TERESA CABARRÚS GALABERT

En esta semana que conmemoramos el levantamiento del pueblo español contra los franceses, traigo a colación a una heroína española durante la Revolución Francesa. Muchas veces hemos hablado de heroínas, pero pocas con una vida tan peculiar como la que tratamos hoy: “Teresa Cabarrús”. Su heroicidad se dio en los tempos del “Terror” republicano francés, salvando miles de vidas.

Teresa nació en Madrid en 1773, en Carabanchel- por entonces lugar de veraneo y recreo de las elites madrileñas-. Su nombre completo era Juana María Ignacia Teresa Cabarrús Galabert, era hija de un comerciante francés, nacido en Bayona, pero que vivió toda su vida en España, Francisco Cabarrús.

Aquel francés, casado con una valenciana, Antonia Galabert,  poseía grandes cualidades para las finanzas y una visión modernizadora de la sociedad que en aquel momento iba ligada a la ilustración, lo que le granjeó la amistad de Jovellanos, Campomanes, Floridablanca y Aranda durante los reinados de Carlos III y Carlos IV.

En 1782 proyectó el Banco de San Carlos (del que fue director), que con el tiempo se convirtió en el Banco de España. También creó la real Compañía de Filipinas e inició el Canal Cabarrús- hoy Canal de Isabel II-. Se interesó en hacer navegable el río Llobregat en Barcelona, lo que dio impulso económico a la zona. Además de financiero fue diplomático y, en 1789, Carlos IV le otorgó el título de conde de Cabarrús, con grandeza de España. Fue ministro de Hacienda con José Bonaparte, como afrancesado que era, y falleció en Sevilla en 1810.

A su hija, Teresa, para evitar un matrimonio inoportuno, la envió a estudiar a Francia, cuando la niña contaba con 12 años.

Teresa recibió una buena educación. Alegre, simpática, ingeniosa y lista. Con facilidad de palabra, don de gentes y muy guapa tenía todos los elementos para destacar, lo que le gustaba sobre manera, y destacó, vaya si lo hizo, en especial en asuntos del corazón.

A los 15 años, en 1788- un año antes del estallido de la revolución francesa- se casó con Jean Jacques Devin, consejero del Parlamento y futuro marqués de Fontenay. Su primer hijo nace el 2 de mayo de 1789. En los fastuosos salones de su palacete parisino, Teresa Cabarrús brillaba en las fiestas, y se rodeaba de lo más granado de la política moderada. Ideológicamente, al principio de la Revolución fue como su padre, una progresista que creía en la Revolución. Pero cuando ésta adquirió determinados tintes sangrientos y se encontró con que familiares suyos, amigos y gente que conocía estaba sufriendo, sus posiciones cambiaron.

El régimen del Terror está considerado como la primera dictadura instaurada en Europa. El absolutismo monárquico anterior tenía tintes diferentes, paternalistas, absolutistas, pero no totalitarios. El Terror se acaba definiendo por las masacres y la persecución de todas aquellas personas y medidas consideradas como antirrevolucionarias, fue una caza de brujas. Teresa siempre se movió sobre una cuerda floja. “Fue una de las pocas mujeres que intervinieron activamente en la política revolucionaria y que vivió lo suficiente para contarlo, subraya la historiadora Carmen Iglesias. Muchas de los aristócratas horrorizados con Robespierre, fueron encarceladas.

Robespierre, procedente del club de los Jacobinos y líder de la “Montaña, quería acabar con los girondinos, más moderados, menos a la izquierda, y con los que se habían aliado las provincias sublevadas que protestaban contra la radicalización de la revolución y la violencia. La vigilancia se había vuelto extrema, las ventas de las propiedades confiscadas se dispararon y las matanzas de los considerados contrarrevolucionarios alcanzaron cifras impensables. Víctimas de la Revolución, el 21 de enero de 1793 el rey fue guillotinado y nueve meses después, mataban a María Antonieta.

La vida en París se tornaba cada día más asfixiante. Los Fontenay se trasladaron a Burdeos: él, como escala hacia la Martinica; ella, para quedarse. Le parecía buen sitio, suficientemente lejos del peligro parisino y más cerca de España. Y un refugio donde sentirse una ciudadana más. Aprovechando la reciente ley del divorcio,  se divorciaron en 1793; Teresa contaba con 20 años de edad.

En Burdeos se instaló al mando del gobierno el extremista Jean-Lambert Tallien. Se iniciaron ejecuciones por guillotina en la plaza a imagen y semejanza de la de la parisina plaza de la Revolución. Los primeros en probarla fueron los simpatizantes girondinos del Consejo Municipal, cuyas riquezas fueron a parar en parte al Estado y en parte a Tallien. Se creó un Comité de Vigilancia y un tribunal revolucionario, y se amplió la lista de sospechosos, que afectaba a Cabarrús por partida triple: por haber ido a un lugar federalista huyendo de París, por exmarquesa y por esposa (pese al divorcio) de un emigrado.

La consecuencia lógica fue que Teresa acabó en prisión. A través de diferentes circunstancias, Tallien conoció y se enamoró de Cabarrús, la liberó y se hicieron amantes. Teresa, se mudó a la casa “ocupada” por Tallien, el hôtel Franklin, un oasis de lujo en medio de la penuria y el horror. Allí recibía a los ciudadanos en lo que alguno ha denominado “gabinete de favores”; conocía de las penurias ciudadanas y, sobre todo, de las súplicas de los familiares de los arrestados. Ejerció de intercesora ante Tallien y logró la reducción drástica de los condenados a muerte. Entre diciembre de 1793 y marzo de 1794, el número de ejecuciones se redujo a casi la mitad. “Desde hace varios meses, no me he acostado una noche sin haber salvado alguna vida”, reconocería. Si bien Tallien aceptaba dádivas a cambio de perdonar a sus víctimas, a ella le movía la compasión. Asimismo,  a instancias suyas, se disolvió el Comité de Vigilancia. Pasó a ser conocida como “el ángel de Burdeos” o “Nuestra Señora del Buen Socorro”.

Robespierre, tenía espías siguiéndola con la intención de lograr detener a Tallien. Siendo conocedor de su actividad, encarceló a Teresa en la cárcel de la Force, donde conoció y se hizo muy amiga de Josefina Rosa Beauharnais, futura Josefina Bonaparte. Era mayo de 1794.

Tallien no podía ayudarla, al menos públicamente, y la repudió: “No deseo interferir de ningún modo. Las autoridades que arrestaron a estas personas tienen sus razones. Se apresurarán a impartir la justicia que ellas merecen. Un representante del pueblo traicionaría su deber y mancillaría su carácter si interviniese en defensa de sospechosos”.

Por entonces, el Terror mostraba su punto álgido, 7.800 presos se hacinaban en las cárceles de París; una ley que negaba el derecho a abogado y solo dejaba dos alternativas: absolución o muerte. Con una media de sesenta ejecuciones al día, los ciudadanos no podían soportar la situación. El Terror cada día tenía más enemigos.

La situación de Teresa esa desesperada y sabía que, a pesar de todo, sólo Tallien podría ayudarla.

Se cuenta que desde la cárcel escribió a Tallien con el siguiente mensaje: “Mañana compareceré ante el tribunal, es decir, subiré al cadalso”.Se parece muy poco al sueño que he tenido esta noche pasada: Robespierre ya no existía y las cárceles estaban abiertas de par en par. Pero gracias a tu cobardía, no habrá nadie en toda Francia capaz de realizar mi sueño”. Es muy poco probable que escribiera y, sobre todo, lograra enviar esta carta, por cuanto la seguridad de la prisión, lógicamente, lo hubiera impedido. Pero el romanticismo de la época así lo ha recogido y para un sector de la población está fue la realidad.

Con carta o sin ella, Tallien, expulsado del Club de los Jacobinos, preparó el derrocamiento de Robespierre junto a otros conjurados, como Fouché, responsable de incontables muertes en Lyon, y Barras, de otras tantas en Marsella y Tolón. Robespierre los acusó de hacerse con la riqueza de la República, pero a su favor constaban las victorias francesas frente a la coalición europea y el creciente rechazo popular al Terror.

Tallien logró en la Asamblea gracias a sus vibrantes discursos granjearse el favor de la mayoría y ser nombrado presidente de la misma. Allí, en una de sus más célebres intervenciones, interrumpiendo el discurso de Louis Antoine de Saint-Just, mano derecha de Robespierre, y exigiendo que se dijera quiénes eran los culpables, señaló: “Ayer, un miembro del gobierno [Robespierre] se aisló él mismo, pronunciando por su cuenta un discurso; hoy, otro hace lo mismo. Intentan precipitar al país al abismo. Pido que se descorra completamente el velo”.

Robespierre se percató de la maniobra e intentó hablar, pero las voces clamando “¡Abajo el tirano!”, acallaron la suya. Tallien volvió a adelantársele, y desde el estrado exhibió su daga y le llamó déspota y traidor: “Ayer vi formarse el ejército de Cromwell [haciendo referencia a la conjura que trajo la república a Inglaterra en 1653], y me armó con una daga para clavarla en su pecho si la Convención tenía la valentía de acusarlo”. El levantamiento en la Asamblea y en París obligó a Robespierre a abandonar la sala y se refugió en el Hôtel de Ville. Cuando los soldados entraron a por él, intentó suicidarse pegándose un tiro, pero se fracturó la mandíbula. El golpe de Estado había triunfado. Era el 9 de Termidor (27 de julio de 1794), que supuso la ejecución de Robespierre en la guillotina. El Terror se había acabado, y Teresa recibía un apodo más: “Nuestra Señora de Termidor”.

En diciembre de ese mismo año, Teresa Cabarrús se casó con Tallien.

El periodo que le sucedió, el Directorio, fue un momento dulce para Teresa, cuya popularidad crecía al ritmo que menguaba la de su marido. Ante el previo pavor, la sociedad parisina había respondido con una explosión de alegría y desenfreno que también encontró su reacción desde el punto de vista estético. Se puso de moda el atuendo de estilo grecolatino, de talle alto y elaborado con tejidos blancos y casi transparentes como la muselina. La moda era llevarlos mojados, para conseguir un efecto más pegado al cuerpo, lo que era considerado por muchos como indecente e intolerable. Una de las lideresas de este estilo fue Teresa Cabarrús, que llevaba vestidos con amplias aperturas y sandalias con anillos en los dedos de los pies. Asimismo, la joyería de madame Tallien era famosa y envidiada. Posiblemente la pieza más llamativa que llevó fue un brazalete con forma de serpiente de oro, esmaltada, con una cabeza cortada a partir de una esmeralda gigante. Volvieron las grandes fiestas y volvió a ejercer de anfitriona para políticos y militares como el joven Bonaparte. Josefina era una invitada asidua en casa de Teresa, allí conoció a Napoleón. En este periodo nació la segunda hija de Teresa, bautizada como Josefina en honor a su amiga, de la que era ahijada.

Sin embargo, sus excentricidades en el vestir, la caída en popularidad de su marido y las ganas de olvidar momentos pasados y diferenciarse de ellos, hicieron que Napoleón, casado ya con Josefina, prohibiera a ésta volver a ver a Teresa.

La desaprobación pública de Teresa creció: sus atuendos, antes imitados, ahora eran objeto de crítica por su transparencia. Tampoco su matrimonio con Tallien llevaba buen camino y volvió a divorciarse, lo que, en aquel momento, no está bien visto.

Con su belleza aún esplendorosa, se casa por tercera vez. En esta ocasión con François-Joseph-Philippe de Riquet, conde de Caraman y príncipe de Chimay, con el que tuvo otros tres hijos. Se refugió en la familia, la beneficencia y la música. No quería por lo más mínimo perjudicar la carrera política tanto de su marido y la vida de sus hijos. Desapareció de la vida pública y se instaló en Chimay, donde se hizo querer por su mecenazgo, particularmente de la música, sus obras de caridad. En honor de su esposa, el príncipe hace construir en Chimay un asilo de ancianos y un hospicio para niños pobres y un teatro, que aún hoy sigue siendo foro de importantes conciertos.

Teresa falleció rodeada de los suyos, en 1835.

Sin embargo, su amor por la moda fue heredado por sus descendientes, especialmente famosa fue su bisnieta, la condesa Greffulhe, famosa por su estilo en el vestir y por ser la musa de Marcel Proust.

Su padre fue un gran financiero y político; sus maridos, hijos, nietos y bisnietos, personas destacadas de la sociedad, como lo fue ella misma. Pero nadie debe olvidar el papel de la española Teresa Cabarrús como ángel salvador de miles de personas y contribuyó a la caída de la dictadura del «Terror» de Robespierre durante la Revolución Francesa.

BIBLIOGRAFÍA

DIAZ-PLAJA, Fernando. “Teresa Cabarrús. Una española en los destinos de la Revolución Francesa”. Ed Olimpo. 1943.

POSADAS, Carmen. “La cinta roja”. Editorial Espasa. 2008.[novela]

Religiónenlibertad.com . “Una española en la Revolución Francesa: Teresa de Cabarrús. “Notre Dame du Bon Secours””. Enero de 2016.

 

 

 

¿Y SI RUSIA GOBERNARA EN USA?

El título que a algunos puede parecerles ciencia ficción, no lo es. Es más, a punto estuvo de suceder.

Ya vimos hace algún tiempo, como los comunistas se infiltraron en las élites universitarias británicas, dando lugar a la mejor red de espías en favor de la URSS que se haya conocido.

https://algodehistoria.home.blog/2022/01/14/los-5-de-cambridge-o-el-origen-de-james-bond/

Sin embargo, Stalin no se paró en barras y decidió que el comunismo debía reinar también en USA. En USA, antes del “Macartismo” ( 1947 a 1957. Los diez años de McCarthy como senador. Época de persecución contra los comunistas absolutamente desproporcionada, especialmente de famosos artistas o escritores de Hollywood), los comunistas se habían posicionado en las altas esferas del gobierno demócrata de Roosevelt. La figura más peligrosa, pese a no ser un claro militante comunista, era Henry Wallace; desde 1940 vicepresidente de los Estados Unidos.

Wallace estudió biología y se convirtió en especialista en genética de las plantas. En 1932 fue nombrado secretario de Agricultura (equivalente a nuestros ministros). Su labor como ministro fue desastrosa para la economía americana. Era un experto en agricultura, pero no en política agraria. Con él los precios se dispararon en una época en la que aún estaba reciente la crisis del 29 y donde el hambre se cebaba con la población. A pesar de ello, se convirtió en el líder del sector más radical del Partido Demócrata y, con esos antecedentes, en 1940, fue nombrado vicepresidente.

Wallace presentó su apoyo incondicional a la Internacional comunista. El contraespionaje americano no logró identificarlo como militante comunista, pero sí creían que recibía órdenes de Stalin. Sus maniobras en favor de los comunistas chinos coadyuvaron a la llegada al poder de Mao Tse Tung en 1949. Conocía perfectamente a otros infiltrados y los dejo hacer, sin informar al presidente Roosevelt, evidentemente.

En aquellos años, se inició el proyecto Verona, que fue un programa de contrainteligencia americano que funcionó desde el 1 de febrero de 1943 hasta el 1 de octubre de 1980. Fue un proyecto exitoso cuyo objetivo era descifrar los mensajes transmitidos por las agencias de inteligencia de la Unión Soviética.

Durante los treinta y siete años que duró el proyecto Verona, el Servicio de Inteligencia de Señales descifró y tradujo aproximadamente 3.000 mensajes. Como resultado del proyecto se descubrió la red de espionaje de los cinco de Cambridge, como ya vimos,  y el espionaje soviético del Proyecto Manhattan en Estados Unidos, (el Proyecto Manhattan permitió la creación de las armas nucleares. Aquel proyecto, en el que trabajaban USA, Canadá y Gran Bretaña, reunió a un grupo de científicos liderados por el físico nuclear Robert Oppenheimer). El proyecto Verona permaneció en secreto durante más de 15 años después de su conclusión. Algunos de los mensajes soviéticos descifrados no fueron desclasificados y publicados por Estados Unidos hasta 1995.

Cuando se desvelaron aquellos mensajes, se pudo comprobar la gran penetración de la URSS en el Gobierno americano.

En torno a 1941, tras el enfrentamiento soviético contra los nazis, ser comunista no estaba restringido en USA, ni demasiado mal visto. Podían actuar con cierta libertad. Los principales espías se colocaron en los Departamentos de Defensa y de Estado. Así, el comunista Bill Donovan se convirtió en asistente principal del director de la CIA. Alger Hiss, probablemente el más famoso de los comunistas, fue uno de los más altos funcionarios durante la guerra, estuvo como consejero de Roosvelt en Yalta. Cuando terminó la guerra trabajó para la ONU en San Francisco. Sufrió un juicio por perjuro que tuvo enorme seguimiento. Fue una especie de rememoración de lo ocurrido con Al Capone, puesto que no pudieron enjuiciarlo por traición porque el delito había prescrito.

Otro destacado comunista fue Harry Dexter White que llegó a ser subsecretario del tesoro- pasó las planchas auténticas del dólar durante la guerra a la URSS-. Sus ideas de ruralizar Alemania y dividirla en trozos hubiese sido desastroso, pero no se llegó a aplicar su plan al ser desenmascarada su condición de espía. No llegó a juicio porque se suicidó.

