En esta semana que conmemoramos el levantamiento del pueblo español contra los franceses, traigo a colación a una heroína española durante la Revolución Francesa. Muchas veces hemos hablado de heroínas, pero pocas con una vida tan peculiar como la que tratamos hoy: “Teresa Cabarrús”. Su heroicidad se dio en los tempos del “Terror” republicano francés, salvando miles de vidas.
Teresa nació en Madrid en 1773, en Carabanchel- por entonces lugar de veraneo y recreo de las elites madrileñas-. Su nombre completo era Juana María Ignacia Teresa Cabarrús Galabert, era hija de un comerciante francés, nacido en Bayona, pero que vivió toda su vida en España, Francisco Cabarrús.
Aquel francés, casado con una valenciana, Antonia Galabert, poseía grandes cualidades para las finanzas y una visión modernizadora de la sociedad que en aquel momento iba ligada a la ilustración, lo que le granjeó la amistad de Jovellanos, Campomanes, Floridablanca y Aranda durante los reinados de Carlos III y Carlos IV.
En 1782 proyectó el Banco de San Carlos (del que fue director), que con el tiempo se convirtió en el Banco de España. También creó la real Compañía de Filipinas e inició el Canal Cabarrús- hoy Canal de Isabel II-. Se interesó en hacer navegable el río Llobregat en Barcelona, lo que dio impulso económico a la zona. Además de financiero fue diplomático y, en 1789, Carlos IV le otorgó el título de conde de Cabarrús, con grandeza de España. Fue ministro de Hacienda con José Bonaparte, como afrancesado que era, y falleció en Sevilla en 1810.
A su hija, Teresa, para evitar un matrimonio inoportuno, la envió a estudiar a Francia, cuando la niña contaba con 12 años.
Teresa recibió una buena educación. Alegre, simpática, ingeniosa y lista. Con facilidad de palabra, don de gentes y muy guapa tenía todos los elementos para destacar, lo que le gustaba sobre manera, y destacó, vaya si lo hizo, en especial en asuntos del corazón.
A los 15 años, en 1788- un año antes del estallido de la revolución francesa- se casó con Jean Jacques Devin, consejero del Parlamento y futuro marqués de Fontenay. Su primer hijo nace el 2 de mayo de 1789. En los fastuosos salones de su palacete parisino, Teresa Cabarrús brillaba en las fiestas, y se rodeaba de lo más granado de la política moderada. Ideológicamente, al principio de la Revolución fue como su padre, una progresista que creía en la Revolución. Pero cuando ésta adquirió determinados tintes sangrientos y se encontró con que familiares suyos, amigos y gente que conocía estaba sufriendo, sus posiciones cambiaron.
El régimen del Terror está considerado como la primera dictadura instaurada en Europa. El absolutismo monárquico anterior tenía tintes diferentes, paternalistas, absolutistas, pero no totalitarios. El Terror se acaba definiendo por las masacres y la persecución de todas aquellas personas y medidas consideradas como antirrevolucionarias, fue una caza de brujas. Teresa siempre se movió sobre una cuerda floja. “Fue una de las pocas mujeres que intervinieron activamente en la política revolucionaria y que vivió lo suficiente para contarlo”, subraya la historiadora Carmen Iglesias. Muchas de los aristócratas horrorizados con Robespierre, fueron encarceladas.
Robespierre, procedente del club de los Jacobinos y líder de la “Montaña, quería acabar con los girondinos, más moderados, menos a la izquierda, y con los que se habían aliado las provincias sublevadas que protestaban contra la radicalización de la revolución y la violencia. La vigilancia se había vuelto extrema, las ventas de las propiedades confiscadas se dispararon y las matanzas de los considerados contrarrevolucionarios alcanzaron cifras impensables. Víctimas de la Revolución, el 21 de enero de 1793 el rey fue guillotinado y nueve meses después, mataban a María Antonieta.
La vida en París se tornaba cada día más asfixiante. Los Fontenay se trasladaron a Burdeos: él, como escala hacia la Martinica; ella, para quedarse. Le parecía buen sitio, suficientemente lejos del peligro parisino y más cerca de España. Y un refugio donde sentirse una ciudadana más. Aprovechando la reciente ley del divorcio, se divorciaron en 1793; Teresa contaba con 20 años de edad.
