Carlos I de 1517 a 1522 (y 7)

  1. VALORACIÓN FINAL

Que los puristas no se enfaden si digo que escribir esta valoración final sobre lo que fue y significó el imperio de Carlos I me ha recordado el título de una película de Almodóvar. Podríamos decir que la obra de Carlos I se fraguó entre dolor y gloria o entre el éxito y la frustración.

El destino hizo de Carlos el más poderoso señor del mundo ya en 1517. Pero aquel Imperio heredado y posteriormente ampliado requería una argamasa, ser aglutinado alrededor de un único gobierno, de manera que la diversidad del mismo se tornara en homogeneidad. No podemos decir que lo lograra del todo, pero al menos, tuvo la inteligencia de buscar armonía en torno a la corona.

En esa búsqueda de una identidad única, el imperio pasó por diversas etapas:

Una primera fase de inspiración borgoñona, pretendió el imperio universal. Fue una etapa idealista y con un sentido de reforma humanista. La realidad de los hechos impone un segundo periodo (1529 a 1544) de nuevo resurge la idea de un imperio Sacro Romano- Germánico. Un último tramo (hasta 1556), consecuente con todo lo anterior, se llena de problemas en Alemania y busca la hegemonía territorial y militar de Europa, unidad más por la espada que por la Fe.

En la primera de esas etapas, la que ha correspondido a estos hilos, Carlos respondía a la idea de príncipe borgoñón, como señala Maravall. En atención a la educación recibida de sus abuelos paternos su imagen de gobierno era completamente feudal. Sus aspiraciones se fundamentaban más en los ideales caballerescos medievales, en la figura de su antepasado Carlos “el temerario”, que en una visión más cercana a su tiempo. Sin embargo, esta idea fue desapareciendo poco a poco por imposición de la realidad renacentista en que le tocó vivir. Esa realidad se impuso de manera abrupta tras el levantamiento luterano y la guerra contra Francia. Su neo concepto de Sacro Imperio Romano Germánico no pudo ejecutarse ni por la unión de la cristiandad -paz cristina, su verdadero ideal de imperio, el ecuménico- ni por la creación de una unión política europea -los príncipes alemanes no se lo permitieron-. Fue precisamente este enfrentamiento con los hechos el que hizo evolucionar a Carlos I, creándole una gran tensión interior entre la practicidad y los esquemas ético- políticos arcaizantes recibidos desde su infancia. Por eso, su gloria imperial se torna en dolor y fracaso frente a su ideal. Pero esa lucha entre gloria y fracaso que se da en el cómputo global de su reinado, en los primeros años, yo diría que hasta 1518, está más cerca de la estupefacción que del esplendor.

Su asesor cuando llega a España, Chièvres, un francófilo recalcitrante, que está detrás de la humillante posición española frente a Francia en 1516, casi logra malgastar la herencia política de sus dos abuelos. Nunca los borgoñones hubieran pagado un tributo a Francia como si España fuera un súbdito más del Rey de Francia. Nunca Fernando el católico, hubiera aceptado las cláusulas del tratado de Noyon que daban al traste con su obra en Nápoles y Navarra. Nunca antes tuvimos un Rey de España que no hablara español y cuya Corte se expresara bajo la lengua y costumbres francesas y flamencas; esas maneras extranjerizantes que levantaron a los pueblos de España.

Pero Carlos evoluciona, por la influencia de Gattinara, y por las aportaciones de los humanistas españoles y flamencos. Su idea de imperio avanza hacia posiciones más acordes con el Renacimiento, aunque nunca en su totalidad. Los hechos le llevan, en 1522, a volver a España. Vuelve un rey más hispanizado, pero nunca del todo español. Su reino se ubica en Castilla y con ello intenta castellanizar España, pero a costa de sangrar las posibilidades económicas, de avance técnico y político de Castilla. Se centra en castilla porque la liberalidad de sus estatutos le permitiría acaparar poder sin los límites que las Cortes de otras zonas de la corona española le imponían, lo que le acercaba a su idea absolutista-medieval. Además, por Castilla llegaban los tesoros americanos que fortalecían las finanzas imperiales. Nadie apoyó más las guerras europeas, o contra el turco; nadie le acompañó más en su ideal ecuménico que Castilla y los castellanos. Castilla fue su base para la expansión universal, pero no como nación sino como fundamento de su dinastía, que es lo que da homogeneidad a su imperio en cualquiera de sus fases.  En este sentido imperial, Carlos es heredero de la idea imperial nacida en las comunidades astures frente al empuje islámico. Castilla es la prolongación de lo que fue Oviedo. Cuando Alfonso II fija en Oviedo su acción imperialista, marca el inicio de un proceso que llega a su consumación en 1492, con la conquista de Granada, a su superación, por la conquista de América y por la vuelta al Mundo de Elcano. Pero Castilla acabó siendo su territorio más preciado, el que dejó en manos de su mujer, Isabel de Portugal, durante sus ausencias. Castilla e Isabel son la base de su hispanización, son el fundamento de su vuelta a la unidad peninsular con la idea de anexión de Portugal, que siempre fue española a los ojos castellanos y que su hijo reunificó. Carlos representa la consolidación de aquel imperio nacido de la resistencia frente a los mahometanos y consigue rebasar la acción nacional para que la Historia pueda otorgar a España el valor histórico que sólo han alcanzado otras escogidas sociedades: Grecia, Roma, Gran Bretaña, Francia, Rusia o Estados Unidos.

Aunque no legó su Imperio en su máxima extensión, dejó las bases de lo que luego alcanzó su hijo. En un primer momento pensó en que un imperio cristiano debía legarlo, en su totalidad, a su hijo Felipe, la Historia (el retraso del Concilio, la alianza francesa con los protestantes, una Alemania que jamás fue de Carlos sino de los príncipes alemanes…) hizo que Carlos renunciara a sus ideales – de nuevo el dolor-. Así, desde 1548 habrá realmente dos imperios que se plasman en aquel testamento: uno alemán que queda en manos de su hermano Fernando y otro español, que engloba los territorios hispanos de un lado y otro del Atlántico, los flamencos y los italianos, que será para su hijo Felipe.

En la gloria tras el dolor de no alcanzar lo deseado, hay que destacar la existencia de una corriente de pensamiento humanista cristiana y erasmistas que coincide en su visión europeísta e internacionalista, con el hombre como elemento central, ya más renacentista que medieval, y a la que nos referiremos en hilos siguiente tanto al hablar del europeísmo como de la “Escuela de Salamanca”.

El dolor y la enfermedad trasladaron al Emperador a Yuste dos años antes de su fallecimiento. Su legado no fue el que él quiso lograr, sin embargo, alcanzó las más altas cotas de poder de su tiempo y una de las mayores de todos los tiempos. Puede que el Emperador lo viviera, en parte, como un fracaso, pero su legado es la muestra de un gran éxito.

Como consecuencia de la política de Carlos, especialmente por la derrota de sus ideas universalistas, se impuso en su hijo, Felipe II, como señala Vicens Vives, un cambio rotundo en la actitud internacional, en su política y métodos. Era preciso retomar la unidad católica y defenderla frente a las acometidas protestantes y turcas; a este supremo objetivo estaban encaminadas todas sus acciones en una lucha sin la tolerancia de su padre, en los ataques contra cualquier foco protestante o turco y en una concepción de conservar centralizadas y bajo férreo poder las posesiones heredadas. Logrando, no sin brotes de resistencia de una virulencia inusitada, el Imperio más importante de nuestra Historia y uno de los más destacados de la Historia Universal. Pero esa ya es otra historia.

BIBLIOGRAFÍA:

Aguado Bleye. “ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.

Elliot. “La España Imperial: 1469-1716)” Ed, Vicens-Vives. 2006.

Vicens Vives:” Historia social y económica de España y América”. Ed. Vicens-Vives. 1988.

Ramón Carande. “ Carlos V y sus banqueros”Ed. Crítica 1987.

Ubieto, Reglá, Jover y Seco. “Introducción a la Historia de España. Ed. Teide 1970.

José Antonio Maravall. “ Carlos V y el Pensameinto político del renacimiento”. Ed. B.O.E 1960.

Rogelio Perez- Bustamante. Historia del Derecho Español. ED Dykinson 1994.

Pedro Insua. “1492. España contra sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018.

 

 

Carlos I de 1517 a 1522 (6)

 

  1. LA CONQUISTA DE MÉJICO.

La conquista del imperio azteca fue un proceso histórico ocurrido entre los años 1517 y 1521. Se inicia con la llegada de los españoles a la península del Yucatán y se culmina con la caída de Tenochtitlan a manos de Hernán Cortés. Veamos el proceso.

Hasta Diego Velázquez de Cuéllar, primer Gobernador de cuba, como hemos señalado, llegan noticias de la prosperidad de las tierras vecinas. Era el año 1517, cuando envía a Francisco Hernández de Córdoba a una expedición que surca la costa de Yucatán y establece contacto con los Mayas. Quedaron impresionados por lo desarrollado de aquella civilización. A raíz de estos conocimientos y por el oro que parecía tener el lugar, Velázquez de Cuéllar organiza una segunda expedición (1518) al mando de Juan de Grijalva que surcando el Golfo de México llegó al río Tuxpán donde se produjo el primer contacto con Moctezuma II. Animado por aquellos resultados, Velázquez organizó una nueva expedición comandada por Hernán Cortés. Salió de Cuba en febrero de 1519. Los primeros contactos con los indígenas ya no fueron tan pacíficos.

El primer enfrentamiento serio contra los mayas da lugar a la Batalla de Centla (14 de marzo de 1519). Además de la estrategia envolvente de Cortés, lo que dio la victoria a los españoles fue el temor de los indígenas a las armas de fuego y, sobre todo, a la caballería. Los indios no habían conocido caballos y se vieron sorprendidos por aquellos seres extraños, mitad hombres, mitad animales. Ahora bien, Cortés llegó a Méjico con 518 soldados, 50 ballesteros y escopeteros, 11 jinetes, 32 caballos, 10 cañones y 4 falconetes. Con aquel exiguo bagaje nunca hubiera podido conquistar Nueva España si no hubiera sido por la ayuda que le proporcionaron los propios indígenas.