Por último, cabe hablar de tres personajes: L. Duggan; L. Currie y Harry Hopkins. Duggan fue junto con Hiss y White, miembro de la NKVD (precursor del KGB) soviético. Fue el jefe de la oficina para Sudamérica del Departamento de Guerra. Currie fue el principal asistente administrativo de Roosevelt. Informaba regularmente de absolutamente todo lo que veía o leía al NKVD. Acusado de espionaje después de la Guerra, huyó a Colombia donde vivió el resto de su vida en paz. Hopkins está considerado el espía más importante que tuvo Stalin en USA. Su actitud fue siempre pro comunista, vendió gran cantidad de uranio a Rusia, lo que estaba prohibido, señaló al ministro de exteriores soviético Molotov – que entonces tenía muy mala prensa en la casa Blanca- qué debía decir a Roosevelt para conseguir el apoyo norteamericano al plan soviético de invasión aliada de Europa.

Pero casi peor que los espías fueron los miembros de la administración americana que, o no se enteraron de nada, o no fueron capaces de transmitir los peligros de aquella penetración soviética en su administración. Un hombre tan brillante y buen gestor como Adolf Berle, que desde 1938 y hasta 1944 fue secretario de Estado Adjunto para América latina, conocedor y poseedor de pruebas irrefutables de que Hiss era espía fue incapaz de presentar el caso a Roosevelt de manera convincente para que el presidente le creyera. Roosevelt también ignoró la evidencia presentada por algunos otros colaboradores sobre las maniobras de otros espías.

Así las cosas, no es extraño que Stalin pensara que Roosevelt era fácilmente manipulable.

Tampoco el presidente americano ni Churchill llegaron a ver el alcance, en los momentos de las conferencias de paz, de los planes de invasión de Europa del Este, o de las infiltraciones comunistas en sus respectivos países, ideadas por Stalin. De hecho, mientras se desarrolló la Conferencia de Teherán, Roosevelt se alojó en la embajada soviética en la capital iraní, por no ofender a Stalin, aún a sabiendas de que sus habitaciones estaban llenas de micrófonos.

La conferencia de Teherán reunió a Roosevelt, Churchill y Stalin entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1944. Fue allí donde se tomaron las decisiones más importantes sobre Europa del Este y no en la posterior conferencia de Yalta. A aquella reunión llegó Roosevelt con una salud delicada que empeoró a raíz de la presión de aquellas conversaciones. Sólo sus asesores y médicos sabían lo mal que estaba el presidente norteamericano; aunque debido a su vanidad, presunción y a su capacidad para disimular, logró engañar a los presentes en aquellas negociaciones sobre su auténtico estado de salud.

Roosevelt regresó a USA, en un incómodo avión militar, nada equiparable a los viajes presidenciales actuales, con lo que se dijo, era un catarro por el frío pasado en Irán y se le recomendó reposo. Pasó unos días en Georgia, pero la bronquitis no remitía. Su afán por aparentar salud se debía entre otras razones a su intención de presentarse a un nuevo mandato- el cuarto-. Ya en 1939 el doctor que lo atendía le advirtió que no debería presentarse a una tercera reelección porque no aguantaría los 4 años de legislatura y que, de hacerlo, debía escoger a un buen vicepresidente, es decir, a su posible sustituto. Pero en vez de eso eligió a Wallace pese al carácter radical y a sus evidentes conexiones comunistas.

De cara a las elecciones de 1944, de nuevo debía elegir ticket electoral. Wallace tenía una considerable oposición entre los pesos pesados del Partido Demócrata, pero era entre la población un hombre muy popular. Sobre todo, tenía gran influencia en el movimiento sindical a través de su amistad con el sindicalista Hillman, que era socio del jefe del Partido Comunista Americano.

Stalin estaba encantado con Wallace, se dice incluso que parte de la mala salud del presidente Roosevelt en Irán se debió a que fue envenenado por los rusos con la finalidad de que Wallace fuera nombrado presidente y así convertir a USA en un estado comunista -lo del envenenamiento no está demostrado-.

Si Wallace hubiera sido presidente hubiera elegido vicepresidente a Duggan y como secretario del tesoro a Harry Dexter White. Su jefe de gabinete hubiera sido, el que fue durante su vicepresidencia- Hopkins-. Todos ellos eran colaboradores de la casa Blanca por nombramiento, o influencia en el nombramiento, del propio Wallace. Todos estaban controlados por Stalin, al que, desde el inicio de sus días en la Casa Blanca, ya pasaban información, como quedó confirmado por los informes de Verona. Así sin guerra, sin muertos, Stalin hubiera gobernado el mundo.

Pero los planes rusos se torcieron de la noche a la mañana por el capricho o por la vanidad- característica que sobresalía en su personalidad, lo mismo que cierta doblez- de Roosevelt.

En la convención demócrata, Roosevelt dejó entrever a Wallace que sería elegido de nuevo en el ticket electoral, sin embargo, en una conversación con el presidente del Partido Demócrata Robert Hannegan, Roosevelt eligió a Truman.

¿Por qué? Wallace era más popular, pero evidentemente no el mejor, ni mucho menos. Si Roosevelt hubiera querido elegir al mejor, el candidato hubiera sido James Byrnes por entonces jefe de la Oficina de Movilización de la Guerra. Hombre brillante que fue congresista, senador por Carolina del Sur, juez de la Corte Suprema, director de varios departamentos ejecutivos,  secretario de estado con Truman y Gobernador de Carolina del Sur. Truman por el contrario era más gris, menos conocido, mucho menos brillante. Su nombre empezó a tener cierta relevancia porque, como Senador por Misuri, dirigió una investigación sobre el fraude y el despilfarro en el ejército estadounidense, conocida como el Comité Truman. Sus conclusiones ahorraron entre 10.000 y 15.000 millones de dólares en gastos militares.

Roosevelt no quería elegir un vicepresidente que le sustituyera sino uno que no le hiciera sombra durante su mandato. No pensaba que se fuera a morir. Pensaba en gobernar otros cuatro años. Sin embargo, reelegido en las elecciones de noviembre de 1944, falleció en abril de 1945, y Truman fue su sucesor.

Harry S. Truman resultó ser mejor presidente de lo que era esperable. No ha pasado a la Historia como uno de los mejores, pero se le recuerda por algunos hechos notables.

Truman promulgó las leyes que iniciaron la defensa de los derechos civiles, a la vez que protegió muchos de los logros del New Deal. Pero, sobre todo, se enfrentó a los soviéticos desde el principio. Se conoce como doctrina Truman a la política exterior estadounidense que buscaba contener la expansión del comunismo a nivel mundial al comienzo de la Guerra Fría. Se basaba en ofrecer asistencia económica y militar a países para evitar que cayeran en la órbita soviética.

La Doctrina Truman impulsó el Plan Marshall, la creación de la OTAN y le dio forma a la política exterior de EE. UU. durante más de 40 años desde la Segunda guerra mundial.

Truman, ya presidente,  representó a los EEUU en la Conferencia de Potsdam. Sus relaciones con la URSS comunista se hicieron cada vez más tensas. Stalin quería expandir la influencia soviética en Europa Oriental. Stalin estaba muy mal enseñado, en las conferencias anteriores, la posición de Roosevelt, asesorado por algunos de los comunistas de su gobierno, habían permitido a Stalin conseguir la mayor parte de sus reivindicaciones. Pero quería más. Churchill, durante el tiempo que permaneció en la conferencia- se tuvo que ir al perder las elecciones-, temía que el traslado de las tropas estadounidenses al Pacífico facilitara la expansión soviética en Europa, y por ello se había mostrado cada vez más duro con Stalin. Por su parte, Truman, era un anticomunista de línea dura y no quería que Europa Oriental se convirtiera en una esfera de influencia soviética. Ambos mostraron su preocupación por los gobiernos procomunistas, gobiernos títeres, de Bulgaria, Rumanía y Polonia. Asimismo, ambos, Churchill y, sobre todo, Truman, ante la pregunta de Stalin ¿qué hacemos con España? Temerosos de que se instalara un gobierno comunista en nuestro país, optaron por eliminar a nuestro País de más acuerdos e invasiones.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el temor al comunismo en Estados Unidos aumentó y siguió intensificándose durante el mandato de Truman. No fue sin razón, los informes de Verona, delataban la presencia de espías en el gobierno y Truman sí hizo caso a esos informes.  Solicitó comprobar los antecedentes de quienes trabajaban en el gobierno ( Programa de Lealtad de los Empleados Federales, introducido en marzo de 1947). Esto provocó miles de dimisiones y despidos. De esta época fueron las investigaciones y juicios de los funcionarios comunistas de la casa Blanca, cuya suerte comentamos al principio.

De aquella limpieza de espías se pasó a la exageración del Macartismo en los años 50.  Pero esa ya es otra historia.

Porque lo destacado de esta entrada es que gracias a aquella decisión de Roosevelt en 1944 de establecer su ticket electoral con Truman se evitó un gobierno comunista en USA… y en España.

BIBLIOGRAFÍA

ALISOP, JOSEPH. “Franklin Delano Roosevelt”. T&B, Editores. 2015

BEEVOR, A. “ La segunda guerra Mundial”. Ed pasado/presente. S.L. 2014

FERNÁNDEZ SÁNCHEZ-BARBA, Mario: “Historia de los Estados Unidos: de la República burguesa al Poder presidencial”. Ed Marcial Pons. 1997.

TRINIDAD, Diego. “ El día que Stalin perdió la casa Blanca”.  Rev. La ilustración Liberal. 2010

HÉROES. NUESTROS NAVEGANTES AL NUEVO MUNDO: CRISTOBAL COLÓN

Hoy vamos a hablar de héroes, porque el descubrimiento de América por la flota española a cuyo mando iba Colón, es una historia de héroes. Es verdad que también de aventureros, de busca fortunas, pero ¿algún lector se ha puesto a pensar en la España de 1492, en la que si bien ya se tenía conciencia de que el mundo era una esfera, se desconocía casi todo más allá de Finisterre, en el que se creía que en aquel mar moraban monstruos extraordinarios que podían devorar a personas y embarcaciones? Para salir a recorrer aquel mar, para llegar a las indias, hay que ser muy osado y tener espíritu heroico.  Cuando aquellos hombres, ya desesperados ante un viaje que parecía no terminar nunca, oyen a Rodrigo de Triana gritar “tierra a la vista” a las 2 de la mañana del 12 de octubre de 1492, y se encuentran con tierras desconocidas, con hombres de costumbres ajenas y se lanzan a su conquista, hay que tener madera de héroe. Aquellos españoles fueron unos auténticos héroes que descubrieron, evangelizaron y civilizaron una nueva tierra, que hizo aún más grande a España y a la Historia de la Humanidad. En honor y representación de todos ellos, vamos a hablar de Cristóbal Colón.

Cristóbal Colón se cree que nació en Génova o en los alrededores de Génova, pero no está claro su origen, del mismo modo que muchos pasajes de su vida siguen siendo un misterio.

De su mayor gesta queda su propio testimonio, en sus escritos.  De su vida, permanece la obra de su hijo, Hernando (algunos autores lo identifican como Fernando). Aunque el vástago no fue muy clarificador en torno a los orígenes del descubridor. De sus abuelos sólo hecha cortinas de humo para situarlos en torno a Génova. Hernando busca en su obra ennoblecer la figura de su familia. Incluso concede unos estudios a Colón que nadie más supo nunca que tuviera. Intenta velar el hecho, infamante en aquellos tiempos, de que sus familiares tuvieran que trabajar con las manos para ganarse el sustento.

Lo que se sabe con exactitud es que Colón, en 1477, estaba en Portugal, lugar al que retornó a finales de 1479. Viaja a Madeira donde conoce y se casa con Felipa Moniz de Perestrello de origen noble. Allí nace su primogénito Diego, que heredará los títulos familiares.

También se conoce que en 1484 la vida de Colón discurre en el Atlántico sur, en la costa africana, hasta Guinea y posiblemente en algún otro territorio más meridional. También de ese año es la ideación de un gran viaje a través del Atlántico que comunicase Europa con Asia desde poniente.

Los estudios que había en aquel entonces se remontaban a Eratóstenes. Cierto es que algunos sabios italianos concebían la idea de un solo mar que ocupara el espacio entre Finisterre y Japón. De esa idea era el florentino Paolo del Pozzo Toscanelli.

Pero todos los que consideraban esa opción señalaban que tal travesía requería de alguna isla intermedia que hiciese de puente entre las dos orillas principales y así tener opción se reponer las vituallas para el trayecto. Ninguno de los estudios científicos de la época permitía hacer las afirmaciones que, sobre la longitud de la distancia a recorrer, reseñaba Cristóbal Colón cuando pretendía convencer a los diversos monarcas de la bondad de su aventura. De hecho, los únicos datos que aportaba se encontraban en las apostillas escritas por él a dos obras que constituyeron la base de sus conocimientos, la Historia rerum del papa Pío II y los Tratados o Imago Mundi del cardenal Ailly.

A partir de aquí el resto son leyendas, aportaciones mágicas o providencialistas, algunas de las cuales fueron difundidas por Fray Bartolomé de las Casas.

Al primer rey al que Colón ofreció sus servicios fue a Juan II de Portugal. El monarca luso no rechazó a Colón de entrada, sino que lo entretuvo con la finalidad de sacarle más información y conocer la latitud en la que el genovés haría su singladura. Se dice que una de las razones por las cuales no se decidió a ofrecerle ayuda era por la afirmación tajante del navegante de querer hacer una escala en las islas Canarias y seguir su paralelo. Portugal, si hubiera aceptado tal cosa, hubiera roto el tratado de Alcazobas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ) y hubiera ofendido a los Reyes Católicos. El rey portugués tenía gran interés por los descubrimientos, pero las pretensiones de Colón le debieron parecer poco adecuadas para sus intereses en tierras conocidas, más importantes que la exploración de las desconocidas.

El 20 de enero de 1486, Colón se entrevistó con los Reyes Católicos en Alcalá de Henares. Desde entonces se convierte en el protegido de los Reyes Católicos. Las negociaciones para organizar el viaje duraron seis años. En los cuales, Colón se ocupó de varias cosas. Primero, ya viudo, se instaló en Castilla con su hijo Diego y visitó varios puertos para decidir desde cual emprender el viaje. En segundo lugar, se echó como amante a Beatriz Enríquez de Arana, madre de su segundo hijo, el geógrafo e historiador Hernando Colón.

La noticia de que Bartolomé Díaz había doblado el Cabo de Buena Esperanza, demostrando definitivamente que existía comunicación marítima entre los océanos Atlántico e Índico y, por tanto, una vía para llegar a Asia por mar, hizo temer a Colón que su proyecto fuese abandonado definitivamente. Por ello, intentó agilizar los trámites en los distintos frentes. Escribió a Juan II de Portugal, que volvió a replantearse la situación, aunque la respuesta final fuese de nuevo negativa. Esta comunicación no fue obstaculizada por los Reyes Católicos, si bien dieron a Colón una subvención en muestra de su buena disposición. La demora de los reyes católicos se debió a que estaban pendientes de la toma de Granada y de la guerra contra Francia. Además, Colón decidió enviar a su hermano a visitar la corte inglesa de Enrique VII para ver qué posibilidades de financiación le ofrecían los anglosajones. Nada se fraguó en aquella visita.

En 1491, totalmente desanimado, Cristóbal Colón decidió abandonar Castilla, pero se dirigió al monasterio de La Rábida. Nadie cree que esta visita fuera casualidad pues en el monasterio se entrevistó con fray Juan Pérez, confesor de la reina, quien, movido por desconocidos resortes, no dudó en movilizar toda su influencia frente a doña Isabel a fin de vencer las reticencias de la Reina, y lo logró.

El camino se allanó para el genovés que viajó a Santa Fe y fue testigo presencial de la caída de Granada el 2 de enero de 1492. El 17 de abril de ese año se firman las Capitulaciones de Santa Fe, que recoge los acuerdos alcanzados entre el navegante y la Corona relativos a su expedición. Además, en el documento, se le otorgan a Cristóbal Colón los títulos de almirante, virrey y gobernador general de todos los territorios que descubriera o ganase durante su vida. Títulos que, con posterioridad, le autorizaron a transmitir a sus herederos. También se le concedió un diezmo de todas las mercancías que hallase, ganase y hubiese en los lugares conquistados. Le fue asignada la facultad de juzgar en toda una serie de litigios que se suscitasen en torno a las citadas mercancías. Se le permitió “contribuir con la octava parte en la armazón de navíos que fueran a tratar y negociar a las tierras descubiertas”. A cambio recibiría otra octava parte de las ganancias.

Con estos acuerdos y los beneficios de la conquista, Colón logró un rápido ascenso social, y pasó a formar parte de la nobleza cortesana.

Los preparativos para el gran viaje se llevaron a cabo en la villa de Palos, condenada por ciertos problemas con la Corona a armar a su costa dos carabelas y navegar durante dos meses a beneficio de la corona.  La flotilla estaba compuesta por tres naves; dos de ellas -la Pinta mandada por Martín Alonso Pinzón y la Niña por Vicente Yáñez Pinzón- eran carabelas andaluzas, mientras que la Santa María, ejercía de nave capitana bajo el mando de Colón y había sido armada en los astilleros del Cantábrico. Todos los hombres iban a sueldo de la corona que había pagado cuatro meses de anticipo. Se hicieron a la mar el 3 de agosto de 1492.

