VILLANOS: EL CONDE DON JULIÁN

En mi listado de traidores incluyo a aquellos que deliberadamente, con dolo, intentaron dañar a España o a los albores de la misma.  No siempre la historiografía coincide en el nombre de los villanos o en la escenificación de las villanías, pero, en todos los archivos y libros consultados, existe la coincidencia de considerar, en orden cronológico, al conde don Julián como el primero en la lista de traidores a España. Y por él empezaré yo también.

Si este hilo tuviera un subtítulo, sería el conde don Julián o el pagafantas del siglo VIII.

Nos tenemos que situar en el primer Estado español, bajo una monarquía visigoda que no era hereditaria sino electiva, lo que complicaba sobremanera las sucesiones. En el inicio de nuestra traición de hoy nos encontramos en medio de un problema sucesorio. Por si fuera poco, y para que las cosas sean un poco más complejas, en la historia del conde don Julián los hechos históricos se entremezclan con leyendas. Intentaremos separar los unos de las otras.

Estamos en los estertores del siglo VII, con el enfrentamiento sucesorio entre las familias de los reyes visigodos: Wamba y Chindasvinto.

Era rey de los Visigodos Égica (primo de Wamba), el cual asoció al trono a su hijo Vitiza (esta práctica no era extraña ni a godos ni, anteriormente, a los emperadores romanos. Intentaban asociar a los hijos al trono para que tuvieran poder suficiente, a la muerte de su progenitor, para hacer valer sus derechos en la elección del nuevo rey). Sus enemigos eran el hijo y nieto de Chisdasvinto: Teodofredo y Rodrigo. Para evitar que estos pudieran aspirar al trono, Égica mandó sacar los ojos a Teodofredo que, ciego, se dirigió con su hijo Rodrigo a Córdoba y se refugió allí.

El momento histórico era complejo por la confluencia de una grave crisis social y económica debido a una epidemia de peste (año 693) que causó gran mortandad, profunda pobreza, masas de población desplazada… A eso se unió una persecución contra los judíos y la sublevación de alguno de los gobernadores (Dux) de las circunscripciones en las que se dividía el reino. Aunque, realmente, lo que hizo más visible la crisis fue la guerra- una auténtica guerra civil- entre la nobleza visigoda por la obtención de la corona, que, a la larga, dio lugar a la destrucción del Estado visigodo.

Vitiza era consciente de que aquella guerra no les reportaba ningún beneficio y en su acceso al poder (reina del 702 al 710) inicia una política de apaciguamiento que se materializa en un perdón general. Como gesto de buena voluntad, nombra a Rodrigo, nieto de Chindasvinto, Duque de la Bética.

El reino visigodo se extendía hasta el norte de África, donde tenía algunas plazas; entre otras, Ceuta. Ceuta estaba gobernada por un personaje, cuya identidad completa no está clara. Mitad realidad, mitad leyenda. Unos dicen que era un noble visigodo, otros que era un caudillo bereber, de la tribu de Gomere, leal a los visigodos.  Su nombre es otra incógnita, las crónicas le conocen como Olbán, Urbán o Urbano y, en otras ocasiones, como don Julián. Este personaje siempre se había mostrado fiel a la corte toledana de los visigodos, de hecho, la leyenda cuenta que llevó a su hija a Toledo a educarse en la Corte.

La posesión de Ceuta era esencial para apartar a los árabes de la Península. La presión árabe en la frontera de Ceuta no era una novedad. Ya en el 682 las tropas del caudillo Ocba había llegado hasta las fronteras de los Gomere y Julián los había derrotado. Aquella derrota había alejado a los árabes de las fronteras visigodas durante un tiempo. Sin embargo, otro caudillo árabe- Muza- vuelve a la Tingitana[1], toma Tanger en el 708 y sitia Ceuta. Los visigodos refuerzan a Julián y Ceuta aguanta en primer envite de Muza. Pero, de pronto, y sin saber el porqué, Julián se somete a Muza y le facilita la entrada en España. Era el 709. Muza envía a Tariq a realizar una incursión en lo que luego conoceremos como Tarifa, para volver al poco a África. Hasta aquí los hechos, pero en el porqué entra en juego la leyenda. Algunas crónicas dicen que Urbano (Julián) se somete a Muza porque Julián era fiel a Vitiza, (incluso ha de acoger en Ceuta, a modo de refugio, a los hijos de éste) y al llegar Rodrigo al trono no le acepta como rey legítimo. Otras crónicas, especialmente el romancero, vuelcan las causas en la hija de Don Julián; hacían referencia a la gran belleza de la hija del ceutí, Florinda. Don Rodrigo al verla cayó prendado y no paró hasta cortejarla y forzarla, siendo la muchacha la que pidiera a su padre que la llevara de nuevo a Ceuta. Una tercera versión señala que don Rodrigo padecía sarna y era Florinda la elegida para que le limpiara la sarna de manera sumamente delicada utilizando un alfiler de oro. Así se fijó el Rey en ella y, contra la voluntad de la muchacha, la poseyó. Ella envía a su padre un recado que consistió en un huevo podrido. Al verlo, don Julián comprendió lo que había pasado, fue a Toledo y sin levantar sospecha alguna del Rey se llevó su hija a Ceuta. Existen aún más variantes de la forma en la que Florinda y Rodrigo se conocieron y actuaron. Por tanto, don Julián traicionó al Rey, al decir de la leyenda, por defensa del honor de su hija.

En la leyenda y todo lo que la rodea hay dos hechos que llaman la atención: 1) Florinda era conocida como «La Cava”, llamada así por los árabes y que significa “mala mujer”. 2) La entrega de Ceuta a Muza se produce en el 709 y Rodrigo no es rey hasta el 710. Así que, una de dos, o el Rey era Vitiza y no Rodrigo o había más de un Rey en España.

Por tanto, para intentar hallar algo de luz, no queda más remedio que volver a las fuentes. Aunque, más que aclararnos la situación, ésta se complica.

Las crónicas no se ponen de acuerdo en la sucesión de los últimos visigodos. Recordemos que después de Chindasvinto, reina Recesvinto y tras él, Wamba, Ervigio. Égica y Vitiza.

La crónica Mozárabe no señala que tras Vitiza fue nombrado rey Áquila, su hijo, un niño de corta edad. Por el contrario, la Crónica Regum Visigothorum, cuenta la asociación al trono que Vitiza hizo con su hijo Áquila y sí le concede el título de rey. Otras crónicas de los siglos XI y XII señalan como sucesor de Vitiza a Rodrigo, pero difieren en la duración de su reinado, para unos dura siete años, para otros año y medio.

Por otro lado, la crónica de Alfonso III presentaba a los reyes astures como continuadores de la dinastía de Rodrigo, y culpaba de la conquista árabe a los seguidores de Vitiza.

Aguado Bleye entiende que lo ocurrido fue un enfrentamiento entre clanes, otra guerra civil por la sucesión. Los partidarios de Vitiza nombraron a Áquila, mientras que otros clanes nombraron a Rodrigo. Si esta dualidad era anterior a la muerte de Vitiza y por eso algunos hablan de un reinado de Rodrigo de siete años, no está nada claro. En resumen, no se sabe si estas informaciones se deben a errores de transcripción o a una división en el trono.

Aguado Bleye recuerda que Áquila llegó a acuñar moneda y a solicitar ayuda a su tío el arzobispo de Sevilla para eliminar de trono al usurpador Rodrigo.

La inmensa mayoría de las crónicas coinciden en pensar, de una forma u otra, que fueron los seguidores de Áquila, es decir, del clan de Vitiza los que solicitaron ayuda a los árabes para atacar a los seguidores de Rodrigo.

Lo que es seguro es que Tariq reunió un ejército principalmente de berberiscos gomeres y don Julián o Urbano los pasó en barco a la península. Tariq se fortificó en lo que se llamó el monte de Tariq (actual Gibraltar), el 28 de abril del 711.

Cuando ocurre la invasión, Rodrigo estaba combatiendo en Pamplona contra una rebelión de los vascones, posiblemente un capítulo más del enfrentamiento sucesorio. Acudió precipitadamente hacia Córdoba y reunió un ejército godo al que acudieron los parientes de Vitiza. Las crónicas árabes señalan que su presencia era la propia de los infiltrados, es decir, querían la sublevación de las tropas cristianas contra Rodrigo, dividir el ejército visigodo y apoyarse en los moriscos para ascender de nuevo al poder.  La batalla se dio entre los días 19 y 26 de julio del 711. Durante la lucha, los vitizanos abandonaron sus posiciones y, a decir de las crónicas árabes, el rey Rodrigo murió en ella. Menéndez Pidal, por el contrario, sostiene que huyó a Extremadura y fue quien dirigió la defensa de Mérida y, asimismo, dirigió la batalla de Guadalete, en la que sí falleció.

Sea como fuere, lo que parece demostrado es que, si no hubiera sido por los propios visigodos, seguidores de Vitiza, la invasión musulmana, que tardamos ocho siglos en derrotar, no se hubiera producido o no se hubiera dado tal y como fue. Así que don Julián ha cargado con la fama mientras Vitiza y los suyos cardaban la lana. Eso no significa que no fuera culpable de traición, lo fue.  Su figura no merece alabanza alguna. Nadie lo ha hecho, salvo Juan Goytisolo en su obra” Reivindicación del conde don Julián” en la que, de nuevo, la figura del berberisco sirve de excusa para despellejar a España e insultarla de manera inmisericorde a lo largo del texto. Visto lo cual, dejo a juicio del lector que analice cuántos traidores han florecido por culpa de don Julián o poniendo a don Julián como excusa. Aunque sólo sea por eso, ya merece estar en el infierno de los desleales.

BIBLIOGRAFÍA

Aguado Bleye. “ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

Pedro Insua. “1492. España contra sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018.

Jesús Á. Rojo Pinilla. “Grandes Traidores a España”. Ed El gran capitán. 2016

 

 

[1]La Mauritania- Tingitana era una provincia romana también conocida como Hispania Transfretana (la que está más allá del estrecho). Ocupaba parte de lo que es hoy Marruecos y las plazas españolas de Ceuta y Melilla. Limitaba al este con la Mauritania Cesariense (el norte de la actual Argelia) y al oeste con el Océano Atlántico. Su capital era “Tingis”, la actual Tánger.

HÉROES Y VILLANOS. HÉROES: 44 AÑOS SOLOS EN LA MADRUGADA .

Hoy inicio un hilo que, si se tratara de un contrato laboral, sería un fijo discontinuo. Voy a hablar de gestas y de traiciones en la Historia de España, lo cual supone hablar de colectivos o de individuos, de hazañas y héroes; de grandes subversiones o de mediocres traidores. Será discontinuo porque se hace muy pesado ir leyendo biografía tras biografía de unos pájaros de cuentas que hicieron lo posible por destruir nuestra Nación o porque las grandes hazañas suelen estar incluídasen hechos mayores. En este sentido la Conquista de México o la vuelta al mundo fueron hechos brillantes y heroicos de nuestra historia, como hemos visto en las entradas de la España de Carlos I.

En los traidores, que nadie se lleve a engaño, con carácter general, seguiré la máxima del profesor Ferrero que en su italiano españolizado decía “dádmelo morto”, para diferenciar la historia del periodismo. Señalaba el ilustre profesor italiano que esa fina separación nace cuando la última persona que vivió un acontecimiento ha fallecido. En ese instante, lo que era periodismo, pasa a ser historia. No es una norma comúnmente respetada, sobre todo, por la historiografía anglosajona, pero que, en este caso, puede ser conveniente. No voy juzgar a muchos personajes que todos conocemos, de los que todos tenemos opinión y posiblemente certeza de su bajeza, sin necesidad de consultar más fuentes que las de los diarios, las sesiones parlamentarias o las sentencias judiciales. Pero, además, porque no daría abasto.

Por empezar con lo bueno, voy a hablar de una hazaña, una de las más recientes, que en ocasiones se olvida que tuvo mucho de heroicidad colectiva. Voy a hablar de la Transición española, pero sin detallar los acontecimientos, sino recordando algo más importante: el llamado “espíritu de la transición” y para ello me voy a servir del cine.

El cine como fuente histórica es perfectamente viable. No sólo las películas que narran acontecimientos históricos, sean buenas o malas, sino de aquellas denominadas “de época”, aunque la época sea la nuestra o la de anteayer.

