ROJIGUALDA.

No es extraño que las comunidades, incluso las más primitivas, tengan algún símbolo que las identifique frente a otros grupos. En España uno de los primeros símbolos, si no el primero, fue el penacho de color rojo que llevaban los íberos en sus cascos de bronce. También fue roja la escarapela de los gorros militares españoles hasta su sustitución por la bicolor a mediados del siglo XIX. No por casualidad el color rojo se convirtió en el color nacional por excelencia.

Con los Reyes Católicos las banderas del nuevo Estado unen en sus escudos las armas de Aragón y Castilla. En términos descriptivos no heráldicos: Castillos con tres almenas sobre fondos rojos, la almena del medio de mayor altura, leones rampantes sobre fondo blanco de los castellanos y barras rojas y amarillas del mismo tamaño en posición vertical o partidas con flancos blancos sobre los que se asienta un águila negra, que hacía referencia al reino de las Dos Sicilias. (En términos heráldicos: cuartelado en el que se alternaban las armas de Castilla (de gules, y un castillo de oro almenado de tres almenas, con tres homenajes, siendo el de en medio mayor. Además, cada homenaje tiene también tres almenas. Mamposteado de sable y aclarado de azur) y León (de plata y un león de púrpura, coronado de oro, lenguado y armado de gules), con las de Aragón (de oro y cuatro palos de gules) y las Dos Sicilias (partido y flanqueado, jefe y puntas de oro y cuatro palos de gules, flancos de plata y un águila de sable, coronada de oro, picada y membrada de gules[1]). Posteriormente, tras la conquista de Granada en 1492 se añadió el emblema de este reino, una granada (de plata y una granada al natural, rajada de gules, tallada y hojada de dos hojas de sinople)[2].

Ese ajedrezado en forma de cuadrícula con la corona encima y todo ello sujeto por el Águila de San Juan, con el yugo y las fechas en los laterales inferiores, símbolos de la unión y la fuerza, y, a los pies, el lema “tanto monta, monta tanto”, fue el primero de los escudos de España elegido Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla como armas comunes en 1475.

https://www.pinterest.es/pin/602778731353899342/

Con Juana I se unió al escudo la cruz de San Andrés o aspa de Borgoña, que, si bien procedía de la presencia de Felipe, el hermoso, es decir, tenía origen extranjero, no era extraña a los españoles pues había sido utilizada por algunas milicias del norte de España. La cruz de San Andrés se convertiría, más tarde, en el símbolo hispano muy destacado, pasando a tomar carácter secundario el color del paño donde se bordara. Esta cruz alcanzó carácter tan español porque las tropas hispanas lo llevaban bordado en sus ropas, a modo de distinción en la batalla, ya que entonces no existían uniformes y los soldados vestían de civil y sólo el símbolo de cada país los identificaba.

Con Carlos I, las tropas, aún sin uniforme, seguían identificándose con la cruz de san Andrés, que también se llevaba a modo de bandera a la que se unía otra, símbolo de los Austrias. Esta era de seda amarilla con el Escudo Imperial bordado.

Carlos I transforma el escudo de los reyes católicos para incorporar a él sus armas, con lo que se unen los símbolos tradiciones de los reinos españoles a los de la casa de Austria, de borgoña, Brabante, Flandes y el Tirol (que se manifiesta esencialmente en el águila bicéfala que sirve de soporte). Cambia la corona real por imperial, que se coloca encima del águila y se añaden las columnas de Hércules con la leyenda «Plus Ultra«, en representación del Imperio ultramarino. Finalmente, rodea el escudo el collar del Toisón de Oro, en conmemoración de que Carlos I era soberano de dicha Orden.

El escudo resultaba ciertamente abigarrado:  https://www.pinterest.es/pin/292593307033557517/

Los sucesores de Carlos I descargan el escudo de ornamentos externos, sustituyen la corona imperial por la real y mantienen el Toisón, que a partir de entonces permanecerá en todos los escudos reales.

En 1580, Felipe II de España se proclama rey de Portugal e incorpora las armas del nuevo reino al escudo, que se mantienen hasta que reconoce la independencia portuguesa en 1668.  Se puede ver en el enlace este escudo, donde la representación de Portugal se produce por un pequeño escudete de plata (blanco) y cinco escudetes en azur (azul), puestos en cruz con cinco dineros en plata (blancos) puestos en sotuer (aspa o cruz), bordura de gules (borde de color rojo vivo) con siete castillos de oro. Situado en la parte superior del escudo.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_de_Felipe_II.svg

La llegada de los Borbones, con Felipe V, en el siglo XVIII determina un cambio de filosofía en los símbolos y aunque aún no hay una bandera propia, si se atisban los orígenes de la misma.

En primer lugar, Felipe V dará un símbolo unificado y propio a España. Antes, los símbolos, como hemos visto, procedían del escudo real. Felipe V establece una tela blanca con el aspa de borgoña (Cruz de San Andrés) y el escudo, muy parecido a los anteriores, añadiendo la flor de lis de los Borbones.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_de_Felipe_V_de_Espa%C3%B1a_Tois%C3%B3n_y_Espiritu_Santo_Leones_de_gules.svg

La actual bandera de España, nació bajo el reinado de Carlos III

La historia de nuestra bandera surge por la necesidad de distinguir a los barcos de la flota española. Hasta ese momento, los barcos iban con el distintivo real, el cual, en el caso de los borbones y como hemos señalado antes, se establecía sobre un fondo blanco y el escudo de la corona en medio. El mismo fondo blanco que tenía media Europa como color principal en sus banderas: Francia, Gran Bretaña, Sicilia, Toscana y otras naciones, lo que dificultaba distinguir al enemigo en los enfrentamientos navales.

Para solucionar el problema, Carlos III mandó a su ministro de Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, que elaborase una nueva bandera destinada únicamente para uso naval. Valdés convocó entonces un concurso y escogió los mejores bocetos, que presentó al Rey para que tomase la decisión final. Carlos III eligió aquellos que permitieran la visibilidad a gran distancia.

El rey eligió dos modelos diferenciados por el tamaño de las franjas para distinguir a la Marina de Guerra y la Mercante, pero en ambos casos los colores elegidos eran el rojo de la Corona de Castilla y las franjas rojigualdas de la corona de Aragón, pero con la peculiaridad de que se constituyeran en horizontal con la banda amarilla en medio y de doble tamaño que las dos laterales de color rojo y el escudo se situaba en la franja amarilla en su lado izquierdo. El escudo consistía en un óvalo dividido verticalmente en dos mitades en la de la izquierda figuraba sobre fondo rojo el castillo tradicional del escudo desde los Reyes Católicos y, a la derecha, sobre fondo blanco, un león rampante. Todo el conjunto se remataba con la corona real.

https://www.arenaldesevilla.com/banderas-de-espana/bandera-espana-1785-carlos-iii-129-.html

Desde el 28 de mayo de 1785 se usó esta bandera, aunque aún no tuviera la consideración formal de bandera nacional

Durante el reinado de Carlos IV, el uso de la bandera se va extendiendo alcanzando su cenit durante la Guerra de la Independencia. Será durante el reinado de Isabel II cuando la bandera llegará al Ejército de Tierra con el Real Decreto del 13 de octubre de 1843, y la consideración de bandera nacional.

La bandera no cambió sustancialmente ni en el reinado de Amadeo I de Saboya ni en la Primera República. Lo que se modificaron fueron los escudos.

Este era el escudo de la I República:

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_del_Gobierno_Provisional_y_la_Primera_Rep%C3%BAblica_Espa%C3%B1ola.svg

La Segunda República ejecutó la idea de poner una banda morada en la línea inferior, que se había barajado y finalmente desechado durante la I República. También se cambió el himno nacional.

El decreto del bando nacional de 29 de agosto de 1936 señala: “Se restablece la bandera bicolor, roja y gualda, como bandera de España”. Tras la victoria de los nacionales en 1939 se impuso definitivamente la insignia bicolor acompañada del águila de San Juan.

Ya en democracia, el Rey Juan Carlos I sancionó el Real Decreto 1511/1977, que regulaba banderas y estandartes, guiones, insignias y distintivos. La Constitución Española, artículo 4.1, constitucionaliza que “la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas”. También hay que destacar en esta normativa la  “Ley 39/1981, de 28 de octubre, por la que se regula el uso de la bandera de España y el de otras banderas y enseñas”. A ella se une el escudo actual que es casi igual al de la II República, excepto que en vez de coronar el escudo un castillo lo hace una corona, y que se le añadió el emblema de los borbones – un escudete enmarcado con tres flores de lis situado en medio de cuartelado -.

 

BIBLIOGRAFÍA

https://www.heraldicahispanica.com/escudo-de-espana/evolucion-del-escudo-de-espana/

GÓMEZ HERRERA, Rafael Luis. “Compendio de las banderas de España”. Ed Sociedad española de Vexilología.

Diferentes leyes.

[1] https://www.heraldicahispanica.com/escudo-de-espana/evolucion-del-escudo-de-espana/

[2] Op. Cit.

¿POR QUÉ DEBEMOS ESTUDIAR HISTORIA?

Mucho se ha hablado en estos días de la modificación del currículo escolar español que afecta a diversas asignaturas, entre otras de manera muy importante a la Filosofía y a la Historia.

De nuevo traigo a colación a mi querido profesor Ferrero y su “dádmelo morto”, para diferenciar la historia del periodismo. Efectivamente, este es un blog de Historia y de análisis histórico y por eso trataremos el tema desde la Historia. Ya hemos tenido entradas sobre el valor de la historia explicando el método científico de análisis histórico y la Ley de memoria histórica, que a partir de ahora se llamará democrática (se ve que hacernos olvidar- una parte de nuestro pasado- es más democrático que recordar; y establecer un sistema de fuentes científico es peor que la subjetividad de los recuerdos de cada cual).

A la hora de abordar el tema de hoy no quiero incidir en la causa final, citando a Aristóteles, es decir, en el objetivo último de este cambio. Simplemente me centraré en las consecuencias que para el conocimiento tendrá el mismo.

Desde un punto de vista formal y material, que no teleológico, dos son los cambios más destacados en el currículo escolar en lo referente a la asignatura de historia: 1) no se debe estudiar de manera cronológica y 2) sólo se estudiará la Historia de España de 1812 en adelante.

La barbaridad es enorme. Para explicar mi posición voy a tomar diversos ejemplos, se podrían poner otros miles, pero, para comprender qué pasa cuando sólo se estudia, y no completa, la edad contemporánea, más la española que la universal, voy a poner ejemplos de absoluta actualidad.

Todos leemos estos días noticias sobre la invasión de Ucrania y nos planteamos conocer algunos antecedentes, bien sean de la Segunda Guerra Mundial, bien posteriores, como la invasión de Hungría el 1956, o la primera guerra de Crimea en 1853, que trajimos aquí a colación. Pero el conocedor de Historia sabe que, en el ámbito de las relaciones internacionales, los países tienen unas constantes en su actuación que no se difuminan con el tiempo. Así, el expansionismo territorial o la búsqueda de salidas a mares de aguas cálidas son algunas de las constantes rusas más destacadas y que ya se daban, por ejemplo, en Pedro I el Grande, Catalina II la Grande, Nicolás I, en Alejandro III o Stalin, estos hechos tienen una correlación histórica, si no se conoce las obras de cada uno de ellos, no se entiende la de sus sucesores. Una cosa es que puedan tener otros modos de enlace o estudio, pero los hechos influyen unos en otros y no se entienden los segundos sin acceder previamente a los primeros. Si Putin busca recuperar el imperio ruso de la URSS o el de los zares, hay que analizar qué pasó antes de ahora y por qué.

La primera guerra de Crimea trajo a España una subida de precios y de impuestos que generaron gran malestar. Hay acontecimientos que se parecen como dos gotas de agua y la situación de subida de precios actual no originada sólo en la guerra de Ucrania, pero sí influida de manera importante por ella, puede entenderse mejor si vemos los levantamientos contra los impuestos en el bienio liberal español por culpa de aquella guerra en Crimea de 1853-56 y, si bien, siguiendo los razonamientos de Heráclito, «ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos»,  no podemos negar similitudes fundamentales que conviene tener presentes para, como bien señalaba Napoleón en sus acotaciones al “Príncipe” de Maquiavelo, “hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores”.

¿Cómo entender la historia de las relaciones internacionales sin asentarse en los principios básicos del derecho internacional reflejado en los tratados internacionales o en las instituciones internacionales? Y ¿cómo acercarse a ellos sin asimilar los orígenes del Derecho de Gentes,  “jus Inter Omnes gentes”,  en la Escuela de Salamanca Española, en los postulados del Padre Vitoria  y con ella en la presencia española en América y el humanitario trato dispensado a los indios, o en la teoría de los justos títulos, todo desarrollado bajo el mandato directo de la Monarquía española, tanto por de los Reyes Católicos como por Carlos I? En un simple párrafo hemos demostrado el enlace entre acontecimientos presentes que tienen su raigambre en nuestra Historia más gloriosa: la de la llegada a América, su evangelización, culturización y la presencia mayúscula de los Reyes Católicos y nuestro emperador, nuestra influencia en el devenir jurídico del mundo… y que en nuestro programa escolar dejarán de estudiarse. Nuestros futuros bachilleres, si no hacen un esfuerzo por sí mismos, no sólo no sabrán Historia, es que no entenderán el periódico, las noticias diarias.

Si no se conoce la Historia de la antigüedad se desconocerá la versión de Trucídides sobre la guerra del Peloponeso (431-404 a de c.) se ignorarán las consecuencias de la tensión creada entre una potencia emergente (Atenas) frente a una potencia en declive (Esparta) y como el temor a ser relevado del mando puede desembocar en una guerra. Con este antecedente se entiende mejor las tensiones actuales entre China y USA tanto por Taiwán y el dominio del Pacífico como sus posiciones frente a Rusia en la invasión de Ucrania.