De aquel primer viaje, se conserva un documento excepcional, el Diario que redactó el propio descubridor,  en el resumen que del mismo que realizó fray Bartolomé de las Casas.

Pararon en la isla de la Gomera para reparar el timón de la Pinta y así, con esa primera escala, continuar su trayecto que tenía como meta encontrar una isla intermedia a unas 400 leguas de las Islas Canarias y llegar a las indias a 700, o pocas más, leguas del archipiélago canario.

En septiembre surcaron el Mar de los Sargazos. Durante los primeros días de octubre, cuando se habían superado las 700 leguas de navegación y la tripulación se desesperaba al no hallar tierra, Colón decidió cambiar la ruta, hasta entonces había seguido el paralelo de las Islas Canarias. Decidió guiarse por la dirección que marcaban las aves viajeras. Consiguió apaciguar los ánimos gracias al honor de los Pinzón y de Juan de la Cosa que prometieron calma durante tres días más de navegación. Como ya dijimos, el viernes 12 de octubre, Rodrigo de Triana avistó tierra. Al amanecer llegaron a una isla coralina del archipiélago de las Bahamas, que Colón bautizó con el nombre de San Salvador.

Llegaron al nuevo mundo por casualidad, como dijo Ranke, se estaba ante “el más fecundo error de todos los tiempos”. Dos fueron los errores principales cometidos: la incorrecta estimación de la circunferencia terrestre y la aún más incorrecta estimación del volumen de las tierras emergidas conocidas hasta ese momento.

Tras recorrer las Bahamas, puso rumbo a otra isla (Cuba), isla que en un primer momento identificó con la ansiada Cipango (Japón). Exploró la costa occidental y envió desde allí una delegación que debía entrevistarse con el Gran Khan, pero sólo encontraron a unos indígenas que ni conocían al Khan ni poseían el oro que ansiaban los españoles. Si bien, mostraron algo novedoso para los españoles: el tabaco.

En esos momentos las desavenencias entre Colón y Martín Alonso Pinzón llegaron a su punto culminante; a finales de noviembre, Pinzón decidió separarse de Colón aprovechando las mejores condiciones marineras de la Pinta. Llegó de ese modo a una nueva isla, a la que también acudió Colón pocos días después. La bautizó como La Española ( actuales República Dominicana y Haití). Los problemas mayores llegaron la noche de Navidad, cuando la Santa María encalló y quedó inservible. Les quedaban dos naves y todos los españoles no cabían en ellas. Colón dispuso la construcción de un fuerte, la primera construcción española en el nuevo mundo, a la que se llamó Fuerte Navidad. Allí quedaron 39 hombres al mando de Diego de Arana, mientras la Pinta y la Niña regresaban a España. El 16 de enero de 1493, la expedición emprendió la travesía de vuelta. El regreso fue más difícil que la ida, pero Colón, bien por conocimiento de los vientos del oeste desde su estancia en Portugal, bien de casualidad encontró la mejor ruta de vuelta.

El 12 de febrero las carabelas habían alcanzado las Azores. Tras otras cuantas peripecias provocadas por fuertes tormentas, la Pinta acabó llegando a Bayona en Galicia y la Niña, con Colón al frente, a Lisboa. Desde allí, tras informar al rey de Portugal, decidió marchar rumbo a Sevilla para poder terminar en Palos. Una vez en tierra española, se encaminó a Barcelona para informar a los Reyes Católicos de su descubrimiento.

Isabel y Fernando le confirmaron todos los privilegios admitidos en las Capitulaciones de Santa Fe y la noticia del viaje se extendió por toda Europa gracias a la reimpresión (hasta once veces en pocos meses) de una carta de Colón que lo resumía.

A partir de este momento, el proyecto de los Reyes Católicos en las Indias se organizó en torno a dos exigencias: la evangelización de los nativos y la prosecución del descubrimiento con nuevos y mayores asentamientos. Además, la presencia española en América se vio “impulsada” por el enfrentamiento diplomático con Portugal. Un enfrentamiento que condujo primero a la promulgación de las Bulas de Alejandro VI y luego a la conclusión del tratado de Tordesillas.

Se preparó un segundo viaje, con muchos más barcos, gran número de expedicionarios y todo tipo de animales y flora, de manera que quedaba clara la intención de los españoles de colonizar América.

La segunda expedición salió del puerto de Cádiz el miércoles 25 de septiembre de 1493. Siguió una ruta un tanto diferente, tras salir de la isla canaria de Hierro, continuó por una ruta más septentrional que la del primer viaje. Quizá para aprovechar los vientos alisios. Llegó a las pequeñas Antillas y luego al actual Puerto Rico, realizando un trayecto que se convertiría en la ruta habitual de todos los convoyes posteriores.   El 22 de noviembre, arribó a La Española. Allí, los españoles se llevaron una desagradable sorpresa al comprobar que el Fuerte de Navidad había sido arrasado y que toda su guarnición había perecido. Esto no le impidió fundar otras ciudades como La Isabela o Santo Domingo, que pronto se convirtió en la capital de las Indias.

Sin embargo, en la isla la situación era cada vez más grave, al hambre y las enfermedades se sumarán inmediatamente las primeras deserciones de los españoles. Ante tal situación, Colón mandó a la Península a Antonio de Torres con algo de oro e indios para vender en el mercado de esclavos. Los Reyes Católicos no permitieron esta venta. Además, algunos de los descontentos con Colón informaron a sus majestades y a todo el que quisiera oírlos de la tiránica dirección que Colón aplicaba en las nuevas tierras. Colón regresó a España en junio de 1496. Lo hizo de manera espectacular acompañado de indios vestidos con vistosos atuendos de plumas, con algo de oro y otras riquezas que mostrar a sus majestades. Ante las críticas recibidas tuvo que explicarse. Ya entonces quedó patente que existían dos posturas. La de aquellos que sólo pensaban en la explotación comercial del Nuevo Mundo, con una visión absolutamente mercantilista y la de los que pretendían la exploración de las nuevas tierras, el buen trato a los indígenas y la formación de una comunidad cultural y evangelizadora . En el primer grupo estaba Colón, en el segundo los Reyes Católicos.

Con todo, Colón logró la autorización para un tercer viaje y la confirmación de sus privilegios; le autorizaron a instituir un mayorazgo en la persona de su hijo mayor, Diego, y sufragaron la tercera expedición, pero dando a entender que era una última oportunidad y que aquella empresa debía mantenerse de sus propios beneficios.

El apoyo de los Reyes se vio influido, posiblemente, porque, el 8 de julio de 1497, partió de Lisboa Vasco de Gama con el objetivo de llegar a la India circunnavegando África, continuando de este modo, el viaje emprendido tiempo atrás por Bartolomé Diaz.

Por otro lado, durante la espera hasta que se inició ese tercer viaje, Colón llegó a conocer las obras de algunos eruditos españoles que discutían que las tierras a las que había llegado Colón fueran las Indias, puesto que sus estudios de la esfera terrestre y los conocimientos que tenían permitían pensar que las Indias navegando desde occidente estaban a mucha mayor distancia. Así, el cronista Andrés Bernáldez, o el profesor de Salamanca Francisco Núñez de la Yerba, distaban mucho de dar la razón a Colón y creían que había llegado a algún lugar intermedio entre Europa y Asia.

La tercera flota colombina partió de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498. La flota se componía de 6 barcos y juntos navegaron hasta la Gomera donde se dividieron en dos: tres barcos se dirigieron directamente a La Española y otros tres siguieron la ruta de un paralelo más al sur, por Sierra Leona. Este segundo grupo al mando de Colón, en su llegada a América, descubrió la isla de Trinidad y, en la ruta hacia La Española, avistó la isla Margarita, famosa por sus perlas, y la desembocadura del Orinoco.

Mientras, en La Española, la ausencia de Colón y contra la autoridad de Colón, se habían sublevado una parte de los españoles, liderados por Francisco Roldán. Las quejas contra la familia Colón, exacerbadas por algunas acciones cuestionables del Almirante como ocultar los yacimientos de perlas en Margarita y Cubagua, llegaron a la corte y motivaron que los Reyes Católicos enviaran a La Española a Francisco de Bobadilla con el título de juez pesquisidor. Ante la resistencia de los Colón a aceptar su autoridad, detuvo a los tres varones Colón( Cristóbal, Bartolomé y Diego) y los mandó, presos, de vuelta a España. Y aunque los Reyes liberaron al Almirante con muestras de afecto, no lo restituyeron en la gobernación de las Indias. Sin embargo, le permitieron organizar un cuarto viaje.

De esta cuarta empresa contamos con el relato más directo y vibrante, el que narró Colón en su Carta de Jamaica.

Salió del puerto de Cádiz, el 11 de mayo de 1502, con cuatro navíos y la compañía de su hermano Bartolomé y su hijo Hernando. Fue ésta la travesía más rápida de cuantas hizo, pues tras abastecerse en Maspalomas, llegaba a la entrada de las Indias el 15 de junio. Ya en tierras americanas, una serie de circunstancias le aconsejaron, en contra de su primer proyecto, encaminarse a La Española. Una vez allí y ante las evidencias de la proximidad de un huracán, pidió autorización para fondear en puerto, al tiempo que recomendaba retrasar el retorno a España de la flota en la que regresaba Francisco de Bobadilla. Ni le dieron permiso , ni la flota se retrasó. Colón logró refugiarse en la costa y se salvó, no así la flota española que perdió 25 navíos y un cargamento costosísimo.

El 14 de julio se dirigió a Centroamérica y bordeó no sin dificultades por el clima y los enfrentamientos con los nativos, lo que hoy es Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

16 de abril de 1503, decidió volver a España, sin embargo, las dos únicas naos que le quedaban encallaron. No encontró más solución que enviar dos canoas a La Española, que no sin dificultades lograron llegar. Pero encontrar las naves que salvaran a los náufragos de Jamaica llevó un año. Un año lleno de problemas. Al fin, el 12 de septiembre de 1504, salió rumbo a España y llegó a Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre, gravísimamente enfermo.

Redactó un nuevo testamento el 19 mayo de 1506 y falleció al día siguiente en Valladolid. Tras unas cuantas vicisitudes, sus restos se encuentran en la catedral de Sevilla. Si bien la Catedral de Santo Domingo, disputa por considerar que una urna encontrada allí, son restos del Navegante.

BIBLIOGRAFÍA

Aguado Bleye, Pedro. “Historia de España”. Espasa Calpe. 1954

Fernández Armesto, F “Colón”. Crítica, 1992

Pérez Bustamante, C. (ed.). “Libro de los privilegios del Almirante don Cristóbal Colón (1498)”. Real Academia de la Historia, 1951.

Pérez Embid, E y Verlinden, CH. “ Cristóbal Colón y el descubrimiento de América” Rialp, 1967

Pérez de Tudela y Bueso, Juan “Las armadas de Indias los orígenes de la política de colonización (1492-1505)”. Ed. Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1956.

UROCZYSKO BARAN

A lo largo de la Historia, si hay un país que ha sufrido por defender su independencia, ese ha sido Polonia.

Siendo uno de los países más prósperos de Europa tuvo que sufrir tres particiones a lo largo del siglo XVIII. Realmente Polonia era una mancomunidad (Polonia con Lituania). De ese territorio, entonces, formaban parte algunas zonas de la actual Bielorrusia y de la actual Ucrania. A finales del siglo XVIII y en menos de 25 años, concretamente entre 1772 y 1795, la mancomunidad de Polonia y Lituania dejó de existir tras una serie de particiones que realizaron las potencias adyacentes.

La primera partición, se decidió el 5 de agosto de 1772 después de que la Confederación de Bares (la confederación de Bar fue una asociación de nobles polacos, formada en la fortaleza de Bar (Podolia- Ucrania-) en 1768 para defender la independencia interior y exterior de la república de las dos naciones ( Polonia y Lituania) contra la agresión del Imperio ruso). Perdieron la guerra con Rusia. En el reparto en 1773, Rusia se apoderó de Livonia y Bielorrusia hasta el Dviná y el Dniéper. Austria se anexionó gran parte de Galitzia Oriental y la llamada pequeña Polonia ( hasta Cracovia). Prusia se apoderó de Brandeburgo y la Prusia central ( excepto Danzig y Thorn). A ello unió una porción de Polonia que iba hasta el río Niemen.

La segunda Patición se produjo tras la guerra ruso-polaca de 1792, se la repartieron entre Rusia y Prusia. En la segunda partición los prusianos se adueñaron de Poznan y la región de la Gran Polonia, y los rusos del resto de Bielorrusia y de la Ucrania polaca.

En 1794 los polacos se sublevaron contra los ejércitos de ocupación y estalló una breve guerra que concluyó con la tercera partición al año siguiente. En esta ocasión Austria volvió a sumarse a la rapiña y se apoderó de Lublin. Los rusos avanzaron hasta el Báltico e incorporaron Lituania. Los prusianos recrecieron la Prusia oriental y se hicieron con Varsovia, la capital de la mancomunidad.

Durante más de un siglo, hasta el final de la primera guerra mundial, Polonia desapareció del mapa europeo, no así los polacos, que siguieron viviendo en tres Estados diferentes. Polonia y Lituania reaparecerían tras el tratado de Versalles convertidas en repúblicas con unas nuevas fronteras, pero volverían a ser repartidas años más tarde, en 1939, entre la Alemania nazi, la Unión Soviética y el estado títere de Eslovaquia con la intención expresada por el propio Hitler de que Polonia “nunca más vuelva a existir como país independiente. La partición de Polonia estaba ya fijada en sus aspectos esenciales en las cláusulas secretas del Pacto Germano-Soviético (Ribbentrop- Molotov).

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Si los nazis ocuparon Polonia con mano de hierro y a la población judía le esperó un destino terrible, los comunistas de Stalin no fueron mucho más amables, sobre todo, con las élites polacas ―profesores de universidad, políticos, intelectuales, altos cargos eclesiales, etc…―, que en un porcentaje muy elevado serán o bien desterrados y enviados a los gulags siberianos o directamente asesinados, como la mayoría de los oficiales del ejército polaco prisioneros del Ejército Rojo, aniquilados en la matanza de Katyn y otras.

Eslovaquia, por su parte, tras un tratado con Alemania, se anexiona parte de los territorios cercanos a la extinta República Checoslovaca.

Polonia desapareció oficialmente, salvo un pequeño reducto en torno a Varsovia, sometido bajo el control soviético, aunque con cierta autonomía.

Así, en noviembre de 1939, Polonia había dejado de existir, pero sólo nominalmente. Los soldados polacos que lucharon durante toda la guerra al lado de los aliados occidentales, al igual que los que lo hicieron posteriormente con los soviéticos, amén del Ejército Interior Polaco y la Resistencia, llevaron siempre la bandera polaca por todos los frentes de guerra en los que participaron en Europa: Noruega, Francia, Oriente Medio, Libia, Italia, Francia, Alemania, etc. Así sería tras seis largos años.

Ayudaron a los soviéticos para liberar la Polonia ocupada por los Nazis, y actuaron contra los soviéticos en busca de su ansiada independencia. El fin de la IIGM trajo consigo la recreación del Estado polaco, pero sometido a la bota implacable de la URSS .

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Prueba de aquel sometimiento férreo, es el triste episodio que vamos a comentar y que muestra la crueldad soviética en su afán expansionista. La segunda Guerra mundial, para Polonia fue la lucha por su supervivencia, o la desmembraban los nazis, o lo hacían los rusos.

Vamos a exponer lo acontecido en Uroczysko Baran, una de las mayores matanzas que los rusos llevaron a cabo contra los polacos que lucharon contra el nazismo para liberar Polonia.

Debemos situarnos al final de la guerra. En octubre de 1944 había fracasado el levantamiento de Varsovia, Stalin había ordenado al Ejército rojo detener su avance sobre la capital, de modo que los alemanes pudieran arrasar Varsovia, y derrotar a los insurgentes polacos.

Para entender un poco la situación hay que señalar que la insurrección polaca se sostenía con 4 grupos. El grupo mayoritario era el Armia Krajowa (AK, Ejército Nacional), fiel al Gobierno polaco en el exilio y que fue el que encabezó el Levantamiento de Varsovia. Aunque era un grupo anticomunista, llegó a participar en operaciones conjuntas con los soviéticos, como la liberación de Vilna. El segundo en importancia por el número de miembros eran los Batallones Campesinos. El tercer grupo armado eran las Narodowe Siły Zbrojne (NSZ, Fuerzas Armadas Nacionales) se destacaron por combatir simultáneamente a los nazis y a los comunistas.

A ellos hay que unir en su lucha contra los nazis, pero no contra los soviéticos, al Armia Ludowa (AL, Ejército Popular) estaba formado por partisanos comunistas afines a los soviéticos. Este grupo se formó en 1944 (vamos que lucharon durante la guerra, pero poquito). No se llevaba bien con el resto de los grupos y tuvieron enfrentamientos con las NSZ.