Películas ambientadas en la transición hay muchas desde “Tigres de Papel” de Fernando Colomo (1977);“El disputado voto del señor Cayo” (1986. Giménez Rico); “Númax presenta” (Joaquín Jordá, 1980);Ópera prima” (Fernando Trueba, 1980)“Madrid,1987”( David Trueba. 2012) y, sobre todo las películas de Garci que desde “Asignatura pendiente”-1977. La primera de esta “época”- a la “Asignatura aprobada” para demostrar que era posible e, incluso, necesario, ”Volver a empezar” y así dejar de sentirnos “Solos en la madrugada”. Y de “solos en la madrugada” voy a hablar.

Me gusta el cine de Garci porque desde su detallismo parece contarnos una historia individual, pero lo que aparece ante nuestros ojos es la manifestación de un colectivo; creemos que narra un cuento trivial cualquiera, cuando lo que muestra es el retrato de España.  En “Solos en la madrugada” refleja el estado de opinión de una generación. La que vivió en los últimos años del franquismo y maduró durante la Transición.

Algunos pensarán que la Transición fue el “Harakiri” de las Cortes franquistas con el “de la ley a la ley” de Torcuato Fernández Miranda; la llega de Suarez al Gobierno, la Ley para la Reforma Política (1976); la legalización del Partido Comunista; los pactos de la Moncloa; los encuentros entre Tarradellas y Suarez, las Elecciones legislativas (1977); la aprobación de la Constitución de 1978 tras el referéndum del 6 de diciembre de …. y, sí, todo eso y mucho más es la Transición, pero nada de eso hubiera sido sin algo esencial: el consenso entre los españoles, basado en los que se llamó “el espíritu de la Transición”. Es decir, la creación de un clima de sosiego, entendimiento y colaboración entre todos, renunciando a los maximalismos y condicionantes ideológicos, todos perdieron para ganar todos.

Eso lo recuerdan muy bien los que lo vivieron.

Como lo vivió Garci. Sus películas intimistas vienen marcadas por unos diálogos inteligentes, como si la charla fuera un hablar habitual en cualquier cafetería de la España de entonces. No se trata de un cine pseudo-intelectual con pretensiones de brillantez. Es un cine popular porque todos se podían ver reflejados en sus personajes, sobre todo los “progres” del momento, aquellos que nunca apoyaron a Franco ni al franquismo. Pero ser inteligible no le quita mérito, sino que se lo da.  En “solos en la madrugada” el protagonista (representado por José Sacristán), un periodista que pasa por un momento personal complicado (por sus líos amorosos, sus dudas…), presenta un programa de éxito en la radio de titulo homónimo al de la película. En sus diálogos y vivencias muestra sus dudas, como las que tenía aquella sociedad.

Los personajes evolucionan al caminar, haciendo camino al andar, al igual que España y los españoles.

La película es una reflexión sobre una sociedad que cambia a pasos agigantados por el fallecimiento de Franco; como si hubiera quedado huérfana de alguien al que llevaban echando la culpa de sus males desde hacía 40 años.

En el monólogo final de la película el protagonista lo señala:

 “Se acabó la temporada que ha durado treinta y ocho hermosos años, estamos en mil novecientos setenta y siete, somos adultos, a lo mejor un poquito contrahechos, pero adultos.

Ya no tenemos papá.”

Aquel paso a la edad adulta los españoles no se dio con pensamiento único, ni descalificando al que pensaba diferente, sino con un sentimiento común de colaboración basado en la libertad. Olvidando el pasado para ganar el futuro. El futuro era una democracia, imperfecta, como todas, pero mucho mejor que otras. Una democracia cuyo logro fue una heroicidad. La valentía y la heroicidad del pueblo español que sirvió de ejemplo al mundo. Así lo recuerda Garci:

Tenemos que convencernos de que somos iguales a los otros seres que andan por ahí, por Francia, por Suecia, por Inglaterra.”

Aquella Transición nació del consenso, del olvido, del perdón mutuo y de las ganas de crecer de los españoles. También lo recuerda nuestro protagonista:

“A partir de ahora y aunque sigamos siendo igual de minusválidos, vamos a intentar luchar por lo que creemos que hay que luchar: por la libertad, por la felicidad.”

La ilusión era una característica común unida a la incertidumbre, pero, sobre todo, nadie quería más enfrentamientos ni dos Españas, se buscaba la paz:

“No soy político, ni sociólogo, pero creo que lo que deberíamos hacer es darnos la libertad los unos a los otros, aunque sea una libertad condicional. Pues vamos, yo creo que sí podemos hacerlo, creo que sí. No debe preocuparnos si cuesta al principio, porque lo importante es que al final habremos recuperado la convivencia, el amor, la ilusión.”

Una vez indultados unos a otros, los españoles decidieron olvidar para ser libres:

Hay que empezar a ser libres. Yo también quiero ser libre. No quiero tener que mentirme tanto. Sé que tengo que hacer algo… a lo mejor escuchar, escuchar más a la gente o hacer un programa de radio para adultos, para hablar de las cosas de hoy, porque… porque no podemos pasar otros cuarenta años hablando de los cuarenta años…”

Nos quedamos huérfanos hace 44 años; hace 44 años que estamos solos en la madrugada. Gracias a aquella Transición modélica pasamos a la Historia Universal y en vez de apreciarlo como la heroicidad que fue, 44 años después, despreciamos el resultado, nos rebelamos para conseguir nada y pretendemos resucitar al difunto, como si fuera Lázaro y nosotros pudiéramos hacer milagros. Pero no, el difunto lleva 44 años muerto, y no hay más milagro que el que nos dimos todos juntos cuando dejamos el pasado a los historiadores y nosotros nos pusimos a hablar del hoy y del mañana.

Dejo el enlace del monólogo final de la película. Todo un hallazgo histórico.

 

https://www.youtube.com/watch?v=JneufsU2m6Y

 

(Solos en la madrugada, 1978, guión  de José María González Sinde( padre de la que fue Ministra de Cultura con Zapatero ). Director y coguionista José Luis Garci. Interpretes: José Sacristán, Fiorella Faltoyano, Emma Cohen, María Casanova)

 

 

Creación de una conciencia europea- y 2

b).-Creación político-ideológica.

Sistemáticamente, Europa busca superar la guerra para vivir en paz, sobre todo tras cada confrontación. Ya lo expresó Fray Luis de León: [1]

“Dos cosas diferentes son las que se hace La Paz, conviene a saber: sosiego y orden. Y no será paz si alguna de ellas, cualquiera que sea, le faltare.”

Por eso, desde siempre, frente a los movimientos de imposición mediante la conquista, ha existido un pensamiento europeo basado en la armonía. Muchos de ellos no tuvieron una consecuencia práctica directa porque la realidad de cada momento les hizo fracasar. Pero sirvieron de antecedente de la idea y las instituciones de la unidad que hoy vivimos.

Ese orden anunciado por Fray Luis de León ya fue pregonado con anterioridad en el mundo cristiano, así San Agustín había señalado: «Después de la ciudad o la urbe viene el orbe de la tierra, tercer grado de la sociedad humana que sigue estos tres pasos: casa, urbe y orbe«[2].  Es decir, San Agustín recapacitaba sobre un gobierno mundial.

La idea de armonía, paralela a la de la conquista militar, quizá por apreciación de los desastres de ésta, se manifiesta ya desde antiguo y no sólo desde visiones cristianas. Así en “1623, en plena Guerra de los Treinta Años, el monje francés Émeric Crucé publicó su Nuevo Cineas, o discurso de Estado mostrando las ocasiones y los medios de establecer una paz general y la libertad de comercio para todo el mundo, que se garantizarían mediante una moneda común y la labor de mediación de una Asamblea permanente de los estados europeos, con sede en Venecia y dotada de un ejército propio. Quince años más tarde un aristócrata francés, el duque de Sully, dio a conocer el Gran Proyecto de Enrique IV, reordenación territorial de Europa como una confederación de quince estados regida por un Consejo de Europa, integrado por seis Consejos regionales y un Consejo General. En 1677, Gottfried Wilhelm von Leibniz propuso una Unión Europea gobernada por un Senado de representantes de los estados constituyentes. El inglés William Penn escribió́ en 1693 un Ensayo para la Paz presente y futura en Europa, sobre la necesidad de crear los Estados Unidos de Europa, confederación de estados soberanos con un parlamento común, la Dieta Europea, en la que estarían representados en proporción a su población y que contaría con fuerzas armadas propias para imponer la paz en el Continente.

Montesquieu afirmó que «Europa es un único país, compuesto por múltiples provincias». El abate Charles Irénée Castel de Saint Pierre propuso, en su Proyecto de paz perpetua (1728) la creación de una Liga europea sin fronteras interiores, gobernada por un Senado de 24 miembros y con una unión económica. En Los primeros pasos del europeísmo Immanuel Kant escribió́ el opúsculo Proyecto filosófico de Paz perpetua, en el que proponía una Federación de Estados Libres bajo la forma republicana y una «ciudadanía universal» europea, como modo de evitar nuevas guerras. “[3]

Incluso dentro de las filas del nacionalismo del S XIX, aparecieron nociones europeístas sin perder de vista la preeminencia de los Estados nacionales. Mazzini busca unir todos los movimientos nacionalistas y liberales. Para ello crea “La Joven Europa”, cuyo lema es “Libertad, Igualdad, Humanidad”. En su “Acta de fraternidad”, señala que “Creemos en la igualdad y la fraternidad de los pueblos, que creemos que la humanidad está llamada a proceder, por un progreso continuo bajo una Ley moral Universal” aunque para manifestar “la misión particular”que tienen cada pueblo.

Desde otras posiciones, se buscaba ideas que solventaran los problemas de la sociedad en su conjunto, sin particularismos nacionales. En este sentido cabe destacar a los socialistas utópicos y, entre ellos dentro de nuestro tema, Saint-Simon y Proudhon. Estos autores se encuentran ante las consecuencias sociales de la revolución industrial. Como solución, además, de plantear salidas a la producción, la organización de la economía o criticar el orden político establecido, Saint-Simon planteó la unidad del género humano, buscando en el desarrollo de la industria y los transportes la idea de un bienestar y paz universal. Propone instituciones internacionales y muchos autores ven en sus propuestas un antecedente claro del Parlamento Europeo y de la Comisión.

Proudhon sentía horror a los regímenes autoritarios y para él el Estado debía ser una federación de asociaciones libres. Sin tener confianza alguna en la democracia parlamentaria, a pesar de participar en la revolución de 1848, considera que lo único importante es un orden económico y social común. En política, la solución pasa por la federación de grupos de carácter internacional, así lo manifiesta en su libro El principio federativo (1863) en el que cada grupo federado, o confederados, se regirán por la democracia participativa.

Otros federalistas europeos, desde otras concepciones, fueron los miembros de “La liga de la Paz y la libertad” entre los que se encontraban Víctor Hugo, Giuseppe Garibaldi,Mijaíl Bakunin o John Stuart Mill. Algunos de ellos ya habían manifestado sus tendencias a la cooperación y destino común de los pueblos de Europa durante la revolución de 1848. Célebre es, en este sentido, el discurso de Víctor Hugo en el Congreso Internacional de la Paz celebrado en París en 1849. El movimiento romántico colaboró en crear movimientos nacionales, pero también en unificaciones regionales y, en ocasiones, en visiones cosmopolitas como las de Lessing, Schiller, Goethe o el movimiento Sturm und Dreng (tempestad y empuje) en Alemania.

En ese concepto universalista de organización política no cabe olvidar la importancia de las Internacionales obreras.

Frente a las visiones revolucionarias y frente a las socialistas, surgieron movimientos carácter religioso, de índole cristiana, que vienen a recoger el espíritu judeo-cristiano que siempre estuvo en la identidad europea. En ese sentido cabe destacar la figura del Papa León XIII.

El final del S.XIX y el principio del XX nos traen el choque entre principios nacionalistas, de los que la Restauración española es un buen ejemplo (al que no hemos conseguido poner coto aún) frente a movimientos de unidad regional más amplia, como las unificaciones de Italia o Alemania, algunos bloques regionales de cooperación o movimientos intelectuales como los jóvenes hegelianos que promueven la federación de repúblicas.

La 1ª Guerra Mundial provocó un caos continental, una alteración territorial, demográfica, económica y social en todo el continente tanto para vencedores como para vencidos. Surge un pesimismo generalizado, un agotamiento y empobrecimiento común a todos, salvo a los especuladores, que rompen con la moral liberal y burguesa, creando no pocas tensiones. Parecía que las ideas de unidad europea no volverían y, sin embargo, fue, de nuevo, la búsqueda de la paz y la armonía los que las hicieron resucitar. Especialmente importante fue el espíritu del tratado de Lorcano (1925), en virtud del cual se intentaban apaciguar las fronteras occidentales, buscando siempre soluciones pacíficas a los conflictos, mediante arbitrajes internacionales dentro de la Sociedad de Naciones.

