías pasaba, precisamente, por la piratería. Sobre todo, asaltando los puertos chinos o los filipinos, hasta que los europeos les cortaron el paso.

Es decir, bien por ser “ronin”, bien por depender de un señor feudal dedicado a la piratería muchos de aquellos piratas habían formado parte de los samuráis, tenían su formación y su equipamiento. Evidentemente no todos los piratas estaban en esta situación, muchos procedían de China, Taiwán o eran isleños de otras zonas de alrededor, a los que se les equipaba y formaba como se podía, pero no con la gran formación samurái.

El ejército samurái en el siglo XVI parece ser que concebía sus batallas en formaciones cerradas, con piqueteros y arcabuceros. Algo semejante a lo que hacían los Tercios. Aparentemente tenían una capacidad y disciplina muy superior a la de otros países asiáticos.

Dentro de sus tácticas, los arcabuceros supuestamente tienen su origen en la copia de armas portuguesas. Se suele decir que el enfrentamiento con los españoles en Cagayán fue el primero entre los terribles samuráis y los europeos. Esto tampoco está muy claro. Es verdad que ha sido el primer enfrentamiento documentado. Las dudas surgen precisamente por el uso que hacen los japoneses de arcabuces de origen portugués que bien pudieron proveerse en algún enfrentamiento previo contra los lusos o por la simple compra. Fuera como fuese, el señor feudal japonés, Tanegashima Tokitaka, ordenó a un armero que copiase el cañón y el mecanismo de disparo portugués y en pocos años el arcabuz se extendió por todo Japón; logrando los nipones con sus adaptaciones un arma más liviana y precisa que, incluso, al cubrir la mecha con tapas lacadas, permitía disparar durante los días de lluvia.

El enfrentamiento con los españoles se produjo al norte de la isla de Luzón, hasta allí habían llegado los nativos del país de wa para establecerse en el lugar. El capitán pirata era conocido como Tay Fusa (posiblemente la transcripción del sonido de su nombre que presenta distintas formas). Según las fuentes que se disponen era un valiente japonés que, después de asolar las costas de China, Corea y Vietnam, llegó a Filipinas.

Las narraciones de los españoles destinados en Filipinas señalan que los japoneses llegaban cada año a sus tres zonas en Luzón (Cagayán, Lingayen y Manila) para intercambiar plata por oro. La situación se deterioró rápidamente y ante la hartura que expresó el Gobernador de Filipinas, Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, Felipe II aprobó que una flota se enfrentara a los piratas nipones.

La flota, a la que podemos calificar de exigua, se conformó por siete barcos (el navío San Jusepe, una galera llamada Capitana y cinco embarcaciones menores) y 40 hombres (aunque las cifras varían un poco de unas fuentes a otras) a cuyo frente se situó a Juan Pablo de Carrión.

La flota zarpó de Manila y fue bordeando la isla de Luzón en dirección a la desembocadura del río Cagayán. En total, la expedición de Carrión tuvo tres choques armados contra los japoneses; el primero, al amanecer, al doblar el cabo Bojeador y toparse con uno de los navíos piratas. Al que derrotaron con facilidad por la superioridad de los cañones de los barcos españoles. El segundo combate surge al darse de bruces con 18 champanes (el champán es un tipo de buque propio de los países asiáticos del pacífico, utilizado para la pesca y la navegación por los ríos), que estaban saqueando una pequeña población y causando una matanza entre gentes indefensas. Los españoles no dejaron de hacer fuego hasta causar numerosos muertos al enemigo. El tercero y definitivo se produce en el río grande de Cagayán, también llamado por los españoles río Tajo.

Cerca de la desembocadura del río, Carrión manda a un barco a que explore lo que se encuentra tras el recodo del río. El adelantado descubre a 11 barcos japoneses con cerca de 1.000 hombres con poderosa artillería personal, algunos con las máscaras y corazas propias de los samuráis.

Ante esta situación y con la nave capitana muy dañada desde el primer combate, Carrión decide dar la batalla en tierra. Embarranca la nave capitana, derriba su mástil de modo que sirva de parapeto. En tierra dispone a sus hombres a la manera de los Tercios, en formación cerrada, a semejanza de las legiones macedonias y con piqueros en primera línea, seguidos de los rodeleros y, protegidos por los portadores de arcabuces. Además, utiliza un recodo en el que se encuentra una pequeña playa donde ordena disponer los cañones y fortificarse en lo que sea posible, lo que consiguen haciendo uso de las embarcaciones. Además, untan de grasa las picas a fin de que los enemigos se resbalen cuando las agarren.

Los japoneses tratan de negociar: se retirarán a cambio de que los españoles les entreguen una indemnización en oro por las ganancias que dejarán de obtener. Ante la negativa hispana, los piratas-samuráis capitaneados por Tay Fusa se disponen a la pelea confiando en la superioridad numérica de sus fuerzas y en que los españoles no sepan luchar en tierra como sí habían demostrado en el mar.

Poco después del alba, una horda de 600 wa kuo se abalanza contra el parapeto del pequeño reducto que los españoles han formado en la playa. El fuego de cañones y arcabuces españoles causan enormes bajas entre los japoneses. Será en la segunda andanada japonesa cuando el choque con los piqueteros españoles sea inevitable, así ocurre en una tercera y una cuarta ocasión. Las bajas enemigas son numerosísimas, pero no se dan por vencidos y vuelven al ataque. Casi no les queda munición a los Tercios y el enfrentamiento cuerpo a cuerpo es inmediato. Allí se decidió la batalla donde el exoesqueleto de las armaduras españolas y las espadas de acero toledanos fueron muy superiores a las catanas japonesas y armaduras samuráis y sus cascos (kabuto)- eso entre los que los tenían, pues como hemos señalado entre los piratas no todos eran samuráis, también había ashigaru (soldados rasos) y piratas de distintas nacionalidades-.

Quizá fuera por los exoesqueletos, quizá fuera por su impecable forma de luchar tanto en el mar como en tierra, quizá fuera la impresión que debió causar entre los asiáticos las naves negras españolas (untadas de brea) el caso es que en japón se cuenta este encuentro a través de un relato que narra cómo temibles demonios mitad peces mitad lagartos derrotaron a guerreros con fama de invencibles. De esta narración los japoneses han realizado una serie de ficción.

Tras la batalla, derrotado, Tay Fusa optó por plegar velas y marchar. No se supo más de él en ningún relato histórico. Por su parte, Carrión fundó una ciudad en el lugar del choque con la intención de organizar la defensa de la zona para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse. La llamó Nueva Segovia.

Aquellos combates no terminaron con la piratería en la zona, pero los piratas empezaron a respetar las costas filipinas y, sobre todo, a temer a los barcos negros y a sus navegantes mitad peces mitad lagartos.

No me negará el lector que, como señalaba al principio, esta historia merece una película. Si España tuvo un gran imperio se debió a heroicas gestas como las que contamos. En Filipinas terminamos con la gesta de Baler, pero empezamos por la valiente llegada de Legazpi y la mantuvimos por hechos como el que Cagayán. No es de recibo que estas cosas no se encuentren en los libros escolares. Por aquello fuimos un imperio y por esto estamos como estamos.

 

BIBLIOGRAFIA

BORAO, José Eugenio.  “La colonia de japoneses en Manila en el marco de las relaciones de Filipinas y Japón en los siglos XVI y XVII”. Dialnet.

CANALES, Carlos y DEL REY, Miguel. “En Tierra Extraña; Expediciones Militares Españolas”. Ed. EDAF. 2012

Lepanto

Este año se cumplen 450 años de la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), considerada la mayor batalla naval de la Historia, y de una trascendencia enorme en la Historia de la humanidad. Si el mundo lo conocemos como es, en gran parte, se lo debemos a Lepanto. Goethe llamaba a la Historia “Misterioso taller de Dios” y en ese taller los momentos realmente trascendentes no son tantos. Hoy estamos ante uno de ellos.

En España, esta batalla se recuerda más por Cervantes, que participó y fue herido en la misma (el manco de Lepanto), que por la batalla en sí. Cervantes perdió la movilidad del brazo, que no el brazo, y a pesar de ello, orgulloso como estaba de aquella lucha, comprendiendo lo importantísimo de aquella victoria, definió la batalla como “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

En los antecedentes históricos debemos destacar algunos personajes destacados y algunos acontecimientos que condujeron a la batalla definitiva.

Europa estaba dominada por los Habsburgo tanto en el Imperio español de Felipe II como en el Sacro Impero Romano-germánico. Era la época de la contrarreforma frente a los protestantes que ya vimos en parte cuando hablamos de Carlos I en este blog: https://algodehistoria.home.blog/2019/06/21/carlos-i-de-1517-a-1522-4/

Por tanto, Europa estaba dividida entre católicos y protestantes. A esos enfrentamientos se unía el peligro que representaban los musulmanes y, más en concreto, los turcos. Durante el siglo XVI los otomanos habían conquistado los territorios que formaron en el pasado parte del Imperio Bizantino y su pretensión se centraba en alcanzar el control total del mar Mediterráneo y los territorios aledaños. En aquel momento de formación de los Estados Nación, la idea de enfrentarse al Imperio español y al dominio español de Europa y del mundo era más importante para las naciones protestantes que la defensa de la cristiandad. Por eso Gran Bretaña y, muy especialmente, Francia consideraban al turco un buen aliado que podía debilitar a España y a Felipe II. Tan es así que los turcos pretendían expansionarse gracias a la base que los franceses de Francisco I les habían dejado en Tolón. Con estos apoyos atacaron en diversas ocasiones las posesiones españolas en el norte de África, Sicilia y sur peninsular de Italia. A eso hay que unir, los levantamientos moriscos dentro de la península ibérica a lo largo del Siglo XVI, como el de las Alpujarras en 1501, Valencia en 1525 o la más destacada y cercana a los acontecimientos que narramos, de nuevo en Granada y de nuevo en las Alpujarras en 1568.