Consecuencia de la batalla fue la construcción de la primera ciudad española en América: Santa María de la Victoria y posteriormente la Villa Rica de la Vera Cruz (Veracruz), allí recibió Cortés por primera vez a los emisarios de Moctezuma II que hicieron numerosos regalos a los españoles de oro, plata y piedras preciosas.

Moctezuma era la cabeza suprema del imperio azteca. Éstos, originarios de la región que hoy conocemos como “Nuevo Méjico”, a la altura del siglo XV, presentaban una estructura “estatal” en la que cada nueva región conquistada, cada ciudad, mantenía su territorio y autonomía; realmente era una estructura tribal cuya organización política y social era el clan. Al expansionarse, los clanes se subdividieron hasta formar 20 agrupaciones menores llamadas calpullís, cada uno regido por un consejo, presidido por el calpullec. El gobierno correspondía al consejo tribal. En los momentos de guerra o peligro un solo jefe tomaba el mando (tlacatecutli- Jefe de hombre-), algo equivalente a lo que en Europa era el Rey, ese era Moctezuma II, el tlacatecutli, en el momento de la llegada de los españoles.

Cortés quiso conocer a tan poderoso señor, pero las evasivas del indígena lo impidieron hasta agotar la paciencia del español.

La estrategia empleada contra Moctezuma vino determinada por la ayuda que las tribus vecinas solicitaron a Cortés. Se trataba de enemigos de Moctezuma a los que éste tenía sometidos. Los primeros en acudir a los españoles fueron los totonacas y otras tribus mayas, esclavizadas por los aztecas.  Los mayas eran obligados a pagar importantes cantidades de tributos a los aztecas, los cuales, además, abusaban de las mujeres y sacrificaban o esclavizaban a los jóvenes. El apoyo local de los pueblos indígenas supuso la aportación de numerosos guerreros a las órdenes de los españoles como contrapartida a que los nuestros les dieran protección.

Hernán Cortés tenía un doble objetivo conquistar el territorio azteca e independizarse del poder de Cuéllar. En este último sentido, realizó tres movimientos:

  • Fundó Veracruz en territorios que no estaban bajo la jurisdicción de Cuba- al menos hasta que no se sometieran a su autoridad o a la de algún otro Gobernador-, Hernán Cortés la situó bajo la custodia directa del Rey.
  • Envió una nave con emisarios hacia España para informar y justificar sus acciones ante el  Rey Carlos I.
  • Embarrancó las naves que les quedaban para evitar la huida de los descontentos que querían volver a Cuba.

En su avance hacia la conquista del territorio Azteca, siguió haciendo alianzas con los pueblos indígenas. La más importante la que llevó a cabo con toltecas y tlaxcaltecas. Fruto de la misma es la victoria en la ciudad de Cholula.

 Moctezuma, había previsto la ayuda de la ciudad para entretener a Cortés en su camino hacia Tenochtitlan y, así, engañarlo, asediarlo y someterlo. La reacción hispano- tlaxcalteca no se hizo esperar. La ciudad fue derrotada no sin un gran derramamiento de sangre entre sus habitantes, sobre todo a manos tribales puesto que los tlaxcaltecas eran grandes enemigos de los cholultecas.

La traición de la ciudad fue conocida por los españoles gracias a una india llamada Malinche a la que los españoles conocían como doña Marina. Fue amante de Cortés, madre de su hijo, al que llamó Martín, consejera e interprete.

El siguiente paso era conquistar Tenochtitlan (hoy Ciudad de Méjico), capital del imperio azteca. El 18 de noviembre (en el calendario gregoriano) de 1519, Hernán Cortés era recibido por el noble azteca Cacamatzin, como antesala al encuentro con Moctezuma. Éste, tras recibirles con regalos y palabras amables, los invitó a alojarse en el palacio de Axayaca. Se trataba de otro ardid en el que cayeron los españoles. La situación se volvió muy tensa cuando los hispanos pretendieron construir una capilla en el palacio, pero, muy especialmente, al constatar la fragilidad de sus posiciones frente a los mexicas[1], motivo por el cual convencieron a Cortés para que arrestara a Moctezuma a modo de escudo defensivo y así poder salir de aquel palacio sin ser atacados. Tras encontrar excusa en las actividades aztecas- imposición de tributos- entre las tribus indias aliadas de los españoles, la detención de Moctezuma fue un hecho.

Estando, así las cosas, Cuba envía Pánfilo de Narváez a detener a Cortés. Hernán Cortés deja Tenochtitlan en manos de Pedro de Alvarado para adelantarse a las pretensiones de Narváez. Con parte de sus tropas apoyadas por guerreros tlaxcaltecas, se acercó a Cempoala, cuartel general de los enviados desde Cuba. Allí apresaron a Narváez. La expedición cubana se unió a Cortés, con hombres, caballos, armas y pertrechos. De vuelta, se paró en Veracruz. Apenas tuvo tiempo de aprovisionarse, cuando le llegaron noticias inquietantes de Tenochtitlan. Los españoles bajo las órdenes de Alvarado habían sido atacados por los mexicas y se encontraban refugiados en el Templo Mayor de la ciudad. La historiografía entiende que el ataque se debió a la reacción de los nativos por la matanza y abusos perpetrados por los españoles bajo el mando de Alvarado, pero, especialmente, al dar por segura la derrota y detención de Cortés a manos de Narváez.

Cortés volvió aceleradamente a la futura Ciudad de Méjico, allí no encontró más solución para liberar a los españoles que obligar a Moctezuma a que ordenara a sus conciudadanos a deponer los ataques. Lo subió a la azotea del palacio para que desde allí se dirigiera a sus súbditos. La respuesta de estos fue el lanzamiento de piedras contra el tlacatecutli, cuyas heridas le ocasionaron la muerte varios días después. Los españoles tuvieron que salir de la ciudad sin protección alguna, siendo muertos o apresados (y posteriormente entregados en sacrificio a los dioses aztecas) en un número muy elevado (algunos historiadores hablan de que más de la mitad del ejército español cayó en esta refriega). Aquel acontecimiento se conoce como la Noche Triste. Un nombre bien apropiado para lo que vivieron los españoles aquella noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520.

Los que lograron huir pidieron ayuda a sus aliados tlaxcaltecas, pero en el camino se encontraron con el inmenso ejército mexica (los historiadores suelen cifrar en 40.000 el número de guerreros aztecas) dirigido por Cihuacóatl. El enfrentamiento se dio el día 7 de julio de 1520 (algunos historiadores lo datan en el 8 de julio) en la llanura de Otumba. La batalla fue feroz, los aztecas tenían por costumbre rodear individualmente a sus enemigos para capturarlos vivos y ofrecerlos en sacrificio a sus dioses en unas ceremonias llenas de crueldad (los sacrificios mexicas drogaban a sus víctimas, les sacaban el corazón estando aún vivos, los desmembraban con vida y otras acciones demasiado bárbaras para una mentalidad civilizada); los españoles conocedores de la táctica pelaron sin descanso hasta morir si era preciso, por cuanto el campo de batalla era mejor tumba que los altares mexicas.

La formación española se componía en torno a los arcabuceros- los pocos que no habían perdido sus armas en la huida de la Noche triste- con ellos unos 20 jinetes y unos 4.000 guerreros indígenas aliados de los españoles. Tras soportar varias envestidas mexicas que parecían no tener fin y que, pensaban, iban a acabar con todos los españoles, Pedro de Alvarado divisó en un montículo a Cihuacóatl. Cortés y él, en un acto de heroísmo decidieron encabezar una sorprendente maniobra: mientras engañaban a la infantería indígena con un falso movimiento de los arcabuceros, la caballería llegó donde estaba Cihuacóatl al que Cortés o Alvarado (no se sabe a ciencia cierta quién fue de los dos) consiguió matar de un mazazo en el cráneo. En ese instante Juan de Salamanca, cogió el estandarte mexica y lo ondeó demostrando que la victoria había caído en manos hispanas. En la costumbre mexica cuando el enemigo cogía en estandarte, se consideraban derrotados. Los aztecas huyeron despavoridos, dejando detrás de ellos una de las batallas más recordadas en la historia militar por el ingenio y la valentía de los contendientes vencedores, los españoles.

En esta, como en todas las batallas y hechos de la Conquista que le tocó vivir, Hernán Cortés se manifestó como uno de los mayores estrategas, más valiente, intrépido e inteligente que la mayoría. Con muy pocas tropas, a base de alianzas con los indígenas, negociaciones, movimientos preventivos de gran agudeza y visión perspicaz de las circunstancias, logró un gran territorio para España. Y si logró todo aquello fue por mostrarse como lo que era; al decir de Hugh Thomas: uno de los hombres más cultos y mayores humanistas de la época. En contra de la leyenda negra en torno a Cortés, sobre todo, por muchos hispanistas, cabe afirmar que fue uno de los conquistadores más humanitarios de la época. La crueldad mexica se manifestaba en el trato que daban a sus vecinos sometidos tanto en vida como en el momento de sus castigos y sacrificios; frente a aquellas masacres, Cortés redactó sus tres cartas de Relación que rebosaban humanidad. Sin aquellos otros indígenas agradecidos por el buen trato dado por los españoles frente a la opresión azteca, nunca se hubiera conseguido la conquista de Méjico. Cortés fue un gran diplomático con enorme empatía, no en vano, él llega a Méjico sin conocer el lugar ni a sus gentes. Realizó trabajos extraordinarios basándose en criterios universales, trató a los campesinos indígenas como hubiera tratado a los campesinos castellanos y a los guerreros como a los guerreros de cualquier lugar y condición. Los trató con respeto, igualdad y dignidad. Se fio de los enemigos de los aztecas y no le defraudaron, desconfió de los amigos de los aztecas y acertó.

Tras Otumba, Cortés tardó más de un año en volver a conquistar Tenochtitlan y con ella todo el territorio azteca quedó en manos de Hernán Cortés. El cual escribió a Carlos I para que llamara al territorio conquistado “Nueva España” que fue la base de lo que más tarde alcanzó a ser el Virreinato de “Nueva España”. Al contrario que la conquista de británicos y franceses en América del norte, sin grandes asentamientos, los españoles intentaron mantener las zonas de población indígena sedentaria, lo que en la América interior les dio grandes resultados. Sin embargo, no hubo un procedimiento único de conquista, sino que hubo de enfrentarse a las condiciones que planteaban los propios indígenas muy especialmente en algunas zonas periféricas, significativos en este sentido fueron el sometimiento de los chichimecas de México o los araucanos de Chile, puesto que supieron adoptar las mismas armas y métodos de guerra que los propios españoles.