Numerosos intelectuales aportaron ideas y proyectos europeístas. Por ejemplo, Zweig en numerosas obras. En España, Ortega y Gasset proclamaba “España es el problema y Europa la solución”. Principio denostado por Pio Moa que en su libro “Europa, una introducción a su historia”, señala que ese afán europeísta es una forma de esconder la hispanofobia que subyace a sus palabras.

Este periodo de entreguerras vivió varios proyectos de unificación o, al menos de cooperación europea. Así caben destacar los proyectos:

  1. Kalergi, por su promotor Richard-Condenhove Kalergi. Caracterizado por tener una fuerte influencia cristiana. De hecho, la bandera del movimiento paneuropeo, utilizada después de la Segunda Guerra Mundial por la Unión Parlamentaria Europea, tenía un circulo que enmarcaba una cruz, símbolo del cristianismo y un sol, que simbolizaba a la civilización europea iluminando el mundo.
  2. Stresemann, por Gustav Streseman, Ministro de Asuntos Exteriores alemán que logró la incorporación de Alemania a la Sociedad de Naciones en 1926.
  3. Briand, por Aristide Briand, Primer Ministro francés que estableció todos los cauces para superar la rivalidad franco-alemana, la cual había sido avivada, previamente, por el Primer Ministro francés Raymond Poincaré. El cual, en 1923, ordenó la invasión del Ruhr alemán (centro principal de producción de carbón, hierro y acero), debido a la falta de pago de las sanciones impuestas a Alemania.

Durante uno de sus discursos ante la Sociedad de Naciones, Briand pronunció las siguientes palabras: “entre los pueblos que están geográficamente agrupados debe existir un vínculo federal (…) [para] establecer entre ellos un lazo de solidaridad que les permita hacer frente a las circunstancias graves. Evidentemente, esta asociación tendrá efecto sobre todo en el campo económico”.

No fueron las únicas iniciativas, se produjeron otras de carácter económico encaminadas a mejorar el intercambio de mercancías con facilidades aduaneras entre grupos de países. Estas iniciativas tuvieron lugar, esencialmente, en centro Europa. Pero, la violencia y el fracaso, de nuevo, se vislumbraban. Leemos a Zweig:

Hemos visto que el sufrimiento más profundo había generado una comunidad mística y de todos los pueblos surgió el deseo incontenible de una comunión fraterna superior a la de los regimientos, ejércitos y naciones. Por primera vez brillaba en el horizonte la esplendorosa imagen de los Estado Unidos de Europa (…) Ese instante, ese conocimiento supremo lo hemos vivido (…) entre las nubes del odio y la devastación (…) Y sin embargo, hemos vivido algo más incompresible aún: hemos vivido que esa verdad nacida del sufrimiento más profundo, pereció para siempre apenas los pueblos y las naciones volvieron a tener un poco de tranquilidad, descanso, alegría e indolencia”[4]

Las sanciones impuestas a Alemania, la crisis económica, el ascenso de los totalitarismos, la denuncia de los acuerdos de Lorcano, la responsabilidad de potencias extra europeas emergentes, entre otras razones, provocaron de nuevo el conflicto: la 2ª guerra Mundial.

Aunque durante la guerra se vivieron algunos movimientos unificadores, los mismos se basaban más en posiciones estratégicas de guerra que en una intención de unidad intelectualmente aceptable. Así se puede hablar del expansionismo imperialista alemán o del intento federativo de Francia y Gran Bretaña, en 1940, como medio de defensa frente a la invasión alemana.

Pero realmente la guerra lo que trajo fue de nuevo la destrucción y la desesperanza, con una Europa debilitada política y geográficamente. Lo primero por la pérdida del poder hegemónico en el mundo, lo segundo por la división en dos bloques. Después de siglos de Historia, el mundo dejaba de girar en torno al mediterráneo y su expansión dentro de aquel apéndice que nació frente a Asia, pasando a depender de otras potencias: Rusia y Estados Unidos. Esta última, heredera ideológica de la Revolución Francesa (y de su propia revolución- las revoluciones atlánticas que pregonó Palmer-), de la ilustración, de los auténticos principios democráticos constitucionales, con respeto a la libertad, los derechos individuales y la división de poderes. Todo aquello que Europa había creado y transmitido al mundo, volvía ahora a ella. Se hacía presente así, aquel concepto manifestado por algunos de que Europa era algo más que un lugar geográfico, era un concepto intelectual. Es lo que Oliver Depré ha denominado “la dialéctica europea entre el lugar y su idea.”

De nuevo la Historia pone a Europa en posición de rebuscar en sus vivencias para hallar aquellos valores que la habían hecho grande y alcanzar de la mano de ellos la solución a sus sufrimientos.

Entre los cambios tras la guerra aparece como corriente política la democracia cristiana, como nueva fuerza política de resistencia frente a la ideología domínate en los países totalitarios que formaron el EJE. En dos de ellos- Italia y Alemania- accede al poder a través del partido confesional de la democracia cristiana italiana (De Gasperi) o del interconfesional del C.D.U alemán (Adenauer). A ellos se unen otras fuerzas políticas como el partido socialcristiano en Bélgica o el M.R.P.- sin referencias confesionales- en Francia.

El mundo intenta poner las bases para tratar pacíficamente los conflictos que puedan surgir. Se crea la ONU del mismo modo que en entreguerras se creó la Sociedad de Naciones. Pero la paz concebida como era antes de 1914 ya no existía. La situación real era la de guerra permanente, una guerra fría o latente que no se ha calmado tras la caída del muro de Berlín. Aquella guerra permanente creó organizaciones supranacionales defensivas: la OTAN y el Pacto de Varsovia. Realmente, el peso específico de ambas instituciones recaía en Estados Unidos, y la URSS, respectivamente.

En Europa, empezaron a proliferar unidades comerciales supranacionales: la EFTA ( Asociación europea de Libre Comercio), la OECE (Organización Europea de cooperación económica). Pero, sin duda, la gran organización nacida para la cooperación europea fue el Mercado Común. Sus padres fundadores fueron múltiples, pero cuatro destacan sobre los demás:

 “Konrad Adenauer(1876-1967)

Fue el primer Canciller de la República Federal de Alemania e influyó decisivamente en la historia europea, defendiendo con vehemencia que una paz duradera sólo sería posible con una Europa unida. Uno de sus más grandes logros fue firmar el Tratado de Amistad con Francia en 1963, poniendo fin a una enemistad histórica.

Alcide de Gasperi(1881-1954)

Como Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Asuntos Exteriores, Gasperi marcó el camino de la política interior y exterior de Italia en los años de la postguerra. Promovió iniciativas para la fusión de Europa Occidental, colaborando en la realización del plan Marshall y reforzando lazos económicos con otros países europeos.

Jean Monnet(1888-1979)

 Su frase «No coaligamos Estados, unimos hombres» fue toda una declaración de principios de este político y económico que consagró su vida a la integración europea. Él fue el principal inspirador de la «Declaración Schuman», que condujo a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, considerada como el origen de la Unión Europea.

Robert Schuman(1886-1963)

Ministro francés de Asuntos Exteriores. Su declaración de 9 de Mayo dio origen a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Al acuerdo inicial alcanzado entre Alemania y Francia se sumaron posteriormente Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos.[5][6]

Tres de ellos destacaban por sus ideas cristianas. De hecho, Robert Schuman, ya ha sido beatificado y su causa está en proceso de canonización. Alcide de Gasperi, está en proceso de beatificación.

Es de destacar que, Adenauer se sintió inspirado en sus aportaciones por aquellos proyectos paneuropeos de entreguerras y por las opiniones de diversos intelectuales europeos, entre los españoles: Unamuno, Ortega y Gasset o Salvador de Madariaga.

Se puede decir que todos estos padres fundadores pretenden la construcción de una Europa unida bajo los parámetros de la cooperación, la solidaridad y el perdón. Una “opción espiritual a favor del perdón y una voluntad de superar la violencia por el diálogo y la solidaridad”[7]

Muestra de la inspiración paneuropeísta está, como anécdota, la bandera europea. Deudora de la bandera paneuropea de entreguerras, se presenta ahora con fondo azul y 12 estrellas en círculo que representaban la unidad y que, en palabras de alguno de sus autores, estaban inspiradas en la corona de la Virgen, es decir, en las 12 estrellas del apocalipsis.

Schuman había señalado, “todos los países de Europa están impregnados de civilización cristiana. Ella es el alma de Europa y hemos de devolvérsela”.

Los Tratados de Roma, 25 de marzo de 1957, son dos, firmados inicialmente por Alemania Federal, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y Holanda.

El primero estableció la Comunidad Económica Europea (CEE) y el segundo estableció la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom).

La Comunidad Económica Europea ha ido evolucionando hasta una mayor integración, pero no sin muchas controversias y dificultades. Cabe recordar el fracaso de la llamada Constitución Europea que fue rechazada en referéndum por Francia y Países bajos. Tras haber protagonizado unas duras negociaciones entre Valéry Giscard d’Estaing, y Juan Pablo II, por la inclusión o no de la herencia cristina en los principios inspiradores de la Constitución. No se estableció tal valor programático.

Quien mejor definió la situación fue el entonces Cardenal Ratzinger, en una conferencia en mayo del año 2004,al manifestar que uno de los problemas de Europa y en realidad de todo Occidente es: «occidente sí intenta laudablemente abrirse, lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; sólo ve de su propia historia lo que es censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de percibir lo que es grande y puro. Europa necesita de una nueva aceptación de sí misma, si quiere verdaderamente sobrevivir».

Pero esto no es un problema de católicos exclusivamente,  Marcello Pera, Presidente del Senado italiano en 2007 y profesor de Filosofía de la Ciencia, y no creyente declarado, escribió: “La tolerancia se convierte en indiferencia; Europa quiere el diálogo, pero no sabe pronunciar el pronombre «yo», pretende ser sabia y anciana pero ya no reconoce los fundamentos de su presunta sabiduría…”. “Se da también el malestar espiritual y una crisis de identidad que surgió ya antes de la guerra y del terrorismo”, (…)“El malestar es también social: inmigración, seguridad, multicultura entendida como agregación de mónadas, malestar intelectual, relativismo según el cual todas las culturas y las civilizaciones son equivalentes y no pueden jerarquizarse, lenguaje políticamente correcto en el que la palabra «mejor» está prohibida y sólo se aplica a corbatas, postres y no a culturas, etc.”[8]

Si esto acontecía en 2007, a partir de entonces y, sobre todo, tras las crisis económicas, de defensa (guerra en Crimea) y de inmigración, de los últimos años, los procesos nacionalistas disgregadores se han ido haciendo fuertes en Europa. La Unión Europea dice defender determinados valores: respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos…pero, en ocasiones, no parece que su aplicación sea realmente efectiva. Nadie niega la bondad y absoluta necesidad de mantenerlos, pero sin olvidar los orígenes y aquello que nos hizo fuertes. O se mantiene la unidad con convicciones firmes o volveremos al mero intercambio de mercancías. No estaría de más pararse a pensar hacia dónde queremos ir. La tensión permanente del mundo no permite ambigüedades y debilidades. En este momento ya son muchas las voces pesimistas que consideran que los fenómenos inmigratorios hacen imposible el mantenimiento de los principios europeos, simplemente, porque no creemos en ellos y no los defendemos. El futuro dirá si tienen razón o aún hay posibilidad de revertir el proceso.

[1]«De los nombres de Cristo». Príncipe de La Paz.

[2]San Agustín. La ciudad de Dios. Ed B.A.C. Tomos XVI-XVII

[3]Manual de la UNED. “Historia de la Integración Europea”

[4]Stefan Zweig.” La tragedia de la falta de memoria”1919. Recogido en el libro: El legado de Europa. Ed Acantilado 2003 (sexta reimpresión-2018)

[5]Web de la Unión Europea.