Tampoco podríamos explicar los imperios orientales de China o de Japón sin la llegada a aquellos mares de los portugueses y españoles en el siglo XVI. Tampoco, sin entender la habilidad de Felipe II para no enfrentarse a Portugal innecesariamente y así acabar dominando enclaves esenciales en el Pacífico. No estudiar al gran Felipe II es no poder realizar interacciones entre la Historia de España, y la de América, África y el Pacífico. Y no comprenderíamos el alcance de esas interacciones si desconocemos la importancia de la “Unión Ibérica” lograda por Felipe II en 1581 que trae causa de los acuerdos, en este caso matrimoniales, firmados en el Tratado de las Alcazobas por los Reyes Católicos y el Rey de Portugal el 6 de marzo de 1480.

Cómo explicar nuestros problemas actuales con Marruecos sin contar que el norte de África fue territorio romano después de cartaginés, olvidando la importancia del Califato Omeya con su gran capital, Córdoba, en el siglo VIII. Cómo explicar la caída de ese Califato y la sumisión de aquel territorio norteafricano en un lugar sin dueño a manos de tribus bereberes y beduinas nómadas que estaban de paso, sin estudiar la Reconquista. Cómo explicar la españolidad de las Canarias, Ceuta y Melilla sin saber que fue aquel Tratado de Alcazobas y su especificación posterior en el de Tordesillas, de 7 de junio de 1494, con el reparto de los mares y las tierras en virtud de los paralelos terrestres,  el que determinó la distribución de la costa africana entre España y Portugal; el que permitió el asentamiento español en Melilla en el siglo XV (1497),  en el Peñón de Belez, en Orán y en otros muchos territorios y, además,  preservó nuestra presencia en Ceuta que ya era española en 1415.

Y, en directa conexión con lo anterior, si sólo se estudia la Historia de España desde 1812 y no se atiende con cierto detenimiento a la historia Universal cómo describir los resultados de la Conferencia de Berlín en 1885, los procesos de colonización y descolonización, los enfrentamientos internos en Alemania entre los posicionamientos de Bismark y las del Káiser Guillermo II con respecto a la colonización de África, los acuerdos franco-alemanes por aquellos territorios, las consecuencias que aquello tuvo para nuestra ubicación en Marruecos,  la correlación de fuerzas entre la presencia francesa y la española en el norte de África,  nuestro protectorado en Marruecos y en el Sahara, la perdida de aquellos lugares… y sin referenciar las consecuencias de la I Guerra Mundial, por ejemplo, con la disposición de las colonias africanas en fideicomiso, no se profundizará en la presencia española en sus territorios norteafricanos ni en Guinea a pesar de la neutralidad de nuestro país en las guerras mundiales ni por supuesto otros muchos acontecimientos que quizá no tienen tanta relación con España pero sí con la organización geoestratégica posterior, como el desarrollo militar de la II Guerra Mundial, en especial, con la Guerra del desierto.

España no ha estado aislada del mundo, al contrario, ha sido una pieza esencial en la configuración geopolítica actual del Orbe, no pueden nuestros bachilleres limitarse al estudio de la edad contemporánea sin percatarse de la importancia de nuestro pasado porque sin él no se entiende España como Nación ni política ni histórica ni cultural. No se puede concebir la defensa de la nación en el levantamiento de 1808, ni la constitucionalización de la soberanía popular en 1812 sin saber de dónde venimos. Los madrileños dieron el primer aldabonazo contra el invasor conscientes de lo que era España, la Junta de Asturias se reunión en defensa de la Nación española y las Cortes de Cádiz definieron nuestro futuro liberal por la conciencia común de lo que habíamos construido todos juntos desde muchos siglos antes.

Pero sin esos precedentes, tampoco se alcanza a ver el porqué de esos acontecimientos que para algunos parecen prevalecer sobre los demás. Hablo de la caótica primera República, de la crisis del 98, de las guerras en Marruecos en los años 20 y con ello de la dictadura de Primo de Rivera y la catastrófica Segunda República que nos lleva a la peor de las crisis nacionales: la Guerra Civil.

Sin el conocimiento de todo eso, no se entiende España. Pero, sin España, no se entiende Europa. Esta Unión europea, hoy más unida que nunca en la adversidad, tiene su esencia en los principios greco-romanos y la tradición judeo-cristiana. Al implantarse el cristianismo en el Imperio romano, apareció una Europa cristiana en su pensamiento, instituciones y cultura, cuyas fuentes se concretaron en la concepción filosófica y jurídica greco-romana y la tradición religiosa judía y el legado cristiano centrado en el Nuevo Testamento y en la figura de Jesús de Nazaret. Atenas da origen al logos griego que determina la racionalidad universal. Crea las ciencias especulativas y positivas y promueve la filosofía, el humanismo, el arte y la arquitectura. Roma simboliza el Derecho, la épica conquistadora y la organización política. El sacro imperio une las ideas de poder y orden jurídico clásico con el religioso, teniendo al Papado como baluarte defensivo de esos valores tradicionales. Las cabezas defensoras de esa idea de cristiandad con todos los valores inherentes a la tradición serán, esencialmente, los Reyes españoles, desde el inicio de la Reconquista, la batalla de las Navas de Tolosa (1212) o la creación del Camino de Santiago, pero, sobre todo, serán Carlos V y Felipe II- fundamental en la victoria de Lepanto (7 de octubre de 1571)- los que permitan que Europa siga siendo cristiana y que los valores humanitarios y de derecho natural que fundamentan nuestra vida y Derecho puedan perdurar. A ellos y por desarrollo de esos principios, se une en el S XVIII la Ilustración y su difusión mediante la Revolución Francesa y las invasiones napoleónicas.  Todos ellos y sus valores trajeron las democracias que hoy tanto cuesta mantener. Por eso, a Zelenski, nuestro admirado presidente ucraniano que tanto hace por la defensa de esos valores que son nuestra vida cabe decirle que él y sus conciudadanos son todo un ejemplo, pero, también, que frente a lo que dijo ante el Parlamento de los Países Bajos, Felipe II no fue un tirano.

El desconocimiento de la Historia no sólo limita el saber de esa materia. Sin ese conocimiento histórico nadie entenderá la literatura ni el arte ni otras ciencias. Así, por ejemplo, sin el Imperio español, no se entenderá del siglo de Oro literario y artístico; sin la perdida de América y la crisis del 98 no se profundizará en la generación del 27…, porque todos los conocimientos están interrelacionados. Si se cercena uno, se cercenan los demás.

Por todo lo que he señalado y por otras muchas cosas que se podían decir, una reforma que se limita a lo contemporáneo, sin antecedentes, sin cronología, generará, más allá de otro tipo de maliciosas o torpes intenciones, más división entre las personas. Porque cualquier alumno español que proceda de una familia con cierta formación o para aquellos que tengan mayor capacidad para pensar y estudiar alcanzarán los conceptos anteriores mediante su propio esfuerzo, que en algunos casos será titánico, y siempre extraescolar, mientras que los más torpes o los que vivan en un ambiente menos propicio a las humanidades se quedarán anclados en un sinsentido, se quedarán sin una explicación convincente envuelta en un presentismo anacrónico y absurdo. Quizá los primeros puedan volver los ojos a Ortega y Gasset y decir de nuevo “no es esto, no es esto”, pero el resto caerá en las fauces de la dominación del poder que Foucault desentrañaba en su “microfísica del poder” cuando afirmaba que cada ser humano no es el representante del Estado, pero, para que manifieste el poder el Estado, es necesario que haya un adulto que muestre su dominación a un niño. Ejercida esas acciones de poder sobre los niños, estos, de adultos, las ejercerán sobre sus hijos y así hasta configurar una sociedad sometida. Antes de llegar a ese punto, señalaba el filósofo francés, tendrán un papel esencial los intelectuales para, en el terreno del saber y de la verdad, ejercer una tarea didáctica que revierta ese poder estatal que manipula y extorsiona. Pero para eso tiene que haber intelectuales y la Ley de educación española quiere acabar con todos ellos.

¿Traidor? Fray Bartolomé de las Casas

A Fray Bartolomé de las Casas se le ha considerado uno de los causantes de la leyenda Negra. Así se manifiesta Julián Marías en “España inteligible” (1985) al considerar a Fray Bartolomé de las Casas y a Antonio Pérez los mayores causantes de esta plaga propagandística en contra de España. Por tal motivo, algunos autores, como Jesús Rojo Pinilla, lo incluyen en la lista de los mayores traidores a España.

Vamos a dar un repaso a su vida, de manera sucinta, siguiendo, sobre todo, los postulados de Menéndez Pidal en su obra “El Padre Las Casas. Su doble personalidad”, a fin de hacernos una idea del personaje del que estamos hablando.

Las Casas nació en Sevilla en 1484, tras estudiar en Salamanca, llegó a las indias en 1502 para hacerse cargo de los negocios de su padre en isla La Española. Guerreó al lado de Diego Velázquez de Cuéllar en la conquista de Cuba, fue encomendero y trabajó su encomienda con indios esclavizados. Repentinamente, sufrió una transformación, se convierte en religioso para más tarde ingresar en la Orden de los Dominicos.

La figura de Fray Bartolomé está llena de contradicciones, quizá porque sólo hay un elemento constante en su vida que dé unidad a toda su actuación: el amor a sí mismo, su afán de protagonismo, su vanagloria personal.

Fray Bartolomé que tuvo una larga vida, más en la época que vivió- murió con 92 años-, tras su ingreso en la vida religiosa, se dedicó a atacar toda encomienda y defender, a su manera, a los indios. Realmente, esa defensa fue más literaria que práctica; es más, cuando puso en práctica sus ideas fracasó estrepitosamente.

En el inicio de su vida religiosa,  empieza a escribir en contra de las encomiendas y contra la conquista, pero su formación no era, por entonces, muy sólida. Para incrementar su instrucción ingresa en los Dominicos (quizá la Orden religiosa que más se aproximaba a sus ideas y la que presentó más quejas ante el Rey por el trato dispensado a los indios, como vimos en la entrada sobre los Justos Títulos). Pasa siete años “desaparecido”, durante los cuales logra hacerse con una gran erudición. Esa vasta cultura adquirida se refleja de manera prolija en sus obras junto con otras de sus características personales: su enorme capacidad de persuasión. El número de sus escritos y libros es abundante, pues siempre demostró una inmensa actividad, llena de energía y tesón hacia la defensa de sus ideas, lo que le granjeó un gran respeto social. Su reaparición tras esos siete años se hizo bien visible con la publicación de su “Historia de los Indios”.

¿Fue Fray Bartolomé un historiador?

No, realmente sus libros son propagandísticos. Hacían publicidad ,sobre todo, de sí mismo, tergiversando toda la realidad a mayor gloria suya y de sus fines.

En sus escritos se muestra rigorista, con gran agresividad en la defensa de sus convicciones, utilizando la hipérbole de manera tan exagerada que alcanza el disparate, incluso Menéndez Pidal lo asemeja, por sus excesos, a los escritos burlescos de Quevedo, y, en ellos, sobrepasa con creces los límites de la difamación. Sus tesis tienen siempre los mismos elementos básicos: la condena de las encomiendas; la condena de la conquista; la condena de los españoles, siempre malvados; la defensa de una supuesta bondad universal de los indios, y dos elementos esenciales: la búsqueda de su influencia en la voluntad y conciencia del Rey de España y la publicitación de su propia bondad, rigor y virtud.

Todas sus letras llevan implícita una vanagloria desorbitada, haciéndose autor de circunstancias, normas y virtudes en las que apenas participó o no participó en absoluto. Escribía con tanta insistencia, rigorismo e inflexibilidad enfermiza, mezclada con dotes persuasivas que lograba ser advertido por ojos poco estudiosos como una persona íntegra, de gran moralidad.  La falsedad del concepto personal que proyectaba el dominico se hace patente en circunstancias como las siguientes: se hizo pasar por entregado misionero cuando jamás supo estar cerca de los indios, como evidenció el Inca Garcilaso de la Vega; jamás aprendió las lenguas vernáculas ni estableció catequesis a los naturales; fomentó el esclavismo negro; sus obras, teóricamente de carácter misional, se dirigían más contra los españoles, que en favor de los indios. Uno de los episodios más cuestionables de su vida es aquel en el que condena a todos los que viven de las riquezas llegadas de las indias, es decir, para él todos los españoles, pero sin reparar que entre los beneficiarios se encuentra él, no sólo por español sino por vivir de la generosa pensión que le pagaba el Rey y que procedía del presupuesto del Consejo de Indias y de las indias. Nunca renunció a una vida cómoda. En este sentido, el gran evangelizador, Motolinía, escandalizado por las cosas que decía y hacia el dominico, cuenta como en todos sus viajes se hacía acompañar de un buen número de indios que transportaban sus enseres, especialmente sus libros y papeles y a los que no pagaba nada. No hacían lo mismo otros españoles que, en condiciones semejantes, pagaban a sus porteadores.

Para completar el análisis brevísimo de su personalidad, debemos recordar que debido a que las cuestiones no se resolvían como él pretendía, lleno de furia, empezó a pregonar supuestas profecías contra España. Parecía emular al profeta Isaías, pero con más vehemencia, desprendía fuego en sus palabras y vaticinios. Y así, ejerciendo de profeta, pronosticó la destrucción de España en 1600. Sus visiones estaban imbuidas de una soberbia enfermiza y plenas de amenazas. Es evidente que no acertó en nada.