La conquista militar se conjugó con la evangelización de los indios, y con la masiva emigración desde España, cosa que no ocurrió en otras colonizaciones europeas del momento, para hacer posible el dominio de la tierra y satisfacer las exigencias de mano de obra.

La conquista se desarrolló desde dos polos iniciales:

  • Desde Cuba hacia México. De allí hacía el norte (Nueva Galicia, Nueva Vizcaya, Norteamérica) y sur (Guatemala y El Salvador)- (Virreinato de Nueva España).
  • Desde Panamá. Llegan, por un lado, al norte, a Nicaragua, para desplazarse, hacia el sur, por la ruta del Pacífico para conquistar el Perú. La futura Nueva Granada (Ecuador, Colombia y Venezuela – al que se une Panamá-) y se continúa camino de Chile para conectarse con los colonizadores del Río de la Plata (futuro Virreinato de la Plata).

Hablamos de la conquista militar y colonial, que no hubiera podido desarrollarse sin un entramado administrativo que se refleja en los Virreinatos que acabarán formando parte integrada en la organización institucional española, en la imperial Corona española, pero que en 1522 aún no estaba plenamente desarrollada.

[1]El término mexica se utiliza para referirse a los aztecas. Mexica era el término utilizado por los indígenas mientras que azteca era el término utilizado por la historiografía y que deriva del mito de Aztlán que según varias fuentes historiográficas está en el origen de los mexicas. Los cuales fueron expulsados del lugar y migraron hacia el sur. Se entiende por una parte de la historiografía que Aztlán era una isla, a la cual muchos la identifican con la isla Mackinac en medio del lago Michigan- Huron. En todo caso, los términos mexica y azteca se usan como sinónimos.

Carlos I de 1517-1522(5)

5. LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Según las capitulaciones de Santa Fe, el régimen de explotación de las tierras que se habían de descubrir era un verdadero monopolio, cuyos titulares eran Colón (su posición en América se zanjó en 1536[1]) y la Corona de Castilla, por ser la auténtica financiadora de la empresa colombina. De hecho, este era un acuerdo entre los reinos de Castilla y de Aragón. Al primero le correspondía la expansión oceánica, mientras Aragón se reservaba el área mediterránea. Así, Isabel la Católica en su testamento (1504) declaró que “las islas y tierra firme del mar océano, descubiertas y por descubrir, ganadas o por ganar, quedasen incorporadas a sus reinos de castilla y de León”.  Isabel legaba a Fernando el Católico, con carácter voluntario, la mitad de las rentas que aquellas tierras produjesen. Fernando las dio en testamento a Juana y se incorporaron formalmente a Castilla con Carlos V cuando adquiere el título efectivo de Rey de Castilla, tras el juramento como monarca.

Esta vinculación exclusiva a Castilla impidió que los vasallos de Aragón se beneficiaran de la conquista americana y pocas veces participaran en ella. Este supuesto privilegio castellano tampoco le fue del todo favorable pues tan gigantesca empresa exigió una constante sangría de hombres, sin la correspondiente compensación para el reino castellano. Desde Castilla, le era más fácil al Rey aprovecharse de las riquezas venidas de América que desde cualquier otro reino peninsular, ya que las Cortes castellanas no oponían resistencia a la voluntad del monarca (de lo que tuvo mucha culpa el resultado de las contiendas comuneras) cosa que si hacían las Cortes aragonesas o las de otras regiones.

Consecuencia de la actividad castellana en la conquista de América; tras sufragar Castilla el viaje de Colón, un portugués- Fernando de Magallanes- se naturaliza Castellano para poder acometer algo que había iniciado Colón, que había continuado Américo Vespucio y otros varios como Juan de la cosa, Yañez Pinzón… y todos, sin éxito: la idea de llegar a las islas de las especias (islas Molucas)- de gran valor económico y generadoras de grandes riquezas- a través de occidente.  Todos habían buscado un paso hacía el otro lado del mar, el mar del Sur, conocido como Pacífico tras las expediciones de Nuñez de Balboa (descubridor del Pacífico en 1513).

Magallanes y Elcano lo consiguieron. Aquel previo y aparente fracaso de otros grandes navegantes españoles fue el origen del gran éxito imperial, que vino marcado por la colonización, evangelización y civilización de un continente: América.

El auténtico imperio español en el nuevo continente nace y se compone en torno al Mar Caribe. La base de partida de los españoles se situó en la isla La Española, cuya conquista se completó con la expedición de Nicolás de Ovando (en 1502), con una flota de 30 buques en la que lleva como misión repoblar aquellas tierras recién conquistadas.  Tras él llegaron Nuñez de Balboa que colonizó Panamá en 1508: Ponce de León, Puerto Rico, o Juan Esquivel que llegó a Jamaica en 1509. En 1511, Diego Velázquez de Cuéllar conquistó y, posteriormente, gobernó Cuba y gracias a él el gran Hernan Cortés llegó, conquistó y civilizó Mejico. Su heroica hazaña la veremos en la próxima entrada. Su conquita coincide por completo con el periodo de estudio seleccionado. Desde Méjico la conquita siguió hacia el norte y hacia el sur hasta lo que sería con el tiempo el Virreinato de la Plata.

Volviendo a aquellos orígenes, a su desembarco, Ovando tuvo que enfrentar los problemas creados por los propios españoles llegados con Colón, sumidos en la anarquía. Enderezó la situación político-organizativa, explotó las minas de La Española y repartió las tierras a los encomenderos que lograron prosperidad a costa de la población india, que no tenía costumbre ni de ser esclavos ni de trabajar como imponían los españoles. Pero la conquista dio un cambio radical gracias a la protección de los Reyes Católicos hacia los indios. En este sentido, existe una gran controversia histórica sobre la influencia de dos figuras: Fray Alonso de Montesinos y un encomendero que pronto dejaría la tierra y se ordenaría sacerdote con el nombre de Fray Bartolomé de las Casas[2]. Con la idea de considerar al indio como un igual ante Dios, nacieron, en 1512, las Leyes de Burgos  y en 1513 las Ordenanzas de Valladolid. En ellas, el Rey Fernando disponía, entre otras cosas, que los indios eran libres y que debían ser evangelizados, que podían trabajar siempre que este trabajo no fuera obstáculo ni para su evangelización ni para su salud, que debían gozar de descanso diario; los indios debían tener casas, haciendas propias y oportunidad de cultivarlas. Asimismo, se prohibió a las mujeres trabajar en las minas y, si estaban embarazadas, en ningún trabajo, lo mismo que los menores de 14 años. La conciencia evangelizadora de la conquista dio como fruto la aprobación de diversas leyes que, de manera paulatina, generaron las condiciones más humanitarias de la conquista española; promovieron el mestizaje y lograron, sin duda, una relación de igualdad entre colonizadores y colonizados que no se ha dado en ninguna otra conquista, de ningún país, en ningún tiempo. En este aspecto conviene hacer una referencia al Padre Vitoria, a su obra “De Indis” y a la influencia que su pensamiento humanista tuvo en el tratamiento de la dignidad de los hombres y los derechos de los indígenas en América. Afirmó que los indios no son seres inferiores, sino que tienen los mismos derechos que cualquier ser humano, siendo dueños de sus tierras y bienes. No nos extenderemos más en las aportaciones del padre Vitoria porque sobre el derecho de gentes y la escuela de Salamanca realizaremos otro hilo separado del actual.

Todas estas normas y acciones culminaron en las Leyes Nuevas de 1542-43 en las que además de asuntos de organización institucional, en un numero importante se referían a la condición de los indios. Las leyes de Indias pasarían a la Recopilación del Derecho Indiano en 1680.

Nadie podrá acusar a España, salvo faltando a la verdad, de ausencia de buenas intenciones. Se cometieron errores (¡en qué obra humana no se cometen!), pero no tantos como se quiere hacer ver, escasos en comparación con las conquistas realizadas por otras naciones y muchos menos si en vez de analizar las cosas con ojos actuales, se hace con los de entonces. El anacronismo nunca ha sido una fuente histórica. Si vemos la situación en el momento, en los siglos XV y XVI, la causa española, alcanza aún mayores cotas de grandeza.

Grandeza política y militar, que no económica.

América fue una gran fuente de riqueza y de comercio, pero mal gestionada por utilizarla con mentalidad política y no económica; por el uso inmediato y no pensando en el futuro; por la idea imperial feudal y no hispana y renacentista.

La llegada de riquezas se hizo esencialmente por el puerto fluvial de Sevilla, no en vano el comercio con América quedó monopolizado por la casa de Contratación de Sevilla. Sin embargo, aquella llegada de riquezas no valió para mejorar las estructuras económicas de España, sino para saldar las deudas del emperador con los banqueros alemanes e italianos, como ya hemos visto.

En los años en los que nos centramos (1519-1522), aún no era palpable el problema económico que se venía encima por falta de previsión, de inversión nacional, de mejora de la tecnología, tal fue así que la falta de modernización de las estructuras económicas y manufactureras determinaron que España tuviera que importar productos elaborados desde otras zonas para cubrir su abastecimiento y el de América.

Por si fuera poco, se unió que, si bien la forma de organización del nuevo mundo fue ingeniosa y eficaz en un primer momento, con gobernadores y luego con virreyes (tenían atribuidas las funciones de los gobernadores, capitanías generales y Audiencias) que ejercía el poder en nombre del Rey, con autonomía y lealtad, con funcionarios adecuados y fieles servidores públicos; con el tiempo, la venta de cargos, la falta de control de los productos, el enriquecimiento injusto, la piratería y el contrabando, mermaron el comercio español y el control de sus colonias.

Enderezar aquella situación, desde finales del siglo XVI hubiera requerido un proceso de cambio que no se acometió.