[6]También se consideran padres fundadores de la unión europea a Winston Churchill- fue de los primeros en propugnar unos estados unidos de Europa (1946). Walter Hallstein primer Presidente de la CEE, trazó las líneas del tratado de Roma desde un punto de vista independiente y europeísta. Paul Henri Spaak – de firme vocación europea, estaba a favor de unir los países mediante tratados vinculantes para garantizar la paz y la estabilidad. Logró contribuir a estos objetivos como Presidente de la primera sesión plenaria de las Naciones Unidas y posteriormente como Secretario General de la OTAN-.Alterio Spinelli- Fue responsable de una propuesta completa del Parlamento Europeo de un Tratado para una Unión Europea federal. Sirvió de inspiración a los tratados de los años 80 y 90 del Siglo XX ( También de la Web de la UE)

[7]Juan Pablo II Encíclica “ Dominum et vivificantem” 1986

[8]Entrevista recogida en Periodistadigital.com.

http://sotodelamarina.com/2007/Noticias200710/Q1/20071008papado.htm

CREACIÓN DE UNA CONCIENCIA EUROPEA- 1

 

En un Europa convulsa, mecida por el brexit, por los detractores de la unidad o por los partidarios de una mayor integración, no viene mal recordar cómo hemos llegado a considerar, como una excelente idea, la unidad entre los países europeos.

No he querido dar al hilo el título de “europeísmo” porque suele entenderse como sinónimo de federalismo europeo, no como reflexión o hipótesis, que intelectualmente puede ser muy válido, sino como solución o fin último de la unidad europea. Y yo no pretendo encontrar soluciones (que, por otro lado, no tengo) sino ver cómo hemos llegado hasta aquí. Se trata sólo de analizar los orígenes y los elementos que nos unen; los acontecimientos históricos que determinaron la creación de una conciencia europea y las personalidades que han conducido desde la ideología a la institucionalización de la unidad.

Si preguntáramos a los españoles que enumeraren de manera sucinta los vínculos comunes a toda Europa responderían (al menos, los que no son víctimas de la LOGSE) que esos vínculos son los principios morales judeo-cristianos y la civilización greco-latina.  Con esa simplicidad expositiva se explica toda la evolución filosófica que nos ha traído desde la Grecia antigua hasta los tratados conformadores de la Unión Europea.

El nombre Europa proviene de la mitología griega. Europa era una princesa mitológica raptada por Zeus. Sus raíces etimológicas significan “lugar en el que se pone el sol”, lo que geográficamente nos sitúa en oriente. Y es precisamente desde Asia y como contraposición a Asia como se configura ese apéndice que dominará el mundo (los enfrentamientos con los asirios, las guerras médicas, los avances romanos sobre Siria, Egipto y el imperio Seléucida, las confrontaciones contra los turcos, las cruzadas…). Mucho de nuestra personalidad e identidad se lo debemos a ser la contrapartida de Asia. Territorialmente, siempre ha sido conflictiva su extensión y la conquista de la misma: del dominio del Mediterráneo a los conflictos en las fronteras del Danubio o el cruce del Canal de la Mancha; del Tigris y el Éufrates a alcanzar los desiertos arábigos. Desde los griegos a los romanos, desde el imperio de occidente al de oriente, desde la Europa occidental y democrática a la oriental del telón de acero.

Todo ello sin olvidar que existen valores que están en el sustrato de Europa y que han permitido a determinados autores sostener que el concepto Europa trasciende lo geográfico y marca unas pautas que se extienden por el mundo.

Esa conciencia europea se fragua en dos frentes uno político-militar y otro de carácter político-ideológico. Veamos ambos.

  1. Creación político-militar.

Históricamente, se sugiere el origen de la unidad y conciencia europea en el Imperio Romano al haber transmitido unos principios civilizadores comunes. Con sus conquistas los romanos se apoderaron militarmente de un vasto territorio (su máxima extensión se consiguió con Trajano) llevando con ellos su cultura, su lengua, su derecho y sus construcciones. Además, fue medio de transmisión del cristianismo y, por ende, de su base judaica. El cristianismo fue perseguido hasta el 313 d.c. y en el 380 se convirtió en la religión del imperio. La cual, gracias a los primeros apóstoles y teólogos, supo adaptarse a la civilización greco-romana y ser el aglutinante del mundo occidental; junto con los escritores, filósofos e historiadores romanos son el basamento de la transmisión de una cultura que nos une a todos.

El cristianismo está en el fundamento intelectual, de valores y principios de Europa. Su presencia tiene aspectos contradictorios: (a) sirve a la unidad de Europa; (b) al enfrentamiento entre europeos y, también, (c) a la expansión de los valores europeos por el mundo.

a) La unidad bajo la esfera universal de la cristiandad o contra los enemigos de la misma – las cruzadas sirven de gran ejemplo-.

b) Las hostilidades religiosas en Europa vienen de antiguo. La teoría de las dos espadas o el cesaropapismo del imperio oriental dan muestra de ello. Por eso, no es de extrañar que en los orígenes de unidad europea se mezclen las luchas del poder temporal absolutista con el poder papal, teológico y también mundano, o poniendo a la Fe como excusa.

Los imperios de Carlo Magno o de Otón I están en esas circunstancias, como lo estaba el imperio de los Habsburgo. El concepto de imperio ecuménico de Carlos I parte de los mismos principios. Curiosamente, las ideas luteranas pregonaban el carácter divino de toda autoridad y la separación entre Fe y Ley. Sin embargo, Lutero supo recoger con habilidad las quejas de la nobleza alemana frente a Roma y pregonó unas reformas eclesiásticas cargadas de repercusiones políticas. Para los luteranos, la cristiandad engloba la autoridad secular: “Dios tiene la espada”. Los príncipes alemanes ven en él una forma de mantener sus privilegios y el pueblo alemán su salvación espiritual. La unidad política europea en este contexto era imposible. Al contrario, la consecuencia fue una maraña que mezclaba política, religión y economía y así se mantendrá durante varios siglos. En el S. XVI, resultaba inconcebible la libertad de pensamiento o de culto. Por ello, los estados nacionales eran unidades de fe. A esa fe respondían monarcas y súbditos. Felipe II buscó la expansión y unidad imperial en la Fe católica y Francia no encontró las bases de su imperialismo hasta que no superó su división interna entre católicos y protestantes.

Las llamadas guerras de religión que, estrictamente, se manifiestan en varios y diferentes conflictos a lo largo de algo más de siglo y medio (aproximadamente desde 1524 a 1697) fueron desafíos a esa unidad europea. Estos desafíos, más que achacables al cristianismo, traen causa de las interpretaciones teológicas que del mismo fueron hechas.

c) De la misma época son los problemas de Roma con Enrique VIII que dieron lugar al anglicanismo, al puritanismo y a la revolución y expulsión de estos últimos. Lo que contribuyó junto con la conquista y evangelización española en América a llevar los valores y principios cristianos al nuevo mundo, aunque allí tampoco se libraron de enfrentamientos internos- P. ej. guerra de los 9 años-.

Se suele decir que el S.XVIII fue un siglo cosmopolita. Los problemas entre las potencias europeas se dirimen más allá de Europa.  El absolutismo y el despotismo ilustrado gobiernan el continente, pero sí existen tres acontecimientos que influirán en el devenir futuro de la unidad europea: 1) Inglaterra tras la revolución gloriosa de 1688 desarrolla una revolución agraria, antepalco de la revolución industrial, permitiéndole ser una potencia económica mundial a partir de éste siglo. La flota inglesa se adueña de los mares y llega a todos los continentes. En detrimento de España. A raíz de esa prosperidad económica aflora una clase burguesa que adquirirá poco a poco más presencia en la sociedad 2) Rusia continúa su expansión sobre Siberia y se propone extender sus dominios hacia el Mar Negro y los Balcanes. Compitiendo en esa zona con un expansionista Imperio Turco Otomano 3) Francia se convierte en el centro intelectual del mundo gracias a la Ilustración. Va a ser el escenario de la Revolución que pondrá fin al Antiguo Régimen.

En este aspecto político militar de la unidad europea, basado en los avances geográficos de conquista, en la idea de imperio, no podemos olvidar a Napoleón. El gran corso se ve como hijo de la ilustración y de la Revolución Francesa y pretende la expansión de los principios formulados por ambos acontecimientos a través de un imperio entendido como un proyecto de civilización y paz universal. Bien es verdad que su manera de expandir esa civilización fue bajo la fuerza de las armas y de la conquista, pero también de la organización que había experimentado en Francia y que reprodujo en el resto de Europa. La organización administrativa, la influencia de los consejos, asesores y consultivos, que en España ya existían desde la Edad Media, pero dándoles otra dimensión, la codificación…, son elementos que Napoleón esparce por el continente. No ocurre por casualidad, su forma autoritaria de poder así lo impone, pero, sobre todo, Napoleón es el transmisor de la Revolución Francesa. Su imperio se basa, al tiempo, en el autoritarismo y en la trasmisión de la revolución (quizá uno de los mejores ejemplos sea su Código Civil o Código napoleónico. Se trata de un híbrido de base conservadora- propiedad privada, restricción del divorcio- y espíritu revolucionario – Igualdad y libertad civil, reafirmación de la abolición del régimen feudal, libertad de la tierra…). Si durante el imperio, especialmente a partir de 1806, el autoritarismo napoleónico se impuso, la forma de enfrentarse a él se basó en la aplicación de ciertas y pequeñas aperturas liberales en toda Europa. Por ejemplo, en Prusia se plantean medidas políticas innovadoras; en España la oposición a Napoleón se reúne en las Cortes de Cádiz para llevar a cabo una revolución liberal tanto en política como en aspectos socio-económicos; en Rusia el absolutismo del Zar cede en la “Carta Constitucional” de 1810. Es decir, las ideas de la Ilustración y la Revolución empezaban a asomar, aunque se taparan de golpe, posteriormente.

Pero quizá el periodo más influyente en este sentido fue el llamado imperio liberal o de los cien días. Entre marzo y junio de 1815. Napoleón para restablecer su imperio tras el paso por Elba no cuenta con el ejército, sino que busca el apoyo popular. Para conseguirlo no duda en renunciar al autoritarismo y da al régimen una fachada liberal y democrática. Su entrada en París el 20 de marzo de 1815 se ve acompañada de dos medidas inmediatas: una constitución de orientación democrática y levantar un nuevo ejército. Su derrota en Waterloo supone la vuelta de Europa al antiguo régimen, pero realmente ya nada volverá a ser como antes. La revolución liberal pasa a la clandestinidad, pero permanece e impregna a todos los países europeos. La consecuencia será la pérdida de la conciencia cosmopolita que había existido en el S.XVIII para propiciar los particularismos de un siglo XIX con anhelo nacionalista. Ese nacionalismo, en última instancia, fue la causa de la Primera Guerra Mundial y de otros grandes enfrentamientos durante el S.XX. Volveremos sobre sus consecuencias.

El Inicio de la Segunda Guerra Mundial

El 3 de septiembre de 2019, se cumplieron 80 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial (II G.M). Conmemoramos este acontecimiento histórico en medio de una crisis de la Unión Europea por el Brexit. En próximas entradas hablaré del europeísmo y de la tendencia a la unidad de Europa tras cada conflicto armado, al darse cuenta de que la unidad y la concordia crean mejores soluciones que las balas. Así lo entendieron en 1918, iniciando un periodo de actividad diplomática en busca de la paz permanente. Ese periodo puede decirse que acabó en torno a 1932, momento en el que Europa viró hacia el enfrentamiento. Por este motivo, para comprender lo ocurrido el 3 de septiembre de 1939, debemos recordar algunos acontecimientos acaecidos en años anteriores (periodo que va de 1932 a 1939). Sin olvidar que el antecedente primero de la II GM fue la Primera Guerra Mundial (IGM).

Fin de la IGM. De manera esquemática podemos señalar que la búsqueda de la paz se realizó en dos etapas, armisticios y tratados, con los que se pone fin a la Gran Guerra y cuya consecuencia fue la imposición de durísimas condiciones a los vencidos. La solución Wilson, sus 14 puntos y su doctrinarismo responden a tres direcciones: a) El principio de las nacionalidades: pone en órbita los nuevos Estados de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia (ésta última nacida sobre el engrandecimiento de Serbia). b) El republicanismo: supone la desaparición de tres grandes imperios europeos (Rusia, Alemania y Austria) y de otro a caballo entre Asia y Europa (Turquía) cuya presencia en territorio europeo quedó reducida a una pequeñísima extensión en torno a lo que fue Constantinopla. Las consecuencias de esta política fue una balcanización de Europa con la proliferación de varias repúblicas debilitadas. c) El Sacrificio de Alemania, considerada la principal responsable del conflicto. Estos tres puntos tendrán especial reflejo en los tratados que nacen en la conferencia de paz de París en enero de 1919 y se plasman en los tratados de Versalles, que remodelan Europa. A esto se une el conjunto de pérdidas económicas, la devastación territorial y la necesidad de reconvertir la economía y la industria de guerra en una industria productiva para la paz, recuperando las líneas comerciales y los transportes. A su vez, en el caso de los vencidos, hay que añadir la carga de las reparaciones, la crisis financiera y las continuas devaluaciones de la moneda que provoca un empobrecimiento general del nivel de vida y una inestabilidad política enorme.  La totalidad de los historiadores valora la incidencia de los factores económicos en el inicio de la contienda. Pero es, sobre todo, Bettelheim el que más énfasis ha puesto en atribuir la responsabilidad del nuevo conflicto a estos motivos. Según él, la economía “dirigida” depende del rearme, causante del considerable aumento de la deuda pública en los países europeos del momento. Al reducirse en mercado interior y obturarse el exterior, sólo la conquista de nuevos territorios ofrecía una salida a esta situación. Renouvin no acepta esta hipótesis porque considera que el rearme podía haberse retrasado si Hitler hubiera querido, pero su voluntad era la guerra, como veremos luego. De esta situación se libraron los Estados Unidos y Japón que no vieron sufrir la guerra en su territorio y son los primeros que aprovechan el estado de necesidad europeo para mejorar su economía, por lo menos hasta que la crisis del 29 asoló de nuevo la vida mundial.