Con todo este panorama ,sin embargo, logra aparecer en la conciencia colectiva de algunos de sus coetáneos en América como noble misionero, incluso por encima de misioneros de verdad y de gran talla como Zumárraga o Motolinía.  Hasta que, a un lado y otro del Atlántico, se percataron de su falsedad.

¿Qué pretendía?

Acabar con las encomiendas y terminar con las conquistas (o lo que es lo mismo, expulsar a los españoles), ponderar desorbitadamente la capacidad de los indios para gobernarse a sí mismos y sobre todo y por encima de todo influir en la Corte; ejercer el poder doblegando la conciencia del Emperador. Cómo era evidente que los indios no estaban evangelizados, consintió, como único título de justa presencia española en el Nuevo Mundo la Bula del Papa Alejandro a los Reyes Católicos. Así pues, la única ley que permitía a los españoles estar en las indias era la cristianización de aquellas gentes y para eso no hacía falta armas ni guerras, decía, solo frailes y algún labriego, gentes de campo que enseñaran a los indios a mantener y sacar provecho de sus haciendas. Incluso así, tergiversó la Bula para hacerla acomodar a sus propios intereses, en última instancia, aparecer ante los demás como el guía único de estricta observancia en la gobernación de las indias.

Tres fueron los episodios en los que puso en marcha sus ideas de un modo práctico: Colonización de Cumaná, su obispado en Chiapas y el proyecto de la Vera Paz. Todas resultaron un fracaso y cada una de ellas aumentó su desprestigio ante las autoridades civiles y religiosas de la Península y de América. En Chiapas aplicó a rajatabla lo señalado en sus “confesiones”, siempre en contra de los españoles, pues negaba la confesión, absolución y comunión a todo aquel encomendero que no se desprendiera de los indios y no regalara a éstos todas sus posesiones hasta vivir en la más radical pobreza. Fomentó la delación de aquellos que no cumplieran rigurosamente sus observancias. Logró tal desafección que provocó alteraciones del orden y una pérdida de fe los españoles sin lograr la evangelización de los indios. La aplicación de su ultra rigorismo religioso, destrozó la vida en su sede en Chiapas hasta que acabó desistiendo de su empresa por imposible. Su sucesor tuvo que dar marcha atrás en todo lo pregonado por Las Casas para reconstruir la convivencia. En las otras dos, la realidad de los indios, mostró que su utopía era descabellada. Los indios no eran esos hombres buenos y pacíficos que él creía, no eran los hombres con un desarrollo intelectual a la altura de los antiguos griegos como él ensoñaba. Los indios vivían en la prehistoria, en una incipiente edad de los metales. Eran caníbales y antropófagos, con una crueldad incontrolada y aunque algunas de las tribus eran más pacíficas, otros eran guerreros y muy agresivos. Mataban frailes, niños, secuestraban mujeres y ofrecían a los dioses sacrificios humanos con torturas inenarrables. En estas condiciones, la guerra contra ellos se hacía justa y era la única forma de mantener el orden, la paz , hacer prosperar aquellas tierras y, sobre todo, evangelizar a los indios, como reconocieron los auténticos y entregados misioneros que hubo en abundancia en el Nuevo Mundo.

Fray Bartolomé jamás apreció nada malo en los indios, en contra de toda realidad, justificó su antropofagia y ritos salvajes. Toda la maldad provenía de los españoles. Jamás encontró una virtud en sus compatriotas, al contrario, muestra hacia ellos un aborrecimiento, un odio colérico absolutamente irracional. Tanto empeño puso en este pensamiento polarizado, en esta dicotomía, que cualquier observador reflexivo notaba su distorsión cognitiva. Si bien su propaganda y ese afán de mostrar integridad le dio fama y respeto personal, pero, no le ocurrió lo mismo con su influencia. Sus primeros escritos, destinados a mediatizar la conciencia de un escrupuloso Carlos I casi logran su empeño. Sin embargo, la aprobación de las Leyes Nuevas y su aplicación rigorista, tan al gusto de Las casas, ocasionó tal desastre que tuvieron que ser modificadas al poco tiempo. Lo mismo que la misión en Chiapas o los escritos de los auténticos Misioneros, especialmente Motolinía,  acabaron con su crédito.

Motolinía escribe en 1555 al Rey Carlos I señalando todas las incoherencias, falsedades y demencias de Las Casas. El buen fraile se mostraba escandalizado y sugería a Carlos I que “le encerrase en un convento antes de que hiciera males mayores”. Además, manifiesta al Rey que la guerra contra los indios es justa, que sin conquistadores aquella empresa evangelizadora no puede llevarse a cabo. Motolinía es consciente de algunos abusos de los españoles, pero sabe que superada la primera etapa de la conquista aquellos abusos disminuyeron considerablemente, en cambio, la ferocidad de los indios no disminuiría sin ser evangelizados y para ello, previamente deberían ser pacificados y no había forma de pacificación que no pasara por el concurso de los conquistadores y las encomiendas. Por eso se empeña en intentar acabar con el cargo de conciencia que Las casas había intentado inocular en el Rey. Además, llama la atención del monarca sobre el mal que los escritos de las Casas pueden hacer en la fama de la Nación española, pues lo enemigos de España tomarán sus palabras por ciertas y atacarán a España por aquellas obras suyas. Las palabras de Motolinía son premonitorias.

Carlos V recibía cada vez más muestras de lo inadecuado de los escritos de Las Casas por su falsedad, su exageración sin límites, dónde los datos y asuntos se repetían sin cesar, cambiando el lugar del suceso y agrandando las cifras que daba en cada momento. Por eso, su voz era cada vez menos escuchada. Pero su persona fue tratada con respeto y se le mantuvo la pensión que se le daba, se le nombro asesor del Consejo de Indias, cargo que ejerció residiendo ya en España, pues tras el fiasco de Chiapas y cuando se vislumbraba el desastre de la Vera Paz, volvió a la península a instalarse en la Corte, dónde más le gustaba estar.

Menéndez Pidal no se explica como “un supuesto hombre piadoso, filántropo, virtuoso, emplea la falsedad y la impostura para difamar a todo un pueblo, y lo difama en una de las empresas más importantes de ese pueblo. ¿Cómo puede ser esto?”

Su despropósito se manifiesta con mayor proporción cuando tiene que hablar de asuntos más cotidianos y no relacionados con los indios, entonces su forma de proceder es sensata, equilibrada y natural. Su afán por imponer su visión sobre lo que había que hacer en América era auténticamente enfermiza y tropezaba siempre con la realidad. Sus libros eran libelos de tal naturaleza que tuvieron que ser mandados retirar por el Consejo de Indias, por Felipe II y por el Virrey de Nueva España. Ante los hombres de letras Las Casas estuvo en descrédito después de las Leyes Nuevas. Pero ya con anterioridad, los reyes no se sentían muy conformes con los consejos extremados de Las Casas; las soluciones a los problemas de América los buscaron en los consejos de los estudiosos de la Escuela de Salamanca, especialmente en Vitoria, en un principio, o en sus discípulos, después. En la controversia de Valladolid, en su enfrentamiento con Sepúlveda, las tesis de Las Casas no triunfaron, ni siquiera los dominicos presentes fueron capaces de dar una opinión favorable a su compañero de hábito (ver los hilos sobre La escuela de Salamanca y sobre los Justos Títulos). Su tremendismo y utopías acabaron con su credibilidad. Cierto es que su celo contribuyó a mantener un cierto rigorismo moral, pero, por otra parte, su influjo fue contraproducente, pues enconó de modo terrible y sangriento la lucha entre los intereses espirituales y los temporales de parte de la conquista; Perú, es un buen ejemplo.

Murió muy obscurecido. Fue muy criticado, pero en modo alguno perjudicado. Quizá en cualquier otro país del mundo se le hubiera condenado. El espíritu de libertad de expresión que florecía en el mundo católico frente al protestante, en la corte de los Habsburgo frente a la Enrique VIII u otros monarcas europeos, quizá por el poder de expresión que tenían los clérigos y, con ellos, amplios sectores de la sociedad como los poetas, promovió el buen trato dispensado a Fray Bartolomé de las Casas.

¿Cuáles fueron las consecuencias de su obra?

No fue ni el primero ni el mejor defensor de los indios, pero su obra perduró en manos de los enemigos de España, como bien predijo Motolinía y aunque España se había preocupado por retirar sus libros, estos se reeditaron por parte de las peores manos e intenciones. Sólo el haber caído en manos de los contra-propagandistas de España ha salvado a Las Casas del olvido.

Existe casi un consenso general en la historiografía de que el libro que más daño ha hecho a España, con­si­de­rado clave en la cons­truc­ción de la Leyenda Negra fue la Bre­ví­sima rela­ción de la des­truc­ción de las Indias. Tras su publi­ca­ción en Sevi­lla en 1552 y cir­cu­lar libre­mente por España, fue traducido primeramente al francés en 1578 ( cuando ya se había mandado retirar por las autoridades españolas). Le siguieron, rápi­da­mente tra­du­cciones al holan­dés (1579), el inglés (1583), al ita­liano, al ale­mán e incluso al latín.

El caso holandés surge después de que en 1577 don Juan de Austria se comprometiera a retirar los tercios y a reconocer los privilegios feudales y cierta autonomía de distintas ciudades de los Países Bajos. Pero los partidarios de los Orange utilizaron el libelo de Las Casas para buscar excusas para su independencia.

La leyenda ya estaba en mar­cha y, “por su pro­pia iner­cia, estaba des­ti­nada a cre­cer y pros­pe­rar”, apunta Marías. En ade­lante, cada agra­viado por los intere­ses espa­ño­les, en casi cual­quier con­texto, tenía “ya pre­fa­bri­cado el vehículo para dar cauce y cum­pli­miento a su hos­ti­li­dad o ren­cor”. La traducción inglesa fue sacada a la luz en apoyo de los neerdanleses y fue aprovechada por Enrique VIII para dinamitar el Imperio español y no tener que vivir en la órbita de éste. Lo peor de la edición inglesa es que aparece ilustrada con los fan­ta­sio­sos gra­ba­dos del tam­bién edi­tor Theo­dor de Bry –impre­sor asi­mismo de la no menos oprobiosa His­to­ria del Nuevo Mundo del comer­ciante mila­nés Giro­lamo Ben­zoni,–. Si una imagen vale más que mil palabras, los grabados de Bry fueron la causa de nuestro mayor infortunio, entre otras cosas, porque la obra de Fray Bartolomé nunca se leyó en profundidad. No era fácil en sí y, además, resultaba demasiado larga y fatigosa. Pero los dibujos llenos de bárbaras acciones, llegaban a todo el mundo. Fueron la base y justificación de la conquista militar británica de la Jamaica española durante al guerra anglo-española de 1655-1660. También Montesquieu en sus “Cartas Persas” se hace eco de los nocivos efectos de la conquista española. También Voltaire recoge esta idea y otros muchos posteriormente.

Simón Bolivar lo usa para fundamentar la independencia de América; una vez lograda, nunca más se acordó de él.

“La independencia estadounidense  se basó en los textos de las casas y lo que es más llamativo en el quinto centenario vieron la ocasión propicia para el recrudecimiento de los temas de las masacres y destrucción de las culturas indígenas, hecho que parece como si sólo hubiera ocurrido en al América del sur y no en la del Norte, a pesar de la evidencia, que salta a la vista que la del sur está llena de indígenas y en la del norte hay que buscar mucho para encontrar uno, salvo que se vaya uno a los territorios hispanos que hoy forman parte de USA, porque allí si prevalecen los descendientes de los indios originarios del lugar”[1]. Fueron los indigenistas, tiempo después, los que utilizaron los libros de Las Casas para fundamentar sus posiciones, rechazando las de numerosos historiadores en España, Iberoamérica y EE.UU que pensaban lo contrario y señalaban las falsedades del fraile dominico. Sus posiciones no se han dado sólo en la América latina sino a lo largo del mundo, forjando el mito del Edén indígena aplastado por el hombre blanco. Podríamos seguir, pero lo más grave no es el uso externo de las ideas de Las casas, lo terriblemente odioso es el uso interno, nacional, para baldonar no sólo nuestra Historia, sino a los propios españoles y eso sin percatarse del papel de jueces de la historia que se arrogan, nuestros enemigos, atribuyéndose implícitamente una excelencia moral nada cierta. Podríamos analizar sus acciones para ver por qué se tienen en tal alta consideración, bien sean los nacionalistas españoles que tergiversan la Historia para sus propios fines personales y sostener posiciones supremacistas o los gobiernos sudamericanos que cometen crímenes atroces en sus propios países y llevan a sus sociedades a un vaivén que conduce a la anarquía y el despotismo.

Esta es la obra de Las Casas y sus consecuencias. Supongo que para juzgarla habrá que tener en cuenta como eximentes que el padre dominico no estaba en sus cabales, que su narcisismo y petulancia, su frialdad hacia los indios que dice defender, en resumen, su tremendismo y mentiras, tienen origen en su enfermedad, en su psicopatía, como señala Menéndez Pidal.
Ahora queda a juicio del lector encuadrarle entre los traidores a España o liberarle de la pena en razón de su locura.

 BIBLIOGRAFÍA

RAMÓN MENENDEZ PIDAL. “El Padre Las Casas. Su doble personalidad. Real Academia de la Historia. Madrid 2012

ELVIRA ROCA. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela. 2019.

JULIÁN MARÍAS . “España inteligible”. Alianza Editorial. 1985.

 

[1]Elvira Roca. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela

LA BATALLA DE EMPEL O EL MILAGRO DE LA VIRGEN INMACULADA.