[1]El incumplimiento de los acuerdos con Colón dieron lugar a los “ Pleitos Colombinos”, cuyo estudio más completo lo realizó Gustavo Villapalos en 1976

[2]La figura de Fray Bartolomé de las Casas es muy controvertida. Jesús Á. Rojo Pinilla en su libro “Grandes Traidores a España”. Ed El gran capitán, incluye a Fray Bartolomé entre los grandes traidores a España por haber sentado las bases de la leyenda negra.  Creo que para la traición hace falta intención, dolo, y el padre de las Casas no está claro que lo tuviera. Coincido con Rojo en que era un fanático. Rojo lo define como “Charlatán paranoico”. Sobre su figura volveremos algún día. En todo caso,  es evidente  lo que diferencia al Imperio español de otros muchos: su sentido humanista. La leyenda negra, no lo neguemos, nació tanto más que por las obras de Las Casas, por la tergiversación interesada de las palabras de Las Casas por parte de muchos enemigos de España. Indudablemente, si sus obras se hubieran ceñido a la verdad y no a la fantasía de su espíritu paranoico, no hubiera dado lugar a la tergiversación.

Carlos I de 1517 a 1522 (4)

4.  POLÍTICA EXTERIOR. EUROPA

Carlos I intentó superponer a cualquier otra consideración un concepto de cristiandad como realidad política. Un principio que podemos calificar de erasmista o ecuménico y, aunque no logró acabar con los protestantes, sí marcó una época e influyó en la reacción de sus herederos.  Vicens Vives señala la relevante importancia de Carlos I hasta el punto de que su personalidad y su política son representativas de lo que fue Europa durante la primera mitad del siglo XVI, especialmente, a partir de 1525.

La política exterior española en Europa ( América lo veremos en otra entrada) en este periodo se ve determinada por el inicio de la crisis protestante y el enfrentamiento con Francia por Italia y el papado. Posteriormente, serán igualmente relevantes las luchas contra los turcos de Solimán “el Magnífico”, si bien, no hay que olvidar que, las escaramuzas y guerras con los otomanos se venían dando desde el inicio del reinado (en 1516 se produce la derrota de la flota enviada por el Cardenal Cisneros, para intentar recuperar la plaza de Argel. Las tropas otomanas estaban bajo las órdenes de Barbarroja). Todos estos problemas le perseguirán hasta su retiro en Yuste.

Dado el periodo de estudio elegido, nos referiremos muy brevemente al inicio de los dos primeros conflictos: luteranismo y la guerra contra Francia. Si bien haremos referencia a dos conquistas otomanas que se producen en este momento histórico y que tendrán su importancia posteriormente: la conquista de Belgrado (1521) y la toma de Rodas (1522).

LUTERO.

En 1517, Lutero colgaba sus 95 tesis en la Iglesia de Wütemberg. En 1520, Carlos, influido por la idea de un imperio ecuménico, llega a Aquisgrán para ser coronado Rey de los Romanos, es decir, Príncipe de la Cristiandad. Sin embargo, en 1520, el cisma luterano ya era una realidad y su idea imperial quedaba resquebrajada. El luteranismo había afectado sobremanera a Alemania y Carlos ni como Rey Romano ni como Emperador de Alemania podía aceptar aquella ruptura ni tampoco mostrarse radicalmente agresivo contra ella si no quería provocar la oposición de los príncipes alemanes a su nombramiento. De ahí que, en 1521, buscando una política conciliadora, convocó la Dieta de Worms. Allí, se aceptó la idea de un Concilio como medio de solucionar en cisma. Pero el Concilio de Trento no se convocó hasta 1543 y no inició sus sesiones hasta 1545, demasiado tarde para solventar el problema.

En esta primera fase del reinado de Carlos V se suceden otros cónclaves en busca de acuerdos con los luteranos. A Worms le sucedieron las Dietas de Nüremberg (1524) y Espira- 1526- (donde nace la denominación “protestante” para referirse a los luteranos). Pero nada se consiguió; el éxito luterano ya estaba cimentado. Sus basamentos fraguaron de la unión de las “Tesis” con el aumento del protagonismo político de los príncipes alemanes. Se fusionaron religión y revolución social; esta última, en el pueblo alemán, se manifestaba como mesiánica y, en los príncipes alemanes, bajo el manto del poder.

A aquellas siguieron otras reuniones: primero con la Dieta de Augsburgo (1530) y posteriormente en el Concilio de Trento, como hechos destacados, que no únicos.

Estas soluciones fracasarían por la posición radical de algunos sectores luteranos apoyados por los grandes príncipes alemanes temerosos de perder sus privilegios bajo la monarquía absolutista que representaba Carlos. De hecho, en 1531 los príncipes luteranos se unieron en la liga Esmalcalda para defender sus intereses con una caja común y un ejército propio. En el fondo de nada le valió al emperador derrotarlos en Mühlbergh, las alianzas entre los alemanes, franceses, ingleses… acabaron por derrotar al Emperador y a su idea ecuménica; rota por protestantes, calvinistas, por la ruptura de Enrique VIII con el catolicismo y, sobre todo, por la fuerza creciente de las posiciones nacionales. En el fondo, el enfrentamiento no fue más que la pugna entre una corte medieval en sus ideales (ecuménicos) contra las primeras afirmaciones de las personalidades nacionales (Renacimiento).

Pero fue precisamente este enfrentamiento y la derrota de sus pretensiones, los que hicieron evolucionar la idea imperial de Carlos I hacia un concepto de sacro imperio romano- germánico. En ese intento tropezó con Francia y con el papado.

GUERRA CONTRA FRANCIA

Carlos V consideró que la derrota luterana y la unificación de sus territorios en el imperio romano-germánico requería de la posesión del Milanesado y a esa conquista se lanzó.

En el camino hacia Italia se encuentra con Francisco I, desde 1514 Rey de Francia al suceder a su primo Luis XII, que murió sin descendencia.

Carlos y Francisco ya se habían enfrentado al oponerse el Rey francés al nombramiento de Carlos como Emperador.

Francisco veía su reino rodeado de los territorios imperiales de Carlos: España por el sur y, por el este, el Sacro Imperio Romano-Germánico. Esto impedía una política exterior fundamentada en el expansionismo; empeñado, como estaba, en recuperar la Borgoña y Navarra para Francia y continuar su crecimiento por la península itálica.

Según la historiografía más común podemos considerar que los enfrentamientos con Francia tuvieron las siguientes fases:

Primera (1521-1529)

Segunda (1536-1538)

Tercera (1542-1544)

Cuarta (1552-1559) – desde 1556 con Felipe II en el trono-.

Por afectar a nuestro periodo de estudio, nos centraremos, exclusivamente, en la primera.

Milán estuvo en posesión de Francia tras la expulsión de Ludovico Sforza y se recuperó para el papado en 1511, para volver a poder francés tras la batalla de Marignano en 1516.

La guerra contra España se inició en 1521 cuando, Francisco, aprovechando la revuelta de los comuneros, intentó invadir España, especialmente Navarra y parte de las vascongadas (mantuvo Fuenterrabía hasta 1524), pero la suerte final en las armas fue favorable al Emperador. Carlos V había logrado el apoyo de monarca inglés, Enrique VIII, y del Papa (tanto León X como de su sucesor, Adriano de Utrech – que había sido preceptor del Emperador-). Con tales apoyos se hizo con el Milanesado en 1522 y colocó, de nuevo, a los Sforza en el ducado.

La reacción de Francisco I fue un intento de recuperación del Milanesado nada más perderlo.  En su primer ataque, abril de 1522, acaba derrotado en la batalla de Bicoca, a la que siguió el fracaso en Pavía- donde Francisco I fue hecho prisionero y tuvo que aceptar el tratado de Madrid (1526) en virtud del cual, a cambio de su libertad, cede el Milanesado y Borgoña a Carlos V; renuncia a su soberanía sobre Flandes y Artois, y devuelve sus dignidades al condestable de Borbón. Queda libre, pero, como garantía del Tratado, en España se quedaron los dos hijos mayores del Rey: el delfín y el duque de Orleans.

La Paz y la palabra de Francisco tuvieron poca consistencia, a lo que contribuyó que el Papa Clemente VII, sucesor de Adriano, no viera con buenos ojos el poder imperial. El Papa logró un acuerdo con Francia, Inglaterra, Venecia y Florencia formando la liga de Cognac o Clementina. Aquella amenaza al poder de Carlos acabó con las tropas imperiales marchando sobre Italia, el Papa atemorizado se avino a un armisticio. Sin embargo, las tropas hispano- alemanas que formaban el grueso del ejercito de Carlos V, comandadas por el Duque de Borbón, no se contuvieron en su avidez de botín. El Papa se tuvo que refugiar en el Castillo de Sant Angelo y Roma fue saqueada (1527). El saco de roma que tanto escritos, estudios y obras de arte ha sugerido (los estudios de André Chastel o Umberto Roberto; los dibujos de Antonio Tempesta; los grabados de Martín Heenskerch o los de Cornelis Boel…)

Francisco, lejos de conformarse, contrataca con la ayuda del genovés Andrea Doria y sitia Nápoles, pero las discrepancias por el botín hacen que Doria traicione a Francisco y se cambie de bando. El tratado de Cambray o de las damas (1529) finalizó esta lucha. Fue mucho menos duro que el de Madrid y logró cierta estabilidad en la zona; la que necesitaba Carlos para centrarse en los problemas con los protestantes y los turcos.

Sólo haré una mención a un hecho importante que se da en el ejército de Carlos I. Como todo en él y en el imperio fue una especie de puente entre la Edad Media y el renacimiento. Militarmente, no lo fue menos. De un lado hereda en nuevo concepto militar de tercios, combinación de infantería, piquera y arcabucera, desarrollada, sobre todo, por los ejércitos italianos de su abuelo Fernando y puesta a punto por el desarrollo de las armas de fuego portátiles. Sin embargo, es un rey justador, con mentalidad de batalla medieval donde el rey comandaba los ejércitos y lo hacía a caballo usando armadura. Empiezan a usarse unidades flexibles de infantería con unidades artilladas de campaña y sitio. El ejército pasa de ser una institución formada por “profesionales” o milicianos a un ejército de leva nacional.