Sobre todo, cuando tocó defender la independencia polaca a partir de 1944. En un primer momento, las unidades del Ejército Nacional tenían la esperanza de que se llegara a un acuerdo entre el gobierno polaco en el exilio en Londres, los soviéticos y el recién formado gobierno comunista polaco. Por lo tanto, se abstuvieron de enfrentarse a los rusos o al Ejército Popular Polaco comunista bajo el mando soviético. Durante los primeros momentos, el único objetivo del Ejército Nacional era luchar contra los ocupantes nazis. Sólo más tarde algunas unidades comenzaron a redirigir sus actividades contra los comunistas. Fue una reacción instintiva, resultado de meses de represión, arrestos, torturas y exterminio físico.

Después de que la línea ofensiva del frente del Ejército Rojo se estableciera firmemente a lo largo del río Vístula, comenzaron una campaña indiscriminada de represión masiva y arrestos no sólo contra la clandestinidad del Ejército Nacional, sino también contra la población en general. Las unidades del Ejército Nacional fueron rodeadas, desarmadas y sus oficiales arrestados. Queriendo hacerse con el control de Polonia, la presencia de los patriotas polacos del Ejército Nacional, les resultaba molesta, para ello los rusos decretaron el 3 de octubre de 1944 la ilegalización del Ejército Nacional polaco, con la peculiaridad de que el decreto tenía efectos retroactivos- alterando el discurrir ordinario del Derecho, como suelen hacer todas las dictaduras- Aquel decretó iba a tener eficacia a partir del 15 de agosto de 1944 ( dos meses antes de su aprobación). Introdujo medidas punitivas con carácter retroactivo, es decir, actos cometidos antes de su emisión, y como resultado colocó al Ejército Nacional fuera de la ley, bajo el pretexto de que era una organización que opera contra el nuevo «sistema democrático». La negativa a denunciar todas y cada una de las actividades y personas involucradas en actividades consideradas contrarias a esta «ley» se castigaba con la muerte.

A los detenidos, miembros del Ejército Nacional, desertores de cualquier ejecito polaco, a la población que se resistiera… la enviaron a Kakolewnica, un campo de concentración. Allí se había establecido 1º Frente Bielorruso soviético. Retiraron ganado, saquearon suministros de alimentos, expulsaron a la gente de sus hogares… para dar paso a alojamientos militares y a mazmorras de interrogatorio. A ellos se unió el Ejército Popular ( comunista) polaco. Se ha calculado que, desde septiembre de 1944 hasta noviembre de 1945, Kokolewica albergó entre 2.500 y 3.000 prisioneros.

Los supervivientes cuentan que las palizas se realizaban a diario y que las celdas tenían el suelo inundado de agua, sin colchones, ni camas. Además, como castigo a muchos prisioneros se les metía en agujeros, también llenos de agua fría, en los que tenían que permanecer de pie durante días.

Las ejecuciones de los prisioneros de aquel campo de concentración se llevaron a cabo en los bosques de Kakolewnica, conocidos como «Uroczysko Baran». Allí fueron asesinados los condenados por el tribunal militar, y también aquellos a quienes se les negó incluso la comparecencia ante dicho tribunal.

De los testimonios de los habitantes de Kakolewnica se desprende que durante el período en que se encontraba allí el cuartel general del II Comando del Ejército comunista polaco, el bosque estaba custodiado por soldados armados y no se permitía la entrada a civiles. Durante las noches se escuchaban disparos desde la dirección en la que se encontraba el bosque. Después de enterrar los cuerpos de los fusilados, se niveló el área y luego se cubrió con musgo y árboles jóvenes. Después de algunos años, las lluvias comenzaron a arrastrar a la superficie huesos y cráneos de los asesinados.

El 8 de marzo de 1990, la fiscalía abrió una investigación sobre los asesinatos en Uroczysko Baran. Se llevó a cabo una exhumación en la tumba encontrada y sus alrededores. Los restos humanos recuperados eran fragmentos óseos de 12 hombres de entre 20 y 60 años. El estado de los restos y su ubicación en las tumbas indicaron la particular brutalidad de los verdugos y el profundo sufrimiento de las víctimas. El protocolo elaborado por el Instituto de Ciencias Forenses dice:

«Los ejecutados tenían las manos y las piernas atadas con alambre metálico. En el momento de la muerte, algunas de las víctimas sufrieron heridas en brazos, muslos, etc. rotos y fracturados. Algunos de los cráneos mostraban signos de traumatismo grave causado por un objeto contundente y pesado. Los examinadores confirmaron lesiones sufridas por un solo disparo de arma [estilo de ejecución] con orificios de entrada en la parte trasera o en el costado del cráneo. En algún caso, no hubo disparos , pero se confirmó que la fragmentación del cráneo fue el resultado de un traumatismo severo».

Teniendo en cuenta la totalidad de los hechos averiguados durante la investigación de los acontecimientos ocurridos en Kokolewnica durante 1944/45, es posible concluir, sin lugar a dudas, que en el bosque Uroczysko Baran se encuentran otras tumbas desconocidas de personas asesinadas a consecuencia de ello. de las sentencias de muerte dictadas por el tribunal del II ejército comunista polaco y del Ejército Soviético.  Sin embargo, es muy complicado acceder a los restos humanos. Después de cincuenta años de gobierno comunista en Polonia, el sitio estrechamente vigilado, está cubierto de árboles maduros.

La investigación de la fiscalía se realizó a través del estudio de documentos parciales encontrados en los archivos del ejército polaco que prueban sólo 43 ejecuciones oficiales y 144 condenas de tribunales militares, pero los archivos soviéticos son inaccesibles o ya no existen.

Tampoco fue fácil contar con el testimonio de los testigos. Años después, terminada la guerra, pero con Polonia bajo la bota de la URSS todos los que tenían algún conocimiento de lo ocurrido fueron encarcelados, en los campos de castigo soviéticos, asustados o muertos. Según los estudios realizados, entre los años 1946 y 1980, alrededor de 1.800 personas fueron fusiladas en Kakolewnica y sus alrededores.

El encargado de buscar testigos, ya en la Polonia democrática, fue el Instituto de la Memoria Nacional. Con dificultad pudo entrevistar a 110 testigos. El testimonio de quienes fueron localizados fue increíble. – Por ejemplo, además de hacer referencia a los camiones llenos de prisioneros, del ruido de los disparos en el bosque Uroczysko Baran, uno de los testigos contó que «Había tantas balas y metralla de «Uroczysko» incrustadas en los árboles que, cuando las cortaban en el aserradero, saltaban chispas por todas partes».

En 1980, se levantó un primer monumento en el bosque- una tumba simbólica-, en mayo de 1993 fue sustituido por un monumento formado por una cruz de hierro fundido. Los estudios sobre esta masacre siguen activos en Polonia.

Es comprensible que los países fronterizos con Rusia no quieran ni oír hablar de la URSS o de los que aspiran a reconstruir la URSS.

 

BIBLIOGRAFÍA

LOMA BARRIE, Borja. “Historia de Polonia. Mesías de las naciones ”. Kindle

WASAK, Anna: “Kakolewnica – «Little Katyn» Near Radzyn Podlaski (Pol. «Kakolewnica – podlaskiKatyn»): Unsolved Communist Crimes In Poland.”. «Nasz Dziennik«

El Origen de la Guardia Civil

Al finalizar la Guerra de la Independencia, la debilidad del Estado es total y la inseguridad se apodera de los caminos españoles.

Algunas de nuestras proezas históricas también habían tenido consecuencias negativas: los levantamientos contra los romanos, las tierras de nadie durante la Reconquista, el periodo de decadencia del camino de Santiago ( del siglo XIV al XIX) crearon como mal endémico nacional a los bandoleros y asaltantes de caminos. La guerra de guerrillas propia de la Guerra de Independencia, determinó la existencia de personajes heroicos contra el invasor que, acabado el conflicto se dedicaron al bandolerismo. La misma consecuencia tuvo la oposición a la llegada de los cien mil hijos de San Luis. Aunque, lo que realmente provocó el incremento de los bandoleros en el siglo XIX, fue el empobrecimiento del medio rural a finales del siglo XVIII. Así se empezaron a formar cuadrillas, en gran parte procedentes de los jornaleros agrícolas, pero también artesanos, antiguos soldados… Todos ellos unidos en la búsqueda de sustento. Esta situación se vio agravada cuando a partir de 1836, la desamortización de Mendizábal, expropió las tierras de manos muertas del clero y las subastó entre los pequeños propietarios, provocando un fraccionamiento de la propiedad rural.

En todos estos casos la población plantea una mayor demanda de seguridad.  Hasta 1844, la seguridad interior estaba en manos de cuerpos armados de carácter local y muy escasa eficacia: fusileros de Aragón, mozos de escuadra y rondas volantes en Cataluña, migueletes y miñones en Valencia y las Vascongadas, escopeteros en Andalucía,  milicias honradas en Galicia, guardabosques y otras partidas en Castilla…

Aunque el bandolerismo se suele identificar en el imaginario común con Andalucía,  esto no se compadece con la verdad, como señala el profesor Martínez Ruiz:

“El bandolerismo no fue un fenómeno específico del sur de España. Con excepción del País Vasco, el fenómeno afectó a todo el territorio nacional, aunque con sus peculiaridades regionales. Galicia, sin ir más lejos, sufrió un bandolerismo muy violento, con asaltos por doquier. A diferencia de los andaluces, sin embargo, volvían a casa después de dar el golpe y allí preparaban el siguiente. Es una tradición que derivaría años después en contrabando y, finalmente, en narcotráfico”.[1]

La búsqueda de soluciones a este problema, tampoco se ciñe al siglo XIX, así, por ejemplo, Fernando el Católico lideró una serie de incursiones contra los bandoleros de Aragón en 1515,  en años anteriores se organizó la Santa Hermandad de Toledo, con el fin de atrapar a los indeseables en tierras manchegas, o José Bonaparte, en 1811, intentó mejorar la seguridad creando la Gendarmería Nacional.

Pero en el siglo XIX, la gravedad de la situación hace que se busquen soluciones de todo tipo. El encargo al Ejército de las tareas policiales no era una buena opción dada la politización de las milicias y su propensión al golpe de Estado.

En 1920, con el alzamiento de Riego, Pedro Agustín Girón y de las casas, Primer duque de Ahumada, militar profesional, es nombrado Ministro de la Guerra. En aquel momento concibe la creación de la Legión de Salvaguardias Nacionales. Los conflictos nacionales obligaron al Primer duque de Ahumada y a su familia a exiliarse.

Como la situación delincuencial no se solventaba, en 1829, Fernando VII crea el real Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras. En 1842, se reorganizó como el Cuerpo de Carabineros del Reino, al que se hacía depender del Ministerio de Hacienda. En 1843, el presidente del Gobierno Luis González Bravo determinó que la persecución de los delincuentes debía depender de una fuerza policial a cargo del Ministerio de la Gobernación, alejando su dependencia del Ministerio de Defensa y del ejército.

En 1844, se redactó un decreto cuyo artículo 10 aprobaba la creación de “una fuerza especial destinada a proteger eficazmente a las personas y las propiedades, cuyo amparo es el principal objeto del ramo de protección y seguridad» dependiente del Ministerio de Gobernación. Al ser unos guardias armados al servicio del poder civil, la Reina Isabel II los denominó guardias civiles. La reina Isabel II firmó el Real Decreto de creación el 28 de marzo de 1844.

La organización de este cuerpo le fue encargada al mariscal de campo Francisco Javier Girón Ezpeleta, Segundo duque de Ahumada. Tomo como referencia la organización e instrucción de la gendarmería francesa, adaptándolo a las condiciones geográficas y sociales de España. Este nuevo Cuerpo poseía una organización interna de carácter militar, con unos medios y entrenamiento que nada tenían que envidiar al Ejército. El 20 de diciembre de 1845, de la propia mano del Duque de Ahumada, se aprueba un documento que constituye el auténtico código moral de la Institución: la»Cartilla del Guardia Civil» que sintetiza los reglamentos anteriores y que, con alguna modificación, compone el actual Reglamento para el Servicio de la Guardia Civil. A lo largo de su articulado, la “Cartilla” establece “la doctrina del Cuerpo; un código deontológico que pretende dotar al personal de un alto concepto moral, del sentido de la honradez y de la seriedad en el servicio y que está presidido por su artículo más famoso donde se lee: “el honor es la principal divisa del guardia civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido, no se recobra jamás”.[2]

La Guardia Civil fue la depositaría de la seguridad en los caminos, el medio rural y el ferrocarril.

Según los artículos 4, 6 y 7 del decreto de creación, la guardia civil se compondría de un total de 20 escuadrones de caballería y 89 compañías de infantería: el total de la fuerza sumaría 15.369 hombres.

La organización y disciplina del nuevo Cuerpo se acreditó bien pronto. La seguridad de los caminos quedó garantizada. Los conductores de diligencias no tuvieron que pagar ya la “protección” de los famosos bandoleros; ni los viajeros necesitaban asegurarse con sus propias escoltas. Se acabó también con las sospechosas connivencias entre venteros y bandidos para desvalijar a los caminantes.

Poco a poco los tercios de la Guardia Civil van relevando a las antiguas partidas de seguridad. Los puestos y cuarteles de la Guardia Civil se instalan pronto en todos los pueblos y ciudades importantes, conviviendo con la vecindad.

En este sentido, la Guardia Civil representa sin duda uno de los pasos más importantes de España para avanzar desde el Antiguo Régimen a un país moderno. Inició el proceso de unificación del control de las diferentes fuerzas policiales del país para lograr estabilidad, al mismo tiempo que dotaba al gobierno civil de una herramienta para su defensa y la imposición de las decisiones que tomaba.

El mérito principal del duque de Ahumada, procedente de los moderados, y de su continuador, el progresista, Facundo Infante, fue haber sabido hacer de la Guardia Civil una institución nacional para resolver un problema nacional. Ni moderado, ni progresista, de todos y para el bienestar de todos. Por eso también arraigó, porque nada arraiga si no anida en la sociedad entera. Si la Guardia Civil se hubiera limitado a ser la expresión de un particularismo nunca hubiera triunfado. Por ese foco nacional, por esa institucionalización universalmente aceptada (salvo por los delincuentes, claro), por su continuidad de institucionalización históricamente aceptada:  por la revolución de 1868, por la Primera República, por la Restauración y el resto del siglo XX con sus múltiples avatares, alcanzó el éxito. Curiosamente, Franco consideraba a la Guardia civil responsable del fracaso de la insurrección en Madrid, Barcelona y Valencia, lo que le hizo barajar la posibilidad de disolver al cuerpo armado. Al final, en 1940 refuerza a la Guardia Civil con la incorporación a sus filas del Cuerpo de Carabineros y la adscripción de gran número de jefes y oficiales del Ejército especialmente en los Tercios de Costas y Fronteras cuyo objeto era la defensa frente al exterior.  En 1959, se crea la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, En los años sesenta, el Servicio de Montaña, las actividades subacuáticas y la agrupación de helicópteros. En 1974, nace el Servicio de Desactivación de Explosivos, génesis de los modernos TEDAX y GEDEX. En 1988, se instaura el Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA). En 1991, surge el Servicio Marítimo de la Guardia Civil encargado de los delitos cometidos en el mar territorial, luchar contra el contrabando, pesca furtiva, protección del patrimonio histórico sumergido, control de la inmigración irregular, etc.

En el año 1988, por Real Decreto Ley, se regula la incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas, abriendo el camino para el ingreso de las mujeres en la Benemérita. Si bien, desde 1948, las mujeres ya prestaban algunos servicios a través de la figura de la matrona, que realizaban los registros sobre personas del mismo sexo en los controles aduaneros. Su reclutamiento se realizaba entre viudas y huérfanas del Cuerpo, se regían por su propio reglamento y no podían portar armas, aunque llevaban uniforme y no estaban sujetas a disciplina militar, ni eran funcionarias.

Con la aprobación de la Constitución de 1978, la Guardia Civil se adscribe a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado conservando su naturaleza militar, pero dejando de formar parte de las Fuerzas Armadas.

Con la Ley Orgánica 2/1986, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de 13 de marzo, se define a la Guardia Civil como instituto armado de naturaleza militar, dependiente del Ministerio del Interior en lo referente a retribuciones, destinos, acuartelamientos, material y servicios, y del Ministerio de Defensa en el régimen de ascensos, situaciones del personal y naturaleza de las misiones de carácter militar.[3]

La Guardia Civil , se acreditó por su labor de servicio, por su doble función de defensa del orden,  y de ayuda social (calamidades públicas, epidemias, tráfico…) siempre dentro de la mayor lealtad al Estado.

La historia de la Guardia Civil es un reflejo de la Historia de España y, como en nuestra Historia, hay luces y sombras, pero las luces son mucho más luminosas que las sombras. Su tarea de honradez, sacrificio , sentido del deber y lealtad es encomiable, y con ella han alcanzado el cariño de la mayoría de la población.

BIBLIOGRAFÍA

Martínez Ruiz, E. “El bandolerismo español” .ED Libros la Catarata. 2020.

 

Martínez Ruiz, E. “Creación de la Guardia Civil”. Editora Nacional. 1977.

 

PALACIO ATARD. Vicente. “La España del Siglo XIX”. Espasa-Calpe. 1981.

 

Web de la Guardia Civil. https://www.guardiacivil.es/es/institucional/Conocenos/historiaguacivil/index.html

 

 

[1] El bandolerismo español. Martínez Ruiz, E.

[2] Página Web de la Guardia Civil.