Felipe II comprendió que militarmente no podía aceptar esa presencia turca pues le creaba problemas dentro y fuera de sus fronteras. Por tanto, se imponía el dominio del mar Mediterráneo, atestado de piratas turcos, que no sólo perjudicaban a sus dominios, sino que limitaban el comercio. Ya en los siglos XV-XVI, el Mediterráneo se erige en distribuidor del flujo humano y comercial entre el occidente dominado por los europeos (emporio renacentista, textil lanero y metalúrgico), el extremo oriental controlado por los turcos (que canalizaba la Ruta de la Seda oriental y el tráfico suntuario de porcelana), el África del Norte (donde confluía el oro subsahariano con las caravanas de esclavos negros), y el Océano Índico conectado a través del Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz, disputado por árabes y portugueses (clave para el tráfico de especias y también de textiles, sobre todo, alfombras y tapices persas).

El mayor afectado por el pirateo del comercio marítimo en el Mare Nostrum era Venecia. El Dux, no estaba por la labor de enfrentarse al turco, más bien era partidario de sobornar a sus piratas para que le dejaran comerciar. A pesar de ello y con gran visión, pagaba a los turcos con una mano y con la otra se preparaba para la guerra.

Pero quien realmente se daba cuenta de la importancia de acabar con los turcos era el Papa. Pio V, San Pío V sabía que lo que se jugaba en aquella partida no era sólo el dominio del mar sino la idea misma de la cristiandad y la concepción del mundo occidental tal y como se conocía. Por ello, impulsa la bula de cruzada para formar una Liga Santa y hacer frente a los protestantes y a los musulmanes. Como vimos en la construcción de los estados pontificios, los papas tenían una fuerza militar menor y en aquellos tiempos eran las tropas de los países católicos, las de España esencialmente, las que defendían al papado y la cristiandad. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/

Al principio nadie parecía tener mucho interés en participar en esta Liga Santa. La excusa llegó de la mano de la invasión de Chipre por parte de los turcos. Unos años antes de Lepanto, los otomanos asediaron la entonces veneciana Malta (1564), pero en 1570 conquistan Chipre, también posesión veneciana. La fortificación poderosa de la isla y de su capital resistió todo lo humanamente posible, pero finalmente cayó ante los otomanos, el sultán Selim II escribía: “He derrotado a esos infieles que no me rendían pleitesía. Iremos a Venecia, y de allí a Roma”. Al peligro para la integridad de los territorios y el comercio se unió, y fue otro factor decisivo para la batalla, las horribles torturas a las que los turcos sometieron a sus dignos rivales. El horror se extendió por toda Europa.

Venecianos y pontificios sabían que sin España no tendrían ninguna oportunidad de ganar a la todopoderosa armada turca. España accede a participar y, el 25 de mayo de 1571, se firman en Roma las capitulaciones de la Liga Santa que unió al Imperio Español, el Papado, Venecia, Toscana, Génova, Saboya y la Orden de Malta. Su objetivo era enviar una flota de guerra a aguas del Mediterráneo Oriental cada año y detener la ofensiva naval turco-berberisca. Francia no participó por estar envuelta en guerras de religión internas entre católicos y hugonotes y por no venir mal a sus intereses el poder turco, en una muy corta visión de la realidad. El Sacro Imperio no participó directamente pues sus tropas estaban dedicadas a la dura tarea de contener a los turcos en los Balcanes.

Entre los acuerdos de la Liga estaban que España pagaría la mitad del gasto, Venecia un tercio y el Papado el resto. Asimismo, se recogía la capitanía de cada flota y el mando supremo a cargo de Don Juan de Austria. Como plasmación de aquel acuerdo, la flota conjunta de la Liga Santa, en su organización interna, estaba comandada por Marco Antonio Colonna por el Papado; la flota veneciana, por Sebastián Veniero y la del Imperio español por Don Juan de Austria, quien, dirigiendo la Nave Real, haría efectivo el mando militar supremo de la Liga Santa. Don Juan de Austria que contaba con 24 años en aquel momento y una amplia experiencia militar, tenía como consejeros y hombres de confianza, entre otros, a Luis de Recasens y a Álvaro de Bazán. A ambos les debemos buena parte de la victoria.

El gran organizador, excelente marino y enorme estratega en la batalla fue Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, Capitán General de las Galeras de Nápoles, una de las más grandes figuras de la vida militar española al que España no le ha rendido el homenaje y, sobre todo, el recuerdo adecuado. Aquella victoria se la debemos en gran parte al genio de Don Álvaro, tan gran marino que jamás fue vencido.

El 20 de julio de 1571, tras haber entrado en Barcelona un mes antes bajo el manto de los vítores de la población, Don Juan de Austria sale con 47 galeras de la flota imperial camino de Mesina donde se ha de reunir la flota conjunta. A mitad de camino, el 5 de septiembre, se suma a la flota imperial Don Álvaro de Bazán con 30 naves. En Mesina se fraguó una flota con 6 galeazas, 207 galeras, 76 fragatas y aproximadamente unos 98.000 hombres.

El 15 de septiembre de 1571, salían de Mesina las primeras naves en dirección al golfo de Tarento, lugar donde se encontrarían de nuevo todas las naves aliadas para ultimar los preparativos e ir avanzando poco a poco hasta encontrarse con las tropas musulmanas.

En el otro bando, los espías del Imperio Otomano,  que se apostaban a lo largo de toda la costa mediterránea, habían informado de la grandeza de la formación naval cristiana, lo que  movilizó las tropas turcas para hacer frente a los cristianos cerca de Grecia. Así, bajo el mando de los almirantes, Alí Bajá, Uluj Alí y Mehmed Siroco, se comandarían 87 galeotes y 210 galeras, además de unos 120.000 hombres.

Aunque en apariencia las fuerzas estaban equilibradas, la realidad haría visible otros aspectos que inclinaron la batalla al lado cristiano. En esa inclinación de la balanza las dotes de mando de Don Juan, para calmar las disensiones que empezaban a surgir entre los aliados, con los sabios consejos de Luis de Recasens, la genial estrategia de Don Álvaro y el genio constructor veneciano, fueron definitivos.

Las galeazas eran un invento veneciano que, tras algunos ensayos previos, había encargado el Dux a Francesco Duodo, uno de los más modernos constructores de armas y barcos. Las galeazas, naos mucho más versátiles que los galeotes y galeras tradicionales, con cañones en todos los lados del barco (llegaron a tener hasta 60 cañones por barco), algunos, alternando con los remos, la mayoría en proa y popa. Eran muy elevadas en altura, lo que impedía el abordaje. Además, aquellos cañones denominados “»sforzato» (tenso), tenían una longitud de lanzamiento mucho mayor que los tradicionales. Aunque recientes estudios quitan importancia a estas naves en la batalla por su inmenso peso y poca maniobrabilidad y sobre todo porque sus cañones, en el fragor de la batalla con tantos barcos podían acabar tanto con los turcos como los cristiano, sin embargo, veremos que lograron algún éxito destacado.

Don Álvaro de Bazán fue el primero en usar las galeazas venecianas de las que se nutría, por su petición, la armada española. Galeazas y galeras constituían una flota temible. Las características de estos últimos eran su gran altura y enorme fondo donde se situaban los remeros y la capacidad para llevar tropas: la infantería de marina, de la que también fue creador Bazán. La infantería en aquella batalla la compusieron Tercios Viejos españoles e italianos, reforzados con mercenarios italianos, alemanes y suizos, curtidos en mil batallas. Además, el arma secreta estaba bajo cubierta: a los efectivos cristianos habría que sumar otros 34.000 marineros y galeotes (muchos de ellos penados a remar sin sueldo) que fueron armados al entrar en combate con la promesa del indulto.

El armamento también era desigual: los cristianos disparaban arcabuces, mientras que los turcos preferían las flechas envenenadas. Además, los soldados turcos eran jóvenes e inexpertos, sus galeotes eran en su mayoría cristianos e incluso llevaban como remeros a mujeres.

Durante la navegación desde Mesina hasta Lepanto, Álvaro de Bazán tiene como misión dirigir el cuerpo de retaguardia de la Armada, recogiendo a las galeras que se quedasen atrás para que no se perdiese ninguna.

Una de las razones de la victoria estuvo también en las divergencias en el mando turco. Mientras los lugartenientes de la flota con más experiencia y avisados por sus espías de la fortaleza de la escuadra aliada, querían quedarse resguardados en el golfo de Lepanto.  Ali Pachá (el general en jefe de los turcos) da órdenes a finales de septiembre de combatir a los cristianos allí donde les encuentren. Se dice que Alí Pachá era tan joven y tan inexperto como ególatra, la mezcla ideal para salir descabezado, que fue lo que ocurrió.