Toda esa miseria económica y la debilidad gubernamental coadyuvaron al afianzamiento y desarrollo de una serie de ideologías radicales (fascismos y comunismo) que pueblan el viejo continente y cuyo florecer se da en el periodo marcado de 1932 a 1939.

Considerando este período desde una óptica estrictamente diplomática, la política internacional se centraba en el desarme, la búsqueda de una paz permanente a través de la reunión en instituciones supranacionales (Sociedad de Naciones) al tiempo que se formulaban una serie de acuerdos y desencuentros diplomáticos entre los que cabe destacar: a) el pacto franco-soviético, lo que supone la quiebra de las relaciones franco-alemanas. b) Sanciones que originan la desaparición de la entente anglo-italiana. c) Creación del eje Roma- Berlín, lo que pone fin a la amistad franco-italiana. d) Pacto germano- soviético y, consiguientemente, el fracaso de la amistad anglo-alemana.

El fracaso de la Conferencia de desarme. El 2 de febrero de 1932, tuvo lugar la conferencia de desarme en la que Alemania exigía ser tratada con los mismos derechos que el resto de las naciones obviando así lo acordado en Versalles. No hubo forma de lograr un pacto. El resultado fue que Alemania abandona la Sociedad de Naciones como táctica para alcanzar la igualdad de derechos, pero, el 14 de octubre de 1933, la táctica se convierte en un abandono definitivo promovido por Hitler, con lo que consigue tener el camino expedito para el rearme e iniciar una política expansionista. El efecto inmediato fue la ruptura de relaciones franco-alemanas.

La ambición de la Italia de Mussolini. Se centra en varios aspectos. De un lado, mantener la independencia de Austria evitando la anexión por parte de Alemania. La finalidad italiana era ampliar su zona de expansión económica por el Danubio (Austria, Hungría, Serbia). La ambición alemana se vio momentáneamente paralizada por la postura de Italia que firmó el Pacto de Stresa, en abril de 1935, con Francia y Gran Bretaña, en el que reafirmaban la fidelidad al tratado de Lorcano (1925)[1]y defendían la integridad territorial y soberana austríaca.

Al mismo tiempo, la política de apaciguamiento promovida por las potencias europeas para evitar males mayores llevó, en junio de 1935, al Reino Unido y la Alemania nazi a firmar el acuerdo naval anglo-alemán por el que se incumplía en parte el tratado de Versalles, permitiendo a Alemania incrementar su fuerza naval hasta el 35% de la marina británica y posibilitando la construcción de submarinos. Como consecuencia de esa posición de fortalecimiento de Alemania y en contra de la misma, se firmó el pacto de asistencia mutua franco-soviético de mayo de 1935.

Las alianzas cambian en 1936 con la ocupación italiana de Etiopía. Etiopía pide el arbitraje de la Sociedad de Naciones, la cual impone sanciones a Italia. Inglaterra se distancia de Italia por este motivo. El enfado italiano por las sanciones, que nunca cumplió, le llevan a acercarse a Alemania. Se atisba así el futuro eje Roma- Berlín.

Las anexiones Nazis. En noviembre de 1937, Hitler piensa que tanto Austria como Checoslovaquia deben solventar el problema alemán del “espacio vital”. El pretexto inmediato lo constituían los tres millones de alemanes que vivían mezclados con los checos en los Sudetes, región fuertemente industrializada. Entre los partidos que se asentaban en la zona el “Partido Alemán de los Sudetes”, de tendencia nazi, era el más fuerte.

En abril de 1938, este partido pide establecer un gobierno autónomo en la zona de los Sudetes. El hecho de que los gobiernos británico y francés (Chamberlain y Daladier) mediaran ante el gobierno checo para que fuera comprensivo con la reivindicación, fue esencial para Hitler. El Führer vio la ocasión de reivindicar, tras la autonomía, la anexión del territorio. La alerta ante este hecho propicia la convocatoria de una conferencia mundial que solvente el problema. Fue Mussolini, aliado de Hitler, el que sugiere reunirse en Múnich (29 de septiembre de 1938), es decir, en territorio alemán y sin presencia checa[2]. El acuerdo de Munich fue claramente favorable a Hitler. Los checos evacúan los Sudetes y una comisión internacional se encarga de trazar las fronteras entre ambos territorios. En definitiva, Checoslovaquia sufría su primera desmembración. Se equivocó Chamberlain cuando al regreso a Londres señaló: “Creo que es la paz para nuestra época”. Acertó Churchill al definir el resultado de Munich como el “mayor desastre” y espetó a Chamberlain el siguiente vaticinio:” Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”.

Los pasos siguientes de Hitler, bajo la más absoluta inoperancia europea, fueron la anexión de Austria (Anschluss, marzo de 1938) y el segundo golpe a Checoslovaquia, que se fraguó entre los meses de septiembre de 1938 y marzo de 1939, con la ocupación de Bohemia y la consiguiente desaparición del Estado checoslovaco.

Tras Checoslovaquia vendría Polonia.

El golpe sobre Polonia. Por el pacto de no agresión germano-ruso, firmado por los ministros de exteriores de ambos países (Ribbentrop-Mólotov), el 23 de agosto de 1939, “ambas naciones se comprometieron a resolver de forma pacífica las controversias que tuvieran entre ellas, las vinculaba de forma económica y comercial, y, lo más importante: no podían entrar a formar parte de ninguna alianza política o militar contraria al otro.

El acuerdo tenía un protocolo adicional secreto donde se repartían la Europa del Este y central. De este modo, se pactó la división de Polonia y se dejó a Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Besarabia en el área de influencia soviética”.[3]

Ante la pasividad occidental, Hitler reclama la ciudad libre de Dantzig, una carretera y un ferrocarril con carácter extraterritorial que uniera la ciudad con Prusia oriental, aislada del resto de Alemania. Se inicia un intento de arbitraje franco-británico, que fracasa.  Hitler ordenó realizar una añagaza de manera que se simulara que las tropas polacas habían atacado a las alemanas. La realidad es que el ejército alemán organizó esta pantomima para justificar la invasión de Polonia. Era el 1 de septiembre de 1939. El día 3, Francia y Gran Bretaña declaraban la guerra a Alemania. Comenzaba así la IIGM.

El pacto Ribbentrop-Mólotov permitió a Hitler contar con la neutralidad rusa para avanzar por el frente occidental hasta tenerlo controlado. Cuando, equivocadamente, consideró que ya estaba bajo su dominio, atacó a Rusia (Operación Barbarroja.1941), rompiendo así el pacto de no agresión. Muchos historiadores consideran que la culpa del inicio de la guerra fue exclusivamente alemana. Pero, muchos observadores apuntan el hecho de que aquel pacto ruso-alemán, por razones ideológicas, era un pacto contra natura, el cual se vio traicionado por Hitler, pero si no hubiera sido así, lo huera violado Stalin.

Con todo, de todas las potencias europeas, era Alemania y, sobre todo, Hitler el que tenía una voluntad clara de ir a la guerra, y además tenía el poder y la influencia para convertir el conflicto en algo mundial. En este sentido, no hay que olvidar otro de los elementos que habían llevado a la IGM y que sigue influyendo en esta segunda Guerra: el problema colonial. El reparto del mundo realizado tras la conferencia de Berlín (1885) no resultó satisfactorio para un sector importante de los alemanes que consideraban que su posición había sido mucho peor que la de Bélgica, por ejemplo. Esa sensación de incomodidad, de encajonamiento, flotaba en el ambiente. Existía la idea de que, una vez repartido el pastel del mundo, era muy difícil volver a repartirlo, por lo que, para conseguir nuevos territorios, era necesario emplear la fuerza (lo que enlaza con dos ideas ya señaladas como coadyuvantes del inicio del conflicto: crisis economía y espacio vital). Hitler pensaba que, el exceso de población que existía en Alemania se resolvería extendiéndose hacia el este. Para ello, sorprendido por la reacción francesa y británica por la invasión de Polonia, no le quedó más remedio que avanzar sobre sus fronteras occidentales y, una vez dominadas, atacar el este. Su obsesión, aprendiendo de los errores cometidos durante la IGM, era no abrir dos frentes a la vez.  Consideró que el este, más extenso y árido, le iba a requerir más esfuerzos, por lo que decidió eliminar primero a sus enemigos potenciales del oeste, para poder atacar después el este sin interrupciones. Así lo hizo, pero se equivocó al creer dominado el frente occidental, consiguientemente provocó lo no querido: abrir dos frentes al mismo tiempo.

Otro elemento esencial que se manifiesta en la invasión de Polonia, como recuerda el profesor Artola, fue el “Problema Judío”:

(…)”si había un país que encarnara «el problema judío» (desde la perspectiva nazi) ese era Polonia. Allí los judíos eran una minoría relevante numéricamente; la mitad de los judíos exterminados en el Holocausto tenían un carné de identidad polaco y en el territorio de ese país desmembrado se ubicaron varios de los peores campos de exterminio nazis, con Auschwitz a la cabeza. También conviene recordar “el debe” de los polacos que se aprovecharon de la brutalidad alemana para hacerse con bienes judíos o que, directamente, tomaron una iniciativa exterminadora que incluso asombró a los nazis, como la aterradora matanza de Jedwabne. Por tanto, al recordar el inicio de la guerra, también nos viene de inmediato a la cabeza la infamia de la Soah. Sin Polonia y los polacos no se entiende el Holocausto.”[4]No quiere decir el profesor Artola que la persecución a los judíos no se hubiese dado sin Polonia, sino que la misma hubiera tenido otros derroteros. Realmente, cuando los alemanes invaden Polonia, la persecución ya se había iniciado. En ese sentido, cabe recordar que en marzo de 1933 entra en funcionamiento el campo de concentración de Dachau, en 1934 se retira la ciudadanía alemana a los judíos y en 1935 se promulgaron las leyes de Núremberg, leyes de carácter racista antisemita, la Noche de los cristales rotos aconteció en noviembre de 1938…, pero la mayor virulencia se desata tras la conquista de Polonia.

Responsabilidades extraeuropeas, especialmente las de Japón y en cierto modo las de EE.UU. Existe consenso en la historiografía en que Japón también quería la guerra, como queda de manifiesto en: a) mantiene una actitud altamente agresiva desde 1931 (conquista de Manchuria) incrementada en 1937 (ataque a China) b) El militarismo (Tojo) desbordó los poderes del Mikado[5].

No hay tanta unidad de criterio en torno a EE.UU. Algunos historiadores consideran que Rooselvet deseaba ingresar en la contienda para dar una salida a su economía y ampliar sus posiciones de influencia, mientras que otros aseguran que la entrada era inevitable por considerar que la seguridad de EE. UU estaba en peligro y que era esencial vencer en la guerra a fin de evitar un conflicto- tercera guerra- entra las democracias y el comunismo.

Todo lo que antecede nos lleva a tratar un último aspecto: la formación de los bloques.