Vamos a narrar un acontecimiento heroico protagonizado por nuestros Tercios en Flandes.  Una batalla memorable por la valentía española y por la Fe de nuestros soldados: la batalla de Empel.

Si tenemos que ir a la raíz de la situación histórica que determinó que los Tercios de Flandes resistieran y ganaran heroicamente en Empel frente a los partidarios de Guillermo de Orange debemos tener presentes previamente varios hechos que se interrelacionan entre sí:

  • Nos remontaremos a 1555, en aquel año, Carlos I de España y V de Alemania legó a su hijo Felipe el gobierno de unos territorios que procedían de la herencia de su abuelo paterno, Maximiliano I de Habsburgo. El propio Rey Carlos se había educado en Flandes, hablaba flamenco cuando llegó a España y se rodeó de una corte de flamencos que creó bastantes sinsabores y no pocos problemas en España (recordar los hilos de Carlos V y sus problemas con los Comuneros, por ejemplo). Felipe era un Príncipe español, que no conocía el territorio como su padre, ni hablaba flamenco, en consecuencia, nos encontraremos con la figura, a ojos holandeses, de un Rey extranjero. https://algodehistoria.home.blog/2019/06/14/carlos-i-de-1517-a-1522-3/
  • Pero no sólo esto iba en la herencia. El territorio se vio claramente afectado por la división entre los seguidores de la Reforma protestante y los que apoyaban la Contrarreforma católica. Esto ya lo vimos también en los conflictos en Alemania y ahora nos situamos en su extensión a lo que hoy conocemos como los Países Bajos.
  • Para comprender bien el acontecimiento que vamos a narrar, debemos señalar que el dogma de la Inmaculada Concepción se remonta en España a los visigodos. Fue tal el empeño español en la causa de la Virgen que en el Vaticano se la llegó a conocer como la causa española. Aquella defensa de la catolicidad fue bandera del Imperio español y en ese contexto religioso, los protestantes, especialmente los calvinistas iniciaron una guerra iconoclasta, especialmente de imágenes de la Virgen. A aquel acontecimiento se le conoce como “Beeldensrorm” o “Tormenta de imágenes” en el territorio de la actual Holanda. Muchas obras de arte sacro acabaron destruidas como consecuencia de esa ola de fanatismo. Otras fueron salvadas por los católicos de Flandes escondiéndolas en los lugares más variados.
  • Todo lo anterior generó un malestar en estado latente durante mucho tiempo y que, en 1568, se transformó la rebelión de las provincias de los Países Bajos contra el Imperio español Felipe II. Aquella contienda enfrentó a los habitantes de lo que hoy es Bélgica y Luxemburgo, de mayoría católica y leales al Rey Felipe II, contra la población de la actual Holanda, de mayoría calvinista. Aunque no toda Holanda fue rebelde.

La defensa del territorio por parte española se hizo con los famosos Tercios. Aquella revuelta fue el inicio de la guerra de los 80 años o Guerra de Flandes que concluye con la independencia de los Países Bajos en la Paz de Westfalia de 1648.

Los enfrentamientos nacidos de aquella revolución no llevaban un balance favorable a los intereses españoles hasta que Felipe II envió a Alejandro Farnesio primero a dirigir las tropas españolas en Flandes y, posteriormente, como Gobernador de los Países Bajos.

Farnesio, gran militar y no menor diplomático, logró, en 1579, mediante la Unión de Arras, controlar una buena parte de las provincias del sur que se habían unido en rebeldía a Guillermo de Orange. Por el contrario, las provincias del norte abjuraron definitivamente de la soberanía de Felipe II unas semanas más tarde mediante la Unión de Utrech.

Tras Arras se propuso reconquistar las provincias de Brabante y Flandes, lo que consigue y culmina con la toma de Amberes el 15 de agosto de 1585 (ver Mapa: https://www.wikiwand.com/es/Anexo:Islas_de_los_Pa%C3%ADses_Bajos. Esto provocó devolver al dominio español las provincias del sur de los Países Bajos, salvo Zelandia, no así las del norte. La orografía y situación geográfica de las provincias de Holanda y Zelanda hacían imposible su conquista sin dominar la costa desde el mar y éste estaba bajo el control de la armada rebelde. Especialmente importante era la conquista de las zonas católicas (algunas de las islas de Zelandia), que habían pedido ayuda a Felipe II por la presión que sobre ellos ejercían los protestantes.

El objetivo de los Tercios era tomar la Isla de Bommel para utilizarla como cabeza de puente y reiniciar las operaciones en la provincia de Holanda, con ese fin el encuentro militar se produjo en las inmediaciones de Empel (norte de la Provincia de Brabante) cercana al río Mosa o Mosela en diciembre de 1585.

Hasta allí habían llegado tres tercios españoles: ”ya todos juntos, marchó (…) el conde Carlos de Mansfelt con los tres tercios de españoles del coronel Cristóbal de Mondragon, de D. Francisco de Bobadilla y el de Agustín Iñíguez, repartidos en sesenta y una banderas y con la compañía de arcabuceros a caballo de españoles del capitán Juan García de Toledo”[1].

Mansfelt dirigía las operaciones y su forma de actuar está en entredicho en la historiografía. Algunos apuntan que la forma de actuar en Empel más parecía la propia de quien quiere acabar con lo mejor del ejército español que la de un amigo.

Los tercios españoles acamparon a orillas del rio Mosa. Mansfelt ordenó a Bobadilla que se adelantar a ocupar la isla de Bommel formada por los ríos Mosa y Vaal. El Tercio viejo de Zamora, compuesto por unos cuatro mil hombres, liderados por Francisco Arias de Bobadilla,cruzó el rio y tomó el terreno. Una vez allí, envió varias patrullas a proteger los diques de contención. Con el terreno aparentemente dominado Mansfelt siguió camino a Harpen y dejó a Bobadilla al frente de la expedición.

La armada holandesa intentó acorralar a los españoles, pero la buena defensa realizada por Bobadilla impidió el avance. Así que, los holandeses optaron por abrir los diques de contención y anegar los terrenos y de paso, con la fuerza del agua acabar con los españoles. Los Tercios tuvieron que refugiarse en el dique y en el pequeño monte de Empel, que, por su elevación, quedaban libres de agua. Esto ocurrió el 2 de diciembre.

Desde el día 2 al 7, los españoles defendieron la posición con heroicidad y ardor, sorprendiendo a los holandeses por su tenacidad y valentía. En esos días Bobadilla envió emisarios a Mansfelt, que intentó un rescate descabellado, al pretender asaltar a la armada holandesa con unas cuantas barcazas.

Los españoles sitiados quedaron abandonados y solos a merced de un destino que se vislumbraba bastante pesimista: sin ayuda, casi sin víveres y con las ropas húmedas.

Los holandeses ofrecieron a nuestras tropas una rendición honrosa, pero la respuesta hispana fue: “Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. Tal resistencia hasta la muerte parecía que iba a consumarse cuando en la mañana del día 7 de diciembre, un soldado español, cavando una trinchera para protegerse del frío, encontró una tabla flamenca en la que estaba representada la Virgen Inmaculada.

Bobadilla ordenó levantar un pequeño altar, colocaron la imagen y se encomendaron a Ella. Bobadilla, consideró este hecho una señal divina y así lo transmitió a los soldados que, llenos de esperanza, esperaron un milagro.

Durante la noche, ya en el día 8 de diciembre de 1585, fiesta de la Purísima e Inmaculada Concepción, se levantó inesperadamente un viento gélido que heló el río y las aguas estancadas tras la apertura de los diques. Los españoles, caminado sobre el hilo, atacaron a la armada holandesa. Los holandeses tuvieron que retirar los buques y acabar con el asedio por miedo a encallar. Los españoles, contra todo pronóstico, ganaron aquella batalla y mantuvieron el terreno reconquistado.

Los Tercios se salvaron de una muerte que parecía segura en lo que se conoce como el milagro de Empel, visto como tal por las tropas holandesas. El almirante Hohenlohe-Neuenstein llegó a decir: “Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro”.

Aquel mismo día, la Inmaculada Concepción es proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia.  En 1644, el Rey Felipe IV declaró el 8 de diciembre como fiesta de guardar en todos los dominios del Imperio español, dedicada a la Inmaculada Concepción y coincidiendo con el aniversario del “Milagro de Empel”. En 1708, el Papa Clemente XI extendió esa fiesta a toda la Iglesia Católica. El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de María mediante la bula “Ineffabilis Deus”.  En 1864, el mismo Papa concedió el privilegio especial a los sacerdotes españoles y a los de las provincias americanas de utilizar la casulla azul durante la fiesta de la Inmaculada (en la Iglesia se usa la casulla blanca durante las fiestas dedicadas a la Virgen). El 12 de noviembre de 1892, la reina Mª Cristina la declara a Nuestra Señora de la Purísima e Inmaculada Concepción Patrona del Arma de Infantería.

En Empel había y hay una pequeña capilla dónde todos los soldados españoles, y más los representantes de la unidad heredera del Tercio Viejo de Zamora: el Regimiento de Infantería «Isabel la Católica» nº29, con base en Figueirido (Pontevedra) y que forma parte de la Brigada «Galicia» VII (BRILAT) del Ejército de Tierra, suelen ir a rendir homenaje a la Virgen. Los católicos holandeses, tienen una fundación, en recuerdo de Empel y siguen celebrando misas en aquella capilla en el aniversario de aquel acontecimiento milagroso.

A los no creyentes, sólo les puedo decir que, los hechos son todos ciertos. Si no creen que la intercesión de la Virgen ayudó a los españoles, que no lo crean, pero salir de aquella situación con vida y manteniendo el terreno conquistado era tan difícil como para necesitar un milagro.

BIBLIOGRAFIA

  • Los Tercios de Flandes. Juan Giménez Martín. ED. Falcata Ibérica.1999
  • Alonso Vázquez. “Los Sucesos de Flandes y Francia en tiempos de Alejandro Farnese”. S XVII. Documento manuscrito ( Biblioteca Nacional)
  • José María Sánchez de Toca y Catalá. “Tercios de España. La Infantería Legendaria” Edaf. 2006.

[1]Alonso Vázquez. “Los Sucesos de Flandes y Francia en tiempos de Alejandro Farnese”. (El capitán Alonso Vázquez fue contemporáneo de Francisco de Bobadilla).

Carlos I de 1517 a 1522 (y 7)

  1. VALORACIÓN FINAL

Que los puristas no se enfaden si digo que escribir esta valoración final sobre lo que fue y significó el imperio de Carlos I me ha recordado el título de una película de Almodóvar. Podríamos decir que la obra de Carlos I se fraguó entre dolor y gloria o entre el éxito y la frustración.

El destino hizo de Carlos el más poderoso señor del mundo ya en 1517. Pero aquel Imperio heredado y posteriormente ampliado requería una argamasa, ser aglutinado alrededor de un único gobierno, de manera que la diversidad del mismo se tornara en homogeneidad. No podemos decir que lo lograra del todo, pero al menos, tuvo la inteligencia de buscar armonía en torno a la corona.

En esa búsqueda de una identidad única, el imperio pasó por diversas etapas:

Una primera fase de inspiración borgoñona, pretendió el imperio universal. Fue una etapa idealista y con un sentido de reforma humanista. La realidad de los hechos impone un segundo periodo (1529 a 1544) de nuevo resurge la idea de un imperio Sacro Romano- Germánico. Un último tramo (hasta 1556), consecuente con todo lo anterior, se llena de problemas en Alemania y busca la hegemonía territorial y militar de Europa, unidad más por la espada que por la Fe.

En la primera de esas etapas, la que ha correspondido a estos hilos, Carlos respondía a la idea de príncipe borgoñón, como señala Maravall. En atención a la educación recibida de sus abuelos paternos su imagen de gobierno era completamente feudal. Sus aspiraciones se fundamentaban más en los ideales caballerescos medievales, en la figura de su antepasado Carlos “el temerario”, que en una visión más cercana a su tiempo. Sin embargo, esta idea fue desapareciendo poco a poco por imposición de la realidad renacentista en que le tocó vivir. Esa realidad se impuso de manera abrupta tras el levantamiento luterano y la guerra contra Francia. Su neo concepto de Sacro Imperio Romano Germánico no pudo ejecutarse ni por la unión de la cristiandad -paz cristina, su verdadero ideal de imperio, el ecuménico- ni por la creación de una unión política europea -los príncipes alemanes no se lo permitieron-. Fue precisamente este enfrentamiento con los hechos el que hizo evolucionar a Carlos I, creándole una gran tensión interior entre la practicidad y los esquemas ético- políticos arcaizantes recibidos desde su infancia. Por eso, su gloria imperial se torna en dolor y fracaso frente a su ideal. Pero esa lucha entre gloria y fracaso que se da en el cómputo global de su reinado, en los primeros años, yo diría que hasta 1518, está más cerca de la estupefacción que del esplendor.

Su asesor cuando llega a España, Chièvres, un francófilo recalcitrante, que está detrás de la humillante posición española frente a Francia en 1516, casi logra malgastar la herencia política de sus dos abuelos. Nunca los borgoñones hubieran pagado un tributo a Francia como si España fuera un súbdito más del Rey de Francia. Nunca Fernando el católico, hubiera aceptado las cláusulas del tratado de Noyon que daban al traste con su obra en Nápoles y Navarra. Nunca antes tuvimos un Rey de España que no hablara español y cuya Corte se expresara bajo la lengua y costumbres francesas y flamencas; esas maneras extranjerizantes que levantaron a los pueblos de España.