[3] Web Guardía Civil

MULADÍES Y MOZÁRABES

Siempre que hemos tratado el tema de la Reconquista, lo hemos hecho desde el punto de vista de la España cristiana. Lo cual no debe dejar en el olvido la tarea que mudéjares y muladíes hicieron en el territorio hispano ocupado por el invasor musulmán.

La llegada de los musulmanes a España no fue un paseo militar por la resistencia de la cornisa cantábrica y parte de Galicia. Tras la oposición en las montañas astures, los invasores se atrevieron con alguna razia o aceifa esporádica en la España norteña, la más conocida fue la que realizaron contra Santiago de Compostela en el 997. Desde entonces, tras ser expulsados del reino de Asturias ( que abarcaba de oeste a este desde Galicia a lo que hoy es el País Vasco) la política musulmana consistió, de un lado, allí donde no gobernaban, en establecer el terror: matando, quemando iglesias, o haciendo esclavos. De otro, aplicaron una política en apariencia más “conciliadora” dentro del territorio que ya dominaban, con un cierto respeto a los seguidores de las religiones de libro: cristianos y judíos. A éstos se les denominaba dhimmi o protegidos. Esta tolerancia no se debía a la bondad del incursor sino a la necesidad de aprovechar el trabajo y destreza de estos conquistados, pues el invasor no tenía gente suficiente para sostener las armas, conquistar, guerrear y atender las poblaciones que dejaba en la retaguardia tras su avance. Esto fue así hasta la llegada de Almohades y Almorávides.

Aquella tolerancia determinó una sociedad invadida compuesta entre los musulmanes por árabes, sirios, yemeníes, bereberes y muladíes (cristianos conversos al islam); y, entre los cristianos, por los llamados mozárabes, que podían ser de origen godo o hispanorromano ( hispanos que se mantenían como cristianos), los judíos y los eslavos.

Hoy nos vamos a ocupar de mozárabes y muladíes

El término mozárabe no aparece hasta que un documento leonés los cita con ese nombre en 1024. En las crónicas árabes apenas se mencionan.

Aunque, los mozárabes estaban protegidos por la dhimma, el trato recibido, incluso en los mejores momentos- con los Omeyas- no dejó de ser el dispensado a un ser inferior al que se aplastaba a impuestos. Especialmente, dos: uno sobre la tierra y otro personal a cambio de que la comunidad islámica le perdonase la vida. Su cantidad fiscalmente obligatoria variaba, y su pago se hacía en público y bajo humillaciones; en el reinado de Abderramán III se abonaba cuatro veces al año. Especialmente sangrante fue la época de Almanzor.

Además de tener menos protección judicial que los musulmanes de origen, los cristianos tenían que aguantar que los emires y califas nombraran no sólo a los condes (jefes de la comunidad cristiana) y a los recaudadores de impuestos, sino, también a los obispos. Asimismo, tenían prohibido construir nuevas iglesias o tocar las campanas.

Bat Ye’or afirma que el estatus del dhimmi fue peor que el del esclavo, porque éste, aunque privado de libertad, «no sufría una humillación obligatoria y constante prescrita por la religión».

A pesar de la segregación y de la violencia que padecían, de la que podían librarse en parte abjurando de su fe, los cristianos resistieron la absorción durante siglos. Es más, hasta el siglo XI no se logró que el 80% de la población residente en la España musulmana, profesara esa religión.

Fueron las élites sociales, como luego veremos, las que con mayor fruición se convirtieron al islamismo. Pero la mayoría de la población popular cristiana se mantuvo fiel a la fe en Cristo, a pesar de la presión que sufrían para su conversión.

Entre el maltrato y la presión que soportaban, los mozárabes protagonizaron abundantes rebeliones y protestas mientras fueron la mayoría.

Levantamientos en Medina Sidonia y en Carmona; revueltas como la de Mérida, donde resistieron durante meses, o levantamientos tras el paso del grueso del ejército invasor hacia el norte, como ocurrió en Sevilla en el 713. En otros lugares, los musulmanes se vieron obligados a pactar con la población autóctona, caso de Murcia, dominada por una única familia de cristianos que, aunque perdió Cartagena bajo el dominio musulmán y los invasores construyeron la que hoy es la capital de Murcia, mantuvieron una autonomía de gestión considerable hasta el 831 en el que el califa los acusó de conspirar con Carlomagno. El miedo a los francos carolingios se fraguó tras la derrota de Poitiers en el 732, sobre todo, porque muchos cristianos de la antigua Tarraconensis ante la llegada musulmana se habían refugiado en los Pirineos o en lo que será Francia y desde allí, armados y apoyándose en las tropas carolingias, avanzaron, ayudando a expulsar a los musulmanes de las regiones del nordeste de España, no sólo como parte de la conquista a campo abierto, sino por medio de sublevaciones en las ciudades. Si bien esta ayuda creó una zona de protección, una zona de nadie- zona franca-en el valle alto del río Aragón: Ribagorza, Vic, Cardona, que constituyo la llamada Marca Hispánica, que algún problema posterior nos dio. También los reyes astures crearon una zona de nadie entre su territorio y el río Duero, pero los astures eran españoles y aquella zona intermedia no perjudicó sino, al contrario, permitió un mejor avance de la Reconquista.

A finales del siglo VIII y principios del IX se sublevó Zaragoza y Toledo. Toledo era, sin dura, la ciudad que significaba el arraigo mayor del imperio visigodo. Tras procesos de sumisión y aceptación de la convivencia con los invasores, más ficticios que reales, Toledo se sublevó en el en numerosas ocasiones, en estos casos los mozárabes se vieron respaldados por los muladíes toledanos. Mientras en Córdoba se producía el movimiento martirial  (850-859), en el que varias docenas de cristianos, de los que el más conocido es San Eulogio,  se presentaban ante las autoridades para confesar que no creían en Mahoma y someterse a la pena de muerte, en Toledo seguían en pie de guerra. Tal era su predisposición al levantamiento que Abderramán III se vio en la obligación de acudir a someter a la ciudad imperial con todas sus fuerzas. Durante el reinado de Abderramán, Toledo se mantuvo en cierta calma. No sólo Toledo, también el resto de la España ocupada, pues el rey omeya consiguió gobernar y dominar su califato.

La desmembración del imperio tras la muerte de Almanzor (1002) determinó el nacimiento de los reinos de taifas y la mejora en la organización de los mozárabes y muladíes toledanos que, de revuelta en revuelta, fueron esenciales para la toma definitiva de la ciudad por Alfonso VI el 6 de mayo de 1085. Aunque tan seguro estaba de su victoria el rey castellano que, algunos años antes, durante el sitio al que sometió a la ciudad, negoció con el Papa el restablecimiento del arzobispado de Toledo.

Cuando la posición árabe se hizo más ultramontana con la invasión de los almohades y almorávides, muchos mozárabes huyeron hacia el norte. Igualmente, en el siglo XI empezó la emigración de comunidades judías (aljamas) a tierras cristianas.

Los almorávides deportaron a miles de mozárabes a Marruecos en las primeras décadas del siglo XII. Alfonso I de Aragón, que penetró las zonas ocupadas en 1125, regresó a sus tierras con no menos de 10.000 mozárabes. En 1147, la entrada de los almohades en Sevilla, con la captura y violación de mujeres judías y cristianas persuadió a muchas de las ya reducidas comunidades mozárabes para huir al norte.

Sin embargo, los mozárabes de los siglos XI y XII no fueron recibidos siempre con los brazos abiertos por los cristianos libres. Muchos tenían nombres árabes y hablaban en árabe, lo que producía rechazo en las áreas españolas no arabizadas. La comunidad mozárabe de Lisboa fue esquilmada por sus propios “hermanos de fe”.

A pesar de lo cual, la presencia mozárabe fue esencial para las zonas cristianas. Con ellos llegaron, además de su fuerza personal y militar en favor de la Reconquista, sus costumbres y sus ritos religiosos. Éstos se habían desprendido de neogoticismo, insuflado por el clero mozárabe que había emigrado a Oviedo y León desde el siglo VIII.

Los reyes de León, Navarra, Castilla y Aragón habían aceptado sustituir el rito litúrgico nacional, que seguían practicando los mozárabes, por el romano. Pero, el arraigo de este rito mozárabe o español estaba tan férreamente utilizado por los mozárabes que en el Toledo reconquistado se produjo un conflicto tan profundo que el papa concedió el privilegio de su mantenimiento en varias iglesias parroquiales.

Hasta el siglo XI sus levantamientos fueron esenciales para la Reconquista de los territorios caídos bajo poder musulmán, y a partir de entonces su presencia en las filas cristianas coadyuvó a victorias cristianas esenciales al contribuir enormemente a comprender la cultura y costumbres de los invasores y, con ello,  ayudar a derrotarlos.

Hemos señalado al principio que existió otro importante grupo de españoles a los que tocó vivir en zona musulmana que prefirieron no resistir e integrarse entre los conquistadores. Son los llamados muladíes.

Las vías de integración que utilizaron fueron diversas: los enlaces matrimoniales con los árabes, la wala, o, simplemente, la conversión al islam y la adopción del árabe. Las dos primeras vías fueron más limitadas, primero, porque no siempre era posible emparentar con una familia árabe y, segundo, porque la wala era un mecanismo restringido.

Muchas de las élites optaron por dar este paso. De hecho, la historiografía coincide en afirmar que la invasión no hubiera sido posible sin la colaboración de estos hispanos. Primero por los enfrentamientos entre los diversos clanes sucesorios que llamaron en su ayuda a los bereberes del norte de áfrica. Una vez en territorio español, un sector de la aristocracia indígena optó fusionándose con los linajes árabes. Está bien documentado el proceso a través del cual los miembros de la aristocracia se afiliaban en las estructuras “tribales” árabes a través de los matrimonios mixtos. Este mismo sistema siguieron los sectores más populares, pues emparentar con la élite árabe era un medio de ascensión social y de integración en los grupos de poder. Este fenómeno alcanzó tal magnitud que el Papa Adriano I, condenó esta práctica en una carta emitida entorno al 790.

Otra vía de integración era la wala. Se trataba de un tipo de vínculo personal que unía a un individuo, llamado cliente, con un señor de origen árabe. Era una relación de dependencia: el cliente estaba obligado a prestar determinados servicios a su señor a cambio de la protección que este le brindaba. La wala beneficiaba a ambas partes. Por un lado, permitía a los miembros de la aristocracia árabe rodearse de clientelas propias, que aumentaban su prestigio y su poder. Por otro, beneficiaba a los clientes, que recibían algo más que protección de sus señores, ya que adoptaban al mismo tiempo su apelativo tribal, su “apellido” . Los clientes se convertían en “auténticos” árabes en un par de generaciones porque el vínculo se transmitía dentro de la familia de padres a hijos. El grado de integración que alcanzaron con el tiempo esas personas y sus descendientes era tan alto que llegaron a confundirse con los árabes.

La última vía de integración, sin duda la más generalizada, fue la conversión al islam y la arabización lingüística. Hay que entender la islamización de los hispanos en zonas ocupadas no era sólo un proceso religioso sino una conversión de todo orden, costumbres, cultura…[1]

Sin embargo, los posibles beneficios- jurídicos, fiscales- que acompañaban a los que se convertían al islam, no eran tan positivos como en principio podría aventurarse. La diferenciación de la raza pudo más que la unidad de la fe.

Incluso se llegó a afirmar que mozárabes y muladíes “hermanados por su odio contra la dominación extranjera” hicieron causa común y “coincidieron en los mismos pensamientos de independencia y restauración”[2].

En su obra “ La España del Cid”, Menéndez Pidal desarrolló la misma idea: “Al Andalus, independizado tan pronto del Oriente, había hispanizado su islamismo: los escasos elementos raciales asiáticos y africanos se habían casi absorbido en el elemento indígena, de modo que la gran mayoría de los musulmanes españoles eran simplemente ibero-romanos o godos, reformados por la cultura muslímica, y podían entenderse bastante bien con sus hermanos del Norte que habían permanecido fieles a la cultura cristiana. Así, cuando el Norte inició su preponderancia militar, al-Andalus se inclinaba fácilmente a la sumisión, falto como se hallaba de un espíritu nacional y religioso[3].

La mayor sublevación de los muladíes se dio durante los gobiernos de los tres últimos emires. Siendo especialmente destacadas las rebeliones en Toledo y Aragón ( descollando el levantamiento de Tudela). Aunque una de las que tuvo más renombre fue la del eje Mérida-Badajoz donde el conocido como Ibn al-Chilliqí – traducido: el hijo del gallego – se declaró independiente en el 868. Tras no pocos enfrentamientos con los árabes y contando con el apoyo del rey asturiano Alfonso III, logró vivir independiente en Badajoz hasta su muerte en el 929.

Pero la más espectacular de cuantas rebeldías conoció la España musulmana y muladí fue sin duda la que protagonizó Omar ibn Hafsún en Córdoba. En un territorio dentro de la Córdoba mora que ocupaba una zona entre Córdoba y el Mediterráneo, con capital en Bobastro. Al poder omeya le costó casi cincuenta años  (880-929) aplastar la sublevación de este arabizado que se volvió a convertir al cristianismo bajo el nombre de Samuel.

Después de la toma de la fortaleza de Bobastro (1064) los ulemas y los emires de las taifas endurecieron su posición frente a los españoles, incrementando la persecución.

Todos esos ejemplos de levantamientos cristianos demuestran la incapacidad de los musulmanes para construir una sociedad en la que hubiera una unidad y un respeto mínimos entre sus elementos. Por el contrario, el espíritu español y cristiano sí estaba presente en la población autóctona, en mayor o menor medida, lo que permitió algunos rasgos de cohesión en la España cristiana que contribuyeron poderosamente al éxito de la Reconquista.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

(Director) AVILÉS FERNÁNDEZ, Miguel. “ La España Musulmana. El Emirato. Colección Nueva Hª de España. Ed EDAF. 1980

BAT YE’OR (pseudónimo de Giselle Orebi) . “Islam and Dhimmitude: Where Civilizations Collide”, Fairleigh Dickinson University Press, 2001.

MENÉNDEZ PIDAL, Ramón.- “ La España del Cid” en Ramón MENÉNDEZ PIDAL. Obras completas, Espasa Calpe, 1969.

SHABAN. M.A. “Historia del Islam”. Ed Guadarrama ( colección Punto omega). 1976

SIMONET, Francisco Javier.-  “Historia de los mozárabes de España deducida de los mejores y más auténticos testimonios de los escritores cristianos y árabes”. Madrid, RAH, 1897-1903.(Facsímil- 2005)

YULIYA RADOSLAVOVA MITEVA. Identidades fronterizas en el contexto andalusí: los muladíes. Universidad de Veliko Tarnovo Stos Cirilo y Metodio. 2017

 

[1] Yuliya Radoslavova Miteva. Identidades fronterizas en el contexto andalusí: los muladíes. Universidad de Veliko Tarnovo Stos Cirilo y Metodio. 2017

[2]  Francisco Javier SIMONET, Historia de los mozárabes de España deducida de los mejores y más auténticos testimonios de los escritores cristianos y árabes, Madrid, RAH, 1897-1903, vol. 1.

[3]  Ramón MENÉNDEZ PIDAL, La España del Cid, en Ramón MENÉNDEZ PIDAL, Obras completas, Madrid, Espasa Calpe, 1969, vol. 1.

HOLODOMOR

La muerte de Lenin cuando aún no se había cerrado por completo la institucionalización de la nueva rusia (URSS) provocó una serie de tensiones de cara a su sucesión. Será Stalin el que se consolide en el poder abriendo uno de los momentos de mayor terror en la dictadura soviética. El gobierno de Stalin abarcó desde 1922 hasta 1953, año de su muerte.

Fue una etapa de contrastes, entre la industrialización y el crecimiento económico- tampoco era difícil dado el nivel previo de postración económica- y el terror, que se manifestó en diversas purgas contra todos aquellos que se opusieran a su voluntad: opositores o población general.

Si ya Lenin había acabado con todo aquel que se opuso a su Revolución del 17, Stalin dio la puntilla a cualquier atisbo de contestación. No hubo sector de la sociedad que no sufriera persecución. Primero fue contra los campesinos y, posteriormente, contra los políticos que no gozaban de su confianza o le hacían sombra.

Hoy vamos a hablar de los primeros- los campesinos- pero dejaré un breve esbozo de la persecución política, para comprender la opresión a la que fueron sometidos los rusos durante aquella era del terror.

En el ámbito político, en 1934 empieza la represión conocida como “gran purga”. Este sanguinario periodo se inicia con el asesinato de Kirov, amigo de Stalin y miembro del politburó. Con amigos como Stalin, no hacía falta enemigos.

Durante este periodo, cientos de miles de miembros del partido Comunista soviético, socialistas, anarquistas y opositores a Stalin- reales o imaginarios- fueron perseguidos. Se realizaron juicios públicos (en 1936, “el proceso de los 16” y el año siguiente, conocido como año negro, “el proceso de los 17”, dirigido a perseguir fundamentalmente a Trotski y sus seguidores. En 1938, se produce el “proceso de los 21”, contra los que consideraban derechistas, entre los que seguían incluyendo a Trotski y también a traidores de todo orden: purgas entre los políticos, el ejército, el politburó, el Komitern e incluso entre los refugiados (antes de la firma del pacto Ribbentrop- Mólotov, la URSS ya colaboraba con la Gestapo para entregarles a comunistas alemanes, austriacos, o judíos de esas nacionalidades, refugiados en la URSS​). Se envió a cientos de miles de personas a campos de concentración (Gulag) y muchos fueron ejecutados.