 

Carlos I de 1517 a 1522 ( 3 y 2ª parte)

3 COMUNEROS Y GERMANÍAS

3.2 MOVIMIENTO AGERMANADO

La revolución castellana se movió paralela a otros movimientos de revuelta. El más singular fueron las llamadas germanías (hermandades gremiales) de Valencia y Mallorca (entre 1519 y 1523).

Las germanías fueron un movimiento social que enfrentaba a los sectores más populares de las ciudades con la nobleza y estratos más poderosos.

Siendo un movimiento muy importante no tuvo el carácter de sublevación o pseudo-sublevación de Castilla. No fue tanto una corriente contra la monarquía como una insurrección de corte social cuyas causas profundas fueron las disensiones producidas en la sociedad por el paso de un sistema feudal a uno más absolutista o, dicho de otro modo, por el paso de una autoridad dispersa en los burgos medievales a una sociedad más jerarquizada como la renacentista.

Aunque sus comienzos tienen mucho que ver con el juramento del rey, no se fundamentaron en una falta de reconocimiento de la autoridad real sino en considerar que el monarca había agraviado a las Cortes valencianas y baleares, porque el Rey, tras jurar en Barcelona, no se desplazó a Valencia a ser juramentado, sino que se desvió a Castilla. Ya hemos visto, como la intención real era embarcar en La Coruña hacia Alemania para hacerse cargo del imperio, sin embargo, el monarca se excusó diciendo que no entraba en Valencia porque estaba infectada por la peste, circunstancia cierta, pero no suficiente para justificar la ausencia real.

Valencia estaba quejosa y quería hacer saber al monarca sus cuitas. Cuatro son las razones de sus lamentos:

  • La corrupción municipal y de clases elevabas que determinó un problema de abastecimiento.
  • La peste y sus efectos.
  • El desamparo de la clase dirigente por la ausencia del Emperador.
  • La presencia de piratas en el mediterráneo de origen otomano, que, además, entraban en contacto con la abundante población mudéjar y creaba altercados e inseguridad en las ciudades.

De todos esos asuntos, lo que más preocupó al Emperador fue la piratería. Dio orden a la nobleza de armarse y atacar a los corsarios, pero obtuvo poco éxito. Por ello, optó por encargar a los gremios el reclutamiento, con dos criterios: en razón de los oficios y por el encuadramiento social en parroquias.

Así empezó el agermanamiento, la acción solidaria entre oficios y vecindad. Por tanto, fue Carlos quien dio el primer apoyo al movimiento agermanado. Es decir, por apoyo del Rey a las capas populares de la población, se vieron armadas por encima de la nobleza que era el estamento sobre el que recaía la responsabilidad de defender las ciudades. Por otro lado, las autoridades y nobleza salieron huyendo de la peste. La situación derivó en un vacío de poder que fue suplido por los gremios hermanados contra el enemigo común, armados y formando inmediatamente una autoridad colegiada. – La Junta de trece-. El movimiento fue liderado en un primer momento por Joan Llorenç, pero a su muerte en 1520, le sucede Vicente Peris, mucho más radical. Dando así un giro más violento a la revolución.

La Junta reordenó el abastecimiento de víveres y agua, reguló la ordenación municipal y organizó la economía, reduciendo la deuda. Pronto el movimiento se extendió por toda la región. Ellos eran la autoridad ni la nobleza ni el Virrey.

Tuvo que ser el propio monarca desde Bruselas el que pidiese que se respetara la autoridad del Virrey e iniciase una petición de desarme. Pero no fue obedecido. La consecuencia fue una lucha civil con la nobleza y el Virrey, a un lado, y el pueblo, al otro.

Tras varios enfrentamientos, el golpe decisivo a las germanías se produjo en Almenara, en agosto de 1521, donde las tropas populares fueron derrotadas. Posteriormente, cayeron en Orihuela y Valencia a manos de las tropas reales dirigidas por el duque de Segorbe. En Valencia se atrincheró el dirigente gremial Vicente Peris. En el otoño de 1521, el Virrey, Diego Hurtado de Mendoza, entró en Valencia, liberó la ciudad y mandó ejecutar a Peris en los primeros meses de 1522.

Por lo que respecta a las islas Baleares, el movimiento estalló en 1521, como consecuencia del encarcelamiento de siete menestrales. El levantamiento dura año y medio, supone la derrota, muerte o huida de la nobleza a cuyo frente estaba el Gobernador General que escapa a Ibiza. El resto de la nobleza, los que lograron sobrevivir a la gran matanza realizada por los sublevados en el Castillo de Bellver, se refugiaron en Alcudia, única ciudad que se mantuvo bajo el mando realista durante todo el levantamiento.

La forma de organización de los levantiscos baleares fue semejante a la valenciana con una Junta formada por trece miembros que se repartieron el poder de las islas, hasta que, en agosto de 1522, el Gobernador General, al mando de las tropas enviadas por Carlos en su socorro, logró reducir a los revolucionarios en Palma de Mallorca. La ciudad fue rendida en marzo de 1523. La mayoría de los sublevados fueron condenados a muerte salvo un pequeño grupo que logró huir a Cataluña.

Las germanías, en su aspecto positivo, demostraron que otra forma de gobernar era posible, con menos trabas burocráticas, menos deuda. En el aspecto negativo, fue un movimiento contra otras formas de trabajo y de pensamiento (por no utilizar el término actual de xenofobia, porque tal cosa no sería entendida en el siglo XVI), especialmente contra los mudéjares, artesanos que trabajaban de manera más barata que los miembros de los gremios. Fue un movimiento que pretendía preservar la forma comercial del medievo frente a las nuevas maneras renacentistas.

Carlos I de 1517 a 1522 (3. 1ª Parte)

3 COMUNEROS Y GERMANÍAS

3.1 COMUNEROS (1)

Existía un descontento general en España y más concretamente en Castilla que databa de los primeros tiempos del reinado de Carlos. Tras morir Fernando y heredar, Carlos no se presentó en España, sino que siguió en territorio flamenco y, por si fuera poco, alteró las costumbres castellanas al ser proclamado Rey en Santa Gúdula de Bruselas en 1516 aun cuando la reina Juana estaba viva y no había renunciado a la corona. Muchas personas en España entendieron que aquello era una usurpación de poder; hubo nobles que se levantaron en armas, hubo enfrentamientos dentro del estamento nobiliario, hubo grupos de la incipiente pequeña burguesía que trataron de sacar rédito de aquellos revuelos en los Consejos locales.

Dos razones crearon cierta alteración en Castilla: la falta de orden político-social y la crisis económica. Así, en el mismo 1516, el regimiento de Burgos, con el respaldo del Condestable de Castilla, realizó una llamada a las ciudades con voto en Cortes para que éstas se reuniesen en representación legal del Reino. La propuesta adquirió connotaciones revolucionarias. Su pretensión era alcanzar el orden donde la ausencia del Rey creaba caos, como se recoge en las actas de en las propias Cortes: [ había un total desconcierto] en “Consejos, Chancillerías y Corregimientos”. Esa ausencia de orden y política estaba creando ruina económica que alcanzaba a todo el reino.

Los nobles castellanos reunidos en Cortes pretendían enviar una embajada a Bruselas con el ruego al Rey de que viniera a España. Tanto el regente, Cisneros, como el Rey maniobraron para conseguir el fracaso de aquella convocatoria y lo consiguieron.

Al fin, Carlos arribó a España el 19 de septiembre de 1517. Pero lejos de arreglar las cosas, logró enervar aún más a los castellanos, debido a que:

  • No recibió a Cisneros, regente mientras duró la ausencia del Rey.
  • Su corte se rodeó de franceses y flamencos, de hecho, el Rey hablaba sólo en esas dos lenguas, ni una palabra de castellano.
  • Se comprobó que el rey no se iba a asentar en España, sino que corría raudo a Alemania para ser proclamado emperador.

Pero, al menos, su presencia logró dar legitimidad a su nombramiento al conseguir la renuncia de Juana y la proclamación de Carlos como Carlos I en unas Cortes españolas (castellanas).

Castilla no quería ser gobernada por extranjeros, la única solución era convocar de nuevo cortes en las que, al modo medieval, el rey y el reino se encontraran. Carlos lo aceptó, pero en vez de celebrar las cortes en Burgos, como era tradicional, lo hizo en ciudades de la periferia, sin representación propia: Santiago de Compostela y La Coruña.

Esta convocatoria sólo fue un subterfugio para, acto seguido, salir de España hacia Alemania en busca de su proclamación como emperador. No se habló de lo que quería Castilla y, consiguientemente, las tensiones aumentaron en el reino español.

Los castellanos querían las Cortes en Burgos como dictaba la tradición, por eso algunas ciudades se opusieron a mandar procuradores a Santiago y La Coruña. Los que enviaron representantes, lo hicieron con espíritu prerrevolucionario, el cual se manifestó en el orden del día de las sesiones en Cortes. Se incluyeron asuntos económicos sobre la venta de lana y, muy especialmente, la forma de administrar los tributos de alcabalas, acordando que asumieran las ciudades tal responsabilidad en detrimento del poder real.

En Toledo, la insurrección evitó enviar representantes a las Cortes, sin embargo, la intercesión del Rey logró que un grupo aceptase ir a las Cortes. Entre ese grupo estaba Juan Padilla. El pueblo insurrecto impidió tal embajada toledana y se declaró en completa insumisión. Un movimiento de desobediencia generalizada se extendió por toda Castilla.

En las ciudades muchos corregidores y gobernadores fueron desarmados y neutralizados en su autoridad; se negaron a entregar el dinero recaudado a la autoridad real; controlaron los circuitos de los procesos fiscales de manera que lo ya recaudado por los Gobernadores no pudieran entregarlo al Rey. En Segovia, los comuneros asesinaron al Procurador Rodrigo de Tordesillas, ante la reacción realista, se desplazaron a salvaguardar Segovia, cuyos comuneros capitaneaba Juan Bravo, tropas comuneras de Toledo a cuyo frente estaba Juan Padilla, tropas salmantinas a cuyo frente estaba Francisco Maldonado. Era Mayo de 1520.