Pero Carlos evoluciona, por la influencia de Gattinara, y por las aportaciones de los humanistas españoles y flamencos. Su idea de imperio avanza hacia posiciones más acordes con el Renacimiento, aunque nunca en su totalidad. Los hechos le llevan, en 1522, a volver a España. Vuelve un rey más hispanizado, pero nunca del todo español. Su reino se ubica en Castilla y con ello intenta castellanizar España, pero a costa de sangrar las posibilidades económicas, de avance técnico y político de Castilla. Se centra en castilla porque la liberalidad de sus estatutos le permitiría acaparar poder sin los límites que las Cortes de otras zonas de la corona española le imponían, lo que le acercaba a su idea absolutista-medieval. Además, por Castilla llegaban los tesoros americanos que fortalecían las finanzas imperiales. Nadie apoyó más las guerras europeas, o contra el turco; nadie le acompañó más en su ideal ecuménico que Castilla y los castellanos. Castilla fue su base para la expansión universal, pero no como nación sino como fundamento de su dinastía, que es lo que da homogeneidad a su imperio en cualquiera de sus fases.  En este sentido imperial, Carlos es heredero de la idea imperial nacida en las comunidades astures frente al empuje islámico. Castilla es la prolongación de lo que fue Oviedo. Cuando Alfonso II fija en Oviedo su acción imperialista, marca el inicio de un proceso que llega a su consumación en 1492, con la conquista de Granada, a su superación, por la conquista de América y por la vuelta al Mundo de Elcano. Pero Castilla acabó siendo su territorio más preciado, el que dejó en manos de su mujer, Isabel de Portugal, durante sus ausencias. Castilla e Isabel son la base de su hispanización, son el fundamento de su vuelta a la unidad peninsular con la idea de anexión de Portugal, que siempre fue española a los ojos castellanos y que su hijo reunificó. Carlos representa la consolidación de aquel imperio nacido de la resistencia frente a los mahometanos y consigue rebasar la acción nacional para que la Historia pueda otorgar a España el valor histórico que sólo han alcanzado otras escogidas sociedades: Grecia, Roma, Gran Bretaña, Francia, Rusia o Estados Unidos.

Aunque no legó su Imperio en su máxima extensión, dejó las bases de lo que luego alcanzó su hijo. En un primer momento pensó en que un imperio cristiano debía legarlo, en su totalidad, a su hijo Felipe, la Historia (el retraso del Concilio, la alianza francesa con los protestantes, una Alemania que jamás fue de Carlos sino de los príncipes alemanes…) hizo que Carlos renunciara a sus ideales – de nuevo el dolor-. Así, desde 1548 habrá realmente dos imperios que se plasman en aquel testamento: uno alemán que queda en manos de su hermano Fernando y otro español, que engloba los territorios hispanos de un lado y otro del Atlántico, los flamencos y los italianos, que será para su hijo Felipe.

En la gloria tras el dolor de no alcanzar lo deseado, hay que destacar la existencia de una corriente de pensamiento humanista cristiana y erasmistas que coincide en su visión europeísta e internacionalista, con el hombre como elemento central, ya más renacentista que medieval, y a la que nos referiremos en hilos siguiente tanto al hablar del europeísmo como de la “Escuela de Salamanca”.

El dolor y la enfermedad trasladaron al Emperador a Yuste dos años antes de su fallecimiento. Su legado no fue el que él quiso lograr, sin embargo, alcanzó las más altas cotas de poder de su tiempo y una de las mayores de todos los tiempos. Puede que el Emperador lo viviera, en parte, como un fracaso, pero su legado es la muestra de un gran éxito.

Como consecuencia de la política de Carlos, especialmente por la derrota de sus ideas universalistas, se impuso en su hijo, Felipe II, como señala Vicens Vives, un cambio rotundo en la actitud internacional, en su política y métodos. Era preciso retomar la unidad católica y defenderla frente a las acometidas protestantes y turcas; a este supremo objetivo estaban encaminadas todas sus acciones en una lucha sin la tolerancia de su padre, en los ataques contra cualquier foco protestante o turco y en una concepción de conservar centralizadas y bajo férreo poder las posesiones heredadas. Logrando, no sin brotes de resistencia de una virulencia inusitada, el Imperio más importante de nuestra Historia y uno de los más destacados de la Historia Universal. Pero esa ya es otra historia.

BIBLIOGRAFÍA:

Aguado Bleye. “ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.

Elliot. “La España Imperial: 1469-1716)” Ed, Vicens-Vives. 2006.

Vicens Vives:” Historia social y económica de España y América”. Ed. Vicens-Vives. 1988.

Ramón Carande. “ Carlos V y sus banqueros”Ed. Crítica 1987.

Ubieto, Reglá, Jover y Seco. “Introducción a la Historia de España. Ed. Teide 1970.

José Antonio Maravall. “ Carlos V y el Pensameinto político del renacimiento”. Ed. B.O.E 1960.

Rogelio Perez- Bustamante. Historia del Derecho Español. ED Dykinson 1994.

Pedro Insua. “1492. España contra sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018.

 

 

Carlos I de 1517 a 1522 (6)

 

  1. LA CONQUISTA DE MÉJICO.

La conquista del imperio azteca fue un proceso histórico ocurrido entre los años 1517 y 1521. Se inicia con la llegada de los españoles a la península del Yucatán y se culmina con la caída de Tenochtitlan a manos de Hernán Cortés. Veamos el proceso.

Hasta Diego Velázquez de Cuéllar, primer Gobernador de cuba, como hemos señalado, llegan noticias de la prosperidad de las tierras vecinas. Era el año 1517, cuando envía a Francisco Hernández de Córdoba a una expedición que surca la costa de Yucatán y establece contacto con los Mayas. Quedaron impresionados por lo desarrollado de aquella civilización. A raíz de estos conocimientos y por el oro que parecía tener el lugar, Velázquez de Cuéllar organiza una segunda expedición (1518) al mando de Juan de Grijalva que surcando el Golfo de México llegó al río Tuxpán donde se produjo el primer contacto con Moctezuma II. Animado por aquellos resultados, Velázquez organizó una nueva expedición comandada por Hernán Cortés. Salió de Cuba en febrero de 1519. Los primeros contactos con los indígenas ya no fueron tan pacíficos.

El primer enfrentamiento serio contra los mayas da lugar a la Batalla de Centla (14 de marzo de 1519). Además de la estrategia envolvente de Cortés, lo que dio la victoria a los españoles fue el temor de los indígenas a las armas de fuego y, sobre todo, a la caballería. Los indios no habían conocido caballos y se vieron sorprendidos por aquellos seres extraños, mitad hombres, mitad animales. Ahora bien, Cortés llegó a Méjico con 518 soldados, 50 ballesteros y escopeteros, 11 jinetes, 32 caballos, 10 cañones y 4 falconetes. Con aquel exiguo bagaje nunca hubiera podido conquistar Nueva España si no hubiera sido por la ayuda que le proporcionaron los propios indígenas.

Consecuencia de la batalla fue la construcción de la primera ciudad española en América: Santa María de la Victoria y posteriormente la Villa Rica de la Vera Cruz (Veracruz), allí recibió Cortés por primera vez a los emisarios de Moctezuma II que hicieron numerosos regalos a los españoles de oro, plata y piedras preciosas.

Moctezuma era la cabeza suprema del imperio azteca. Éstos, originarios de la región que hoy conocemos como “Nuevo Méjico”, a la altura del siglo XV, presentaban una estructura “estatal” en la que cada nueva región conquistada, cada ciudad, mantenía su territorio y autonomía; realmente era una estructura tribal cuya organización política y social era el clan. Al expansionarse, los clanes se subdividieron hasta formar 20 agrupaciones menores llamadas calpullís, cada uno regido por un consejo, presidido por el calpullec. El gobierno correspondía al consejo tribal. En los momentos de guerra o peligro un solo jefe tomaba el mando (tlacatecutli- Jefe de hombre-), algo equivalente a lo que en Europa era el Rey, ese era Moctezuma II, el tlacatecutli, en el momento de la llegada de los españoles.

Cortés quiso conocer a tan poderoso señor, pero las evasivas del indígena lo impidieron hasta agotar la paciencia del español.

La estrategia empleada contra Moctezuma vino determinada por la ayuda que las tribus vecinas solicitaron a Cortés. Se trataba de enemigos de Moctezuma a los que éste tenía sometidos. Los primeros en acudir a los españoles fueron los totonacas y otras tribus mayas, esclavizadas por los aztecas.  Los mayas eran obligados a pagar importantes cantidades de tributos a los aztecas, los cuales, además, abusaban de las mujeres y sacrificaban o esclavizaban a los jóvenes. El apoyo local de los pueblos indígenas supuso la aportación de numerosos guerreros a las órdenes de los españoles como contrapartida a que los nuestros les dieran protección.

Hernán Cortés tenía un doble objetivo conquistar el territorio azteca e independizarse del poder de Cuéllar. En este último sentido, realizó tres movimientos:

  • Fundó Veracruz en territorios que no estaban bajo la jurisdicción de Cuba- al menos hasta que no se sometieran a su autoridad o a la de algún otro Gobernador-, Hernán Cortés la situó bajo la custodia directa del Rey.
  • Envió una nave con emisarios hacia España para informar y justificar sus acciones ante el  Rey Carlos I.
  • Embarrancó las naves que les quedaban para evitar la huida de los descontentos que querían volver a Cuba.

En su avance hacia la conquista del territorio Azteca, siguió haciendo alianzas con los pueblos indígenas. La más importante la que llevó a cabo con toltecas y tlaxcaltecas. Fruto de la misma es la victoria en la ciudad de Cholula.

 Moctezuma, había previsto la ayuda de la ciudad para entretener a Cortés en su camino hacia Tenochtitlan y, así, engañarlo, asediarlo y someterlo. La reacción hispano- tlaxcalteca no se hizo esperar. La ciudad fue derrotada no sin un gran derramamiento de sangre entre sus habitantes, sobre todo a manos tribales puesto que los tlaxcaltecas eran grandes enemigos de los cholultecas.

La traición de la ciudad fue conocida por los españoles gracias a una india llamada Malinche a la que los españoles conocían como doña Marina. Fue amante de Cortés, madre de su hijo, al que llamó Martín, consejera e interprete.

El siguiente paso era conquistar Tenochtitlan (hoy Ciudad de Méjico), capital del imperio azteca. El 18 de noviembre (en el calendario gregoriano) de 1519, Hernán Cortés era recibido por el noble azteca Cacamatzin, como antesala al encuentro con Moctezuma. Éste, tras recibirles con regalos y palabras amables, los invitó a alojarse en el palacio de Axayaca. Se trataba de otro ardid en el que cayeron los españoles. La situación se volvió muy tensa cuando los hispanos pretendieron construir una capilla en el palacio, pero, muy especialmente, al constatar la fragilidad de sus posiciones frente a los mexicas[1], motivo por el cual convencieron a Cortés para que arrestara a Moctezuma a modo de escudo defensivo y así poder salir de aquel palacio sin ser atacados. Tras encontrar excusa en las actividades aztecas- imposición de tributos- entre las tribus indias aliadas de los españoles, la detención de Moctezuma fue un hecho.

Estando, así las cosas, Cuba envía Pánfilo de Narváez a detener a Cortés. Hernán Cortés deja Tenochtitlan en manos de Pedro de Alvarado para adelantarse a las pretensiones de Narváez. Con parte de sus tropas apoyadas por guerreros tlaxcaltecas, se acercó a Cempoala, cuartel general de los enviados desde Cuba. Allí apresaron a Narváez. La expedición cubana se unió a Cortés, con hombres, caballos, armas y pertrechos. De vuelta, se paró en Veracruz. Apenas tuvo tiempo de aprovisionarse, cuando le llegaron noticias inquietantes de Tenochtitlan. Los españoles bajo las órdenes de Alvarado habían sido atacados por los mexicas y se encontraban refugiados en el Templo Mayor de la ciudad. La historiografía entiende que el ataque se debió a la reacción de los nativos por la matanza y abusos perpetrados por los españoles bajo el mando de Alvarado, pero, especialmente, al dar por segura la derrota y detención de Cortés a manos de Narváez.

Cortés volvió aceleradamente a la futura Ciudad de Méjico, allí no encontró más solución para liberar a los españoles que obligar a Moctezuma a que ordenara a sus conciudadanos a deponer los ataques. Lo subió a la azotea del palacio para que desde allí se dirigiera a sus súbditos. La respuesta de estos fue el lanzamiento de piedras contra el tlacatecutli, cuyas heridas le ocasionaron la muerte varios días después. Los españoles tuvieron que salir de la ciudad sin protección alguna, siendo muertos o apresados (y posteriormente entregados en sacrificio a los dioses aztecas) en un número muy elevado (algunos historiadores hablan de que más de la mitad del ejército español cayó en esta refriega). Aquel acontecimiento se conoce como la Noche Triste. Un nombre bien apropiado para lo que vivieron los españoles aquella noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520.

Los que lograron huir pidieron ayuda a sus aliados tlaxcaltecas, pero en el camino se encontraron con el inmenso ejército mexica (los historiadores suelen cifrar en 40.000 el número de guerreros aztecas) dirigido por Cihuacóatl. El enfrentamiento se dio el día 7 de julio de 1520 (algunos historiadores lo datan en el 8 de julio) en la llanura de Otumba. La batalla fue feroz, los aztecas tenían por costumbre rodear individualmente a sus enemigos para capturarlos vivos y ofrecerlos en sacrificio a sus dioses en unas ceremonias llenas de crueldad (los sacrificios mexicas drogaban a sus víctimas, les sacaban el corazón estando aún vivos, los desmembraban con vida y otras acciones demasiado bárbaras para una mentalidad civilizada); los españoles conocedores de la táctica pelaron sin descanso hasta morir si era preciso, por cuanto el campo de batalla era mejor tumba que los altares mexicas.