Aclaremos que los gulags eran campos de concentración con trabajos forzados que contribuyeron a mejorar la economía del estado soviético a costa de los derechos humanos de los presos.

https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/

La gran mayoría de estas detenciones fueron llevadas a cabo por el Comisariado del Pueblo para asuntos internos, también conocido como NKVD, dirigido sucesivamente por Iagoda, Ejov, y Beria. Más de 6 millones de personas sufrieron las persecuciones.

Pero antes que las purgas políticas, se produjeron los acontecimientos que dan título a esta entrada, la represión hacia los campesinos, o quizá fuera mejor hablar del genocidio cometido contra los campesinos de Ucrania, Kazajistán, el norte del Cáucaso, la región del Volga y Siberia occidental. De entre ellos, los ucranianos fueron perseguidos con gran saña, y todo por negarse al proceso de colectivización y a perder sus propiedades.

Realmente, las hambrunas campesinas se habían iniciado con Lenin en el poder. La sequía, las requisas y las subidas de impuestos habían creado una situación insostenible de hambre y miseria en el campo soviético que se extendió a las ciudades. Consecuencia de ello fue el aumento indiscriminado de suicidios entre los campesinos sobre todo ucranianos como solución a su penuria. Cuanta más hambre pasaban, menos se quejaban por falta de fuerzas, lo que fue constatado por Lenin que decidió no tomar ninguna solución. Al contrario, consideraba que el hambre era la forma más eficaz de acabar con la idea de Dios- el opio del pueblo- y que la Iglesia se derrumbaría igualmente. Sin embargo, Gorki y algunos otros, como Tijón y Trotski, lograron crear “ el comité social de lucha contra el hambre” en el que con ayuda precisamente de la Iglesia, de la Cruz Roja y de otras instituciones extranjeras intentaron paliar los efectos de las hambrunas. Se cree que salvaron a 25 millones de personas, pero la venganza de Lenin no se hizo esperar, disolvió el Comité y desterró a sus organizadores. Asimismo, saqueó todos los bienes de la Iglesia.

Los problemas productivos en la URSS no terminaron con la llegada de Stalin- aunque fue capaz, con el tiempo, de mejorar mucho la situación productiva y la industria-, pero la gran tragedia iba incorporada a su método de progreso.

Tras el primer plan quinquenal, Stalin y su gobierno habían proyectado los procesos de colectivización de la producción agrícola. Las zonas en las que la agricultura era esencial, con pequeños o medianos propietarios, entre otros, Georgia, Kazajistan o Ucrania. Resultando estas dos últimas especialmente afectadas.

Ha sido Ucrania, hoy sometida a una terrible guerra por la ambición de Putin, la que más ha demandado aquellos hechos como gran tragedia nacional. Como un auténtico genocidio. De ahí que se suela conocer aquellos hechos como “holodomor” (literalmente, en ucraniano, “muerte por hambruna”) que tuvo lugar entre 1932 y 1933 y que causó millones de muertos.

Aunque la historiografía ha dado cifras diversas sobre el número de fallecidos, actualmente tras el estudio llevado a cabo por Anne Applebaum y publicado en 2021 en su libro “Hambruna roja: la Guerra de Stalin contra Ucrania” , es mayoritariamente aceptado el dato de que fallecieron de hambre algo más de 4 millones de personas en Ucrania a lo que hay que unir dos millones más de muertos en Kazajistán, el norte del Cáucaso, la región del Volga y Siberia occidental. En Kazajistán se sometió a los pastores nómadas, para que abandonaran la ganadería extensiva tradicional y se sedentarizaran, creando granjas ganaderas intensivas. Le costó la vida a un millón de personas (proporcionalmente muchas más víctimas que en Ucrania u otros lugares, dada la escasa población de Kazajstán).

Como la misma Applebaum señala en la introducción de su libro: “La desastrosa decisión de la Unión Soviética de forzar a los campesinos a renunciar a sus tierras y a unirse a las granjas colectivas; el desahucio de los ‘kulaks’, los campesinos ricos, de sus hogares; el caos que siguió; todas estas políticas, en última instancia responsabilidad de Josef Stalin, secretario general del Partido Comunista Soviético, habían conducido al país al límite del hambre”.

Evidentemente, no es el primer estudio historiográfico que se ocupa del tema, pero mientras sobrevivió la URSS, los historiadores que investigaron en Occidente sobre las hambrunas fueron desacreditados. Durante muchos años la izquierda europea quería apoyar el proyecto soviético, lo necesitaba e incluso la URSS les pagaba o engañaba para que contaran la versión soviética. A modo de ejemplo, el antiguo primer ministro de Francia y líder del Partido Radical, Édouard Herriot, viajó a Ucrania en 1933 para conocer de primera mano la situación, pero lógicamente las autoridades soviéticas le hicieron visitar granjas donde había comida en abundancia. Sorprendido por el resultado de la visita, sus palabras fueron: «¡Pues bien, afirmo que he visto al país como un jardín a pleno rendimiento!». Gran Bretaña, Estados Unidos y la Sociedad de Naciones adoptaron la misma postura que Francia. Necesitaban a la URSS en el bando aliado. Tan sólo unos periodistas italianos y curiosamente alguno soviético hicieron lo posible por denunciar los hechos. Los italianos tuvieron que esperar a la muerte de Mussolini, pues el pacto entre Hitler y Rusia, también le hacía sentir al dictador italiano favorable a Stalin. El soviético, Vasili Grossman, tenía ascendencia judía y fue corresponsal de guerra del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Pero incapaz de justificar las barbaridades las denunció en cuanto le fue posible hacerlo. En su libro “Todo fluye”, Grossman se pregunta: “¿Quién firmó aquel asesinato en masa? Una orden así no la había firmado nunca el zar, ni los tártaros, ni los ocupantes alemanes. Una orden que decía: matar de hambre a los campesinos de Ucrania, del Don, de Kuban, matarlos a ellos y a sus hijos”.

Como hemos dicho, todo empezó tras el primer plan quinquenal, el cual tenía como objetivo levantar la industria pesada soviética a costa de la venta de la cosecha de trigo y de una importante reforma agraria. Para esto se forzó a las zonas agrícolas a realizar los cambios establecidos desde Moscú, especialmente la colectivización de las propiedades de las granjas, que pasaban de los campesinos al Estado.

Este proceso generó un fuerte conflicto entre los kulaks y el sistema soviético. “Kulak” es una palabra rusa cuya primera acepción es “puño”, pero que se usaba para designar a los campesinos acomodados. No a los terratenientes aristócratas, propietarios absentistas, sino al campesino arraigado en una aldea al que su capacidad y afán de trabajo le habían permitido tener algo más de tierras que la media, contratar algún bracero, poseer mejores aperos, etc. Los comunistas nunca los habían visto con simpatía y desde 1929 se lanzaron a una feroz campaña para liquidarlos. Pero no fueron los únicos con problemas, otros granjeros de menor entidad también considerados como “enemigos de clase”. Ilia Ehrenburg, historiador pro soviético, ha escrito que “ninguno de ellos era culpable de nada, pero pertenecía a una clase que era culpable de todo». Una siniestra lógica de la lucha de clases se usó para justificar que dos millones de “kulaks” fueran deportados a Siberia y Asia Central a partir de 1930.

Curiosamente, 1931 fue un año de una excelente cosecha, pero la requisa que se hizo del grano empezó a provocar hambre en las zonas agrícolas, afianzada en los años siguientes. El control estatal de las cosechas lo único que consiguió fue la disminución de la producción al acabar con los campesinos más emprendedores.

En apenas unos meses, a comienzos de la primavera de 1932, los campesinos comenzaron a morir de hambre. Algunos documentos encontrados por Applebaum (hay que recordar que Ucrania, antes de la actual guerra, ya había abierto sus archivos oficiales para que se pudieran estudiar estos acontecimientos) pone ejemplos espeluznantes, sobre familias comiendo hierba, cortezas de árboles, casos de canibalismo (ahora que las películas sobre accidentes aéreos nos traen ejemplos de lo mismo, deberían los cineastas acordarse de los campesinos en la URSS), migraciones masivas para encontrar algo que echarse a la boca y de cadáveres a la intemperie en las calles de Odessa porque nadie tenía fuerzas para enterrarlos.

Los propios campesinos ucranianos en la primavera de 1932 se dirigieron por carta al “ padrecito Stalin” en estos términos:

«Honorable camarada Stalin, ¿hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre? ¿Porque nosotros, los trabajadores de las granjas colectivas, no hemos tenido una rebanada de pan en nuestra granja desde el 1 de enero? ¿Cómo vamos a construir la economía del pueblo socialista si estamos condenados a morir de hambre? ¿Para qué caímos en el frente de batalla? ¿Para pasar hambre? ¿Para ver a nuestros hijos sufrir y morir de inanición?».

Lejos de socorrer a los hambrientos campesinos, Stalin aprobó, el 7 de agosto de 1932, la conocida como “Ley de las tres espigas”, que imponía penas durísimas en el gulag para aquellos que robasen cualquier propiedad estatal, lo que en la práctica incluía a aquellos que reservaban un poco de comida para el consumo personal. Tomó la decisión de endurecer las condiciones en Ucrania, bloqueando las fronteras de la región, para que la gente no pudiera salir y creando unas brigadas, formadas por el ejército y miembros del NKVD, que iban de casa en casa confiscando la comida de los campesinos.

A pesar de aquellas medidas, los robos fruto de la desesperación fueron tan elevados que las autoridades crearon tribunales para dictar penas de muerte a los saqueadores. Se ejecutó a 5.400, campesinos y fueron trasladados, después de someterlos a horribles torturas – como si el hambre no fuera bastante-, a los gulags de Siberia unos 125.000.

Esta obsesión de Stalin con los campesinos ucranianos se debía al miedo que tenía a la contrarrevolución. No se le había olvidado el papel esencial que los campesinos ucranianos habían tenido en la guerra civil de 1918-1921. Temía al nacionalismo ucraniano y que eso desestabilizara a la frágil unidad de las repúblicas soviéticas. De ahí que su programa colectivizador tuviera una doble finalidad: por una parte, pretendía eliminar físicamente a los campesinos que se resistían a las colectivizaciones forzosas de sus tierras, y, por otra, reprimir cualquier síntoma de rebrote del nacionalismo ucraniano que se definía como proeuropeo y anti moscovita (es decir, anti soviético).

Se conserva una carta de Stalin en la que decía “hoy en día, la principal cuestión es Ucrania, ya que el Partido, el Estado y los órganos de la policía política de la república están infestados de agentes nacionalistas y espías polacos, por lo que corremos el riesgo de perder Ucrania, una Ucrania que es necesario transformar en una fortaleza bolchevique”. Así pues, las decisiones estalinistas estaban encaminadas a eliminar a esos enemigos “nacionalistas y burgueses” que acechaban en cada rincón.

La situación se hizo tan clamorosamente injusta, que, aunque se intentó ocultar, el conocimiento del genocidio se extendía por la URSS. La segunda mujer de Stalin, pidió conocer la situación de primera mano. Los ucranianos le contaron como el hambre les ardía en las entrañas, como el hambre, en un primer momento, les hacía salir a buscar comida, pero la ausencia de alimento, les obligaba a regresar a casa. Sin fuerzas y sin esperanza, se tumbaban en la cama, y ya no se podían mover hasta que morían. También le contaron las detenciones, las torturas y los fusilamientos arbitrarios ordenados por el ejército. Tras ver la espeluznante situación pidió a su marido que reconsiderase su política en Ucrania.

Aquella visión, unida a los rumores continuos de infidelidad de Stalin, la llevaron al suicidio.

A inicios de 1934, el “holodomor” finalizó en toda Ucrania, Kazajastán y el norte del Cáucaso. El resultado fue que alrededor 7 millones de personas murieron de inanición en las zonas perseguidas, y hasta un total de 40 millones de seres humanos en toda la Unión Soviética se vieron afectadas por la hambruna. Para muchos historiadores, el “holodomor” que tuvo lugar entre 1932 y 1934, fue el mayor crimen cometido en época de Stalin y de toda la historia de la Unión Soviética, constituyendo una de las mayores tragedias humanitarias del siglo XX.

Es innegable que los fantasmas soviéticos siguen presentes en la rusia actual, sea contra Ucrania, sea contra los opositores políticos.

 

BIBLIOGRAFÍA

APPLEBAUM, Anne, “Hambruna Roja: La Guerra de Stalin Contra Ucrania”. Ed Debate. 2021.

GROSSMAN, Vasili.- “Todo fluye”. Galaxia Gutenberg. (reeditado en 2023).

 

 

 

 

 

María de Molina

María de Molina está considerada una de las reinas más relevantes y determinantes en la historia medieval española. 

Fue reina consorte, pero decidiendo al mismo nivel que el rey Sancho IV, su marido. Posteriormente, fue la reina regente en la minoría de edad de su hijo, futuro Fernando IV, y también durante la minoría de edad de su nieto, el futuro rey Alfonso IX. De ahí que se diga de ella que fue tres veces reina.

Aunque no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo nació, la mayor parte de los autores datan su nacimiento en torno a 1258 – lo que supone que tenía una edad muy similar a la de Sancho IV- y, debido a que había la costumbre de nacer en el hogar materno, se considera que debió hacerlo en Tierra de Campos.

Era hija del infante Alfonso de Molina y nieta de Alfonso IX de León, por lo tanto, prima de Sancho.

Antes de continuar debemos realizar dos aclaraciones.

  1. Sancho antes de casarse con María estaba prometido en matrimonio, desde 1270 (por voluntad de su padre, Alfonso X el Sabio, y en contra de la opinión del propio Sancho), con Guillerma de Moncada, descrita por los cronistas de la época como “rica, fea y brava”. Era hija del vizconde de Bearne, importante prohombre de la corte, rico, con muchos contactos políticos, que se hallaba emparentado con los señores de Vizcaya. El hecho de la promesa matrimonial conllevaba efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema de notable envergadura, cuando, en junio de 1282, se llevase a cabo el matrimonio en Toledo entre María y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y el Rey, su padre, Alfonso X.
  2. Los problemas de Sancho con su padre habían nacido, esencialmente, tras el fallecimiento del hijo mayor del rey Sabio y hermano de Sancho, Fernando de la Cerda. A su muerte, el príncipe Fernando dejó dos hijos varones menores de edad: Alfonso y Fernando de la Cerda.

Alfonso X el Sabio, en Las Siete Partidas, había determinado la forma de sucesión al trono: pasaría de padres a hijos varones primogénitos o a los descendientes varones primogénitos de aquellos hijos llamados a heredar y premuertos.

En aplicación de Las Siete Partidas, el heredero a la corona de Castilla, a la muerte del príncipe Fernando, debería haber sido su hijo, Alfonso de la Cerda, y así lo estableció Alfonso X en su testamento.

En ese contexto, contrajeron matrimonio María y Sancho, sin la preceptiva dispensa canónica al ser primos los contrayentes.

La reacción del Papa al conocer la noticia de las nupcias fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el compromiso de matrimonio previo de Sancho como por la relación de parentesco de los nuevos esposos. El Papa calificó el matrimonio como incestuoso y de infamia pública.

Al problema con el Papa se sumó el enfrentamiento con el padre de su antigua prometida, Gastón de Bèarm, decidido a tomarse la venganza por la afrenta recibida.

A ello hay que unir que, el 4 de abril de 1284, muere Alfonso X sin haberse reconciliado con su hijo Sancho. Sancho se proclama rey, y junto con María fueron coronados en Toledo. Esta coronación provocó el inicio de un enfrentamiento civil entre Sancho y los partidarios de su sobrino Alfonso de la Cerda, el cual contaba con la ayuda no sólo de sus partidarios castellanos sino también del rey de Aragón.

A partir del mismo momento de la boda, María quedó incorporada al grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey, Sancho IV. El matrimonio tuvo siete hijos que tuvieron que esperar hasta la muerte de su padre para lograr la legitimidad.

María ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado dotando a la postre de estabilidad a la Castilla desnortada en la que reinó. Este papel esencial se produce entre otras razones por la gran diferencia de carácter con su esposo. María era una mujer formada, con conocimientos políticos, inteligente, hábil, diplomática, conciliadora y de carácter pacífico. Por su parte Sancho IV, que había recibido una formación parecida y fue un buen promotor de la cultura (escribe libros- “Castigos y documentos del rey don Sancho”-, promueve las traducciones y en algunas de ellas escribe el prólogo, elaboró una versión propia de la “Historia de España” de su padre… En 1293 promulgó los Estudios Generales de Alcalá de Henares – dónde había trasladado la Corte- en un claro antecedente de la Universidad de Alcalá). Físicamente era una persona de gran estatura y fortaleza, gran aficionado a las armas, a las que tuvo que dedicarse, por otro lado, para defender su reino. Fue un gran guerrero, y muy perseverante y ardiente defensor en sus posiciones, lo que le valió el sobrenombre de “el Bravo”.