Aquella sublevación no representaba un movimiento homogéneo y cada ciudad hacía la guerra por su cuenta: unas proponían modelos políticos alternativos, como el Concejo Municipal al que dotaban de soberanía; en otras, la nobleza se unió al pueblo; en algunas, la Iglesia participó directamente en el movimiento (por ejemplo, los monjes mendicantes de Valladolid o Salamanca).  En terceros lugares, la alta nobleza logró sujetar y controlar la situación de modo que supieron mantener posiciones intermedias entre comuneros y realistas de manera que esperaron, cubiertos por esa ambigüedad, ver el desarrollo de los acontecimientos e inclinarse, posteriormente, hacia el bando vencedor; tal fue el caso de Burgos, Zamora o Guadalajara. En otros sitios, como Murcia o Cartagena, el conflicto se expresó como lucha entre estamentos. En Andalucía, el enfrentamiento fue entre elementos dirigentes para comprobar quien se hacía con el poder.

En medio de este caos se producen dos hechos: de un lado, los realistas intentan sofocar la rebelión, no siempre con prudencia y, así, en una de sus más brutales acciones incendian Medina de Campo. De otro, Toledo tomó la iniciativa para dar al movimiento revolucionario coherencia, unidad y entidad política, creando a tal fin la Junta Magna a modo de gobierno.

Como reacción a la quema de Medina, la revuelta se extendió y la consecuencia inmediata fue la adhesión general a la Junta toledana. Los Junteros quedaron en reunirse en Ávila. Allí, la Junta magna se transformó en la Santa Junta y se constituyó en cuerpo político soberano. Para enraizar su legalidad, los representantes de los junteros visitaron a la reina Juana en Tordesillas el 29 de agosto de 1520, pero la incapacidad mental de ésta impidió que los atendiera en sus pretensiones de nombrarla Reina y expulsar al Rey extranjero, si bien es cierto que la Reina jamás dio muestras de querer realizar acto alguno contra su hijo.

Aquello supuso el principio del fin del movimiento comunero, estamos ante una sociedad estamental, otra solución era inimaginable. Del mismo modo que, aunque algunos autores creen encontrar en el levantamiento comunero un primer brote liberal, otros muchos, más pegados a la realidad del momento, consideran que el levantamiento comunero no era más que la reacción ante una monarquía extranjerizante. No querían una monarquía flamenca (como anécdota señalar que la expresión ponerse flamenco, como alguien altivo, exaltado, “gallito”, viene de entonces y muestra muy a las claras cual era la actitud de los recién llegados a la corte y de cómo eran percibidos por los españoles).

El ocaso militar provino de manera paulatina en función de los siguientes acontecimientos:

  • El disenso en el bando comunero. Así la ciudad de Burgos se mostró partidaria se acabar con la sublevación. Conocedor del hecho, el Rey dio orden al Condestable de Castilla de que aceptara las condiciones de Burgos. Esta circunstancia determinó el paso de Burgos a la causa realista y que Valladolid estuviera a punto de hacer lo mismo. Sin embargo, esta última resistió.
  • Durante octubre y noviembre de 1520, ambos bandos se dedicaron a recaudar fondos, reorganizar las tropas, y restablecer posiciones. En el bando comunero empezó a perder poder Toledo en favor de ciudades sitas más al norte. Con ello, cedió posiciones su líder, Juan Padilla, y empezaron a adquirir fuerza otros como, Pedro Girón y Antonio de Acuña, que son representativos de esa diversidad existente en el movimiento comunero. Así, el primero es un noble, uno de los pocos que quedaron a favor del bando comunero, y el segundo era el obispo de Zamora, cabecilla de una milicia formada sólo por sacerdotes.
  • Enfrentamiento en Tordesillas, que pasó a manos realistas. Consiguientemente, se reagruparon los comuneros en Valladolid. La derrota de Tordesillas tuvo la relevancia de hacer desaparecer toda apariencia de legitimidad o apoyo de la Reina Juana al movimiento comunero
  • El siguiente enfrentamiento importante fue en Torrelobatón, con victoria comunera. Logró reanimar de manera temporal al bando comunero frente a los realistas. Sin embargo, manifestó una de las razones de su ulterior fracaso: la división interna.
  • La dirección y los desmanes de la milicia juntera en las zonas rurales dividió a los comuneros en moderados y radicales. Entre los moderados: grupos de letrados, la nobleza, caballeros y parte del clero. El Cabildo de Toledo que estaba en los orígenes del movimiento quería abandonarlo. Además del extremismo, la Junta requería cada vez más fondos para su mantenimiento. Los impuestos se hacían imposibles y las disensiones, por ello, palmarias.
  • Por su parte en el bando realista, Carlos firmó el 17 de diciembre de 1520 el Edicto de Worms (no hay que confundir éste con el posterior Edicto de Worms de 25 de mayo de 1521, contra Lutero). En el que nos ocupa se condenaba a los comuneros a la pena capital.
  • Los realistas no tenían menos divisiones y por momentos se veían derrotados. En la primavera de 1521 todo era confusión. Las tropas realistas al mando del Condestable de Castilla, Iñigo Fernández de Velasco y Mendoza; del Almirante de Castilla y Duque de Medina de Rioseco, Fadrique Enríquez de Velasco, y del apoyo del Cardenal Adriano de Utrecht que ejercía de Gobernador de Castilla, lograron hacer frente a los comuneros en Villalar. Allí la caballería realista se impuso a las tropas de Padilla. Era el 23 de abril de 1521. El ejército comunero inició una desbandada general. Sus principales jefes fueron hechos prisioneros.
  • Los cabecillas, el día 24 de abril, fueron condenados a pena capital. Allí fallecieron Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado.

La revuelta tuvo tal trascendencia que Carlos volvió a España. Su intención era acabar con los problemas de las germanías (que las veremos posteriormente) y comuneros. Estos segundos eran su verdadero quebradero de cabeza, al fin y al cabo, las germanías habían sido un levantamiento social, de extremada gravedad sin duda, pero no habían hecho peligrar la autoridad y fundamento de la monarquía.

Los comuneros pusieron en solfa la autoridad real e intentaron forzar un cambio dinástico.

Además, la solución dada por la derrota de Villalar en la que la justicia impartida por el Condestable de Castilla tenía más de arbitrariedad que de neutralidad, había soliviantado los ánimos que aún quedaban en Castilla contra el Rey. El Condestable mató a los tres cabecillas mencionados y recordados por todos y, sin embargo, a otros con no menor culpa les perdonó la vida en razón de familiaridad y amistad.

Carlos necesitaba hacer justicia de verdad y parecer un Rey ecuánime y no un justiciero. Mostrar magnanimidad que diera una imagen de tolerancia que calmara los ánimos y le permitiera volver con cierta tranquilidad a dirigir el Imperio.

El Rey llega a España por Santander y Palencia, donde manda ejecutar a los cabecillas perdonados por razones de parentesco o amistad con la autoridad. Desde allí se traslada a Valladolid, ciudad que servía de refugio a los insurrectos, y, en vez de ajusticiar a más personas, dicta un perdón general. Así pretende pasar por rey justo, pero no cruel y de paso un rey pacificador del reino.

¯

(1) La palabra Comunidades procede de un escrito de protesta dirigido al Rey:
«Pedir al rey nuestro señor tenga por bien se hagan arcas de tesoro en las Comunidades en que se guarden las rentas estos reinos para defenderlos e acrecentarlos e desempeñarlos, que no es razón Su Cesárea Majestad gaste las rentas destos reinos en las de otros señoríos que tiene…» Archivo de Simancas-

Carlos I de 1517 a 1522 (2)

2. POLITICA INTERIOR

Cabe plantear cómo se gestionaba aquel gran imperio y qué acontecimientos determinaron en aquellos años el devenir imperial. Aunque nos seguimos centrando en los seis años marcados para nuestro estudio y haciendo un análisis muy general, en este capítulo vamos a adentrarnos en algún momento en los años posteriores, someramente, como mera referencia, pero no se entendería la organización administrativa, económica y social sin ese avance a años posteriores.

En inicio del reinado de Carlos I, la organización imperial presenta aún unos grandes vestigios de lo que fue el concepto organizativo de los Reyes Católicos, los cuales fueron difuminándose, sin desaparecer del todo, con el paso del tiempo.

Ir al detalle sería largo y prolijo, pero sí señalaremos que aquel imperio era una amalgama de territorios unidos por la persona del Emperador. Elliot afirma que “La asociación de los diversos territorios de Carlos I era semejante a la que había formado en la Edad Media la Corona de Aragón…” No todos los autores comparten esta imagen.

Internamente, lo más destacado es que durante una gran parte del reinado de Carlos el imperio funcionara sin la figura de un valido, especialmente tras la muerte de Gattinara. El italiano fue nombrado Gran Canciller por Carlos en 1518 y ejerció sus tareas hasta 1530, año en que falleció, no sin antes haber organizado la coronación imperial de Carlos en Bolonia aquel mismo año.

Hubo otros cancilleres y gobernadores, pero, tras Gattinara, fueron el propio Carlos y sus familiares, especialmente su hermano Fernando – la dinastía- los auténticos gobernadores del imperio. Así, podemos afirmar que, la robusta presencia de un Canciller durante nuestros años de estudio fue una anomalía en el conjunto del reinado de Carlos.

Mientras ejerció de Canciller imperial, Gattinara estableció una estructura basada en el fortalecimiento del Consejo de Estado en el que se asentaban representantes de España, los Países Bajos e Italia. Dada la importancia de la economía, creó un entramado financiero con una fuerte tesorería donde el Tesorero Real intentó el control financiero del Imperio. Casi toda esta estructura desapareció con la muerte del italiano. A partir de ahí, la dinastía es la exclusiva marca de gobierno.

Hay dos elementos básicos que caracterizan la gestión impuesta por Gattinara y que perduran a lo largo de la vida de Carlos:

  • Un cierto grado de autonomía en los territorios, de manera que las formas de hacer y controlar no tienen homogeneidad en el Imperio pues se basaban en aquellas que iba encontrando en cada región conquistada. Autonomía sin la cual no hubiera sido posible mantener bajo el poder de la Corona unos territorios tan alejados en lo geográfico y en lo social.
  • El sistema sinodal: los Consejos, heredados algunos de los Reyes Católicos y otros nacidos a la luz de las nuevas necesidades imperiales.