La política de alianzas que hemos señalado conformó la disposición de los bloques. En principio, los participantes no distaban tanto de los que concurrieron a la IGM con ligeros cambios en cada bando. Pero lo realmente importante fue que, mientras los aliados formaron un auténtico bloque militar y político, con especial relevancia por parte de británicos y norteamericanos que desde diciembre de 1941 concertaron sus ejércitos, marinas e industrias, el Eje no siguió el mismo camino. El término «eje» lo pronuncia por primera vez Mussolini tras el conflicto italiano en Etiopía donde consigue el apoyo alemán (eje Berlín –Roma), como hemos señalado, que vira a «Pacto Tripartito» en septiembre de 1940 con la inclusión de Japón, denominándose, más tarde, eje Berlín- Roma- Tokio. Establecieron su unión debido a la existencia de coincidencias en sus sistemas económicos e ideológicos y, además, fueron los tres países menos beneficiados por el Tratado de Versalles. Pero esa unión aparente no construyó una verdadera alianza, cada uno actuaba por su cuenta. Así, Mussolini no avisó a Hitler de su ataque a Grecia, que durante el resto de la guerra obligó a mantener tropas en ese país y Yugoslavia. Japón no declaró la guerra a la URSS, no ocupó Madagascar como estaba previsto, para dificultar el tráfico naval británico entre el Atlántico y el Índico, y, lo peor de todo, atacaron a EEUU sin avisar, lo que supuso la entrada de Estados Unidos en la Guerra, justo lo que Alemania intentó evitar en todo momento, si bien, tras el ataque a Pearl Harbor alemanes e italianos declararon la guerra a los americanos. Es esa aportación americana la que, en última instancia, acaba inclinando la victoria hacia los aliados.

No voy a cerrar el hilo sin mencionar un acontecimiento que sobrevoló tanto el inicio de la guerra como la distribución de fuerzas: la Guerra Civil española. Son muchos los analistas que la consideran un precedente de la guerra mundial, otros muchos aseveran que fueron dos acontecimientos que se sucedieron en el tiempo y en el entorno del continente europeo, pero sin que tuvieran mayor relación entre sí. Lo cierto, es que el sentimiento con que se vivió en el mundo la Guerra Civil española era la de escenario previo, de ensayo para una contienda que se avecinaba.

De hecho, en agosto de 1936 se firma el pacto de No intervención entre 27 países europeos bajo la promesa de no inmiscuirse en asuntos internos de España. La intención era la de evitar la internacionalización de un conflicto que consideraban podría aumentar la tensión en Europa y desencadenar una guerra. El acuerdo fue una farsa que no fue cumplido jamás por Alemania, Italia, Portugal o Rusia. Ambos bandos recibieron auxilio extranjero.

El apoyo alemán al bando nacional, estuvo en la base de la solicitud de Alemania a España para que entrara en la Guerra Mundial dentro del Eje. Pero bien por intuición y conocimiento de táctica militar bien por haber recibido información desde el propio ejército alemán (mucho se ha especulado al respecto)[6], Franco estaba convencido de que la guerra la ganarían los aliados. En este sentido Girón[7]recordaba que, Franco solía referirse a los contendientes en la IIGM como “los invencibles” (los alemanes) y «los inagotables» (los aliados) , y afirmaba, ya en junio del 39, que la guerra la ganarían éstos últimos. Acertó, y quizás esa convicción suya explica su comportamiento en la entrevista de Hendaya con Hitler y, en definitiva, la actitud de prudencia frente a la posible entrada de España en la guerra y el logro de no concurrir.

[1]Los tratados de Lorcano son un claro NO a la guerra. Fueron 8 acuerdos en total firmados por los representantes de Bélgica, Checoslovaquia, Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Alemania y Polonia. Respeto de sus fronteras. Prescinden de las armas, sólo usadas en caso de agresión y respetan el arbitraje de la Sociedad de Naciones (S de N). Por él Alemania entra en la S de N, institución que encuentra su apogeo gracias a estos acuerdos. Al margen de Lorcano, pero como símbolo de comunión con él, el pacto Briand-Kellogg (representantes de Francia y USA), por el que EE. UU, ausente de la S de N, presenta su colaboración al esfuerzo común de mantener la paz

[2]Por eso los checos llamaron a estos acuerdos la traición de Munich. Supuso la revisión o traición al tratado de Versalles que manifestaba su posición en defensa de la integridad del territorio checo y supuso que los checos tras 1945 colaboraran preferentemente con la URSS en vez de con los aliados a los que consideraban unos traidores

[3]Cita del historiador Rafael Álvarez en el diario “El Independiente.com”

[4]Ricardo Artola. Historiador, autor de “La Segunda Guerra Mundial”. Alianza Editorial.

[5]Término utilizado entonces para referirse al Emperador del Japón.

[6]Esto confirmaría una de las múltiples razones por las que el Eje perdió la guerra: la falta de unidad en el ejército y la administración alemana. No sólo por los que no eran partidarios de Hitler- como se especula con los posibles informadores de Franco, sino en el conjunto de la jerarquía alemana la situación no era de coordinación sino de la existencia de reinos de taifas que no contribuyeron a la buena marcha de la guerra.

[7]Cita recogida en el libro: “Historia General de España y América” Volumen 19.2- “ La Época de Franco”. Editorial Rialp. Página 62

La (Des)memoria Histórica

Por su interés publico a continuación la Tercera de ABC publicada el 23 de agosto, sobre la Ley de Memoria Histórica escrita por Francisco Vázquez, miembro del PSOE, ex-Alcalde de La Coruña y Ex- Embajador de España en el Vaticano, entre otros cargos.

«LA (DES)MEMORIA HISTÓRICA
‘ABC’ – 2019-08-23
POR FRAN­CIS­CO VÁZ­QUEZ Y VÁZ­QUEZ FRAN­CIS­CO VÁZ­QUEZ Y VÁZ­QUEZ FUE AL­CAL­DE DE LA CO­RU­ÑA Y EM­BA­JA­DOR DE ES­PA­ÑA
POCAS veces concurren en el mismo día dos acontecimientos históricos tan relevantes para España como los sucedidos en este 23 de agosto, aunque en años diferentes, concretamente el primero en 1936, año del inicio de nuestra Guerra Civil, y el segundo en 1939, año del final de la contienda. Traigo a colación estas dos efemérides porque ambas ponen en evidencia el desatino que representa el sectario y totalitario proceso de la «Memoria Histórica», impulsado por el Gobierno del actual PSOE, en su afán de quebrar el principal fruto de la Transición democrática, que no fue otro que el gran acuerdo de la reconciliación nacional plasmado en la aprobación de la Constitución de 1978, eventos todos ellos coprotagonizados por el antiguo PSOE, un partido ideológicamente distinto, cuyas patrióticas políticas de entonces son sometidas a revisión por quienes hoy ocupan (¿okupan?) la dirección socialista.
El primer hecho ocurre en la madrugada del 23 de agosto de 1936. En la cárcel Modelo de Madrid son asesinados significados militares y políticos, alrededor de treinta personas de entre los centenares que se encontraban detenidas por las autoridades republicanas, incapaces de impedir la toma de la prisión por una turba de milicianos anarquistas, comandados por el pistolero Felipe Sandoval, un criminal que fue el máximo responsable de la checa cenetista ubicada en el madrileño Cine Europa. La repercusión internacional de estas ejecuciones fue tremenda. El cuerpo diplomático extranjero amenazó con retirar a los embajadores de Madrid, denunciando la negligencia de las autoridades responsables, como el director general de Prisiones, Villar Gómez; el de Seguridad, Muñoz Martínez, o el ministro de Gobernación, general Pozas.
Muchos dirigentes republicanos quedaron conmocionados al enterarse. El presidente del Gobierno, el moderado José Giral, lloró, y el presidente de la República, Manuel Azaña, se planteó el dimitir, exclamando: «Me asquea la sangre, estoy hasta aquí [dijo señalándose el cuello], nos ahogará a todos».
Entre los asesinados se encontraban ilustres e históricas figuras republicanas, como los exministros Martínez Velasco, Rico Avello o Álvarez Valdés, o el fundador de la Unión Republicana y expresidente del Congreso, Melquiades Álvarez. Son republicanos asesinados por republicanos. Y conforme a la maniquea revisión histórica del presente, las preguntas surgen de inmediato: ¿se pueden reivindicar las figuras de las víctimas?; ¿se puede condenar a sus asesinos?; ¿son ilegítimos los juicios que condenaron a los criminales?…
Es más, ¿se me puede condenar a mí por exaltación
del fascismo si denuncio que, además de pasividad, hubo también en algunas autoridades republicanas la sospecha de que incurrieron en complicidades y connivencias? Porque lo cierto es que a los pocos días se repiten los hechos y el 10 de septiembre de 1936, en la carbonera de la cárcel de Porlier, son ejecutados el diputado y exsubsecretario Rey Mora y el exministro de Marina Gerardo Abad Conde, histórico y ejemplar republicano, que entre otros cargos ejerció brillantemente el de alcalde de mi ciudad, La Coruña. La autoría de sus asesinatos se atribuyó, entre otros, a los milicianos comunistas Manuel Lázaro, Mariano Gutiérrez Albaladejo y Braulio Sánchez Mayoral, alguno de ellos incluido en la lista previa de víctimas del franquismo que preveía homenajear el Ayuntamiento podemita de la señora Carmena, también militante comunista.
Y para redondear la ignominia, poco más de dos meses después, entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre, en el conjunto de las cárceles madrileñas se llevan a cabo unas 33 sacas de prisioneros, que le cuestan la vida a más de 4.000 personas, ejecutadas en las matanzas de Paracuellos y Torrejón, horror que solo termina cuando se le encomienda la vigilancia de las prisiones al anarquista Melchor Rodríguez, conocido como el «ángel rojo», el cual sencillamente cumple con su deber.
Terror rojo y terror azul. Paracuellos y Badajoz. Todos en algún momento fueron víctimas o verdugos. Y hoy, ochenta años después, se pretende que nuevamente vuelva a haber vencedores y vencidos, condenando a unos sí y a otros no por los mismos hechos. Veamos si no, el segundo de los acontecimientos. Tres años más tarde, el 23 de agosto de 1939, se firma en Moscú el tratado de no agresión entre la Alemania nazi y la Rusia comunista, entre Hitler y Stalin, que personalmente asiste a la rúbrica oficial del pacto. Pocos ejemplos en la historia podemos encontrar de una degradación moral e ideológica tan oportunista como la protagonizada por los nazis y los comunistas, quienes además ocultaron al mundo un anexo que contenía un protocolo secreto por el que se repartían Polonia y los Estados Bálticos. Ocho días después, el 1 de septiembre, se inicia la II Guerra Mundial y durante ¡669 días! el comunismo es el principal aliado de Hitler. Y digo bien el comunismo. Por ejemplo, los comunistas franceses califican el esfuerzo bélico de su patria como propio de una potencia imperialista y exigen la paz con Alemania. No son ajenos los comunistas españoles a esta vergonzosa traición, producida tan solo cinco meses después del fin de la Guerra Civil. Sus ataques, como siempre, van dirigidos contra los socialdemócratas, no contra sus nuevos aliados, los nazis. Dolores Ibárruri califica de imperialistas a ingleses y franceses. El 18 de febrero de 1940 justifica la invasión y el reparto de Polonia, casi en las mismas fechas en las que policía secreta soviética, la NKVD, asesinaba en la fosas de Katyn, de un tiro en la nuca, a más de 22.000 oficiales del ejército y otros profesionales polacos, comprometidos con sus aliados de las SS nazis.
Yyo pregunto, ¿conforme a la ley de Memoria Histórica, no deberían las Cortes españoles aprobar una ley condenatoria de estos hechos y alianzas? Es lo que se viene haciendo cuando afecta a las mismas situaciones en colectivos y hechos de distinto signo. ¿No se debería también investigar y condenar a los maquis y exiliados comunistas para saber sus responsabilidades los 669 días que fueron aliados de los nazis? Lo cierto es que la propaganda comunista ha conseguido mantener oculto este episodio, posiblemente para no hacer cierto el axioma del gran dramaturgo español asesinado en Paracuellos, Pedro Muñoz Seca, que escribió una obra titulada «Los extremeños se tocan».
Todo este revanchismo alentado desde el Gobierno sanchista nos retrotrae a los españoles a 1939, ya que los mismos discursos y políticas de entonces son los que hoy se aplican, simplemente invirtiendo los términos: la Ley de Memoria Histórica sustituye a la Ley de Represión del Comunismo y la Masonería. Mientras que el Tribunal de Orden Público es reemplazado por las propuestas de la llamada «Comisión de la verdad». No es una memoria para todos.
Parafraseando al presidente Roosevelt en su discurso al Congreso estadounidense con motivo del ataque japonés a Pearl Harbor, podíamos decir que en la historia de España el 23 de agosto «es una fecha que vivirá en la infamia».»