Los turcos salieron a alta mar, cerca de Oxia, en el golfo de Patras frente a la ciudad de Lepanto. El combate tuvo lugar el día 7 de octubre de 1571. Día en el que los católicos conmemoramos a la Virgen del Rosario, a cuya advocación se encomendó la armada aliada, celebrando una misa antes del combate. El papa Pio V también oró en Roma frene a una imagen de la Virgen del Rosario.

No vamos a detallar toda la estrategia de la batalla, pero sí un breve resumen de los acontecimientos más destacados. La lucha se puede explicar en tres zonas divididas en el flanco derecho, centro y flanco izquierdo. En el ala izquierda turca, flanco derecho cristiano, las naves genovesas comandadas por Andrea Doria se distinguieron por no obedecer las órdenes de Don Juan de Austria en algunos momentos, creando un grave problema por aquel flanco al alejarse del grueso de la armada cristiana persiguiendo a algunos barcos turcos, lo que dejó espacio para que los otomanos viraran y atacaran a los barcos de la Orden de Malta, destrozándolos y capturando al Prior. Esto obligó a Álvaro de Bazán a socorrer el ala derecha. Fue el uso de las galeazas lo que puso orden en aquel sector de la batalla. Con 4 de las 6 galeazas se destrozó a una buena parte de la flota enemiga, eso permitió a Don Álvaro acudir en ayuda de Don Juan de Austria en la zona central de la lucha.

En el centro, la nave Sultana fue atacada por la Nave Real con Don Juan de Austria peleando como uno más de sus hombres, con el apoyo inestimable de Marco Antonio Colonna y el de Álvaro de Bazán. Allí los Tercios se destacaron en su lucha contra los jenízaros- temibles soldados turcos-. Luchaban como bravos a brazo partido, con la eficacia de sus espadas y los arcabuces españoles, que, aunque tenían un disparo de corto alcance era de una eficacia letal. Era tan fáciles de manejar que pronto desplazaron a la ballesta, arma que aún empleaban los turcos. De la eficacia del arcabuz habla Cervantes en el Quijote, capítulo XXXVIII: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería. A cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos

Mientras, el lado izquierdo de la armada cristiana era atacado por Siroco, el Almirante turco más agresivo en la batalla, que logra rodear a los barcos del veneciano Barbarigo, el cual tampoco había obedecido exactamente las órdenes del mando. Cayó muerto de un flechazo en el ojo y la flota italiana batalló bajo las órdenes del segundo de abordo, Federico Nani, que resultó ser un muy valiente y eficaz guerrero, que consiguió poner orden en aquel sector, donde acaba pereciendo también Siroco.

Con cierto orden en los flancos, por el centro se lucha sin descanso ante la avalancha turca contra la Nave Real; allí acuden los refuerzos del barcelonés D. Luis de Recasens, mentor de don Juan de Austria y auxilio fundamental para mantener viva la resistencia cristiana. Por orden expresa de Felipe II, Recasens ejercía de segundo jefe de la Armada y tutor del Príncipe. Otro de los mejores marinos españoles, otro de los héroes de Lepanto, siempre al servicio de su patria con una eficacia y humildad extraordinarias, y al que tampoco se la ha hecho justicia histórica.

Álvaro de Bazán envía diez galeras y un grupo de fragatas y bergantines para intentar hacerse con la nave capitana otomana. Como resultado de este refuerzo, el centro otomano queda totalmente deshecho y Ali Bajá herido de muerte. La leyenda dice que un soldado le corta la cabeza y la exhibe encima de una pica para acabar con la moral turca. No está comprobado que tal cosa ocurriera. Pero sí que, desde la muerte del Almirante turco, la batalla está decidida para el bando cristiano. Aún los turcos intentan revolverse, aún se cuentan por heroicidades las actuaciones cristianas: la de Álvaro de Bazán persiguiendo a los turcos a fin de recuperar la galera de Malta, salvar al Prior y a la bandera robada a la cristiandad. Logra salvar al Prior, pero no así la bandera; o el de los Tercios de Sicilia, que acaban por derrotar a los otomanos envalentonados hacia el flanco derecho cristiano. Eran 500 los de los Tercios y acaban vivos 50, pero derrotaron la última carga musulmana. A ellos se une en su vuelta Andrea Doria, que conquistó y rindió varias galeras.

El resultado militar final fue de 8.000 soldados cristianos muertos y de los musulmanes, 30.000 y 8.000 prisioneros y una de las más importantes victorias que vieron los siglos.

Como consecuencia de Lepanto caben destacar que los musulmanes retrocedieron en sus andanzas y dominio del Mediterráneo, aunque fuera momentáneamente y, en todo caso, nunca más con el poder anterior. El pacto realizado tiempo después entre Felipe II y el propio Selim II, propiciaría que hubiera una tregua en el Mediterráneo, hecho que aprovecharon ambos monarcas para enfrentarse a otros problemas internos de sus respectivos imperios.

El mundo occidental se desarrolló como lo conocemos, desde la tradición judeo-cristiana y greco-latina. No fueron sustituidos sus fundamentos por los musulmanes como hubiera ocurrido en caso de derrota. Tras la muerte del papa Pio V, en mayo de 1572, no se continuó con la acción de la Liga Santa. Sin embargo, las diferentes naciones europeas, crearon escuadras más potentes para ir atacando a los posibles piratas.

Desde el punto de vista religioso el sucesor del Papa Pío, Gregorio VIII, asoció la conmemoración de Lepanto a la devoción de la Virgen del Rosario.

Se lograron beneficios económicos y especialmente para el comercio, y España siguió siendo el Imperio que conocemos algún tiempo más.

Se ha escrito largo y tendido sobre la batalla, se han estudiado miles de archivos y se tienen testimonios históricos y literarios de gran valor sobre la misma y, sin embargo, no se conservan grandes recuerdos materiales de la batalla: banderas, barcos, armas y demás. Aún se buscan en el fondo del mediterráneo las naos cristianas, se han encontrado algunas turcas, pero está por descubrir qué fue de las que no regresaron, de las banderas perdidas…

Luis de Recasens, con gran sentido de la cultura y la Historia intentó recuperar todo lo que pudo, primero para acumular los pertrechos utilices para futuras luchas. En segundo lugar, para dotar a las naciones participantes, a los templos católicos o a algunos de los participantes de recuerdos de aquella victoria de la cristiandad. El hecho es que los elementos materiales se dispersaron. Así se dice que fue muy importante, casi totalmente decisiva, la intervención de Luis de Recasens para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto y varias de las banderas de aquel memorable encuentro fueran llevadas a Barcelona. El estandarte de la nao capitana cristiana está en la catedral de Toledo; fanales y cañones de las galeras enemigas quedaron en poder del marqués de Santa Cruz (don Álvaro de Bazán). Muchos de ellos, hoy, residentes en Museos navales. En el Museo naval de Barcelona se conserva una de las galeras. En el magnífico Museo Naval de Madrid, aparecen medallas conmemorativas, una legendaria bandera abandonada entre la oscuridad, maquetas de barcos, espléndidos cuadros… El lugarteniente en la galera capitana, Miguel de Moncada (en cuyo tercio sirvió Cervantes) entregó al convento de Nuestra Señora del Remedio (Valencia) la aljuba de tela de oro de Alí Bajá y un estandarte de seda de una galera. Fernando Carrillo de Mendoza, Consejero de don Juan de Austria y que fue quien dio la noticia de la victoria a Pio V recibió una bula de jubileo para la Capilla del Rosario de la parroquia de Priego (Cuenca), donde también funda el convento de San Miguel de la Victoria en 1572.

Así podríamos recorrer el monasterio de San Lorenzo de el Escorial, la Real Armería de Madrid, las catedrales de Toledo y Santiago. Monasterios como el de Santa María de las Huelgas, el de Monserrat o Montesión. Pequeñas iglesias como la de Medina del Campo. Museos y palacios no sólo españoles sino, por ejemplo, italianos: la comuna de Forno di Zoldo, la iglesia de Santo Stefano de Pisa, el castillo de Rivalta, la iglesia de San Domenico de Turín, en Génova, por supuesto en la Santa sede (donde se conserva, por ejemplo, el estandarte de la nave capitana otomana) e incluso en Viterbo… o en Turquía como en el estupendo museo Dieniz Musezi de Estambul. Podríamos continuar para demostrar lo atomizado del recuerdo, pero quiero terminar con uno especial: Don Luis de Recasens mandó construir un monasterio y una Iglesia en Villarejo de Salvanés, provincia de Madrid. El Papa Pio V en agradecimiento a su labor en la batalla, le regaló la imagen de la Virgen del Rosario a cuyos pies rezaba el Santo Padre. Esa virgen, conocida y venerada hoy como Virgen de la Victoria sigue en la Iglesia del pueblo madrileño y este año conmemora su año jubilar.

Aquella gran victoria se logró por la unidad de los católicos, pero en sus comienzos estaba la brecha que la Reforma y las guerras de religión abrieron en Europa; brecha en la que los musulmanes creyeron ver un camino de entrada para sus principios que eran, al tiempo, el fin de nuestra civilización. Han pasado varios siglos y la situación geopolítica universal nos parece traer ecos de aquel pasado. A ver si aprendemos de las virtudes que nos enseña la Historia y de los errores que nos marca, en recuerdo de Goethe, ese “misterioso taller”.