La formación española se componía en torno a los arcabuceros- los pocos que no habían perdido sus armas en la huida de la Noche triste- con ellos unos 20 jinetes y unos 4.000 guerreros indígenas aliados de los españoles. Tras soportar varias envestidas mexicas que parecían no tener fin y que, pensaban, iban a acabar con todos los españoles, Pedro de Alvarado divisó en un montículo a Cihuacóatl. Cortés y él, en un acto de heroísmo decidieron encabezar una sorprendente maniobra: mientras engañaban a la infantería indígena con un falso movimiento de los arcabuceros, la caballería llegó donde estaba Cihuacóatl al que Cortés o Alvarado (no se sabe a ciencia cierta quién fue de los dos) consiguió matar de un mazazo en el cráneo. En ese instante Juan de Salamanca, cogió el estandarte mexica y lo ondeó demostrando que la victoria había caído en manos hispanas. En la costumbre mexica cuando el enemigo cogía en estandarte, se consideraban derrotados. Los aztecas huyeron despavoridos, dejando detrás de ellos una de las batallas más recordadas en la historia militar por el ingenio y la valentía de los contendientes vencedores, los españoles.

En esta, como en todas las batallas y hechos de la Conquista que le tocó vivir, Hernán Cortés se manifestó como uno de los mayores estrategas, más valiente, intrépido e inteligente que la mayoría. Con muy pocas tropas, a base de alianzas con los indígenas, negociaciones, movimientos preventivos de gran agudeza y visión perspicaz de las circunstancias, logró un gran territorio para España. Y si logró todo aquello fue por mostrarse como lo que era; al decir de Hugh Thomas: uno de los hombres más cultos y mayores humanistas de la época. En contra de la leyenda negra en torno a Cortés, sobre todo, por muchos hispanistas, cabe afirmar que fue uno de los conquistadores más humanitarios de la época. La crueldad mexica se manifestaba en el trato que daban a sus vecinos sometidos tanto en vida como en el momento de sus castigos y sacrificios; frente a aquellas masacres, Cortés redactó sus tres cartas de Relación que rebosaban humanidad. Sin aquellos otros indígenas agradecidos por el buen trato dado por los españoles frente a la opresión azteca, nunca se hubiera conseguido la conquista de Méjico. Cortés fue un gran diplomático con enorme empatía, no en vano, él llega a Méjico sin conocer el lugar ni a sus gentes. Realizó trabajos extraordinarios basándose en criterios universales, trató a los campesinos indígenas como hubiera tratado a los campesinos castellanos y a los guerreros como a los guerreros de cualquier lugar y condición. Los trató con respeto, igualdad y dignidad. Se fio de los enemigos de los aztecas y no le defraudaron, desconfió de los amigos de los aztecas y acertó.

Tras Otumba, Cortés tardó más de un año en volver a conquistar Tenochtitlan y con ella todo el territorio azteca quedó en manos de Hernán Cortés. El cual escribió a Carlos I para que llamara al territorio conquistado “Nueva España” que fue la base de lo que más tarde alcanzó a ser el Virreinato de “Nueva España”. Al contrario que la conquista de británicos y franceses en América del norte, sin grandes asentamientos, los españoles intentaron mantener las zonas de población indígena sedentaria, lo que en la América interior les dio grandes resultados. Sin embargo, no hubo un procedimiento único de conquista, sino que hubo de enfrentarse a las condiciones que planteaban los propios indígenas muy especialmente en algunas zonas periféricas, significativos en este sentido fueron el sometimiento de los chichimecas de México o los araucanos de Chile, puesto que supieron adoptar las mismas armas y métodos de guerra que los propios españoles.

La conquista militar se conjugó con la evangelización de los indios, y con la masiva emigración desde España, cosa que no ocurrió en otras colonizaciones europeas del momento, para hacer posible el dominio de la tierra y satisfacer las exigencias de mano de obra.

La conquista se desarrolló desde dos polos iniciales:

  • Desde Cuba hacia México. De allí hacía el norte (Nueva Galicia, Nueva Vizcaya, Norteamérica) y sur (Guatemala y El Salvador)- (Virreinato de Nueva España).
  • Desde Panamá. Llegan, por un lado, al norte, a Nicaragua, para desplazarse, hacia el sur, por la ruta del Pacífico para conquistar el Perú. La futura Nueva Granada (Ecuador, Colombia y Venezuela – al que se une Panamá-) y se continúa camino de Chile para conectarse con los colonizadores del Río de la Plata (futuro Virreinato de la Plata).

Hablamos de la conquista militar y colonial, que no hubiera podido desarrollarse sin un entramado administrativo que se refleja en los Virreinatos que acabarán formando parte integrada en la organización institucional española, en la imperial Corona española, pero que en 1522 aún no estaba plenamente desarrollada.

[1]El término mexica se utiliza para referirse a los aztecas. Mexica era el término utilizado por los indígenas mientras que azteca era el término utilizado por la historiografía y que deriva del mito de Aztlán que según varias fuentes historiográficas está en el origen de los mexicas. Los cuales fueron expulsados del lugar y migraron hacia el sur. Se entiende por una parte de la historiografía que Aztlán era una isla, a la cual muchos la identifican con la isla Mackinac en medio del lago Michigan- Huron. En todo caso, los términos mexica y azteca se usan como sinónimos.

Carlos I de 1517-1522(5)

5. LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Según las capitulaciones de Santa Fe, el régimen de explotación de las tierras que se habían de descubrir era un verdadero monopolio, cuyos titulares eran Colón (su posición en América se zanjó en 1536[1]) y la Corona de Castilla, por ser la auténtica financiadora de la empresa colombina. De hecho, este era un acuerdo entre los reinos de Castilla y de Aragón. Al primero le correspondía la expansión oceánica, mientras Aragón se reservaba el área mediterránea. Así, Isabel la Católica en su testamento (1504) declaró que “las islas y tierra firme del mar océano, descubiertas y por descubrir, ganadas o por ganar, quedasen incorporadas a sus reinos de castilla y de León”.  Isabel legaba a Fernando el Católico, con carácter voluntario, la mitad de las rentas que aquellas tierras produjesen. Fernando las dio en testamento a Juana y se incorporaron formalmente a Castilla con Carlos V cuando adquiere el título efectivo de Rey de Castilla, tras el juramento como monarca.

Esta vinculación exclusiva a Castilla impidió que los vasallos de Aragón se beneficiaran de la conquista americana y pocas veces participaran en ella. Este supuesto privilegio castellano tampoco le fue del todo favorable pues tan gigantesca empresa exigió una constante sangría de hombres, sin la correspondiente compensación para el reino castellano. Desde Castilla, le era más fácil al Rey aprovecharse de las riquezas venidas de América que desde cualquier otro reino peninsular, ya que las Cortes castellanas no oponían resistencia a la voluntad del monarca (de lo que tuvo mucha culpa el resultado de las contiendas comuneras) cosa que si hacían las Cortes aragonesas o las de otras regiones.

Consecuencia de la actividad castellana en la conquista de América; tras sufragar Castilla el viaje de Colón, un portugués- Fernando de Magallanes- se naturaliza Castellano para poder acometer algo que había iniciado Colón, que había continuado Américo Vespucio y otros varios como Juan de la cosa, Yañez Pinzón… y todos, sin éxito: la idea de llegar a las islas de las especias (islas Molucas)- de gran valor económico y generadoras de grandes riquezas- a través de occidente.  Todos habían buscado un paso hacía el otro lado del mar, el mar del Sur, conocido como Pacífico tras las expediciones de Nuñez de Balboa (descubridor del Pacífico en 1513).

Magallanes y Elcano lo consiguieron. Aquel previo y aparente fracaso de otros grandes navegantes españoles fue el origen del gran éxito imperial, que vino marcado por la colonización, evangelización y civilización de un continente: América.

El auténtico imperio español en el nuevo continente nace y se compone en torno al Mar Caribe. La base de partida de los españoles se situó en la isla La Española, cuya conquista se completó con la expedición de Nicolás de Ovando (en 1502), con una flota de 30 buques en la que lleva como misión repoblar aquellas tierras recién conquistadas.  Tras él llegaron Nuñez de Balboa que colonizó Panamá en 1508: Ponce de León, Puerto Rico, o Juan Esquivel que llegó a Jamaica en 1509. En 1511, Diego Velázquez de Cuéllar conquistó y, posteriormente, gobernó Cuba y gracias a él el gran Hernan Cortés llegó, conquistó y civilizó Mejico. Su heroica hazaña la veremos en la próxima entrada. Su conquita coincide por completo con el periodo de estudio seleccionado. Desde Méjico la conquita siguió hacia el norte y hacia el sur hasta lo que sería con el tiempo el Virreinato de la Plata.

Volviendo a aquellos orígenes, a su desembarco, Ovando tuvo que enfrentar los problemas creados por los propios españoles llegados con Colón, sumidos en la anarquía. Enderezó la situación político-organizativa, explotó las minas de La Española y repartió las tierras a los encomenderos que lograron prosperidad a costa de la población india, que no tenía costumbre ni de ser esclavos ni de trabajar como imponían los españoles. Pero la conquista dio un cambio radical gracias a la protección de los Reyes Católicos hacia los indios. En este sentido, existe una gran controversia histórica sobre la influencia de dos figuras: Fray Alonso de Montesinos y un encomendero que pronto dejaría la tierra y se ordenaría sacerdote con el nombre de Fray Bartolomé de las Casas[2]. Con la idea de considerar al indio como un igual ante Dios, nacieron, en 1512, las Leyes de Burgos  y en 1513 las Ordenanzas de Valladolid. En ellas, el Rey Fernando disponía, entre otras cosas, que los indios eran libres y que debían ser evangelizados, que podían trabajar siempre que este trabajo no fuera obstáculo ni para su evangelización ni para su salud, que debían gozar de descanso diario; los indios debían tener casas, haciendas propias y oportunidad de cultivarlas. Asimismo, se prohibió a las mujeres trabajar en las minas y, si estaban embarazadas, en ningún trabajo, lo mismo que los menores de 14 años. La conciencia evangelizadora de la conquista dio como fruto la aprobación de diversas leyes que, de manera paulatina, generaron las condiciones más humanitarias de la conquista española; promovieron el mestizaje y lograron, sin duda, una relación de igualdad entre colonizadores y colonizados que no se ha dado en ninguna otra conquista, de ningún país, en ningún tiempo. En este aspecto conviene hacer una referencia al Padre Vitoria, a su obra “De Indis” y a la influencia que su pensamiento humanista tuvo en el tratamiento de la dignidad de los hombres y los derechos de los indígenas en América. Afirmó que los indios no son seres inferiores, sino que tienen los mismos derechos que cualquier ser humano, siendo dueños de sus tierras y bienes. No nos extenderemos más en las aportaciones del padre Vitoria porque sobre el derecho de gentes y la escuela de Salamanca realizaremos otro hilo separado del actual.

Todas estas normas y acciones culminaron en las Leyes Nuevas de 1542-43 en las que además de asuntos de organización institucional, en un numero importante se referían a la condición de los indios. Las leyes de Indias pasarían a la Recopilación del Derecho Indiano en 1680.

Nadie podrá acusar a España, salvo faltando a la verdad, de ausencia de buenas intenciones. Se cometieron errores (¡en qué obra humana no se cometen!), pero no tantos como se quiere hacer ver, escasos en comparación con las conquistas realizadas por otras naciones y muchos menos si en vez de analizar las cosas con ojos actuales, se hace con los de entonces. El anacronismo nunca ha sido una fuente histórica. Si vemos la situación en el momento, en los siglos XV y XVI, la causa española, alcanza aún mayores cotas de grandeza.

Grandeza política y militar, que no económica.

América fue una gran fuente de riqueza y de comercio, pero mal gestionada por utilizarla con mentalidad política y no económica; por el uso inmediato y no pensando en el futuro; por la idea imperial feudal y no hispana y renacentista.

La llegada de riquezas se hizo esencialmente por el puerto fluvial de Sevilla, no en vano el comercio con América quedó monopolizado por la casa de Contratación de Sevilla. Sin embargo, aquella llegada de riquezas no valió para mejorar las estructuras económicas de España, sino para saldar las deudas del emperador con los banqueros alemanes e italianos, como ya hemos visto.

En los años en los que nos centramos (1519-1522), aún no era palpable el problema económico que se venía encima por falta de previsión, de inversión nacional, de mejora de la tecnología, tal fue así que la falta de modernización de las estructuras económicas y manufactureras determinaron que España tuviera que importar productos elaborados desde otras zonas para cubrir su abastecimiento y el de América.

Por si fuera poco, se unió que, si bien la forma de organización del nuevo mundo fue ingeniosa y eficaz en un primer momento, con gobernadores y luego con virreyes (tenían atribuidas las funciones de los gobernadores, capitanías generales y Audiencias) que ejercía el poder en nombre del Rey, con autonomía y lealtad, con funcionarios adecuados y fieles servidores públicos; con el tiempo, la venta de cargos, la falta de control de los productos, el enriquecimiento injusto, la piratería y el contrabando, mermaron el comercio español y el control de sus colonias.

Enderezar aquella situación, desde finales del siglo XVI hubiera requerido un proceso de cambio que no se acometió.