DE LOS ANHELOS A LOS ANALES

 

El otro día, oía los comentarios deportivos en la radio. Se transmitía una competición muy importante en la que un español resultó ganador por segundo año consecutivo; lo que le había reportado, a su vez, obtener los puntos suficientes para alcanzar el campeonato del mundo de la especialidad. Entre los comentaristas se encontraba un deportista de la misma materia, ya retirado, que fue el primer español en ganar la carrera en cuestión. Comentando el logro de este año, el antiguo campeón señalaba lo rotundo e importante de la victoria, pero sin olvidar que él fue el primero en conseguirla, lo cual “le haría pasar a los anhelos” (sic). Evidentemente, quería decir que iba a pasar a los anales.

Supongo que no es el primero ni el único que tienen dificultades para saber qué es eso de los anales. La palabra deriva del latín “annālis”, que viene de “annus” la cual quiere decir “año”, más el sufijo “al” que hace referencia a “relativo a”.  Los anales​ son una forma de relato histórico que registra los hechos cronológicamente, año por año.

Esta forma de disposición de los acontecimientos sucesivos encuentra vestigios en varias civilizaciones (en Egipto, con la piedra de Palermo, por ejemplo). Pero desde un punto de vista historiográfico, el relato cronológico encuentra su asiento en la antigüedad romana. Aunque, la titularidad de esta forma de narrar se suele atribuir a Tácito. La obra de Cornelio Tácito se divide en Anales e Historias. Aunque no está clara la división en estas dos categorías existe la convención de que por “Historias” se entiende la narración de los hechos que han llegado al autor por propia observación, mientras que los “Anales” son el registro anual de los acontecimientos de tiempos anteriores. Aunque no está nada claro si esta división es del propio Tácito o de sus seguidores.

Por otro lado, no conviene confundir la disposición de la narrativa histórica de Tácito con una de las escuelas historiográficas más destacadas: la “Escuela de los Annales”. Se llama así a una corriente historiográfica francesa, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1929, que ha dominado prácticamente toda la historiografía francesa hasta nuestros días y ha tenido una enorme difusión en el mundo occidental. Su forma de trabajar a través de preguntas y respuestas intenta imitar el método científico. Pero, por encima de todo, lo que caracterizó y caracteriza a la escuela historiográfica francesa de la que nos ocupamos es que, a diferencia de la historiografía clásica, no se basan sólo en analizar los acontecimientos políticos, sino que buscan un concepto analítico holístico comprensivo de todo lo que circunscribe la vida del ser humano: la política, la economía, los aspectos sociales, ideológicos…y sus interrelaciones. A ello une la técnica de mirar más allá de la reproducción de los simples hechos para basarse en la interpretan desde los propios conceptos y subjetividad del historiador.

Nuestro ilustre deportista sabía que, desde el anhelo de ganar al triunfo, hay un trecho. Pero, si se gana, se hace historia y queda registrada anualmente en los catálogos de acontecimientos destacados. En los anales.

LA OBTENCIÓN DEL SUFRAGIO UNIVERSAL FEMENINO EN ESPAÑA.

Antes de adentrarnos en los detalles que rodearon la obtención del derecho al sufragio por las mujeres en España en 1931, señalaremos una serie de datos que enmarquen el contexto en el que se adquirió este derecho.

Ámbito internacional

  • El sufragio universal masculino se logró en Europa por primera vez en Grecia en 1822. En Gran Bretaña, se obtuvo, sin límites, en 1918, el mismo año que las mujeres, aunque la igualdad en la edad mínima no llegó hasta 1928.
  • En el derecho comparado, pasa por ser Nueva Zelanda el primer país en reconocerlo, en 1893. Si bien, esto no es del todo cierto, por cuanto, la capacidad para ser elegidas en el país de Oceanía no se obtuvo hasta 1919.
  • En Europa, las mujeres pudieron ejercer su derecho a voto, activo y pasivo, por primera vez en Finlandia (entonces una región del Imperio ruso), en 1907. Fue la primera región, después Estado, en tener diputadas. Le siguieron pocos años después Noruega y Suecia.
  • En 1917, tras la Revolución rusa, se logró el sufragio universal femenino en Rusia. En 1918, lo obtuvieron las británicas. En 1919, las alemanas. Hasta 1944 no lo lograron las francesas.

En España

  • Los hombres votaron bajo sufragio universal de manera definitiva desde 1890.
  • Las mujeres lograron el sufragio femenino pasivo en las Cortes de Cádiz en 1812. La mujer podía ser elegida diputada en Cortes, aunque ella no pudiera votar.
  • La primera vez que las mujeres ejercieron su derecho a voto fue en el Cantón de Cartagena en 1874.
  • Durante la Dictadura de Primo de Rivera, en 1924, se logra el derecho al sufragio universal femenino, pero con las siguientes restricciones:
    • Sólo podrán votar en las elecciones municipales.
    • Sólo podrán votar las mujeres cabezas de familia, es decir, solteras emancipadas o viudas.
  • Como en la dictadura nunca se celebraron elecciones municipales, nunca pudieron ejercer el voto en este periodo. Aunque, cabe señalar como antecedente, siendo generosos, el plebiscito que organizó la Unión Patriótica, el partido único de la Dictadura, entre los días 11 y 13 de septiembre de 1926. Como señala González Calleja, la convocatoria pretendía que la sociedad expresara su opinión sobre la conveniencia de crear una Asamblea que coadyuvara a la gobernación del Estado. Aunque fue publicitado con el nombre de plebiscito, no fue un referéndum sino una recogida de firmas. Participaron hombres y mujeres mayores de 18 años.

En este contexto se ve que España, si bien no fuimos los más rápidos en reconocer este derecho, en algunos aspectos estuvimos entre los primeros. Además, fuimos el primer país de habla hispana en obtener el reconocimiento.

DEBATE DE 1931

La discusión sobre la conveniencia de reconocer el derecho al voto a todas las mujeres se extendió de las Cortes a la sociedad y viceversa. Veremos ambos aspectos.

Los debates sobre esta cuestión tuvieron lugar el 30 de septiembre y el 1 de octubre de 1931 en el contexto deliberativo sobre el contenido de la constitución de 1931. En ellos observaremos que, en el maremágnum de los partidos políticos de la Segunda república, fueron el Partido Republicano Radical y los partidos de la derecha los favorables al voto femenino y, por el contrario, los partidos de izquierdas los que se negaban al reconocimiento, con algunas escisiones internas como fue el caso del PSOE en el que unos votaron a favor y otros en contra.

Más curioso aún es ver las posiciones de las tres únicas diputadas en Cortes: Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista, que formaba parte del gobierno en el primer bienio de la II República y en el que detentaba la Dirección General de Prisiones, Margarita Nelken, diputada en los tres bienios de la República por el PSOE, y Clara Campoamor, miembro del Partido Republicano Radical situado en el centro del espectro político del momento. La última fue la que defendió el proyecto, mientras que las otras dos se opusieron.

En la sesión del día 30 de septiembre se oyeron los primeros discursos. Alguno de ellos de contenido delirante.

Así el diputado Hilario Ayuso defendió una enmienda en la que proponía que la edad mínima para ejercer el derecho a voto en los varones fuera a los veintitrés años y en las mujeres, a los cuarenta y cinco.

En representación de la Federación Republicana Gallega, Roberto Novoa Santos, catedrático de patología de la Universidad de Madrid, afirmó que la mujer no se caracteriza por la reflexión y el espíritu crítico sino por la emoción y todo lo que tiene que ver con los sentimientos. Basándose en el psicoanálisis sostenía que el histerismo es consustancial a la psicología femenina. Supongo que el diputado no sabía que Freud fue un gran misógino. Pero también recurrió a uno de los grandes argumentos en contra de la concesión del derecho al voto a la mujer: el miedo a que la misma fuera dominada, por su religiosidad, por el clero y su voto, en consecuencia, se inclinara a la derecha.

Esa era la verdadera y primera razón que subyacía en la negativa de la izquierda a aprobar el ejercicio del derecho al voto femenino.

No sólo el debate parlamentario abusó de este argumento, sino que en la prensa se inició un debate apasionante entre los favorables a estas tesis y los contrarios a las mismas:

Matilde Huici, señalaba en el diario “El Sol” que “(…) entre ellos y las mujeres de sus familias y las de sus electores se interpone otro hombre- el cura- por el cual ellos se confiesan vencidos”

Por el contrario, en el mismo diario, Gregorio Marañón, señalaba que se “exagera mucho la influencia del confesor”.

En este sentido y también en “El Sol”, Miguel de Unamuno se mofa de estas especulaciones. Señala que, los que se oponen a autorizar el voto de las mujeres desconocen lo que son las mujeres y lo que es el clero español. Critica a Freud y a los que tildan de histéricas a las féminas. Asimismo, aprovecha la ocasión para poner de manifiesto el cinismo de los que han realizado determinadas reformas sociales, en las que no temen al clero, pues esperan ser ellos- los autores de las reformas- los que moldeen la voluntad femenina. Pongo a continuación el enlace al texto de Unamuno porque no tiene desperdicio.

http://www.filosofia.org/hem/dep/sol/9311004a.htm

Margarita Nelken proclamó: “Poner el voto en manos de las mujeres es hoy, en España, realizar uno de los mayores anhelos del elemento reaccionario”.

El gran enfrentamiento verbal se produjo el 1 de octubre en las Cortes en el que participaron activamente Clara Campoamor y Victoria Kent.

Kent sostenía que la mujer carecía en aquel momento de suficiente preparación social y política y que, debido a la influencia de la iglesia, su voto sería conservador y perjudicaría a la República. Lo que ya en sí mismo muestra dos cosas: una mujer que veía a sus iguales como menores de edad, manipulables por todos y un sentido sectario de la República, en la que la derecha estaba considera una enemiga de la misma. Así acabó la República como acabó.

Entre otras, sus palabras en aquel debate fueron:

«(…) cuando transcurran unos años y vea la mujer los frutos de la República y recoja la mujer en la educación y en la vida de sus hijos los frutos de la República, entonces, Sres. Diputados, la mujer será la más ferviente, la más ardiente defensora de la República (…) Si las mujeres españolas fueran todas obreras, si las mujeres españolas hubiesen atravesado ya un periodo universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino. Pero en estas horas yo me levanto justamente para decir lo contrario y decirlo con toda la valentía de mi espíritu”

Clara Campoamor, en su discurso contestó tanto a los participantes en la sesión del día 30 de septiembre como a Victoria Kent

 A los primeros, les dijo, en clara alusión a la contradicción existente en aquella República que reconocía la igualdad de derecho entre sexos y negaba el derecho al sufragio femenino:

“No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre”

Y añade:

“Y desde el punto de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga acerca del analfabetismo en España.

Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado (…), el de la mujer analfabeta ha disminuido (…). Esto quiere decir simplemente que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. (…).  No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la entrada en la obtención de este derecho.”

Y para los médicos:

“No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer. A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros.”

A Victoria Kent le contesta, entre otras cosas:

“¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?

Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano”

Finalmente, en su discurso defendió que por encima de los intereses del Estado estaba el principio de igualdad y las mujeres debían conseguir el derecho a voto en ese mismo momento, sin aplazamiento alguno. Señaló que: «su defensa del voto de las mujeres estaba basada en principios y no en consecuencias«.

Puede leerse aquí integro el discurso de Clara Campoamor:

http://pages.uv.es/formargenero/cas/otros_recursos/clara_campoamor.pdf

Otros diputados apoyaron las posiciones de Clara Campoamor en aquel debate. El resultado de la votación fue de 161 votos a favor y 121 en contra.

Al día siguiente, en la prensa, se vivieron posiciones a favor, especialmente destacado fue el periódico El Sol, pero muchas en contra. Así, el diario “Ahora” publicó que [la aprobación del voto femenino] “nos lanza a una aventura, cuyas consecuencias son difíciles de prever. Añadir a las muchas incógnitas que ofrece el porvenir una nueva, no nos parece razonable

El periódico “La voz” veía muchos peligros en los aprobado: “es posible que la trascendental votación de anoche tenga consecuencias graves en otro orden nacional

El “Socialista” promovía, por su parte, una solución “labor de voto” lo llamaba. “No hay que pensar que la mujer… si nosotros sabemos prepararla, no votará influida por los curas y frailes”. Es evidente que todos concebían a la mujer como una marioneta fácil de manejar.

En ABC, Wenceslao Fernández Flórez, en favor del derecho, señaló: “para orgullo de la superioridad masculina, estamos seguros de que ellas nunca podrán superar nuestros absurdos”.