BIBLIOGRAFIA

. BARBERO Alessandro: “Lepanto: La batalla de los tres imperios”. Pasado y Presente Editorial, 2011.

. Manuel RIVERO RODRIGUEZ, Manuel. “La Batalla de Lepanto: Cruzada, Guerra Santa e Identidad Confesional”. ED. Sílex. 2012.

. David y Enrique GARCÍA HERNÁN, David y Enrique. “Lepanto: el día después”. ED Actas, 1999.

. BRAUDEL, Fernand. ” El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II”. Fondo de Cultura Económica. 1953.

UN TRAIDOR: ANTONIO PÉREZ

Hoy volvemos a adentrarnos en el hilo de los traidores. La Historia está llena de ellos y en el caso español, hemos tenido unos cuantos, ni los más poderosos se libran. En este caso, el más poderoso era el gran Felipe II y el traidor su influyente secretario: Antonio Pérez; quien ha sido considerado por Julián Marías como uno de los impulsores de la Leyenda Negra española junto con fray Bartolomé de las Casas. Si en fray Bartolomé la soberbia y la exageración hicieron un gran trabajo en esta línea; en Pérez fue su propia desvergüenza y vicio los que sirvieron de guía a los autores de la leyenda negra. Digamos que nuestros enemigos se basaron en sus acciones para incrementar esa leyenda, aunque, ningún país serio hubiera dejado envenenar su historia con tantas mentiras y, lo que es peor, en ninguna ley de memoria histórica parece que vayamos a encontrar un impulso al estudio y difusión de la verdad histórica de nuestro imperio y nación.

Antonio Pérez nace en la localidad de Valdeconcha, Guadalajara, en 1541, falleciendo en París, en 1611. Estos dos datos, fechas de su nacimiento y muerte, son los más claros de su biografía, sobre todo, lo que se relaciona con su origen.  No está claro quién fue su padre, si a) Don Gonzalo Pérez, consumado humanista, propietario de una de las mejores bibliotecas de la época, traductor de “La Odisea” al castellano,  que fue secretario del emperador Carlos I y después del propio Felipe II y el que, al fin y al cabo, le dio su apellido o b) el aristócrata portugués, Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli. Se sabe que su madre fue doña Juana de Escobar de la que se desconoce si era soltera o estaba casada con otro hombre. Fuera como fuese, Juana nunca se casó ni con Gonzalo ni mucho menos con el cabeza de la casa de Éboli. Todo apunta a que era sotera pues, no tiene sentido que Gonzalo Pérez diera su apellido al niño si la madre estaba casada. Pero, lo probable, según los rumores que corrían por la corte, es que Pérez sirviera para tapar al hijo ilegítimo de una de las dos casas más influyentes en la corte española del momento, la otra era la casa de Alba. Esta última posibilidad se refuerza con el hecho de que Ruy Gómez de Silva apadrinó a Antonio Pérez, le cobijó bajo su techo durante los primeros 12 años de su vida y lo protegió siempre. Sea de una forma u otra, el joven fue educado en las más prestigiosas universidades españolas e italianas de su tiempo, bajo la ayuda de la familia castellana de los Mendoza, que estaba emparentada con el Príncipe de Éboli a través de su matrimonio con Ana de Mendoza de la Cerda (Princesa de Éboli), la cual, para completar esta visión del “ Hola” del siglo XVI, no se sabía a ciencia cierta qué relación tenía con Felipe II, aunque las lenguas de triple filo de la época sí decían saber lo íntima que era aquella relación; de verdad, parece que las habladurías sólo eran eso. Lo que sí es cierto es que la Princesa mantuvo una enorme influencia política en la Corte incluso después de la muerte de su esposo el Príncipe de Éboli, para ello se alió con Antonio Pérez, sin que se pueda afirmar si su relación se basó sólo en intereses financieros y de poder o también amorosos. Nunca lo sabremos, aunque los que dudan de las inclinaciones sexuales de Antonio Pérez, afirman que sólo formaron un convenio por intereses.

En todo caso, Antonio, tuvo una carrera meteórica, basada en sus influencias en la corte, su buena formación intelectual, su carácter ambicioso, prudente y muy dado a las intrigas.

Al fallecer Gonzalo Pérez en 1566 queda vacante la Secretaría de Estado, y su supuesto hijo es propuesto para suplir su vacío, cosa que sucedió en 1567 y oficialmente ratificado por el rey en 1568. Que alguien de tal juventud alcanzara un puesto tan influyente era un caso excepcional en las cortes europeas. Precisamente desde 1553, año en el que se le encargaron los asuntos exteriores de la corte española, su presencia en esas cortes y, también en la política nacional, fue considerable.

Para llegar a aquel puesto tuvo que sortear un problema, no menor, para aquellos tiempos: había tenido un hijo extramatrimonial y no quería casarse con la madre (Juana de Coello)- se ve que había costumbre en la familia-. Fue, otro cortesano, Juan de Escobedo, el que terció para lograr su matrimonio con Juana y, gracias a ese hecho, pudo lograr el puesto de secretario de Felipe II. La fortuna de Antonio era holgada, y en los primeros años, y tras ganarse el favor de Felipe II, amasó grandes sumas de dinero. De él se dice que gastaba en caballerías, en ropajes, juego y otros vicios. Como es lógico, ese tren de vida no era fácil de sobrellevar, ni siquiera para un personaje como Antonio Pérez.

En aquel momento, como dijimos, dos eran las casas influyentes en España: Éboli y Alba. Ambas representaban posiciones diferentes en la política a seguir en los Países bajos. Los primeros eran partidarios del diálogo con los Orange para acabar con la guerra y la destrucción; los segundos apoyaban posiciones más duras; estos últimos representaban la causa de la mayoría de la nobleza castellana y la posición de Don Juan de Austria, hermanastro del Rey, héroe de Lepanto y gran militar.

Como secretario del hermanastro del Rey, Pérez nombra a Juan de Escobedo, con el encargo de que espíe a Don Juan y le comunique sus pasos. Pero Juan de Escobedo fue leal a Don Juan de Austria, lo que no gustó mucho a Pérez. Realmente, aquella lealtad obstaculizaba el prospero negocio organizado por Pérez y la Princesa de Éboli. Su posición frente a la sublevación de los Orange, en un primer momento, fue de auténtico interés negociador, pero, una vez comprobaron que tal solución no tenía futuro, decidieron vender secretos de Estado al enemigo.“Resulta evidente es que éstos abusaron de su privilegiada posición, como señala Marañón, para vender secretos de Estado, y acaso también por ambiciones familiares de la Princesa en la cuestión de Portugal. De lo cual Escobedo debió sospechar algo, alguna noticia amenazando con delatarles”, dice M. F. Álvarez en su libro “Felipe II y su tiempo[1] Ese hecho fue descubierto por Escobedo, por lo que éste pasó a convertirse en enemigo mortal de Antonio Pérez.

Antonio, previendo que aquello podía acabar con su cabeza, decide actuar con rapidez fabulando toda una serie de calumnias sobre Escobar y sobre Don Juan de Austria, para lograr que el Rey se enemistase con ellos. Según parece, le informa al Rey que el ambicioso Escobedo era quien trataba de convertir a Juan de Austria en monarca, que el éxito del hermanastro del Rey tras la épica victoria de la batalla de Lepanto, le hacía acreedor de la corona de Escocia o de Inglaterra por matrimonio con alguna de sus reinas. De hecho, los persistentes rumores provenientes de Escocia de aceptar a don Juan de Austria como rey si éste se casaba con María Tudor, fueron suficientes para que Felipe II creyera en la traición de su hermanastro. Además, los problemas arreciaban en el Imperio y Felipe II envió a su hermano lejos de las intrigas de la corte, aún a sabiendas de lo dificultoso de su misión, de ahí que le encomendara la defensa de las provincias holandesas donde vino a sustituir en el cargo al Gran Duque de Alba. “Era como si (Felipe II) quisiera hacer frente a los problemas de Flandes con el prestigio del nombre de su hermano; o acaso también para hundir en el fracaso inevitable a quien tanta gloria había logrado en el Mediterráneo. Porque lo cierto es que el Rey, contra el parecer de algunos miembros del Consejo de Estado –y concretamente del que más experiencia tenía en los asuntos de Flandes, el duque de Alba- siguió el consejo de Antonio Pérez”, nos dice M. Fernández Álvarez.

El 31 de enero de 1578, los tercios viejos derrotaron a los Estados Generales en la batalla de Gembloux, consiguiendo así que gran parte de los Países Bajos del Sur volvieran a la obediencia al Rey, entre ellos la provincia de Brabante. Esto hizo revolverse a las fuerzas enemigas, atacando las posiciones españolas en dos frentes: uno francés desde el Sur –al mando del duque de Anjou– y otro desde el Este –al mando de Juan Casimiro y financiado por la Reina Isabel de Inglaterra. El vencedor de Lepanto iba a necesitar más recursos para frenar ambos ataques, de no ser así, perdería inevitablemente las posiciones tan duramente logradas. Por ello, instó a su secretario, Juan de Escobedo, para que lograra del rey más dinero.