[1]El incumplimiento de los acuerdos con Colón dieron lugar a los “ Pleitos Colombinos”, cuyo estudio más completo lo realizó Gustavo Villapalos en 1976

[2]La figura de Fray Bartolomé de las Casas es muy controvertida. Jesús Á. Rojo Pinilla en su libro “Grandes Traidores a España”. Ed El gran capitán, incluye a Fray Bartolomé entre los grandes traidores a España por haber sentado las bases de la leyenda negra.  Creo que para la traición hace falta intención, dolo, y el padre de las Casas no está claro que lo tuviera. Coincido con Rojo en que era un fanático. Rojo lo define como “Charlatán paranoico”. Sobre su figura volveremos algún día. En todo caso,  es evidente  lo que diferencia al Imperio español de otros muchos: su sentido humanista. La leyenda negra, no lo neguemos, nació tanto más que por las obras de Las Casas, por la tergiversación interesada de las palabras de Las Casas por parte de muchos enemigos de España. Indudablemente, si sus obras se hubieran ceñido a la verdad y no a la fantasía de su espíritu paranoico, no hubiera dado lugar a la tergiversación.

Carlos I de 1517 a 1522 (4)

4.  POLÍTICA EXTERIOR. EUROPA

Carlos I intentó superponer a cualquier otra consideración un concepto de cristiandad como realidad política. Un principio que podemos calificar de erasmista o ecuménico y, aunque no logró acabar con los protestantes, sí marcó una época e influyó en la reacción de sus herederos.  Vicens Vives señala la relevante importancia de Carlos I hasta el punto de que su personalidad y su política son representativas de lo que fue Europa durante la primera mitad del siglo XVI, especialmente, a partir de 1525.

La política exterior española en Europa ( América lo veremos en otra entrada) en este periodo se ve determinada por el inicio de la crisis protestante y el enfrentamiento con Francia por Italia y el papado. Posteriormente, serán igualmente relevantes las luchas contra los turcos de Solimán “el Magnífico”, si bien, no hay que olvidar que, las escaramuzas y guerras con los otomanos se venían dando desde el inicio del reinado (en 1516 se produce la derrota de la flota enviada por el Cardenal Cisneros, para intentar recuperar la plaza de Argel. Las tropas otomanas estaban bajo las órdenes de Barbarroja). Todos estos problemas le perseguirán hasta su retiro en Yuste.

Dado el periodo de estudio elegido, nos referiremos muy brevemente al inicio de los dos primeros conflictos: luteranismo y la guerra contra Francia. Si bien haremos referencia a dos conquistas otomanas que se producen en este momento histórico y que tendrán su importancia posteriormente: la conquista de Belgrado (1521) y la toma de Rodas (1522).

LUTERO.

En 1517, Lutero colgaba sus 95 tesis en la Iglesia de Wütemberg. En 1520, Carlos, influido por la idea de un imperio ecuménico, llega a Aquisgrán para ser coronado Rey de los Romanos, es decir, Príncipe de la Cristiandad. Sin embargo, en 1520, el cisma luterano ya era una realidad y su idea imperial quedaba resquebrajada. El luteranismo había afectado sobremanera a Alemania y Carlos ni como Rey Romano ni como Emperador de Alemania podía aceptar aquella ruptura ni tampoco mostrarse radicalmente agresivo contra ella si no quería provocar la oposición de los príncipes alemanes a su nombramiento. De ahí que, en 1521, buscando una política conciliadora, convocó la Dieta de Worms. Allí, se aceptó la idea de un Concilio como medio de solucionar en cisma. Pero el Concilio de Trento no se convocó hasta 1543 y no inició sus sesiones hasta 1545, demasiado tarde para solventar el problema.

En esta primera fase del reinado de Carlos V se suceden otros cónclaves en busca de acuerdos con los luteranos. A Worms le sucedieron las Dietas de Nüremberg (1524) y Espira- 1526- (donde nace la denominación “protestante” para referirse a los luteranos). Pero nada se consiguió; el éxito luterano ya estaba cimentado. Sus basamentos fraguaron de la unión de las “Tesis” con el aumento del protagonismo político de los príncipes alemanes. Se fusionaron religión y revolución social; esta última, en el pueblo alemán, se manifestaba como mesiánica y, en los príncipes alemanes, bajo el manto del poder.

A aquellas siguieron otras reuniones: primero con la Dieta de Augsburgo (1530) y posteriormente en el Concilio de Trento, como hechos destacados, que no únicos.

Estas soluciones fracasarían por la posición radical de algunos sectores luteranos apoyados por los grandes príncipes alemanes temerosos de perder sus privilegios bajo la monarquía absolutista que representaba Carlos. De hecho, en 1531 los príncipes luteranos se unieron en la liga Esmalcalda para defender sus intereses con una caja común y un ejército propio. En el fondo de nada le valió al emperador derrotarlos en Mühlbergh, las alianzas entre los alemanes, franceses, ingleses… acabaron por derrotar al Emperador y a su idea ecuménica; rota por protestantes, calvinistas, por la ruptura de Enrique VIII con el catolicismo y, sobre todo, por la fuerza creciente de las posiciones nacionales. En el fondo, el enfrentamiento no fue más que la pugna entre una corte medieval en sus ideales (ecuménicos) contra las primeras afirmaciones de las personalidades nacionales (Renacimiento).

Pero fue precisamente este enfrentamiento y la derrota de sus pretensiones, los que hicieron evolucionar la idea imperial de Carlos I hacia un concepto de sacro imperio romano- germánico. En ese intento tropezó con Francia y con el papado.

GUERRA CONTRA FRANCIA

Carlos V consideró que la derrota luterana y la unificación de sus territorios en el imperio romano-germánico requería de la posesión del Milanesado y a esa conquista se lanzó.

En el camino hacia Italia se encuentra con Francisco I, desde 1514 Rey de Francia al suceder a su primo Luis XII, que murió sin descendencia.

Carlos y Francisco ya se habían enfrentado al oponerse el Rey francés al nombramiento de Carlos como Emperador.

Francisco veía su reino rodeado de los territorios imperiales de Carlos: España por el sur y, por el este, el Sacro Imperio Romano-Germánico. Esto impedía una política exterior fundamentada en el expansionismo; empeñado, como estaba, en recuperar la Borgoña y Navarra para Francia y continuar su crecimiento por la península itálica.

Según la historiografía más común podemos considerar que los enfrentamientos con Francia tuvieron las siguientes fases:

Primera (1521-1529)

Segunda (1536-1538)

Tercera (1542-1544)

Cuarta (1552-1559) – desde 1556 con Felipe II en el trono-.

Por afectar a nuestro periodo de estudio, nos centraremos, exclusivamente, en la primera.

Milán estuvo en posesión de Francia tras la expulsión de Ludovico Sforza y se recuperó para el papado en 1511, para volver a poder francés tras la batalla de Marignano en 1516.

La guerra contra España se inició en 1521 cuando, Francisco, aprovechando la revuelta de los comuneros, intentó invadir España, especialmente Navarra y parte de las vascongadas (mantuvo Fuenterrabía hasta 1524), pero la suerte final en las armas fue favorable al Emperador. Carlos V había logrado el apoyo de monarca inglés, Enrique VIII, y del Papa (tanto León X como de su sucesor, Adriano de Utrech – que había sido preceptor del Emperador-). Con tales apoyos se hizo con el Milanesado en 1522 y colocó, de nuevo, a los Sforza en el ducado.

La reacción de Francisco I fue un intento de recuperación del Milanesado nada más perderlo.  En su primer ataque, abril de 1522, acaba derrotado en la batalla de Bicoca, a la que siguió el fracaso en Pavía- donde Francisco I fue hecho prisionero y tuvo que aceptar el tratado de Madrid (1526) en virtud del cual, a cambio de su libertad, cede el Milanesado y Borgoña a Carlos V; renuncia a su soberanía sobre Flandes y Artois, y devuelve sus dignidades al condestable de Borbón. Queda libre, pero, como garantía del Tratado, en España se quedaron los dos hijos mayores del Rey: el delfín y el duque de Orleans.

La Paz y la palabra de Francisco tuvieron poca consistencia, a lo que contribuyó que el Papa Clemente VII, sucesor de Adriano, no viera con buenos ojos el poder imperial. El Papa logró un acuerdo con Francia, Inglaterra, Venecia y Florencia formando la liga de Cognac o Clementina. Aquella amenaza al poder de Carlos acabó con las tropas imperiales marchando sobre Italia, el Papa atemorizado se avino a un armisticio. Sin embargo, las tropas hispano- alemanas que formaban el grueso del ejercito de Carlos V, comandadas por el Duque de Borbón, no se contuvieron en su avidez de botín. El Papa se tuvo que refugiar en el Castillo de Sant Angelo y Roma fue saqueada (1527). El saco de roma que tanto escritos, estudios y obras de arte ha sugerido (los estudios de André Chastel o Umberto Roberto; los dibujos de Antonio Tempesta; los grabados de Martín Heenskerch o los de Cornelis Boel…)

Francisco, lejos de conformarse, contrataca con la ayuda del genovés Andrea Doria y sitia Nápoles, pero las discrepancias por el botín hacen que Doria traicione a Francisco y se cambie de bando. El tratado de Cambray o de las damas (1529) finalizó esta lucha. Fue mucho menos duro que el de Madrid y logró cierta estabilidad en la zona; la que necesitaba Carlos para centrarse en los problemas con los protestantes y los turcos.

Sólo haré una mención a un hecho importante que se da en el ejército de Carlos I. Como todo en él y en el imperio fue una especie de puente entre la Edad Media y el renacimiento. Militarmente, no lo fue menos. De un lado hereda en nuevo concepto militar de tercios, combinación de infantería, piquera y arcabucera, desarrollada, sobre todo, por los ejércitos italianos de su abuelo Fernando y puesta a punto por el desarrollo de las armas de fuego portátiles. Sin embargo, es un rey justador, con mentalidad de batalla medieval donde el rey comandaba los ejércitos y lo hacía a caballo usando armadura. Empiezan a usarse unidades flexibles de infantería con unidades artilladas de campaña y sitio. El ejército pasa de ser una institución formada por “profesionales” o milicianos a un ejército de leva nacional.

 

Carlos I de 1517 a 1522 ( 3 y 2ª parte)

3 COMUNEROS Y GERMANÍAS

3.2 MOVIMIENTO AGERMANADO

La revolución castellana se movió paralela a otros movimientos de revuelta. El más singular fueron las llamadas germanías (hermandades gremiales) de Valencia y Mallorca (entre 1519 y 1523).

Las germanías fueron un movimiento social que enfrentaba a los sectores más populares de las ciudades con la nobleza y estratos más poderosos.

Siendo un movimiento muy importante no tuvo el carácter de sublevación o pseudo-sublevación de Castilla. No fue tanto una corriente contra la monarquía como una insurrección de corte social cuyas causas profundas fueron las disensiones producidas en la sociedad por el paso de un sistema feudal a uno más absolutista o, dicho de otro modo, por el paso de una autoridad dispersa en los burgos medievales a una sociedad más jerarquizada como la renacentista.

Aunque sus comienzos tienen mucho que ver con el juramento del rey, no se fundamentaron en una falta de reconocimiento de la autoridad real sino en considerar que el monarca había agraviado a las Cortes valencianas y baleares, porque el Rey, tras jurar en Barcelona, no se desplazó a Valencia a ser juramentado, sino que se desvió a Castilla. Ya hemos visto, como la intención real era embarcar en La Coruña hacia Alemania para hacerse cargo del imperio, sin embargo, el monarca se excusó diciendo que no entraba en Valencia porque estaba infectada por la peste, circunstancia cierta, pero no suficiente para justificar la ausencia real.

Valencia estaba quejosa y quería hacer saber al monarca sus cuitas. Cuatro son las razones de sus lamentos:

  • La corrupción municipal y de clases elevabas que determinó un problema de abastecimiento.
  • La peste y sus efectos.
  • El desamparo de la clase dirigente por la ausencia del Emperador.
  • La presencia de piratas en el mediterráneo de origen otomano, que, además, entraban en contacto con la abundante población mudéjar y creaba altercados e inseguridad en las ciudades.

De todos esos asuntos, lo que más preocupó al Emperador fue la piratería. Dio orden a la nobleza de armarse y atacar a los corsarios, pero obtuvo poco éxito. Por ello, optó por encargar a los gremios el reclutamiento, con dos criterios: en razón de los oficios y por el encuadramiento social en parroquias.

Así empezó el agermanamiento, la acción solidaria entre oficios y vecindad. Por tanto, fue Carlos quien dio el primer apoyo al movimiento agermanado. Es decir, por apoyo del Rey a las capas populares de la población, se vieron armadas por encima de la nobleza que era el estamento sobre el que recaía la responsabilidad de defender las ciudades. Por otro lado, las autoridades y nobleza salieron huyendo de la peste. La situación derivó en un vacío de poder que fue suplido por los gremios hermanados contra el enemigo común, armados y formando inmediatamente una autoridad colegiada. – La Junta de trece-. El movimiento fue liderado en un primer momento por Joan Llorenç, pero a su muerte en 1520, le sucede Vicente Peris, mucho más radical. Dando así un giro más violento a la revolución.

La Junta reordenó el abastecimiento de víveres y agua, reguló la ordenación municipal y organizó la economía, reduciendo la deuda. Pronto el movimiento se extendió por toda la región. Ellos eran la autoridad ni la nobleza ni el Virrey.

Tuvo que ser el propio monarca desde Bruselas el que pidiese que se respetara la autoridad del Virrey e iniciase una petición de desarme. Pero no fue obedecido. La consecuencia fue una lucha civil con la nobleza y el Virrey, a un lado, y el pueblo, al otro.

Tras varios enfrentamientos, el golpe decisivo a las germanías se produjo en Almenara, en agosto de 1521, donde las tropas populares fueron derrotadas. Posteriormente, cayeron en Orihuela y Valencia a manos de las tropas reales dirigidas por el duque de Segorbe. En Valencia se atrincheró el dirigente gremial Vicente Peris. En el otoño de 1521, el Virrey, Diego Hurtado de Mendoza, entró en Valencia, liberó la ciudad y mandó ejecutar a Peris en los primeros meses de 1522.