Realmente, la postura de Carlos era la propia de un concepto imperial medieval con la Fe como aglutinante en un primer momento y al modo del Sacro Imperio romano- germánico, después. En un entorno renacentista, el Imperio español de la mano de Carlos mantenía un concepto feudal de la corona y del mundo.

Centrándonos en España, el concepto de nación es el heredado de los Reyes Católicos: Monarquía Católica hispana, que se extendía no sólo por España sino también por Cerdeña, Nápoles, Sicilia y, más tarde, por el Milanesado. Esta Monarquía Católica con Carlos tenía su sede principal en Castilla, mas no tanto por reconocimiento como por estrategia de explotación de las tierras castellanas para sus fines imperiales. Sin embargo, ese centrarse en Castilla, sobre todo a partir de 1522, dará a las instituciones castellanas la capacidad de extender su mando por todo el imperio, particularmente, por toda España, creando así una base ligeramente homogénea de actuación.

Es a partir de 1522, cuando Carlos más se hispaniza y cuando España más se “imperializa”, el momento de la revisión de la estructura heredada de los Reyes Católicos. La finalidad última era el reforzamiento del poder absolutista de los Habsburgo. Este proceso se extiende desde 1522 hasta 1529; en él se produce la reconstrucción de todo el entramado sinodal, lo que coincide con el periodo más largo de estancia de Carlos I en España.

Así en aquella época y a partir del poder dado a los cinco consejos consultivos: Consejo Real de Castilla, Aragón, Inquisición, Órdenes Militares y Cruzada; remodela el Consejo de Estado (1522), crea los Consejos de Hacienda (1523) e Indias (1524) y reorganiza el Consejo de Guerra (1524). Lo que demuestra la importancia que habían adquirido dos de los asuntos en el desarrollo imperial: las finanzas (por la guerra – para aumentar la presencia imperial en Europa-) y la ampliación del imperio en América.  Los consejos llegaron a ser doce, divididos en territoriales y administrativos.[1]

Aunque Carlos mantuvo cierta autonomía también en la estructura administrativa entre los reinos de Aragón y Castilla, algunas de las instituciones de gobierno fueron comunes: un solo Canciller, un Consejo de Estado, un Consejo de Guerra, un Gobernador General. El Consejo Real de Castilla irá ganando poco a poco posiciones arguyendo interpretaciones unificadoras de las normas y dándole a su Presidente el mismo rango que al Gobernador General. Esa presencia del Consejo Real aumenta aún más tras la creación del Consejo de Italia en 1555, segregándolo del de Aragón y, por tanto, en detrimento del poder de éste.

Esa estructura tiene por finalidad, desde el primer momento, que el Emperador mantenga el control de sus posesiones durante sus ausencias.  Precisamente, por ese motivo, las Cortes, con su tradicional independencia y capacidad legislativa, fueron perdiendo poder, sobre todo, tras la guerra de las Comunidades.

Después de 1538, Carlos excluyó de las Cortes de Castilla a nobles y eclesiásticos, no así en el resto de las Cortes hispanas. Con todo, de facto, la castellanización de la Corona supuso:

  • Una unificación jurídica, aunque los antiguos reinos preservaran cierto poder legislativo.
  • Una evolución “constitucional” a la francesa- centralismo-, la realeza se asienta en Castilla dejando el resto de los territorios en manos de los virreyes con la condición de “magistrados permanentes”- en palabras del profesor Lalinde- o, lo que es lo mismo, supuso un parón en la legislación en materia de derecho público en los reinos no castellanos.
  • Un enfrentamiento entre el dinamismo monárquico de Castilla y las fuerzas defensivas, estáticas, de los reinos no castellanos. Esa centralización se agudizará con Felipe II.

La idea de Carlos de dejar un entramado bien controlado en su ausencia tenía todo el sentido dado que, a partir de 1529, se alejó bastante de España a la que dejó bajo el mando de Isabel de Portugal. Desde 1534, vuelve en cuatro ocasiones, con el objetivo fundamental de conseguir financiación para sus guerras europeas y pagar a sus acreedores y al tiempo financieros: los banqueros italianos, alemanes y holandeses que dieron soporte financiero al imperio, pero no sólo a conquistas y guerras, también a necesidades personales del monarca en unas finanzas que confundían lo público y lo privado como corresponde a un régimen medieval con tendencia absolutista propia del Renacimiento. Aquellos banqueros contaron, como garantía de los créditos concedidos al soberano, los diversos impuestos y tributos castellanos y con las percepciones de los metales preciosos que procedían de América. Ante las estrecheces financieras del Emperador fueron muchas las remesas de oro y plata que fueron secuestradas, desposeídos su auténticos dueños- particulares-, para pasar a las arcas públicas camino de los mencionados acreedores. Ya lo dijo Quevedo: “Nace en las Indias honrado, /Donde el mundo le acompaña;/Viene a morir a España, / Y es en Génova enterrado”

Dada la avidez del fisco en confiscar el oro y plata privados, las remesas de América empezaron a traerse de contrabando. La incautación a particulares suplantando sus posesiones por títulos de deuda pública (los juros) se incrementó a partir de 1523 y más a menudo desde 1535.  La ciudad escenario de estas incautaciones fue Sevilla sede de la Compañía de Indias y puerto por el que solían llegar los metales de América.

Desde un punto de vista social, proliferaron por Castilla los tratados moralizantes relacionados con el lucro en el comercio. Aunque la actividad lucrativa no se daba en Castilla sino fuera de ella. Las incipientes muestras de capitalismo se alejaron de las regiones españolas y, sobre todo, de Castilla, a la que el Rey no prestó la menor atención industrial ni comercial.

La escasa vida comercial se centró en las ciudades, especialmente en Burgos y Sevilla.  La industria se afianzó en el textil por la floreciente cabaña lanar y en torno a cuya actividad se formaron gremios. Cabe destacar el pequeño auge que tuvo la industria de la seda (Granada). Y, aunque algunos autores reconocen pequeños síntomas de lo que sería posteriormente el capitalismo, seguimos en una economía de rasgos esencialmente medievales, de consumo local y rutina en la concepción de los negocios.

La presión fiscal empobreció el campo y dio lugar a que los campesinos pensaran en destinos menos seguros, pero más lucrativos: los nuevos territorios de ultramar; apoyados en el desarrollo de nuevas formas de construcción naval, primero carabelas, luego galeones. Pese a la incompetencia financiera de la Corte, Castilla siguió siendo el baluarte de Carlos, aportando no sólo trabajo y esfuerzo económico sino también a sus mejores jóvenes que partían hacia América, en busca de oportunidades, y a los que nadie reemplazaba en España. Esa fue otra sangría para Castilla.

No sólo América era el destino, las islas del pacífico o el Índico…pretendiendo riqueza que no siempre eran metales preciosos. Muy bien cotizado estaba el comercio de especias, de hecho, el viaje de Magallanes se inició buscando una ruta hacia occidente por la que llegar a las islas especieras y más concretamente a las Molucas (Indonesia) famosa por su riqueza en estos condimentos.

Carande señala que la clave del desastre económico que se fraguó a lo largo del quinientos no estuvo en la política monetaria sino en la comercial.

Castilla y los castellanos lograron lo imposible, formar un gran imperio, y perdieron lo más sencillo, acompañarlo de las medidas económicas adecuadas. Por eso, los estímulos pre capitalistas no se asentaron en Castilla. De hecho, después de Gattinara no hubo un intento serio de unificación hacendística. Si bien Francisco de los Cobos, gran Secretario Real, intentó ordenar la Hacienda Pública hasta su muerte en 1547.

A pesar de todo, económicamente, el reinado de Carlos I fue una época de aparente  prosperidad; en general, la primera mitad del siglo XVI supuso un período de expansión económica con la llamada revolución de los precios[2](inflación debida a la cantidad de oro circulante y la escasez de moneda. En ocasiones los pagos se realizaban en oro sin acuñar, desplazando así a las monedas).

Síntomas de inflación se dieron desde 1524, pero, realmente, hasta 1555 no se empieza a tomar conciencia de la grave situación generada por la deuda y de la suspensión de pagos que se acerca. De hecho, es el príncipe Felipe, el que da la voz de alarma, el que advierte a su padre y el que intenta poner orden y, sin embargo, es en él en el que recae el estigma de la bancarrota de 1557 y de las crisis periódicas de la segunda mitad del siglo.

Antes de terminar este capítulo sólo cabe hacer una somera referencia a la institución de la Inquisición

En una monarquía confesional como la católica hispana, la Inquisición ideada por los Reyes Católicos tenía que seguir siendo un instrumento del mayor valor para el control ideológico de la sociedad. El tema no es sencillo y requeriría un complejo análisis del origen de la espiritualidad hispana, pero sí señalaremos que esa espiritualidad está en la base anímica de la idea de “nación” de los reyes Católicos, en toma de Granada o en la expulsión de los judíos en 1492. Nada es por casualidad.

Sin embargo, las cosas cambian con Carlos I, para sorpresa de muchos. Aquel imperio ecuménico no se basó en la Inquisición como baluarte para la imposición de la Fe, posiblemente por la influencia de los erasmistas, tan contrarios al Santo Oficio. Se puede decir que, durante el reinado de Carlos, la Inquisición estuvo adormecida, sobre todo, en los primeros años. Empezó a destacar con la batalla contra la Ligade Esmalcalda en 1546 y cuando surgieron los primeros brotes de luteranismo en Castilla a mediados de siglo. Los inquisidores generales fueron bastante toleranteshasta que el arzobispo Fernando de Valdés (1546-1566) endurece la actuación inquisitorial de manera paulatina pero inexorable. De ahí que la Historia obscura de la Inquisición en el quinientos hay que atribuírsela más al reinado de Felipe II que al de Carlos I y, sobre todo, fue casi inexistente en los años que van de 1517 a 1522.