Sin embargo, Felipe II lejos de ayudar a aquella empresa como debía, no lo hizo, y siendo conocedor de las intrigas que se cernían sobre Escobedo, las permitió. Escobedo fue asesinado el 31 de marzo de 1578. Tal noticia llenó de dolor a don Juan de Austria, el cual debido al tifus y a una negligencia médica en una desastrosa operación quirúrgica, murió también a finales de septiembre en su campamento mientras sitiaba la ciudad de Namur. Viendo cerca su muerte, Don Juan nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio y escribió a su hermano pidiéndole que respetase este nombramiento y le permitiese ser enterrado junto a su padre. Estos deseos fueron cumplidos por Felipe II, arrepentido de la desconfianza mostrada hacia su hermano, pues al morir don Juan de Austria, el Rey recibió toda la correspondencia y documentación que éste poseía en los Países Bajos, y “vinieron a demostrar al Rey cuán lejos estaba su hermano de traicionarle y alzarse contra él. Por lo tanto, Antonio Pérez le había engañado, de forma que lo que podía tomarse como una dura, pero necesaria medida adoptada por razón de Estado, se convertía en un siniestro asesinato”. Esa complicidad fue la perdición de Antonio, pues Felipe temía que se hiciera pública alguna documentación comprometedora que podía inculparle.

Felipe II mandó encarcelar a la princesa y a Antonio Pérez. Este se escapó y la primera consecuencia de su huida fue el levantamiento del Reino de Aragón.  Los problemas de la monarquía con Aragón venían de antiguo. Existían ciertas disensiones entre la corte y los nobles aragoneses, se trataba de un viejo enfrentamiento entre las posiciones de influencia de los nobles castellanos y los aragoneses. Pérez, que mantenía buenas amistades entre la nobleza aragonesa, consiguió convencerlos de que Felipe II planeaba enviar un ejército a Aragón con la intención de abolir sus fueros. Se produjo una revuelta y, ahora sí y por ella, Felipe II envió al ejército a sofocar la misma. Al calor de las revueltas, Antonio Pérez consiguió escapar de Aragón y refugiarse en Francia.

La segunda consecuencia de la traición de Pérez viene de su vida en Francia. Una vez en el país vecino acude a la ayuda y protección de Enrique “Príncipe de Bearn” y futuro Rey Enrique IV de Francia, el famoso Enrique, protestante (calvinista), que por alcanzar la corona pronunció la famosa frase de “París bien vale una misa”, lo que dice mucho de su altura moral. Enemigo acérrimo de Felipe II, que al igual que su padre, Carlos I, era el brazo ejecutor del Vaticano en Europa y el defensor a ultranza de las posiciones católicas. Si los Orange en Holanda se habían sublevado contra el poder papal para independizarse del real, Enrique, más taimado, aceptó aparentemente el catolicismo, pero juró odio eterno a Felipe II, el cual, además, tenía la pretensión de que una hija suya acabara reinando en Francia. Este personaje acoge a Antonio Pérez y le mantiene con tal de que intrigue contra España y le venda sus consejos y documentos. En afán contra España, Antonio Pérez logra convencer a Enrique de que es fácil lograr la sublevación de Aragón contra el monarca español. Si los franceses entran con un contingente que defienda la independencia de Aragón, los moriscos aragoneses más los valencianos se sublevarán. Enrique acepta.

El fracaso de la expedición fue total. “Los soldados bearneses eran, en su mayor parte, hugonotes, y quemaron las iglesias de los primeros pueblos conquistados, con lo que los aragoneses se olvidaron de sus fueros y, enardecidos por las ofensas a su catolicismo, atacaron a los herejes furiosamente, obligándoles a repasar la frontera. Los moriscos tampoco respondieron con las armas, probablemente porque entre los capitanes de Antonio Pérez había algunos enemigos antiguos de su raza. El fracaso, en resumen, fue completo” nos narra Gregorio Marañón en su obra. Lejos de amilanarse, en 1593, el traidor español y el rey francés vuelven a intentar una nueva sublevación en la zona, esta vez, centrándose en valencia y apoyándose en los muchos franceses que allí vivían, se calcula que unos 11.000. Pero tampoco acabó bien.

Así que Pérez viaja a Inglaterra como enviado del Rey de Francia, buscando vender al mejor precio sus confidencias y sus intrigas y, sobre todo, con gran sed de venganza, hacer el mayor daño posible a la nación que lo vio nacer. Recién llegado a Inglaterra, le acoge en su casa uno de los grandes validos de la reina: Roberto Deveraux, “segundo conde de Essex”, que además era el favorito de la reina. Pérez consigue convencer a Essex de que debía invadir España, cosa que intentó el inglés en 1596 al viajar con una escuadra a Cádiz, saqueando la ciudad, incendiando varios buques y obteniendo un triunfo muy alabado entre el ejercito ingles y el pueblo de las islas, pero de un hondo fracaso en los resultados. La empresa había supuesto un alto coste económico para las arcas inglesas y el botín conseguido, exiguo. Además, esta victoria,  elevó la ya alta arrogancia de Essex lo que le acabaría quitando el favor de la Reina y le llevarían al cadalso en 1601, siendo decapitado en la Torre de Londres.

El objetivo que Antonio Pérez perseguía para con España era la sublevación de los moriscos andaluces y éstos no sólo no lo hicieron, sino que se defendieron y lucharon por evitar la caída de la ciudad en manos inglesas. Aunque al final la tacita de Plata fue saqueada por la armada anglo-holandesa al mando del Almirante Howard.

No para aquí el desafío de Pérez, facilitó datos sobre las costas valencianas y mallorquinas a los piratas berberiscos en el convencimiento de que se levantarían en contra de Felipe II. Otro error y otro fracaso en las pretensiones del ex secretario real, aunque los resultados para la población de esas zonas fueron catastróficos. Las razzias y las incursiones berberiscas ocasionaron pérdidas económicas y humanas considerables, hasta que se pudo poner fin a las mismas, sobre todo, a raíz la victoria en Lepanto.

El tercer elemento que debemos considerar para tener a Antonio Pérez como traidor fue su relato de España.

Estando en Inglaterra, escribió sus famosas “Relaciones” (1594), primero las publicó bajo pseudónimo como Rafael y Azarías Peregrino y, al poco tiempo, ya aparece en las ediciones francesas con su propio nombre. Pero ya con la edición inglesa, puso gran empeño en enviarla a cuantas personas influyentes creyó conveniente que lo leyeran y no sólo de la corte inglesa, sino venecianas, españolas y amigos principales de otras cortes europeas y logró un gran éxito, cuya base se fundamentaba en una de las estratagemas más antiguas del libelo, la excusa del testigo presencial. Las “Relaciones” eran un ataque personal a Felipe II. Se basan como modelo en la “ Apología” de Orange y confirma la acusación de que Felipe II había matado a su hijo, Carlos, que era una de las acusaciones favoritas de los Orange. La prueba de su poder difamador es que, a pesar de ser una historia completamente falsa,  se ha mantenido en el tiempo, sostenida, entre otras razones, gracias a la literatura y la música. La obra “Don Carlos” es un drama escrito por Friedrich Schille que sirve de libreto a Verdi para componer la ópera del mismo nombre y que cuenta la patraña del filicilio con gran arte.

Desprestigiar la figura de Felipe II no era algo que les sirviera a los ingleses, sí a los Orange en su búsqueda de la independencia, pero para los intereses ingleses, los galeones españoles y las rutas de las Indias eran más interesantes que el rey de España. Además, a una reina como Isabel I que tanto le había costado afianzarse en el poder, la presencia de un traidor, le resultaba molesta. De hecho, la falta de simpatías de Pérez en Inglaterra se manifiesta en la caricatura que de él realiza Shakespeare mediante el personaje del “fantasioso español don Adriano de Armando en su comedia “Trabajos de amor perdidos”. Se le presenta como pomposo, amante del lujo, afectado en sus maneras y en su vestir e indigno de confianza.

El daño propagandístico que estas publicaciones tuvieron sobre España fue nefasto y máxime, si se une a ellas la acción de Bartolomé de las casas, como ya vimos en otra entrada de este blog. España, en las postrimerías del siglo XVI, era el más poderoso imperio económico de occidente y su implicación en Europa era tan grande como grande era la molestia y envidia que generaba en otros, no es de extrañar que nos quisieran mal.

Tras Inglaterra, Antonio Pérez volvió a Francia, pero su presencia, salvado un primer momento, ya no tuvo la misma relevancia. Antonio Pérez murió en Francia, olvidado y pobre.

BIBLIOGRAFIA

  1. F. Álvarez “Felipe II y su tiempo” Espasa Calpe.

Luis Gómez López: Un traidor en el Imperio Español: Antonio Pérez.

Elvira Roca. Imperiofobia y Leyenda Negra.

[1] Ed Espasa- Calpe. 1998

LA CONTRA ARMADA INGLESA

Hoy nos vamos a sumergir en un acontecimiento que permanece en la penumbra de la historia, por culpa de la llamada “Leyenda Negra” y por el poco interés español en resaltar nuestras grandes empresas. La Historia contada por ingleses, holandeses y otros países ha ampliado la importancia de la derrota de la Armada Invencible española en 1588 y ha minimizado la derrota de la armada británica, ideada para conquistar España al año siguiente. Hoy hablamos de la conocida como la “contra-armada” inglesa o también como la Invencible Inglesa o la Contra Armada de Drake-Norreys

Después del fracaso de la Gran Armada española en su intento de invadir Inglaterra en 1588, Isabel I de Inglaterra preparó una enorme flota de represalia . La misma contó con 180 barcos y 27.667 hombres. Es fácil comprender el nombre dado a aquella empresa, se trataba de idear una flota que fuera la réplica de la Invencible española. Se encargó su mando al corsario Francis Drake, y como general de las tropas de desembarco, se nombró a John Norreys.