Por lo que respecta a las islas Baleares, el movimiento estalló en 1521, como consecuencia del encarcelamiento de siete menestrales. El levantamiento dura año y medio, supone la derrota, muerte o huida de la nobleza a cuyo frente estaba el Gobernador General que escapa a Ibiza. El resto de la nobleza, los que lograron sobrevivir a la gran matanza realizada por los sublevados en el Castillo de Bellver, se refugiaron en Alcudia, única ciudad que se mantuvo bajo el mando realista durante todo el levantamiento.

La forma de organización de los levantiscos baleares fue semejante a la valenciana con una Junta formada por trece miembros que se repartieron el poder de las islas, hasta que, en agosto de 1522, el Gobernador General, al mando de las tropas enviadas por Carlos en su socorro, logró reducir a los revolucionarios en Palma de Mallorca. La ciudad fue rendida en marzo de 1523. La mayoría de los sublevados fueron condenados a muerte salvo un pequeño grupo que logró huir a Cataluña.

Las germanías, en su aspecto positivo, demostraron que otra forma de gobernar era posible, con menos trabas burocráticas, menos deuda. En el aspecto negativo, fue un movimiento contra otras formas de trabajo y de pensamiento (por no utilizar el término actual de xenofobia, porque tal cosa no sería entendida en el siglo XVI), especialmente contra los mudéjares, artesanos que trabajaban de manera más barata que los miembros de los gremios. Fue un movimiento que pretendía preservar la forma comercial del medievo frente a las nuevas maneras renacentistas.

Carlos I de 1517 a 1522 (3. 1ª Parte)

3 COMUNEROS Y GERMANÍAS

3.1 COMUNEROS (1)

Existía un descontento general en España y más concretamente en Castilla que databa de los primeros tiempos del reinado de Carlos. Tras morir Fernando y heredar, Carlos no se presentó en España, sino que siguió en territorio flamenco y, por si fuera poco, alteró las costumbres castellanas al ser proclamado Rey en Santa Gúdula de Bruselas en 1516 aun cuando la reina Juana estaba viva y no había renunciado a la corona. Muchas personas en España entendieron que aquello era una usurpación de poder; hubo nobles que se levantaron en armas, hubo enfrentamientos dentro del estamento nobiliario, hubo grupos de la incipiente pequeña burguesía que trataron de sacar rédito de aquellos revuelos en los Consejos locales.

Dos razones crearon cierta alteración en Castilla: la falta de orden político-social y la crisis económica. Así, en el mismo 1516, el regimiento de Burgos, con el respaldo del Condestable de Castilla, realizó una llamada a las ciudades con voto en Cortes para que éstas se reuniesen en representación legal del Reino. La propuesta adquirió connotaciones revolucionarias. Su pretensión era alcanzar el orden donde la ausencia del Rey creaba caos, como se recoge en las actas de en las propias Cortes: [ había un total desconcierto] en “Consejos, Chancillerías y Corregimientos”. Esa ausencia de orden y política estaba creando ruina económica que alcanzaba a todo el reino.

Los nobles castellanos reunidos en Cortes pretendían enviar una embajada a Bruselas con el ruego al Rey de que viniera a España. Tanto el regente, Cisneros, como el Rey maniobraron para conseguir el fracaso de aquella convocatoria y lo consiguieron.

Al fin, Carlos arribó a España el 19 de septiembre de 1517. Pero lejos de arreglar las cosas, logró enervar aún más a los castellanos, debido a que:

  • No recibió a Cisneros, regente mientras duró la ausencia del Rey.
  • Su corte se rodeó de franceses y flamencos, de hecho, el Rey hablaba sólo en esas dos lenguas, ni una palabra de castellano.
  • Se comprobó que el rey no se iba a asentar en España, sino que corría raudo a Alemania para ser proclamado emperador.

Pero, al menos, su presencia logró dar legitimidad a su nombramiento al conseguir la renuncia de Juana y la proclamación de Carlos como Carlos I en unas Cortes españolas (castellanas).

Castilla no quería ser gobernada por extranjeros, la única solución era convocar de nuevo cortes en las que, al modo medieval, el rey y el reino se encontraran. Carlos lo aceptó, pero en vez de celebrar las cortes en Burgos, como era tradicional, lo hizo en ciudades de la periferia, sin representación propia: Santiago de Compostela y La Coruña.

Esta convocatoria sólo fue un subterfugio para, acto seguido, salir de España hacia Alemania en busca de su proclamación como emperador. No se habló de lo que quería Castilla y, consiguientemente, las tensiones aumentaron en el reino español.

Los castellanos querían las Cortes en Burgos como dictaba la tradición, por eso algunas ciudades se opusieron a mandar procuradores a Santiago y La Coruña. Los que enviaron representantes, lo hicieron con espíritu prerrevolucionario, el cual se manifestó en el orden del día de las sesiones en Cortes. Se incluyeron asuntos económicos sobre la venta de lana y, muy especialmente, la forma de administrar los tributos de alcabalas, acordando que asumieran las ciudades tal responsabilidad en detrimento del poder real.

En Toledo, la insurrección evitó enviar representantes a las Cortes, sin embargo, la intercesión del Rey logró que un grupo aceptase ir a las Cortes. Entre ese grupo estaba Juan Padilla. El pueblo insurrecto impidió tal embajada toledana y se declaró en completa insumisión. Un movimiento de desobediencia generalizada se extendió por toda Castilla.

En las ciudades muchos corregidores y gobernadores fueron desarmados y neutralizados en su autoridad; se negaron a entregar el dinero recaudado a la autoridad real; controlaron los circuitos de los procesos fiscales de manera que lo ya recaudado por los Gobernadores no pudieran entregarlo al Rey. En Segovia, los comuneros asesinaron al Procurador Rodrigo de Tordesillas, ante la reacción realista, se desplazaron a salvaguardar Segovia, cuyos comuneros capitaneaba Juan Bravo, tropas comuneras de Toledo a cuyo frente estaba Juan Padilla, tropas salmantinas a cuyo frente estaba Francisco Maldonado. Era Mayo de 1520.

Aquella sublevación no representaba un movimiento homogéneo y cada ciudad hacía la guerra por su cuenta: unas proponían modelos políticos alternativos, como el Concejo Municipal al que dotaban de soberanía; en otras, la nobleza se unió al pueblo; en algunas, la Iglesia participó directamente en el movimiento (por ejemplo, los monjes mendicantes de Valladolid o Salamanca).  En terceros lugares, la alta nobleza logró sujetar y controlar la situación de modo que supieron mantener posiciones intermedias entre comuneros y realistas de manera que esperaron, cubiertos por esa ambigüedad, ver el desarrollo de los acontecimientos e inclinarse, posteriormente, hacia el bando vencedor; tal fue el caso de Burgos, Zamora o Guadalajara. En otros sitios, como Murcia o Cartagena, el conflicto se expresó como lucha entre estamentos. En Andalucía, el enfrentamiento fue entre elementos dirigentes para comprobar quien se hacía con el poder.

En medio de este caos se producen dos hechos: de un lado, los realistas intentan sofocar la rebelión, no siempre con prudencia y, así, en una de sus más brutales acciones incendian Medina de Campo. De otro, Toledo tomó la iniciativa para dar al movimiento revolucionario coherencia, unidad y entidad política, creando a tal fin la Junta Magna a modo de gobierno.

Como reacción a la quema de Medina, la revuelta se extendió y la consecuencia inmediata fue la adhesión general a la Junta toledana. Los Junteros quedaron en reunirse en Ávila. Allí, la Junta magna se transformó en la Santa Junta y se constituyó en cuerpo político soberano. Para enraizar su legalidad, los representantes de los junteros visitaron a la reina Juana en Tordesillas el 29 de agosto de 1520, pero la incapacidad mental de ésta impidió que los atendiera en sus pretensiones de nombrarla Reina y expulsar al Rey extranjero, si bien es cierto que la Reina jamás dio muestras de querer realizar acto alguno contra su hijo.

Aquello supuso el principio del fin del movimiento comunero, estamos ante una sociedad estamental, otra solución era inimaginable. Del mismo modo que, aunque algunos autores creen encontrar en el levantamiento comunero un primer brote liberal, otros muchos, más pegados a la realidad del momento, consideran que el levantamiento comunero no era más que la reacción ante una monarquía extranjerizante. No querían una monarquía flamenca (como anécdota señalar que la expresión ponerse flamenco, como alguien altivo, exaltado, “gallito”, viene de entonces y muestra muy a las claras cual era la actitud de los recién llegados a la corte y de cómo eran percibidos por los españoles).

El ocaso militar provino de manera paulatina en función de los siguientes acontecimientos:

  • El disenso en el bando comunero. Así la ciudad de Burgos se mostró partidaria se acabar con la sublevación. Conocedor del hecho, el Rey dio orden al Condestable de Castilla de que aceptara las condiciones de Burgos. Esta circunstancia determinó el paso de Burgos a la causa realista y que Valladolid estuviera a punto de hacer lo mismo. Sin embargo, esta última resistió.
  • Durante octubre y noviembre de 1520, ambos bandos se dedicaron a recaudar fondos, reorganizar las tropas, y restablecer posiciones. En el bando comunero empezó a perder poder Toledo en favor de ciudades sitas más al norte. Con ello, cedió posiciones su líder, Juan Padilla, y empezaron a adquirir fuerza otros como, Pedro Girón y Antonio de Acuña, que son representativos de esa diversidad existente en el movimiento comunero. Así, el primero es un noble, uno de los pocos que quedaron a favor del bando comunero, y el segundo era el obispo de Zamora, cabecilla de una milicia formada sólo por sacerdotes.
  • Enfrentamiento en Tordesillas, que pasó a manos realistas. Consiguientemente, se reagruparon los comuneros en Valladolid. La derrota de Tordesillas tuvo la relevancia de hacer desaparecer toda apariencia de legitimidad o apoyo de la Reina Juana al movimiento comunero
  • El siguiente enfrentamiento importante fue en Torrelobatón, con victoria comunera. Logró reanimar de manera temporal al bando comunero frente a los realistas. Sin embargo, manifestó una de las razones de su ulterior fracaso: la división interna.
  • La dirección y los desmanes de la milicia juntera en las zonas rurales dividió a los comuneros en moderados y radicales. Entre los moderados: grupos de letrados, la nobleza, caballeros y parte del clero. El Cabildo de Toledo que estaba en los orígenes del movimiento quería abandonarlo. Además del extremismo, la Junta requería cada vez más fondos para su mantenimiento. Los impuestos se hacían imposibles y las disensiones, por ello, palmarias.
  • Por su parte en el bando realista, Carlos firmó el 17 de diciembre de 1520 el Edicto de Worms (no hay que confundir éste con el posterior Edicto de Worms de 25 de mayo de 1521, contra Lutero). En el que nos ocupa se condenaba a los comuneros a la pena capital.
  • Los realistas no tenían menos divisiones y por momentos se veían derrotados. En la primavera de 1521 todo era confusión. Las tropas realistas al mando del Condestable de Castilla, Iñigo Fernández de Velasco y Mendoza; del Almirante de Castilla y Duque de Medina de Rioseco, Fadrique Enríquez de Velasco, y del apoyo del Cardenal Adriano de Utrecht que ejercía de Gobernador de Castilla, lograron hacer frente a los comuneros en Villalar. Allí la caballería realista se impuso a las tropas de Padilla. Era el 23 de abril de 1521. El ejército comunero inició una desbandada general. Sus principales jefes fueron hechos prisioneros.
  • Los cabecillas, el día 24 de abril, fueron condenados a pena capital. Allí fallecieron Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado.

La revuelta tuvo tal trascendencia que Carlos volvió a España. Su intención era acabar con los problemas de las germanías (que las veremos posteriormente) y comuneros. Estos segundos eran su verdadero quebradero de cabeza, al fin y al cabo, las germanías habían sido un levantamiento social, de extremada gravedad sin duda, pero no habían hecho peligrar la autoridad y fundamento de la monarquía.

Los comuneros pusieron en solfa la autoridad real e intentaron forzar un cambio dinástico.

Además, la solución dada por la derrota de Villalar en la que la justicia impartida por el Condestable de Castilla tenía más de arbitrariedad que de neutralidad, había soliviantado los ánimos que aún quedaban en Castilla contra el Rey. El Condestable mató a los tres cabecillas mencionados y recordados por todos y, sin embargo, a otros con no menor culpa les perdonó la vida en razón de familiaridad y amistad.

Carlos necesitaba hacer justicia de verdad y parecer un Rey ecuánime y no un justiciero. Mostrar magnanimidad que diera una imagen de tolerancia que calmara los ánimos y le permitiera volver con cierta tranquilidad a dirigir el Imperio.

El Rey llega a España por Santander y Palencia, donde manda ejecutar a los cabecillas perdonados por razones de parentesco o amistad con la autoridad. Desde allí se traslada a Valladolid, ciudad que servía de refugio a los insurrectos, y, en vez de ajusticiar a más personas, dicta un perdón general. Así pretende pasar por rey justo, pero no cruel y de paso un rey pacificador del reino.

¯

(1) La palabra Comunidades procede de un escrito de protesta dirigido al Rey:
«Pedir al rey nuestro señor tenga por bien se hagan arcas de tesoro en las Comunidades en que se guarden las rentas estos reinos para defenderlos e acrecentarlos e desempeñarlos, que no es razón Su Cesárea Majestad gaste las rentas destos reinos en las de otros señoríos que tiene…» Archivo de Simancas-