Como se intuye de todo lo expuesto, la vida en aquellos años sigue patrones medievales con ligeros pasos encaminados a alcanzar el Renacimiento. Así, se produce un avance en la mecánica; las obras públicas ofrecen un gran adelanto, por influencia italiana,  en aspectos como la canalización; la arquitectura da muestras de abandonar los modelos góticos, si bien es época de esplendor del gótico en su fase más barroca; en la minería y la metalurgia los progresos son destacados, lo que influye en la mejora de las aleaciones y, por ende, en  la acuñación de monedas (fundamental por el tránsito de metales desde América); en la industria naval las naves se hacen más ligeras y resistentes, como hemos referido anteriormente… Estos desarrollos son españoles o del resto de Europa y se transmiten por el continente con facilidad debido a la gran revolución del S XV, la imprenta, que se perfecciona y desarrolla en el S. XVI. No olvidemos que la primera Imprenta que se instala en España lo hace en Segovia en 1472. Con ella los avances técnicos de Europa se hacen fácilmente transportables de país a país.  El imperio de Carlos V, su expansión, tiene la eventualidad de trasmitir las formas de hacer allí por donde va. Si la Edad Media fue la época de ruptura de las comunicaciones entre los europeos, de acabar con el tránsito propiciado durante el Imperio romano. La Imprenta y el Imperio español, incluso gracias a los enfrentamientos nacionales, posibilitaron de nuevo el intercambio cultural.


[1]El entramado Sinodal se termina de constituir en la época de Felipe II. Llegando a 12 con este monarca, que crea el de Portugal en 1582 y el de Flandes en 1588. Con Felipe II el Consejo de Estado recompone la unidad de la corona en detrimento de los consejos territoriales. Se ha seguido en este punto el libro de Ubieto, Reglá, Jover y Seco. “Introducción a la Historia de España. Ed. Teide 1970.

[2]El Economista norteamericano Hamilton formuló una explicación monetaria en la revolución de los precios y los tesoros americanos que iban llegando a España. Teniendo en cuenta el monopolio español de los metales preciosos, la subida de precios fue más rápida que en el resto de Europa, sin embargo, los salarios permanecieron bajos, lo que permitió hacer inversiones a una incipiente burguesía, aunque no de la manera que hubiera sido necesaria para el desarrollo económico al modo europeo por ir destinados muchos de aquellos ingresos a financiar las guerras y a abonar los intereses y empréstitos de la corona con los banqueros alemanes e italianos.

Carlos I de 1517 a 1522

Hoy inicio un hilo dedicado a Carlos I que me llevará varias entradas. Las razones por las que he elegido este tema las explico a continuación. Una advertencia previa, la bibliografía utilizada se publicará en la última entrada del hilo.

LA ESPAÑA DE CARLOS I DE 1519-1522

Este año 2019 es el aniversario de diversos acontecimientos de los que ya se ha dado larga cuenta en diarios y libros. Destacaremos por su importancia la vuelta al mundo de Elcano y la conquista de México. Ambos coinciden en el tiempo y de ese tiempo vamos a hablar.

Mucho se ha comentado en los últimos meses de Magallanes y Elcano, de la primera y españolísima vuelta al Mundo en barco. Sobre su españolidad poco queda por decir después del Dictamen de la Academia Española de la Historia solicitado por el diario ABC y publicado en ese mismo periódico el 10 de marzo de 2019.

Sin embargo, cabe plantearse cómo estaba estructurada la España de aquellos años; cuales eran los acontecimientos históricos que la rodearon en el momento en el que Magallanes renuncia a su nacionalidad portuguesa (la renuncia a la nacionalidad era frecuente entonces y no tenía mucho que ver con el sistema actual) para pedir ayuda al Rey de España, Carlos I, con la finalidad de sufragar la expedición que estaba soñando realizar.

Magallanes llegó a España en 1517, la expedición se inició en 1519 y se completó con la llegada de Elcano y 17 valientes más a Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1522.

Por lo tanto, nos vamos a referir en estas notas a un periodo sucinto de 6 años, el que va de 1517 a 1522. Aunque, para encuadrarlo adecuadamente, haremos alguna referencia a años anteriores o posteriores, entre otras razones porque una parte importante de la historiografía (Jover, Maravall…) divide el reinado de Carlos I en tres grandes fases: la primera, de 1516 a 1529; la segunda, desde 1529 a 1544 y la última de 1544 a 1556. Lo que significa que es muy difícil desligar, de esa primera fase del reinado de Carlos, los seis años propuestos .

Trataremos diversos asuntos en función de la importancia que tuvieron para el futuro del Emperador y de la monarquía hispana, pero siempre en atención principal a ese periodo de tiempo predeterminado:

  • El Imperio
  • Política interna.
  • Problemas con los Comuneros y las Germanías
  • Política exterior: Europa
  • La conquista de América
  • Especial atención a la Conquista de México
  • Conclusión final
  • EL IMPERIO

Si nos moviéramos en el tiempo y apareciéramos en enero de 1517 en España, nos encontraríamos con los inicios del reinado de Carlos I. Veríamos que se estaba produciendo la continuidad de algunos elementos propios de la España de los Reyes Católicos y la eclosión de un gran imperio. Muchos de los aspectos acontecidos en el periodo de estudio que nos hemos propuesto serán indiciarios de la acción posterior de gobierno de Carlos I y del futuro de España.

En un resumen rápido podríamos decir que la monarquía hispánica siguió la estela legada por los Reyes Católicos. Sin embargo, la nación que surgió con ellos se subsumió en el concepto de Imperio en el que fue la dinastía la que aportó unidad y prestigio no sólo en España sino en todo el abanico internacional que confluía en el Imperio español, primero en Europa, luego en América y posteriormente en varias zonas del mundo, hasta no ponerse el sol.

En 1517, el Imperio español apuntaba hacia su grandeza posterior, pero aún le faltaba mucho para llegar a ser todo lo extenso que fue. Así, parte de los territorios europeos se incorporaron tras los enfrentamientos y victorias de la Corona española contra Francia, los protestantes o el Imperio Otomano.

El primer hito en la conquista de América, después de los viajes de Colon, fue la toma del imperio Azteca gracias a las expediciones de Hernán Cortés entre 1519 y 1521. El conquistador fue el primer Capitán General de Nueva España en 1522. Una década más tarde, el territorio Inca pasa a ser español y, en la segunda mitad del reinado de Carlos, los territorios más al sur del continente americano se incorporan a la corona.

Si nos centráramos en la idea de Imperio nos veríamos obligados a estudiar su conformación de manera conjunta con la dinastía y muy especialmente, en los tres primeros monarcas: Carlos I, Felipe II y Felipe III. Así lo plantean diversos autores. Sin embargo, nosotros continuaremos en la forma señalada.

En este mismo ámbito de conformación territorial del Imperio español, la herencia materna y paterna no le llegó a Carlos a la vez. Carlos era heredero de Castilla desde 1506 a la muerte de la Reina Católica. Tras el testamento de Fernando el Católico, en 1516, Carlos de Gante será el Gobernador de Castilla y Aragón, pero no Rey, porque la titular de la corona, de uno y otro reino, era la Reina Juana. Sin embargo, en marzo de 1516, Carlos fue proclamado Rey de Castilla y Aragón en la Iglesia de Santa Gúdula de Bruselas. Este acto no fue bien entendido en la península; en algunas zonas y en algunos estamentos se tomó como una usurpación, como veremos más adelante.

En 1516, Carlos recibió el territorio español, algunas plazas en el norte de África, la parte correspondiente de América y algunos territorios europeos de su abuelo materno – el Rey Fernando- y, en 1519, a la muerte de sus abuelos paternos-María de Borgoña y Maximiliano I de Habsburgo-, asume los territorios borgoñeses, salvo las zonas austriacas que reservó a su hermano Fernando.

En resumen, se puede decir que Carlos fue Rey de España de 1516 a 1556 y Emperador de Alemania de 1519 a 1556[1]. No hay que olvidar que su abuelo Maximiliano ostentaba la dignidad imperial, que fue el título más al gusto de Carlos.

Como consecuencia de esta dualidad, Carlos I estuvo mucho más tiempo dirigiendo el Imperio desde fuera de España, ocupado por los asuntos imperiales y las múltiples guerras en las que se embarcó, que en España. Su mayor objetivo era conservar y ampliar lo heredado.

Carlos llega a España, por primera vez (desembarcando en Tazones – Asturias-), en 1517 y su primera ausencia se produce en 1520 y dura hasta 1522. Por tanto, el periodo que nos proponemos estudiar está marcado por el alejamiento del monarca del territorio español, ocupado en crear un imperio.

[1]Aunque en 1556 renuncia prácticamente a todo, no lo hace al condado de Charolais (Franco Condado) ya que de haberlo hecho hubiera devuelto ese territorio al rey de Francia en aplicación de lo establecido en el tratado de cambrai o de las damas (1529). Ya fallecido Carlos, su hijo Felipe fue reconocido Señor del territorio en la paz de Cateau-Cambrésis (1559). En virtud de la misma España recupera las distintas plazas ocupadas por Francia en Flandes y retiene el Franco Condado

Primera entrada del blog

Hoy inicio este Blog con la intención de escribir de Historia.

Se llama ”algo de Historia” en el significado que la palabra «algo» recibe en  las dos primeras acepciones del diccionario de la RAE.

Así, en primer lugar, será algo por indefinido. No pretendo hablar de una época histórica concreta ni, tampoco, exclusivamente de lo que todos entendemos por Historia Universal. Será historia de muchas cosas.

A los amigos de los títulos les diré que poseo todos los necesarios para escribir de aquello que aparecerá aquí y también les aseguro que no creo que para esto haga falta título alguno, sólo ganas de leer y aprender.

Ese escribir de varias cosas, al gusto de la autora, puede aparentar caos, pero no lo será tanto. Las razones de cada entrada serán explicadas. No habrá un calendario estricto en la inserción de los post. Se pretende una entrada semanal o quincenal, pero no hay promesa de cumplimiento.

En segundo término, será Historia, pero un poco de Historia; no siempre breve en la extensión de cada entrada pero tampoco tan dilatada que alcance la profundidad de una tesis o un ensayo. En todo caso, rigurosa en el contenido porque la brevedad no implica tergiversación o falta de comprobación de los datos y los hechos.

El blog nace como un divertimento y así transcurrirá. Será algo de Historia, pero mis historias, a mi manera. De momento un entretenimiento ya ha empezado a ser.