No contenta con el resultado, Victoria Kent, intento que se aplazara el sufragio femenino, presentando dos meses después una disposición transitoria que pedía que las mujeres no depositar su papeleta en unas elecciones generales hasta haberlo hecho dos veces en unas municipales. La propuesta de Kent fue rechazada, por 127 votos a favor y 131 votos en contra. Entre los que apoyaban a Kent en esta propuesta se encontraban muchos de los que se habían manifestado a favor no sólo en las Cortes sino también en la prensa: Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o Ramón Pérez de Ayala.

La consecuencia jurídica de aquel debate se vio reflejado en el artículo 36 de la carta magna, aprobado, como toda la Constitución, el 9 de diciembre de 1931.

 “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinan las leyes”.

A Clara Campoamor aquella defensa generosa en favor de la mujer, le trajo no pocos sinsabores. No fue reelegida en las elecciones de 1933 y fue acusada de la derrota de la Izquierda. Tuvo que dimitir como “Directora General de Beneficencia” y tras dejar el partido radical no fue aceptada ni en Izquierda republicana ni en el frente popular en 1936. Dejó la política y vivió exilada desde entonces, primero en Argentina, luego en Suiza donde murió en 1972.

La idea de que las elecciones de 1933 estuvieron influidas por el voto femenino, fue una constante en la época. La idea masculina de que ellos podían mediatizar la voluntad de la mujer, también. Esas constantes llegaron incluso a la prensa ante las elecciones de 1936.

Traigo al caso dos documentos de signo contrario. De un lado el “ABC” de Sevilla del 3 de febrero de 1936 y de otro el “Socialista” de 12 de enero de 1936.

ABC: “La mujer asturiana en la contienda electoral”

(Para entender toda su dimensión hay que recordar la dureza de la revolución del 34 en Asturias)

“El espectáculo no es nuevo, ya nos lo brindó la mujer asturiana en 1933. Pero ahora se renueva con una fuerza avasalladora (…) llena de nobleza y generosidad.

Eso no nos sorprende, la mujer menos culta, la de educación más rudimentaria, posee una sensibilidad muy fina y una delicadeza tan arraigada en las intimidades de su ser, que instintivamente se rebela contra todo aquello que amenaza destruir sus afectos más puros (…) siendo el hogar y el amor de la familia, con el sentimiento religioso, sobre el que ellos se fundan (…) lo que más (…) influye en sus decisiones (…).

¿Cómo esa mujer…iba a cruzarse de brazos en presencia de peligro tan cierto y de unas amenazas tan atroces como las que representan esas gentes sin conciencia y sin ley, para las cuales no hay ni puede haber otra norma en la vida que la que se traduce en un materialismo ciego, intransigente y feroz? (…)

España se librará por ellas de sus enemigos y volverá de nuevo a encontrarse, alcanzando la plenitud de la gloria (…)”

EL SOCIALISTA.

“Harán imposibles por arrancarte el voto, mujer si no te enredan con el rezo o en las fantasmagorías del lujo, intentarán que te separe de nosotros el temor (…)

Obrera o artesana, mujer de funcionario o miembro de la llamada clase media, a tus intereses morales y materiales sólo les cuadra nuestra verdad socialista.

¡Tus hijos! (…) ¿No has pensado mujer que ellos nos pertenecen? Crecerán al amor de las ideas de su tiempo, de las nuestras. Serán socialistas. Y puede suceder, ¡oh, pobre madre! Que por votar tú a Gil Robles o a Calvo Sotelo, o a sus curas, generales y banqueros, contribuyas a la designación de los tribunales que arranquen a tus hijos y los envíen al presidio o ante el piquete nada más que por eso: por ser pobres, jóvenes y socialistas. Esta invocación ha de estremecerte. En nombre de tu amor vigilante, te pedimos el voto”

Que cada lector decida quién quería manipular más, quién amenazaba más, quién atemorizaba más.

Sin embargo, todos aquellos miedos y manipulaciones, como señala Tuñón de Lara, no respondían a la realidad de los hechos. Por más que fuera una idea extendida, la victoria de las derechas en 1933 no obedeció a la concesión del voto a la mujer. La izquierda perdió las elecciones de 1933 por concurrir separada y, parece más que demostrado que el voto femenino se vio más influenciado por las posiciones de sus propias familias, por no romper la paz familiar, que, por la Iglesia, por los periódicos o políticos.

Bibliografía

Tuñón de Lara- 2ª República.

Los periódicos de la época se han extraído de la Hemeroteca Nacional o de Internet.

Carlos I de 1517 a 1522 (y 7)

  1. VALORACIÓN FINAL

Que los puristas no se enfaden si digo que escribir esta valoración final sobre lo que fue y significó el imperio de Carlos I me ha recordado el título de una película de Almodóvar. Podríamos decir que la obra de Carlos I se fraguó entre dolor y gloria o entre el éxito y la frustración.

El destino hizo de Carlos el más poderoso señor del mundo ya en 1517. Pero aquel Imperio heredado y posteriormente ampliado requería una argamasa, ser aglutinado alrededor de un único gobierno, de manera que la diversidad del mismo se tornara en homogeneidad. No podemos decir que lo lograra del todo, pero al menos, tuvo la inteligencia de buscar armonía en torno a la corona.

En esa búsqueda de una identidad única, el imperio pasó por diversas etapas:

Una primera fase de inspiración borgoñona, pretendió el imperio universal. Fue una etapa idealista y con un sentido de reforma humanista. La realidad de los hechos impone un segundo periodo (1529 a 1544) de nuevo resurge la idea de un imperio Sacro Romano- Germánico. Un último tramo (hasta 1556), consecuente con todo lo anterior, se llena de problemas en Alemania y busca la hegemonía territorial y militar de Europa, unidad más por la espada que por la Fe.

En la primera de esas etapas, la que ha correspondido a estos hilos, Carlos respondía a la idea de príncipe borgoñón, como señala Maravall. En atención a la educación recibida de sus abuelos paternos su imagen de gobierno era completamente feudal. Sus aspiraciones se fundamentaban más en los ideales caballerescos medievales, en la figura de su antepasado Carlos “el temerario”, que en una visión más cercana a su tiempo. Sin embargo, esta idea fue desapareciendo poco a poco por imposición de la realidad renacentista en que le tocó vivir. Esa realidad se impuso de manera abrupta tras el levantamiento luterano y la guerra contra Francia. Su neo concepto de Sacro Imperio Romano Germánico no pudo ejecutarse ni por la unión de la cristiandad -paz cristina, su verdadero ideal de imperio, el ecuménico- ni por la creación de una unión política europea -los príncipes alemanes no se lo permitieron-. Fue precisamente este enfrentamiento con los hechos el que hizo evolucionar a Carlos I, creándole una gran tensión interior entre la practicidad y los esquemas ético- políticos arcaizantes recibidos desde su infancia. Por eso, su gloria imperial se torna en dolor y fracaso frente a su ideal. Pero esa lucha entre gloria y fracaso que se da en el cómputo global de su reinado, en los primeros años, yo diría que hasta 1518, está más cerca de la estupefacción que del esplendor.

Su asesor cuando llega a España, Chièvres, un francófilo recalcitrante, que está detrás de la humillante posición española frente a Francia en 1516, casi logra malgastar la herencia política de sus dos abuelos. Nunca los borgoñones hubieran pagado un tributo a Francia como si España fuera un súbdito más del Rey de Francia. Nunca Fernando el católico, hubiera aceptado las cláusulas del tratado de Noyon que daban al traste con su obra en Nápoles y Navarra. Nunca antes tuvimos un Rey de España que no hablara español y cuya Corte se expresara bajo la lengua y costumbres francesas y flamencas; esas maneras extranjerizantes que levantaron a los pueblos de España.

Pero Carlos evoluciona, por la influencia de Gattinara, y por las aportaciones de los humanistas españoles y flamencos. Su idea de imperio avanza hacia posiciones más acordes con el Renacimiento, aunque nunca en su totalidad. Los hechos le llevan, en 1522, a volver a España. Vuelve un rey más hispanizado, pero nunca del todo español. Su reino se ubica en Castilla y con ello intenta castellanizar España, pero a costa de sangrar las posibilidades económicas, de avance técnico y político de Castilla. Se centra en castilla porque la liberalidad de sus estatutos le permitiría acaparar poder sin los límites que las Cortes de otras zonas de la corona española le imponían, lo que le acercaba a su idea absolutista-medieval. Además, por Castilla llegaban los tesoros americanos que fortalecían las finanzas imperiales. Nadie apoyó más las guerras europeas, o contra el turco; nadie le acompañó más en su ideal ecuménico que Castilla y los castellanos. Castilla fue su base para la expansión universal, pero no como nación sino como fundamento de su dinastía, que es lo que da homogeneidad a su imperio en cualquiera de sus fases.  En este sentido imperial, Carlos es heredero de la idea imperial nacida en las comunidades astures frente al empuje islámico. Castilla es la prolongación de lo que fue Oviedo. Cuando Alfonso II fija en Oviedo su acción imperialista, marca el inicio de un proceso que llega a su consumación en 1492, con la conquista de Granada, a su superación, por la conquista de América y por la vuelta al Mundo de Elcano. Pero Castilla acabó siendo su territorio más preciado, el que dejó en manos de su mujer, Isabel de Portugal, durante sus ausencias. Castilla e Isabel son la base de su hispanización, son el fundamento de su vuelta a la unidad peninsular con la idea de anexión de Portugal, que siempre fue española a los ojos castellanos y que su hijo reunificó. Carlos representa la consolidación de aquel imperio nacido de la resistencia frente a los mahometanos y consigue rebasar la acción nacional para que la Historia pueda otorgar a España el valor histórico que sólo han alcanzado otras escogidas sociedades: Grecia, Roma, Gran Bretaña, Francia, Rusia o Estados Unidos.

Aunque no legó su Imperio en su máxima extensión, dejó las bases de lo que luego alcanzó su hijo. En un primer momento pensó en que un imperio cristiano debía legarlo, en su totalidad, a su hijo Felipe, la Historia (el retraso del Concilio, la alianza francesa con los protestantes, una Alemania que jamás fue de Carlos sino de los príncipes alemanes…) hizo que Carlos renunciara a sus ideales – de nuevo el dolor-. Así, desde 1548 habrá realmente dos imperios que se plasman en aquel testamento: uno alemán que queda en manos de su hermano Fernando y otro español, que engloba los territorios hispanos de un lado y otro del Atlántico, los flamencos y los italianos, que será para su hijo Felipe.

En la gloria tras el dolor de no alcanzar lo deseado, hay que destacar la existencia de una corriente de pensamiento humanista cristiana y erasmistas que coincide en su visión europeísta e internacionalista, con el hombre como elemento central, ya más renacentista que medieval, y a la que nos referiremos en hilos siguiente tanto al hablar del europeísmo como de la “Escuela de Salamanca”.

El dolor y la enfermedad trasladaron al Emperador a Yuste dos años antes de su fallecimiento. Su legado no fue el que él quiso lograr, sin embargo, alcanzó las más altas cotas de poder de su tiempo y una de las mayores de todos los tiempos. Puede que el Emperador lo viviera, en parte, como un fracaso, pero su legado es la muestra de un gran éxito.

Como consecuencia de la política de Carlos, especialmente por la derrota de sus ideas universalistas, se impuso en su hijo, Felipe II, como señala Vicens Vives, un cambio rotundo en la actitud internacional, en su política y métodos. Era preciso retomar la unidad católica y defenderla frente a las acometidas protestantes y turcas; a este supremo objetivo estaban encaminadas todas sus acciones en una lucha sin la tolerancia de su padre, en los ataques contra cualquier foco protestante o turco y en una concepción de conservar centralizadas y bajo férreo poder las posesiones heredadas. Logrando, no sin brotes de resistencia de una virulencia inusitada, el Imperio más importante de nuestra Historia y uno de los más destacados de la Historia Universal. Pero esa ya es otra historia.

BIBLIOGRAFÍA:

Aguado Bleye. “ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.

Elliot. “La España Imperial: 1469-1716)” Ed, Vicens-Vives. 2006.

Vicens Vives:” Historia social y económica de España y América”. Ed. Vicens-Vives. 1988.

Ramón Carande. “ Carlos V y sus banqueros”Ed. Crítica 1987.

Ubieto, Reglá, Jover y Seco. “Introducción a la Historia de España. Ed. Teide 1970.

José Antonio Maravall. “ Carlos V y el Pensameinto político del renacimiento”. Ed. B.O.E 1960.

Rogelio Perez- Bustamante. Historia del Derecho Español. ED Dykinson 1994.

Pedro Insua. “1492. España contra sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018.