Entre las muchas diferencias entre la expedición española y la inglesa, la esencial era el sentido nacional de la empresa española, con Felipe II como gran ideólogo frente al sentido comercial de la inglesa, que en parte definía lo que posteriormente sería su forma imperial, mayoritariamente con colonias comerciales de transito y no de asentamiento. La contra armada inglesa fue financiada por una compañía comercial a base de emisión de acciones con un capital limitado a 80.000 libras. Un cuarto de esa cifra lo abonó la Reina, un octavo el gobierno holandés, siempre tan poco amigo de su antigua metrópoli. El resto del capital lo aportaron nobles,  mercaderes, navieros de toda condición, avariciosos de quedarse con las rutas españolas hacia América y gremios de todo tipo. No era la primera vez que en Inglaterra se actuaba así. De esta manera se habían financiado varias expediciones piratas, basadas en la sorpresa y el avituallamiento in situ, una vez tomada la plaza. Pero en esta ocasión, el sistema se demostraría calamitoso. Todos los inversores esperaban obtener grandes beneficios, empero, acabó con la quiebra de muchos de ellos y en especial de la corona inglesa de Isabel I.

Una segunda diferencia entre ambas empresas invasoras, se fundamentó en que la española estaba dirigida por profesionales de la navegación, por más que los elementos y sobre todo la dificultad de la invasión en una zona costera mal elegida y con las carencias propias de aquella época en los conocimientos de carácter técnico-científicos como para lograr el éxito. Esas mismas dificultades técnicas tenía la aventura británica, pero con el agravante anglosajón de encargar la dirección de la empresa a un pirata. Drake no era un Almirante para tal fin, si bien había tenido un éxito reconocido en el ataque a Cádiz en 1587.Pero su falta de experiencia en batallas militares le llevó a cometer diversos errores que a la larga precipitaron el fracaso de aquella expedición.  Para empezar, desconocía los elementos básicos de la logística naval en este tipo de enfrentamientos lo que  creó un problema de avituallamiento considerable y aunque no tuvo que luchar contra los elementos, los elementos tampoco le fueron del todo propicios en el inicio de su andadura, así, el mal tiempo afectó a la salida de la flota, una vez se completó ésta, porque el primer retraso se produjo debido a que los holandeses no proporcionaron todos los barcos de guerra que habían prometido, todo ello pospuso la hora de la partida  y, con ello, se consumió un tercio de las provisiones embarcadas para toda la travesía antes de salir del puerto (alguien debería estudiar el  excelente sistema de aprovisionamiento de la Invencible española para que en tan larga travesía nunca faltara alimento a sus integrantes). Drake no fue capaz de preverlo, pensaba, como buen pirata, que llegando a España se aprovisionarían con lo que robaran durante el asalto a las ciudades costeras. Pero no sólo se olvidó de embarcar los alimentos necesarios, sino que también se olvidó de portar las armas de asedio, indispensables para tomar fortalezas, y la caballería, imprescindible para lanzar cargas en las operaciones en tierra. Con estos pertrechos, aquella flota partió del Puerto de Plymouth el 13 de abril de 1589.

Tres eran las misiones esenciales de armada de Drake, que se enlazaban unas con otras a modo de gran fábula:

La primera y fundamental era destruir, en Santander, a la Gran Armada española varada en los astilleros norteños para ser reparados tras la derrota en las costas inglesas. Pensaban que conseguido esto,  España se quedaría huérfana de flota en el Atlántico europeo.

La destrucción de la armada española dejaría el mar expedito para cumplir su segunda misión: conquistar Lisboa. Esto convertiría a Portugal en país satélite de Inglaterra, la cual penetraría en el imperio luso. Para ello, se apoyaban en el Prior Antonio de Crato, primo de Felipe II y pretendiente al trono luso frente al Rey español que acababa de heredar la corona vecina de su madre, Isabel de Portugal. Crato había firmado previamente unas rigurosas cláusulas que, de cumplirse, transformaban a Portugal en un protectorado de Inglaterra.

Si todo lo anterior acontecía, su tercera misión era apostarse en las Azores; la fábula británica pretendía llegar igualmente a Sevilla,  capturar la flota de Indias y hacerse con las riquezas de ultramar. De este modo, Inglaterra sería la nueva dueña del Atlántico y se aprestaría a usurpar las rutas oceánicas españolas.

Como vemos, toda la fabula inglesa se sustentaba en un asalto imposible y en la creencia de que España estaría baja de moral tras la derrota de la invencible y de que los portugueses se rendirían en sus brazos. Nada de eso ocurrió. El resultado fue un completo fracaso, una derrota sin precedentes de la Inglaterra isabelina, el desastre de su flota y la caída en desgracia del corsario Drake .

Pese a que la intención primera de la Armada inglesa era atacar Santander para acabar con la Armada Española, Drake manda virar y dirigirse a La Coruña.  ¿Los motivos? No están del todo claros, pero parece que el hambre se había apoderado ya de los barcos y los motines florecían, además corría el rumor, no sólo entre la marinería sino que el propio Drake creía en él, de que en La Coruña se escondía un tesoro fabuloso. Por tanto, bien por voluntad propia bien impulsado por sus marineros piratas, la Contra Amada olvidó el primero de sus objetivos y puso rumbo a La Coruña.

El 4 de mayo de 1589, la flota inglesa llegaba a la altura de La Coruña, cuyas defensas eran bastante deficientes:  unos 1.500 miembros de la guardia más un número considerable de población civil, cuya presencia en la contienda fue decisiva. En cuanto a la flota disponible, tan solo se contaba con el galeón San Juan, la nao San Bartolomé, la urca Sansón y el galeón San Bernardo, así como con dos galeras, la Princesa y la Diana. El 5 de mayo, unos 8.000 soldados ingleses desembarcaron en la playa de Santa María de Oza, llevando a tierra varias piezas de artillería y batiendo desde allí a los barcos españoles que no podían cubrirse ni responder al fuego enemigo. Durante los siguientes días, los ingleses penetraron, sin muchas dificultades a la parte baja de La Coruña, saqueando y matando a numerosos civiles. Cuando los ingleses se lanzaron hacia la parte alta de la ciudad, comenzaron para ellos los problemas. Las murallas coruñesas resguardaban a la guarnición y la población de la ciudad, los cuales se defendieron con gran determinación, ocasionando la muerte de más de 1.000 ingleses asaltantes. Fueron en tales hechos donde sobresalió la heroína popular María Mayor Fernández de la Cámara y Pita, es decir, María Pita. Cuando los ingleses pretendían avanzar, ya muy mermadas las fuerzas españolas, esta coruñesa arremetió contra un alférez que arengaba a sus tropas, le atravesó con una pica, le arrebató el estandarte, provocando ante tal escena la elevación de la moral hispana. María pita no fue la única mujer destacada en la defensa de La Coruña. La necesidad de personas en la defensa hizo que en la población civil actuaran con gran arrojo mujeres y niños, que se convirtieron en el grueso de la defensa de la ciudad y de España. Entre aquellas heroicas féminas también fue distinguida Inés de Ben. Felipe II las condecoró; a María Pita la nombró “Alférez Perpetuo”.

El 18 de mayo, las tropas inglesas decidieron abandonar la ciudad. En Coruña quedaron 1.300 ingleses muertos, varios buques y barcazas hundidas, además, las epidemias empezando a hacer estragos entre la soldadesca invasora, todo lo cual provocó el desmoronamiento de la moral anglosajona y el alzamiento de la indisciplina. En la huida, diez buques con unos 1.000 hombres decidieron desertar, tomando rumbo hacia Inglaterra. El resto de la flota se dirigió hacia Lisboa.

El 26 de mayo de 1589, la flota inglesa con el Prior Crato, fondeó en la ciudad de Peniche, desembarcando la tropa al mando de Norreys. Mientras tanto, Drake puso rumbo hacia Lisboa, con el plan de penetrar por la boca del Tajo y bombardear la ciudad desde el mar y que, por tierra, Norreys apoyara dicho ataque, suponiendo que se le irían uniendo partidarios del prior Crato. Pero tal deseo no se cumplió. Crato no era un candidato demasiado apreciado; además, puestos a depender de un extranjero, los portugueses preferían al vecino hispano con el que se identificaban mejor que con el inglés; así que, los portugueses lejos de sublevarse a favor de Crato se aplicaron en la defensa contra los anglicanos con bastante empeño. Así las partidas hispanoportuguesas (unos 7.000 hombres entre hispanos y lusos) con constantes ataques, causaron cientos de bajas, al tiempo que vaciaban la ciudad de materiales, pertrechos y todo cuanto podía ser utilizado por los ingleses. La situación inglesa al llegar a las puertas de Lisboa, era dramática, sin caballos, sin pólvora, sin cañones, sin munición, sin alimentos y sin Drake que se mantenía con su flota en las afueras del puerto lisboeta, alegando que la fuerte defensa y el mal estado de la tripulación no le daban posibilidad alguna de entrar en Lisboa. Aunque, conociendo el carácter de Drake quizá estaba a la espera de que la batalla terrestre obtuviese el resultado deseado y, lograda la victoria, hacer acto de presencia y recoger los laureles. Pero lo cierto es que la entrada en la ciudad les resultó imposible. Las desgracias para los ingleses se incrementaron con la llegada a Lisboa de Alonso de Bazán, hermano de Alvaro,  atacó a la fuerza terrestre inglesa desde la ribera del tajo. Los ingleses buscaron refugio en el convento de santa Catalina, del cual tuvieron que huir ante la intensidad del fuego artillero español. Para no ser detectados levantaron un campamento en la oscuridad. Los españoles lograron hacerles salir del escondite y arreciando el fuego sobre el campamento enemigo, causaron numerosas bajas entre las tropas de Norreys.