En Burdeos se instaló al mando del gobierno el extremista Jean-Lambert Tallien. Se iniciaron ejecuciones por guillotina en la plaza a imagen y semejanza de la de la parisina plaza de la Revolución. Los primeros en probarla fueron los simpatizantes girondinos del Consejo Municipal, cuyas riquezas fueron a parar en parte al Estado y en parte a Tallien. Se creó un Comité de Vigilancia y un tribunal revolucionario, y se amplió la lista de sospechosos, que afectaba a Cabarrús por partida triple: por haber ido a un lugar federalista huyendo de París, por exmarquesa y por esposa (pese al divorcio) de un emigrado.
La consecuencia lógica fue que Teresa acabó en prisión. A través de diferentes circunstancias, Tallien conoció y se enamoró de Cabarrús, la liberó y se hicieron amantes. Teresa, se mudó a la casa “ocupada” por Tallien, el hôtel Franklin, un oasis de lujo en medio de la penuria y el horror. Allí recibía a los ciudadanos en lo que alguno ha denominado “gabinete de favores”; conocía de las penurias ciudadanas y, sobre todo, de las súplicas de los familiares de los arrestados. Ejerció de intercesora ante Tallien y logró la reducción drástica de los condenados a muerte. Entre diciembre de 1793 y marzo de 1794, el número de ejecuciones se redujo a casi la mitad. “Desde hace varios meses, no me he acostado una noche sin haber salvado alguna vida”, reconocería. Si bien Tallien aceptaba dádivas a cambio de perdonar a sus víctimas, a ella le movía la compasión. Asimismo, a instancias suyas, se disolvió el Comité de Vigilancia. Pasó a ser conocida como “el ángel de Burdeos” o “Nuestra Señora del Buen Socorro”.
Robespierre, tenía espías siguiéndola con la intención de lograr detener a Tallien. Siendo conocedor de su actividad, encarceló a Teresa en la cárcel de la Force, donde conoció y se hizo muy amiga de Josefina Rosa Beauharnais, futura Josefina Bonaparte. Era mayo de 1794.
Tallien no podía ayudarla, al menos públicamente, y la repudió: “No deseo interferir de ningún modo. Las autoridades que arrestaron a estas personas tienen sus razones. Se apresurarán a impartir la justicia que ellas merecen. Un representante del pueblo traicionaría su deber y mancillaría su carácter si interviniese en defensa de sospechosos”.
Por entonces, el Terror mostraba su punto álgido, 7.800 presos se hacinaban en las cárceles de París; una ley que negaba el derecho a abogado y solo dejaba dos alternativas: absolución o muerte. Con una media de sesenta ejecuciones al día, los ciudadanos no podían soportar la situación. El Terror cada día tenía más enemigos.
La situación de Teresa esa desesperada y sabía que, a pesar de todo, sólo Tallien podría ayudarla.
Se cuenta que desde la cárcel escribió a Tallien con el siguiente mensaje: “Mañana compareceré ante el tribunal, es decir, subiré al cadalso”. “Se parece muy poco al sueño que he tenido esta noche pasada: Robespierre ya no existía y las cárceles estaban abiertas de par en par. Pero gracias a tu cobardía, no habrá nadie en toda Francia capaz de realizar mi sueño”. Es muy poco probable que escribiera y, sobre todo, lograra enviar esta carta, por cuanto la seguridad de la prisión, lógicamente, lo hubiera impedido. Pero el romanticismo de la época así lo ha recogido y para un sector de la población está fue la realidad.
Con carta o sin ella, Tallien, expulsado del Club de los Jacobinos, preparó el derrocamiento de Robespierre junto a otros conjurados, como Fouché, responsable de incontables muertes en Lyon, y Barras, de otras tantas en Marsella y Tolón. Robespierre los acusó de hacerse con la riqueza de la República, pero a su favor constaban las victorias francesas frente a la coalición europea y el creciente rechazo popular al Terror.
Tallien logró en la Asamblea gracias a sus vibrantes discursos granjearse el favor de la mayoría y ser nombrado presidente de la misma. Allí, en una de sus más célebres intervenciones, interrumpiendo el discurso de Louis Antoine de Saint-Just, mano derecha de Robespierre, y exigiendo que se dijera quiénes eran los culpables, señaló: “Ayer, un miembro del gobierno [Robespierre] se aisló él mismo, pronunciando por su cuenta un discurso; hoy, otro hace lo mismo. Intentan precipitar al país al abismo. Pido que se descorra completamente el velo”.