Su reinado se inicia en un completo caos, lo que obliga a los monarcas a dos tareas esenciales: una, lograr la dispensa papal sobre su matrimonio y, segunda, acercarse al rey francés, Felipe III el Atrevido, para poder tener un aliado que los respaldase. Facilitó esta segunda labor que el rey de Aragón estuviera enfrentado al francés y tampoco tuviera muy buenas relaciones con el Papa.

A su vez, en pos de la pacificación de Castilla, buscaron ganarse a la parte de la nobleza que era partidaria de los infantes de la Cerda y de su padre Alfonso X. Para ello, en ocasiones, Sancho IV utilizaba cargos de gobierno a fin de asegurarse la fidelidad de los nombrados, asimismo premiaba a los que le habían seguido en la carrera militar. Pero, esa tarea no fue suficiente y debió enfrentarse duramente contra los rebeldes.

El 6 de diciembre de 1285, la reina dio a luz a su segundo hijo, primer varón. Recibió el nombre de Fernando. En 1288, fallecieron el papa, el rey de Aragón y el rey de Francia, lo que facilitó la estabilidad del reino. 

Ocupó la cátedra de San Pedro, el Papa, de procedencia franciscana, Nicolás IV, que consolidó una buena relación con Sancho y María, y se abrió a revisar la causa de su matrimonio, pero tropezó con tantas dificultades, que no se decidió a dar la dispensa. Este seguía siendo el aspecto más débil de su matrimonio, de la herencia de sus hijos y del futuro del trono de Castilla.

Desde 1291, la participación directa de la Reina en los asuntos políticos de la Corte se hizo especialmente intensa. Así intervino personalmente en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. En septiembre de aquel año se tomó la plaza.

Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío.

En 1294, la salud del rey se deterioró rápidamente. Durante los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte aumentó. Así, en ausencia del rey, proyectó la campaña que, mediante la toma de Algeciras, asegurase plenamente la reciente conquista de Tarifa y garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos.

Sancho muere en Toledo, no sin antes dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey.

La situación a la que había de hacer frente María tras la muerte de su marido no podía ser más delicada. Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto que parecía de lo más propicio para que los partidarios de los De la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana. Mientras tanto, la falta de legalización del enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando.

María, para reforzarse, tomó la decisión de apoyarse en los concejos y hermandades como bastión frente a la nobleza. Para ello confirmó sus fueros y privilegios concejiles y redujo o suprimió algunos impuestos, a la vez que tomaba la iniciativa de convocar Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid. A estas acciones unió su capacidad negociadora con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza.

Ante esta delicada situación, sus enemigos declararon la guerra a Castilla: Portugal, Aragón y Francia. Hasta que tuvo lugar el reconocimiento de la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una continua confrontación bélica con todos los partidarios de impedir la llegada de su hijo al trono.

No se amilanaba ante la posibilidad de una guerra ( por ejemplo, la que tuvo contra Aragón en territorio murciano, perteneciente a Castilla desde Alfonso X), pero su habilidad se demuestra, en su capacidad negociadora, estableciendo alianzas entre sus hijos y los hijos de los reyes de Portugal y Aragón para pacificar, en lo posible, la situación. Ejemplo de ello fue el Tratado de Alcañices en 1297 en el que quedaron fijadas, entre otros puntos, las fronteras entre Castilla y León y Portugal, que recibió una serie de plazas fuertes y villas a cambio de romper sus acuerdos con Jaime II de Aragón y demás partidarios de Alfonso de la Cerda. Al mismo tiempo, en el tratado de Alcañices fue confirmado el enlace entre Fernando IV de Castilla y la infanta Constanza de Portugal. También llegó a acuerdos eclesiásticos como el que se produjo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.

Aquellas alianzas eclesiásticas y el fuerte apoyo de la Iglesia castellana a su reina, dieron su más destacado fruto en 1301, logrando la bula pontificia de Bonifacio VIII que legitimó el matrimonio entre María y Sancho y, por ende, la descendencia habida de aquel matrimonio. Además, el Papa manifestó su voluntad de mediar en la reconciliación entre el primogénito de María, Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. Todo ello llegaba justo a tiempo, cuando la terminación de la tutoría era inminente ante el reconocimiento de la mayoría de edad del Rey el 6 de diciembre de 1301.

El reinado de su hijo no fue fácil para María, los nobles se posicionaron en favor del nuevo rey, pero con la intención de sepáralo de su madre a la que obligaron a entregar las joyas recibidas del rey Sancho. El hijo, débil de carácter y desagradecido, no defendió a su madre, la cual, dando muestras de su extraordinaria abnegación y generosidad, buscó una postura conciliadora entre los nuevos partidarios de su hijo y los propios de ella, convocando Costes en Medina del Campo y mostrándose proclive a apartarse del poder. Sin embargo, en 1304, su presencia se hizo de nuevo necesaria para mediar entre Castilla, Aragón y Portugal, en aras de evitar otro conflicto.

En 1312, fallece el rey Fernando IV a los veintisiete años; dejaba un reino fraccionado y comprometido, y como heredero a un niño de un año de edad. En 1313 muere también su mujer, la reina Constanza. La orfandad del menor determinó que se nombraron tutores del rey niño, futuro Alfonso XI. Entre ellos fue elegida María de Molina. Su tarea fue de nuevo intentar pacificar y resolver los conflictos surgidos entre los propios regentes, entre los partidarios de unos y otros, y preservar el trono para su nieto. Tras el convenio de Palazuelos en 1314, María quedó como principal regente y tutora; afianzada en 1319 por la muerte de alguno de los otros tutores. Pero la buena reina falleció en 1321.

A su muerte, Castilla se dividió entre los nuevos regentes hasta que, en 1325, Alfonso XI, con 14 años de edad, asumió el trono. El nuevo rey logró reunificar y fortalecer su reino,  y recuperar las plazas que sus últimos tutores habían perdido en manos de los musulmanes. Dirigió con prudencia, astucia, inteligencia, capacidad diplomática, suavidad en las formas y mano de hierro en el fondo. Fue el fiel reflejo del legado de su abuela, mujer de moral inquebrantable, fidelidad a la corona, valentía, carácter conciliador y pacificador.

Esta última accidentada regencia de María de Molina es el tema de una de las obras maestras de Tirso de Molina, “La prudencia en la mujer”. El personaje literario de María de Molina, según el director teatral González Vergel «el más emblemático e importante personaje femenino de todo nuestro Siglo de Oro», en cuyo transcurso averigua, desbarata y castiga tres conjuras contra su nieto, el futuro Alfonso XI de Castilla. ​

Además de su labor política, María de Molina llevó a cabo una interesante labor de patronazgo religioso protegiendo y dotando diversas instituciones conventuales. Entre las que destaca la fundación del monasterio de Santa María de las Huelgas en Valladolid, donde está enterrada.

 

BIBLIOGRAFÍA

ARTEAGA Y DEL ALCÁZAR, A. “María de Molina. Tres coronas medievales”. Ed. Martínez Roca, 2004.

CARMONA RUÍZ, M.A. “María de Molina”. Plaza y Janés. 2005.

FUENTE, M. J.“¿Reina la reina? Mujeres en la cúspide del poder en los reinos hispánicos de la edad media (siglos VI-XIII)”. UNED. 2003.

ARIAS GUILLÉN, Fernando; REGLERO DE LA FUENTE, Carlos Manuel (coordinadores). “María de Molina: gobernar en tiempos de crisis (1264-1321)”. Dykinson, 2022.

¿Cuándo y por qué España se convirtió al cristianismo?

En más de una entrada de este blog hemos señalado que el primer estado español que se establece es el de los visigodos, y como, a partir de él y a pesar de su caída en el 711, pervivieron algunos elementos esenciales: la monarquía, el catolicismo y la propia idea de España como Ente diferenciado y diferenciador. Los visigodos no consiguieron esa unidad estatal ni institucional plena hasta que no abandonaron el arrianismo para convertirse al catolicismo.

Leovigildo había formado una idea estatal asumiendo el derecho romano y sintiéndose continuador de la idea imperial romana. Los visigodos no pretendían ser godos sino romanos, y lograron su propósito a través de la tarea legislativa, institucional, territorial, jurídica… de Leovigildo. Leovigildo reinó entre el año 568 ó 569 y el 586, y en todos esos años sólo tuvo uno de paz.

Aquel enfrentamiento permanente tuvo muchas causas, pero una y no menor, nace del empreño del rey en extender su religión, la herejía cristiana del arrianismo por todo el territorio español. Pero los hispanos eran en un número mayoritario y abundante cristianos tradicionales (a los que llamaremos católicos para facilitar la comprensión) y no estaban dispuestos a someterse al arrianismo.

Esa fuerte tradición católica se había formado poco a poco y desde hacía tiempo. Los españoles habían dado muestras de no ser fácilmente doblegables desde el inicio de la conquista romana.

Roma tenía su propia religión y sus propios dioses, pero no hacían oposición a las religiones de los pueblos que iban conquistando, así el cristianismo imperante en sectores de judea se extendió por todo el Imperio romano. Sin embargo, a medida que se incrementaba el número de creyentes, las persecuciones se dieron con más frecuencia. Uno de los momentos más duros contra los cristianos se produjo durante el gobierno de Diocleciano (emperador de Roma en solitario entre noviembre de 284 y abril de 286, y entre el abril de 286 a mayo de 305 como emperador de Oriente y Maximiano como emperador de Occidente). Esas persecuciones continuaron durante el gobierno de su sucesor, Galerio.  Diocleciano acabó con cierta tolerancia en todos los órdenes. Es verdad que el Imperio había atravesado una época de anarquía y caos y, dispuesto como estaba a que Roma recuperase el orden y esplendor perdido, Diocleciano inició una serie de reformas. Las reformas afectaron a los campos administrativo, económico, social o militar, todas ellas complementadas entre sí. Su fin era sanear los ingresos estatales, el mantenimiento de la integridad territorial del Imperio y la continuidad de la propia civilización romana, incluidos extremos religiosos, lo que dio lugar a persecuciones contra los cristianos. La idea de un Dios todopoderoso que se oponía al poder temporal del emperador hizo nacer resquemores en Roma (no era la primera vez, acordémonos de Nerón, entre otros), pero en este momento Diocleciano se encontró con una fuerte resistencia en una Hispania ya en buena parte cristianizada.

Aunque, historiográficamente, el inicio del cristianismo en nuestro territorio presenta numerosas lagunas, se suele datar en torno a finales del siglo II e inicios del siglo III. A la historiografía se unen numerosas leyendas sobre la evangelización en España; la mayoría sobre la visita de los apóstoles Pedro y Pablo y posteriormente la llegada desde Jerusalén de Santiago el Mayor hasta Santiago de Compostela.

Aquella comunidad incipientemente cristianizada se fortaleció por un cambio esencial en la sociedad española provocado por las dificultades de comunicación que se dieron durante la anarquía previa a Diocleciano: el crecimiento de las relaciones internas con mínimas influencias del exterior desarrolló una élite cultural propia, con características locales, y eso en Hispania en aquel momento ya significaba raíces cristianas. Con el transcurrir del tiempo, la importancia de los clanes hispanos en el imperio se había manifestado de manera poderosa, a veces por la influencia de intelectuales como el poeta Marcial o el filósofo Séneca, a veces desde posiciones políticas que les permitieron ser determinantes en el nombramiento y desarrollo de los gobiernos de los hispanos Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio. Los tres primeros emperadores señalados protagonizaron el Siglo de Oro del Imperio. La dinastía de Teodosio el Grande fue la última en gobernar unido todo el Imperio romano. Pero mientras Marcial, Seneca o Lucano eran escritores romanos nacidos en Hispania, a partir de finales del siglo II tendremos a hispanos defendiendo su idiosincrasia y a sus naturales, incluso, para ocupar puestos en Roma ( en terminología moderna diríamos que hacían Lobby).

A diferencia de otras religiones, el cristianismo no era una fe exclusivamente propia de las élites, o de determinados grupos. La nueva fe no hacía excepciones, era la fe de todos y para todos. Pregonaba la venida histórica de Dios en la figura de Jesús. Señalaba la universalidad de su mensaje de amor e igualdad. Practicaba el socorro a los pobres y desvalidos. Incluso se empezaron a fundar hospitales e instituciones de caridad. Se pregonaba en público, pero también en las casas particulares en las que se daba hospedaje a los viajeros. Posiblemente, la extensión del cristianismo en la península proviniera del ejemplo de la Legión VII Gemina, destacada en el norte de África, donde el cristianismo había prendido con fuerza. Tuvieron sus propios mártires como San Marcelo, centurión de la mencionada legión y originario de Tánger. La influencia de la región africana, tan romanizada como España, es innegable por los fuertes lazos comerciales y de intercambio cultural entre las dos orillas del Mediterráneo. El cristianismo se extendió desde la región romana de la Mauritania Tingitana por el Sur y el Levante peninsular, y desde allí hasta el Norte, al igual que ocurrió con la romanización.

También se considera que otro de los notables difusores del cristianismo en la Península fuera la predicación de San Cipriano. Cipriano fue obispo de Cartago y mártir de la iglesia, nacido en el año 200 d.C. Su obra más conocida son sus “Cartas”. San Cipriano vivió en un momento convulso y prueba de ellos es que habla de la situación de las comunidades de León-Astorga y Mérida que acudieron a la iglesia africana (Cartago) por los problemas internos de la Iglesia en aquellas regiones.

Este origen sureño permite no extrañarse de que frente al paganismo romano los cristianos hispanos opusieron su visión de la Fe en el Concilio de Elvira (cerca de Granada), primer concilio celebrado en Hispania por la iglesia para restaurar el orden interno, siendo el preludio del Edicto de Milán en la Península y ejemplo de una comunidad religiosamente muy activa.

El concilio de Elvira tiene una datación incierta, unos lo sitúan entre el 300 y el 324, es decir, anterior a la persecución de Diocleciano, en el caso de la primera fecha, y, en el caso de la segunda, posterior al Edicto de Milán de Constantino (por la que se decreta la libertad religiosa en el Imperio Romano). Sin embargo, mayoritariamente, y no sólo por la historiografía española sino también por la francesa, se suele situar el Concilio entre en 300 y el 303, antes de la persecución de Diocleciano y antes, también, del concilio de Arlés (314- primer concilio de la Iglesia Francesa-) y antes del concilio de Nicea ( primer concilio de la Iglesia Universal en el 325).

Entre los cristianos de Hispania destacaban: Gregorio, Obispo de Elvira, autor de diversos libros, especialmente importantes los dedicados a la exégesis y la predicación; Egeria, rica gallega, cercana al emperador Teodosio, que viajó a Tierra Santa y redactó una especie de guía o de diario, denominado “Itinerarios”, en el que cuenta de manera sencilla los lugares por los que pasó y lo que visitó en cada uno de ellos; Juvenco, un poeta que resaltó en tono épico la vida de Jesús a partir de los Evangelios; Prudencio, nacido en Calahorra, autor de unos himnos a los mártires cristianos perseguidos por Diocleciano y por el gobernador de la Lusitania, Daciano: como Lorenzo (San Lorenzo) en Huesca, o Engracia (Santa Engracia) y sus dieciocho compañeros muertos en Zaragoza. También el arresto y martirio de San Vicente, datos historiográficos certifican la pasión sobre su muerte.

El personaje de Daciano quedó como prototipo de cruel perseguidor y así aparece relacionado con las muertes de famosos mártires cristianos como: San Cucufate, Eulalia y Severo en Barcelona; o los niños Justo y Pastor en Alcalá de Henares; Santa Leocadia en Toledo; Santas Sabina y Cristeta en Ávila; o Santa Eulalia de Mérida. San Bonoso y San Maximiano en Arjona, además de los zaragozanos nombrados en el párrafo anterior.

En aquellos tiempos, pregonar el Evangelio era jugarse la vida y la fe debía de ser muy fuerte para arriesgarse a tanto. Esa fuerte fe no se pierde fácilmente. También hubo casos de apostasía, pero fueron los menos.

Además, la alternancia de emperadores hizo que las persecuciones fueran mayores o menores, según los momentos.

Posteriormente,  el Emperador Teodosio (nacido en Hispania) restableció la fe cristiana en Roma, por el Edicto de Tesalónica. Estableció el credo niceno ( el propio concilio de Nicea fue presidido por Osio, un sacerdote español) como la ortodoxia del cristianismo. Entre el 389 y el 391 quedaron prohibidas las prácticas paganas. Pero, Hispana se había adelantado y podemos datar en el 383 la cristianización casi total de nuestro territorio. No sin problemas, ni interpretaciones diferentes o posiciones más o menos ascéticas, más espirituales o menos prácticas, como la presidida por Prisciliano y otros. Pero esto no fue obstáculo para que los españoles que habían abrazado el cristianismo unieran de manera esencial a su religión con una nueva entidad política y cultural.

Cuando los visigodos llegan a España en el 415, la antigua unidad cultural y administrativa romana se había visto destruida por las oleadas bárbaras de principios de aquel siglo: suevos, alanos… y por el enfrentamiento entre los diferentes pueblos bárbaros entre sí, que sólo habían traído hambrunas, enfermedades, anarquía…

Los visigodos , desde su jefe Ulfilas ( 310-388), que también era obispo y había mandado traducir la biblia, eran cristianos, pero en su versión herética arriana.