La defensa española se completó con la llegada a Lisboa, el 11 de junio,  de nueve galeras al mando de Martín de Padilla. Norreys ordenó la retirada y poner rumbo a Inglaterra, mientras que las tropas españolas salían en su persecución. La derrota del ejército de Norryes fue total. Drake, tomó la valiente decisión de huir, pero Martín de Padilla, gran experto en la lucha en alta mar contra los piratas, lo siguió. Los ingleses sufrieron tal castigo que la flota quedó más que diezmada, se calcula que el 70% de la expedición falleció. Además, los españoles se hicieron con los papeles secretos de Antonio de Crato, que incluían una lista con los nombres de numerosos conjurados contra el Imperio Español. Se apoderaron de doce navíos. Drake logró escapar desesperado por la falta de víveres y el tifus; se dirigió primero a Vigo, pensando en invadir la costa gallega por el sur y ante la imposibilidad de hacerlo, se dirigió a las Azores, sin embargo, otro temporal le impidió llegar a las islas obligándole a retroceder, darse por vencido y ordenar el regreso a Inglaterra.

La indisciplina dominó la flota de Drake hasta el final, así al arribar en Plymouth el 10 de julio con las manos vacías y no pudiendo compensar a la soldadesca con los tesoros prometidos, los motines lograron gran violencia que fue contestada con el ajusticiamiento de varios de los pocos hombres llegados de vuelta.

La expedición de la Contra Armada está considerada como uno de los mayores desastres militares de la historia de la Gran Bretaña, quizá solo superado, siglo y medio después y durante la Guerra del Asiento, por la derrota sufrida en el sitio de Cartagena de Indias de nuevo a manos de tropas españolas.

Sin embargo, los ingleses ganaron en los que ahora se llama el relato. Hay pocos españoles que no sepan del amargo episodio de la Armada Invencible, pero muy pocos conocen que,  un año después, Inglaterra reunió una flota aún mayor que la española y que fue derrotada en los puertos españoles y portugueses. Inglaterra consiguió ocultar la vergonzosa retirada durante siglos. Sin embargo, el relato que ha permanecido en la conciencia popular es que tras la Armada Invencible se iniciaba la caída del Imperio Español. Nada más lejos de la realidad. Entre otras razones porque España no pudo invadir Inglaterra, pero no perdió casi barcos; de los galeones enviados, sólo se perdieron 3, la mayor parte de la flota volvió a España, en condiciones penosas, pero no fueron capturados por los ingleses. Felipe II se dio cuenta de la importancia de tener una Armada más poderosa para el tráfico con América y eso supuso un rearme con la construcción de barcos aún mejores. “La Armada Invencible no supuso ninguna quiebra de ningún tipo ni en el comercio con América ni en la defensa de nuestros puertos”, señala el profesor Negueruela[1]. El Imperio todavía viviría sus mejores años. En cuanto al trato recibido por la marinería, Felipe II hizo cuanto estuvo en sus manos para aliviar el sufrimiento de una tropa derrotada. Motivo por el cual, muchos estaban prestos a embarcarse en defensa de la patria en sucesivos viajes. En cambio, Isabel II, con su pregonada tacañería y su visión comercial, no tomó ninguna medida social a favor de los derrotados, de manera que la pobreza y la miseria de apoderaron de ellos. Se morían por las calles sin esperanza alguna de vida, tal como describe Burghley. El cual se avergüenza y clama contra la actitud de la Reina pues consideraba “un horror dejar morir de hambre a aquellos hombres de los que quizá sea difícil volver a conseguir su ayuda, cuando sea necesario”.[2]

Bibliografía.

  • La contra Armada: La mayor victoria de España sobre Inglaterra. Luis Gorrochategui .Ed. Planeta de los libros (Tiempo de Historia).
  • Imperiofobia y Leyenda negra. Mª Elvira Roca Barea. Titivillus. 2018.
  • Resumen de las intervenciones producidas en el I congreso Internacional sobre “ La armada española de 1588 y la Contra Armada inglesa de 1589”. Organizado por el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena.

[1] Ivan Negueruela. Director del Museo Nacional de Arqueología Subacuática durante la celebración del I Congreso Internaconal dsobre la Armada española de 1588 y la contra Armada inglesa de 1589”

[2] J.F.C “Batallas decisivas del mundo occidental”. Ed. RBA. 2009

( Nota de la autora. Lord Burglehey fue Ministro de Isabel I. Pertenece a la nueva nobleza proveniente del anglicanismo).

Curiosidades de la Historia 2. Entre cuentos y leyendas

Hoy vamos a husmear en las entretenidas, a nuestros ojos, historias de tres españoles cuyo paso por la Historia, transcurrió entre cuentos y leyendas. Son personajes reales con historias reales a los que la fantasía agrandó los hechos o la leyenda los encumbró o los condenó. Veamos a tres españoles por el mundo de la Historia.

Magno Máximo, un gallego, rey de Gales

Los que se acerquen a esta figura pensaran que me he equivocado puesto que Magno Máximo fue uno de los efímeros emperadores de la fase final del Imperio romano. Gobernó entre el 383-388. Pero hoy no quiero referirme, salvo de pasada, a su historia en Roma, que es fácil de referir, sino a la leyenda que lo sitúa como Rey de Gales.

La Historia.

Máximo era hispano, parece ser que de la provincia Gallaecia, o sea que era “gallego”. Por tanto, fue otro de los “españoles” en dirigir el Imperio romano junto con Trajano, Adriano y Teodosio, el grande. Vivió en el siglo IV, procedía de la noble familia de los Flavio y siguió una brillante trayectoria en el ejército, gracias a Teodosio el viejo, padre de Teodosio, el grande, que lo tuteló.

Debemos recordar, para situar a nuestro personaje, que, alrededor del año 337, tras la muerte de Constantino el Grande, el imperio queda dividido en dos. Por un lado, el Imperio Oriental, es decir, Bizancio, bajo el mandato de Constancio II, mientras que la parte Occidental quedó bajo el gobierno de su hermano, Constantino II. A su vez, el Imperio Occidental queda dividido en dos partes, denominadas prefecturas. La más occidental era la Prefectura de las Galias, que incluía cuatro diócesis: Hispania, Vienense, Galia y Britania. Máximo, junto a Teodosio, el futuro Teodosio, el grande, fue enviado por el emperador occidental, Valentiniano I, a defender la frontera norte de Britania, el conocido como muro de Adriano, donde las incursiones de pictos y escotos traían de cabeza a los romanos. Máximo fue un soldado valiente que se ganó el reconocimiento de sus soldados. En el 372, fue enviado a África, donde también salió victorioso. Tras la derrota del Imperio de Oriente ante los godos en Adrianópolis- 378-, Teodosio fue proclamado emperador de Oriente. Mientras Graciano era el emperador de Occidente.

Desde el 376, Máximo Magno se había instalado en las islas británicas dónde se casó y donde estaban sus más fieles soldados. En las islas se forjará su leyenda. Había vuelto a los puestos fronterizos del Imperio en el norte de la isla; de nuevo, defiende el muro de  Adriano, donde su buen hacer, su valentía y su liderazgo en la defensa del Imperio, le valieron ser nombrado por sus hombres emperador del Imperio de Occidente, lo que suponía un intento de usurpación del trono de Graciano, el legítimo emperador de occidente. El choque entre Máximo y Graciano era inevitable y se produjo cerca de la actual ciudad de París. Graciano fue traicionado por los suyos en la batalla y cuando volvía a Italia lo asesinaron en las inmediaciones de Lugdunum (Lyon).

Tras los hechos, Magno Máximo se instala en Tréveris, capital de la prefectura de las Galias, con la intención de ejercer desde allí como emperador. Para eso necesitaba ser aceptado por el emperador de oriente: Teodosio, el grande y de Valentiniano II que se consideraba sucesor de Graciano. En un primer momento, llegan a un pacto: el imperio de divide en tres. Máximo se queda como emperador de la prefectura de las Galias,  Valentiniano II como emperador del resto de occidente, es decir las dos diócesis itálicas y Panonia y Teodosio como emperador de oriente. Magno Máximo fue emperador entre los años 384-388, fecha esta última en la que encontró la muerte por orden de Teodosio, el grande.

La Leyenda

En torno a 1135 la historia de Máximo ya era una leyenda; y el lugar de su arraigo, Gales. Es citado tanto en la historia de Britania de Nennio como en la Historia de los reyes de Britania del monje galés Geoffrey de Montmouth, en la que aparece como Rey de Britania durante el mandato de Constantino. El primero, busca un linaje fantasioso que le permite dar legitimidad a los reyes de Gran Bretaña, afirmando asimismo que ayudó a los britanos a extenderse de nuevo por la isla y volver a colonizarla. En el caso del segundo, parece que la historia procede de la unión de historias de distintos personajes y algunas leyendas, al modo en el que se creó la historia del Rey Arturo.