Robespierre se percató de la maniobra e intentó hablar, pero las voces clamando “¡Abajo el tirano!”, acallaron la suya. Tallien volvió a adelantársele, y desde el estrado exhibió su daga y le llamó déspota y traidor: “Ayer vi formarse el ejército de Cromwell [haciendo referencia a la conjura que trajo la república a Inglaterra en 1653], y me armó con una daga para clavarla en su pecho si la Convención tenía la valentía de acusarlo”. El levantamiento en la Asamblea y en París obligó a Robespierre a abandonar la sala y se refugió en el Hôtel de Ville. Cuando los soldados entraron a por él, intentó suicidarse pegándose un tiro, pero se fracturó la mandíbula. El golpe de Estado había triunfado. Era el 9 de Termidor (27 de julio de 1794), que supuso la ejecución de Robespierre en la guillotina. El Terror se había acabado, y Teresa recibía un apodo más: “Nuestra Señora de Termidor”.
En diciembre de ese mismo año, Teresa Cabarrús se casó con Tallien.
El periodo que le sucedió, el Directorio, fue un momento dulce para Teresa, cuya popularidad crecía al ritmo que menguaba la de su marido. Ante el previo pavor, la sociedad parisina había respondido con una explosión de alegría y desenfreno que también encontró su reacción desde el punto de vista estético. Se puso de moda el atuendo de estilo grecolatino, de talle alto y elaborado con tejidos blancos y casi transparentes como la muselina. La moda era llevarlos mojados, para conseguir un efecto más pegado al cuerpo, lo que era considerado por muchos como indecente e intolerable. Una de las lideresas de este estilo fue Teresa Cabarrús, que llevaba vestidos con amplias aperturas y sandalias con anillos en los dedos de los pies. Asimismo, la joyería de madame Tallien era famosa y envidiada. Posiblemente la pieza más llamativa que llevó fue un brazalete con forma de serpiente de oro, esmaltada, con una cabeza cortada a partir de una esmeralda gigante. Volvieron las grandes fiestas y volvió a ejercer de anfitriona para políticos y militares como el joven Bonaparte. Josefina era una invitada asidua en casa de Teresa, allí conoció a Napoleón. En este periodo nació la segunda hija de Teresa, bautizada como Josefina en honor a su amiga, de la que era ahijada.
Sin embargo, sus excentricidades en el vestir, la caída en popularidad de su marido y las ganas de olvidar momentos pasados y diferenciarse de ellos, hicieron que Napoleón, casado ya con Josefina, prohibiera a ésta volver a ver a Teresa.
La desaprobación pública de Teresa creció: sus atuendos, antes imitados, ahora eran objeto de crítica por su transparencia. Tampoco su matrimonio con Tallien llevaba buen camino y volvió a divorciarse, lo que, en aquel momento, no está bien visto.
Con su belleza aún esplendorosa, se casa por tercera vez. En esta ocasión con François-Joseph-Philippe de Riquet, conde de Caraman y príncipe de Chimay, con el que tuvo otros tres hijos. Se refugió en la familia, la beneficencia y la música. No quería por lo más mínimo perjudicar la carrera política tanto de su marido y la vida de sus hijos. Desapareció de la vida pública y se instaló en Chimay, donde se hizo querer por su mecenazgo, particularmente de la música, sus obras de caridad. En honor de su esposa, el príncipe hace construir en Chimay un asilo de ancianos y un hospicio para niños pobres y un teatro, que aún hoy sigue siendo foro de importantes conciertos.
Teresa falleció rodeada de los suyos, en 1835.
Sin embargo, su amor por la moda fue heredado por sus descendientes, especialmente famosa fue su bisnieta, la condesa Greffulhe, famosa por su estilo en el vestir y por ser la musa de Marcel Proust.
Su padre fue un gran financiero y político; sus maridos, hijos, nietos y bisnietos, personas destacadas de la sociedad, como lo fue ella misma. Pero nadie debe olvidar el papel de la española Teresa Cabarrús como ángel salvador de miles de personas y contribuyó a la caída de la dictadura del «Terror» de Robespierre durante la Revolución Francesa.
BIBLIOGRAFÍA
DIAZ-PLAJA, Fernando. “Teresa Cabarrús. Una española en los destinos de la Revolución Francesa”. Ed Olimpo. 1943.
POSADAS, Carmen. “La cinta roja”. Editorial Espasa. 2008.[novela]
Religiónenlibertad.com . “Una española en la Revolución Francesa: Teresa de Cabarrús. “Notre Dame du Bon Secours””. Enero de 2016.