Su llegada a España primero con las incursiones de Alarico, pero, sobre todo, con Ataúlfo que instala la capital en Barcelona, permite que se asiente un ideal de unidad especial, geográfica, institucional, heredera de Roma, concibiendo con primera visión de unidad estatal- de ahí que a Ataúlfo se le haya considerado durante mucho tiempo el primer Rey de España-. Pero esa idea de unidad tropezaba con los bizantinos instalados en la costa levantina, los suevos en Galicia o los alanos en la antigua provincia romana de la Lusitania. A ello se unían las sublevaciones católicas de Sevilla y Córdoba por no querer someterse al arrianismo.

El primer rey que logra una unificación estatal homologable fue Leovigildo, sometió al resto de pueblos bárbaros, pero se le resistía la unidad religiosa. En aquellos tiempos no se entendía la unidad institucional sin unidad en la fe.

Leovigildo fue un gran rey, pero fracasó como padre. Leovigildo tenía dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. En el año 581 se enfrentó a una revuelta familiar en lo que San Isidoro de Sevilla calificó como una guerra “más que civil”. Leovigildo asoció al trono a sus dos vástagos, rompiendo así con la costumbre visigoda de una monarquía electiva y no hereditaria. Hermenegildo fue enviado por su padre al Sur y allí su mujer y Leandro, obispo de Sevilla, le convencieron para que se convirtiera al catolicismo. Por si fuera poco, se asoció con las fuerzas de la sociedad andaluza y la jerarquía de la iglesia para hacer frente a su padre. Leovigildo envió a su segundo hijo, Recaredo, a sofocar la revuelta provocada por su hermano. En córdoba Hermenegildo se rindió. Acudió a Toledo y logró el perdón de su padre. Leovigildo, incluso habiéndole perdonado, lo desterró a Tarragona, donde poco después fue muerto por un sicario.

En los relatos visigodos, censurados por Recaredo la figura de Hermenegildo está desdibujada. Fue Felipe II quién mando abrir su causa a fin de lograr su canonización. San Hermenegildo es considerado un mártir que antepuso la Fe y la defensa de los intereses de España al trono. Junto con San Fernando son los santos patrones de la Monarquía española.

Tras la muerte de Hermenegildo el problema religioso persistía. Se calcula que a finales del reinado de Leovigildo había en torno a tres millones de españoles católicos frente a doscientos mil arrianos. El problema no era sólo despejar la herejía arriana, cosa de la que ya se había ocupado el Concilio de Nicea. Ahora el problema espiritual lo era también material, temporal e institucional. A la caída del Imperio romano, sólo la Iglesia se mantuvo fuerte, su poder en la sociedad del siglo V era tal que no podía pensarse en constituir una legalidad política sin tener el respaldo eclesiástico. La Iglesia necesitaba a los visogodos para restablecer el orden civil, pero los visigodos necesitaban tanto o más a la Iglesia para ser respetados.

Los obispos habían tenido en la figura de Hermenegildo al que consideraban la solución de estos problemas. Pero fue Recaredo el que lo cambió todo. Inició una política religiosa diferente a la de su padre, con la misma finalidad de lograr el refuerzo y respaldo social a su entramado institucional, legislativo y territorial. Para ello convocó un concilio- III Concilio de Toledo (589)- en el que invitó a los obispos arrianos y solicitó su conversión al catolicismo igual que él se había convertido, además les pidió que lograran la conversión de la población arriana. El conductor del concilio fue el obispo Leandro- el que había logrado la conversión de Hermenegildo-. En el Concilio, no sólo se trató de la conversión a la Fe sino de la escenificación del pacto entre la Monarquía y la Iglesia y la filiación divina de la Corona, anunciando Recaredo que, a partir de ahí, su reino sería, como él, católico.

Algunos arrianos se sublevaron, pero de poco les valió.

Tras la vinculación con la Iglesia, el resto de las unificaciones previstas por Leovigildo y seguidas por Recaredo, se sucedieron de manera fácil.

Sin embargo, aquel proceso de unidad total, provoco que otras comunidades religiosas, sobre todo la judía, que hasta entonces no habían tenido ningún problema, empezaran a tener una vida un poco más complicada. Mucho más por los poderes reales que por los eclesiásticos; los obispos católicos fueron más comprensivos con ellos que el rey.  Lo mismo ocurrió con los paganos del Norte de España a los que se comenzó a cristianizar.

En el ámbito de la Iglesia los grandes artífices de la conversión de arrianos y paganos y de la extensión de la evangelización por toda la Península fueron el obispo Leandro (San Leandro ) y su hermano Isidoro ( San Isidoro de Sevilla). Ambos eruditos, ambos Padres de la Iglesia. Leandro tenía mayor visión política y su empeño fue salvar la tradición católica de España y la formación del clero. Isidoro siguió la obra de su hermano, pero alejado de la política, más volcado a la transmisión intelectual de sus conocimientos y la protección del legado clásico, pero sin abandonar la actividad práctica. A ellos se unirá otro intelectual, el obispo de Zaragoza, Braulio, San Braulio. Encargado de poner orden y salvaguarda en la gran obra de Isidoro. Sin olvidar la tarea evangelizadora de San Millán o la de los arzobispos de Toledo Ildefonso y Julián ( San Ildefonso y San Julián).

Por tanto, San Isidoro no fue una figura intelectual aislada, sino que hubo un ambiente propenso a la cultura, el estudio y la transmisión del conocimiento; con ellos se supo dar forma a un sentimiento de pertenencia a España. Una síntesis exitosa entre la política que nace de los godos y el territorio peninsular, más la cultura, la historia y la religión católica. Aquella España que, recogiendo el legado clásico romano, ya no está subordinada a otros, sino que se eleva como una entidad propia.

Isidoro ideó también la unción de los reyes godos. Una consagración mística de la Corona a cargo del poder eclesiástico, lo que además hacía vincular, el ilustre Santo, con el respeto a la Ley. Este tipo de unciones tuvieron más éxito fuera de España, especialmente entre los francos, que en España donde decayeron pronto, quizá por el propio declinar de la monarquía visigoda que, tras el hijo de Recaredo, volvió a sus antiguos enfrentamientos. Pero el caos godo que, en última instancia, fue lo que permitió la llegada de los musulmanes en el 711, no pudo borrar la Fe que la población tenía arraigada y una idea de unidad bajo la misma monarquía que a la postre fueron el basamento político-espiritual que inundó la Reconquista, y, por ende, toda la Historia de España.

BIBLIOGRAFÍA

FERNÁNDEZ UBIÑA, José: “Los orígenes del cristianismo hispano. Algunas claves sociológicas”, Hispania Sacra. 2007

LORENTE MUÑOZ, Mario.- “El cristianismo en la Hispania romana: origen, sociedad e institucionalización”. Ed Fundación ARTHIS. 2019

MARCO, José María.- “ Una Historia Patriótica de España”. Ed Planeta. 2011.

SOTOMAYOR, Manuel: “Cristianismo primitivo y paganismo romano en Hispania”. Memorias de Historia Antigua. Ed Univ de Granada, 1981.

LA MASACRE DE APALACHE

Para todos aquellos que hablan del genocidio español en América, desconociendo las leyes de Indias, la doctrina de los Justos Títulos, la evangelización y toda la historia de nuestra presencia en América, traemos hoy a colación un episodio acontecido en uno de los momentos más deprimentes de nuestra Historia, durante la Guerra de Sucesión, en concreto en 1704.

Mientras nosotros decidíamos quién sería nuestro rey – con el apoyo francés a los borbones, como señalaba el testamento de Carlos II, frente a los países que apoyaban al archiduque Carlos-, en América del Norte, estallaba lo que los ingleses conocen como la “Guerra de la reina Ana” que fue la segunda de una serie de guerras entre los franceses, los indios nativos y los ingleses.

La denominación británica a cada una de este conjunto de guerras por el control del continente americano fue:

1.- Guerra del rey Guillermo 1688-1697.

2.- La Guerra de la reina Ana 1702-1713.

3.- La Guerra del rey Jorge.  1744-1748 ( También conocida como la Guerra de la oreja de Jenkins). https://algodehistoria.home.blog/2020/11/27/cartagena-de-indias-1741/

4.- Cuarta Guerra intercolonial o Sexta Guerra India o Guerra de Conquista (en Quebec) 1754-1763. Realmente, fue un pasaje dentro de la Guerra de los 7 años.

La Guerra de la reina Ana se libró entre los ejércitos leales a los Borbones de España y Francia contra Inglaterra (más las fuerzas coloniales inglesas). En la guerra también participaron numerosas tribus indias americanas.

La guerra estalló en el sur de los actuales Estados Unidos entre las colonias francesas y británicas en 1701, tras la muerte del rey Carlos II de España. Al principio la guerra se limitó a unas escaramuzas entre colonias, pero su rigor se amplió en mayo de 1702 cuando Inglaterra declaró abiertamente la guerra a España y Francia. Las hostilidades en América se vieron alentadas aún más por las fricciones existentes a lo largo de las zonas fronterizas que separaban los territorios dominados por esas potencias. Esta falta de armonía tuvo más intensidad a lo largo de las fronteras norte y suroeste de las 13 colonias inglesas.

Los centros de población de estas colonias se concentraban a lo largo de la costa, con pequeños asentamientos tierra adentro, que a veces llegaban hasta los Montes Apalaches. La mayoría de los colonos europeos no se adentraban hacía el interior: al oeste de los Apalaches y al sur de los Grandes Lagos. Esta zona estaba dominada por tribus indias, aunque un pequeño número de comerciantes franceses e ingleses habían penetrado en la zona.

La propuesta de asentamientos españoles era diferente a la británica, pues se basaba en misiones a lo largo de la frontera sur de lo que hoy es EEUU, incluyendo Florida,  estableciendo una red que no sólo buscaban la evangelización de la población sino la enseñanza y la mejora de las condiciones de vida de los nativos.

https://algodehistoria.home.blog/2020/07/03/la-presencia-espanola-en-ee-uu/

La población española en la zona de la Florida era relativamente pequeña (alrededor de 1.500 personas), y se estima que la población india que dependía de los españoles ascendía a 20.000. Esta población india se encontraba especialmente a gusto en las misiones españolas después de que la Ley de Títulos asegurara tierras, libertad – no eran esclavos- y becas coloniales a cualquier nativo evangelizado.

En la zona del Misisipi, también existía cierta presencia colonial francesa en Fort Maurepas (cerca de la actual Maurepas, Illinois). Desde allí comenzaron a establecer rutas comerciales hacia el interior, manteniendo relaciones amistosas con los Choctaw, una gran tribu entre cuyos enemigos se encontraban los Chickasaw, aliados de los británicos. Durante la guerra, aquellas colonias francesas recibieron el apoyo militar español que llegó principalmente en forma de apoyo naval desde los puertos españoles en el Caribe y América Central, y penetrando en lo que hoy son los EE.UU, a través de las posiciones francesas entremezcladas a lo largo de la costa británica.

Las fuerzas franco-españolas, así como los británicos, sabían que el Misisipi era esencial para sus actividades comerciales y, por lo tanto, ambos bandos emplearon muchos recursos para hacerse con el control del río.

Los esfuerzos de España por generar un ejército local a partir de la población nativa residente en sus territorios contribuyeron significativamente a crear un sentimiento pro español y deparó importantes éxitos durante aquella contienda. Más comprensible ese sentimiento si, a las ventajas que ofrecía España, se suman las tropelías británicas contra los indios.

La situación en Carolina era la de un establecimiento comercial británico en expansión, aprovechando el Misisipi. La intención de los “carolinos” era bajar hacia La Florida- que no se corresponde con el territorio actual de ese Estado americano. Más bien se sitúa en la actual Georgia- para hacerse dominantes en esta zona, sin tener el más mínimo respeto a la presencia española. Tanto el gobernador de Carolina, Joseph Blake, como su sucesor, James Moore, planificaron su expansión hacia el Sur y el Oeste a expensas de los intereses franceses y españoles.

En 1702, el coronel James Moore lanzó un ataque por tierra y mar contra la misión de San Agustín con el propósito de extirpar el centro del poder español en el sureste americano. Su fuerza estaba formada por 600 voluntarios ingleses y 600 aliados nativos. A medida que la fuerza terrestre avanzó hacia el Sur, destruyó las misiones franciscanas costeras en Timucua.

En San Agustín, incapaz de reducir la fortaleza de los españoles (el Castillo de San Marcos), Moore descargó su frustración incendiando toda la ciudad, excepto el hospital. El castillo español de San Marcos resistió el asedio, y este hecho ha sido considerado por todos como el inicio de la derrota de los ingleses.

Cuando los invasores ingleses y sus aliados nativos se retiraron, un corresponsal de guerra neoyorquino lamentó la barbaridad que se había cometido al quemar la biblioteca del monasterio con importantes textos religiosos y la destrucción de los registros de la misión de Florida: mapas, dibujos, estudios, correspondencia, todo irremediablemente desaparecido.

Moore regresó a Carolina deshonrado. No había logrado la rendición de San Agustín; había contraído una deuda para Gran Bretaña considerable; y había hundido su flota marítima. Decidió hacer algo para restaurar su reputación. Planificó el asalto a las misiones franciscanas en Apalache, la provincia nativa que se encontraba entre los ríos Ocklockonee y Aucilla, con su sede central, San Luis, en la actual Tallahassee. Esperaba recuperar los gastos consiguiendo un gran botín material y muchos esclavos.

Esta vez, con 300 anglosajones y 1.500 indios de la tribu Creek, Moore cayó sobre las 12 misiones franciscanas activas, comenzando con Concepción de Ayubale, el 25 de enero de 1704. Para su sorpresa, los españoles en Ayubale opusieron una firme defensa bajo el liderazgo de uno de sus frailes, Ángel de Miranda. En dos ocasiones, los españoles a base de disparos de mosquetes y flechas rechazaron los ataques de Moore contra el recinto de la misión. Sin embargo, después de nueve horas, una vez agotadas las municiones, los españoles y los apalaches se rindieron.

Moore dejó vivir a fray Ángel, pero no tuvo piedad de los nativos. La mayoría fueron asesinados a cuchilladas; otros murieron quemados; otros fueron empalados en estacas… Así fue por toda la provincia. Mientras que, durante casi medio siglo, los frailes y los nativos habían vivido pacíficamente cultivando las tierras, educándolos y evangelizándolos en la misión, los británicos masacraron y exterminaron a los indios apalaches de la misión de Ayubale. Destrozaron las iglesias y complejos.

En total, las tropas de Moore mataron a mil apalaches (y dos frailes),  2.000 nativos tuvieron que ir al exilio y otros mil más fueron vendidos como esclavos en Carolina. Se considera que esta fue la esclavización más importante realizada de una sola vez en el Sur de los EE.UU.

Entre los que se exiliaron, se encontraban los indios convertidos al catolicismo de la misión San Luis, quienes, adelantándose a los ingleses, quemaron sus edificios y se refugiaron entre los católicos franceses en Mobile. Otros terminaron cerca de San Agustín o Pensacola. Descendientes de una de esas familias de exiliados fueron encontrados en 1996, en Luisiana y aún eran católicos practicantes.

No fueron los únicos, muchos otros nativos, debido a las leyes protectoras y a la política de entrega de tierras realizada por España se asentaron en territorios dominados por las misiones españolas y se negaron a colaborar de forma armada con los ingleses; se unieron a la defensa de la frontera de Luisiana con los aliados españoles de los choctaw, timucua y apalache.

Los españoles respondieron a los ataques fomentando las incursiones corsarias contra las plantaciones situadas en los litorales de Carolina. En los años siguientes, los colonos ingleses siguieron atacando los intereses españoles y franceses en la Florida y en las costas del golfo de México, pero nunca fueron capaces de capturar San Agustín, Pensacola o Mobile, los principales asentamientos españoles y franceses. Pensacola fue sitiada dos veces por las fuerzas Creek en 1707, al parecer con el apoyo de los colonos ingleses.  Precisamente, nuestro héroe Gálvez tuvo una presencia decisiva en la defensa de la Luisiana , del Misisipi y Pensacola, durante la guerra de los 7 años. Como ya vimos en:

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/

En 1712, se declaró un armisticio. Por el Tratado de Utrecht, los británicos obtuvieron Terranova, la región de la Bahía de Hudson, y la isla Caribeña de San Cristóbal. La paz duró hasta la siguiente guerra, la Guerra del rey Jorge de 1744.

Al final de la Guerra de Sucesión española en Europa, las armadas española y francesa se hicieron más fuertes en el Nuevo Mundo, lo que dio lugar a un antagonismo mayor contra los británicos y lograron limitar el expansionismo anglosajón al oeste del río Ohio.

Los españoles mantuvieron San Agustín y Pensacola hasta principios del siglo XIX, pero su sistema de misiones al norte de Florida (actual Georgia) fue destruido por las incursiones inglesas.

 

BIBLIOGRAFIA

HERNÁNDEZ SÁNCHEZ- BARBA, Mario y HERNÁNDEZ RUIGÓMEZ, Manuel. – “Historia de Inglaterra: una aproximación española”. Ed Francisco de Vitoria. 2023.

ESPARZA, José Javier.- “ Te voy a contar tu historia. La gran Epopeya de España”. Ed. La esfera de los libros. 2023.

Enciclopedia británica.