Pero la leyenda más completa se encuentra recogida en el Mabinogion (colección de historias en prosa procedentes de manuscritos medievales galeses. Se basan en parte en acontecimientos históricos de la alta Edad Media, pero algunos elementos se remontan a tradiciones anteriores, posiblemente de la edad de bronce). Allí se narra que Máximo soñó con un castillo en el que dos hombres jugaban al ajedrez mientras una bella doncella les contemplaba. Se cuenta que, Máximo, prendado de aquella visión femenina, mandó mensajeros en busca de tan bella doncella llamada Helen Luyddawc, en su sueño. y, tras enviar emisarios por todas las islas en su busquéda, la encontró en Gales. Se casó con ella, y sus hermanos (los jugadores de ajedrez) le ayudaron a conquistar toda la isla de la que fue Rey y también de la Bretaña francesa.

De todo esto, parece que hay restos arqueológicos y documentales suficientes como para afirmar, con cierta verosimilitud, que Máximo se casó con la hija de un poderoso jefe britano de la región Caernarfon, en la zona norte de Gales y que se la conocía como Elena de Caernarfon. También se le atribuye a Máximo la iniciativa para la conquista de la Bretaña francesa. No se sabe del destino de su familia, pero parece que Teodosio perdonó la vida a su mujer e hijas, así como a su madre. De igual forma, se considera que un nieto de Máximo también intentó usurpar los laureles de emperador de Roma, resultó muerto en el intento.

Por todo ello, podemos decir que un gallego reinó en Gales, de verdad o en la leyenda, quién sabe. Lo que es cierto es que en la Historia del linaje de los reyes británicos está incluido, con más o menos bruma en torno a su persona.

Un lepero, rey de Inglaterra

Aunque a Lepe se la relaciona con los chistes, esto no es ninguna broma. Juan de Lepe era un marino de esta localidad onubense de carácter abierto, dicharachero, picaruelo y simpaticón, al que los avatares de la vida llevaron a la corte del rey de Inglaterra, Enrique VII (fundador de la dinastía Tudor-1457-1509-). Llegó a ser una mezcla de confidente y bufón del Rey. El desapacible clima de la isla, que obliga a un eterno confinamiento, hacía que el Rey pasase las horas frente a las chimeneas del Palacio, tomando cervezas y jugando partidas de cartas o ajedrez. En estas situaciones, se hacía acompañar de nuestro compatriota. El Rey tenía fama de tacaño y las apuestas, en los juegos de naipes, no iban más allá de alguna moneda; hasta que un día, pensando que Juan se echaría atrás, se jugó las rentas de Inglaterra, aunque, rápidamente arrepentido, lo dejó en la posibilidad de que, si perdía, Juan podría ser rey por un día y quedarse con las rentas de esa jornada. El juego fue a doble mano. Juan aceptó sin inmutarse, aunque si perdía, debería las rentas del día. Ganó y fue rey durante un día. Tal situación se hizo publicar en todo el país, siendo conocido como “el pequeño rey de Inglaterra” . Como espabilado que era, durante su breve reinado, se aseguró el futuro haciéndose con un buen montón de prebendas y derechos, además de las rentas ganadas, con el consiguiente permiso para poder llevarse a España todo lo conseguido. Tras la muerte de Enrique VII, en 1509, el lepero decidió regresar a su casa antes de que Enrique VIII decidiese su destino. Ya en su pueblo, se dedicó a disfrutar de la vida y de su fortuna, pero también quiso ganarse el retiro celestial y donó parte de sus riquezas al monasterio franciscano de Lepe ( Nuestra señora de la Bella) con una condición: que se grabaran en su lápida, a modo de epitafio, sus hazañas.

El expolio que vivió la iglesia a principios del siglo XIX impide conservar la lápida, pero tenemos constancia de la misma, gracias a la obra “Origine Seraphicae Religionis” (1583) del padre Francisco de Gonzaga. En la obra se describe la lápida y la historia:

“En la Iglesia de este convento aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por lo ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después de haber vivido algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como un recuerdo de este lugar”.

Un pastelero abulense, rey de Portugal.

Quizá este sea el episodio más conocido de los tres y, en este caso, la leyenda fue una realidad histórica.

Antes de llegar a nuestro pastelero debemos centrarnos en la situación portuguesa. En 1578, Portugal se enfrenta a una guerra por el control de lo que hoy es marruecos o parte del territorio actual del país africano. La batalla en la que fueron derrotados los portugueses y muerto su rey, el Rey Don Sebastián, fue la de Alcazarquivir o la batalla de los tres reyes en referencia al Rey Don Sebastián y los dos sultanes que se disputaban el trono en Marruecos.

Portugal estaba en plena edad de oro, sin embargo, la derrota en Alcazarquivir supuso un revés en su situación. Muerto el Rey subió al trono el Cardenal Enrique, como Enrique I, tío-abuelo del Rey Sebastián. Enrique I falleció dos años después, lo que abrió la crisis sucesoria de 1580 que llevó al trono de Portugal a Felipe II. Fue la famosa Unión Ibérica durante la cual los dos reinos tuvieron coronas separadas pero gobernadas por el mismo rey. Felipe II fue el primero de los tres reyes españoles que gobernaron esta unión hasta 1640, año en el que Portugal recobró la independencia. Durante la Unión, Portugal se vio privado de una política exterior independiente, participó, junto con España, en la guerra en los Países Bajos; sufrió grandes reveses en su imperio y perdió el monopolio comercial en el índico.

Evidentemente, aquella situación no era muy del agrado de todos los portugueses, así que un buen número de ellos se refugiaron en el “Sebastianismo” movimiento místico que aceptaba la leyenda de que el Rey Don Sebastián no había muerto en la batalla de Alcazarquivir y que , según los que le vieron tras la batalla, había hecho promesa de volver para salvar a su pueblo. Tal movimiento tuvo una extensión particular en Brasil. Uno de los mayores divulgadores del movimiento fue el poeta portugués Bandarra.

La idea de que el Rey estaba vivo y había de regresar a Portugal, propició la aparición de diversos episodios de suplantación de su personalidad. Y es en este ámbito, en el que aparece nuestro pastelero de Madrigal de las Altas Torres, Gabriel de Espinosa. Realmente no se sabe dónde nació y algunos consideran que tienen origen toledano, pero en el transcurso de nuestra historia vivía en el pueblo de Ávila. Allí, no se sabe cómo contactó con él fray Miguel de los Santos, que era portugués y había sido confesor del Rey Don Sebastián y, que, en el momento de contactar con Gabriel, era el capellán del convento de Madrigal en el que era monja Doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II.

Parece ser que Fray Miguel era un emisario de Antonio de Portugal, prior de Crato y el mayor enemigo de Felipe II en el país luso.

El capellán del convento de Madrigal convenció a Gabriel de Espinosa de su parecido con el Rey Don Sebastián, de manera que le hizo creer que sería nombrado Rey del país vecino y se casaría con doña Ana de Austria. Se encontraron diversas cartas del fraile dirigidas al pastelero dándole tratamiento de majestad. Parece ser que Gabriel de Espinosa no hacía ascos a hacerse pasar por el rey. Incluso llegó a tener en su poder diversas joyas de la sobrina del Rey Felipe, no se sabe si por donación de ésta o porque el capellán se las hizo llegar. El caso es que alguien le denunció por poseer esas joyas y así se inició el “proceso de Madrigal”, documentado en el archivo de Simancas. Tras el juicio, Doña Ana, que llegó a creer que el suplantador era en realidad el rey portugués, su primo, con quien podría casarse tras recibir el beneplácito del Vaticano, como se lo prometió el fraile, fue declarada inocente, pero no se libró de castigo puesto que fue desposeída de todas sus pertenencias y condenada a una vida de absoluta incomunicación en un convento de Ávila. Cuando Felipe III llega al trono, a doña Ana le restituyen en la posesión de sus bienes, además, pudo volver al monasterio de Madrigal, donde llegó a ser priora. Por su parte, tanto Espinosa como fray Miguel fueron condenados a muerte y ejecutados en 1595. En el juicio, el fraile, sometido a tortura, confesó su culpabilidad, como único ideólogo e inductor de los hechos.

Esta suplantación trajo de cabeza a Felipe II, que vio en el personaje más peligro de lo que nos pueda parecer ahora. De hecho, del contenido del juicio archivado en el Archivo Histórico se desprende que las sentencias vinieron influencias por Felipe II.

Todo el episodio inspiró diversas obras literarias, la más famosa “Traidor, inconfeso y mártir” de José Zorrilla, escrita en 1849. En ella el autor cambia algunos hechos, de manera que Espinosa no es un simple pastelero sino el auténtico Don Sebastián .

La verdad sobre la vida del monarca portugués es que murió en el campo de batalla. El cadáver fue sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado, por orden de Felipe II,  al monasterio de los Jerónimos de Belém, en Lisboa, donde se encuentra definitivamente enterrado.

BIBLIOGRAFÍA

The New Cambridge Medieval History. Ed Cambridge University Press

JAVIER SANZ. Bitácora “Historias de la Historia”

Kamen, Henry. Felipe II . Ed Siglo XXI. 1997.